I
Las luchas de Alemania central han terminado.
La lucha desesperada de las masas, que creían llegado el día de la decisión, ha sido ahogada en sangre por verdugos y esbirros salidos de sus propias filas. ¡Otra derrota, otra tragedia!
Miles fueron abatidos. Unos, muertos en lucha abierta; otros, asesinados con cobarde bestialidad desde la segura emboscada del cuerpo de guardia de la policía o de la cárcel.
Muchos miles están en las prisiones y, por las sentencias de venganza de los tribunales extraordinarios, en las que todavía hierve la rabia temblorosa de miedo de la canalla burguesa, serán enterrados durante muchos años tras los muros del presidio. Mientras los criminales de Kapp andan libres y los asesinos en masa del cuerpo de oficiales y del estudiantado son absueltos y elogiados públicamente, el renegado Ebert se apresura a entregar a sus compañeros de clase, violando la Constitución mediante la creación de tribunales de excepción, a la sed de venganza de la burguesía1. Decenas de miles, que escaparon a los esbirros y a los matarifes, han huido del país, desarraigados, ilegales; vagan reunidos en bandas, continúan la acción en cien fragmentos como guerra de guerrillas y dispersan la última fuerza del proletariado hasta el agotamiento completo.
Así termina el levantamiento de Alemania central: con un derrumbe completo.
La revolución en Alemania está perdida para mucho tiempo.
II
No era difícil prever este desenlace. Pues la acción estaba condenada al fracaso desde el primer día.
Nunca se ha puesto en escena un levantamiento revolucionario de forma tan poco preparada e inoportuna, tan torpe y tan chapucera como este. Nunca un partido, como portador de una acción revolucionaria, ha demostrado una incapacidad tan consumada y una falta de conciencia tan culpable como el VKPD2 en las últimas semanas.
Si hoy el proletariado alemán se encuentra al final de una acción totalmente echada a perder y fracasada, si a los sacrificios sin nombre que ha soportado hasta ahora tendrá que añadir otros nuevos e inauditos,
si al final tiene que verse entregado, completamente indefenso y agotado, al Terror Blanco de la contrarrevolución desencadenado por los últimos acontecimientos, se lo debe al VKPD, a su táctica seudorrevolucionaria y a su dirección sin seso y antirrevolucionaria.
Es cierto que también el SPD y el USP han cargado con una grave culpa de sangre. Han obrado con el proletariado como enemigos de clase, como contrarrevolucionarios jurados. Pero ¿quién esperaba otra cosa del partido de un Noske y de un Hörsing, de un Fräßdorf y de un Neuring?3 Y el USP: en estos días ha confirmado lisa y llanamente, por primera vez con toda franqueza, y ha tenido que confirmar, la opinión de quienes nunca vieron en él más que el partido de los chalanes políticos, de los desganados de la lucha y de los que escurren el bulto ante la acción. Gente que está de acuerdo con que sus dirigentes se sienten a una misma mesa, en un mismo gobierno, con carniceros de obreros y traidores a los obreros tan sangrientos como Severing y Buck4, y defiendan junto con esos profanadores y enemigos de la revolución los intereses de ganancia de la burguesía, ha dejado hace mucho de ser receptiva a las ideas revolucionarias y de estar dispuesta a la acción revolucionaria. Son pequeños burgueses que razonan y que quedan satisfechos en cuanto, mediante componendas parlamentario-oportunistas, han pescado y mendigado un acta de concejal, un puesto en el consejo de empresa o aunque solo sea un mísero suplemento de salario. Esta es una ganancia de la acción de Alemania central: haber traído por primera vez plena claridad sobre ello. El USP queda excluido de antemano, en adelante, de todo levantamiento revolucionario serio; está al lado del SPD, del que hoy ya no lo separa nada y con el que, bajo la presión de su rápida descomposición interna, se fusionará en un plazo previsible.
A los ojos de las masas, el partido revolucionario era hasta ahora el VKPD. Y el VKPD supo, con ayuda de los ricos medios de propaganda de que dispone, mantener ese nimbo, cultivarlo y disimular con éxito los reveses políticos que sufrió en los últimos tiempos y que lo maltrataron seriamente. Se comportaba, con palabras y frases, de un modo enormemente revolucionario y gozaba, y no en último término porque Moscú está detrás de él, de la confianza de amplios círculos obreros. Entonces llegó el día en que quiso demostrar con los hechos que era el partido de la revolución. Justamente en la acción de Alemania central. Y ahí ha fracasado de plano. Nunca un partido ha desempeñado en la revolución un papel tan lamentable, incapaz y dejado de la mano de Dios como él.
En la medida en que alcanzaba mi influencia personal (hablo solo en mi nombre, no por encargo de la AAU del Gran Dresde5, aunque no dudo de que, en vista de sus experiencias, hará suya mi opinión y mi juicio), he procurado evitar la desgracia. Una vez que la bala había salido del cañón, ya no cabía querer dirigirla ni frenarla. Durante la acción he observado la disciplina revolucionaria. Pero ahora, cuando la lucha ha terminado, hay que hablar, hablar con toda franqueza, hay que intervenir con la crítica más aguda y menos complaciente, hay que arrancar al VKPD la máscara engañosa de partido revolucionario y poner en la picota toda la vaciedad de su radicalismo verbal, la vergüenza de su impotencia política, la falta de conciencia de su frívola y corrupta fabricación de revoluciones.
Los obreros deben saber que la acción de Alemania central fue un disparate y un crimen y que hay que hacer responsable de ello al VKPD.
III
Una acción revolucionaria exige, como presupuesto elemental de su éxito, una situación política favorable a su realización.
¿Era la situación política en Alemania, en el momento en que Hörsing provocó a los obreros con sus transportes de la Sipo6 a Mansfeld, favorable a un levantamiento revolucionario?
¡No!
En la cuestión de la Conferencia de Londres7, el gobierno había ido a parar a un callejón sin salida en el que no sabía adónde volverse. La Entente apremiaba hacia una decisión, cuya tendencia indicaban las sanciones. Al gobierno le interesaba encontrar ahí una salida, aunque solo fuera en forma de una demora, de un aplazamiento.
La cuestión del desarme se agudizaba cada vez más. La obstinación de las dos partes, la Entente y Baviera, tenía que conducir a un conflicto abierto. El gobierno estaba en medio, perplejo e impotente. Su única esperanza era convencer a la Entente de que eran necesarios un ejército más fuerte y el mantenimiento de las guardias cívicas (Einwohnerwehren).
El último millardo de marcos oro alemán debía entregarse, según un ultimátum de la Entente, el 23 de marzo. Eso habría significado el derrumbe catastrófico de toda la economía alemana. ¡Mi reino por un pretexto que pudiera esgrimirse para hacer plausible a la Entente que la entrega de oro era imposible en ese momento!
La cuestión de la Alta Silesia había quedado ampliamente planteada con el plebiscito8, pero en modo alguno resuelta. Los polacos presentaban ya, con las armas en la mano, sus pretensiones, que no parecían encontrar fundamento en el resultado de la votación (tal como, falseado, se había dado a conocer al público). Se trataba de desviar la atención de la Alta Silesia, de provocar un desplazamiento del interés político y, al mismo tiempo, de paralizar las fuerzas proletarias que se oponían a una solución nacionalista de la cuestión de la Alta Silesia.
En todas estas cuestiones, el interés del proletariado era exactamente el opuesto al del gobierno. Si el gobierno necesitaba distracción, ganar tiempo, excusas y pretextos para imponer su política capitalista, los obreros tenían que hacer todo lo posible para quitarle de las manos el disfrute de esas ventajas. Y si el gobierno recurría al medio de la provocación para alcanzar indirectamente su objetivo, el proletariado no debía caer en esa trampa.
Pero ¿qué hizo el VKPD? Reaccionó en el acto a cualquier provocación policial, por torpe y transparente que fuera, y mordió enseguida, con consumado aturdimiento, el burdo cebo de la provocación de Hörsing. Ansiaba literalmente cualquier ocasión de mandar a las masas al fuego de la insurrección y se lanzaba sobre ella; más aún, llegó a ver en la provocación por su propia parte (¡léase la Rote Fahne!) la ley de la acción revolucionaria, y eso aunque sabía que entre Stinnes9 y el gobierno se había llegado a un acuerdo según el cual Stinnes tenía que encargarse de impedir el golpe de la derecha, mientras que el gobierno se declaraba dispuesto a aplastar el golpe de la izquierda que, según se creía, se estaba preparando.
¿Era solo estupidez política lo que se revelaba en un desconocimiento tan absoluto de la situación? ¿Era fogosidad o exaltación, que ardía de impaciencia por luchar, o una estrategia superior que, sabiendo que la mejor táctica es el golpe, empujaba al
ataque antes de que el adversario fuera capaz de operaciones más serias?
¡Ah, no! No era ni más ni menos que la ejecución completamente subalterna de una orden dada desde arriba y mal entendida.
IV
Después del congreso de Halle10, señalé en un artículo de Kommunist que el efecto inmediato de la escisión del USP en el KPD consistiría en precipitar a los recién ganados, mediante una peligrosa táctica golpista, a aventuras revolucionarias, para cumplir las promesas que se les habían hecho; pero que con ello no se crearían más que las condiciones para desencadenar el golpe de la derecha, que esperaba una ocasión así para instaurar el Terror Blanco.
La primera parte del temor se ha cumplido. De la inteligencia y la prudencia de los obreros dependerá que, tras las experiencias y los resultados de la acción de Alemania central bajo la «acreditada dirección del VKPD», quieran vivir también la segunda.
De un partido que hace menos de un año había caído —como dijo Radek— en el «cretinismo antigolpista», el VKPD se ha convertido en un partido del golpismo ciego y desatinado. Este brusco cambio concuerda con el resto de su retrato: era antiparlamentario y se volvió parlamentario, era antinacionalista y se volvió nacionalista, era antisindical y se volvió sindical, etc. Pero ¿de dónde venía cada vez el cambio?
¡De Moscú!
Rusia necesita la revolución alemana. Esta necesita un proletariado unido. Pero gracias a la táctica divisionista de Moscú, la desunión del proletariado alemán ha llegado casi hasta la atomización. ¿Qué hacer ahí?
Radek, el organizador designado oficialmente de la propaganda revolucionaria en Alemania (al que entretanto se ha relevado de ese puesto), supo qué hacer. Se sentó y escribió la «Carta Abierta»11, en la que hizo el intento ridículamente ingenuo de poner bajo un mismo sombrero a las organizaciones obreras alemanas, de Noske a Rocker. Traidores socialistas mayoritarios, saboteadores independientes de la revolución, sindicalistas de la guardia blanca, pequeños burgueses sindicalistas revolucionarios, cabezas locas unionistas12: todas estas organizaciones, así o de modo parecido tituladas y clasificadas por Moscú, en íntima asociación con los únicos revolucionarios auténticos y como es debido, los revolucionarios de patente del VKPD: ¡en verdad, una idea fenomenal! Por desgracia, para gran dolor de Radek y de Levi, fuera de Tripstrill y de Treuenbrietzen an der Knatter13 no tuvo más éxito que el de provocar una hilaridad enorme. La reunión no fue nada.
Entonces se recurrió a la receta del golpe. En Rusia se produjeron disturbios y graves levantamientos. En Kronstadt estalló la lucha contra la superdictadura de los gobernantes del partido bolchevique. En esa situación, el gobierno soviético necesitaba con más urgencia que nunca la ayuda del proletariado alemán. Y en esa situación nació la consigna de una ofensiva golpista de distracción y de alivio.
Creo estar libre de la sospecha de ser amigo de Paul Levi. Pero lo considero políticamente lo bastante listo como para comprender que se defendiera contra el temerario producto del miedo que era la consigna de Moscú. Eso le costó el puesto. Unos zafios completos como Brandler y Stoecker asumieron la dirección del partido, y las mediocridades superficiales y serviles de un Friesland, de una Ruth Fischer14 pusieron la
música táctica a cuyo compás había que hacer la instrucción revolucionaria.
Las luchas de Kronstadt terminaron. La ofensiva alemana de alivio mediante un golpe del VKPD ya no era necesaria. Pero los buenos suboficiales alemanes, acostumbrados a obedecer, no se dejaron perturbar. Tenían órdenes. Cumplían con su deber. Se había exigido el golpe. Así que había que dar un golpe. La prensa recibió su santo y seña. El ejército de agitadores fue soltado sobre las masas, con conferencias para asambleas populares ya elaboradas en la inevitable cartera. Empezó un coro disparatado en todos los registros y todos los acentos de la histeria y de la chifladura. La atmósfera política se elevó artificialmente hasta el punto de ebullición. Cuando al final —todavía en el último momento— se quiso dar marcha atrás, se vio que se era prisionero del propio método. El KAP, ardiendo de envidia competitiva y esforzándose con todas sus fuerzas y medios por presentar a Moscú su certificado de aptitud, arrebató al VKPD la consigna de las manos. «¡Las masas del VKPD actúan según nuestras consignas!», triunfaba la KAZ (n.º 181)15. «¡Han obligado a sus dirigentes a ello!» Y luego, en el estilo de azufre y pez del golpismo sin adulterar: «En todo el Reich se alzan las llamas. De Zwickau a Brunswick llega ya el frente unido. En Halle, Dresde y Leipzig saltan las primeras chispas». Estas tiradas mentirosas y altisonantes, en un momento (Jueves Santo) en que en Zwickau, Dresde, Leipzig y Brunswick reinaba todavía una calma completa, tenían que soliviantar a los obreros y hacerles creer en la cercana victoria de la revolución.
Así siguió el destino su curso.
V
Desde hace años, el VKPD asegura con celo e insistencia que el centralismo es la única forma de organización que entra en consideración para la lucha revolucionaria y que esa lucha no puede librarse victoriosamente sin un cuerpo de dirigentes profesionales instruido y probado. Centralismo es cohesión y fuerza concentrada, es voluntad unitaria y amplia visión de conjunto: así sonaban los lemas y los triunfos de la argumentación; los dirigentes forman la cabeza del movimiento, la idea rectora y dominante de la acción, su corazón y su cerebro. ¡Quién no recuerda estas frases oídas mil veces! Y además la argumentación corriente: quien niega el partido para propagar el federalismo de los consejos atenta contra los principios fundamentales de la estrategia revolucionaria, rompe las armas que garantizan la victoria proletaria, hace el juego a la contrarrevolución, es un anarquista, un cabeza loca, un contrarrevolucionario: ¡al paredón con él! En esta lógica y en este tono estaban el VKPD y el KAP completamente de acuerdo.
Pero ¿qué han demostrado las luchas de Alemania central? En primer lugar, que el famoso centralismo fracasó por completo.
Imagínese: el golpe estaba preparado de larga mano, propagado con celo, se disponía de ricos medios para llevarlo a cabo, el VKPD tiene la organización centralista más rígida, con un toque militar, y una dirección incondicionalmente juramentada y adiestrada en el sistema autoritario y en su manejo dictatorial. ¿Y el resultado? Una desorganización de la dirección que supera toda idea, un desbarajuste indescriptible en las disposiciones, una espantosa falta de iniciativa, una falta consumada de plan y de cabeza en todos los puestos que contaban para la dirección. Solo quien se ha convencido con sus propios ojos sobre el terreno
puede hacerse una idea del caos «centralista» que reinó en las filas del VKPD durante los días de lucha en Alemania central.
Pues también fracasó por completo el cuerpo de dirigentes profesionales.
Imagínese: desde hacía meses se preparaba la lucha, la Rote Fahne publicaba un llamamiento tras otro, todo el VKPD fue movilizado y puesto bajo presión, y justo el día en que estalló la lucha y las masas enardecidas tomaron las armas para convertir por fin en hechos tantas palabras, casi todo el estado mayor del VKPD, con Koenen a la cabeza, acompañado de dirigentes del KAP, partía rumbo a Moscú, mientras otra parte del estado mayor, con Curt Geyer a la cabeza, se encontraba ya en Moscú. ¿Dónde estaban los Levi y Heckert, los Däumig y Stoecker, los Eberlein y Brandler? ¿En qué barricada combatió Adolf Hofmann? ¿Qué formaciones del Ejército Rojo mandaba Piek, o Walcher, o Friesland?16 ¿Y dónde estuvieron en estas luchas los bastiones del VKPD? Chemnitz, la metrópoli comunista, permaneció muerta como un cementerio, aunque los bonzos se esforzaron por docenas en hincharla a golpe de golpismo. Berlín, sede de la Central, dominio del ala izquierda del USP que se había pasado a Moscú, parecía un jamelgo enfermo que se derrumba por detrás cuando se levanta por delante, y al revés. ¿Y Hanau? ¿Erfurt? ¿Gelsenkirchen? En Hamburgo bastó una ametralladora para aplastar el levantamiento; en Gotha ni siquiera hizo falta. ¡Fue lamentable, indeciblemente lamentable!
¡Por sus frutos los conoceréis! Por sus realizaciones, a las organizaciones; por sus hechos, a los dirigentes.
¡Sobre el centralismo y el cuerpo de dirigentes profesionales han dictado sentencia los acontecimientos de Alemania central!
VI
Donde los obreros estuvieron en lucha armada abierta, se batieron con gran bravura. Cada uno de ellos fue literalmente un héroe.
Pero estaban preparados para otra táctica que aquella a la que los obligó el curso de la lucha. O dicho de otro modo: la práctica de las luchas los obligó a métodos que hasta entonces o no conocían o habían rechazado decididamente en teoría. Así se vieron en situaciones para las que no estaban en absoluto preparados y a las que solo se resignaron a regañadientes, bajo la presión de lo inevitable. Eso los puso de antemano en desventaja frente a la policía y el ejército, que, familiarizados con su táctica, compenetrados con sus métodos de lucha, se sintieron enseguida dueños de la situación y, apoyados por la incomparable superioridad de su técnica de armamento y de su instrucción estratégica, muy pronto lo fueron también.
Reducida a una fórmula sencilla, la oposición entre las tácticas de lucha de que aquí se trata puede expresarse así:
Las luchas revolucionarias de Alemania central se iniciaron como luchas políticas, es decir, como luchas armadas, luchas callejeras; en suma, como luchas militares según el modelo del militarismo burgués, por cuya escuela pasaron los obreros durante la guerra. Esta manera de conducir la lucha corresponde a la concepción partidista de la revolución. La defienden el VKPD, el KAPD y la tendencia berlinesa de la AAU. Pero es, como el propio partido, un resto de la época burguesa y por eso, aplicada en épocas revolucionarias a fines revolucionarios, actúa de forma antirrevolucionaria, es decir, fracasa. La táctica del proletariado no puede consistir en situarse en el terreno del método de lucha burgués, que nunca dominará tan bien y con tanta seguridad
como sus adversarios; aunque estuviera bien organizado y armado militarmente, tendría que sucumbir ante el militarismo burgués, mucho mejor organizado y apoyado en un material humano completamente distinto, es decir, mucho más utilizable para ese sistema. Por eso el proletariado tiene que atraer al adversario burgués a su propio terreno de lucha, donde a él, al proletariado, tiene asegurada de antemano una superioridad mayor. Este terreno proletario de lucha es la empresa. De ahí surge la exigencia de armamento en la empresa, de formación de unidades de combate por empresas, de ocupación de las empresas, de desencadenamiento del movimiento revolucionario desde las empresas, de defensa de las empresas por los obreros armados, de ampliación de la base de lucha mediante incursiones desde las empresas. Todo ello como tarea de la parte más resuelta y más importante de la clase obrera. Si los obreros abandonan las empresas, como ocurrió primero en Alemania central, para correr a la calle y combatir allí, pierden el suelo bajo los pies, se convierten en bandas fortuitas que libran una lucha sin regla, y caen víctimas del fuego del militarismo burgués. Es cierto que durante un tiempo previsible seguirá habiendo en los levantamientos revolucionarios tales luchas de bandas; para algunas tareas serán incluso necesarias, quizá imprescindibles; pero el peso principal de las luchas y de sus decisiones no puede ni debe recaer en ellas. Recae en las empresas. Y la lucha revolucionaria que irrumpe desde las empresas es una lucha económica que se agudiza políticamente, en contraste con las luchas anteriores, es decir, políticas, que no pudieron ganar después la base económica y por eso se quedaron en nada.
En Kommunist y en Revolution17 he expuesto repetidas veces los rasgos fundamentales de los distintos métodos tácticos, y la AAU (Sajonia oriental) ha sacado de ello las consecuencias prácticas y organizativas, despojándose de los últimos restos de la organización de partido tradicional y esforzándose por superar el pensamiento y la acción política partidistas, de vieja costumbre. Se ha convertido así en organización unitaria, construida según el sistema de consejos, que encarna en sí partido y sindicato, y ve en la revolución, como en el socialismo, un asunto de clase; en la dictadura, la expresión de la superioridad de poder del proletariado como clase (no de un partido ni de una camarilla de dirigentes de partido) sobre la burguesía; y en el centralismo, en el partido y en el sindicato, en los dirigentes profesionales y en los métodos tácticos partidistas, un estorbo para la lucha revolucionaria y un peligro para el éxito revolucionario.
Entre los adversarios de la concepción de Sajonia oriental está en primer lugar el VKPD, que es directamente su antípoda; además el KAP y la tendencia berlinesa de la AAU, que está bajo su influencia. El distrito de Alemania central de la AAU (Leipzig, Halle, Mansfeld) se atenía a la tendencia berlinesa y se mostraba ante la concepción de Sajonia oriental bastante incomprensivo y, en general, contrario.
Y quiso la ironía del destino que precisamente a este distrito, que ofrece las condiciones económicas y técnicas de empresa más favorables para aplicar la táctica de lucha propagada por Sajonia oriental, se le metiera en la cabeza, con sangrienta evidencia y dolorosa demostración, la justeza de la concepción de Sajonia oriental que había rechazado.
Quisieran o no, tras las primeras derrotas en Eisleben, Hettstedt, etc., a los esclavos de las minas de la región de Mansfeld y de Merseburg no les quedó otro remedio que organizarse por empresas en sus fábricas y pozos, armarse, unirse para incursiones y
salidas, defenderse. De golpe, la revolución adquirió otro rostro, uno nuevo y propio. Desplazó sus puntos de concentración de la calle a las empresas, se sustrajo al ataque a fuego de la estrategia de las tropas policiales burguesas y militares, preparada para las luchas callejeras, y transformó cada vez más su carácter de revolución política en el sentido de lo económico. Por desgracia, este reaprendizaje y esta reconversión llegaron atropelladamente, como un parto de urgencia, demasiado tarde. Los camaradas no se orientaron tan deprisa en la nueva situación; no estaban preparados para este tipo de conducción de la lucha (Leuna)18; estaban bajo la depresión de los primeros fracasos. Así se vengó amargamente en ellos su falta de comprensión de la táctica de Sajonia oriental; el hecho de que, por prejuicio partidista y bajo la influencia de la demagogia de los dirigentes, hubieran descuidado o rechazado toda familiarización seria y profunda con la concepción de Sajonia oriental se convirtió para ellos en una triste fatalidad.
Las experiencias de Alemania central serán una seria lección para el proletariado. Ayudarán a destruir definitivamente el nimbo pretencioso e infundado del VKPD como partido revolucionario y a romper el hechizo que encadena el destino de los obreros alemanes, a mil millas de distancia, a las necesidades fortuitas de una camarilla de dirigentes cuya política, bajo la etiqueta engañosa del comunismo, no es más que un mal calco de tradiciones burguesas y capitalistas. Abandonarán al KAP, ese apéndice vermiforme rudimentario del intestino ciego del VKPD, a su destino de florero de la insignificancia política. Y obligarán al proletariado en su conjunto a someter a una revisión a fondo la estima en que tiene la organización de partido y sindical heredada de la época prerrevolucionaria.
Si las luchas de Alemania central dan estos resultados, la sangre de miles de los mejores y más audaces revolucionarios no se habrá derramado del todo en vano.
VII
La concepción de la esencia y el carácter de la revolución defendida por Sajonia oriental, y la táctica de la lucha revolucionaria desarrollada a partir de ella, excluyen de plano todo golpismo. Pues el golpismo solo florece sobre el suelo del revolucionarismo político de partido, que en realidad es romanticismo revolucionario burgués.
Una revolución que se caracteriza por el peso principal de su naturaleza económica y tiene su base en las empresas no se dejará encender nunca por una agitación incendiaria traída de fuera, ni se esfumará nunca en el fuego de paja de un golpismo fugaz y acalorado. Por eso la propaganda golpista del VKPD y del KAP no encontró eco ni alimento alguno en Sajonia oriental ni en Renania, donde la concepción de Sajonia oriental ha ganado mucho terreno. Solo por razones de solidaridad, que se creía no poder negar, y con la esperanza de quizá encauzar todavía la desdichada acción hacia un desenlace pasable, se consideró la entrada en la huelga general.
Pero así como una huelga general no puede imponerse sin la voluntad de los trabajadores o contra ella, todavía menos pueden llevarse a cabo la ocupación, el armamento y la defensa de las empresas si no sale a su encuentro la decisión libre y consciente de los obreros, de todo corazón y con una voluntad entera y fuerte. Pero esa decisión no la enciende una chispa demagógica ocasional; es el producto, madurado en silencio, de una comprensión cada vez más amplia y profunda de las conexiones internas del organismo social, de un incesante
trabajo de propaganda y de organización en las empresas y de una lenta pero poderosa acumulación de fuerza en manos de los trabajadores, hasta el punto que los capacite para sacar de quicio el mundo desde abajo, desde los lugares del trabajo productivo.
Es un proceso lento y pesado, que pone a dura prueba nuestra paciencia.
Todos vimos una vez más cerca la tierra futura del comunismo y esperábamos alcanzarla más deprisa. Cuanto más caminamos y luchamos, más parece alejarse. Pero lo que vimos no era más que un espejismo, producido en las esferas de nuestro prejuicio partidista y de su ilusorio romanticismo revolucionario. La realidad del futuro comunista está detrás del hechizo de colores de la Fata Morgana, y tomar posesión de ella presupone la superación total de la tradición de partido, del centralismo y de los dirigentes profesionales, del oportunismo sindical, de la aventura golpista y de la fabricación romántica y heroica de revoluciones. En este sentido dije en la introducción que la revolución estaba perdida para mucho tiempo.
La revolución alemana está perdida mientras la propaguen, la preparen e intenten llevarla a cabo como una acción política partidos, por revolucionarios que se muestren.
Está perdida mientras se pretenda que la pongan en obra politicastros y demagogos profesionales con los medios del golpismo y que la libren epígonos del militarismo burgués según la táctica de las luchas callejeras y de campaña.
Está perdida mientras la influencia de los bonzos de partido y de los esbirros sindicales sea capaz de impedir la reunión del proletariado en organizaciones revolucionarias de clase que nazcan de las empresas y encarnen la idea de los consejos.
Está perdida mientras la reunión, la organización, la instrucción y el desencadenamiento combativo de las fuerzas proletarias revolucionarias no se produzcan en la Unión Obrera General, en el sentido de la concepción y de la táctica defendidas primero por Sajonia oriental.
Quien quiera la revolución tiene que querer la organización revolucionaria de clase del proletariado: no el partido, no los sindicatos, sino la Unión Obrera General, la agrupación de las organizaciones revolucionarias de empresa.
Y no debe ver en la Unión Obrera General una sucursal del partido, ni un sucedáneo del sindicato, ni una fundación competidora de uno u otro, sino la organización unitaria de la clase proletaria para la realización del comunismo.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de Die Aktion, 11.º año, cuaderno 15/16, abril de 1921, col. 215-223 (volumen digitalizado por Google del ejemplar de la University of California; Internet Archive, DieAktion11jg1921). Este cuaderno de Die Aktion se vendió también como folleto con el título Über die Märzkatastrophe des deutschen Proletariats [Sobre la catástrofe de marzo del proletariado alemán], con textos de Rühle, Franz Pfemfert, James Broh y Maximilian Harden (OR1921-34 en la bibliografía de Rühle).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los apartados con números romanos y la división en párrafos. Mitteldeutschland = «Alemania central» (la región industrial y minera de Halle, Merseburg y Mansfeld, en la provincia prusiana de Sajonia); Berufsführertum = «dirigentes profesionales»; Betrieb = «empresa»; Betriebsorganisation = «organización de empresa»; Einheitsorganisation = «organización unitaria»; Rätesystem = «sistema de consejos»; Putsch, Putschismus = «golpe», «golpismo»; Bonzen = «bonzos»; Zentrale = «la Central». Los partidos se nombran por sus siglas alemanas, en masculino. Las erratas del original (véase la versión original) se traducen por el sentido. Los comentarios Sp. n del código marcan el comienzo de cada columna del original.
Tras la «acción de marzo» de 1921, el presidente Ebert decretó el 29 de marzo, en virtud del artículo 48 de la Constitución, la creación de tribunales extraordinarios. Los «criminales de Kapp» son los autores del golpe de marzo de 1920, casi todos impunes; los «asesinos en masa del cuerpo de oficiales y del estudiantado» aluden, entre otros, al asesinato de quince obreros en Mechterstädt (Turingia) por un cuerpo de voluntarios estudiantiles de Marburgo, absuelto en 1920. (N. del T.) ↩
VKPD: Partido Comunista Unificado de Alemania, nombre del KPD tras su fusión con la mayoría del USPD (diciembre de 1920). (N. del T.) ↩
Gustav Noske, ministro de Defensa del Reich en 1919-1920; Otto Hörsing, presidente superior de la provincia de Sajonia, que en marzo de 1921 envió la policía de seguridad a la región minera de Mansfeld; Julius Fräßdorf y Gustav Neuring, socialdemócratas sajones (Neuring, ministro de la Guerra de Sajonia, había sido linchado por soldados en Dresde en abril de 1919). (N. del T.) ↩
Carl Severing, ministro del Interior de Prusia (SPD); Wilhelm Buck, presidente del gobierno de Sajonia (SPD), que gobernaba con apoyo del USPD. (N. del T.) ↩
AAU: Unión Obrera General (Allgemeine Arbeiter-Union). La organización de Dresde y de Sajonia oriental, en torno a Rühle, se separó en 1921 de la tendencia berlinesa ligada al KAPD y formó la AAU-E (organización unitaria). (N. del T.) ↩
Sipo (Sicherheitspolizei): policía de seguridad prusiana, cuerpo militarizado. (N. del T.) ↩
La Conferencia de Londres sobre las reparaciones (marzo de 1921); tras su fracaso, los aliados ocuparon el 8 de marzo Duisburgo, Ruhrort y Düsseldorf como «sanciones». La «cuestión del desarme» se refiere a la exigencia aliada de disolver las guardias cívicas, a la que se resistía sobre todo Baviera. (N. del T.) ↩
El plebiscito de la Alta Silesia del 20 de marzo de 1921, previsto en el Tratado de Versalles; en mayo estalló la tercera insurrección polaca. (N. del T.) ↩
Hugo Stinnes (1870-1924), gran industrial y diputado del Partido Popular Alemán. (N. del T.) ↩
El congreso del USPD en Halle (octubre de 1920), en el que la mayoría votó la adhesión a la III Internacional y la fusión con el KPD. Der Kommunist era el periódico de los comunistas de Dresde dirigido por Rühle. (N. del T.) ↩
La «Carta abierta» de la Central del VKPD (enero de 1921), escrita a instancias de Radek, que proponía a todas las organizaciones obreras acciones comunes por reivindicaciones inmediatas. (N. del T.) ↩
«Sindicalistas revolucionarios» traduce Syndikalisten, los partidarios de Rudolf Rocker (FAUD); «sindicalistas de la guardia blanca», weißgardistische Gewerkschaftler, los dirigentes de los sindicatos socialdemócratas; «unionistas», los partidarios de las uniones obreras (AAU). (N. del T.) ↩
Lugares proverbiales de lo provinciano y apartado en alemán («en Babia», «en el quinto pino»); Treuenbrietzen es una pequeña ciudad de Brandeburgo, y an der Knatter («junto al Petardeo») es añadido burlesco. (N. del T.) ↩
Heinrich Brandler y Walter Stoecker, presidentes de la Central del VKPD tras la dimisión de Levi en febrero de 1921; Ernst Friesland (Ernst Reuter) y Ruth Fischer, dirigentes de la izquierda del partido. (N. del T.) ↩
Kommunistische Arbeiter-Zeitung, órgano del KAPD. (N. del T.) ↩
Wilhelm Koenen, Curt Geyer, Fritz Heckert, Ernst Däumig, Walter Stoecker, Hugo Eberlein, Heinrich Brandler, Adolf Hoffmann (Rühle escribe «Hofmann»), Wilhelm Pieck (Rühle escribe «Piek»), Jacob Walcher y Ernst Friesland, todos dirigentes del VKPD. (N. del T.) ↩
Der Kommunist (Dresde) y Die Revolution, periódicos de la izquierda comunista en los que escribía Rühle. (N. del T.) ↩
En la fábrica química Leuna, cerca de Merseburg, unos dos mil obreros armados resistieron hasta el 29 de marzo de 1921, cuando la fábrica fue tomada a cañonazos. (N. del T.) ↩