Moral sexual y «reforma sexual»

Por Otto Rühle

I

La moral es un asunto social. Las concepciones y leyes morales no les son dictadas a los hombres por autoridades celestiales ni terrenales; tampoco puede un individuo decir: me creo para mi uso individual este precepto moral, vale para mí y vivo según él. Solo podrá afirmarse en la sociedad si se somete al código moral de la sociedad o pone de algún modo sus preceptos morales particulares en consonancia con él.

La vida de la sociedad está dominada por intereses económicos. Sobre todo por los que se derivan de asegurar la existencia y de propagar la especie. De ahí se sigue que la moral, como expresión de las necesidades vitales de la sociedad, está orientada económicamente.

«Todos los animales sociales», dice Müller-Lyer (Der Sinn des Lebens [El sentido de la vida], pág. 42),1 «tienen instintos sociales que les faltan a los demás: tienen la inclinación a estar continuamente atentos unos a otros para no perderse nunca de vista; a respetar hasta cierto punto la vida del compañero de manada; a llevarse en paz; a imitar a los demás; a atraerse mutuamente; a subordinarse al todo o, al menos, a poner los propios intereses en consonancia con los de la sociedad, etc. En los animales gregarios más altamente organizados se añade además el instinto de defender a los demás, de sacrificarse por ellos llegado el caso; de sentir compasión o simpatía; y el sentimiento del honor (o, si se quiere, la vanidad) de ser respetado, o al menos no despreciado, por los compañeros. Todos estos instintos sociales merecen el nombre de instintos morales. Tomados en conjunto constituyen la moral de la raza. Pues obrar socialmente y obrar moralmente es exactamente lo mismo.»

Los instintos sociales se desarrollaron a partir de la necesidad de la autoconservación. Solo así pudo la horda, compuesta de individuos débiles, afirmarse en la lucha por la existencia. Pues una unión de muchos para defenderse y resistir es, por así decirlo, un organismo de tipo superior, un superanimal. Y el principio de la unión, de la cooperación social, se convirtió en el principio de la raza animal superior, que, apoyado y potenciado en su efecto por el medio del lenguaje, la elevó a señora de la Tierra.

Como reflejo de las condiciones económicas y sociales de existencia, la moral acompañó al género humano a través de todas las fases y transformaciones de su desarrollo. «Gracias a sus instintos sociales, morales, que hicieron brotar como frutos preciosos el lenguaje y la razón, los hombres fueron capaces de desarrollar cada vez más el principio de la unión, de agruparse en uniones cada vez más grandiosas y firmes, finalmente estatales. Y todos los progresos humanos fueron desde entonces causados por los progresos de la socialización, es decir, de la interacción, cada vez más intensa, más regulada y más planificada, de un número de individuos siempre creciente. Pues el hombre no debe su grandeza, su superioridad sobre el animal y su dominio sobre la Tierra a su fuerza y su excelencia individuales, sino a su capacidad de unirse con otros, a la cooperación unitaria de los muchos, que se integran como formaciones elementales en un organismo de orden superior y constituyen un sistema de fuerzas entrelazadas cada vez más poderoso, que acaba por extenderse sobre toda la Tierra» (Müller-Lyer, Der Sinn des Lebens, pág. 47).

Con la aparición de la propiedad privada, la sociedad humana se desgarró en dos campos. La clase poseedora se hizo dominante, sometió a la clase desposeída y dominada a su interés económico, a su nuevo orden social, y le impuso su ideología.

Con ello la moral quedó puesta al servicio de la clase dominante. Desde entonces se tuvo por moral lo que era útil a la clase dominante, y por inmoral lo que la perjudicaba. Este marcado carácter de clase lo tiene la moral todavía hoy, y hoy más claramente que nunca.

¡No matarás!, si con ello se pone en peligro la vida de un burgués o de un elemento útil a la economía capitalista del beneficio. Pero puedes matar con la explotación, la usura del pan y de la vivienda, el trabajo infantil, la protección insuficiente contra los accidentes; puedes matar cuando se trata de proletarios en huelga o sublevados, como agente de la Sipo, soldado de Noske u hombre de la Orgesch;2 tienes que matar cuando el interés capitalista de los competidores nacionales necesita, para conservar o aumentar el beneficio, la carnicería humana de una guerra.

¡No robarás!, porque con ello la propiedad de los ricos corre peligro y el principio de la santidad de la propiedad privada se tambalea. Pero vives del robo si eres capitalista y robas cada día a tus obreros la plusvalía, si te embolsas las ganancias intermedias del comercio o te procuras con trampas intereses de usura en la bolsa. Cuanto más robas, mayores son tu prestigio, tu poder, la admiración que despiertas.

Y así sucesivamente.

La moral tiene hoy siempre una doble cara: una para la bolsa llena y otra para la vacía. Como la llena pesa más, es ella la que decide.

II

Entre la sexualidad y la moral hay eo ipso un paralelismo, en cuanto que ambas tienen la misma base social de la que parten y la misma orientación económica a la que están sometidas.

En el mundo burgués y capitalista, el matrimonio monógamo es la única legitimación del trato sexual. Pero el matrimonio mismo es «la posesión de un ser humano para un servicio sexual exclusivo de por vida», con el fin de crear herederos legítimos. Nació en relación con la propiedad privada, que lo condicionó. La propiedad privada de los medios de producción tuvo como consecuencia el hogar privado, la familia privada, el matrimonio privado, la mujer privada. La monogamia es la tendencia de la posesión individual y del usufructo individual de la propiedad trasladada a lo geneonómico. En la geneonomía3 se refleja la economía. Y todas las fases y transformaciones de la historia de las formas del matrimonio son, en el fondo, fases y transformaciones de la historia de las formas de propiedad. La relación sexual entre los sexos es siempre el espejo de la relación de los hombres con la propiedad material.

Como el hijo ilegítimo, con sus derechos hereditarios, podría amenazar a la propiedad privada con la dispersión y con ello poner en peligro su misma continuidad, está proscrito moralmente y privado de derechos.

Como la madre soltera se sustrae al precepto social de dar a luz solo dentro del matrimonio —la única relación sexual permitida— y trae al mundo hijos que, con sus derechos hereditarios y sus pretensiones de igualdad, inquietan a la propiedad, se la tiene por inmoral y cae en el desprecio social.

Como el homosexual contrae una relación sexual distinta de la que corresponde al interés de la propiedad atenta a la herencia legítima, se le considera enemigo del orden social, y por tanto inmoral, y se le trata en consecuencia.

Como el aborto provocado puede poner en peligro la conservación y la expansión del patrimonio familiar que rinde beneficios y amenaza además con reducir, en perjuicio de la propiedad, el ejército proletario de reserva en el mercado de trabajo, necesario en interés del beneficio del capital, constituye un delito contra el orden social dictado y controlado por la clase dominante; por eso está proscrito como inmoral y castigado con penas.

Como la prostitución, aunque es producto necesario de las circunstancias sociales y hasta condición para el mantenimiento de la monogamia burguesa, se burla a diario del santuario de esa monogamia y lo reduce al absurdo, poniendo gravísimamente en peligro la legitimidad sexual exclusiva del matrimonio, impuesta por los intereses económicos, cae bajo la condena moral y la persecución de las autoridades.

Así, en todas las cuestiones y formas de expresión de la sexualidad y de la moral, hay una íntima conexión, porque son exponentes del mismo complejo de raíz, la economía social.

El sol central de la economía proyecta a través del prisma de la organización social una rica gama de colores, en cada uno de los cuales vive y actúa de modo determinante con la fuerza de su tendencia fundamental.

III

La subversión del sistema económico y social trae consigo la subversión de la moral vigente.

Y a la inversa: una revolución de principio del orden moral actual no es concebible sin una revolución simultánea o previa de todo el aparato económico y social.

La familia, el matrimonio, la vida sexual y la moral sexual llevan hoy en su estructura y en su función la tendencia del interés capitalista de la propiedad y están impregnados de ideología burguesa y capitalista.

La revolución económica y social, cuando haya alcanzado su meta, el socialismo, asignará a estas categorías sociales funciones nuevas, las transformará más o menos para ese fin y las animará con una ideología nueva.

Habrá una revolución de la moral social, de la vida sexual, de la forma del matrimonio y de la ética sexual.

Y todos los problemas con que el abigarrado enjambre de reformadores del matrimonio, de la moral y de la sexualidad se afana hoy eternamente en vano, con los inofensivos medios del retoque de los síntomas, encontrarán su solución llana y evidente.

IV

En Berlín se celebró a mediados de septiembre un concurrido Congreso Internacional para la Reforma Sexual sobre Base Científica.4

Ya el título del congreso delataba la falsa actitud de fondo ante el problema y el torcido programa para tratarlo.

Si ya no hay «reforma» sexual capaz de remediar las penurias sexuales de nuestro tiempo, menos aún hay una reforma sexual «sobre base científica».

La ciencia puede preparar, apoyar, fundamentar, justificar y desarrollar revoluciones y reformas; puede prestar un valioso trabajo auxiliar, pero precisamente solo trabajo auxiliar. No puede constituir la base.

La base es de naturaleza económica y social y, como tal, un asunto político.

«Revolución sexual sobre base política» habría tenido que llamarse el congreso, si se hubiera tratado de algo más que de una reforma agraria ético-sexual.5 Pero ante eso retrocedieron los señores burgueses, provistos de gruesas anteojeras políticas. ¿«Política»? ¡No tiene nada que ver con las cuestiones sexuales! ¿Y encima «revolucionario»? ¡Por Dios! ¡Somos representantes de la ciencia «sin supuestos», de la neutralidad política, de la objetividad en el vacío! Solo científicos, médicos, juristas, pedagogos, no políticos, y menos aún revolucionarios...

Ah, no, no eran revolucionarios estos inofensivos pacifistas sexuales que conversaban sobre la importancia de la secreción interna y las investigaciones de Steinach,6 sobre la fecundación artificial y la esterilización, sobre el psicoanálisis y el derecho de las minorías sexuales, sobre la prostitución y la pedagogía sexual. Médicos competentes con resultados a veces sorprendentes de su práctica anatómica, clínica, histológica y sexopatológica; juristas locuaces con propuestas de peticiones y enmiendas de artículos para la amenazadora reforma regresiva del Código Penal del Reich; pedagogos bienintencionados con las tibiezas, bastante pasadas, de una ilustración sexual de pacotilla, filistea y liberal, para la juventud... todos ellos elementos que buscan, investigan y quieren avanzar en su terreno, elementos de oposición y radicales dentro de su medio, solo que, por desgracia, no lo que importa: ¡no revolucionarios!

Por muy por encima del grueso de sus compañeros de clase que estén los Magnus Hirschfeld, Anton Nyström, Helene Stöcker, Rutgers y Rosenthal,7 siguen hundidos hasta lo más hondo en lo burgués y no cuentan en absoluto como factores serios de la verdadera revolución sexual. Uno de ellos, el profesor barón von Ehrenfels, de Praga,8 tomó con un gesto sorprendente un impulso revolucionario en esta confesión: la monogamia burguesa, basada en el derecho capitalista de propiedad y de herencia, está históricamente superada; el matrimonio nuevo será socialista. Pero apenas se le había escapado la palabra... Al día siguiente reculó, con un miedo tembloroso ante su propio atrevimiento, tan enérgica y ostentosamente que provocó incluso la protesta de una parte de sus compañeros de lucha burgueses.

Y, sin embargo, por lamentable que fuera el cuadro de su retirada, tenía razón en el fondo: no se puede equiparar del todo al hijo ilegítimo con el legítimo si no se quiere poner seriamente en peligro la existencia del matrimonio burgués. La tarea del congreso habría sido sacar la consecuencia completa de este conocimiento: no se puede dar en absoluto con la solución del problema de la ilegitimidad, de la prostitución, de la homosexualidad, de la maternidad no deseada, etc., si no se quiere poner en peligro la existencia de todo el orden burgués. O, formulado más sencillamente aún: ¡No se sale de las penurias sexuales de este tiempo sin revolución!

El congreso no sacó esta consecuencia, no podía sacarla, porque era elemento burgués, asunto burgués, palabrería reformista burguesa.

Y no se le puede pedir en serio a la burguesía, mientras le quede una sola posibilidad de vivir, que se quite la vida con su propia mano.

Así confirmó el congreso que de todos esos profesores y doctores, médicos y juristas, maestros de escuela y damas emancipadas, por muy importantes y exigentes que se muestren, no hay nada, absolutamente nada que esperar para la transformación y la nueva configuración del orden moral y de la vida sexual del futuro.

El proletariado tendrá que hacer también aquí todo el trabajo por sí mismo.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes de Die Aktion, año 11, cuaderno 41/42, 15 de octubre de 1921, col. 581-585 (archive.org, DieAktion11jg1921, págs. PDF 287-289).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Trieb se traduce «instinto» (fuera del contexto freudiano, según el glosario); Fruchtabtreibung, «aborto provocado»; uneheliches Kind, «hijo ilegítimo»; Sexual-Aufkläricht, palabra despectiva formada sobre Aufklärung, «ilustración sexual de pacotilla»; hufte zurück (de huften, hacer recular a un caballo), «reculó». Las cursivas reproducen el espaciado del original.

  1. Franz Müller-Lyer (1857-1916), sociólogo y médico de Múnich; Der Sinn des Lebens und die Wissenschaft [El sentido de la vida y la ciencia] (1910), primer tomo de su obra Die Entwicklungsstufen der Menschheit. (N. del T.) ↩

  2. Sipo: Sicherheitspolizei, policía de seguridad militarizada creada en 1919; Noskewiter: los cuerpos francos y tropas empleados por el ministro socialdemócrata Gustav Noske contra los levantamientos de 1919; Orgeschmann: miembro de la Organisation Escherich (Orgesch), milicia antirrevolucionaria de 1920-1921. (N. del T.) ↩

  3. Geneonomie: término de Müller-Lyer para el orden de la reproducción, del matrimonio y de la familia, por analogía con la economía. (N. del T.) ↩

  4. La Internationale Tagung für Sexualreform auf sexualwissenschaftlicher Grundlage, organizada por Magnus Hirschfeld en Berlín del 15 al 20 de septiembre de 1921, origen de la Liga Mundial para la Reforma Sexual. Rühle abrevia «sexualwissenschaftlicher» («sexológica») en «wissenschaftlicher» («científica»). (N. del T.) ↩

  5. Bodenreform: reforma agraria; alusión al movimiento reformista de Adolf Damaschke, tomado como ejemplo de reforma que no toca el fondo de la propiedad. (N. del T.) ↩

  6. Eugen Steinach (1861-1944), fisiólogo vienés, conocido por sus experimentos de rejuvenecimiento por vía hormonal. (N. del T.) ↩

  7. Magnus Hirschfeld (1868-1935), sexólogo berlinés; Anton Nyström (1842-1931), médico sueco; Helene Stöcker (1869-1943), fundadora de la Liga para la Protección de la Madre; Johannes Rutgers (1850-1924), médico neomaltusiano holandés. «Rosenthal» no se ha identificado con seguridad. (N. del T.) ↩

  8. Christian von Ehrenfels (1859-1932), filósofo de la Universidad Alemana de Praga, que defendió una reforma «poligínica» del matrimonio. (N. del T.) ↩