II

Sobre la naturaleza y el carácter de la escuela simultánea no hay que hacerse ilusiones: tiene, igual que la escuela confesional, enseñanza de la religión. Solo con la diferencia de que en la escuela simultánea se da separada por confesiones, si es preciso con la colaboración del clero, es decir, enseñanza religiosa católica para los niños católicos, evangélica para los evangélicos, judía para los judíos, mientras que en la escuela confesional todos los niños que pertenecen a la escuela de que se trate tienen que asistir a la enseñanza religiosa y confesional de la confesión que en ella domine. Otra diferencia consiste en que en la escuela simultánea las demás materias no se tratan desde el punto de vista de una concepción confesional, como ocurre en las escuelas confesionales. Así pues, en las escuelas simultáneas no se conoce, por ejemplo, ni una enseñanza católica ni una evangélica de la historia, sino una enseñanza de la historia que no es ni católica ni evangélica, es decir, paritaria o simultánea, esto es, adecuada para ambas partes. «Escuela simultánea», definía en su ponencia en el 26.º Congreso de Maestros Alemanes el pedagogo Ries, «es, en el fondo, toda escuela en la que las materias profanas se enseñan por principio de tal modo que los miembros de cualquier confesión puedan asistir a ellas en todo momento».

¿Cómo?, preguntarán nuestros lectores, ¿no es así en todas partes en nuestras escuelas? ¿Es que los alumnos de las escuelas católicas reciben otra enseñanza de la historia, de la geografía o de las ciencias naturales que los luteranos, los reformados o los judíos? ¿Es posible que en nuestra escuela primaria, que no solo ha de llevar a los jóvenes a cierta madurez intelectual, sino también educarlos como caracteres morales, se dé una bofetada tan brutal a una de las exigencias cardinales de la educación moral, la veracidad, que se enseñen dos o tres clases de verdades? Por desgracia —para vergüenza de nuestra escuela primaria hay que decirlo— existe esta situación increíble, que se burla de toda razón y de toda moral. Toda la enseñanza de la historia en nuestra escuela primaria está dominada por el mal de raíz de la parcialidad nacional y confesional, y no representa en su mayor parte, con luz evangélica o católica, otra cosa que una sola y gran falsificación y mentira de la historia. Lo que en las escuelas católicas se ensalza y admira es en las evangélicas blanco de ataques hostiles, y a la inversa. Si en nuestras escuelas primarias la historia se enseñara desde el punto de vista de la concepción materialista de la historia, semejante vacilación en el juicio sobre los acontecimientos y las personas históricas sería del todo imposible. Pero así, junto a un lastre muerto de fechas, nombres de príncipes y relatos de batallas, se hace pasar por historia un batiburrillo de anécdotas más o menos banales, y con ello se abren de par en par las puertas a los falsificadores «científicos» para sus oscuros fines secundarios.

El mismo mal convierte en una farsa la enseñanza de las ciencias naturales en nuestras escuelas. Donde todavía se enseña la obra de los seis días de la creación como un hecho garantizado por la palabra divina de la Biblia, no puede haber lugar para la teoría de la evolución, que constituye el eje del conocimiento moderno de la naturaleza; en el mejor de los casos, su tratamiento, allí donde se cree no poder pasarla por alto, se reduce a una mísera desfiguración y chapuza de la ciencia.

Puede que en la escuela simultánea esta falsificación sistemática, esta funesta mezcla de la ciencia con razonamientos religiosos, no salga siempre a la luz de forma tan cruda como en la escuela confesional; pero quien creyera que allí no se encuentra en absoluto se equivoca enormemente. Hasta los más celosos defensores de la escuela simultánea exigen «que un espíritu moral-religioso impregne a alumnos y maestros» y que «la enseñanza no pueda entrar en contradicción con él». Eso solo puede significar: la ciencia ha de enseñarse desde el punto de vista de la religión. Que a la coloración religiosa de la ciencia se le añada después o no una coloración confesional suplementaria no es una diferencia tan grande; allí como aquí se falsea y se colorea. De ello resulta que la escuela simultánea está muy lejos de ser una organización escolar ideal. Frente al peligro de que la escuela primaria se llene de beatería, no ofrece más que una protección débil, si es que ofrece alguna. Por eso los socialdemócratas consideramos la escuela simultánea, comparada con la escuela confesional, solo como el mal menor, y en la lucha por la escuela primaria no puede satisfacernos, como a los liberales, que se logre salvar la escuela simultánea del asalto de los reaccionarios; para nosotros no hay más que una exigencia de principio: supresión total de la enseñanza religiosa del plan de estudios de la escuela primaria, laicidad completa de la escuela. Solo esta exigencia merece, en la lucha entre la fe y la ciencia en el terreno de la escuela, el sudor de los nobles;1 solo la intervención enérgica del pueblo entero en favor de esta exigencia puede —lo que la insustancial medianía de la escuela simultánea no es capaz de hacer— levantar un dique resistente contra la embestida asesina de la cultura de los oscurantistas de todas las especies y calibres.

En un escrito aparecido en 1878, un conocido pedagogo pronunció sobre la escuela simultánea, que ya en 1863 el pedagogo Diesterweg había dejado muy atrás en sus Schulforderungen [Exigencias escolares], el juicio siguiente: «Bien mirado, con la escuela simultánea no se gana nada para el tratamiento pedagógico de las distintas materias, y la formación confesional no sufre el menor menoscabo. Se gusta de destacar que en la escuela simultánea pueden nombrarse maestros sin consideración a una confesión determinada; eso sencillamente no es verdad, porque en todas partes, al cubrir las plazas de maestro, se tiene en cuenta la confesión religiosa de los niños que asisten a la escuela. En Prusia se procura incluso alternar a los directores de las escuelas simultáneas según la confesión: a uno evangélico se le hace seguir uno católico, y a la inversa. Si prescindimos de las ventajas puramente externas —con la reunión de las distintas escuelas confesionales se quiere, en efecto, ahorrar dinero y remediar la maldita escasez de maestros—, en las escuelas simultáneas no tenemos otra cosa que varias escuelas confesionales reunidas bajo un mismo techo. Para una educación y una formación independientes de los dogmas religiosos y de la Iglesia, es decir, puramente humanas, no se gana nada con ellas; en una separación de la escuela y la Iglesia no cabe ni pensar con esta institución. No, la escuela simultánea no es un progreso; puede ser incluso un obstáculo muy peligroso para un desarrollo ulterior de nuestra enseñanza que corresponda a las esperanzas y los deseos del partido demócrata. No puede bastarnos la escuela confesional, ni la pura ni la mixta, sino la escuela completamente sin religión; lo que queda en medio no vale la pena de la lucha».

¿Quién era, pues, el pedagogo que escribió estas frases? Era el viejo demócrata Eduard Sack, que hoy es redactor de la Frankfurter Zeitung, miembro del mismo partido que ahora ya no tiene en absoluto el valor de exigir la supresión de la enseñanza religiosa en la escuela y que, en cambio, para tapar y disimular su incapacidad, celebra y alaba en su prensa y en sus asambleas la escuela simultánea como una «necesidad histórico-cultural, político-nacional y pedagógica». Tan completa es la bancarrota del liberalismo, tan irremediablemente ha caído en el pantano, que ante el golpe insolente y contundente que los junkers y los curas asestan actualmente a la escuela primaria prusiana ya no se atreve siquiera a plantear sus propias exigencias. Tanto más motivo tenemos nosotros para dar a entender con toda energía a los enemigos de la escuela y de la cultura que la socialdemocracia defiende esta exigencia, y que con ello está dada la garantía más segura de que esa exigencia se convertirá tarde o temprano en realidad.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del Volksblatt für Halle und den Saalekreis, 16.º año, n.º 295, 17 de diciembre de 1905, segundo suplemento (2. Beilage), pág. 9, digitalizado por la Universitäts- und Landesbibliothek Sachsen-Anhalt (ficha DDB: https://www.deutsche-digitale-bibliothek.de/newspaper/item/JYJPKGWI5QETDQV7CQJCXW2BH4SUD4OJ). Sin firma al final; es la continuación de «La escuela simultánea. I» (16 de diciembre de 1905), firmada «O. R.».

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Simultanschule se traduce «escuela simultánea»; Konfessionsschule, «escuela confesional»; Vermuckerung, «llenarse de beatería»; Sammelserium (por Sammelsurium), «batiburrillo»; Weltlichkeit der Schule, «laicidad de la escuela». Se conservan las cursivas del original, que reproducen su espaciado.

  1. (N. del T.) «Des Schweißes der Edlen wert»: cita proverbial de la oda de Klopstock Der Zürchersee («Reizvoll klinget des Ruhms lockender Silberton / In das schlagende Herz, und die Unsterblichkeit / Ist ein großer Gedanke, / Ist des Schweißes der Edlen wert!»). ↩