Educar a un niño significa llevar su alma en las propias manos, poner su pie en un sendero estrecho… No dejar en paz al niño: ese es el mayor crimen de la educación actual contra el niño.
Ellen Key, El siglo del niño.
Familia y educación.
Mientras ha existido la familia, ha gozado de una estima indiscutida como seno y amparo de la educación. La actual relación familiar, fundada en la monogamia, está configurada, tanto en su organización como en su función, de manera que el hombre pasa por ganador del sustento, por proveedor de la familia y señor de la casa, mientras que la mujer, subordinada a su voluntad, cumple las tareas del círculo doméstico dirigidas a la conservación, el abastecimiento y la custodia. Ambos, distintos entre sí tanto en su constitución corporal como en su naturaleza intelectual y moral, forman sin embargo una unidad, no solo en relación con su comunidad económica y en interés de ella, sino sobre todo como factores de la obra de la procreación. También como educadores del niño van juntos, pues la educación es —según una hermosa frase de la camarada Zetkin— la segunda creación del niño. «Por eso es necesario que en la educación la fuerza intelectual y moral que han de aportar el hombre por un lado y la mujer por otro se unan armónicamente en libre despliegue».
Todos los pedagogos han apreciado, pues, desde antiguo a la familia como comunidad educadora y la han alabado como fundamento de la formación intelectual y anímica del ser humano. Lleno de impulso poético, Schiller traza en su «Campana» una imagen ideal de la familia burguesa, y Pestalozzi cuida y celebra la escuela materna como la entrañable fuente de cultura de las generaciones con una entrega y una admiración francamente tiernas. La escuela materna es para todos los pedagogos el punto de partida natural y evidente de toda labor formativa con el ser humano, y no hay en el mundo nada honrado, capaz y grande que en sus comienzos y orígenes no pueda remontarse a esta célula germinal de la vida en común, a esta forma elemental de la obra educativa. Aquí germinan y crecen —dice Karl Muthesius— en la vivencia más inmediata, de la mañana a la noche de cada día, la confianza y el amor, la obediencia y la fidelidad, la alegría compartida y la compasión, toda clase de sentido de lo común y de obligación común; aquí se despliegan, en el ininterrumpido ciclo de las ocupaciones diarias, bajo la coacción suave pero constante de la ley no escrita del orden doméstico, en las circunstancias más sencillas, todos los hábitos fundamentales de una vida en común ordenada, la puntualidad y el sentido del orden, la disposición a servir y a ayudar; aquí se reparten sin buscarlo y por acuerdo tácito deberes y derechos, el cuidado del padre y el amor de la madre protegen el pequeño círculo, y el respeto y la reverencia, el reconocimiento de la autoridad y la gratitud fluyen como por sí mismos de las fuentes más naturales; aquí no solo son posesión común todos los bienes materiales, sino que también el disfrutar y el renunciar, el esperar y el sufrir, el servir y el celebrar son necesidad común; aquí se produce para cada uno, de forma del todo inconsciente pero segura y con efecto de refuerzo mutuo, una nivelación tanto en usos y costumbres como en modo de pensar y de sentir; aquí se hereda, en una transmisión natural y sin lagunas, toda la riqueza de la cultura moral y social de una generación a otra.
Cuán conscientes han sido y siguen siendo desde siempre los círculos burgueses, hasta nuestros días, de la alta significación social, ética y pedagógica de la familia lo atestigua, no en último lugar, la seria y concienzuda preparación de toda familia joven para la vocación cultural del matrimonio. Antes de que pudiera fundarse el hogar propio, el novio tenía que haber pasado, como oficial y en los años de viaje, por una escuela de disciplina, depuración y afianzamiento interior, mientras que la novia era introducida en la casa paterna o en una casa ajena en el conocimiento y dominio de su futuro círculo de deberes. Cuando por fin se había contraído el vínculo matrimonial, dos personas que se amaban esperaban, en el hogar ordenado y junto a la cuna preparada, con alegre anhelo de dicha, al pequeño huésped de la tierra.
Este idilio encantador ya solo aparece hoy en las empalagosas revistas familiares del tipo de la Gartenlaube.1 El desarrollo ha pasado por encima de él con mano ruda y ha borrado todo su brillo y esplendor. El capitalismo, ávido de fuerza de trabajo barata y dócil, ha arrancado a la mujer del estrecho y cercado ámbito de la casa y se la ha llevado a las fábricas y talleres para uncirla a la servidumbre de la producción de mercancías y de la creación de plusvalía. El hogar yace desierto, los niños carecen de madre, los «sagrados lazos de la familia» han saltado en pedazos. Como un destructor ha irrumpido el capitalismo en la paz del orden doméstico; como un bárbaro sin corazón ha robado a los niños la madre tierna, la cuidadora solícita, la alegre compañera de juegos y la educadora de su espíritu y de sus almas. El proletario, a quien el desarrollo quitó propiedad y oficio, taller y herramienta, que perdió la independencia y el derecho a decidir sobre sí mismo, que no tiene patria, ni arraigo, ni futuro, tuvo que ver ahora desaparecer también el último resto de dicha de tiempos anteriores y más hermosos: la familia. Su relación con la mujer y los hijos ya no tiene nada en común con la relación familiar burguesa; que crezca ahora una generación para la que la comunidad familiar prácticamente ya no existe se convierte —por decirlo con Sombart— en un «hecho monstruoso».
Y, sin embargo, la descomposición de la forma familiar tradicional encierra un elemento consolador: que solo constituye un estadio, una transición hacia formas nuevas y superiores. La liberación del proletariado de la dominación capitalista será necesariamente la liberación del
tormento del trabajo de la explotación capitalista. Con ello el deber de trabajar se reducirá para cada uno a un mínimo bajo el cual toda carga se convierte en placer. Y padres y madres serán *devueltos a sus hijos* durante gran parte del día.Este restablecimiento de la escuela materna (y paterna) es una meta distinta de la que tienen en mente los filántropos burgueses cuando, para remediar la situación actual, profundamente lamentable, exigen la prohibición del trabajo asalariado femenino y el regreso de la mujer al círculo de deberes familiares. Eso no sería otra cosa que la resurrección artificial de un estado ya superado, es decir, un retroceso que no permitiría desarrollar la labor educativa más allá de su carácter actual de pedagogía individual burguesa. Pero necesitamos la educación pública, la pedagogía social, «para que en el pecho del niño se desarrollen desde la más tierna infancia todos aquellos sentimientos que son raíces de las virtudes sociales que la sociedad necesita».
Educación para la sociedad por la sociedad: tal es la consigna del futuro pedagógico. Al mismo tiempo, sin embargo, no podemos prescindir de la formación personal del carácter, de la educación de personalidades fuertes y enérgicas, que según la experiencia de la psicología prospera con mayor éxito en el marco de la pedagogía individual de la familia y del hogar. Así pues, mientras a la pedagogía social, que actúa en lo público, le corresponde la educación de los ciudadanos y miembros de la comunidad social, la pedagogía individual ha de formar personalidades e individualidades en el silencio de la escuela paterna y materna. Así se encuentran familia y comunidad, individuo y sociedad, hombre y ciudadano en la armónica consonancia de la cultura personal y social.
El socialismo no abolirá la familia, como afirman la necedad y la malicia de los adversarios, sino que más bien, liberada del lastre terrenal de los intereses económicos, la depurará hasta hacer de ella la más pura alianza moral entre seres humanos. Con ello se convertirá en el más hermoso recipiente de una cultura ideal de la personalidad y en el instrumento más eficaz de «la herencia de aquello que no se transmite sin intervención»: la educación.
Tribunales de menores.
En nuestra vida jurídica se prepara un cambio notable. Un cambio que puede calificarse de comienzo de la socialización del derecho. El desarrollo de la ciencia en los últimos decenios, en especial de la psicología práctica, la biología y la sociología, ha hecho que nuestro cuerpo social fuera examinado con métodos siempre nuevos y desde puntos de vista siempre nuevos; con el resultado de que, finalmente, también conexiones hasta entonces desconocidas o discutidas entre economía y derecho, orden social y justicia penal recibieron su esclarecimiento o su confirmación. Despertó la crítica, la estadística se puso a su lado y pronto empezó a imponerse una nueva concepción de la naturaleza del delito y del delincuente, del fin de la pena, del carácter y la función del derecho penal. Mientras la vieja escuela jurídica clásica, apoyada en la teoría del libre albedrío, ve el fin de la pena en la expiación y la retribución, la nueva escuela enseña a considerar al delincuente y al malhechor como víctima de disposiciones morbosas heredadas o como producto de las condiciones sociales, a quien no corresponden los horrores de nuestra barbarie penitenciaria, sino los beneficios de medidas curativas y educativas conscientes de su fin. La vieja concepción se mantiene todavía, con autoridad apenas disminuida, en las universidades y en las salas de los tribunales; pero por firmemente que su conservadurismo arraigue en el suelo del actual orden económico y social, la socialización de la vida social que penetra por todas partes le arranca ya concesiones. La más significativa de ellas beneficia, de manera característica, a la juventud: el tribunal de menores.
El movimiento en favor de los tribunales de menores se sostiene en la idea de que en los delitos de los jóvenes se trata principalmente de consecuencias de una educación descuidada, de falta de madurez intelectual y moral, de descarrío moral y de atrofia social, y de que por ello el castigo de los jóvenes exige un tratamiento especial en el que no esté en primer plano el fin de la retribución, sino el propósito de la enmienda o la curación.
Los primeros tribunales de menores surgieron en Australia, Inglaterra y América; especialmente en los Estados Unidos han alcanzado desde hace unos doce años una gran difusión y una organización ejemplar. En Alemania ha tardado mucho la modesta reforma en imponerse. En 1907 se fundó el primer tribunal de menores en Fráncfort del Meno; en 1908 siguieron Berlín, Colonia, Stuttgart y otras ciudades; actualmente puede haber unos 200 tribunales de menores en el Imperio alemán, cuya eficacia, sin embargo, se ve gravemente mermada tanto por la falta de plan y la abigarrada diversidad de su forma de organización como por el carácter del derecho penal vigente, que no conoce la elección entre castigo y educación. Para subsanar las más sensibles y entorpecedoras de estas deficiencias, se presentará próximamente al Reichstag el proyecto de una ley de tribunales de menores.
La modificación más importante en la disposición externa del procedimiento penal contra jóvenes consiste —según Polligkeit— en que en el tribunal de menores personas especialmente capacitadas para ello, como juez de menores, auxiliar del tribunal de menores y fiscal de menores, colaboren unánimemente desde el comienzo del procedimiento penal hasta el final del período de prueba. La actividad de estos órganos se apoya en el examen del estado físico y mental del acusado y en la investigación de sus circunstancias personales, su origen, su desarrollo y su entorno. La prisión preventiva se sustituye en lo posible por el internamiento en custodia protectora o bajo tutela asistencial; las salas de audiencia del tribunal de menores están separadas —para evitar el contacto del acusado joven con delincuentes adultos—, la publicidad del procedimiento está limitada; al procedimiento mismo se le quita, prescindiendo de la toga, etc., la frialdad de la formalidad burocrática. Mano a mano con el juez y el fiscal trabajan los representantes de la asistencia al tribunal de menores, que se reclutan en su mayoría entre asociaciones de asistencia y de fomento de la juventud (Jugendpflege).2 Como pena entra en consideración en primer lugar la amonestación; si hay que condenar a prisión, la concesión de la suspensión condicional de la ejecución de la pena proporciona al condenado la oportunidad de ganarse, con buena conducta dentro de un plazo determinado, la remisión completa de la pena.
Lo cierto es que los tribunales de menores representan un progreso; pero si su eficacia ha de ser profunda y duradera, necesitan todavía enormemente ampliarse y perfeccionarse, más o menos en la dirección y en el espíritu que elevan los tribunales y las cárceles de menores americanos a la condición de instituciones asistenciales ejemplares y de hogares educativos de benéfica influencia.
Para promover una orientación y una aclaración generales en la cuestión de los tribunales de menores, la Central de Asistencia a la Juventud ha organizado, «en el marco de sus propias tareas y apoyándose en la actitud favorable de las autoridades judiciales de casi todos los Estados federados», Jornadas de los tribunales de menores: en 1909 la primera en Charlottenburg, que trató de la organización del tribunal de menores, de la técnica de su administración y de sus relaciones con la vigilancia protectora y la asistencia; en 1910 la segunda en Múnich, que se ocupó preferentemente del curso del procedimiento forense, pero que además, con su segundo tema principal, «Pena y medidas educativas», tendió un puente hacia la tercera jornada de los tribunales de menores, que se celebró del 10 al 12 de octubre en Fráncfort del Meno.
Esta tercera jornada —tras una discusión teórica, desacertada en su concepción fundamental, sobre el problema «Pena y educación»— tomó posición respecto al proyecto gubernamental de ley de tribunales de menores publicado entretanto, al exigir la elevación del límite de la responsabilidad penal a los catorce años, la impunidad en caso de desarrollo retrasado y falta de madurez, la implantación obligatoria de tribunales de menores en las sedes de los tribunales regionales y la ampliación de su competencia, la condena condicional y la rehabilitación en caso de buena conducta.
Corresponderá ahora al Reichstag hacer del proyecto una ley útil.
Más sueño para los niños.
El sueño es el acreedor más inexorable del ser humano. Exige su derecho e insiste con tenacidad en el pago de su haber. ¡Ay de quien peque de forma duradera contra la necesidad natural de restablecer, mediante el reposo del sueño, el equilibrio alterado del metabolismo en el cuerpo humano! Lo pagará con la pérdida de su tensión nerviosa, si no con una decadencia física y psíquica general. Días, e incluso semanas, puede el hombre vivir sin comida ni bebida, pero no sin sueño. Este es, después del aire, de la mayor importancia para la formación y el mantenimiento del organismo humano. Especialmente en los años del crecimiento y del desarrollo. Pues durante el sueño la desintegración de la sustancia corporal viva disminuye considerablemente y, por otra parte, su regeneración experimenta un aumento enorme. El sueño significa, por tanto, menor pérdida y mayor ganancia. Esta compensación activa es la más feliz para el organismo que está en formación y en maduración. Por eso la necesidad de sueño del niño es mayor precisamente en las épocas de desarrollo más intenso. «Mejor conceder al niño algo más de sueño que demasiado poco», dice el doctor Stackow; «demasiado sueño apenas puede ofrecérsele a un niño».
Nuestros niños duermen en general demasiado poco. La inquietud de nuestra época ha alcanzado ya también su círculo vital. La irritabilidad nerviosa que todos padecemos en mayor o menor medida los saca también a ellos de la cama antes y los deja llegar al descanso más tarde de lo que conviene a su bienestar. A ello se suman, como el peor de todos los males, las penosas condiciones sociales. Cuando el padre y la madre dejan el lecho en lo más oscuro del alba para ir al trabajo, es inevitable, dada la estrechez de la vivienda, que los pequeños se despierten. Pronto llega también a sus oídos el ruido de los pasillos y escaleras del cuartel de alquiler, el estrépito de las calles y los patios. Y por la noche, cuando la madre, tras la carga del día, todavía lava y friega, solo tarde pueden hallar descanso y sueño. Otros son ya ellos mismos asalariados, tienen que repartir panecillos y periódicos al rayar el alba y se afanan a horas en que todo duerme haciendo recados o en los campos de remolacha por un mísero pedazo de pan. Un papel funesto para el niño desempeña también, por cierto, la falta de juicio de los padres. En su juventud, que en general fue aún peor que la de sus hijos, aprendieron el refrán «A quien madruga, Dios le ayuda»,3 y creen ahora que eso ha de ser cierto siempre y en todas las circunstancias; así, se alegran y consideran un logro digno de elogio que su hijo se convierta en un «madrugador». Del mismo modo les parece del todo inofensivo que a altas horas de la noche siga moviéndose en el círculo de los adultos y anime la casa o la calle con su alegre alboroto. Sí, con harta frecuencia padres irreflexivos animan o incluso obligan al niño a permanecer despierto hasta bien entrada la noche. En cervecerías al aire libre, en fiestas de tiro, en diversiones de toda clase, excursiones y salidas, etc., pueden verse padres con niños cansados y ebrios de sueño a altas horas de la noche; en algunas ciudades, por ejemplo Halle, está especialmente extendida la censurable e inescrupulosa costumbre de arrastrar consigo a los niños [¿a altas horas?] de la noche por tabernas, salones de baile, cervecerías y calles. En Magdeburgo, según informes de los médicos escolares, el 44 por ciento de los escolares dormía demasiado poco; en Menden, una pequeña ciudad cerca de Iserlohn, el 38,5 por ciento. En Berlín, el doctor Bernhard comprobó en 6551 alumnos de escuelas municipales que dormían 608 horas al año de menos y que tendrían que dormir unos 25 días seguidos, día y noche, para recuperar lo perdido. Los pobres gusanillos son dignos de lástima; quien les hubiera robado el alimento no los habría perjudicado más.
Cuánto tiempo debe dormir un niño no puede determinarse al minuto, ya que, según las disposiciones individuales, un niño muestra una necesidad de sueño mayor y otro una menor. También influyen el clima, la estación del año, la tranquilidad y la oscuridad de la habitación, el calor de la cama y el estado de salud. Pero en general la investigación científica y la observación práctica han llegado a ciertas normas.
Según ellas, un niño debe dormir
| hasta los 2 años | unas | 18 horas |
| de 2 a 6 años | unas | 14 horas |
| de 6 a 8 años | unas | 12 horas |
| de 8 a 10 años | unas | 10-11 horas |
| de 10 a 12 años | unas | 9-10 horas |
| de 12 a 14 años | unas | 8½-9½ horas |
siempre que esté sano. Los dictámenes de 49 médicos reunidos y publicados por la Liga de Padres para la Reforma Escolar han confirmado este esquema a grandes rasgos. Para la práctica educativa doméstica resultaría de ello el siguiente horario para la juventud en edad escolar:
| Edad | Acostarse | Levantarse |
|---|---|---|
| 7 años | a las 7 | a las 7 |
| 8 años | a las 7½ | a las 7 |
| 9 años | a las 8 | a las 7 |
| 10 años | a las 8½ | a las 7 |
| 11 años | a las 9 | a las 7 |
| 12 años | a las 9 | a las 7 |
| 13 años | a las 9 | a las 7 |
| 14 años | a las 9½ | a las 7 |
Por desgracia, a este horario se opone el comienzo de las clases, con frecuencia demasiado temprano. Nuestra pedagogía oficial no tiene en cuenta el bienestar del niño; el horario y la rutina burocrática4 le importan más que la salud de sus pupilos. En el campo, sobre todo allí donde la codicia agraria tiene hambre de trabajo infantil barato, las clases empiezan a veces ya a las 6 de la mañana. Si los niños tienen un largo camino hasta la escuela, han de levantarse poco después de las 4, a lo sumo a las 5. Es un pecado contra el desarrollo de esta juventud digna de lástima. Los reformadores escolares y los higienistas reclaman, por tanto, un comienzo de las clases en general más tardío; pero no es su conocimiento y su bienintencionada preocupación, sino el interés de la propiedad explotadora, lo que dicta el orden en la escuela como en el Estado.
«Quien educa a un niño», dice el célebre fisiólogo doctor Mosso, «es responsable de su cerebro». Los socialdemócratas necesitamos cerebros sanos, pensamiento claro, fuerza intelectual madura, pues en la revolución de los cerebros descansa la revolución de la sociedad humana. Quien daña y debilita los cerebros es nuestro enemigo. ¡Por eso, más sueño para los niños!
Trato con los niños.
¡Sé indulgente! Educar es un arte difícil que requiere mucho tiempo, calma y paciencia. Si en alguna parte es nocivísimo un carácter agitado, nervioso e impaciente, es aquí. Mira al jardinero: con cuánta entrega y esmero cuida sus flores, cómo las trata con indulgencia y las maneja con cuidado para que prosperen y le regalen flores. Un movimiento duro y torpe, y sus esperanzas quedarían tronchadas; un trabajo ciego y colérico, a lo loco, y todo su esfuerzo sería en vano. Solo la calma puede lograrlo con ellas. Tú también eres un jardinero, tienes en tus manos plantas humanas que necesitan mucho amor e indulgencia, mucho esmero y espera silenciosa. Dales tanta tierra buena como puedas para que cobren fuerza para crecer; no les niegues el sol del amor y de la alegría, bajo el cual todo prospera, y luego… ¡sé indulgente! No censures ni critiques continuamente; no estés siempre machacando al niño; no creas que tienes que estar eternamente recortando y hurgando en la plantita. Déjala en paz y no te angusties si alguna vez comete travesuras. No toda travesura hace un hombre echado a perder, y no toda chiquillada tonta tiene por qué acabar en una vida perdida. ¡Quien no fue un muchacho capaz tampoco será un mozo capaz!5 A los ojos del niño la cosa parece mucho más inofensiva e inocente que a los tuyos; pero el educador debe aprender a mirar las cosas también con los ojos del niño. Cuando el brote se vuelve demasiado exuberante, el jardinero toma el cuchillo y lo poda; cuando el niño empieza a portarse mal de verdad, aún te quedan la severidad, la seriedad y el castigo. Pero no seas mezquino ni te inquietes antes de tiempo; no pierdas demasiado pronto la compostura y la paciencia.
Espera en silencio, observa, compensa con dulzura, pon buena cara y *¡sé indulgente!*Reseña de libros.
Kinderarbeit, Kinderschutz und die Kinderschutzkommissionen [Trabajo infantil, protección de la infancia y las comisiones de protección de la infancia]. Por Luise Zietz. (Cuaderno 3 de la Biblioteca Socialdemócrata de la Mujer). Editorial de la Librería Vorwärts, Berlín. 50 pfennig.
En una exposición instructiva, escrita con soltura, con pleno dominio del material y animada por la sugestiva fuerza de convicción de la experimentada agitadora, el folleto abre estremecedoras perspectivas sobre los abismos de nuestra vida social que se designan con las palabras trabajo infantil, maltrato infantil y desatención infantil. Tras tratar en la introducción, de manera muy general, el trabajo infantil y sus consecuencias nocivas y, en contraste con él, el trabajo como medio educativo, el folleto se ocupa sucesivamente de la legislación alemana de protección de la infancia hasta 1903, de la crítica y la propaganda socialdemócratas, del efecto de la protección de la infancia y de la escandalosa situación en la agricultura y en el servicio doméstico, donde la juventud sigue estando expuesta sin protección a la codicia de los agrarios y a las exigencias de una servidumbre lucrativa sin miramientos. A continuación la exposición se dirige a la fundación, la actividad y las tareas de las comisiones de protección de la infancia, siempre tomando de la vida misma y poniendo ante los ojos, en cuadros sueltos, momentos característicos de la práctica. El apéndice contiene las disposiciones legales pertinentes, cuestionarios modelo, fichas de control, etc. Para los camaradas y las camaradas que se dedican o quieren dedicarse en la práctica al campo de la protección de la infancia, ciertamente penoso y lleno de sacrificios, pero de una importancia infinita, el folleto es francamente indispensable como información, guía y formación práctica.
Zeitschrift für die Behandlung Schwachsinniger [Revista para el tratamiento de los débiles mentales]. Órgano de la Asociación para la Educación, Enseñanza y Cuidado de Enfermos Mentales. Mensual. Año 32. Carl Marholds Verlagsbuchhandlung, Halle del Saale.
Dr. E. Siefert, Psychiatrische Untersuchungen über Fürsorgezöglinge [Investigaciones psiquiátricas sobre los pupilos de la educación tutelar]. Editorial Carl Marhold, Halle del Saale. Precio: 6 marcos.
Responsable de la redacción: Otto Rühle, Halle del Saale.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage, noviembre de 1912, suplemento mensual editado por Otto Rühle para varios diarios socialdemócratas, según el facsímil de la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen), ULB Bonn / zeit.punkt NRW. Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor responsable (Stecklina 2002); se omiten, como en el original del archivo, la cita de Ellen Key, el relato tomado de Salzmann y la sección «Wahrheiten».
Traducción: traducción íntegra al español de las piezas sin firma, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Erziehungs-Beilage = «Suplemento de educación»; Umgang mit Kindern = «Trato con los niños»; Jugendgericht = «tribunal de menores»; Fürsorgezögling = «pupilo de la educación tutelar»; Jugendpflege = «fomento de la juventud». Las citas de Ellen Key, Zetkin, Muthesius, Sombart y Mosso se traducen del texto alemán del suplemento. Las cursivas reproducen el espaciado del original.
Die Gartenlaube, el semanario familiar ilustrado más difundido de la Alemania del siglo XIX. (N. del T.) ↩
Jugendpflege: la política estatal de encuadramiento del tiempo libre de la juventud salida de la escuela, impulsada por el decreto prusiano de 1911; se traduce «fomento de la juventud», distinto de la asistencia a la juventud (Jugendfürsorge). (N. del T.) ↩
El refrán alemán dice literalmente «La hora de la mañana tiene oro en la boca». (N. del T.) ↩
Schema F: expresión alemana para la rutina burocrática y mecánica. (N. del T.) ↩
Así en el original («Wer nicht ein tüchtiger Junge war, wird auch kein tüchtiger Kerl!»); el sentido parece ser que un niño travieso puede llegar a ser un hombre de provecho, de modo que quizá deba leerse otro adjetivo en el primer miembro (p. ej. lustiger, «alegre»). (N. del T.) ↩