Por Otto Rühle

I

De todos los anormales de la escuela, los pobres de espíritu son los que tienen la suerte más dura. En los ciegos, miopes, sordos, duros de oído, tartamudos y mudos, las causas corporales de su inferioridad intelectual y de su menor capacidad de rendimiento están a la vista y son para el maestro un constante recordatorio de que debe ser indulgente y considerado. No así en los débiles mentales y en los de pocas dotes. En ellos, sobre todo en los grados más leves de la debilidad mental infantil, la conexión interna entre la inferioridad intelectual y la anomalía corporal a menudo solo se reconoce con dificultad. En todo caso, la formación pedagógica media de nuestros maestros de primaria no basta para ello. La doctrina de las inferioridades psicopáticas, aunque abarca ya toda una literatura, es para muchos de ellos un terreno todavía completamente desconocido e inexplorado; creen habérselas con la obstinación, la pereza, la rebeldía y la mala voluntad de los niños, donde —a menudo reconocible ya para el profano— solo hay una debilidad mental más o menos pronunciada. Se tocan todos los registros de la disciplina escolar y del sistema de castigos escolares; más aún, con harta frecuencia se trabaja a las pobres criaturas con los medios bárbaros de la charlatanería pedagógica para hacerlas más aptas para los fines de la educación; la paliza escolar, que —para vergüenza de nuestra cultura moderna— sigue desempeñando un papel inquietantemente grande en nuestra educación escolar, entra en acción y cumple su oficio. Es increíble cuánto pecan y cuánto atropellan, sobre todo a los de pocas dotes y a los débiles mentales, maestros brutos, cómodos e incultos, que a menudo suelen tratar a los niños como los verdugos a los ladrones.

Según Damaschke (Aufgaben der Gemeindepolitik [Tareas de la política municipal]), hay en Alemania unos 60 000-70 000 niños (aproximadamente el 0,8 % de todos los escolares) que se sientan en escuelas primarias y privadas aunque su lugar está en escuelas auxiliares para niños de escasa capacidad. La cifra debe de ser más bien baja que alta. En un examen de 40 000 escolares en Sajonia-Meiningen se comprobaron 330 inferiores (0,8 %); según una recopilación de Kalischer, que en 1897 examinó en diez escuelas municipales de Berlín a todos los niños retrasados intelectualmente, y al que con ese fin se llevaron todos los niños de las tres clases inferiores que llevaban más de dos años en su clase actual o en la anterior, resultó que entre 10 132 niños y niñas había 116 inferiores intelectualmente (1,5 %). En Hamburgo se contaron en 1891, entre 66 000 escolares, 342 inferiores (0,51 %); en Fráncfort del Meno, en 1900-1901, entre 19 401 niños, 102 (0,52 %). Pero comparar estas cifras entre sí apenas es lícito, porque los criterios para seleccionar a los débiles mentales no han sido los mismos en las distintas ciudades. En todo caso, es seguro que el número de débiles mentales y de niños de pocas dotes no es pequeño, y que incluso —al menos en lo que se refiere a las escuelas primarias y burguesas (Bürgerschulen)— va en aumento, como muestran las estadísticas del Dr. Dillner, de Plauen, y del Dr. Hofacker, de Düsseldorf, y como cree tener que admitir también el Dr. Laqueur, de Fráncfort del Meno, una autoridad en el campo de la investigación de las anomalías nerviosas y mentales.

La debilidad mental o —para usar un nombre que empleó por primera vez el director de manicomio Dr. Koch, de Zwiefalten— la inferioridad psicopática se basa en una inferioridad congénita o adquirida de la constitución del cerebro o del sistema nervioso en general, aunque a menudo solo en una anormalidad funcional sin conexión orgánica demostrable. Con esto, claro está, no se ha explicado todavía suficientemente la naturaleza de la debilidad mental. Y dar esa explicación no es nada fácil, pues la debilidad mental, pese a su gran difusión y a su gran importancia social, ha sido hasta ahora —como dice Ufer— la hijastra de la investigación psicológica. En las obras de psicología en sentido estricto, incluidas las de Herbart, la debilidad mental, si acaso, solo se menciona de pasada; en los manuales de psiquiatría —de Pinel y Esquirol a Schüle y Krafft-Ebing— solo se encuentran datos pobres, al menos en el aspecto psicológico, e incluso las obras de Emminghaus y Moreau sobre los trastornos y anormalidades psíquicas de la infancia aportan poca comprensión estrictamente psicológica. En los últimos tiempos la debilidad mental se ha convertido mucho más en objeto de investigación y tratamiento médicos, psicológicos y pedagógicos; en especial Kraepelin, Koch, Berkhan, Trüper, Ziehen, Ufer, Laquer y otros han trabajado con éxito en este sentido. A su actividad, así como a los trabajos preparatorios de la escuela de Wundt y a la psicología asociacionista de los ingleses, se debe que hoy se haya hecho al menos cierta luz sobre la naturaleza de la debilidad mental. Según Ufer, la debilidad mental tiene en general más o menos la siguiente base psicofisiológica:

Si se afecta un órgano de los sentidos de rendimiento normal, el estímulo se propaga en forma de movimiento por el nervio y excita finalmente en la corteza cerebral una célula ganglionar, a lo que va unida entonces una sensación determinada: la percepción. Pero para que esta percepción sea como debe, el punto en cuestión no solo tiene que excitarse, sino que esa excitación tiene también que fijarse, es decir, tiene que pasar a un estado duradero que no es movimiento, pero que incita a pasar al movimiento, y precisamente a pasar al movimiento directo que ya se produjo una vez: en pocas palabras, tiene que quedar una disposición a repetir aquel estado, que con un motivo adecuado pueda volver a pasar al movimiento. Dicho psicológicamente: la representación adquirida una vez tiene que poder reproducirse.

Aquí hay que guardarse de la opinión de que la reproducción de una representación se produce desde el lado psíquico de forma totalmente independiente, como si no presupusiera procesos de movimiento en el cerebro. Al contrario: los procesos fisiológicos y los psíquicos están aquí estrechísimamente unidos. Que quede una disposición en la célula ganglionar o, como también se dice, que se deposite en el cerebro una imagen del recuerdo, no depende solo de la constitución más o menos favorable del órgano de los sentidos, sino también de la constitución de la célula ganglionar en cuestión. Si el órgano de los sentidos está embotado, la célula ganglionar, aunque sea normal, se excita demasiado poco para que pueda depositarse en ella una imagen del recuerdo clara, viva y duradera. Pero si la célula ganglionar no tiene la constitución adecuada, un estímulo sensorial enérgico quizá no produzca tampoco una imagen viva del recuerdo, porque el movimiento en la célula se realiza con demasiada pereza y lentitud para que, con la rapidez del estímulo, pueda producirse la alteración necesaria; o la alteración se produce pronta y enérgicamente —surge una sensación viva—, pero el estado así creado no se fija lo suficiente, y la persistencia de la imagen del recuerdo no corresponde a la fuerza de la sensación. Imaginemos ahora que, por ejemplo, de los efectos sensoriales de un terrón de azúcar se han depositado en las células ganglionares imágenes del recuerdo: en una célula, una imagen de la sensación «dulce»; en otra, una de «blanco»; en una tercera, una de «pesado», por no hablar de otras. Imaginemos además que estas imágenes del recuerdo están impresas clara y duraderamente, bien fijadas; con ello se cumple una condición esencial para volver a despertar el estado de excitación en las tres células nerviosas, pero falta todavía una segunda: una representación de cualidad tiene que recordar la otra, atraerla a la conciencia. Para ello hacen falta ciertas conexiones, vías de conducción, entre las distintas células ganglionares, que hagan pasar al mismo tiempo del estado latente al actual las imágenes del recuerdo que en cada caso entran en juego.

Es claro, pues, que para una reproducción clara y duradera hacen falta dos cosas: primero, una constitución adecuada de las células ganglionares; después, una constitución adecuada de las vías de conducción. Si aquí hay trastornos, los grupos de representaciones solo se reúnen débil e incompletamente. Aplicado a toda la vida intelectual, esto quiere decir: con una constitución deficiente de las células ganglionares y de las fibras de asociación que las unen, reina una vida representativa dispersa, a menudo débil, insegura e infiel: existe la debilidad mental.

La ciencia médica es casi impotente frente a la debilidad mental congénita; no conoce curación. Ahí tiene que intervenir la asistencia médica, ayudando con conocimiento de causa a padres y educadores a elegir centros de enseñanza y educación adecuados para débiles mentales y niños de pocas dotes. En la escuela primaria, donde la enseñanza conjunta de los normales y de los de escasa capacidad tiene que llevar a situaciones sumamente malsanas e insoportables, debe procurar que se creen cursos auxiliares, clases auxiliares o escuelas auxiliares especiales, que según Ascher son una tarea de higiene social de primer orden. Que se establezca la norma que el consejero escolar municipal Dr. Wehrhahn, de Hannover, defendió con éxito en la primera asamblea de la Unión de Escuelas Auxiliares —a saber, que en toda ciudad de más de 20 000 habitantes hay lugar para una escuela auxiliar— es de momento una cuestión tan secundaria como la de si en todas las escuelas auxiliares, como pide el Dr. Laquer, ha de aspirarse a crear internados; lo principal es y sigue siendo que se tomen medidas para enseñar por separado a los de pocas dotes y a los débiles mentales (de los idiotas no se habla aquí en absoluto), para que sea posible1 reconocer tempranamente, cosa valiosa para el tratamiento posterior, los distintos grados de la debilidad mental, y para que los niños puedan ser tratados, instruidos intelectualmente y fomentados moralmente de un modo adecuado, adaptado hasta en lo más particular y accesorio a su lamentable estado.

Como informó en 1897 el rector Reinke a la Fundación Diesterweg, por encargo de la cual había visitado entonces las escuelas para débiles mentales de Alemania, Dresde fue la primera ciudad alemana que, a propuesta de los maestros Kern, Stoetzner y Steuer, abrió en 1867 una clase para niños de escasa capacidad. Más tarde siguieron clases auxiliares en Gera y Apolda (1874), Elberfeld (1879), Brunswick (1881), y además escuelas auxiliares en Leipzig (1881), Dortmund (1883), Colonia (1886), Düsseldorf, Lübeck y Aquisgrán (1888) y Fráncfort del Meno (1889), de modo que Wintermann pudo enumerar en 1897, en su estadística de las escuelas auxiliares, 56 centros alemanes para niños de escasa capacidad: 43 escuelas independientes, existentes junto a las escuelas burguesas, y 13 simples clases auxiliares agregadas a la escuela ordinaria. De este modo, en 1897, 225 maestros enseñaban a 4281 niños débiles mentales en 202 clases. El mayor número de alumnos lo tenía Colonia (274), seguida de Leipzig y Breslau (205); el menor, la clase auxiliar de Zittau (10).

Hamburgo figura en esta estadística con la escuela auxiliar del Eilbeckerweg, que, independiente desde 1895, tenía 4 clases de niños con 76 alumnos en total; además, con la escuela auxiliar para niños de la II. Marktstraße, fundada en 1894, que contaba con 5 clases de niños con 100 o 120 alumnos; también con la escuela auxiliar para niñas de escasa capacidad de St. Pauli, que existe desde 1892 y tenía 72 alumnas en cuatro clases, y finalmente con la escuela auxiliar independiente para niñas de St. Georg, fundada en 1895, en la que se enseña a 64 alumnas en 3 clases. Como padres de los niños de pocas dotes figuran en la estadística: «en su mayoría obreros»; «desde el oficial hasta el obrero»; «obreros sin excepción, algunos niños son de clases superiores»; «obreros».

Entretanto, el número de ciudades con escuelas o clases auxiliares ha superado ya el centenar. Ya en 1900 Wintermann indicaba 100 con 7013 niños; últimamente Damaschke habla de 174 escuelas auxiliares en las que se enseña a unos 15 000 niños. En Sajonia, 20 ciudades tienen escuelas auxiliares; además existe un establecimiento del Estado para niños ciegos, sordomudos y débiles mentales en Chemnitz-Altendorf, que, incomprensiblemente, está bajo la dirección de un eclesiástico. El número de escuelas auxiliares existentes en Prusia se cifra últimamente en 91, repartidas en 42 ciudades, que enseñan a 4728 niños en 233 clases. Aunque oficialmente se califica su rendimiento de «en general suficiente, y en parte no pequeña incluso muy bueno», es un hecho que solo un número insignificante de niños de las escuelas auxiliares puede volver a la escuela primaria.

II

La admisión de los niños de pocas dotes y débiles mentales en la escuela auxiliar se hace casi en todas partes tras un examen previo del médico escolar, y solo en pocas escuelas sin él. Para obtener sobre la naturaleza de los niños, en todos los aspectos posibles, información clara tanto para el médico como para el educador, se han introducido en numerosas escuelas auxiliares las llamadas hojas de observación, que piden anotaciones en las rúbricas siguientes: datos sobre los padres, sobre los hermanos, sobre las condiciones domésticas, la herencia patológica, las enfermedades, el estado del ánimo y del carácter, etc. Estas hojas de observación son de gran importancia para investigar las causas de todos los diversos defectos intelectuales de los niños. Cuanto más se pueda averiguar y demostrar sobre la carga hereditaria psicopática y neuropática, sobre las cualidades intelectuales y morales de los padres y consanguíneos, sobre antecedentes criminales, alcoholismo, disposición del carácter de los progenitores, etc., tanto más dignas de atención y valiosas son las indicaciones que se obtienen para investigar las causas y para el tratamiento médico y pedagógico de los defectos. Está comprobado, por ejemplo, que un alto porcentaje de los alumnos de las escuelas auxiliares tiene una disposición psicopática. En muchos la disposición queda en el estadio de predisposición; en otros se desarrolla hasta una carga psicopática (hereditaria), que a su vez puede agravarse hasta una degeneración psicopática, quizá incluso hasta una psicosis o una verdadera enfermedad mental. Trüper opina que, si ambos padres tienen carga psicopática, también los hijos traen consigo al mundo la disposición, es decir, existe la posibilidad de que el niño adopte las cualidades de los padres. Ciertas circunstancias, por ejemplo una educación contraria, pueden impedirlo; en otro caso, en cambio, favorecerlo. Esto último ocurrirá si las cualidades defectuosas de los padres influyen constantemente en el niño a través de la educación, de modo que el niño vea quizá sus ideales en los defectos y debilidades de los padres. Por eso conviene, en cuanto se manifiesta una carga llamativa, trasladar al niño, al menos temporalmente, a otro entorno que contrarreste esa influencia.

Junto a la debilidad mental congénita se distingue la adquirida. Puede tener diversas causas. En las clases sociales altas, con más frecuencia que en las bajas, se da el fenómeno de que niños de dotes medianamente malas se ven obligados a asistir a escuelas secundarias y a elaborar una enormidad de materia científica sin ser capaces de ello. Esta sobreexcitación puede tener como consecuencia la debilidad mental. Casos como los que E. Herrmann cuenta como vividos por él no son nada raros: un muchacho tenía que aprender de memoria, con siete años, montones de palabras latinas y francesas; a los dos años contrajo una peligrosa encefalitis; otro muchacho estaba ya con nueve años en la primera clase del Gymnasium2; tres años después tuvo que dejar la escuela por enfermedad y más tarde las pasó negras para salir adelante en la escuela primaria. «Los niños listos no llegan a viejos», dice el refrán, y en efecto se ha comprobado que antiguos niños prodigio han retrocedido después intelectualmente, o se han embrutecido del todo, en número relativamente grande. Moreau ha escrito sobre ello un capítulo entero en su libro La locura en la infancia.

Para muchos niños, sobre todo de corta edad, también nuestra enseñanza escolar actual significa una sobrecarga intelectual que, si no a la debilidad mental, puede llevar a un mayor o menor embotamiento del intelecto. Trüper encontró en una escuela de párvulos a niños de tres a cinco años a quienes se habían inculcado todas las «profecías mesiánicas»: ¡hágase uno una idea de lo que se exigirá entonces a veces al cerebro de los niños en la escuela! Numerosos fisiólogos —recordemos aquí solo a Mosso— están convencidos de que un niño de seis a nueve años todavía no tiene la madurez cerebral necesaria para aprender sin peligro para el desarrollo de su espíritu y de su cuerpo a leer, escribir y contar, para memorizar oraciones y sentencias, para moverse en razonamientos religiosos; en una palabra, para cumplir las tareas que hoy impone la enseñanza escolar al niño a esa edad. Pese a todo, se sigue exigiendo a los niños estos trabajos; la mayoría de ellos quedan sobrecargados por ello, muchos con daño duradero para su capacidad de rendimiento intelectual. Lo que más contribuye es el primer año escolar, que, según opina Preyer, no solo deforma el espíritu, sino también el cerebro: el centro de la escritura y la lectura se desarrolla de forma hipertrófica a costa de las demás partes del cerebro. Ábrase la primera cartilla escolar que se tenga a mano, recomendada por las autoridades e introducida oficialmente, que es el único libro de aprendizaje durante el primer año escolar: Ruf, ruf, reif, meist, reist, feist, faust, lau, laut, lauf, mal, faul, weil. —El limón es una fruta. El cigarro arde sin llama. He recibido una nota. El coro canta un coral, etc. Con esta materia de enseñanza, con esta paja vacía y seca, tienen que atormentarse los pobres cerebros de los niños durante la mayor parte del tiempo de clase, igual que durante la mayoría de las horas de deberes, día tras día, año tras año, martirizarse y torturarse de palabra y por escrito. ¿Puede extrañarnos que el espíritu se atrofie? ¿No es nuestra escuela con harta frecuencia directamente una escuela de la debilidad mental y del empobrecimiento intelectual? Basta representarse las masas de materia religiosa que hay que memorizar y que todavía tienen que incorporarse a la lamentable memoria de los niños, y pensar además en qué violaciones y malos tratos de la sana razón encierran casi siempre esos textos de memoria, y no se necesitará ya respuesta alguna a esta pregunta.

Pero las causas más numerosas y de más peso de la debilidad mental se remontan a nuestras condiciones sociales. El ejército de los inferiores intelectuales es un ejército de acusadores contra nuestra sociedad capitalista; pues esas decenas y centenas de miles en camino de la idiotez son en lo principal productos de nuestras lamentables condiciones económicas y sociales, que claman al cielo, que carecen de toda justicia, que por un lado dan a un pequeño número de hombres la posibilidad de amontonar montañas de oro, mientras por otro millones viven una vida llena de pobreza, miseria, vergüenza y vicio, a menudo sin saber con qué calmar el hambre que los atormenta ni dónde reclinar la cabeza martirizada por las preocupaciones; que traen al mundo a sus hijos enfermos, porque su cuerpo consumido, marchito, extenuado ya no es capaz de dar un fruto sano, y que no pueden ofrecer ni alimento suficiente ni cuidados, ni vivienda sana ni hogar ordenado, ni atención ni educación. Está comprobado que los débiles mentales son en su inmensa mayoría hijos de obreros, que un alto porcentaje de ellos ha nacido fuera del matrimonio y que otro desciende de padres tísicos o alcohólicos. El Dr. Cassel, de Berlín, que examinó a 129 niños inferiores, comprobó que el 62 % de ellos había aprendido a andar solo después del segundo año de vida, y el 44 %, a hablar solo después del tercero. Los exámenes de los médicos escolares han mostrado que apenas la mitad de todos los alumnos de primaria está sana, que aproximadamente el 25 % padece más de un fenómeno patológico; más aún, el Dr. Gastpar, de Stuttgart, encontró solo 15,7 de cada 10 000 niños cuyo estado de salud fuera normal.3 El mal estado de nutrición de los niños pobres, causado por la falta de albuminoides, produce una receptividad mucho mayor a las enfermedades; así, en los niños mal alimentados se encuentran frecuentes y graves catarros intestinales y diarreas con vómitos, escrófulas, raquitismo, catarros bronquiales, tisis, pulmonía, enfermedades de los ojos y los oídos, del cerebro, graves secuelas de la tos ferina, la difteria, el sarampión, la escarlatina, etc. En cuerpos así debilitados, enfermizos, enfermos, no queda naturalmente nada para el desarrollo de las dotes intelectuales; el cerebro está mal irrigado, queda por ello atrasado en el crecimiento y en la madurez, los nervios están mal nutridos, padecen sobreexcitación por debilidad y no funcionan como en una constitución corporal sana. A ello se añade la estancia en viviendas sofocantes, estrechas y húmedas, la falta de un cuidado regular de la piel y de ejercicio corporal, el trabajo asalariado temprano, etc. Todo el peso aplastante de la miseria social, bajo el cual sufre y sangra el proletariado, imprime también su sello característico al capítulo, sombrío y triste, de los niños débiles mentales.

Solo un par de ejemplos: en la Zeitschrift für Schulgesundheitspflege [Revista de Higiene Escolar] comunicó hace algún tiempo el Dr. Wegener que en la clase de recuperación de la escuela municipal de Wasungen, en Turingia, había 25 niños y 10 niñas, aunque todo el pueblo solo contaba 587 alumnos de primaria. Las causas de este porcentaje extraordinariamente alto (6 %) habría que buscarlas en las condiciones sociales extraordinariamente tristes de aquella región. Reducida a unas ganancias verdaderamente míseras, gran parte de la población, compuesta sobre todo de obreros a domicilio, vive solo de pan, patatas y aguardiente. Para ganarse el sustento, toda la familia, incluidos los niños apenas salidos de la cuna, se sienta en su estrecha habitación, que casi siempre sirve a la vez de dormitorio y de cocina, desde la mañana hasta la noche, para pintar y terminar máscaras u otros artículos de broma, o para ayudar en la zapatería. Junto a los hombres y las mujeres adultos beben aguardiente también los escolares; lo beben y lo comen mezclado con azúcar y untado en el pan. Hasta a los lactantes se les llena el chupete de goma con aguardiente mezclado con azúcar. La herencia y la mísera alimentación, unidas a viviendas insalubres, han causado el alto porcentaje de niños débiles mentales, que en su mayoría están también degenerados físicamente. Los niños de la escuela auxiliar están de 3 a 4 años por detrás de los de su edad en talla y peso y presentan formas graves de raquitismo y escrofulosis.

En las escuelas de Dresde, donde en un año se midió la estatura de 57 000 niños, se comprobó que los repetidores eran por término medio medio año de crecimiento más bajos que los no repetidores de la misma edad. En los niños que habían repetido varias veces se mostró una diferencia todavía mayor. Existe, pues, de forma demostrada, un paralelismo entre el desarrollo físico y el intelectual, de tal modo que el desarrollo intelectual se ve perjudicado en general en la misma medida en que el físico sufre daño por lo desfavorable de las condiciones.

Que también, y en especial, el consumo de alcohol, que en lo principal es uno de los fenómenos concomitantes de la miseria, influye en alto grado en el estado intelectual de los niños es cosa sabida; solo que, por desgracia, se tiene demasiado poco en cuenta. Las autoridades médicas llevan años dirigiendo a los padres que quieren conservar a sus hijos sanos de cuerpo y de espíritu la urgente advertencia de no darles bebidas alcohólicas. Pero también el envenenamiento del germen vital por el alcohol encierra un gran peligro para el niño: los padres alcohólicos, los padres dados a la bebida, tienen casi siempre hijos débiles mentales. La procreación en estado de embriaguez es, según la convicción de muchos médicos, sobre todo psiquiatras, la causa más segura de la debilidad mental del futuro hijo. Una sola borrachera de un hombre por lo demás sobrio puede bastar —si la procreación de un hijo se produce en esa borrachera— para cargar a un ser digno de lástima con la miseria de una inferioridad intelectual de por vida, en todos sus grados. Bourneville encontró entre 1000 idiotas alcoholismo del padre en 471, de la madre en 84, de ambos en 65, es decir, en 620 casos en total. En 57 casos pudo demostrarse con seguridad, y en 24 con probabilidad, embriaguez durante el acto de la procreación. Dahl encontró que del 50 al 60 % de los idiotas descienden de padres alcohólicos. Howe calcula el 48,3 %. Los internos de los manicomios alemanes son hasta en un 60 % hijos de bebedores. Estadísticas escolares precisas de escuelas de Viena, Leipzig y Bremen demuestran que los alumnos más débiles y de menor rendimiento son los que consumen bebidas alcohólicas en cantidades mayores o menores. En las comarcas bendecidas por el vino, los maestros pueden informar con seguridad, por el nivel intelectual de sus clases, sobre la calidad de las cosechas: cuanto mejor el vino, más tontos los niños engendrados ese año. La esperanza en el futuro de la clase obrera descansa en la revolución de los cerebros. Por eso su mayor enemigo es quien corrompe esos cerebros, quien menoscaba su capacidad de funcionar. Eso hace el alcohol. Por eso, fuera con él.

Pero no solo el alcohol: también la miseria, la pobreza, el hambre, la enfermedad, el exceso de trabajo, toda la serie interminable de los sufrimientos y necesidades bajo los que gime y suspira el proletariado. Acabemos con la pobreza y el hambre, demos a la humanidad condiciones de vida más dignas, suprimamos la explotación y la servidumbre, los aranceles usurarios y las tarifas del hambre, destruyamos el Estado de clase y trabajemos sin descanso en nuestro levantamiento y fortalecimiento, nuestra curación y nuestra educación, y entonces la generación del futuro será, de cuerpo y de espíritu, lo bastante sana y fuerte, apta para la vida y capaz de rendimiento como para administrar la herencia que le ha dejado como sagrado legado la evolución precedente.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes del Hamburger Echo: entrega I, n.º 295, 17 de diciembre de 1905, segundo suplemento, pág. 9 (OR1905-50), cotejada con la imagen de la página (Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg, Deutsches Zeitungsportal); entrega II, n.º 299, 22 de diciembre de 1905, primer suplemento (OR1905-51). Un extracto de la entrega II se reprodujo como «Soziale Ursachen des Schwachsinns» en el Vorwärts, n.º 301, 24 de diciembre de 1905 (OR1905-53).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Schwachsinn, schwachsinnig se traducen «debilidad mental», «débil mental»; schwachbegabt, «de pocas dotes»; schwachbefähigt, «de escasa capacidad»; Minderwertigkeit, «inferioridad», según el glosario; Hülfsschule, «escuela auxiliar»; Belastung, «carga hereditaria»; Englische Krankheit, «raquitismo».

  1. El impreso dice «unmöglich wird» («se haga imposible»), errata evidente por «ermöglicht wird» («se haga posible»), que es lo que pide el sentido. (N. del T.) ↩

  2. Gymnasium: centro alemán de enseñanza secundaria clásica, con latín y griego, que preparaba para la universidad; se deja en alemán. (N. del T.) ↩

  3. Así en el original; en «Der moderne Kindermord» (OR1905-36) la misma cifra se da como el 15,7 % de 10 100 niños. (N. del T.) ↩