Por Otto Rühle
Carl von Linneo, el padre de la historia natural y fundador de la botánica científica, era de niño tan corto que sus padres lo sacaron de la escuela y lo pusieron de aprendiz con un zapatero.
Thorvaldsen, el famoso escultor danés, repitió tres veces seguidas, cuando aún era alumno, la segunda clase de la escuela de su ciudad natal.
El ingenioso crítico y político inglés Swift suspendió en la universidad de Dublín de forma tan sonada que en Oxford, donde quería terminar sus estudios, le negaron la admisión.
Y Justus von Liebig, el químico conocido en todo el mundo, era de niño siempre el último de la clase y lo llamaban todos «el tonto de Justus».
De muchísimos ejemplos cito solo estos cuatro, para acudir con un par de pararrayos en ayuda de los pobres muchachos que ahora, en vísperas de Pascua, van a desatar con unas malas notas más de una tormenta paterna y materna. La Pascua es una fiesta hermosa, y tras la Pascua tienta la primavera con el brillo del sol, el cielo azul y mil flores de colores. Pero ¡quién estuviera ya ahí! Antes hay que pasar todavía por muchas cosas malas: exámenes, notas, paso de curso. Con angustiado presentimiento laten muchos corazones, y en pocas semanas el presentimiento se ha convertido para muchos en espantosa verdad: malas notas, «no puede pasar de curso».
Repetidores, pues.
El padre está furioso y echa mano del bastón; la madre se aflige en silencio y quizá derrama también lágrimas a escondidas. ¡Todo un año perdido! Otra vez a empezar desde el principio: dichoso el que, como repetidor, ha pasado ya la Pascua.
Desde luego no es nada agradable ni loable, en Pascua, cuando la clase ha dado otro paso adelante, cuando se ha de escalar un peldaño más alto en la marcha hacia la ciencia y hacer sitio a los que vienen detrás, no seguir adelante, sino quedarse, para volver a roturar con la clase siguiente todo el programa del año. Pero creo que tampoco es motivo para castigar y mucho menos para pegar. Compasión habría que tener de los pobres desgraciados, ocuparse de ellos y procurar ayudarles para que no les vuelva a pasar el percance: eso sería más acertado que insultar y amenazar, castigar y condenar. En este sentido quisiera, con unas palabras conciliadoras, salir como abogado en defensa de los repetidores cuando la cólera de los padres amenaza con descargar sobre sus cabezas.
Sería incomprensible desde el punto de vista del educador, y sin duda no se acostumbra en ninguna parte, que no se pase de curso a un alumno porque en una u otra asignatura le falten los conocimientos positivos necesarios; la decisión sobre la pregunta «¿pasa o no pasa?» se funda más bien en la madurez intelectual de conjunto del alumno y en su capacidad para captar y elaborar la materia de saber que se le ofrece. El pequeño repetidor puede ser, por tanto, en ciertos casos un alumno muy aplicado y hacer sus deberes con gusto y celo, pero su intelecto aún no está lo bastante desarrollado, su capacidad de comprensión no está aún a la altura de exigencias tan altas como las que plantea la clase correspondiente, o lo está solo deficientemente, y la consecuencia es: repetir. ¿Se debe y se puede entonces pegar por eso al pobre muchacho? ¿Puede hacerse responsable a una persona, a un niño, de que su entendimiento no haya madurado aún lo bastante, de que su campo intelectual no esté aún suficientemente preparado para recibir la siembra? Sería un crimen imperdonable castigar a un niño en un caso así. Al contrario: hay que alegrarse de que el niño gane ahora tiempo para crecer con toda calma, sin ser apremiado ni inducido a un aprendizaje precipitado, hacia una independencia y firmeza intelectual cada vez mayores.
¡Despacio, pero seguro! Eso vale en la mayoría de los casos para los débiles en la escuela. Cuanto más trabajosamente se adquiere el bien intelectual, con tanta mayor seguridad y tenacidad se aferran a él la memoria y la reflexión meditada. Espérese, pues, a que el desarrollo natural del niño deshaga por sí mismo el nudo. Los ejemplos citados al principio muestran que de más de un repetidor, si lleva dentro un buen fondo y una voluntad seria, puede salir todavía algo de provecho en la vida.
Pero ¿qué pasa con los perezosos y distraídos, los descuidados y los holgazanes notorios, cuando por sus vicios tienen la culpa de repetir? ¿No estará ahí en su lugar un castigo?
Padres y madres, os lo ruego en nombre de aquellos a quienes están dedicadas estas líneas: juzgad también aquí sin demasiada prisa ni demasiada severidad. ¿Qué es perezoso?, ¿y distraído?, ¿y descuidado? Pensad que todos estos conceptos apenas existen para el niño. Lo que vosotros designáis con el duro nombre de pereza es para el niño a menudo el contenido de una de las horas más felices y alegres de su vida. En el juego se olvidan tan fácilmente las pequeñas cosas serias de la existencia infantil, ¡ay!, tantas veces llena de preocupaciones por culpa de la escuela, y en el alegre disfrute de la vida propio de la juventud una hora más de juego de pelota o de hacer rodar el aro vale más que el cuaderno más limpio y el pasaje del catecismo mejor aprendido. No se olvide que en los años felices de los primeros cursos el juego tiene una importancia pedagógica mucho mayor que la enseñanza. Diez veces antes puede el niño olvidar sus deberes escolares que perder el gozo ingenuo y lleno de sentido del juego. Por eso digo: no condenéis al niño con demasiada prisa ni demasiada severidad.
Pero hay más. A un niño que repite en Pascua no le daría yo ni un solo golpe también por esta razón: porque soy de la opinión de que en la mayoría de los casos no es el niño, sino la escuela, la culpable de que repita.
Nuestras escuelas son escuelas librescas (Lernschulen), cuando deberían ser escuelas de educación. Adiestran casi exclusivamente el intelecto; todo lo demás del ser humano sufre un abandono propio de madrastra. Y el adiestramiento intelectual es además completamente bárbaro: al trabajo propio del alumno, a su conquista activa de la ciencia, se le ponen los límites más estrechos. El niño tiene que estar quieto, varias horas al día, y dejar pasar sobre sí, sin voluntad, sin poder intervenir activamente en la marcha de la enseñanza, las lecciones teóricas, más o menos abstractas. Por sí mismo no siente todavía por la ciencia, por la instrucción en general, ningún interés o solo uno sumamente escaso. Solo la coacción le obliga a quedarse. Mil veces preferiría el niño corretear al aire libre, recorrer prados y bosques, jugar en el montón de arena, emplear sus fuerzas jóvenes en el jardín o ejercitar sus modestas habilidades en la madera y el hierro con la sierra, el martillo, la lima, el hacha y el berbiquí. ¡Ah, si pudiera hacer eso! Pero no: nuestra escuela no tiene oído ni corazón para estos deseos y anhelos. ¡Escuchar! ¡Grabarse! ¡Recitar! En eso se agota en el fondo todavía todo su arte, por mucho que celebre la enseñanza intuitiva como una gran conquista. En general, no existe más que sobre el papel.
Si en nuestras escuelas no tuviéramos el método que mata el espíritu del machaqueo de palabras y el sistema atrasado de un adiestramiento insulso, hostil a todo impulso vital, y tuviéramos en cambio la enseñanza por el trabajo, que une en la más estrecha armonía la actividad física y la intelectual y pone al servicio de la labor educativa el afán de actividad que llena a la juventud en grado especialmente marcado, apuesto ciento contra uno a que nuestras escuelas no contarían ni la milésima parte de los repetidores con que hoy tienen que cargar. ¿A quién no le resulta evidente que un muchacho sano y despierto, dispuesto para el juego y la broma, que prefiere manejar la pala y la barrena antes que el libro y la pluma, no tenga ganas ni impulso para unos deberes escolares que no le interesan lo más mínimo? ¿Y quién va a reprochar en serio al niño, en el que todas las fibras y músculos se estremecen de ganas de movimiento y actividad, que se ponga inquieto, se distraiga, mire por la ventana o sueñe mientras el maestro le habla de Jacob y Rebeca, de los sufijos «-ig» y «-lich» o de 4 × 4 y 5 × 5? Nadie me quitará de la cabeza que en la mayoría de los casos la tan denostada pereza y la distracción, la ligereza, el descuido y como se llamen todos estos vicios no son otra cosa que una resistencia pasiva de la sana naturaleza infantil contra la violencia que le hacen las artes de adiestramiento y estrangulamiento de nuestros educadores oficiales de la juventud y del pueblo.
Tómese una vez a uno de esos «holgazanes», o reúnanse los «tontos» y «atolondrados», sálgase con ellos al aire libre o búsquese un taller, un jardín, un lugar de trabajo. ¡Hete aquí qué capacidades desarrollan los chiquillos, cómo reviven y se ponen en movimiento, cómo despiertan sus fuerzas y sus sentidos se agitan y se ejercitan en la alegría de crear! Se han convertido en personas completamente distintas: a los tan denigrados y postergados, despreciados y apaleados «holgazanes» y «tontos» no se les reconoce. Ahora están en su elemento, que desencadena su afán de actividad, espolea sus ganas de crear y hace florecer en ellos talentos insospechados. ¿No es un hecho que precisamente los débiles en la escuela, los rezagados y los repetidores, son en las cosas prácticas, en el trabajo con las manos, los músculos y los sentidos, los más útiles y capaces? ¡Qué fácil les resultaría aprender si el aprendizaje fuera de la mano del trabajo, que es el mejor medio de enseñanza y de educación! Pero hoy piden pan y se les dan guijarros; ansían el agua vivificante de la vida, y la escuela lo seca y lo agosta todo en ellos; luchan por la libertad y el despliegue de su propia capacidad, por la independencia y el ejercicio de sus propias fuerzas, y la escuela devasta su interior y pisotea la tierra joven en la que se agitan mil gérmenes llenos de vida.
Por todas estas razones, los repetidores merecen más bien nuestra compasión y nuestra ayuda solícita, y no reprimendas, postergación o, menos aún, castigos. No son ellos los culpables: el sistema, bajo el que tienen que sufrir aprendiendo y aprender sufriendo, es el responsable.
Que el sistema educativo es el verdadero culpable lo demuestran también las estadísticas de repetidores que se han levantado en las escuelas en los últimos tiempos. En Hamburgo, la Pascua pasada apenas el 60 % de los alumnos de la escuela popular que la terminaron llegaron a la primera clase, y entre ellos había muchos que «habrían estado mejor en la segunda que en la primera clase». Más del 24 % salieron de la segunda clase, es decir, habían repetido una vez; casi el 12 % habían repetido dos veces, el 3,61 % tres veces y el 0,60 % cuatro veces, y cuatro niños no habían llegado siquiera a la quinta clase.1 En Berlín, por término medio, solo un tercio de los alumnos de la primera clase recorre la escuela entera; todos los demás son repetidores. En Charlottenburg, que tiene un sistema escolar en general bien desarrollado, salieron —según cuenta Damaschke en su libro sobre el socialismo municipal— de la primera clase el 51,8 % de los niños y el 48,3 % de las niñas; de la segunda, el 27,4 % de los niños y el 31,5 % de las niñas; de la tercera, el 15,3 % de los niños y el 14,4 % de las niñas; de la cuarta, el 5,0 % de los niños y el 5,4 % de las niñas, y de la quinta, el 0,5 % de los niños y el 0,4 % de las niñas. En Dresde, un maestro de la 10.ª escuela de distrito demostró que el 13,56 % de todos los alumnos de esa escuela que solo habían asistido a escuelas de Dresde eran repetidores. Si contaba también a los alumnos llegados de fuera, el porcentaje de repetidores subía al 18,73, casi la quinta parte de todos los alumnos. Es notable a qué conclusiones llega el maestro de Dresde a la vista de este deprimente resultado; escribe: Se trata de liberar al menos el plan de estudios del primer curso del yugo de la tradición, de derribar los ídolos de la lectura y el cálculo heredados de los tiempos de los bisabuelos y de ayudar a la naturaleza infantil de esta etapa a obtener su derecho natural. Ahí tenemos la misma exigencia: ¡Fuera el adiestramiento, el cebo teórico, el dominio de la palabra! La educación natural, el espíritu de Rousseau, el cultivo de la personalidad humana entera deben obtener su derecho. Entonces también el número de repetidores se reducirá a un mínimo insignificante.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del Volksblatt für Harburg, Wilhelmsburg und Umgegend, n.º 61, 12 de marzo de 1904, suplemento, pág. 5 (OR1904-09), digitalizada por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg (Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Sitzenbleiber se traduce «repetidores»; Lernschule, «escuela libresca»; Arbeitsunterricht, «enseñanza por el trabajo»; versetzen, «pasar de curso»; pZt. (por ciento), «%».
En la escuela popular alemana de la época las clases se numeraban de abajo arriba en sentido inverso: la primera clase era la superior y la última; quien salía de la escuela desde la segunda o la tercera había repetido, por tanto, uno o dos cursos. (N. del T.) ↩