Seis años en un seminario de maestros sajón.
Primera parte:
El trato que reciben los seminaristas.
Por
Otto Rühle.
2.ª edición (3.000-5.000 ejemplares.)
Leipzig. 1896. August Schupp.
Seis años en un seminario de maestros sajón.1
Por
Otto Rühle.
Primera parte:
El trato que reciben los seminaristas.
Segunda edición.
Leipzig. August Schupp. 1896.
Prólogo.
«No una obra de arte, pero sí una obra del corazón.»
Estas palabras quisiera poner al frente de mi escrito.
La miseria de unas condiciones verdaderamente escandalosas, que se burla de toda pedagogía, de toda cultura y civilidad, como de toda dignidad humana, y que el presente folleto se propone sacar a la luz, llega al corazón; y no ha sido otro motivo que este el que me puso en la mano la pluma para redactar este escrito. Aquellos a quienes alcanzará, y debe alcanzar, el filo de la espada se esforzarán, naturalmente, por presentar el folleto como fruto de una vulgar venganza. Solo que con ello olvidan o callan que el folleto ya estaba comenzado antes de que, por su parte, se me diera motivo alguno para vengarme de ellos de cualquier manera. Que el proceder y la conducta de la dirección del seminario de Oschatz, que a continuación vuelvo a contar con todo detalle, me movieran a aferrarme al plan concebido
con particular tenacidad, lo admito; que con ello me proporcionara todavía más material, es culpa suya. Sé demasiado bien que muchos, innumerables, se alegrarán de todo corazón cuando la opinión pública se entere de lo que pasa entre bastidores. Pero a quienes estaban informados del asunto de forma falsa o parcial les ruego que quieran escucharme ahora también a mí y que solo después emitan su juicio. Que algunos lo emitieran antes fue precipitado; ya para Lutero la palabra de un solo hombre no era palabra.2
Este escrito quiere leerse con sangre fría. Es difícil, ciertamente, pero aún más fácil que escribirlo con sangre fría. Tampoco yo he podido guardar siempre la debida mesura al escribir. Espero, sin embargo, que no sea en perjuicio, pues un manjar tan repugnante como este hay que sazonarlo un poco para hacerlo medianamente comestible.
El folleto tiene una historia.
Siendo seminarista empecé con los trabajos preparatorios. Reuní insultos, obscenidades, ejemplos de palizas, faltas de ortografía, y otras muchas cosas. Para cada caso procuré conseguirme documentos y firmas de testigos, para ir sobre seguro, pues temía que los seminaristas pudieran negarse a declarar de palabra en caso de que más tarde la dirección del seminario me demandara ante los tribunales. Pero el asunto fue delatado, para impedir un ultraje al seminario de Oschatz.
¡Qué delicia! — Bastante grave es para un centro sajón de formación de maestros que uno de sus alumnos tenga que echar mano del último recurso, actuar por medio de la opinión pública, para hacer medianamente soportable la vida en él. No es
un ultraje que se descubran esas condiciones, sino que existan siquiera. El absceso no se cura poniéndole un emplasto encima, sino abriéndolo.
Las colecciones que había reunido tuve entonces que entregarlas —tras habérseme advertido repetida y enérgicamente de lo peor que podía pasar— al señor director J., y prometer que no escribiría nada de memoria sobre el centro. De la manera de proceder conmigo y con los alumnos implicados, de los singulares rezos de mañana y de noche, y de otras muchas cosas de aquellos tiempos tormentosos contaré alguna vez algo más por extenso.
Todos los testigos que habían firmado fueron interrogados, aunque el señor J. me había prometido con un apretón de manos no mirar el cuaderno hasta después de mi salida del seminario. Que yo sepa, no han podido demostrarme falsedad alguna en mis notas.
Unos ocho días antes de mi examen, el señor J. me comunicó que me pondría una nota de conducta baja. Pero si yo iba y le pedía perdón por todo, el asunto entero se consideraría cosa privada. A mi pregunta de por qué había de recibir una nota de conducta baja, en realidad no respondió en absoluto; solo dijo que tampoco diría al claustro por qué la recibía, y que comunicaría el asunto a mi señor inspector escolar de distrito y a la señora v. B., a cuyo servicio entraba yo, de modo que no me resultaría perjuicio alguno.
A ese asesinato moral —pedir perdón por la pura y limpia verdad— no accedí, naturalmente, y así llegó la desgracia.
El Ib en conducta3 me lo otorgó, pues, el tribunal examinador
del seminario de Oschatz a propuesta de su presidente, el señor director del seminario J., sin que este hubiera informado a dicho tribunal del motivo por el que había de hacerse.
La noche de mi examen, este señor J., ante siete testigos, sin contar el tribunal examinador, volvió a decir más o menos lo mismo que me había comunicado a solas ocho días antes, habló luego de falta de piedad y de ingratitud, y coronó su discurso con la frase: la infidelidad se vuelve contra su propio señor.
A esto quisiera decir aquí algo:
Primero: estoy dispuesto a mostrar respeto a esos señores —hablo siempre solo de algunos— en cuanto me demuestren que de verdad lo merecen; el solo nombre de «maestro» no basta para inducirme a ello.
Segundo: ¿es señal de ingratitud que alguien muestre al Estado una llaga que lo corroe? ¿Qué otra cosa he querido hacer? El propio señor J. hizo constar en acta que el fin de mi folleto era provocar una reforma. Que los maestros han trabajado en mí, por ello se les ha pagado espléndidamente, y cómo ha sido a veces ese trabajo, puede admirarlo cualquiera en una clase de latín del señor Dr. P. recogida en esta parte y en dos clases del señor profesor titular4 G., taquigrafiadas en su día, que se citan en la parte siguiente. Me abstengo de todo juicio, pues los hechos hablan por sí solos.
A propósito de la «infidelidad que se vuelve contra su propio señor», algo en verso:
Fidelidad no he jurado,
pero di, ¿cómo andan tus deberes? —
Más de uno se creyó probado . . .
En cuanto la tormenta haya amainado,
¡otros serán aún tus jueces! — —
Naturalmente, con esta ropa sucia me dirigí al Real Ministerio de Cultos e Instrucción Pública, y le pedí que se sirviera procurar que se remediaran los abusos, que no cambiara mi nota llegado el caso, pero que investigara si la forma en que se me había puesto era justa. Durante mucho tiempo no recibí respuesta. Solo cuando, tras la publicación de una noticia en la Deutsche Wacht5 y de una réplica en el Dresdner Journal,6 según la cual no debía esperar respuesta, volví a dirigirme a la suprema autoridad escolar, se me respondió que había recibido el «Ib» en conducta por «comportamiento irrespetuoso con mis maestros». Si la forma en que se me puso en su día esta nota de conducta fue justa, todavía hoy no lo sé. No puedo atreverme a someter a crítica el fallo de mi suprema autoridad, pero no puedo dejar de añadir algo. Con toda probabilidad, mi «comportamiento irrespetuoso con mis maestros» consiste en una cláusula que añadí, en las colecciones entregadas después, a las notas sobre la actividad docente del señor profesor titular G., de la que tratará la segunda parte. Era, ciertamente, bastante fuerte; pero si carece de verdad, eso podrá juzgarse cuando se publique la segunda parte. Tampoco estaba destinada a
la opinión pública; ningún alumno la ha conocido por mí. Por eso, cuando supe la respuesta del Real Ministerio, me vino una idea singular: sería gracioso que también hubiera notas de conducta para los profesores titulares y los directores de seminario. ¿Qué nota recibiría, pues, el señor director del seminario J., que no tuvo empacho en decir a uno de sus seminaristas, refiriéndose a uno de sus «queridos colegas»: «¿Sabe usted? ¡Ese hombre es un canalla!»?
El Dresdner Journal, a raíz de la noticia de la Deutsche Wacht, hizo saber que en el seminario en cuestión ya se había puesto remedio. Pero un caso ocurrido recientemente prueba que las condiciones, al menos en este aspecto, siguen siendo las de antes. — «Un alumno de sexta7 sostenía el violín muy torcido. El señor profesor titular M. quiso enderezárselo, y para ello le golpeó a él en el codo, de modo que el violín saltó de su posición habitual a la nariz del alumno, que sangró.» —
Muchos caminos llevan a Roma. —
Los hechos citados en el folleto se basan enteramente en la verdad. De dónde tengo los documentos no quiero callarlo: las colecciones entregadas al señor J. las tenía por duplicado. — Si en su día di al señor J. la seguridad de que, tras la entrega del material, no quedaba en mi poder nada que se refiriera a este asunto, y sin embargo aún poseía algo, entonces soy un falsario. Pero si soy un ápice más falsario que aquel que me prometió con un apretón de manos dejar las colecciones que se le entregaron sin mirarlas hasta después de mi salida del seminario —y ya al día siguiente sometió a todos los testigos firmantes
—de los que yo no había delatado a ninguno— a una investigación de inquisidor, lo dejo al juicio de otros. Que este señor aluda precisamente con preferencia a la promesa que hice resulta extraño. Esa conducta me recuerda vivamente la del héroe principal de las escenas escandalosas de Oschatz, que molía a puñetazos a sus alumnos, a uno incluso le pegó con un fuerte bastón de paseo, pero luego, cuando empecé a enseñarle los dientes, me remitió al «amor cristiano al prójimo», que para algunos solo parece existir cuando les va el pellejo en ello. Que entregara entonces las colecciones fue inevitable para mí, pues se me puso ante la alternativa: o entregaba las cosas voluntariamente, o me quitarían las llaves por la fuerza y registrarían mis armarios. No pude, pues, hacer otra cosa que entregar una parte y poner al mismo tiempo a salvo la otra. El seminarista B., tantas veces acosado por este asunto, es completamente inocente. ¿Habría provocado de verdad el señor J., en caso de éxito, una reforma de las condiciones por propia iniciativa? ¿Por qué motivo se negó obstinadamente a sellar ante mis ojos las colecciones que se le entregaron y presentarlas a la suprema autoridad escolar? ¿Por qué solo empezó cuando estalló el incendio, y no antes, cuando se lo pidieron sus alumnos? — Por salvar el pellejo no habría dado nunca la promesa, de la que supe desde el primer momento que tendría que romperla; pero por amor a mis pobres padres, a quienes, tres semanas antes de terminar, no quería dar el disgusto de que me echaran, me convertí en perjuro. — Este punto es
muy penoso para mí. Tampoco quiero en modo alguno intentar lavarme las manos. Pero quien quiera erigirse en mi juez de costumbres no debe tener él mismo la misma estopa en su rueca.
Sé que de la semilla que ahora siembro me nacerán más de un enemigo y más de un perjuicio; pero me atrevo a la lucha a muerte, porque empuño mis armas por la verdad.
Sé también que muchos, muchos respirarán hondo y darán gracias a Dios cuando por fin esté aquí el librito tanto tiempo esperado.
Si he dicho una falsedad o he arrojado lodo sobre personas y sobre el centro, en el que —por desgracia— pienso con espanto, que vengan. —
Muy diversos sentimientos me pasan por el corazón.
Pero a todos los supera la confianza en que sobre el ancho mundo de Dios hay todavía, y tiene que haber, una verdad y una justicia que sin duda guiarán mi causa a buen fin.
Borna, junto a Bornitz,
el día de la publicación.
El autor:
Otto Rühle.
I. El trato que reciben los seminaristas.
«¡No hay otro camino a Küssnacht!»
(Schiller: Tell.)8«¡No mires atrás!
¡Acuérdate de la mujer de Lot!»
Dijo una vez un pedagogo que el seminario debía ser en la vida de todo maestro un punto luminoso al que volviera gustoso la mirada toda su vida.9 — Yo he puesto al comienzo de esta parte del folleto dos frases de otro contenido, y creo tener derecho a ello. La primera queda suficientemente explicada por el prólogo. De la segunda estoy convencido de que también la habría dicho el pedagogo mencionado si hubiera tenido que pasar sus días en el internado de cuyas condiciones, verdaderamente encantadoras, ha de ocuparse la exposición que sigue. Quien del viejo Virgilio no conozca absolutamente nada más que su sentencia: «¡Oh, si Dios me devolviera estos años perdidos!»,10 y haya conocido además las idílicas condiciones del seminario de Oschatz, podría
sentir la tentación de suponer que Virgilio fue alumno de él.
Para toda persona que piensa es evidente que un ser humano ha de ser tratado realmente como tal. Sobre todo en la educación de los jóvenes, un trato digno del ser humano se convierte en condición absolutamente necesaria y del todo indispensable, pues sus frutos dependen esencialmente, entre otras cosas, del trato. En particular, el futuro maestro tiene que experimentar en sí mismo lo que es un trato digno, ya que más tarde ha de dispensarlo también a sus niños. Polack dice: «Cuanto más dignamente se eduque a los futuros maestros del pueblo, tanto más cabe esperar que las almas confiadas a su cuidado gocen de una educación digna del ser humano.» — En esta sentencia subyace la convicción de que en la educación de los futuros maestros existe realmente un trato digno.
En nuestros días se oyen muchas quejas sobre los maestros jóvenes. Lo que más a menudo da pie a ellas es el exceso en el derecho de castigo corporal. Las causas de este desagradable fenómeno se cree tener que buscarlas o bien en la fuerza desbordante y el celo con que el joven maestro emprende su trabajo, o bien, para no seguir hurgando en la herida, se carga la culpa al gran chivo expiatorio, la época. Rara vez se atribuye a la formación del maestro. Y, sin embargo, en la mayoría de los casos eso es lo único acertado.
En efecto, nadie se hace idea de la manera en que en un seminario de maestros sajón —Oschatz— se educa a los futuros maestros del pueblo. Basándome en hechos comprobados, quiero
poner esa manera bajo la lupa de una crítica abierta y franca, y apelar al juicio de la opinión pública.
En Oschatz reina un tono extraordinariamente grosero. Es verdad que por la mañana y por la noche se canta y se reza; pero ¿de qué sirve la estrecha moldura dorada del cuadro, si el cuadro mismo es lo más feo y repugnante que cabe imaginar?
Con una falta de tacto «de profesor titular de música» empieza la carrera de todo seminarista en el seminario. Consiste en que dicho señor tutea sin excepción a todo alumno de sexta que ingresa, un tuteo, por cierto, muy unilateral. En cuarta y tercera, a ese «tú», ya no tan regular, se suman por parte de este y aquel toda clase de epítetos ornamentales que revelan un vasto saber zoológico y hacen todo el honor a esos señores. He aquí algunos: asno, camello, buey cornudo, perezoso, insecto asqueroso, bicho apestoso. Pero además de esta colección de lindezas zoológicas, disponen todavía de todo un aparato de otros tratamientos. Recojo un ramillete fragante: chico tonto, mocoso, cabeza de chorlito, gandul, politicastro, majadero, necio estúpido, archimajadero, bocazas, triste calzonazos, miserable, espantapájaros. — ¡Ya se ve que son señores finos y muy cultos con los que uno trata allí! — Pero he anotado aún más de su código de buenos modales: canalla, archicanalla, canalla asqueroso, canallita, canallón, perro canalla, miserable jeta, maldito holgazán, banda podrida, criatura tonta, animal miserable y estúpido, mamarracho miserable, pelagatos, bocazas, archigamberro, viejo y tonto patán, monstruo zanquilargo, etc. — ¡En verdad, apelativos cariñosos encantadores! ¡Valientes adalides del refinamiento de las formas sociales!11 — Pero
todavía otra antología. «¡Tío miserable! Un tío al que se le puede dar un par de veces en la mollera, y encima es un bocazas.» — «¡Le voy a dar un par detrás de las orejas, piojoso!» — «Si quiere usted soplar, le doy (!) una en la jeta, maldito canalla, desgraciado!» — «Ahí están, los majaderos, como idiotas; pero en el gimnasio, ahí sí que rinden, como los estúpidos con cabeza de paja y mollera de agua.» — «¡Cierre la boca, camello estúpido! ¡Hágase empujador de carros o [boyero],12 criatura estúpida!» — «Usted, canallita; esos canallitas con su bocaza.» — «¡Derribo a todo el que se levante y se burle!» (blandiendo para ello el paraguas). — Todas estas lindezas proceden del señor Dr. P., profesor titular del seminario, antes en Oschatz, ahora en Plauen (Vogtland). — Para variar, algunas más de otros. Así, el señor profesor titular S.: «¡Este hidalgüelo de pueblo! ¡Le voy a agarrar por sus orejas de cerdo y a echarle a patadas!» — El señor profesor titular M.: «¡Le voy a dar uno en la cabeza que la sopa roja le va a correr por la pizarra!» — Esos señores, como se ve, rinden extraordinariamente. No solo han llegado casi a cierto virtuosismo en la formación de una terminología con la raíz «canalla»; también en otros aspectos disponen de una infinidad de expresiones «drásticas», que en una noticia que, tras aparecer la primera edición, circuló por varios boletines oficiales tuvieron la ingenuidad de calificar de expresiones que a mí me habían parecido escandalosas y de manifestaciones en cuya elección uno
se había equivocado. No hace falta comentario. Además de asegurar una vez más que todo es verdad, no estará de más recordar la frase de Lessing: «Quien ante ciertas cosas no pierde el juicio, es que no tiene juicio que perder.»13
¡Cuánto habrá guardado en casa alguna madre a su hijo, cuánto habrá velado el ojo de algún padre sobre el hacer de su hijo, para que se mantuviera lejos del trato grosero de la calle, para que las blasfemias impías y las expresiones sucias de gente grosera e inculta no llegaran a ser también las suyas! ¡Y cuántos padres creerán ahora a su hijo en las mejores manos, allí donde, apartado de la vida mezclada del mundo, bajo la solícita tutela de hombres serios, cultos y afectuosos, se le conduce hacia su hermosa meta! ¡Oh, si vieran alguna vez la miseria! ¡Si tuvieran siquiera una vez ocasión de ser testigos de esas escenas escandalosas en que su hijo tiene que soportar no solo los insultos más soeces, sino a menudo incluso golpes! ¡Si pudieran asomarse a las clases de violín, de piano o de armonía, donde se mancha al alumno con vilezas obscenas y se le inyecta sin escrúpulos veneno en el alma joven! Los siguientes ejemplos —por desgracia14 muy pocos— no desmentirán mi afirmación. — ¿Qué decir, por ejemplo, cuando a muchachos de quince años se les ordena «no poner en los cuadernos de armonía un papel secante que parezca un limpiac—»? — o cuando un profesor titular grita a un alumno por una respuesta equivocada:
«¡Cabeza hueca, siéntate en el ori—!»? — o cuando a dos alumnos de sexta que durante su hora de práctica han ido al retrete se les recibe a gritos: «¿Ya habéis acabado de c—, cag—s? ¡Ya me figuraba yo que os ibais a pasar c— toda la hora de práctica!»? — o cuando un profesor titular dice a unos alumnos en la enfermería: «Mierd—s, en cuanto se os atraviesa un p—, ya os vais a la cama»? — o cuando un profesor titular, en la audición de violín, canta con una canción: «¡Un p— engullido, un p— engullido!» — o cuando a unos alumnos de quinta, porque en un día frío han abierto la ventana, se les grita: «¡Sentaos con el c— en la nieve, si tan a gusto estáis!» — o cuando el mismo señor habla ante jóvenes de un «punto de apoyo moral en la barriga» y de otras cosas sucias parecidas — ? ? — ¡Qué asco, señores míos, qué asco! —15
¿Queréis ser maestros de la juventud? —
¡Queréis guiarla a la altura! —
¡No, digo yo, no y mil veces no!
Al cielo ha de clamar la vergüenza
que vuestras manos le preparan. —
Verdaderamente no hace falta ser «anarquista», ni «idealista», ni «pesimista» para sentirse impulsado a dar expresión a su justa indignación contra semejantes condiciones. En medio de condiciones tan crasas —como dice con razón la Deutsche Wacht—, tan espeluznantes, tiene que fracasar incluso el «optimismo más desaforado». Todos lo sabemos: «La educación de los muchachos quiere manos duras», ¡pero no debe pegársele la suciedad, la inmundicia repugnante!
Imagínese el efecto de semejantes groserías y
vilezas, que hieren todo sentimiento mejor, entre los seminaristas. Después de las clases, ciertas personas las recalientan una y otra vez y se ríen siempre de nuevo. Pronto aparecen también quienes en hazañas parecidas emulan a sus modelos y procuran superarlos. Si el señor profesor titular lo hace sin cortarse, al seminarista, naturalmente, también le está permitido. Así ocurre que las obscenidades y groserías se vuelven pronto moneda corriente, que se usan sin escrúpulo las expresiones más desvergonzadas y groseras, de las que hay que decir que el seminario de Oschatz es riquísimo. Recuerdo solo el insulto que, según tengo entendido, empleó una vez uno de los señores profesores titulares de música, y que, por su contenido vil, de hecho irreproducible, se elevó a «apodo» del mismo, y las maldiciones e imprecaciones, a menudo espantosas, que —con toda naturalidad— llovían a veces sobre la cabeza de ciertos maestros impopulares entre los alumnos. Como cantaban los viejos . . . . . .16 — Es verdaderamente una vergüenza que nuestra juventud en crecimiento, a la que se quiere encaminar a una profesión tan ideal, se encuentre en manos de tales hombres.
Pero la cancioncilla en gloria del seminario de Oschatz aún no está cantada del todo. Allí también tienen su casa los golpes.
El hermano Heinrich, en Mariaberg, pegaba con un manojo de llaves;17 en Oschatz se da al «perro canalla» o al «bicho apestoso» el debido (o mejor dicho: indebido) énfasis con el arco del violín, con el libro, con la mano, con el puño o con el bastón. El derecho escolar sajón (Königl. Sächs. Volksschulrecht) añade expresamente a la última y más severa pena permitida en los seminarios de maestros la observación: «El castigo cor-
poral no es un medio de castigo admisible»;18 y, sin embargo, a los seminaristas se les pega. Golpes con un arco de violín cortado por arriba y por abajo silbaban en casi todas las audiciones de violín sobre los dedos y el dorso de las manos, y a menudo eran tan dolorosos que no pocas veces apenas era posible sostener el violín. También la cabeza ha recibido lo suyo de vez en cuando. Así, el señor profesor titular M. «le dio varias veces buenos puñetazos en la cabeza» a un alumno de sexta que tocaba mal en la clase de armonía. El pobre muchacho vino a verme tres días después y me pidió con lágrimas en los ojos que anotara este caso; ya no podía aguantarlo más. Su primero de clase confirmó la nota. Tengo ante mí otro caso particular. La clase III, sección II, tiene repaso de violín. El señor profesor titular M.: ¡Violín arriba! Un seminarista no levanta lo bastante el violín. El señor profesor titular grita y va hacia él, le pega con su arco de violín roto en los dedos de la mano izquierda, de modo que el alumno en cuestión ya no puede sostener el violín y tiene que bajarlo. Entonces el señor profesor titular M. ve que en la mano derecha del muchacho las uñas no están lo bastante cortadas y limpias; le da una bofetada (el alumno tenía 18 años) y dice: ¿Dónde has estado recogiendo patatas? — Luego lo agarra por el cuello, lo estampa contra la pared, lo vuelve a agarrar, abre la puerta, lo echa fuera y dice: Hacer el pisaverde (por las uñas largas) y correr a las confiterías, eso sí que sabes, ¡pero nada más! — (Tres años antes
el alumno, entonces de tercera, había acompañado a su madre en las vacaciones de Pascua a una confitería de Oschatz.) El caso está garantizado por la firma del alumno maltratado y la apostilla: «Coincide plenamente con la verdad». — Dicho seminarista tuvo que hacer luego otra vez, por fuerza, de «héroe apaleado» en una comedia-espectáculo parecida. La primera clase de latín en cuarta había terminado. El profesor de latín era un hombre al que creo caracterizar mejor señalando que las flores de tratamiento citadas son en buena parte productos de su fuerza. Las clases mayores nos lo habían pintado con los más vivos colores. Payasadas, alboroto, risitas, gritos, peleas y golpes componían sus clases. El seminarista tiene para todo ello el nombre colectivo de Schloterei.19 La primera clase transcurrió con moderación, aunque en realidad todos nos alegrábamos más o menos desde hacía tiempo por el espectáculo, hasta entonces nunca visto pero muy comentado por otras clases, de una pelea general entre maestro y alumnos, de una kermés de la Alta Baviera —Raufi en miniature—.20 Naturalmente, para eso se sientan en cuarta muchachos de 16-17 años. Pero después de la clase hubo un intercambio de opiniones sumamente animado y ruidoso. De repente se abre la puerta, el señor Dr. P. entra precipitadamente, hirviendo de furia y excitación, agarra al primero que encuentra brincando delante de los bancos, y lo zarandea de un modo que desafía toda descripción. El resto del grupo, que huye rápidamente a sus sitios, se queda en el primer momento casi mudo del susto. Pero pronto vuelve a animarse, y a algunos les cuesta, ante la escena extraordinariamente grosera pero a la vez sumamente risible, contener una
carcajada. Uno ya no puede reprimirla y estalla. En un santiamén el señor profesor titular, sobresaltado y resoplando, suelta a su víctima y se lanza sobre el «asqueroso risitas», lo zarandea con todas sus fuerzas y le golpea con gran violencia en la cabeza con sus dos libros de texto encuadernados, de grosor mediano. — Todo el episodio ocurrió después de la clase. La risa del alumno no había rebasado el límite de lo admisible y decoroso; una sanción no estaba, pues, en cierto sentido justificada, y en ningún caso en esa forma. Además, el señor Dr. P., con su conducta indigna de un maestro, había dado él mismo motivo para la risa.
Escenas como esta y parecidas ocurrían por desgracia con demasiada frecuencia, a menudo a diario, a veces incluso varias veces al día. A un alumno lo zarandearon, sacudieron y vapulearon una vez de tal modo contra el banco, de un lado a otro, que todavía un tiempo después tenía manchas completamente rojas en el cuerpo. A otro el mismo señor le golpeó la espalda con los puños, a un tercero le rompió la chaqueta, a un cuarto le estropeó el reloj y le rompió la pechera, a uno incluso le pegó con su bastón de paseo, bastante fuerte. No es exagerado decir: todo alumno que ha «disfrutado» de las clases del señor Dr. P. ha sido «sacudido» por él. Bofetadas daban también de vez en cuando otros señores. Que también los seminaristas tuvieran en parte la culpa de tales escenas escandalosas lo admito, pero me parece comprensible. Puesta por las clases anteriores en una tensión y una expectación increíbles, cada clase que entraba de nuevo bajo el régimen del señor profesor titular
se esforzaba, naturalmente, por conocer cuanto antes los placeres que hasta entonces le eran ajenos. A este afán, por una parte, respondía, por la otra, una gran desconfianza que a menudo husmeaba en las cosas más inocentes e inofensivas ofensa deliberada, maldad y grosería. Así chocaban los espíritus (y también los cuerpos). Que al final no quedara entre los alumnos ni un destello de respeto y estima hacia este hombre no hace falta mencionarlo. Había también otros maestros que no lograban mantener una disciplina estricta, pero en sus clases nunca se produjeron excesos que se parecieran ni de lejos a aquellos. Eso prueba que la culpa principal debe cargarse en la cuenta del maestro. No quiero en absoluto defender a los seminaristas; lo justo, justo es. A menudo recurrieron a medios de la clase más refinada para atizar la furia de su profesor titular, porque a veces se divertían con ello de lo lindo. Pero eso no puede ser motivo para echar sobre este asunto el mantillo del olvido y del silencio. Con fragmentos taquigrafiados y expresiones y giros habituales, etc., se ha montado una clase de este señor que muestra un parecido asombroso con el original. La reproduzco a continuación:
Una clase de latín.
El señor profesor titular va y viene por el aula en silencio y con los brazos cruzados; los alumnos están sentados en los bancos y traducen entre ellos. La clase aún no ha empezado. De repente el señor profesor titular se detiene ante un alumno y entabla una conversación.21
Profesor: Oiga, a usted también le gusta más la música que el latín, ¿no?
Alumno (sigue sentado en el banco, naturalmente): Hombre, ¡eso está claro!
Profesor: Hombre, oiga, ¿y por qué no, muchacho? ¿Es que cree que el latín no le sirve de nada? ¿Eh? ¿O es que no le interesa?
Alumno: Hombre, mucho interés no le tengo, la verdad.
Profesor (excitado): Sí, sí, tío, es usted también un majadero de esos, estúpido, simple, impertinente y bocazas, que todo lo sabe mejor!22
Alumno: Pero, señor doctor . . .
Profesor: ¡Cierre esa boca sin lavar, eructador tonto y asqueroso, gandul de pelo a contrapelo! Así son hoy las cosas: estos tíos se creen que, en cuanto han gastado seis años los fondillos de los pantalones, ya tienen que ser maestros de escuela, los muy zánganos. Y luego, cuando están fuera, se ríen de las litteris . . . (Corre de un lado a otro sumamente excitado y agita los brazos. Mira el reloj.) Bueno, ya va siendo hora, vamos a empezar. La última vez . . . (Al fondo todavía murmura uno.) ¡Cierre la boca, mozo (gritando), o sale usted fuera! ¡Politicastrius! ¡Pelele! ¡Mamarracho! — (Corre hacia cualquiera y llega a las manos.) . . . (Gritando): ¡Si no le gusta, márchese! — ¡Hágase camarero, talento tiene para ello y también unos pantalones muy majos! — (La clase se divierte de lo lindo; el alumno increpado protesta a media voz.) . . . ¡Tío, ahora sí que caen bofetadas;
gandul largo y de pelo a contrapelo! . . . ¡A esta chusma se le sacude una y en paz! (Corre de un lado a otro resoplando y jadeando.) . . . (Al cabo de un rato): Bueno, ahora sí que vamos a empezar. ¡Empiece usted, S.!
Alumno (se levanta, con el libro en la mano): ¿Traduzco primero otra vez lo anterior?
Profesor (no ha entendido la pregunta; volviéndose al primero de la clase): Oiga, ¿qué quiere ese, el muy tonto? (El primero de la clase repite la pregunta.) El profesor, volviéndose al alumno en cuestión: Hombre, naturalmente . . . (S. traduce lo anterior, pero mal.) ¡Ay, Jesús, qué tonto es este hombre! ¡Oiga usted, Borneo!23 (El profesor pone una cara espantosa y se pasa la mano por la frente.) [Una voz desde el fondo, a media voz: Ya está otra vez enfermo.] (El profesor oye que alguien habla.) Sí, y banda de canallas asquerosos (furioso), esa bocaza no la consiento, ¡o habrá sencillamente algo con la mano! En tono algo más tranquilo, al siguiente: ¡Continúe, el siguiente! Ese tío (se refiere a S.) es estúpido, tonto de remate, cerril, ¡de lo más borneano! (S. hace comentarios.) ¡Sí, sí, tío, nada de usar la boca y nada de risitas! (El de delante de S. se vuelve y se le ríe en la cara. El profesor se lanza sobre él: ¡Vuélvase, mozo! ¡y nada de payasadas! (Lo pone en su sitio de un empujón; en la clase, viva agitación, risitas, ruido.)
Alumno X. (empieza a traducir): Interim accidit . . .
Profesor: ¡Bien! ¡Hombre, siga! . . . ¿El sujeto es cuál? — (Alguien sopla.) . . ¡Si pudiera pillar a ese asqueroso soplón; ya le caería algo detrás de las orejas y además un capítulo! Bueno, ¿cuál es el sujeto?
Alumno X.: Es [ello].24
Profesor: ¡Bien! ¿Y el predicado?
El alumno X. calla.
Profesor: Bueno, eso será otra vez demasiado alto para su horizonte, ¿eh, bobalicón? [Desde el fondo: Ese está enfermo.] Corre hacia atrás y grita al primero que encuentra: ¡Cierre la boca, gandul! . . . (Vuelve despacio, sumamente excitado, sin quitar ojo al alumno en cuestión.) ¿Cuál es el predicado? ¿Usted? (pregunta al siguiente.)
Alumno N.: ¡accidit!
Profesor (respirando hondo): ¡Hombre, naturalmente! . . ¿A verbo?
Alumno X.: accido . . .
Profesor: ¡Ay, Dios, qué tonto es este hombre! ¡Vaya politicastros! ¡Chusma, rayos y truenos! ¡Y encima la bocaza! (Mira al hacerlo a uno que no tiene nada que ver y que por eso pone cara de asombro.) ¡Sí, sí, gandul! (La clase se divierte, hay un desasosiego general, se oyen risitas, en la fila de delante uno suelta un ruido sonoro. El profesor pega un brinco.) ¿Quién ha sido el eructador? (Gritando): ¿Quién ha sido? (Nadie se presenta.) ¿Nadie? . . . ¿Ha sido usted? (pregunta al último.)
Alumno: ¡No!
Profesor: ¿Usted? (pregunta a otro.)
Alumno: ¡Ni idea!
Profesor: Hombre, sí, naturalmente, otra vez ni un solo hombre25 de esta miserable banda. A gandules así hay que formarlos ahora para educadores del pueblo, que no saben hacer otra cosa que gandulear. Conmigo, ahora, caen bofetadas y en paz. Y aunque mañana tenga que presentarme de frac ante el Ministerio, me trae completamente sin cuidado. ¡Así que adelante, gandul!
Alumno N.: No sé por dónde va.
Profesor: Pues apunte usted a ese (al primero de la clase, que lleva una lista); que lo traduzca por escrito.
Alumno N.: (protesta).
Profesor: ¿Qué tiene usted otra vez que refunfuñar y que rechistar, tipo risitas, mocoso estúpido? ¡Hágase rascatripas o tabernero; bastoncito de fanfarrón ya tiene, para eso no le hace falta latín! O hágase músico, tío, y toque desde lo alto de la torre. (Está completamente sin aliento.) . . . . . ¡Pero ahora vamos a darnos prisa, o no acabamos ni un capítulo! ¡Traduzca, pero un poco rapidito! (El siguiente traduce; el profesor mira todo el tiempo por encima del libro y escucha.) ¡Y si no pillo pronto al gandul que no para de hablar a la vez, encierro a toda la clase el domingo que viene! . . . ¡Siga! (sigue traduciendo) ¡Bien! Bueno, este por lo menos está algo versado.
Alumno M. (ha entendido mal al profesor): ¿Que yo soy taimado?26
Profesor (sobresaltándose): ¡Bribón, eso a usted le da igual, muchacho deslenguado! (El siguiente traduce; el profesor dirige de pronto toda su atención hacia un lado y luego va derecho hacia un alumno): ¿Está usted copiando, bobalicón?
El alumno W. lo niega.
Profesor (no ha entendido bien): Oiga, ¿qué quiere ese estúpido?
Alumno W.: Pero, señor doctor, si yo no he copiado nada.
Profesor (en voz alta): ¡Silencio, tío! ¡Lo que yo veo, lo veo, y lo que oigo, lo oigo!
Alumno W. (para sí): ¡Ya está!
Profesor: ¡Desvergonzado! (Llega a las manos. Delante se arma un escándalo sin límites. De repente el profesor suelta a W. y se lanza sobre H., golpeándolo con el libro y gritando con todas sus fuerzas: ¡Gandules! ¡Gandules! ¡Gandules miserables!) (H. levanta la mano.) . . ¿Qué quiere usted?
Alumno H.: ¡Señor doctor, ay, ay, mi brazo!
Profesor: ¡Abajo, tío! (le baja el brazo de un golpe con el libro.)
Alumno H. (vuelve a levantarse): Ay, ay, señor doctor.
Profesor: ¡Abajo! (vuelve a emprenderla con G.,27 cuyo dolor es solo fingido.)
Alumno H.: ¡Ay, señor doctor, que sale sangre! (pero ya no puede contener la risa.) El profesor vuelve a lanzarse sobre H. y le pega. Todo está en la mayor agitación; carcajadas y gruñidos se mezclan. Luego el profesor agarra al primero que encuentra, lo sacude y zarandea, gritando sin parar: ¡Gandules! ¡Gandules! . . . . . (Suena la hora. El profesor coge sombrero y bastón y corre de un lado a otro, ardiendo de furia.) ¡Miserable, triste, harapienta, crasa banda de canallas, gandules asquerosos; todos el capítulo y el domingo que viene arresto! (Sale. Lo siguen carcajadas y abucheos —triste, pero cierto—.) — — — — — —
El lector que no esté iniciado en estas condiciones no sabrá qué decir tras esta muestra brillante. Es una miseria espantosa, espeluznante y profundamente lamentable la que hace estragos en este seminario. Y clases de este tipo no son casos aislados. Durante días, a veces semanas, se han repetido en todos los matices posibles, unas veces con más violencia, otras con menos. De todo este trajín no habría podido hablarse, naturalmente, si el
profesor titular en cuestión se hubiera comportado como exigía su posición de maestro, y si sus clases hubieran sido inspeccionadas con más frecuencia. Pero también el señor director J., que sin duda sabía de estas condiciones, esperó tanto tiempo, hasta que sus propios alumnos empezaron a sublevarse y se hicieron preparativos para poner fin a la broma.
También en las clases de gimnasia se llegaba a veces a escenas parecidas. Un caso puede hablar por todos: el seminarista G. había hecho ejercicios libres en la barra fija y luego se había tomado un descanso. El señor profesor titular S. lo ve descansar, viene desde el plinto derecho hacia él, lo agarra y le grita por qué no ha hecho gimnasia. G. dice que sí la ha hecho. Entonces el señor profesor titular suelta un sonido inarticulado, lo vuelve a agarrar, lo zarandea y lo aprieta, de modo que G. perdió el equilibrio y casi cae al suelo. G. tuvo que seguir haciendo gimnasia sin parar y en Pascua recibió «por comportamiento inadecuado» el Ib en conducta. — (Citado literalmente según la nota firmada del alumno en cuestión que se me hizo llegar.)
También las audiciones de órgano y de piano estaban ricamente bendecidas de empujones y codazos. — Una vez el profesor de latín tuvo antes de empezar la audición de órgano un escándalo con un seminarista —lo que no era raro— que acabó con que lo zarandeó en presencia del profesor titular de música. Al cabo de un tiempo este último volvió a hablar del asunto, le dijo al seminarista las verdades en todas las dimensiones y escupió delante de él. — Es el mismo señor que llamó a un alumno de segunda delante de la clase «vomitivo» y otra vez «espantapájaros»; que tuvo también la ingenuidad de emplear a los seminaristas como criadas, o bien como
recaderos. Ha ocurrido que dicho señor profesor titular S., un domingo por la tarde en que desde las tres vigilaba a cosa de medio Schock28 de seminaristas internados, se hizo traer por un alumno de quinta cerveza en un vaso abierto desde el «Cisne». Este seminarista de gorra azul, ascendido a criada del señor profesor titular S., tuvo que llevarla atravesando toda la plaza del Mercado y a lo largo de la calle del Seminario, y quizá se le recompensó por ello con que al día siguiente, en la clase de canto, su comitente le metió en la boca la clavija de sujeción de la pizarra, como aquel señor solía hacer con frecuencia. También se me ha comunicado, con promesa de que es verdad, que a mediodía un alumno de sexta ha tenido que ir a su casa a preguntar si el señor profesor titular tenía algún recado que hacer. Por lo general tenía que llevarle el violín, pero también hacer otros mandados. Así, uno me contó que tuvo que ir a la botica. Por desgracia, de este «privilegio» me enteré demasiado tarde, de modo que no pude anotar lo bastante para trazar un cuadro claro. Pero ya por lo dicho es seguro que todo este proceder es una arrogancia y una desfachatez sin igual. Es disculpable que un profesor titular se haga llevar una o algunas veces libros o cosas parecidas que le resulten demasiadas o demasiado pesadas; nadie se lo reprochará. Pero exigir a un alumno de sexta, cuyo tiempo ya está verdaderamente muy medido, durante el mediodía, que es su única libertad, trabajos de criada o de recadero, eso es por lo menos fuerte.
La observación de que la libertad del seminarista ya
está de por sí muy escasamente medida me lleva a otro mal que, al igual que los demás, tiende a hacer aparecer el seminario como una llama en la que se padece tormento. Me refiero al castigo de privación de libertad. La ley escolar solo lo permite en cuarto lugar.29 Y con razón, pues jóvenes como los seminaristas, que de la mañana a la noche se ven obligados a estar metidos en una habitación, y además en la época del mayor crecimiento y del desarrollo corporal más vigoroso, necesitan con mucha urgencia el ratito de libertad que se les concede. Por eso es una falta de conciencia abusar del derecho de privación de libertad. En Oschatz ha ocurrido que el número de arrestados llegara a unos 30-40, más o menos. Eso es aproximadamente el 25 % de todo el alumnado. Ciertos señores, según parecía, ponían su empeño en encerrar al mayor número posible. A menudo, además, imponían por una sola falta varios domingos y días laborables. Así, era regla que en las clases de violín todo el que no supiera tocar con seguridad, o no supiera en absoluto, un coral o una canción popular quedara encerrado tres —digo tres— mediodías seguidos. En la media hora de doce y media a una le costaba hacer las compras necesarias en la librería de la ciudad; si era alumno de sexta y «le tocaba la semana», tenía además que ir a ver al señor S. y preguntar si había algún recado que hacer. Desde la una en punto se acababa para él otra vez el poquito de sol. He conocido bastantes desgraciados que muchas semanas solo podían salir una o dos veces y que también los domingos cumplían regularmente de 3 a 4 la «clase particular» —
como llamaba eufemísticamente a los arrestos una especie de humor negro—. Si se tiene en cuenta además por qué nimiedades ridículas se imponían a veces castigos, habrá que darme la razón cuando llamo a todo este encierro practicado en tal medida —que además era del todo antipedagógico, porque al arrestado no se le daba ocupación— una enorme falta de conciencia. He aquí un ejemplo de una de esas bagatelas. El alumno de segunda W. borra la pizarra en la clase de armonía, pero, a falta de trapo, no puede secarla. El señor profesor titular S. exige, sin embargo, que esté seca. W. se disculpa y señala que no hay trapo. Entonces recibe arresto. A una nueva disculpa le corta el señor profesor titular la punta quitándole en el acto la palabra. — Cómo esta desagradable historia tomó todavía un giro desagradable lo contaré luego. Sobre todo en las clases de historia, que también merecerían una descripción detallada (volveré muy probablemente a ellas en la segunda parte), llovían literalmente los arrestos. Quien, por ejemplo, no supiera decir exactamente en su orden las seis mujeres de Enrique VIII o las ciudades por las que pasó Ernst von Mansfeld en su huida a Hungría (1626) corría peligro de perder una hora de libertad. Sé con certeza que ambos casos ocurrieron en segunda. — También en geografía, que merece ya más bien el nombre de geografía de oficial ambulante, era motivo suficiente para meter a uno bajo llave no saber referir en orden seguro las distintas estaciones de media docena de líneas de ferrocarril que iban, por ejemplo, de Burdeos a San Petersburgo o de Leipzig a Otranto.30 Del mismo modo, la
clase de gimnasia era una de aquellas de las que uno se alegraba si podía escabullirse de nuevo al aire libre sin haber recibido arresto. Quien no supiera decir con exactitud el grosor de un larguero de las paralelas, la longitud de una barra de gimnasia en cm, o el año de publicación de un librito de natación, quizá podrido hacía tiempo, de algún gimnasta, tenía que considerarlo una suerte especial si salía con solo un ojo morado. ¡Hasta una vez el señor profesor titular de gimnasia St. dio a entender con toda seriedad a un alumno de primera que preguntó si de verdad era tan importante saber que un larguero de las paralelas no tiene 6 sino 5 cm de grosor, que si no lo sabía le bajaría la nota de gimnasia!!
A muchachos completamente negados para la música, que en sus dos horas de práctica de piano tenían que aprender 5 corales fáciles y 5 difíciles, 2 o 3 canciones populares, 4 o 5 ejercicios de Hauer (canto a cappella), intervalos, escalas, etc., y además una pieza de estudio para la audición de piano, en cuanto no sabían cantar con seguridad un coral o un ejercicio se les internaba sin contemplaciones y luego se les citaba en casa del señor profesor titular, donde tenían que demostrar si habían aprendido el coral. — La mortalidad de los maestros jóvenes por tisis pulmonar es alarmantemente alta. Si al menos se supiera buscar el germen de este mal allí donde realmente está: en la privación del aire fresco necesario durante la época del mayor crecimiento y del mejor desarrollo corporal. Entonces muchas cosas cambiarán. — ¿No lo habéis oído, señores? ¡Un «punto luminoso» ha de ser el seminario, y no una casa de arresto! —
Tras la exposición de estas condiciones verdaderamente clásicas se me objetará: ¿por qué no se queja nadie?
Quien alguna vez en la vida, sea donde sea, haya estado bajo la férula de cómitres bárbaros sabe qué asunto tan delicado es quejarse y denunciar. Las ventajas que se buscan a menudo no guardan proporción alguna con los perjuicios que se derivan.
La autoridad inmediata del seminarista es el director del seminario. Solo a él ha de dirigirse en cuanto un maestro lo trate de forma indigna o, para no empezar enseguida por lo peor, simplemente mal. Veamos, pues, más de cerca a este señor. Cuento de él un rasgo de carácter: unos alumnos de quinta arman escándalo durante su hora de trabajo en clase. El señor J. aparece y da al primero de la clase la orden: «Si no se están quietos (los compañeros de clase del primero, se entiende), ¡estámpelos contra la pared, que chillen!!» — Eso lo llama el señor J. una «forma de expresión drástica». Yo creo, sin embargo, que la querida lengua alemana tiene para tales formas denominaciones aún más certeras. — En todo caso, en ello se manifiesta el compasivo amor de Salvador del maestro que se inclina hacia el alumno. — Pero otro rasgo de carácter: unos alumnos de primera se quejan de unos alumnos de quinta insolentes. ¿Qué consejo les da el señor J.? — «¡Bah, deles un sopapo!» — Pero los alumnos de primera en cuestión tienen tacto pedagógico suficiente para dar a su señor director la vergonzosa respuesta: «¡Eso no lo haremos nunca!» —
¿No se están criando, con tales incitaciones directas a castigar corporalmente a los pequeños —que ya de por sí, como se ha expuesto, no reciben de sus maestros un trato muy delicado—, los mayores pedagogos de la vara? Si quiere a toda costa que se pegue a los alumnos de quinta (también a otro alumno de primera le dio el mismo consejo), haría bien en
hacer él mismo de verdugo o en solicitar al Real Ministerio que se le ponga uno. Pero inducir a ello a seminaristas mayores es totalmente antipedagógico. Aunque a este o aquel de los alumnos de quinta denunciados, cuya insolencia a veces «pasaba de castaño oscuro», como dice el seminarista, una buena tunda quizá no le hubiera hecho daño en ciertas circunstancias, la facultad de darla sí habría hecho mucho daño a los alumnos de primera en cuestión. Por lo demás, la insolencia de ciertos alumnos no habría podido llegar a tal extremo si estos no hubieran estado al tanto de las fechorías de varios alumnos de primera y de segunda, de modo que, a cada intento de castigarlos, amenazaban con denunciarlos. Ese era el quid de la cuestión. — No debe extrañarnos que los maestros jóvenes peguen ahí fuera a los niñitos indefensos y desvalidos, si de seminaristas, con diecinueve o veinte años, pudieron pegar impunemente a sus compañeros de seminario de dieciséis. Que una sugerencia, una incitación a pegar, contiene a la vez la promesa (aunque tácita) de protección o apoyo eventual por parte de quien incita, es evidente. La vida del seminario de Oschatz ha dado de hecho ejemplos en que alumnos de las clases bajas recibieron bofetadas de los de las altas; y en concreto, de tres casos que recuerdo en este momento, en dos los castigos carecieron por completo de fundamento. Una vez, un golpeado se quejó de una bofetada recibida sin culpa. Se la había aplicado en un arrebato un alumno de primera, porque creyó que le había retirado el banco en el momento en que iba a sentarse. Hubo una investigación. El alumno de primera afirmó que el señor J. le había dicho que en eso había obrado con toda razón. Cuando yo, antes de Pascua
(en la época de la tormenta), le dije al señor J. sobre los golpes lo mismo que digo hoy y le recordé dicho caso, su memoria le había fallado hasta tal punto que no podía acordarse en absoluto de que se le hubiera denunciado nunca este asunto. — ¿De qué sirve, señor J., el «queridos hermanos» de los rezos dominicales, si después de ellos se da expresión al amor fraterno con diversos sopapos o una buena tunda? — También una muestra de la justicia que reina en Oschatz. Un alumno de primera, uno de segunda y uno de cuarta, llevado solo para que pagara, habían salido de noche del seminario sin permiso y habían andado por las tabernas. Dicho sea de paso, era más o menos la trigésima o cuadragésima vez que se escapaban. Por una delación —y la delación desempeña en Oschatz un papel considerable— el director se enteró. El de primera intentó al principio escurrirse de la desagradable situación con mentiras; al fin los tres confesaron sus faltas, que según el reglamento interno se castigan con la expulsión, y admitieron también que habían salido repetidas veces del seminario. ¿Qué castigo recibieron los tres «escapados»? — Ni una hora de arresto, ni una amonestación ante la junta de profesores, ni una nota de conducta baja, ni concilium abeundi,31 nada de todo eso. Cada uno tuvo solo que escribir una carta a sus padres y confesar sus pecados. El señor director los había indultado. — ¿Para qué existirá entonces el reglamento interno? — Pero, frente a esto, un caso contrario. Unos alumnos de cuarta arman escándalo en su clase. Un alumno de segunda se lo prohíbe y exige a uno que le diga quiénes son los alborotadores. Este no lo hace y recibe un trabajo de castigo, que luego se le perdona. Ocho días después, a la misma hora, el mismo alboroto. Dos alumnos de tercera, a los que los de cuarta
naturalmente no tienen ningún respeto, piden silencio, y lo mismo vuelve a hacer el alumno de segunda; pero sin éxito completo. Acto seguido se denuncia a los de cuarta. Castigos: 1. todos son citados ante la junta de profesores; 2. tienen que hacer una redacción alemana; 3. catorce días de arresto domiciliario; 4. cada día, dos de ellos al calabozo; 5. tras terminar las clases a las 11, vacaciones solo a partir de las 9 de la noche; 6. un seminarista el III en conducta, uno el II, ¡¡¡todos los demás el IIa!!! — — — ¡Compárese ahora la falta del primer caso con la del segundo! Allí, gente, viejos pecadores, que desde antes de Pascua hasta más o menos las vacaciones grandes se escapaban varias veces cada semana y que además indujeron a ello a un alumno de una clase inferior. Aquí, alumnos en plena edad del pavo que durante su hora de trabajo en clase (una de las instituciones más imprácticas y perjudiciales que quepa imaginar, justamente en este aspecto) mantienen una conversación ruidosa y molesta. Allí, antes de la confesión, la mentira; aquí, la confesión abierta, mejor dicho: la prueba de culpa. Allí, gente que debe ser un ejemplo para los pequeños; aquí, gente de la que se está convencido de antemano de que le falta madurez. — ¡Y luego considérense los castigos! — Aquel alumno de segunda que se había escapado con los otros es, dicho sea de paso, el que más tarde me delató. Poco antes de Pascua su señor director lo encontró completamente borracho en su sala de estudio, y le dio cacao para que volviera en sí. De castigo alguno no se ha sabido nada. Más tarde, es verdad, por un lindo intermezzo que al parecer tuvo lugar entre él y el señor J., fue degradado de su puesto de primero de clase. ¡También era un primero de clase «digno»! —
Naturalmente, antes de someterse al fallo
de este director, el seminarista prefiere dejarse llamar «bicho apestoso» por su profesor titular de música o dejarse «masajear» por su profesor titular de latín. Al padre del seminarista tampoco se le ocurre poner reparos ni presentar queja. Teme empeorar con ello, en lugar de mejorarla, la relación de su hijo con los maestros, perder quizá las becas que recibe su hijo, en suma, salir perdiendo. Yo mismo tengo que confesar que tampoco se lo aconsejaría a nadie mientras su hijo sea seminarista. Cuando este por fin ha dejado el seminario, con más razón no lo hace; ya no le sirve de nada; que los demás se las arreglen también como puedan. — Conozco al padre de un seminarista que tenía el propósito, y lo expresaba a menudo, de proceder con toda energía contra el héroe dictador del seminario. Pero no salió nada de ello. Eso sí, expresó su propósito en voz bastante alta. Su hijo fue entonces elevado a favorito del profesor titular en cuestión y obsequiado con ciertos «asuntos de confianza» que sacaré a la luz en la tercera parte de mi folleto.32 De la conexión interna no se puede decir nada, porque no se tienen pruebas. Pero los pensamientos no pagan aduana.
¿Y si a pesar de todo viene un seminarista y presenta una queja? — Entonces, naturalmente, hay que investigar. Se hace de la manera siguiente: el sábado, después de la lección de prueba,33 en que están reunidas las tres clases superiores, se celebra un día de juicio sobre el profesor titular denunciado. A todo alumno se le concede la palabra; incluso se dirige repetidas veces a todos la apremiante invitación a declarar lo que haya que reprochar a la conducta del «querido colega» en
clase. Uno aporta esto, otro aquello, y así al final la participación se vuelve muy animada. El señor J., que hace de presidente, pone por escrito todas las declaraciones con visible deleite. Luego se cita al profesor titular del seminario en cuestión ante el tribunal del señor director. (Yo mismo me senté una vez a juzgar al señor profesor titular St.) — Quien piense ahora que el profesor titular denunciado queda convicto, reconoce su injusticia y evita en adelante todo lo que pueda dar motivo de queja, está en un error. — ¿Que el señor profesor titular St. ha dicho «canalla»? — ¡Solo se le quiere difamar! — ¿Que el señor profesor titular S. ha puesto arresto porque la pizarra no estaba seca? — ¡No es verdad, y aunque toda la clase atestigüe lo contrario: no es verdá! — — ¿Qué ha de hacer el director? — Pone (¡óigase y asómbrese!) cara a cara a maestro y alumno. El alumno asegura que el profesor titular en cuestión ha llamado a este y a aquel «vil mentiroso»; el profesor titular lo niega. El alumno presenta testigos; el señor profesor titular se mantiene en su declaración. — ¡Así se hace; así van las cosas en Oschatz! — El asunto, naturalmente, queda como estaba. El alumno no ha ganado nada; sale del despacho del director con la certeza de que para él la época dorada, en que todavía podía aguantar con ese señor, habrá pasado. El señor director tiene, naturalmente, el tacto suficiente para susurrarle confidencialmente al oído, antes de que se vaya, que no está en absoluto moralmente convencido de la declaración del profesor titular, pero . . . . se encoge de hombros. A algún otro, de cuyo proceder quizá dijo a un alumno que se quejaba: «¡Deje usted primero que el pollito crezca!», también le ajusta las cuentas. Cuando el
pollito ha crecido bastante, se presenta una denuncia por malos tratos a los alumnos. Un alumno de segunda recorre el seminario y recoge entre los seminaristas los insultos de los señores en cuestión; un alumno de primera escribe la denuncia. Pronto llega el «rapapolvo». Unos 3 días es soportable, pero pronto todo vuelve a ir por el viejo carril. Ese es el remedio. — Por todo lo expuesto puede uno hacerse una idea bastante clara de la relación entre director, maestros y alumnos. Con tales exposiciones a la vergüenza pública y manipulaciones tan antipedagógicas como poco colegiales se trabaja directamente por un distanciamiento mutuo entre maestro y alumno. — Yo no he jurado fidelidad, pero di, ¡¿cómo andan tus deberes?! —
Por todo lo que forma el contenido de este escrito se ve clara y distintamente que las condiciones del seminario de Oschatz no pueden seguir moviéndose de ningún modo por los carriles seguidos hasta ahora.
Por las condiciones de Mariaberg se clamó y se llevaron las manos a la cabeza; — ¡tú, pueblo sajón, en tus estrechas fronteras albergas casi la misma miseria y el mismo dolor! — Y si esta sola voz no despertará un eco desde otros seminarios, no me atrevo a negarlo de antemano.
Ya es hora y más que hora de que se meta de una vez la sonda en este absceso y se reconozca con qué urgencia tales condiciones exigen una reforma. Con un trajín tan crudo, que frente a todas las aspiraciones de nuestro tiempo y frente a toda pedagogía obra como una bofetada, es del todo impensable trabajar para el bien.
Pero ¿de qué sirve ahí un solo adalid de la lucha? ¿Qué
puede ahí una fuerza débil, y además aún no probada ni ejercitada en las tormentas?
Todos tenemos que levantarnos, todo el pueblo tiene que alzarse como un solo hombre y avanzar en columna cerrada para exigir lo que todos tenemos derecho a exigir: ¡un trato digno para nuestros seminaristas!
Pueblo alemán, magisterio sajón, lavaos de la ignominia que también os alcanza; poned freno a semejante trajín, que deshonra vuestro buen nombre; ¡vosotros podéis!
¡Aquí solo sirve una reforma amplia y radical! ¡Aquí solo sirve un corte hasta el hueso!
En interés de la causa, el autor ruega encarecidamente que se le hagan llegar todas las reseñas de este folleto, debates sobre él, etc., sea cual sea el punto de vista desde el que se examine su contenido.
Imprenta de Sellmann & Henne, Leipzig.
En preparación:
Segunda parte.
El método de enseñanza en Oschatz.
Tercera parte.
Cómo se hacen las notas en Oschatz.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil digital de la Bayerische Staatsbibliothek (https://www.digitale-sammlungen.de/de/view/bsb11820111): Otto Rühle, Sechs Jahre in einem sächsischen Lehrerseminare. I. Teil: Die Behandlung der Seminaristen, Leipzig, August Schupp, 1896, 43 págs. (2.ª edición, 3.000-5.000 ejemplares; la primera, de 1.000-2.000, apareció el mismo año). Las notas del autor, numeradas por página en el impreso, se numeran aquí correlativamente. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Las partes II (Die Lehrmethode in Oschatz) y III (Wie in Oschatz Zensuren gemacht werden) se publican aparte en este archivo.
Traducción: traducción íntegra al español de la segunda edición (1896), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división del original, las cursivas (que reproducen el espaciado), los versos, la escena dialogada de la clase de latín y la paginación original; las erratas del impreso se respetan y, cuando afectan al sentido, se explican en nota. Los términos técnicos e históricos se dan la primera vez en alemán, en cursiva, y se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Lehrerseminar: centro de formación de maestros de escuela popular (Volksschule), equivalente a la escuela normal; en Sajonia, internado de seis cursos al que se ingresaba hacia los 14 años. Se traduce siempre «seminario de maestros»; Seminarist, «seminarista». El seminario de Oschatz, en Sajonia, es aquel en que estudió Rühle (1889-1895). (N. del T.) ↩
Alusión al dicho «Eines Mannes Rede ist keine Rede, man soll sie hören alle beede» (la palabra de un solo hombre no es palabra: hay que oír a las dos partes), que la tradición atribuye a Lutero. (N. del T.) ↩
Sitten-Ib: nota de conducta (Sittencensur) de la escala sajona, en la que I es la mejor y siguen Ib, IIa, II, III, etc. Un Ib en conducta en el certificado final podía perjudicar la colocación del joven maestro. (N. del T.) ↩
Oberlehrer, Seminaroberlehrer: profesor titular (del seminario), por oposición a los maestros auxiliares; Seminardirektor, director del seminario. (N. del T.) ↩
Deutsche Wacht, Dresde, n.º 249, 1895, 1.er suplemento. ↩
Dresdner Journal, n.º 216, 1895. ↩
Los seis cursos del seminario se denominaban, de abajo arriba, Sexta, Quinta, Quarta, Tertia, Sekunda y Prima; sus alumnos, Sextaner, Quintaner, etc. Se traduce «alumno de sexta», «alumno de quinta»…, hasta «alumno de primera» (el curso superior). El Primus es el primero de la clase, encargado de ciertas funciones de orden. (N. del T.) ↩
Cita libre de Schiller, Guillermo Tell, acto IV, escena 3: «Es führt kein andrer Weg nach Küßnacht». (N. del T.) ↩
Curtmann, Die Schule und das Leben [La escuela y la vida], 2.ª ed., Friedberg, 1847, pág. 117. ↩
Virgilio, Eneida VIII, 560. ↩
Los insultos, muchos de ellos del habla coloquial sajona (Schlot, Lumprich, Lumprian, Lapprian, Schlappjee, großguschig, «boca grande»…), se traducen por equivalentes aproximados. (N. del T.) ↩
Esta expresión no puede garantizarse con absoluta seguridad. R. ↩
Lessing, Emilia Galotti, acto IV, escena 7: «Wer über gewisse Dinge den Verstand nicht verliert, der hat keinen zu verlieren». (N. del T.) ↩
El «por desgracia» quiere expresar el pesar del autor por la escasa cantidad de pruebas de que dispone. Por lo demás, mejor sería que no hubiera ejemplos semejantes en absoluto. R. ↩
Las palabras malsonantes van abreviadas en el original con guiones (A—wisch, Sch—topp, F—z, etc.); se imitan las abreviaturas con equivalentes españoles. Las frases están en dialecto sajón. (N. del T.) ↩
Comienzo del refrán «Wie die Alten sungen, so zwitschern die Jungen» (como cantaban los viejos, así pían los jóvenes). (N. del T.) ↩
Alusión al proceso de Mariaberg (Aquisgrán, 1895), que sacó a la luz los malos tratos infligidos por los hermanos alexianos a los internos del manicomio de Mariaberg, y que causó gran escándalo en Alemania. (N. del T.) ↩
Véase la observación a la 19.ª ordenanza, 10, pág. 385 del Königl. Sächs. Volksschulrecht. ↩
Schloterei, Schlot, abschloten: jerga de los seminaristas; Schlot («chimenea»; aquí, en sentido figurado, «tipo vulgar, gandul») es el insulto favorito del profesor, y abschloten designa la paliza a sacudidas. Se traduce Schlot por «gandul» y abschloten por «sacudir». (N. del T.) ↩
Raufi: en el habla bávara, pelea, riña tumultuosa. (N. del T.) ↩
En la escena el profesor habla en sajón coloquial («och», «e», «kee», «hamm», «scheene»…), cosa que subraya la nota del autor; la traducción reproduce el tono coloquial, sin imitar dialecto alguno. (N. del T.) ↩
Hace uno o dos años, el Alto Real Ministerio de Cultos e Instrucción Pública dirigió a los seminarios una ordenanza de contenido más o menos este: que los maestros cuidaran de que los seminaristas hablaran un buen alemán culto. R. ↩
Borneo, borneadenmäßig: insultos formados sobre el nombre de la isla, como si el alumno fuera un salvaje de Borneo. (N. del T.) ↩
El alumno responde con el pronombre alemán es («ello»), sujeto de la traducción alemana del impersonal latino accidit («sucedió»). (N. del T.) ↩
kee Cenzger: en sajón, «kein Einziger», ni uno solo. (N. del T.) ↩
Juego de palabras entre beschlagen («versado») y verschlagen («taimado»). (N. del T.) ↩
Así en el original; debe de ser errata por H. (N. del T.) ↩
Schock: antigua medida de cuenta equivalente a sesenta unidades; medio Schock, unos treinta. (N. del T.) ↩
19.ª ordenanza 10, 4 del Kgl. Sächs. Volksschulrecht. ↩
Así en el original («Otrando»). (N. del T.) ↩
Consilium abeundi («consejo de marcharse»): la invitación a abandonar el centro, paso previo a la expulsión. El original escribe concilium. (N. del T.) ↩
«Cómo se “hacen” las notas.» ↩
Probelektion: clase de prueba que daban los seminaristas de los cursos superiores en la escuela aneja de prácticas, comentada después ante profesores y compañeros. (N. del T.) ↩