El hombre es todavía muy poco cuando vive caliente y ha comido hasta saciarse, pero tiene que vivir caliente y comer hasta saciarse si ha de despertar en él la naturaleza mejor.

Fr. v. Schiller.

Pubertad y educación.

En la época de la pubertad (madurez sexual), el ser humano en crecimiento llega a la conciencia de su constitución sexual. Esta etapa del desarrollo, tan importante para la vida, que dura aproximadamente de los 13 a los 17 años y que en la muchacha empieza en general antes y transcurre de forma más tempestuosa que en el muchacho, viene preparada en parte y acompañada en parte por numerosos cambios en el organismo.

No solo maduran y se forman determinados órganos corporales que los capacitan para cumplir funciones sexuales; también el desarrollo del cerebro se realiza, con la formación de sus elementos más finos, a un ritmo más rápido que antes, y la vida anímica está expuesta a profundas transformaciones y sacudidas cuyo curso y efecto tienen a menudo una influencia de peso, si no decisiva, en el despliegue y la configuración ulteriores de la vida intelectual y anímica.

Por eso es de gran valor para el tratamiento educativo del niño ver reconocidas y establecidas las múltiples relaciones que resultan durante la pubertad del paralelismo de los procesos físicos y psíquicos.

Si se estudia el desarrollo de los órganos corporales en las personas individuales y se reúne según el resultado de grandes series de exámenes, se ve (ya lo enseñó el viejo Beneke) que la curva, que desde el nacimiento asciende en general de manera uniforme, muestra en la pubertad una gran inquietud. Sobre todo en el corazón y otros órganos importantes. También en el cerebro, como permiten ver los estudios de Marchand, aunque la pubertad sexual no tiene por qué coincidir en modo alguno con la intelectual. Como ha mostrado Kaes, las fibras del cerebro ganan en este tiempo en densidad, con lo que se produce el progreso del desarrollo intelectual. El cerebro tiene que cumplir una tarea gigantesca, pues el ser humano, hasta entonces un niño que actuaba sin reflexión y más bien por motivos instintivos, llega ahora a representaciones abstractas, adquiere juicios propios y pasa cada vez más a una actuación basada en la reflexión independiente. La individualidad intelectual se perfila o, como dice Mönkemöller, nace en estos años. También el carácter se desarrolla; en lugar del egoísmo infantil aparecen sentimientos altruistas. De los elementos blandos y tiernos del ser infantil se va formando cada vez más la imagen de una personalidad.

La capacidad de pensar en representaciones abstractas se marca exteriormente en que el niño se esfuerza por igualarse en su apariencia a los adultos en lo posible. La máxima aspiración de los muchachos en la edad de la confirmación (así dibuja Cramer el cuadro psíquico de este período crítico) es el anhelo de los pantalones largos; en las muchachas, de la falda larga y el peinado alto. Al mismo tiempo aparece un sentido relativamente agudo de la moda del momento, y precisamente en los jovencitos a medio hacer se ven la raya del pantalón, los cuellos altos, el tirarse del bigote, tantas veces caricaturizado, y el mirarse al espejo. Intentan beber cerveza y fumar cigarros, aunque les sepa repugnante. Hablan con voz grave y muestran un sentido del honor exagerado, lo saben todo mejor que nadie, juzgan con brutal falta de consideración y defienden a menudo su opinión en tono brusco y tonante. En el sexo femenino aparece un comportamiento amanerado y exaltado, que de sobra se ha descrito en los innumerables retratos de las «pollitas».1

Si la capacidad de pensar en representaciones abstractas aumenta en el curso del desarrollo, aparece la inclinación a escribir poesía y hacer versos. «La primavera canta para ellos», como dice Hans Sachs. Huelga decir que para los «genios incomprendidos» de la pubertad se consideran dignos de brillar con el ropaje de la exaltación poética precisamente los temas más altos y sublimes. «No son pocos entre los hombres adultos los que guardan en un cajón cerrado el borrador de un gran drama; pero también otras grandes ideas dan alas al espíritu. Se meditan reformas políticas, religiosas y sociales, se hacen en pensamiento grandes inventos, las ideas radicales empujan a la oposición, y muy a menudo el joven incomprendido alberga ideas de un marcado dolor del mundo.» El padre parece no tener corazón, la madre tampoco, y el maestro es el tirano más despiadado. Solo el joven señor de la creación, en la fase de la edad del pavo, es un hombre magnífico, un genio y una noble pieza de caza acosada...

Entonces llega el mayor acontecimiento de los años entre el tú y el usted: el amor. ¡Oh, hermoso tiempo de las tonterías juveniles y de los sueños dorados, lleno de exaltación, lleno de dulce romanticismo y de un sentimentalismo ay tan dolorosamente placentero!

Trastornos de la atención, irritabilidad, debilidad de memoria, llanto fácil, distracción, cambios de humor, inclinación a cavilar y a la exaltación religiosa, apatía, estados de debilidad mental: estos son los síntomas por los que el educador atento reconoce el punto culminante de la pubertad. Todo esto transcurre por regla general, según Mönkemöller, sin dejar un daño duradero en la psique ni traducirse en hechos que impongan al entorno el deber de ocuparse de las fermentaciones y efervescencias volcánicas que en la vida anímica de la juventud lo ponen todo patas arriba.

Solo a veces la excitabilidad sexual acrecentada se desahoga en actos inmediatos, o aparecen fuertes disposiciones a los actos delictivos y a la vagancia, inclinación al suicidio, etc. La cosa solo se vuelve peligrosa cuando aparece la enfermedad que tiene su raíz en la pubertad y que en número e importancia deja en la sombra a todas las demás: la locura juvenil (dementia praecox), que casi siempre termina en embrutecimiento o en completo trastorno mental.

Innumerables pupilos de la educación tutelar (Fürsorgezöglinge)2 y jóvenes presos deben su triste destino a un acto que cometieron bajo el influjo de la esfera de la pubertad y del que, si jueces y autoridades hubieran reconocido y apreciado su estado, nunca habrían debido ser considerados responsables. El Dr. [Siefert] (Halle), que examinó psiquiátricamente a 1057 pupilos de la educación tutelar, encontró gran número de muchachas que, aunque antes habían sido bien educadas, ordenadas y formales, a los 10, 11 o 12 años se torcieron de pronto, vagabundearon, hicieron novillos, se volvieron testarudas, rebeldes, malignas, hasta que se presentó la primera menstruación; entonces volvieron a su antiguo carril y se portaron bien, como si nunca se hubieran salido de la fila. En los muchachos se observó el mismo proceso casi siempre a partir de los 13, 14 y 15 años. Si los niños no hubieran sido echados a perder del todo por un trato equivocado de padres y maestros en ese tiempo, la mayoría [¿habría podido?] librarse de la ruina completa.

La edad de la pubertad, crítica en todos los sentidos, [ilegible] y llena de peligros para el niño, exige del educador mucha observación atenta, mucha indulgencia y mucho tacto. Una actitud [decidida] e incluso la severidad están a menudo en su lugar, pero a menudo también resultan [¿muy?] perjudiciales. Sobre todo hay que evitar a toda costa los golpes. Los padres que todavía castigan físicamente a sus hijos a esta edad demuestran que en toda su vida no han servido para educadores, y [ilegible]. Si en algún tiempo, en este necesita el niño el trato más cuidadoso, más cariñoso y más comprensivo. Tanto más indignante es que nuestra sociedad arroje a la vida a la joven prole proletaria precisamente en este momento, sin vigilancia, educación, cuidado ni consejo, y la abandone indefensa a su destino, a sus mil dolores, penurias y peligros.

Niños que no tienen cama.

Dada la gran importancia que tiene el sueño para restablecer el equilibrio alterado del metabolismo, sobre todo en la infancia, no solo importa que el niño tenga un tiempo de sueño suficiente, un lecho limpio y bastante aire; ante todo, también en interés de un sueño tranquilo y reparador, el niño debe tener una cama para él solo. En este aspecto la situación de los hijos del proletariado es triste más allá de toda medida. Con los alquileres caros faltan tanto habitaciones para poder poner camas en número suficiente como, sobre todo, las camas mismas, inasequibles para innumerables pobres y paupérrimos.

En Berlín, el Dr. Bernhard comprobó que el 33 % de los niños que interrogó dormían solos en una cama, el 63,5 % de dos en dos, el 3,4 % de tres en tres y el 0,1 % de cuatro en cuatro. En la octava clase de la 84.ª escuela municipal, de 55 niños 16 dormían con dos personas y uno con tres en la misma cama. Igualmente, en la 8.ª escuela municipal, un niño con tres hermanos. El Dr. Philippsohn informa sobre 200 niños, de los que el 40 % dormía solo y el 60 % con 1 a 4 personas, a saber: 5 niños de 6 a 13 años con la madre, dos niñas de 6 a 13 años con el padre, 11 niños con la hermana y viceversa, 17 niñas con las madres, 8 niños con los padres, 29 niñas con hermanas, 35 niños con hermanos, 2 niños con abuelas y un niño con tres hermanos y una hermana. El inspector de una caja de enfermedad encontró a un muchacho de 16 años enfermo de gripe y anginas en un cuarto pequeño en el que cuatro personas usaban dos camas. Él mismo compartía la cama con un enfermo de escarlatina.

Cuando en Múnich Grieser comprobó que 15 0[00] personas no tienen cama, se trata sin duda en su mayoría de niños. «La cama», dice, «la recibe el subarrendatario o el realquilado de cama (Schlafgänger),3 de los que en los distritos 15.º y 16.º alberga uno una sexta parte de todas las viviendas; los miembros de la familia se arreglan un lecho en el suelo.» Y en los barrios obreros el 52-57 % de la población vive en viviendas de una o dos piezas.

De Colonia informa la estadística de la Asociación del Asilo de Parturientas de que en las familias recogidas por la estadística había: una cama para cada 3 personas en 69 casos, para 4 personas en 16, para 5, 6, 7 y 8 personas en un caso cada una. Dos camas tenían 321 familias de 3 a 8 personas, tres camas 16 familias de hasta 10, cuatro camas 5 familias de hasta 11 miembros. En 194 casos correspondían a una cama más de 2 personas, en 115 casos más de 3, hasta 5.

En Magdeburgo, el informe médico escolar de 1907 comprobó que de 708 niños de todos los grados el 39,2 % dormía solo, el 58 % de dos en dos, el 2,4 % de tres en tres y el 0,3 % de cuatro en cuatro en la cama.

De Fürth informa el maestro Weiskopf de que de 62 niños de siete a nueve años de su clase solo 16 dormían solos en la cama, y entre ellos había nueve niños del orfanato. Hace falta, como dice Weiskopf con sarcasmo, que un niño sea primero huérfano para tener una cama propia. Los 46 restantes no disfrutaban del beneficio de un lecho cómodo y de un reposo nocturno tranquilo. Dormían seis niños con el padre, seis con la madre, 15 con los hermanos, tres con hermanas de hasta ocho años, seis con hermanas de hasta 14 años, dos con hermanas de más de 14 años, cuatro con otras personas de la casa; dos niños dormían de tres en tres con hermanos, uno con hermano y hermana, y uno, el más débil y pequeño, de cuatro en cuatro, es decir, con dos hermanas y un hermano.

En las ciudades pequeñas, incluso en el campo, sobre todo donde los alquileres han subido rápidamente a consecuencia del desarrollo industrial, la situación no es [¿o apenas es?] mejor. Así, en Menden, una pequeña ciudad cerca de Iserlohn, el maestro Michel averiguó que solo el 31,67 % de los niños tenía una cama propia; el 6,67 % dormía con el padre, el 5,33 % con la madre, el 45 % con hermanos del mismo sexo, el 8,33 % con hermanos del otro sexo, el 5,33 % con otras personas de la casa; el 15 % usaba la cama de tres en tres, y el 1,67 % incluso de cuatro en cuatro.

Un niño que noche tras noche pasa seis, ocho o diez horas en un lecho incómodo, apretado, encogido, impedido en sus movimientos y en su respiración, junto a compañeros de cama que lloran, tosen, sudan o roncan, quizá en un cuarto [¿cargado?], en un dormitorio abarrotado o junto a una calle ruidosa, no puede haber dormido lo suficiente por la mañana ni estar fortalecido y repuesto por el descanso nocturno. Se siente trasnochado, molido, sin ganas de jugar ni de trabajar, padece anemia y trastornos del metabolismo, se vuelve receptivo a las enfermedades infecciosas y se queda atrás en el crecimiento. En la escuela forma parte de los niños débiles, cansados (los maestros dicen: perezosos). Dormir juntos favorece en alto grado el contagio de enfermedades, sobre todo del sarampión, la escarlatina, la difteria, la tuberculosis, etc. Por no hablar de los peligros que corre el niño en el aspecto moral, sobre todo al dormir junto a personas adultas o en la pubertad. Aquí la familia se convierte en innumerables casos en un semillero de la lujuria y de la peor depravación moral.

La magnitud de los daños y peligros da una idea de la magnitud de las tareas que tiene que cumplir la sociedad. La reforma de la vivienda, por necesaria que sea como primera medida, no basta por sí sola. Tampoco una política social de largo alcance, amplia y profunda, con todos sus beneficios, es capaz de atajar el mal de raíz. Aquí se trata de acabar en absoluto con la pobreza y la miseria en el mundo. Y este problema solo se resolverá con otra distribución del trabajo y de la propiedad, con el socialismo.

Narices tapadas en los niños.

Todos los padres y educadores deberían saber qué gran importancia tiene para el organismo humano una respiración profunda y vigorosa. No sin razón se considera desde los tiempos más antiguos el aliento como el símbolo de la vida. El bienestar corporal y espiritual depende muy esencialmente de la respiración. Con todo, la mayoría de las personas respiran mal. Respiran demasiado corto y demasiado superficialmente, en inspiraciones y golpes cortos y ligeros, sin profundidad, fuerza ni plenitud. Normalmente la respiración se hace por la nariz. No solo porque, como órgano del olfato, debe distinguir el aire bueno del malo; tiene también que limpiar el aire de polvo y calentarlo en sus conductos para el pulmón. Pero muchas personas usan en lugar de la nariz la boca como canal de entrada del aire. Entonces este llega frío y sin depurar a la faringe, irrita las mucosas, provoca resfriados, tos o catarros, e incluso puede volverse peligroso para los bronquios y el pulmón. Si la nariz queda permanentemente fuera de funcionamiento como órgano respiratorio, la superficialidad y la debilidad de la respiración aumentan cada vez más. Y esto significa un riego insuficiente del cerebro y de las vías nerviosas. La consecuencia es que el desarrollo intelectual del niño se retrasa. La mayoría de los que respiran por la boca son de entendimiento corto. El ingenio popular considera incluso la boca abierta como signo de estupidez.

La obstrucción nasal, que dificulta o impide la respiración, puede deberse a una limpieza deficiente de la nariz. No solo hay que procurar que el niño se suene a menudo, sino no dejar nunca de limpiarle a fondo también la cavidad nasal por la mañana al lavarlo. Lo mejor es con una puntita retorcida de la manopla de baño. Después debe seguir una enérgica ducha nasal, que se da aspirando por la nariz agua tibia del hueco de la mano. Al principio produce una sensación extraña, pero uno se acostumbra pronto y luego siente tanto más agradable su efecto refrescante y limpiador.

Si pese a una limpieza cuidadosa de la nariz y a un esfuerzo serio no se consigue la respiración nasal, el impedimento se debe a una obstrucción patológica. Las causas de esta obstrucción pueden estar en la nariz misma o en la cavidad nasofaríngea situada detrás de ella. En el primer caso se trata de engrosamientos e hinchazones de la mucosa o de una conformación anómala del esqueleto nasal por herencia, lesión, caída en los primeros intentos de andar o cosas semejantes. Muy a menudo los niños tienen pólipos nasales, es decir, vegetaciones de la mucosa nasal surgidas a consecuencia de hinchazones inflamatorias. Con frecuencia estas vegetaciones van acompañadas de inflamación de las amígdalas. Aquí se tienen delante o bien catarros descuidados o bien fenómenos concomitantes de la escrofulosis. A menudo quedan también como secuela del sarampión, la escarlatina, etc. No está absolutamente establecido que las amígdalas agrandadas causen directamente la obstrucción nasal, pero parecen al menos participar en ella. Lo seguro es que, en la respiración nasal impedida, se trata principalmente de niños escrofulosos, debilitados, propensos a los catarros de las vías respiratorias. Así pues, el niño proletario entra en consideración en primer lugar.

Como la respiración es importante para que se produzca el proceso del pensamiento y para el rendimiento regular y fecundo del trabajo cerebral, la educación tiene en ella un interés considerable. Ya pronto los médicos llamaron la atención sobre el hecho de que con la obstrucción nasal va unida muy a menudo una incapacidad para el trabajo intelectual. También se observaron disminución de la memoria, melancolía, debilidad mental, etc. Pronto surgió toda una literatura sobre el aspecto médico y educativo de la respiración nasal impedida; mencionemos aquí solo los trabajos de Rupprecht, Michel, Seiler, Hack, Bresgen, Elsberg y Fraenkel. En 1884 Bresgen se dirigió en un escrito al ministro prusiano de Instrucción para llamarle la atención, con referencia a las constataciones señaladas, sobre el hecho de que en las escuelas los niños «intelectualmente atrasados» eran a menudo objeto de juicios erróneos por parte de los maestros, y de que parecía obligado dar instrucciones a los maestros para que estuvieran atentos a los citados trastornos corporales e intelectuales de los niños. Por las mismas fechas, Bresgen planteó en el congreso médico internacional de Copenhague la exigencia de «pedir para todos esos casos un examen exacto y competente de la nariz y de la cavidad faríngea», después de que Weil y Hartmann hubieran pedido que en los casos de gran falta de atención de los niños se examinara el oído. El escrito de Bresgen al ministro prusiano de Cultos tuvo solo un éxito limitado, por lo que en 1887 se presentó un segundo, que culminaba en la petición: «Recabar en este asunto el juicio de rinólogos (especialistas de la nariz) conocidos y, sobre la base de este, acordar otras medidas en provecho de los alumnos que no supongan una carga para las propias escuelas. Estas medidas deberían consistir en dar instrucciones a los maestros para que atiendan muy especialmente al libre paso del aire por ambas mitades de las fosas nasales en aquellos niños que se quedan atrás respecto de otros alumnos, y para que comuniquen a los padres sus observaciones al respecto y los muevan a recurrir a un especialista». En los años noventa, Ufer se extendió en la revista Die Kinderfehler4 sobre la influencia inhibidora de la respiración nasal impedida en el desarrollo intelectual del niño; del lado médico se han dedicado a la cuestión, además de los ya nombrados, Guye, Brügelmann, Schäffer, Scheinmann y otros, de modo que hoy puede encontrarse mencionada la respiración nasal impedida como causa de la debilidad mental en casi todas las obras médicas y pedagógicas sobre la debilidad mental infantil, aunque Laqueur, Brieger y Knopf le atribuyan solo una influencia escasa en la capacidad de rendimiento del niño y quieran admitirla más como complicación que como causa inmediata. Con todo, también ellos tienen que admitir que los experimentos exactos, realizados según todas las leyes de la psicología experimental por Kafemann en el laboratorio de Kraepelin con ayuda del obturador (tapón nasal), han aportado de manera concluyente e indudable la prueba de «que la respiración nasal impedida es capaz de rebajar la capacidad de rendimiento intelectual de la persona sana». Kalischer encontró, en efecto, en Berlín, en 255 niños poco dotados, 164 hipertrofias de amígdalas palatinas o faríngeas; el Dr. Dillner, en Plauen, comprobó en nueve casos de 37 niños enfermedades de la nariz y la faringe; el Dr. Schmid-Monard, en Halle, en el 80 % de los niños examinados; el Dr. Knopf extirpó a 18 alumnos educables del asilo de idiotas de Idstein 17 amígdalas faríngeas y 7 palatinas agrandadas; el Dr. Berkhan da cuenta de intervenciones quirúrgicas semejantes que fueron necesarias para eliminar la causa de las escasas dotes.

Para atajar el mal será imprescindible en la inmensa mayoría de los casos el tratamiento médico. Este procurará eliminarlo con operaciones, lavados nasales, cuidado de la piel, curas dietéticas, etc., pero también tendrá que cuidar de que, mediante un tratamiento general a fondo, se mejoren los humores, se cree buena sangre, se active la circulación y se logre una vigorosa actividad excretora de riñones, pulmones e intestino. Ejercicios respiratorios sistemáticos y, si la nerviosidad del niño no lo impide, un endurecimiento prudente formarán parte asimismo de la cura completa. No hay que tomarse el asunto a la ligera, pues a menudo las vegetaciones de la cavidad nasal conducen a graves afecciones de oídos y ojos, sordera, etc.; además, el hecho de que la actividad mental y la inteligencia de los niños que padecen de nariz tapada se vean afectadas es razón y motivo más que suficientes para ir con pasos serios a la raíz del mal.

Trato con los niños.

Cultiva la habituación.

Toda educación empieza por la habituación (Gewöhnung). Es el lenguaje mudo con que el educador habla al niño mientras este no entiende aún el lenguaje real. Aunque es un trozo de educación impersonal, depende enteramente de la personalidad del educador. Firmeza, constancia, coherencia en la actitud y en la conducta, ejemplaridad en todo el modo de vida son sus presupuestos indispensables. Rodea al niño, que nace dentro del círculo del orden doméstico y familiar, como un anillo y lo sujeta como con tenazas y grapas. Ahí no le sirve de nada resistirse al pequeño alborotador y terco: tiene que integrarse, adaptarse, subordinarse, habituarse. Como estar de pie, andar y hablar, también la limpieza, el sentido del orden, la regularidad y la puntualidad son cosas de la habituación y de su hermana, la práctica. Y aún más: también el pensar y el sentir, todos los procesos de la vida humana interior, reciben su contenido, su impronta y su timbre primero por el método y el ritmo de la habituación. La esfera en que se mueve tu espíritu, libre o prisionero, abierto a toda ilustración o enredado en una sorda credulidad, rodea y baña también el mundo espiritual de tus hijos. Y la escala de tu mundo de sentimientos y sensaciones, más rica en sonidos y modulaciones en los registros altos o en los bajos, actúa también sobre el contenido anímico de ánimo de tu descendencia. Como una suave coacción, a la que uno se somete al principio de mala gana, pero con alegría creciente, y que al final obra de modo irresistible, la influencia educativa de la habituación rodea al niño. Sus frutos maduran lentamente, pero son los únicos que pueden sobrevivir indestructibles a lo largo de toda una vida.

Cerditos y ositos greñudos en el desayuno.

El padre ha vuelto de un viaje que lo tuvo mucho tiempo lejos de la familia. Ahora vuelven a tenerlo y celebran el reencuentro como una pequeña fiesta.

Por la mañana todos los niños quieren tomar el café con el padre. Uno tras otro salen trepando de la cama, acuden corriendo, abrazan al padre y se sientan a la mesa en camisón, sin lavar y sin peinar.

Entonces el padre se levanta y se sienta a su escritorio.

«¡Oh, papá!», exclaman todos consternados, «¡quédate, papá! Queremos tomar el café contigo.» Y también el más pequeño suplica, cogiendo al padre de la mano: «Papá, ven, a bebé café».5

«Sí», dice el padre, «yo también me había alegrado de sentarme con vosotros a la mesa del café; pero con cerditos y ositos greñudos, no, gracias, eso no me da ninguna alegría...»

Entonces los sin lavar y sin peinar se miran unos a otros y, uno, dos, tres, salen.

Al cabo de un rato vuelven: aseados, limpios, con el pelo recogido y vestidos.

«¡Ah, qué bien!», exclama el padre, y se ríe con toda la cara; «¡ya no sois cerditos ni ositos greñudos! Ahora tomamos todos juntos el café y nos divertimos de lo lindo.»

Se arriman jubilosos. Y el padre, ¿qué saca de su maleta? Un bote de miel.

Quien prometa lavarse y peinarse todos los días antes de venir a la mesa del desayuno tendrá en sus panecillos con mantequilla miel dulce de propina.

Hechos.

El director del establecimiento provincial de educación para niños y jóvenes moralmente en peligro de Strausberg, cerca de Berlín, ha comprobado por su experiencia que de cada 10[0] pupilos de la educación tutelar ha encontrado: 10 con graves trastornos mentales (idiotas, débiles mentales profundos, histéricos, epilépticos), 30 mentalmente anormales (débiles mentales leves, tartamudos, nerviosos, sordomudos, histéricos leves, etc.), 30 inferiores (que se habían atrofiado moralmente en condiciones de vida desfavorables y daban la impresión de débiles mentales, pero pronto prosperan y salen adelante) y 30 alumnos normales.

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Una estadística del Dr. Feld sobre la atención de los hijos de las obreras fabriles en Crimmitschau en 190[?] dio como resultado que el 50 % de los hijos de viudos y viudas y el 30,9 % de todos los niños en general estaban durante el día sin ningún cuidado, vigilancia ni atención, entre ellos el 5,8 % menores de un año. La asociación «Berliner Kinderhort» averiguó en 191[?], mediante muestreos en las escuelas municipales, unos 14 000 niños completamente sin vigilancia, de los que solo 4000 pudieron ser admitidos en hogares infantiles (Kinderhorte).6

*

Según los datos reunidos por el fiscal de Dresde Dr. Wulffen, en la década 1882/91 fueron condenadas en Alemania por término medio 3030 personas al año, en la década 1892/01 ya 4319, y en el año 1904 incluso 5384, incluidos 1064 jóvenes, por delitos sexuales contra niños. Como causa de este aumento ve el Dr. Wulffen el crecimiento de la miseria de la vivienda.

Responsable de la redacción: Otto Rühle, Halle del Saale.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage, febrero de 1913, suplemento mensual editado por Otto Rühle, según la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen), n.º 38, 14 de febrero de 1913 (ULB Bonn / zeit.punkt NRW). Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor (Stecklina 2002); se omiten, como en el original del archivo, los textos de Hermann Weimer y de Clara Zetkin. La pág. [2] del facsímil está muy desenfocada; las lecturas dudosas se señalan entre corchetes.

Traducción: traducción íntegra al español de las piezas transcritas, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Gewöhnung = «habituación»; Fürsorgeerziehung = «educación tutelar»; Tatsachen = «Hechos».

  1. Backfisch: la adolescente de entre 14 y 17 años, tipo literario de la época; el original dice «Backfischaliers», probablemente errata. (N. del T.) ↩

  2. Fürsorgeerziehung: educación tutelar impuesta por los tribunales tutelares a menores en riesgo o descarriados, en establecimientos o familias de acogida; sus pupilos son los Fürsorgezöglinge. (N. del T.) ↩

  3. Schlafgänger: persona que alquilaba solo una cama (a veces por turnos) en una vivienda ajena, figura frecuente en la vivienda obrera de la época. (N. del T.) ↩

  4. Die Kinderfehler («Los defectos infantiles»), revista de pedagogía terapéutica fundada en 1896 por J. L. A. Koch, Christian Ufer y otros. (N. del T.) ↩

  5. En el original el niño pequeño dice «Taffee tinken» por «Kaffee trinken». (N. del T.) ↩

  6. Kinderhort: establecimiento que acogía a los escolares fuera del horario lectivo, sobre todo a los hijos de madres obreras, para darles vigilancia, comida y ocupación; se traduce «hogar infantil». (N. del T.) ↩