Por Otto Rühle
Cada año nuevo se presenta en nuestra casa un querido conocido, un viejo amigo de la casa. Está en su casa en el palacio y en la choza, en la iglesia y en la escuela, en la sala del tribunal y en el despacho del comerciante, en el gabinete del erudito y en la acogedora habitación del ama de casa. Haya guerra o haya paz, él está ahí; todo el año se queda con nosotros. Cuando el año toca a su fin, se despide; pero ya con la primera campanada que anuncia la llegada del año nuevo vuelve a estar a nuestro lado en el camino de la vida, para ser nuestro fiel compañero, un amigo y consejero servicial. Cada vez se ha puesto un vestido distinto y, como la muchacha de tierras extrañas de Schiller, siempre trae consigo toda clase de regalos. Todos lo conocemos, a ese querido y viejo compañero de casa. Es el calendario.
Ya los antiguos dividían el tiempo en ciertos periodos. El mito de la creación habla del día y la noche. Las investigaciones han demostrado que desde antiguo, para calcular el tiempo, la gente se guiaba por la forma cambiante de la luna. En la Biblia se encuentra la denominación «luna» por «mes». Un paso más dio la división del tiempo cuando los hombres empezaron a dedicarse a la agricultura, pues entonces cobraron conciencia más clara que antes del cambio de las estaciones. El pueblo agricultor más antiguo, los egipcios, contaba por la llegada de la crecida del Nilo, que fecundaba la tierra y era así para ellos una fuente de bendición. La división del año en periodos fue dependiendo poco a poco más del sol que de la luna. A pesar de ello se conservaron los periodos obtenidos con la división lunar; es decir, el año determinado por el curso del sol se dividió en partes más pequeñas que se llamaron meses. Pero el año no tenía un número entero fijo de meses o lunaciones, por ejemplo doce. Por eso hubo que acortar unas veces un mes y alargar otro. Con las continuas correcciones y desplazamientos se produjo con el tiempo una confusión espantosa que había que eliminar.
Entre los judíos, los sirios y los griegos las estaciones eran imperfectas e imprecisas. Más netamente delimitadas entre sí y más exactas lo eran ya entre los romanos. De ellos hemos heredado el cómputo del tiempo, naturalmente con diversas rectificaciones y modificaciones. También la palabra «calendario» procede de ellos. Entre los antiguos romanos reinaba, en efecto, la costumbre de hacer pregonar públicamente por un heraldo el primer día de cada mes nuevo, que empezaba con la luna nueva. Y como «llamar» se decía en latín calare, a cada primer día de mes se le llamaba calendae. De ahí nació el nombre de calendario.
Un calendario en forma de libro como el nuestro no lo conocieron los romanos. Solo en manos de los sacerdotes había un registro del tiempo y de los días festivos; en él se señalaban especialmente los días más apropiados para los sacrificios públicos y privados. Más tarde ocurrió que esos registros se copiaron y en parte también se ampliaron. Cada vez más se convirtieron en patrimonio común del pueblo. La invención de la imprenta facilitó tanto su fabricación que, en forma de calendarios, pudieron difundirse ampliamente entre el pueblo.
Además del calendario existía también el almanaque. Se entendía por tal una hoja suelta que contenía la división completa del año. Sobre el origen de la palabra almanaque los eruditos discrepan mucho. Algunos explican la palabra como contracción de las tres primeras palabras de la fórmula usual «Als man nach Christi Geburt zählte» [«cuando se contaba después del nacimiento de Cristo»]. Esto suena tan plausible como sencillo, pero difícilmente puede admitirse como algo más que un juego de palabras. Otros buscan la raíz de la palabra en el árabe. Allí al marah significa el monje, y como los monjes eran quienes confeccionaban las divisiones del tiempo y los registros, la hipótesis no parece imposible. Un tercer grupo de investigadores afirma que al manah significa algo así como «cómputo».
Los antiguos romanos poseían, como ya se ha dicho, la división del año en meses. Pero no conocían doce meses como nosotros, sino solo diez. Se llamaban marzo, abril, mayo, junio, quintilis, sextilis, septiembre, octubre, noviembre y diciembre. Marzo viene de Marte, el nombre del dios de la guerra; al comienzo de este mes se le ofrecían sacrificios públicos. Abril está relacionado con aperire, es decir, abrir, y se refiere a la apertura de la tierra en primavera, al despertar de la naturaleza. Mayo deriva de Moja,1 la madre de Mercurio, a la que se hacían sacrificios en este mes. Junio tiene su nombre de la diosa Juno, igualmente a causa de los sacrificios. Quintilis significa «el quinto»; pero a instancias del cónsul Marius Antonius el senado romano publicó más tarde un edicto que ordenaba llamar en adelante Julius al mes quintilis, porque Julio César había hecho grandes servicios no solo al Estado, sino también a la reforma del calendario. El mes de agosto, originalmente sextilis, recibió su nombre de Octavio, que se hizo llamar emperador Augusto. Este puso orden sobre todo en el desorden que se había introducido en el calendario bajo los sucesores de Julio César. Septiembre viene de septem, es decir, siete, porque este mes era el séptimo del calendario romano. Octubre procede de octo, es decir, ocho; noviembre de novem, nueve, y diciembre de decem, diez. A los diez meses el rey romano Numa Pompilio añadió el año 715 a. C. otros dos, a saber, enero, cuyo nombre viene del dios Jano, al que se representa con un rostro de joven y otro de anciano, y febrero, cuyo nombre está emparentado con februare, que significa «purificar». En las fiestas del lobo2 de este mes se hacía, en efecto, la purificación de los vivos, y a los difuntos se les ofrecían sacrificios expiatorios. Al final del año, es decir, al 28 de febrero, se añadía el día intercalar.
El cómputo romano del tiempo estaba oficialmente en manos de los sumos sacerdotes, que por cierto no lo trataban con especial escrúpulo. Por ignorancia y arbitrariedad crearon graves confusiones. Llegaron incluso a poner el cómputo del tiempo al servicio de intrigas políticas y municipales y de disputas de partido. Si un funcionario era impopular, acortaban sin más3 los meses y le procuraban así, naturalmente, un mandato más breve. En los casos contrarios procedían al revés. En tiempos de César, por ejemplo, el día más corto del año, el 21 de diciembre, caía en un día de febrero. Este desorden no podía, por supuesto, durar mucho sin poner en peligro de forma permanente la exactitud del cómputo. Por eso César puso remedio a la cosa. Hizo venir de Alejandría, entonces sede principal del saber, al matemático Sosígenes, que, ayudado por Marius Fluvius, volvió a poner en orden el calendario. Tomó el año como de 365 días y 6 horas y trasladó el día intercalar entre el 23 y el 24 de febrero. En honor de Julio César, que había llevado a cabo la reforma, se llamó al calendario calendario juliano.
Sosígenes, sin embargo, no había calculado con exactitud la duración del año, pues el año no abarca 365 días y 6 horas, sino 365 días, 5 horas, 48 minutos, 45 segundos y 30 tercios. Es, pues, 11 minutos, 14 segundos y 30 tercios más corto de lo que había supuesto Sosígenes. Aunque esta diferencia sea pequeña, con el tiempo se nota. Ya hacia fines del siglo XVI los minutos y fracciones de minuto se habían convertido en 10 días enteros. Entonces el papa Gregorio XIII dedicó su atención al asunto. Hizo calcular a un astrónomo el tiempo que la Tierra necesita para recorrer su órbita alrededor del sol y el 24 de febrero de 1582 derogó el calendario juliano. El nuevo calendario que introdujo en su lugar se llamó calendario gregoriano. Entre ambos había una diferencia de 10 días: el calendario juliano iba esos 10 días por detrás del nuevo. Naturalmente había que compensar esta diferencia, y se hizo pasando directamente del 4 al 15 de octubre de 1582. Así quedó resuelta la dificultad de manera sencilla. Italia, España y Portugal aceptaron el nuevo calendario; Hungría, Suiza, los Países Bajos y la Alemania católica, junto con Polonia, solo algo más tarde lograron desprenderse de lo tradicional. La Alemania protestante no empezó a contar según el «calendario mejorado» hasta 1700. Pero como para entonces la diferencia entre este y el juliano había crecido ya a 11 días, se dio un salto del 18 de febrero al 1 de marzo. Los protestantes de Alemania no habían adoptado del todo el calendario gregoriano, sino que se apartaban de él en algunos puntos, si bien secundarios. Solo por mediación de Federico el Grande se decidió en 1775 reconocer el calendario de Gregorio, aunque se le dio el nombre de calendario del Imperio. Cuando dejó de haber Imperio alemán, tampoco esa denominación fue posible, y se distinguió por ello un calendario católico y otro protestante. Inglaterra introdujo el calendario gregoriano en toda su extensión en 1552, Suecia en 1553.4 Solo Rusia y Grecia no lo han adoptado hasta hoy. Siguen aferradas al viejo calendario juliano y por eso, desde 1800, van 12 días enteros por detrás de nuestro cómputo.
Muy complicado en su estructura es el calendario judío. Los judíos cuentan el año por 12 meses lunares; pero como con esta clase de división se produce una diferencia respecto del cálculo solar, de vez en cuando se hace necesario intercalar un 13.º mes. El año nuevo judío cae en nuestro septiembre; los meses se llaman Tishri, Marjeshván, Kisler, Tebet, Shebat, Adar, Veadar, Nisán, Iyar, Siván, Thamus y Elul. El ciclo de intercalación del calendario judío abarca 19 años; entre ellos son bisiestos el 3.º, 6.º, 8.º, 11.º, 14.º, 17.º y 19.º. El año común medio o regular se cuenta de 354 días, y el año bisiesto medio o regular, de 384. Los judíos tienen en total seis años distintos por su duración, de los cuales el más corto cuenta 353 días y el más largo 385. Es notable también que comiencen su cómputo con la creación del mundo; a partir de su año nuevo de septiembre escribirán, pues, el año 5665.
Los mahometanos tienen un año puramente lunar, en cuya división no se guían para nada por el sol. Su ciclo cuenta 30 años, de los cuales 11 son bisiestos de 365 días, y los demás se cuentan de 354. Comienzan su cómputo con el año 662 d. C., porque el 16 de julio de ese año el profeta Mahoma habría huido de La Meca a Medina. La huida se llama hégira. El año 1904 es, según el cómputo mahometano, el 1282.
Un calendario de época más reciente lo introdujo la Convención Nacional en Francia el 21 de septiembre de 1789. Según él, el año constaba de doce meses, y cada mes de tres veces diez días, uno de los cuales era domingo. Los doce meses se llamaban, en el orden de nuestros meses: mes de la lluvia, mes del viento, mes de la germinación (germinal), mes de las flores, mes de los prados, mes de la cosecha, mes del calor, mes de los frutos, mes de la vendimia, mes de la niebla, mes de la escarcha y mes de la nieve. Pero el calendario republicano fue suprimido por Napoleón ya el 1 de enero de 1806.
La división en semanas es común a todos los pueblos que tienen un cómputo del tiempo. La palabra Woche («semana») procedería del gótico y en Ulfilas significaría algo así como regularidad u orden. Los días de la semana recibieron sus nombres de los cuerpos celestes que, según la opinión de los pueblos antiguos, se movían alrededor de la Tierra. Los astrólogos declararon que cada astro regía un día determinado; así nacieron un día del Sol, de la Luna, de Marte, de Mercurio, de Júpiter, de Venus y de Saturno. Varios de los nombres sufrieron cambios con el tiempo: así, del día de Marte nació el Dienstag [martes], por el Ding o tribunal germánico antiguo, que se celebraba ese día de la semana; el lugar de Júpiter lo ocupó Donar, y Venus fue desplazada por Freya; así, de los días de Júpiter y de Venus salieron el Donnerstag [jueves] y el Freitag [viernes].
Todos los días del calendario llevan nombres de fiestas eclesiásticas, de personas o de acontecimientos bíblicos, cuyo orden y combinación varían según los distintos calendarios. En la Iglesia católica se acostumbra a poner a los niños en el bautismo el nombre que figura ese día en el calendario.
Casi del todo desconocido para los lectores de calendarios es el significado de los doce signos que forman el zodiaco. Este llamado zodiaco es antiquísimo: procede de los antiguos caldeos. Estos habían observado, en efecto, que el sol salía y se ponía siempre con una determinada constelación, aunque alternando mes a mes en sucesión. Eso pudo darles la idea de determinar con ello el curso del sol. Como constelación de primavera se eligió Aries, el carnero, porque en marzo, pasadas las grandes aguas, se llevan los rebaños al pasto. Tauro, el toro, indica la labranza de los campos; Géminis, los gemelos, son en realidad un par de cabras, porque en mayo las cabras paren. Como signo de verano vale Cáncer, el cangrejo, porque el sol en su curso por el hemisferio norte, tras alcanzar el punto más alto, parece volver hacia atrás. Leo, el león, ha de simbolizar con su temperamento fogoso el gran calor. Virgo, la doncella, con hoz y gavilla, es la imagen de la siega. Como constelación de otoño, Libra, la balanza, alude al equinoccio. Escorpio, el escorpión, indica con su aguijón venenoso las enfermedades que aparecen en otoño. Sagitario, el arquero, anuncia el comienzo de la caza. Capricornio, como signo de invierno, mitad gamuza, mitad pez, representa el fin de la caza y el comienzo de la inundación, cuya continuación señalan Acuario y Piscis. El sol entra cada mes en una constelación distinta; la luna, en cambio, que recorre el zodiaco más deprisa, cambia por lo general en pocos días.
Lo que nuestros calendarios actuales contienen además en historias, imágenes, anécdotas y chistes no requiere, sin duda, explicación. La parte de entretenimiento no pertenece en rigor al calendario, pero para la mayoría de los lectores de calendarios es lo principal.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del Volksblatt für Harburg, Wilhelmsburg und Umgegend, n.º 13, 16 de enero de 1904, suplemento, pág. 5 (OR1904-06), digitalizada por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg (Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los nombres de los meses del calendario revolucionario se traducen literalmente, como los da Rühle en alemán; los errores de hecho del original se conservan y se señalan en nota.
Así en el original; se trata de Maya (Maia). (N. del T.) ↩
Las Lupercales, fiesta romana de purificación celebrada en febrero. (N. del T.) ↩
El original dice unwillkürlich («involuntariamente»), seguramente por willkürlich («arbitrariamente»). (N. del T.) ↩
Así en el original; Gran Bretaña adoptó el calendario gregoriano en 1752 y Suecia en 1753. También otras cifras del artículo son inexactas (la hégira es del año 622; el año 1904 corresponde al 1321-1322 de la hégira; el calendario revolucionario francés data de 1793 y su año empezaba el 22 de septiembre de 1792): se traducen tal como se imprimieron. (N. del T.) ↩