Por Otto Rühle
I.
El hambre y el amor gobiernan, según unas palabras de Schiller, la maquinaria del mundo.1
Hambre quiere decir: el instinto de conservación del individuo, el afán de sustento material. Amor quiere decir: el instinto de conservación de la especie, el afán de propagar la raza. En sentido amplio y figurado, las palabras de Schiller significan, pues: la producción de bienes de vida y la producción de seres humanos son los ejes de la existencia humana.
Ambas son asuntos sociales, sometidos como tales a las leyes de la evolución de la sociedad y determinados por la historia en su forma y en su contenido. No solo las relaciones de producción y la posición del hombre en el proceso económico, también las relaciones generativas2 y las relaciones de los sexos entre sí cambian con los grados y las fases de la evolución histórica. Así como cada época tiene su manera particular de trabajar y de repartir el producto del trabajo, es decir, su sistema de producción propio y su carácter económico específico, tiene también sus formas particulares de matrimonio y sus relaciones generativas, su vida sexual característica. Todos los fenómenos sociológicos están relacionados entre sí, en una relación de correlación y de acción recíproca. A un grado determinado de la producción de alimentos corresponde un tipo determinado de familia y de matrimonio. En cuanto se producen grandes transformaciones en un campo de la cultura, a la larga no pueden dejar de producirse cambios también en los demás.
La revolución, al poner fin a la época capitalista para abrir la socialista, significa al mismo tiempo una revolución también de toda la vida sexual, matrimonial y generativa.
La relación entre los sexos, el matrimonio y la familia experimentan, en el marco de la revolución social, una transformación revolucionaria de su forma y de su contenido.
El cuadro geneonómico3 de cada época se desprende del contexto histórico. Captarlo y fijarlo es tarea de la sociología de orientación histórica.
Müller-Lyer4 ha estudiado con gran detenimiento las formas en que se han manifestado, en lo que alcanza la historia, el amor, el matrimonio y la familia, la reproducción y la conservación de la especie; ha desentrañado sus supuestos, sus conexiones y sus efectos dentro del conjunto de la cultura, y en sus importantes obras sociológicas (Phasen der Kultur [Fases de la cultura], Formen der Formen der Ehe, der Familie und der Verwandtschaft [Formas del matrimonio, de la familia y del parentesco], Die Familie [La familia], Phasen der Liebe [Fases del amor], todas en A. Langen, Múnich) ha ofrecido una visión de conjunto de todo el curso de las fases geneonómicas.
Establece que la evolución geneonómica, es decir, el curso entero de la vida sexual, matrimonial y generativa, puede dividirse en tres grandes épocas: la época del parentesco, la época familiar y la época personal.
La época del parentesco es la del grado más bajo de evolución de la humanidad, aproximadamente hasta el momento en que los hombres entran en la luz de la historia transmitida. Rasgos aislados y restos de su cuadro solo se encuentran hoy entre pueblos primitivos de nivel muy bajo, cercanos a la animalidad. Coincide con las formaciones sociales del rebaño, la horda y el clan, y termina con el nacimiento de la familia, que tiene por fundamento la aparición de la propiedad privada en manos del hombre.
En su origen, los hombres —todavía medio animales— vivían probablemente juntos en rebaños, en los que reinaba la igualdad como entre los animales que viven en sociedad. Como los más fuertes y más hábiles solo destacaban de la multitud como guías de manera imprecisa y ocasional, en las relaciones sexuales reinaba probablemente la promiscuidad (es decir, la comunidad sexual sin matrimonio). Las opiniones de los sabios están muy divididas sobre este punto, pero esta hipótesis es la más verosímil.
Poco a poco el rebaño se transformó en horda. Los hombres más viejos y más fuertes se convirtieron en guías, consejeros, dominadores. Su superioridad física les aseguraba sin duda, en la lucha por la mujer, una posición predominante frente a sus rivales. Sin embargo, dentro del orden social primitivo el hombre y la mujer siguieron por el momento en pie de igualdad. Solo con la mejora creciente de las herramientas y las armas se produjo una diferenciación de los sexos. En un rebaño puramente animal, cada individuo busca por sí mismo su alimento, y lo que cada uno encuentra lo consume enseguida. No hay motivo para una marcada división sexual del trabajo. Pero con la invención de la técnica del fuego y de un arma eficaz, el orden social de la sociedad primitiva tuvo que experimentar una transformación completa. El hombre, como más fuerte, pasó a ser el único que llevaba armas. El manejo del arco y de la jabalina exige un ejercicio muy particular, al que entre los pueblos cazadores se entregan ya los muchachos con el mayor celo. La mujer, en cambio, más atada por las funciones sexuales, se dedicó en adelante exclusivamente a conservar el fuego, tan difícil de encender, a recoger el escaso alimento vegetal, a construir la cabaña, a preparar la comida y a todas aquellas tareas penosas y menudas que el hombre, como cazador y principal sustentador, desdeñaba. Por la superioridad económica del hombre, la mujer cayó así pronto en dependencia económica de él, se convirtió en su sirvienta y le quedó sometida. Y como nadie puede servir a dos señores, cada hombre tomó una mujer para sí. Esta relación matrimonial se afianzó todavía más por la dispersión que provoca un clima poco fértil y que favorece especialmente la formación de familias separadas.
Las primeras esposas fueron mujeres de otras hordas capturadas en la guerra o extrañas a la tribu caídas por rapto en poder del hombre, entregadas como tales, completamente indefensas, a la servidumbre. Con el tiempo, el señorío del hombre se extendió también a las mujeres de la propia tribu, que hasta entonces, como compañeras del rebaño, habían gozado de iguales derechos. Como parte más débil en lo económico y a consecuencia de las funciones sexuales, cayeron en la esclavitud del hombre, que las consideraba y trataba como una pieza de su propiedad privada.
Esta esclavitud es el matrimonio del grado primitivo. Al principio no tenía nada que ver con las relaciones sexuales. En todo caso, no se contraía como comunidad sexual. Los impulsos anímicos, el amor, el afecto de los corazones, no desempeñaban en él papel alguno. Como el hombre es polígamo por naturaleza y nada se oponía al libre comercio sexual, no sentía ninguna necesidad sexual del matrimonio, que más bien le habría impedido satisfacer sus necesidades sexuales animales con la mayor variedad y la mayor frecuencia posibles. ¿Por qué contraía entonces matrimonio? No porque viera en la mujer a la amada —no—, sino porque veía en ella la fuerza de trabajo; no era para él compañera sexual, hembra de placer, sino criada, trabajadora. Así, el matrimonio se convirtió para él en un asunto de la economía, no de la geneonomía. Y la mujer estaba, como objeto, como elemento pasivo, impotente ante el hombre superior, sin dar por su parte al matrimonio un sello particular.
La mujer tenía que trabajar. Esa era su primera tarea. Todo el trabajo duro, penoso y bajo recaía en ella. Después tenía que parir y criar hijos, que el hombre apreciaba y deseaba como fuerza de trabajo y más tarde como herederos. Solo en segundo lugar era un ser sexual, contaba como mujer y como madre.
El trato sexual era tosco, animal y dictado únicamente por su finalidad. En él solo existían los sentimientos amorosos primitivos indispensables para la reproducción de la especie: en el hombre, la atracción sexual; en la mujer, el amor maternal. Sensaciones elementales, ingenuamente animales; más bien instintos. Todos los sentimientos amorosos secundarios superiores, que —unidos a aquellos— componen propiamente el cuadro del amor, faltaban todavía por completo. No se conocían los celos sexuales, no se daba valor a la castidad ni a la virginidad, no había pudor sexual alguno, se era indiferente respecto a la paternidad, no se hacía distinción entre hijos legítimos e ilegítimos y se estaba completamente al margen del romanticismo y de la poesía de la pasión amorosa, que en grados superiores de cultura se tiene por señal de que la relación entre los sexos ha cobrado alma y se ha interiorizado moralmente. El comercio sexual en este grado no era más que un acto físico, del todo animal y sin cultura. Y entre el matrimonio y el comercio sexual no había ninguna dependencia anímica, ningún lazo espiritual. No se encontraban en una unidad superior, no formaban una comunidad orgánica con sentido.
Un cambio de importancia fundamental se produjo en la relación de los sexos entre sí con la aparición de la agricultura, que ató a los hombres al terruño, los obligó a un trabajo premeditado y planificado y los forzó a una unión más estrecha frente a las potencias hostiles. El principio del parentesco alcanzó su máximo desarrollo. La horda se transformó en clan.5
Ya entre los pueblos cazadores le había correspondido a la mujer procurar el alimento vegetal, sobre todo bayas y raíces. Al surgir la agricultura, se convirtió en la primera agricultora; mientras el hombre seguía al principio vagando en la caza o en la pesca, ella se convirtió en la primera sedentaria, al mismo tiempo en la propietaria del campo, la principal sustentadora de la familia. Un ser tan valioso, naturalmente, el clan no lo cede de buen grado. Si el hombre quiere casarse, tiene que ganarse a la novia sirviendo al clan. Se traslada al clan de la madre, donde los miembros del clan de la mujer ejercen el dominio y él desciende a la condición de criado. En lugar del matrimonio por rapto y por intercambio, por el que el cazador ganaba a la mujer como propiedad suya, aparece ahora el matrimonio por servicio, que pone al hombre en poder del clan materno. Así, el matrimonio y la familia se vuelven matriarcales, de derecho materno, es decir, los hijos no pertenecen al hombre, sino a la familia de la madre. El verdadero progenitor ni siquiera se considera emparentado con los hijos allí donde el derecho materno se aplica con rigor, de modo que el hermano de la madre hace con ellos las veces de padre. En esta fase asistimos, pues, al espectáculo de que el hombre cae por completo en la dependencia de la mujer, de que la mujer se apodera de la supremacía en la familia (matriarcado) e incluso, en casos aislados, se eleva hasta el dominio político (ginecocracia). Su superioridad económica tiene su reflejo geneonómico en la superioridad conyugal. Jacob, que sirvió siete años por Lea y luego otros siete por Raquel, aparece en la historia bíblica como representante de esta época, en la que la vida pastoril de los nómadas pasa a la agricultura de los que se han hecho sedentarios.
Pronto, sin embargo, gracias a su fuerza, a su destreza y a su mayor capacidad de rendimiento, el hombre vuelve a vencer a la mujer. En cuanto se hace agricultor, pronto es el más capaz. La caza y la pesca se convierten en ocupaciones secundarias. Con la cría de ganado, el intercambio, el tráfico y el comercio llega a la riqueza, que conserva en sus manos. Quiere legar esa riqueza, no al clan, sino a su descendencia. El egoísmo de la posesión se hace valer. El hombre quiere tener hijos de los que sepa que son sus hijos. Para eso necesita una mujer que le pertenezca solo a él. Una mujer sacada de la asociación del clan y sometida en su casa a él y a su vigilancia, entregada a él y a su necesidad sexual. Esa mujer se la compra; se convierte en su propiedad, su esclava y su objeto de placer. Dispone de ella de manera absoluta.
Así estalla el clan. La gran familia se disuelve en familias individuales. La economía doméstica común del clan se descompone en numerosas economías domésticas individuales. Comienza una nueva fase de la evolución.
Coincide con el nacimiento de la posesión privada. La propiedad privada de los medios de producción tiene por consecuencia la economía doméstica privada, la familia privada, el matrimonio privado, la mujer privada. La monogamia es la tendencia de la posesión individual y del usufructo individual de la posesión, trasladada a lo geneonómico.
En la geneonomía se refleja la economía; en las formas del matrimonio, la evolución progresiva del trabajo y de la economía. La relación de los sexos entre sí es la relación de los hombres con la posesión material.
II.
El ocaso del clan significó el nacimiento del Estado. En lugar de la democracia federada del parentesco, sobre base cooperativa, apareció el poder de dominación estatal construido sobre la posesión individual. Un nuevo principio y una nueva forma de organización.
Müller-Lyer llama a este paso de la organización del parentesco a la organización del dominio una de las mayores transformaciones que la humanidad ha experimentado jamás. «La igualdad y la fraternidad de los miembros del clan tienen que ceder ahora, por milenios, a la servidumbre… Ya no el parentesco, sino el dominio, o, más exactamente, la servidumbre —pues por cada señor hay siempre diez siervos—, es ahora, por milenios, el orden según el cual está construida la nueva sociedad… El poder demoníaco de la riqueza, de la posesión, que transforma al hombre natural en hombre civilizado, ha producido esta transformación.»
En Alemania, este periodo de la evolución comenzó durante y después de las invasiones de los pueblos germánicos.6
Con la posesión privada, primero de la tierra, se dio la posibilidad de enriquecerse a costa de otros. La grave amenaza que hordas y tribus errantes, que aún no habían llegado a la sedentariedad, suponían para la posesión privada hizo necesaria la creación de una tropa guerrera de protección, que, sin embargo, pronto abusó de su destreza en las armas haciendo incursiones, provocando guerras y violentando a sus protegidos, para arrebatarles su posesión de clan y rebajarlos a la sumisión y a la servidumbre. Así, la casta guerrera, que rápidamente alcanzó poder y prestigio y a cuya cabeza estuvieron al principio probablemente antiguos jefes de tribu y cabezas de clan, se apropió de las funciones políticas del clan extinguido. Se desarrolló hasta formar una nobleza guerrera hereditaria, que representaba el poder dominante del Estado en su fase inicial (Estado guerrero, Estado de rapiña, semiestado, pequeño Estado) y más tarde formó los paladines de los príncipes y los reyes. La sociedad experimentó así una diferenciación múltiple: una económica, en estamentos profesionales (estamento militar, estamento que produce el sustento); una social, en clases (poseedores, desposeídos); una política, en libres y no libres, dominantes y dominados.
Si el Estado asumió la herencia política del clan, la herencia económica y geneonómica correspondió a la familia.
La familia se convierte en la célula de la nueva construcción. Representa el microcosmos del nuevo orden: comunidad económica, de vida y de educación, que descansa sobre la base de la posesión privada y está animada por la idea que se encarna en el Estado como un todo. En el aspecto económico y geneonómico, es el fundamento y los pilares de la sociedad. La gran importancia de la familia para el Estado hace que este esté muy interesado en la consolidación, el fortalecimiento y la conservación de la familia. Por eso se preocupa de fomentarla y protegerla por medio de la ley, la Iglesia, la moral, la opinión pública, etc. Se pone detrás de ella con toda su autoridad.
En el primer tiempo de la fase familiar, el hombre tenía todavía, probablemente, varias mujeres, que adquiría por compra. En aras del orden y la concordia domésticos, confiaba a la primera mujer que había llevado a casa la dirección de la economía doméstica. Ella se convertía en la esposa principal, mientras que las mujeres compradas después descendían a concubinas. «Cuanto más crecía el prestigio de la primera mujer, tanto más se hacía notar también en los padres la repugnancia a dar sus hijas a un hombre ya casado. Crecía también la resistencia de las mujeres, que en la monogamia ocupan una posición más digna que en la poliginia.» Como de todos modos la cuestión de fundar una familia era una cuestión económica, era natural que en las capas más pobres, entre los campesinos y los libres comunes, la familia fuera pequeña, es decir, que se compusiera del hombre, la mujer y los hijos, a los que ocasionalmente, y casi siempre solo de manera pasajera, se añadían los padres y hermanos de los cónyuges. El pobre no podía alimentar a varias mujeres. La penuria económica le obligaba a la monogamia: la «monogamia de la necesidad». Entre los ricos, la familia se ampliaba, incorporando esclavos y siervos, hasta formar la gran familia que poblaba una casa señorial7 y que, económicamente, como «economía doméstica cerrada», se bastaba en lo esencial a sí misma. A la familia del estamento artesano y burgués pertenecían como miembros los aprendices, los oficiales y los criados.
El matrimonio de esta época era rigurosamente patriarcal e indisoluble. Sin la bendición sacerdotal se consideraba concubinato, y no se toleraba. La posición de la mujer era la de un ser sirviente bajo el dominio incondicional del hombre. «¡Él será tu señor!»8 Es cierto que esclavos, siervos y criados le ahorraban a la mujer los trabajos más pesados y toscos, pero aun así tenía que trajinar y disponer en la casa, en la que estaba confinada, como «ama de casa». Tenía que hilar y tejer, trenzar, cocinar y hornear, lavar y fregar, hacer jabón y velas, hacer mil cosas, cuidar de los hijos, servir al marido: una esclava, ya no de nombre, pero sí de hecho. Lo atestiguaba también su absoluta falta de derechos. No tomaba parte alguna en la vida pública y era jurídicamente menor de edad por completo: no podía celebrar contratos ni negocios jurídicos, ni hacer testamento, ni presentar demandas, ni comparecer como testigo; tenía prescrito con exactitud por qué sumas podía hacer compras en interés de la casa sin permiso de su señor marido. Tenía que hablar de usted a su marido y estaba sometida a su severa disciplina, hasta el castigo corporal. A los ojos de la Iglesia era una bruja y una concubina del diablo; y el pretexto más fútil bastaba para llevarla a la hoguera: más de 100 000 mujeres sufrieron durante la Edad Media una muerte espantosa como víctimas de esa locura.
La finalidad del matrimonio de este periodo era obtener herederos carnales para la posesión del hombre. Por eso se tenían por virtudes supremas de la mujer la fecundidad y la castidad. La esterilidad se consideraba una vergüenza y era causa de divorcio. La falta de castidad y la infidelidad se castigaban en la mujer con la máxima dureza. El ideal del matrimonio era la monogamia permanente de por vida. «El comercio sexual mutuo ha de limitarse al trato de un hombre con una mujer y de una mujer con un hombre, y además exclusivamente dentro del matrimonio contraído entre ambos. Por consiguiente, castidad absoluta del hombre y de la mujer antes del matrimonio y fidelidad absoluta de ambas partes durante el matrimonio. Esa sería la consecuencia lógica que la institución del matrimonio monógamo exige en último término de los seres humanos. Es cierto que esa ley también se estableció oficialmente, pero en su inflexible rigidez rige siempre solo para la mujer. Es una contradicción llamativa y manifiesta. Pero solo aparente. Como el matrimonio individual no ha nacido del amor sexual individual, sino que está fundado en la conveniencia, representa una forma de familia que no se construye sobre condiciones naturales, sino económicas. Pero como esos fundamentos económicos consistían exclusivamente en los intereses económicos del hombre —y siguen consistiendo todavía hoy—, tenían que traer consigo desde el principio el sojuzgamiento de principio de un sexo por el otro, a saber, el dominio del hombre en el matrimonio y la opresión, inseparable de él, de la otra parte, la mujer. El nacimiento de la propiedad privada solo exigía, pues, la monogamia de las mujeres, porque con ello se cumplía la finalidad de obtener herederos legítimos. A la poligamia abierta o encubierta de los hombres, en cambio, nada se oponía.» (Ed. Fuchs, Sittengeschichte [Historia de las costumbres], I.)9
El sexo femenino oprimido, por supuesto, se vengó. Se vengó con las armas de su opresión. El adulterio y la prostitución, es decir, la corrección del matrimonio y el sucedáneo del matrimonio, son las formas en que la mujer huye del contrasentido del matrimonio antinatural. Ambos son fenómenos sociales inextirpables, nacidos con el matrimonio monógamo y que reciben cada día de él nuevas condiciones previas para seguir existiendo. Los castigos más duros, incluso inhumanos, contra las adúlteras no han hecho desaparecer el adulterio del mundo; la peor proscripción y persecución de la prostitución no ha logrado extirpar esa llaga purulenta del cuerpo social. Solo desaparecerán con la antinaturalidad de la monogamia de la mujer, condicionada por la economía.
Es indiscutible que el matrimonio de la fase familiar, con todas sus deficiencias, representa un gran progreso exterior e interior frente al matrimonio de la época del parentesco. Ya no es mero goce sexual tosco, acto animal. Ha recibido alma y transfiguración con la incorporación de los sentimientos amorosos secundarios: el pudor sexual, los celos sexuales, la castidad, la moral sexual, la pasión amorosa. Del matrimonio por compra se ha transformado en el matrimonio con dote. Representa así una forma superior de matrimonio, todavía no libre, ciertamente, atada al penoso resto terrenal10 de los intereses materiales, unión en primer lugar económica, en segundo lugar sexual y solo rara vez anímica, pero, con todo, un escalón hacia arriba.
Más o menos en la época de la Edad Media cristiana, esta monogamia permanente y forzosa, indisoluble, había alcanzado su apogeo. Este se caracteriza por la abismal oposición entre la posición del hombre, que desde las alturas de la vida abarca con la mirada y domina imperiosamente su tiempo, y la posición de la mujer, que en la estrechez y el aislamiento de la casa y del cuarto de los niños cumple con la bajeza de una criada su deber duro y sordo.
Pero el apogeo se convierte en punto de inflexión. La evolución económica sigue empujando. Y las fuerzas económicas que crearon la forma del matrimonio vuelven a hacerla saltar. Se anuncia la separación de la economía y el amor. Comienza una época nueva.
III.
La Revolución francesa, a finales del siglo XVIII, fue el establecimiento oficial del capitalismo en la Europa continental.
Arraigado en los grandes descubrimientos geográficos y en las relaciones comerciales de ultramar de la Edad Media, preparado y fortalecido por el desarrollo creciente de la técnica y del proceso de trabajo hasta las máquinas movidas por la fuerza del vapor y el sistema fabril, el nuevo modo de economía venció a la corona y a la nobleza, rompió las cadenas de la época feudal, derribó el Estado absolutista y elevó a la burguesía a representante de la nueva época. En el Manifiesto comunista, Marx ha descrito de manera clásica el proceso y los efectos de esa transformación de alcance histórico universal.
Beneficio fue la nueva consigna. El dinero conquistó el mundo. La producción de mercancías irrumpió con fuerza y pronto dominó el mercado. A la economía doméstica de autoconsumo, hasta entonces fundamento de la vida económica, se le asestó el golpe mortal. «En las grandes cooperaciones con división del trabajo y máquinas motrices y máquinas de trabajo integradas, el capitalismo estableció formas de empresa de una capacidad de rendimiento tan superior que la empresa enana de la economía doméstica familiar ya no pudo competir con ellas. Empieza ahora una nueva era de la economía: se impone el principio, opuesto a la producción propia y hasta entonces representado casi solo por el oficio, de que no fabrica un bien quien lo necesita, sino quien está mejor equipado y es más hábil para ese trabajo. Casi nadie produce ya para la propia necesidad, sino que casi todos producen para el intercambio. La producción propia de la economía doméstica familiar es desplazada en toda la línea por la producción de mercancías. Un acto de producción tras otro se desprende de la economía doméstica y se transfiere a la producción social. Y con ello la economía doméstica familiar ha terminado definitivamente de desempeñar el importante papel que durante muchos siglos le había correspondido por encima de todos los elementos de la organización del trabajo.» La consecuencia fue que la familia —despojada de sus funciones más importantes— cayó en la inevitable descomposición exterior e interior.
La economía de la casa señorial de la época feudal, que había servido de base a la gran economía doméstica señorial, fue la primera en desaparecer de la escena.
La siguió la gran familia patriarcal del artesano agremiado, al que se le marchaban los oficiales y los criados para entrar a trabajar en la fábrica, con salario más alto y jornada más corta. Con el tiempo se redujo, como la familia del pequeño burgués y del proletario, a los miembros justamente necesarios para formar una familia: el hombre, la mujer y los hijos. E incluso estos quedaron aislados, porque el capitalismo los empujó a la fábrica, donde trabajaban como siervos en empresas distintas, entregados a la explotación. Ya solo se encontraban en las pausas para comer y, al acabar la jornada, en casa, que ya no era una casa, sino una vivienda de alquiler cambiada a menudo en un desolado cuartel de alquiler. Así, el capitalismo le había quitado el suelo a la familia y había desatado el lazo, había dispersado a sus miembros y aniquilado sus relaciones: de ella solo quedaba un recipiente vacío, un mero nombre. Su tiempo histórico había pasado.
Pero con ello empezó también la descomposición interior del matrimonio.
Comenzó con la abolición de la prohibición del divorcio. Hasta la época burguesa, la influencia decisiva en las cuestiones del derecho matrimonial la había tenido la Iglesia, que quería que el matrimonio se entendiera y tratara como monogamia permanente e indisoluble. El Estado liberal moderno, que rompió con muchas autoridades heredadas, quitó a la Iglesia esa influencia e introdujo el matrimonio civil. Desde entonces el matrimonio se contrajo ante el funcionario del registro civil; la boda religiosa era ya solo un accesorio tradicional, al que se podía renunciar sin menoscabo de la validez del contrato matrimonial. En relación con esta secularización del matrimonio se proclamó por principio su disolubilidad. Fue un ataque formidable contra la santidad y la intangibilidad del matrimonio, aun cuando se intentara hacer imposible en la práctica el divorcio admitiendo las causas de divorcio con la mayor estrechez y acumulando todas las dificultades procesales imaginables para la separación. De hecho, el número de divorcios ha aumentado año tras año; desde la guerra mundial, su enorme crecimiento se ha convertido en uno de los síntomas más drásticos de la actual descomposición del matrimonio.
Otra contribución a la decadencia del matrimonio la aportó la introducción de la escolaridad obligatoria. Hasta entonces, la educación de los hijos había sido sobre todo tarea de la familia. Bajo la guía del padre, el muchacho había recibido su primera formación práctica y —si se quiere— teórica en el taller y en el campo; bajo la dirección y la disciplina de la madre, la muchacha había recibido la suya en la cocina, la casa y el cuarto de los niños. Ahora la profesión de educador y de maestro pasó de los padres al pedagogo profesional, de la familia a la escuela. Y lo que enseñaba la escuela se hizo determinante para la vida posterior y para el puesto que en ella se quería ocupar. El matrimonio había perdido una función de importancia fundamental; además, la escisión entre la educación doméstica y la pública se convirtió en fuente de innumerables conflictos matrimoniales.
Un factor importante que aceleró extraordinariamente la decadencia del matrimonio surgió de la diferenciación del trabajo femenino. Empujada a la vida laboral por la necesidad de mano de obra del capitalismo y por la penuria económica del proletariado que este provocaba, la mujer conquistó una profesión tras otra. Se hizo obrera de fábrica, dependienta, oficinista, funcionaria, maestra, médica, arquitecta, abogada, alcaldesa: ningún campo de trabajo y de actividad le quedó cerrado a la larga. Con ello la mujer ganó en alto grado independencia económica y libertad personal. Aunque a menudo concibiera su profesión solo como etapa de paso hacia el matrimonio, el hecho de que, como persona económicamente independiente, gozara de mayor margen en la elección de cónyuge y de la ventaja de una decisión más libre quitó al matrimonio su carácter de institución de sustento y, con ello, su carácter de matrimonio en sentido burgués.
El fortalecimiento económico y la independización del sexo femenino despertaron la emancipación de la mujer y dieron sin cesar nuevos impulsos al movimiento feminista. Se plantearon reivindicaciones jurídicas, sociales y políticas; la mujer exigió la igualdad de derechos con el hombre en la legislación y la jurisprudencia, en la opinión pública como en la sociedad, en la administración, en la política, en el Estado. En una lucha larga y tenaz conquistó por fin el derecho de voto, entró en el parlamento, ocupó cargos de gobierno. ¿Qué significaba todavía, al lado de esas conquistas, el matrimonio? ¿Dónde habían quedado la olla, la calceta y la tina de lavar? El matrimonio seguía existiendo, sí, pero ¡en qué transformación!
Cuanto más avanzaba la evolución capitalista y más se marcaba la división de la sociedad en dos clases, tanto más palpable se hacía también el papel de la mujer dentro de esta época. La mujer de la clase poseedora, dispensada de todo trabajo dentro de la familia y del matrimonio, se convierte, a medida que crece la riqueza del hombre, cada vez más en un objeto de lujo, un capricho costoso, un animal de lujo, una hembra de placer: cuidada, adornada, mimada, llena de exigencias, que solo goza y proporciona goce a su solvente poseedor. Junto a la villa confortable, la mesa bien servida, la bodega bien surtida, el noble caballo de carreras, el automóvil distinguido y la elegante amante, ella —la esposa— es el más distinguido y valioso objeto de exhibición, de ostentación y de diversión del snob rico. La mujer de la clase trabajadora, en cambio, dispensada también del trabajo dentro de la familia y del matrimonio —si no del todo, al menos en una parte considerable—, se coloca cada vez más al lado del hombre como compañera de trabajo, como colega de profesión, como igual social, como compañera de lucha política. Comparte con él deberes y derechos, esfuerzo y remuneración, los peligros de la lucha y las alegrías del éxito. Goza de la libertad y de la independencia que hasta entonces eran privilegios del sexo masculino; tiene un horizonte intelectual más amplio y se siente más inmediatamente ligada a las fuerzas motrices y a las leyes de movimiento de la evolución general de la vida social; representa una actividad cultural superior frente a las mujeres de ayer y de anteayer.
Un paso más, y se convertirá en pionera de una relación amorosa enteramente libre, de una forma superior de matrimonio, de una nueva constitución de la familia.
IV.
Ese paso lo da la revolución.
La revolución engendra el socialismo.
El socialismo es comunidad en la posesión de los medios de trabajo, en el trabajo y en el disfrute de su producto. La existencia económica y social de los hombres experimenta, en todos sus supuestos, formas de expresión, conexiones y contenidos, una transformación y una revalorización de principio. La cultura social vive un renacimiento. Nace una nueva ideología.
No es solo el capitalismo el que se supera con esta revolución: perece la propiedad privada en general, cuya forma de manifestación más alta y última representa el capitalismo.
Por eso esta revolución, en su significado histórico, no puede compararse con las revoluciones de los siglos pasados; estas solo trajeron, todas sin excepción, desplazamientos dentro de los grupos de poseedores que se disputaban el dominio. Ahora, en cambio, la posesión deja de ser privilegio de clase; la propiedad privada desaparece por completo. Esta revolución solo encuentra, pues, su contrapartida en aquella revolución que trajo el nacimiento de la propiedad privada, con la destrucción de la posesión común primitiva.
Es una revolución como la de antaño, solo que en el escalón superior de una evolución de más de mil años, sobre las conquistas de la cultura humana de toda la época que termina. Y con el efecto contrario.
Entonces se desintegró la posesión común del clan y se transformó en propiedad privada, de la que empezó a disponer la voluntad de un individuo. Hoy ha pasado de nuevo el tiempo de la posesión individual de los medios de producción; los trozos y trocitos se reúnen en un todo; la propiedad común resurge.
Entonces la constitución del clan se hizo pedazos; la gran familia del parentesco se disolvió y se continuó en una infinidad de familias individuales, que formaron el recipiente social del matrimonio monógamo. Hoy el matrimonio monógamo se rompe y se desmorona, la familia individual se descompone bajo los pasos de la evolución, y los escombros se configuran en un nuevo todo.
Las economías domésticas individuales pierden su sentido ante la escasez de material, la falta de mano de obra y la carestía de la vida. El derroche de tiempo, de fuerza y de materia que supone que en 100 hogares se aviven 100 fuegos, se cocinen 100 comidas, se laven 100 tinas de ropa y se realicen 100 veces las mismas tareas mezquinas, embrutecedoras e irracionales de la pequeña economía doméstica, se hace cada vez más consciente para los hombres en una época de bancarrota general. Y ya no hace falta la perspicacia ni la imaginación de un Fourier11 para comprender que solo reuniendo los trabajos individuales, condenados a la impotencia, se puede estar a la altura de las tareas que plantea un nuevo orden del mundo. Así, las partes aisladas tienden de nuevo a unirse. Las empresas enanas se convierten en grandes empresas. De la multiplicidad que fracasa brota la unidad que salva. Las economías domésticas inconexas se encuentran en la cohesión viva de la comuna.
La comuna es la célula de la nueva vida en comunidad. Realiza el concepto de comunidad que arraiga en la conciencia del proletariado como clase y encuentra su culminación en el nacimiento de una sociedad sin clases. En la práctica, la comuna se presenta como comunidad de trabajo y de vida de economía colectiva, sobre la base de la economía de las necesidades y de la organización de consejos. Pertenecen a ella personas de todo sexo y edad, casadas y solteras, como productores, según su capacidad de rendimiento y las necesidades de la comuna, y como consumidores, según el producto de la comuna y el derecho adquirido con el trabajo. La comuna es la familia ampliada a lo social, la familia de la época socialista, la nueva gran familia sobre la base del principio de la comunidad y de la solidaridad.
De la comunidad resulta una nueva relación del hombre con el trabajo. Este ya no le llega desde fuera, como deber duro e impuesto, como algo ajeno, hostil, que lleva a la servidumbre y que, en vez de hacer feliz, solo atormenta. Madura desde la comunidad como necesidad, como impulso interior, como algo evidente que se deriva lógicamente del hecho de nuestra existencia y de nuestra voluntad de conservarnos. Es —para todos sin excepción— la expresión inmanente de nuestra vida, el sentido de nuestra existencia, la nobleza natural de nuestra humanidad.
La nueva relación de los hombres con el trabajo condiciona una nueva relación social de los hombres entre sí y unos con otros, también una nueva relación de los sexos y, con ello, una nueva forma del matrimonio.
Por primera vez en la evolución de la humanidad, el hombre y la mujer están uno al lado del otro como dos personalidades independientes, económica e intelectualmente libres, jurídicamente iguales, ni favorecidas ni perjudicadas en su participación en la cultura.
Por primera vez el matrimonio se convierte en una unión de seres libres e independientes entre sí, en una pura unión amorosa, sin trasfondos ni motivos materiales. Una unión de los corazones. Una armonía de las almas.
El hombre elige a la mujer a la que le lleva su inclinación. Y la mujer elige al hombre que corresponde a su inclinación. Ya no ocurre que, por regla general, él sea el que elige y corteja y ella la elegida y conquistada: los dos eligen y cortejan, según su temperamento, su tacto y las circunstancias, y se encuentran en libre elección amorosa. El amor libre se consuma en el matrimonio libre.
Amor y matrimonio se han convertido en conceptos idénticos.
Ya no ocurre que la inclinación del hombre pertenezca a una mujer mientras las cadenas del matrimonio lo atan a otra: la amada es esposa, y la esposa es siempre al mismo tiempo amada.
Ya no ocurre que la mujer pertenezca exteriormente al hombre por el vínculo matrimonial, pero le «ponga los cuernos» compartiendo las alegrías del amor con el amante o el amigo de la casa: solo el amante es esposo, y el esposo es amante.
La mentira convencional del matrimonio ha terminado.
También la prostitución convencional del matrimonio.
Ha pasado el estado inmoral en que la mujer comparte la comunidad sexual con el hombre al que no ama solo por el sustento material, y se rebaja con ello a ramera para toda la vida. Ha pasado la profunda indignidad y degradación moral del hombre que se vendió por una dote elevada a una mujer a la que no amaba y ahora arrastra la cruz de un matrimonio desgraciado a lo largo de una existencia malograda.
El error matrimonial y el adulterio, los cuernos y la prostitución matrimonial han perdido las condiciones de su existencia, porque todo matrimonio empieza y termina con el amor.
El matrimonio se ha convertido en pureza, franqueza, verdad. Es la comunidad de seres libres basada en la atracción sexual. Enteramente liberado del penoso resto terrenal de los supuestos, usufructos y consecuencias materiales. Todo libertad y amor.
Tampoco el deber y la carga de la crianza de los hijos empañan ya su imagen pura.
Hoy, en innumerables casos, la preocupación por la descendencia es en último término la razón decisiva de que sigan subsistiendo matrimonios que se han vuelto inmorales. ¿Qué será de los hijos si el marido y la mujer se separan?
En la sociedad futura, la crianza y la educación de los hijos ya no serán cosa de los padres, sino uno de los asuntos más importantes de la colectividad social. Los niños serán sustraídos lo antes posible al cuidado y a la influencia maternos y formados a costa de la sociedad como personas capaces. La sociedad necesita muchos niños, tiene interés en una gran abundancia de niños, porque los niños serán productores, es decir, creadores de valor. El hombre es el medio de producción más valioso; en una época en que el hombre es capaz de producir un múltiplo de lo que necesita, representa una fuente de riqueza. Cuantos más hombres que crean, más rica la sociedad.
Así, el matrimonio se integra como miembro importante en el gran aparato de la producción social. Lejos de ser un mero asunto privado, es —sin perjuicio de su carácter puramente personal— institución social para la generación de fuerzas productivas humanas y, con ello, la fuente más poderosa y fecunda de la riqueza social.
Todo hijo de un matrimonio así es un hijo del amor. La tragedia del hijo ilegítimo ha terminado. La finalidad de todo matrimonio es dar vida a hijos. A muchos hijos. A muchos hijos sanos, capaces, útiles.
La sociedad tendrá el máximo interés —como en una gran abundancia de niños— en una gran frecuencia de matrimonios. Por eso facilitará al máximo la celebración del matrimonio. Eliminará los impedimentos matrimoniales, abreviará o suprimirá las formalidades, apoyará la voluntad de casarse. Bastará la decisión de ambas partes de contraer matrimonio, consignada en una simple declaración. Tampoco se pondrá ningún obstáculo a la disolución del matrimonio.
Pero esta facilidad para contraer y deshacer el matrimonio, unida a la liberación del cuidado de la mujer y de la descendencia, ¿no será un incentivo para el comercio sexual frívolo? ¿No habrá bastantes hombres sin conciencia que vuelen como mariposas de flor en flor, sin acordarse de ninguna obligación más profunda para con la mujer y el hijo? ¿No tiene que conducir semejante desenfreno en el trato sexual a la destrucción del matrimonio en general y, con ello, a la degradación ética de la humanidad?
Bueno, la depravada fantasía de los demagogos burgueses sabe desde hace mucho tiempo asustar al filisteo con imágenes espantosas y lascivas de la «conejera» en el Estado socialista del futuro. Pero en realidad la evolución seguirá, previsiblemente, justo el curso contrario.
El matrimonio libre, aunque fácil de disolver, tendrá mayor estabilidad que el matrimonio de hoy, porque el afecto anímico en que se basa es el lazo más íntimo que puede unir a los seres humanos. No es, en efecto, una comunidad de vida de los cónyuges puramente económica, ni tampoco puramente sensual, sino anímica e intelectual. Precisamente porque desde el principio está libre de motivos económicos, que en la unión amorosa de los seres humanos tienen que actuar siempre como cuerpos extraños, tiene perspectivas de durar más; su regla será, pues, probablemente, la monogamia permanente voluntaria.
La experiencia enseña que el hombre más libre es el que menos abusa de la libertad. «Ante el esclavo, cuando rompe la cadena, ante el hombre libre no tiembles.»12 Un lascivo inválido del matrimonio de hoy, puesto en el mundo del libre matrimonio por amor de mañana, solo pensaría en aventuras sucias y vería en las orgías sexuales de un bajá la meta de sus deseos lúbricos. Pero un hombre de la época socialista, libre de los miasmas de esta clase en putrefacción y depurado por la nueva ética de la solidaridad social y de la humanidad pura, preparado por una educación sexual planificada, sostenida por un alto idealismo, que da al matrimonio libre la consagración de una naturalidad santificada —este hombre puro y libre verá en el matrimonio la sublime realización de su existencia. Toda recaída en las frivolidades sexuales de la época burguesa, todo abuso de la libertad se estrellará contra la profunda seriedad y la solemne dignidad con que la nueva generación protegerá el misterio de su nuevo matrimonio. Una clase obrera que ya en la era capitalista entregaba al bebedor al desprecio general sabrá todavía más, en la época socialista, salir al paso con los medios de la educación moral de quien profane el santuario del libre matrimonio por amor.
Así conduce el camino, desde el caos y el desierto de la esclavitud y la prostitución matrimoniales burguesas, a la libre altura de la comunidad amorosa socialista, que no mancha ningún egoísmo feo, no degrada ninguna dependencia, no rebaja a negocio ninguna especulación calculadora. Así encuentra el mundo socialista de la libertad económica y de la solidaridad social su reflejo también en la imagen del nuevo matrimonio.
Trabajo libre, amor libre, matrimonio libre —¡por fin, por fin!—: ¡seres humanos libres, verdaderamente libres!
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar de la Deutsche Nationalbibliothek (Leipzig) del folleto Liebe - Ehe - Familie, Dresde: Verlag der Kommunistischen Buchhandlung Dresden-Altstadt, s. f. [1921], págs. 3-30 (visor de la DNB, 1014949548). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en apartados y en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las dos notas del autor (numeradas) y la paginación original. Para la terminología de Müller-Lyer, Geneonomie, geneonomisch se traducen «geneonomía», «geneonómico»; verwandtschaftliche, familiale, personale Epoche, «época del parentesco», «familiar», «personal»; Sippe, «clan»; Dauermonogamie, «monogamia permanente»; Kaufehe, Dienstehe, Mitgiftehe, «matrimonio por compra», «por servicio», «con dote». Trieb se traduce «instinto», como en el resto del archivo fuera de la exposición de Freud. Kommune se traduce «comuna». Las citas de Müller-Lyer y de Fuchs se traducen del alemán de Rühle. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Schiller, «Die Weltweisen» (1795): «Einstweilen, bis den Bau der Welt / Philosophie zusammenhält, / Erhält sie das Getriebe / Durch Hunger und durch Liebe» («Mientras la filosofía no mantenga unido el edificio del mundo, ella [la naturaleza] conserva la maquinaria por el hambre y por el amor»). (N. del T.) ↩
Generación: sucesión de las generaciones, grado de edad (de genus = el sexo [das Geschlecht]); generativo: lo que se refiere a la sucesión de las generaciones, es decir, a la conservación de la raza. ↩
Geneonómico: lo que tiene que ver con la generación de seres humanos en el sentido de la conservación de la especie. Geneonomía: la sociología de la reproducción y de la conservación de la especie. ↩
Franz Müller-Lyer (1857-1916), sociólogo y médico muniqués. El título que cita Rühle duplica por errata la palabra «Formen»: la obra se titula Die Formen der Ehe, der Familie und der Verwandtschaft (1911). (N. del T.) ↩
Sippe: el grupo de parientes por línea de sangre (clan, gens), distinto de la horda y de la familia. (N. del T.) ↩
Völkerwanderung: literalmente, «migración de los pueblos», término alemán para las invasiones germánicas de los siglos IV-VI. (N. del T.) ↩
Fronhof: la casa y explotación del señor de la que dependían los siervos obligados a prestaciones personales (Fron), base del régimen señorial (villicatio). (N. del T.) ↩
Génesis 3, 16. (N. del T.) ↩
Eduard Fuchs, Illustrierte Sittengeschichte vom Mittelalter bis zur Gegenwart, t. I, Renaissance (Múnich, 1909). (N. del T.) ↩
«Penoso resto terrenal» (peinlicher Erdenrest): eco de Goethe, Fausto II, acto V («Uns bleibt ein Erdenrest / Zu tragen peinlich»). (N. del T.) ↩
Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés, que propuso agrupar la vida doméstica y el trabajo en comunidades (falansterios). (N. del T.) ↩
Schiller, «Die Worte des Glaubens» (1797): «Vor dem Sklaven, wenn er die Kette bricht, / Vor dem freien Menschen erzittert nicht!»; Rühle cita de memoria («Manne», «erzittere»). (N. del T.) ↩