Por Otto Rühle
Hace cosa de un año circuló por la prensa la noticia de que una vez más todos los sínodos provinciales de Prusia se habían ocupado de fijar la materia religiosa que había de aprenderse de memoria (Memorierstoff) en las escuelas populares. Se llegó al acuerdo de exigir en todas las escuelas al menos 110 sentencias del Nuevo Testamento y de 20 a 40 del Antiguo, así como 20 cánticos de iglesia.
Ahora, según informa la Volkszeitung de Berlín, el Consejo Superior Eclesiástico ha dirigido a todos los consistorios de la Iglesia territorial un decreto que persigue un doble objetivo: acordar en todas las provincias, entre las autoridades eclesiásticas y escolares, un «mínimo de materia religiosa de aprendizaje» y fijar del modo más uniforme posible en toda la Iglesia territorial las piezas que se acuerden.
En fiel concordancia con los acuerdos de los sínodos, el Consejo Superior Eclesiástico se propone, pues, establecer la uniformidad de la materia de memoria; pero, para que se respeten las «particularidades legítimas», el asunto no se regulará desde una instancia central. El Consejo Superior Eclesiástico se ha limitado a determinar una cierta cantidad de materia que se encuentra en toda la Iglesia territorial. Este patrimonio común vale provisionalmente como mínimo: consta de 94 sentencias, 13 cánticos y 7 salmos. Como se ve, la exigencia de los sínodos casi se ha alcanzado; en lugar del número reducido de sentencias han entrado 7 salmos que los sínodos no habían pedido. Pero no basta con eso. La cantidad de materia propuesta deberá aún ser «completada en cada provincia», y solo entonces, de acuerdo con las autoridades de inspección escolar, se fijará el mínimo de materia religiosa de memoria que deberán aprender los niños de las escuelas populares.
La noticia bien puede servir para llamar de nuevo la atención de círculos más amplios sobre el mal de que la Iglesia siga ejerciendo un derecho de codecisión sobre la configuración del plan de estudios y la medida de la materia de enseñanza en la escuela. Pero también —y esto muy especialmente— sobre un desatino pedagógico que sigue causando estragos de manera espantosa en nuestras escuelas populares. Un desatino, una barbarie, un pecado contra la sana razón de los niños: en la vida escolar tiene un nombre elocuente, la peste de las sentencias (Spruchpest).
La «educación religioso-moral» que con tanto empeño se practica en nuestras escuelas populares —ya de suyo un contrasentido, porque la religión eclesiástica, por su naturaleza, no educa moralmente, o al menos no necesita hacerlo— ha traído consigo necesariamente otro contrasentido: la memorización o aprendizaje de memoria.
En una época en que la pedagogía medía el éxito de la enseñanza escolar por la cantidad de conocimientos almacenados mecánicamente en la memoria del alumno, podía haber con cierta razón en la escuela un espacio para grabar y retener de memoria materias religiosas. Pero desde que, junto al lado material de la enseñanza, se ha aprendido a reconocer y apreciar cada vez más su gran importancia formal, cabría esperar que en la escuela la memorización se limitara a la medida más estricta de lo indispensable.
Pero no es así. Con una tenacidad digna de mejor causa se aferra la gente a la vieja y absurda rutina escolar del aprendizaje de memoria, y la noticia mencionada al principio demuestra que en los círculos ortodoxos no se escatiman esfuerzos ni celo para que el espantoso mal escolar de la peste de las sentencias no llegue a extinguirse.
De 140 a 150 sentencias bíblicas habrán de incorporarse, según el deseo de los sínodos, a la pobre memoria de los niños: es increíble. En la mayoría de los casos, «incorporar» habrá que traducirlo por meter a fuerza de machaqueo o a golpes.
Los «Regulativos»1 exigían en su día 180 sentencias. Las «Disposiciones generales» no contienen ninguna cifra expresa, pero el gobierno de Merseburg se vio obligado en 1886 a ordenar que el total de sentencias que debían aprenderse no excediera de 180 ni siquiera en las escuelas de varias clases. ¡Cómo habrá hecho estragos allí la peste de las sentencias! Los libros de religión de Falcke y Forster, Armstorff, Fiedler, Ostwald y Lucks, entre otros, contienen en efecto un número mucho mayor de sentencias: Armstorff, por ejemplo, 327; Ostwald y Lucks, 253, etc. En la provincia de Sajonia hay que aprender 164 sentencias, 134 estrofas del himnario, las partes principales del catecismo y un número considerable de historias bíblicas. En el reino de Sajonia, el plan de estudios de las escuelas populares de confesión evangélica exige las cinco partes principales del catecismo menor de Lutero, 168 estrofas del himnario, 150 sentencias bíblicas, 35 melodías de coral y 140 historias bíblicas. Y se advierte expresamente que esto es solo el mínimo. En otros Estados, por ejemplo en Wurtemberg, las exigencias son aún bastante mayores.
Semejante clase de enseñanza religiosa, que encima ha de tener efectos moralmente educativos, no es naturalmente otra cosa que un enorme derroche de tiempo y de fuerzas, una tortura de los niños tan superflua, por inútil, como bárbara, una devastación y corrupción de la inteligencia de nuestra juventud escolar, contra la cual, como personas ilustradas, a la vista de los daños que un método de enseñanza tan irracional tiene que acarrear al espíritu infantil, protestamos de la manera más decidida.
A esto se añade que el catecismo escolar en que se basa el aprendizaje de memoria está escrito en un alemán que hoy ya resulta casi incomprensible para el adulto, cuánto más para el niño. Además, el contenido de las sentencias, etc., adolece a menudo de gran oscuridad, y la sana razón se ve con frecuencia sometida a dura prueba. Lo mismo vale para el gran número de sentencias bíblicas que, arrancadas de su contexto, no pueden servir de nada ni para la lengua ni para el contenido; ¡si sobre la interpretación de la mayoría de ellas reinan las opiniones más diversas incluso entre los teólogos! Los cánticos del himnario son casi sin excepción tan poco poéticos, torpes, nudosos, embrollados y están redactados en un alemán tan bárbaro, que de aprenderlos de memoria hay que temer un peligro directo para el estilo, para el sano sentimiento lingüístico y poético y para el pensamiento lógico de los niños.
Un desatino pedagógico verdaderamente inaudito es sobre todo la memorización de historias bíblicas, que con sus enrevesadas construcciones, sus expresiones anticuadas y sus imágenes y comparaciones, casi siempre incomprensibles para nuestra época, son sin duda sumamente dañinas para el intelecto infantil. Además de la dicción, muchos de los nombres, denominaciones, oficios, etc., que aparecen son del todo extraños e incomprensibles para el niño. El maestro Meyer-Markau ha reunido más de 200 nombres, hebreos en su mayoría, del libro de historia sagrada de Armstorff, introducido en muchas escuelas. ¿Habría que creer posible que se exija a los alumnos de las escuelas populares alemanas grabarse tantos nombres de la historia de un pueblo extranjero? Entre ellos hay nombres sobre los que seguramente más de un teólogo no sabría dar razón. La religión sirve a la educación moral, se dice; pues bien, ¿se hace un niño moralmente mejor porque sepa distinguir a Ajab y Ajaz, Ajimélec y Abimélec, Abirán y Abarín, Eliezer y Eleazar, etc.? ¿O porque sepa contar cosas de moabitas y madianitas, amalecitas y amonitas y otros pueblos que aparecen en la historia judía de hace milenios? Todo eso es mero machaqueo de palabras, es, como dice Pestalozzi, un irreflexivo «uso de la boca» (Maulbrauchen). Pero hay más. ¿Qué se figura, por ejemplo, un niño cuando tiene que aprender: «Este cáliz es el nuevo testamento en mi sangre», o «El espíritu está pronto, pero la carne es débil», o «Te daré las llaves del reino de los cielos», o cosas así? Nada en absoluto puede figurarse, como no sea algún disparate. Y si tales piezas de memoria no tienen ninguna utilidad para el entendimiento o la voluntad del niño, que se las dejen a los teólogos sutilizadores, que en sus muchas horas de ocio pueden romperse los dientes con ellas. Para el niño son un martirio, un lastre sin valor, y el aprendizaje de memoria de esta clase confunde y arruina el entendimiento del niño, lleva a la superficialidad y al psitacismo, embota el espíritu activo por sí mismo y perjudica, por tanto, en alto grado la educación.
«Uno se rompe la cabeza», escribió una vez el pastor Bauer, de Gross-Muckwar, en la Christliche Welt, «preguntándose por qué Lutero se ha vuelto tan impopular entre nosotros. Porque cada palabra de su catecismo chorrea hastío escolar. Nuestros sínodos se agotan en propuestas sobre cómo conservar la religión al pueblo. Ahí ya no hay nada que conservar. Y sin embargo siguen en lo mismo: ¡más religión en la escuela! Cuanto más estropea la enseñanza escolar la religión, más necesitan de ella. La cantidad tiene que compensarlo.»
Estas palabras valientes las escribió un pastor, uno de los pocos en cuyo corazón y en cuyo ánimo no se ha extinguido aún la verdadera religiosidad.
Nosotros exigimos que la enseñanza religiosa, como en Francia, América, Japón, etc., desaparezca de la escuela, porque nada se le ha perdido allí. Pero por ahora no hay que pensar en ello. Todavía el 9 de marzo de 190[¿1?] declaró en la Cámara de Diputados el ministro Von Studt, entre los aplausos de la derecha y del Centro: «Puedo hacer sin reservas la declaración de que también en el futuro quedará asegurado el carácter confesional de la escuela popular». Debemos, por tanto, procurar por otros medios preservar y proteger a nuestros hijos, lo mejor que podamos, del método de cotorra del aprendizaje de memoria. Para ello el único medio es la ilustración, y ante todo la ilustración de los padres, para que aprendan a tomar posición en esta cuestión y no envíen a la representación popular más que a representantes que ayuden a abrir camino, también en la escuela, al espíritu de una nueva época.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del Volksblatt für Harburg, Wilhelmsburg und Umgegend, n.º 19, 23 de enero de 1904, suplemento, pág. 5 (OR1904-08), digitalizada por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg (Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Spruch se traduce «sentencia» (versículo bíblico para aprender de memoria); Memorierstoff, «materia de memoria»; Oberkirchenrat, «Consejo Superior Eclesiástico»; Landeskirche, «Iglesia territorial»; Volksschule, «escuela popular».
Los «Regulativos» de Stiehl (1854), que fijaban en Prusia una enseñanza elemental centrada en la religión, sustituidos en 1872 por las «Disposiciones generales» (Allgemeine Bestimmungen) de Falk. (N. del T.) ↩