Señores, el debate sobre la carestía de los últimos días, y no en último lugar el resultado de la votación de hoy, han vuelto a transmitir a las masas hambrientas de fuera la convicción de que el gobierno y los partidos de la mayoría de esta Cámara conocen la penuria y la indecible miseria de las capas amplias y más pobres de la población, pero no tienen la voluntad de ayudarlas y de hacer más soportable y más digno su nivel de vida.

(¡Oh, oh!, a la derecha y en el Centro. — ¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Lo que se ha hecho, y lo que suele hacerse en los casos de penuria, no es en conjunto otra cosa que una serie de medidas insignificantes y dudosas, en parte totalmente ineficaces, calculadas más para velar, adornar y encubrir que para un remedio efectivo; medidas que siempre se reducen a la vieja receta de la pomada blanca1.

Según esta vieja y famosa receta de la pomada blanca está hecho también el proyecto de ley que se nos ha presentado aquí para su deliberación. No puedo imaginar un contraste más crudo y más irritante que el que se abre entre el contenido y el alcance de este proyecto de ley y el alcance, la magnitud y todo el enorme peso de la miseria que este proyecto pretende combatir, o al menos aliviar.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

La mortalidad de los lactantes2, de la que aquí se trata, pertenece, en el gran libro de la vergüenza cultural alemana, a los capítulos más bochornosos

(gran agitación a la derecha y en el Centro — ¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas)

y más sombríos — —

(Campanilla del presidente.)

[El presidente, Dr. Kaempf, declara que la expresión «vergüenza cultural alemana» no es adecuada en la tribuna del Reichstag y llama al orden al orador. (¡Bravo!)]

En todo caso, la mortalidad de los lactantes es un fenómeno de naturaleza tan extraordinaria, un fenómeno tal que, por decirlo con el giro del señor colega Giesberts3, uno quisiera avergonzarse de ser alemán.

(Agitación y exclamaciones en el Centro. — Campanilla del presidente.)

[El presidente, Dr. Kaempf: ni siquiera hipotéticamente puede el orador emplear semejante expresión.]

También el autor de la exposición de motivos que acompaña a este proyecto de ley parece haber tenido un sentimiento de lo deprimente y lo bochornoso que hay en enfrentarse a este fenómeno. Con miramiento, con una delicadeza insólita, el autor de esta exposición de motivos da un rodeo en torno a los peores hechos y a los detalles más inquietantes y terribles de la materia, del terreno de la mortalidad de los lactantes.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Vela y oculta más de lo que revela, y calla mucho más de lo que tendría que decir si le importara informar objetivamente sobre el estado de la mortalidad de los lactantes. Se hace el intento de dar esa información, el intento de exponer cómo son hoy las cifras de mortalidad de los lactantes. Pero este intento es extraordinariamente insuficiente, y la información es inexacta en el más alto grado. Se nos dice que en 1910 hubo 16,2 lactantes muertos por cada 100 nacidos vivos. Esta cifra en sí no dice nada, pues está ahí sin ningún término de comparación. No habría costado mucho trabajo, y el redactor de esta exposición de motivos no habría tenido que hacer especiales dispendios intelectuales, si nos hubiera dado como término de comparación las cifras de la mortalidad general en Alemania. La mortalidad general fue en 1910 del 1,7 por ciento; la mortalidad de los lactantes, en cambio, ese mismo año, del 16,2 por ciento.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Este contraste salta poderosamente a la vista y deja ver la enorme extensión de la mortalidad de los lactantes. La mortalidad de los lactantes es casi diez veces mayor que la mortalidad general en Alemania. Tampoco habría sido pedir demasiado que, junto a las cifras de la mortalidad de los lactantes alemana, se hubieran puesto las del extranjero. No voy a entrar en esas cifras, que se comunicaron a la Cámara desde esta tribuna en la primavera de este año; pero hay que hacer constar el hecho de que, en lo que respecta a la mortalidad

de los lactantes, Alemania supera a casi todos los Estados del mundo,

(¡oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas)

que las cifras de la mortalidad de los lactantes alemana superan las de casi todos los Estados del mundo.

El señor presidente de la Oficina Imperial de Sanidad, cuando ayer o anteayer intentó justificar científicamente la política de hambre, señaló con especial énfasis y especial satisfacción que la mortalidad de los lactantes había bajado en Alemania y que las cifras recientes de mortalidad de los lactantes no probaban que la penuria del pueblo fuera grande ni que hubiera aumentado. No pienso discutir que la mortalidad de los lactantes ha disminuido en los últimos años; pero el señor presidente de la Oficina Imperial de Sanidad habría tenido, a mi juicio, el deber de decir que, a pesar de todo, Alemania sigue marchando a la cabeza con su mortalidad de los lactantes, que Alemania solo es superada todavía por Rusia, Austria-Hungría y, si no me equivoco, por un pequeño Estado de los Balcanes; en todo caso, que marcha en una compañía con la que, en asuntos de cultura, Alemania rechazaría sin duda en cualquier otro caso con decisión, si no con indignación, ser puesta en la misma línea.

Una vez se pronunció en esta Cámara la frase: Alemania a la cabeza del mundo. Nos hemos acostumbrado, y hemos tenido que acostumbrarnos, a que Alemania marche muy a menudo, ciertamente, a la cabeza del mundo, pero siempre solo cuando se trata de cosas de la incultura,

(¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas; — vivas protestas)

o cuando se trata de medidas y acciones que tienen carácter hostil al pueblo y suponen pecados contra el pueblo trabajador.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas. — Vivas protestas y agitación. — Campanilla del presidente.)

[El presidente, Dr. Kaempf, llama al orden al orador por segunda vez por esta expresión.]

Con negarlo no cambian ustedes nada en el hecho de que la mortalidad de los lactantes es un pecado que se comete contra el pueblo.

Si en la estadística de la mortalidad de los lactantes tuviéramos la prueba de cómo son las condiciones de ingresos y de trabajo de los padres cuyos hijos caen víctimas de la mortalidad de los lactantes, aparecería de manera patente y clara que siempre se trata de hijos de proletarios, de hijos de los círculos menos acomodados de la población. Las mismas capas trabajadoras que tienen que sacrificar su juventud, su salud, su trabajo, su libertad, su felicidad, e incluso sus pretensiones de cultura y de dignidad humana, solo para tener la pobre y desnuda existencia, esas mismas capas son también aquellas de cuyas manos se sacrifican las enormes hecatombes de niños a la mortalidad asesina de los lactantes.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

El gobierno no expresa este hecho en su exposición de motivos, y no tiene ningún interés en hacerlo ni en señalar la diferencia entre la mortalidad de los lactantes de las capas acomodadas y la de las capas menos acomodadas y sin recursos. El gobierno sabe muy bien que con ello dirigiría contra el sistema al que sirve una acusación enorme,

(¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas)

una acusación que no soy capaz de designar con una expresión parlamentaria. En todo caso, está firme que la mortalidad de los lactantes es un fenómeno en el que se expresa un pecado de omisión que no solo se dirige contra el pueblo, sino contra la parte más indefensa, contra la parte más valiosa del pueblo, contra la juventud y, con ello, contra el futuro del pueblo.

En la exposición de motivos del gobierno se dice que entre las causas de muerte la enfermedad de los órganos digestivos ocupa el primer lugar; se expone además que la relación entre la mortalidad de los adultos y la de los lactantes por enfermedades digestivas es como 4,9 por ciento a 28 por ciento o, si se añaden otras enfermedades de los órganos digestivos, como 5,1 por ciento a 29 por ciento. Se dice luego que casi la tercera parte de todos los casos de muerte de lactantes habría que atribuirla, por tanto, a enfermedades digestivas.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Por monstruosa que sea esta comprobación, el cálculo es inexacto y oculta algunos factores muy importantes. Hay que admitir que la tercera parte de todos los casos de muerte de lactantes se debe a enfermedades digestivas. Pero estas enfermedades digestivas no se reparten por igual a lo largo de todo el año, sino que caen principalmente, por los porcentajes más altos, en la mitad estival del año. Esta circunstancia complica todavía más todo el problema de la mortalidad de los lactantes y le hace ganar a la cuestión, si no un aspecto nuevo, sí uno propio. Hasta ahora se ha afirmado siempre que la mortalidad de los lactantes es únicamente una cuestión de alimentación, y partiendo de esta concepción se han tomado todas las contramedidas, es decir, se ha configurado toda la organización de defensa según estos puntos de vista. También la actividad de la Casa Emperatriz Augusta Victoria de Charlottenburg4, tantas veces mencionada y elogiada en esta Cámara, parte de la concepción de que en la cuestión de la mortalidad de los lactantes se trata de una cuestión de alimentación, y exclusivamente. También la idea fundamental y la tendencia de la ley que hoy tenemos delante están dictadas por esta concepción. Pero hay que negar que en la cuestión de la mortalidad de los lactantes se trate exclusiva o siquiera principalmente de una cuestión de alimentación. Últimamente se llega cada vez más a la concepción de que en esta cuestión se trata, por lo menos en la misma medida, de una cuestión de vivienda,

(vivo asentimiento en los bancos socialdemócratas)

de una cuestión del conjunto de las condiciones sociales en que viven los hombres.

(Nuevo asentimiento en los bancos socialdemócratas.)

Toda la cuestión de la mortalidad de los lactantes no puede comprenderse solo a partir del problema de la alimentación, sino a partir de todo el complejo de las condiciones sociales y económicas en que se encuentran cientos de miles y millones de personas.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Me basta señalar las comunicaciones de dos médicos del hospital Virchow de Berlín, los doctores Liepmann y Lindemann, que han mostrado en la Deutsche Vierteljahrsschrift für öffentliche Gesundheitspflege [Revista trimestral alemana de salud pública] que las condiciones de vivienda tienen una importancia del todo extraordinaria para el grado de la mortalidad de los lactantes. La influencia del calor es naturalmente mucho mayor en las habitaciones pequeñas de las capas menos acomodadas, en casas situadas en calles estrechas, en habitaciones con muy poca entrada de luz y de aire, que en habitaciones y casas de construcción abierta y libre. Por eso también la mortalidad de los lactantes en las viviendas y casas de los barrios obreros es

mucho mayor que en las pequeñas casas familiares, o incluso en las villas. Tengo aquí una serie de cifras y quisiera, precisamente con ayuda de estas pruebas estadísticas, hacerles ver que la cuestión de la mortalidad de los lactantes es en buena parte una cuestión de vivienda, pero sobre todo una cuestión social. El Dr. Richter demostró ya en 1888 para Fráncfort del Meno que en los barrios de villas, donde la densidad de población era escasa, morían el 15 por ciento de los lactantes, mientras que en el mismo periodo, en los viejos barrios de Fráncfort y en las calles estrechas con habitaciones pequeñas y gran densidad de población, la mortalidad de los lactantes era del 37 al 43 por ciento.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Quiero señalar el cálculo del Dr. Groth en Múnich, que comprobó que el 80,8 por ciento de los lactantes muertos procedían de viviendas de 1 o 2 habitaciones,

(¡oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas)

viviendas que solo constituyen la vigésimo quinta parte de todas las viviendas. Señalo las averiguaciones del Dr. Meinert en Dresde, que comprobó que en casas obreras aisladas la mortalidad de los lactantes era insignificante, pero que con construcción semiabierta subía al 2,5 por ciento y con construcción cerrada, cerca de casas traseras, incluso al 8,5 por ciento.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Señalo además las averiguaciones hechas en la ciudad jardín de Hellerau, cerca de Dresde. Allí la mortalidad de los lactantes fue en los primeros años del 5 por ciento, mientras que en la ciudad de Dresde era del 14,8 por ciento, en Leipzig del 17,1 por ciento y en Chemnitz del 22,3 por ciento.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Señalo además las averiguaciones del Dr. Kathe en Halle, que comprobó que en las calles estrechas, sofocantes y superpobladas del casco viejo la mortalidad de los lactantes era del 47 al 48,5 por ciento, e incluso había casas en las que en el curso del año habían muerto uno tras otro hasta 18 lactantes,

(¡oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas)

mientras que en la ciudad abierta, en casas unifamiliares, la mortalidad de los lactantes era extraordinariamente baja y no guardaba proporción alguna con estas cifras anormalmente altas.

De ello resulta que la cuestión de la mortalidad de los lactantes no es solo una cuestión de alimentación, sino que hay que considerarla por lo menos también como cuestión de vivienda. El gobierno, que hasta ahora no ha hecho nada, o nada a fondo ni enérgico, para suprimir las clamorosas condiciones de la vivienda y la miseria de la vivienda, y todos aquellos partidos que, aunque habrían tenido la posibilidad y el poder para ello, no han hecho nada en esta dirección, pueden sentirse cómplices de la situación que he intentado caracterizar aquí.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

El gobierno no toma nota de ello. Solo admite la cuestión de la mortalidad de los lactantes como cuestión de alimentación. Lo expresa especialmente y le da mucha importancia: de ahí resulta, dice, la importancia de la tarea de mantener alejadas de la más tierna infancia todas las influencias nocivas relacionadas con la alimentación. Señores, fíjense, por favor, en que el gobierno dice que se trata de mantener alejadas todas las influencias nocivas. Preguntémonos: ¿de qué clase son, pues, estas influencias nocivas que resultan de la concurrencia de estas condiciones? Quizá pueda citarles también aquí unas cuantas cifras estadísticas para obtener una respuesta a esta pregunta.

Según una estadística que menciona Ellen Key, en las familias aristocráticas de Alemania morían al año 57 de cada 1000 niños; en la población pobre de Berlín, en cambio, 345.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Mientras que la estadística oficial cifraba la mortalidad de los lactantes de Berlín en el 18,1 por ciento, en el barrio del Tiergarten morían solo el 5,2 por ciento, y en el Wedding, en cambio, el 42 por ciento.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

En 1905 murieron en los suburbios occidentales de Berlín el 15 por ciento, y en agosto el 27,8 por ciento; en cambio, en los suburbios orientales, con fuerte población obrera, el 23,7 por ciento, y en agosto hasta el 62,5 por ciento de todos los nacidos vivos en edad de lactancia.

Según otra estadística, la mortalidad era en Dahlem del 6,67 por ciento, pero en Lichtenberg del 25,1 por ciento, en Britz del 29,3, en Weißensee del 31,9 por ciento, etc. En Bremen, el Dr. Funk, director de la oficina de estadística, dividiendo la población en 3 clases —acomodados, clase media y obreros—, comprobó que en el periodo de 1901 a 1910, de cada 10 000 lactantes, entre los acomodados habían muerto 489, en la clase media 909 y entre los pobres 2558.

Una comprobación del Dr. Spiegel en Kiel para 1906 dice que en los estamentos superiores la mortalidad de los lactantes era del 18 por ciento, en la clase media subía al 43,8 por ciento y entre los obreros al 50,3 por ciento. Para Halle, el Dr. Wolff averiguó que entre los ricos morían el 8,9 por ciento de los lactantes, en la clase media el 17,3 por ciento y entre los obreros el 30,5 por ciento. De ello resulta una y otra vez que el niño de los círculos socialmente mejor situados es privilegiado, y que el niño de las capas pobres cae víctima de la mortalidad de los lactantes en una medida incomparablemente mayor. Habría sido natural que el gobierno, en su exposición de motivos de este proyecto de ley, tomara nota de estas cifras y de estos hechos. Pero no dice una palabra de ellos. Y, sin embargo, habrá que admitir que precisamente estas comprobaciones tienen una importancia del todo extraordinaria para la valoración y la solución de toda la cuestión de la mortalidad de los lactantes y para juzgar el valor de las medidas que hay que tomar. Al gobierno, sin embargo, le basta con haber comprobado que entre las causas de muerte las enfermedades digestivas ocupan el primer lugar. Y ni siquiera esto es del todo exacto, al menos no con esta validez y extensión de carácter general.

Estamos de acuerdo en que el pecho materno es la mejor alimentación para el lactante, y todos los esfuerzos por asegurar al lactante el pecho materno pueden estar seguros de nuestro asentimiento más incondicional. Pero las primas de lactancia5 solas no bastan. Precisamente las observaciones hechas en la Casa Emperatriz Augusta Victoria de Charlottenburg nos dan una indicación de lo que habría que hacer. Allí se ha comprobado, en efecto, que se puede hacer capaces de amamantar a casi todas las mujeres, pero a condición de poner a las mujeres, en cuanto a alimentación, cuidados, descanso y reposo, en las condiciones más favorables que quepa imaginar. Pero estas condiciones, las más favorables que quepa imaginar, no existen para millones y más millones de madres, precisamente de la clase obrera. Hay que acusar a la mayoría de esta Cámara de no haber hecho hasta ahora lo que habría tenido que hacer para crear las condiciones más favorables que quepa imaginar; a los partidos de la mayoría de esta Cámara, que han hecho la política aduanera y de usura, que han echado sobre las masas la enorme presión fiscal y han dejado que faltara la asistencia de política social necesaria. Digo

que estos partidos de la mayoría son corresponsables de que la capacidad de lactancia de las madres haya experimentado en los últimos años retrocesos del todo extraordinarios. Mientras que en 1890 en Berlín todavía 50 o 51 lactantes podían recibir el pecho materno, en los últimos años solo han sido unos 30. Como sustitutivo se ha recurrido a la leche de vaca y de otros animales, a las harinas infantiles y a otros sucedáneos. Según una comprobación de Bremme, nacen al año unos 2 millones de niños. Una quinta parte de ellos nace muerta o muere antes de cumplir el primer año. Al final del primer año quedan entonces unos 1 600 000 niños, y la mitad de estos niños recibe el pecho materno, pero a lo sumo durante un promedio de medio año. La otra mitad depende desde el primer momento del sustitutivo de la leche animal. Siendo un hecho que la alimentación artificial es de menor valor y en ciertas circunstancias peligrosa, habría sido muy natural que el gobierno dirigiera su atención en primer lugar a este hecho. La alimentación sustitutiva es mala, pero no es igual de mala ni de igual menor valor para todos los niños. Tengo aquí comprobaciones de Praußnitz. Según ellas, de los lactantes alimentados artificialmente morían entre los ricos el 0,27, en la clase media el 5 y en el proletariado el 94,8 por ciento.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Es una diferencia tan colosal que no puede explicarse solo por el problema de la alimentación; pues todos estos lactantes son alimentados artificialmente, y sin embargo las diferencias de mortalidad son tan extraordinariamente grandes. Voy a presentarles todavía una estadística procedente de Barmen. Allí se distinguió en la comprobación entre los padres con unos ingresos inferiores a 1500 marcos y los padres con unos ingresos superiores a 1500 marcos. Resultó que los niños criados al pecho morían en un 5,4 por ciento con padres de ingresos inferiores a 1500 marcos, pero solo en un 3,3 por ciento con padres de más de 1500 marcos de ingresos. Resultó además que los niños criados con biberón morían en un 25 por ciento con padres de ingresos escasos, pero solo en un 11,3 por ciento con padres de más de 1500 marcos de ingresos. No es, pues, la alimentación artificial la que ha matado a los niños; son únicamente las condiciones sociales, que se expresan en estas cifras de ingresos. Más de la mitad de los niños criados al pecho y más de dos tercios de los criados con biberón habrían podido seguir con vida si sus padres hubieran sido gente acomodada. Estos hechos son tan extraordinariamente graves que de ellos se puede deducir sin más la prueba de que, en última instancia, no importa exclusivamente la alimentación, sino el conjunto de las condiciones económicas y sociales en que se encuentran los padres.

En este sentido es muy instructiva también la diferencia que resulta al comparar la mortalidad de los lactantes legítimos con la de los ilegítimos. Mientras que la cifra media de la mortalidad total para todo el Imperio alemán es del 16,2 por ciento, entre los hijos legítimos es del 15,2, pero entre los ilegítimos del 25,7.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

En Prusia Occidental la mortalidad es entre los lactantes legítimos del 18,9 y entre los ilegítimos del 36,9 por ciento. En Posen la proporción es de 16,8 : 35,2; en Silesia, 18,2 : 27,5; en Schleswig-Holstein, 12 : 27,8; en Mecklemburgo-Strelitz, 21,1 : 30,7; en Mecklemburgo-Schwerin, 16 : 27,7; en Baviera, 19,2 : 27,2 por ciento. De todas estas comparaciones resulta clara y llanamente que en la mortalidad de los lactantes no tenemos que ver con una cuestión de alimentación, ni tampoco solo con una cuestión de vivienda, sino con una cuestión que solo puede resolverse a partir del conjunto de las condiciones económicas y sociales en que viven los hombres.

(¡Muy bien!, en los bancos socialdemócratas.)

No es la enfermedad, no es el calor lo que mata a los niños; son las condiciones sociales las que matan de trescientos mil a cuatrocientos mil niños al año. Es la penuria, es la miseria, es la pobreza, es toda la suma de las condiciones de vida adversas, y en parte verdaderamente terribles, que se encuentran en los círculos proletarios.

Si al gobierno le hubiera importado tomar medidas serias y a fondo, llevar a cabo una lucha seria y a fondo contra la mortalidad de los lactantes, cabría haber esperado que tomara medidas, primero, para suprimir la política de usura aduanera que encarece los alimentos, luego para emprender una reforma a fondo de la vivienda y, por último, para desplegar una asistencia de política social que devuelva la madre al niño.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Sugerencias para ello, señores, no han faltado de verdad, y ocasiones para los partidos de la mayoría todavía menos. La socialdemocracia ha combatido desde el principio la política económica actual, y en ese combate ha insistido en el argumento de que la política aduanera, de que el encarecimiento general de los alimentos unido a ella, causaría enormes estragos sobre todo entre los niños y los lactantes.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Mis colegas Molkenbuhr y el Dr. Südekum les presentaron ayer cifras de las que se desprende que la carestía general, que en su aumento y en su carácter insoportable no podemos explicar sino por la índole de nuestra política económica, no solo oprime y perjudica indeciblemente a los adultos, sino que también, como se desprende de los informes de los médicos escolares, castiga a los niños. Para los lactantes es igualmente una situación asesina.

Lo poco que les es posible a los padres pobres procurar a los niños la alimentación y garantizarles los cuidados necesarios, sobre todo a los lactantes, pueden deducirlo ustedes de unas pocas cifras. En Sajonia, una estadística de hace solo un par de años comprobó que allí hay 191 000 personas con unos ingresos inferiores a 400 marcos al año.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

No me digan que son gentes cualesquiera que no entran en consideración para esta comparación. Entre ellas hay casi 52 000 familias

(¡oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas)

que tienen unos ingresos totales inferiores a 400 marcos.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Díganme ahora: ¿cómo van a ser capaces estas personas de alimentar y cuidar a los lactantes de modo que haya una garantía de que no caigan víctimas de la mortalidad de los lactantes? Estos niños nacen solo para morir; solo están ahí para abonar los camposantos. En estos círculos se encuentran también las cifras más monstruosas de mortalidad de los lactantes. Y no solo ha señalado siempre la socialdemocracia, en lo que respecta a las condiciones de alimentación, los peligros de la política de usura aduanera y de encarecimiento, y ha advertido a tiempo contra ella; también se ha esforzado por emprender una reforma de la vivienda mediante la creación de una ley de la vivienda del Reich. Pero en ello ha topado siempre

con la resistencia más obstinada de los círculos gobernantes, y si apenas ayer se comunicó, en respuesta a una pregunta, que al menos se quería intentar poner en marcha la creación de una ley de la vivienda del Reich, eso es, a mi juicio, demasiado poco. Habría que haber tomado medidas completamente distintas, y desde la mayoría de la Cámara habría que haber ejercido una presión más fuerte y sostenida para empujar al gobierno cuanto antes a una reforma de gran envergadura de las condiciones de la vivienda en el Reich.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Sobre todo reprocho a los partidos de la mayoría de la Cámara que, para reducir la mortalidad de los lactantes, hayan dejado que faltara un desarrollo de la legislación social precisamente en el Código de Seguros del Reich6. En los debates y discusiones que se mantuvieron sobre él, desde nuestro lado se señaló infinitas veces, en innumerables discursos y fundamentaciones, la miseria de la mortalidad de los lactantes; se señaló la obligación que tenemos de prever, en primer lugar mediante la protección de la maternidad, mediante la protección de las mujeres, de las parturientas, una protección a fondo y eficaz de los lactantes.

Pero ¿qué han hecho los partidos de la mayoría de esta Cámara? Han rechazado en votación todas las mociones y sugerencias que venían de nuestro lado.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Las han rechazado sin dignarse dedicarles una sola palabra de réplica. En parte han rechazado estas sugerencias y mociones entre risas de burla.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

No han pasado de concesiones totalmente insignificantes y secundarias. Me basta recordarles el trato que han recibido en esta Cámara las proletarias del campo;

(¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas)

recordarles sobre todo cómo a estos seres femeninos, los más atormentados y necesitados de ayuda, la protección de la maternidad y de las parturientas, de por sí mínima y totalmente insuficiente, todavía les fue mermada y recortada mediante disposiciones especiales propuestas por la derecha y desde el centro de la Cámara.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Puedo recordarles que negaron a las esposas aseguradas el servicio de comadrona y la asistencia médica al parto, y cómo se escondieron detrás del «inaceptable» del gobierno7. Con ello han entregado a la madre y a los recién nacidos a la miseria, al desamparo y a la desdicha de su existencia, infinitas veces verdaderamente desconsolada. Aquí, señores, habrían tenido ocasión de practicar la protección de los lactantes; aquí habrían tenido ocasión, si les importaba, de devolver la madre al niño al menos por un tiempo más largo, de agarrar de una vez el mal por la raíz; ¡aquí habrían podido apartar de una vez del nombre alemán y del honor alemán el oprobio que, según ustedes, no se puede designar parlamentariamente!

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Han desaprovechado esta ocasión, la han desaprovechado intencionada y conscientemente, y declaro que los considero cómplices de esta miseria ante la que nos encontramos.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Han dejado a las cajas de enfermedad y a los municipios que echaran una mano a las parturientas y a los recién nacidos con primas de lactancia, con prestaciones y aportaciones modestas y modestísimas. Ahora por fin, cuando se anuncia el descenso de la natalidad, cuando el problema de la población, con fenómenos amenazadores y peligrosos, entra cada vez más claramente en la conciencia pública, ahora por fin viene uno con una ley de la que, al leer las primeras noticias en la prensa diaria, uno podía sentirse tentado de creer que se trataba de una broma atrasada de alguno de los periódicos políticos de carnaval,

(¡muy cierto! — Risas en los bancos socialdemócratas)

una ley que trae consigo medidas tan ridículamente insignificantes que parece una bagatela, sin que uno sepa de verdad si el gobierno cree en serio y afirma en serio que con una ley así la mortalidad de los lactantes pueda verse siquiera rozada, por no decir reducida o aliviada.

Y en la exposición de motivos se dice: deben mantenerse alejadas todas las medidas nocivas8.

(¡Muy cierto! y risas en los bancos socialdemócratas.)

¡Todas las medidas nocivas que resultan de las condiciones de alimentación deben mantenerse alejadas de los lactantes! ¡«Todas las medidas nocivas»! Cuando uno oye eso, espera un hecho, está preparado para alguna gran acción. ¡Y he aquí! Los montes están de parto y nace un mísero ratoncillo.

(Risas en los bancos socialdemócratas.)

¡De todo el aparato sale una ley de biberones! No es otra cosa que el apaciguamiento de la mala conciencia.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Me parece exactamente como si un viejo pecador, pocas horas antes de su muerte, en su miedo a la condenación, donara a toda prisa una vidriera para la iglesia.

(Risas en los bancos socialdemócratas.)

Puedo aducir también otra comparación. Puedo decir que me parece como si alguien que dice: quiero combatir la tisis, quiero extirparla radicalmente, se contentara con recetar escupideras de bolsillo; o como si alguien —el ejemplo ya lo ha usado otro— dijera: quiero reformar la escuela popular, quiero dar una forma nueva desde los cimientos a la enseñanza popular, y se contentara con prescribir tinteros nuevos.

(Risas.)

Esta ley, señores, está por su contenido a la misma altura que el permiso de importación de carne de los Balcanes en el momento en que estalló la guerra de los Balcanes9.

(Risas y ¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Es exactamente el mismo espíritu y exactamente el mismo método: se quiere lavar la piel sin mojarla, ¡se quiere trabajar una vez más según la vieja y famosa receta de la pomada blanca! Toda esta ley de biberones no es otra cosa que pomada blanca, un velo, un espejismo para hacer creer fuera que se ha hecho algo, que se iba a hacer algo serio, mientras que lo que se ha hecho sigue siendo ineficaz y no agarra en absoluto el mal por la raíz.

Lo menos que cabía esperar es que el gobierno, antes de crear una ley de biberones, hubiera pensado en lo que ha de ir dentro de los biberones. Cuando falla el pecho materno, se depende de la leche animal. Ahora bien, un biberón antihigiénico puede sin duda echar a perder, estropear la leche buena; pero nadie creerá que un biberón higiénico pueda meter leche buena en el biberón. Y, sin embargo, la leche —y precisamente leche buena, barata, y para los más pobres gratuita— es para los cientos de miles y millones de fuera infinitamente más importante que la cuestión del biberón en que se da la leche. El gobierno guarda silencio sobre ello.

¡El gobierno, que no pregunta de dónde se saca el pan que encarece; el gobierno, que no pregunta de dónde se saca la carne que ayuda a encarecer; el gobierno tampoco pregunta de dónde saca el pobre la leche para salvar a su lactante de la muerte! Bien sabe el gobierno que la leche es cara, que los precios de la leche muestran una tendencia al alza; bien sabe también el gobierno que la leche se va a encarecer todavía más, que sobre todo los círculos agrarios están a punto de encarecerla todavía de manera extraordinaria; bien sabe también el gobierno que nuestra cabaña está en gran parte infectada, y que una cabaña así infectada no es en absoluto capaz de suministrar leche buena, irreprochable, libre de gérmenes y apta para la alimentación de los lactantes; sabe también que a los particulares y a los municipios les faltan instalaciones de esterilización para librar la leche de gérmenes; ¡pero se guarda muy bien de entrar con una sola palabra en todas estas cosas! ¡Se contenta, mientras promete tomar «todas las medidas», con ofrecer una ley de biberones! ¡Bien es verdad que, como administradora de los intereses agrarios, apenas se le puede tomar a mal que pase de largo ante todas estas cosas como ante un noli me tangere!

Que la leche buena tendría que ser la primerísima preocupación se desprende del hecho de que en infinidad de ciudades no hay manera de comprar leche de mercado buena y libre de gérmenes. Es un hecho conocido que ya al ordeñar entran en la leche innumerables bacterias, que en la leche se encuentran en cantidades extraordinarias excrementos, pelos, caspa animal, restos vegetales, etc. El Dr. Ott encontró en una pequeña ciudad que en un litro de leche de mercado había hasta 582 miligramos de sustancia láctea seca, que corresponden a casi 3 gramos de excremento de vaca. Gerhard encontró que en un centímetro cúbico de leche había hasta 116 millones de gérmenes. En Leipzig se comprobó que de 24 vacas que suministraban leche de mercado, 17 padecían mastitis purulenta, y 2 vacas incluso tuberculosis de la ubre.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Al analizar esta leche se comprobó que la leche de mercado vendida para la alimentación de los lactantes consistía hasta en una quinta parte en pus puro. Entre 100 muestras de leche de mercado se comprobó en 78 casos que estaban completamente impregnadas de bacterias piógenas.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

El Dr. Ostermann encontró que en la leche de vacas con tuberculosis de la ubre había un contenido de bacilos de 50 000 a 100 000, e incluso hasta de 1 millón por centímetro cúbico. Y el consejero médico profesor Dr. Puch dice: «La mayor parte de los gérmenes encontrados en la leche procede del establo». Nos preguntamos, pues: ¿qué ha hecho el gobierno, qué ha hecho el Consejo Federal, qué han hecho los partidos de la mayoría de esta Cámara para crear una garantía de que solo llegue al mercado leche de animales sanos, de que solo se emplee para la alimentación de los lactantes leche sana, buena, libre de gérmenes? ¿Qué ha hecho el gobierno para procurar leche barata y para suministrar leche gratuita a las capas más pobres? No ha hecho nada. ¡Se contenta con una ley de biberones!

La necesidad de esta ley de biberones se fundamenta en que, según dictamen médico, un porcentaje extraordinariamente alto de la mortalidad de los lactantes se debe a que en estos biberones la leche está expuesta a una acidificación fácil y rápida y a echarse a perder. Este rápido deterioro de la leche se atribuye a que estos biberones con tubo son muy difíciles de limpiar, y la alusión a la dificultad de la limpieza se fundamenta en que precisamente a las mujeres de los círculos donde se encuentra la mayor mortalidad de los lactantes les falta el tiempo necesario para limpiarlos. Que a las mujeres, sobre todo a las mujeres que trabajan, les falta tiempo, lo sabemos, tanto más cuanto que el trabajo remunerado de las mujeres ha aumentado extraordinariamente en los últimos años. Mientras que en 1882 se contaban en Alemania unos 4½ millones de mujeres con trabajo remunerado, en 1907 hemos llegado a unos 8½ millones,

(¡oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas)

y entre ellas hay casi 4 millones de mujeres casadas, viudas o divorciadas. Estos casi 4 millones de mujeres trabajadoras están entre los seres humanos más atormentados, pues viven bajo una cuádruple esclavitud: no solo bajo la esclavitud de su trabajo remunerado, de su economía doméstica, no, también bajo las obligaciones que les imponen la maternidad y el cuidado de los hijos. ¿Qué se ha hecho, pues, para procurar a estas madres el tiempo para ocuparse de sus hijos y cuidarlos, para que tengan la posibilidad de cumplir todas las exigencias de la higiene, en particular la limpieza de los biberones? Les recuerdo que hicieron falta luchas infinitamente largas y apasionadas para conseguir la jornada de diez horas10. ¡Con qué luchas tan penosas va unido todo intento de una nueva reducción de la jornada! Todas nuestras mociones de mayor alcance han sido rechazadas.

Encuentro en esta ley una inconsecuencia que salta a la vista. Se ha dicho: «La madre no tiene tiempo para limpiar suficientemente el biberón con tubo». Pero al lado se dice en la ley que el biberón sin tubo tiene la ventaja de que no se deja al niño durante mucho tiempo, sino que la persona que cuida al niño tiene que sostener el biberón en la mano hasta que el niño termine de beber.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Pues bien, si no se tiene tiempo para limpiar un biberón así, entonces, a mi juicio, esa misma madre tampoco tendrá tiempo para sostener el biberón sin tubo hasta que el niño esté saciado.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas. — Exclamación a la derecha.)

Entonces habrá que atender al niño probablemente de otro modo, pero no dejándole el biberón, como se puede hacer con el biberón con tubo, sino que probablemente se recurrirá a los viejos remedios que creíamos haber superado precisamente gracias al biberón con tubo. Probablemente resucitará el chupete, la tetina de goma, que es igual de difícil, y en ciertas circunstancias todavía más difícil, de limpiar. Probablemente se volverá a la práctica de dar aguardiente a los niños,

(¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas)

para tranquilizarlos o hacerlos callar, o se recurrirá a cualesquiera otros medios para hacer frente a los inconvenientes que resulten de ello.

Pero no basta con que las madres tengan tiempo; también es necesario que las madres tengan comprensión de la higiene y de las exigencias higiénicas. Una madre que no tiene comprensión para limpiar el biberón con tubo probablemente tampoco limpiará suficientemente el biberón sin tubo; también descuidará en otros aspectos la limpieza y el cuidado del niño. Habría que anteponer una instrucción de la futura madre; para ello sería extraordinariamente

adecuada la escuela. Tenemos hoy en la escuela tanto lastre contrario a la época y a la cultura, del que muy bien podría prescindirse, si uno se decidiera a hacer del cuidado de la salud, de la higiene, de las exigencias de la puericultura, de la protección de la infancia, etc., objeto de instrucción y enseñanza.

(¡Muy bien!, en los bancos socialdemócratas.)

En la exposición de motivos del gobierno se nos ha reproducido la ley francesa, evidentemente en la creencia de que los alemanes deberíamos tomar ejemplo del proceder del gobierno francés. Yo habría deseado, ya que hablo de preparar la comprensión del niño para las exigencias higiénicas, que se hubiera tomado ejemplo de Francia en otro aspecto. Cuando digo que la escuela sería adecuada para dar enseñanza e instrucción en puericultura, en cuidado de la salud, en higiene, y cuando digo además que en la escuela se encuentra mucho lastre contrario a la época y a la cultura,

(¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas)

pienso que se podría hacer sitio para esta instrucción suprimiendo de la escuela la enseñanza religiosa.

(¡Oigan, oigan!, a la derecha. — ¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

—¡Francia suprimió la enseñanza religiosa en 1882!11 Así tendríamos en la escuela sitio para la instrucción en las disciplinas que he nombrado. Francia no se ha hundido por ello, señor colega Mumm, y la juventud francesa no está moralmente peor que la alemana. Si hubiera una medida de ello, la tendríamos en la estadística criminal, que habla decididamente a favor de la juventud francesa y de las condiciones morales de la juventud francesa.

(Campanilla del presidente.)

[El vicepresidente Dr. Paasche pide que no se mantengan conversaciones privadas y observa que el debate se aleja cada vez más del tema: la estadística criminal tiene bien poco que ver con los biberones. (Protestas en los bancos socialdemócratas. — Risas.)]

Ya hoy se ha hecho un pequeño intento de preparar a los niños para los fines de la puericultura: se han editado cartillas de puericultura en las que se da una guía muy popular y fácil de entender. También con el desarrollo de la enseñanza complementaria12, sobre todo de la enseñanza complementaria para muchachas, habría ocasión de impartir una instrucción en higiene, cuidado de la salud, puericultura, protección de la infancia, etc. En algunos municipios se han contratado enfermeras que tienen que ocuparse de las parturientas, que atienden a los lactantes, que vigilan que se ejecuten y se lleven a cabo las medidas higiénicas que ellas han dispuesto; una institución que, hasta donde alcanzo a ver, ha dado extraordinariamente buen resultado y que sería de desear que se impusiera poco a poco cada vez más en forma generalmente vinculante, quizá obligatoria. Habría que considerar si el gobierno no puede dar aquí algún impulso, si no puede obtenerse mediante la ley alguna posibilidad de emprender en esta dirección una lucha contra la mortalidad de los lactantes.

He hablado de la ley francesa, que se nos ha reproducido en la exposición de motivos como muestra y modelo. Habría sido de desear que el gobierno nos hubiera informado de cómo ha dado resultado en la práctica esta ley francesa, que existe ya desde hace un par de años.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Por desgracia, el gobierno nos deja ahí completamente a oscuras. Pero un escrito que, aunque editado por los interesados, contiene un material muy digno de atención, aporta un testimonio sobre el valor y el efecto de esta ley francesa. El profesor universitario Haas, de Tubinga, uno de los mejores conocedores de la situación francesa en Alemania y autor de la obra Frankreich, Staat und Land [Francia, Estado y país], comunica allí, a preguntas:

Por lo que respecta a los resultados de la ley francesa sobre biberones, son, según lo que muestra la estadística, en la medida en que existe, muy escasos o iguales a cero.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Creo que el gobierno probablemente habría podido obtener también esta información si se hubiera esforzado. No sé si ha recibido mejores informaciones; pero supongo que en ese caso no habría dejado de expresar esas informaciones más favorables en la exposición de motivos.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Pero la ley suscita también toda clase de reparos en otra dirección. Así, la prohibición general de fabricar biberones con tubo lleva consigo sin duda un perjuicio para las industrias correspondientes. No tendríamos motivo alguno para defender los intereses de ninguna industria si estuviéramos convencidos de que con esta ley de biberones se lograba una ganancia decidida, innegable y grande para la lucha contra la mortalidad de los lactantes. Pero como el efecto y el valor de la ley nos resultan extraordinariamente dudosos, como tenemos que abrigar fuertes reparos sobre si la ley encierra siquiera la posibilidad de combatir la mortalidad de los lactantes, no tenemos motivo alguno para arruinar o perjudicar gravemente a una industria, y con ello no solo a la industria, no, también a los obreros que trabajan en ella.

Creo que la ley, al prohibir con carácter general la fabricación de estos biberones, va mucho más allá del marco de la competencia de nuestro gobierno. Pues con la prohibición de la fabricación no solo se prohíbe y se hace imposible la venta en el interior, sino que también se impide por completo la exportación al extranjero. Ahora bien, a mi juicio es imposible prohibir a las fábricas exportar al extranjero biberones cuyo uso esté prohibido en Alemania. Creo que sobre esto habría que deliberar en todo caso. Es asunto de negociaciones y consideraciones especiales, que lo mejor es despachar en una comisión.

También me parece arriesgado decretar una prohibición de fabricar piezas sueltas de estos biberones. ¿De qué consta, pues, un biberón así? Seguramente tienen ustedes ejemplares sobre la mesa de la Cámara. Es un tubo de vidrio que uno puede procurarse sin más en todas las tiendas del ramo; tubos de vidrio fabricados para fines completamente distintos, que quizá en origen no estaban destinados a biberones, pueden emplearse para este fin. Ya cuando pensamos en cómo surgieron estos biberones, tenemos que dudar de la disposición que dice que debe prohibirse la fabricación de piezas sueltas de los biberones. El biberón con tubo nació de la situación forzada de las madres y de los padres, porque no podían ocuparse de los niños, porque no tenían la posibilidad

de quedarse permanentemente junto a los niños. Para vigilar la tarea de beber se construyeron estos biberones, se usó un tubo de vidrio, un tubo de goma o un tubo de cuerno, etc., y poco a poco la industria se apoderó de esta fabricación. Así se llegó a los biberones con tubo, que a mi juicio, aunque no siempre del todo irreprochables desde el punto de vista higiénico, no son ni de lejos tan peligrosos como el gobierno lo afirma en sus motivos. En un escrito dirigido al Reichstag por la Asociación Central de Fabricantes Alemanes de Artículos de Caucho se dice:

Hay que calificar de totalmente incomprensible cómo podría aplicarse una disposición semejante. Pues las piezas de los biberones con tubo o manguera, es decir, los frascos, los tubos o mangueras, las tetinas, etc., pueden emplearse también para otros fines: los frascos para toda clase de fines; los tubos de vidrio, por ejemplo, como tubos de conexión, para tomar ciertas aguas minerales (aguas sulfurosas, ferruginosas); las mangueras de goma para piezas de pulverizadores, para boquillas de jeringas de toda clase, para piezas de conexión en los laboratorios; las tetinas para chupetes, mordedores, pezoneras, cuentagotas, para cargar plumas estilográficas; los discos de hueso para jeringas de lavativa, de oído, etc. En esto ha de fracasar en todo caso la disposición sobre la prohibición de la fabricación y venta industrial de piezas de los biberones designados.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

No entiendo cómo se quiere prohibir la fabricación de estas piezas sueltas, que suelen emplearse no solo13 para biberones con tubo, sino para toda clase de otros fines de la industria o del hogar. Esta disposición es insostenible. Habrá que deliberar sobre ello y entrar en consideraciones.

Por todo ello, propongo que la ley se remita a una comisión de quizá 14 miembros, para que puedan hacerse las deliberaciones especiales necesarias.

No quisiera terminar sin volver a señalar que uno no debe hacerse ninguna ilusión, por ejemplo en el sentido de que con una ley como esta pueda reducirse de algún modo esencial, o siquiera combatirse, la mortalidad de los lactantes.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Para ello hacen falta medios completamente distintos, sobre todo una alimentación mejor, mejores condiciones de vivienda, la liberación de las grandes y amplias masas de la interminable esclavitud del trabajo, una protección suficiente de la maternidad y un desarrollo de la asistencia de política social en todas las direcciones. Para ello las masas del pueblo necesitan mucho más tiempo, mucha más formación, mucha más comprensión de la higiene. Que el gobierno y los poderes dominantes cometen injusticias con los pueblos, que los desatienden y pecan contra ellos, es un fenómeno que existe mientras exista una sociedad de clases. Muchas veces esta desatención y este pecado se han cometido sin expiación; pero nunca ha quedado sin castigo un pecado cometido contra la juventud, contra las nuevas generaciones, contra el futuro de un pueblo. Ya llama entre nosotros a las puertas del conocimiento el problema de la población, con sus hechos que advierten y amonestan. Que ustedes se abran o se cierren a este conocimiento es cosa suya. Que los partidos de la mayoría de esta Cámara decidan por sí mismos. Pero si no siguen estas advertencias, señores, vendrán poderes más fuertes, y esos los obligarán a ver esto, los obligarán a tomar medidas; ¡y entonces no podrán extrañarse de verdad si aquellos contra quienes han pecado durante decenios y siglos se toman un día venganza en ustedes!

(Vivos aplausos en los bancos socialdemócratas.)


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de las actas del Reichstag en la Bayerische Staatsbibliothek: Verhandlungen des Reichstags, XIII. Legislaturperiode, I. Session, t. 286, 74.ª sesión (30 de noviembre de 1912), págs. 2447-2454 (https://www.digitale-sammlungen.de/de/view/bsb00003353?page=159).

Traducción: traducción íntegra al español de las intervenciones de Rühle, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las intervenciones del presidente y del vicepresidente se resumen entre corchetes; las anotaciones taquigráficas de las reacciones de la sala se traducen en cursiva entre paréntesis, y la negrita reproduce la del acta. Säuglingssterblichkeit se traduce «mortalidad de los lactantes»; Saugflasche, «biberón»; Begründung, «exposición de motivos»; Mutterschutz, «protección de la maternidad»; Wöchnerinnen, «parturientas»; Lebenshaltung, «nivel de vida». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. «Rezept von der weißen Salbe»: la pomada blanca (de óxido de cinc o de plomo), remedio inocuo y de efecto puramente cosmético; la expresión designa en la polémica de la época los paliativos que no tocan las causas. (N. del T.) ↩

  2. Säuglingssterblichkeit: mortalidad de los niños en su primer año de vida; se traduce «mortalidad de los lactantes» para conservar la precisión del término, aunque en español es más usual «mortalidad infantil». (N. del T.) ↩

  3. Johann Giesberts (1865-1938), diputado del Centro, dirigente de los sindicatos cristianos. (N. del T.) ↩

  4. Kaiserin-Auguste-Viktoria-Haus: Instituto Imperial para la Lucha contra la Mortalidad de los Lactantes, inaugurado en Charlottenburg en 1909. (N. del T.) ↩

  5. Stillprämien: subsidios en dinero que algunos municipios y cajas de enfermedad pagaban a las madres que amamantaban. (N. del T.) ↩

  6. Reichsversicherungsordnung: el Código de Seguros del Reich de 1911, que refundió los seguros de enfermedad, accidentes e invalidez. (N. del T.) ↩

  7. En los debates del Código de Seguros, el gobierno declaró «inaceptable» (unannehmbar) extender la asistencia a las esposas de los asegurados que no trabajaban, y la mayoría cedió. (N. del T.) ↩

  8. Rühle cita aquí «medidas» (Maßnahmen) donde antes había citado «influencias» (Einflüsse); se respeta la variación, que acentúa la ironía. (N. del T.) ↩

  9. En octubre de 1912, ante la carestía de la carne, el gobierno permitió importaciones de carne de Serbia y otros países balcánicos justo cuando estallaba la primera guerra de los Balcanes, lo que las hizo ilusorias. (N. del T.) ↩

  10. La jornada máxima de diez horas para las obreras se introdujo en la ley industrial alemana en 1908 (vigente desde 1910). (N. del T.) ↩

  11. Las leyes Ferry de 1882 hicieron laica la enseñanza primaria pública en Francia. (N. del T.) ↩

  12. Fortbildungsschule: escuela complementaria, de asistencia a tiempo parcial, para los jóvenes que habían terminado la escuela primaria. (N. del T.) ↩

  13. El acta dice «die nur für Säuglingsflaschen», sin duda por «nicht nur»; se traduce según el sentido. (N. del T.) ↩