Dr. Alfred Adler
Hay algunos puntos en los que no es necesario insistir ante una sociedad para la reforma penitenciaria; pero en un punto sí debo insistir de veras. Entra en el dominio de mi propia ciencia: se refiere a los medios de comprender a un individuo, de saber por qué se ha desarrollado de la manera en que lo ha hecho y no de otra. Para comprender todas sus acciones y expresiones hemos de descubrir el gran motivo que fluye a través de todo su ser y domina todos sus síntomas y expresiones. No somos infalibles ni estamos bendecidos con la verdad absoluta. La mente normal y el individuo normal no existen. Todos variamos, y solo si tenemos suerte y no padecemos grandes errores nos sentimos normales y nos comportamos debidamente.
Por eso, cualquier fracaso que encontremos en la vida debe verse como una variedad del comportamiento humano. Aunque no nos guste, debemos verlo así. Este es el único punto de vista desde el que podemos acercarnos debidamente a cualquier persona. De lo contrario, se ofendería por lo que hacemos. No hablaría con nosotros, no nos abriría su alma.
Pues bien, desde este punto de vista podemos comprender que todos los fracasos en la vida son en realidad fracasos en la construcción de un estilo de vida. Si observan, por ejemplo, a un niño difícil, a un neurótico o a un enfermo mental, a un delincuente, a un suicida, a un perverso sexual o a un borracho, encontrarán que en un punto todos son iguales. Pueden elegir distintos nombres para ello, pero el mayor común denominador de todos estos fracasos es la falta de sentimiento de comunidad.
Esta falta de sentimiento de comunidad significa mucho más. No significa solo que esa persona no se interesa por los demás. Significa también que su esquema de apercepción difiere de lo que esperamos con respecto a nuestros semejantes. Mira de otro modo, escucha de otro modo, saca otras conclusiones, tiene otros métodos de recibir y de responder. Y por eso lo llamamos anormal.
Esta es, pues, la tarea de la psicología. La psicología se ocupa en realidad de averiguar por qué tantas personas tienen actitudes peculiares que no corresponden a lo que esperamos: cooperación, sentimiento de comunidad.
Sabemos cuándo un individuo fracasa y toma otro camino distinto del que queremos para él. Sabemos también que desarrolla esta inclinación muy pronto en su infancia. Quizá el tiempo de los primeros cuatro o cinco años basta para establecer una manera de vivir. En este período el niño se entrena, se entrena cada día, cada hora, hasta que es una unidad fija; hasta que actúa como un todo, tiene sus propios ojos, sus propios oídos, su propio corazón y, lo que he subrayado especialmente, su propio grado de capacidad de cooperación. Así sigue adelante en el mundo; y cuando encuentra problemas en el mundo veremos que, si está mal entrenado, sus respuestas serán erróneas.Este es otro punto que hay que subrayar de veras: todos los problemas de la vida con que nos encontramos exigen cooperación, exigen adaptación social. Esta necesidad empieza muy pronto, en los primeros días de vida. El niño tiene que aprender a cooperar con su madre. Este es el primer problema social. Podemos medir su desarrollo en la cooperación observando cómo se comporta cuando llega a la familia un niño más pequeño, cómo se comporta ante un cambio de su entorno: cuando entra en la escuela y se enfrenta a los problemas de la amistad, del compañerismo; cuando llega la necesidad de entrenarse para una ocupación en la vida, en la escuela o después de la escuela; cuando debe afrontar los problemas del amor y del matrimonio. Todas estas ocasiones requieren interés por los demás. Si no ha aprendido este interés, si no se ha entrenado en él, si representa la variante «incapaz de desarrollar interés por los demás», ¿qué veremos entonces? Veremos que no se comporta debidamente. Sabemos por qué no se comporta debidamente: no está debidamente entrenado. No ha encontrado el método adecuado. Desde este punto podemos comprender y reconocer este gran movimiento por la reforma penitenciaria. No consideraremos a los delincuentes simplemente como pecadores culpables; podemos averiguar las razones por las que no se han desarrollado de mejor manera.
Hay distintos hombres en distintas escuelas que hablan del crimen. Hay escuelas que insisten, por ejemplo, en la herencia. Yo, personalmente, creo que, si queremos conseguir algo, este punto de vista debería desaparecer por completo del mundo. Si las tendencias heredadas fueran la verdadera razón de los crímenes, no se podría hacer nada. Si se puede hacer algo, entonces la herencia no es la razón. En ese caso hemos de encontrar un método para superar las dificultades de la herencia. En cuanto a la capacidad mental, nadie sabe qué se hereda realmente, porque desde el primer día, cuando el niño aparece en el mundo, los esfuerzos que hace están siempre influidos por la madre. Sean cuales sean sus capacidades, su fuerza, sus características, la madre ha intervenido tanto que no tenemos medio de determinar qué podría ser heredado. La herencia nunca puede considerarse una explicación.
Hay otras escuelas que insisten en las glándulas endocrinas o en los defectos orgánicos. Yo estuve entre los primeros que describieron la gran importancia de los defectos de las glándulas endocrinas y de otros defectos orgánicos. Creo, sin embargo, que es un error hacer hincapié en estos factores como causas. La dificultad y la carga para esos niños solo aparecen si no les procuramos el tratamiento y el entrenamiento adecuados. Si encontramos el método adecuado en la medicina o en la educación, pueden desempeñar un papel normal en la vida.
Lo importante es que esos niños sean entrenados en el sentimiento de comunidad. Tienen que adquirir la capacidad de cooperación y una estimación verdadera de la vida, de la manera en que un individuo debe hacer frente a este mundo. Es cierto que entre los fracasados, entre los delincuentes, encontramos a menudo personas que han sufrido desde el nacimiento y personas que tienen algunos signos de degeneración, pero lo mismo encontramos también entre individuos sobresalientes y valiosos. El factor constante que encontramos entre los fracasados es la falta de entrenamiento en la cooperación.
Una persona así, enfrentada a los problemas sociales, no está preparada para ellos. Se siente inferior. Ningún ser humano puede soportar mucho tiempo el sentimiento de inferioridad. Está siempre esforzándose en su mente, buscando siempre una meta de perfección, de seguridad, y lo hace con el propósito de superar dificultades y obtener un sentimiento de superioridad.
Hay una dirección en la que los niños deberían ser entrenados desde su nacimiento, y es «hacia el lado útil de la vida». Exigimos y esperamos sentimiento de comunidad y cooperación. Si tienen que superar el sentimiento de inferioridad, pueden escapar hacia el lado inútil. En el lado inútil se encuentran todos los fracasados; se encuentran también los delincuentes. Para reforzar la tendencia hacia el lado útil es necesario el entrenamiento en el sentimiento de comunidad; solo una educación en el sentimiento de comunidad y la cooperación puede superar los defectos del individuo.
Mencionaré otros dos tipos que encontramos con mucha frecuencia entre los delincuentes. Son los niños mimados y los niños abandonados. Entre los niños mimados descubrimos que tienen una estimación equivocada de la vida: desean recibir, nunca dar. Pronto descubren que la vida no compensa. ¿Para qué sirve la vida?, preguntan. Ahora bien, con semejante actitud no pueden desarrollar interés por la humanidad; su tendencia a ayudar a la humanidad, a esforzarse por el bienestar de la humanidad, no está entrenada, no está desarrollada. Por eso les resulta muy fácil hacer cosas y actuar como actúan las personas que no se interesan por los demás. Cuando se cometen crímenes se ve con toda claridad que quienes los cometen no se interesan por las demás personas. Solo una persona que se interesa por los demás puede resistir en las dificultades y abstenerse de cometer crímenes.
No solo los niños mimados, sino también los abandonados, carecen de entrenamiento y de enseñanza en el sentimiento de comunidad. Los niños abandonados no saben que tales cosas existen. Dice mucho en contra de nuestra cultura que entre estos niños abandonados encontremos tantos huérfanos, tantos hijos ilegítimos, tantos niños no deseados o niños que no han sido tan populares y queridos como otros. A menudo, entre estos últimos, encontramos niños feos, y podemos comprender por qué entre los delincuentes encontramos tan a menudo al individuo feo. Un niño feo puede experimentar falta de aprecio; puede sentirse mal recibido. El resultado es que no ve el mundo como un lugar agradable, trabaja contra él. No se encuentra el método para reconciliarlo, y se convierte en el delincuente.
Encontramos también delincuentes guapos. Son los niños mimados. Se puede distinguir realmente muy deprisa —a veces en un solo instante— el gran papel que su aspecto físico ha tenido en la construcción de su carácter. Llegaríamos muy lejos si pudiéramos comprender a un delincuente así; porque entonces podríamos ir más allá y hacer lo más necesario en la reforma penitenciaria: la mejora de ese delincuente.
Todas las actividades diarias pueden aprovecharse, siempre que tengamos una comprensión del delincuente individual. Sabemos que hay que educarlos. Sabemos que tenemos que enseñarles el sentimiento de comunidad. Es un arte definido, y lo mejor es que lo lleven a cabo personas que tengan ellas mismas sentimiento de comunidad y espíritu de cooperación. Recordarán entre los delincuentes a individuos cuyo mismo aspecto revela una falta de sentimiento de comunidad, que escuchan de otra manera, que hablan otro lenguaje, cuyas expresiones no concuerdan con lo que esperamos.
Describamos brevemente la estructura psíquica de un delincuente, y examinemos por qué es un delincuente y no se suicida ni se convierte en un perverso sexual, aunque estas cosas vayan a menudo juntas. Hasta donde llega mi experiencia —y es muy probable que sea realmente así—, una persona que no está adaptada socialmente se convierte en delincuente cuando se enfrenta a algún problema que no puede resolver, aunque todavía no se ha derrumbado en esa actividad especial, sino que se esfuerza muchísimo por ser superior. Siempre encontramos una situación así cuando su carrera delictiva empieza a hacerse visible. Sabemos que las raíces de la actitud delictiva son muy profundas y se remontan a los primeros cuatro o cinco años. Podemos encontrar la situación que fue peligrosa para él, que lo enfermó, que lo convirtió en delincuente. Y podemos comprender la razón. Podemos encontrar en cada caso semejante que esa situación no podía ser resuelta por él; no podía resolverse porque la situación exigía sentimiento de comunidad y él no tenía ninguno.
Por ejemplo, estaba sin trabajo, o lo incitó un mal compañero, o conoció a una chica que quería regalos y «pasarlo bien». Son situaciones a las que no podía hacer frente debidamente. No podía decir: «Quiero resolver este problema de una manera útil».
Hay más que esto en la estructura psíquica de un delincuente, pero estos son los puntos más directamente relacionados con su falta de cooperación. No se interesa por los demás. No hace amigos fácilmente. El delincuente hace amigos sobre todo entre los de su clase, porque busca a otros como él. Esto significa que reduce su esfera de actividad y excluye a otros tipos. Quiere tenerlo más fácil. Puede ser un buen camarada para sus iguales, pero nunca para los demás.
Encontramos también —y este es un punto muy importante, que debería conocerse en todo el mundo— que el delincuente es siempre un cobarde. Hay personas que creen que un delincuente puede ser un héroe. Sobre todo los niños se dejan llevar a menudo a creerlo; en algunas películas u obras de ficción el delincuente aparece como un héroe. Todo el que tiene que ver con delincuentes sabe que son cobardes. A veces tienen miedo de los fantasmas, casi siempre son supersticiosos, tiemblan en la oscuridad, etcétera. No podemos dejarnos engañar, porque los hemos visto escapar de los problemas de la vida; hemos visto que son desertores. Nunca podremos creer que la persona que no es capaz, que no se siente capaz de resolver, como dicen los delincuentes, las «terribles condiciones de la vida», pueda ser un héroe, una persona verdaderamente valerosa. Podemos comprender también teóricamente por qué no puede ser valeroso: porque el valor es una parte del sentimiento de comunidad. Solo las personas con sentimiento de comunidad pueden ser valerosas, porque se sienten parte del todo; saben que pertenecen a este mundo; saben que no solo las ventajas sino también las desventajas de nuestra vida les pertenecen, son suyas. Se sienten en casa. Y por eso son valerosas. Esto quiere decir valerosas para afrontar de manera útil los problemas normales de la vida.
Hay un punto que es más difícil de explicar. El delincuente tiene un método peculiar de apercepción. Percibe todos los acontecimientos a su manera. ¿Qué saco de esto? ¿Qué voy a recibir? ¿Voy por delante? Y así sucesivamente. Estos son los puntos más importantes en la mente de un delincuente. Su meta más alta es vencer. ¿A quién vence? Siempre a personas más débiles. Si es carterista, la persona a la que roba no está atenta. Si es ladrón de casas, se sirve de la oscuridad y del aislamiento. Si es asesino, saca un arma en un momento en que la otra persona no puede defenderse. Verán en todas sus acciones la misma cobardía que he mencionado. Y estoy seguro de que si los niños supieran —pero por lo general no lo saben— que el delincuente es siempre un cobarde, y que lo suyo es solo una mezquina imitación del heroísmo, no les gustaría tanto la idea del crimen. Estoy seguro también de que a los propios delincuentes no les gustaría tanto.
Encontrarán entre los niños, o encontrarán en los comienzos de la asimilación de la cultura, en las antiguas filosofías, que las cosas se distinguen por lo general en contradicción o en antítesis con otras cosas. Lo mismo ocurre con los delincuentes. «Mi hijo es un inútil», dirá una mujer. Esta es la última fase. «Como mi hijo está enfermo y es un holgazán, tengo que matarlo.» Ya ven que hay en esto cierta inteligencia primitiva1. Lo que quiere decir es que él no le es útil. Va por mal camino. Lo que no ve es que está levantando una antítesis: sano, laborioso y vivo, frente a holgazán y necesitado de que lo envenenen. O un asesino dice: este hombre tiene unos pantalones bonitos y yo no tengo pantalones, por lo tanto tengo que matarlo. En realidad, después de haber excluido todos los aspectos útiles del caso, actúa con inteligencia. No le queda nada más. Lo que en realidad encontramos es que en la mente de todo delincuente se desarrolla un proceso de embriaguez. Se excita pensando siempre en la meta en la que es un vencedor; en la que, porque es débil, tiene que vencer, y donde disfruta del dinero, de las chicas, de lo que desee, de una manera fácil. Mediante este proceso excluye todas las objeciones y todas las demás formas de actuar.
Cuando se estudia al delincuente individual, se descubre cómo planea, cómo construye su crimen, y que está siempre resistiendo a las objeciones del sentimiento de comunidad. Porque me persigue, porque ha sido amigo de un hombre que mató a mi cuñado, por eso tengo que matarlo, y así sucesivamente. Por interferir en mi negocio, como se oye muy a menudo en América. Estas son las razones. Y siempre en persecución de su meta más alta, que es una conquista. Están embriagados.
Hay un punto muy importante que debo mencionar a pesar de lo breve de nuestro tiempo. Es la continua lucha y batalla contra la policía y contra las leyes. Todo delincuente se siente superior, todo delincuente cree que es capaz de vencer a la policía; se siente capaz porque todo delincuente ha comprobado realmente este hecho. Es muy raro encontrar a un delincuente que no haya cometido otros crímenes sin ser descubierto.
Ahora imaginen lo que significa en la mente de un delincuente que lo descubran y lo encarcelen. Siempre tiene la impresión: no he sido lo bastante listo. Si hubiera sido más listo, no me habrían descubierto. Aunque lo lleven a la silla eléctrica, siempre está esta idea: «No fui lo bastante listo». No piensa en otras consideraciones. Piensa solo: «Un poquito más listo y habría sido el vencedor». No es muy distinto, por ejemplo, de Napoleón cuando estaba en Santa Elena. Decía siempre: «Si hubiera sido más listo, si hubiera ido primero a España y después a Rusia, habría conquistado el mundo entero».
Pues bien, este «si», como ven, se interpone siempre, de modo que el delincuente no puede comprender.
Hay algunas otras cosas que también debo mencionar. Los psicólogos individuales hemos aprendido, y nos hemos entrenado en ello, a no desafiar nunca a un niño difícil, a no luchar nunca con un niño difícil. No sirve de nada. En la mayoría de los casos son más fuertes y son los vencedores. Les gusta mucho que los desafíen para poder mostrar su fuerza. Si miramos a nuestro alrededor, siempre encontramos que a los delincuentes se los desafía. «No te me vas a escapar, en cinco días te tengo. Voy a acabar contigo.» Esto es lo que ocurre fuera de la cárcel, y ocurre también dentro. Cuando están presos, encuentro que se los desafía demasiado. A veces la disciplina de las cárceles es tal que los desafía, de modo que salen llenos de venganza. Entonces no son capaces de cambiar. Sienten que el mundo entero está contra ellos y que no sirve de nada cooperar, contribuir, crear, tener sentimiento de comunidad. Están en una trampa, y experimentan siempre las mismas condiciones. Cuando salen de la cárcel, están en libertad vigilada o tienen un empleo, su experiencia es la misma. Comprenderán que no es posible para personas que no son psicólogos ni filósofos comprender la terrible incoherencia de su punto de vista. Por eso se fijan cada vez más en su estilo de vida, en sus errores y en su falta de sentimiento de comunidad. No se hace ningún intento de entrenarlos en lo que sería la única manera de salvarlos. Por eso ocurre que tenemos tantos crímenes reincidentes.
Hay muchos otros puntos que debería mencionar; uno en particular es que la mayoría de los delincuentes han estado en realidad siempre a la sombra. Por lo general han conocido desde su primera infancia la dureza de la vida. Incluso cuando han sido mimados, el niño mimado vive en lo que le parece un país enemigo. Solo quiere a una persona y, por lo tanto, siente que el mundo está lleno de hostilidad. Cuando estos niños mimados llegan a la escuela no están preparados; se les reprocha, se les critica, se les castiga, a lo largo de toda su vida. Esta no es la situación adecuada. Vienen de familias donde a menudo hay poco sentimiento de comunidad. Vienen de matrimonios rotos. Vienen de familias donde el padre, por ejemplo, no se ha interesado por ellos, donde se ha preferido a otro hijo, se le ha dado más relieve, el favorito de la familia. Estas cosas las encontraremos siempre; encontraremos razones por las que no pudieron desarrollar sentimiento de comunidad. No podemos exigirles más. Vemos que han sido derrotados y han fracasado en la parte más importante de su vida.
Afortunadamente, al mismo tiempo vemos que el sentimiento de comunidad tiene que entrenarse y puede entrenarse. Este es el camino por el que podemos disminuir la gran ola de criminalidad que ha invadido toda nuestra civilización. ¿Cómo podemos prevenirla? He hablado de la curación, del tratamiento. Hay una posibilidad de prevenirla. La primera idea sería: «Quizá podríamos enseñar a todos los padres». Eso no es posible. Hay, sin embargo, otro camino para prevenir el crimen. Los maestros pueden ser entrenados para ser instrumentos del tratamiento y del desarrollo del sentimiento de comunidad; podrían ser entrenados no solo para enseñar geografía, o dibujo, etcétera, sino también para enseñar el sentimiento de comunidad y entrenar en él.
Hay que decir a los maestros cómo hacerlo. Creo que sería un paso muy importante para prevenir no solo los crímenes, sino también todos los demás fracasos de la vida, si pudiéramos hacer de las escuelas instrumentos de entrenamiento en el sentimiento de comunidad y de progreso.
## PropuestaCon el fin de determinar el método más eficaz para tratar al delincuente, y para que cada una de las escuelas tenga la misma oportunidad de mostrar lo que puede conseguir, la psicología individual propone que se establezcan varias clínicas en las que se ensayen los métodos de los psicoanalistas, de los especialistas en glándulas, de los patólogos del cerebro, de los conductistas, etcétera.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre las imágenes de página del ejemplar de la Ohio State University digitalizado por Google en HathiTrust (osu.32435011046992, dominio público): Alfred Adler, The Individual Criminal and His Cure. An Address, Nueva York, National Committee on Prisons and Prison Labor, 1930, 18 págs.; conferencia pronunciada en la 21.ª reunión anual del Comité, en el Hotel St. Regis de Nueva York, el 14 de abril de 1930. No se han manejado las secuencias 1-4 del escaneo (cubierta y pp. 1-2) ni las 21-22 (tras el final del texto, en la p. 18); el texto de Adler (pp. 3-10) está completo. Se traduce solo lo de Adler: la conferencia y la «Propuesta» (p. 10). Se omite la «Discusión» (pp. 10-18), con las intervenciones de William J. Ellis, comisario del Departamento de Instituciones y Organismos de Nueva Jersey (apoya la propuesta de clínicas, expone la clasificación de los presos de Edgar A. Doll y pide consultorios en tribunales y escuelas); Frederic J. Farnell, presidente de la Comisión de Bienestar Público de Rhode Island (coincide en el tratamiento individual, pero niega que la fealdad o la deformidad causen el delito y duda del «sentimiento social innato», y advierte contra tomar la psicología individual por una panacea), y Walter N. Thayer Jr., superintendente de prisiones de Maryland (pide psiquiatras, psicólogos y sociólogos en las escuelas y la sentencia indeterminada, y apoya ensayar los métodos de los especialistas como sugiere Adler). Farnell cita palabras de Adler que no están en el texto impreso («mostrar al delincuente que su manera de vivir es equivocada, que su valor no es valor»), señal de que el folleto no reproduce literalmente lo dicho. Crónicas de la misma sesión en el archivo: «Debaten sobre la psiquiatría como cura del delito» (The New York Times, 15-4-1930) y «El doctor Adler se opone a las penas severas» (Buffalo Evening News, 15-4-1930). Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Social interest se traduce siempre «sentimiento de comunidad», y socially interested, «con sentimiento de comunidad»; interest in others, «interés por los demás»; style of life, «estilo de vida»; pampered, «mimado»; neglected, «abandonado»; problem child, «niño difícil»; scheme of apperception, «esquema de apercepción»; useful / useless side of life, «lado útil / inútil de la vida»; goal of completion, «meta de perfección»; to train, training, «entrenar(se), entrenamiento»; criminal, «delincuente» para la persona y «criminal» o «delictivo» como adjetivo; crime, «crimen» o «criminalidad» según el contexto; clinics (para delincuentes), «clínicas». Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
El impreso dice «primate intelligence», sin duda errata por primitive intelligence, «inteligencia primitiva». (N. del T.) ↩