I

La primera Internacional fue la Internacional del despertar.

Tenía que llamar al proletariado del mundo, sacudirlo; tenía que lanzar la gran consigna del socialismo.

Su tarea era propagandística.

La segunda Internacional fue la Internacional de la organización.

Tenía que reunir a las masas despertadas a la conciencia de clase, instruirlas, prepararlas para la revolución.

Su tarea era una tarea organizativa.

La tercera Internacional es la Internacional de la revolución.

Tiene que poner en marcha a las masas y desencadenar su actividad revolucionaria; tiene que llevar a cabo la revolución mundial e instaurar la dictadura proletaria.

Su tarea es una tarea revolucionaria.

La cuarta Internacional será la Internacional del comunismo.

Tendrá que levantar la nueva economía, organizar la nueva sociedad, realizar el socialismo. Tendrá que desmontar la dictadura, disolver el Estado, crear la sociedad sin dominación, ¡libre por fin!

Su tarea es el cumplimiento de la idea comunista.

II

La tercera Internacional se llama a sí misma comunista. Quiere ser más de lo que puede. Es la revolucionaria, ni más ni menos. Con ello ocupa hasta ahora el lugar más alto en la escala de las Internacionales y cumple la tarea más alta que hoy hay que cumplir y que es posible cumplir.

Podría llamársela la Internacional rusa. Su fundación partió de Rusia. Tiene su sede en Rusia. Está dominada por Rusia. Su espíritu es por completo espíritu del espíritu de la revolución rusa, del Partido Comunista ruso.

Ya solo por eso no puede ser la Internacional comunista.

Lo que en Rusia atrae las miradas del mundo, miradas de horror y de admiración, no es todavía el comunismo.

Es la revolución, es la lucha de clases del proletariado contra la burguesía, librada con una resolución, un heroísmo y una consecuencia inauditos; es la dictadura.

Del comunismo, Rusia está todavía lejos, a leguas. Rusia, el primer país que llegó a la revolución y la llevó victoriosamente a término, será el último país que llegue al comunismo.

No, no: ¡la tercera Internacional no es una Internacional comunista!

III

Los bolcheviques llegaron al poder en Rusia no tanto por la lucha revolucionaria por la idea socialista como por un golpe pacifista.

Prometieron al pueblo la paz.

Y a los campesinos, la tierra: propiedad privada.

Con ello pusieron a todo el pueblo de su parte.

Y el golpe salió bien.

Saltaron por encima de toda una época, el período de desarrollo del capitalismo. Del feudalismo, cuyo derrumbe, iniciado en 1905, había acelerado y consumado la guerra, pasaron con un fabuloso salto mortal al socialismo. Al menos se imaginaron que la toma del poder político por socialistas bastaba para abrir una era socialista.

Lo que como producto de un desarrollo orgánico tiene que crecer y madurar lentamente, creyeron poder suplirlo constructivamente.

La revolución y el socialismo eran para ellos en primer lugar un asunto político. ¿Cómo pudieron marxistas tan excelentes olvidar alguna vez que son en primer lugar un asunto económico?

La producción capitalista más madura, la técnica más desarrollada, la clase obrera más instruida, el rendimiento productivo más rico, por no nombrar más que estos, son condiciones previas indispensables de la economía socialista y, con ello, del socialismo en general.

¿Dónde se encontraban esas condiciones previas en Rusia?

Un curso rápido de la revolución mundial podrá suplir lo que falta. Los bolcheviques lo han hecho todo para provocarlo. Pero hasta ahora no ha llegado.

Así surgió un vacío.

Un socialismo político sin base económica. Una construcción teórica. Un reglamento burocrático. Una colección de decretos de papel. Una frase de agitación. Y una terrible decepción.

El comunismo ruso cuelga en el aire. Y seguirá colgando allí hasta que la revolución mundial haya creado las condiciones de su realización en los países de capitalismo más desarrollado, más maduros para el socialismo.

IV

El alud revolucionario está en marcha. Se precipita sobre Alemania. Pronto habrá alcanzado otros países.

En cada país se encuentra con otras condiciones económicas. Con otra estructura social. Con otras tradiciones. Con otras ideologías. En cada país el grado de desarrollo político del proletariado es distinto; distinta su relación con la burguesía, con los campesinos; distinto, por tanto, también su método de lucha de clases.

En cada país la revolución adopta su propio rostro. Crea sus propias formas. Desarrolla sus propias leyes.

La revolución, por mucho que se convierta en un asunto internacional, es en primer lugar un asunto de cada país, de cada pueblo por sí mismo.

Por valiosas que sean para el proletariado de un país las experiencias revolucionarias de Rusia, por agradecido que esté por el consejo fraternal y la ayuda de buen vecino, la revolución misma es asunto suyo; en las luchas tiene que ser independiente, en las resoluciones libre, en la apreciación y el aprovechamiento de la situación revolucionaria, libre de influencias y de trabas.

¡La revolución rusa no es la alemana, no es la revolución mundial!

V

En Moscú se es de otra opinión.

Allí se tiene el esquema normal revolucionario.

Según ese esquema transcurrió, al parecer, la revolución rusa.

Según ese esquema libraron los bolcheviques sus luchas.

Por consiguiente, según ese esquema tiene que transcurrir también la revolución en el resto del mundo.

Por consiguiente, según ese esquema tienen que librar sus luchas también los partidos de los demás países.

Nada más fácil y sencillo.

Ahí tenemos una revolución... ahí tenemos un partido revolucionario... ¿qué hay que hacer?

Sacamos del bolsillo el esquema normal revolucionario (patente Lenin), lo aplicamos... ¡hurra!, funciona... y ¡zas!, la revolución está ganada.

¿Y qué aspecto tiene ese maravilloso esquema normal?

«La revolución es asunto de partido. El Estado es asunto de partido. La dictadura es asunto de partido. El socialismo es asunto de partido.»

Y además:

«Partido es disciplina. Partido es disciplina de hierro. Partido es dominio de los dirigentes. Partido es el centralismo más rígido. Partido es militarismo. Partido es el militarismo más rígido, férreo, absoluto.»

Traducido a lo concreto, este esquema significa:

Arriba los dirigentes, abajo la masa.

Arriba: autoridad, burocratismo, culto a la persona. Dictadura de los dirigentes. Poder de mando.

Abajo: obediencia de cadáver1. Subordinación. Firmes.

Un bonzismo multiplicado.

Una Central del KPD en grado superlativo.

VI

No hay posibilidad de implantar en Alemania por segunda vez el sistema Ludendorff2, aunque viniera con el uniforme del bolchevismo.

El método ruso de la revolución y del socialismo está, para Alemania, para el proletariado alemán, fuera de discusión.

Lo rechazamos. Incondicionalmente. Categóricamente.

Sería una desgracia.

Más aún, sería un crimen.

Llevaría a la perdición.

Por eso no queremos, no podemos, no debemos tener nada en común con una Internacional que se propone endosar, más aún, imponer por la fuerza al proletariado del mundo el método ruso.

Tenemos que conservar plena libertad e independencia.

El proletariado alemán hará su revolución alemana, como el proletariado ruso ha hecho la revolución rusa.

Ha llegado más tarde a la revolución.

Tiene una lucha más dura.

A cambio, llegará antes y con más seguridad al comunismo.

Otto Rühle


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de Die Aktion, 10.º año, cuaderno 37/38, 18 de septiembre de 1920, col. 505-507 (volumen digitalizado por Google del ejemplar de la University of California; Internet Archive, DieAktion10jg1920). Sigue al artículo, en la sección «Kleine Aktion» (col. 508 y ss.), un comentario de Franz Pfemfert que lo defiende frente a la acusación de «antibolchevismo»; no se traduce.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los apartados con números romanos, la división en párrafos breves y las cursivas (que reproducen el espaciado del original). Parteisache = «asunto de partido», como en el folleto Die Revolution ist keine Parteisache!; Normalschema = «esquema normal»; Führer = «dirigentes»; Bonzentum = «bonzismo»; Zentrale (del KPD) = «la Central»; undiskutabel = «fuera de discusión». Los comentarios Sp. n del código marcan el comienzo de cada columna del original.

  1. Kadavergehorsam: obediencia ciega, con alusión al perinde ac cadaver de las constituciones jesuitas. (N. del T.) ↩

  2. Erich Ludendorff (1865-1937), jefe efectivo del Estado Mayor alemán en 1916-1918, que impuso de hecho una dictadura militar sobre la economía y la sociedad de guerra. (N. del T.) ↩