La socialización de la mujer
Por Otto Rühle
A mi amiga la Dra. Alice Gerstel1
Socialismo del amor: hoy no es más que una palabra, una esperanza, una meta de la evolución. Pero todas las maravillas de su felicidad nosotros (¡amada mía!) las vivimos por anticipado…
Febrero de 1922
Introducción.
El hambre y el amor gobiernan, según unas palabras de Schiller, la maquinaria del mundo.2
Hambre quiere decir: el instinto de conservación del individuo, el afán de sustento económico, el factor económico. Amor quiere decir: el instinto de conservación de la especie, el afán de propagar la raza, el factor generativo.
En sentido amplio y figurado, las palabras de Schiller significan, pues: la producción de bienes de vida y la producción de seres humanos son los ejes de la existencia humana.
La producción de bienes y la de seres humanos son asuntos sociales y forman la base de la cultura social. Como tales, están sometidas a las leyes de la evolución de la sociedad y determinadas por la historia en su forma y en su contenido.
No solo las relaciones de producción y la posición del hombre en el proceso económico, también las relaciones generativas y las relaciones de los sexos entre sí cambian con los grados y las fases de la evolución histórica.
Así como cada época tiene su manera particular de trabajar y de repartir y aprovechar el producto del trabajo, es decir, su sistema de producción propio y su carácter económico específico, tiene también sus formas particulares de matrimonio y sus relaciones generativas, su vida sexual característica.
Todos estos fenómenos sociológicos (y, más allá de ellos, también la lengua, la ciencia, la religión, la moral, la educación, etc.) están relacionados entre sí, en cuanto a su causa y su base comunes, y unos con otros en una relación de acción recíproca y de correlación. A un grado determinado de la producción de alimentos y del orden social corresponde un tipo determinado de matrimonio y de familia y —como su reflejo ideológico— una ética sexual determinada con el código moral correspondiente.
Los desarrollos fundamentales de la economía traen consigo cambios en la estructura social. En cuanto se producen en un campo grandes mutaciones y transformaciones, a la larga no dejan de producirse en otros campos cambios de la misma tendencia. Como en un gran engranaje, un movimiento desencadena el otro. O, mejor dicho: el crecimiento de un organismo incluye el crecimiento de todos sus miembros y partes.
La revolución proletaria, al cerrar la época económica capitalista para abrir la socialista y crear las condiciones de un nuevo orden social, significa al mismo tiempo una revolución también de toda la vida matrimonial, sexual y generativa.
La vivencia amorosa, el matrimonio y la familia, la posición de los sexos entre sí y la moral sexual experimentan, en el marco de la revolución social, una transformación de principio de sus formas y de sus contenidos.
En la época de la socialización de todas las formas de trabajo y de vida surge forzosamente un nuevo eros, se consuma la socialización de la mujer.
I. El matrimonio de ayer.
El curso histórico.
Cada fase de la evolución de la sociedad humana tiene su propio cuadro geneonómico. Entendemos por tal todo lo que tiene que ver con la generación de seres humanos en el sentido de la conservación de la especie. Este cuadro se desprende en cada caso del contexto histórico. Captarlo y fijarlo es tarea de la sociología de orientación histórica. A la sociología de la reproducción y de la conservación de la especie la llamamos geneonomía.
Müller-Lyer3 ha estudiado con gran detenimiento las formas en que se han manifestado, en lo que alcanza la historia, el amor, el matrimonio y la familia, la reproducción y la conservación; ha desentrañado sus supuestos, sus conexiones y sus efectos dentro del conjunto de la cultura, y en sus importantes obras sociológicas4 ha ofrecido una visión de conjunto de todo el curso de las fases geneonómicas.
Junto a él, Heinrich Cunow5 se ha ocupado con extraordinario éxito de investigar las formas de la familia y de demostrar sociológicamente que se derivan de supuestos económicos. Sus libros6 ofrecen las explicaciones más claras y concluyentes sobre todos los problemas geneonómicos.
Según Müller-Lyer, la evolución geneonómica de la humanidad, es decir, el curso entero de la vida sexual, matrimonial y generativa, puede dividirse en tres grandes épocas: la fase del parentesco, la familiar y la personal.
La fase del parentesco abarca el grado más bajo de evolución de la humanidad, aproximadamente hasta el momento en que los hombres entran en la luz de la historia transmitida. Rasgos aislados y restos de su cuadro (mejor dicho: solo del último resto de ese cuadro) se encuentran hoy únicamente entre pueblos primitivos de nivel muy bajo, rayanos en la animalidad. Coincide en el tiempo con las formaciones sociales del rebaño, la horda y el clan7 y termina con el nacimiento de la familia, que tiene por supuesto y fundamento la aparición de la propiedad privada en manos del hombre.
En su origen, los hombres —todavía medio animales— vivían probablemente juntos en rebaños, en los que reinaba la igualdad como entre los animales que viven en sociedad. Heródoto cuenta de una tribu del norte de África: viven a la manera del ganado y no conocen la convivencia doméstica. Los más fuertes y más hábiles solo se destacaban de la multitud todavía de manera imprecisa y hacían de guías solo ocasionalmente, de modo que los vínculos y emparejamientos más allá del acto sexual de cada momento no eran aún la regla. Reinaba probablemente la promiscuidad, es decir, la comunidad sexual sin matrimonio, en la que todas las mujeres pertenecían a todos los hombres y, a la inversa, todos los hombres a todas las mujeres. Los niños eran mantenidos por la comunidad, a la que pertenecían colectivamente, ya que casi nunca podía establecerse una paternidad segura. Del mismo modo, el sustento económico de la madre era cosa de la horda entera.
Si algunos investigadores, como Wundt, Vierkandt, Westermann,8 Forel y otros, ponen en duda o rechazan la teoría de la promiscuidad remitiéndose a la observación de especies animales superiores que viven ya en pareja, forman grupos familiares, manifiestan sentimientos paternos, etc., hay que objetarles que en todos esos fenómenos se trata de manifestaciones del periodo de celo, que ya no cuenta para el hombre primitivo, porque desaparece ya en los monos. En todo caso, la hipótesis de una promiscuidad es la más verosímil.9
Poco a poco el rebaño se transformó en horda. Los hombres más viejos y más fuertes se convirtieron en guías, consejeros, dominadores. «La lucha contra hordas extrañas, la participación en las expediciones de caza, etc., se convierte en asunto de los adultos vigorosos. La deliberación sobre las migraciones y las empresas hostiles, así como la conservación y el cumplimiento de los usos tradicionales, corresponden a los experimentados, a los viejos. Así se van formando poco a poco ciertas capas de generación con derechos y deberes particulares. Surge una capa de los que aún no están maduros para tomar parte en la caza y en la lucha, una capa de los adultos aptos para la lucha y una capa de los viejos.»10
La estratificación por edades y generaciones decide ahora también la posición del hombre respecto de la mujer. Dentro de la horda se prohíbe el comercio sexual fuera de los grados de edad, de modo que el emparejamiento sexual solo se da entre miembros del mismo grado de generación. Finalmente, de esos emparejamientos quedan excluidos también los consanguíneos del mismo grado de edad. Nace el matrimonio exógamo, en el que el hombre va a buscar a su mujer a otra horda.
Con la mejora creciente de las herramientas y las armas se produce una diferenciación de los sexos. En una horda puramente animal, cada individuo busca por sí mismo su alimento, y lo que encuentra lo consume enseguida. No hay motivo alguno para una marcada división sexual del trabajo. Pero con la invención de la técnica del fuego y el uso de un arma eficaz, el orden social de la sociedad primitiva tuvo que experimentar una transformación completa.
«El hombre, como más fuerte, pasó a ser el único que llevaba armas. El manejo del arco y de la jabalina exige un ejercicio muy particular, al que entre los pueblos cazadores se entregan ya los muchachos con el mayor celo. La mujer, en cambio, más atada por las funciones sexuales y el cuidado de la cría, se dedicó exclusivamente a conservar el fuego, difícil de encender, a recoger el escaso alimento vegetal, a construir la cabaña, a preparar la comida y a todas aquellas tareas penosas y menudas que el hombre, como cazador y principal sustentador, desdeñaba.»11
La naturaleza ha impuesto a la mujer la carga de la maternidad. A diferencia del hombre, que sale completamente libre, la mujer tiene que soportar todas las consecuencias del apareamiento. Ese destino fisiológico suyo se convirtió en su fatalidad sociológica. La maternidad obligó a la mujer a asegurarse a sí misma y a su hijo, y como la horda primitiva pronto dejó de ofrecerle sustento y apoyo suficientes, cayó bajo la protección, es decir, en la dependencia del hombre, más fuerte y económicamente superior a ella. Se convirtió en su sirvienta y su ramera, sometida a él. A su deber de ser para ella sustentador y protector correspondía el deber de ella de estar en todo momento a su disposición con la mano y con el regazo.
Las primeras esposas fueron mujeres de otras hordas capturadas en la guerra, cuyos hombres habían sido muertos, o enemigas de la tribu caídas por rapto en poder del hombre, entregadas así indefensas a la servidumbre. La costumbre de raptar mujeres de otras tribus se convirtió con el tiempo en la prohibición de casarse siquiera con mujeres de la propia horda. El matrimonio exógamo, es decir, el casamiento del hombre con una mujer de otra horda, se hizo la regla. Como parte más débil y más necesitada de protección en lo económico y a consecuencia de las funciones sexuales, la mujer caía tanto más en la esclavitud del hombre por proceder de una horda extraña. Se convertía así por completo en una pieza de su propiedad privada, en su «cosa que se guarda bajo llave».
Esta esclavitud es el matrimonio del grado primitivo. Supone, desde luego, el comercio sexual, pero la relación sexual no constituye su esencia. Es más bien una relación económica, y en el fondo nada más que una fianza pública para el sustento material de la madre y el hijo. Todavía hoy, entre los pueblos primitivos, la nota característica del matrimonio no es la cohabitación sexual, ni tampoco la fecundación de la mujer, sino el hecho de que la mujer comparte la casa del hombre y de que ambos se declaran oficialmente compañeros, es decir, representantes de una comunidad económica. También la palabra «familia» no se refería originariamente entre los romanos al hogar, a la pareja y a los hijos, sino que —derivada de famulus, esclavo doméstico— designaba el conjunto de los esclavos pertenecientes a un hombre.
Así, el matrimonio se contraía como comunidad económica y de bienes muebles, no como comunidad sexual o amorosa. Lo decisivo era el factor económico, no el sexual, erótico, anímico.
Allí donde el hombre llega al dominio económico y social, desarrolla cualidades e inclinaciones que son siempre típicas del sexo dominante. Entre ellas está la mayor fuerza con que se manifiesta el deseo, que dormita instintivamente en el ser humano, de cambiar a menudo de relaciones amorosas y sexuales. La poligamia, innata como instinto primordial, se desarrolla en el sexo dominante y se reprime en el dominado. En los pueblos con dominio masculino son polígamos los hombres; en los pueblos con dominio femenino, las mujeres. Al hombre, que se había hecho dominante y sentía de modo polígamo, nada se le oponía en el libre comercio sexual; no sentía, pues, ninguna necesidad sexual del matrimonio. Al contrario: este le habría impedido satisfacer sus necesidades sexuales animales con la mayor frecuencia y la mayor variedad posibles. ¿Por qué contraía entonces matrimonio?
No porque viera en la mujer a la amada, a la compañera sexual, a la hembra de placer —no—, sino porque ella era para él una valiosa fuerza de trabajo. Como esclava, criada, ama de llaves le prestaba servicios importantes; además, en pago del sustento económico que se le concedía, estaba en todo momento a su disposición como objeto de placer. Así, el matrimonio se convirtió para él en un asunto de la economía, no de la geneonomía.
La mujer tenía que trabajar. Esa era su primera tarea. Todo el trabajo duro, penoso y bajo recaía en ella. Después tenía que parir y criar hijos, que el hombre apreciaba y deseaba como fuerza de trabajo (y más tarde como herederos de su propiedad privada). Solo en segundo lugar era un ser sexual, contaba como mujer.
El trato sexual era tosco, primitivo, dictado únicamente por su finalidad. En él solo existían las sensaciones sexuales elementales indispensables para la reproducción de la especie: en el hombre, la atracción sexual; en la mujer, el amor maternal. Sensaciones elementales, ingenuamente animales; más bien instintos. Todos los sentimientos amorosos secundarios superiores, que —unidos a aquellos— componen propiamente el cuadro del amor, faltaban todavía por completo. No se conocían los celos sexuales, no se daba valor a la castidad ni a la virginidad, no había pudor sexual alguno, se era indiferente respecto a la paternidad, no se hacía distinción entre hijos legítimos e ilegítimos y se estaba completamente al margen de la poesía y del romanticismo de la pasión amorosa, que en grados superiores de cultura se tiene por señal de que el comercio sexual ha cobrado alma y se ha interiorizado moralmente. El trato sexual en este grado era solo de naturaleza física, del todo sin espíritu y sin cultura. El eros no había nacido todavía.
En el matrimonio exógamo era fácilmente posible, casi inevitable, que la mujer pasara por varias manos y, con ello, también por varias hordas. Porque el rapto de mujeres era la única forma de emparejamiento. Pero existía el peligro de que el hombre —sin saberlo— se casara con una mujer de su propia consanguinidad. Eso estaba prohibido. Tenía, pues, que procurar señales y distintivos seguros de la ascendencia. Así nacieron los clanes, es decir, asociaciones familiares de consanguíneos que se derivaban de un antepasado común y tenían el mismo nombre de origen. Estas comunidades totémicas o clanes llevaban, además del antiguo nombre de la horda, nombres distintivos particulares que servían para establecer la ascendencia, los llamados nombres totémicos, casi siempre nombres de animales o de plantas. Con ello quedó eliminado el peligro de casarse, por ignorancia de su ascendencia, con una mujer de un grupo consanguíneo.
Ya entre los pueblos cazadores le había correspondido a la mujer procurar el alimento vegetal, sobre todo bayas y raíces. Ella fue también la primera en desarrollar la agricultura. Mientras el hombre seguía al principio vagando en la caza o se dedicaba a la pesca, ella cultivaba el campo, se convertía en la primera sedentaria, al mismo tiempo en la primera propietaria del campo, la principal sustentadora del clan. Cada vez más, la existencia del clan descansaba sobre todo en ella. Un ser tan valioso, naturalmente, el clan no lo cedía de buen grado. Si un hombre quería casarse con ella, tenía que ganársela sirviendo al clan. Se trasladaba al clan de la madre, donde los miembros del clan de la mujer ejercían el dominio y él descendía a la condición de criado. «El hombre es sencillamente el compañero de lecho tolerado de su mujer, obligado a prestar servicios, al que, cuando deja de agradar a su media naranja o a los parientes de esta por línea materna, se echa sin más, a fuerza de vejaciones, de la casa familiar de su mujer, sin que pueda hacer valer derecho alguno sobre sus hijos.»12 En lugar del matrimonio por rapto y por intercambio, por el que el cazador ganaba a la mujer como propiedad suya, había aparecido el matrimonio por servicio.
El matrimonio de este grado era matriarcal, de derecho materno. Los hijos no pertenecían al hombre, sino a la familia de la madre, cuyo nombre llevaban. Para el derecho materno aplicado con rigor, el verdadero progenitor ni siquiera se consideraba emparentado con los hijos, de modo que el hermano de la madre hacía con ellos las veces de padre.
En esta fase asistimos, pues, al espectáculo de que el hombre cae por completo en la dependencia de la mujer, de que la mujer se apodera de la supremacía en la gran familia (matriarcado) e incluso, en casos aislados, se eleva hasta el dominio político (ginecocracia). Su superioridad económica encuentra su reflejo geneonómico en su superioridad conyugal. Esta congruencia confirma el carácter económico del matrimonio. Jacob, que sirvió siete años por Lea y luego otros siete por Raquel, aparece en la historia bíblica como representante de esta época: el pastoreo de los nómadas pasa a la agricultura de los que se han hecho sedentarios.
Pronto, sin embargo, gracias a su fuerza, a su destreza y a su mayor capacidad de rendimiento, el hombre volvió a vencer a la mujer. En cuanto se hizo agricultor, pronto fue el más capaz, ya que las funciones sexuales y el cuidado de la cría no lo apartaban del trabajo como a la mujer. La caza y la pesca se convirtieron en ocupaciones secundarias. Con la cría de ganado, el intercambio, el comercio y el tráfico llegó a la riqueza, que conservó en sus manos. Quería legar esa riqueza, no al clan, ajeno a su sangre, sino a su descendencia. El egoísmo de la posesión se hizo valer. El hombre quería tener hijos de los que supiera que eran sus hijos. Para eso necesitaba una mujer que le perteneciera solo a él. Una mujer sacada de la asociación del clan y sometida en su casa a él y a su vigilancia, entregada exclusivamente a él y a su necesidad sexual. Esa mujer se la compraba, porque como propietario privado disponía de medios propios. El precio de compra lo paga al clan o, más tarde, a los padres de la mujer, que perdían en ella una valiosa fuerza de trabajo. La contraprestación de la mujer consistía en su sometimiento sexual al poder del hombre. Le sacrificaba su voluntad sexual independiente, su individualidad, su derecho sobre sí misma. Se convertía en su posesión, en su cosa que se guarda bajo llave. Y él disponía de ella de manera absoluta. Porque era su mujer.
Así estalló el clan. La gran familia se disolvió en familias individuales. La economía doméstica común del clan se descompuso en numerosas economías domésticas individuales. Comenzaba una nueva formación de células en interés de la conservación de la especie.
Es uno de los hitos más importantes en la historia de la vida sexual y del matrimonio: la propiedad privada de los medios de producción tiene por consecuencia la empresa privada, la economía doméstica privada, la familia privada, el matrimonio privado y la mujer privada.
De ese momento data la servidumbre económica y el sojuzgamiento sexual de la mujer.
Y todas las miserias sexuales que el sexo femenino padece todavía hoy —hoy más que nunca— tienen aquí su raíz.
La monogamia es la tendencia de la posesión individual y del usufructo individual de la posesión, trasladada a lo geneonómico.
En la geneonomía se refleja la economía. La relación de los sexos entre sí es la relación de los hombres con la posesión material que forma la base de su existencia.
Comenzó una nueva fase de la evolución.
El ocaso del clan significó el nacimiento del Estado.
En lugar de la democracia federativa del parentesco, sobre base cooperativa, apareció el poder de dominación estatal construido sobre la posesión individual. Un nuevo principio y una nueva forma de organización.
Müller-Lyer llama a este paso de la organización del parentesco a la organización del dominio una de las mayores transformaciones que la humanidad ha experimentado jamás. «La igualdad y la fraternidad de los miembros del clan tienen que ceder ahora, por milenios, a la servidumbre… Ya no el parentesco, sino el dominio, o, más exactamente, la servidumbre —pues por cada señor hay siempre diez siervos—, es ahora, por milenios, el orden según el cual está construida la sociedad… El poder demoníaco de la riqueza, de la posesión, que transforma al hombre natural en hombre civilizado, ha producido esta transformación.»13
En Alemania, este periodo de la evolución comenzó durante y después de las invasiones de los pueblos germánicos (siglo IV d. C.).14
Con la posesión privada, primero de la tierra, se dio la posibilidad de enriquecerse a costa de otros. La amenaza constante que hordas errantes y tribus rapaces, que aún no habían llegado a la sedentariedad, suponían para la posesión privada hizo necesaria la creación de una tropa guerrera de protección, que, sin embargo, pronto abusó de su destreza en las armas. Los protegidos eran asaltados, violentados y despojados. Se provocaban guerras. Los libres descendían a la sumisión y a la servidumbre. Y los sometidos perdían la posesión del clan. La violencia triunfaba y se enriquecía. Así, la casta guerrera, que rápidamente alcanzó poder y prestigio, con antiguos jefes de tribu y cabezas de clan a la cabeza, se apoderó por la fuerza de las funciones del clan que se extinguía. La casta guerrera se desarrolló hasta formar una nobleza guerrera hereditaria, que representaba el poder dominante del Estado en sus fases iniciales (Estado guerrero, Estado de rapiña, semiestado, pequeño Estado) y más tarde formó los paladines de los príncipes y los reyes. El dominio experimentó así una diferenciación múltiple: una económica, en estamentos profesionales (estamento militar, estamento que produce el sustento); una social, en clases (poseedores, desposeídos); una política, en categorías (libres y no libres, dominantes y dominados).
Si el Estado asumió la herencia política del clan, la herencia económica y geneonómica correspondió a la familia.
La familia se convirtió en la célula de la nueva construcción. Representaba el microcosmos del nuevo orden: comunidad económica, de vida y de educación, que descansaba sobre la base de la posesión privada y estaba animada por la idea que se encarnaba en el Estado como un todo. En el aspecto económico y geneonómico, era el fundamento y los pilares de la sociedad.
Para el Estado y sus funciones, la familia tenía la mayor importancia. Como la célula tiene una importancia fundamental para el organismo. Por eso el Estado estaba muy interesado en la consolidación, el fortalecimiento y la conservación de la familia. Y lo sigue estando: se preocupa de fomentarla y protegerla por medio de la ley, la Iglesia, la moral, la opinión pública, etc. Se pone detrás de ella con toda su autoridad.
En el primer tiempo de la fase familiar, el hombre tenía todavía, probablemente, varias mujeres, que adquiría por compra. En aras del orden y la concordia domésticos, confiaba a la primera mujer que había llevado a casa la dirección de la economía doméstica. Ella se convertía en la esposa principal; las mujeres compradas después se consideraban esposas secundarias o concubinas. «Cuanto más crecía el prestigio de la primera mujer, tanto más se hacía notar en los padres la repugnancia a dar sus hijas a un hombre ya casado. Crecía también la resistencia de las mujeres, que en la monogamia ocupaban una posición más digna que en la poligamia.»15 Como de todos modos la cuestión de fundar una familia era una cuestión económica, era natural que en las capas más pobres, entre los campesinos y los libres comunes, la familia fuera más pequeña, es decir, que se compusiera del hombre, la mujer y los hijos, a los que ocasionalmente, y casi siempre solo de manera pasajera, se añadían los padres y hermanos de los cónyuges. El pobre no podía alimentar a varias mujeres, porque, aunque ellas trabajaban, él seguía siendo el principal sustentador de la familia. La penuria económica le obligaba a la «monogamia de la necesidad». Entre los ricos, la familia se ampliaba, incorporando esclavos, siervos de la gleba y vasallos, hasta formar la gran familia que poblaba una casa señorial16 y que, económicamente —como «economía doméstica cerrada»—, se bastaba en lo esencial a sí misma. A la familia del estamento artesano y burgués pertenecían como miembros los oficiales, los aprendices y los criados. El carácter de la vida familiar era patriarcal.
También el matrimonio tenía, como se entiende por lo dicho, ese carácter, y era además indisoluble. Sin la bendición sacerdotal se consideraba concubinato, y no se toleraba. La posición de la mujer era la de un ser sirviente bajo el dominio incondicional del hombre. «¡Él será tu señor!»17 Es cierto que esclavos o criados le ahorraban a la mujer los trabajos más pesados y toscos, pero aun así tenía que consagrar exclusivamente sus fuerzas a la casa, en la que estaba confinada. Era el «ama de casa»: en eso consistían su destino y su suerte. Tenía que hilar y tejer, trenzar y coser, cocinar y hornear, lavar y fregar, hacer jabón y velas y mil cosas más, cuidar de los hijos, servir al marido, vigilar a la servidumbre: una esclava, ya no de nombre, pero sí de hecho.
Lo atestiguaba también su completa falta de derechos. No tomaba parte alguna en la vida pública, no tenía derechos de la personalidad y era ante la ley absolutamente menor de edad: no podía celebrar contratos ni negocios jurídicos, ni hacer testamento, ni presentar demandas, ni comparecer como testigo; no tenía la potestad de las llaves;18 tenía prescrito con exactitud hasta qué importe máximo podía hacer compras en interés de la casa sin permiso de su señor marido. Tenía que hablar de usted a su marido y estaba sometida a su severa disciplina, hasta el castigo corporal. A los ojos de la Iglesia era una bruja y una concubina del diablo; el pretexto más fútil bastaba para llevarla a la hoguera: más de 100 000 mujeres fueron durante la Edad Media víctimas de esa espantosa locura.
La Reforma no trajo ningún cambio de principio en la posición de la mujer, sino que se limitó a reformar. La ruda sensualidad de Lutero clamaba, sí, contra la vida monjil y «exigía la liberación de los instintos tenidos por bajos, porque había sentido en su propia carne sus consecuencias devastadoras»,19 pero la satisfacción de las necesidades animales la remitía expresamente, para que no ocurriera ninguna desgracia, al matrimonio, y a la mujer, que seguía siendo «consorte», «ama de llaves» y «tesoro del lecho», le inculcaba con insistencia, como orden de Dios, la medida de sus deberes domésticos y conyugales, y ante todo la obediencia a su señor marido.
La finalidad del matrimonio de este periodo era obtener herederos carnales para la posesión del hombre.
Por eso se tenían por virtudes supremas de la mujer la fecundidad y la castidad. La esterilidad se consideraba una vergüenza y era causa de divorcio. La falta de castidad y la infidelidad se castigaban en la mujer con la máxima dureza. El ideal del matrimonio era la monogamia permanente de por vida. «El comercio sexual mutuo ha de limitarse al trato de un hombre con una mujer y de una mujer con un hombre, y además exclusivamente dentro del matrimonio contraído entre ambos. Por consiguiente, castidad absoluta del hombre y de la mujer antes del matrimonio. Esa sería la consecuencia lógica que la institución del matrimonio monógamo exige en último término del ser humano. Es cierto que esa ley también se estableció oficialmente, pero en su inflexible rigidez rige siempre solo para la mujer. Es una contradicción llamativa y manifiesta. Pero solo aparente. Como el matrimonio monógamo no ha nacido del amor sexual individual, sino que está fundado en la conveniencia, representa una forma de familia que no se construye sobre condiciones naturales, sino sobre condiciones económicas. Pero como esos fundamentos económicos consistían exclusivamente en los intereses económicos del hombre —y siguen consistiendo todavía hoy—, tenían que traer consigo desde el principio el sojuzgamiento de principio de un sexo por el otro, a saber, el dominio del hombre en el matrimonio y la opresión, inseparable de él, de la otra parte, la mujer. El nacimiento de la propiedad privada solo exigía, pues, la monogamia de las mujeres, porque con ello se cumplía la finalidad de obtener herederos legítimos. A la poligamia abierta o encubierta de los hombres, en cambio, nada se oponía.»20
El sexo femenino oprimido, por supuesto, se vengó. Se vengó con las armas de su opresión. El adulterio y la prostitución, es decir, la corrección del matrimonio y el sucedáneo del matrimonio, son las formas en que la mujer huye del contrasentido del matrimonio antinatural. Ambos son fenómenos sociales inextirpables, nacidos con el matrimonio monógamo y que reciben cada día de él nuevas condiciones previas para seguir existiendo. Los castigos más duros, incluso inhumanos, contra las adúlteras no han hecho desaparecer el adulterio del mundo; la peor proscripción y persecución de la prostitución no ha logrado curar esa llaga purulenta del cuerpo social. Solo desaparecerán con la antinaturalidad de la monogamia permanente de la mujer, impuesta por las cadenas de la servidumbre económica.
Sea indiscutible que el matrimonio monógamo de la fase familiar, con todas sus deficiencias, representa un gran progreso exterior e interior frente al matrimonio de la época del parentesco. Ya no es mera satisfacción tosca de un instinto animal, acto mecánico por una conveniencia y una necesidad fisiológicas. Ha recibido cierta alma y transfiguración con la incorporación de los sentimientos amorosos secundarios: el pudor sexual, los celos, la castidad, la moral sexual, la pasión amorosa. Del matrimonio por compra se ha transformado en el matrimonio con dote. Representa así una forma superior de matrimonio, todavía no libre, ciertamente, atada al penoso resto terrenal21 de los intereses materiales, unión en primer lugar económica, en segundo lugar sexual y solo rara vez anímica, pero, con todo, un escalón hacia arriba.
Más o menos en la época de la Edad Media cristiana, esta monogamia permanente y forzosa, indisoluble, había alcanzado su apogeo. Este se caracteriza por la abismal oposición entre la posición del hombre, que desde las alturas de la vida abarca con la mirada y domina imperiosamente su tiempo, y la posición de la mujer, que en la estrechez y el aislamiento de la casa y del cuarto de los niños, en la bajeza de una criada, cumple su deber duro y sordo.
Pero el apogeo se convirtió en punto de inflexión. La evolución económica siguió empujando. En la estructura de la sociedad se produjeron cambios. Las fuerzas sociales que habían creado la forma del matrimonio la siguieron desarrollando, para llevarla finalmente a su disolución. Todo ello en un proceso lento, que se extendió a lo largo de toda una fase dilatada.
Se anunciaba la separación de la economía y el amor. Una ruptura interior se abrió en el matrimonio. El principio del fin.
Comenzaba la época capitalista.
La Revolución francesa, a finales del siglo XVIII, fue el establecimiento oficial del sistema económico capitalista y del dominio burgués en interés del capitalismo en la Europa continental.
Arraigado en los grandes descubrimientos geográficos y en las relaciones comerciales de ultramar de la Edad Media, preparado y fortalecido por el desarrollo creciente de la técnica y del proceso de trabajo hasta las máquinas movidas por la fuerza del vapor y el sistema fabril, el nuevo modo de economía venció a la corona y a la nobleza, rompió las cadenas del régimen feudal, derribó el Estado absoluto y elevó a la burguesía a representante de la nueva época.
En el Manifiesto comunista, Marx ha descrito de manera clásica el curso y los efectos de esa transformación de alcance histórico universal.
Beneficio fue la nueva consigna. El dinero conquistó el mundo. A la economía doméstica de autoconsumo, hasta entonces fundamento de la vida económica y terreno nutricio de toda clase de producción artesanal, se le asestó el golpe mortal. La producción de mercancías irrumpió con fuerza y pronto dominó el mercado. «En las grandes cooperaciones con división del trabajo y máquinas motrices y máquinas de trabajo integradas, el capitalismo establece formas de empresa de una capacidad de rendimiento tan superior que la empresa enana de la economía doméstica familiar ya no pudo competir con ellas. Empieza ahora una nueva era de la economía: se impone el principio, opuesto a la producción propia y hasta entonces representado casi solo por el oficio, de que no fabrica un bien quien lo necesita, sino quien está mejor equipado y es más hábil para ese trabajo. Casi nadie produce ya para la propia necesidad, sino que casi todos producen para el intercambio. La producción propia de la economía doméstica familiar es desplazada en toda la línea por la producción de mercancías. Un acto de producción tras otro se desprende ahora de la economía doméstica y se transfiere a la producción social. Y con ello la economía doméstica familiar ha terminado definitivamente de desempeñar el importante papel que durante muchos siglos le había correspondido por encima de todos los elementos de la organización del trabajo.»22
La consecuencia fue que la familia, despojada de sus funciones más importantes, cayó en una descomposición interior y exterior, lenta, sí, pero imparable.
La economía de la casa señorial de la época feudal, que había servido de base a la gran economía doméstica señorial y representaba la asociación familiar cerrada más fuerte, fue la primera en desaparecer de la escena.
La siguió la gran familia patriarcal del artesano agremiado, al que se le marchaban los oficiales y los criados para entrar a trabajar en la fábrica, con salario más alto y jornada más corta. Con el tiempo se redujo a los miembros justamente necesarios para formar una familia: el hombre, la mujer y los hijos.
Cuanto más estiraba el capitalismo, como un joven gigante, sus miembros emprendedores y crecía hacia dimensiones cada vez mayores de la producción y del industrialismo, cuanto más inevitablemente perdía con ello el pequeño productor el poder de disponer de las materias primas, el taller, las herramientas, el oficio y el mercado, tanto más se vieron pronto obligados también los artesanos y pequeños burgueses a seguir a los oficiales y criados a la fábrica. Se hicieron proletarios, y muy pronto tuvieron también a su lado, camino del lugar de trabajo, a la mujer y a los hijos, explotados con ellos como compañeros de trabajo. El capitalismo reclamaba sus manos ora aquí, ora allá, los arrancaba de la comunidad, dispersaba a cada uno por las empresas más diversas, los aislaba. Ya solo se encontraban en las pausas para comer y, al acabar la jornada, en casa, que ya no era su casa, sino una vivienda de alquiler cambiada a menudo en un desolado cuartel de alquiler.
Así, el capitalismo le ha quitado el suelo a la familia, ha desatado su lazo, ha dispersado a sus miembros, ha aflojado sus relaciones o incluso las ha aniquilado ya.
La familia se ha convertido para una gran parte de la población en un recipiente vacío. Ha perdido su contenido histórico, su fuerza cultural. Una institución formal, un mero nombre es todo lo que queda de ella. Su tiempo ha pasado. Ahora bien, que haya quedado liquidada históricamente no significa que haya pasado ya visiblemente al pasado. Subsiste todavía hoy con todas sus formas y toda su vigencia. Pero su descomposición empezó hace mucho. Su proceso de disolución está en pleno curso.
La descomposición interior del matrimonio comenzó con la abolición de la prohibición del divorcio. (Primero en Francia, con la Revolución.) Hasta la época burguesa, la influencia decisiva en las cuestiones del derecho matrimonial la había tenido la Iglesia, que quería que el matrimonio se entendiera y tratara como monogamia permanente e indisoluble. El Estado liberal moderno, que rompió con muchas autoridades heredadas, quitó a la Iglesia esa influencia e introdujo el matrimonio civil. Desde entonces el matrimonio se contrajo ante el funcionario del registro civil; la boda religiosa era ya solo un accesorio tradicional, al que se podía renunciar sin menoscabo de la validez del contrato matrimonial. En relación con esta secularización del matrimonio se reconoció por principio su disolubilidad. Fue un ataque formidable contra la santidad y la intangibilidad del matrimonio, aun cuando se intentara hacer imposible en la práctica el divorcio con la estrechez en la admisión de las causas de divorcio y la acumulación deliberada de dificultades procesales para la separación. De hecho, el número de divorcios ha aumentado año tras año; desde la guerra mundial, su enorme crecimiento se ha convertido en uno de los síntomas más drásticos de la actual descomposición del matrimonio.
Otra contribución a la decadencia del matrimonio la aportó la introducción de la escolaridad obligatoria por el régimen liberal. Hasta entonces, la educación de los hijos había sido sobre todo tarea de la familia. Bajo la guía del padre, el muchacho había recibido su primera formación práctica y —si se quiere— teórica en el taller y en el campo; bajo la dirección y la disciplina de la madre, la muchacha había recibido la suya en la cocina, la casa y el cuarto de los niños. Ahora la profesión de educador y de maestro pasó de los padres al pedagogo profesional, de la familia a la escuela. Lo que enseñaba la escuela se hizo determinante para la vida y para el puesto que en ella se quería ocupar. La familia había perdido una función de importancia fundamental; además, la escisión entre la educación doméstica y la pública se convirtió en fuente de innumerables conflictos matrimoniales.
Un factor importante que aceleró extraordinariamente la decadencia del matrimonio surgió de la diferenciación del trabajo femenino. Obligada al trabajo remunerado por la necesidad de mano de obra del capitalismo y por la creciente penuria del proletariado, la mujer conquistó una profesión tras otra. Se hizo obrera de fábrica, dependienta, oficinista, maestra, médica, arquitecta, artista, parlamentaria, consejera de Estado, etc. Ningún campo de trabajo y de actividad le quedó cerrado a la larga. Con ello la mujer ganó en alto grado independencia económica y libertad personal. También la guerra, sobre todo, que la sustrajo a la tutela del hombre y la puso ante tareas nuevas, a menudo difíciles, contribuyó mucho a su independización. Aunque muchas veces conciba su profesión solo como etapa de paso hacia el matrimonio, el hecho de que, como persona económicamente independiente, goce de mayor margen en la elección de cónyuge y de la ventaja de una decisión libre quita para ella al matrimonio el carácter deprimente de institución de sustento y, con ello, el carácter de matrimonio en sentido burgués.
El fortalecimiento económico y la independización del sexo femenino despertaron la emancipación de la mujer y dieron sin cesar nuevos impulsos al movimiento feminista. Se plantearon reivindicaciones jurídicas, sociales, políticas y éticas; la mujer exigió la igualdad de derechos con el hombre en la legislación y la jurisprudencia, en la instrucción escolar y la administración, en la opinión pública como en la sociedad, en la política, en el Estado, etc. Tras una lucha larga y tenaz conquistó por fin el derecho de voto, entró en el parlamento, ocupó cargos de gobierno. ¿Qué significa todavía, al lado de esas conquistas, el matrimonio? ¿Es todavía el sol central en torno al cual gira toda la existencia de la mujer? ¿Dónde han quedado la olla, la calceta y la tina de lavar?
El matrimonio —sí, existe todavía. Pero ¡en qué transformación!
Cuanto más ha avanzado la evolución capitalista y más se ha marcado la división de la sociedad en dos clases, tanto más palpable se ha hecho también la novedad del papel que esta época asigna a la mujer. Se abre un profundo abismo. La mujer de la clase poseedora, dispensada por los progresos de la técnica de todo trabajo dentro de la familia, se convierte, a medida que crece la riqueza del hombre, cada vez más en un objeto de lujo, un capricho costoso, un animal de lujo y una hembra de placer: cuidada, adornada, mimada, llena de exigencias, que solo goza y proporciona goce al solvente gozador. Su sitio está en la villa confortable, en la mesa bien servida, en el automóvil distinguido y en el caro palco del teatro; es, junto a la bodega, el caballo de carreras y la amante, el más distinguido y valioso objeto de exhibición, de ostentación y de diversión del snob rico. En sus costumbres mundanas y sus necesidades, en su lujo de la moda, en su hastío y en su falta de alma, casi siempre espantosa, se refleja la putrefacción fosforescente de este mundo condenado a perecer.
Frente a ella, la mujer de la clase trabajadora. También ella ha sido liberada por la evolución de una parte de la esclavitud doméstica, pero la forma, que derrocha las fuerzas y estrecha la mirada, de la empresa económica enana de la economía doméstica individual le impone todavía cargas demasiado grandes y pesadas. Con una tenacidad y una fuerza inauditas lucha contra la condena de por vida a un trabajo de culí indiferenciado, aunque por el momento solo con el resultado de cambiar la esclavitud doméstica por la esclavitud asalariada. Con ello gana al menos un campo de movimiento y de visión más amplio. Cada vez más se coloca al lado del hombre como compañera de trabajo, como colega de profesión, como igual en lo jurídico y lo social, como compañera de lucha política. Comparte con él deberes y derechos, esfuerzo y remuneración, los peligros de la lucha y las alegrías del éxito. Goza de la libertad y de la independencia que hasta entonces eran privilegios del sexo masculino; tiene un horizonte intelectual más amplio y se siente inmediatamente ligada a las fuerzas motrices y a las leyes de movimiento de la evolución general de la vida social; representa una actividad cultural y una potencia cultural superiores frente a las mujeres de ayer y de anteayer. Competiría con el hombre en el disfrute de la independencia y la libertad si no fuera mujer, cargada por la naturaleza con el peso de la maternidad.
Ese peso la hace retroceder una y otra vez en la carrera, impide en último término toda liberación por la igualdad social y jurídica y convierte todas las conquistas de la emancipación de la mujer por el liberalismo, el trabajo industrial, la gran economía doméstica, la educación colectiva, etc., en una medianía dudosa e insatisfactoria.
La mujer tiene que dar todavía un paso más.
Para ello, sin embargo, tienen que haber sido derribadas antes las barreras del actual orden social por una revolución general. Porque todo progreso decisivo en un campo de la vida social supone forzosamente —esta es la conclusión que hemos sacado del examen de las conexiones históricas— transformaciones decisivas en el conjunto.
II. El matrimonio de hoy.
El orden sexual vigente.
En cuanto la vivencia sexual del ser humano entró en el ámbito de su conciencia social, recibió su fijación ideológica y su expresión ética en la moral sexual, que se formó dentro del complejo de la ética social.
La moral es un asunto social. Los conceptos y las leyes morales no les son dictados a los hombres por autoridades celestiales ni terrenales. Brotan del sentimiento moral, que no es otra cosa que el instinto de conservación cultivado. Una moral absoluta no existe. «Rechazamos toda pretensión de imponernos cualquier dogmática moral como ley moral eterna, definitiva, inmutable en adelante, con el pretexto de que también el mundo moral tiene sus principios permanentes, que están por encima de la historia y de las diferencias entre los pueblos.»23 El contenido de la teoría moral cambia según las épocas y los pueblos; sus leyes son mudables. Lo eternamente permanente es solo la voluntad de vivir. Y la expresión de esa voluntad de vivir se refleja en la moral: lo que le es útil se llama bueno; lo que le perjudica, malo.
Como la vida de la sociedad está dominada por intereses económicos, sobre todo los de asegurar la existencia y propagar la especie, hay que concluir que la moral, como expresión de necesidades vitales de la sociedad, está orientada económicamente. «Todos los mandamientos y prohibiciones morales son fenómenos condicionados por la época, arraigados en el proceso económico de la vida de la sociedad. También las concepciones éticas y los conceptos morales más elevados están sacados en última instancia de las condiciones económicas en que los hombres encuentran su sustento. Dondequiera que se dé una convivencia y una cooperación de varios individuos con el fin de satisfacer sus necesidades, estos individuos entran necesariamente en relación unos con otros.»24 Así ocurre ya entre los animales.
Todos los animales sociales, dice Müller-Lyer, tienen instintos sociales que les faltan a los demás: tienen la inclinación a estar continuamente atentos unos a otros, para no perderse nunca de vista; a respetar hasta cierto punto la vida de los compañeros de horda; a llevarse en paz, a imitar a los otros, a atraerse mutuamente, a subordinarse al todo o al menos a poner de acuerdo los propios intereses con los de la sociedad, etc. En los animales gregarios más altamente organizados se añade todavía el instinto de defender a los otros, de sacrificarse por ellos en ciertas circunstancias; de sentir compasión o simpatía; y el sentimiento del honor (o, si se quiere, la vanidad) de ser respetados, o al menos no despreciados, por los compañeros. Todos estos instintos sociales merecen el nombre de instintos morales. Juntos constituyen la moral de la raza. Porque obrar socialmente y obrar moralmente es exactamente lo mismo.25
Los instintos sociales se siguieron desarrollando por la necesidad de la propia conservación. Solo así pudo la horda, compuesta de seres individuales débiles, sostenerse en la lucha por la existencia. Porque una unión de muchos para defenderse y hacer frente es, por así decir, un organismo de orden superior, un superanimal, un múltiplo de animal. Y el principio de la unión, de la cooperación social, se convirtió en el principio de la raza animal superior, que, apoyado y potenciado en sus efectos por los medios de la razón y del lenguaje, la elevó a señora de la tierra.26
Como reflejo de las condiciones económico-sociales de la existencia, la moral acompaña al género humano a través de todas las fases y transformaciones de su evolución. El principio de la unión se desarrolla cada vez más, y su resultado concreto es la unión en asociaciones cada vez más grandiosas, más sólidas y, finalmente, estatales. «Todos los progresos humanos fueron causados desde entonces por los progresos de la socialización, es decir, por la acción recíproca, cada vez más intensa, cada vez más regulada y planificada, de un número siempre cambiante de individuos. Porque el hombre no debe su grandeza, su superioridad sobre el animal y su dominio sobre la tierra a su fuerza y su magnificencia individuales, sino a su capacidad de ensamblarse con otros, a la cooperación unitaria de los muchos, que se integran como formaciones elementales en un organismo de orden superior y representan un sistema de fuerzas que actúan unas sobre otras, cada vez más poderoso y que acaba por extenderse sobre toda la tierra.»27
Con la aparición de la propiedad privada, que fue una consecuencia de la división del trabajo, la sociedad humana se escindió en dos campos. La clase poseedora se hizo dominante, sometió a la clase desposeída a su interés económico, a su orden social transformado y a su ideología.
Con ello la moral quedó puesta al servicio de la clase dominante. Su tarea pasó a ser la justificación moral del dominio de clase. Desde entonces se tuvo por moral lo que era útil a la clase dominante, y por inmoral lo que la perjudicaba. Y el poder de la organización estatal, en manos de los dominantes, impuso a los dominados como válido y obligatorio el código moral que les era ajeno y contrario a sus intereses.
Entre sexualidad y moral se da eo ipso un paralelismo, en cuanto ambas tienen la misma base social de la que brotan y la misma orientación económica a la que están sometidas.
Así como al carácter económico de cada época corresponde el cuadro de su vida sexual, así corresponde al cuadro de esa vida sexual el reflejo de su moral sexual. Lo uno condiciona, completa y consuma lo otro en congruencia orgánica y en penetración y elevación recíprocas.
En la familia de derecho materno, por ejemplo, el derecho materno era un postulado ético-sexual tan evidente como lo es en la familia de derecho paterno el derecho paterno.
El matrimonio por rapto se tenía en su tiempo por institución moral, igual que más tarde el matrimonio por compra y, todavía más tarde, el matrimonio con dote.
Y así como la poligamia del hombre gozó en ciertas condiciones del pleno reconocimiento ético de la sociedad, así lo goza hoy, en condiciones cambiadas, la monogamia.
La ideología ética es siempre el espejo de la realidad sociológica.
En la actual sociedad burguesa capitalista, la única legitimación moral de la sexualidad se da en el matrimonio monógamo, es decir, en «la posesión de un ser humano para la servidumbre sexual exclusiva de por vida» con el fin de engendrar descendencia con derecho a heredar.
La sexualidad misma se juzga de modo diverso según la actitud ante el mundo.
La concepción cristiana, de orientación enteramente teológica, separa el cuerpo y el alma, el más acá y el más allá, ve en la «consecución de la bienaventuranza eterna» el destino terrenal del hombre y solo admite la vida en la tierra como valle de lágrimas y preparación para el reino de los cielos. El apartamiento de la vida y el alejamiento del mundo son para ella supuestos importantes para cultivar y mantener la nostalgia del más allá y la necesidad de redención. Por eso su más fuerte rechazo y su más violenta hostilidad alcanzan a la voluntad de vivir terrenal allí donde es más activa, más alegre y más creadora: en el acto sexual. La sexualidad es para ella pecado, bajeza, porquería, obra del diablo. La mortificación de la carne vale para ella como mandamiento supremo, y su logro como la más alta hazaña moral.
A la concepción cristiana se opone diametralmente la liberal. Viene de las ciencias naturales y es la concepción del burgués ilustrado. Según ella, el comercio sexual es un asunto puramente corporal e higiénico, una función natural que está más allá del bien y del mal. Así como se necesitan urinarios, así necesita, según ella, el hombre el coito. La mujer es para el hombre una especie de retrete, del que se sirve a su antojo, en el matrimonio, en una relación o en la prostitución, para librarse de tensiones molestas, pero inevitables.
Si la primera concepción conduce en sus efectos y consecuencias al alejamiento del mundo, a la mojigatería, a la esterilidad, a la perversión y al onanismo, la segunda conduce a una pérdida del alma formalista y mecanicista, a una servidumbre animal del instinto, a un embrutecimiento y una rudeza interiores, a una vida, pues, a la que le faltan el ritmo y la pasión precisamente de la más alta felicidad y del más alto enriquecimiento anímicos.
La práctica de la vida burguesa encuentra la salida de este dilema en un compromiso. Su concepción oportunista se sitúa en teoría en el terreno del ascetismo cristiano, al ver en el comercio sexual un asunto del que hay que avergonzarse y del que conviene hacer el menor ruido posible, pero en la práctica se decide por ejercer la concepción liberal, al justificar el comercio sexual por «los fines superiores del deber social», a saber, la necesidad humana de reproducirse. Nuestra constitución fisiológica, argumenta, nos obliga a la sexualidad. Y en interés de la conservación de la especie es obligado obedecer a esa necesidad. El trato sexual se convierte así en «pecado venial». Es verdad que la historia de la especie nos enseña «que la comunidad sexual se da en todos los organismos no en interés de la reproducción, sino en interés de la felicidad sexual, y que solo en el hombre ha aparecido una voluntad consciente de reproducirse. Pero como precisamente en él la excitabilidad sexual ya no está limitada a determinadas épocas breves del año, esa voluntad, despertada tarde, no pudo llegar a ser decisiva para la vida sexual. Si una comunidad sexual ha de calificarse de moral o de inmoral, eso nunca puede decidirlo el cumplimiento de la tarea de reproducirse».28 La moral sexual social de hoy, sin embargo, no se ve afectada por esta concepción. Para ella, la sexualidad, de suyo penosa y pecaminosa, queda rehabilitada por el factor de la reproducción; la conciencia moral se tranquiliza y el hombre llega, aunque sea por un rodeo y por un error de razonamiento, a un goce al que como cristiano tendría que renunciar. Así queda todo en el más bello orden. Como en la época burguesa la conservación de la especie está asegurada del modo más seguro en el marco del matrimonio, para la práctica de la concepción oportunista solo cuenta la sexualidad conyugal sancionada por las autoridades. Así el matrimonio se convierte en la única legitimación de la sexualidad, en cualquier forma y según cualquier concepción con que esta se ejerza después. De las relaciones sexuales dentro del matrimonio la sociedad declina toda responsabilidad.29
La monogamia permanente del matrimonio burgués ideal descansa, según la moral sexual dominante, sobre dos principios característicos: la pretensión de posesión indivisible de los cónyuges el uno sobre el otro y la indisolubilidad.
La pretensión de posesión indivisible de los cónyuges el uno sobre el otro es la consecuencia ético-sexual del concepto burgués de propiedad. Donde la posesión de bienes es poder y la posesión de saber vale como cultura, es lógico que la posesión del cónyuge constituya una parte esencial de la felicidad conyugal. Ahora bien, es sin duda una meta ideal de todo emparejamiento pertenecerse exclusivamente uno a otro y fundirse por completo el uno en el otro, y sin duda también que en ello está la quintaesencia de la más alta felicidad erótica. Pero esto solo vale para la forma ideal de matrimonio dada en el emparejamiento biológico, donde la posesión exclusiva es la coronación voluntaria de la unión de dos individuos. El orden burgués, por intereses económicos, ha violentado el emparejamiento biológico (matrimonio por amor) convirtiéndolo en una atadura social (matrimonio de posesión) y ha hecho de lo que se da por sí mismo un supuesto exigido. Esta intromisión de lo social en lo psicológico se venga y conduce a ataduras paralizantes, al sojuzgamiento anímico, a la esclavitud. «Una privación de libertad que los hombres no tolerarían en ninguna otra relación, empezando por la distribución del día y de la noche, la manera de llevar la casa, hasta la pérdida más completa de espacio propio, de tiempo propio y de sí mismo, es aquí un supuesto natural. Sin la otra “mitad” no puede pensarse siquiera la una, y así ocurre que personas que a menudo solo se tocaban en un punto quedan ahora soldadas por toda la superficie de su existencia, y siguen estándolo aunque se encuentren con otros complementos cuyo modo de ser se ajusta mucho mejor al suyo que el de la mitad legítima.»30
En esta constatación se expresa la contradicción entre la forma de principio y la forma real del matrimonio burgués. Incluso quienes defienden el matrimonio burgués la sienten, si no con claridad, sí con bastante dolor. «El estar juntos ininterrumpidamente de un cónyuge con el otro, la inevitable pretensión sobre el objeto del derecho de posesión conyugal transforma a la larga incluso el amor ardiente en indiferencia, trae consigo riñas insoportables y mezquinas»,31 embota las vivencias de la felicidad más tierna y más elevada hasta hacerlas costumbres aburridas. Y la habituación es la tumba del amor.
Igual de absurdo es también el principio de la indisolubilidad del matrimonio, que desprecia del mismo modo sus condiciones biológicas y psicológicas. Supone la idea de que la psique humana es inmutable a lo largo de toda la vida, una hipótesis que contradice toda experiencia, y no tiene en cuenta la inevitabilidad de los errores antes de casarse. En lugar de corregir con rapidez y con cuidado, disolviendo la unión matrimonial, los desaciertos cometidos en la elección de cónyuge y las incompatibilidades que aparecen más tarde, la moral sexual de la sociedad se opone con hostilidad a esa solución. «Un cambio abierto y sin trabas de las relaciones amorosas ofende a la sociedad actual, a la que no le importan los intereses de la especie ni la felicidad individual, sino solo el factor de la propiedad.»32 Así, el matrimonio de hoy conduce a una trivialización y un empobrecimiento de las relaciones amorosas, a la incapacidad y la pereza eróticas, que exigen del vínculo formal lo que solo puede ser el don voluntario de corazones que se aman, y finalmente al cegamiento y sepultamiento del erotismo en general.
El desconsolador vacío de amor en la mayoría de nuestros matrimonios actuales, ya al cabo de muy poco tiempo, la opresiva falta de una profundización de la vida anímica por la fuerza y la consagración del eros, es un hecho triste y da testimonio de la bancarrota de toda nuestra cultura social.
El complemento necesario e inevitable de la monogamia forzosa es la prostitución, «la entrega indiscriminada y sin elección a cualquier hombre a cambio de pago».
Sus raíces son sin duda mucho más profundas que la mera desproporción, socialmente condicionada, entre la voluntad de casarse y la posibilidad de casarse de los hombres; quizá sus causas más profundas se remonten al instinto polígamo, latente en la sexualidad humana y abierto paso en los hombres como sexo dominante, que reclama variedad en el comercio sexual. «Cuando médicos y moralistas sexuales subrayan una y otra vez que la prostitución es imprescindible, precisamente para proteger el matrimonio, que de otro modo quedaría irremediablemente expuesto al asalto de los instintos polígamos y en poco tiempo sería por ello destruido del todo, puede que eso sea cierto. Pero precisamente esa afirmación muestra con toda claridad lo insostenible y confuso de nuestra moral sexual actual. La prostitución, protección del matrimonio, sobre todo de las esposas: ¡qué caricatura y, sin embargo, qué retrato verídico de nuestra vida sexual! La protección del matrimonio, es decir: cada cual teme sobre todo por su propia esposa y pone en peligro a todas las demás.»33
Tiene que haber, pues, prostitutas para que haya mujeres decentes y muchachas intactas. La pureza de una mitad del sexo femenino se compra con la abyección de la otra mitad. Solo por la existencia del vicio se manifiesta la gloria de la virtud. Exactamente igual que por la pobreza nace la riqueza, que la explotación produce la abundancia: la moral burguesa es siempre igual a sí misma, como su lógica y su mecánica.
De hecho, la mujer burguesa no se opone en absoluto a la prostitución. Porque, como expone de manera excelente Elisabeth Busse-Wilson,34 le hace directamente el juego y se convierte así en su aliada. Esto ocurre indirectamente por el mecanismo social del «bloqueo del amor».
Como la finalidad del matrimonio es el aseguramiento económico y social de la mujer como madre, y el deber de ese aseguramiento ha sido descargado por la sociedad sobre el hombre individual, el marido, «la sociedad le exige, antes de conceder el amor, el empeño irrevocable de su persona y del producto de su trabajo de por vida en favor de una sola mujer». Para asegurar esta medida contraria a la naturaleza, la sociedad decreta un bloqueo general del amor hasta la celebración del matrimonio, al obligar a la muchacha —so pena de proscripción social en caso de maternidad ilegítima— a la castidad, es decir, a negarse al trato sexual antes del matrimonio, tal como se le ha inculcado por la educación, la influencia moral, la atrofia de la inteligencia, la sobrevaloración del concepto de virginidad, etc.
Si el hombre no puede o no quiere prestarse a esta comercialización y regateo del amor, que hace de la inocencia y la virtud un negocio de chalanes, y no presta la fianza económico-social exigida, se le niega el goce del amor. Cae bajo el bloqueo del amor.
Pero la negativa no nace en absoluto de la pureza moral y de la virtud; al contrario, nace de una concepción completamente propia de ramera sobre el valor del goce amoroso. Porque la negativa solo se produce porque el amante no quiere responder de las consecuencias, no quiere pagar. Si pagara, es decir, si se declarara dispuesto a casarse, tendría al instante el favor de la honesta beldad. Ella, que hace un momento rechazaba con indignación toda comunidad sexual con él, estaría al instante dispuesta a subir al lecho conyugal.
El hombre quizá no se preste de entrada a esta prostitución enmascarada de la moral sexual burguesa. Pero la naturaleza reclama su derecho; necesita comercio sexual. ¿Qué ha de hacer? Se sirve de la… prostitución sin máscara.
Como desdeñó la prostitución en el lecho conyugal, acaba en la prostitución de la calle.
Aquí como allí: amor solo a cambio de dinero.
En el mundo burgués todo, también lo más puro y lo más sagrado, se ha convertido en mercancía.
Entre el matrimonio burgués y la prostitución no hay, pues, ninguna diferencia de principio.
Su oposición es solo aparente, porque es puramente exterior; se agota en un matiz distinto del concepto de prostitución. Monogamia forzosa: venta del cuerpo de la mujer al hombre para su uso de por vida a cambio de una prestación única de fianza global. Prostitución: venta del cuerpo de la mujer a muchos hombres a cambio de pago por cada uso.
En el fondo, las dos veces lo mismo. Y, sin embargo, según la ética social dominante, lo uno es moral y lo otro inmoral. El amor conyugal es glorificado, elevado a sacramento, dotado de permiso, honores, privilegios y bendición divina; el amor de ramera, en cambio, es anatematizado, tolerado solo en la clandestinidad y la fealdad, castigado con la afrenta, la proscripción y la pena.
¿Por qué todo esto? ¿De dónde la diferencia en la valoración y en el trato?
La sociedad quiere que la madre y el hijo, después de que la colectividad ha dejado de ocuparse de ellos, estén mantenidos y asegurados por el hombre individual. El matrimonio cumple esa finalidad; es útil con ello a la conservación social de la especie: por eso es bueno. La prostitución no cumple esa finalidad, porque al hombre, más allá del pago por el acto sexual, no le impone ninguna obligación ulterior; perjudica o pone en peligro la conservación de la especie, o por lo menos no le ofrece ningún apoyo: por eso es mala.
Desde el mismo ángulo hay que considerar la educación de la juventud en el pudor, el mantenerla en la ignorancia sexual, la coquetería, el flirteo, toda la orientación de la psique femenina hacia la boda y el lecho conyugal, todo el sistema de cebar al hombre para el matrimonio. Al hombre se le provoca y se le atrae, se le excita sensualmente con promesas y diversiones (baile, moda, etc.); pero si quiere echar mano para coger el fruto prometido, se le niega hasta que hace el voto del sustento por el matrimonio. En ese momento salta la trampa y queda para toda su vida prisionero de su contrato.
Del mismo modo, «todo el anatema, la negación y la sospecha moral sobre la sexualidad sirve únicamente a la intimidación moral, es decir, al apoyo del mecanismo social: el bloqueo del amor antes del matrimonio y la canalización forzosa del instinto al lecho conyugal monógamo».35
La prostitución, sin embargo, no solo reduce cruelmente al absurdo el supuesto santuario de la monogamia forzosa burguesa y la moral sexual burguesa, sino que además estropea al ser humano para la capacidad de un goce amoroso refinado y auténtico. «Conduce a una mutilación de las representaciones normales de los hombres, conduce a la deformación y al empobrecimiento del alma, le arranca lo más valioso, la capacidad de la vivencia amorosa ardiente y apasionada, que amplía y enriquece la individualidad con una suma de vivencias de plenitud… Lo psicológicamente insuficiente de las ternuras compradas se refleja de manera especialmente funesta en la psique masculina: el hombre que se sirve de la prostitución, a la que le faltan todos los momentos preparatorios que ennoblecen y que conducen al verdadero éxtasis erótico, se acostumbra a acercarse a la mujer con exigencias reducidas, con una psicología embrutecida y desvaída. La costumbre de las ternuras sumisas, forzadas, hace que ya no observe en absoluto el complicado proceso en el alma de su compañera; deja de tener oído para sus vivencias, y no digamos para captar sus finos matices. La mujer normal busca en la unión amorosa satisfacción y armonía; el hombre embotado por la prostitución, al que se le escapan las complicadas vibraciones de la sensación amorosa, solo sigue su mísero y monótono impulso físico, que deja en ambas partes nada más que la sensación de insatisfacción y de hambre del alma.»36
Entre el matrimonio legal y la prostitución se ha formado por eso una tercera forma intermedia de comercio amoroso y sexual, que tiende ora más hacia un lado, ora más hacia el otro: la «relación».37
Esta forma de sucedáneo episódico del matrimonio se caracteriza por la medianía, que constituye su ventaja y a la vez se convierte en su perdición. Nace allí donde faltan la voluntad subjetiva o la posibilidad objetiva del matrimonio legal y donde, por otra parte, para llegar al goce sexual, tampoco se toma o puede tomarse el camino de la prostitución. Según las circunstancias en que se produzca la unión, la relación es más matrimonio o más prostitución, y para caracterizarla vale lo que se ha dicho de uno o de otra.
Como al principio se contrae sin la obligación vinculante del hombre de mantener a la madre y al hijo, la sociedad no la reconoce. Se la tolera mientras no tenga consecuencias; se la sanciona en cuanto se convierte en matrimonio; se la persigue y castiga en cuanto resulta ser prostitución. Para la moral sexual dominante es siempre un fenómeno desagradable y escandaloso. No tanto por mojigatería como por la defensa, en el fondo justificada, contra los perjuicios sociales que se seguirían de su frecuencia.
Grete Meisel-Hess38 ha expuesto con gran agudeza cómo el hombre de hoy lleva a la relación amorosa libre las representaciones morales mutiladas, falsas e insanas de una psique que viene o del matrimonio forzoso burgués o de la prostitución; cómo ese hombre nunca llega a desarrollar la capacidad de una relación amorosa refinada y ennoblecida; cómo en la dura lucha por la existencia, en el afán de lucro y el arribismo de hoy, no le queda tiempo para el cuidado y el cultivo de un erotismo exigente y delicado, y cómo la felicidad amorosa misma está constantemente amenazada y puesta en cuestión por mil perturbaciones y peligros, por las dificultades del medio, los estados de ánimo, la técnica de las citas, de la espera y del aguardar, etc. Ha expuesto además cómo la relación crea también una atmósfera psicológica en la que nunca surgen una verdadera naturalidad y seguridad eróticas, la exigencia anímica pronto se desmesura, el miedo constante a la ruptura crea irritabilidades nerviosas, y el eterno calcular y sopesar todas las constelaciones posibles merma de tal modo la vivencia amorosa que toda relación se rompe tarde o temprano. En el mejor de los casos acaba en el matrimonio legal.
La moral sexual de hoy es una medida ideológica de protección en favor de la mujer en interés de su rendimiento generativo para la sociedad. Dicho de otro modo: para decidir a la mujer a asumir la tarea de parir hijos y cuidar de la cría, la sociedad le asegura el sustento de por vida, encadenando la satisfacción sexual del hombre, fisiológicamente inevitable, a la institución del matrimonio monógamo, y proscribiendo, persiguiendo y castigando todas las demás formas de comercio sexual sin ese aseguramiento de la mujer. Al mismo tiempo, el matrimonio monógamo es el que mejor salvaguarda la sucesión hereditaria, que interesa a la familia de derecho paterno, porque solo él ofrece la garantía de la legitimidad de los herederos carnales.
La sociedad tiene que ser severa en la vigilancia y en la aplicación de sus mandamientos ético-sexuales, porque su cumplimiento decide sobre su subsistencia o su ruina.
Pero cuanto más severa es, tanto más imposible hace a un círculo creciente de sus miembros respetar las leyes de la moral sexual. Surge un círculo lleno de contradicciones, que en sus conclusiones opera más o menos así:
La sociedad burguesa descansa económicamente en la economía capitalista de mercancías. Cuanto más se desarrolla esta, tanto mayor se hace el ejército de los proletarios, tanto más duradero y amplio es el proceso de proletarización, tanto más general aparece la pobreza como fenómeno de masas. La consecuencia de ello es que cada vez menos personas están en condiciones de contraer la obligación de mantener a la madre y al hijo, es decir, de casarse, sobre todo cuando, por el aumento de la instrucción y de la educación moral, se ha acrecentado el sentimiento de responsabilidad y, por los progresos de la cultura social, han crecido las exigencias del individuo a la vida. Un porcentaje cada vez mayor de hombres se ve empujado, en consecuencia, en su miseria sexual, a uniones sexuales que no les imponen frente a la mujer ninguna obligación para con la conservación de la especie. De hecho, más del 50 por ciento de todas las personas en la edad de mayor potencia generadora están excluidas del goce amoroso y de la reproducción. El número de hijos ilegítimos aumenta sin cesar, mientras que la natalidad en los matrimonios legales disminuye en igual progresión. Y mientras el matrimonio legal, medido ya solo por el enorme aumento de los divorcios, se encuentra en un proceso imparable de descomposición y disolución, la forma del matrimonio salvaje o libre, del concubinato, de la amistad sexual, etc., experimenta una expansión constante. Pero eso significa que, en un número cada vez mayor de casos, ya no está garantizado el aseguramiento material de la madre y el hijo que la sociedad exige. Por falta de sustento social empeoran, pues, las condiciones para la crianza de la prole y la conservación de la especie. La moral sexual social, creada para proteger a la sociedad, se vuelve, a cierta altura de la evolución, contra los intereses de la sociedad. Esta consecuencia del proceso dialéctico conduce necesariamente a la conmoción y el socavamiento de la institución del matrimonio burgués.
Todavía en otro aspecto entra el matrimonio en contradicción con las leyes y los intereses de la conservación de la especie. También aquí se revela un círculo funesto.
La conservación de la especie exige una determinada selección —natural o artificial—. Por tal se entiende la elección de los biológicamente más aptos para los fines de la reproducción. Los individuos más vigorosos, más sanos, que mejor responden al ideal de la especie, han de engendrar la descendencia; los de menor valor han de ser apartados de la reproducción en lo posible. El emparejamiento según criterios biológicos aparece así como la forma de matrimonio más adecuada para la conservación de la especie.
La naturaleza lo ha dispuesto de tal modo que ejercen unos sobre otros el más fuerte estímulo y la más fuerte atracción sexuales los seres humanos que mejor se completan en su naturaleza corporal y anímica. La necesidad biológica se traduce a lo psicológico de modo que lo desacostumbrado es lo que más fuertemente estimula e impulsa a la unión. A la vivencia de felicidad de los dos que se han encontrado y forman ahora una unidad la llamamos amor. El amor es, por tanto, la mejor consejera para el emparejamiento sexual según principios biológicos; si se quiere: la celestina ideal de la naturaleza. En el matrimonio por amor se dan las garantías relativamente más altas de una selección acertada en el sentido de la conservación de la especie, es decir, de una descendencia apta para la vida y de valor generativo.
Ahora bien, el matrimonio burgués es una institución económica, no biológica. En él no deciden el emparejamiento de los individuos criterios y factores naturales, sino económicos. Pero con demasiada frecuencia personas que en lo económico reúnen todas las condiciones previas para un buen matrimonio no se convienen en absoluto en lo biológico. Entonces se contraen matrimonios de conveniencia, no matrimonios por amor. «No el hombre del brazo fuerte», dice Olive Schreiner,3940 «sino el hombre de la bolsa grande» es quien domina de manera desproporcionada y artificial la vida sexual. De hecho, la mujer, dondequiera que en el mundo moderno dependa total o parcialmente para su sustento del ejercicio de las funciones sexuales, depende más o menos de la capacidad del hombre de mantenerla, y en esa medida su libertad de elección está del todo restringida. Sin duda tres cuartas partes de todas las uniones sexuales de nuestra moderna sociedad europea, tengan formas ilegales o legales, dependen del poder adquisitivo del hombre o están fuertemente influidas por él. Respecto de la extendida y bárbara institución de la prostitución, que sigue incrustada como una úlcera cancerosa en lo más íntimo de nuestra civilización, eso es un hecho manifiesto y desnudo; el poder adquisitivo del hombre frente a las criaturas femeninas aparece con odiosa insistencia como su fundamento y su fuente de vida. Pero el poder adquisitivo del hombre se hace valer de manera no menos penosa, aunque algo menos insistente, en las capas sociales más expuestas a la vista. En la hermosa muchacha marchita de las clases acomodadas que cuenta entre lágrimas que tiene que renunciar al hombre que ama porque no puede mantenerla con sus dos mil marcos al año, como en el padre que pregunta abiertamente al pretendiente de su hija cuánto puede ofrecerle antes de dar su consentimiento, es un hecho que, en las condiciones existentes, no la atracción sexual, la pasión o la inclinación, sino el factor completamente exterior de la posesión material del hombre decide en alto grado la unión sexual. El dandi holgazán e inútil que no terminó sus estudios, que no posee ni hombría ni atractivo personal ni carácter, pero sí riqueza, tiene muchas más perspectivas de satisfacción sexual ilimitada y de comunidad de vida con la muchacha más hermosa que, por ejemplo, el preceptor de su hermano, que puede poseer todas las virtudes viriles, ventajas exteriores y vida intelectual.»
Las leyes de la selección se ignoran, pues, o se infringen conscientemente. Eso no ocurre impunemente. La naturaleza se venga de todo abuso y de toda violencia. El daño lo sufre la sociedad, cuya raza empeora. Y el empeoramiento de la raza significa la ruina de la sociedad. Así se ensaña el matrimonio, destinado a conservar y mejorar la especie, al despreciar las leyes de la selección biológica, contra los intereses de la conservación y la mejora de la especie. Y la sociedad, cuanto más tiempo y más conservadoramente se sirve del orden creado para su conservación y lo mantiene, tanto más se convierte en su propia vencedora.
Las conexiones de este proceso dialéctico, la cadena concluyente de causas y efectos y el fundamento de todos estos fenómenos en sustratos sociológicos solo están claros en la conciencia de un círculo relativamente pequeño de personas.
La ciencia y la educación han descuidado aquí infinitas cosas. Podían y debían hacerlo, porque a la sociedad no le interesa esclarecer las conexiones de sus motivos y fines. Le basta el efecto práctico de su moral sexual.
Hoy, sin embargo, se generaliza casi el reconocimiento de que también ese efecto es de naturaleza sumamente dudosa. Porque ninguna de las formas existentes de la relación sexual, ni la oficial ni la oficiosa, cumple su tarea generativa y ética. Al contrario, todas conducen a la deformación, la degeneración, la degradación física y moral de la descendencia, a conflictos y catástrofes que ponen en peligro extremo la subsistencia de la sociedad y el perfeccionamiento de la raza. El matrimonio demasiado tardío, la abstinencia sexual forzosa de millones en el periodo de máxima aptitud para la reproducción, el desplazamiento a la prostitución de los ejemplares femeninos más aptos para la conservación de la especie, la ausencia, en los matrimonios de conveniencia, del momento del éxtasis amoroso, tan importante para la descendencia, el cultivo de la frigidez femenina, la desventaja de los ilegítimos en el aseguramiento material, la inversión de la selección en efectos no selectivos o contraselectivos: todo esto y muchos otros fenómenos demuestran con evidencia el fiasco del orden sexual de hoy.
Pero la rebeldía y el encabritarse de los seres humanos que en su miseria sexual no encuentran redención, que se atrofian, se tullen, se desangran en ella o caen de otro modo víctimas de la crueldad del orden sexual infranqueable, por desgracia casi siempre se dirige solo contra los síntomas, nunca contra el núcleo del problema mismo.
El movimiento burgués por los derechos de la mujer creyó acercarse a una solución con la reivindicación de la igualdad de derechos de la mujer con el hombre. Pero acabó teniendo que reconocer que ese cumplimiento del ideal liberal era un mero éxito de articulado, que no cambiaba nada de la orientación en el fondo masculina de toda la cultura burguesa y que, además, más bien alargaba el camino hacia la meta y lo desviaba, en vez de acortarlo.
Otros círculos reformistas sociales de la burguesía esperaban la salvación de la independización económica de la mujer por una mayor diferenciación profesional. También ese camino condujo a errores y medianías, porque se queda atascado en el orden económico capitalista, base y causa de todas las miserias sexuales de hoy.
El movimiento de protección de la madre41 y el seguro de maternidad abordaron con sus propuestas para liberar de complicaciones sexuales opresivas otros puntos, pero no pasaron de escasos éxitos reformistas y paliativos de política social, porque también ellos se quedan pegados a la superficie de los fenómenos.
Blüher, cuyo diletantismo forzadamente ingenioso solo encubre su completa ignorancia en cuestiones sociológicas, fue a parar a la impotencia generativa del antifeminismo y a las ligas masculinas. Wyneken42 propaga su renacimiento del sentimiento del cuerpo, sentimental y nebuloso, y su pedagogía del eros con un toque de Wandervogel, sin rozar seriamente el problema.
Grete Meisel-Hess reclama en su libro, escrito con talento, Die sexuelle Krise [La crisis sexual], el reconocimiento estatal y social del concubinato en la forma del «juego amoroso», de la «camaradería erótica» para todos los que no son capaces del «gran amor» o no pueden encontrar el puerto del matrimonio. Su ideal es siempre el matrimonio monógamo; de hecho, también su oportunismo, por carecer de profundización sociológico-faseológica, ha vuelto en sus publicaciones posteriores a la profesión de fe en la monogamia.
Müller-Lyer, el más concienzudo y mejor orientado de todos los sociólogos burgueses, cree haber encontrado la salida del caos de las relaciones sexuales y matrimoniales de hoy en la siguiente propuesta: «A todo contrato matrimonial ha de subyacer —aunque sea tácitamente— la disposición legal de que el hombre ha de responder de los gastos de mantenimiento de los hijos. La menor fuerza de trabajo de la mujer y su prestación social de parir hijos imponen evidentemente al hombre, como equivalente, ese deber. Si el hombre se sustrae a su obligación, la mujer ha de poder cobrar los gastos de alimentos directamente del Estado, que a su vez ha de dirigirse entonces contra el marido. Estas disposiciones legales tienen que existir porque el hombre divorciado se sustrae con frecuencia a su deber de alimentos y porque la diferenciación de la mujer (a la que está adaptado el nuevo matrimonio) podría traer consigo graves inconvenientes. Si la mujer diferenciada no tuviera apoyo en el Estado o en el municipio, caería, pese a su independencia económica, por el rodeo de los hijos, de nuevo en la dependencia del hombre.»43 Al obligar así Müller-Lyer de nuevo al hombre al aseguramiento económico de la madre y el hijo, ayuda a perpetuar precisamente la fuente de todas las miserias sexuales y matrimoniales de nuestro tiempo, en vez de taparla. Falla exactamente en el punto desde el cual únicamente es posible la liberación sexual y económica. Su caso demuestra cuán sumamente difícil es, incluso para un hombre de las cualidades científicas de Müller-Lyer, encontrar la salida del laberinto de las relaciones sexuales y matrimoniales de hoy cuando no se tiene la consecuencia de rechazar en general todo el orden social y económico del presente.
Le queda el consuelo de que otros investigadores y sabios han llegado a propuestas todavía más desesperadas, en parte francamente imposibles y grotescas, para una nueva configuración del matrimonio.
El profesor von Ehrenfels, un adalid del movimiento eugenésico, dio en la construcción utópica de una poliginia de selección: las mujeres viven en asociaciones libres u hogares de madres, en conjuntos de edificios que, además de las viviendas para las mujeres y los niños, contienen las salas para el cuidado y la enseñanza de estos últimos, para el juego y el recreo en común, y al mismo tiempo ofrecen estancia y manutención a los hombres pretendientes y a los padres de los niños, a libre elección por un tiempo más corto o más largo, a voluntad también de por vida. Una parte de las mujeres podría también dedicarse a ganarse la vida en profesiones libres cualesquiera fuera de casa. Los hombres han de pagar aportaciones para la educación de los hijos; el matrimonio es fácil de disolver, exige fidelidad de la mujer, pero no del hombre, que puede contraer matrimonio al mismo tiempo en distintos hogares de madres.44
El profesor Forel hace las siguientes propuestas de reforma45: los hijos reciben su nombre por la línea materna. La autoridad y la tutela sobre los hijos las tiene la madre. Ella es también la propietaria y directora de la casa y del hogar. Su trabajo dentro de la casa se valora como el trabajo profesional del hombre. Mientras subsiste un matrimonio, el marido, por la protección que presta a la familia, por su colaboración en la casa y en la educación de los hijos, así como por sus aportaciones pecuniarias según los gastos de ambos, tiene derecho a vivienda, manutención y servicio doméstico en casa de la mujer. Salvo las aportaciones que ha de prestar, los ingresos y el patrimonio pertenecen al hombre, lo mismo que los ingresos y el patrimonio de la mujer le corresponden solo a ella. En caso de divorcio, los hijos pertenecen a la madre (salvo en los casos en que la esposa haya perdido sus derechos de madre). El padre, mientras viva y pueda trabajar, está obligado a pagar una parte de los alimentos.
Willibald Hentschel ha propuesto, para el ennoblecimiento de la raza, en lugar de la familia, los «matrimonios de Mittgart».46 Un asentamiento de Mittgart ha de componerse de 100 hombres y 1000 mujeres. Los matrimonios de Mittgart se contraen en cada caso entre un hombre y una mujer, pero solo duran hasta que la mujer queda embarazada, en ningún caso más de tres meses. Después el hombre contrae un nuevo matrimonio, y así sucesivamente.
Los tres proyectos citados en último lugar son «construcciones puramente artificiales de formaciones sociales, ideadas en la cabeza sin consideración alguna de las tendencias de evolución existentes». Solo tienen el valor de juegos ingeniosos o de fantasías literarias.47
Quien más se ha acercado todavía a la solución del problema es Friedrich Engels, al propugnar la incorporación de todo el sexo femenino a la industria pública, la gran economía doméstica y la gran empresa, la educación colectiva como condición para la abolición del matrimonio burgués y la liberación de la mujer.48 Pero dejó sin tener en cuenta el factor de la diferencia fisiológica entre el hombre y la mujer y la desventaja de esta que de ello resulta aun con la igualdad exterior de los sexos en la sociedad.
Por muchas posibilidades de solución del problema que se aduzcan y se propongan, no superarán ni la monogamia forzosa del matrimonio burgués, ni la moral sexual falaz y cruel de la sociedad, ni el fracaso de la selección de los cónyuges y de la práctica de la conservación de la especie, mientras no estén decididas a sacar la última consecuencia: la socialización de la mujer.
La socialización de la mujer significa la aplicación del principio socialista —la socialización de los medios de producción— al campo de la vida generativa y sexual.
El camino hacia ella pasa por la revolución.
III. El matrimonio de mañana.
El «amor libre».
La revolución engendra el socialismo.
El socialismo es comunidad en la posesión de los medios de trabajo, en el trabajo y en el disfrute de su producto. La existencia económica y social de los hombres experimenta, en todos sus supuestos, contenidos, conexiones y formas de expresión, una transformación y una revalorización de principio y totales. La cultura social vive un renacimiento. Nace una nueva ideología.
No es solo el capitalismo el que se supera con esta revolución. Perece la propiedad privada en general, cuya forma de manifestación más alta y última es el capitalismo.
Por eso esta revolución, en su significado histórico, no puede compararse con las revoluciones de los siglos pasados. Estas solo trajeron, todas sin excepción, desplazamientos dentro de los grupos de poseedores que se disputaban el dominio. Ahora, en cambio, el dominio como privilegio de clase cesa por completo; la propiedad privada desaparece definitivamente. Esta revolución no encuentra, pues, su contrapartida en las revoluciones de la historia inglesa, francesa, alemana o europea (ni tampoco en la revolución que condujo al poder soviético ruso), sino solo en aquella revolución que, con la destrucción de la posesión común primitiva de los tiempos originarios, trajo e inició el nacimiento de la propiedad privada. (La opinión muy extendida de que ha habido propiedad privada desde siempre delata una manera de ver meramente profana.)
La revolución de hoy es una revolución como la de antaño, solo que se desarrolla en un escalón superior de la evolución de más de mil años y se apoya en las conquistas de la cultura humana de toda la época que termina. Pero su efecto es el contrario.49
Entonces se desintegró la posesión común del clan y se transformó en propiedad privada, de la que en adelante dispuso la voluntad de un individuo. Hoy ha pasado de nuevo el tiempo de la posesión individual de los medios de producción; los trozos y trocitos se reúnen, son absorbidos por consorcios y trusts y organizados en grandes unidades, de las que está a punto de brotar una nueva propiedad común.
Entonces la constitución del clan se hizo pedazos; la gran familia responsable50 se disolvió y se continuó en una infinidad de familias individuales, que formaron el recipiente social del matrimonio monógamo. Hoy el matrimonio monógamo se rompe y se desmorona, la familia individual se descompone a ojos vistas bajo los pasos de la evolución; los escombros tienden a una nueva unión y se configuran en un todo.
Las economías domésticas individuales pierden su sentido ante la escasez de material, la falta de mano de obra y la carestía de la vida. El derroche de tiempo, de fuerza y de materia que supone que en 100 hogares se aviven 100 «mujeres del fogón»,51 se cocinen 100 comidas, se laven 100 tinas de ropa y se realicen 100 veces las mezquinas y embrutecedoras tareas materiales de la pequeña economía doméstica, se hace cada vez más consciente para los hombres en la época de la bancarrota general. Ya no hace falta la perspicacia ni la imaginación de un Charles Fourier52 para comprender que solo reuniendo los trabajos individuales, condenados a la impotencia, se pueden cumplir las tareas que plantea la construcción del orden socialista del mundo. Así la solidaridad pasa de lo ético a lo práctico, las partes aisladas se unen en un complejo. Las empresas enanas se convierten en grandes empresas. De la multiplicidad que fracasa brota la unidad que salva. Las economías domésticas inconexas se encuentran en la cohesión orgánica de la comuna.
La comuna es la célula de la nueva vida en comunidad. Encarna el concepto de comunidad que arraiga en la conciencia del proletariado como clase y culmina en el nacimiento de una sociedad sin clases. En la práctica, la comuna se presenta como comunidad de trabajo y de vida de economía colectiva, sobre la base de la economía de las necesidades y de la organización de consejos. Pertenecen a ella personas de todo sexo y edad, casadas y solteras. Como productores, según su capacidad de rendimiento y las necesidades de la comuna, y como consumidores, según el derecho adquirido con el trabajo y el producto de la comuna. La comuna es la familia ampliada a lo social, la familia de la época socialista, la gran familia de camaradas sobre la base del principio de la comunidad y de la solidaridad.
De la comunidad y del concepto de comunidad de los medios de producción resulta una nueva relación del hombre con el trabajo. Este ya no le llega desde fuera, como deber duro e impuesto, como algo ajeno, hostil, que lleva a la servidumbre y que, en vez de hacer feliz, solo atormenta. Madura desde la comunidad como necesidad, como impulso interior, como algo evidente que se deriva lógicamente del hecho de nuestra existencia y de nuestra voluntad de conservarnos. Es para cada uno —sin excepción— la expresión más elemental de su vida, el sentido de su existencia, la nobleza natural de su humanidad.
La nueva relación de los hombres con el trabajo condiciona una nueva relación social de los hombres entre sí. También una nueva relación de los sexos entre sí y, con ello, una nueva forma del matrimonio.
Los tiempos remotos de la posesión común y de la economía colectiva primitiva vieron la familia del parentesco sobre la base del derecho materno. Con la posesión privada surgió la familia de derecho paterno, que se ha mantenido hasta hoy como correlato geneonómico de la posesión privada. Así como la posesión privada y la economía privada serán sustituidas por una forma nueva y superior de posesión común y de economía colectiva, así, análogamente, la sociedad de la familia de derecho paterno dejará paso a una comunidad generativa nueva y superior.
No se trata con ello de una organización social que haya de conceder a la mujer y madre privilegio alguno frente al hombre y padre. La más antigua constitución de derecho materno favorecía a la mujer en perjuicio del hombre. La constitución de derecho paterno, a la inversa, al hombre en perjuicio de la mujer. Ahora, en cambio, ninguno de los dos ha de ser privilegiado ni perjudicado a costa del otro.
Así como no se trata de recaer, tras la superación de la propiedad privada, en la época primitiva de la posesión común, sino de obtener de esa época y de la de la propiedad privada la síntesis superior de la época socialista, así tampoco la constitución de derecho paterno ha de ser sustituida de nuevo por una constitución primitiva de derecho materno, sino que ambas han de unirse en una forma nueva y más perfecta de la vida generativa.
En la literatura sobre la materia ha vuelto a aparecer a menudo para esta nueva forma el término «derecho materno» o «constitución de derecho materno». Estas denominaciones son equívocas, porque con la palabra «derecho» en las expresiones «constitución de derecho materno (o paterno)» se fijaba un privilegio de un sexo sobre el otro, mientras que ahora por «derecho materno» solo ha de entenderse un orden. Para excluir una confusión, se empleará aquí el término «orden genitoral».53
En el grado primitivo, a causa de la insuficiencia de los bienes de vida, condicionada por una técnica y una capacidad de producción deficientes, el sexo masculino tenía que ponerse necesariamente al servicio del femenino, decisivo en la constitución del clan. En la época de la propiedad privada, en cambio, el sojuzgamiento del sexo femenino estaba en interés de la tendencia a la concentración y acumulación de los bienes de posesión, que solo podían asegurarse mediante una estricta sucesión hereditaria. En la época socialista, gracias a una técnica perfeccionada y a una productividad acrecentada, se dan las condiciones para un modo de reparto justo, que ya no puede ser perturbado ni falseado por una clase interesada en la posesión privada. La sucesión hereditaria cesa.
La mujer será, en primer lugar, equiparada jurídicamente al hombre en todas las cosas; esta reivindicación fundamental de la democracia burguesa liberal está, por desgracia, todavía por cumplir. Podrá reclamar la misma educación e instrucción que el hombre y tendrá acceso profesional a todas las ocasiones del trabajo social. De ello le nacerá una gran libertad e independencia económica e intelectual. Pero, aun así, no llega a aprovechar plenamente todas esas conquistas, porque la carga de la maternidad la grava y perjudica una y otra vez en lo económico y lo social. Compensar la injusticia de la naturaleza con una justicia superior de la sociedad es la tarea del nuevo orden genitoral.
En lugar del hombre, que en la sociedad de derecho paterno de hoy, como el económicamente más fuerte por ser el poseedor, asume el aseguramiento material de la madre y el hijo (y con ello sojuzga a la mujer económica y sexualmente), aparece en la comunidad social la colectividad. Esta concede a la mujer como madre, por la producción generativa de seres humanos que realiza en interés y en provecho de la sociedad, el aseguramiento económico y el sustento a partir del producto total obtenido por el trabajo colectivo. La desventaja fisiológica de la mujer se compensa con una ventaja social.
Así como el hombre realiza su trabajo para la sociedad produciendo bienes materiales que corresponden a la sociedad y aseguran su subsistencia material, así cumple la mujer su deber para con la sociedad pariendo hijos que pertenecen a la sociedad y aseguran su futuro generativo.
Y así como la sociedad asegura al hombre, como contraprestación, la existencia, manteniéndolo con el producto colectivo del trabajo, así concede también a la mujer el pleno aseguramiento de la existencia en caso de maternidad, al contarle y remunerarle, en virtud de la constitución genitoral, la función sexual de la mujer como una prestación productiva equivalente al trabajo masculino.
En la primera fase socialista, el derecho al sustento social se derivará del cumplimiento de la prestación obligatoria, mientras que en la fase superior el trabajo se diferencia cada vez más según las disposiciones individuales, acaba siendo prestación voluntaria y deja de ser la medida del derecho al sustento. Así, previsiblemente, también la prestación generativa de la mujer tendrá que valorarse al principio con un esquematismo tosco según el número de hijos, para dejar paso más tarde a una estimación juiciosa e individualizadora.
En lo esencial, al hombre le corresponde como tarea social la cultura del trabajo, a la mujer la cultura de la especie.
Si la mujer no llega a la maternidad, solo puede asegurarse la existencia participando en la cultura del trabajo, es decir, tomando parte activa en el proceso de producción social, que en ese caso es obligatoria para ella.
También en caso de maternidad la mujer no quedará en principio, de entrada, dispensada del trabajo para toda la vida. La sociedad, en proporción a su creciente capacidad de rendimiento colectivo y a su decreciente necesidad de mano de obra femenina, le concederá primero pausas de trabajo más cortas y luego más largas, para que pueda hacer frente a su tarea generativa. Esto no ocurre con el gesto de una humanidad refinada ni por cálculo de política social, sino a partir de una valoración completamente distinta de la fuerza productiva femenina para el conjunto de la sociedad.
Voluntariamente, según sus fuerzas e inclinaciones, la mujer puede participar también durante ese periodo de reposo en el trabajo social, en la medida en que este pueda hacerse sin daño para el organismo femenino y su capacidad de rendimiento generativo. Es más, la mujer habrá de procurar que no se le niegue ni se le impida ese acceso y esa libertad de decisión, porque de lo contrario correría el peligro de que, por mantenerla apartada de la producción social, se la volviera a criar en la «inferioridad artificial». Pero, bien entendido, lo que para la mujer será prestación obligada, para la madre es voluntaria.
Con ello la mujer queda liberada de la atadura económica frente al hombre individual. Ya solo está con la sociedad, y directamente, en una relación contractual económica de prestación y contraprestación. Como productora de seres humanos pertenece a la sociedad. Se ha convertido en medio de producción social. Está socializada.
El socialismo empieza con la socialización de los medios de producción.
La propiedad privada de la tierra se convierte en propiedad de la sociedad. Su producto se convierte en producto de la sociedad. La tierra queda socializada.
La propiedad privada de las fábricas y talleres se convierte en propiedad de la sociedad. El resultado de la producción revierte en la sociedad. Los lugares de producción y los medios de producción quedan con ello socializados.
El fundamento de toda producción es el trabajo humano. El portador del trabajo es el ser humano. Por tanto, el ser humano es el medio de producción más importante. Su socialización se lleva a cabo al ser acogidos los niños en la comuna, saliendo de la familia privada.
Los niños los trae al mundo la mujer. Así como la sociedad no se contenta con socializar los metales preciosos, sino que socializa también las minas, así no se conforma con llevar a los niños a la comuna, sino que tiene que socializar también a quien los engendra, la mujer. (El hombre está eo ipso ya hoy socializado.)
Hoy la mujer es todavía propiedad privada del hombre individual. Con el socialismo abandona esa posición, que se ha vuelto absurda por contradecir el principio de la socialización. Pasa por principio a la posesión de la sociedad, que asume su aseguramiento económico y social. La mujer, en su función de paridora, ya no está obligada con el hombre individual, sino con la sociedad.
Con esta asunción en la responsabilidad de la sociedad se ha consumado la socialización de la mujer.
Con la socialización de la mujer se ha creado para ambas partes una nueva situación sociológica.
Por primera vez en la historia de la evolución de la humanidad, el hombre y la mujer están uno frente al otro como dos personalidades independientes, económica e intelectualmente libres, jurídicamente iguales por completo, ni favorecidas ni perjudicadas en su participación en la cultura.
Por primera vez se dan las condiciones para que la comunidad sexual se convierta en una unión de seres libres, que no dependen uno de otro ni económica ni intelectualmente, en una pura unión amorosa, sin trasfondos, motivos ni especulaciones materiales.
El hombre elige a la mujer a la que le lleva su inclinación. Y la mujer elige al hombre que corresponde a su inclinación. Ya no es él por principio el que corteja y elige y ella la conquistada y elegida: los dos cortejan y eligen, según su temperamento, su tacto y las circunstancias, y se encuentran por libre decisión.
El amor libre se consuma en el matrimonio libre. Amor y matrimonio están unidos por necesidad natural, como fundamento y consecuencia; se han convertido en conceptos correlativos. Ha pasado el tiempo en que la inclinación erótica del hombre pertenecía a una mujer mientras las cadenas del matrimonio lo ataban a otra: la amada es esposa, y la esposa es siempre al mismo tiempo amada. Ha pasado también que la mujer pertenezca exteriormente al hombre por el vínculo matrimonial, pero lo engañe compartiendo las alegrías del amor con el amante o el amigo de la casa: solo el amante es esposo, y el esposo es amante.
La mentira convencional del matrimonio ha terminado.
También la prostitución convencional en el matrimonio. Porque ahora se ha producido la separación de la economía y el amor.
Al hombre se le concede el goce del amor sin prestación material de fianza ni pago al contado. El bloqueo del amor ha caído. La mujer se une al hombre amado sin tener en cuenta las consecuencias materiales, tal como se presentan en la maternidad y la crianza de la prole.
El matrimonio se ha convertido por entero en un asunto del amor.
Ha pasado el estado inmoral en que la mujer contrae la comunidad sexual con el hombre inculto54 solo por el sustento material y se entrega con ello, indefensa y para toda la vida, al arbitrio sexual del hombre. Ha pasado la profunda sumisión y degradación moral del hombre que se vende por una dote elevada a una mujer a la que no ama y arrastra la cruz de un matrimonio desgraciado a lo largo de una existencia malograda.
El error matrimonial, el adulterio, los cuernos, la prostitución en el matrimonio han perdido sus condiciones previas, porque todo matrimonio empieza y termina con el amor.
Si el amor se enfría o la relación amorosa resulta ser un error, el matrimonio ha terminado. Ningún matrimonio dura más allá del amor. [¿Como?] el amor es normalmente la expresión de una afortunada complementación biológica de individuos, el matrimonio por amor representa la forma más excelente del [¿comercio?] sexual, la que garantiza una selección socialmente deseable. Una selección adecuada es condición de la conservación de la raza y del ennoblecimiento de la especie y, con ello, de la conservación de la sociedad.
El matrimonio es ya solo la comunidad de seres libres basada en la atracción erótica. Enteramente liberado del penoso resto terrenal de los supuestos, usufructos y consecuencias materiales. Todo libertad y amor.
La liberación de la mujer de las cadenas económicas, de las trabas sociales y de la servidumbre sexual significa la liberación y purificación de la vida instintiva humana.
Porque las aberraciones, perturbaciones y deformaciones patológicas del instinto sexual, que la ciencia médica y la práctica terapéutica se esfuerzan en vano por corregir y curar, se deben, al menos en lo esencial, a lo defectuoso del mecanismo sexual de la sociedad, tanto de su construcción como de su funcionamiento.
Ya sea que el instinto sexual se reprima y conduzca a atrofias que traen consigo una neutralización o mortificación involuntaria de todo el ser; ya sea que se produzcan represiones y fijaciones erróneas de las que se desarrollan toda clase de perversiones; ya sea que, por falta de goce sexual normal, se produzcan sobreexcitaciones patológicas que tienen por consecuencia actos contra natura; ya sea que del reparto de poder entre los sexos resulten determinadas costumbres sexuales que se manifiestan en desmesura, brutalidad, empleo de la violencia, crueldad sexual, sadismo y masoquismo: siempre son condiciones de naturaleza social aquellas a las que en último término se remontan todos estos fenómenos.
Si desaparecen esas condiciones, nada se opone ya a la disminución y a la desaparición de las aberraciones y anormalidades sexuales. La naturaleza humana ya no choca con las rígidas barreras de la sociedad. Puede vivirse como instinto liberado en la naturalidad y peculiaridad de su ser. El ser humano llega a la curación y purificación de su sexualidad. Y al irradiarla a todas las ramas de su ser, la eleva a erotismo, que capacita al ser humano para la más alta intensidad de la pasión amorosa y le concede los más sublimes éxtasis de la felicidad.
Con ello el sexo femenino llegará a un cambio y una transformación radicales de sus representaciones morales en lo sexual.
La insensibilidad actual de la mujer, con todas sus consecuencias para la felicidad y la salud de ambos sexos, consecuencia de la subordinación sin voluntad de la mujer a los deseos sexuales del hombre, dejará paso al despertar del erotismo femenino. «Para ambos sexos se considerará inmoral recibir felicidad sin darla, y como toda moral elevada no ha de inducir al prójimo a una acción inmoral, en esta exigencia está contenida también la segunda: que el sexo femenino no debe inducir con su falta de voluntad al masculino a recibir siempre felicidad sin preocuparse de si también la da… El respeto a la propia felicidad, al pleno despliegue de la propia alma, es más moral que la más despiadada automutilación, y el sexo femenino tiene que reclamarlo con toda energía.»55
En este apartamiento y liberación del predominio de la sexualidad de orientación masculina está el renacimiento del erotismo. Hasta ahora el impulso erótico era siempre unilateral. La irradiación de fuerza de uno de los compañeros sexuales se movía hacia el polo fijo del otro. Ahora partirán de ambos lados corrientes activas que se encontrarán en el camino y fluirán libremente una en otra. Y de esta ingeniosa relación de fuerzas resultarán muchas posibilidades nuevas de un rendimiento potenciado y de un efecto acrecentado.
«La familia como factor de coacción se transformará en grupos, en relaciones, en familias electivas, que, por el paso de la mujer de su sexualidad, hasta ahora condicionada y reactiva solo de modo masculino, a una verdaderamente femenina, cuya esencia es tan capaz de amistad, camaradería, seguimiento, [se formarán] en otras formas que la vida sexual masculina habida hasta ahora. El fin de la servidumbre de la mujer mostrará que la mujer quizá está más capacitada que el hombre para formar costumbre u orden social, solo que de un modo menos “simplificador” que el hombre. El derecho y los conceptos morales, la llamada “verdad” del hombre, tendrán que ser destruidos por completo y resultarán ser injusticia y falsedad, precisamente por su intención opresora simplificadora.»56
No la banalidad de la recta, del inmutable «camino más corto», sino una abundancia de bellas curvas conducirá a los sexos el uno hacia el otro.
La nueva relación de los cónyuges entre sí da lugar a una nueva relación de los cónyuges con los hijos. También aquí la tosca unidimensionalidad de la supraordenación autoritaria dejará paso a una reciprocidad libre y dadivosa.
Así como en la familia de derecho paterno la mujer es una pieza de la posesión del hombre, así los hijos son propiedad de los padres. «Este es mi hijo, ¡puedo hacer con él lo que quiera!» Los hijos están entregados a la voluntad de los padres y obligados hasta la mayoría de edad a someterse a su poder y su autoridad. Por otra parte, un exceso de preocupación y de cariño los malcría hasta un egoísmo dependiente.
Hoy, en innumerables casos, la preocupación por los hijos es en último término la razón decisiva de que sigan subsistiendo matrimonios que se han vuelto inmorales. ¿Qué será de los hijos si el marido y la mujer se separan?
En la sociedad futura, la crianza y la educación de los hijos ya no serán cosa de los padres, sino uno de los asuntos más importantes de la comunidad social.
El niño ya no nacerá para la madre o para el padre, sino para la comuna. A ella pertenece; ella participa, junto a los padres, en su cuidado, su atención y su educación. En ella, no en los padres, residen todas las decisiones últimas. Poco a poco, con el más cuidadoso respeto de todos los instintos maternos, pero con una consecuencia incesante e imperturbable, el niño se irá sustrayendo cada vez más a la influencia materna, porque ya no ha de crecer, como antes, en la esfera del egoísmo familiar condicionado por los lazos de la sangre, sino que ha de convertirse en un libre ciudadano del mundo, en el espíritu de la fraternidad cooperativa y de la solidaridad social. Al salvaguardar así sus intereses, la sociedad ayuda al mismo tiempo al niño a alcanzar los más altos valores de la personalidad; porque casi nunca han sido los padres los educadores más adecuados de los hijos.
La sociedad socialista necesita muchos niños, tiene interés en una gran abundancia de niños, porque los niños serán productores, es decir, creadores de valor. En una época en que el hombre es capaz de producir un múltiplo de lo que necesita, representa una fuente de riqueza social. Cuantos más hombres que crean, más rica la sociedad.
Como en una gran abundancia de niños, la sociedad —en conexión lógica con ello— tendrá el máximo interés en una gran frecuencia de matrimonios. Por eso facilitará al máximo la celebración del matrimonio, eliminará los impedimentos matrimoniales, abreviará o suprimirá las formalidades, apoyará la voluntad de casarse. Bastará la decisión de ambas partes, consignada en una simple declaración. Tampoco se pondrá ninguna dificultad formal a la disolución del matrimonio.
Liberada de todas las cadenas, la vida sexual de los seres humanos experimentará tal despliegue y se ennoblecerá de tal modo por la autoeducación que, sostenida siempre por la conciencia de la más alta responsabilidad frente al todo, transformará y elevará la necesidad meramente cuantitativa de multiplicarse a una necesidad cualitativa de selección, infinitamente susceptible de refinamiento.
Como medio para la generación de fuerzas productivas humanas, el matrimonio se integra como miembro importante en el organismo social de conjunto y se convierte en institución social; despojado de su anterior carácter puramente privado, se convierte con ello, junto al trabajo, en la raíz más fuerte de la subsistencia y en el vehículo más valioso de la evolución de la sociedad socialista.
Pero con el rendimiento generativo para la sociedad se agota la dependencia de las relaciones sexuales respecto del todo social. Más allá de ello, el matrimonio, dispensado de la molesta e indecorosa consideración de las necesidades económicas y social-convencionales, adquiere un carácter puramente personal.
El niño, en cambio, está ahora colocado en medio de la colectividad, y tiende el puente hacia ella desde la unión de dos individuos.
Hasta ahora era al revés: los cónyuges estaban en la más estrecha conexión con el organismo del Estado, al que estaban encadenados en su relación sexual por una relación de dependencia mentirosa. El niño, en cambio, era un asunto puramente privado y desempeñaba en la vida de conjunto un papel subordinado. Al formarse ahora la relación opuesta —es decir, al convertirse el matrimonio, ciertamente (eso es evidente en la época socialista), en una relación individual de dos personas responsable ante el todo, pero en sí misma independiente, y estar los hijos, en cambio, desde el primer día de su vida en medio de la comunidad—, el centro de gravedad pasará de la generación mayor, la que engendra, a la más joven, la engendrada. De este desplazamiento del peso se desarrollará un impulso incesante, un movimiento hacia adelante que se irá formando cada vez más, una acción que ya ninguna reacción frenará.
Al ocuparse de sus intereses económicos, la sociedad cumple así al mismo tiempo un postulado ético: pone la iniciativa de la evolución cultural en manos de la generación más joven.
Comienza con ello una era de cultura de la especie hoy insospechada, una época completamente nueva de la humanización.
Cómo formulará éticamente y fijará jurídicamente la sociedad socialista algún día los principios de su nueva vida sexual es una cuestión cuya respuesta se desprende de las condiciones reales de la situación y la constelación social de cada momento.
La diagonal ideológica corresponde siempre al paralelogramo de las fuerzas sociales en que se traza. Y la historia universal demuestra mil veces que la humanidad ha encontrado en todo tiempo la fórmula adecuada para las necesidades de su evolución.
Elfriede Friedländer,57 en un folleto58 concebido para una amplia acción de agitación, ha hecho, para la primera fase del futuro socialista, que todavía está cargada con la organización coactiva del Estado y no puede aún prescindir de la regulación burocrática de las relaciones de vida entre los hombres, algunas propuestas para un orden sexual articulado en párrafos. Según ellas, las disposiciones definitivas, que se consignarán en leyes o en instrucciones de ejecución, han de decir:
- La vida sexual en todas sus formas es por completo asunto privado de cada individuo. No hay, pues, consagraciones ni ceremonias fijadas o prescritas por el Estado al entablar una relación sexual. A las religiones o a las asociaciones culturales, en cambio, les queda completamente libre celebrar y consagrar con ceremonias cualesquiera la vida sexual de individuos o de comunidades.
- Los niños son mantenidos por el Estado desde el primer año hasta aproximadamente el vigésimo. Lo mismo las madres embarazadas, lactantes y educadoras.
- Quien tenga comercio sexual con una persona menor de dieciocho años será castigado.
- Quien, estando enfermo venéreo, tenga comercio sexual con otra persona será sometido a tratamiento hospitalario forzoso y, en caso de reincidencia, condenado además a trabajos forzados.
- Es obligatorio el reconocimiento médico de toda persona, en plazos que se determinarán, en las oficinas de sanidad que se crearán.
- Todos los delitos relacionados con la vida sexual, como la violación, el asesinato por lujuria, los malos tratos y las lesiones violentas, se castigarán igual que todos los atentados violentos u homicidas. (Se entiende por sí mismo que el adulterio, la bigamia, la poligamia y la homosexualidad no son delitos.)
- La fabricación y la venta pública de anticonceptivos están permitidas por la ley.
- El aborto no es punible si lo practica un médico titulado y en un momento sin peligro para la mujer.
- Las personas cargadas con enfermedades graves hereditarias (alcoholismo, enfermedad mental, sífilis, etc.) serán incapacitadas para engendrar por cuenta del Estado, del modo más leve e indoloro.
Como disposiciones transitorias se consideran:
- Introducción inmediata del matrimonio civil obligatorio.
- Los cónyuges pueden divorciarse si una de las partes expresa ante el registro civil, de manera expresa, el deseo de divorciarse.
- a) El padre ilegítimo está obligado a la misma prestación de aportaciones para la educación que el legítimo. Si la paternidad es incierta, se obliga a la vez al pago de alimentos a cada uno de los hombres que entren en consideración. b) El hombre divorciado está obligado, en cuanto al mantenimiento de los hijos, a la misma prestación que el casado.
- Seguro estatal obligatorio de maternidad para el tiempo del embarazo y el de la lactancia.
- Asunción por el Estado del sustento de los niños y los jóvenes, al principio hasta los catorce años y, en cuanto sea posible, hasta los veinte. En el momento en que esta medida se aplique por completo, decaen los puntos 3 a y 3 b.
- Toda enfermedad venérea está sometida, como enfermedad contagiosa, a la declaración obligatoria y al tratamiento forzoso.
- Ilustración inmediata y en la más amplia medida sobre las enfermedades venéreas: proyecciones, demostraciones, visitas a hospitales, conferencias, cursos obligatorios para obreros (consejos obreros).
- Supresión de toda disposición especial para las prostitutas, del control de costumbres, de la cartilla de control, etc., cierre de los burdeles. (Si un grupo de muchachas solas, o de hombres y mujeres, se une en una comunidad promiscua, nada puede objetarse a esa forma de vida, siempre que quienes la integran cumplan con su obligación de trabajar.)
- Extensión inmediata, que se entiende por sí misma, de la obligación de trabajar y de la prohibición del alcohol a las prostitutas.
La autora observa sobre sus propuestas: «Estas propuestas son sin duda aptas para provocar la más violenta oposición, la mayor indignación moral posible, no solo entre los burgueses, sino también entre muchos proletarios. Y, sin embargo, todas las medidas del gobierno soviético de Rusia se mueven, aunque sea vacilante e inconscientemente, en esta línea. No puede ser de otro modo. La tarea histórica del comunismo es destrozar sin miramientos el ídolo de la cultura capitalista. Solo cuando todo el edificio moral que hoy todavía se llama orden social se haya derrumbado, solo entonces quedará libre el doloroso camino hacia una tierra todavía inimaginable y, sin embargo, tan cercana, de nueva belleza, nueva libertad, nueva felicidad, nueva cultura.»
La apelación a Rusia no resulta muy convincente a la vista del hecho de que allí el intento de reordenar las condiciones en el sentido de estas ideas directrices ha fracasado rotundamente. Solo que ese fracaso no hay que cargarlo a la cuenta del comunismo, sino del método defectuoso e históricamente imposible de realizar el comunismo que allí se aplicó.59 Prescindiendo de lo torcido de esta lógica comparativa, la aplicación de las propuestas expuestas se mueve en la línea de la evolución hacia el comunismo, aunque de momento solo ilustre su primera fase.
Por lo demás, ya tenga razón Elfriede Friedländer cuando saluda el orden sexual socialista como una «tierra tan cercana», ya esté mejor aconsejado Müller-Lyer cuando opina que de esa tierra estamos todavía «separados por un profundo abismo, a distancia de estrellas», en todo caso en la nueva era se habrán creado todas las condiciones que pueden traer un auge, hoy todavía inimaginable, de nuestras capacidades de diferenciación y una penetración de toda la vida por los impulsos más finos y más fuertes de un erotismo depurado y acrecentado.
Queda por despachar todavía una objeción que está en boca de todos:
La nueva concepción de la esencia de la sexualidad, la facilidad y la falta de formalidades al contraer y deshacer el matrimonio, la liberación del hombre del cuidado de la madre y el hijo y la liberación de la mujer de todas las trabas ético-sexuales que dominaban su vida instintiva: ¿no constituirán todos estos factores un fuerte incentivo para la frivolidad, el desenfreno y la anarquía en el comercio sexual? ¿No habrá bastantes hombres sin conciencia que, sin acordarse de ninguna obligación moral más profunda para con la mujer, la descendencia y la sociedad, solo se entreguen a la satisfacción de sus instintos? ¿No se abrirán con ello, después de haberse eliminado tantos males, nuevas fuentes de desdicha? ¿No se infiltrará la falta de barreras tolerada en un campo, de manera funesta, en otros campos y no socavará la autodisciplina tan necesaria e indispensable para la sociedad? ¿No precipitarán esta laxitud y esta falta de dominio de sí, este desfogarse sexual y abismarse en el goce, a la humanidad en un abismo de descarrío?
Bueno, la mentalidad, muy depravada in sexualibus, y la fantasía asilvestrada del burgués medio de hoy saben, en efecto, pintar muchas imágenes espantosas y lascivas de la «conejera» en el Estado socialista del futuro. Y en ningún sitio es la persistencia en la costumbre heredada, el conservadurismo de lo dado, incluso en los círculos de proletarios ilustrados, tan grande y tan poderoso como en el campo de la vida sexual. Aquí reina en general el aire más cargado de la falta de ilustración, del atraso y de la parcialidad, de la Edad Media más profunda. Hasta las maniobras de intimidación más necias y las demagogias más burdas encuentran acogida complaciente.
En realidad, la evolución de la vida sexual seguirá, previsiblemente, justo el curso contrario, y conducirá a fenómenos que elevarán a la sociedad muy por encima de su nivel actual.
El matrimonio libre, aunque fácil de disolver, tendrá mayor estabilidad que el matrimonio de hoy, porque el afecto anímico en que se basa es el lazo más íntimo que puede unir a los seres humanos. No es, en efecto, una comunidad de vida de los cónyuges económica, ni tampoco puramente sensual, sino erótica, anímica e intelectual. Precisamente porque desde el principio está libre de motivos económicos, que en la unión amorosa de los seres humanos actúan como cuerpos extraños, porque la funesta mezcla de economía y amor ha llegado a su fin, tiene perspectivas de durar más. Pero, sea de duración corta o larga, será siempre una comunidad de valor moral, porque se basa en el amor, y de valor biológico, porque representa el resultado de una selección liberada de todas las perturbaciones y desviaciones. (Las relaciones amorosas que se presentan como un contrasentido biológico —el amor a lisiados, etc.— se deben en último término siempre a una perversión histérica, a un desconocimiento de los verdaderos motivos, a saber, la vanidad, la compasión, el gusto por la sensación y por llevar la contraria.)
La experiencia enseña que el hombre más libre es el que menos abusa de la libertad. «Ante el esclavo, cuando rompe la cadena, ante el hombre libre no tiembles.»60 Un lascivo inválido del matrimonio de hoy, puesto en el mundo del libre matrimonio por amor de mañana, seguramente solo pensaría en aventuras galantes y querría celebrar orgías sexuales. Pero el hombre de la época socialista se enfrenta al problema desde un supuesto completamente distinto.
Libre de la atadura a los intereses materiales, que en el mundo de la posesión privada son en último término siempre decisivos para todas las formas y relaciones de la vida, libre también de los miasmas de esta sociedad que se hunde, cuya moral envenenada y corrompida deforma lo sublime en mueca, el hombre socialista recorre una educación que da a la sexualidad la consagración de una naturalidad santificada, que enseña a ver en la mujer a la compañera de amor y de vida libre y soberana, y que valora y honra en el matrimonio la realización más alegre, más activa y creadora de la existencia en provecho de la subsistencia de la sociedad y de la conservación de la especie, la forma más alta y solemne de la felicidad humana en general.
Este hombre nuevo, libre y puro será el portador de una ética sexual nueva, libre y pura.
Toda recaída en las frivolidades sexuales de la época burguesa, todo abuso de la libertad conquistada, todo intento de una nueva mezcla de intereses anímicos y materiales en las relaciones de los sexos se estrellará contra la profunda seriedad y la sublime dignidad con que la nueva generación protege el misterio de su nuevo matrimonio. Porque de ello dependen su ascenso, su subsistencia, todo su futuro.
Conclusión.
Así conduce el camino, desde el caos y el desierto de la esclavitud y la prostitución matrimoniales de hoy, a la libre altura de la comunidad amorosa socialista, a un mundo nuevo de la vivencia erótica de la felicidad, que no mancha ningún egoísmo feo, no degrada ninguna comercialización, no rebaja ninguna dependencia material, no convierte en negocio ninguna especulación calculadora. Así encuentra el mundo socialista de la libertad económica y de la solidaridad social su reflejo también en la imagen de la nueva condición sexual, de la nueva sexualidad, del nuevo matrimonio.
Sin la socialización de la mujer, toda liberación económica sigue siendo un andamio vacío, todo nuevo orden social una construcción muerta, toda cultura futura una forma sin alma.
Pero si la revolución abarca toda la existencia humana como acontecimiento total, si corona la socialización de la vida económica y social con el socialismo del amor, entonces toda atadura de las formas se desatará en libertad en movimiento, todo lo fragmentario se completará en un todo, todo mecanismo se transformará en organismo, empapado y alimentado por la vida más viva.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar de la Freie Universität Berlin del folleto Die Sozialisierung der Frau, Dresde (Buchholz-Friedewald): Verlag Am anderen Ufer, s. f. [1922], 56 págs. (Refubium, urn:nbn:de:kobv:188-refubium-26601-9; archivado en la Deutsche Nationalbibliothek, d-nb.info/1204429057). Se fecha por la dedicatoria, de febrero de 1922; la portada lleva la anotación manuscrita «[1924]» (en el catálogo, «[1924?]»), y Stecklina (2002) registra reediciones de 1924, de modo que el ejemplar podría ser una reimpresión. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Relación con la edición de 1921: según la nota del propio folleto, la primera edición (1.er-10.º millar) apareció con el título Liebe, Ehe, Familie (en este archivo, Amor - Matrimonio - Familia, 1921). La de 1922 es una reelaboración que casi triplica su extensión (unas 17 000 palabras frente a unas 6500). Las diferencias principales: 1) la estructura: los cuatro apartados numerados de 1921 se convierten en una introducción, tres capítulos con título —«El matrimonio de ayer», «El matrimonio de hoy», «El matrimonio de mañana»— y una conclusión, con dedicatoria a Alice Gerstel y treinta y seis notas bibliográficas (en 1921 solo había dos notas de vocabulario, cuyo contenido pasa ahora al texto); 2) el capítulo I funde y amplía los apartados I-III de 1921 con material nuevo, sobre todo de Cunow: el debate sobre la promiscuidad, la exogamia y los clanes totémicos, la maternidad como «fatalidad sociológica» de la mujer, la Reforma y Lutero, la proletarización de los artesanos, la guerra mundial como factor de independencia femenina; 3) el capítulo II es casi por entero nuevo: la moral como hecho social y de clase, las concepciones cristiana, liberal y oportunista de la sexualidad, el matrimonio burgués como «prostitución enmascarada», el «bloqueo del amor», la «relación», los dos círculos viciosos (proletarización y selección) y la crítica de las propuestas de reforma (movimiento burgués de mujeres, protección de la madre, Blüher, Wyneken, Meisel-Hess, Müller-Lyer, Ehrenfels, Forel, Hentschel, Engels), que desemboca en la fórmula del título; 4) el capítulo III reelabora el apartado IV de 1921 y añade el «orden genitoral»: la sociedad, y no el marido, mantiene a la madre y remunera la maternidad como trabajo productivo («cultura de la especie» frente a «cultura del trabajo»), las propuestas de Elfriede Friedländer (Ruth Fischer) para un orden sexual socialista, una crítica explícita del método bolchevique y la idea de que el peso pasará de los padres a la generación joven; 5) en sentido inverso, desaparecen o se suavizan pasajes de 1921: los niños ya no se sustraen «lo antes posible» a la madre, sino poco a poco y con cuidado de los instintos maternos; la «monogamia permanente voluntaria» como regla probable deja paso a la idea de que el matrimonio libre vale lo mismo dure poco o mucho; amor y matrimonio ya no son conceptos «idénticos», sino «correlativos»; caen el elogio del «hijo del amor» y de los «muchos hijos», el párrafo sobre la clase obrera que despreciaba al bebedor y la consigna final «¡Trabajo libre, amor libre, matrimonio libre…!»; la cita de Fuchs omite ahora la «fidelidad absoluta de ambas partes durante el matrimonio». En los pasajes que se conservan iguales o casi iguales se ha reutilizado la traducción de 1921, para que las dos versiones coincidan.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en capítulos y en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor (numeradas correlativamente) y la paginación original. La terminología coincide con la de la versión de 1921: Geneonomie, geneonomisch, «geneonomía», «geneonómico»; verwandtschaftliche, familiale, personale Phase, «fase del parentesco», «familiar», «personal»; Sippe, «clan»; Dauermonogamie, «monogamia permanente»; Zwangsmonogamie, «monogamia forzosa»; Kaufehe, Dienstehe, Mitgiftehe, «matrimonio por compra», «por servicio», «con dote»; Trieb, «instinto»; Kommune, «comuna». Términos nuevos: Sozialisierung, «socialización»; Liebessperre, «bloqueo del amor»; Verhältnis, «relación»; Zuchtwahl, «selección»; Genitoralordnung, «orden genitoral»; Arbeitskultur y Artkultur, «cultura del trabajo» y «cultura de la especie»; Erotik, «erotismo»; Eros, «eros». Los títulos de las obras citadas en las notas se dejan en alemán, con su traducción entre corchetes. Las citas de Müller-Lyer, Cunow, Engels, Fuchs, Kollontái, Meisel-Hess, Friedländer y otros se traducen del alemán de Rühle. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Alice Gerstel (1894-1943), psicóloga individual y escritora, doctorada en Múnich en 1921; se casó con Rühle ese mismo año y firmó desde entonces Alice Rühle-Gerstel. (N. del T.) ↩
Schiller, «Die Weltweisen» (1795): «Einstweilen, bis den Bau der Welt / Philosophie zusammenhält, / Erhält sie das Getriebe / Durch Hunger und durch Liebe» («Mientras la filosofía no mantenga unido el edificio del mundo, ella [la naturaleza] conserva la maquinaria por el hambre y por el amor»). (N. del T.) ↩
Franz Müller-Lyer (1857-1916), sociólogo y médico muniqués, autor de una sociología de las «fases» de la cultura (Phaseologie). (N. del T.) ↩
Müller-Lyer, Phasen der Kultur [Fases de la cultura]. — Formen der Ehe, der Familie, der Verwandtschaft [Formas del matrimonio, de la familia, del parentesco]. — Die Familie [La familia]. — Phasen der Liebe [Fases del amor]. Todas en A. Langen, Múnich. ↩
Heinrich Cunow (1862-1936), etnólogo y teórico socialdemócrata. (N. del T.) ↩
H. Cunow, Die Verwandtschaftsorganisation der Australneger [La organización del parentesco de los negros australianos]. — Zur Urgeschichte der Familie und Ehe [Sobre la prehistoria de la familia y el matrimonio]. — Die Marx’sche Geschichts-, Gesellschafts- und Staatstheorie [La teoría marxiana de la historia, la sociedad y el Estado]. Buchhandlung Vorwärts, Berlín. ↩
Sippe: el grupo de parientes por línea de sangre (clan, gens), distinto de la horda y de la familia. (N. del T.) ↩
Así en el original; se refiere sin duda al etnólogo finlandés Edvard Westermarck (1862-1939), autor de The History of Human Marriage (1891), el principal crítico de la teoría de la promiscuidad primitiva. (N. del T.) ↩
Véase sobre esto también Fr. Engels, Ursprung der Familie [El origen de la familia] (Dietz, Stuttgart), 10.ª ed., págs. 13-14. ↩
H. Cunow, Die Marxsche Geschichts-, Gesellschafts- und Staatstheorie, t. II, pág. 114. ↩
Müller-Lyer, Phasen der Liebe, pág. 142. ↩
H. Cunow, Die Marx’sche Geschichts-, Gesellschafts- und Staatstheorie, t. II, pág. 128. ↩
Müller-Lyer, Die Familie, págs. 121-122. ↩
Völkerwanderung: literalmente, «migración de los pueblos», término alemán para las invasiones germánicas de los siglos IV-VI. (N. del T.) ↩
Müller-Lyer, Phasen der Liebe, pág. 156. ↩
Fronhof: la casa y explotación del señor de la que dependían los siervos obligados a prestaciones personales (Fron), base del régimen señorial (villicatio). (N. del T.) ↩
Génesis 3, 16. (N. del T.) ↩
Schlüsselgewalt: en el derecho alemán, la facultad de la esposa de obligar al marido en los asuntos ordinarios de la casa. (N. del T.) ↩
Elisabeth Busse-Wilson, Die Frau und die Jugendbewegung [La mujer y el movimiento juvenil] (Verlag Adolf Saal, Hamburgo), pág. 23. ↩
Eduard Fuchs, Sittengeschichte [Historia de las costumbres], t. I, págs. 16-17. ↩
«Penoso resto terrenal» (peinlicher Erdenrest): eco de Goethe, Fausto II, acto V («Uns bleibt ein Erdenrest / Zu tragen peinlich»). (N. del T.) ↩
Müller-Lyer, Die Familie, pág. 204. ↩
Fr. Engels, Herrn Eugen Dührings Umwälzung der Wissenschaft [La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring], Dietz, Stuttgart, pág. 89. ↩
H. Cunow, ob. cit., pág. 271. ↩
Müller-Lyer, Der Sinn des Lebens [El sentido de la vida], pág. 42. ↩
Véase también Kautsky, Ethik und materialistische Geschichtsauffassung [Ética y concepción materialista de la historia], págs. 57-68 (Dietz, Stuttgart), y Cunow, ob. cit., págs. 271-276. ↩
Müller-Lyer, Der Sinn des Lebens, pág. 43. ↩
M. v. Kemnitz, Erotische Wiedergeburt [Renacimiento erótico], pág. 198 (E. Reinhardt, Múnich). ↩
Véase sobre esto Elisab. Busse-Wilson, Die Frau und die Jugendbewegung, págs. 26-30, cuyas muy interesantes consideraciones se han tenido en cuenta aquí y en otros lugares. ↩
Grete Meisel-Hess, Die sexuelle Krise [La crisis sexual], pág. 59 (Verlag E. Diederich, Jena). ↩
A. Kollontái, Die neue Moral und die Arbeiterklasse [La nueva moral y la clase obrera], pág. 52 (Verlag Seehof, Berlín). ↩
A. Kollontái, ob. cit., pág. 59. ↩
Elfr. Friedländer, Sexualethik und Kommunismus [Ética sexual y comunismo], pág. 22 (Verlag Neue Erde, Viena). ↩
Elis. Busse-Wilson, ob. cit., págs. 52-59. ↩
Kurt H. Busse, «Die Sozialisierung der Frauen» [La socialización de las mujeres], Der Sozialist, cuad. 18 (VI), pág. 318. ↩
A. Kollontái, ob. cit., pág. 55. ↩
Verhältnis: en el alemán de la época, la relación amorosa estable fuera del matrimonio, el «lío» o la «querida». (N. del T.) ↩
Grete Meisel-Hess (1879-1922), escritora y feminista vienesa; Die sexuelle Krise es de 1909. (N. del T.) ↩
Die neue Generation, año X, pág. 192. ↩
Rühle escribe «Oliva Schreiner»: la escritora sudafricana Olive Schreiner (1855-1920), autora de Woman and Labour (1911). (N. del T.) ↩
Mutterschutzbewegung: el movimiento en torno al Bund für Mutterschutz (Liga para la protección de la madre), fundado en 1905 por Helene Stöcker, que editaba la revista Die neue Generation citada en la nota 26. (N. del T.) ↩
Hans Blüher (1888-1955), historiador del Wandervogel y teórico de las «ligas masculinas» (Männerbünde); Gustav Wyneken (1875-1964), pedagogo reformista, ligado al movimiento juvenil (Wandervogel). (N. del T.) ↩
Müller-Lyer, Phasen der Liebe, pág. 167. ↩
Polit.-anthrop. Revue, I, pág. 69. ↩
Forel, Die sexuelle Frage [La cuestión sexual], pág. 572 (E. Reinhard, Múnich). ↩
Mittgart, ein Weg zur Erneuerung der germanischen Rasse [Mittgart, un camino para la renovación de la raza germánica]. ↩
Véase sobre esto también Aage Maadelung, Zirkus Mensch [Circo humano]. ↩
Fr. Engels, Ursprung der Familie, pág. 62. ↩
Véase también Otto Rühle, Das kommunistische Schulprogramm [El programa escolar comunista], págs. 12-13 (Verlag Aktion, Berlín). ↩
Así en el original («verantwortliche»), errata evidente por «verwandtschaftliche» («del parentesco»), que es lo que dice el pasaje paralelo de la edición de 1921. (N. del T.) ↩
Así en el original («Herdfrauen»), errata evidente por «Herdfeuer» («fuegos»), como dice la edición de 1921. (N. del T.) ↩
Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés, que propuso agrupar la vida doméstica y el trabajo en comunidades (falansterios). (N. del T.) ↩
Genitoralordnung: término acuñado por Rühle a partir del latín genitor, «progenitor»; designa un orden de la procreación que no privilegia a ninguno de los dos sexos. (N. del T.) ↩
Así en el original («ungebildeten»); la edición de 1921 dice, en el pasaje paralelo, «ungeliebten» («al que no ama»), y probablemente se trata de una errata. (N. del T.) ↩
M. v. Kemnitz, Erotische Wiedergeburt, pág. 196. ↩
Raoul Hausmann, Die Erde, I, 13, pág. 376. ↩
Elfriede Friedländer: nombre de casada de la comunista austriaca Ruth Fischer (1895-1961), nacida Eisler. (N. del T.) ↩
Sexualität und Kommunismus [Sexualidad y comunismo], Viena, 1920. ↩
Rühle, comunista de consejos, había roto con los bolcheviques tras su viaje a la Rusia soviética en 1920. (N. del T.) ↩
Schiller, «Die Worte des Glaubens» (1797): «Vor dem Sklaven, wenn er die Kette bricht, / Vor dem freien Menschen erzittert nicht!»; Rühle cita de memoria («Manne», «erzittre»). (N. del T.) ↩