En el asunto Goethe
permítame, querido Pfemfert, se lo ruego, algunas observaciones:
Estoy completamente de acuerdo con usted en que, como usted dice, el primer deber de todo revolucionario que trabaja por la eliminación del mundo capitalista y la construcción del comunista es quitar de en medio de la clase que avanza la basura ideológica burguesa; también en que es sobre todo la vieja porquería clásica la que apesta la cabeza de los oprimidos con las ideologías de los opresores; y, por último, en que Goethe es un asunto de clase de la burguesía.
Pero no quisiera suscribir en bloque la afirmación de que Goethe no tiene nada, absolutamente nada que decir al proletariado.
Goethe es, indiscutiblemente, el representante más fuerte y más visible de la ideología de su época, de la literatura de su tiempo. Aunque Iffland, Kotzebue y otros estuvieran más cerca del nivel pequeñoburgués del público literario de entonces y por eso se los celebrara con entusiasmo,1 a la posteridad, que abarca los acontecimientos y los fenómenos sociales de la época desde una perspectiva más amplia, Goethe y Schiller le parecen —con razón— sus representantes más destacados y de mayor valor.
Lo que Goethe decía a su tiempo, a su clase, no podía dirigirse al mismo tiempo al proletariado, por cuanto este, como clase particular, estaba todavía en formación y no existía aún como categoría social propia. Sería pedir demasiado que Goethe, representante de la concepción burguesa del mundo y defensor de intereses burgueses, hubiera sido al mismo tiempo abogado y defensor del ser y del querer proletarios. Lo uno excluye lo otro.
Pero si es así, me parece completamente ocioso y de la más absoluta insignificancia querer demostrar, con citas arrancadas del texto, informes ocasionales y anécdotas incontrolables, que Goethe tuvo poca comprensión de las cosas sociales, ninguna relación con los acontecimientos revolucionarios y un sentido del tacto político muy poco desarrollado. Era un ignorante en política; bien, pero ¿pretendió alguna vez ser un político profesional o un jefe de partido? Era un filisteo nada revolucionario; pero ¿quiso alguna vez pasar por héroe revolucionario y combatiente de barricada? Era un cortesano y un rastrero ante los potentados; pero ¿con qué derecho se le puede exigir la cerviz rígida del demócrata y la dignidad del gesto jacobino? Era un burgués, y eso le daba derecho a ser, según su inclinación, su humor y su talento, un filisteo, un reaccionario, un lameculos.2 Nadie da más de lo que tiene. Su conducta es sin duda humanamente antipática, revela una penosa disposición de carácter y puede con razón repugnarnos. Pero ¿no comió también un Voltaire en platos reales, no cobraron los revolucionarios Herwegh y Chamfort rentas de arcas principescas, no tragó también Lessing, al servicio de un duque, más de una indignidad?3 ¿Y fueron todos ellos por eso espíritus menos brillantes? ¿Son por eso sospechosos para el proletariado y hay que privarle de ellos? Por no hablar de Marx, que con su conducta hacia Bakunin se hizo indeciblemente despreciable.
¿Vamos a enseñar ahora a los obreros a juzgar al poeta Goethe (¡pues es el poeta, no el ministro de Estado Goethe, quien se sienta en el banquillo!) según la medida de su buena conducta política y social? ¿Son los versos de Goethe menos digeribles para el proletariado porque saludaba a las damas de la corte en el paseo del balneario de Karlsbad, y las sinfonías de Beethoven más digeribles porque él no las saludaba?4 ¿Ha de ser en general el carné de partido, la confesión política de fe de la personalidad creadora, lo que decida la valoración de las creaciones artísticas? Entonces Becher, Leonhard Frank, Einstein serían los mayores corifeos de la poesía, y Dante, Shakespeare, Goethe irían al basurero como insignificancias literarias.5 Este método me parece falso y peligroso, porque pone el peso del juicio y de la valoración de la obra en cualidades secundarias de la persona y conduce finalmente a la práctica de la burguesía, que en los libros de lectura escolares celebra como gran poeta a un plumífero impotente porque ha perpetrado un himno a los Hohenzollern.
Si queremos ayudar al proletariado a adoptar ante Goethe una posición bien orientada desde el punto de vista de clase, tenemos que enseñarle a ver a Goethe y su producción no moral ni políticamente, sino históricamente, y a comprenderlos desde su medio social. Tenemos que guiarle a una empatía con el mundo burgués de entonces y con su ideología. Entonces comprenderá cómo Goethe sacó su obra de los supuestos y las condiciones de su tiempo y de su mundo, cómo en el fondo no dio a la sociedad más que lo que ella ya tenía, y cómo permaneció siempre preso en el hechizo de su época, cuyas necesidades literarias formuló con más habilidad que nadie y satisfizo con más abundancia. Al proletariado le quedará claro que Goethe fue, y hasta qué punto, un hijo y un burgués de su tiempo —no del nuestro— y cómo tenía que mostrarse como burgués, filisteo, reaccionario, precisamente porque su tiempo —visto desde el ángulo del proletariado— era un tiempo burgués, filisteo, reaccionario. El reproche de que no se esforzó, según sus capacidades, por comprender los problemas políticos y revolucionarios de su tiempo podría hacérsele con justicia como hombre de Estado y como hombre de intereses universales, pero no como poeta. Pues como tal es soberano, y el criterio para juzgarlo es su obra, a la que no pertenecen, o al menos no en primer lugar, las conversaciones con Eckermann, con el canciller Müller o con el señor XYZ.6 (Por cierto: Goethe no dice: «Mejor cometer una injusticia que soportar un desorden», sino «Mejor una injusticia que soportar un desorden».)7 Si el proletariado, al juzgar a Goethe, adopta, como se ha indicado, una actitud histórica y trata de comprenderlo desde su medio de época, le hará justicia mejor que de ningún otro modo, sin preocuparse de lo poco o mucho que salga de toda la obra de una vida de este «más grande» como ganancia para los intereses de clase proletarios. Es poco, sin duda, pero es más, mucho más que nada. Cuando entro en una catedral gótica, sé que es una obra artística de un tiempo y un mundo distintos del mío; la rechazo instintivamente como perteneciente a una ideología ajena a mi ser, y además por principio, no porque su constructor escupiera una vez en la levita de un revolucionario. Pero si desarrollo la capacidad de identificarme con el mundo medieval y sus formas de vida, de apreciar históricamente la obra de arte, de dejar que actúe sobre mí desde el espíritu de su génesis, se me revelan bellezas insospechadas que me encantan y me hacen feliz, aunque no signifiquen nada para las exigencias inmediatas de la lucha de clases.
Exactamente así con Goethe. Lo rechazo por principio en su conjunto, por burgués y ajeno a mi clase. Un mundo se interpone entre él y yo. Pero si lo contemplo desde la perspectiva histórica y llego así, por el camino de una empatía con su mundo orientada por el medio de época, a cierta relación con él, cobran vida para mí muchas bellezas y muchos goces que me alegran, me enriquecen y me elevan. Recibo los dones de un arte, como en Rembrandt, Mozart, Miguel Ángel, Homero; no de un arte destinado a los proletarios para servir a su interés de clase, pero sí de un arte al que renunciar significaría despojar la existencia de altos goces.
El proletariado creará un día su propio arte, lo vivirá plenamente y se entregará por completo a su goce. Sería injusto exigir ese arte ya hoy a la burguesía o a Goethe. Igual de injusto y de inicuo es denigrar a Goethe porque no lo dio. Dio lo que pudo. Mucho caerá en el olvido. Con algo se alegrará la posteridad. Y así como en lo económico y en lo social, también en el arte se mostrará que el proletariado solo puede llegar a su época socialista pasando por encima de los hombros de la burguesía.
Otto Rühle
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes de Die Aktion, año 12, cuaderno 21/22, 1922, col. 295-297 (archive.org, DieAktion12jg1922, págs. PDF 172-173). Carta abierta a Franz Pfemfert, que había atacado a Goethe en la revista. El título impreso es «In Sachen Goethe»; «el caso Goethe» aparece en la réplica de Pfemfert, que, como el extracto de la conferencia de Max Herrmann (-Neiße) que le sigue, no se traduce.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Einfühlung, sich einfühlen se traduce «empatía» para la facultad de comprensión histórica e «identificarse» cuando se trata de meterse en un mundo ajeno, según el glosario; Zeitmilieu, «medio de época»; Schmock, «plumífero». El texto empieza con minúscula, como continuación del título, igual que en el original. Las cursivas reproducen el espaciado.
August Wilhelm Iffland (1759-1814) y August von Kotzebue (1761-1819), los dramaturgos de mayor éxito de público en tiempos de Goethe. (N. del T.) ↩
Speichellecker, literalmente «lamesalivas»: adulador servil. (N. del T.) ↩
Georg Herwegh (1817-1875), poeta revolucionario de 1848; Nicolas Chamfort (1741-1794), moralista francés, pensionado de la corte antes de la Revolución; Lessing fue bibliotecario del duque de Brunswick en Wolfenbüttel desde 1770. (N. del T.) ↩
Alude a la anécdota de Teplitz (1812), según la cual Beethoven siguió su camino sin descubrirse ante la familia imperial, mientras Goethe se apartaba sombrero en mano. Rühle la sitúa en Karlsbad. (N. del T.) ↩
Johannes R. Becher, Leonhard Frank y Carl Einstein, escritores de izquierda contemporáneos, próximos al círculo de Die Aktion. (N. del T.) ↩
Johann Peter Eckermann, Gespräche mit Goethe (1836-1848), y Friedrich von Müller, canciller de Weimar, Unterhaltungen mit Goethe (1870). (N. del T.) ↩
Se refiere a la frase de Goethe en Die Belagerung von Mainz (1793): «Es liegt nun einmal in meiner Natur: ich will lieber eine Ungerechtigkeit begehen, als Unordnung ertragen» («Está en mi naturaleza: prefiero cometer una injusticia que soportar el desorden»). Rühle corrige aquí la cita de Pfemfert, pero la versión auténtica dice precisamente «begehen». (N. del T.) ↩