La literatura de pacotilla y su combate por parte del maestro
por
OTTO RÜHLE
Precio: 25 pfennigs. 20 ejemplares, 4,50 marcos; 50 ej., 10,50 marcos; 100 ej., 20 marcos.
Großenhain (Sajonia). Editorial de Herrmann Starke.
Prólogo.
Si he de dar a este escrito unas palabras para el camino, no puedo hacer nada mejor que recordar y citar aquí las que escribió el príncipe Emil zu Schoenaich-Carolath cuando me regaló su novela corta Bürgerlicher Tod [Muerte civil]. Dicen así: «No es una obra de arte, pero es una obra del corazón».
La miseria del pueblo pobre ya me encendía el corazón cuando todavía me sentaba en los bancos de la escuela, aunque allí unos gruesos muros impedían ver las profundidades de la desdicha humana (y también, ciertamente, las alturas de la grandeza humana). Más tarde, sin embargo, he tenido ocasión de sobra de contemplar en toda su negrura la degradación y el hundimiento morales del pueblo.
Fruto de estas observaciones y experiencias es este librito.
Doy gracias a Dios por que se me haya concedido poder aportar también mi óbolo al alivio de la miseria que corroe la médula del pueblo, aunque quizá sea uno de los más pequeños. La esperanza de que mi librito pueda ser acaso, para este o aquel colega, un buen amigo y consejero en la lucha contra la literatura de pacotilla me alegra y es recompensa suficiente.
¡Dios quiera que así sea! — Esa sea mi bendición para el camino.
Borna, junto a Bornitz (Sajonia).
Otto Rühle.
Para este escrito se han aprovechado en parte dos artículos del mismo autor sobre «literatura de pacotilla» y «lecturas para la juventud», publicados anteriormente en la Lpz. Ztg. [Leipziger Zeitung] (núms. 148 y 168, 1895).
El escritor berlinés Heinrich Stümcke dice en su pequeño pero interesante escrito Literarische Sünden und Herzenssachen [Pecados literarios y asuntos del corazón]: en las capas más amplias del pueblo se tiene hoy hambre de instrucción.
Con ello ha expuesto en realidad toda la actitud del pueblo ante el arte y la ciencia. Y todo aquel que tenga ocasión de observar al pueblo en este aspecto llegará al mismo resultado.
Este fenómeno tiene su fundamento, en general, en el carácter propio de nuestra época moderna, en las condiciones de la vida, que hacen ya de una instrucción general casi una condición incluso para los círculos más bajos del pueblo. También las corrientes y movimientos políticos de nuestros días constituyen cierto impulso para la adquisición de un grado de instrucción más alto, pues cada individuo, para poder comprender más plenamente las cuestiones del día, procura ampliar su horizonte intelectual. De todos los partidos políticos, ha sido especialmente la socialdemocracia la que ha salido al encuentro de este deseo de instrucción. Pero lo hace solo de manera unilateral, porque une a ello la intención de hacer al pueblo receptivo a sus ideas y útil para sus fines. El propósito de su complacencia no es, pues, otro que promover y defender ciertos intereses particulares suyos; su trabajo es el medio para un fin que queda fuera del fin propiamente cosmopolita y que, además, es del todo reprobable desde el punto de vista ético y político-social.
Vemos claramente por este fenómeno que es absolutamente necesario conducir las lecturas del pueblo por el buen camino y mantenerlas en él, si han de dar buenos frutos.
Una mirada a nuestra vida popular nos lleva al convencimiento de que en todos los círculos, y en particular en las capas más bajas de la población, se considera la lectura como el principal medio de instrucción; pero también, al mismo tiempo, de que precisamente en ello se avanza por una pendiente peligrosa.
Lutero dice en una ocasión: «Si las cosas han de mejorar entre nosotros, empiécese por la juventud». ¡Y en verdad! La juventud necesita urgentemente en nuestros días que por fin se empiece a dedicar a su alimento espiritual mayor atención y cuidado que hasta ahora. Hace de ello una necesidad imperiosa sobre todo la circunstancia de «que las lecturas juveniles se han convertido en un poder capaz de actuar sobre la juventud con estímulos más fuertes que algunas otras instituciones pedagógicas». Las colecciones de libros para la juventud crecen de año en año; el número de obras y obritas que se ofrecen a la «querida juventud para su entretenimiento e instrucción» raya casi en lo inquietante; pero junto a ellas los escritos verdaderamente buenos no forman más que un montoncito relativamente pequeño.
¿Cuándo son buenos los libros para la juventud?
El Wegweiser für deutsche Jugendlitteratur [Guía de la literatura juvenil alemana] aplica para juzgarlos la medida siguiente: «Los libros para la juventud que hayan de recomendarse sin reservas deben tener una tendencia moral, o en general instructiva, corresponder en forma y contenido a la capacidad de comprensión juvenil y estar escritos de modo estimulante, pero en ningún caso excitante ni que fomente la llamada manía de la lectura». —
¡Compárense ahora con esta exigencia justa y razonable las innumerables historias de tramperos de los bosques, de cazadores, de mar, de caballeros, de selva virgen, de indios, de piratas, de cazadores de búfalos, de buscadores de oro, de exploradores polares, o las historias de Calzas de Cuero,1 que en los últimos tiempos se han hecho inmerecidamente tan populares!
Si de ellas puede decirse que ejercen una influencia saludable y benéfica, como puede ser el caso de esta o aquella, esta se limita sin embargo al elemento instructivo, en cuanto que transmiten al niño algunas novedades en el aspecto etnográfico, cultural y de historia natural, aunque casi sin excepción con colores demasiado vivos. En el aspecto moral rara vez dan verdaderos frutos, sobre todo cuando, a la manera del Robinson de Campe,2 se las mecha con toda clase de consideraciones untuosas que el niño casi siempre califica de «demasiado aburridas» y sencillamente se salta. Todos estos libros juveniles antes mencionados, que navegan bajo la bandera de las «historias de indios», son más bien apropiados para embrutecer el ánimo infantil, trastornar la cabeza y despertar apetitos aventureros. Los diarios informan, por desgracia con demasiada frecuencia, de que jóvenes exaltados, excitados por lecturas desmesuradas, han robado dinero a sus padres y se han echado al camino para correr toda clase de aventuras como los héroes de sus novelas y volver finalmente cargados de oro tras una vida llena de hazañas. Y aunque no siempre se llegue tan lejos, estas lecturas fomentan extraordinariamente la distracción y el ensueño, cosa que el maestro es quien mejor ocasión tiene de observar, y transmiten muy a menudo a los jóvenes lectores, en su mayoría faltos de juicio, una idea del todo torcida de lo heroico, lo valiente, lo varonilmente audaz, que con frecuencia se parece de modo muy inquietante a la idea de la sed de sangre. Además, el entusiasmo por los indios hace no pocas veces muy difícil despertar un verdadero entusiasmo por la grandeza heroica alemana. Es, por tanto, obligado mantener decididamente al niño alejado de semejante alimento; ello no supone para él en absoluto una pérdida, como quizá piense alguno (el caso de que el autor de un pequeño escrito sobre bibliotecas domésticas clásicas quiera incorporar a ellas las historias de Calzas de Cuero lo demuestra con harta claridad); no, supone más bien una ganancia.
Tan peligrosos como las «historias de indios» son para la juventud los temas de la literatura alemana o extranjera adaptados «sin el tacto pedagógico necesario y sin comprensión de las exigencias que han de plantearse a un libro para la juventud». La intención de acercar también a la juventud las creaciones de los más grandes genios, aunque sea refundidas quizá de forma más comprensible para los niños, es sin duda digna de reconocimiento; ¿no consistía ya el primerísimo libro para la juventud que conocemos en canciones que el sabio chino Confucio tomó del Shi-king (Libro de las Canciones) y reunió para la juventud? Pero si, por ejemplo, una colección como la de Greßner y Schramm de Leipzig contiene, entre otras cosas, Der Schatzgräber [El buscador de tesoros] de Musäus, cuyos giros lascivos e inmorales son el veneno más peligroso para el alma del niño, eso es por lo menos un desacierto imperdonable que se parece hasta confundirse con una falta de escrúpulos.
En los últimos tiempos también los socialdemócratas se han dado cuenta de que en la literatura juvenil tienen en sus manos un medio sumamente adecuado para inculcar ya al niño sus ideas, que han de hacer felices al mundo y a los pueblos, y trabajar así con más intensidad en la realización de sus planes. Desde el congreso del partido en Erfurt de 1891, en el que se tomó el acuerdo de «poner más empeño que hasta ahora en que se cree una literatura juvenil que, de manera entretenida y conforme a la naturaleza de la infancia, despierte y forme el espíritu y el sentir de la juventud en favor del socialismo», se han publicado algunas obras destinadas a este fin. Citaré algunas: Lesebuch für Kinder aufgeklärter Eltern [Libro de lectura para hijos de padres ilustrados], de Theobald Werra; Lehrbücher für die Jugend [Manuales para la juventud], del Dr. Bruno Wille, antiguo maestro general de escuela de la socialdemocracia berlinesa, un hombre «que pisotea todo sentimiento religioso en el corazón de los niños» y arroja barro sobre la Iglesia y sus representantes. Además: Märchenbuch für die Kinder des Proletariats [Libro de cuentos para los hijos del proletariado], destinado también a sembrar en el corazón de los niños la semilla de las doctrinas erróneas socialdemócratas. Vuelvo a Lutero, que predica: «A los niños no hay que hablarles de pendencias», y soy de la opinión de que también para los «hijos del proletariado» sería verdaderamente mejor que la primavera de su vida no se viera ya enturbiada por las repugnantes riñas de los partidos.
A la pacotilla que se ofrece a la juventud en el terreno literario cuento también los pliegos de aleluyas,3 que en su mayoría dan los traperos como pago. Puede que también tengan ventajas nada desdeñables: quizá despierten en el niño el interés literario o le proporcionen para este o aquel cuento ilustraciones siempre bienvenidas. Pero los inconvenientes son más numerosos y de más peso. Las imágenes, en su mayoría muy deficientes tanto en el dibujo como en el colorido, no pueden educar el ojo, sino solo herirlo; y los versos que las acompañan son a menudo tan sosos, y a veces también de contenido tan dudoso, que más valdría que nunca hubieran trabado conocimiento con la tinta de imprenta. Además, unos y otros, versos e imágenes, ridiculizan no pocas veces a personas cercanas a los niños, de modo que la manera, a menudo ofensiva para todo sentimiento noble, en que esto ocurre tiene que arrebatarles sin remedio el respeto y la veneración que se les deben. Hace poco vi uno de esos pliegos en el que cada imagen representaba de forma distinta cómo se intentaba quitar de en medio a una suegra, que al final era devorada por un cocodrilo. Si se piensa en las escenas y los momentos penosos que semejante pacotilla sin valor puede provocar entre las personas afectadas, en las representaciones repugnantes y desagradables que transmite al espíritu infantil, no se tendrá por superfluo mi consejo de vigilar también los pliegos de aleluyas.
Mucho peor que en las lecturas juveniles reina, ciertamente, la miseria de la pacotilla literaria en las lecturas del pueblo. Aquí se la encuentra bajo todas las formas.
Pienso en primer lugar en los periódicos y diarios, que —¡Dios se lo demande!— son el único alimento espiritual de miles y miles de personas. Las novelas que contienen no valen a menudo la tinta de imprenta que se emplea en imprimirlas, aunque sea barata como el betún; a pesar de todo, la llamada «historia» es esperada, sobre todo por las mujeres, con una impaciencia increíble y digna de mejor causa. Por lo general son novelas criminales escritas con suspense y mechadas del mayor número posible de detalles «interesantes», con las que se pretende salir al encuentro del afán de instrucción del pueblo, o relatos de la vida de los desterrados en Siberia, que en calidad no les van a la zaga. Novelas alemanas se encuentran pocas; en cambio, abundan a veces traducciones del todo miserables de obras francesas e inglesas. Ciertamente, puedo señalar aquí —y lo hago con alegría— que una vez encontré en un periodiquillo de lo más mísero una novela verdaderamente fina del ruso Tolstói, que frente a la lamentable materia de entretenimiento de algunos otros periódicos destacaba como un caballero entre la chusma. Por desgracia, tales sorpresas agradables están sembradas demasiado ralas. Los periódicos mejores contienen mejores lecturas, pero cuestan más dinero y en consecuencia solo pueden leerlos los círculos acomodados.
Más todavía que la literatura amena, es la descripción detallada de asesinatos cometidos, atentados perpetrados, juicios celebrados y cosas semejantes lo que es apropiado para corromper moralmente al hombre, si no para inducirlo directamente al mal. Cuando pienso, por ejemplo, en la máquina infernal enviada no hace mucho al director de policía Krause en Berlín y en su descripción, detallada hasta lo más mínimo en todos los periódicos y aquí y allá incluso provista de ilustraciones, me parece natural que un lector reflexivo, quizá incluso entendido, se ocupe en silencio de cómo podría fabricarse de manera aún más práctica para conseguir un funcionamiento seguro. Y a cualquier individuo que tenga uso para artículos de esta clase, la descripción de los periódicos le tiende la mano para fabricar un aparato mejorado, de efecto absolutamente seguro. También en otros casos, tales descripciones detalladas muestran muy a menudo medios, caminos y artimañas para realizar planes concebidos, eludir disposiciones legales y engañar a los órganos de vigilancia del Estado. Quien tenga ocasión de observar la avidez con que algunas personas se entregan a la lectura precisamente de tales artículos y crónicas, con que se leen, por ejemplo, los periódicos de tribunales, comprenderá que me detenga en esta parte de nuestras lecturas populares.
A la categoría que suelo calificar de pacotilla pertenecen sin duda también las hojas que venden los cantores de feria.4 Cuentan, ante un cuadro expuesto, alguna espantosa historia de asesinato que al final encuentra su glorificación en una canción que el cantor de feria entona de corrido. Entre nosotros esta especialidad de la gente errante está más o menos extinguida, pero todavía hay comarcas donde en las ferias y fiestas de tiradores hileras enteras de tales cantores ejercen su funesto oficio. No hace falta extenderse para mostrar que la presentación rutinaria de crímenes sangrientos de palabra y en imagen calienta la fantasía, perjudica el juicio claro sobre el bien y el mal y que aquí y allá empieza a germinar y a proliferar incluso la peligrosa plantita del erostratismo.5 ¡Fuera, pues, con ello!
También los almanaques pertenecen en gran parte a la mala hierba suficientemente caracterizada. La parte recreativa se compone casi sin excepción de chistes, anécdotas y humoradas a menudo equívocas, que, como alguien observó una vez, son un medio de instrucción atroz. De 25 almanaques populares y familiares que reuní en los círculos de obreros fabriles corrientes y artesanos y sometí a un examen cuidadoso, solo encontré tres, por increíble que parezca: tres, que hubiera podido recomendar sin reservas. ¡Un resultado verdaderamente deprimente!
Pero mucho más peligrosos todavía son los escritos populares socialdemócratas, aunque en lo esencial en otro sentido. Casualmente poseo algunos, que pueden mencionarse aquí. Llevan el título Gekrönte Häupter [Testas coronadas], constituyen contribuciones a la historia natural del absolutismo y tratan con el mayor detalle imaginable únicamente las facetas más negras de la vida de ciertos gobernantes o, como dice el prospecto, de figuras cubiertas de sangre y de inmundicia de césares megalómanos. El siniestro aspecto exterior (negro con letras blancas) corresponde por completo al interior. «Sombrías imágenes de la infamia humana» surgen y desfilan ante nuestros ojos espantados. Obritas como las dedicadas a Catalina II de Rusia o a Augusto el Fuerte de Sajonia, a las que hace involuntariamente publicidad un secuestro levantado más tarde, rebosan inmundicia. Sea o no verdad su contenido, ¿cuál es el propósito? — El pueblo ha de aprender a sacar conclusiones ilógicas entre los príncipes de aquella época y los del presente, a tomar la excepción por la regla y a alejarse así de sus príncipes. — La desaparición del respeto y del amor a la patria es el primer fruto; la insatisfacción, la desconfianza, la insubordinación, la desobediencia ganan terreno, el pensamiento del trono y la corona llena de odio y aversión —, y entonces la socialdemocracia, la única que trae la felicidad, abre sus brazos. —
Pero de todas las ofertas literarias, la más apropiada para envenenar y corromper el alma del pueblo es la llamada literatura de escalera de servicio.6
Cuando acaba la jornada de trabajo y el descanso de la tarde le quita de los hombros la carga opresiva, el trabajador, siguiendo una necesidad natural, siente deseo de reposo y esparcimiento. Así como tras un trabajo intelectual pesado una ocupación física ligera, así también, según las leyes psicológicas, una ocupación intelectual ligera procura descanso tras un trabajo físico pesado. El obrero echa mano, pues, de un libro. Mientras el almanaque es algo nuevo, satisface su necesidad. Para el tiempo que sigue, un vendedor ambulante (Colporteur) le trae a casa cuadernos como Robert der Teufel [Roberto el Diablo], Der Scharfrichter von Berlin [El verdugo de Berlín], Zehn Jahre unter der Erde [Diez años bajo tierra], Der stumme Bettler von Pest [El mendigo mudo de Pest], etc. La lectura de estas novelas no es difícil, ni debe serlo, pues para el hombre común no constituye un estudio que exija atención indivisa; además, le falta más o menos la «comprensión necesaria» para las lecturas difíciles. Por los poemas muestra demasiado poco interés; con frecuencia son demasiado difíciles, y el lenguaje en verso, al que no está acostumbrado, le dificulta la lectura. Recientemente se ha creado una empresa que se dedica a la meritoria tarea de proporcionar al pueblo obras clásicas a los precios más baratos imaginables, bien ilustradas y con una presentación impecable. (Minerva, Berlín W, Corneliusstraße 5). En realidad, sin embargo, las cosas clásicas no son en todos los casos una lectura adecuada para el hombre del pueblo, para las amplias capas de la gente media y por debajo de la media. Están pensadas para los círculos cultos. Por desgracia, estos tampoco las consideran demasiado a menudo como lo que deben ser, como pan, como alimento, sino como adorno, como ornato. Se colocan los volúmenes finamente encuadernados en la estantería o se dejan sobre el tocador en la sala de las visitas, y el contenido se queda en contenido. Estoy convencido de que si Schinderhannes o Rinaldini7 estuvieran encuadernados exactamente igual, en muchos casos se comprarían con tan pocos reparos como Schiller y Goethe. Pero para aquel que sabe qué compra y por qué compra clásicos, la empresa constituye un verdadero tesoro de las joyas más preciosas del país maravilloso de la poesía.
El pueblo, la masa, pide algo interesante, cautivador, arrebatador. Lo que más le gusta es lo que salta a la vista, lo que se puede tocar con las manos, lo que está en el filo de la navaja. Quiere impresiones fuertes, profundas y duraderas. Para ello hacen falta estímulos fuertes. «Pero estos estímulos los han llevado con el tiempo hasta el exceso especuladores astutos que calculan precisamente con los instintos más bajos del hombre». Escriben un material que un entendimiento sano y unos nervios sanos apenas pueden digerir. Todo lo pensable y lo impensable, lo posible y lo imposible se atropella y se persigue, y la sangre corre a raudales. Ejecuciones y matanzas espantosas, atrocidades sanguinarias y escenas de horror, hazañas de pícaros refinados y de bribones se describen hasta en los detalles más accesorios con la más complaciente prolijidad. ¡El pueblo no ha de pensar nada al leerlo, ni quiere; por eso se le ofrece tan ligero alimento espiritual! ¡Solo lee, solo se quita el aburrimiento, solo mata el tiempo! Pero no tiene la menor conciencia de que se alimenta de comida envenenada. Un tal señor Kolck dijo una vez en la Künstler- und Schriftstellerzeitung [Gaceta de artistas y escritores]: «¡Más vale que el pueblo lea Schinderhannes que beba aguardiente!». Pero otro le replicó acertadamente: «¡Schinderhannes es aguardiente del espíritu!». Sí, no es juzgar con demasiada dureza decir: «Schinderhannes (y con él todas las obras de contenido afín) es veneno para el espíritu». Piénsese solamente que estas «novelas populares», además de horrores y crímenes sangrientos y espantosos, rezuman por lo general una suma enorme de vilezas repugnantes y sucias. «Con estas escenas, pintadas en su mayoría con colores ardientes, la fantasía del lector se calienta hasta una peligrosa temperatura de ebullición». Todo el éxito de una novela así se basa naturalmente solo en un efecto que excita la pasión desenfrenada, que estimula y aguijonea la avidez sensual. De descanso y refresco espiritual no puede hablarse entonces, naturalmente, pues precisamente para la reflexión, que de antemano ha de quedar más o menos excluida, da semejante lectura muchísimo motivo. La llamada lectura ligera no es, pues, nada ligera; y el trabajador, suponiendo el grado de instrucción necesario para comprenderla, podría leer igual de bien una novela difícil. Verdadero descanso no lo encuentra en ninguno de los dos casos. Pero la lectura de una novela buena, aunque difícil, ofrece al menos todavía ventajas. Mientras en la lectura de novelas de pacotilla la fantasía, enfermizamente sobreexcitada, se deleita en toda clase de imágenes y escenas sucias, lascivas y voluptuosas, una buena novela da motivo para reflexionar sobre los caracteres, la estructura de la acción, etc. Y si deja realmente vacíos la cabeza y el corazón, siempre es mejor que si ejerciera una influencia perjudicial.
También los círculos mejores y más finos de nuestra sociedad moderna sufren mucho, en particular, las consecuencias de la literatura inmoral, frívola o, como se dice, picante. Con los dramas de adulterio franceses y las novelas de burdel alemanas —venia verbo sit—8 el mundo elegante, y en particular buena parte del mundo femenino, se ha contaminado por completo y se ha sofocado todo sentimiento moral un poco elevado. Piénsese solo en la extraordinaria venta de las novelas de Zola o en el joven poeta berlinés Heinz Tovote, que se mueve con bastante seguridad en la dudosa penumbra de terrenos discretos y se ha ganado con ello el halagador sobrenombre de «favorito de las damas». — El rector Liebeskind cuenta en su escrito sobre las lecturas juveniles, publicado por Woywod en Breslau, el siguiente caso que le ocurrió: «Hace unos años tomé prestada de la biblioteca circulante de una pequeña ciudad de provincia de cierta categoría la novela de Zola La terre. El libro llevaba huellas claras de haber sido muy leído. No pude dejar de preguntar al dueño de la biblioteca, al devolverlo, quién lo había leído con tanta asiduidad. Me nombró sobre todo a muchachas jóvenes de clase acomodada. Pero quien conozca La terre de Zola me dará la razón si afirmo: «si estas jovencitas hubieran tenido un fino sentido del decoro, habrían tenido que dejar el libro a un lado ya al leer el primer capítulo». «La inmoralidad que se manifiesta con frecuencia en los círculos mejores», prosigue el mismo autor, la desintegración de la fuerza moral, la dispersión de los espíritus y la incapacidad de ocuparse de las obras de espíritus serios deberían atribuirse en buena parte directamente a la influencia de escritos perniciosos.
¡Pero volvamos a las lecturas populares! A las sombras evidentes de estas, que contribuyen a destruir su existencia futura, se añade por lo general otra más, que da todavía más pleno derecho a llamarlas veneno, aunque desde otro punto de vista. «La novela de pacotilla recluta a sus villanos e intrigantes con cierta predilección en las capas superiores y enseña a buscarlos allí; a los asesinos y bandidos, en cambio, los eleva a héroes populares y los rodea de una aureola. Con ello no solo crea una caricatura de la vida, sino que desacostumbra al pueblo de buscar al demonio allí donde realmente habita: en el pecho de cada uno».
La miseria de la pacotilla literaria puede considerarse también desde el punto de vista económico, desde el cual merece igualmente ser combatida.
En los círculos de escritores y libreros es bastante general la queja sobre el desinterés del público por las novedades literarias de nuestros días. A primera vista, el hecho de esta miseria no parece conciliarse sin más con las palabras de Stümcke citadas al principio y con la exposición que hemos hecho a partir de ellas. Y, sin embargo, la queja está justificada sin que haya que objetar nada al dicho mencionado. La cosa es como sigue: un buen libro cuesta entre nosotros 3-6 marcos y aún más; pero tanto dinero el hombre común no lo tiene a mano. Y si de verdad lo tiene, ni en sueños se le ocurre ir con él a una librería a comprarse un libro. Gastar 5 marcos en un libro que no se necesita sin falta le parece un despilfarro. En cambio, un vendedor ambulante le trae a casa cada 14 días 2-3 cuadernillos, a 10 pfennigs la pieza, y ya está servido. 20-30 pfennigs en dos semanas sí los reúne para su alimento espiritual, y además se lo llevan a casa. Ciertamente, una novela así abarca no pocas veces 100-150 cuadernillos; así se van pronto en lecturas 10-15 marcos; pero comprarlos de una vez le habría costado vencerse, sin contar las dificultades. El crecimiento paulatino de las delgadas entregas hasta formar algunos gruesos volúmenes
no lo ha notado, sin embargo, en absoluto, del mismo modo que no le ha llamado la atención cómo las monedas de diez pfennigs crecían hasta convertirse en marcos, táleros y piezas de diez marcos que ha tirado poco menos que por la ventana en pura pacotilla. Eso es, dicho en buen alemán, sacarle el dinero del bolsillo. El lamento de los editores y escritores sigue, pues, como estaba; en cambio, aquellos «emborronadores» y editores de novelas de pacotilla sin carácter ni conciencia se llenan la bolsa, y tampoco hay nada que objetar al dicho de Stümcke: el pueblo tiene hambre de instrucción. Pero quien crea acaso que la participación del pueblo no es tan grande como se dice se equivoca de medio a medio. *Der Scharfrichter von Berlin*, con sus 250000 ejemplares difundidos entre el pueblo, que hizo millonario a su editor, puede atestiguarlo, y con él más de uno de su género con títulos más o menos sangrientos. En las casas traseras,[^t9] los barrios obreros y los cuarteles de alquiler (*Mietskasernen*) de las grandes ciudades, en las buhardillas y en los cuartos de las criadas, en manos de los mozos, cocheros, cocineras y aprendices se los encuentra.Yo mismo, en mi viaje por Estiria, encontré tales novelas de pacotilla en una comarca muy apartada, a la que llaman «las tierras olvidadas», arriba, en una mísera cabaña alpina. Una llevaba el título Schinderhans, des größten Räuberhauptmanns Leben, Thaten und Ende [Schinderhannes, vida, hechos y fin del mayor capitán de bandidos]; la otra procedía de una tristemente famosa editorial sajona de escritos populares que no quiero designar más de cerca, porque hay que contar con que, remitiéndose a la extraordinaria difusión de las obras de su catálogo, sacaría de mi noticia moneda contante y sonante y tocaría el tambor de la publicidad, a lo que de muy mala gana querría yo prestar mi mano. De cultura se notaba allá arriba todavía espantosamente poco, pero novelas de pacotilla sí había. Probablemente ellas debían llevar la civilización a los páramos de «las tierras olvidadas». —
No será superfluo que resuma aquí una vez más, en apretada brevedad, qué inconvenientes y peligros para el cuerpo y el alma pueden derivarse de la lectura de pacotilla literaria.
Calienta la fantasía, fomenta el ensueño y la distracción: embrutece el ánimo, despierta apetitos aventureros e induce así no pocas veces al robo, da ideas torcidas de lo heroico, excita la sed de sangre, perjudica el juicio claro sobre el bien y el mal, incita al placer sensual, despierta la insatisfacción, induce a la insubordinación, destruye la fuerza intelectual y moral y enseña el monedero.9
Las pruebas de ello pueden reunirse sin gran esfuerzo en abundancia. Citaré algunas. La Jugendschriften-Warte del 1 de enero de 1894 informa: «A causa de la lectura de novelas de terror, una muchacha de 15 años se suicidó en Rixdorf. Llevaba la casa de su padre, un obrero del cuero, y llenaba el tiempo libre con la lectura de toda clase de historias de terror. Cuando el padre reprendió enérgicamente a la hija, esta se quitó la vida igual que las desdichadas heroínas de sus novelas». Y del 1 de marzo del mismo año: «En Rixdorf, junto a Berlín, se detuvo a mediados de febrero una banda de ladrones de 12 cabezas que había cometido hurtos en tiendas y robos con fractura. La fundación de esta sociedad de pícaros parece deberse a la lectura de historias de bandidos, pues en las viviendas de los muchachos detenidos se encontraron llamativamente muchos libros de esa clase». En las crónicas publicadas no hace mucho por las Dresdner Nachrichten sobre el juicio contra el asesino de la viuda Kobrzinowsky, condenado a muerte y luego indultado, figuraba el pasaje de que con toda probabilidad lo había inducido al asesinato la lectura de novelas de pacotilla. Y hace muy poco encontré una noticia según la cual un anciano superintendente se había visto movido, ante la tumba de dos jóvenes suicidas, a advertir encarecidamente a los dolientes contra la lectura de novelas exaltadas, que habían sido la perdición de aquellas. Estos ejemplos pueden multiplicarse sin esfuerzo, pues su número es legión. Pero creo que es superfluo; los pocos citados hablan ya un lenguaje elocuente. — Se ha dicho que el pueblo no quiere leer nada mejor. Esta opinión es errónea. Es cierto que el poder que ejercen lo malo, lo indigno, y en particular también lo vulgar, es considerable; pero basta un esfuerzo serio por desacostumbrar al pueblo de esta atmósfera y el intento de proporcionarle mejor alimento espiritual, y pronto se estará mucho más cerca del objetivo. Si una novela escrita de manera cautivadora y popular, llena de buen contenido ético, se ofrece de la misma manera cómoda que la literatura de escalera de servicio y a los mismos precios, o a ser posible más baratos, el éxito no puede faltar. Y que ni la literatura popular ni la juvenil pueden seguir moviéndose por los carriles seguidos hasta ahora se desprende claramente y sin más de todo lo que he expuesto. La humanidad de nuestra época, impregnada de «voluptuosidad y goce de los sentidos, insatisfacción e inquietud, incredulidad y desamor», necesita urgentemente una elevación si ha de preservarse de la ruina que la amenaza. La vieja y entrañable vida familiar empieza poco a poco a desmoronarse, aquella fuente de la que el hombre saca fuerza y alegría para su profesión, aquel lazo que une más estrecha e íntimamente a los miembros de la casa. Qué benéfico sería que un buen libro reuniera por la noche a todos los miembros de la familia en torno a la mesa, que las almas de los padres y de los hijos se refrescaran en una sola fuente. Pero la literatura popular del presente no está hecha en absoluto para confortar el corazón; casi sin excepción no es mejor que un hálito pestilente bajo el cual ha de perecer toda vida, un envenenamiento y una contaminación intelectual y anímica, deliberada y sin escrúpulos, de todo el pueblo, a la que hay que poner fin en todo caso, aunque sea movilizando todas las fuerzas. Y puesto que se trata de defender los intereses intelectuales y morales de todo un pueblo, también todo el pueblo ha de mostrarse dispuesto a salir a la palestra por ellos.
Tampoco el maestro debe ni puede asistir ocioso a esta lucha; pues la escuela pertenece «a los poderes conservadores del Estado» y como tal tiene la elevada tarea de educar a la juventud en una mentalidad idealista, en buenas costumbres y como fieles apoyos del trono y del altar. Además, el maestro tiene en gran parte en sus manos la posibilidad de ejercer una influencia bienhechora tanto sobre la juventud mediante la enseñanza como sobre el municipio mediante la posición que ocupa en él.
La lucha del maestro contra la literatura de pacotilla podrá considerarse, pues, en dos aspectos: el uno, por el bien de la juventud, en la enseñanza; el otro, por el bien de los adultos, en la vida pública.
Puesto que el valor de un hombre tiene por medida su querer, la meta de toda educación es la formación de un carácter moral y religioso. Y si en las lecturas juveniles dormita una fuerza educadora tan extraordinaria que las hace aparecer como un medio educativo muy apropiado para la formación del carácter —y así es en verdad—, es necesario que esta fuerza se haga utilizable para el fin de la educación. El maestro no tiene con demasiada frecuencia ocasión de emplearla; por eso es obligado y justo aprovechar lo mejor posible esa rara ocasión. Debe evitar perseguirla de modo forzado; también con los niños es verdadera la frase de Goethe: «Se nota la intención y uno se disgusta». A mi juicio, en la clase de catecismo se ofrecen dos ocasiones en las que puede, sin tener que hacerse violencia, considerar estos puntos dolorosos en todos sus aspectos. Son la explicación del VI mandamiento y la de la IV petición.10 En el VI mandamiento, el maestro tiene que exponer qué falta tan vergonzosa e indigna es el pecado contra el VI mandamiento. Pinta sus terribles consecuencias, naturalmente solo en la medida en que lo permiten los límites, exhorta a la honestidad y la castidad y señala por último las tentaciones y ocasiones que pueden llevar al hombre por el camino del vicio de la impudicia. Aquí se le abre el campo en el que puede abogar por la buena causa. Expone a qué perdición pueden arrastrar al hombre las novelas que a menudo rezuman asesinatos e inmoralidades, cómo arrastran a un ánimo puro al cenagal del pecado y del vicio y cómo el descarrío, la degradación, la miseria y la deshonra son su terrible final. Ampliando este tema puede pasar luego a hablar también de la pacotilla en las lecturas juveniles, que está más cerca de los niños, y hablarles con calor al corazón con exhortaciones y advertencias contra tales libros. Con ello devuelve al buen camino a quienes se han apartado de él, y a los demás les inculca un saludable prejuicio que con el tiempo echa raíces cada vez más firmes hasta convertirse en principio y dominar por completo los actos del individuo. Creo que, si el maestro procede con cierta insistencia y señala con energía lo reprobable —lo que naturalmente solo puede hacer de la mejor manera si él mismo pone el corazón en la causa—, su esfuerzo tiene que dar frutos.
En la IV petición encuentra otra vez ocasión de volver sobre la literatura de pacotilla. Es en el pasaje de la explicación que dice «buenos amigos, vecinos fieles y cosas semejantes». Para ello, ciertamente, ha de recordar unas palabras que solía decir un anciano superintendente general: «Si el Dr. Martín Lutero escribiera su Catecismo Menor en nuestra época, en la explicación de la IV petición no citaría solo a los buenos amigos y los vecinos fieles, sino también los buenos libros». Llegar a este aspecto de la explicación, apartado y ajeno a la petición propiamente dicha, no le costará ninguna dificultad; basta con que diga a los niños que algunas personas no tienen amigos, sino que los sustituyen con libros. Tendrá entonces ocasión sobre todo de hablar de los buenos y los malos amigos de los niños, los buenos y los malos libros, y facilitar así la elección a los jóvenes lectores, que todavía no disponen de un juicio independiente. Si el maestro encontrará también en la clase de lengua motivo para hablar de ello, no puede decirse con certeza, pero sí responderse con un «muy probablemente». Puntos determinados donde pudiera aplicarse la palanca no los hay, seguramente; hay que dejarlo al azar. La ocasión la da en todo caso, antes que nada, la hora de lectura.
Pero donde un maestro puede combatir más intensamente y, sin duda, también más fructíferamente la pacotilla en la literatura juvenil es mediante la instalación cuidadosa y la administración práctica y adecuada de su biblioteca escolar. Que la lectura tiene un gran valor para el niño que aprende, de eso se está convencido; pero no se ha sabido hacerla útil también para la enseñanza como medio educativo. Toda la actividad del maestro como bibliotecario ha consistido hasta ahora sencillamente en prestar libros y cobrar; la lectura de los niños era desordenada y sin plan. Pero, si ha de dar frutos, tiene que estar regulada. Por eso el maestro ha de poner la lectura en la más estrecha relación con la materia que se esté tratando en cada momento. Puede hacerlo de manera relativamente fácil si, ya al elaborar el plan de estudios, toma en cuenta la lectura y le concede allí la consideración debida. No han de ser los niños quienes elijan los libros a su antojo, sino que el maestro ha de haber fijado ya de antemano lo que hay que leer. Lo entiendo así. Exactamente igual que, al tratar un mandamiento, un artículo, una historia bíblica, etc., indica qué versículos y cantos hay que aprender en relación con ello, puede determinar qué tomitos se prestarán en esta o aquella semana. Con ello da a sus niños ocasión de profundizar en la materia que el tratamiento simultáneo les ha acercado, de conocer mejor a personajes que quizá en la clase solo se rozaron, de aprender a contemplar con mirada más aguda situaciones y costumbres de lo que antes ocurría. Sobre todo en la formación del carácter del niño por medio de la enseñanza de la historia, la buena lectura le será un auxiliar muy valioso. En la clase de catecismo, los libros para la juventud son entonces, al menos en parte, algo así como lo que suele llamarse la aplicación. Dan al niño pruebas llenas de vida de la viabilidad y las consecuencias de esta o aquella exigencia y verdad éticas, y le ayudan así a la claridad y al convencimiento. Pero elegir y prestar los libros no basta por sí solo para asegurar el éxito. Es también tarea del maestro convencerse de si los niños han leído realmente. Precisamente en la falta de esta importante actividad residía una de las razones de la esterilidad de nuestras lecturas escolares hasta ahora. Un maestro hábil no lo hará con un interrogatorio de maestro de escuela, sino en forma de preguntas intercaladas al repasar secciones y lecciones más extensas. Si ve que el resultado obtenido es deficiente, en las clases superiores hará quizá que los niños lean escribiendo, para que el contenido, en sus rasgos principales, vuelva a pasar por los sentidos y se afiance. Naturalmente, tiene que revisar de vez en cuando los resúmenes, que lo mejor es anotar enseguida en un cuadernillo aparte.
Esta es, aproximadamente, la idea de una biblioteca escolar organizada de manera adecuada y en todo caso fructífera.
Ciertamente, aquí tropezaré con objeciones. — En primer lugar se alegará la falta del tiempo necesario. Desde luego, semejante organización cuesta trabajo y tiempo, y el maestro anda sobrado de lo primero, pero no de lo segundo. Pero si la lectura ha de ser un medio educativo mejor que algunas otras instituciones pedagógicas —y en verdad lo es—, se le debe sin falta también más atención y cuidado que a algunas otras instituciones pedagógicas. Y todo maestro puede estar seguro de que la vida que de este modo se despierta entre los niños y la comprensión que esta institución profundiza y fomenta compensan con creces los esfuerzos. La segunda excusa es que no se tiene una biblioteca lo bastante rica para satisfacer las exigencias. Pues bien, ¡no hace falta empezarlo todo desde el principio a lo grande! Obsérvese primero durante algún tiempo, con un material escaso, qué libros se leen con gusto, convénzase uno de en qué materias sería todavía necesario un fomento y una profundización por medio de la lectura. Y oriéntese uno por ello al comprar libros nuevos. Que el maestro tiene que leer antes él mismo los libros es evidente y, en interés de la causa, una exigencia razonable, pero necesaria para alcanzar la meta. ¿De dónde sacar el tiempo?, oigo exclamar también aquí, y sin embargo, para quitar la punta a la objeción, no puedo decir más que lo que ya señalé antes: ¡hay que sacarlo!
¿De dónde vamos a sacar el dinero? También este es un punto enojoso. Los municipios rurales, en su estrechez de miras y su insensatez, se niegan por desgracia muy a menudo todavía obstinadamente a conceder para tal fin un solo céntimo. Hasta ahora también se ha ido tirando sin biblioteca escolar, también nosotros nos hemos hecho mayores y hemos salido de la escuela sin ella, y bribones tampoco hemos llegado a ser; ¡así que también ahora estará bien y se seguirá adelante sin biblioteca! — Pues bien, entonces el maestro tiene que intentarlo de otra manera; quizá con un concierto infantil, una representación de Navidad o con las veladas familiares o de padres, que solo en los últimos tiempos han ido obteniendo el reconocimiento que se les debe, en las que el maestro encuentra excelente ocasión, sea mediante conferencias y lecturas en voz alta, sea mediante indicaciones directas, de hacer al pueblo receptivo a la literatura, de estimularlo a la lectura y de ganarlo para la idea de fundar bibliotecas.
Se me objetará además que los niños no vendrían a recoger libros. Si de verdad no ocurre, hay que cargarlo en la cuenta del maestro; él tiene que saber ganarse a los niños para ello. Sobre todo algunas referencias a hombres que deben su fama a la lectura asidua les servirán de acicate duradero.
El maestro ni se imagina la influencia que puede ejercer por medio de la lectura. Nuestra época, que en el aspecto moral camina hacia la decadencia, le impone el sagrado deber de ocuparse con todas sus fuerzas de las almas que se le han confiado, de conducirlas por el camino del bien y de mantenerlas también en él. Puesto que en las lecturas juveniles le surge un auxiliar muy apropiado, no debería en ningún caso dejar de utilizarlo, y de utilizarlo con celo, en interés suyo y de sus alumnos.
Como miembro del municipio, y sobre todo como uno de los más destacados, el maestro tiene también la obligación moral de ocuparse de los miembros adultos del municipio, en la medida en que necesiten en este aspecto de su ayuda de —para llamarla por fin por su verdadero nombre— pastor de almas. Vimos antes que la miseria de la literatura de pacotilla tiene su fundamento verdadero y más profundo en las desfavorables condiciones económicas, mejor dicho, financieras, del pueblo. El hombre común quiere leer lo más posible de manera cómoda y barata. El maestro que quizá administre ya una biblioteca escolar podrá ampliarla sin gran esfuerzo hasta convertirla en una biblioteca popular, utilizando para esta parte de aquella. Porque en buena parte el círculo de representaciones e ideas de los adultos de las clases bajas de la población no es ni una jota mayor que el de los niños. Sobre lo que tiene que adquirir además para la biblioteca popular no puedo extenderme aquí con más detalle. El pequeño escrito Was soll ich lesen? [¿Qué debo leer?] (Berlín, Pfeilstücker, 50 pfennigs) y en particular también el Christliche Bücherschatz [Tesoro cristiano de libros] (E. Kraus, P., Hannover, Hennebergerstraße 10) serán para cualquiera un guía y consejero excelente. Pienso también que todo maestro habrá salvado de su época de seminario11 suficientes conocimientos de literatura como para no verse enseguida en un apuro demasiado grande. En todo caso, se tira al niño con el agua del baño cuando se incorporan a una biblioteca popular novelas de pacotilla, que precisamente han de ser desplazadas por aquella, como por desgracia lo he encontrado.
En los últimos tiempos ha ganado muchas voces un movimiento, promovido sobre todo por escritores, que combate las bibliotecas populares. En primer lugar, se dice, es un placer sumamente poco apetitoso sacar el alimento espiritual de libros que quizá el día antes han trabado el más íntimo conocimiento con la blusa y el peto del delantal de un mozo de carnicería o con el rincón sucio de una vivienda obrera de casa trasera y llevan todavía huellas claras de ello. En segundo lugar, se señala que, por razones y consideraciones higiénicas, la institución de las bibliotecas populares es reprobable, porque el préstamo de los libros haría posible del modo más cómodo imaginable la transmisión y propagación de materias morbosas (en particular al chuparse las yemas de los dedos y pasar las hojas). En tercer lugar, se dice, las bibliotecas populares arruinarían poco a poco a editores y autores, porque el público ya no compraría libros, sino que sencillamente los tomaría prestados de las bibliotecas, lo que supone una disminución de las ventas. — Las tres objeciones tienen sin duda mucho a su favor, como se ve claramente también por la extraordinaria participación en la reacción contra las bibliotecas de préstamo. Pero si se piensa en el pueblo bajo, que, como se dice, vive al día, esa reacción no puede aprobarse sin más. ¿Qué puede haber más cómodo y más barato para el pobre jornalero o artesano, y en general para todo aquel que no sale de restar y dividir, cuando no de los números rojos, que poder leer las mejores y más valiosas novelas y narraciones por 2-3 pfennigs? Aunque hubiera de todas las obras destacadas de la literatura antigua y moderna ediciones populares baratas por cuadernos, yo no le reprocharía al pobre que se abasteciera de lecturas en la biblioteca popular. Solo quien sabe cómo, en las chozas de la pobreza, el día de paga los cuatro marquitos del salario semanal se derriten entre las manos como nieve recién caída puede entenderme bien, y me entenderá.
De este movimiento contra las bibliotecas populares ha brotado una asociación cuya naturaleza y actividad quedan expresadas en su propósito: hacer accesible a sus miembros a precios baratos buena literatura contemporánea. La «Asociación de Amigos del Libro» (Verein der Bücherfreunde, Berlín W 62, Kurfürstenstraße 128) persigue el objetivo final de ayudar al pueblo, mediante publicaciones que van apareciendo poco a poco, a formar bibliotecas familiares. Como buena recomendación valen, junto al extraordinario número de miembros (en el curso de los dos primeros años de existencia creció hasta 12000), también sus publicaciones, en buena parte realmente valiosas. De los poetas más conocidos e importantes del presente están representados: Heiberg, Maximilian Schmidt, Renatus, Otto v. Leixner, Nordau, Ganghofer, Wolfgang Kirchbach, Fedor v. Zobeltitz, etc. La cuota trimestral de los miembros asciende a 3,75 marcos por 2 obras en rústica y 4,50 marcos por 2 obras encuadernadas. Pero esa es otra vez la piedra de escándalo. Así como el hombre común no tiene a mano 3-4 marcos para comprarse una obra en la librería, tampoco los tiene para hacerse miembro de la Asociación de Amigos del Libro. De toda la bendición que la empresa reporta en verdad, la capa amplia y baja, el pueblo pobre, no nota nada.
Más ocurre esto ya con la Romanbibliothek [Biblioteca de novelas] de Engelhorn y la Bibliothek des Wissens und der Bildung [Biblioteca del saber y de la cultura], que proporcionan al pueblo buenas lecturas en volúmenes realmente elegantes por poco dinero, aunque en ellas todavía no se ha perdido del todo el culto de los autores extranjeros. Merecen mención y reconocimiento también, en especial, la Bibliothek der Gesamtlitteratur [Biblioteca de la literatura universal] de Hendel, los Volksbücher [Libros populares] de Meyer y —last not least— la Universalbibliothek de Reclam, aunque en ellas se encuentre también algo que mejor habría quedado fuera. Sobre la Deutsche Volksbibliothek für Lesevereine und Haus [Biblioteca popular alemana para asociaciones de lectura y para el hogar] (Stuttgart, Greiner und Pfeiffer) no puedo emitir juicio, porque todavía no he leído personalmente ninguna de sus publicaciones; pero tampoco he visto ninguna crítica desfavorable de ella. En cambio, espero de la Bibliothek kleiner Novellen und Erzählungen von Dichtern und Schriftstellern der Gegenwart [Biblioteca de novelas cortas y narraciones de poetas y escritores del presente] que, a juzgar por lo aparecido en su primer año, llegue a ser algún día un arma útil en la lucha contra la literatura de pacotilla. El arranque es bueno; los 14 cuadernillos publicados hasta ahora hacen todo el honor a su editor (Martin Maack, maestro, Lübeck).
Con especial determinación, vivacidad y diligencia aboga por la buena causa una asociación que merece sin duda el mayor apoyo. Es la «Asociación para la Difusión Masiva de Buenos Escritos» (Verein für Massenverbreitung guter Schriften) de Weimar. Fundada el 2 de abril de 1889, su actividad se extiende por toda Alemania, buena parte de Austria, la Rusia occidental, la Suiza alemana y francesa y la América alemana. Cuál es su meta y su tarea lo dice su nombre. «Como aparato necesario para la difusión masiva, la Asociación se sirve del comercio de libros por venta ambulante, pero no para centralizarlo en sus manos, sino solo para influir favorablemente en el mercado en este terreno con su actuación». Dispongo de los siguientes datos precisos sobre la Asociación: el número de sus miembros asciende a 7000; su patrimonio ascendía el 1 de enero de 1891 a unos 34000 marcos. A finales de 1891 la Asociación, con tiradas semanales de 10000 ejemplares cada una en sus ediciones en cuadernos, en volumen y en libros semestrales, había vendido en firme y contra pago unos 500000 cuadernos sueltos y más de 5000 volúmenes, y había puesto ya entre el pueblo cerca de 800000 de esos cuadernos sueltos. La lista de colaboradores muestra nombres de buena fama: Rosegger, Jensen, Putlitz, Kretzer, Halm, Maximilian Schmidt, Armand, etc. Todas las publicaciones van adornadas con láminas o ilustraciones en el texto. A cada miembro corporativo de la Asociación (cuota anual de 10 marcos) le corresponde sin más un ejemplar de la edición en volumen de todas las publicaciones del año en curso; a cada miembro individual (cuota anual de 3 marcos), un ejemplar de la edición en cuadernos o en volumen a precio preferente (20 % de descuento). Por lo demás, un cuaderno cuesta a los no miembros, en cualquier librería y en cualquier vendedor ambulante, 10 pfennigs respectivamente. — La Asociación se deja guiar, pues, como se ve, por la intención y el afán de proporcionar al pueblo, por el mismo precio y también en la misma forma que las novelas de pacotilla, lecturas —y esto es lo principal— buenas lecturas. Es en cierto modo la encarnación de la ayuda más segura, por encima del tira y afloja de las opiniones, que podía prestarse a las amplias capas de la población hundidas literariamente en el fango y la ciénaga. Ciertamente, lucha todavía con grandes dificultades financieras, pues una empresa como esta, que ha de derribar como una marea de tempestad el baluarte de la literatura de pacotilla, no se funda con cuatro cuartos. Por eso quisiera recomendar muy encarecidamente a todos los maestros que la apoyen. No lo entiendo, sin embargo, en el sentido de que todos deban inscribirse enseguida como miembros; no estaría nada mal que ocurriera; pero como la improbabilidad hace desvanecerse casi de antemano la esperanza, ni siquiera quiero expresar el deseo. Me imagino la cosa de manera algo distinta. Si un maestro encuentra en su municipio a algunos a quienes les gusta leer, puede asociarse con ellos y hacerse miembro corporativo por 10 marcos. Si se juntan 20 hombres, cada uno paga solo 50 pfennigs. Por estos 10 marcos recibe un ejemplar encuadernado de todas las novelas aparecidas en el año. Pero además cada miembro recibe las mismas novelas en cuadernos a precio preferente, es decir, a 8 pfennigs el cuaderno. Puede organizarse de modo que cada año reciba otro el ejemplar encuadernado. El maestro, por su posición, es especialmente apropiado para encargarse del pedido y la distribución y, en general, para mediar en el trato entre la Asociación y los lectores. No le supone ningún otro gasto. En cambio, disfruta de ciertas ventajas. Por un lado, entra en posesión de buenos libros por un precio verdaderamente irrisorio; por otro, se convierte en su municipio en el «centro de un esfuerzo que tiene que acercarlo a la parte mejor intencionada de él»; sin contar con que realiza una obra de misericordia y de amor al prójimo. El agradecimiento que por ello se le debe no faltará. —
He terminado.
Tres cosas te ha mostrado, querido lector, mi escrito. Primero, el mal que corroe la médula del pueblo; segundo, la necesidad de curarlo, y tercero, la manera de curarlo.
Creo poder expresar el deseo de que cada lector haya llegado a la misma opinión y convicción que yo, y que resumo una vez más brevemente en esta frase:
Es deber absoluto de cada individuo como hombre, como cristiano y como ciudadano, y en especial deber del maestro, procurar con todas sus fuerzas que la reacción contra este envenenamiento y esta contaminación intelectual y moral deliberada del pueblo alemán no se pierda en la arena, inadvertida y estéril, tras una existencia breve y mezquinamente prolongada, sino que se despliegue en una corriente poderosa y bienhechora, cuya fecunda plenitud se derrame sobre el país despertando vida. —
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil digital de la Bayerische Staatsbibliothek (Münchener DigitalisierungsZentrum, bsb11820110): Otto Rühle, Die Schund-Litteratur und ihre Bekämpfung von seiten des Lehrers, Großenhain i. S., Herrmann Starke, s. f. [1896], 30 págs. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español de la primera y única edición (1896), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original; las cifras y monedas se dan sin convertir. Los títulos de libros y publicaciones se dan como los cita el autor, con traducción entre corchetes la primera vez. Schund-Litteratur se traduce por «literatura de pacotilla». Los términos técnicos e históricos se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Lederstrumpf: el ciclo de novelas de James Fenimore Cooper conocido en español como Calzas de Cuero (Leatherstocking Tales), muy leído en Alemania en adaptaciones juveniles. (N. del T.) ↩
Joachim Heinrich Campe, Robinson der Jüngere (1779-1780), refundición pedagógica del Robinson Crusoe en forma de diálogos entre un padre y sus hijos, con abundantes reflexiones morales. (N. del T.) ↩
Bilderbogen: pliegos sueltos de imágenes coloreadas con versos al pie, muy baratos (como los de Neuruppin), equivalentes a las aleluyas españolas. (N. del T.) ↩
Bänkelsänger: cantores ambulantes que, subidos a un banco, cantaban ante un cartelón pintado historias truculentas de crímenes y vendían luego las hojas impresas; equivalentes a los ciegos copleros o cantores de romances de ciego. (N. del T.) ↩
Afán de alcanzar notoriedad a cualquier precio, incluso con un crimen, por Eróstrato, que incendió el templo de Ártemis en Éfeso para hacerse famoso. (N. del T.) ↩
Hintertreppen-Litteratur, «literatura de escalera trasera»: novelas truculentas por entregas que los vendedores ambulantes subían por la escalera de servicio a criadas y gente humilde; equivale a la novela por entregas o de folletín. (N. del T.) ↩
Schinderhannes: el bandolero renano Johannes Bückler (ejecutado en 1803), protagonista de innumerables novelas populares; Rinaldo Rinaldini, novela de bandidos de Christian August Vulpius (1798). (N. del T.) ↩
«Sea dicho con perdón». (N. del T.) ↩
Así en el original («lehrt den Geldbeutel»), errata evidente por leert, «vacía el monedero». (N. del T.) ↩
En la numeración luterana del Catecismo Menor, el sexto mandamiento es «No cometerás adulterio»; la cuarta petición del padrenuestro es «Danos hoy nuestro pan de cada día», cuya explicación por Lutero enumera, entre lo que se entiende por «pan de cada día», «buenos amigos, vecinos fieles y cosas semejantes». (N. del T.) ↩
Los maestros de escuela popular se formaban en Sajonia en los seminarios de maestros (Lehrerseminar), equivalentes a las escuelas normales. (N. del T.) ↩