El vuelco o Hanna y la libertad
Primera parte
Capítulo 1
Ya el segundo invierno — Ernst podría ser uno de los otros — Hanna tiene que irse y puede irse — Karl es maravilloso, pero no conoce los abismos — Una cara en el espejo — Desconfianza de los señores de cartera y las damas finas — Tendríamos que haber luchado — ¡Alemania, Alemania!
Los asientos del largo autobús blanco tenían reposabrazos de acero pulido y una suspensión suave. Hacía calor y un día hermoso; muchos viajeros habían bajado las ventanillas, que se deslizaban sin ruido por sus guías bien engrasadas. Uno iba sentado como en un coche particular. Todo tan perfecto, tan limpio, tan bien en marcha; apenas se notaba cuando el conductor metía la tercera en las curvas empinadas.
Fuera todo tenía aire de domingo. En los pueblos la gente andaba por la calle, como siempre los domingos; los campos estaban pardos, ya preparados para la siembra de invierno, la siembra de invierno, ya la segunda vez, y uno había pensado que aquello no duraría ni tres meses. En una curva apareció un agua reluciente, un embalse, casi como un lago, tan lisa y tan dominguera hasta el agua; en una orilla había tiendas de campaña montadas. Aquí tendría uno que poder bajarse, pensó Hanna, ir a bañarse, luego encender fuego y hacer café. Hacía tres años habían pasado unas vacaciones en Baviera, ella y Karl; el embalse del Isar era mucho más salvaje y más grande que este. Eso quedaba lejos. Hanna no sabía bien si desde entonces había vuelto a pasar algún domingo en el campo... El agua y las tiendas habían quedado atrás; el autobús subía en espiral, el aire era claro, veraniego, como si no fuera a llegar dentro de poco un segundo invierno.
Hanna se dejaba mecer en el asiento mullido; la subida y las curvas la adormecían suavemente, como si fuera de verdad a pasar un fin de semana, como si hoy fuera de excursión dominical, todo tan apacible, tan como debe ser, huele tan bien a viento de verano, entra por las ventanillas que se bajan sin ruido, allí vuelan golondrinas, cómo es que todavía hay golondrinas, otros años en octubre ya se habían ido. A lo mejor no es octubre, a lo mejor es marzo y los campos se van a poner enseguida, enseguida verde claro. Ya no se sabe bien, ni los meses, ni los años, ya no se sabe bien cómo es la vida.
El autobús iba lleno; entre los asientos había incluso gente de pie; todos llevaban mochila, los hombres pantalón corto, las chicas sin sombrero. También iba una banda de música, es decir, unos cuantos mozos a los que pertenecían un bombo y un trombón; van a una fiesta. En el pueblo siguiente se bajaron también; el autobús paró en mitad de la plaza del mercado. «Caballo Blanco», decía el letrero de la posada, y delante había un tablado, a derecha e izquierda banderitas cruzadas, mucha gente, ya estaban allí los tambores y las trompetas, solo faltan el bombo y el trombón y puede empezar la cosa. Muchos viajeros se asoman por la ventanilla, levantaron el brazo para saludar. Ernst también. Bueno, quizá sea mejor así. Este viaje, y este aire, aire de campo, cielo de domingo, Dios mío, uno querría poder no pensar en nada, cansada, cansada, pero hay que mantenerse firme, al menos unas horas más.
«¡Cómo revive nuestro pueblo con la nueva libertad!», dice Ernst. Hanna lo mira horrorizada; él le sostiene la mirada de tal modo que ella la esconde enseguida; ¿ha creído por un instante que él quiere decir eso de verdad? Es tan rubio, tan recién lavado, ay, y también él tiene esa cara ignorante y convencida, como los otros, podría ser uno de los otros.
A Hanna la atraviesa un sobresalto. De pronto sabe por qué y adónde va. Se obliga a poner cara de confianza.
«Y qué maravilla cómo funciona ahora todo», dice. «Este autobús magnífico...». Lo último es incluso verdad. En esta línea han puesto autobuses nuevos. Aunque quizá ya antes también. En Prusia ya antes, en todo caso. Este trayecto no lo conoce. Pero no tiene por qué hablar, los demás tampoco hablan. Miran por la ventanilla.
«Ya casi hemos llegado», dice Ernst. A la derecha de la carretera hay un hotel bonito, con aire de castillo de caballeros.
«Aquí antes los judíos y los estraperlistas celebraban sus orgías», le dice alguien detrás de ella a su vecino. El vecino, según oye, una vecina, contesta:
«¡Pero los hemos echado a escobazos de hierro!». Escoba dicho como «escóba».1 Qué raro suena una convicción en dialecto sajón. Quizá no sea una convicción. Quizá esos también hablen así porque sí, como nosotros. Hablan por nosotros, nosotros hablamos por ellos, lo que piensa cada cual no lo sabe nadie. Lo hemos enterrado. Y tampoco se puede reconocer por nada. Se ve, si no, en Ernst. Mejor para el chico; él no puede irse.
Cuando ya se han bajado y suben a pie por la carretera, al sol, cuesta arriba, cae en la cuenta de que no solo tiene que irse, sino que además puede irse. De que eso es también un permiso. Uno como Ernst no puede irse: tiene familia, no tiene dinero, no sabe ningún idioma extranjero, no tiene adónde ir en ninguna parte del mundo. Hasta que un día tenga que irse de todos modos. Tantos han tenido que irse que eran como él. ¿Será que al final yo soy la afortunada?, piensa atormentada, y como un adivino dice Ernst:
«Tú lo tienes bien, camarada, ¡tú puedes irte!». Hay en ello una pequeña punta de reproche. Precisamente porque, en algún lugar de lo más hondo, es consciente de que va a la vez al destierro y a la liberación, precisamente por eso quiere justificarse.
«Tenía que irme, camarada. Desde abril, desde que se llevaron a mi marido, solo era cuestión de tiempo. Esa viuda del profesor, al fin y al cabo no era más que una simpatizante... bastante hizo con tenerme en su casa todos estos meses como “la prima de Viena”, y encima me consiguió el empleo en el consulado español; el enviado de Austria era pariente suyo. Cuando cayó nuestra célula, vi que tenía que irme. Yo tenía la multicopista y tanto material, y ya sabes cómo los “interrogan” en el Columbia-Haus2: no todos aguantan. A lo mejor tienen razón si me arrastran a mí. Intelectual, extranjera... a lo mejor así les resulta más fácil...»
El proletario la mira con desconfianza.
«¿Arrastrarte a ti...?»
Él cree en el heroísmo y en el silencio estoico incluso bajo las patadas. Hanna se avergüenza; quizá él tenga razón, hay que ser ciego, todos son héroes, y los de la célula no la van a delatar; podría haberse quedado, seguir trabajando, y en Berlín siempre puede uno esconderse; quizá se marcha de verdad no solo porque tiene que hacerlo, sino también porque puede... Lejos de Alemania, del trabajo, de aquellos a los que pertenece, lejos de Karl. Ahora se aleja de Karl. Va con sus zapatos de excursión de tacón bajo, sin más que una mochila a la espalda, sin sombrero, como las chicas alemanas en una excursión de domingo, carretera arriba, lejos de Alemania, lejos de Karl, se va.
«¿Tienes dinero, por cierto?», pregunta Ernst metiéndose en sus pensamientos.
Karl está en Plötzensee.3 Nunca ha podido visitarlo. Claro que no: la habrían cazado en el acto. Pero al juicio sí fue; había tanta gente, en Berlín no me conoce nadie, ojalá. Iba tan elegante a la vienesa, con un vestido y un gran sombrero de la viuda simpatizante del profesor; no era muy peligroso, y aunque lo fuera, todo le daba igual. Tenía que ver a Karl, aunque fuera de lejos. ¡Qué bien se portó! Como Artiom en Mijaíl Lykov de Ehrenburg,4 así es Karl; y Hanna es de esas a las que, cuando se trata de vida o muerte, todavía se les ocurren personajes de la literatura, y por eso se desprecia un poco.
Llevaba la cabeza rapada al cero. Qué extraño y qué demacrado se le veía. A Hanna le daba pena por su hermoso pelo rizado, ya algo canoso.
«¿Cómo pudo usted mezclarse con esos infrahombres? ¡Si es usted una persona culta!», había preguntado el juez. Algunos todavía conservan cierta cortesía con los de su clase... «¡Y médico, para colmo! ¡Debería mostrar una dignidad especial, también en su vida privada!»
«Mi dignidad la he buscado en ayudar a los que usted llama infrahombres», había contestado Karl. Maravilloso, Karl. ¿No podría haber callado también? ¿O decir algo que no lo comprometiera? Se perjudica, no quiero ni pensar lo que eso puede costarle, puede costarle la vida; Hanna gritó por dentro bajo su elegante sombrero vienés de verano, pero también fue feliz, porque Karl no había fallado. Luego ya casi no supo nada más hasta la sentencia: dos años y medio de presidio, cuatro meses cumplidos en prisión preventiva; acusado, ¿acepta usted la sentencia? Él aceptó la sentencia. Adiós, Karl. Hasta octubre de 1936, adiós, amor mío, compañero, adiós, te seré fiel.
Sube a pie por la carretera, lejos de Karl, lejos de Alemania.
El aire es tan claro, a la izquierda, al fondo, las líneas de los montes muy finas; a la derecha, un terreno de colinas suaves; la carretera, bordeada de serbales rojos.
«¿Dinero?... Tengo bastante. Quinientos marcos.»
Se lleva la mano al pecho, donde guarda la bolsita. Quinientos marcos: mucho dinero, piensa; los obreros cobran ahora apenas el setenta por ciento de su salario de antes, y ese ya no era alto. Siempre esta mala conciencia, y eso que ahora sí que es pobre de verdad: su bonito piso, con todo y con todo, ya no existe, la cuenta del banco embargada, la confiscación de los bienes decretada junto con la orden de busca y captura.
El joven calla. Conoció a esta mujer ayer mismo, cuando, ya oscurecido, se presentó en su casa del arrabal obrero, sacó del bolso de ante un papel doblado muchas veces, la credencial,
según la cual hay que pasar al otro lado de la frontera a Hanna Last, miembro del Partido desde 1923. Después de año y medio de trabajo ilegal, uno es prudente. Ella le ha explicado por qué va tan elegante; claro, Ernst sabe que en el Partido no solo hay obreros, y alguna vez ha pensado que sería mejor que solo hubiera obreros y que no se les hubiera dado tanta entrada a esos señores de cartera y a las damas finas; quizá entonces lo de 1933 habría salido de otra manera. Sabe también que hacen falta contactos, que es bueno tener gente en los bancos, en los periódicos, en las legaciones... esta de aquí dice también que ha trabajado en no sé qué del consulado español; sí, lo sabe, el cerrajero Ernst Leunert, y se aguanta, la disciplina ante todo; pero aquí, subiendo a su lado por la carretera, vuelven a asaltarlo los celos: el Partido, la amada, en el fondo aquello no tenía que ser con señores de cartera y damas elegantes, aquello estaba pensado para nosotros, solo para nosotros, para los de verdad, los que luchamos y sabemos y creemos porque desde pequeños hemos visto cómo son las cosas. Los otros lo han aprendido en los libros, estaban ya en otro sitio antes de venir con nosotros. Bueno, muchos han trabajado bien, como nosotros, y en muchas cosas son más hábiles, qué le vamos a hacer; muchos también lo han pagado caro, haberse venido con nosotros por su propia voluntad, el marido de esta, por ejemplo, si es verdad lo que cuenta; pero traía el papel del enlace de Berlín, así que estará en regla.«¿Quieres dormir aquí, camarada?», le preguntó, y su mujer, que solo callaba y miraba, trajo café.
«Si se puede, camarada...», contestó Hanna. Nunca había estado en Dresde, solo una vez, de jovencita, con sus padres, para ver una exposición, antes de la guerra; habían salido de Praga a pasar el domingo «afuera». «Ir afuera» se decía cuando uno se refería a Alemania. No recordaba nada, salvo un pabellón con lecciones sobre la alimentación higiénica y un cartel que decía: «El embutido es cuestión de confianza». Su padre lo había contado muchas veces después, en Praga: «Estos alemanes del Reich... todo se lo toman tan en serio... todo es una concepción del mundo, hasta el embutido», y él y sus amigos se habían reído. No conocía a nadie en Dresde, y al hotel, desde luego, imposible.
«Sí, de verdad que no sé dónde iba a pasar la noche si no.»
La mujer puso sábanas limpias en la cama del marido, junto a la suya, y a él le preparó un jergón en el banco de la cocina. El hombre salió al patio con dos cántaros a buscar agua; allí no había cañerías. Sobre la mesa estaba Der Angriff.5 Hanna le echó un vistazo... Todo lo que se construye ahora, tantas autopistas nuevas: si todo eso es preparación para la guerra. Los de los campos de concentración tienen que hacerlo; Heinz está dentro, Wolfgang está dentro, muchos, muchos. Luego se fueron a dormir; ya pasaba de medianoche.
Conocía esto de pasar la noche en casa de camaradas, bajo el grueso edredón de plumas, los niños no se duermen porque hay un extraño en el cuarto, y la ventana tampoco se puede abrir; y sin embargo siempre lo había aceptado cuando salía de Halle a la provincia a dar charlas y presidir asambleas. Para que los camaradas no pensaran que la intelectual era una engreída. Hoy no era cuestión de amabilidad: la última noche en Alemania, dónde iba a pasarla si no con compañeros. La mujer, a su lado, ya dormía; daba vueltas de un lado a otro. Hanna estaba echada con los ojos abiertos. Antes, en casos parecidos, se había enfadado muchas veces por la noche perdida, y Karl le había dicho una y otra vez: «Si lo haces, no te quejes luego. Bien podrías haber ido al hotel. Son todo figuraciones tuyas, eso de que los camaradas se lo toman a mal...». Una vez, poco después de abrir en Halle un consultorio de orientación sexual, Karl había ido a un pueblecito a dar una charla. Al bajarse en la estación encontró las vallas y las casas empapeladas con un texto chusco: «En el último momento, y gracias a la rápida intervención de la dirección del Partido, hemos logrado echar el guante al camarada Dr. Karl Last. El Dr. Last, uno de los mejores conocedores de la vida sexual humana, hablará esta noche a las ocho sobre sus abismos en la “Corona Imperial”. Coloquio libre. ¡Camaradas, acudid en masa! La colecta, a beneficio del Comité para la Abolición del Artículo 218».6 A Karl no le pesaban las preocupaciones de Hanna por lo fácilmente que se ofendían los proletarios. Él mismo venía del mundo modesto de un hortelano y prefería alojarse en el hotel. Pero aquella noche había querido escapar a la sonrisa ofensiva de la tertulia burguesa en la única fonda del pueblo, y por eso aceptó la invitación de un camarada a su casa. A la hora de acostarse resultó que tenía que compartir la cama con el joven matrimonio: por lo visto, el cartel había hecho que ante él pareciera superfluo cualquier recato conyugal.
Hanna sonrió en la oscuridad. Uno de los mejores conocedores de la vida sexual humana... desde luego. Karl había escrito libros y folletos sobre el tema, dado conferencias, prestado consejo y ayuda. Pero abismos... no los veía en el amor, y seguramente nunca los había sentido. Amaba de prisa y con resolución, sin muchos aspavientos, sano, fresco, consciente, como vivía... Al menos esto, la abstinencia de la cárcel, no sería grave para él. Sabía desconectar por completo su vida sensual cuando hacía falta. Hanna lo pensó con envidia. En ella todo eso era distinto. Pero hoy, desde luego, no había que darle vueltas a eso... Al final se había dormido. Pero ya a las cinco de la mañana los niños la habían vuelto a despertar.
Hanna sacó de la maleta una falda deportiva, una blusa camisera, un jersey gris y una boina, botas de excursión, una mochila. En la mochila metió algo de ropa interior, sus zapatos, el elegante conjunto que la noche anterior había despertado la desconfianza de la familia obrera.
«La maleta a lo mejor os sirve algún día», dice con voz cohibida. Y para que no pensaran que quería pagarles la hospitalidad de la noche y les pareciera cosa de burgueses, añadió deprisa:
«De verdad que no sé dónde meterla, me hacéis un favor...». Dijo «os», aunque en el cuarto solo estaba la mujer. En el Partido todos se tuteaban y era lo natural; pero con las mujeres no politizadas de los camaradas a Hanna nunca le salía el tú con soltura, y lo evitaba siempre que podía.
«¿Y el sombrero? ¿Puedo dejarlo también?» Lo preguntó un poco apurada. Era la misma pamela florentina de ala ancha que había llevado en el juicio de Karl. La mujer del cerrajero se la había puesto y se había plantado ante el espejito que había sobre la cómoda, entre un jarrón con amapolas artificiales y una foto de familia amarillenta. Bajo el ala del extraño sombrero, la obrera miraba la cara de Hanna, que aparecía en el espejo detrás de la suya y un poco por encima.
Como todo el que miraba la cara de Hanna, vio primero los ojos, ojos oscuros, ardientes, que parecían más grandes
de lo que eran porque yacían, bajo pestañas muy largas, en unas cuencas negruzcas. Ojos con una mirada que no iba hacia fuera sino hacia dentro, hacia un fondo apenas intuido. Vio encima las cejas fuertes, oscuras, algo masculinas, una un poco más alta que la otra, lo que daba a la cara una expresión interrogante; y sobre la frente clara y recta, el pelo rubio, espeso, cortado a lo hombre, con un tupé en el centro y liso y corto detrás de las orejas. Medio tapada por el gran sombrero, vio la nariz fina, muy saliente y algo respingona; la boca, que, como los ojos, parecía apuntar hacia dentro cuando estaba cerrada, pero que al hablar se abombaba del todo hacia fuera; la barbilla estrecha, con un hoyuelo, y un trozo del cuello, nervudo como de muchacho, por encima de la corbata deportiva de lana. Como la noche anterior, la mujer seguía sin saber si aquella cara le parecía guapa o fea. Le parecía que los ojos no casaban con el pelo, ni la boca con los ojos. Una cara que no encajaba ni en su idea de la belleza ni en su idea de la fealdad. A pesar del rubio le resultaba extraña, porque Hanna tenía la piel morena y en las mejillas y sobre el labio superior había un ligero vello oscuro. Así que decidió que la cara era «rara», como le había parecido rara toda la persona y sus maneras desde que entró en su casa la noche anterior. Hanna no se tenía bien derecha, la espalda algo encorvada, y como era de piernas largas, a la mujer, bajita y robusta, le parecía que la miraba por encima del hombro.Pero Hanna no la miraba por encima del hombro; no la miraba en absoluto, y no se dio cuenta de que la mirada azul clara de la mujer del cerrajero se le quedaba prendida de la cara con una curiosidad tímida y cohibida. Se miraba a sí misma en el espejo, y como era a ella misma a quien miraba, tampoco ahora su mirada iba, por así decir, hacia fuera, sino hacia dentro. Se miró cansada a los ojos y encontró que las ojeras azuladas que los rodeaban tenían hoy, tras la noche en vela y los sobresaltos de los últimos días, un aspecto especialmente repugnante. Tan falsamente románticas, le parecieron. La ceja levantada le recordó a su perro —¿seguiría vivo?—, que siempre dejaba caer una oreja cuando no sabía si le estaba permitido hacer lo que le apetecía. Con unas cejas tan torcidas no había manera de conseguir una cara sencilla y objetiva, eso lo sabía desde hacía mucho, y con una naricilla respingona tan ridícula, una nariz de esas que van mirando al mundo, nadie la creería capaz de sentimientos generosos, aunque los tuviera. Lo único de su cara con lo que estaba conforme era la boca; parecía tan suplicante, tan expectante, tan dispuesta. Una boca capaz de todo. Capaz de todo, sí, eso quería ser. Dispuesta a todo. Y el vello del labio superior... con eso se había resignado hacía tiempo; también hacía poco, cuando la mecanógrafa de la legación española en Berlín le ofreció, muy amable, quitárselo con unas pinzas «sin dolor y para siempre».
Tampoco Hanna sabía en realidad qué pensar de su cara. Guapa no le parecía en ningún caso; fea tampoco; pero así debía de verla la gente, porque no recordaba que nadie le hubiera dicho nunca nada agradable sobre su aspecto, y en cambio sí recordaba muy bien que eso, antes, le había dolido a menudo. De pronto, al pensarlo, le vino desde el fondo del olvido una escena. Debía de hacer más de veinte años, antes de la guerra todavía; estaba con sus padres en Scheveningen y se había puesto el traje de baño en una caseta de la playa al mismo tiempo que una chica a la que había conocido allí durante el veraneo. Las dos habían salido de un salto de la caseta y habían echado a correr hacia el mar, la otra delante, con su maillot azul celeste, esbelta, menuda, bien proporcionada, de piel blanca, y Hanna detrás, con sus brazos largos colgando, la espalda algo encorvada («¡Hanna, ponte derecha!»: mil veces lo había oído y nunca se había enderezado), sobre sus piernas larguísimas y flacas. Entonces oyó detrás una voz de hombre que decía: «La pequeña es encantadora. La larga no es guapa, pero tiene carácter». Era ese «pero» lo que ahora le subía desde muy hondo. «No es guapa, pero...» Todo en ella era «pero». Mis ojos son pequeños, pero parecen grandes; mi pelo es rubio, pero parece oscuro; mi boca quiere, sí, pero dice que no...
Luego apartó la mirada de sí misma, la puso en la mujer más baja y le enderezó el sombrero. En el ala ancha aparecieron las manos de Hanna, manos de dedos largos y fuertes, manos muy hermosas, con las yemas un poco vueltas hacia arriba. «Manos ávidas de placer», había dicho Karl sonriendo... «Manos que quieren marcharse.» Las manos doblaban el sombrero fino por todos lados, pero no había manera de que casara con aquella cara robusta y colorada. La mujer del cerrajero también lo notó.
«¿No lo quiere usted, señora Leunert?» ¡Al final le había hablado de usted!
«Se lo daré a mi prima. Trabaja en una oficina y su novio es músico de cine. Una como yo no puede ir por ahí con un sombrero así...»
Una como yo: aquello había vuelto a sonar como lo había oído tantas veces: tú no eres de los nuestros. Pero ya no hubo tiempo ni para conversaciones ni para cavilaciones. El autobús salía a las siete de la estación central y habían tenido que darse prisa.
Eso había sido hacía cuatro horas; quedaba lejos, muy lejos.
«Qué ricos son tus niños», dijo Hanna. No puede ir todo el rato así de callada al lado de este camarada.
«¡Esos tienen que ser un día buenos luchadores de clase!», contesta el muchacho. Suena orgulloso, pero también cansado. ¿Es que los niños no van a tener algún día otra cosa que lo que él tiene: trabajo, estrecheces, más tarde rebeldía, con la que la mayoría de las veces no se puede hacer nada, el Partido, otra vez trabajo, de noche pegar pasquines, por las tardes a la asamblea, y ahora: peligro a todas horas, apretar los dientes...? ¿No van a tener los niños algún día algo mejor?
Hanna lo nota y quiere decir algo conciliador:
«Cuando sean mayores ya no habrá lucha de clases, camarada. ¡Para entonces estaremos en el socialismo! ¡Como en la Unión Soviética!»
«Como en la Unión Soviética», confirma Ernst. En Sowjet carga el acento en la segunda sílaba, y pone una cara ignorante y convencida.
Siguieron andando por la carretera; el cielo se hacía cada vez más grande, un cielo inmenso, y debajo los colores: pardo de terruño (una palabra tan de la nueva Alemania que uno no querría ni pensarla, está tan escupida ahora, pero para este pardo no se le ocurre a uno ninguna otra)
verde, verde oscuro el bosque, que lejos de la carretera se arrima a las colinas, y primero, de cerca, el rojo chillón de los serbales. Allí delante parece acabarse el mundo. La línea de la cresta cruzaba la vista de lado a lado; enfrente, casitas blancas con tejados grises de pizarra, tan diminutas bajo el gran azul del cielo.«Zinnwald», dice Ernst. «Ya casi hemos llegado. En invierno aquí no se puede andar más que con esquís. Las casas apenas se ven entonces con la nieve. Aquí ves las pértigas, para que se orienten los esquiadores. Aquí a la derecha, por aquí vamos.»
Casi le dio pena a Hanna despedirse de la carretera luminosa. Se andaba tan segura entre sus cintas. Carriles... siempre anda uno buscando carriles, aunque no lleven a ninguna parte.
Habían torcido a la derecha e iban hacia el bosque, entre las pértigas de esquí.
«Ojalá pases sin problemas. Ahora está todo lleno de guardias... ¿O quieres que te acompañe hasta el otro lado...?»
«No, camarada. ¿Para qué vas a exponerte más? A ponerte en peligro, quiero decir. Ya pasaré... He vivido diecisiete años en Alemania y nunca nadie me ha tomado por alemana. Los guardias de la frontera no van a ser la excepción.» Sonrió un poco. «La policía no es muy lista, con ningún régimen; esa es nuestra suerte.»
Alemania, Alemania, diecisiete años, y siempre una extranjera, y ahora lejos de Alemania, quién sabe cuándo volverá uno, un trozo de corazón se queda aquí; en prenda se queda aquí un trozo de corazón. Si no me voy de verdad, voy de excursión de domingo, sin más que una mochila a la espalda, sin sombrero, como las chicas alemanas. En el último momento Hanna no quiere. ¿No podría dar media vuelta, quedarse en Dresde, donde nadie la conoce, seguir trabajando, seguir esperando? ¿Adónde quiere ir, en realidad? Un comunista no huye; Karl tampoco huyó, ni Heinz, ni Wolfgang, muchos, muchos. Todo eso lo ha pensado ya muchas veces, le ha dado vueltas; no sale nada nuevo, solo vuelve a atormentarla.
Como muchos extranjeros que viven en Alemania, Hanna amaba este país inaccesible en el que no había podido echar raíces; amaba su avance impetuoso y a la vez pausado, su formalidad en todas las cosas de la vida diaria y del trabajo, esa sabia reducción de las pérdidas por rozamiento... todo marchaba tan bien engrasado como las ventanillas del largo autobús blanco de hacía un rato. Y el movimiento obrero: cuánto se había hecho, y qué poderoso había sido todo, qué bien organizado... curioso; en marzo del año pasado alguien había cambiado una palanca y el mundo se había llevado la mano al corazón, pero al día siguiente todo había seguido funcionando como antes, solo las banderas eran otras, las personas eran otras, pero todo había seguido adelante con la menor pérdida por rozamiento.
«Tendríamos que haber luchado», pensaba Hanna atormentada; lo pensaba por centésima vez, como muchos, como muchísimos. «Éramos demasiado ordenados. Esperamos la consigna, y no llegó ninguna...»
«Ahora mejor me vuelvo», dijo Ernst. «Últimamente he subido mucho por aquí; puede que ya me tengan fichado. Y para ti también es mejor: tú sabes hablar checo, si alguien te pregunta algo...»
«Sí, camarada, claro. Mejor que te vuelvas ya», dijo Hanna maquinalmente. Todavía estaba muy dentro de Alemania y no le importaba mucho salir sana y salva.
«Te metes aquí en el bosque. Vas siempre por la derecha. Se baja bastante empinado, unos diez minutos. Y ya estás en Bohemia.»
«En Bohemia», decían todos. La palabra nueva no les salía con facilidad. La propia Hanna rara vez la había usado: República Checoslovaca. Cuando se marchó a estudiar a Heidelberg todavía era Bohemia, territorio de la Corona de Austria, y Praga una capital de provincia. Desde entonces solo había vuelto a casa unas pocas veces: al entierro de su madre, y luego al entierro de su padre, y hacía tres años, una vez, con Karl, para un congreso. Cada vez solo unos días, y se había sentido del todo extranjera, y como a una extranjera la habían recibido.
«Cuando llegues a terreno más llano, tienes que torcer otra vez a la izquierda, bastante cerrado a la izquierda, para dar con la carretera. Bueno, y luego ya no hay peligro.»
«Gracias, Ernst. Creo que ya deberías volverte. Por allí detrás viene gente. Y muchas gracias. Y... escríbeme dos líneas para decirme cómo has llegado a casa.»
«¿Escribir? ¿Adónde?» Ernst se rio, un poco extrañado. Como si viviéramos en plena paz. Vaya idea tiene esta de la ilegalidad. Quién sabe quién es; ahora tiene mi dirección. Bueno, tampoco he dicho nada más, solo cosas generales.
«Claro, es verdad. A veces una es tan tonta y tan sentimental. Bueno, pues que te vaya bien, camarada. Ojalá nos volvamos a ver pronto, y entonces todo sea distinto y bueno...»
«¡Que pases bien, camarada! Y no lo olvides: ¡los emigrados también tienen trabajo allí! Si el Partido permite que uno se vaya, allí tiene que seguir trabajando de firme...»
Qué rudo suena. Como si huyera del deber. Esta última palabra en Alemania es tan alemana, tan de maestro de escuela... ¡y tan justa! Le duele, pero también le alegra: que a una la sigan llamando al servicio, eso es bueno, tener que «formar» una y otra vez, eso la mantiene a una en pie.
«Descuida, camarada.» Lo dice con dignidad, casi con alegría.
«Cada uno en su puesto. Dondequiera que estemos, es terreno revolucionario, dijo Marx.»
«Bueno, pues entonces... ¡Frente Rojo!»
«¡Frente Rojo, camarada!»7
Se va; Hanna lo siente como si él saliera de escena. La cita de Marx lo ha tranquilizado. Hanna no se vuelve y se mete en el bosque, hacia Bohemia, hacia la patria.
Capítulo 2
Plantas que estallan, cristales, un organillero — Pleito de lenguas — Extralimitación de órganos subalternos — Recuerdo de un dedo — Un cruce de calles como en sueños — Elementos subversivos — Quesitos de Olomouc, judíos y comunistas — En la casa paterna ya no vive nadie — Redada — La señorita Aschbach es reconocida.
En el bosque estaba oscuro, húmedo y fresco. Los abetos se alzaban apretados y altos, de un verde profundo contra el cielo azul, que colgaba en pequeños jirones. El suelo era exuberante de pinocha, fárfara y toda clase de hierbas acuosas y trepadoras, todo tan jugoso, mudo, cerrado. Minutos antes Hanna subía por la cuesta a plena luz del día; ahora bajaba a gatas y a saltos en la oscuridad. ¿Cómo es que en Alemania hay tanta luz? ¿Cómo es que en Bohemia está tan oscuro? Ay, hoy todo toma enseguida cara de símbolo. Es sencillamente porque del lado alemán la carretera iba entre campos, el bosque quedaba lejos, y aquí está una en plena espesura.
Pero cuando al cabo de unos minutos encontró la carretera, apenas se aclaró. En Alemania había mucha gente delante de ellos, detrás, a su lado; pasaban coches a toda velocidad; se veía vida hasta lo lejos. Aquí todo estaba en completo silencio; la carretera parecía atravesar una comarca perdida; los árboles la guardaban en alto, como si nadie debiera entrar. Desde el valle ya no subía nadie hacia la cresta, ni en coche ni a pie, pasaba ya del mediodía; y cuesta abajo tampoco iba nadie, ni en coche ni a pie: la frontera estaba en medio.
Hanna estaba casi contenta de ir así, sola. En los últimos meses había estado sola tan pocas veces.
El silencio se cerró sobre ella, y todos sus sentidos se replegaron en uno solo, el olfato, con el que aspiraba el olor verde del suelo del bosque. «Mantillo», llamaba ella a ese olor; era a la vez mohoso y fresco, vida jugosa de lo vegetal, que no se parecía a nada animal. Cuando sorprendía a Karl dormido por la mañana —no ocurría a menudo, porque Karl se despertaba enseguida, mientras que Hanna tardaba mucho en abrirse paso despacio desde el blando no saber hasta la conciencia del día—, cuando se encontraba con la boca de Karl, que respiraba entreabierta bajo los ojos cerrados, le había dicho muchas veces: hueles a mantillo... y había sentido un embeleso, escalofríos de la más honda comunión con la naturaleza, como no los sentía desde niña. Como antaño junto a la boca de Karl, también ahora algo se le contraía en el cuerpo, doloroso y dichoso; los músculos del cuello se le tensaban, tenía la garganta seca, mientras las aletas de la nariz palpitaban ávidas, aspirando el olor hondo y empapado de agua de las plantas del bosque.
Se agachó para oler más y se acordó de lo que Karl le había contado hacía años de su regreso del cautiverio de guerra en Rusia. Estaban en la estación fronteriza, mil alemanes a los que iban a soltar para que volvieran a su tierra, mil rusos que llegaban del otro lado. El tren de transporte que venía del oeste se detuvo en campo abierto; los alemanes avanzaban desde el este en fila india hacia el tren, mientras que los rusos que habían bajado de él tenían que marchar en dirección contraria, tierra adentro. Entre las dos filas patrullaban varios funcionarios que tenían que contar a derecha e izquierda a los que llegaban y a los que se iban. Los prisioneros alemanes salían de Rusia obedientes, uno detrás de otro; pero a los rusos costaba contarlos, porque a cada momento uno se salía de la fila, se tiraba sobre la tierra embarrada de la primavera, con la cara en el barro pardo, y besaba la tierra de su patria... Sí, así son los rusos, pensó Hanna conmovida; todavía en 1931, cuando estuvo allí con una delegación, se notaba, bajo el nuevo espíritu de los tractores y del plan quinquenal, bajo la marcha forzada, escueta y americana del pueblo, ese besar la tierra natal.
Hanna se inclinó sobre el suelo verde del bosque y se sintió entregada: era la boca de Karl y a la vez el bosque. Un pequeño lución se deslizó junto a su mano, y ella metió la mano entre lo verde; se oyó un leve chasquido y un tallo claro salió enroscándose de una vaina de hojas. «¡Plantas que estallan!», murmuró Hanna; la invadió un gran embeleso y de golpe estaba allí toda su infancia. ¿Cómo no había caído hasta ahora, cómo no se había dado cuenta de que estaba en su tierra? En su tierra no solo porque había cruzado la línea de la frontera, dejando atrás la Alemania luminosa, sino en un sentido mucho más apremiante, mucho más íntimo todavía: en estos pocos kilómetros cuadrados que ahora tenía que recorrer a pie, hasta la estación de Teplitz, había transcurrido una parte grande, una parte importante de su infancia.
Los padres no daban demasiada importancia a la disciplina escolar; un mes antes de que acabara el curso, el fiel médico de la familia, que, como hombre progresista, se entusiasmaba con el deporte y con retozar al aire libre, extendía todos los años un certificado según el cual los niños necesitaban con urgencia reponerse, y Hanna y Heini se iban con la «señorita» y con la abuela alemana o con la abuela checa a Eichwald, al hotel de veraneo, acogedor y anticuado. De junio a septiembre andaban sueltos, escapados de la escuela aburrida y de unos padres poco cariñosos, y vivían en el jardín y en el bosque desde muy temprano hasta la hora, tardía como en vacaciones, de irse a la cama. Por la carretera de Zinnwald habían paseado infinidad de veces; habían aplastado entre los dedos plantas que estallan, de modo que con un pequeño estallido saltaba fuera el tallo enroscado; habían buscado setas de muchas clases y, entre la grava amontonada al borde de la carretera, trozos de micacita de brillo plateado que, quién sabe por qué, llamaban «cristales». Hasta Zinnwald, eso sí, no habían llegado nunca; Alemania quedaba tan lejos de la vieja Austria como ahora de la nueva Checoslovaquia; se iba «afuera» solo cuando no había más remedio. Así que ahora Hanna andaba por la carretera de Zinnwald y olía a «mantillo», se agachaba de vez en cuando a coger una hoja, una piedra, un escarabajo, y sentía embelesada la patria. Y entonces, detrás de la curva, subió también la canción de «Andulka, la niña querida», y cuando en unos pocos pasos alcanzó al organillero, este llevaba de verdad todavía la vieja gorra austriaca de veterano. Dejó de darle a la manivela y le tendió la mano; ella vio que era ciego. La primera persona que encuentro en mi país es ciega, pensó Hanna; ¿será también eso un símbolo? Sacó el monedero y le dio una moneda de veinte héller. «Pozdrav Pán Buh»,8 dijo cohibida, y el viejo respondió: «¡Dios se lo pague!». Claro, aquí, en la zona fronteriza, todo es alemán; pero al menos había dicho unas primeras palabras en checo; no sabía en absoluto cómo iba a ir ahora con aquella lengua de la que llevaba tanto tiempo desacostumbrada.
En casa se hablaba casi siempre alemán, y los niños habían ido a la escuela primaria alemana. Pero más tarde a Heini lo habían mandado a la escuela de comercio checa y a Hanna al Gymnasium femenino checo «Minerva»9, por complacer a la madre, que era checa, y porque el padre opinaba que había que dominar a la perfección las dos lenguas del país, ya que había que vivir en esta ciudad bilingüe en lugar de en la Viena amable siempre añorada. ¡Si el padre hubiera podido sospechar de qué singular manera le serviría un día a su hija esta medida educativa, tan poco común antes de la guerra! Entonces los niños habían tenido que hincarle el diente de lleno a la manzana secular del pleito de las lenguas. Ya el hecho de que un alemán de Praga tuviera por esposa a una checa era extraordinario, y traía consigo que los Aschbach no encajaran del todo ni en la sociedad alemana ni en la checa y que en la casa casi no hubiera vida social. Y encima mandar a los niños a la escuela checa... allí siempre fueron un poco los de fuera; sus compañeros no podían visitarlos ni invitarlos a su casa. Precisamente por eso los veranos de Eichwald eran un recuerdo tan hermoso: allí había compañeros de juego de sobra, niños de Aussig y de Teplitz e incluso una familia del Berlín legendariamente lejano, cuya hija mayor, Marie, no se llamaba, como cabía esperar, Mizzi, sino Mariechen...
¡Ahí está la subida a la estación de Moldau, y la posada sigue exactamente igual que entonces! Hanna se sentó en uno de los bancos de madera sin respaldo y pidió un vaso de leche y un pan con queso. En el jardín umbroso había poca gente. De los ciruelos colgaban todavía algunos últimos frutos; la semana que viene es el cumpleaños de Karl, siempre le hacían tarta de ciruelas, era su tarta preferida. Al pensarlo, Hanna vuelve de golpe al presente, al terrible, incierto, peligroso presente, y del centro mismo del presente entra de pronto un gendarme rural en el jardín de la posada de su infancia, no con el uniforme gris azulado de la vieja Austria sino con uno verdoso, nuevo, y ya no lleva chacó, sino una gorra de plato con una franja rojo cereza, y un fusil al hombro.
Hanna dio un respingo. Apenas había empezado a tomar conciencia de la libertad, y ya comprendía que la esperaban peligros de nuevo cuño. ¿De nuevo cuño? Ay, seguramente solo con nuevo ropaje. No era la frontera soviética la que había cruzado. (Suspiro de añoranza.) Aquí, en la república libre y democrática, los suyos eran tan enemigos como allí, de donde venía.
Hanna dio un respingo, y con motivo. No tenía papeles. El pasaporte le había caducado hacía medio año, y renovarlo, desde luego, ni pensarlo. En el consulado español había leído muchos periódicos extranjeros cuya difusión estaba prohibida en Alemania desde hacía mucho. Y entre las noticias grandes e importantes había encontrado de vez en cuando también algunas pequeñas e insignificantes: que los gendarmes fronterizos de los países vecinos de Alemania habían devuelto ya a sus colegas alemanes a no pocos fugitivos sorprendidos en la zona fronteriza sin los papeles en regla. En la prensa de esos países había habido luego debates sobre democracia, derecho de asilo y protección frente a la molesta afluencia de extranjeros, y en entrevistas en letra pequeña tal o cual alto cargo había lamentado la «extralimitación de órganos subalternos». Los periódicos alemanes, por su parte, habían servido a su vez ese bocado, bañado en salsa patriótica, a los opositores clandestinos: que no se les ocurriera largarse, porque a todo alemán, fuera cual fuera su credo, los checos primero lo torturarían en sucios calabozos de la policía y luego lo entregarían a las autoridades alemanas y a su justo castigo...
La visión del uniforme verde de campaña con la gorra de plato de franja roja y el belicoso fusil se convirtió así enseguida, para Hanna, en el reverso negativo del organillero: si aquel, minutos antes, le había dado una sensación de estar en casa y de amparo melancólico, este le hacía sentir con toda crudeza que aquí, en su tierra —¡como en la tierra de allá!—, era una extranjera mal recibida.
El gendarme se había sentado a la mesa de al lado y había pedido una cerveza. Habla checo. Aquí, en la región alemana, todo lo que es del Estado es checo. La mezquina y malintencionada política de minorías de la vieja Austria ha encontrado en el nuevo Estado una sucesora mezquina y malintencionada, y por primera vez se le pasa a Hanna por la cabeza que en lo que escribe el Völkischer Beobachter sobre los alemanes de los Sudetes, bajo toda esa ampulosidad repugnante, quizá haya algo de verdad. El viejo posadero del «Mesón de la Frontera» no ha aprendido más de tres palabras de checo, pero sus nietas seguramente van ya a la escuela checa de Niedereichwald, para poder atender mejor a los clientes. Poco a poco todo se va transformando; como en nuestra casa, piensa Hanna, solo que aquí se trata de las palabras y allí de las convicciones; quizá aquí también de las convicciones, y quizá allí también solo de las palabras... es difícil separarlo. No hay pensamientos sin palabras. Lo que no se puede decir tampoco se puede pensar. Y en alguna lengua hay que decirlo...
Hanna se prepara en su checo más esmerado un relato complicado, por si el gendarme le pidiera los papeles. La primera lucha en suelo patrio... Pero no llega a hacer falta. El gendarme paga su cerveza, dice con indiferencia «Pozdrav Pán Buh» y se aleja carretera arriba, sin prisa, hacia Zinnwald. Hanna también pagó y se fue.
Cuando llevaba un rato andando, de pronto se sintió muy cansada. Las últimas noches apenas había dormido y esa mañana había caminado unas cuatro horas. Con la mochila a la espalda y el pesado equipaje en el alma no se marchaba con facilidad. Se sentó en un tocón a la orilla de la carretera. Un autobús venía dando tumbos monte abajo. ¿Y si fuera en autobús? Tampoco es más peligroso que ir a pie. Hanna hizo señas y subió. Dos viejas con cuévanos eran las únicas viajeras. Iban sentadas al fondo y hablaban con monosílabos en el dialecto de los Montes Metálicos. Pero cuando el autobús pasó delante de un crucifijo de madera, se santiguaron: organillos y crucifijos no los hay del lado alemán, pensó Hanna, aunque la lengua sea la misma; la frontera está en medio...
Hanna se había sentado delante y miraba al conductor. Con una mano sujetaba el volante; con la otra, la puerta, cuyo cierre no funcionaba. Cuando la soltaba de vez en cuando para quitarse el cigarrillo de la boca, la puerta se abría de golpe con estrépito y quedaba colgando ridícula y desvalida hacia el bosque, como si quisiera meterlo dentro del coche. Entonces el conductor se asomaba y la volvía a atrapar. Delante del cristal se balanceaba un papel sujeto con una horquilla: Zinnwald-Teplitz. Hanna no pudo menos de reírse mientras la lanzaban arriba y abajo sobre los muelles vencidos. El impecable autobús blanco en el que había ido esa mañana de Dresde a Altenberg, y ahora este pobre trasto conmovedor. La frontera está en medio. Dos países se dan la mano sobre una estrecha cresta de montaña que encima pasa seis meses al año bajo la nieve. Detrás, por un lado, desciende hacia el valle un país luminoso, reluciente de níquel, bruñido, bien engrasado; por el otro se despeña el otro país, oscuro, húmedo, descuidado, con traqueteo y estrépito. Hoy todo está lleno de simbolismo. No comparar, piensa Hanna; comparar, comparar, el fundamento de toda ciencia y de toda desgracia. Medir cada cosa y a cada persona con su propia medida, decía siempre Karl. No mirar de reojo, mirar de frente. Quién pudiera.
Hanna mira de frente, pero solo ve bosque, oscuro, húmedo, y oye la puerta cerrarse de golpe cuando el conductor la ha soltado y una curva lanza el coche hacia el otro lado.
Con aquel bamboleo salvaje Hanna se había cansado todavía más. Al principio ni siquiera se dio cuenta de que el autobús entraba en el Eichwald de su infancia: tantas casas y chalés nuevos bordeaban la carretera, que antes, hasta el hotel, discurría sin edificar entre un bosque espeso. Ahí sigue el viejo hostal de veraneo amarillo con las barandillas caladas de los balcones, pero a la izquierda le han añadido un ala nueva; por grandes puertas de cristal se ven butacas de club y parejas bailando; todo tan distinto; el viejo cenador donde solían comer también ha desaparecido. Hanna había pensado un momento en bajarse, en pasar allí la noche,
pero se le fue el valor; estaba tan cansada; además es mejor tomar un tren de domingo por la tarde: quién va a viajar un lunes de Teplitz a Praga con ropa de excursión y mochila sin llamar la atención. Así que sigue; el autobús adelanta a toda velocidad al tranvía, que avanza a trompicones, venerable y bamboleante; ahí está la mina de carbón, ahí la fábrica de percal, ahí el «puente de la Hondonada del Crimen», sobre el que entonces les contaban a los niños historias espeluznantes; hoy ya no se estremece uno cuando oye de alguien que, borracho, ha matado a otro a golpes; uno se ha acostumbrado a que mucha gente no muera de muerte natural. En la guerra se vio morir a tantos de muerte no natural. Y a los que no se morían precisamente, ni siquiera se los tomaba en serio.Hanna todavía veía con claridad el patio del hospital —siendo una jovencita «voluntaria», recién acabado el bachillerato, había entrado entonces de servicio—, veía bajo el cálido cielo de septiembre muchas camillas; habían descargado cuatrocientos heridos de golpe, venidos de Galitzia, y no todos habían cabido en las salas. Algunos habían sufrido una semana entera a la intemperie. Y luego se había operado día y noche, y veía ante sí las caras destrozadas, los agujeros purulentos del tamaño de una mano en el vientre, en la cadera, oía el gemido de los que yacían y veía agolparse a la puerta de la sala de curas, con sus batas de enfermo sucias a rayas azules y blancas, a los que podían andar, con el brazo en cabestrillo o un esparadrapo sobre el ojo; también a ellos les dolía, a los que menospreciaban como «heridos leves»; uno había suplicado tanto que le vendaran el dedo, porque si no a lo mejor se le quedaba rígido y nunca más podría tocar el violín. Hanna, con el sentimentalismo de quien no está acostumbrado al sufrimiento, y con el juicio, en un rincón del corazón, de que el dedo con razón valía tanto para uno como para otro la vida, había intercedido por él, pero el cirujano la había despachado: «Que espere... primero los graves. ¿Pero qué se ha creído usted? Que vuelva la semana que viene...». Luego la propia Hanna se había hundido entre los «disparos en el vientre» y los «disparos en la cabeza» y se había olvidado de los dedos que sirven para tocar el violín...
Y ahí está Teplitz, amable ciudad industrial y balneario, en la penumbra; es otoño. Hanna se toma un café en la cantina de la estación, se compra la gruesa edición dominical del Prager Tagblatt y de las Národní Listy,10 pero las deja sin desplegar junto a la taza: está terriblemente cansada. Pasadas las siete sale el tren; saca billete de tercera, y apenas entra en la oscuridad del viaje se duerme en su rincón.
Sueña con una ciudad que no conoce, pero que antes ha visto muchas veces en sueños, una ciudad con una avenida de castaños que lleva de la estación al centro, con calles hermosas y amplias con escaparates magníficos, una ciudad mediana bien cuidada; en sueños se ha paseado muchas veces por ella con gusto, aunque algo extrañada, entre los desconocidos que pasean, y siempre que quería dirigirse a alguien, abrir una puerta, entrar en una tienda, se despertaba. «La ciudad de lo inútil», la ha llamado; en sueños la reconoce enseguida. Pero esta vez las calles están vacías: los transeúntes bien vestidos, de movimientos medidos de provincias, y el ambiente apacible de tarde en la ciudad han desaparecido; es el crepúsculo y hay algo amenazador en el aire; y mientras Hanna está sola en un cruce de calles sin saber si dar media vuelta —¿pero adónde?, si no ha venido de ninguna parte, si está en este cruce desde el principio de los tiempos—, por una esquina llega gente corriendo, obreros con gorra, uno lleva una camisa deportiva de cuadros grandes, todos agitan los brazos y gritan. No conoce a ninguno, pero entonces por otra esquina aparece Paul Bergler, es un estudiante, un buen camarada, lo conoce, estuvo algunas veces en su casa de Halle y Karl contestó amablemente sus preguntas un poco ingenuas, y Paul Bergler dice con los ojos brillantes: «Camarada, ya empieza, hoy es la revolución», y Hanna ve cómo sigue corriendo y da instrucciones a los que acuden...
«Pero ¿cómo?», pregunta vacilando, «¿hoy es la revolución? Si hemos discutido tanto que la revolución es un proceso largo y difícil, con muchas victorias y derrotas, un proceso largo»... Pero Paul Bergler no escucha y dice confiado: «Ahora metemos además a los Ziegelbladerer, y para mañana a las seis tenemos todo el poder...». En el sueño Hanna entiende enseguida la palabra nunca oída: Ziegelbladerer; son los que levantan el adoquinado y construyen las barricadas... no se lo había imaginado así. Y allí está, indecisa, en el cruce de la extraña ciudad de sus sueños, conocida de siempre y curiosamente cambiada, y ve que las tiendas ya bajan las persianas. Entonces la atraviesa un pensamiento: si hay revolución, no habrá nada que comprar, y quién sabe por cuánto tiempo; hay que hacer provisiones; y cruza deprisa la calzada y compra en una tienda de ultramarinos muchas latas de conserva y en una zapatería de al lado tres pares de zapatos, sin probárselos siquiera, y lo mete todo en la mochila que lleva a la espalda, para que no se note tanto, y se va a casa. A casa, es decir, a una casa extraña que hasta entonces no ha visto ni conocido, y sube hasta el cuarto piso; y con cada escalón se le hace el corazón más pesado de pena y de horribles reproches contra sí misma, porque no está en la calle sino que ha comprado conservas y zapatos para el tiempo de la guerra civil. Cuando llega arriba y va a llamar, oye fuera un estruendo terrible, se sobresalta y deja caer la mochila... y se despierta porque una maleta cae de la rejilla del equipaje y le pasa rozando la cara.
«¡Perdón! ¡Perdón, señorita!», dice una voz. En la revolución no se dice perdón cuando se dispara, piensa Hanna; pero luego nota que el tren vuelve a ponerse en marcha, y al salir de la estación lee «Ústí n. L. — Aussig a. d. E.». Han subido viajeros nuevos: un viejecito que se ha sentado modestamente en un rincón y calla, y otros dos que, mientras todavía colocan su equipaje, ya traban conocimiento. Uno es alto y gordo, un sesentón de pelo ralo y cara colorada mal afeitada. El otro, pequeño, flaco, puntiagudo, ágil como un ratón. «¿En qué viaja el señor?», oye Hanna que pregunta el gordo. ¿Tan mal sabe checo? Le parece que debería ser «adónde». Ah, le ha preguntado por el ramo, porque el otro contesta:
«En textiles.»
Qué consuelo sería poder viajar a Textilia. Enseguida aparece ante Hanna un paisaje con acacias en flor, junto a un agua en cuya orilla pasean parejas de jóvenes, descalzos en sandalias, con una especie de quitones griegos, «ceñidos los lomos», se le ocurre, y no sabe cómo se dice eso en checo. «Textiles»... será Castilla, ha pensado a menudo cuando trabajaba en el consulado español,11 pero ¿hay allí acacias y jóvenes griegos? Allí habrá sobre todo rocas peladas, campesinos pobres, tristeza, sequía, nada de agua. Hasta los paisajes de los sueños se vuelven amargos cuando uno piensa en la realidad.
«En las tiendas de precio único ya los hay a 3 coronas la pieza», dice con inquina el puntiagudo. Tiene una bayeta en la mano. «Esta cuesta cinco sesenta, pero no hay comparación, la calidad...» El gordo palpa la bayeta con sentimiento. «¡Y con esos grandes almacenes ya no hay manera de hacer negocio para una persona decente! Esos bandidos no le compran al comerciante serio. Esperan a que una fábrica esté al borde de la quiebra y entonces se quedan con la mercancía a precio de saldo. Todos judíos y comunistas, se lo digo yo...»
El gordo asiente comprensivo. «Los judíos... esos meten los dedos en todas partes, tiene usted razón. Bueno, los alemanes del Reich, se dirá lo que se quiera de esa raza de pelo rapado, a mí no me caen nada bien, los Piefke;12 pero con los judíos han hecho limpieza, en eso podríamos aprender de ellos...»
«¡Y con los comunistas, señor! En eso también podríamos aprender de ellos: aquí, en nuestra casa, esos elementos subversivos pueden campar a sus anchas y andar por la calle gritando con sus banderas rojas...»
Elementos subversivos, oye Hanna, y le viene a la memoria cómo de niña, mientras leía el periódico, levantó la vista hacia su padre: papá, ¿qué es eso de «elementos subversivos»?
«Se refiere a los jóvenes checos»,13 le explicó el padre, y se llevó la mano al cuello de la camisa, incómodo.
Fue en 1908, por Navidad; poco antes había habido estado de sitio y ley marcial. A menudo, cuando había disturbios en la ciudad, el padre iba a recoger a Hanna a la escuela, en mitad de la clase; esta vez también; habían vuelto a casa en el tranvía por el Graben, y delante de la Casa Alemana el tranvía había tenido que pararse, mucho rato, quizá media hora, porque disparaban a derecha e izquierda. No se podía bajar, ni tampoco seguir, y con la mirada ausente la niña supo por primera vez, sin entender nada, eso sí, que las personas se disparan y se golpean por no sé qué ideales, y sintió por primera vez que quería estar allí, disparar con ellos, golpear con ellos; pero ¿de qué lado? Su padre era alemán, su madre era checa; no pertenecía ni aquí ni allí.
«Elementos subversivos, los checos... ¿y mamá?», preguntó la niña.
«Eso lo escriben así en los periódicos, nada más; ¡quién se cree lo que dicen los periódicos!», había cortado el padre, apurado, la conversación.
Los dos viajantes de comercio han llegado entretanto a la mercancía del gordo. Como el puntiagudo no ceja hasta que su colega acepta de regalo la bayeta, ahora también este baja su maleta y enseña los «productos lácteos» de cuya venta ambulante se ha declarado antes representante. Se extiende un olor penetrante. Viaja en quesitos de Olomouc.
«Pero, oiga», dice interesado el puntiagudo, «¿los quesitos no olían nada antes, verdad?»
«¡Pues ya ve usted, hombre! Mire», da unos golpecitos con el nudillo en la maleta de cuero —¡anda, si es de madera!—, «esta me la hice hacer a propósito. Ni la nariz más fina huele nada. Sí, antes... una vez fui a Berlín, antes de la guerra, claro, y conmigo viajaba un colega que iba en carteras. Quedamos en coger juntos una habitación en el hotel; todo es tan caro, de todos modos, cuando uno viaja con dietas fijas. Bueno. Cuando me voy a meter en la cama, me pregunta si no me quiero lavar los pies, que si no él no puede dormir. ¿Los pies... a mitad de semana? Bueno, pues vale, tipo raro, me lavo los pies y en paz. Por lo demás era un hombre simpático. Al cabo de un rato me dice: perdone, pero aquí sigue oliendo igual... Bueno, al final caímos en que eran los quesitos. Entonces todavía no tenía la maleta. Cómo nos reímos de que me hubiera tenido que lavar los pies por culpa de los quesitos, y luego, ¿sabe usted qué?, colgamos la maleta de una cuerda por la ventana; era un tercer piso.»
Los dos viajantes se ríen a lo grande; el callado del rincón deja oír un balido gruñón; Hanna sonríe detrás de su abrigo, que ha sacado de la mochila y ha colgado del gancho para esconderse. Sí, quisiera esconderse, no por miedo al control de pasaportes —ahora ya no hay peligro, están muy dentro del país—, sino esconderse de la patria, que ahora la acomete con fuerza por todos lados en la lengua, el tono y el ser, y que se le ha vuelto tan extraña. Extraños los nombres de los lugares (antes aquí los anunciaban en alemán), extraño el pueblo (¿qué sabe Hanna del pueblo? Con sus padres viajaba en segunda, por la calle no la dejaban ir sola, en el tranvía iba soñando despierta y no escuchaba), extraño el paisaje, fuera, en lo negro; es de noche. ¿Pensaba que la patria encendería hogueras de fiesta para la hija perdida? Qué significa, de todos modos, patria para una comunista; ya no estamos en 1908, ya no es el pleito de las lenguas, ahora sabe de qué lado está, ya no tiene que esperar inactiva, con la mirada ausente, a que la lucha de los otros deje pasar su tranvía; en todas partes es terreno revolucionario, Karl, no lo he olvidado. Escondida detrás del abrigo, respira hondo.
«No, en mi ramo todavía no han podido meter las narices, gracias a Dios», oye contar al gordo. «Pero ahora hay otra competencia, sobre todo en las zonas fronterizas: los emigrados del Reich. No se han traído nada, trabajar tampoco pueden, así que van de buhoneros, y casi siempre con comestibles, a lo mejor porque lo que no venden se lo pueden zampar ellos... ¡ja, ja, ja!... En Rumburg han
venido a mí tres, una mañana, y me han ofrecido mis propios quesitos de Olomouc...»«Es una vergüenza», dice compasivo el puntiagudo. «¡El gobierno debería prohibirlo!»
«¿Para qué queremos a los alemanes del Reich?», se acalora el viejo. «Aquí ya hay paro de sobra. ¡Que los judíos se vayan a Palestina y los comunistas a Rusia!»
«Si Hitler no los quiere, nosotros menos todavía», confirma el puntiagudo.
«A uno de esos, si yo fuera gendarme y lo pillara quitándole el pan a nuestra gente y encima metiéndoles en la cabeza sus chorradas subversivas, lo agarraba, ¡hala!, y lo facturaba al otro lado de la frontera, y que se las apañe», añade el gordo, muy tranquilo.
El tren se para y van a tomarse una cerveza. Suben excursionistas, con ramas de hojas otoñales en los brazos, mochilas al hombro, checos, alemanes. Cuentan su día: uno hasta se ha bañado en el Elba, una chica se ha torcido el tobillo; están alegres, qué domingo más bonito, la semana que viene salimos ya el sábado para Křivoklát, dormimos en casa de los campesinos. Un mozo lleva una guitarra y se pone a tocar, canciones populares alemanas, y los checos cantan canciones checas; Hanna las conoce todas, y al cabo de un rato tararea un poco con ellos detrás del abrigo. Los viajantes están de pie en el pasillo; que despotriquen de los emigrados lo que quieran; Hanna está tan cansada, tan a gusto cansada, como si también ella hubiera salido esta mañana de Praga para Salesel, hubiera caminado todo el día, luego descansado en el prado y comido en el campo, tocado la guitarra, cantado canciones populares; de jovencita salía muchas veces así los domingos con compañeros; a los padres no les gustaba, qué extravagancias son esas, es que el Baumgarten no es bastante bonito, pero Hanna siempre se salía con la suya a fuerza de tozudez; en el bosque los jóvenes leían luego algo en voz alta, Nietzsche, o lo de Popper-Lynkeus sobre el Estado del futuro, y poemas de Mörike y Eichendorff y Keller. «Bebe, oh ojo, cuanto retengan las pestañas, de la dorada abundancia del mundo»: Hanna escribió con el pensamiento los dos versos en la ventanilla ennegrecida de humo; había dos versos más antes, que venían a decir que si no pronto sería tarde, pero no le venían a la memoria.
Al otro lado de la ventanilla empañada de humo las luces se multiplicaban; Praga estaba cerca. Enseguida estamos en casa, hoy sí que voy a dormir bien, todo el día al aire libre; Honza, no te olvides el bastón; ay, Dios, la que me va a armar mi parienta, me he hecho un agujero en el vestido de punto nuevo cogiendo moras; qué pena que mañana a las ocho haya que estar en la oficina; el domingo que viene vamos a Křivoklát... «¡PRAHA...!»
En medio del barullo de los excursionistas, Hanna está en la calle a las once de la noche y se va a casa. La casa de sus padres está a cuatro pasos de la estación; durante toda su infancia ha mirado desde la ventana las cocheras de la sección de mercancías, y se ha dormido con el estruendo de los trenes y se ha despertado con el estrépito de los camiones que llevaban el ganado de la estación al matadero. Se va a casa.
Cuando está delante de la verja cae en la cuenta de que aquí ya no vive nadie. Los padres han muerto; la última vez que estuvo aquí, Heini ya había dejado el piso; se había comprado una casa en el Belvedere. Aquí ya no vive nadie. ¿Dónde vive alguien? No había pensado que la primera noche en su tierra tendrá que dormir en alguna parte, o quizá a lo largo del día sí lo había pensado, pero se le ha vuelto a olvidar. Muy despacio, con la cabeza gacha, vuelve a la estación, entra en la cantina, pide un café. Encima de la mesa hay un periódico checo que no conoce, Svoboda;14 ¿uno socialista? Lo hojea un poco; no, es un periódico liberal; bueno, liberal quiere decir partidario de la libertad, supongo. Mientras su mirada recorre con desgana las páginas de anuncios, lee de pronto su propio apellido: Aschbach, pero escrito a la manera checa. «Jindřich Ašpach, Banca, Hipotecas, Inversiones a buen interés, Créditos sólidos...»: ¡pero si es Heini! ¿Por qué firma Jindřich? En la escuela, claro, también tuvo que escribir Jindřich, y ella misma se llamaba Jana Aschbachová,15 pero con sch y con b suave, y ahora su propio hermano de pronto se llama de otra manera; claro: un hombre de negocios, querida, no puede tener opiniones políticas, le dijo hace tres años, después de preguntarle si pensaba tomar la palabra «en ese congreso o el aquelarre que estéis montando ahí, los rojos». Hipócrita. Tiene la opinión política que más dinero da, y hoy por hoy resulta que lo más rentable es no tener opinión política, es decir, ser liberal.
Pagó; ya no quedaba nadie en el local. ¿Adónde iba ahora? Enfrente hay un hotel modesto para viajantes; mil veces ha pasado por delante; durante una temporada había allí un cartel colgado: «Se prohíbe la entrada a las locomotoras»... Hanna sonrió. Era porque dos veces seguidas un maquinista no había frenado bien al entrar en la estación terminal, y la locomotora, con estruendo y estrépito, había atravesado la pared de cristal que separaba el vestíbulo de la estación de la calle y no se había detenido hasta llegar delante del hotel de enfrente. ¿Podría pasar la noche allí? Hay que tener papeles...
Cruzó de todos modos; en la taberna todavía había unos cuantos clientes; el vestíbulo estaba vacío; detrás del mostrador, un portero viejo. Hanna le habló en checo. ¿Una habitación? ¿Quién llega a Praga un domingo por la noche con una mochila y no se va a su casa?
«He llamado y llamado en casa; me había olvidado la llave... nadie me ha abierto. Luego he esperado en la escalera, por si llegaba alguien. Mi hermano se fue ayer con su mujer a Karlsbad tres días, y las criadas seguramente lo han aprovechado para pasar la noche fuera... Como no ha venido nadie, he pensado irme a dormir a casa de mi amiga, pero entretanto se ha hecho tan tarde que prefiero pasar la noche en el hotel... Es que antes vivíamos en esta calle, por eso se me ha ocurrido... Nunca he estado en un hotel en Praga...»
Lo último era incluso verdad. Cuando vino a los entierros de su padre y de su madre, se alojó en la casa paterna, y la última vez, con Karl, en casa de un camarada abogado, en Malá Strana; murió poco después, recordó. Era de verdad la primera vez que iba a alojarse en un hotel en Praga.
El portero le acercó una hoja de registro. «¿Lleva documentación?» Ella volvió a meter por última vez en la voz el ánimo de excursión de antes al decir:
«¡Pero hombre, de dónde! ¿Quién se lleva la documentación para ir a Křivoklát...?» (¡ojalá haya llegado ya el tren de Křivoklát!)
«Es solo por la policía de extranjeros... ahora es muy estricta, desde que hay aquí tantos alemanes del Reich; a cada rato hay redada...»
Redada... a veces se había despertado de noche, allí, en la casa de la esquina, había oído chillidos de mujeres, y unos hombres habían salido dando traspiés y maldiciendo a la calle desde la taberna de la casa de al lado; la puerta de cristal había tintineado hasta el tercer piso. Redadas contra prostitutas, chulos y carteristas; hoy, redadas contra los comunistas, contra los extranjeros, contra ella.
Hanna Aschbachová, empleada, escribió en la hoja de registro, y la nueva dirección de Heini, Národní Obranny 12, calle nueva, que entonces seguramente ni existía.
«El banquero Aschbach es mi hermano», dijo, y no se sintió nada a gusto teniendo que ampararse, al primer paso en su nuevo paradero, en la posición social, no, en el bolsillo de su hermano.
Antes reviento que aceptar un céntimo de ese advenedizo reaccionario, le había dicho alguna vez a Karl; pero la vida es otra cosa: uno no prefiere reventar.
«Hasta hace tres años vivía allí, en el número 20, en la esquina...»
«¿El hijo del doctor Aschbach? ¿Y usted es la señorita?», preguntó el portero, de pronto muy cordial. «¡Vaya, quién lo diría, señorita! Cuando aquella vez resbalé con una cáscara de naranja y me torcí el pie, fui a su consulta y me entablilló el pie. No quiso cobrarme nada el señor papá: si somos vecinos, dijo; era un señor como es debido, señorita. ¡Es un honor para mí, señorita!»
Muy animado, cogió la mochila que ella había dejado en el suelo a su lado y la llevó a una habitación bastante agradable. Hanna le sonrió cansada. ¿Quizá, después de todo, había vuelto a casa?
Capítulo 3
Nostalgia de lo presente — Praga es distinta — Rosita todavía no se ha levantado — Heinrich Aschbach quiere beber algo primero — ¿Qué locuras son esas? — De la maleta de dinamita y del pasaporte perdido — No hemos sufrido ninguna derrota — Hanna no puede acreditarse — Luise la anima a seguir llorando — Mañana empieza la vida nueva.
El traqueteo de los trenes de mercancías no despertó a Hanna, como tampoco la había despertado en otros tiempos de su sueño juvenil, cuatro casas más allá. Era como una noche de antaño; el ruido apagado hacía tanto volvía familiar el nuevo, al que ya no estaba acostumbrada. Tras las muchas noches en vela de las últimas semanas, tras el enorme esfuerzo del día anterior, durmió tranquila y profundamente hasta bien entrada la mañana.
Cuando ya se había puesto el traje de calle, se acordó de que ante el portero venía de una excursión. Así que salió del hotel tal como había entrado, con botas de excursión, chaqueta de punto y boina. Buscó una dirección en la guía telefónica y se fue a pie, pasando por delante de la casa de sus padres, por la calle ancha que baja hacia el arrabal, por debajo del viaducto —pero ¿qué mamotreto blanco y gigantesco han construido ahí, en el monte Žižka?—, por delante del parquecito con la iglesia donde vivía el tío Max —ni siquiera sabía si seguía vivo—; subió la escalera gastada de una casa vieja y entró.
En la pared colgaban el periódico del Partido y varias hojas locales de provincias; el corazón le palpitó cuando después de dos años volvió a ver por primera vez la hoz y el martillo. Una chica a la máquina de escribir, dos jóvenes conversando; Hanna preguntó por el secretario del Partido; no está; con quién puedo hablar entonces, soy camarada del Partido, llegué ayer de Alemania, aquí tengo mi credencial. Pero los tres no sabían leer el papel alemán, y además no parecía interesarles demasiado; quién sabe cuántos se habrán presentado aquí así. Al final consiguió llegar hasta otro cuarto, donde un hombre gordito de bigote gris leía el periódico ante un escritorio. Repitió lo que había dicho.
«¿Y cómo es que habla usted checo?»
Hanna se lo explicó, pero solo dio datos vagos sobre su familia. El del bigote gris escribió algo en un papel y se lo tendió con indiferencia por encima de la mesa.
«Nosotros no nos ocupamos de asuntos de refugiados. Esto de aquí es el llamado albergue de refugiados, para los alemanes. Tienen su propia organización. A mediodía se encuentra allí a mucha gente. Puede preguntar por Eduard.»
Ya volvía a leer el periódico. Hanna se sintió consternada y enfriada. Ninguna bienvenida. Ninguna pregunta. Aun así tenía que decir algo.
«No sabéis lo que es, camarada, volver a ver la hoz y el martillo después de dos años... Es tan hermoso, camarada...»
Luchaba con las lágrimas.
«Mi marido está en presidio», dijo, como para disculparse. El hombre levantó la vista, la miró, más bien con reproche, y no dijo nada.
«Quería presentarme para trabajar, naturalmente, camarada», balbuceó.
«Hable con Eduard, en el albergue de refugiados. Eso lo lleva él.»
«Aquí hay muchos chivatos», se decidió por fin a añadir, como si quisiera justificar su laconismo. Hanna se quedó indecisa. Había tantas cosas que quería preguntar y contar. Llevaba año y medio sin poder hablar con libertad. Pero, por lo visto, aquí tampoco se podía. Así que solo preguntó si podía llevarse el periódico, y le dieron además la revista ilustrada Svět Práce,16 en la que un niño mofletudo mordía una manzana, y debajo la leyenda: «En la Unión Soviética los hijos de los obreros viven en condiciones higiénicas». No sabía bien cómo despedirse. ¿Cómo se decía «Frente Rojo» en checo? Mientras vivió en Praga no había aprendido ningún vocabulario comunista. Así que dijo «buenos días» y se marchó. En el cuarto donde estaba la chica de la máquina, uno de los jóvenes se despidió con un «Čest Práce»17 lanzado por encima del hombro. Qué raro. Si somos una Internacional.
Volvió por el camino por el que había venido poco antes; al pasar delante de su hotel cayó en la cuenta de que no podría dormir allí una segunda noche, de que algo tenía que pasar. Había esperado encontrar en la central instrucciones, consejos, al menos interés. Al albergue de refugiados... no enseguida, ahora no. Más tarde... De pronto sintió una nostalgia enorme; no sabía bien si de Alemania o de Praga. Más bien de Praga, aunque estaba aquí. Siempre había añorado lo que todavía estaba ahí... en cuanto desaparecía, el dolor se iba con asombrosa rapidez. A Karl era a quien más había añorado cuando estaba sentado en el cuarto de al lado y ella no había querido interrumpirlo en su trabajo para echarle los brazos al cuello y comérselo a besos, exultante. Cuando ella estuvo en Rusia, u otra vez que Karl hizo un viaje de estudios por Inglaterra y Escandinavia, había sido mucho más fácil. ¿Y ahora? Dolía pensar en Karl, pero no tanto porque no estuviera como porque no se sabía lo que tenía que aguantar... No, no pensar en eso, no pensar en los ataúdes de pie, en los simulacros de fusilamiento... no, no, no...
Entre el estruendo y el bullicio de la estación había doblado una esquina y recorrido unas cuantas calles cuando —ese había sido el camino de la escuela que hacían juntos— se acordó de su hermano. Ahora tengo que ir a casa de Heini, pensó, třída Národní Obranny, dónde está eso, no sé dónde está esa calle, por el Belvedere; me compraré un plano de la ciudad en André, aquí ahora todas las calles se llaman de otra manera; pero la venerable librería a la que ya en sus años de escuela llevaba toda su paga —Eichendorff, Storm, Mörike, luego más tarde Kierkegaard y Flaubert— ya no estaba en la casa vieja; la casa vieja ya no estaba junto a la Torre de la Pólvora; allí había un gran edificio americano, un banco; qué pena.
Bueno, también se arreglará sin plano. Al Belvedere se va en el tranvía 11. Hanna sube y pregunta hasta dónde tiene que ir. Es en Dejvice, dice el cobrador.
Cruzan el puente, y detrás de la niebla gris azulada sobre el Moldava se alzan el castillo y la catedral como un espléndido espejismo, por encima del hormiguero de las casas de Malá Strana; gris azulado todo el Hradschin, que oscila sobre el agua como una calcomanía mal pegada en el papel, y brilla así también detrás de la ligera bruma. Desde aquí, desde el puente, la catedral y los demás edificios se ven empinados, recortados por el verde de las colinas de alrededor; a Hanna le resulta extraño. Su imagen honda del Hradschin viene de otro punto de vista, del muelle junto al Teatro Nacional, y otra vez esa nostalgia de lo que está ahí; le gustaría saltar del tranvía y correr por la ciudad hasta el muelle, pero se domina; ya sube el tranvía la colina en curvas lentas.
Pasan por calles que no reconoce; casi todas las casas son nuevas, de tejado plano, bonitas y cuadradas, modernas, sobrias; claro que por aquí arriba ha venido pocas veces, ya no sabe bien cómo era antes. Cuando el tranvía vuelve a bajar hacia el valle por un puente y desemboca en una plaza inmensa y blanca bordeada de edificios altos, y detrás se ven extenderse avenidas interminables, Hanna ha perdido por completo la orientación. El cobrador le hace una seña, le explica adónde tiene que ir; ella está del todo aturdida, echa a andar hacia el lado equivocado; el cobrador le grita, cuando el tranvía la adelanta y tiene que parar ante un autobús que cruza: «¡Eh, señorita! ¡A la derecha, he dicho a la derecha, no a la izquierda!». Y a un viajero que se baja: «¿Lo ve usted? ¡Por eso no me he casado!», y señala a Hanna para avergonzarla. Así que Hanna se avergüenza, sonriendo un poco, y va hacia la derecha. Delante del Ministerio de la Guerra la guardia patrulla arriba y abajo, y unas cuantas casas más allá está el número 12. Llama; un chico le abre; está en un jardín y al fondo ve la casa, la casa de Heini, la nueva casa Aschbach. Todavía no la conoce; casa señorial; solo falta el criado con guantes blancos; y ahí llega ya, por una puerta de cristal.
«¿Qué desea?» Con bastante altivez.
«¿Está en casa el señor consejero comercial Aschbach?»
El criado dice que no, por si acaso; bueno, claro, es por la mañana; a esas horas un consejero comercial no está en casa.
«¿O la señora?»
Esta vez el criado no dice nada, tampoco la invita a pasar; solo la mira, sobre todo los zapatos, las grandes botas de excursión alemanas y polvorientas.
«¿Para qué asunto?», pregunta por fin, vacilante; lleva un bonito traje azul con botones de plata repujados y tiene una cara muy agradable.
«Vengo de visita», dice Hanna. ¿También aquí la mandarán al albergue de refugiados? Preferiría irse enseguida; ya tiene lágrimas en los ojos.
«De visita... ¿para qué asunto?», pregunta el criado; no ceja; bueno, así lo habrán educado.
«Soy la cuñada de la señora», dice Hanna en voz baja, y le irrita profundamente estar en el umbral pidiendo que la dejen entrar invocando su distinguido parentesco, y por eso no se da cuenta de que el joven de los botones de plata se queda un poco desconcertado y sonríe con un poco de malicia, y luego dice:
«¿La cuñada...?», y es demasiado bien educado para expresar de otro modo que con la mirada: ¡eso no te lo crees ni tú! Y Hanna ya tampoco se lo cree del todo. Sigue en el primero de los tres escalones, y el criado en el tercero, y los dos esperan a ver qué pasa. Hanna querría dar media vuelta; pero, al fin y al cabo, el criado no tiene la culpa de tener que servir en una casa tan elegante; así que se rehace, sonríe y dice con la mayor naturalidad posible:
«Yo que usted me anunciaría.»
El de los botones de plata entra en la casa y la deja en la escalera. En una de las ventanas, desde dentro, una mano aparta una cortina, solo un poco, lo justo para echar un vistazo. Luego vuelven a pasar unos minutos, y en Hanna empieza a acumularse la rabia; sube los dos escalones y quiere entrar, cuando sale otra vez el vestido de azul y dice cortésmente:
«La señora todavía no se ha levantado. ¿Quizá la señorita podría volver más tarde?»
Hanna no sabe bien cómo tomárselo. ¿No quiere recibirla Rosita porque no cree que sea su cuñada la que le ha descrito el criado? Pero entonces, ¿por qué la invita a volver? ¿O cree de todos modos que la de los zapatones y la chaqueta de punto es Hanna, la alemana, siempre un poco rara, esa mujer? Pero entonces, ¿por qué no la recibe enseguida, si de todas formas no va a librarse?
«Esperaré», dice Hanna con firmeza; el criado desaparece tras la puerta de cristal.
Hanna se paseaba arriba y abajo por el jardín. Jardín no era, la verdad, solo un gran prado con unos rododendros ya marchitos en el centro. A la izquierda, un sendero empedrado iba desde la verja, pasando junto a la casa, seguramente hasta el garaje. Probablemente el jardín de verdad está detrás de la casa. Heini hasta le habló de su parque, en una de las pocas cartas cortas y cohibidas que escribe de vez en cuando. No quiso ir a la parte de atrás; quizá allí volviera a apartar una mano con cautela una cortina; dio vueltas y más vueltas alrededor de los rododendros, y luego se sentó en el murete que limitaba a derecha e izquierda el primer escalón y que seguramente debía sostener un estrecho arriate a lo largo de la casa, pero ahora no había nada más que un poco de tierra parda. Así que está sentada delante de la casa de Heini, que ni siquiera conoce; la nueva dirección seguramente ya figura en ortografía checa en la guía telefónica; todo ha cambiado. Fuera da la una, y Rosita, por lo visto, todavía no se ha levantado.
La primera vez que vio a su cuñada fue en el entierro de su madre. Entonces todavía la llamaban Rosl, y era la novia de Heini, una criatura delicadísima de cara bien formada, de piel de cera, y ojos grandes. Era tímida con la cuñada de Alemania, de la que le habían dicho que era un poco chiflada, pero tremendamente culta. Rosl era de una familia de funcionarios sin medios, levantaba los ojos hacia Heini a cada palabra y a cada mirada, y Hanna se había extrañado entonces de pasada de la pareja: la pequeña le había parecido demasiado delicada, demasiado flor, para atribuirle un matrimonio calculado por dinero, y otro motivo para casarse con Heini Hanna no había sabido imaginarlo. A Heini no había quien lo quisiera... Lo pensó con sorna, pero al pensarlo la invadió una amargura. Detrás del rostro bigotudo, algo brutal,
de su hermano vio de pronto la cara risueña de niño de rizos rubios; detrás de los cristales de las gafas y de la mirada indiferente de hombre de negocios, el azul radiante de los ojos de antaño. Había esperado tanto de Heini, y no había llegado a ser nada más que un hombre rico.La última vez —fue cuando estuvo en Praga con Karl hacía tres años; Rosl ya se llamaba Rosita y estaba en Ostende— todavía vivía en la casa paterna. Pero ya no quedaba nada, nada de la imagen de Heini que ella llevaba consigo desde niña. Solo dinero, representación, ser elegante, tratar con gente elegante, con altos funcionarios checos y viejos aristócratas austriacos, los Lobkowitz, los Rohan, los Schwarzenberg. Esos, por cierto, ya en tiempos de la vieja Austria hablaban sobre todo checo, quizá por esnobismo, quizá porque desde hacía siglos conservaban el orgullo de su libertad para criticar con su conducta la política de la Augustísima Casa Reinante, quizá también sencillamente porque eran realistas y, con un olfato finísimo para lo que amenazaba, se adelantaban a adoptar la futura lengua del Estado. Esos eran los amigos de Heini, y él, como de todos modos se los reconocía por el apellido, omitía con desenvoltura en la conversación los títulos nobiliarios de sus distinguidos compinches: «La Pilar Fürstenberg se ha teñido el pelo», le decía a Rosita, y todos, también el socio de Ostrava o de Viena que estuviera quizá a la mesa, sabían que Pilar no podía ser sino una princesa.
Y con eso cuadraba exactamente que la hermana tuviera que estar sentada en el muro del jardín esperando a que la dejaran entrar mientras el hermano llevaba a cabo hábiles maniobras bursátiles y la cuñada estaba en la bañera, sin duda verde o rosa, a mediodía, a la una. Cuando Hanna llegó hasta aquí en sus pensamientos, quiso marcharse sin más. La sensación de abandono que la había asaltado antes en la oficina del Partido y que desde entonces no la había soltado creció hasta ser un malestar que le apretaba la garganta. Pero se lo tragó a la fuerza y se echó un pequeño discurso mudo: no está aquí para celebrar un reencuentro conmovedor en familia, sino para obtener de su poderoso hermano, con toda frialdad, de manera política y razonable, unos primeros consejos y ayudas.
¿De verdad estaba aquí por eso? Si ella quería ir al albergue de refugiados y, de camino, presa de la añoranza, se había subido de un salto al tranvía 11 para abrazar a su hermano, a Heini, el chiquillo radiante con el que en Eichwald había buscado «cristales» y reventado plantas que estallan... En los últimos meses no había sabido nada de él, ni le había vuelto a escribir; su correspondencia siempre había sido ocasional, sobre todo desde que él se casó, y en la tormenta de lo vivido Praga y la familia se le habían hundido por completo a Hanna; quién sabe si en la policía de Halle no había más de una carta angustiada de Heini que ya no le había llegado... en el fondo era un buen chico; a lo mejor la creía en la cárcel, en un campo de concentración; en situaciones tan definitivas salía a relucir su corazón sentimental, como cuando la operaron: estuvo tan preocupado que llegó a telefonear a Karl a Halle pidiendo que le mandaran un telegrama en cuanto ella estuviera fuera de peligro.
Delante de la verja sonó dos veces un claxon, largo e imperioso; el chico de antes acudió corriendo y abrió las dos hojas; un coche gris y alargado entró por el camino empedrado y se detuvo junto a la casa. Bajó un señor con un gabán de cuadros grandes, vino a lo largo del murete, ya estaba en la escalera cuando Hanna le salió al paso por el otro lado.
Durante medio segundo se quedó mirándola sin habla; luego fue hacia ella y le dio dos besos cordiales, uno en cada mejilla.
«¡Hanna! ¿Otra vez por Praga? ¡Hace una eternidad que no escribes! Yo tampoco, claro, pero ya sabes que yo solo escribo cuando hay algo importante... ¿Cuándo has llegado?» La apartó un poco de sí: «Reina de la moda todavía no has llegado a ser; qué pinta más rara, como si vinieras de excursión. Entra, hermana, comes con nosotros, faltaría más. Yo ya tengo un hambre tremenda.» Y la cogió del brazo y la llevó alrededor del arriate de rododendros otra vez hacia la casa.
El criado vestido de azul apareció en la puerta de cristal y miró desconcertado a los dos; luego desapareció a toda prisa.
«Lo principal es que estés bien», dijo el señor, de muy buen humor, y arrastró a Hanna escalera arriba hasta el vestíbulo. La hundió en una butaca.
«¿No quieres beber algo? Ante todo hay que beber algo primero», dijo. Miró a su alrededor por la habitación y luego, tirando de un botón, sacó un panel del revestimiento de la pared tras el que apareció un bar completamente instalado, con una batería de botellas, cocteleras y taburetes altos abatibles. Hanna lo miraba sin habla. Dios mío, qué cosa más cómica, la mesita mágica de los cuentos para nuevos ricos. Este señor acaudalado con un gabán caro es mi hermano, y además se ha quitado el bigote, y cuando habla le relucen unos dientes magníficos. Qué raro.
Cuando todavía hacía tintinear las copas de coñac, de espaldas a la puerta, entró Rosita. Su hermosa cara de cera, de facciones nobles, parecía aún más pálida por los labios pintados de un color chillón; su figura larga y estrecha, aún más alta en el pijama de terciopelo azul de perneras anchísimas.
«Hanna, buenos días», dijo con voz sonora y tranquila, y le tendió una mano larga y fina de uñas rojo oscuro. «Perdona que te haya hecho esperar. Había tomado un somnífero y me acabo de despertar... Buenos días, querido», se volvió hacia su marido y le ofreció fugazmente la mejilla. «Siéntate, por favor, Hanna... ¿Cómo está tu marido? ¿También está en Praga? ¿Has tenido buen viaje?»
Hanna estaba sentada en una silla tapizada de gobelino y tenía en la mano la copa de coñac que le había alcanzado Heinrich. Lo miró: estaba colorado y cohibido; miró a su hermosa cuñada; pero ¿es que no sabían nada? Has tenido buen viaje, lo principal es que estés bien, vamos a beber algo primero...
Se bebió el coñac de un trago y notó el frío que debía de haber pasado: el alcohol le quemaba desde la garganta hasta el estómago, un hilillo de fuego.
«Llegué anoche. A pie por la frontera, luego en tren desde Teplitz. Mi marido lleva seis meses en presidio. El último año lo hemos pasado en Berlín, en la ilegalidad, naturalmente...»
En la cara del banquero se pintó la consternación, luego el apuro. Leía los periódicos y sabía que
había campos de concentración, torturados, hombres muertos a golpes. Sabía también que su hermana y su cuñado «andaban metidos en política». Pero lo uno nunca se lo había creído del todo (¡si esas cosas no pasan en el siglo XX!), ni había relacionado nunca en su cabeza lo otro con lo que afirmaban los periódicos. Estaba sinceramente desconcertado.«¡Dios mío, qué horror!», musitó la hermosa cuñada, y pensó: ¿qué quiere decir «ilegal», a ver? Y: ¿cómo es que un médico está en presidio? Y, por si acaso, apretó la mano de Hanna, a la que se le cayó la copa de coñac, que rodó por la alfombra. El banquero se agachó a recogerla, pero a medio camino se enderezó otra vez y apartó la copa con el pie.
«¡Eso no lo entiendo!», dijo con desaprobación y severidad. «¿Es que él... quiero decir, es que ha hecho algo? ¿Y por qué no has venido directamente desde Berlín? ¡Si eso son locuras!» Su voz sonaba insegura.
«Los señores pueden pasar a la mesa», dijo el criado en voz baja, y descorrió las pesadas cortinas de terciopelo.
No, tampoco aquí había patria. Su hermano y su cuñada habían escuchado su relato con incomprensión, apuro y una consternación penosa, y cuando Hanna habló de la confiscación de todos sus bienes, en el «¡pero si eso no es posible!» que se le escapó al banquero, alterado, sonó incluso algo así como un reproche: en esas cosas no se mete uno, ¿no te lo he dicho siempre?, tu marido es un hombre listo, cómo puede hacer semejantes tonterías... y al final le ofrecieron alojamiento para los primeros días. Eso sí, el sábado venían unos amigos de Viena a los que esperaban desde hacía tiempo, y solo tenían el cuarto de invitados... Hanna se apresuró a asegurar que pensaba encontrar cuanto antes un cuarto amueblado y también trabajo; que para hoy, por favor, mandaran a buscar su mochila al hotel e hicieran planchar el vestido de calle que iba arrugado dentro; que no quería ser más carga... y los parientes pusieron cara de alivio y no la retuvieron con demasiada insistencia cuando, poco después del café, declaró que ahora sí tenía que irse y que no volvería hasta la noche.
Un cuarto propio y trabajo: para eso primero había que haber llegado oficialmente. Y cómo conseguirlo no podía decírselo ningún dueño de banca bien asentado; eso tenía que preguntarlo a los que compartían su suerte.
En la callejuela sombría que el camarada de la oficina del Partido le había apuntado en el papel encontró, en un patio trasero, un edificio de aspecto inhóspito con el rótulo «Albergue Alemán de Refugiados». A juzgar por los grandes ventanales y la chimenea de ladrillo desproporcionadamente alta, parecía una vieja fábrica. En el patio correteaban niños que hablaban berlinés, prusiano oriental y sajón. Sin pasar antes por un zaguán ni por un pasillo, se entraba en una sala grande ocupada por mesas y bancos toscos, con una ventanilla de guillotina al fondo, en cuyo alféizar había tazones de café vacíos y un plato con unas rebanadas de pan negro. La sala estaba casi vacía; solo en una mesa estaban sentados unos cuantos hombres y dos mujeres, conversando.
«Buenas tardes, camaradas», dijo Hanna; no sabía si aquí cabía «Frente Rojo». «Ayer pasé la frontera ilegalmente y esta mañana me he presentado en la oficina del Partido. Allí me han dicho que viniera aquí y hablara con el camarada Eduard.» Los hombres la miraron escrutadores; hablaba distinto que ellos; pero una de las mujeres le tendió la mano y le dijo con amabilidad: «Siéntate, camarada... Eduard no suele venir hasta eso de las seis.»
«Sí, y entonces vemos que los de las SA entran en la casa y se apostan delante de la valla, porque la maleta estaba dentro. El sastre, claro, no sabía qué había en la maleta. La dejamos aquí porque nos mudamos, le habíamos dicho. Maldita sea... ahora cae todo el grupo, a ver qué pasa.»
Todos escuchaban con atención, sin hacer caso a Hanna.
«Bueno, ¿y qué?», preguntó apremiante una de las mujeres, como si le hubieran arrancado de las manos la continuación de un folletín. Lo que tarda este en encender la pipa...
«Bueno, pues... mientras estamos así espiando por la valla —los muy burros ni siquiera habían dejado un centinela en la puerta—, va y sale uno de esos criminales de las SA con mi maleta en la mano, la deja en mitad del patio y vuelve a entrar en la casa a seguir buscando. Yo, a la vuelta de la esquina, al patio, cojo la maleta —pesaba lo suyo, con tanta dinamita, y además había dentro un par de docenas de granadas de mano—, abajo al Elba y ¡plaf!, al agua... Y luego nos largamos; el idiota del sastre, del susto, lo cantó todo, claro; a mi madre la tuvieron seis semanas detenida, me han escrito...»
Todos se rieron.
«¡Qué buena jugada, Max!», dijo la mujer con aprobación.
«Las caras que habrán puesto cuando vuelven al patio y la maleta, como por arte de magia, ¡nada!», sonrió satisfecho el héroe del relato, fumando su pipa.
«A Josef también le pasó una cosa curiosa, ¿sabéis?...», empezó otro. «Ese salió de lo más legal, con su pasaporte en regla...»
«Claro, los intelectuales, con pasaporte, de lo más legal», gruñó un hombre mayor, de aspecto simpático y cara de obrero.
«No, mira, lo de Josef», el locuaz no quería que le cortaran la historia, «fue así: le hacen un registro en casa, se lo llevan todo, libros y demás, y a él también, claro, a Alexanderplatz. Pero no pudieron probarle lo más mínimo; además se portó muy bien, no era de ningún partido, enfermero de prisiones de profesión, así que conoce el paño; le dieron unas cuantas palizas y a las pocas semanas lo soltaron, pero tiene que quedarse en casa, está bajo vigilancia policial. Y se queda. Pero no deja de pensar en cómo podría salir. El pasaporte se lo habían llevado con todos los demás trastos. Un buen día llega una carta certificada, a su dirección, todo en regla, y dentro está su pasaporte y una nota: he encontrado el pasaporte en un libro al clasificar los objetos confiscados, quizá le sea útil; “Amistad”,18 un camarada de la Jefatura de Policía. ¡Pásmate! Entonces, en el 33, todavía había a montones
socialdemócratas dentro, sargentos y demás, empleados de archivo; y va ese y le devuelve el pasaporte, por carta certificada, ¡el colmo, hombre!»Otra vez se rieron todos y comentaron el suceso como si estuvieran en la Hasenheide tomando cerveza...
A Hanna le recorrió un pequeño escalofrío la espalda. Otoño de 1934, y cuentan anécdotas como si estuviéramos en plena paz; todos sus pensamientos siguen enteramente en Alemania, en la Alemania de antes. ¿Cuánto tiempo llevarán ya aquí contándose historias con café y pan negro? Por primera vez Hanna se topaba con el inquietante extrañamiento de los emigrados, igual en todos los países y en todos los tiempos; se topaba con el pueblo que no conoce presente, que vive fuera del tiempo, fuera del espacio, aferrado con todos los garfios del corazón a la patria, a la perdida, que esperan volver a ver pronto, muy pronto... Un extrañamiento que engaña a los años, 1933, 1934... ay, quizá en 1937 y 1938 sigan sentados aquí exactamente igual, contando lo de la maleta de dinamita y lo del pasaporte recuperado: años atroces de intemperie, en los que uno se aferra a lo que fue de verdad; lo que es resulta tan irreal.
Qué curioso: también Hanna, recién llegada, cayó enseguida bajo el hechizo del ambiente.
«Entonces, al principio, después de la derrota», se metió en la conversación, «todavía no era tan grave. Mi marido también se fue enseguida de Halle, donde vivíamos, a Berlín. Yo me quedé todavía una temporada. Y un día llega el cartero y me dice...»
«¿Después de la derrota, dices, camarada?» La voz suena severa; dos ojos azules la miran con hostilidad.
«¿Qué derrota?»
Hanna se muerde los labios; ya lo sabe, pero ¿no es absurdo? El Partido fuerte, tan dispuesto a la lucha, barrido en un día sin el más mínimo intento de resistencia. «Repliegue ordenado», lo llamaban en la guerra.
«Bueno, quiero decir cuando los nazis tomaron el poder, claro...»
El severo no cede:
«¿A eso lo llamas tú derrota, camarada? ¡Eso es una desviación ultraizquierdista! ¡No hemos sufrido ninguna derrota! El proletariado revolucionario ni siquiera entró en combate, ¡así que tampoco pudo sufrir ninguna derrota! Es lógico, ¿no?», se volvió hacia los demás.
«¡Eso es precisamente, camarada!», dijo Hanna; sabía que no debía, pero no podía evitarlo: el día entero, la indiferencia huraña y franca de la oficina del Partido, la cortés y velada de la casa de su hermano habían apretado demasiadas cosas dentro de ella.
«¡Eso es precisamente, que no entramos en combate! Eso es precisamente lo terrible, lo que ahora tenemos que pagar, nosotros aquí en la emigración y los otros en el presidio y en el campo de concentración (su mirada se volvió por un instante ausente y fija). Tendríamos que haber luchado, luchado...»
«¡No vamos a dejar que el enemigo de clase nos dicte el momento de actuar!», dijo cortante el de los ojos fríos. Por lo visto se sabía su texto al pie de la letra.
«¡Y los socialfascistas, que nos apuñalaron por la espalda! ¡No quisieron hacer el frente único!», añadió con voz persuasiva el de la pipa, como si hablara con un niño pequeño: la silla mala, mala, le ha hecho pupa a mi cielito...
Y discutieron acaloradamente y mucho rato sobre la manifestación del Lustgarten, donde quinientos mil socialdemócratas y comunistas habían desfilado unidos, pero luego los jefes de la Internacional rosa habían traicionado la alianza; sobre la táctica ante el putsch separatista; sobre la revolución china; sobre todo, sobre el reciente ingreso de la URSS en la Sociedad de Naciones; discutían con la fiebre de creyentes que no se dejan regatear nada y que aprecian hasta las queridas penas del infierno con que el cura los amenaza desde el púlpito.
Hanna conocía estas discusiones y conocía la sensación de extrañeza y tristeza que también ahora la invadía ante la fe ciega; admiraba también otra vez, como siempre, la disciplina intelectual (pero, la atravesó de nuevo, ¿era intelectual esa disciplina?), la fidelidad al Partido, y deseaba ardientemente que su propia fidelidad —que no tenía por peor que la de los otros— pudiera tener también ese firme fondo de fe, y no solo ir avanzando a tientas de carga en carga, agarrada a la barandilla de la doctrina: al Partido no se le puede dejar en la estacada; el individuo siempre se equivoca; hay que estar con las masas; todas esas cavilaciones y sutilezas son soberbia de intelectual... Y cada vez la barandilla la había llevado sana y salva por encima del abismo.
Hoy de pronto parecía distinto: estos alemanes en la fábrica checa abandonada, que todavía, después de casi dos años, hablaban de la catástrofe como si ayer mismo les hubiera derrumbado la casa; y cuánto tiempo llevaban ya aquí sentados, desde mediodía por lo menos; ¿es que no tenían nada que hacer?
No, no tenían nada que hacer. ¿Cómo estaba lo de las posibilidades de trabajo?, preguntó apocada, y le confirmaron lo que ya sabía: prohibición estricta para los extranjeros de aceptar trabajo; solo estaba permitido vender periódicos; la asistencia a refugiados daba vales de comida, pagaba pequeñas facturas de medias suelas, de dentista, pero también solo después de mucho regateo; además, cinco coronas a la semana para gastos.
«¿Y el Partido checo... no hace nada por vosotros... por nosotros?» (Ay, su certificado de matrimonio la marcaba como alemana del Reich; había vuelto a casa y se encontraba en tierra extraña.)
«El Partido... bah, estos eslovacos (decía «eschlovacos»), cabezas vagas... Es una sección asquerosa, te lo digo yo», despotricó un joven que hasta entonces no había abierto la boca. «Para estos analfabetos todo alemán es un enemigo; no saben distinguir entre nazis, judíos y comunistas...»
«¡Vamos, vamos, Hans!», lo calmó una mujer. «¿Qué quieres? Al principio hicieron mucho: nos consiguieron alojamiento en casa de camaradas, dieron dinero, aquí y allá también encontraron trabajo; pero cuando luego venían cada vez más refugiados, y el paro ahora también es muy grande aquí... los camaradas checos siempre han vivido mucho peor que nosotros en el Reich... antes... Esas viviendas... yo misma viví en casa de uno, obrero cualificado, tallista de madera, ¡brrr! Prefiero vivir aquí, y por lo menos puedo hablar alemán y soy dueña de mí misma.» Que si aquí también se podía vivir,
preguntó Hanna. Claro, todos vivían aquí; que si quería verlo.Cruzaron el patio; solo el de la mirada severa se quedó y se puso a escribir algo. En una sala de tamaño mediano había catres a lo largo de las paredes, y a media altura corrían otra vez tablones sobre los que había camastros hechos, como en los camarotes de un barco, arriba y abajo, de modo que ni siquiera el aire de encima le pertenecía a nadie por entero. Más o menos medio metro por debajo del techo recorría la sala a lo largo un riel de hierro; antes seguramente había tenido algo que ver con las máquinas; ahora, según le explicó el camarada a Hanna, servía a los que dormían arriba para izarse desde sus camastros, y como faltaban ganchos en la pared —armarios, ni pensarlo—, aquí y allá alguno había colgado también encima su gabán, su chaleco, sus camisas. Las camas estaban cubiertas con la ropa más mísera, no todas tenían sábanas, pero todo estaba ordenado y no sucio; los grandes ventanales de fábrica, a falta de cortinas, los habían tapado hasta media altura con papel de periódico, y algunos lo habían hecho con tanto ingenio que, al abrir los ojos, se encontraban con la hoz y el martillo o directamente con la cara de Lenin...
Aparte de las camas apenas había muebles, solo unas cuantas sillas de cocina sin pintar y unos taburetes. Había mujeres sentadas remendando; un mozo cepillaba unas tablas; en un catre yacía, a medio vestir, un hombre verdoso que gemía.
«A ese lo dejaron así de destrozado en el campo de concentración; lleva dos meses aquí y todavía no se repone...» Hanna se encogió por dentro; de pronto le apareció detrás de la máscara lívida la cara amada de Karl. Se dominó y se acercó con una sonrisa a la cama del apaleado: llegué ayer de Alemania, tengo a mi marido en Plötzensee, dos años y medio, pero el trabajo sigue, funciona, los camaradas se portan de maravilla. Los ojos febriles del enfermo miraban cansados; estaba allí tan derrotado porque era uno de los que se habían portado de maravilla. Algunos hombres entraron por el otro lado y se sentaron a la mesa; uno empezó a tomarles vocabulario ruso.
«Aquí trabajamos», le explicó el joven, «queremos ir a la URSS; solo que todavía no está en orden lo de los papeles.» Hanna asintió. Sabía por los periódicos extranjeros que había leído en el consulado español cuál era la postura de la «patria proletaria» ante la cuestión de los emigrados: solo a los elegidos se los dejaba entrar en la Unión Soviética; los demás, la infantería de la revolución, tenían que «trabajar» en los diversos países capitalistas de acogida...
Los camaradas desconocidos llevaron a Hanna al cuarto de al lado. Aquí estaban los niños; hacían manualidades bajo la dirección de una chica peinada con trenzas rubias a lo Margarita. En las paredes había, sujetos con chinchetas, conmovedores dibujos de los niños y fotos de periódico; también el niño soviético que mordía la manzana colgaba ya allí, sacado de la revista que le habían dado a Hanna esa mañana en la oficina del Partido. Unos cien hombres, mujeres y niños, se enteró Hanna, vivían en este albergue, y otros doscientos en un alojamiento parecido. Este albergue era casi enteramente comunista; otro, socialdemócrata; el tercero, el último que se había abierto, estaba ocupado al parecer por refugiados de toda clase; hasta gente de Gregor Strasser y católicos debía de haber allí, muy mal mirados y apenas tolerados, según oyó, y como a ella también le pareció justo.
La joven no era aquí solo maestra de párvulos, sino que, junto con un joven maestro emigrado, enseñaba también a los niños las materias elementales. En las escuelas públicas de lengua alemana, le explicaron a Hanna, ya no se admitía a niños refugiados; la política escolar del gobierno, que chequizaba, apenas dejaba bastantes maestros, aulas y pupitres para los hijos de los ciudadanos de lengua alemana; la bárbara exclusión de los alemanes del Reich de las escuelas era comprensible; y a las escuelas checas pocos padres querían mandar a los niños: que los pequeños, ya de por sí desarraigados y trastornados, no quedaran además sin patria en la lengua; más adelante, ya se vería...
«Es difícil con los niños», contó una mujer. «Cuando emigramos, a duras penas le había hecho entender a la Gretl que tenía que tener el pico cerrado; ya era bastante peligroso; y fíjate: cuando subimos al tren en Schandau para ir a Herrnskretschen y de allí luego a pie a la Suiza bohemia, va y dice: “Mami, ¿verdad que ahora ya no nos puede hacer nada Hitler?”. Una suerte que no lo oyera nadie, pero a mí se me paró el corazón...»
También a Hanna casi se le paró el corazón al medir toda la miseria que flotaba entre esas camas pobrísimas, entre las mesas toscas, sobre los tristes adornos de las paredes; y entonces, por orden de la maestra, los niños empezaron a cantar, una melodía de marcha rítmica en tono menor, con unas cuantas estrofas de letra triste, del padre que se esconde, y luego llegan las SA y lo encuentran, y luego traen el papel de que ha muerto, pero ya no pueden verle la cara, el padre yace en el ataúd de plomo soldado, y la madre se ha ido... y la última estrofa, un juramento de vengarlo; las vocecitas de los niños; a Hanna le corrían las lágrimas por las mejillas, y cuando al final los niños levantaron el puño cerrado, saludó con el mismo saludo y se alegró cuando uno de los camaradas dio media vuelta y la llevó de nuevo al comedor.
El de la mirada severa tenía compañía: un hombre de hombros altos, con gafas de concha y un bigote ondulado, estaba sentado a su lado y le hablaba en voz baja.
«Ese es Eduard», le informó el joven; «puedes presentarte a él ahora mismo; nunca se queda mucho rato.»
Hanna se dirigió a él; por enésima vez repetía hoy su cantinela, ya casi con hastío. El de las gafas de concha se levantó como si ya la estuviera esperando y la invitó a otra mesa, más apartada. Hablaba con un ligero acento húngaro y la trataba de «usted».
«¿Puede usted acreditarse?»
Sin fuerzas y obediente, Hanna sacó el papel del subdistrito de Berlín, que de tanto doblarlo y desdoblarlo estaba ya hecho una lástima. El de las gafas estudió prolijamente las pocas líneas. Pero qué disparate es esto en realidad, pensó Hanna de pasada: un papel así se lo puede escribir cualquiera, y el sellito se lo hace hacer en Bodenbach o aquí en media hora... Y además, sellos: para que los de aquí, en la emigración, sepan con quién tratan, allí nuestros
camaradas tienen que guardar esas cosas, y si se las encuentran están perdidos, y el trabajo ilegal con ellos. Habría que...El que se llamaba Eduard le devolvió por fin el papel.
«¿Dónde trabajó usted por última vez?»
«¿Qué quieres... qué quiere decir? ¿Antes de Hitler?»
«Bueno, antes de Hitler, si quiere...»
«Era profesora... profesora de idiomas; daba francés e inglés en el liceo femenino de Halle...»
El del bigote torció el gesto, agrio.
«Era mi forma de ganarme el pan», observó Hanna en voz baja, y pensó: y tú qué harías antes de Hitler; seguramente estar sentado en una oficina, secretario sindical, o reportero en un periódico de Münzenberg.19
«¿Qué más? No quiero saber nada de su vida privada.»
«En la universidad popular dirigía la sección de mujeres, organicé allí una célula, luego... bueno, di muchas charlas para el SOI, el Socorro Rojo, cursillos de formación sobre materialismo histórico, historia del Partido...»
El que preguntaba parecía poco satisfecho; pero a Hanna le daba vergüenza mencionar además las tareas pequeñas, penosas e ingratas que había cumplido fielmente, más aún, para las que casi se había ofrecido a empujones: pasarse horas delante del colegio electoral con la pesada pértiga de la pancarta —«hacer de cartel» lo llamaban—; marchar en innumerables manifestaciones, donde siempre había que estar formado dos horas antes de tiempo; y el cobro de las cuotas: cuántas escaleras había tenido que subir, cuántas veces «conquistar» la misma vivienda proletaria, toda la familia en la cocina porque el dormitorio está demasiado lleno de camas, o porque la sala —si se tiene— solo se usa en las grandes fiestas, y todas las miradas fijas en su cara, que tan extraña les resultaba a los obreros... ¿y de verdad iba a contar cómo aquella vez, cuando emplazaron las ametralladoras, se interpuso y le ordenó al teniente que no disparara, y cómo luego los guardias, curiosamente, se retiraron de verdad, aunque la multitud no había seguido adelante ni se había dispersado, sino que había presenciado con perplejidad, extrañeza, miedo, malestar y finalmente aplausos la extravagante acción de la señora...? No; a ella misma esa acción le parecía ahora de lo más romántica y casi repugnante, y la historia seguramente tampoco habría predispuesto en su favor al frío investigador...
«¿Qué hizo usted por última vez? Quiero decir, antes de pasar aquí.» Como si quisiera darle una oportunidad de conseguir de algún modo circunstancias atenuantes con el relato de su actividad ilegal; así se lo pareció a Hanna.
La verdad es que había «hecho» de todo, primero con Karl, los últimos meses sola. Pero tenía una idea escrupulosa de la ilegalidad, y al fin y al cabo no sabía quién era ese Eduard... ¿no tendría que haberse acreditado también él ante ella? ¿Qué maneras son estas? ¿Quién la interroga a una así? ¡Esto es como en la policía! No, lución, a ti no te digo por qué mi Karl fue a parar al presidio y por qué tuve que irme, tener que irme de verdad, no solo poder irme.
«Lo último que fui es cajera del Socorro Rojo, grupo local de Lichterfelde, Berlín», le dijo con indiferencia a su cara de espera, que pretendía ser benévola. La cara se crispó de satisfacción; «¡ajá!», se leía claramente en ella.
«Verá, es que...», dijo con una expresión fingidamente objetiva, pero sin poder disimular su satisfacción, como no puede el juez de instrucción que desmonta la coartada del acusado, «da la casualidad de que estos días hemos recibido un informe según el cual una cajera del Socorro Rojo de Berlín ha desaparecido, y la caja con ella... no quiero decir que sea usted... eh... camarada...», sonrió un poco incómodo, «pero comprenderá que estas cosas... así sin más no puedo reconocerla; eso tiene que aclararse antes...»
Hanna se puso roja de una rabia espantosa. Sinvergüenza, ¿qué insinúas? ¿A qué viene esto? ¿Quién ha robado una caja? En todos estos años, desde el 23, siempre pagando y pagando, por no hablar del trabajo; cobrando tres y cinco marcos por un cursillo, y aun eso solo para que otros agitadores, que necesitaban con urgencia esos cuatro cuartos de más, no hablaran de «rebajar salarios» y de «competencia desleal»; cuotas pagadas al Partido, al SOI, al SR, a los librepensadores, a la Liga Antiimperialista, los periódicos, las revistas, fondos de huelga, colectas para la campaña contra esto, para la manifestación contra aquello... ¿y ahora resultaba que había robado la caja? Quería gritarle todo eso a la cara a ese Eduard deslenguado, y además: pero por qué me interrogan, me pasan por alto, me interrogan, me pasan por alto todo el día, en vez de escucharme... y me cago en todo esto, ¿esto es la patria, esto es el Partido?, ¿adónde he venido a parar?
Entonces se le ocurrió algo espantoso. De hecho, la semana pasada había tenido algo más de quinientos marcos en la caja y se los había llevado a Bruno, y Bruno no estaba y su mujer se había hecho cargo de ellos... ¿Recibo? Dios mío, ¿había recibido siquiera un recibo, lo había pedido siquiera? En aquel barullo de tener que irse, encima pedir acuse de recibo... pero el frío tenía razón, había sido un error; Bruno era de oro de ley, pero la mujer, quién sabe, el marido llevaba tanto tiempo en paro... ¿y tenía que contarle todo eso a este extraño? ¿Para que se encaramara todavía más alto en su imaginario sillón de oficina?
A Hanna se le encogió el ánimo y las lágrimas le asomaron detrás de los ojos cansados; ya oscurecía en la sala; menos mal que no me ve bien la cara. Y luego dijo con una calma trabajosa:
«He entregado mis fondos debidamente. Pruebas, claro, no tengo; si sabe usted lo más mínimo del trabajo ilegal, eso no le extrañará.» Y: «Quizá haya aquí en Praga camaradas del Reich que me conozcan... yo soy, es decir, mi marido es bastante conocido en el movimiento...»
El de las gafas pareció notar que esta vez había ido demasiado lejos. Murmuró:
«Bueno, ya se verá», y se dispuso a marcharse. Por encima del hombro añadió: «Mañana por la mañana tiene que presentarse en el Comité de Refugiados por lo del permiso de residencia. Allí le darán la hoja de registro; luego, a la Dirección de Policía.» Y se fue.
Ya no había nadie más en la sala, y Hanna apoyó la cabeza en la mesa y empezó, abandonada y desvalida,
a llorar. Karl, Karl, quizá me he propuesto demasiado; tú me lo has dicho muchas veces: no te propongas tanto, hay otros que también trabajan, también se puede sin ti; pero no, siempre había vuelto a decir que sí cuando le venían con tal o cual exigencia, y siempre le había importado tener «las manos limpias», la coherencia entre la vida privada y la vida política; no se había permitido ninguna laxitud; había querido ser un buen soldado de la revolución... y luego todo había salido tan lamentablemente. Y Karl ya no estaba, el fuerte, el generoso, que no conocía escrúpulos y estaba tan seguro de su camino... y ya no quedaba nada... Pero si somos internacionalistas, qué significa extranjero, qué significa patria, qué significa el extranjero; en todas partes hay camaradas, una va al primer camarada que encuentra... y desde ayer: primero Ernst, tan de maestro de escuela y desconfiado; luego el bonzo[^t3-1] del Partido en la oficina checa; luego el bonachón que contaba anécdotas de la revolución, y el otro, el venenoso, con su texto del *Rote Fahne* recitado de carrerilla; y ahora este Eduard, el señor juez de instrucción, y la canción triste de los niños, que aquí ni siquiera pueden ir a la escuela, y el pijama de terciopelo altanero de Rosita, y Heini, que dice indignado: «¡Pero esas cosas no se hacen!»... Y como una niña a la que han malinterpretado, atormentado y encima castigado, Hanna lloraba hundiéndose cada vez más en la desesperanza, el rencor contra el mundo y una congoja honda y obstinada.Al fondo de la sala chasqueó suavemente el interruptor y se hizo la luz. En la puerta estaba —Hanna miró a través de sus lágrimas— una mujer sin sombrero, de cara agradable y tranquila, joven pero de caderas anchas de mujer hecha. En el alféizar seguía la vajilla del café recogida antes; la mujer la empujó por la ventanilla hacia el cuarto de atrás y dijo algo en voz baja por la abertura; luego tomó de una mano, a la que no se le veía la cara, un tazón de café caliente, se puso la cartera raída bajo el brazo, metió la derecha, que había quedado libre, en la panera, y luego avanzó por la sala con pasos mesurados hacia Hanna.
«¡Buenas noches!», dijo una voz berlinesa cortés, grave y agradable. «¿Se puede?» Y se sentó sin esperar la respuesta de Hanna, mordió con ganas el pan con unos dientes bonitos y miró atentamente a Hanna a la cara.
«¿Qué pasa?», preguntó maternal y desenvuelta. «¿Dónde te aprieta el zapato?» La mujer desprendía una seguridad modesta, dignidad y ganas de vivir. Hanna se sintió atraída enseguida por aquella cara sencilla, de huesos algo bastos, con los ojos castaños y claros bajo el pelo pulcramente peinado con raya.
«Pues nada, sigue llorando», dijo la mujer para animarla, al ver que Hanna no contestaba. «¡Las lágrimas tienen que salir alguna vez!»
Y, en efecto, a Hanna le rodaron las lágrimas por las mejillas cuando por fin levantó del todo la cara. La desconocida la cogió de la mano y le puso encima la otra para calmarla. Que con las manos también se puede acariciar, eso ella no lo sabe, sintió Hanna; los dedos eran ásperos, la presión nada tierna, pero franca y cálida.
«¡Gracias!», dijo Hanna, y quiso secarse las lágrimas, para lo cual, con la mano izquierda, pasando por encima de la derecha, que tenía cogida la desconocida, buscó el pañuelo en el bolsillo derecho del jersey. Aquello produjo un retorcimiento tan cómico que las dos se rieron. Entre risas y lágrimas Hanna se sonó con mucha ceremonia y dijo apurada: «¡Qué tontería!»
«¿Es la primera vez que vienes?», preguntó la joven, y Hanna se alegró, por primera vez en mucho tiempo, de la costumbre de tutearse en el Partido. Contó brevemente lo suyo, también la escena con Eduard, pero se abstuvo de mencionar lo de la caja sospechosa.
Eduard era un fanfarrón, observó la compañera, tranquila y sin reproche. Como era extranjero —«de por ahí, de la puszta»— creía tener que exhibir conocimientos detallados del movimiento alemán; que Hanna no se lo tomara tan en serio; todos esos pobres diablos que andan aquí así, sin trabajo y pobres, tienen manías en la cabeza; es que es terrible no tener nada que hacer en todo el día.
Luise Kulicke —había dicho su nombre sin que se lo preguntaran— sí tenía qué hacer: iba a las casas a arreglar, limpiar ventanas, zurcir medias. No muchas emigradas sabían de esas cosas, y las que sabían no solían tener ganas de cargar con el trabajo ingrato de la criada; pero Luise ya lo había hecho en Berlín, y así en Praga había encontrado, en algunas familias liberales, toda clase de trabajos modestos y un pequeño jornal. Al albergue de refugiados casi siempre venía solo por la tarde; cuando aquí o allá le daban de comer a mediodía después del trabajo, ahorraba el dinero ganado. También ella tenía al marido en presidio, y pensaba con planes prácticos en el tiempo en que lo soltaran. Entonces quizá querría emigrar; siempre había tenido tantas ganas de ir a Sudamérica; en la escuela de comercio había aprendido un poco de inglés y de español. Y Luise hablaba de él y de su carácter, de su trabajo de dependiente en los almacenes Tietz, de sus aficiones, como si no estuviera en el penal de Luckau sino de vacaciones en alguna parte.
La turbación de Hanna se iba aflojando cada vez más mientras escuchaba a esta compañera de destino y de ideas, y cuando la sala se llenó y también los conocidos de la tarde volvieron a la mesa para tomar su pobre cena, lamentó sinceramente que el tiempo se hubiera acabado y que tuviera que irse a dormir a casa de su distinguido hermano antes de que el criado de los botones de plata cerrara la puerta por la noche... Todavía no tenía dirección, contestó con evasivas, pero mañana por la tarde volvería a estar aquí; y con su voz agradable y grave Luise dijo: «¡Pues hasta mañana!», y le estrechó la mano con fuerza para darle ánimo.
En casa de su hermano la recibió una doncella menuda: los señores rogaban que los disculpara, tenían una cita importante y no habían podido esperar; la cena para la señorita estaba preparada; pero Hanna dio las gracias y subió directamente a su cuarto, donde encontró la mochila sobre la silla y el conjunto vienés planchado en el armario, y se acostó enseguida.
Cansada del largo primer día en Praga, se durmió, y pasó así a la vida nueva, que mañana quería empezar de veras, sin romanticismos y con serenidad.
Segunda parte
Capítulo 4
Instalaciones modernas y sentimientos honrados de «Svoboda» — A los lectores no les gustan las cosas espeluznantes — Un comunista trabaja donde el Partido lo pone — Karl solo puede escribir rara vez — Rascacielos en la Plaza Roja — Hanna baja por primera vez — Una voz invisible — Café Redacción Nocturna — Al jefe le interesan las palabras bipolares.
Todo parecía tan agradablemente nuevo, impersonal y sobrio, con los muchos cristales esmerilados que separaban unos despachos de otros.
Svoboda, al nacer en 1932, se había quedado con el mobiliario de oficina casi a estrenar de una empresa de máquinas de escribir que había pillado la coyuntura demasiado tarde, es decir, cuando ya estaba otra vez a punto de convertirse en crisis: tras unos pocos meses de existencia, la «Noiseless Admirable» había quebrado de un modo maravillosamente silencioso, y sus mesas metálicas apenas usadas, las sillas de mecanógrafa con muelles, construidas según las medidas exactas que la ciencia del trabajo, floreciente en el extranjero, daba a conocer en catálogos ilustrados y con dictámenes serios, los ficheros de acero, así como un par de docenas de las propias Noiseless Admirable, habían pasado a ser propiedad de «Svoboda, S. A.», que se había instalado, con su plantilla de redactores, telefonistas y mecanógrafas nueva y un poco abigarrada, en el primer piso nuevo de la vieja casa.
En su primer editorial, Svoboda había proclamado en términos mesurados como motivos rectores el liberalismo, la fidelidad a la Constitución, el patriotismo y el cosmopolitismo, no sin salpicarlo hábilmente de unas cuantas citas clásicas y de algunos giros castizos del habla popular, mientras que en la sección de anuncios tomaban la palabra las refinerías de azúcar y de alcohol, los grandes bancos y, con una página entera, la fábrica de armas Škoda.
El éxito de Svoboda había llegado de golpe y por sorpresa; no muy comprensible para el que lo veía desde fuera, se parecía al éxito del «Teatro Liberado», donde los dos queridos cómicos e intelectuales Voskovec y Werich llenaban todas las noches el teatro con una mezcla de ingenio agudo y chanza popular grosera, en un equilibrio entre la rebeldía pícara (que les valía bombas fétidas y aplausos en mitad de la función) y una lealtad al Estado tímidamente irónica (que había hecho de las más altas cumbres de la República sus clientes asiduos).
Hasta personas que hacía tiempo que no se creían una palabra del periódico citaban los editoriales de Svoboda como aval en conversaciones serias; las «Cartas de los lectores», a las que se dedicaba cada día una página entera, subrayadas por glosas cándidas de la redacción, le habían ganado una gran parroquia entre pequeños propietarios de casas, presidentes de gremios de carniceros y músicos de cine asociados —ahora la mayoría en paro—, gente que se apresuraba a darse de baja de la hoja popular socialdemócrata o católica y que en la tertulia de la taberna alababa Svoboda como «su» periódico. La sección económica era tan reveladora que los señores de la gran industria y la alta finanza compraban el periódico solo por ella; sus damas saboreaban el folletín, la sección de cuidado del cuerpo y cosmética y las noticias breves, con titulares a menudo rebuscados, en las que, como barniz cultural, se servían «Curiosidades de todo el mundo».
Los del Partido hablaban, naturalmente, del «periodicucho capitalista de putas, camuflado con frases liberales»; pero al fin y al cabo eso valía para cualquier periódico que no fuera prensa del Partido, salvo las hojas mortalmente aburridas de los socialdemócratas, que no leía nadie, y los semanarios de los grupúsculos de izquierda. Pero el rencor de los comunistas iba dirigido a Svoboda en especial medida, porque, haciendo política pequeñoburguesa con más habilidad que el órgano del Partido, con eso y con sus excelentes suplementos gráficos, su sección deportiva extensa y la mejor informada y la tribuna del «Círculo de lectores», se había llevado en dos años a miles de suscriptores. Hasta los camaradas de arriba compraban el periódico, aunque solo, como subrayaban a modo de disculpa cuando se les veía asomar del bolsillo del abrigo la cabeza roja con el gorro frigio a la izquierda y la Justicia con su balanza a la derecha, para la familia.
La puerta no se quedaba cerrada ni cinco minutos. Los ordenanzas de la redacción entraban y salían, cogían periódicos de los casilleros y de los ganchos, o gruesos infolios —obras de consulta de toda clase— de los estantes, y traían otros periódicos y otros infolios, que volvían a dejar. Chicas con batas de percal negras o marrón oscuro, con cuellos y puños coquetamente moteados o floreados, se arrodillaban junto a los cajones, que estaban medio abiertos debajo de los casilleros de periódicos, y buscaban papel de calco, sobres o gomas de borrar. Gente desconocida entraba con un apresurado «¿Me permite?» y sostenía en el teléfono, en el que ponía con letras grandes «Solo para llamadas de servicio», largas conversaciones sobre asuntos privados; otros desconocidos ni siquiera saludaban, sino que pedían directamente hablar con el jefe o, como mínimo, con Karlíček; en una mesa del rincón el fotógrafo Viták jugaba al ajedrez con un visitante y entretanto preguntaba varias veces por teléfono al Castillo si el señor presidente ya había salido.
Sobre la gran mesa del centro había docenas de periódicos nacionales y extranjeros tal como los habían sacado de los ganchos o de los casilleros, los del día sujetos en portaperiódicos de caña, los más viejos en un revoltijo casual. El archivero Klaus estaba inclinado sobre el fárrago haciendo recortes. Con tijeras y bote de cola, mirando inquieto por encima de las gafas con sus ojillos bonachones, trajinaba entre las hojas, pintaba cifras apresuradas en el margen de los cartones amarillentos en los que pegaba sus recortes, se limpiaba la mano pegajosa de cola en su guardapolvo de percal negro y daba incansable la información de que no se podía hablar ni con el jefe ni con Karlíček.
Al otro lado de la mesa estaba sentada Hanna leyendo el Nieuwe Rotterdamsche Courant; de vez en cuando hojeaba un diccionario de bolsillo holandés-checo y tomaba notas en papelitos. De tanto en tanto pescaba las tijeras con un absorto «¿Me permite?» y recortaba.
Era agradable. Tanto bullicio, tanto ir y venir, y entre medias el trabajo. Como cuando uno está sentado en un jardín junto a la carretera y detrás de la valla no paran de pasar otros coches y tranvías y camiones. Tan sola y sin embargo tan en medio de todo. Era agradable, después de la primera temporada en Praga, con su andar de acá para allá sin saber qué hacer, sus intentos inútiles de volver a echar raíces en la patria perdida, con su confuso afán de ser útil,
de plenitud, de contacto humano, con todo aquello que la había hecho dar vueltas en vacío entre el Partido, los emigrados, viejos conocidos perdidos y nuevos desconocidos. Aquí una sabía que pertenecía a alguna parte. Era agradable.Cogió sus papelitos, fue a la máquina de escribir que estaba junto a la ventana, metió papel, escribió media página y volvió a su mesa. Después del Rotterdamsche Courant venía el Corriere della Sera, luego la Pravda. Como esta la leía más a fondo, la dejaba siempre para el final. Las cosas de la Pravda había que cortarlas y presentarlas en la traducción de manera que Karlíček las aceptara sin preguntar antes el porqué y el cómo. Hanna lo había aprendido deprisa, y ya ni siquiera le daba reparo ofrecer chistes de la revista satírica soviética Krokodil que reproducía la Pravda; hasta solían aceptarlos, porque eran buenos y con su «autocrítica comunista» gustaban tanto a los músicos de cine en paro como a los fabricantes de azúcar; además, la redacción pagaba por los chistes una tarifa por línea más alta que por las noticias serias, porque, como decía Karlíček, una cosa tan seria como la vida en realidad solo podía tratarse en forma de chiste...
«Por lo menos ahora ya no pagamos del todo en balde las caras suscripciones extranjeras», gruñó el del archivo; pretendía ser una especie de cumplido para Hanna. Hanna le sonrió amablemente. La había ayudado mucho al principio, y todavía ahora. Cuando el camarada Peter la puso en contacto con Rýma, con la propuesta de que, con sus conocimientos de idiomas, hiciera algo en Svoboda, y le permitieron a medias y a medias le encargaron repasar los periódicos extranjeros y traducir y presentar noticias sacadas de ellos, no tenía ni idea de cómo había que hacerlo. Se estudiaba concienzudamente los periódicos de la primera a la última línea, seleccionaba desde el punto de vista de su propio interés o del de los obreros conscientes, para los que en Alemania estaba acostumbrada a preparar el material intelectual; y Karlíček se lo había devuelto casi todo con sus frases desenfadadas: «Pero, señorita, si no somos un internado de señoritas que quiera formar a la gente... nuestros lectores son medio tontos, y así tienen que seguir...». O también, con una breve mirada observadora desde sus ojos de aspecto tan soñoliento: «Svoboda no es Los bajos fondos de Gorki en tinta de imprenta... en el desayuno a uno no le gusta leer cosas espeluznantes... que los indígenas de las plantaciones de caucho de Indochina no duermen en un lecho de rosas, será verdad, pero que se aflijan por eso las beatas francesas, no nuestro alegre pueblo checo. Además, Indochina queda tan lejos... ¿no tiene usted algo picante, ya que lee los periódicos franceses?».
Karlíček, tipo raro. Había escrito entonces el primer editorial; dominaba tanto el habla popular castiza como la literatura clásica (que, de palabra, eso sí, solo citaba en tono irónico). Un hombre joven todavía, que bostezaba sin parar, miraba con cara de sueño y hablaba de que este trabajo era demasiado poco importante como para perderse por él su partida de billar; en realidad era él quien dirigía el periódico, con instrucciones técnicas dadas en tono desenfadado, con la lectura y la selección rápidas y en apariencia descuidadas de lo que llegaba, con el borrador del plan diario de la redacción. Desde el jefe hasta el ordenanza Jarko, que le subía las pruebas húmedas, todo el mundo lo llamaba por su nombre de pila, y cuando Hanna se dirigió a él un par de veces como «señor redactor», la miró con sus ojos verdes soñolientos y agudamente observadores y le dijo: «Si ni siquiera el portero me hace la afrenta de llamarme redactor, le rogaría que usted también me llamara por mi nombre honrado; me llamo Karlíček, como no se le habrá escapado; vox populi, vox dei»...
Que dos personas como su marido, el Dr. Last, actualmente en el presidio de Plötzensee, y el secretario de redacción Lozák, que, como él mismo observaba, solo conocía la moral como hoja de parra delante de las vergüenzas del periódico, pudieran llamarse las dos Karl, a Hanna le había parecido al principio absurdo, casi indecente; pero luego también ella había empezado a decir «Karlíček»; por lo menos era inevitable cuando preguntaba por él a terceros.
Aparte de Karlíček con sus comentarios cínicos al margen, había sido precisamente el fiel archivero Klaus quien poco a poco le había afinado el sentido de lo que se podía colocar y lo que no... Ahora, al cabo de unos meses, se había hecho al nuevo oficio; casi todo lo que presentaba se aceptaba y se pagaba por líneas, los chistes y anécdotas a una tarifa más alta, porque a la gente, qué le vamos a hacer, no le gusta leer cosas espeluznantes en el desayuno.
Eduard, tan excelentemente informado sobre Alemania, había dejado su cargo de prefecto de los refugiados políticos pocas semanas después de que sometiera a Hanna a aquel interrogatorio de experto. Adónde desapareció Eduard un buen día, y por qué, sobre eso solo corrían rumores en el albergue de refugiados; la versión oficial decía que estaba en misión en Rusia. Pero Luise Kulicke había observado tranquilamente: «Ese se daba demasiados aires, el muy idiota; seguramente era un chivato... a esos el Partido los barre con escoba de hierro...». Y luego había llegado Peter, un muchacho activo, sensato y sin pretensiones, que había puesto mucho empeño en que los camaradas del Reich no perdieran la relación con el Partido checo, o más bien en que la establecieran por primera vez, y en una reunión sobre eso en la oficina central había hablado de Hanna, y de que a una persona con conocimientos de idiomas, medio checa, de formación burguesa y —como entretanto se había sabido desde Alemania— de un pasado intachable en el Partido, se la podía emplear de verdad en algo mejor que ir a recoger dinero y ropa vieja a las casas ricas para el Comité de Refugiados...
Rýma, que era miembro camuflado del Partido y escribía en Svoboda excelentes análisis económicos marxistas, que hacía digeribles para Karlíček con unas cuantas frases inofensivas de manchesterismo, la había metido en el periódico: Hanna Lastová —¡ahora volvía a llevar la forma femenina del apellido, como en su día en el Gymnasium femenino «Minerva»!—, una señora con diez idiomas extranjeros que había vivido mucho tiempo en Italia, en Noruega «y Dios sabe dónde», lo cual no era una fanfarronada demasiado arriesgada, porque Hanna, aunque no había vivido ni en Italia ni en Noruega, había recorrido toda Europa y sabía lo suficiente de «Curiosidades de todo el mundo» como para no
quedar mal en el *Svoboda* checo.Era, en parte, un encargo del Partido. Hanna sabía más o menos lo que el Partido quería de ella cuando Rýma la llevó a la periferia de la empresa Svoboda. A decir verdad, no tenía en mucha estima esa clase de trabajo que ahora tenía que hacer: se le dedica una enormidad de cautela, paciencia, planes y maniobras, y cuando llega el momento en que se podría hacer verdadero trabajo político, se descubre la cosa y una sale despedida. Aun así, había aceptado con gran alegría; uno no elige en qué quiere trabajar; trabaja donde el Partido lo pone. Si además puede hacer algo tan agradable como leer y traducir, es una propina. Y si encima se gana dinero con ello, es el premio gordo.
Ganar dinero era para los emigrados en Praga algo casi imposible; ni siquiera podían dar clases de idiomas sin un permiso especial, y en 1934 ya no se lo daban a nadie que viniera de Alemania. Hanna, aun así, había encontrado dos alumnos de alemán y uno de español, pero eso tampoco daba más que sesenta coronas a la semana. Los quinientos marcos de los que casi se había avergonzado en su caminata hacia Bohemia no habían sido inagotables, aunque comía comida del Reich en el albergue de refugiados con los vales del Comité. Había tenido que comprarse ropa y ropa interior, y tras unas semanas en un cuartucho mugriento y mal caldeado se había decidido a mudarse a una casa de apartamentos, donde pagaba por una habitación amueblada a la moderna, con baño, mucho más de lo que correspondía a su situación insegura. Karl le había dado la razón en su última carta. Karl siempre había defendido que había que tener un entorno bueno, de buen gusto, limpio, en el que luego, si hacía falta, se viviera de té y pan con manteca... y ahora, que él ni siquiera tenía una celda para él solo... cuando uno vive en un cuarto con la persona más amiga, se llega al embotamiento, al resentimiento contenido, quizá al odio; Hanna lo sabía, y tenía remordimientos cuando se recostaba en su butaca de acero —se mecía tan suavemente sobre sus cinchas oscilantes— y leía la carta de Karl, y las otras dos que había recibido hasta entonces; solo podía escribir una vez al mes.
La tía Martha ha ido a Plötzensee; Karl solo puede recibir visitas de parientes, una visita al mes. Hanna se lo había pedido a la tía Martha porque durante un mes no había llegado la carta esperada y ella, de miedo, ya no sabía qué hacer. Y la tía Martha le había contado que Karl estaba bien, solo algo delgado, y que incluso parecía más joven porque llevaba el pelo rapado; que le mandaba decir a Hanna que aguantaba y que no había cambiado, y que este mes tenía prohibido escribir porque... pero entonces el guardián le había hecho una seña y la hora de visita se había acabado. Y luego, al cabo de dos meses, otra carta, y en esa precisamente se alegraba de su bonita habitación, que ella le había descrito con una minuciosidad cohibida cuando en noviembre —y hacía diez grados bajo cero— por primera vez había vuelto a estar de verdad caliente junto a la calefacción central.
Karl, Karl, en las celdas del presidio hace frío, en las celdas del presidio no se está solo, nunca solo; y Karl escribe sobre ella, la anima, la ayuda. De sí mismo escribe poco: les dan periódicos, a veces también libros; le han dado el Quijote, segundo tomo, magnífico como siempre, y Mein Kampf, y le ha parecido «muy interesante». El compañero de celda es maestro, «ya no está del todo sano», escribe Karl; el «ya» está tachado, pero todavía se puede leer; qué quiere decir eso, qué quiere decir; ¿han apaleado al maestro como al camarada del albergue de refugiados? Pero Karl escribe que él está bastante bien; a Hanna le dan náuseas, una niebla le pasa por delante de los ojos; ahora otra vez tres semanas hasta la próxima carta; la tía Martha se ha vuelto a ir de Berlín; nadie puede ver a Karl; tiene que ser un pariente, tiene que acreditarse como tal; y Hanna no sabe si Karl sigue vivo; lee sus cartas, besa las letras, son tan regulares y hermosas como el corazón de Karl, y mira la fotografía que le ha mandado la viuda simpatizante, una fotografía pequeña de la época en que conoció a Karl; la ha hecho ampliar, y con eso se ha vuelto todavía más pálida; y Karl está tan lejos, tan lejos, y Hanna recorta chistes del semanario satírico Krokodil de Moscú y los traduce para Svoboda:
«Stalin se encuentra con Bujarin y le dice: ¿De dónde vienes, camarada?
De la Plaza Roja, camarada...
¿No has visto el nuevo y hermoso rascacielos?, pregunta Stalin.
¿En la Plaza Roja, camarada, un rascacielos?
Pues claro, camarada, el nuevo y hermoso rascacielos; la Unión Soviética construye mejor que América...
Yo no he visto ningún rascacielos en la Plaza Roja, camarada Stalin...
¡Bujarin, Bujarin! ¡Tú no lees la Pravda!»
Hanna sonrió. ¡Qué fuertes tenían que ser allí para poder permitirse semejante burla de sí mismos! ¡Qué seguros! El rascacielos todavía no estaba, desde luego, pero mañana, pasado mañana, dentro de tres meses estaría ahí, sin duda; del crujido de decretos, planes, edictos, tablas, cálculos, presupuestos, consignas («losungas» las llaman en Moscú, y van en letras rojas sobre lienzo blanco tendidas de un lado a otro de las calles), de todo ese papel, sin duda alguna, se alzaba poderoso y de muchos pisos el futuro inconcebiblemente bueno para todos. Se lo veía crecer, se construía con ellos, todos construían, Karl, que en la cárcel nazi no se deja derribar, y también Hanna construye, que mete de contrabando en un periódico checo liberal noticias de la Pravda porque son «Curiosidades de todo el mundo»: cómo en Tayikistán la médica habla con el chamán sobre la enfermedad y la salud, y cómo los campesinos creen primero que es una enemiga, pero cómo al final se dejan vacunar; y cómo, en cambio, en la Indochina francesa... pero Karlíček no había aceptado ni lo uno ni lo otro, y Hanna había aprendido cómo hay que leer los periódicos extranjeros: no de la primera a la última línea, que así no se acaba nunca, sino con ojos rápidos y experimentados; y la mirada ya se queda prendida por sí sola en lo que puede hallar gracia ante Karlíček y que, sin embargo, construye un poco, muy débilmente, apenas perceptible, con muchos recortes de periódico pagados por líneas, un mundo como Hanna querría construirlo, como querrían construirlo los camaradas: rascacielos en la Plaza Roja...
A través de la pared de cristal esmerilado dividida por barras de acero que separa el despacho del pasillo caen sin cesar
sombras en la sala. El del archivo, sin levantar la vista, reconoce por la sombra a la gente de la casa que entra y sale, cuyas figuras se dibujan como siluetas contra el cristal esmerilado.«Vokáček también vuelve otra vez bien tarde del Parlamento», murmura. «¿Cómo va a meter el pobre compaginador todo eso en el periódico?»
Una figura rápida y esbelta pasó deslizándose detrás del cristal mate. Hanna leía la pequeña crónica de El Sol.
«Las ocho menos cuarto», murmuró el del archivo. «El jefe ya baja a la compaginación.»20 Y cerró de golpe su carpeta. «Yo me voy. Tampoco hay que quedarse aquí sentado todas las noches hasta medianoche. Mi mujer también quiere ir alguna vez al cine. Se pierde uno la vida entera en esta maldita barraca...» Y cogió del estante en el que ponía Berliner Tageblatt —ahora estaba vacío; los periódicos del Reich estaban todos prohibidos— una jabonera y una toalla y se fue a lavarse.
«¿Dónde están las Lidové Noviny21 de ayer?», gritó Zeman, el redactor de local, desde la puerta, sin soltar el picaporte. «¡Jarko! ¡Cuántas veces le he dicho que me lleve a mi despacho los periódicos de Praga del día anterior!» Escarbó en un montón de periódicos que había sobre la mesa y sacó uno con una maldición. Tenía una cara pálida en la que los labios grandes y planos parecían pegados.
«¿Qué, señorita Hanna? Usted también se queda ya aquí como nosotros, hasta la noche...»
«Si ya me voy», sonrió Hanna. El pequeño y regordete Zeman era simpático. Todos eran simpáticos: los redactores, los telefonistas, los ordenanzas. Le gustaba estar aquí. Al principio venía por la mañana. Pero entonces los redactores no estaban, o estaban sentados, con las manos en los oídos, leyendo detrás de sus mamparas de cristal esmerilado. El movimiento no empezaba hasta media tarde. Tenía que conocer la casa, pensaba Hanna, conocer a la gente; tenía que aprender a leerles en la cara a los que entraban deprisa qué pasaba, y eso lo conseguía mejor a última hora de la tarde, cuando la hora del cierre, cada vez más cercana, lo ponía todo en movimiento. Y la gente de la casa se acostumbró a que allí estuviera sentada Hanna Lastová, con su tupé rebelde que le caía rubio sobre los periódicos y la boca expectante, con su nariz respingona de bohemia; y más de uno que había charlado con ella con el picaporte en la mano la encontraba simpática y les contaba a unos y a otros que se le podía preguntar, con éxito casi seguro, por el origen lingüístico de palabras como C.O.D. o EKKI o DAPP, o por la fecha exacta de la batalla de las Termópilas, y así no había que buscar en las gruesas enciclopedias, que de todos modos siempre se las llevaba el redactor de ajedrez, ávido de cultura.
Así que se había acostumbrado a venir por la tarde. Cuando oscurecía, estaba tan triste sola en su cuarto, y con Luise o con otros camaradas tampoco podía contar hasta las ocho o las nueve.
«Ya me voy», repitió sonriendo; el ordenanza Jarko abrió la puerta de golpe y gritó «¡A la compaginación, señor Zeman!», y con las Lidové Noviny abiertas de par en par en las dos manos, Zeman salió corriendo sin despedirse.
Cuando todos estaban en la compaginación, llegaba una hora tranquila. A Hanna le gustaba entonces quedarse todavía sola en el despacho central vacío. Hoy no tenía nada que hacer el resto de la noche. Quería seguir hurgando un poco, leer, preparar algo para el número del domingo; en el suplemento se podían colocar de vez en cuando cosas literarias, y eso le daba más gusto que las noticias sobre trillizos vivos en Oklahoma, sobre el hombre que había ayunado voluntariamente ochenta veces treinta días cada vez, nueve años de su vida en total, sobre la explosión de una fábrica de glicerina en Estocolmo, los éxitos de una nueva cura de rejuvenecimiento en Londres, y menos trabajo que buscar y reunir noticias apolíticas con un contenido político secreto. Pero antes quería dejar el fruto de sus lecturas en la mesa de Karlíček. Había averiguado que el secretario de redacción, siempre agobiado de trabajo y nervioso, leía sus recortes con la mejor disposición cuando, poco después de las nueve y media, volvía de la compaginación en la imprenta y luego no tenía nada que hacer durante media hora, hasta que el ordenanza traía de la rotativa los primeros ejemplares del periódico, todavía húmedos.
Entró sin llamar en el despacho de Karlíček y dejó siete hojas, unas medio llenas, otras llenas en tres cuartas partes, sobre la mesa junto al calendario de sobremesa. Al volverse para irse se tropezó con Karlíček. Él abrió de un tirón un cajón, sacó un manuscrito y solo entonces se dio cuenta de la presencia de Hanna.
«¿Por qué no baja usted también, Philka?», le preguntó, mientras hacía girar el disco de su teléfono de mesa. La había bautizado Philka, abreviatura de filóloga, como la había llamado los primeros días burlándose de sus conocimientos de idiomas. «¡Seguro que te interesa ver cómo explotamos a los cajistas!»
Hanna se asustó. ¿Ya se había delatado? Que la tuteara no le extrañó. Karlíček trataba a todos en la casa unas veces de tú y otras de usted.
«Sí... ¿puedo bajar con ustedes?», preguntó vacilante. «La verdad es que me gustaría...»
Karlíček colgó el auricular de golpe en la horquilla. «Comunica... me gustaría saber con quién tiene Helene que estar todo el rato al teléfono», murmuró mirando al vacío. «Anda, ven, Philka, ven conmigo al misterioso mundo de la magia negra», dijo con fingida solemnidad. Apagó la luz junto a la puerta, de modo que la habitación quedó en penumbra; bajo la pantalla verde de la lámpara de mesa brillaba, en letra de máquina espaciada, el ayunador profesional que a Hanna quizá le reportaría cuatro coronas de honorarios, el precio de una cena, a la que él había renunciado tantas veces. Karlíček la empujó al pasillo.
Para todo el que bajaba «abajo» por primera vez, era asombroso. Arriba, en la redacción, todo era tan luminoso, de cristal, de níquel, americano; abajo, en la sala de composición, en cambio, sombrío, descuidado, sucio, estrecho, como en un barrio de la vieja Praga. La explicación de este contraste era sin embargo muy banal: Svoboda había comprado una imprenta vieja y, en parte por falta de dinero,
en parte por dejadez, la había dejado tal como estaba; solo se habían comprado unos cuantos juegos de tipos nuevos. El primer piso de la vieja casa, en cambio, ya había recibido bajo el dominio de la Noiseless Admirable un aspecto moderno, por un precio que en el primer y último balance de la empresa de máquinas de escribir había resultado fatal, pero cuyo resultado material daba ahora a *Svoboda* el aspecto y la reputación de una gran empresa periodística ultramoderna.«Abajo», es decir, el semisótano, se había convertido, derribando algunos tabiques, en una sala larga y estrecha por cuyas ventanas se veían deslizarse, en la penumbra nocturna de la callejuela lateral, piernas fantasmales de transeúntes. Desde la escalera, que bajaba unos peldaños a la sala, se desvanecían en la oscura parte de atrás las siluetas vagas de las linotipias. Solo sobre tres máquinas estaban encendidas las bombillas fuertes que iluminaban el teclado. Todo lo que no era de actualidad inmediata ya lo había compuesto el turno de día y esperaba listo en muchas mesas.
En la parte delantera de la sala los cajistas andaban de un lado a otro con el componedor en el brazo izquierdo, como primeros violines que, en los locales nocturnos, se mezclan tocando entre los que bailan. Pero la derecha no sostenía arco alguno ni tampoco pinzas, porque en la compaginación solo trabajaban los veteranos, que pescaban las letras de las cajas con la punta de los dedos casi sin mirar. Un hombre de bigote erizado y con rastros de tinta de imprenta sobre los ojos, de secarse el sudor con la mano desnuda, ponía sin parar pliegos de papel húmedo sobre largas y flacas columnas de líneas fundidas ennegrecidas y pasaba deprisa el rodillo por encima; siempre había alguien al lado que le arrancaba de la mano la prueba fresca y se ponía a corregir con el lápiz azul, que se corría sobre el papel mojado. Un mozo enjuto sacaba en la cabeza una bandeja con vasos de cerveza vacíos; el aire estaba lleno de humo de cigarrillos; desde el cuarto de detrás de la sala de composición retumbaban apagadas las rotativas; el suelo estaba cubierto de líneas de plomo plateadas y papel arrugado, de modo que al andar tintineaba y crujía.
En las paredes los cajistas habían clavado estampas según sus aficiones personales, y con la puntería inconsciente de una observación larga e inconscientemente ejercitada, Hanna vio, todavía desde la escalera, primero la cabeza pícara de Lenin y, un poco más atrás, soldados del Ejército Rojo marchando, que conocía del último Svět Práce; pero mirando más de cerca era innegable que futbolistas y boxeadores populares y chicas medio desnudas en posturas seductoras tenían la mayoría en la pared.
Karlíček ya no se ocupaba de Hanna; con las tijeras en una mano y el lápiz azul en la otra trabajaba de pie la hoja que acababa de traer de su despacho; un linotipista se prendió el recorte ya ajustado encima del teclado y se puso a teclear como un loco. Karlíček gritó a la sala:
«¿Cuántas veces tengo que decir que hay que hacer un cliché nuevo para “Cartas de los lectores”? ¡Ya parece “Cartas de los burros”!...»
«Señor Karlíček, usted dijo que mandaría dibujar un título», contestó tranquilo el regente calvo, el único que no estaba de pie, sino que en una mesa encajada en el rincón ordenaba las «galeradas» —las largas tiras de papel húmedo con la composición en bruto, recién salidas del rodillo de pruebas— y a la vez atendía el teléfono.
«¡Zeman! ¡Hay un incendio!», gritó, sin perder la calma. A Hanna tampoco le pareció sorprendente que hubiera un incendio: tan febril se sentía ya al cabo de cinco minutos.
«¡Ya lo sabemos, muchísimas gracias!», gritó Zeman al micrófono, y colgó.
«Slavík», le dijo al regente, «si ahora alguien más avisa del incendio de la fábrica de papel de Holešovice, mándelo a paseo; con este van treinta y seis en una hora, ¡y a mí no me llame más!» Al pasar corriendo junto a Hanna y ver su cara de no entender nada, dijo: «Es que al que avisa de algo así en las dos últimas horas antes del cierre le damos veinte coronas de premio...»
«Pero la mayoría avisan solo porque no pueden guardárselo», intervino un joven guapo al que Hanna no había visto nunca. El regente lo llamó al teléfono y él estuvo unos minutos hablando con intensidad, en una jerga incomprensible, de un torneo de golf, hasta que alguien bramó «¡silencio!».
Todos bramaban, en parte para hacerse oír por encima del ruido de la linotipia y del lejano retumbar de la rotativa, pero sobre todo por nerviosismo y gusto por el alboroto, en esta última hora, la más importante, del trabajo del periódico, en la que a cada cual le importaba «meter» todavía lo que para él era más importante, en la que sobre todo había que aprovechar los últimos minutos para convertir deprisa en composición, dejar listas para imprimir y colocar las noticias que los telefonistas de «arriba» escuchaban en la radio y mandaban sin parar abajo en papelitos.
«¡Señor Liftschitz! Tres cíceros: “La ménade empedernida le toma el pelo al juez”», dictó el cronista de tribunales. El cajista interpelado ya se había vuelto hacia la caja de las letras gigantes y alineaba deprisa letra tras letra.
«Pero eso no puede ser, señor Menčík», dijo una voz cuyo dueño Hanna no veía, una voz viva, rápida, vibrante. «¡No somos un periódico de escándalos! Además, tres cuartas partes de nuestros lectores no saben lo que es una ménade...»
El de sucesos tenía su gran semana con el asesinato conyugal, que en ese momento superaba en interés incluso al Torneo Internacional de Golf y a las posibilidades de los checos de llevarse el primer premio; no quería renunciar así como así a su bonito titular.
«České Slovo22 lo trae hoy en primera página y a cuatro cíceros», refunfuñó.
«Cuando dices ménade seguramente quieres decir arpía», se metió Karlíček. «¡Listo! ¡Atad la cuatro! ¡Fuera!» Y el cajista junto al que estaba ató con un bramante grueso el gran rectángulo, cuyas líneas estaban en parte ya embadurnadas de tinta, como si apretara un lazo alrededor del cuello de un toro, volteó con un chasquido metálico las palancas de las esquinas, y el mozo enjuto que antes se había llevado los vasos de cerveza cargó la pesada forma y la echó al montacargas abierto. «¡Va la cuatro!», gritó con voz cavernosa hueco abajo, y el montacargas bajó zumbando al sótano, a la estereotipia.
«Bueno, señor Liftschitz, ponga: tercia, “La pecadora empedernida le toma el pelo al juez”», dictó el cronista de tribunales, malhumorado. Y a Karlíček: «Pecadora es terriblemente vulgar... ménade quedaba mucho más bonito...»
«Pero “tomar el pelo” tampoco puede dejarlo, señor Menčík», volvió a sonar la voz invisible. «Queremos
escribir correctamente, que la degradación del idioma ya es bastante grave. Y, por favor, ponga dos cíceros, señor Liftschitz, ¡con eso basta y sobra!»«¡Zeman! ¡Hay un incendio!», gritó el regente desde el teléfono.
«¡Váyase a la porra!», le gritó Zeman, pero corrió de todos modos al aparato. «Usted es el trigésimo séptimo que nos avisa de la fábrica de papel de Holešovice», bramó por el auricular, y alguien gritó: «¡Silencio!». Pero enseguida cogió por encima del hombro de Slavík un lápiz y un papel y se puso a taquigrafiar febrilmente. «¿Por qué no lo ha dicho antes? ¿Cómo se llama? Bien, pase mañana por caja a recoger veinte coronas, ¡muchísimas gracias!»
«¡Hay un incendio en el teatro de Vinohrady!», gritó a la sala mientras tiraba el auricular. «¡Pánico enorme! ¡La Maršová acababa de pegarle un tiro a alguien en escena —¿alguien conoce la obra? ¡Esa nueva rusa!— y ha soltado un discurso al público para que no se empujara y todo eso! ¡Fabuloso! ¡Mañana lo tenemos solo nosotros; los otros periódicos ya no llegan a tiempo!» Y radiante de alegría corrió al fondo para dictar su noticia sensacional directamente a la linotipia.
Hanna había ido de un sitio a otro y en todas partes había tenido la sensación de que no hacía más que estorbar, aunque los redactores que iban de un lado a otro con galeradas mojadas, los linotipistas que salían deprisa del fondo de la sala con paquetes de líneas todavía calientes hábilmente sujetos entre los dedos y depositaban su producto fresco en la «galera» de la página en la que se estuviera trabajando, los cajistas de titulares con el componedor en el brazo como un violín, no le prestaban la menor atención. Ahora estaba apoyada en un pupitre en el que esperaban las «galeras de reserva», bastidores de hierro iguales a aquellos en los que se compaginaba la composición todavía caliente, con texto que no era de actualidad y que por eso ya se había dejado allí antes. De vez en cuando un redactor se acercaba a donde estaba ella y se llevaba algo para «rellenar».
«¡Atad la tres! ¡Abajo con ella!», gritó Karlíček, y miró deprisa el gran reloj de pared. «Maldita sea, nos quedan once minutos y la dos patas arriba por el estúpido incendio del teatro», despotricó. La prisa del último cuarto de hora se contagió a todos los de la sala. También a Hanna, aunque no entendía gran cosa de lo que estaba pasando en realidad y no se atrevía a preguntar a nadie; miraba la sala y dejaba que el rumor y el estrépito la inundaran.
Tal como bullían allí todos —los obreros, de los que, a juzgar por los adornos de las paredes, algunos por lo menos eran camaradas suyos y por tanto enemigos convencidos de Svoboda; los redactores, a los que el crimen y el homicidio, los incendios y las inundaciones solo les interesaban en la medida en que había que llevarlos a tiempo al sitio adecuado del periódico; los telefonistas, que «arriba» pasaban con dedos febriles a papelitos los últimos partes de la radio, les trajeran alegría o pena—, tal como corrían y gritaban y trajinaban todos, tenían todos un propósito común: terminar la compaginación a las nueve y media en punto. Se habría dicho, pensó Hanna desde lejos, que se trataba de la redención de la humanidad, nada menos, con tanto celo y tan indivisa atención se aplicaban todos a la tarea; y sin embargo se trataba —no tardó en averiguar este, como tantos otros secretos del oficio de la compaginación— solo de llevar a tiempo el periódico a los trenes que debían esparcirlo hacia los cuatro puntos cardinales por toda la República...
«¡Necesito unas veinte líneas!», gritó Karlíček. «¡Zeman! ¿Tiene ya hoy “Curiosidades de todo el mundo”?» El redactor de local, que volvía a estar al teléfono, hizo con la mano que no. Karlíček llegó en dos zancadas al pupitre de Hanna, escudriñó medio minuto una «galera» y luego, con el pulgar y el dedo corazón, sacó hábilmente del gran rectángulo una pequeña columna de líneas.
«Ahora te toca a ti», le dijo de pasada a Hanna, y ya estaba otra vez con su página dos. Hanna se inclinó sobre la galera, en cuya compacta carga de composición se abría ahora un pequeño hueco. Deletreó con interés la escritura en espejo de las líneas de plomo: era verdad, eran las noticias que entregaba día tras día, convertidas en su contrario visual, en parte ya embadurnadas de tinta, señal de que ya las habían tirado en prueba una o incluso varias veces, colocado y luego, por algún motivo técnico, descartado otra vez. No había caído en que aquí, en la imprenta, tenía hasta una galera, una galera casi llena del todo con su trabajo, porque en la sección «Curiosidades de todo el mundo» aparecían últimamente tantas más noticias traducidas de periódicos extranjeros cuanto menos se podía contar con los periódicos del Reich.
«Ahora lo principal es tranquilizar los ánimos», dijo una voz; era la voz viva y rápida de antes, y sonaba, le pareció a Hanna, bastante poco a tranquilizar ánimos de nadie. El mozo enjuto lanzaba en ese momento al montacargas la pesada forma que contenía la página dos. Las máquinas habían enmudecido; era demasiado tarde para componer texto nuevo; los telefonistas ya no mandaban papelitos abajo; faltaban cinco minutos para el cierre.
Junto a Karlíček estaba ahora el jefe; Hanna lo había visto muchas veces, pero solo había hablado con él una vez: entonces, poco después de empezar a traducir para Svoboda; Rýma se lo había presentado.
«¡Señor Liftschitz! Tres cíceros, por favor: “Inglaterra media”», dictó, y Hanna supo que la voz invisible era la suya. Su cabeza estrecha y oscura parecía distinguida y exótica; solo más tarde se dio cuenta Hanna de que parecía tan oscuro porque le faltaba el blanco del cuello de la camisa: llevaba una blusa rusa oscura, con una hilera de botones sobre el hombro y el pecho. Esa indumentaria, entre los cajistas con guardapolvos de percal sucios, los redactores con chaquetas de trabajo desaliñadas y los peones con mono, lo hacía parecer un extranjero. Pero, a pesar de la blusa rusa, no parecía ruso, sino más bien levantino o sudamericano, le pareció vagamente a Hanna.
Se inclinó sobre las letras; con una mano le indicaba al jefe de compaginación la disposición del texto; con la otra sacó un mechero del bolsillo y encendió el cigarrillo que tenía entre los labios.
«Nada de pánico, señores», dijo sonriendo, y enseñó unos dientes regulares, amarillos de humo. «¡Nada de nervios!»
Y al decirlo tiró al suelo el cigarrillo recién encendido y lo restregó con el pie con tanta violencia como si se tratara de apagar el incendio del teatro de Vinohrady o de borrar una mancha infame de la faz de la tierra.
Sonó un timbre estridente. «Atad la uno», gritó Karlíček, y ya subía sin prisa los escalones hacia la puerta. Los demás redactores, en los últimos diez minutos, solo habían estado allí de pie, presos de la hipnosis general del cierre; su trabajo había terminado con la página tres, la antepenúltima. El jefe se volvió hacia Zeman: «Por favor, mire luego si tenemos un cliché del teatro de Vinohrady o de la Maršová y prepárelo para la segunda edición», dijo; encendió otro cigarrillo, dijo, saludando con la cabeza a los cajistas, vivo y rápido, «Buenas noches, señores», y se fue.
Hanna se hizo pequeña para dejarlo pasar. Luego se acercó al que habían llamado señor Liftschitz y le preguntó si le explicaría esto y aquello. «Con mucho gusto, señorita.»
Hoy había sido una compaginación tranquila, se enteró, pero otros días, ya vería, cuando en la última media hora llegaban todavía noticias importantes, o aquella vez en enero, cuando el rey de Inglaterra se murió precisamente a la una menos cuarto de la noche, diez minutos antes del cierre de la segunda edición... y ellos, amparándose en el convenio colectivo, se negaron a componer todavía la noticia, y el redactor de noche tampoco insistió, porque pensó que los otros periódicos tampoco podrían darla ya... y al día siguiente Svoboda fue el único periódico que no traía la muerte del rey... «¡La que armó entonces el jefe!», se rio el señor Liftschitz.
«¿Es que estáis mejor organizados que los de las otras imprentas?», preguntó Hanna; a lo mejor es este el que clavó en la pared a los soldados rojos, tiene pinta de camarada; y cómo es que el jefe, con su fino pañuelo de batista, puede armar un escándalo, si es tan gentle —no se le ocurría otra palabra—; aunque, claro, cómo pisoteó el cigarrillo: ahí se le vio bien cómo aplastaba una rabia; y por qué les digo «vosotros» a los cajistas y hablo de «organizar», si aquí no conozco a nadie, tonta, y quiere hacer trabajo ilegal para el Partido; estoy cansada de estar de pie y del ruido; me gustaría ir alguna vez a la compaginación del periódico del Partido, a ver si allí también es así, tan... tan de conjurados... pero allí seguramente compaginan a mediodía, el periódico sale a las cuatro... a lo mejor Rýma me puede llevar algún día; a Rýma, por cierto, no lo he visto esta noche; quién era el jovencito del torneo de golf; qué gracioso Zeman, cómo se alegró de que hubiera un incendio, ahí da igual que alguien se muera, con tal de que llegue a tiempo al periódico; Karlíček por lo visto es el personaje principal; al jefe le dice «señor doctor», al jefe no lo tutea, a ese no se le puede tutear, supongo; a mí me tutea, Karlíček; en el Partido también se tutean todos, pero eso es otra cosa; el compaginador también tutea a los cajistas, y ellos le hablan de usted, qué curioso, como en la época feudal; ya preguntaré por qué; no, mejor no pregunto nada más; el señor Liftschitz no lo ha oído; lo del convenio colectivo ya me enteraré, y además da igual; estoy tan cansada; aquí huele tan bien, a tinta de imprenta, magia negra, dijo antes Karlíček...
Por la escalera bajó el mozo enjuto con su bandeja de alambre en la cabeza; ahora llevaba vasos de cerveza llenos y espumeantes. Los cajistas sacaron pan y embutido de sus cajones y se pusieron a comer.
«¡Buenas noches y muchas gracias!», dijo Hanna.
«¡Vuelva después de la pausa y le explico lo que quiera!», le gritó el señor Liftschitz con la boca llena.
En el gran despacho central todavía había luz; Zeman revolvía en una caja de clichés. Cuando Hanna fue a coger el abrigo y la boina, levantó la vista y preguntó:
«¿Por qué se va? ¡Ahora que uno puede descansar media hora! Deje el abrigo colgado y venga a tomar café.»
A eso, desde luego, sí le apetecía a Hanna, aunque no sabía cómo casaba eso de tomar café con quedarse. Pero Zeman ya había devuelto la caja de las fotografías a su cajón y apagó la luz. En el pasillo había varias personas fumando, redactores y, reconocibles como tales por sus sombreros y paraguas, visitantes que venían a esa hora para enterarse de las últimas noticias antes que los profanos de la calle.
De un cuarto salía luz: era el despacho del redactor de noche, que empezaba a trabajar a las nueve y al que Hanna nunca había visto. Zeman abrió la puerta sin llamar y dejó pasar a Hanna delante.
Ante el escritorio estaba sentado un hombre bajito y pálido con unos auriculares en las orejas; en el sofá estaba tumbado Vokáček, el cronista parlamentario, con un periódico grande delante de la cara; estaba Menčík, luego Veverka, el colega de Rýma en la sección económica, el elegante jovencito deportista de la imprenta, el redactor de ajedrez ávido de cultura; el jefe estaba sentado en un rincón con las piernas cruzadas y estiraba hacia la habitación uno de sus pies estrechos de medias elegantes; en una mesita había un hornillo de alcohol, y una muchacha de ojos chinos y bata de trabajo verde chillón removía en un recipiente de cobre con un largo mango de madera.
Vokáček apartó las piernas contra la pared e invitó a Hanna con un gesto a sentarse con él en el sofá. Karlíček entró con una persona pelirroja y de nariz respingona, con un abrigo de piel claro, y se acercó a la muchacha de ojos rasgados:
«Olly, ¿tienes un café para mi novia?»
La muchacha, Olly, le quitó de la mano al redactor de noche la taza sin asa, enjuagó los posos en el lavabo que había en el rincón, la volvió a llenar con el recipiente de cobre y se la tendió a la pelirroja sin mirarla. La «novia» gorjeó «¡Ay, qué caliente!» y bebió de pie a sorbitos. Karlíček se volvió hacia Hanna:
«Lo de las modistas de París está muy bien, Philka», dijo, y no pareció extrañarle que Hanna estuviera allí sentada, apoyada en las piernas del cronista parlamentario, y que su tupé rubio le cayera sobre la taza de café que Zeman le había puesto en la mano.
«Pero eso de las palabras que significan una cosa y su contraria, eso, lo siento, te lo tengo que devolver; eso es para una revista esotérica, pero no para nuestro público sin estudios. ¿Tú crees que esta cabra», y señaló a su «novia»,
entiende algo así? ¿Verdad, muñequita, que de eso no entiendes nada?», dijo, y le cogió la bonita barbilla.«¿Qué es eso de las palabras que significan una cosa y su contraria?», preguntó el jefe desde su rincón, mirando a Hanna.
Hanna se turbó un poco. Últimamente, para mejorar sus ingresos, había colado de vez en cuando en Svoboda cosas escritas por ella como noticias sacadas del Aftenposten o de la Zürcher Zeitung. Esta, que a Karlíček le parecía tan esotérica, la había escrito con un placer muy especial. Trataba de esas extrañas palabras de las lenguas antiguas que significan a la vez lo positivo y lo negativo de un estado, a la vez caliente y frío, hermoso y feo, cruel y suave, santo y maldito... qué hondo era aquello; «hondo», precisamente, se decía en latín altus, pero «alto» también, y vershina significaba en ruso tanto la altura más alta como el abismo más hondo...
Se había levantado, había ido al rincón del jefe y le informaba en pocas palabras. El jefe la miraba escrutador desde abajo.
«Eso es muy interesante», dijo; le pidió a Karlíček que trajera la hoja y leyó deprisa la media página.
«Pero esto es interesante de verdad», repitió sorprendido, y leyó a media voz: «Todas las palabras son bipolares; nada es así; todo es así y de otra manera; y solo más tarde, cuando ya habían ascendido desde la multiplicidad total del ser al tajante o lo uno o lo otro, inventaron los hombres las palabras contrarias...».
Hanna se puso roja al oír leer así sus propias frases; ahora le parecían inservibles, ridículas, místicas. Pero el jefe estaba muy metido en el asunto. Mientras el redactor de noche se quitaba los auriculares, conectaba el altavoz y soltaba una música ordinaria sobre la habitación y las conversaciones de los que charlaban; mientras la muchacha china llamada Olly enjuagaba tazas, las volvía a llenar y las repartía; mientras desde el cuarto de al lado, cuya puerta estaba entreabierta, los telefonistas que jugaban a las cartas soltaban sabidurías venerables como «¡Tenías que haber cantado el pagat!» o «¡Si le das mis cartas a un perro, revienta!»..., el jefe le recordó la palabra checa, poco usada, nabažiti se, que significaba a la vez «añorar» y «haberse hartado de añorar». Eso a Hanna, a su vez, le pareció muy interesante, y dijo que quería añadirlo todavía a la noticia. Al decirlo cayó en que su artículo pasaba por ser una traducción del Corriere della Sera, y se corrigió aturdida: «Quiero decir, añadir una nota al respecto»... y notó que volvía a ponerse colorada y que el jefe volvía a mirarla escrutador con sus ojos oscuros y estrechos. Ojos ardientes, enigmáticos, bajo unas cejas que casi se juntaban sobre la nariz fina; y Hanna oyó confusamente cómo había dicho antes en la imprenta «¡Nada de nervios, señores!», y vio cómo con el pie elegante, de media fina, volvía a pisotear furioso un cigarrillo, como si se tratara de apagar un incendio, y pensó: inquieto, inquieto, un esteta inquieto...
El ordenanza Jarko entró con un paquete de la primera edición, recién salida de la rotativa, y les dio a cada uno de los presentes un ejemplar. En el acto cesó toda conversación; solo la radio seguía parloteando sola en italiano por la habitación. Todo crujía de papel; cada uno había abierto primero «su» página y comprobaba qué tal quedaba su colaboración en el conjunto; uno murmuró «Horrible, cuántas erratas»; el redactor de noche, Bílek, marcaba con lápiz azul lo que había que cambiar para la segunda edición; el fanático del deporte estudiaba los anuncios de pisos y se quejaba de que cerca de los campos del «Slavia» no se encontraba ningún apartamento con calefacción central; y Hanna, que también tenía en la mano un Svoboda todavía húmedo, buscó «Curiosidades de todo el mundo» y de pronto le pareció incomprensiblemente maravilloso que la noticia sobre la huelga de camareros en Zagreb hubiera estado hacía apenas media hora, plomiza y en escritura de espejo, en la «galera de reserva» y luego, por el camino del montacargas que bajaba atronando hasta la estereotipia, mediante procedimientos misteriosos, hubiera ido a parar a la rotativa y, listo y terminado, impreso y legible, a la página dos... Y luego notó que la «pecadora empedernida» de Menčík, que tenía que tomarle el pelo al juez, se había convertido en «La conyugicida se anda con tapujos», y también eso le pareció de un modo incomprensible emocionante y lleno de misterio.
Uno que otro, terminada la lectura, ya se había ido sin despedirse o con un rápido gesto de la mano. Olly había apagado el hornillo de alcohol y había desaparecido en el cuarto de los teléfonos. El jefe dobló el periódico y se levantó. Al salir le dijo al redactor de noche:
«Hoy no puedo esperar a České Slovo ni al Prager Tagblatt; tengo una cita... hasta las doce estoy en el café Boulevard; luego en casa, si pasa algo. Buenas noches a todos.»
«Has tenido éxito, Philka», dijo Karlíček, que entraba desde el pasillo con sombrero y abrigo; la pelirroja estaba detrás de él en la puerta y había apoyado coquetamente la barbilla en su hombro. «El viejo me acaba de decir que meta tu cháchara sobre lo alto y lo hondo en el suplemento del domingo... ¡Buenas noches a todos!»
Por tercera vez Hanna se puso colorada, esta vez de alegría. Otra clase de alegría que cuando había conseguido colar camuflada una noticia comunista; otra alegría que cuando, tras horas subiendo y bajando escaleras en las casas obreras de Halle, había reunido las cuotas del Socorro Rojo; otra alegría también que cuando, al final de la semana, cobraba en la caja de Svoboda lo ganado línea a línea y veía que había crecido un poquito. Esta alegría se parecía de lejos a aquella, olvidada hacía mucho, que sentía de jovencita cuando le salía bien un poema. Hacía mucho que no escribía poemas. Sonrió a la habitación, en la que el altavoz soltaba una música de jazz, dio las buenas noches y fue al gran despacho central a recoger sus cosas.
En ese momento un ordenanza subía de la calle un montón de České Slovo y de Prager Tagblatt. El menudo redactor de noche iba a la imprenta con su Svoboda emborronado de arriba abajo y le dijo al pasar, con voz fina y aguda:
«Pues si le ha gustado, señorita, mi café está a su disposición, abierto hasta la una de la noche; como sabe, todos los demás cafés cierran a las doce...» Hanna le dio las gracias riendo, se abotonó el abrigo y se encasquetó la boina; luego apagó la luz.
Cuando salió a la calle, los últimos camiones salían del patio hacia los trenes; el mozo enjuto llegaba con un nuevo cargamento de vasos de cerveza llenos de espuma. El aire de la noche le salió al encuentro, suave; olía a marzo y a tinta de imprenta.
Capítulo 5
Primer día de primavera — Los emigrados no tienen estaciones — Mucha gente se llama Svoboda — ¡Ahí está el Hradschin ante la vida! — Recuerdo del hospital número dos — Obertura de «Don Juan» — Heinrich Aschbach lleva el contrapunto — Praga ha cambiado mucho — Moscú también.
¡Qué buen tiempo, el primer día de calor de verdad! Esta vez el invierno se ha alargado hasta mayo, y por primera vez en meses Hanna volvía a salir con el conjunto vienés que en su día había traído de Alemania arrugado en la mochila. Que la boina no le fuera bien —¿quién llevaría ahora la ancha pamela florentina de la señora von Waldeck?— no le preocupaba lo más mínimo; iba sin nada en la cabeza, como las chicas alemanas; un ligero viento de primavera le echaba el pelo a la frente. La gorra la llevaba en la mano, con los guantes y el bolsito, y al andar daba grandes zancadas, balanceando sus largos brazos y piernas.
Su alumno le había mandado una carta por correo neumático: que hoy no fuera a la clase. Tenía la mañana libre por delante; aún quedaba mucho hasta mediodía.
Debería pasarme por el albergue de refugiados, pensó. Le vinieron a la cabeza los dormitorios con los tristes montones de material humano barrido de cualquier manera, y enseguida se ensombreció el claro sol de primavera. Solo al comedor, pensó, a ver si hay alguien. Y visitar a los niños, los pobres niños, que ni siquiera pueden ir a la escuela.
La plaza de Wenceslao23 se extendía amplia en la mañana; a esta hora estaba abarrotada con dos filas de coches aparcados. Recaderos de tiendas corrían con paquetes, ordenanzas de banco con gruesas carteras; señoras guapas iban de dos en dos y se paraban ante los escaparates; los muñecos publicitarios, altos como torres, andaban sobre zancos bajo sus ropajes fantásticos. Si uno se acercaba, por una ventanita diminuta en la barriga podía ver las caras cansadas de los proletarios; barbarie de la propaganda... A Hanna muchas veces le había dado escalofríos; ni siquiera en el duro Berlín había habido algo así. Hoy se rio cuando casi se le metió entre las piernas a uno de esos gigantes: tenía una máquina de escribir sujeta entre las toscas manos de cartón piedra; «Noiseless Admirable», ponía en grandes letras amarillas en su pecho y en su espalda. Mira por dónde: así que vuelve a haber Noiseless Admirable. Pero sus mamparas de cristal esmerilado y sus lámparas de escritorio ingeniosamente regulables están en nuestra casa. «En nuestra casa», pensó Hanna, y pensó de pasada en la redacción como se piensa en el hogar.
Torció por una de las calles transversales y subió por la Vodičkova. En los jardines de la plaza de Carlos tenía que sentarse un ratito; no corría prisa lo del albergue de refugiados. Las forsitias ya estaban en flor; sus ramas amarillo oro asomaban, seguras de su victoria, entre el verde todavía escaso. En el estanquito los niños echaban barquitos y tiraban migas de pan al agua, y los gorriones bajaban dando saltitos y piando desde el aire. Una vieja con una bolsa colgada a la cintura le tendió un papelito con unos dedos que asomaban rojos de unos mitones rotos. Hanna no entendió. Ah, sentarse aquí cuesta diez héller; bueno, al fin y al cabo hay que pagarlo todo; mucho dinero no era. La vieja se fue. Ahora Hanna podía estar sentada aquí una hora sin que la molestaran, mirando las forsitias amarillas y la fachada barroca de San Ignacio.
Qué bonito es. Niñeras empujan cochecitos blancos; estudiantes pasean murmurando con libros abiertos; en los bancos hay señores mayores con bastones de nudos conversando apaciblemente; muchos soldados sin fusil callejean arriba y abajo; al lado está el hospital militar. En las calles a derecha e izquierda del parquecito pitan los coches, alborota la gran ciudad. Pero aquí hay paz, silencio y alegría.
Del brazo de un señor vestido con una elegancia desvaída pasó una dama de un rubio casi blanco. Hanna conocía esa cara: ¿de qué? Se acordó: era una actriz del Reich; la había visto algunas veces en escena cuando iba de Halle a Berlín. La siguió con la mirada. Su traje con adornos de piel parecía gastado. Emigrada: ¿ella también? Bueno, por qué no. En el sindicato de empleados de teatro había habido muchos socialdemócratas, judíos, también gente del Partido Comunista. Wolfgang Langhoff, por ejemplo. Ese había pasado mucho tiempo en un campo de concentración y luego había escrito en Suiza un libro sobre eso. Hanna no lo conocía; no, no podía; siempre ese horror acumulado; ya no podía más, le quitaba el aliento, le quitaba el sueño leer las atrocidades de Alemania. Karl, Karl, ya más de un año en la cárcel, ya casi diez meses en el presidio de Plötzensee... no podía estar pensando en eso continuamente. Y sin embargo siempre volvía arrastrándose; ¿habría consumido ya diez minutos de su hora de diez héller? No, la primavera no era para ella; su condición no conocía estaciones, no podía conocerlas; para ella era noviembre sin color mientras aquello durara, y ya duraba más de dos años sin que se le viera fin... Pronto haría otra vez un año desde que Hitler, en Múnich, había hecho asesinar a sus más fieles; entonces se pensó que aquello era el principio del fin, pero el pueblo había aclamado al vengador que exterminaba a los «maricones» en nombre de una moral superior.
Suspirando, Hanna se levantó y fue por la calle Ječná, hacia Vinohrady, al albergue de refugiados. Aquí sí que no había estaciones. Las ventanas seguían tapadas con papel; en el comedor los tazones vacíos del desayuno seguían en el alféizar, como aquel día del otoño pasado en que entró aquí por primera vez. Peter no estaba, Max tampoco; Hilde, la maestra de párvulos, la simpática, estaba operada en el Hospital General, según le dijo el administrador, un hombre de Breslau ya entrado en años y de pocas palabras. «¿Es que aquí no va a haber nunca paz?», gimió lastimero. No, no había dicho nada: era la niñera silesia de hacía treinta años; con exactamente el mismo tono suspiraba ella por las inocentes peleas de los niños Aschbach como el viejo de aquí suspiraba ahora por las catástrofes del mundo.
Hanna quería ver a los niños, pero se enteró de que se habían ido con Paul, el amigo de Hilde, al Baumgarten. Por lo menos les da el aire alguna vez, dijo el viejo, y Hanna se propuso, con mala conciencia, ir a buscar a los niños más a menudo y sacarlos al campo. Luego le escribió una notita a Luise y quedó con ella por la noche en el Continental. Luise... aquello siempre era tan bueno, tan tranquilizador. Últimamente se veían poco. De día la trabajadora incansable no tenía tiempo, y por la noche...
sí, por la noche era Hanna la que nunca había tenido tiempo. Las últimas semanas se había quedado todas las noches en *Svoboda* hasta que salía el periódico, y luego a menudo se quedaba todavía charlando con los demás en el despacho del redactor de noche. Pero hoy no se quedaría a la compaginación. Subrayó dentro de sí la decisión, subrayó en el papel lo de «a las ocho en punto» y le pidió al de Breslau que entregara el mensaje, después de asegurarse de que Luise seguía viniendo al albergue hacia las seis.Hoy era jueves. Como todos los jueves, su hermano y su cuñada la esperaban a comer. Una o dos veces, eso sí, ya había pasado que el elegante criado le comunicaba que los señores rogaban que los disculpara, que hoy no podían estar en casa, que la señora doctora comiera tranquila, que la mesa ya estaba puesta. Y Hanna había querido marcharse corriendo, pero luego se había tragado la ofensa que le subía y, sola como la una, se había comido en el lujoso comedor sus cinco platos más café y coñac. Una comida abundante no podía desperdiciarla, aunque viniera así, aliñada con humillación. Si iba al día de familia semanal era también por la comida, se confesaba, y que sus parientes lo sabían se lo daban a entender precisamente no avisándola de que no estarían, sino haciéndole servir, cuando estaba sola, con especial abundancia... ¿No podría Heini haberla llamado él mismo, disculparse, invitarla otro día? El enfado subió en Hanna, aunque la última falta de su hermano quedaba ya varias semanas atrás.
No había llegado a tener verdadero contacto con ellos. Vivían en su mundo, que, junto con sus distinguidos amigos, ocultaban con mala conciencia a la hermana severamente vestida y espartana; Hanna vivía en el suyo, que tampoco le habría resultado fácil exponer con claridad si hubiera tenido ganas de intentarlo. Pero las conversaciones de los jueves a mediodía no le daban a uno ganas de nada. Se hablaba de generalidades y se esforzaba uno por ser amable, cosa que no siempre se conseguía.
«¿Por qué no trabajan?», preguntaba Heinrich Aschbach de mal humor cuando Hanna le pedía dinero, ropa vieja, libros para los refugiados alemanes.
«Ya sabes que no pueden aceptar trabajo...»
«Pero tú también has encontrado un empleo», gruñía el banquero, y sacaba cien coronas de la cartera de cuero repujado florentino.
No solo yo he encontrado trabajo, pensaba Hanna para sí; Luise también, y Max también, y Gertrud, todos los que valen... Gertrud, cuando era médica jefe de sección, tampoco se habría imaginado que iría a pie a las siete de la mañana al barrio de la Feria a dar masajes a señoras gordas... pero lo hace... Quizá Heini no esté del todo equivocado, pensaba Hanna insegura. La mayoría son tan incapaces. Quizá también sin ganas... Uf, qué mezquina soy. Están desesperados y deshechos. ¿Y trabajar? Si trabajan. Para el Partido, para sí mismos, estudiando, que conmueve, a la luz de una vela y entre el alboroto de los niños... No, el mundo es demasiado horrible y uno mismo se vuelve pronto tan empedernido... Se rio de pronto al pensar la palabra. Se acordó de la noche de marzo en que había ido por primera vez a la compaginación y el cronista de tribunales había querido poner un titular tan disparatado...
Paseó por la calle Nacional y se paró delante de la gran librería de Topič. Instintivamente vio primero Los soldados del pantano de Langhoff. No, otra vez no pensar en la emigración, en los campos de concentración, en Alemania... Siguió hasta el escaparate francés. Passage du jour, de Colette... eso lo había leído todavía en Alemania. Ya no recordaba el argumento. Solo el ambiente delicado, aliñado de una melancolía obstinada, de una historia de amor entre una mujer que envejece y un hombre joven. ¿Conocería él a Colette? Esta noche quería preguntárselo. Ay, esta noche había quedado con Luise... Por otra parte, de pronto le pareció infinitamente embarazoso preguntarle por Colette; no sabía bien por qué. Además, claro que la conocía; él lo conocía todo...
Pensaba «él». «El viejo», como decía Karlíček, no quería ni pensarlo. Era tan elástico, tan rápido, tan vivo, y para ella casi ridículamente joven, cuarenta años como mucho. «El jefe», como lo llamaban los demás redactores y los cajistas... también eso le resultaba desagradable. No le gustaba recordar que trabajaba para él, que él firmaba sus modestas facturas, que, cuando ella hablaba con él, quizá él tuviera la sensación de que ella buscaba su conversación precisamente porque era el jefe. «Doctor Svoboda» o «Svoboda» no lo llamaba nadie; además era una tontería que tuviera que llamarse precisamente como su periódico. ¿Cómo debía llamarlo entonces? ¿Por el nombre de pila? No sabía cuál era su nombre de pila.
Al pensarlo se sintió de golpe como mermada y excluida de algo, pero ahuyentó esa sensación. ¿Por qué iba a saberlo? ¿Qué tenía ella que ver con ese hombre? Redactor jefe de un periódico burgués para el que ella, para ganarse el pan, recortaba y traducía «Curiosidades de todo el mundo»... También tenía otro objetivo en Svoboda, pero de ese tenía que acordarse expresamente. Se avergonzó. Casi le pareció que aquel otro objetivo —el mismo que perseguía Rýma en Svoboda— se le había extraviado un poco.
Era mayo, y hacía un tiempo tan maravilloso; no, hoy no pensar nada pesado, nada que atormente; mañana otra vez, o por la noche, cuando de todos modos no se puede dormir... Pero ¿cómo se llama de nombre? De pronto le pareció muy urgente saberlo. Entró en una cabina telefónica instalada al borde de la acera y abrió la guía. ¡Dios mío, cuánta gente se llama Svoboda! Bedřich Svoboda, carnicería; Bedřich Svoboda, afinador de pianos; Svoboda Hynek, Svoboda Jan, Jaromír, Jaroslav, Svoboda Karel, Karel, Karel —¡también los Svoboda pueden llamarse Karl!—, Svoboda Moritz, Ladislav, Ladislav; Dios mío, cuántos Svoboda hay en realidad; el último se llamaba Zdeněk, pero tampoco ese era redactor jefe, sino abogado y defensor en causas penales, Praga II, calle Podskalská 16... El Svoboda que ella buscaba no estaba. Seguramente tiene un número secreto. Claro. Si no, no tendría paz en su casa ni de día ni de noche.
Al salir de la cabina se le ocurrió que su nombre tenía que figurar en algún sitio de su periódico... qué tonta. Cinco meses leyendo Svoboda todos los días y todavía no sé cómo se llama de nombre el redactor jefe. Tengo que mirarlo en Svoboda ahora mismo... Entró en el café Slavia, en la esquina, frente al Teatro Nacional. Ir al café en plena mañana: eso no lo hacía desde hacía mucho, desde los primeros y turbados días de Praga en
octubre. Entonces, en las largas horas de espera en la oficina de extranjeros de la Dirección de Policía, se había escapado una vez, deprisa, a recorrer las dos manzanas hasta el Slavia para ver alzarse sobre el río el Hradschin en la niebla de otoño...Se sentó a una mesa junto a la ventana y miró. Hoy no había niebla de otoño; el cielo era de un azul poco común; solo unas nubecillas blancas danzaban alrededor de las torres del monasterio de Strahov. La catedral, el castillo, el palacio arzobispal, el palacio Schwarzenberg, la muralla del castillo y, arrimado a ella y debajo de ella, el hormiguero de casas de Malá Strana con la cúpula verde plateada de San Nicolás: todo formaba un conjunto, se tendía ante su mirada de un lado a otro del horizonte, se estiraba sobre el río resplandeciente como un animal noble echado. Hanna miraba embelesada por encima del Moldava.
¿Cómo había podido alguna vez salir, querer salir más allá de esta frontera? Los diecisiete años en Alemania le parecieron de pronto un cuerpo extraño en su vida. Como una caja envuelta en papel y atada con cordel, llena de puras naderías, que uno ha metido en una maleta llena de cosas de verdad y que de pronto ya no necesita: se saca la caja, las cosas de verdad recuperan el sitio usurpado, se cierran sobre el hueco, no falta nada...
Sacó de su vida los diecisiete años de Alemania y los dejó a su lado. Ante el mundo al que un día había salido, joven, terca y anhelante —«afuera», decían los de Praga cuando querían decir «a Alemania»; ¡qué razón tenían!—, se cerró el telón del Hradschin. Un acto había terminado, quizá una obra entera; quién podía saberlo...
Hanna estaba sumida en el paisaje de la ciudad, allá enfrente, que vibraba azul, gris y oro. No pensaba, no cavilaba; solo sentía: aquí tendría que haberme quedado siempre, sentada, mirando; aquí está mi casa, aquí hay paz; y los oídos se le llenaban de una melodía secreta olvidada hacía mucho.
Un camarero le había puesto delante una bandeja con vasos de agua y le preguntaba ya por tercera vez qué iba a tomar. Despertó y dirigió su mirada extraviada, sin fondo, al camarero, luego al local. Entonces vio que desde una mesa algo más apartada un señor la miraba fijamente con insistencia. Cuando se encontró con su mirada, saludó deprisa con una inclinación del torso. Luego se levantó y se acercó a ella.
«¡Así que es usted!», dijo alegre. «Llevo diez minutos rompiéndome la cabeza pensando si era usted; ¡hace ya tanto tiempo!»
Hanna no lograba identificar con nadie aquella cara agradable de bigote rubio y los ojos grises, de mirar amable, detrás de las gafas.
«Debe de ser un error», murmuró, mientras un niño con uniforme verde de botones dorados le dejaba en la mesita de mármol un montón de periódicos, Svoboda encima.
«¿Es que ya no se acuerda del hospital número dos?», preguntó el desconocido. «¡Si usted me cuidó!» Señaló con la mano una cicatriz rojiza que le pasaba junto al ojo derecho y le cruzaba la sien. «Mi tiro en la cabeza de la batalla de Rava-Ruska...» Estaba tan contento como si le recordara un baile de Nochevieja pasado juntos.
Claro que Hanna se acordaba del hospital número dos, el Hospital Militar Imperial y Real n.º 2, frente al Rudolfinum, donde en su juventud había oído tantos conciertos: Mozart, Brahms, los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven y, en medio de un escándalo atronador de silbidos y pataleos, el Pierrot lunaire de Schönberg. Ahora ya no había conciertos en el Rudolfinum; en el edificio del muelle se había instalado el Parlamento... Claro que se acordaba del hospital número dos, pero no de este señor de bigote y gafas; de caras, en general, no se acordaba.
«Hace tanto tiempo», dijo a modo de disculpa. «Y usted entonces seguramente tenía otro aspecto... tenía tantos pacientes...»
«Sí, claro», asintió el hombre. «Y además yo me fui enseguida después de la operación, a mi tierra, a Uherské Hradiště. Pero usted, usted no ha cambiado nada... solo el peinado», añadió, mirando su pelo corto y liso, cortado a lo hombre. «Aunque, la verdad, no sé cómo iba peinada entonces. Siempre llevaba una cofia...»
Hanna miraba de reojo los periódicos que tenía delante. No tenía ninguna gana de que le recordaran aquella época, que quedaba ya tan infinitamente lejos. Tampoco tenía ninguna gana de charlar con este señor desconocido, aunque parecía bastante simpático. Un señor y una señora se habían acercado, estaban junto a la mesa de al lado e intentaban hacerse notar.
«Creo que lo buscan», observó Hanna. Él se volvió y saludó a la pareja.
«Sí, he citado aquí a dos clientes para una reunión... ¡qué pena! ¡Veinte años sin vernos! ¿Cómo es que uno no se ve en veinte años viviendo en la misma ciudad...?»
Hanna contestó brevemente que había pasado casi todo ese tiempo en el extranjero.
«Ah, entonces...», dijo él. «¡Pero tenemos que volver a vernos sin falta! ¡Me cuidó usted tan bien entonces! ¿Se queda ahora un tiempo aquí?», preguntó; no se sabía si se refería a Praga o al café Slavia. El señor de la mesa de al lado volvía a hacerle señas.
No, no se quedaría mucho, contestó Hanna; tenía que irse.
«¡Pero tenemos que volver a vernos!», insistió el hombre, y se levantó. «Tome...», buscó su cartera, «esta es mi dirección. ¡Llámeme! ¡Pero de verdad!» Le estrechó cordialmente la mano y desapareció con el matrimonio al fondo de la sala.
Hanna miró afuera, al Hradschin. También desde la ventana de la sala de curas del hospital número dos se veía el Hradschin, en la niebla de otoño, en el esplendor de la primavera, a la luz de la luna llena cuando se tenía guardia de noche. Recordaba casi físicamente la sensación de felicidad, la poderosa sensación de vida que había sentido entre toda aquella pobre carne humana mancillada sin culpa cuando, recobrando el aliento entre dos embates de trabajo febril, se asomaba a la ventana. Recordaba heridas concretas, veía todavía con claridad el vientre abierto de uno, el orificio supurante en la sien de otro; qué curioso que ante tanta miseria horrible uno hubiera podido sentirse feliz y contento; quizá era la felicidad por el propio cuerpo sano, joven y fuerte junto a todos aquellos que yacían allí tan lastimosamente; pero de las caras no se acordaba, no, aquella cara simpática de ojos amables le era del todo desconocida. Cogió la tarjeta de visita que él había dejado sobre la mesa.
«Dr. en Derecho Zdeněk Svoboda, defensor en causas penales,
calle Podskalská 16», ponía... ¡Qué curioso! ¡Hacía un cuarto de hora había leído ese nombre al buscar, entre muchos desconocidos, el nombre de pila de otro Svoboda! Recordó a qué había venido y cogió del montón de periódicos *Svoboda*. Todo se llama Svoboda, pensó; libertad; todo se llama libertad; qué no se llamará libertad...Buscó en la última página, abajo, debajo de los últimos anuncios: «Fundado en 1932... impreso en la Imprenta Svoboda, S. A.... Editor: Vilém Kohout (¿quién es ese? ¡En la vida lo he oído!)... Redactor responsable: Jindřich Vokáček...». No, su nombre no figuraba. Seguramente porque le había parecido ridículo que el responsable se llamara como su periódico. ¿O...? Sabía por Alemania, por el Partido, que como responsable se ponía a un redactor desconocido para que, si había que cumplir una pena, no tuvieran que ir a la cárcel las personas importantes... A eso lo llamaban redactor de paja. Vokáček servía de verdad para eso: era tan pachorrudo, tan bonachón y cándido; servía para eso mucho más que para pescar, entre los debates parlamentarios de allá enfrente, en el viejo Rudolfinum, el hilo rojo de la política real... Pero qué va: en un periódico burgués no hace falta redactor de paja; a esos como mucho les ponen multas...
Hanna miró el reloj, pagó su café y se fue. Todavía tenía mucho tiempo y decidió ir a pie a casa de su hermano.
La isla de los Tiradores se extendía verde bajo el puente; algunos castaños ya estaban en flor; sus velas erguidas, rojas y blancas, asomaban entre las hojas. El sol calentaba casi como en verano; un cielo de un azul poco común —casi siempre era gris sobre la ciudad gris— se arqueaba sobre las viejas casas de Malá Strana. Una música vibraba por las callejas estrechas y soleadas, música de Mozart. Pero no era el Mozart amable y salzburgués del Rapto y de Fígaro; era el Mozart de la obertura de Don Juan, que había nacido aquí, en Praga, en una sola noche: los pasos cargados de destino de la escala menor de la obertura de Don Juan eran los que uno pisaba en estas callejas, aunque alguna rara vez estuvieran al sol... Hanna pensaba en la noble voz de barítono de Don Juan, tal como la había oído por última vez hacía muchos años, en el mismo Teatro de los Estados en el que había sonado por primera vez hacía casi ciento cincuenta años. Pensaba en la voz de barítono viva y vibrante de Don Juan, en su cara en el último acto, cuando, bajo los amenazadores pasos de segunda de la escala menor, aparece el Convidado de Piedra, y tarareó: «Nunca os habría esperado, pero sed bienvenido...»; y luego le volvió a la cabeza aquella otra cara, estrecha y oscura, para la que no conocía nombre de pila.
Mientras andaba por el mundo barroco, gracioso y melancólico, de la vieja Praga, pensaba en su nombre de pila; lo llamaba Rudolf, Jaromír, Friedrich, Heinrich; nada le cuadraba con su cara, que no parecía ni checa ni alemana, más bien sudamericana o levantina. A lo mejor se llama Karl, pensó asustada, pero ahuyentó la ocurrencia; y luego se le ocurrieron nombres absurdos, Emmerich, Erwein, Luitpold, Severin, Héctor, Julián... y se rio, porque esos debían de ser los nombres de las distinguidas amistades de su hermano, cuyos palacios se alineaban aquí a derecha e izquierda.
Y con eso, sin darse cuenta, había llegado a su hermano, y se preguntó, con rencor contra sí misma, si alguna vez podría arrancarse del corazón aquel amor por él, eternamente ofendido.
Que era amor, a pesar de todo, pese a todo, pese al odio, el desprecio, la burla y la indiferencia, eso no lo había tenido claro hasta hacía poco. Hacía quince días, cuando Heini, a la mesa, por primera vez sin bromas, le había hablado de la evolución del mundo, de Europa en particular, y había constatado con bastante sobriedad que esta época iba seguramente camino de su fin cercano; ¿y luego qué? Y Hanna había enganchado con explicaciones marxistas sobre la concentración y el capitalismo de Estado, pero entonces su hermano había cortado deprisa la conversación con una pregunta que pretendía sonar burlona: «¿Y qué vais a hacer los rojos en el socialismo con uno como yo?». Pretendía sonar burlona, pero se había oído en ella miedo, desconcierto, incluso algo así como desesperación por una vida equivocada. Y en Hanna algo se había levantado, inexplicable, y detrás de la cara corriente, guapa y ya algo fofa, del banquero había visto el rostro radiante de niño de antaño, dispuesto al futuro, y había sentido: pobre de ti, pobre, con todas tus cajas fuertes y tus butacas de club... y le había dado pena que la revolución fuera a quitarle pronto todo eso a su hermano. Hasta le había dado pena el cursi bar de cuento metido en la pared, y no, desde luego, porque ella tuviera parte en todo aquel lujo: no tenía ninguna. Su pequeña herencia se había consumido hacía mucho hasta quedar un resto, y el resto se lo había quitado Hitler con todo lo demás, y su hermano rico, en los siete meses que llevaba de vuelta en casa, no le había ofrecido más que el cubierto semanal en su mesa...
¿Quizá no me ofrece nada porque teme que lo rechace con reproches?, había pensado, tan de improviso como lo otro. ¿Quizá su seguridad ostentosa, esa manera de no escuchar, de no tomarme en serio, de mostrarme a la menor ocasión tan claramente su desdén, quizá todo eso no sea más que miedo a mí, y amor ofendido? También yo, sí, ¿no lo traicioné también yo cuando me fui «afuera», con los extraños? ¿Y no son mi vida y mis ideas un reproche constante para él? Confusamente empezó a vislumbrar que la forma que había dado a toda su vida tenía que ver, de un modo oscuro, con la relación con su hermano. Como un contrapunto que, entre muchas melodías y armonías, vuelve una y otra vez a hacerse oír... Sí, en todo lo que había hecho, querido, conseguido, siempre había estado en secreto la tensión: quizá esta vez... quizá esta vez llegue un eco de Heini... y se había criticado duramente por ello, y le había dado la razón a Karl, avergonzada y arrepentida, cuando él decía con clarividencia: «Líbrate de una vez de esa familia burguesa y no pienses más en ese esnob sin corazón...».
Quizá ahora todo fuera distinto. Habían cambiado ya tantas cosas en estos meses. No solo con Heini —ay, con él en realidad lo que menos—, porque su vaga comprensión del amor reprimido de él por ella, del amor reprimido de ella por él, había vuelto a desaparecer de su conciencia tan de repente como había surgido en ella unas semanas antes, y ni pensar en dejar que aquello, aunque solo fuera de lejos,
saliera alguna vez en una conversación... Pero habían cambiado tantas cosas.También la ciudad era tan distinta. Desde enfrente, hacía un rato, desde la otra orilla, había parecido que Malá Strana y el Hradschin seguían allí como siempre; pero al acercarse, todo había cambiado. Antes uno paseaba soñador y solitario por las callejas estrechas, por las plazas silenciosas; jubilados, parejas de enamorados, pintores y poetas formaban el escaso público del viejo barrio soñoliento. Ahora muchas calles tenían nombres nuevos; sobre las fachadas de muchos palacios barrocos lucían grandes letreros de oficinas del Estado o de legaciones; muchos coches aparcaban en las plazas o subían y bajaban deprisa por las callejas estrechas hacia el Castillo; en los patios del propio Castillo —antes por aquí no pasaba nadie, salvo de vez en cuando un grupo de escolares que venían, guiados por un maestro, a ver las maravillas de la sala Vladislav, de la capilla de San Wenceslao, de la tumba de Nepomuceno—, incluso en los patios del Castillo bullía ahora una vida atareada: aquí vivía el presidente, aquí estaba instalado un ministerio, hasta había una oficina de telégrafos, y delante de los muros grises de la catedral habían plantado, muy fuera de lugar, un obelisco de un blanco chillón... Y en cuanto uno atravesaba los patios y cruzaba el Puente del Polvo, empezaba un barrio completamente nuevo, desconocido, con casas modernas en calles anchas bordeadas de árboles.
También Heini vivía aquí, en una calle nueva, en una casa nueva. Heini ya no era Heini, era el señor consejero comercial Jindřich Ašpach (con ortografía checa), y suspirando Hanna llamó a la verja del jardín, lacada de blanco.
Había otro invitado, un gran industrial de provincias con aires de hombre de mundo y mentalidad progresista. Acababa de volver de Rusia y se mostraba sorprendido de todo lo nuevo, grandioso, movido a máquina, que había visto allí. La manifestación del Primero de Mayo en la Plaza Roja, decenas de miles de deportistas espléndidos, los tanques, los aviones: impresionante. A los invitados extranjeros los habían recibido y agasajado de maravilla; él, por su parte, se había traído para su empresa un pedido considerable de tubos.
Rosita había hecho servir el café solo en el jardín; las lilas florecían blancas y moradas, y se empezó a hablar del jardín, que Heinrich Aschbach había hecho rehacer hacía poco por un arquitecto paisajista inglés. Lo que hay en el mundo, pensó Hanna, hasta arquitectos paisajistas ingleses... «El país del futuro», había dicho el progresista gesticulando como hombre de mundo. ¿Qué iba a creerse uno ya? «Entonces... ¿en Rusia se puede comer de verdad en platos limpios?», había preguntado vacilante la hermosa cuñada. Y había tenido que dejarse explicar que no solo se había comido en platos limpios, sino, fíjense, incluso en platos de plata, en concreto en el Comisariado de Comercio Exterior, donde se había dado un banquete a la delegación de industriales de Occidente. Y junto a cada cubierto había un paquete bellamente envuelto, perfume ruso y caviar ruso, para las esposas que se habían quedado en el extranjero capitalista...
Heinrich Aschbach miró dubitativo a su hermana comunista. «El país del futuro», eso también lo había dicho ella siempre; pero ¿se podía creer? ¡Ahora se oía de una boca autorizada! En todo caso mencionó que, a través de su familia, tenía relaciones con la Unión Soviética. Pero Hanna no dijo nada. Estaba triste. Pensaba en el hambre heroica de las masas en tiempos del primer plan quinquenal, que había visto con sus propios ojos, comprendido, aprobado, y justificado con optimismo a su vuelta a Alemania. Ahora se estaba en el segundo plan quinquenal; las masas seguían pasando hambre heroicamente; los estajanovistas ya podían llegar a tener casitas unifamiliares con macetas de geranios en las ventanas si dejaban atrás en el ritmo de trabajo a los menos hábiles, a los menos rápidos. (¿No se había llamado a eso, en la agitación, durante bastante tiempo «destajo a muerte» y no se lo había denunciado como la peor explotación capitalista?) Y los grandes industriales extranjeros comían incluso en platos de plata y volvían, obsequiados con caviar y perfume, deshaciéndose en elogios, a sus patrias democráticas y atrasadas...
Muchas cosas habían cambiado, sentía Hanna; allá donde uno escuchara, en el mundo, dentro de sí, habían cambiado tantas cosas. Ya casi no se podía vivir sin dudas, y los argumentos de la prensa de la Komintern parecían a menudo tan forzados y burlescos con su invocación de la santa dialéctica como si fuera santa Cecilia o santa Magdalena. Más bien santa Magdalena, pensó con amarga diversión: había tanta penitencia y arrepentimiento por los pecados de juventud en las interpretaciones del Partido... Se tiraban tantas cosas por la borda.
No le gustaba pensarlo. Cuanto más tiempo estaba expuesta a la influencia lenta e imperceptible de la redacción de Svoboda, más desconfiaba de sus sentimientos. Cuanto más le gustaba estar allí, cuanto más en casa se sentía, cuanto más agradable contrastaba el tono desenfadado y curtido, de «a mí no me la dan», de los redactores burgueses —con el soñoliento y curtido Karlíček a la cabeza— con la jerga estereotipada y optimista del Partido, tanto más peligrosa para su claridad y su limpieza interiores le parecía la doble vida que había empezado a llevar. Había que estar muy en guardia, sobre todo frente a uno mismo; no podía dejarse pasar nada...
Mientras Rosita servía más café y el invitado sopesaba con su hermano las posibilidades de un empréstito democrático internacional para la Unión Soviética, Hanna pensó en que esta noche, después de bastante tiempo, tenía que cumplir de nuevo un pequeño encargo del Partido. No contaban mucho con ella, aunque nunca se negaba a ningún trabajo. Quizá desconfiaban de ella; cómo no, si ella misma ya casi desconfiaba de sí. Y lo que había podido hacer por el Partido en Svoboda era de verdad lamentable... Lo que pescaba de noticias y asuntos internos en la hora de la compaginación y con el café en el despacho del redactor de noche, cuando lo transmitía, ya se sabía, seguramente por Rýma. A los cajistas no tenía que organizarlos ni formar ninguna célula: eso ya lo habían hecho ellos mismos hacía tiempo, y hacía poco, cuando se trató de la paga del turno de noche, habían hecho incluso una huelga de dos días con éxito, lo cual no les impedía, eso sí, seguir prefiriendo colgar sobre sus puestos de trabajo estrellas de cine y figuras del boxeo antes que soldados del Ejército Rojo en marcha y la pícara cabeza caucásica de Lenin. ¿Quizá a Hanna no la habían mandado a Svoboda a «trabajar», además de su trabajo, sino a ponerla a prueba? Prueba... cuando uno oía a diario los análisis cínico-ingenuos de Karlíček y la palabrería untuosa del editorialista, ya no podía, la verdad, expresar la «línea» en lenguaje de Partido intachable; en cierto sentido era una perdición que precisamente
tuviera que trabajar en una redacción. Habría preferido pasar tablas a máquina en una agencia de seguros.Quizá todo eso no fueran más que pensamientos de primavera. Las lilas olían de un modo que partía el corazón, y esta mañana había andado unas tres horas; ya no estaba acostumbrada; qué lejos quedaban las caminatas con Karl por los montes de Baviera, a la Rote Wand para ver salir el sol, y el mismo día todavía al Wendelstein...
De pronto Hanna se sintió tan cansada y, sin saber bien por qué, tan abatida, que se despidió deprisa. Su hermano le dijo: «Has estado callada todo el rato... pensaba que este era precisamente un tema que te interesaba...». Pero ella solo sonrió y explicó que le dolía la cabeza.
Su hermano había querido darle una oportunidad, lo comprendió. No, desde luego, para lucirla a ella, a Hanna; más bien para hacer un pequeño negocio de ideas con su entusiasmo por Rusia. Sí, había desaprovechado una oportunidad. Apoyada por el gran comerciante amigo de los soviéticos, hoy habría podido triunfar sobre Heini: ¿ves?, nunca me lo quieres creer... ahí lo tienes, esa es mi Rusia, esos son mis camaradas. Pero ¿seguían siendo sus camaradas? ¿Seguía siendo su Rusia?
* * *
Capítulo 6
Soledad en los cafés de Praga — Karl lleva ya un año fuera — Los rusos son buenos diplomáticos — ¡No hagáis tanto aspaviento con la cuestión sexual! — Cita en un banco del parque municipal — Miedo al cuarto — Don José traiciona la bandera — También el camarada Rýma ha desertado — La política es un negocio sucio — La «vida propiamente dicha».
El forastero que llega a Praga se asombra de la infinidad de cafés y de que sean tan distintos de los cafés de Berlín, Roma o París. Solo en la plaza de Wenceslao hay unos treinta, todos espaciosos y grandes, y, a pesar de la mucha clientela, que empieza ya a mediodía y crece con fuerza después del cine o del teatro de la noche, siempre bastante silenciosos. La mayoría de la gente va al café a leer los periódicos y, mientras tanto o al margen, rumia en soledad sobre su café solo. Pero no solo los locales grandes y modernos de las calles principales están bien provistos de periódicos y revistas: también en los barrios de las afueras, también en las callejas laterales tranquilas, quien tenga ganas puede entrar en cualquier parte y pasarse dos horas solo, leyendo.
Hanna, mientras vivió de jovencita en casa de sus padres, apenas había ido a cafés; le causaban la misma impresión que a los forasteros. Qué curioso es que todos los praguenses vayan corriendo al café, y no solo los bohemios, los solitarios y las damas emprendedoras, no: también padres de familia y buenas amas de casa van corriendo al café, y no en familia, sino casi siempre por separado, a distintas horas del día, a distintos locales. Van para encontrarse con alguien. Pero eso no es más que el pretexto del motivo más hondo: los que vienen aquí no buscan en el fondo sino un marco sociable para su propia soledad. Los empuja hasta aquí un estado que la jerga estudiantil llama «miedo al cuarto», y que, por lo visto, en muchísimos praguenses es un estado permanente del alma. En un lugar donde muchas personas están sentadas juntas, rumiando sobre su café ya frío, con un periódico en la mano por encima del cual miran fijamente al vacío, el individuo olvida que es individuo, olvida durante una hora la soledad irredimible de ser hombre.
En el Continental, uno de los pocos cafés de lengua alemana, se apiñaban los emigrados. Su «miedo al cuarto» tenía un motivo todavía más duro, todavía más real: un malestar desolador los esperaba en el lugar que, sin pensarlo o con amarga ironía, llamaban «casa». En conversaciones ruidosas, de acento exageradamente marcado, mostraban una vehemencia y un interés por el tema del momento que inspiraban desconfianza a los clientes habituales de Praga: ¿por qué se pelean todo el rato estos alemanes del Reich? ¿No era el café un lugar de paz, creado por comprensivos dioses de la gran ciudad para que durante una hora pudiera uno escapar a la eterna discordia entre el yo y el yo?
Al principio de su emigración Hanna había ido a menudo al Continental; se había vuelto a encontrar con gente que conocía de Alemania, había conocido a otros nuevos, había discutido y discutido. Pero la vehemencia y el interés exacerbado por el tema del momento pronto le habían resultado penosos. Aquí, donde los alemanes del Reich se distinguían ya tan llamativamente de los de casa por su manera de hablar y el timbre de su voz, Hanna había cobrado dolorosa conciencia de lo poco que en el fondo pertenecía a ellos —ni a los unos ni tampoco a los otros—...
Al entrar, la saludaron desde muchas mesas y la invitaron con señas y voces a acercarse. Pero ella hizo que no con la cabeza y se sentó en un banco junto a la ventana. El jefe de camareros, Gustav, que sabía de memoria las preferencias de cada cliente, también las de quien solo había estado dos o tres veces, también las de quien reaparecía tras años de ausencia, le gritó al camarero: «¡Un café con leche dorado y un cruasán!», y puso ante Hanna Das Tage-Buch y Die Weltbühne. Pero ella no abrió las revistas: sacó del bolso la carta que le había entregado el portero hacía un rato, al salir de casa, es decir, de la casa extraña en la que vivía. No había querido leerla de pie en el vestíbulo; se la había metido en el bolso y durante todo el camino la había tenido sujeta con la mano dentro del bolso.
En el sobre estaba el sello del establecimiento penitenciario. La carta había tardado diez días de Plötzensee a Praga. Hanna limpió la hoja antes de leerla: cuántas manos irrespetuosas habrían pasado por encima; la vida es grotesca; cómo puede interponerse un uniforme con cruz gamada entre ella y Karl; nunca se puede entender, aunque se sepa... Y hace ya tanto tiempo que casi se ha acostumbrado uno y solo de vez en cuando se estremece todavía, con algún motivo; sin motivo ya no se estremece uno.
Karl escribe de cosas pequeñas; aprende francés con su compañero de celda —ahora es otro; ¿qué habrá sido del maestro?—. Ve ante la ventana
un abedul, solo la copa, pero aun así, es un abedul, eso está bien; le gustan tanto los abedules, su ramaje fantasmal de invierno, que en las noches de luna se recorta tan sobrenaturalmente delicado contra el cielo, sus ramas graciosas cuando en verano están cubiertas de hojas y hacen parecer todavía más blanca la corteza blanca y moteada, pero sobre todo los abedules de primavera, con su lluvia amarillo claro de hojitas diminutas; abedules muchachas los llamaba. Está bien que tenga un abedul. Está sano: eso está bien. Por lo demás, la carta no dice mucho, cosas pequeñas; de las grandes del mundo seguramente ya no sabe nada; hace un año que está lejos de ella, lejos del mundo; uniformes con cruces gamadas se interponen.También el marido de Luise lleva ya más de un año fuera. Ahí llega Luise, con su pelo pulcramente peinado con raya —va sin sombrero, como las chicas alemanas—, con su cara tranquila y agradable. No viene sola. Ha traído a Kurt. Kurt es un camarada al que soltaron del presidio hace poco y que pasó la frontera, y que aquí, como Hanna ya sabe, trabaja con mucho empeño. Va casi todas las semanas a Alemania como correo del Partido, una cosa muy dura. A muchos los cazan. Pero Kurt es sencillo e intrépido; los dos años de cárcel no lo han quebrantado; no quiere permiso del Partido, no quiere tomar aliento; tiene una cara ignorante y convencida, como Ernst, el que en su día pasó a Hanna al otro lado de la frontera, como muchos camaradas eficientes que hacen con empeño e intrepidez lo que el Partido pide, como los otros, los de la cruz gamada...
Qué pena que haya venido Kurt. Hoy a Hanna le habría gustado estar a solas con Luise. No solía comunicarle sus movimientos interiores, sus dudas, sus cavilaciones, su desánimo a menudo agobiante, menos todavía sus raros y repentinos arrebatos de júbilo, que ella misma encuentra incomprensibles y fuera de lugar. Pero hablar con Luise de cosas pequeñas y prosaicas, de cómo se tiñe uno un jersey para que no se destiña, o de los knödel de pan, que Luise —ahora tiene un puesto de jornada completa en casa de una viuda que trabaja— no acaba de saber preparar, a la viuda siempre le salen demasiado duros... esas son conversaciones buenas, sólidas: se ve cómo habría que agarrar la vida. Luise también tiene al marido en presidio, vive sola, como en un convento, igual que ella, desde hace más de un año, también recibe solo una carta cada cuatro semanas, y sin embargo se porta con tanta entereza.
Entonces llega Max corriendo con una gran noticia; la acaba de oír por la radio: la Unión Soviética ha firmado un pacto con Francia. En el acto todo queda absorbido; empieza un debate acalorado, en tono alto, de acento exageradamente marcado. Kurt está entusiasmado con la inteligencia de la diplomacia rusa, que se procura amigos y aliados en todas partes; pero Otto, que ha venido con Max, que nunca se quita la pipa inglesa de la boca, que es de Hamburgo y ya luchó en 1923, mueve la cabeza preocupado: ahora los camaradas franceses tendrán que votar el presupuesto militar, y los obreros no lo entenderán, y es una desgracia que el Partido tenga que hacer semejantes concesiones; con el ingreso en la Sociedad de Naciones —¡Lenin la llamó una banda de golfos!— empezó todo esto; a Max le parece una «cochinada», y Kurt murmura con retintín algo de «desviación ultraizquierdista»; Hanna no dice nada; Luise dice conciliadora: «¡Dejad ya de pelearos!», y mira como por casualidad a su alrededor por el café. Aquí andan toda clase de chivatos; hay que tener cuidado; lo pueden denunciar a uno a la policía, también lo pueden denunciar al Partido; no se sabe qué es más penoso.
A Hanna se le ocurre que las últimas veces que estuvo con Luise siempre aparecía Kurt, o había una cita con Kurt pendiente y Luise se iba antes de tiempo. Aunque eso se explica de la manera más natural —amistad rápida en la emigración; Kurt vive por casualidad en la misma manzana que Luise; quizá también hagan algo juntos para el Partido—, hoy a Hanna le resultaba de algún modo incómodo. Escuchaba cómo discutían los demás —la conversación ha dado un giro, ahora están en el arte proletario— y miraba a Luise y miraba a Kurt. ¿Por qué no? No conocía a Hans, que había sido dependiente en los almacenes Tietz y jefe de distrito del Partido en Wedding antes de desaparecer en el presidio de Luckau. Luise hablaba mucho de él, pero no tenía el don de describir: «es muy majo», decía de él, «un buen camarada». Sonaba frío; Luise era fría; era una proletaria, y entre ellos no se gastan muchas palabras sobre los sentimientos. Hanna conocía también la fotografía de Hans: mostraba una cara simpática con gafas, ya algo calva en las sienes; un buen camarada, claro... ¿Cree él que Luise tiene que vivir como una virgen mientras él pasa tres años fuera? En el caso contrario tampoco; quién hace tanto aspaviento con la cuestión sexual; si eso son tonterías burguesas.
Hanna se irrita, no sabe por qué. La vida sexual, la vida privada en general, no es tan importante; hay que tenerla en orden; cómo, da igual, pero en orden: no puede estorbar en las cosas más importantes. ¿Fidelidad conyugal? Eso arregladlo entre vosotros, dice el Partido; nosotros estamos más allá de la monogamia burguesa, y también del libertinaje de los burgueses, dice el Partido; da igual cómo lo hagáis, pero sed camaradas ordenados y fiables.
También Karl había defendido siempre ese punto de vista, en su consultorio de orientación sexual, en sus conferencias; también Hanna lo había defendido, naturalmente; aquello no tenía nada que ver con la moral, con la libertad o la falta de libertad; solo cobraba importancia cuando empezaba a estorbar, y entonces había que buscar caso por caso una solución, práctica, silenciosa, sin «represión» y sin «darse rienda suelta»; lo único importante era tener la cabeza despejada, ser un buen camarada.
Seguro que Hans pensaba lo mismo, Luise lo mismo; o, mejor dicho, Luise seguramente ni lo pensaba, con lo sencilla y natural que vivía. Quizá tenía una relación con Kurt, quizá no; imposible preguntárselo directamente. Pero tampoco hacía falta; no era nada emocionante; Luise lo hacía todo sin emoción; seguro que también en el amor.
Aun así, Hanna se sentía incómoda, y al final se alegró bastante de que la velada pasara sin quedarse a solas con Luise. Kurt se levantó y se despidió, y poco después Hanna vio que ella también tenía que irse. Todavía tenía algo que hacer.
Cruzó la plaza de Wenceslao; a esa hora estaba vacía; toda la gente estaba todavía en el cine; solo a las once empezaría a llenarse. Junto al Museo torció a la izquierda, entró en el oscuro parque municipal, en el paseo de arriba, y empezó a contar los bancos a partir del gran parterre de claveles: uno, dos, tres, cuatro. Se sentó. En la estación Wilson dieron las diez. Esperó.
Pasó un hombre con sombrero blando, se paseó arriba y abajo por el paseo, luego se sentó en su banco, pero en el otro extremo, jadeando. Al cabo de unos minutos dijo, volviéndose hacia ella: «¿Sabe usted por casualidad cuándo sale el tren de noche para Pilsen?». Era la contraseña convenida. Hanna sacó un sobre del compartimento interior de su bolso y se lo tendió. Estaba oscuro; no podía
ver al hombre. Él encendió otro cigarrillo; la cerilla llameó: era Kurt. También él la reconoció. Hanna se echó a reír.«¿No es esto más bien una broma de carnaval? Nos pasamos dos horas sentados a la misma mesa en el Conti y nos escabullimos para vernos como conspiradores en el oscuro parque municipal, con contraseña... si te podía haber dado la carta en el café, y tú podías haber acompañado a Luise a casa, que vivís en el mismo barrio...»
Kurt no lo entendía.
«Ya sabes, camarada, que los del trabajo exterior tenemos que ser especialmente prudentes... Además, no podíamos saber que nos íbamos a ver antes; yo ni siquiera sabía con quién tenía que encontrarme...»
«¡Claro! ¡Es verdad!» Hanna seguía riéndose. «Pero ¿no te parece de todos modos absurdo, quiero decir, cómico? ¡Como conspiradores en un melodrama de terror!»
Todavía mientras se reía, ya no le pareció solo cómico. También un poco inquietante. El instructor de la central, que les había comunicado a Hanna y a Kurt, a cada uno por separado, el lugar y la hora de la cita y la contraseña, podría haberle entregado él mismo la carta a Kurt. ¿Por qué la habían puesto a ella en medio? ¿Por darse importancia romántica? ¿Como simulacro de ilegalidad, para entrenarse para una futura ilegalidad de verdad? ¿O... para poner a prueba a Hanna? Era ya la segunda vez en el día que le venía esa sospecha. Pero no la expresó. Si tenía razón, Kurt podía ser precisamente el que tenía que ponerla a prueba.
«¿Y tú qué crees que significa esto?», preguntó con cautela.
«Yo no creo nada», contestó Kurt de mal humor. «Hago lo que me mandan y no me pongo a fantasear sobre el Partido. Aquí tenemos trabajo... si el Partido permite a uno irse a la emigración, aquí tiene que trabajar de firme...»
¿No lo había oído ya una vez? ¿Exactamente así? Sí, es verdad. Solo que entonces había sonado en sajón; ahora sonaba en turingio. No mucha diferencia. Y contestó como había contestado entonces:
«Descuida, camarada. Dondequiera que estemos, es terreno revolucionario, dice Marx. Incluso en el oscuro parque municipal, en el cuarto banco», añadió. Quería sonar en broma, pero le salió algo melancólico. Ya no tenía la alegre seguridad con que, hacía meses, en la cresta otoñal de los Montes Metálicos, había contestado a la advertencia de maestro de escuela, aunque, ay, tan justa, de Ernst.
Kurt se levantó, dijo «Frente Rojo» y se marchó sin darle la mano.
También Hanna se levantó y se fue. ¿Adónde? ¿A casa? No había casa. Se le encogía el ánimo al pensar en su cuarto solitario. Allí no vivían recuerdos ni esperanzas. Era un lugar sin vida, a pesar de sus limpios muebles de acero y de la cortina alegre a través de la cual entraba el resplandor rojizo de los anuncios luminosos. No, allí no, todavía no. Pero ¿adónde? Los emigrados... extraños como ella, cuya falta de patria sumada, en muchos dialectos, no hacía más que reforzar la sensación de extrañeza. Además, a los que había que ver ya los había visto. ¿Otra vez al Continental? Hoy ya había ido dos veces al café; andaba justa de dinero. Los camaradas checos... a esta hora quizá en el pequeño café al que por lo menos Jarmila, Franta y Ladislav iban todos los días. Pero quedaba apartado, cerca de la casa del Partido; no quería desviarse tanto del camino. ¿A quién más conocía en Praga a quien pudiera buscar y encontrar a esta hora? ¡Ay, ya a nadie!
«También la tierra natal es tierra extraña», pensó, variando sin darse cuenta la cita de Marx que acababa de usar. Sus viejos amigos de juventud... los había encontrado alguna vez por la calle, había aceptado incluso una o dos invitaciones. Pero en medio había diecisiete años de Alemania y toda la evolución de su vida. Había llegado muy lejos de las muchachas y los jóvenes estetas y anhelantes de antaño; las amigas se habían convertido desde entonces en madres prácticas o en damas elegantes; los amigos eran empleados de banca, abogados, comerciantes, y en lugar del Květen24 y de Die Aktion de entonces leían ahora Svoboda...
A Svoboda sí puedo ir, se le ocurrió a Hanna, y de pronto se alegró. La compaginación y la hora de charla habían pasado; el reloj de la esquina de la plaza de Wenceslao con la Vodičkova marcaba las diez y media, pero Bílek todavía estaría allí, y Olly, y uno de los dos redactores de economía; Rýma, sí, Rýma estaría, se turnaba con Veverka, y Hanna recordó que ayer había visto a Veverka. Quizá se presentara la ocasión de hablar con Rýma de todas estas cosas raras. No sabía bien qué le parecía más raro: la alianza de la Unión Soviética con Francia, la conspiración en el banco del parque, la oficiosa falta de importancia de la vida privada, y sobre todo de la sexual, según el Partido, los platos de plata del Comisariado de Comercio Exterior, o que el invitado industrial de su hermano hubiera llamado a Rusia el país del futuro.
Cuando entró en la casa de Svoboda, salían del patio los últimos camiones, cargados hasta arriba de montones de periódicos atados, y el jefe de expedición, terminado el trabajo, entregaba la llave de su armario al portero. A través de la pared de cristal del fondo del patio se veía a las empaquetadoras sentadas; ahora tenían descanso hasta que saliera la segunda edición, a la una de la madrugada.
Hanna subió la escalera y llamó a la puerta de Bílek. El redactor de noche se había tumbado en el sofá y escuchaba la retransmisión de una ópera. Por el altavoz salía una maravillosa voz de tenor. Sin palabras, Bílek señaló el hornillo de alcohol; Hanna hizo que no con la cabeza, sonriendo. Qué en casa se sentía uno aquí enseguida. Se sentó y escuchó.
«¿Por qué, ta-ta, quiso el destino que aparecieras ante mis ojos...?» Hanna tarareaba; cuánto tiempo hacía que no oía Carmen. ¿Adónde había ido a parar la música en su vida? No había tenido sitio para ella. El piano —era todavía el viejo piano de la casa de sus padres, en el que había aporreado a cuatro manos con su padre las oberturas de La dama blanca y de Zar y carpintero— solo se había abierto en contadas fiestas. La música era el único punto en el que nunca había podido entenderse con Karl. Hanna quería preservar la música de toda interpretación racional; Karl analizaba, como todo lo demás, también a sus dioses —Bach, Beethoven, Mahler— desde un punto de vista sociológico-histórico. Hanna lo sentía como una incursión de saqueo en tierra santa. La música era para ella hundirse, disolverse, sumergirse, peligro, enfermedad, voluptuosidad. No sabía nombrarlo así, pero Karl lo notaba y decía, medio tierno, medio amargo: «Tú te regodeas...».
Al principio hubo peleas violentas. Karl, que no entendía mucho de música, había ido a buscar su
historia marxista de la música y no había sabido exponerla más que de forma esquemática; Hanna, que por lo demás coincidía tanto con él en la consideración y la valoración de todas las cosas y de todos los sucesos, había defendido lo irracional de la música con ardor, casi con saña, como si se tratara de una pasión, y había tenido la vaga sensación de engañar a Karl con Bach, con Beethoven, con Mozart, a veces incluso con Wagner. «Enemistad musical», lo llamaban riendo cuando se volvía a cerrar el piano. Y a medida que pasaban los años, había estado cerrado épocas cada vez más largas, y al final solo se abría de tarde en tarde para acompañar unos cuantos *lieder* de Schubert o, al final, para teclear la *Ópera de cuatro cuartos*, que Karl declaraba la expresión más pura de la época.Ahora el piano ya no estaba, definitivamente... ¿adónde había ido? ¿Con los muebles, los libros, todos sus bienes, en algún desván de la policía de Halle o —más probablemente— en la sala buena de algún jefecillo de las SA? Hoy, por primera vez, Hanna sintió oscuramente que allí donde antes había estado la música había —desde hacía mucho— un agujero en su vida, y en el agujero se precipitaban, no, bailaban ahora los sonidos de la radio. Y bajo este canto seductor, danza de la música, desarman al bajo que se ha interpuesto en el camino del tenor... «Mi oficial, ta-ta-ta, mi oficial, ta-ta-ta, el amor os juega en verdad una mala pasada...». Y Don José abandona la bandera, ha perdido el honor, ya no puede volver, tiene que irse con los contrabandistas... Un aplauso atronador. «Radio Milano-Roma-Napoli», dijo la voz del altavoz, y anunció una pausa de media hora.
Entró Veverka, le dio la mano a Hanna y se echó café en uno de los tazones sin asa.
«Si ya está frío del todo», observó Bílek, soñoliento, desde el sofá.
Hanna se arrancó de su hipnosis, se levantó y encendió el hornillo: «Traiga, que lo hago nuevo». Ya lo había hecho varias veces últimamente, cuando Olly, la de los ojos rasgados, que trabajaba de telefonista en el periódico, estaba ocupada. Mientras removía el poso y el azúcar en el cacillo turco, se acordó de que esperaba encontrar a Rýma.
«¿Cómo es que está usted aquí hoy?», preguntó. «¿No le toca hoy a Rýma?»
«¿Rýma?», contestó Veverka extrañado. «Pero ¿es que no sabe nada?»
Qué pasa, Dios mío, la atravesó a Hanna, ¿no lo habrán detenido? Le caía bien el colega; era tan natural y desenvuelto, listo, servicial. Y además un marxista excelente y un hábil trabajador del Partido. Su porte aristocrático hacía sospechar cualquier cosa antes que que fuera un comunista activo; servía muy bien para su papel.
«¿Qué pasa?», dijo en voz alta, intentando calcular cuándo había hablado con Rýma por última vez.
«A Rýma esto le ha parecido demasiado tibio», observó Bílek lacónico. «No solo el café, quiero decir: todo, todo el periódico le parecía demasiado tibio. Se ha pasado al Polední List;25 allí la cosa está más caliente... Ayer le puso al jefe ante un hecho consumado...»
Hanna se quedó sin habla. ¿Rýma, en el periódico fascista? Pero si eso... ¡eso solo podía ser un encargo del Partido!
«Siempre se ha tratado con la gente de Gajda»,26 contó Veverka. «Además, allí es redactor jefe adjunto y, con sus contactos, puede llegar a jefe.»
Hanna no entendía. Lo que más le habría gustado era irse en el acto a buscar a algún camarada informado. Pero ¿a quién? Muy pocos de los que trataba conocían a Rýma, que por su posición y su tarea apenas se había movido en los círculos del Partido, y a la central no podía ir así sin más a preguntar; además, ahora, a las once de la noche, ya no quedaba nadie. Estaba confusa e inquieta. Este día de primavera había estado desde el principio tan lleno de sucesos y pensamientos inesperados; quizá era el tiempo, pensó; qué tontería, cómo va a ser el tiempo. Pero hay algo en el aire...
En el aire estaban los sonidos del intermezzo antes del acto siguiente: Bílek había vuelto a encender la radio. Se oía a los contrabandistas españoles avanzar trotando por la sierra, y Hanna pensó en Kurt, que cruzaba intrépido la frontera como correo, y se sintió incómoda, quizá porque al mismo tiempo pensaba en la sencilla Luise y en su Hans, preso en el presidio de Luckau.
La puerta se abrió deprisa y entró el doctor Svoboda. Hanna no supo enseguida que era él. Hasta ahora siempre lo había visto con su blusa rusa, sobre la que su cara amarillo oliva parecía tan extraña, tan poco europea. Hoy llevaba un gabán claro de verano y un sombrero de fieltro blando. Un señor desconocido de la calle, sintió, y se turbó.
«¿Han compuesto ya el segundo editorial?», le preguntó a Bílek. «Mandura me ha llamado al Boulevard y me ha pedido que todavía le eche un vistazo. Es muy importante para nosotros.»
Bílek se levantó del sofá, telefoneó a la imprenta; el regente Slavíček trajo la prueba húmeda.
«Si las cartas te anuncian una amarga desgracia... en vano las barajarás», cantaba Carmen con su contralto trágico por el altavoz. «Cuantas veces preguntes, hallarás la misma respuesta...»
«¡Magnífico! ¿Quién canta? ¿La Scala de Milán? ¡Naturalmente!», dijo el jefe, y, con la hoja húmeda en una mano y el cigarrillo en la otra, se quedó mirando ensimismado al frente. «“Todo lo divino anda con pies ligeros”, dice Nietzsche de Carmen», dijo a media voz, como para sí, y tarareó el aria hasta «para siempre la muerte». Sus ojos estrechos y penetrantes se habían vuelto muy abiertos y vagos.
«Tú te regodeas...», oyó Hanna decir a Karl, tierno y amargo. No sabía a quién tenía delante, a Karl o al señor desconocido que había tirado el sombrero y el gabán en el sofá y estaba sentado frente a ella, con un traje gris claro, las piernas cruzadas. Solo entonces pareció darse cuenta de su presencia. La saludó con los ojos. Ahora era una figura familiar en el despacho de Bílek, en la compaginación; en Svoboda solo se daba la mano para saludar a los desconocidos. Hanna le hizo una seña con la cabeza.
«¡Señor Veverka, teléfono! Se lo paso a la cabina cuatro», gritó alguien desde el cuarto de al lado, y el redactor de economía salió deprisa.
El jefe leía el editorial. En ocasiones extraordinarias, de las que la radio había informado solo a última hora, se escribía de nuevo para la segunda edición.
«Mandura no estaba seguro de cuál es nuestra postura ante la alianza ruso-francesa», le dijo a Bílek.
«Favorable, naturalmente, ¿no?», dijo Bílek en tono interrogativo. «¿Un paso hacia la democracia? ¿Y de la mayor importancia también para nuestra República?» Como todos, también él estaba
menos seguro de sí y era más respetuoso ante el jefe. ¿Por qué, en realidad?, pensó Hanna. El jefe no faltaba ninguna noche a la compaginación en la imprenta y dirigía el engranaje con palabras y gestos callados y discretos. Parecía ser el general en jefe del periódico... pero los generales no sirven para nada en ninguna parte...Había notado en él poco interés por los sucesos del día, y las conversaciones que había tenido con él, entre medias durante la compaginación y luego en la pausa de media hora con el café, no habían tratado de cosas del día. Le había pedido ver los pequeños trabajos que ella escribía para el suplemento del domingo y presentaba como recortes de periódicos extranjeros; había hablado con ella de sutilezas del lenguaje, del trasfondo de las palabras y de los signos, nunca de la vida real, nunca de política. ¿Podía ser que él, sin que se viera y con discreción, trazara la línea del periódico, del periódico que sus camaradas llamaban tan vergonzosamente periodicucho capitalista de putas, del periódico que a Rýma le había parecido demasiado tibio? Tenía curiosidad por saber qué diría del pacto con los rusos; ella misma no sabía con certeza qué había que decir. La media pregunta de Bílek seguía flotando en el aire.
«Bah, toda política es un negocio así de sucio», contestó él con un gesto de la mano, como si quisiera borrar algo. «Un esteta», pensó Hanna; lo pensó con ternura y con amargura.
Desde la imprenta reclamaron por teléfono al redactor de noche. Hanna hojeaba indecisa la primera edición. La alianza ruso-francesa solo se daba como parte de radio sin comentario; la noticia era aún demasiado reciente.
En Milán, Escamillo y Don José se habían enzarzado en un agitado dúo. Hanna escuchaba y notó que se había quedado a solas con el jefe. Él dejó el editorial y se recostó en su silla.
«¡Ah, qué maravilla!», suspiró, y luego, de pronto, a Hanna: «¡De tanta realidad se pierde uno la vida propiamente dicha!». Sonó como una queja, aunque pretendía ser una broma.
«¿Y qué es la vida propiamente dicha?», preguntó Hanna, y notó que se ponía colorada. «¿No está en la realidad?»
«Quizá... si uno la busca, quizá podría encontrarla también en la realidad», dijo él despacio. «Pero para eso habría que ser libre, no tener todas estas obligaciones; y si uno no busca... lo que llega así, sin más, dando tumbos, es tan cursi y tan absurdo y tan tonto. ¡Lleva usted un vestido nuevo!», añadió de improviso.
«Pues eso también es algo real», sonrió Hanna; de pronto se alegró.
«¡Carmen es una de las cosas más hermosas del mundo!», confesó el jefe sin venir a cuento. «¿Se acuerda del capítulo de La montaña mágica en que Hans Castorp pone los discos? Al final del todo, cuando ya está completamente solo, pone el gramófono...»
Hanna se acordaba del capítulo. «¿Y se acuerda de lo que dice allí de Schubert, del Tilo?», preguntó a su vez. «Con esa canción habría podido trastornar el mundo; genio no le faltaba, solo un poco de talento... Ya no me acuerdo de cómo dice el pasaje...» Svoboda asintió en silencio. Callaron, de acuerdo, y escucharon.
Ni Bílek ni Veverka habían vuelto.
«¿Oye usted mucha música, por cierto?», preguntó el hombre.
«Llevo tantos años sin oír música», confesó ella; sonó como la confesión de una culpa. Él pareció muy asombrado.
«¿Sin oír música?», preguntó incrédulo. «¿Cómo es posible? ¡Yo no puedo vivir sin música! ¿Sabe lo que hago ahora cuando llegue a casa?» Se inclinó hacia delante, como si tuviera que confesarle algo íntimo. «Pongo el gramófono y me paso hasta las cuatro de la mañana poniendo discos...» Se rio como un chico que ha fumado a escondidas, cohibido y un poco orgulloso.
«Antes yo tocaba mucho», dijo Hanna despacio, como si tuviera que subir trabajosamente las palabras desde alguna profundidad. «Pero luego ya no... Era demasiado para mí», concluyó de pronto; el jefe la miró y asintió, como si una frase tan enigmática le resultara comprensible sin más.
«¿Y usted?», dijo Hanna, otra vez en tono de charla. «¿Así que se pasa media noche poniendo el gramófono? ¿Por qué el gramófono? ¿Música mecánica? ¿Por qué no de verdad, hecha por uno mismo? ¿No toca ningún instrumento?»
Ahora era el hombre el que parecía sacar algo de profundidades ocultas. «Antes tocaba el violín... e incluso bien», dijo. «Pero... luego se me cruzó algo.» Cortó la frase con un breve suspiro.
Con una orgullosa marcha triunfal Carmen se fue con el torero a la plaza; un aplauso frenético siguió al final del acto; el locutor proclamó: «Radio Milano-Roma-Napoli».
«¿Cuál es su nombre de pila?», preguntó Hanna de improviso.
Pero el jefe no pudo contestar, porque el redactor de noche abrió la puerta de golpe y le pidió que bajara a la imprenta.
Capítulo 7
Controversias sobre la leche — Hay que leer la sección de anuncios — ¡Todo se llama Svoboda! — Pero uno se llama Anatol — Impresionismo en la música francesa — El trato con burgueses corrompe.
«El artículo sobre el asunto de la leche es tuyo, ¿no?», preguntó Hanna por encima de la mesa; estrechó la mano a todos y se sentó junto a Jarmila en el banco bajo la ventana. «Me ha gustado mucho.»
Aquel a quien se había dirigido solo asintió, parpadeó detrás de las gafas de concha con unos ojos azul pálido y soñolientos, y dijo: «¡Pues ya ves!».
En el pequeño café de Karlín27 se reunía cierto número de camaradas, intelectuales casi todos, relacionados de un modo u otro con Rudé Právo28 o con los demás periódicos y revistas controlados por el Partido. Hanna había entrado en el círculo de la mano de Jarmila. La menuda Jarmila, de rizos oscuros, era una vieja conocida del Gymnasium femenino «Minerva». Las dos mujeres se habían encontrado en una asamblea, se habían reconocido, y había empezado una amistad bastante agradable. Pero a la atareada reportera gráfica Hanna casi solo la veía los domingos por la noche en el café.
A Hanna le gustaba ir allí. Allí se podía hablar con franqueza, sin tener que ocultar que se era del Partido, como en Svoboda, y sin hablar la jerga de papel del Partido, como en el albergue de refugiados, en el Continental en las mesas de los emigrados, en las raras reuniones en la central checa. Ser del Partido era allí lo natural, y las críticas suaves no se acogían frunciendo el ceño con desconfianza, sino con carcajadas. Las cuestiones nacionales, que en el resto de Praga envenenaban la vida por todas partes, tampoco existían allí. Había cierto nivel intelectual; la gente venía casi toda de casas burguesas, había hecho el bachillerato o también la universidad. Los domingos por la noche —¡qué duros eran los domingos en la patria que se había vuelto extraña! Especialmente duros, porque no había Svoboda—, Hanna había sentido allí, últimamente, algo así como estar en casa.
Ladislav, a quien Hanna se había dirigido por su artículo, en realidad no se parecía tan poco a Karlíček Lozák, se dio cuenta. La misma manera de no tomarse nada en serio, de hablar con dobles sentidos; detrás había, aquí como allí, talento y competencia. Karlíček podría haber estado igual de bien en Rudé Právo, y Ladislav en Svoboda. Quién sabe qué azar de la vida había decidido que uno estuviera allí y el otro aquí, enzarzados en ese momento en una violenta polémica de prensa. Por parte de Svoboda, eso sí, Karlíček solo la dirigía de forma indirecta, y la autoría de Ladislav de los artículos, a la vez llameantes e irónicos, sobre el «asunto» también la conocían pocos.
En ese momento todos estaban ocupados con el «asunto», también Hanna, aunque no sabía mucho más de lo que ponían los periódicos. Lo que estaba pasando era lo siguiente:
El gobierno había dejado saber, de manera todavía imprecisa, que el abastecimiento de leche de la República iba a asentarse sobre una base nueva. Al principio parecía una medida sanitaria, motivada directamente por la acumulación de enfermedades de un tipo raro que la oficina de salud, por un lado, y la prensa de izquierdas, por otro, atribuían a la anarquía del comercio de la leche.
Ya se habían dictado varios decretos para someter la leche a un control más estricto y para descubrir con más frecuencia y castigar con más severidad los frecuentes sobornos en la oficina de salud. Hasta entonces todo había ocurrido con el aplauso del órgano comunista, mientras que Svoboda —como los demás periódicos liberales— celebraba, sí, que se pusiera fin a los abusos, pero no quería pagarlo con «injerencias en la libertad de mercado» y «tutela de los ciudadanos».
Pero desde hacía unos días el viento había cambiado. Se decía que el gobierno pensaba firmar contratos a largo plazo con ciertos grupos de proveedores de leche para abastecer de forma planificada e higiénica los cuarteles, hospitales, sanatorios, comedores escolares y empresas del Estado. Como parte contratante se mencionaba oficiosamente el consorcio «Melka», en el que se habían unido una media docena de las centrales lecheras más poderosas. Quien se llevara el enorme encargo —el gobierno no regateaba dos héller por litro, y con los unos doscientos mil litros que había que suministrar a diario, eso suponía de todos modos 4000 coronas diarias de ganancia extra— podría, naturalmente, hundir también en el mercado libre a todos los pequeños comerciantes que recibían su leche de los pueblos, y a los propios campesinos, que todas las mañanas venían en gran número a las ciudades con sus carritos llenos de leche sin pasteurizar ni esterilizar.
Pues bien, mientras que hasta entonces los periódicos burgueses habían escrito sobre la libre competencia y el patriarcalismo indeseable, y los comunistas, en cambio, se habían entusiasmado por la racionalización y la economía planificada, la protección de la salud del pueblo y la lucha contra los adulteradores de leche sin escrúpulos, ahora parecían haberse intercambiado los papeles: la prensa liberal se entusiasmaba con cautela por la idea de la concentración y los encargos del Estado, y Rudé Právo, en cambio, y sus ediciones locales checas, alemanas y eslovacas de provincias empezaron a tronar contra la economía de monopolio y la ruina de la gente sencilla.
Franta, un joven dibujante, había descolgado el periódico del Partido del gancho y leía el artículo que Hanna había mencionado al llegar.
«Muy instructivo, el análisis de las capas sociales en la industria lechera», observó. «Pero la última frase no la entiendo, Láďa, aparte de que de pronto se pone tan solemne después de columna y media de fría frente pensante...» Y leyó en un tono ligeramente paródico:
«Mientras en los tubos de las ordeñadoras del koljós modelo “Octubre Rojo” la leche corre como la sangre impetuosa por las venas de los campesinos soviéticos que construyen el socialismo en su país, la leche que fluye por los tubos, exteriormente iguales, de las ordeñadoras americanas, exteriormente iguales, del consorcio “Melka” recuerda el último borbotón de la savia vital en un cuerpo arteriosclerótico. A este cadáver destinado a una pronta ruina le dará el golpe de gracia el proletariado checo en cuanto los proveedores de leche del hinterland urbano, todavía de mentalidad pequeñoburguesa, hayan comprendido su misión de clase...»
Al oírlo leer así en voz alta, de pronto a Hanna ya no le pareció tan bueno. Comparado con la cháchara pausada de abuelo del editorial de Mandura en Svoboda, el patetismo del camarada le había parecido hacía un rato todavía vigoroso y enérgico.
Ahora se avergonzó un poquito.«¿Me quieres decir en qué se diferencian los tubos exteriormente iguales de las ordeñadoras exteriormente iguales de aquí y de la URSS?», preguntó Franta. «Las ordeñadoras y los tubos, me parece a mí, no tienen interioridad, ¿no?»
«Es que tú no entiendes nada de dialéctica», contestó Ladislav con flema, y por el tono no se sabía bien si había dicho la palabra dialéctica con comillas o sin ellas.
«Pero es que los pequeños productores no pueden competir con las grandes centrales lecheras», objetó Hanna. «¿Vamos a defender una leche peor y más cara por unos cuantos miles de lecheros —tú mismo escribes que todavía son reaccionarios—? ¡Si al final los que pagan el pato son otra vez los proletarios!»
Por toda respuesta, Ladislav le quitó de la mano al joven dibujante el Rudé Právo, pasó unas cuantas páginas y le puso el periódico delante a Hanna.
«Es que tú no lees la sección de anuncios», dijo con su voz cansina. «Así no vas a sacar nada en claro en Svoboda, ni con nosotros tampoco.» Otra vez ese parpadeo soñoliento y arrogante, como Karlíček... La mirada de Hanna cayó sobre un anuncio a toda página:
«Cooperativa de Consumo y Producción “Svoboda”», leyó, con una lista de direcciones de los puntos de venta en Praga, Brno, Bratislava y Košice. Las ventajas del sistema cooperativo como fase previa del socialismo y como ayuda para el presupuesto doméstico proletario se exponían con palabras elocuentes —¿desde cuándo son aquí las cooperativas una fase previa del socialismo?, se asombró Hanna; ¿no eran antes el baluarte de la reacción disfrazada de progresismo?—. Y debajo se leía:
«¡Obrero, si quieres para tus hijos leche barata e higiénicamente impecable, hazte socio de la Cooperativa de Consumo “Svoboda”! ¡Pequeño campesino y lechero, si no quieres ver cómo la gran capitalista “Melka” socava tu existencia, únete a la Cooperativa de Producción “Svoboda”, sección de productos lácteos!»
«¡Ajá!», dijo Franta, que por lo visto estaba más versado que Hanna en la lectura de anuncios. Hanna no preguntó más. Se puso a pensar en que el nombre Svoboda adquiría ya un tercer significado en su vida. Aquí al menos no tenía que pensar en el nombre de pila.
Anatol. ¿Tendría él algo que ver con la sección de anuncios de Svoboda, de su Svoboda, de la de ella? ¿Se habría preocupado alguna vez de la relación entre la parte de redacción y los anuncios? Si para él la política era un negocio sucio. Del asunto de la leche seguro que entendía todavía menos que ella. Y ella... ¿no era de verdad incapaz de trabajar para el Partido si ni siquiera sabía que lo más revelador sobre la tendencia de un periódico no se encontraba en el editorial, sino en la sección de anuncios? De pronto todo le pareció sucio, incluida la leche esterilizada del koljós modelo «Octubre Rojo», incluida ella misma, a quien con la palabra «libertad» no se le ocurría nada más que el nombre de pila Anatol.
Lo sabía desde anteayer.
Todo había transcurrido como siempre. Había leído periódicos en el gran despacho central, había traducido un poco, había dejado sus recortes en la mesa de Karlíček y luego había bajado a la compaginación, a la imprenta. Una hora del engranaje de costumbre, el tableteo de las linotipias, el traqueteo rítmico de la rotativa, el zumbido del montacargas que baja las páginas atadas a la estereotipia, las peleas por el sitio en la página, por el cuerpo de letra de los titulares, entre medias jirones de conversación con redactores, con cajistas... ya no estaba desconcertada y sola junto a las «galeras de reserva»; conocía ya muchos de los pequeños secretos del oficio, entendía alusiones y frases dichas a medias —el jefe, oscuro y estrecho en su blusa rusa, como director discreto y —según creía notar cada día más— en el fondo desinteresado del barullo, armonizando con gestos hermosos y vivos el revoltijo de voces y ruidos—. Luego, cuando la primera página —en realidad la última— está lista, van saliendo uno tras otro; algunos se van, tras sus preocupaciones y diversiones privadas, pero la mayoría se queda todavía en el despacho de Bílek, toman café, escuchan un poco la radio, charlan un poco, se sienten a gusto en el relajamiento común después del esfuerzo realizado en común, forman algo así como una comunidad, aunque en realidad tienen tan poco en común: eso es distinto que en el Partido, donde a los colaboradores los mantiene unidos una convicción; los redactores de Svoboda no necesitan tener convicciones. Distinta es su vida privada, distintos sus gozos y sus penas, su saber y su querer; dentro de media hora cada uno desaparecerá en algún lugar de la Praga nocturna con su primera edición húmeda en el bolsillo de la chaqueta, pero hasta entonces forman parte de lo mismo. Y Hanna formaba parte y se alegraba de formar parte, aunque, como se decía con sobriedad, era una pertenencia bastante inconsistente.
Pensó en la noche de anteayer. Svoboda, como de costumbre, como todos los que entraban y salían de allí, había dejado la habitación con un breve «Buenas noches» y sin dar la mano a nadie; pero cuando Hanna, cinco minutos después, se abría paso entre los camiones que salían hacia los trenes, lo había alcanzado junto a la portería. Pasó a su lado con un saludo callado y salió a la calle; él fue tras ella:
«¿Adónde va? ...Si le parece bien, la acompaño un trecho.»
Un señor desconocido con un gabán claro y un sombrero de fieltro blando, con la primera edición todavía húmeda bajo el brazo, iba a su lado y en los cruces la cogía solícito del codo. Qué curioso lo distinta que es una persona en la calle y en una casa. Sus pasos casan; quizá él acomoda los suyos a los de ella; ella no puede saberlo, no sabe cómo anda él por la calle, y ahora tampoco puede verlo, está demasiado cerca; solo puede sentir que van al mismo paso, y que eso está bien.
Él no dice nada y ella tampoco. Está de buen humor y no piensa en nada, ni siquiera en lo que siente: esa ligereza natural de ir uno al lado del otro. Luego él empieza: le han dado un libro, uno francés; por desgracia no puede leerlo; humanismo, claro, él aprecia las lenguas antiguas, pero de qué le sirven los verbos en -mi; el libro
le gustaría conocerlo; y se retuerce y da vueltas, un poco torpe, hasta que Hanna se ofrece: «Lo traduzco con mucho gusto, o hago extractos, si me dice usted qué le interesa especialmente...».Él le está enormemente agradecido; extractos... no, es solo un folleto, un ensayo sobre el impresionismo en la música francesa; si tuviera tiempo...? Pero ¿quizá es una molestia?
No, no, que traiga mañana el libro; ahora mismo no tiene mucho que hacer; le hace ilusión. Pero —y ahora él se retuerce y da vueltas todavía más y va tan preocupado que casi los atropella un coche, porque tampoco Hanna presta atención a las señales de tráfico— bueno, en pocas palabras: quiere pagarle el trabajo.
De pronto la alegría de Hanna se ha esfumado, y en su cabeza, que se había vuelto ligera, se agolpan de todas partes los pensamientos. Quiere decir que no; algo se rebela en ella contra aceptar dinero de este hombre, contra hablar siquiera de dinero, ahora que está a solas con él por primera vez... pero, al fin y al cabo, ¿qué tiene ella que ver con este hombre? Cien veces ha intentado ganarse unas coronas de más, en vano, y ahora que se presenta una ocasión, se hace la remilgada, como si todavía tuviera dinero en el banco, como antes, y diez clases de trabajo posibles, como antes. Como si no fuera una pobre emigrada que nunca más ni en ningún sitio encontrará una existencia en regla, como si no tuviera al marido en presidio, que, cuando salga dentro de año y medio, tendrá que reponerse; y cuando llega hasta ahí en sus pensamientos rápidos y confusos, dice, algo insegura y algo desafiante: «¿Le parece bien una corona por página?». Y le parece que con eso ha puesto una espada entre ella y el hombre desconocido, y alarga el paso con sus piernas largas y rápidas; de pronto ya no van al mismo paso.
Al hombre, naturalmente, le parece demasiado barato, pero ella le pide, casi enfadada, que no hablen más de eso; entretanto han llegado al Teatro Nacional, se detienen en el muelle y, sin ponerse de acuerdo, se apoyan en la barandilla y miran al otro lado, al Hradschin, que yace como en un cuento bajo la luna llena.
Miran por encima del río —Dios, qué bonito es—, Dios, qué bonita es Praga, la ciudad más bonita del mundo. Él le pregunta en qué países ha vivido; ella le habla de Italia, de [¿Noruega?], de Holanda. De Alemania callan, en preguntas y respuestas, como si se hubieran puesto de acuerdo. Él escucha bien y con atención, y ya van por segunda vez del café Slavia al puente de Carlos, ida y vuelta, ida y vuelta... ¿Rusia? Sí, también ha estado en Rusia. Al contarlo, de pronto ha olvidado todos los reparos y las dudas dolorosas que en los últimos meses la han atormentado tantas veces y cada vez con más fuerza; habla como hablaba entonces, cuando volvió de Moscú en 1931; el corazón se le abre, no, ya está abierto; la luna llena brilla dentro, ancha y verde. El hombre escucha atento, con sus ojos estrechos y penetrantes puestos en la boca de ella, y no deja ver en absoluto lo que él, por su parte, sabe y piensa del «país del futuro».
Él, confiesa, nunca ha pasado de Viena; solo en la guerra, a los Cárpatos, pero esos ya los conocía de tiempos mejores; de niño estuvo mucho en Hungría; su madre era húngara. De ahí la cara de extranjero, comprende Hanna. Se crio en Bratislava; más tarde se trasladaron a Brno; sus hermanos siguen viviendo todos allí.
Hanna cuenta que también ella viene de un matrimonio de lenguas mezcladas, y los dos opinan que eso hace que uno sea distinto de los demás, y se ríen un poco, porque es infantil que personas tan adultas se encuentren distintas de los demás. Y entonces él había dicho de pronto:
«Ayer me preguntó usted mi nombre de pila... Me llamo Anatol. Porque mi padre quería llamarme como su padre, Vítězslav, y mi madre como el otro abuelo, Elemér. Así que salió Anatol, que no es ni checo ni húngaro.»
Y Hanna había dicho «gracias», como si le hubiera hecho un regalo.
«¿Y qué dicen en Svoboda de Rýma?», preguntó Jarmila, metiéndose en sus recuerdos.
Por desgracia, ya era seguro que Rýma era un canalla y que se había vendido de verdad a los fascistas. En el Polední List había hoy —tres días después de que Rýma entrara en la redacción— un artículo excelente con alusiones claras a asuntos internos del Partido que nadie más allí podía saber. La suposición bienintencionada de que había ido al Polední List como confidente del Partido, igual que dos años antes a Svoboda, ya no podía sostenerse. Su traición estaba probada.
«Eso pasa por tratar solo con reaccionarios», opinó Ruda. Quizá estaba un poco celoso: Jarmila había sido durante un tiempo amiga de Rýma; ahora era amiga de Ruda.
«En un sitio como Svoboda uno se corrompe poco a poco», confirmó Franta, y luego propuso trasladarse a un bar. Los demás se apuntaron; ninguno temía la corrupción paulatina entre los clientes de los locales nocturnos; solo Hanna declaró que le dolía la cabeza y se fue a casa.
Capítulo 8
Poco a poco, palabra rara — Un picaporte con truco — La leche es cada vez peor — Línea del Partido para productos lácteos — Un descubrimiento completamente repentino.
Poco a poco: palabra rara; en alemán, allmählich, tiene que ver con «pausado» y con «todo». No se nota nada; no se nota todo, salvo lo repentino. ¿Quizá no se podría soportar saber lo poco a poco que va todo, lo poco a poco que el rosa se convierte en gris, el amor en frialdad y la vida en morir? Va tan poco a poco...
Un día se parece a otro; el fotógrafo Viták juega al ajedrez con un visitante; el archivero Klaus informa incansable de que no se puede hablar ni con el jefe ni con Karlíček; suena el teléfono; los ordenanzas sacan periódicos de los casilleros e infolios de los estantes y los vuelven a traer; quizá traen otros periódicos y otros infolios distintos de los que se llevaron, quién puede saberlo; es solo una idea. Por los cristales esmerilados pasan las sombras: redactores que van a la imprenta, cajistas que van a la redacción, visitantes, escritores, solicitantes que vienen y van.
Ahora Hanna ya no necesita levantar la vista; como Klaus, podría decir sin volverse: «Vokáček vuelve otra vez bien tarde del Parlamento», pero no lo dice; el Parlamento se ha ido de vacaciones de verano y Vokáček viene del tribunal penal, porque Menčík está de vacaciones.
Cuando pasa el jefe, ella lo nota a través del cristal esmerilado; le recorre un escalofrío la espalda; no levanta la vista. Quizá abra la puerta y entre, le pregunte algo a Klaus, le pregunte algo a Viták; ahora lo hace más a menudo. Con ella no habla; solo saluda con la cabeza y sonríe, y enseña unos dientes regulares, amarillos de humo, entre los labios finos.
Poco a poco: paulatim, se dice en latín, que es casi lo mismo; znenáhla en checo, que en realidad quiere decir, con toda ingenuidad, «no de repente»; gradually en inglés; cada pueblo habla de otra manera; también eso es raro. Los franceses dicen peu à peu, pero eso está mal: no da la idea de algo que fluye; es tan a sacudidas como si el devenir se produjera a pequeños empujones, imperceptibles pequeñas conmociones... bueno, quizá sea así.
Sabe la palabra en muchas lenguas y no necesita mirarla en el grueso diccionario en siete lenguas que se ha comprado hace poco, aunque le abrió un buen agujero en el presupuesto. Ahora necesita muchas lenguas, no ya solo para «Curiosidades de todo el mundo» (un joven americano quiso comer algo «auténticamente mexicano» y ahora lleva ya tres semanas en el hospital; ciento veintiséis veces por minuto le repite la especia picante y extraña; eso hace siete mil quinientas veces por hora, por día... pero eso ni se puede calcular; bueno, le está bien empleado al americano; uno, como forastero, no debe meterse en esas cosas...); ahora necesita las lenguas también para lo que traduce en privado para Anatol.
Tiene mucho que hacer para él. A cada rato trae algo nuevo, y ella lee ahora los periódicos con ojos dobles, para «Curiosidades de todo el mundo» y para Anatol. No quiere darse tanta prisa en entregar los trabajos que él le da; si no, a lo mejor él piensa que lo que le importa es el dinero. Bueno, claro que también le importa el dinero: se ha comprado un vestido estampado de flores alegres y una pamela florentina ancha como la del año pasado, la que llevó en el juicio de Karl y que la mujer del cerrajero de Dresde quería regalarle a su prima. Cuánto hace de eso... ¿Cuánto, en realidad? ¿Meses? ¿Años? Hanna no cuenta. Trabaja deprisa, sobre todo porque le da alegría. Cuando le lleva un trabajo terminado, se le ilumina la cara y se pone enseguida a leer lo que ella ha escrito, y dice: «¿Le ha gustado? ¿Le ha interesado?». Y no da su juicio hasta conocer el de ella, y casi siempre coincide con el suyo.
Cuando quiere entregarle un trabajo, va a su despacho. Su despacho tiene un picaporte con truco. Si se aprieta hacia abajo, no cede. Uno cree que está cerrado con llave y se da la vuelta. Para eso está el picaporte. Pero como Karlíček y Mandura y Vokáček y el jefe de compaginación y dos o tres más tienen de todos modos que ver al jefe, en el picaporte hay, bien escondido, un pequeño botón, y si se aprieta ese botón, la puerta se abre. Eso solo lo saben Karlíček y Mandura y Vokáček y el jefe de compaginación y dos o tres más, y no lo cuentan, porque ninguno quiere que otros, como él, puedan entrar y salir del despacho del jefe. Pero Hanna también lo sabe. El propio jefe se lo enseñó, riéndose un poco cohibido y un poco orgulloso, como un chico que ha fumado a escondidas. Y Hanna se cuida de que nadie sepa que lo sabe.
Por la mañana, de once a una, la puerta está entornada. El jefe recibe visitas. Pero por la mañana Hanna casi nunca está. Lee las revistas en la biblioteca municipal. Lee con ojo doble, para «Curiosidades de todo el mundo» y para Anatol. Y para el Partido. Sí, también para el Partido. Ahora hace «Curiosidades de todo el mundo» también para Rudé Právo y para Haló Noviny.29 Allí se llama de otra manera y no se paga. Y allí puede colocar todo lo que Karlíček no aceptaría nunca: lo de los indígenas de las plantaciones de caucho de Indochina y demás. Y lo hace con celo, precisamente porque no se paga; le parece como si así salvara su honra. ¿Es que ha caído en deshonra?
Poco a poco ha llegado el verano, calor, calor; en la imprenta, en la compaginación, hace calor, y cuando a veces, después de la pausa, baja otra vez para charlar con Liftschitz y los demás camaradas, los mozos se meten deprisa en los guardapolvos; se han quitado la camisa, van medio desnudos. Y Hanna es una mujer. Eso, en realidad, hasta ahora no lo había sabido del todo.
Hace calor, calor; la leche se corta enseguida si no se hierve en el acto, y se corta incluso si se hierve en el acto; la oficina de salud impone multas draconianas, y de una semana a otra se dice que el gobierno va a dar un golpe de autoridad. Pero no lo da; vivimos en una democracia, nada sin la voluntad del pueblo, y los señores diputados están de vacaciones, en Marienbad, en Karlsbad, en Trenčianske Teplice, en Luhačovice. Los miembros del grupo parlamentario comunista aprovechan el verano para la agitación; los señores senadores socialdemócratas están tumbados en traje de baño a orillas del Sázava, delante del bonito hotel en el que tienen precios especiales más baratos porque pertenece a la «Asociación para el Descanso del Pueblo Trabajador». Antes de 1918 pertenecía a un aristócrata de alto copete, que ahora se harta de comer en casa de Heinrich Aschbach y le hace la corte a Rosita. «Menos mal que no tenemos hijos», dijo Heini hace poco, el jueves, a la mesa; «la leche es tal porquería que ya ni siquiera se puede comer arroz a la Trautmannsdorff. Ya es hora de que la “Melka” tome el asunto en sus manos...»
Pero la «Melka» todavía no ha tomado el asunto en sus manos. Los pequeños productores y los pequeños comerciantes se han unido en la Cooperativa de Producción «Svoboda», sección de productos lácteos, y llevan a cabo una vigorosa campaña en la prensa comunista; quieren conseguir los suministros al Estado.
«“Svoboda” representa a 600 000 proletarios honrados, modestos, leales al Estado», proclama Ladislav en un editorial sin firma de Rudé Právo. «Si la sección de productos lácteos consigue los suministros al Estado, no solo se salvará de la ruina a entre tres y cuatro mil pequeños lecheros, no solo será la leche mejor y más barata, sino que la cooperativa de consumo podrá rebajar también los precios de los demás alimentos...»
«Solo los grandes productores con capital», escribe Mandura en un editorial también sin firma de Svoboda, «están en condiciones de dotar a la industria lechera de instalaciones técnicas verdaderamente modernas, de importar de Suiza costoso ganado de cría, de pagar los altos salarios que eleven al personal de cuidado, ordeño y envasado a un nivel cultural en el que las uñas limpias y el pelo peinado se dan por supuestos...»
No se sabe bien. En la sección de anuncios de Rudé Právo se ven páginas enteras sobre las ventajas de «Svoboda»; en la sección de anuncios de Svoboda se ven páginas enteras sobre las ventajas de la «Melka».
La línea del Partido para los productos lácteos parece clara y recta. Pero Hanna no está convencida. Lo ha hablado con Ladislav, con Peter, con varios camaradas. ¿Puede un comunista defender la pequeña industria frente a la gran industria? ¿No es eso pura demagogia electoral? ¿Se puede esperar que los lecheros satisfechos se conviertan en fiables luchadores de clase? ¿No abusarán igual de su monopolio proletario que la «Melka» de su monopolio capitalista? ¿No habría que votar más bien por la organización técnicamente más avanzada, que de verdad puede introducir las máquinas y el ganado de cría y con ello mejorar y abaratar la leche? ¿Y no sería precisamente tarea de la oposición insistir, con su prensa, con su grupo parlamentario, en que los capitalistas mejoren y abaraten de verdad la leche, a costa de sus beneficios?
De vez en cuando Hanna se acaloraba todavía en estos debates como en los viejos tiempos, como en las veladas de Halle, cuando venían a casa gente joven, entre ellos el estudiante Bergler. Intentó exponerle el asunto a Karl en una carta; pensó que le interesaría; quizá pudiera incluso escribirle su opinión de forma encubierta. Pero él no recibió la carta: la censura creyó que «leche» era una palabra en clave para otra cosa.
Al fin y al cabo... ¿no es una palabra en clave para otra cosa? No tenemos palabras; solo tenemos palabras en clave. También «poco a poco» es una palabra en clave. Todo va de repente, a empujones, a sacudidas; los franceses tienen toda la razón. Todo va de repente... De repente, Hanna ha descubierto que... quiere a Anatol.
Capítulo 9
De lo permitido y lo prohibido — Antes uno sabía a dónde pertenecía — Reminiscencia de conversaciones nocturnas — Jarmila opina que hay que tener un hombre — Rusia aprecia últimamente la vida familiar — Un cuestionario indiscreto.
Hace calor, calor, y Hanna va algunas mañanas a Podolí30 a nadar en el «Baño Azul». A veces va sola, a veces con Jarmila; en verano no hay tanto que hacer, y hace tanto calor.
Jarmila tiene un cuerpo bonito, pequeño y blanco; lleva un maillot blanco, y su cabeza oscura y alborotada parece encima todavía más oscura. Hay más mujeres con cuerpos bonitos y blancos, rubias, morenas, pelirrojas, con trajes de baño verdes, amarillos, negros; algunas solo llevan unas braguitas y un sujetador; los hombres tienen pelo en el pecho, y los mozos parecen indios, tostados color bronce, con piernas largas y lisas. Se columpian con las chicas en los balancines y las chicas chillan, y en el café de la playa no hay más que gente desnuda que no se avergüenza en absoluto.
Tampoco Hanna se avergüenza; corretea por la playa balanceando sus largos brazos y piernas, se tira desde el trampolín alto y bucea mucho rato. Cuando todavía iba a nadar con su padre —entonces aún no había «Baño Azul» en Podolí; uno iba a bañarse a la isla de Sofía—, su padre no le permitía tirarse ni bucear: el agua está tan sucia, puedes coger el tifus. Ahora puede tirarse y bucear y en general hacer lo que quiera. Hace ya tanto tiempo que nadie le prohíbe nada. Pero sigue disfrutando de la libertad personal como mirando tímidamente de reojo; le parece una arbitrariedad no permitida; sí, Hanna es de las que siempre quieren saber exactamente lo que se puede y lo que no se puede. Cuando le dicen lo que está permitido, a menudo se le quitan las ganas; cuando le dicen lo que está prohibido, a menudo lo hace de todos modos, pero eso es otra cosa: ahí hay carriles en alguna parte, aunque solo sea para dejarlos a la derecha o a la izquierda. En la arena de Podolí no hay carriles. La gente salta desnuda de acá para allá; no se le ve dónde pertenece; todos son iguales; solo quedan las diferencias naturales, guapo o feo, joven o viejo.
«¡Hola, Jiřík!», le grita Jarmila a un mozo guapo y tostado, y él viene y charla un rato con ella antes de volver a su columpio. Jarmila se encuentra a muchos conocidos en el «Baño Azul». Intelectuales que no tienen trabajo fijo, maestros y funcionarios que pasan aquí sus vacaciones. «Esta es Hanna», la presenta Jarmila. En el Partido se tutea uno y se llama por el nombre de pila; es una gran hermandad. Hanna no sabe cómo se llaman de apellido Ruda, Franta, Ladislav, y también es mejor así; por el Partido, eso se ha vuelto una costumbre entre los intelectuales. Entre los obreros quizá también, eso no lo sé, piensa Hanna. En realidad aquí no conozco a ningún obrero. Los cajistas de Svoboda... esos son obreros, claro, pero a esos no se los puede tutear; sería cómico tutear al señor Liftschitz en la compaginación; ni siquiera se le puede llamar camarada; nadie puede saber de qué lado está ella. Además, aquí, como en todas partes, los tipógrafos son la capa aristocrática de los obreros. Cuántas veces se discutió antes que toda la propaganda antiproletaria y fascista no habría sido posible si los tipógrafos, tan fuertemente organizados, se hubieran negado a componerla e imprimirla. Pero no lo hicieron: compusieron e imprimieron todo lo que se escribía contra ellos. No, los cajistas de Svoboda no son obreros. ¿Quizá es inevitable corromperse cuando se trabaja en un periódico burgués?
Otros obreros que los cajistas de Svoboda Hanna no conoce. También eso es nuevo: que en Praga viva tan exclusivamente entre intelectuales. Los del campo de refugiados... esos tampoco son obreros. Son exobreros..., eso es otra cosa. Hanna ha perdido el proletariado.
En Alemania, ella y Karl estaban casi siempre rodeados de obreros. Uno tenía el corazón con ellos, y la cabeza, y todo era más sencillo. Con Karl era sencillo vivir. Todo tenía un nombre, el que le correspondía; siempre se sabía enseguida lo que había que hacer, a dónde se pertenecía, cómo estaban las cosas; se trabajaba, se luchaba, se descansaba de vez en cuando, se alegraba uno. Karl no puede ir a nadar. Ahora debe de hacer calor en la celda, sobre todo por las noches. Quizá Karl también se ha puesto ya a cavilar, cuando se está sentado y sentado todo el tiempo.
Hanna está tumbada en la arena, estira sus piernas largas y flacas; ha apoyado la cabeza en el codo, con los ojos cerrados. He perdido el proletariado, piensa. He perdido toda sencillez. Ya no puedo decir sí o no a nada sin pensármelo.
«¿Tienes hombre, por cierto?», pregunta Jarmila.
¡Ya está, otro caso de esos! ¿Hay que decir sí o no? Tiene un hombre. Desde abril del año pasado está lejos. No tiene hombre. Pero no es eso lo que Jarmila quería decir con su pregunta. Jarmila sabe que Hanna está casada, que tiene al marido en presidio. Aun así pregunta esas cosas. Como si fuera lo más natural del mundo tomar un hombre nuevo cuando el otro no está.
Y Hanna se atormenta todo el tiempo pensando si eso está bien, si no le hace daño a Karl cuando piensa en Anatol Svoboda.
Anatol se ha ido de vacaciones. Lleva casi cuatro semanas fuera. Ella ni siquiera sabe dónde está, ni con quién pasa sus vacaciones. Así de extraño es, y ahí está ella, desnuda en la playa de la escuela de natación de Podolí, pensando con escrúpulo de puritana si su relación con él puede conciliarse honradamente con el marido en la cárcel...
Relación... ¡qué relación ni qué nada! De vez en cuando había salido con él de la redacción por la noche, él la había acompañado hasta su pensión; por el camino habían entrado alguna vez en un café tranquilo o en una tabernita de vinos y habían hablado.
Cada vez, recuerda Hanna, y se siente solemne y conmovida, había vivido en esas salidas nocturnas lo mismo que aquella primera vez, en mayo. Ese andar acompasado, la alegría, la ligereza natural en los miembros y en el ánimo. La cabeza va al lado; no importa lo que piense. A veces Hanna piensa lo mismo que Anatol, y se paran gratamente sorprendidos en mitad de la calle y se miran, a media frase, que los dos han empezado a la vez. Pero a veces Hanna piensa algo muy distinto y se enfada con dolor, porque Anatol está tan lejos de ella, tan lógico, tan estético es lo que dice. Como un intelectual burgués, qué le vamos a hacer, piensa Hanna, en las discusiones después de un acto de formación del Partido, en Alemania. Pero en el fondo no importa lo que ella piense; la cabeza no importa, porque siempre sabe solo después lo que ha pasado en el corazón.
Eso casi suena a sentencia, a aforismo del suplemento del domingo. Hanna se incorpora; desde que Anatol se fue, ha dejado un poco de lado sus trabajos para «Curiosidades de todo el mundo»; de lado, a la izquierda; a la derecha, habría que decir mejor.31 Se ríe. Pero ya no se sabe muy bien dónde está la derecha y dónde la izquierda. En esta época del año no hay mucho que desenterrar que interese a los lectores; los bulos veraniegos de siempre: el
hámster que ha mordido hasta la muerte a siete niños vivos; la vida fabricada sintéticamente, una criatura de quinientas células engendrada en la retorta; luego la historia del hombre que se asomó a la ventana y vio cómo un águila levantaba a su bebé del prado y se lo llevaba por los aires, pero como por casualidad tiene al lado una escopeta cargada, abate alegremente al águila con el bebé: qué tontería.Tampoco en la Pravda sale ya gran cosa que sirva; las cosas que se podrían citar de Rusia seguramente son del gusto del banquero Aschbach —por el estilo de los platos de plata del Comisariado de Comercio Exterior de los que habló el industrial de Ostrava—, pero ya no son muy a propósito para infectar a escondidas de comunismo a los lectores de Svoboda. La controversia sobre si Shostakóvich es un compositor revolucionario o contrarrevolucionario fue lo único interesante que encontró en las últimas semanas en los periódicos rusos, y eso, desde luego, no le interesa a Karlíček; eso solo le interesa a Anatol.
Porque a Anatol no le interesa nada en el mundo más que la música, o nada ni de lejos tanto como la música. La mayor parte de las cosas que le trae para traducir son ensayos, informes, artículos sobre música. La propia Hanna le lleva —en parte por diligencia de criada, que se reprocha con amargura, y en parte por un interés propio que ha vuelto a despertar— cosas que desentierra en algún sitio. Esteta, piensa, y hay mucha ternura en el pensamiento. Le lleva sus pequeños recortes al despacho del picaporte con truco y se queda esperando mientras él los lee. Ahora ya no piensa en que él pueda creer que lo hace por dinero, y le presenta sin muchos reparos las pequeñas facturas privadas, que él siempre paga en el acto. Sí, Anatol está completamente empapado de música. A los conciertos no puede ir, porque todos los días tiene que estar en la compaginación, pero hasta las cuatro de la mañana pone el gramófono y al día siguiente se lo cuenta, en el despacho de Bílek, mientras esperan la primera edición, o por las calles nocturnas de Praga después de que haya salido el periódico.
«¿Y su mujer consiente semejante perturbación del descanso nocturno?», le preguntó Hanna una noche, e hizo sin querer una pequeña pausa antes de «su mujer». Había pensado mucho en su mujer, había intentado imaginársela, imaginarse su vida con ella. Pero nunca se había atrevido a preguntar; quizá entonces se acabara todo, el hechizo, la alegría, la ligereza indecible en los miembros cuando está con él.
«No tengo mujer», contestó él, y se turbó un poco, como si confesara un secreto, un secreto bueno y fatal.
Hanna está tumbada en la arena del baño de Podolí, y le sube un calor al corazón como aquella vez, cuando él lo dijo. Sí, en aquel momento comprendió lo que sentía por Anatol, lo que sentía desde hacía mucho, como si de pronto aquellas cuatro palabras sobrias hubieran arrastrado una barrera, y la cabeza tonta y torpe pregunta: ¿por qué?, ¿qué hay ahí para alegrarse? Pero Hanna se alegra; bah, alegría no es la palabra: es feliz, feliz...
Eso fue hace un mes. Y unos días después Anatol se marchó y no le dijo adiós; solo en el despacho de Bílek se despidió de todos a la vez, sin dar la mano a nadie. Se había ido antes de que Hanna lo comprendiera bien.
Y ahí está ahora Hanna, tumbada al sol ardiente de agosto, pensando en Anatol, preguntándose si está bien pensar en él, preguntándose si se puede. Otra vez se mete en medio el poder y el no poder; y su padre, que le prohibió tirarse desde el trampolín alto al sucio Moldava, lleva ya tanto tiempo muerto. Hanna se levanta y corre hacia la escalera que sube al trampolín de madera, que se estira alto y libre sobre el agua. Salta, bucea mucho rato, luego vuelve junto a Jarmila, fresca y chorreando y riendo. Jarmila le apunta con su pequeña Kodak; Hanna solo se da cuenta cuando Jarmila grita «¡Atención!»; ya está fotografiada.
«¿Para qué gastas tus placas?», pregunta Hanna, y se tumba junto a su amiga.
«Bueno, siempre está bien tener a mano una foto de una misma con este atuendo... se le puede dar a alguien alguna vez como tarjeta de visita», dice Jarmila con cinismo, y pone cara de no haber roto un plato. «Cuando una está guapa con este atuendo, quiero decir... Porque tú eres guapa, con esas piernas tan largas y esos hombros picudos. Desnuda, quiero decir. Vestida no eres nada guapa.» Hanna sonríe ante la sinceridad y ante el cumplido. No recuerda que nadie le haya dicho nunca que fuera guapa. Pero Jarmila tiene que saberlo; es una fotógrafa competente, trabaja para la prensa del Partido, para las revistas ilustradas, tiene incluso una pequeña agencia fotográfica propia. Es una camarada competente, hace mucho trabajo menudo e ingrato para el Partido y es muy entregada, a pesar de sus frases descaradas en el café de Karlín; pero, Dios mío, allí hablan todos así: son intelectuales, no obreros.
«Tú también eres guapa. Vestida y sin vestir», dice Hanna con sinceridad... Qué joven parece Jarmila, y eso que como mucho es unos meses más joven que ella; fueron juntas a la escuela.
«¿Así que no tienes hombre?», vuelve a sondear Jarmila. Hanna niega con la cabeza, un poco melancólica. Jarmila le explica con toda objetividad que hay que tener un hombre. No se puede andar por ahí tan sola; así no se le ocurren a una más que malos pensamientos. La naturaleza ha creado dos sexos, qué le vamos a hacer, y eso hay que asumirlo. La vida privada hay que tenerla en orden para poder ganarse con la cabeza despejada sus cuatro cuartos y trabajar decentemente para el Partido. Una medida higiénica, por así decir.
Hanna tiene los ojos cerrados. Antes había
pensado exactamente así, Karl había pensado así, muchos, muchos: tener en orden la vida privada, tomar un hombre si no se tiene... de pronto a Hanna todo eso ya no le parece tan sencillo. ¿Se lo tomará Jarmila misma tan a la ligera? Quizá solo habla con tanto valor porque ella misma no sabe hacerlo, eso de tomárselo a la ligera, de tener en orden la vida privada... Jarmila no vive «tan sola». Desde que Hanna la trata, ya va por el segundo amigo, y lo de Rýma tampoco queda muy lejos. Se toma el amor a la ligera, es decir, cambia fácilmente de pareja... pero mientras está con un hombre es celosa, rabiosa, monta escenas, escribe cartas de despedida que luego retira, y a veces llega con los ojos trasnochados y llorosos. Hanna lo sabe; ha observado a Jarmila; los camaradas lo han contado; la propia Jarmila lo ha contado con todo cinismo, llamándose a sí misma una pava sentimental y tonta; pero luego ha corrido al teléfono y ha llamado a todas partes para averiguar dónde se había metido Ruda —¿o era ya Jenda?—. En realidad es una tontería.«Por lo menos tú lo vas a tener fácil ante el tribunal de la Inquisición», suspira Jarmila como una niña. «A mí ayer me dieron un severo voto de desconfianza: porque en el apartado “Marido o compañero estable en los últimos tres años” puse nada menos que cinco nombres... No quería engañar al Partido, y además de todos modos se enteran de todo...»
Hanna se incorporó asombrada. «¿Qué tonterías dices?», preguntó. «¿Qué apartado? ¿Qué tribunal de la Inquisición?» Y se enteró, con gran asombro, de que, por lo visto gracias a su pertenencia al partido del Reich, grupo local de Praga, se le había escapado entre las mallas una red curiosamente tejida... tenía que ver con la nueva línea de Moscú.
En la Unión Soviética se llevaba desde hacía unas semanas una violenta campaña: los viejos y familiares «prejuicios burgueses» —la vida familiar, la fidelidad conyugal, el hogar acogedor— habían sido sacados otra vez del trastero y se presentaban a los proletarios, en el Primer Estado Obrero del mundo, como los últimos ideales de la moral comunista. Hanna ya lo había hablado con algunos camaradas. ¿A qué venía ahora eso? Contradecía por completo los principios de la revolución cultural predicados hasta entonces... Los fieles a la línea, como Kurt, habían alegado que ya Lenin había condenado de raíz la «teoría del vaso de agua», según la cual el acto sexual no debía ser más que una medida higiénica. Bueno, sí, pero eso era otra cosa... ¿No serían los siguientes pasos, tras la exaltación de la monogamia y de la intimidad del hogar, últimamente alabada y recomendada, la prohibición del aborto, las trabas al divorcio, la devolución de la mujer de la vida profesional a la casa, a la dependencia del hombre individual...? ¿No era aquello la obertura de una obra que tenía que incluir el abandono de las conquistas revolucionarias más importantes? Sobre eso había todavía mucho que pensar...
Hanna lo pensaba inquieta y desconcertada, y se preguntaba si su rechazo instintivo, su violenta repugnancia ante esta nueva «línea cultural» no tendría que ver, al fin y al cabo, con su relación con Anatol Svoboda, esa relación de palabritas y miradas, casi siempre en presencia de otros, ese diálogo mudo, curiosamente íntimo, entre el jefe y la empleada, esa relación de ligereza flotante a la que hasta entonces no había sabido dar nombre y que ahora, de improviso, desde la Rusia que marcaba la pauta, recibía el título de «libertinaje burgués»... No, sobre eso había todavía mucho que pensar.
Pero lo que no sabía, y de lo que se enteraba ahora por Jarmila, era que el Partido checo, girando conformista según la nueva línea, había repartido entre sus miembros cuestionarios en los que se exigía una confesión detallada de la vida privada.
Capítulo 10
¿Cómo pasas tu tiempo libre? — Se acabaron las vacaciones — En «Svoboda» se burlan de la virtud — Enemistad musical — Hanna deja caer la coraza — No hay más que la propia vida — Traición al Partido — Y otra traición — Hay que pagar, pero solo al final de todo.
Hanna no podía quitarse de la cabeza lo del cuestionario. Esa misma noche fue a buscar una de esas hojas. Caramba, aquello llegaba casi como con Hitler hasta la tercera y la cuarta generación... Los padres, cómo viven, qué leen, qué piensan; la novia, el marido, el amante, los hijos, los amigos, las amistades; cómo pasas tu tiempo libre; pasado social del compañero... Sanciones, eso sí, no se mencionaban, y por eso todo el asunto parecía todavía más inquietante: no se sabía qué se podía escribir todavía sin comprometerse.
Con la inquietante hoja en el bolso y en la cabeza, Hanna fue a la redacción. Desde que Anatol estaba de vacaciones ya no iba todas las noches a Svoboda. Hacía tanto calor. En la imprenta apenas se aguantaba con las moscas y el olor a sudor y a tinta. Dejaba sus noticias en la mesa de Karlíček y se iba a pasear por el Belvedere o por el monte Petřín. En la bruma húmeda del anochecer veía abajo el río y la ciudad. ¿Ciudad extraña? ¿Ciudad natal? También aquí era difícil decir sí o no.
Va hacia Svoboda, sin prisa, balanceando sus largos brazos y piernas, con su vestido de verano floreado y su ancho sombrero de paja. Piensa en Anatol. Se le ha volatilizado por dentro en este mes; ya no sabe bien qué aspecto tenía. Piensa en él y no sabe lo que piensa... ¿lo echa de menos siquiera? Desde que él se fue, el mundo, el Partido, los camaradas han vuelto a meterse con más fuerza en su vida. Pero también por ese lado viene más confusión que claridad y seguridad. Ya no se sabe si hay que decir sí o no; ya se ve hoy, lo del cuestionario... ¿qué va a creer uno?
Anatol se ha ido. ¿Con quién estará de vacaciones? Si es soltero. Al final en Rusia van a implantar un impuesto de soltería, si esto sigue así, como Mussolini. Una postal sí podría haber escrito; quizá ha escrito una a la redacción; pero Hanna no pertenece a la redacción: no está contratada, porque nadie puede contratar a un extranjero; no está en el convenio colectivo como los demás; no tiene derecho a vacaciones pagadas; si se pone enferma, no puede acudir a ninguna caja de enfermedad; no pertenece a ninguna parte.
No, Anatol no ha escrito, y en la redacción tampoco ha preguntado por él; Bílek está de vacaciones, Vokáček está de vacaciones; no va a preguntarle al untuoso Mandura, y a Karlíček menos todavía, que sustituye al jefe durante las vacaciones, sin chaqueta, en camisa deportiva con el cuello abierto.
Eran cerca de las nueve cuando llegó a Svoboda; llevaba unos días sin ir. El interrogatorio del Partido la ha dejado tan confusa y cansada; en la imprenta hay al fin y al cabo algo así como un hogar. Se sabe que a la misma hora se encuentra infaliblemente a la misma gente, todos los días; es el mismo engranaje; se saluda uno con la cabeza sin darse la mano; el regente Slavíček está sentado en su rincón y atiende a la vez el teléfono; todo está en su sitio de siempre. Es tan tranquilizador que todo esté en su sitio de siempre. Ya se alegraba mientras atravesaba el zaguán y bajaba por el pasillo hacia la imprenta.
Pero cuando todavía está en los escalones que bajan a la sala y mira con simpatía, y algo cansada, la imagen de siempre, algo le recorre el cuerpo; siente, antes de verlo: Anatol ha vuelto. Está inclinado sobre una galera, en camisa deportiva con el cuello abierto; su hermosa cabeza, tostada por el sol, destaca oscura sobre el blanco.
Hanna aprieta la mano en torno a la vieja barandilla de madera; de pronto es feliz. Entre la sensación que la asaltó de golpe aquella vez, cuando él le dijo «No tengo mujer», y la sensación que la atravesaba ahora habían pasado cuatro semanas. Ya no sabía nada de ellas, ya no sabía nada de sus dudas, de sus cavilaciones, de su cansancio. Sentía la alegre ligereza en los miembros y en la cabeza; sí, también la cabeza se había vuelto ligera, de repente y del todo. Fue con pasos rápidos hacia Svoboda:
«¿Ya está de vuelta?»
«¡Volví anteayer!» Tiró el cigarrillo y le estrechó cordialmente la mano.
«¿Ha descansado bien?»
«¡Ya lo ve!» Abrió una gran sonrisa; en la cara tostada sus dientes parecían muy blancos.
Pero no había tiempo para hablar: el jefe de compaginación estaba junto al jefe, apremiando; la página dos tenía que bajar. Hanna se apoyó en uno de los pupitres y miró cómo el jefe dirigía la compaginación, dominando con gestos hermosos y vivos el revoltijo de voces y ruidos. La página dos se metió zumbando en el montacargas y bajó con estrépito a la estereotipia; se compaginó la página uno; el jefe tiró el cigarrillo a medio fumar, lo pisoteó restregando el pie con rabia y encendió otro... y ya llegó el gran respiro, otra vez el periódico salvado, y se fueron todos a tomar café con Bílek.
También Bílek había vuelto de vacaciones; en su cara pecosa se pelaba, rojiza, la piel quemada. El jefe salió de su despacho con una chaqueta clara de verano echada sobre los hombros. Olly le sirvió el café a él el primero y le sonrió con sus estrechos ojos de china. Bueno, ¡quién no iba a sonreírle, con lo guapo que era! Su pelo, por lo general brillante y liso, estaba suelto y mate, como si se hubiera bañado mucho en el mar. Había estado en Abbazia, se enteró Hanna, y lo miraba de forma tan exclusiva que ni se daba cuenta de lo que se hablaba en la habitación, hasta que su oído despertó maquinalmente ante las palabras clave de su conciencia: Rusia, comunistas...
...Uno, seguramente para poner al corriente a Bílek —que había estado escalando en los Cárpatos y, para descansar a fondo, no había leído periódicos—, había vuelto a sacar los decretos rusos sobre el amor y el matrimonio. A Hanna no le había parecido raro ni escandaloso que Heinrich Aschbach elogiara muchísimo el proceder ruso; pero que Svoboda publicara un editorial elogioso sobre el tema le había dolido, curiosamente, como si ella fuera corresponsable de esa postura, y también como si de algún modo la hubieran pillado. El editorial era de Mandura; había salido en ausencia del jefe; quizá, pensó Hanna, si no él habría pedido verlo, como aquella vez del pacto con Francia.
Lo que ahora se trataba en el despacho del redactor de noche sonaba de otra manera. Al principio Hanna solo oyó que se despotricaba de Rusia. «Estos burgueses», pensó con desgana y por costumbre, como siempre, como desde hacía años, cuando oía censurar a la Unión Soviética. Pero luego se dio cuenta de que se trataba de otra cosa. El giro del Partido se comentaba sin piedad. ¡Dios sabe que esta vez los papeles parecían intercambiados! Los redactores de Svoboda, liberales burgueses por convicción —si es que tenían alguna convicción—, defendían de pronto a la izquierda radical y soltaban chistes crueles sobre la vuelta de Moscú a la honradez. Bueno, chistes se soltaban en el café de Karlín, en las redacciones de los periódicos comunistas, quizá incluso también en la central, pero aquello era mortalmente serio y bastante grave, sintió Hanna, que se hubiera llegado a ese punto.
Anatol intervino desde su rincón y proclamó el derecho a la vida privada. Parecía un agitador anarquista, con su camisa abierta, la chaqueta echada suelta sobre los hombros con un clavel rojo en el ojal, con el pelo suelto que, al abrirse y cerrarse la puerta del pasillo, le caía sobre la frente hermosa de sienes anchas. A Hanna le alegró su crítica. ¿Era en el fondo un revolucionario, el esteta, el excéntrico? Bueno, por desgracia no era difícil ser revolucionario ante la funesta línea del Partido. ¿O... era de esos libertinos proscritos por ella? En todo caso, ella estaba de acuerdo con lo que decía, y solo se preguntaba si habría estado igual de acuerdo si, en lugar de su cabeza oscura de facciones nobles con los ojos estrechos y penetrantes, hubiera tenido una cara arrugada y llena de granos, como el editorialista Dr. Mandura, que ahora también reclamaba el derecho a la vida privada y lo relacionaba con la superioridad de la democracia sobre la dictadura.
El ordenanza Jarko entró con un paquete de la primera edición todavía húmeda; cada uno abrió su periódico, buscó la página en la que estaban sus colaboraciones, comentó las de los demás; Bílek se había puesto los auriculares y escuchaba Berlín o Moscú, daba igual; y el jefe le pidió a Menčík que en adelante, en sus crónicas de tribunales, fuera algo más parco con las palabras «repugnante», «abismal» y «el héroe de la calle».
Luego trajeron el Prager Tagblatt y České Slovo; a Zeman le dio un ataque de júbilo porque ninguno de los dos traía la noticia de la tragedia de celos de Kobylisy; en el último minuto se la había telefoneado uno de sus informadores de las afueras. Desde el cuarto de los teléfonos se oía a los jugadores de cartas comentar sus «manos» con fórmulas venerables; a Karlíček vino a buscarlo una novia de ricitos negros; el doctor Svoboda se metió en las mangas de la chaqueta —llevaba una camisa de manga corta y sus brazos morenos mostraban un vello negruzco— y dijo, sin mirar a nadie: «Bueno... ¡vamos!».
En la calle iban uno al lado del otro como si fuera ayer. Hanna no preguntó por las últimas semanas. ¿Desde dónde iba a preguntar? No tenía ningún fundamento en común con este hombre desconocido que iba a su lado, sin sombrero, en la noche de verano. Pero él preguntó. Quería saber si ella también había estado en el campo; ella dijo que no, con un monosílabo. Solo en la escuela de natación de Podolí, dijo, cuando él le preguntó cómo es que estaba entonces tan morena. Y pensó en que Jarmila le había hecho esa mañana un cumplido sobre su cuerpo desnudo y hasta la había fotografiado, y pensó en las chicas que, vestidas solo con braguitas y sujetador, no se avergonzaban en absoluto en el café improvisado de la playa junto a los jóvenes indios de piernas largas.
«Ayer y anteayer la estuve esperando en la imprenta», confesó él. «Si usted iba siempre, todos los días. Por eso pensé que también se había ido de viaje.» ¿Podía confesarle que había ido con tanta regularidad por él y que solo cuando ya no podía esperar encontrarlo había empezado a disfrutar de la belleza de las noches de verano de Praga? Si ella misma apenas lo había sabido antes. Así que solo sonrió y calló.
«Vamos a tomar todavía un café», propone Anatol. Entran en el café Tumovka.
Antes este local era el punto de encuentro de literatos y artistas, pero hace mucho que se fueron; ahora se sientan en el Mánes y en el Metro. Además, son vacaciones. Hay unos cuantos funcionarios viejos apalancados, unos cuantos caballeros con chicas que han recogido en el muelle. Los vendedores de periódicos entran precipitadamente, ofrecen la primera edición de Svoboda; Anatol y Hanna niegan con la cabeza y se miran: ya han leído Svoboda, allí, en el despacho de Bílek; quizá sí tengan algo en común, algo desde donde se puede preguntar; saben de dónde vienen, aunque no sepan adónde van, pero eso quién lo sabe. Él cuenta su viaje; llegó hasta Venecia, por primera vez en su vida en el extranjero; no, no le había gustado tanto; por los cuadros se lo había imaginado mucho más bonito, pero así es seguramente todo. Y había pensado en ella: con la lengua no se había apañado muy bien; ella no podía imaginarse lo que es estar así entre gente extraña y no entender lo que dicen, y creer siempre que lo están criticando a uno o traicionándolo; entonces había pensado en ella, a quien eso no podía pasarle, con sus conocimientos de idiomas... Hanna se alegró. De su relato se desprendía de algún modo que había hecho el viaje solo, y se alegró de ello.
Luego se puso a hablar de la discusión de antes. Quería saber qué pensaba ella de todo aquello, de todos esos síntomas de un giro a la derecha en Rusia. Muchas veces le había hablado ella con entusiasmo de Rusia.
Ya estaba otra vez. Habían tenido ya muchas conversaciones así. Svoboda discutía con inteligencia, informado, benévolo, «liberal», pensaba Hanna, tal como era su periódico, tal como decía su nombre. Pero Hanna, que mientras se trataba de cosas no políticas, en el juicio sobre libros, personas, paisajes, se sentía de acuerdo con él de un modo tan dichoso, se erguía dentro de su coraza, estrictamente atenta a no apartarse ni un ápice del punto de vista que el marxismo mandaba. Entonces la cara de él tomaba una expresión extraña: se leía en ella un respeto cohibido y algo así como hostilidad. Y Hanna recordaba cada vez con dolor que tenía que estar en guardia, en guardia frente a muchas cosas.
No podía dejar ver lo directamente que todo aquello le concernía. Su puesto, su trabajo, su existencia, todas sus modestas posibilidades en Praga estaban en peligro si se descubría que era miembro activo del Partido. Como simpatizante era
ella, desde luego —no solo Anatol, también Karlíček y los cajistas lo habían notado hacía mucho—. Pero eso pasaba: quién no era hoy simpatizante, cuando en Rusia se fabricaba un perfume tan bueno y los estajanovistas desarrollaban un afán de trabajo individual tan ejemplar.Además, tenía que estar en guardia, debía estarlo, para aprovechar bien la ocasión de hacer agitación. —¡Donde estamos es terreno revolucionario, dijo Marx!—. Y tenía que estar en guardia, por último, para no delatar hasta qué punto le daba la razón a Anatol en muchas cosas relativas a Rusia.
Como aquella primera vez que salieron juntos del periódico, le había hablado desde entonces a menudo de Rusia con un entusiasmo sin reservas, reprimiendo con malestar la constatación de que su viaje quedaba ya cuatro años atrás. Había analizado sucesos, situaciones, artículos de periódico, libros, y había confirmado con toda seriedad su risueño «¡Es usted tan doctrinaria!», intentando convencerlo. Hasta la música había analizado: le había traducido un artículo de la Zeitschrift für Sozialwissenschaften en el que se trataba de forma marxista a Schönberg, Hindemith, Weill y —sobre todo— al dios de Anatol, Ígor Stravinski. Pero allí no solo había chocado con una resistencia risueña: había sentido algo así como una oposición de naturaleza, la misma clase de hostilidad que ella, años atrás, había mostrado en debates parecidos a su marido. «Enemistad musical», lo llamaban entonces; ahora los papeles estaban cambiados. Anatol hacía el papel de ella en aquellos tiempos, defendía lo irracional, lo oscuro, lo natural y eterno, cuando defendía que la música no tiene nada que ver con la sociedad; y Hanna hacía el papel de Karl, y lo hacía mal, aunque técnicamente estaba mejor preparada para ello: no estaba lo bastante convencida; hacía un papel. Era un papel defensivo.
Anatol hablaba de libertad. Ya nadie sabía bien qué era eso, en un mundo con sus decretos de excepción, sus campos de concentración, sus normas de divisas, sus procesos espectáculo y mil clases de coacciones. El concepto había pasado ya por demasiados filtros dialécticos.
Hablaba de Rusia, y tampoco ahí se sabía ya bien qué era aquello: primer Estado obrero del mundo, cubiertos de plata en el Comisariado de Comercio Exterior, macetas de geranios en las ventanas, la familia y el hogar como reivindicación proletaria, país del futuro... Y el Partido: el redactor jefe de Svoboda, que en sus editoriales defendía la libertad, la fidelidad a la Constitución, el patriotismo y el progreso, metía lo que el Partido hacía y proclamaba en el «negocio sucio» que para él era la política en general: sus jefes, demagogos y charlatanes incultos; su prensa, sencillamente «mal hecha»...
Esto último no se podía negar, aunque solo rozaba el problema. La compaginación en Rudé Právo era de verdad catastrófica; en el periódico burgués la parte técnica del oficio se hacía con mucha más conciencia. Hanna comprendió que lo que a ella le importaba de aquel hombre no era lo que decía. Con eso a menudo no estaba de acuerdo, se enfadaba, discutía con él combativa. Y cuando estaba de acuerdo, no era tanto porque le dijera algo nuevo, sino más bien porque parecía una confirmación de que allí detrás, en la tierra desconocida detrás de los ojos, había campos anchos en los que todo se veía como en ella: rastrojos del año anterior, malas hierbas y flores espléndidas. Lo que él dejaba sin decir, lo que ocurría detrás de sus ojos cuando se volvían abiertos y vagos, lo que ella intuía y sentía, eso era lo importante. Las palabras son vanas, las palabras engañan; solo tenemos palabras en clave. Lo verdadero, lo propiamente dicho, está detrás de las palabras.
«¡Te conjuro! ¡Calla! Tu boca muda me revela más hondo el secreto.»
decía algo dentro de ella. Qué raro: cuántos años sin que se le ocurrieran versos. Cuando pensaba en Anatol, pensaba a menudo en versos. Qué guapo era, con su cabeza morena, tan estrecha y recta. Hoy hablaba tanto, con tanta vivacidad, con movimientos elocuentes de sus manos pequeñas y finas; otras veces siempre había escuchado, había hecho hablar a Hanna. Hanna escuchaba, escuchaba la voz que se le venía encima. Se sintió en paz y en armonía. Hoy no discutir, deseó ardientemente; hoy solo estar juntos, sentir la cercanía; está una tan sola...
Pero él ya quería saber otra vez algo, lo mismo que le había preguntado antes.
¿Qué era eso de la proclamación de la nueva moral en la Unión Soviética? ¿Qué había que pensar de ello?
Entonces, de pronto, dejó caer la coraza combativa. Le pesaba, hacía tanto calor; y le habló, por primera vez, de su pena, de sus dudas. Le salió todo torcido, porque él no sabía nada de su fe de antes, que durante muchos años le había mantenido erguida la espalda de modo que no le hacía falta coraza; y como faltaban los antecedentes, se encontró al final, sin haberlo previsto bien, de su lado, donde «el derecho a la vida privada» era una exigencia sagrada que no había que examinar más. Sintió que esos no eran los argumentos adecuados; sintió que entregaba algo que no debía entregar... ¿debía? ¿Quién me dice lo que puedo y lo que está prohibido? Se lo dijo para sus adentros, amenazadora. ¿El hombre que tenía enfrente, el hombre desconocido? Se sentía tan ligera y libre cuando estaba con él, tan joven y en armonía. Habían crecido del mismo suelo, amaban los mismos libros, los mismos cuadros, la misma música; iban al mismo paso por las noches de primavera y ahora ya por las de final del verano; los dos eran tan solitarios, quizá porque cada uno había tenido una madre extranjera que no había podido hablar con el padre en su lengua; hasta su nombre de pila era el resultado de una lucha entre dos bandos.
Burgueses eran los dos, pero tampoco burgueses de verdad: él, como esteta; ella, como moralista, se habían apartado de la burguesía de la que venían. Proletarios eran, que vendían su fuerza de trabajo, aunque la de él se pagara más,
pero proletarios también solo por definición... Quizá él era más sabio al quedarse tajante y conscientemente al margen, sin contarse en ninguna parte; más sabio que ella, que durante tantos años había creído que uno podía conquistarse su pertenencia social de acuerdo con una convicción del cerebro. No, tampoco ella era proletaria, por mucho que hubiera querido llegar a serlo. Nunca podría serlo. Eso ya lo había sentido oscuramente en Alemania; lo sentía en el albergue de refugiados entre los camaradas alemanes, en la imprenta de *Svoboda* entre los checos: no era de los suyos; llevaba un vestido estampado y una pamela florentina y se indignaba con el cuestionario inquisitorial que hasta Jarmila, tan inconformista en lo personal, había rellenado obediente y honradamente.No, no pertenecía a ninguna parte. Todo es incierto, todo oscila, los papeles se cambian sin cesar, y a quien le toca tiene que hacer incluso varios papeles en una misma obra. Y aquí, frente a ella, está sentado un individuo, un ser desprendido, que la mira con ojos apremiantes, y cuando está con él se desvanecen todos los papeles y todas las preguntas, y siente lo que nunca había sentido así: que es un ser individual y desprendido, Hanna Last, de soltera Aschbach, de Praga, de Alemania y de todo el mundo, y que en el fondo solo vale la propia vida, nada más, la única vida que se tiene...
Abrió su bolsito y sacó el inquietante cuestionario. Se lo tendió al hombre. Fue como una entrega. Una última y tardía cautela la llevó a decir que una amiga, miembro del Partido Comunista, le había dejado ver esa circular interna, presa de dudas de conciencia sobre si debía admitir o negar sus varios «compañeros». Muy en el fondo intuía que traicionaba a Jarmila, aunque Anatol nunca fuera a saber de quién se trataba en su comentario indiscreto.
Y cuando él —¡naturalmente!— se horrorizó, tan horrorizado como Hanna cuando había leído la hoja hacía unas horas, ya no hubo quien la parara: le contó sus experiencias con el Partido desde que había llegado a Praga, su indignación ante la fanfarronería demagógica, que casaba tan mal con la mezquindad del funcionamiento interno del Partido, y solo atribuyó sus propias vivencias y observaciones a conocidos imaginarios. Anatol escuchaba atento, con la hoja siempre en la mano, a la que de vez en cuando bajaba la vista. Sus largas pestañas le echaban sombras en las mejillas, y leyó a media voz:
«Marido, esposa o compañero estable en los últimos tres años, su origen social, profesión, organización... ¿Qué ha escrito usted en este apartado?», preguntó, levantando la vista. El «usted» iba acentuado; ¿había dicho «ha escrito» o «habría escrito»? Hanna se asustó de pronto. ¿Había llegado el momento? ¿Había entendido? Se confesó que se había confesado con su relato indiscreto. Pero se rehízo y contestó: «Si a mí no me lo han presentado. Ya le he dicho que me lo dio una comunista...».
Pero Anatol repitió su pregunta y pasó el indicativo al condicional: «Bueno, entonces... ¿qué habría escrito usted en este apartado?».
Ahora iba acentuado el verbo, pero todavía más, como antes, el «usted». De pronto ese «usted» le dolió a Hanna como algo impropio, fuera de lugar, que ocupaba sin derecho el sitio de un «tú»...
«¿Qué habría escrito usted?», repitió él, y puso su mano sobre la de ella. Su mano morena, de dedos finos, estaba sobre la suya, y los dedos de ella, con las yemas algo vueltas hacia arriba, asomaban por debajo de los de él. «Dedos ávidos de placer», había dicho Karl una vez. «Manos que quieren marcharse»... Ahora ya no podían marcharse.
«No tengo marido», dijo Hanna en voz baja.
En el café ya no quedaba nadie; los camareros ponían las sillas sobre las mesas; un botones barría las colillas; era medianoche.
«Los señores tienen que pagar, por favor; cerramos», dijo el jefe de camareros. Quizá llevaba mucho rato allí. Todas las lámparas estaban ya apagadas; solo la de encima de su mesa seguía encendida. Sí, pagar, seguramente, también había que pagar. Pero solo al final de todo. Al marcharse...
En silencio bajaron al muelle. Del Mánes salía la gente en tropel; alguien saludó; bajo la farola Hanna reconoció el gesto desenvuelto de la mano de Rýma, la cara aristocrática de Rýma. Un traidor, pensó, pero le dio igual.
También Svoboda lo había reconocido. «Otro que es algo distinto de lo que pretende ser... o de lo que cree ser», dijo, con muchos sentidos. Hanna no contestó. Hacía calor. Se quitó el sombrero. El Hradschin estaba envuelto en la bruma, apenas se veía; por el Moldava pasaban unas cuantas barcas nocturnas; un borracho chocó con ellos. Iban uno junto al otro en silencio; iban muy despacio.
De pronto a Hanna le entró una nostalgia terrible. De Alemania, de Karl, del trabajo del Partido en Halle, de la casa de sus padres, del albergue de refugiados, de la imprenta, del despacho de Bílek, del hombre que iba a su lado, del que no sabía nada aunque estaba tan cerca de él; pero sobre todo nostalgia de sí misma, de la Hanna que había conocido durante tanto tiempo y que ahora, por lo visto, se marchaba, ¿quién sabe adónde?...
El corazón le latía con dolor y fuerza, como cuando el tren arranca y en el andén están los amigos diciendo adiós con la mano y se van haciendo cada vez más pequeños, cada vez más pequeños, y luego ya solo se ven los pañuelos. Estaba completamente sola en el mundo y tiritó en la cálida noche de agosto. Cuanto más se acercaban a su casa, más aflojaba el paso; de pronto le daba mucho miedo estar sola en su extraño cuarto de pensión.
Hay que pagar, pero solo al final de todo, pensó maquinalmente. Ya estaban delante de la casa y Hanna había llamado. Detrás de la puerta se oía acercarse arrastrando los pies al portero, y Hanna ya había tendido la mano para despedirse de Anatol. Pero, sin entender bien cómo ocurrió, levantó la mano hasta la solapa de él, sacó el clavel rojo del ojal, se lo llevó a la cara y dijo:
«¿Quiere tomar todavía un té en mi casa?»
Él se inclinó sin decir nada. En el zaguán la cogió solícito del codo, como en un cruce de calles. Hanna recogió la llave de su cuarto, subieron en el ascensor, Hanna abrió y entró detrás de Anatol. La habitación estaba bañada de luz rojiza —se le ocurrió la palabra «farolillo»—: sobre su ventana habían montado un anuncio luminoso de bombillas rojas. Se quedaron de pie unos segundos; luego Hanna dio al interruptor e invitó al hombre a sentarse.
«Qué bonito lo tiene usted», dijo él amablemente, y contempló los libros de la estantería metálica.
El miedo de Hanna de hacía un rato había desaparecido. Estaba en casa y se sentía libre y ligera y natural. Encendió el hornillo de alcohol, puso agua para el té, sacó unas pastas de una caja del armario y empezó a poner la mesa.
Se había olvidado de Karl y del Partido.
Tercera parte
Capítulo 11
El domingo, un día negro — Bienaventurada añoranza — Mar y puerto de la compaginación — Una tierra desconocida detrás — ¡No pedir nada y no negar nada! — Penoso recuerdo de un amor de tres a cinco — Una mujer como todas — Descenso mudo — Caen las primeras gotas.
Domingo, domingo, ¿por qué hay domingo, en realidad? Pregunta tonta: pues para que, después de seis días de trabajo, uno pueda descansar el séptimo; domingo, dominicus, día del Señor, para que uno vaya temprano a misa y se lave de los pecados de la semana pasada y se cargue de fuerzas y de justificación para los pecados de la semana que viene, o para que uno pueda dormir a gusto de una vez. Y para que uno se dedique a su familia, el domingo, a la familia que no ve en toda la semana. Hasta a Karlíček, que seis días de la semana vive lo más soltero posible, en la redacción, en el café o en cualquier parte con novias de rizos rojos o de rizos negros, hasta al señor redactor jefe adjunto Karl Lozák se le ve el domingo por la mañana paseando por el Baumgarten con su mujer y sus hijos (porque tiene mujer e hijos).
En Rusia han abolido el domingo: cinco días de trabajo, el sexto de descanso, como para fastidiar al buen Dios; el trabajo estajanovista bate récords de calendario; en Rusia no se va a misa, y dormir se puede dormir también un martes o un viernes, sobre todo cuando uno ya no sabe si es martes o si es viernes; bastante desconcertante le había parecido a la occidental Hanna, aquel verano de 1931: sin días de la semana, solo fechas del mes, cada mes de treinta días; los cinco que sobran, los superfluos últimos de mes burgueses, son cinco fiestas nacionales: dos días de la Revolución de Octubre, dos días de Primero de Mayo y el aniversario de la muerte de Lenin... Pero en Rusia han vuelto a abolir la semana de cinco días: no ha dado resultado, se dice, porque los muchos cambios de turno en las fábricas desbarajustaban el trabajo, y también para que el padre, la madre y los hijos —que en los años de la revolución tenían su vyjodnoi, su día libre, en distintos días de la semana— vuelvan a juntarse alguna vez; sí, digámoslo claro, aunque sea con un suspiro: también en Rusia se ha vuelto a implantar el domingo, para que uno pueda dedicarse a su familia.
El que no la tiene y ni siquiera va a misa no está para risas; y si encima no ansía especialmente dormir hasta tarde esa única vez, porque —así está organizada su vida— puede dormir hasta tarde también los viernes o los martes, ese está pero que muy mal. Callejea un poco por la ciudad, va al café a leer los periódicos del domingo; luego come en alguna parte —el domingo hay manteles limpios en los restaurantes y flores en las mesas, y se ven familias endomingadas que hoy no quieren cocinar en casa—; bueno, y luego ya no se sabe muy bien qué hacer hasta el cine de la noche.
No hay compaginación; no tiene uno casa; la redacción está cerrada; una vez que Hanna quiso ir un domingo a buscar su diccionario para traducir deprisa algo para Anatol, tuvo que trajinar mucho rato en el pasillo oscuro con el manojo de llaves tintineante que le había confiado el portero, porque no encontraba el interruptor. Triste, triste es un domingo así. Por la noche va uno, para consolarse, al pequeño café de Karlín a pasar un rato con los camaradas, pero últimamente ya no se está tan a gusto como antes: Jarmila y su amigo del momento, Jenda, están envueltos en una gran tragedia de despedida que pesa sobre el ánimo de todo el círculo, y con Hanna se habla de algún modo con las cartas tapadas; lo nota cada vez más. ¿Por qué hay domingos, en realidad? Todo se desequilibra. A duras penas se ha construido uno durante la semana un equilibrio pobretón, al paso acompasado de los días laborables y en el bullicio acostumbrado, familiar, ya imprescindible, de la hora de la compaginación por la noche, y luego llega el domingo y se cae uno en un agujero negro.
Pero todos estos ociosos pensamientos de domingo, tan familiares para Hanna desde hacía casi un año, hoy no la asaltaron; porque hoy era un domingo de verdad, una fiesta de verdad, no solo un día intercalado y desierto entre días de semana llenos; ¡hoy era domingo, domingo, domingo!
Estaba sentada frente a Anatol en un compartimento de tercera. Él había querido sacar segunda, pero Hanna se había negado: siempre le resultaba un poco embarazoso que él pagara por ella, y además no iba bien con su ropa de excursión. Salían de Praga, al campo. A lo largo del Moldava, por arrabales y pueblos que Hanna no conocía en absoluto; seguramente no había vuelto a pasar por allí desde niña. Junto a Vrané se estaba construyendo un embalse gigantesco, y los sanatorios antituberculosos del Estado se alzaban tan nuevos y modernos que ella ni sabía qué edificios eran; pero Anatol le explicaba la comarca como a una extranjera; claro que ella había estado tantos años «afuera».
Le hablaba como a una conocida casual, la trataba de «usted». Bueno, sí, nunca se sabe: a un redactor jefe lo conoce tanta gente; tiene toda la razón. Por mí no tendría que tener reparos: aquí no me conoce nadie, y aunque me conocieran, me da todo igual.
Hanna era feliz. ¡Un día entero, el primer día entero junto a Anatol! Un domingo entero, que Dios ha creado para que el hombre sepa que no está solo en el mundo.
¡Ahora hasta Dios! Sonrió. Dios sabe que se sentía piadosa de domingo; sentía la vida dentro de sí tan pura y tan en armonía, y miró con ojos claros y confiados la cara estrecha y oscura de Anatol. Era tan nuevo para ella hoy, con su traje deportivo y la camisa abierta,
y en lugar del cigarrillo había encendido una pipa corta, y parecía tener veinte años, pensó Hanna embelesada.Hasta anoche no le había hecho la propuesta. Después de llover casi todo septiembre, habían llegado todavía unos cuantos días bonitos y templados. Habría que ir de verdad al campo alguna vez, había dicho él al despedirse de ella delante del portal; ¿tenía algo que hacer mañana? No, no tenía nada que hacer; ¿qué iba a tener que hacer un domingo? Llevaba semanas esperando, cada sábado, que él le hiciera esa pregunta, porque desde aquel día en que, tras la confusión y la turbiedad de muchos meses, de pronto se había sentido tan ligera, tan humilde ante la vida y casi piadosa, se había preparado para él con naturalidad, como mujer, y se había prometido: ¡no pedir nada y no negar nada!
Sábado tras sábado habían pasado, y él no había dicho nada, y Hanna no había preguntado: «¿Qué haces mañana?». Había esperado. ¿Quizá había tenido miedo de oír una respuesta evasiva o una negativa a una pregunta? Si no sabía cómo vivía él, aunque ya llevaba dos meses siendo su amante.
En Davle se bajaron y echaron a andar. ¡Qué tiempo tan bueno, tan bonito, tiempo de domingo en octubre! En la carretera hacía calor de verdad; no habían salido hasta las diez. Anatol se quitó la mochila, la mochila de Hanna; pesaba poco, solo unas cuantas provisiones y su chaqueta de punto iban dentro; él se quitó el chaleco de cuero; qué guapo era, la cabeza y el cuello tan morenos sobre la camisa blanca abierta, y los brazos desnudos con un vello negruzco; a ella le recorrió un escalofrío la espalda. Torcieron por un camino del bosque, y los bocinazos y el traqueteo de los coches enmudecieron detrás de ellos. Los árboles estaban amarillos y rojos de otoño; en la linde del bosque los abedules ya habían perdido en parte las hojas. No se cruzaron con nadie; seguramente iban todos por la orilla del río o ya estaban acampados en algún prado para la comida.
Anatol le había pasado el brazo por la cadera; caminaban por el silencio callados y en armonía. Así que este es mi domingo, pensó Hanna, nuestro domingo, el que he añorado durante tantas semanas. Cumplimiento. Tanto, tantas cosas me había guardado para decir este domingo. Todo lo que no se puede decir entre gente extraña y horas y minutos medidos por el reloj. Y ahora no se me ocurre nada. De un domingo a otro me lo había ido guardando, y ahora ya no sé nada...
«A esta hora, los últimos domingos, siempre andaba dando vueltas por las calles, con la esperanza de encontrarte en algún sitio», confesó. No se le pasó por la cabeza que aquello era una pregunta sin signo de interrogación. Quería acercarse a él, informar, contar; ¿qué sabían, en realidad, el uno del otro? Anatol contaba poco y no preguntaba. Ahora seguramente sabía que aquellas quejas y aquellos agravios que ella, una noche de agosto, inclinada desconcertada sobre un funesto cuestionario, había atribuido a una amiga comunista eran su propia herencia de preocupaciones. Pero en lo que entonces confesó, y en lo que, con confusión y amargura, y —cuando él subrayaba aprobándolas sus crecientes dudas sobre el Partido— con una defensa que se encendía de pronto, había dicho aquí y allá, apenas había quedado claro nada de su vida privada, y él no había preguntado. Ni siquiera aquella vez que quiso anunciarse en su casa para la tarde siguiente y ella le contestó: «Créeme que me cuesta decir que no, pero mañana tengo algo importante que hacer». No había dicho qué. Solo al día siguiente, de camino a casa desde la redacción, había mencionado de pasada que el compromiso no había compensado renunciar a su visita... y él no había preguntado. Nunca había preguntado: «¿Qué haces el domingo?». Tampoco ahora reaccionó a su media pregunta.
«Dando vueltas he andado, los domingos», repitió ella, y enumeró concienzudamente: «Me encontré a Mandura con su familia en la isla de Sofía; al señor Slavík con su familia en el muelle; a Zeman con una novia en el Belvedere; a la señorita Jelínek, de la administración, con un novio; solo a ti no... ¿tú no sales a pasear los domingos?». Ahora sí se había convertido en una pregunta de verdad, con signo de interrogación.
«¡Pero si los domingos casi nunca estoy en Praga!», contestó Anatol con la mayor naturalidad. «Casi siempre voy a Brno, a ver a los míos... el sábado en el tren de medianoche o el domingo muy temprano... ¿no lo sabías? Muchas veces no vuelvo hasta el lunes a mediodía y dejo que Lozák haga el periódico del lunes...» No, no lo sabía. El periódico del lunes salía como vespertino, a las dos. Nunca se le había ocurrido que la compaginación del lunes tenía que ser por la mañana.
Esta simple constatación la alteró de un modo desmedido. No sabía nada de él; no tenía la menor idea de cómo vivía. Karlíček, Bílek, los cajistas, el portero: todos sabían de él más que ella. A un redactor jefe hay que poder localizarlo siempre y en todas partes, como a un médico. Seguro que en el papel clavado en la pared encima de la mesa de Bílek, entre los números de teléfono importantes, estaba también el suyo, en Brno. Nunca se le había ocurrido mirar los números de teléfono. Nunca se le había ocurrido preguntar por el número de Anatol, que no estaba en la guía entre los sesenta y siete Svoboda entre los que, una mañana de mayo, había buscado en vano su nombre de pila. Sabía que lo veía todos los días en la compaginación, y saber de esa hora fija le parecía tan amplio, tan abarcador, tan lleno de una honda seguridad, que el gran desierto de no saber nada de su vida personal, la que transcurría fuera de la redacción, ni siquiera le había llegado a la conciencia como tal.
Todas las tardes entre las seis y las siete —ella siempre
llegaba antes—, veía infaliblemente su figura estrecha y rápida deslizarse junto al cristal esmerilado, y entonces esperaba con el corazón palpitante hasta que él, a los pocos minutos, ya con su blusa de trabajo, abría la puerta del gran despacho central y venía a darle las buenas tardes. Le preguntaba cortésmente por su salud, por su trabajo, y si por casualidad no había nadie más en la habitación, a veces la besaba en el pelo o en la nuca y concertaban la próxima cita... Si tardaba mucho en venir, Hanna a veces no podía aguantar más e iba a verlo, con unas hojas o un libro en la mano. Apretaba el botón escondido del picaporte, bajaba el picaporte despacio —no se podía llamar, porque la puerta estaba acolchada por los dos lados—, y en cuanto veía detrás del escritorio su cara amada, cesaba el palpitar y entraba en ella una paz honda y feliz: estaba en su sitio de siempre, seguía allí, estaba allí, siempre estaba allí, aunque no pudiera hablar con ella porque el jefe de compaginación o Bílek estaban de pie junto al escritorio o un visitante sentado en la butaca de club le tapaba la figura a Anatol. Él le hacía una seña con los ojos, y Hanna decía «Perdón» y se retiraba. Si no había nadie con él, se sentaba ella misma en la butaca de club y hablaban: de libros, de los trabajos que ella seguía haciendo para él, de música, del periódico, de la gente del periódico, absortos e interesados como siempre; hasta se trataban de «usted», tan acostumbrados estaban a esa hora de charla al final de la tarde, que les era habitual desde hacía largos meses, antes de que hubiera nada personal entre ellos... No, de lo personal tampoco ahora se hablaba; solo vibraba como un sonido secreto detrás de todas las palabras, de todas sus palabras, que cualquiera que entrara por casualidad habría podido oír, tan impersonales eran, y que sin embargo interrumpían a media frase cuando el picaporte discreto bajaba despacio y entraba Karlíček o el jefe de compaginación. Entonces Hanna salía con un sonriente «Bueno, pues muchas gracias, señor doctor».A las ocho volvería a verlo y podría contemplarlo hora y media, verlo, oírlo, sentirlo, en el bullicio de la hora de la compaginación, que para los dos se había convertido a la vez en mar y en puerto... Lo que quedaba más allá, tierra adentro, lejos de la rompiente de la costa, estaba entre niebla y bruma, sin decir, sin preguntar; también ella tenía un ancho trecho de tierra adentro en el que había muchas cosas que no le decía a Anatol y por las que Anatol no preguntaba...
Pero hoy, hoy no estaban juntos en Svoboda, en su verdadera casa, entre el tableteo de las máquinas y la fiebre de los cajistas que blandían el componedor en el brazo como los primeros violines el violín en un local nocturno, entre los redactores que hacían su trabajo apresurado en una incomprensible jerga periodística. Hoy iban del brazo por el bosque otoñal, y el silencio vibraba a su alrededor de tal modo que a sus oídos, acostumbrados al ruido y desacostumbrados al silencio, les zumbaba porque alrededor todo estaba tan callado.
Hacía rato que tendrían que haber torcido para bajar al río si querían llegar a su meta inicial, los rápidos de Štěchovice; pero qué importaba: nadie los esperaba; aquí arriba, en la colina, era tan inmensamente bonito que ni se podía hablar; había tanta calma alrededor.
¿Quizá se podía cantar...? Hanna empezó a tararear con los labios cerrados y, sin quererlo ni saberlo, le salió Mahler: «...Iba yo por la mañana por el campo... tililalila...». Y luego abrió los labios: «¡Mundo hermoso! ¡Mundo hermoso!». ¡Cómo exultaba aquello! ¡Como el bosque rojo y amarillo de octubre, y el domingo, el de verdad, su domingo, el suyo y el de Anatol!
«¡Qué buena voz tienes!», dijo Anatol admirado, y se notaba que no era solo un cumplido. Tenía una bonita voz de mezzosoprano, que antes de casarse había empezado incluso a educar. Pero luego había llegado la otra vida, completamente distinta: Karl, el trabajo, el Partido, también la «enemistad musical»... No, hacía mucho que no cantaba. Caminaban sobre el musgo, las agujas de abeto, las raíces, y Hanna cantaba y cantaba. Como si llevara muchos años de canciones no cantadas represadas dentro, así le brotaba ahora, y ella misma se sorprendía de cuántas canciones sabía todavía: Schubert y Schumann y Mahler y Brahms y Wolf y Debussy; y cuando terminó con los lieder empezó con las arias de ópera, y hasta se acordaba todavía de los textos italianos de Aida y de La forza del destino. Solo de vez en cuando le faltaba una palabra, pero se inventaba otra muy contenta o seguía cantando simplemente con la-la-la.
«¡Me gustaría ir alguna vez contigo a la ópera!», dijo de pronto.
«Eso va a ser difícil», dijo él con reserva. «Ya sabes que todas las noches tengo que estar en el periódico...»
«¿Y el domingo?», insistió ella.
«Bueno, sí, quizá algún domingo», contestó él, pero sonó a que no.
Hanna enmudeció. Era ya la segunda vez en el día que faltaba a uno de sus dos axiomas principales: ¡no pedir nada y no negar nada!
«¡Canta algo más!», le pidió él.
«Si las cartas te anuncian una amarga desgracia... en vano las barajarás», cantó Hanna, el aria de Carmen del tercer acto, pero en el segundo verso se salió de la melodía, buscó a tientas unas cuantas notas y luego lo dejó. Anatol silbó el aria correctamente hasta el final. A Hanna le hizo bien, de un modo confuso, que él le hubiera quitado de las manos la melodía trágica a mitad de camino.
«Por cierto, ya estuvimos una vez juntos en la ópera», dijo él, y la miró como en un acuerdo secreto. «Carmen la oímos juntos, al menos en parte...»
Hanna se acordó enseguida de la noche en el despacho de Bílek, cuando había ido tarde todavía a *Svoboda* para aturdir en algún sitio su horrible sensación de abandono y, para su sorpresa, se había encontrado con el jefe.«Aquella vez que me preguntaste cómo me llamaba de nombre...»
Hanna lo miró. Era feliz de que también él tuviera aquella noche tan presente en la memoria, de que se lo dijera hoy. Era como una confesión.
«Y tú hablaste de la “vida propiamente dicha”», confirmó ella. «Fue en mayo, a principios de mayo. ¿Y esto de hoy es “vida propiamente dicha” o es realidad?», añadió; era más bien una pregunta a sí misma.
«Quizá sea incluso “vida de verdad”», contestó él, y la besó.
«Es que ya tenemos una historia juntos», añadió, sosteniéndole la cara entre las manos. Pero no la miraba a los ojos; miraba sin ver a lo lejos.
Sí, seguramente ya tenían una historia juntos, la historia de su añoranza. En realidad, juntos no la tenían. Cada uno tenía la suya, que se refería al otro; pero Hanna solo conocía su propio río, y Anatol solo conocía el suyo, y cada uno sabía dónde y cuándo había nacido el suyo y cómo había corrido, con meandros, embalses, rápidos y bajíos de arena. Cómo había nacido y corrido el río del otro, eso no lo sabían; sabían a lo sumo —pero no se atrevían a hablar de ello— que una noche de agosto los dos ríos habían confluido. Y aun eso, se preguntaba Hanna dudando, no se sabe qué río ha desembocado en cuál, el mío en el suyo, el suyo en el mío... ¿lo sabrá él? ¿Quién ha sido aquí el río principal y quién el afluente?
Bueno, daba igual; ahora corrían en armonía, llevados por la crecida de los corazones de los dos, de la sangre de los dos, llevados por la música y por el bullicio de cada noche del jaleo de la compaginación, que todos los días, fielmente, a las nueve y media, los arrojaba a la playa del café en el desordenado despacho de Bílek, y poco después a las calles nocturnas que brillaban con la lluvia de otoño.
Pero hoy no era de noche ni llovía; era el sol de mediodía en el bosque. El bosque se alzaba verde negro, casi todo coníferas, y el suelo pardo de agujas, con poco verde entre medias; y entre las filas rectas de abetos se veía aquí y allá un rojo luminoso de haya, y en la linde del bosque los troncos de un blanco delicado de los abedules medio deshojados.
Iban de la mano y no hablaban. Un bienestar infinito se extendía por el cuerpo de Hanna; todo el día, un día entero tenía a Anatol para ella; ningún Bílek, ningún jefe de compaginación, ninguna visita, ninguna mano tendida desde la enorme tierra desconocida de su vida privada podía disputárselo hoy; un día entero, y después —¡quizá!— todavía una noche entera. Al bajarse en Davle había visto un hotel bonito junto al Moldava, de veraneo, ahora en octubre seguro que vacío; ¿por qué no podían coger allí una habitación a la vuelta e inscribirse como el señor y la señora Svoboda? Si había tantos Svoboda. Pero algo la retuvo de seguir pensando aquella idea; hoy era ahora, y precisamente eso era lo que hacía feliz: que no había pasado ni futuro, solo el presente que estaba ahí, puro, cierto, en un camino del bosque, enmarcado por altos abetos.
En un claro soleado hicieron un alto. Ya era mediodía. Hanna deshizo la mochila; se comieron los bocadillos que ella había preparado por la mañana con sus provisiones de la cena; Anatol aportó caramelos y fruta. Comieron con ganas y se alegraron de lo bien que les sabía. Ya no eran lo bastante jóvenes como para despreciar la comida porque se querían. Luego anduvieron por la maleza buscando agua. Con pastillas de menta no se podía quitar la sed, y termo Hanna no tenía, y como la excursión se había decidido la noche antes, ya no había podido conseguir uno. Pero había traído café molido y un cacharro de aluminio. El café formaba parte de su extraña relación igual que el periódico, igual que el ruido de la sala de composición; no querían prescindir de él tampoco en el silencio solemne del bosque de domingo. Luego encontraron agua, se mudaron con su ajuar a la fuente y empezaron a juntar ramitas y a encender un fuego.
Inclinada sobre la hierba tierna, Hanna soltó un gritito: «¡Parasoles!». Entre las hayas había atisbado los pies altos y fibrosos y los sombreros escamosos de las setas.
«¡Esas son venenosas!», dijo Anatol con un gesto de rechazo. Pero Hanna negó con la cabeza para tranquilizarlo. Las conocía: en los bosques alemanes las había cogido muchas veces en otros tiempos y las había asado en fuegos de ramas como este. Pero en Alemania no quería pensar ahora, ni hablarle de ello a Anatol. Pero si los parasoles los conocía ya también de los bosques bohemios, ¡cuánto hacía de eso! El médico de cabecera progresista de sus años de juventud, con el que antes había salido tantas veces de excursión, les explicaba a las chicas y a los chicos los frutos del bosque. Se dio cuenta de que también reconocía el bosque, el viejo bosque junto a Štěchovice; cuánto hacía de eso, antes de la guerra, más de veinte años; desde entonces no había vuelto. Reprimió también ese recuerdo; le resultaba embarazoso haber sido ya mayor antes de la guerra; quizá era incluso mayor que Anatol; ¿cuántos años le echaría él?
«¿Cuántos años me echas?», preguntó, y le palpitó un poco el corazón. Él la miró con atención. Ella se agachó para amontonar ramitas para el fuego; él estaba tumbado, apoyado en los codos, y la miraba a la cara desde abajo.
«Desde luego pareces mucho más joven», contestó él.
Sonó como si trazara la raya final debajo de una cuenta.Hanna se conformó con este juicio ilógico. Se arrodilló para atizar el fuego y le sonrió. Entonces él la agarró por los hombros y la tumbó. La besó inquieto y excitado por toda la cara, el cuello, el pecho.
«¿Cuándo me deseaste por primera vez?», le preguntó al oído. Ella lo sabía exactamente. Aquel día en que él le había dicho: «No tengo mujer». Y no sabía qué tenía que ver esa revelación con el repentino arrebato de su sangre, y no quería averiguarlo.
«¿Y tú?», susurró en lugar de contestar, y ya no se resistió.
«Yo... hace mucho. Mucho más de lo que puedes saber...»
No, no venía nadie; estaban en mitad del bosque, silencio de domingo alrededor, y se precipitaron el uno en el otro, se devoraron, cada vez con más apremio y una y otra vez, a largos tragos; y Hanna volvió a sentir la entrega completa, la extinción del tú y del yo; cuando se sentían estremecidos, cuerpo contra cuerpo, era como si ya los rozaran otros estremecimientos.
Desde aquella primera noche era la primera vez que Hanna se perdía del todo en el hombre. Entonces le había dicho: «Casi como si hasta ahora no hubiera sabido que soy una mujer...». No era del todo verdad. Tampoco antes había sido fría, en los pocos amoríos lamentables que había tenido antes de casarse, al principio para probar «cómo es», lo prohibido, lo misterioso que una chica de casa burguesa en realidad no debía saber, y luego por gusto del placer. Pero había sido un placer pequeño, limitado al cosquilleo y al desahogo, y siempre como mezclado con desprecio y desprecio de sí misma. Y con Karl... contadas veces se había perdido del todo a sí misma en sus brazos; recordaba esas contadas veces casi por la fecha: cuando habían vuelto juntos a casa, con el corazón exaltado, de una gran asamblea; cuando habían terminado un trabajo en común; entonces el cuerpo había confirmado la gran comunidad de la fe; uno había dejado de ser un pobre yo individual en la carne. Pero las otras, las muchas, cientos, miles de veces con Karl, había sido más bien como una confirmación carnal de su fraternidad espiritual, prueba de confianza y cordial participación humana, que obliga a la carne reacia a no negar la respuesta.
Pero con Anatol, desde aquel día que no le confesó, la había arrebatado por completo, ojos y piel, y muy dentro lo ardiente, lo que crece largamente, que no se descargaba en una sola chispa escasa, sino que seguía resonando sordo, en un gran rumor constante, por todo el cuerpo, hasta que luego se iba agotando despacio y se retiraba en respiraciones tranquilas y hondas.
«Casi como si hasta ahora no hubiera sabido que soy una mujer», había confesado asombrada. Y él había contestado: «Eres una mujer como todas...». Sonó un poco rudo, de hombre, pero ella lo había sentido como una caricia seductora, y se había lanzado fuera, exultante, del rigor de todas las opiniones y de las ideas preconcebidas; se había quitado la coraza y se había entregado como una mujer que es como todas, sin cara, sin nombre.
Nunca más, desde aquella primera noche con Anatol, había conseguido esa total pérdida de sí misma. Al día siguiente había encontrado en su mesa una carta cortés de la dirección de la pensión, en la que se le advertía de que después de las ocho de la noche no se podían recibir visitas en las habitaciones. Eso se lo había dicho a él cuando la noche siguiente quiso volver a subir, y había esperado que la llevara a su casa. Pero él solo había fruncido el ceño, había callado un rato y luego, al despedirse, le había besado la mano. Y desde entonces había venido a verla a primera hora de la tarde.
Ella había dicho que sí cuando él se anunció, pero cuando la tocó y empezó a besarla y dijo «¡Baja las cortinas!», algo se había resistido dentro de ella: así, a plena luz del día y con cita previa... no; se había quedado fría del todo y había querido distraerlo; había hecho café, le había enseñado libros, le había contado cosas, hasta que él le cogió la cara entre las manos y le preguntó en voz baja y un poco toscamente: «¿Por qué no lo que los dos queremos?». Entonces ella había perdido el valor y había bajado las cortinas y se había desnudado en el cuarto de baño y se había tumbado como para una cura. La vida no tiene sitio para decorados románticos, se había dicho, y no podían abrazarse precisamente en su despacho de redactor jefe ni en la imprenta, allí donde más se deseaban. Pero del abrazo preconcebido no había salido gran cosa: apenas el «placer pequeño», un cosquilleo rápido, un desahogo superficial; y cuando luego —él ya estaba saciado, rápido y a fondo como un hombre, como quizá cualquier hombre— se quedaba tumbada a su lado y despacio, despacio, con ayuda de la memoria y de la fantasía, había conjurado en su interior el misterioso anhelo del cuerpo que despega la piel de la carne y la carne de los huesos, y sube hasta debajo del cuero cabelludo y late en la garganta de modo que no se puede respirar, y desaparecía el mundo entero, el cuarto de pensión con la cortina de encaje bajada y la casa y la calle y la ciudad, cuarenta años de su vida y todo lo que sabía y pensaba; y cuando, con un saber distinto del de los pensamientos, sabía santamente que ahora, ahora y ahora empezaba la única vida que valía la pena vivir, vida sin la carga del yo, vida del todo, de la criatura, de la sublimidad sobrenatural de la carne sin yo..., entonces él la había besado de pasada y había dicho con un leve suspiro: «Por desgracia ahora tengo que irme...».
Decenas de pequeñas muertes había muerto en estas semanas en que era su amante, es decir, en que él venía cada dos o tres días, a plena luz de la tarde, a acostarse con ella en su cuarto alquilado con las cortinas echadas, un extraño con una extraña. Y seguramente ya después de la primera vez se habría apartado de él con un instinto indignado, si hubiera habido manera de apartarse, de escapar de la vida, que no tiene sitio para decorados románticos. Pero dos horas más tarde, cansada de la fiebre breve que asalta y martiriza el cuerpo a la hora sabida de antemano, como un escalofrío de malaria, y llena sin embargo de un anhelo no saciado, siempre había vuelto a ir a Svoboda.
Allí, eso sí, cuando él pasaba deslizándose, estrecho y rápido, junto al cristal esmerilado, cuando encontraba su cara amada detrás del escritorio, cuando lo veía dirigir con gestos vivos y graciosos el engranaje de la compaginación, como un concertino su orquesta bien ensayada, allí volvía a aparecer la sensación de la más honda fusión, de una unión en la que ya no se distinguen el espíritu, el corazón y la carne; y nunca habían estado tan desnudos el uno con el otro como cuando, con sus ropas burguesas, entre mucha gente, saludándose con los ojos por encima de los pupitres inclinados con las cajas de tipos, se sumergían el uno en el otro hasta la más honda consumación del nosotros. Y cada vez que sentía esa entrega en el sitio equivocado, había vuelto a esperar que mañana se encontraría para ellos el sitio adecuado. Atormentada y desconcertada, había buscado una y otra vez razones de por qué el hombre no encontraba el sitio; se había reprochado no ir ella, por su parte, a buscarlo a él a alguna parte; pero su lema, «no pedir nada y no negar nada», se le había ceñido como una nueva coraza, y nunca había dicho que no. Se agarraba a aquellas miradas que, por encima del ajetreo del lugar de trabajo, la saludaban de acuerdo con ella; se agarraba a la seguridad, sentida sin fundamento y sin pruebas, de que también Anatol sabía de una fusión más honda, más general, más perfecta, mucho más allá de los escuetos estímulos y alivios que buscaba y encontraba en casa de ella de tres a cinco, a plena luz de la tarde.
También hoy era plena tarde, pero no había ninguna redacción abierta para sacarlo de sus brazos, ni nadie en el mundo que los echara de menos. Y se amaron largamente y hondo, y después del amor se quedaron dormidos juntos sobre el suelo otoñal del bosque.
Hanna se despertó primero; tenía frío; el agua del cacharro del café se había evaporado hacía rato; el fuego de ramas, falto de alimento, se había apagado. Se incorporó y lo miró. Tenía el pelo revuelto sobre la frente, respiraba con inquietud, y por su cara saltaban espasmos, como lanzados a la superficie por calambres interiores, calambres cuyo sentido y origen ella no conocía. ¡Una cara tan doliente! Algo como un escalofrío le subió por dentro. Lo miró con ojos apremiantes, como para despertarlo de su tormento, que no era el de ella, como para cargar con su tormento, como su mujer. Pero... ¿querría él regalárselo? Su cara era hostil. Una cara tan hermosa, con la nariz delicada, la boca fina y grande con las comisuras caídas y una barbilla muy impetuosa: barbilla de Napoleón, la había llamado ella. Una cara amada, una cara extraña. La contempló largo rato y apenas la reconoció. Secreto del que duerme, que se lleva consigo incluso desde la más desenfrenada pérdida de sí en el amor... ¿sabe todavía algo de ella, con quien antes de dormirse ha compartido una vida tan honda?
Se estremeció. Luego se arregló la ropa, se puso la chaqueta de punto, tapó al durmiente con su chaleco de cuero y fue a encender de nuevo el fuego. Él se despertó con el crujido. La pena incomprensible se retiró de su rostro; se echó el pelo hacia atrás, estiró los brazos, como un hombre después de dormir, se levantó y la ayudó a traer ramas. Se sonrieron. Había en ella un poco de compasión; lo acarició con ternura.
«Ahora vamos a asar los parasoles», dijo maternal; «ya verás, saben a filete empanado». Les quitó la piel a los sombreros de escamas pardas, derritió un poco de mantequilla en el cacharro, y se extendió un olor delicioso, a flor y a carne a la vez, que le arrancó al hombre un olfateo voluptuoso. Probó. «Sabe a Thomas Mann», dijo, y ella, riendo, encontró que la comparación era excelente. Luego fueron por agua e hicieron café y charlaron en paz, como un matrimonio de excursión dominical.
El cielo se había nublado y se levantaba viento. «Si todavía queremos ir a los rápidos, tenemos que irnos», dijo Anatol. Hanna recogió la mochila. Al sacudirla, de los bolsillos laterales cayeron unas piedrecitas brillantes.
«¿Qué es esto?», se extrañó Anatol.
Hanna se quedó mirando las piedras. Ni ella misma lo sabía. Luego, de pronto, vio ante sí la carretera de Zinnwald, se vio a sí misma caminar por ella de Alemania a Bohemia, con la mochila a la espalda, reventando plantas que estallan y recogiendo guijarros brillantes, de vuelta en la patria de la infancia.
«Son cristales», dijo, con la mirada perdida a lo lejos.
Él se rio. Ella oyó reír a los jóvenes nacionalsocialistas en el autobús blanco que subía por el lado sajón hacia la cresta. Oyó reír a su hermano Heinrich cuando, en la carretera de Zinnwald, hacía treinta años, recogía «cristales». Oyó la risa basta y llena de vida del viejo médico de cabecera porque uno de los jóvenes había llamado venenosos a los parasoles. Oyó risas a través de muchos años, décadas atrás, risas a lo largo de toda su vida, risas asombradas, incomprensivas; al final, la suya propia,
una risa de sí misma que se apagó sin eco en el bosque.Se rio hasta que le corrieron las lágrimas, y lloró. No había presente. Solo había un pasado. Ningún presente. Había que robarlo, agarrarlo por la punta cuando pasaba deslizándose detrás de un cristal esmerilado, esconderlo detrás de cortinas bajadas o entre el follaje rojo y amarillo del bosque otoñal de octubre. Estrecho era el presente entre dos dedos cautelosos; pero si uno abría las manos y extendía los brazos para abrazarlo, ya no estaba.
«No era más que un recuerdo», dijo, apartando la cara y secándose las lágrimas de las mejillas. Luego empujó con el pie los guijarros de mica hacia la hoguera consumida y terminó de hacer la mochila.
Se pusieron en camino. Anatol iba a su lado, la cogía delicadamente del codo, como en un cruce de calles, y la miraba a la cara con afecto. Una ola de recuerdo de la última hora pasó por encima de ella. Le ofreció la boca y lo besó. De pronto sintió, como aquella vez en agosto, cuando los camareros amontonaron las sillas y apagaron la luz, que el tiempo se acababa pronto, y sintió con desesperación el deseo de retenerlo y estirarlo, al menos hasta mañana por la mañana. En el cielo se formaba una tormenta; tronaba a lo lejos.
«¿No dejamos los rápidos por hoy y volvemos a Davle?», preguntó apocada. «Allí había un hotel tan bonito... Hasta podríamos pasar allí la noche...»
«¿Pasar la noche...?», preguntó él a su vez, asombrado.
«¡Me gustaría tanto quedarme contigo hasta mañana!», pidió ella con timidez.
«Eso no puede ser, Hanna», dijo él en un tono amable pero firme que no admitía más preguntas.
Hanna enmudeció. Antes de que cante el gallo me negarás tres veces, se le pasó por la cabeza. Tres veces había preguntado, tres veces la puerta había seguido cerrada. ¿Era porque había preguntado? ¿O porque había preguntado con demasiada insistencia, con demasiada torpeza?... «No pidas tanto y recibirás mucho más», había dicho Karl a menudo. Sí, ella siempre había pedido, pedido. A la vida, a la gente, sobre todo a sí misma.
En medio de su día con Anatol había entrado Karl, sencillo y serio, con la cabeza rapada; con un traje de presidiario de sueño había venido a visitarla en medio del bosque bohemio. Al hombre que iba a su lado no le hacía caso. Iba junto a ella, al mismo paso —qué raro: antes nunca había podido seguirle el paso—. Contaba cosas. Qué distinto hablaba. «He sufrido mucho», decía; nunca antes le había oído Hanna decir algo así; nunca había hablado de sí mismo, y menos todavía de emociones. Se sintió vacilar por dentro y tropezó.
«¡Cuidado, ahí hay una raíz!», dijo Karl, y le tendió la mano.
«¡Déjame! ¡Puedo andar sola!», contestó Hanna enfadada, pero ya estaba a punto de caerse. Karl la cogió del codo; no, era Anatol quien la cogía del codo; Karl, con la cabeza rapada, con su traje de presidiario de sueño, se había ido.
«¿En qué piensas?», preguntó el hombre que iba a su lado. Ella calló, y él no repitió la pregunta.
«Tenemos que procurar llegar al río», dijo Anatol, mirando preocupado al cielo, por el que avanzaban rodando grandes nubes negras. En un cruce de caminos encontraron una flecha que les indicaba la dirección. Abajo, junto a los rápidos, seguro que habría una posada.
Bajaron la cuesta. Iban uno detrás de otro y ya no hablaban. Era como si con el sol se hubieran apagado toda la alegría y toda la inocencia de su mañana. De pronto a Hanna todo le pareció absurdo.
El hombre que iba detrás silbaba para sí. Ella no conocía su música. Sonaba a melodías populares húngaras. Una mitad de su sangre le había dado la espalda desde el principio, como un destino. Estaba inquieta y cansada. ¿Qué sabía ella de él, en realidad? ¿Para qué era todo aquello? Sus pies, con las botas de excursión de tacón bajo, resbalaban en la bajada empinada; estaba ocupada en no caerse. Detrás de ella iba su amante, un hombre extraño. Sentía su mirada en la nuca, pero no se volvió.
«¡Ya estamos!», exclamó Anatol. De pronto habían llegado al río.
Una figurilla de santo, desgastada por el tiempo, se alzaba sobre una roca en mitad del agua, y a su alrededor hervían los rápidos, crecidos por los aguaceros de septiembre, en cascadas arremolinadas.
Y allí estaba la posada, con su veranda de madera, sus buhardillas, su jardincillo delantero con las largas mesas toscas y los bancos sin respaldo a derecha e izquierda. Cuando entraron en la sala, empezaron a caer las primeras gotas, gruesas.
Capítulo 12
Se lucha por la leche — Anatol, en cambio, bebe cerveza — De fuera entra gente — Novedades en letra pequeña — Un certificado de matrimonio puede significar muchas cosas — El asesinato de la Feme en Štěchovice — Estalla una gran tormenta — Nuevos descubrimientos — Niebla espesa por todas partes.
Las ventanitas estaban cerradas por el viento fuerte y en la sala reinaba la penumbra.
En algunas mesas había excursionistas que, como Hanna y Anatol, habían huido de la tormenta que se acercaba. Todos bebían cerveza; también Anatol pidió una. Primero lamió la espuma del vaso, luego echó la cabeza hacia atrás y se bebió la cerveza de un trago. Como los cajistas en la pausa, pensó Hanna sin simpatía.
«Uf, la cerveza está caliente del todo», observó Anatol, y su hermosa boca dejó caer las comisuras con auténtico pesar; y luego pidió un segundo vaso.
Hanna había pedido leche fría, pero le dijeron que ya hacía tres días que no había. Sí, claro. Sanidad había cerrado los puestos de venta de leche, porque la adulteración había llegado a un grado que ya no era de verdad compatible con el decoro de un Estado moderno.
«¡Me parece que no lees la Svoboda!», dijo Anatol sonriendo. Pues sí, había leído la Svoboda, se defendió ella, y también los demás periódicos; solo que en ese momento no había caído. Así que pidió un café solo, que sabía malísimo y que, a diferencia de la cerveza, estaba frío.
Aquella historia de la leche iba tomando proporciones desmesuradas. Solo las almas muy ingenuas, las de la «leche del pensar piadoso»32, podían creer todavía que se trataba de la leche o de la salud pública. La prensa del Partido dejaba entrever cada vez más claramente, a través de todos sus editoriales filantrópicos, que el asunto era una cuestión política y que había que resistir «hasta la última gota de sangre» «para enseñar de una vez a los explotadores sin conciencia quién es mores». De ese lapsus del redactor comunista se habían burlado de lo lindo en el despacho de Bílek, con el jefe a la cabeza, y el malicioso Karlíček había profetizado que cualquier día los comunistas presentarían a Rodas y a Salta como socios de una fábrica textil que no respeta los convenios colectivos33.
Los obreros de las lecherías mecanizadas de la Melka habían recibido un aumento de sueldo ostentoso. Las reservas del consorcio no solo podían soportar eso, sino también aguantar semanas enteras con los puntos de venta cerrados, mientras que los pequeños productores tenían que verse en apuros a los pocos días, y las familias proletarias, para las que las latas de leche condensada eran demasiado caras, sufrían la falta de leche fresca.
Svoboda le recordó a Hanna, divertido, que el órgano comunista había exigido unos días antes leche sin adulterar con este argumento: «Como dijo nuestro gran Lenin: mens sana in corpore sano». Pero Hanna le explicó, acalorada, que la campaña del Partido tenía que tener en esa fase de su lado a toda la gente decente y que ahora no se trataba de frases latinas bien o mal empleadas o atribuidas a Lenin, sino de la lucha contra la desvergüenza de los grandes que se comen a los pequeños. Ella misma se extrañaba de su acaloramiento, porque el manejo correcto o incorrecto del comercio de la leche le había llegado a ser últimamente de lo más indiferente, mucho menos interesante en todo caso que la traducción correcta o incorrecta de giros extranjeros como «enseñarle a alguien los mores», un tema que había discutido con Anatol varias veces y a fondo. Si defendía con tanto fervor la política de la Svoboda (el consorcio de los pequeños comerciantes, no el periódico), era más bien en defensa propia, una protección que buscaba sin saberlo: tan rendida estaba ya al hombre, a la atmósfera de la Svoboda (el periódico, no el consorcio de los pequeños comerciantes). De vez en cuando tenía que ponerse polémica para poder creerse todavía a sí misma dónde estaba, dónde estaba todavía.
Anatol contestaba cortésmente con un «bueno, eso no lo sé tan bien», un «tú estás mejor informada» o un «no te tomes tan en serio la palabrería política»; pero en su voz había cierta irritación que Hanna ya le había notado varias veces, siempre que ella defendía el punto de vista del Partido o intentaba explicarle algo de manera marxista.
Su inteligencia fina, enfrentada a semejante agresión intelectual, quedaba un poco Biedermeier; argumentaba como si sintiera que no se le tomaba en serio como hombre de su tiempo, y encima que no le tomaba en serio una mujer, una mujer de lo más corriente, solo que un pelín demasiado lista, a la que conocía en sus impulsos más íntimos y de cuyo cuerpo gozaba.
Esa era más o menos la interpretación que Hanna daba a su conducta, y eso la incitaba todavía más a la polémica: en lo intelectual no quería admitir masculino ni femenino, y la actitud caballerosa que tanto le gustaba sentir en su relación privada la irritaba en el debate político, donde le parecía un menosprecio de su entrega. «¡Eres tan doctrinaria!», solía decir él entonces, y ella oía en ello más el reproche por su manera impropia de pensar que la admiración por una actitud ante la vida que a él no le había sido dada y que le envidiaba. Cuando alguna vez él le daba breves explicaciones de esta clase, ella no hacía más que menear la cabeza, incrédula, como si su admiración interpusiera algo entre los dos...
«¡Eres tan doctrinaria!», dijo también ahora, y le acarició el brazo como si quisiera calmar a un perro salvaje. Luego se pidió otra cerveza.
«Es la tercera», constató Hanna con aspereza, pero al sentir la mirada asombrada de él, se turbó y añadió: «Lo digo solo por si luego no te cansas demasiado... todavía nos queda un buen trecho de camino...».
Entretanto, desde luego, no había ni que pensar en marcharse. Había estallado una tormenta y caían chuzos de punta. Entró una pareja, con las chaquetas por encima de la cabeza, chorreando; la mujer se quitó los zapatos junto a la puerta y los volcó: salieron dos arroyuelos sucios. El posadero encendió la luz y Hanna vio que la mujer era Luise Kulicke y que el hombre que escurría allí su jersey era Kurt.
«¡Anda, Hanna!», dijo Luise, y Kurt dijo: «¡Frente Rojo!». En aquel local tan pequeño no había otro remedio: Hanna tuvo que hacer las presentaciones e invitar a los dos a sentarse a su mesa. «El doctor Svoboda»... en Praga, y más aún para unos alemanes del Reich poco duchos, era un nombre que no decía nada. Y Hanna no dijo nada más para explicar qué hacía allí. Tampoco a los dos les interesaba mucho su acompañante; lo primero era conseguir algo caliente que beber y colgar la ropa empapada delante de la estufa que la criada acababa de encender.
Las dos mujeres salieron, y mientras Luise se frotaba los pies en la cocina y le daba a la posadera las medias caladas para que las secara, Hanna se quitó los calcetines de lana que llevaba encima de las medias y obligó a su amiga a ponérselos.
«Ese será alguien de antes, de tu época de Praga, ¿no?», preguntó Luise sin malicia. Hanna igual podía haber dicho que sí, pero, cosa rara, a Luise no se le podía mentir, era tan limpia y tan decente.
«No, es mi jefe... es decir, el jefe del periódico para el que traduzco.» Se puso colorada. Que una parte tan grande de su vida transcurría en la Svoboda casi nadie lo sabía, ni la gente del albergue de refugiados ni la del Partido. Para unos y otros era una colaboradora ocasional, externa, del periódico burgués, para ganarse unos cuartos. Del encargo secreto del Partido solo sabían dos o tres, y además en los últimos tiempos no se lo habían renovado; ya no contaba.
«¿Ah, sí?», respondió Luise sin mayor interés, y metió papel de periódico doblado en sus zapatos mojados. «¡Guapo, el tipo!»
Cuando volvieron a la sala, había cuatro platos de sopa de patatas en la mesa.
«Me ha parecido buena idea», dijo Anatol. «Cuando el camarero le propuso al señor... ¿cómo dice?... Meyer, eso es, gracias... cuando el camarero le propuso al señor Meyer sopa de patatas, pensé que a lo mejor a ustedes también les apetecía... a mí, desde luego, me entraron ganas en seguida.» Hablaba en alemán, porque los otros no entendían el checo, y por eso Hanna no se dio cuenta en seguida de que la trataba de usted. Pero si Kurt se apellida Gellnow, pensó. Pero está tan empapado de ilegalidad que, por si acaso, dice Meyer. A lo mejor sabe que Svoboda aquí es tan corriente como Meyer en Alemania, y se rompe la cabeza pensando cómo se llama Anatol de verdad y quién es. Pero Kurt se tomaba la sopa a cucharadas con entusiasmo y animaba a Luise a hacer lo mismo.
Luise hizo notar que Hanna llevaba más de quince días sin dejarse ver. ¡No sabía las noticias más importantes! ¿Cuáles? Pues que en el albergue de refugiados había habido un gran registro. Habían descubierto toda clase de material, que se había interpretado como prueba de actividad política prohibida.
«¿Qué clase de material?», preguntó Anatol. Kurt lo miró un momento y respondió:
«Lo que ellos llaman material... el Manifiesto comunista, escritos de Marx y de Lenin que se pueden comprar en cualquier librería... ¡hasta los diccionarios de ruso se llevaron!» Se rio forzadamente. Hanna entendió la respuesta. Sabía que muchos en el albergue se dedicaban al trabajo ilegal; hasta tenían allí una multicopista. Pero, con todo, todo el «material» estaba destinado a Alemania, y la condición del derecho de asilo —ninguna injerencia en los asuntos internos de Checoslovaquia— no se había violado. Aun así habían expulsado a algunos camaradas, los habían llevado a la frontera austriaca...
Claro que había salido en los periódicos, supo cuando preguntó, pero en letra pequeña; se le habría pasado por alto. Ni siquiera los comunistas habían armado ruido con ello, como sí lo habían hecho ya otras veces; estaban concentrados por completo en el asunto de la leche y no querían exponerse al reproche de ser menos patriotas que sus adversarios. Hanna suspiró. Era la desdichada táctica que ya en Alemania le había causado tantas veces pesar...
«Pero Hilde ha tenido suerte», contó Luise, y su cara clara y sencilla resplandecía de alegría por ella. «Ha podido casarse en el último momento. Ya sabes lo difícil que es ahora encontrar un hombre que lo haga gratis. Los camaradas ya se han casado todos. Y gastarse mil coronas en un certificado de matrimonio... eso, para gente como nosotros, ni pensarlo...»
Así que Hilde, la simpática maestra de párvulos rubia, había tenido suerte. Se había hecho ciudadana del país; hasta podía aceptar un empleo, si lo encontraba... También Hanna se alegró. ¿Y qué había sido de Paul, su novio? Ah, ese sí que había tenido que irse: lo habían llevado con los otros tres expulsados, en conducción, a la frontera austriaca. Hilde no se lo había tomado muy a la tremenda. Paul tenía parientes en Suiza. A lo mejor podían conseguirle un permiso de residencia; si no, se iría a París. Porque en Austria, donde desde febrero de 1934 gobernaba el fascismo negro, naturalmente no podía quedarse.
«¿Qué es eso del certificado de matrimonio por mil coronas?», indagó Anatol. Hanna pensó que no había oído bien. Hablaba un alemán solo mediano. Así que se lo explicó en checo, y a los camaradas les explicó en alemán de qué hablaba con él: que había que comprarse los maridos cuando entre los camaradas y los amigos ya no quedaba ninguno que se casara con una por hacerle un favor, para conseguir la ciudadanía y el permiso de trabajo.
Kurt intervino: ¡Y no solo que apenas se juntaba el dinero! También era peligroso: se podía caer en manos de chantajistas. Una camarada que se había casado así se encontró con que el marido formal, después de la boda, se le presentó con un hatillo en su cuarto amueblado y se le instaló: aquí estoy, no tengo techo, usted es mi esposa legítima, tiene que acogerme... En los periódicos burgueses salen a menudo los anuncios: «Estudiante sin recursos, dispuesto a contraer matrimonio a cambio de mil coronas de ayuda para estudios...». ¿Por qué no? Así estaba hecho este maldito mundo capitalista.
Anatol quiso saber qué decían a eso los novios. En este caso, por ejemplo, el susodicho Paul. Kurt lo miró con desdén.
«Hombre, ¿pero en qué mundo vive usted?», dijo con grosería.
«Es una solución de emergencia, no tiene nada que ver con la otra, con la relación de verdad», explicó Hanna precipitadamente. De pronto se le había ocurrido que Anatol podía pensar que ella pretendía que él se casara con ella. Él no sabía nada de Karl.
Y... ¿no había tenido ya de verdad ese pensamiento? Si yo fuera soltera o divorciada, había pensado... vivir con Anatol, oficialmente, como la señora del doctor Svoboda, tener derecho a cada tarde, cada noche, cada domingo, cada viaje de vacaciones con él... Los jueves ir con él a comer a casa de su hermano y su cuñada, que con el elegante redactor jefe se comportarían sin duda de un modo muy distinto que con Karl, que iba sin sombrero y sin chaleco, era comunista y no tenía dinero. Sí, también había pensado en el efecto que eso causaría en su hermano Heinrich, como en todo lo que pensaba y vivía... Y se había enfadado por ello, y también por las demás fantasías: ¡Un papel en regla, un certificado de ciudadanía! Un trabajo bueno y legal...
Utilidad razonable; cumplimiento de los deseos más secretos; satisfacción de una ambición infantil nunca saciada... A veces no había manera de separar esas cosas. Pensó en Traute, una camarada de Berlín. Poco después de llegar a Praga se había casado pro forma con un diputado comunista, y luego aquello se había convertido en un verdadero idilio amoroso... Sí, no se le había ocurrido que a Anatol pudieran habérsele pasado por la cabeza ideas tan suspicaces, quizá desde hacía tiempo. Hacía un rato, por ejemplo, cuando ella le había preguntado por sus domingos, y luego si quería pasar con ella la noche en Davle... Él no sabía nada de Karl.
«No, Hilde ha tenido una chorra tremenda en el último minuto», resumió Luise. «Para nosotros, por desgracia, una solución así ni se plantea. Por cierto, ayer recibí carta de Hans.»
«¿Y qué te cuenta?», preguntó Hanna, contenta de pasar a otro terreno.
«Ahora le han dado permiso de trabajo. Hace trabajos de carpintería y cosas así. Pobrecillo, nunca ha trabajado con las manos. Bueno, mejor eso en todo caso que estar ahí sentado esperando.»
Luise lo dijo con sensatez, tranquila, como era ella, como era en toda su vida. El marido en presidio se le había vuelto algo natural. No se rebelaba, no se lamentaba, no se quejaba. ¿Pasaría noches en vela imaginándose, atormentada, escenas de palizas y martirios invisibles? ¿O pasaba las noches con Kurt? La idea no tenía nada de sorprendente. Hanna conocía esas parejas proletarias, camaradas de las juventudes, que se acuestan juntos igual que salen juntos de excursión, discuten, luchan, sin problemas: también eso forma parte de la cosa. En una pareja así no se notaba si eran solo camaradas o, además, amante y amada. Y como a ella le cambiaba tan poco la vida, seguramente así estaba bien...
Luise no se andaba con muchos remilgos. Una vez le había contado cómo había llegado a Hans: como delegada de su grupo juvenil de provincias había ido a Berlín a un congreso y la habían alojado ocho días en casa de Hans, que tenía piso propio, de sus padres. Se habían hecho amigos y ella se había quedado. Si en su ciudad también se ganaba el pan con trabajos domésticos, ¿por qué no igual en Berlín? Berlín era más interesante, y en casa de Hans se vivía más a gusto que en la de su madre, con cinco hermanos pequeños. Cuando Hans fue a un congreso en la Unión Soviética, se casaron para que ella pudiera ir con él. Con Luise todo ocurría con naturalidad. A Hanna le parecía hermoso y justo, y se lo envidiaba.
Es verdad que ella también se había casado con Karl por razones prácticas, porque como extranjera había tenido continuas dificultades con el permiso de residencia, entonces, en la época de la inflación. En realidad, por motivos doctrinarios, habían querido vivir en unión libre, y luego habían cumplido las formalidades para tener una vida exterior con menos roces... pero su matrimonio con Karl, con certificado o sin él, había sido desde el principio una cuestión de pasión y de una gran experiencia, una relación del todo individual...
«¿Y tú, tienes noticias de Karl?», preguntó Luise. Sí, respondió Hanna, y se asustó. La semana pasada. Estaba bien, gozaba de salud, aprendía francés con un compañero. ¿Habría oído Anatol la pregunta y la respuesta?
Habían entrado dos señores con dos señoras, chorreando; uno saludó a Anatol con la mano y un «Hola, doctor!». Anatol dijo «con permiso» a sus compañeros de mesa, se levantó y estuvo unos minutos con los recién llegados junto a la estufa mientras colgaban a secar sus chaquetones. Luego el grupo se sentó a una mesa más apartada. Anatol estaba algo violento cuando volvió con los suyos. Si antes había estado sentado en una silla, ahora se sentó junto a Luise en el banco pegado a la pared, de modo que no tuviera que dar la espalda a sus conocidos.
«El doctor Kocourek me hace notar que estamos en un local histórico: esta es la posada donde el invierno pasado asesinaron al ingeniero Formis...»34
Hanna y Luise se sobresaltaron y se pusieron a mirar por la sala, como si aún pudieran descubrir las manchas de sangre o los misteriosos cables y frascos que (según había declarado el asesinado al instalarse allí) debían servir para experimentos científicos, pero que en realidad formaban aquella emisora clandestina que el Gobierno alemán, en su día, había conjurado al checo con notas tan apremiantes a que localizara y clausurara.
Siniestro éter, por el que, desde aquel lugar ignorado, se había inundado a los oyentes del Reich con las proclamas de la Revolución Alemana de Otto Strasser, mientras su hermano Gregor, antaño amigo del alma de Hitler, yacía enterrado desde la noche de San Bartolomé del 30 de junio...
Kurt, que no había llegado hasta la primavera, no conocía el caso; se lo hizo contar. Los tres recordaban todavía con exactitud lo que los periódicos habían contado entonces, muy excitados: cómo en el hotel Ganso de Oro se había hospedado una elegante alemana del Reich con dos caballeros; cómo el ingeniero Formis había hablado con ellos en el vestíbulo del hotel; cómo le habían preguntado si «allí, en el fin del mundo, donde él vivía» también se podía esquiar —¡como si ya entonces no se hubiera debido sospechar! ¡Como si en los alrededores de Praga, y para colmo en Štěchovice, se hubiera podido esquiar nunca!—; y cómo dos días más tarde se habían presentado de verdad aquí, con un coche propio que habían dejado allá atrás —allí seguramente donde se acababa la carretera, que iban a prolongar hasta el río y una futura barca de paso; no, ahora no se veía, todo estaba tapado por la cortina de lluvia—; y cómo luego la señorita había invitado a Formis a su habitación, y detrás de la puerta habían saltado los dos cómplices, le habían dado un golpe en la cabeza, luego unos cuantos tiros... uno de ellos, por lo visto, había salido herido, porque luego se encontraron en la nieve las manchas de sangre que llevaban hasta el coche, con el que habían escapado en un abrir y cerrar de ojos hacia la frontera.
Una historia siniestra, nunca aclarada del todo, aquel asesinato de la Feme en el corazón de Bohemia; tras unos días de gestiones diplomáticas y de ruido en la prensa, había quedado en nada. Y cuando al verano siguiente a Lampersberger se lo llevaron a la fuerza en Eisenstein al otro lado de la frontera bávara, y también en el norte de Bohemia desaparecía este o aquel, ya no hubo notas diplomáticas ni ruido en la prensa: la gente se había acostumbrado a esta forma de lucha política contra los emigrados, como en el segundo año de guerra se había acostumbrado a la guerra, que en agosto del 14 parecía tan inconcebible, tan irreal, tan absolutamente insoportable...
«“Los revolucionarios somos muertos de permiso”, dijo Leviné cuando lo fusilaron en Múnich», observó Kurt35. Sonó un poco patético; en 1919 Kurt todavía iba a la escuela y la frase del levantamiento bávaro solo podía conocerla por los libros. Pero aun así un reflejo de destino cubrió su cara alemana, joven, ignorante, convencida.
«Sí, no estamos seguros en ninguna parte, los emigrados», dijo Luise con sencillez, sin acusación ni lamento.
«Si los emigrados se están quietos, en nuestro país no tienen por qué preocuparse», dejó caer Svoboda; estaba algo nervioso. «¿Quién les manda hacer política aquí, en el país que los acoge?»
Quizá Hanna lo sintió como un latigazo solo porque Anatol hablaba tan mal el alemán. Wer schafft ihnen, «quién les manda»... sonaba tan penosamente a portero de finca y a cochero de punto de la vieja Viena36, y sintió subirle una ira que la ahogaba.
«¿Y a Masaryk y a Beneš quién les mandaba, cuando hacían trabajo político en el extranjero?», replicó con aspereza.
«Si Italia, Francia, Inglaterra y América hubieran dicho entonces también que los emigrados se estuvieran quietos, hoy no habría Checoslovaquia...»37
«¡Es usted tan doctrinaria!», dijo Anatol, conciliador, e intentó sonreír.
Pero Hanna estaba desatada: era una vergüenza, dijo, que los checos, cuyos jefes de Estado y dirigentes nacionales habían comido durante años el pan amargo del exilio, no encontraran ahora ni una palabra para proteger a los emigrados de los ataques estrechos de miras de los chovinistas, cuando la verdad es que a nadie le haría daño que los pocos cientos de alemanes —mil quinientos refugiados había en toda la República, según la estadística oficial— se ganaran modestamente el sustento, en vez de vivir de limosnas que cada mes eran menos generosas y garantizaban menos la simple supervivencia... Condenados a una ociosidad funesta, sin trabajo, sin dinero, sin patria, sin protección, sin derechos, amenazados continuamente de expulsión, continuamente espiados, siempre mirados de reojo...
«¿Qué sabéis vosotros de nosotros? ¡Vosotros, que aquí estáis en casa! ¡Vosotros, que estáis en casa en alguna parte!», terminó, y en su voz temblaban lágrimas de rabia y de desesperación sin consuelo.
Los ojos de Svoboda se habían estrechado del todo y las comisuras de su boca temblaban levemente.
«¡Pero si todo eso es exagerado!», dijo él para calmarla. «¡Qué negro lo ve usted todo! Usted misma, por ejemplo... usted ha encontrado trabajo, y amigos...»
Cualquier otra cosa habría servido mejor para tranquilizar a Hanna. Sus pocas clases particulares y el trabajo en la Svoboda —ese trabajo que menospreciaba y del que desconfiaba— hacía tiempo que eran solo la parte menor de sus modestos ingresos. La mayor salía del bolsillo de Anatol: la paga por las traducciones que hacía para él en privado. «¡Prostitución!», le saltó de pronto por dentro. Nunca había relacionado su relación personal con Anatol con el hecho de que aceptaba dinero de él. De pronto le pareció que las dos cosas guardaban entre sí una relación cruel. Es verdad que en seguida se dijo que por el dinero recibido ella hacía un trabajo. Pero... ¿le habría pedido él ese trabajo si no hubiera estado enamorado de ella? ¿Y se habría enamorado ella de él si lo hubiera conocido, en vez de como jefe de la Svoboda, como cajista de su imprenta o escribiente de la administración? ¿No se había dado cuenta de su amor precisamente el día en que supo que él estaba libre de otros compromisos...? «¡Prostitución!», se repitió, y lo odió a él y se odió a sí misma.
«¿A que tengo razón?», preguntó él en tono apaciguador, como a una niña pequeña.
«He encontrado trabajo», asintió ella, terca, «usted sabe mejor que nadie qué clase de trabajo es.» Su voz era mala. «Trabajo ocasional, trabajo de favor... y aun eso solo porque mis padres tenían dinero suficiente para hacerme estudiar y aprender idiomas, y encima porque me crie aquí y hablo la lengua del país... Y amigos...» Se rio con desprecio. «¡Eso está por ver, si tengo amigos o solo protectores!»
Se había convertido en una auténtica riña de familia. Kurt y Luise miraban a la pareja, cortados, y no se metían.
«¡Qué injusta eres!», dijo Anatol, asustado, en checo. «¡Injusta sobre todo contigo misma! ¡Siempre tienes que buscar algo por lo que odiarte!»
Algo se derritió en ella. Él la comprendía. Sí, sobre todo era injusta consigo misma. No era su manceba pagada. Lo quería. Él la quería.
Siempre, toda la vida, había desmenuzado y empequeñecido, y con ello arruinado, todo lo hermoso y puro que la vida le traía, todo lo decente y entero que ella ofrecía a la vida. Siempre se había escupido en su propia sopa, y siempre, a destiempo, había reflexionado y juzgado y atacado y exigido y rechazado, y con ello lo había echado todo a perder. Y él la comprendía y la quería a pesar de todo.
«¡Te quiero!», dijo ella en checo. Estaba loca de remate. Aunque Kurt y Luise no lo entendieran, los demás clientes, el camarero, el posadero tenían que haberlo oído. Pero le daba igual. Y al hombre tampoco parecía molestarle. La miraba con una compasión cálida y no dijo nada más.
Kurt se había acercado a la puerta y se volvió. «Está dejando de llover», le dijo a Luise. «Creo que será mejor que nos pongamos en marcha. Si no, nos va a pillar de lleno la oscuridad. ¿Venís?»
No, ellos querían esperar un poco más. Pero no invitaron a los otros dos a quedarse y a dejarse guiar luego por ellos.
Kurt llamó al camarero para pagar; Svoboda no quiso consentirlo. Él estaba en su casa, dijo, y los extranjeros eran sus invitados.
«Déjalo», dijo Hanna, y sonrió cansada. «Él es rico y nosotros somos pobres.» Lo decía por Anatol, como una palabra conciliadora por su ayuda.
«¡Pues por eso mismo!», respondió Kurt, mordaz, pero no objetó nada más.
«Si llego a saber, doctor, que usted nos invitaba, me habría pedido otra sopa de patatas», bromeó Luise con buen humor. Fue a buscar sus medias a la cocina; todavía estaban húmedas, y Hanna insistió en que se quedara con los calcetines de lana puestos. «Mañana o pasado me paso por el albergue y me los das.»
Se despidieron y bajaron, entre la niebla de la tarde que iba subiendo, hacia el río, donde el pequeño santo, ajeno a todo, se alzaba sobre su piedra entre los rápidos que pasaban salvajes.
Cuando ya no podían verlos, dijo Anatol: «¿Qué te parece... no sería mejor volver a casa en coche?».
«Pero ¿es que aquí hay coches?»
«Bueno, si los asesinos de Formis llegaron aquí en coche, nosotros podremos irnos de aquí con intenciones más pacíficas.»
Preguntó al posadero y se pidió un coche por teléfono. El teléfono, explicó el posadero, no lo había hecho poner hasta después del asesinato. «Una cosa así no me vuelve a pasar... en todo el verano no ha querido nadie pasar aquí la noche, todo por culpa de los malditos emigrados...»
También los conocidos de Svoboda se pusieron en camino. Él se levantó para despedirse, pero no presentó a Hanna.
«Compañeros de club de la Umělecká Beseda38», dijo cuando se hubieron ido. «La señora Kocourek es picante, ¿no te parece? La pequeña morena del jersey verde. Con el otro, que es consejero de la Administración regional, juego al billar por las tardes en el café Boulevard... es decir, últimamente apenas he ido...»
¿Seguramente se sentía perjudicado porque ahora, al cerrar el periódico, tenía que acompañarla a ella en vez de ir al Boulevard con sus compinches?, preguntó Hanna, peleona. ¿Y cómo se podía jugar a una cosa tan tonta como el billar?
«¿Nunca te apetece una distracción tonta?», se informó él, pacífico.
Soy insoportable, pensó Hanna. Si se hubiera ido con sus amigos y me hubiera dejado aquí sola en la taberna del crimen, me lo tendría bien merecido.
«¿Qué te han parecido esos dos?», preguntó, por decir algo conciliador.
«La mujer es muy simpática. Hace tanto bien. El muchacho me gusta menos. Lo que dice suena tan pegadizo, como aprendido. No es auténtico. Pero claro que puedo equivocarme», añadió a toda prisa, porque Hanna ya volvía a torcer el gesto. «Tú los conocerás seguramente desde hace mucho más...»
«A Kurt lo habré visto unas cuatro veces en mi vida», dijo ella secamente. «A mí no me parece falso. Solo un poco... un pelín doctrinario», se rio, y se turbó al oírse decir las palabras de Anatol.
«¿Y entonces por qué os tuteáis?», se extrañó Anatol.
«¡Pero si es un camarada!», respondió Hanna, extrañada a su vez de que Anatol se extrañara. «En el Partido todos se tutean.»
«No lo sabía», dijo el hombre, y en su cara apareció aquel rasgo, en parte respetuoso, en parte reacio, que Hanna conocía de sus debates sobre el marxismo.
El camarero anunció que el coche ya estaba: esperaba en el lindero del bosque, allí donde se acababa la carretera; no tenía pérdida. Anatol pagó. Resultó que se había bebido cinco cervezas grandes y dos slivovitz. Pero Hanna, después de la tercera cerveza, había dejado de vigilar lo que tomaba, y tampoco ahora dijo nada.
Salieron. Había dejado de llover; en la temprana penumbra de la tarde de octubre, el bosque humeaba. «A Praga», le dijo al chófer, y cerró las ventanillas. «Ya le diré luego adónde. Haga el favor de apagar la luz.»
Cuando iban de camino, le buscó la mano con suavidad y se la tuvo entre las suyas. Hanna no se resistió, pero sus dedos yacían sin vida, como enfermos. De repente estaba terriblemente cansada. Las dos horas por el monte ya no las habría podido andar, pensó; menos mal que ha pedido el coche... Qué distinto acaba el día de como empezó. Ninguno cumple lo que promete. Yo tampoco. Qué sueño tengo. Ahora mismo me duermo.
«¿Karl es tu marido?», preguntó Anatol con delicadeza.
Se espabiló de golpe.
«¿Cómo sabes...?», preguntó consternada. Le pareció cosa de adivinación.
«Bueno, no era difícil de adivinar... tu amiga te preguntó si tenías carta de Karl y luego hizo un comentario: que ella y tú no podíais hacer una boda de conveniencia...»
Hanna pensó de pasada: y mientras él oía eso, yo creía que él pensaba que yo quería que se casara conmigo. Siempre piensa uno desencaminado. Uno no escucha al otro. Va uno tanto a lo suyo.
«¿Por qué no me lo dijiste, Hanna?», preguntó él, y la miró atentamente a la cara, pero la cara quedaba en la oscuridad. Sí, ¿por qué, en realidad? Recordaba claramente aquella conversación en el café Tumovka. «No tengo marido», había dicho entonces. ¿Por qué? Lo que había entre ella y Karl no tenía nada que ver con lo que había entre ella y Anatol, ¿no?
«No tiene nada que ver con nosotros», murmuró confusamente y con mala conciencia. Había negado a Karl. Había mentido a Anatol. Había mentido a Karl cuando le escribía que con el pensamiento estaba con él con el mismo amor de siempre. Pero no, es verdad. Cuando le escribe, está con él con el mismo amor de siempre. Había mentido a Anatol cuando le susurraba al oído que pensaba en él día y noche. Pero no, piensa en él día y noche. Era difícil decir la verdad. Era difícil saber la verdad. Quería a Anatol. Quería a Karl. Una cosa no tenía nada que ver con la otra.
«¿No quieres a tu marido?», preguntó Anatol, vacilante. Le había soltado la mano y encendía un cigarrillo. Las cerillas se habían humedecido; tuvo que rascar tres, cuatro, antes de que una prendiera. La llama le dio a Hanna en la cara.
«Quiero a mi marido», dijo ella con firmeza. En ese momento sabía con toda certeza que quería a Karl.
Anatol callaba y fumaba. Tenía el cigarrillo en la mano derecha, la que antes había tenido la mano de Hanna; con la izquierda bajó la ventanilla y miró afuera. Aparecieron algunas luces sueltas.
«Ya estamos en Modřany», informó. «Ya no llueve. Dejo la ventanilla un poco abierta, si no te importa.»
Hanna asintió.
«Dame un cigarrillo», pidió. Él la atendió solícito. Las luces se multiplicaban; habían tomado la gran carretera asfaltada, y muchos coches pasaban zumbando a su lado.
«¿Y dónde está ahora tu marido?», preguntó él.
«Está en la cárcel. Desde abril del 34. Le cayeron dos años y medio.»
Anatol le acarició el brazo y no dijo nada más. También Hanna calló.
Dos años y medio. Cuatro meses los ha cumplido con la prisión preventiva. Hasta octubre del 36 todavía. Un año más. Escribe que está bien de salud. Es un hombre sano, Karl. La semana que viene es su cumpleaños. Otra vez no comerá tarta de ciruelas. Con lo que le gusta. El año que viene sí podrá volver a comer tarta de ciruelas. Un año todavía es mucho. Ahora viene el segundo invierno. En los presidios se calienta mal. Aprende francés. Lo de la leche no lo ha entendido. O no le ha llegado la carta. Los de la censura habrán pensado que leche es una palabra en clave para otra cosa. Y es que es una palabra en clave para otra cosa. Todas las palabras son palabras en clave. No tenemos otras. Todo está enredado.
Hace un año, por estas fechas, llegué a Praga. Entonces sabía exactamente lo que quería. ¿De verdad lo sabía? Hace ya tanto tiempo. Hoy vuelvo otra vez a Praga, con Anatol. Venimos de tierra extraña. Aquí no estamos en casa. Yo no. No sé dónde está él en casa. A lo mejor en Brno. Si va todos los domingos a Brno. A lo mejor allí tiene una mujer. Seguro que allí tiene una mujer. ¡Pues claro! ¿Por qué no me lo ha dicho? ¡A mí puede decirme la verdad! Yo tampoco le he dicho que tengo marido. ¿Por qué no, en realidad? Bueno, ¿y por qué va a decir uno la verdad? Con eso tampoco se vuelve más sencillo. Hay que leer los anuncios. Si se entienden, claro. Ahí se entera uno de algo verdadero. En el editorial no viene.
El chófer se volvió y preguntó adónde tenía que llevarlos. Ya estaban en Praga.
«¿Adónde quieres ir, Hanna?», preguntó Anatol. «¿Te apetece tomar un café en alguna parte?»
«Prefiero ir a casa», dijo ella en tono de súplica, como si no fuera seguro que pudiera conseguirlo.
Él le dio la dirección al chófer. De pronto ella le echó los brazos al cuello y sollozó.
«¡Perdóname, Anatol! ¡Perdóname!»
Él la sostuvo con ternura y la besó en el pelo.
«Pero si no tengo nada que perdonarte... ya sabes lo mucho que te aprecio.»
«Te quiero...», no lo dijo.
Hanna se soltó y se recostó en su rincón. La plaza de Wenceslao estaba llena de gente, domingo por la tarde, todo el mundo sale, al cine, del cine... Národní, el Teatro Nacional, el muelle. El Hradschin estaba envuelto en vaho de lluvia, invisible. Aquí, al pasar, uno habría podido agarrarse un poco. Pero estaba oscuro; solo las luces del Castillo vagaban turbias, como fantasmas, sobre el río.
Él la ayudó a bajar del coche; ella le cogió la mochila de la mano: no, gracias, la llevo yo sola.
«Nos vemos mañana en el periódico. ¡Gracias por este día tan bonito!», dijo, e intentó sonreír.
Él tenía el sombrero en la mano, aunque había vuelto a empezar a llover.
«¡Descansa bien, Hanna! ¡Duerme de verdad! Y no te atormentes tanto sin necesidad», dijo, como a una niña pequeña, y le besó caballerosamente la mano. «¡Buenas noches!»
Al oír cerrarse de golpe la puerta del coche, ella se volvió y quiso decir algo más. Pero Anatol había subido la ventanilla y miraba hacia el otro lado.
Capítulo 13
Los malos tiempos pasan deprisa — Un amante demasiado modesto — Uno está fuera en todas partes — Quizá no esté nadie dentro — «Back Street»39 — Dimitrov toma una curva peligrosa — ¿Puede uno cortarse a sí mismo el cordón umbilical? — La vida es bastante complicada — En el piso de Anatol se enciende la luz.
Ahora los árboles vuelven a estar pelados, y eso que acababan de ponerse su vestido verde de primavera. ¿De verdad es ya invierno otra vez? El tercer invierno de Hitler, ya. Y el segundo que Hanna pasa en Praga.
¡Qué deprisa pasan los malos tiempos! Nada hay tan falso como la creencia tan extendida de que los buenos tiempos pasan deprisa y los malos infinitamente despacio. Es justo al revés. Cuando uno se siente feliz, los minutos se vuelven tan largos y tan llenos, cada segundo está cargado de vida. Pero cuando uno es desgraciado, todo da igual, que sea por la mañana o por la tarde, otoño o primavera. El tiempo puede escaparse, porque uno no está atento para retenerlo. ¿Y por qué habría que retenerlo? ¡Que pase, sin más!
¡Qué bien ha escrito Proust sobre el tiempo! A lo mejor lo que ando cavilando sobre el tiempo lo he leído en Proust, pensó Hanna. Todo está ya pensado. ¿Y por qué no? Es lo más natural ponerse a pensar en lo deprisa que pasa el tiempo y en qué pasa con los buenos y los malos tiempos. A lo mejor lo he leído también en Thomas Mann. Anatol comparó el sabor de los parasoles con Thomas Mann. ¡Muy de Anatol!
Aquel también fue un día feliz, en el bosque de Štěchovice. Ahí se ve. Cuando a uno le va bien, un día así no se acaba nunca, y uno no deja de alegrarse de estar vivo. Un día así no ha vuelto. Ahora ya no hace tiempo para excursiones; Anatol tiene toda la razón. Ahora no hace tiempo para excursiones. Él siempre tiene razón. También tuvo razón al aconsejarme que no me mudara. Aquí hay calefacción central, día y noche, y eso es algo raro. Parece que va a ser un invierno frío.
Hanna estaba sentada al escritorio, que estaba delante de la ventana, con los pies apoyados en el radiador. Las cortinas estaban abiertas; la habitación quedaba en el cuarto piso, sin nadie enfrente; abajo zumbaban los coches y los tranvías, y de los anuncios luminosos entraba un resplandor rojizo, de modo que casi se podía leer a oscuras. ¿Cuánto tiempo llevaría ya allí sentada? No se había dado cuenta de que se había ido la luz del día y se habían encendido los anuncios. Había empezado a escribir a Karl y no había sabido seguir. Y se había puesto a soñar.
Sí, Anatol sabía ahora lo de Karl. Ella misma le había hablado de él. Y mientras le describía con entusiasmo la persona de Karl, la obra de Karl, el saber de Karl, el espíritu de sacrificio de Karl, había advertido en la cara de Anatol aquel mismo gesto de respeto envidioso y de resistencia desconfiada que en sus debates teóricos. Y por el rodeo del efecto que producía el Karl ausente había aprendido a comprender: ¡Anatol está celoso! Celoso de su marido desconocido, en el presidio de Plötzensee; celoso de los camaradas, a los que no conoce; del Partido; de todo aquel mundo que le está cerrado.
Lo primero que sintió al comprenderlo fue júbilo: ¡si está celoso, es que me quiere! Y enseguida la corrección del entendimiento: ¡Celos! ¡Ridículo! ¡Qué tiene eso que ver con el amor! ¡Son sentimientos que acompañan a la manía burguesa de la propiedad! Y sin embargo le había recorrido las caderas el mismo escalofrío maravilloso que cuando Anatol le decía: eres una mujer como todas. Se había sentido tan humilde, tan mujer. Sentimientos desconocidos... mejor no examinarlos, solo sentirlos, sentirlos embelesada.
Anatol estaba celoso de Karl. Y así Hanna tenía mala conciencia por seguir queriendo a Karl. Por eso, desde hacía algún tiempo, las cartas a él se habían convertido en un problema curioso: como si las escribiera a escondidas, como si engañara a Anatol con su marido. Cada palabra tierna que le daba a su marido —y cada palabra tierna le salía del corazón— le parecía una palabra cruel para su amante. Claro que él no se enteraba. Pero ¿no tenía que notar que ella no estaba exclusivamente con él, que estaba también con el otro? De nada servía hacerse la cuenta de que Anatol no tenía ningún derecho a que Karl saliera perdiendo. De nada le servía el axioma, pensado una y otra vez desde hacía tiempo, nunca discutido en su círculo ni en su matrimonio, de que cada persona se pertenece a sí misma, de que la fidelidad es otra cosa que una exclusividad estrecha, de que la monogamia forzosa no es un valor y por tanto no es una exigencia admisible. No se trataba de eso. Se trataba de mantener separados a Karl y a Anatol. Pero... ¿podía hacerlo todavía? Desde aquel domingo ya no acababa de conseguirlo. Karl irrumpía en su vida con Anatol; había ocurrido así, no lo había provocado ella.
Encendió la lámpara de la mesa. «¡Amado mío!», había escrito en la hoja. ¿Y ahora qué? Ay... Decidió escribir cuando volviera a casa. Era domingo. Anatol estaba en Brno con su familia. Ella quería ir al café de Karlín, con los camaradas. En todo el día no había salido a la calle; solo había comido deprisa a mediodía en el restaurante de al lado y luego había seguido traduciendo para Anatol. Le dolía la cabeza por el aire seco de la calefacción central.
Una estufa con un fuego chisporroteante sería mejor. Como en aquella habitación de Vinohrady40, donde la patrona, ante sus preguntas llenas de rodeos, le había dicho con toda franqueza: «¿Lo dice usted por su novio? Puede venir a tomar un té con usted por la noche, no se preocupe, señorita. Eso hágalo usted como quiera». Habría sido tan bonito. Estaba tan harta
de tenerlo solo por las tardes, a la luz del día que entraba por los visillos de encaje. Quería que él pudiera quedarse con ella una noche entera, muchas noches enteras. Y hasta se lo había dicho una vez, muy pegada a su cuerpo y a su oído. Pero él se había vuelto muy sensato. «No hagas eso, Hanna», le había contestado, «no tendrías más que líos con la patrona y con el portero. Y además queda tan lejos de mi casa, y aquí tienes calefacción central y agua corriente...»Se ponía muy triste cuando pensaba en eso. No, a él no le importaba pasar noches enteras con ella.
No le importaba pasar con ella un segundo domingo.
Tenía que ir a Brno. Con su familia. Y no podía invitarla a su casa porque vivía con una hermana soltera. Se lo había explicado entonces, nada más empezar, con cara de apuro. Esa familia... Hanna la odiaba. No acababa de creer en su existencia, porque no conseguía imaginarse en absoluto que ella, por Heini o por Rosita, hubiera querido perderse una sola compaginación en la Svoboda. Y eso que Heini era su único hermano. Y Anatol tenía seis hermanos y además unas cuantas sobrinas de las que hablaba con tanta ternura como si fueran novias...
Lo de Brno no se lo tomaba tan a mal como que no la invitara a su casa. Podía ser de día. No es uno esclavo de su hermana soltera. Al fin y al cabo, podía presentársela. Tampoco era ella tan llamativa ni tan rara como para no poder presentarla a una hermana. Y él tenía allí el gramófono y los innumerables discos de los que siempre le hablaba. Tengo que traer de una vez el gramófono y el concierto de Mozart, tocado por Gieseking, decía. Y los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven. Y Hanna no se atrevía a decir: pero si es mucho más sencillo, voy yo a tu casa... Y él nunca traía el gramófono.
Hanna cruzó por el viaducto hacia Karlín. En la casa del Partido había luz. Tendrían una conferencia. Ahora, después de salir un viraje de línea tan a fondo, había mucho revuelo en la central y entre los funcionarios. A muchos los habían destituido, a algunos incluso por telegrama. El presidente del Partido todavía no había vuelto de Moscú. Algunos no habían cedido, habían caído en desgracia y se habían buscado un sustento independiente del Partido. En Přítomnost41 ya había salido que no tenía sentido seguir enemistándose con el Partido: en los periódicos de Melantrich42 ya no quedaban plazas de redactor libres. A quien le toca el daño no le falta la burla. Exacto. Dobló la esquina sujetándose la gorra con la mano; soplaba un fuerte viento de noviembre.
Allí estaba Ladislav, con sus ojillos de parpadeo soñoliento que tanto recordaban a Karlíček Lozák; Franta, el dibujante; Rubášek; Ota y su tímida mujer, que no solía venir; Jaromír, Jiřík... Hanna conocía a la mayoría solo por el nombre de pila. Casi todos los que venían aquí estaban empleados en alguno de los periódicos del Partido, o escribían, traducían o dibujaban para ellos, y en la prensa del Partido no se daban nombres.
Hoy había venido también un miembro del Comité Ejecutivo, el mismo que en su día había juntado a Hanna con Kurt en el banco del parque municipal. Jenda no estaba. Hacía poco que había roto con Jarmila. Jarmila, encantadora y joven con una chaqueta de terciopelo bordada de colores, estaba sentada en el alféizar junto al hombre de la central y negaba una y otra vez con la cabeza, mientras el hombre le hablaba en voz baja y con insistencia.
Reinaba una especie de ambiente de fiesta: la Cooperativa de Consumo y Producción «Svoboda» había conseguido por fin el monopolio de la leche. Es decir, los pedidos del Estado. Pero eso equivalía a un monopolio, porque ahora «Svoboda» podía quitarle a la «Melka», a fuerza de competencia, buena parte también de la clientela particular. El Partido de los Artesanos había votado al final con la izquierda. La Svoboda, como los demás periódicos liberales, había comentado favorablemente la decisión, a pesar de que durante toda la campaña había defendido a la «Melka». La alianza con Rusia exigía ciertas concesiones; además, en la política interior se preparaban cosas que aconsejaban tener de buen humor a la extrema izquierda. Se decía que Masaryk quería renunciar a la presidencia y designar sucesor a Beneš. Para la elección había que estar seguros del poderoso contingente de votos comunistas.
Además, la opinión pública ya se había ido hartando del debate de la leche. Había durado casi medio año. Había habido interpelaciones, denuncias, revelaciones, investigaciones, incautaciones, sentencias y órdenes de suspensión, y la leche estaba exactamente tan mala como antes, y encima diez héller más cara. Ahora por lo menos se podría beber, afirmaba Jaromír, seguro de su victoria, y la tímida mujer de Ota opinó: «¡Y más barata también, espero! Cuando uno tiene cinco hijos...»
Hanna se sentía al margen de estos debates. Orgánicamente pertenecía al albergue de refugiados, es decir, a la sección de alemanes del Reich del Partido, que dirigía el camarada Peter y que celebraba sus reuniones en el albergue. Hanna faltaba a menudo a esas reuniones, pero no le pedían cuentas; en general la dejaban bastante de lado. Su relación con Praga, su origen medio checo, su trabajo en un periódico burgués eran otros tantos motivos para desconfiar de ella. En el Partido checo no pintaba nada oficialmente, no podía participar en reuniones ni en nada oficial u oficioso. Solo de vez en cuando la llamaban a la central para recibir un encargo, pero con el tiempo eso se había vuelto cada vez más raro; por lo visto, su papel en la Svoboda estaba terminado. Lo que escribía o traducía para la prensa del Partido lo entregaba en sobre cerrado, casi como si fuera solo la recadera, en las redacciones; charlaba un poco con la gente que conocía, se quedaba por allí, miraba el trajín del periódico y se iba otra vez, extraña, como había venido. Y luego quedaban las relaciones sueltas con unos cuantos camaradas, todos intelectuales, que le contaban —o contaban en su presencia— asuntos internos del Partido. Pero nunca sabía bien cuánto había de cierto en ello, cuánto se guardaban, precisamente porque ella estaba fuera, y cuánto de lo que acaso se guardaban merecía de verdad saberse y cuánto era solo darse importancia y chismorreo de partido.
¡Qué bonito y qué dichoso había sido el trabajo del Partido en Alemania: las reuniones de célula, las delegaciones, el trabajo menudo entre los camaradas, que eran proletarios de verdad! ¡Qué bonita había sido Alemania! Olvidaba que tampoco en Alemania se había sentido nunca en casa, ni nacional ni socialmente. Precisamente los obreros habían estado llenos de una desconfianza instintiva hacia los extranjeros, en contra de su internacionalismo consciente. Y a la mujer intelectual, que ni siquiera podía hablar con las camaradas de la alimentación de los lactantes porque ella no tenía hijos, nunca se la había tomado del todo en serio. Pero Hanna lo olvidaba, igual que había olvidado toda la segunda mitad, lluviosa y destrozada, de aquella excursión de otoño con Anatol: su memoria buscaba sin saberlo puntos de apoyo que le volvieran de algún modo firme y luminoso el presente lamentable, gris, vacilante.
Domingo por la noche, tan gris, tan vacilante, tan lamentable; el mundo iba tempestuoso, en olas altas, pero uno no nadaba con él: lo arrojaban a la orilla, una y otra vez, entre flores, entre guijarros, entre matorrales, siempre a la orilla. Lamentable es el destino del emigrado, que no pertenece a ninguna parte; lamentable es el destino de quien vuelve a su tierra y se ha vuelto extraño; lamentable el destino de la muchacha burguesa que ha querido hacerse apóstol —¡ay, solo compañera de camino!— de los obreros... Todo es tan miserable, tan pequeño, tan indigno de compasión; Hanna no puede confiar a nadie lo que le pasa y por qué sufre; a nadie le interesa, tampoco es importante, pero para ella, para ella es la única vida que tiene, una vida así, troceada, vacilante, lamentable, y aun así la única.
Y quién sabe si aquel de allí, el de gafas de la central (¿por qué, por cierto, los citó entonces a ella y a Kurt, los mandó al banco del parque municipal, les dio una misión de confianza? ¿Si los dos pertenecen a la sección de alemanes del Reich? Seguro que era una trampa; ¿habrá caído en ella? ¡Qué inquietante es todo!), el de la central tiene probablemente también una vida privada así, con su conciencia, sus preocupaciones, su pusilanimidad y sus aires de importancia que le crispan los nervios; ya se ve cómo le habla a Jarmila. Y Franta, que querría hacer una exposición de sus dibujos pero no consigue nada en ninguna parte porque es miembro del Partido... si no lo fuera, seguro que ya tendría un nombre; tiene un talento extraordinario; seguro que eso también le ronda por la cabeza a veces. Y la mujer de Ota, que confiesa con toda ingenuidad que el asunto de la leche le interesa sobre todo por el precio de los cinco litros que tiene que comprar cada día para sus muchos hijos... Qué tontería imaginarse que a los demás les va todo más sencillo y odiarse por lo complicada que es una; así es nuestro mundo: todo toma enseguida muchos aspectos, muy diversos; Ladislav diría «es que no piensas dialécticamente», y una volvería a no saber si ha dicho «dialéctica» con comillas o sin ellas.
Jarmila se había levantado y se escurría desde detrás de la mesa hacia el centro de la sala. El hombre de la central preguntó: «¿Te vas, camarada? Te acompaño un trecho». Pero Jarmila había puesto la mano en el hombro de Hanna y la pellizcaba con insistencia mientras decía: «Lo siento, ya he quedado con la camarada Hanna, todavía tenemos que trabajar juntas en una cosa...»
El hombre de la central se quitó las gafas y las limpió, enfadado. Hanna siguió la seña de Jarmila. Las dos mujeres se despidieron y se fueron.
«¿Te he hecho dejar algo?», preguntó Jarmila, cogiéndose del brazo de Hanna. «Sabes, ese tipo me hace la corte de una manera asquerosa y quiere conseguirme a toda costa. Claro que ahora estoy libre...» (suspiro algo melancólico) «... pero esas cosas no me gustan, ¿sabes? Me da una sensación horrible, porque él es, por decirlo así, nuestro jefe... odio eso, esos amoríos con los mandamases.»
A Hanna le cayó de pronto un peso en el alma: su amante era al mismo tiempo su jefe. Al principio había sufrido por eso. Luego, para que le resultara más fácil, había falseado ese aspecto: Anatol y ella eran amigos, colegas; que él se llamara jefe era una casualidad tonta.
«Pero a lo mejor una también puede enamorarse de verdad de uno así, ¿no?», le preguntó a su vez, indecisa. «¿No crees que una puede enamorarse de verdad de un... de un mandamás?»
«Quizá. Probablemente. Yo, desde luego, no», dijo Jarmila tras pensarlo un momento. «No me parece limpio. Una se vuelve tan dependiente en lo intelectual. Ya somos bastante dependientes en lo intelectual de los dirigentes. Esa es precisamente la desgracia. Ven, vamos a algún sitio», añadió. «¿Te apetece ir al cine?»
Sí, el cine le venía de perlas, dijo Hanna. Subieron paseando por la plaza de Wenceslao, mirando las carteleras. Nada especialmente tentador. Así que entraron en el primer cine que encontraron; la función ya había empezado. Una chica con un gorrito cuadrado y coqueto de pastelera les alumbró con una linterna; se abrieron paso apretujándose; domingo por la noche, todo lleno.
«Estas películas sonoras son una verdadera perdición», criticó Jarmila. «Ya no puede una dormitar en el cine como antes, ni pensar, ni charlar. Con el cine mudo era mucho más bonito.»
En la pantalla se veía a un joven apuesto bajar de un tren; le presentaban a una chica guapa, se sonreían: enseguida se veía que de ahí saldría algo.
«¡Oye, Hanna!», susurró Jarmila. «¿Te acuerdas de que ya estuvimos juntas una vez en el cine? El primer año de la guerra... estábamos con el examen de bachillerato...» No, Hanna no se acordaba.
«¡Pues claro! Ahora me acuerdo clarísimamente. Teníamos tanto que empollar entonces, matemáticas y física, y habíamos quedado en la isla de Žofín para estudiar, pero yo no podía concentrarme nada, porque entonces tenía una tragedia amorosa espantosa... y nos fuimos al cine. Y estaba oscuro y la música tocaba tan bonito, y en la película alguien se volvía loco de amor. ¡Me acuerdo perfectamente!»
Tarareó una melodía con síncopas en tono menor. «Esto lo tocaban siempre en el cine cuando alguien se volvía loco»... Detrás de ellas alguien dijo, enfadado: «¡Chist! ¡Silencio!».
En Hanna resurgió la tarde de cine de hacía veinte años. Ya no sabía que había sido Jarmila; solo se acordaba de una compañera de clase que le había contado en el cine su novela de amor, y de que se había quedado asombrada y conmovida: ¿así que eso existía de verdad? ¿Una chica tenía un amante? Eran colegialas... ¿así que eso existía de verdad?
«Me acuerdo, Jarmila... me contaste que te habías pasado horas delante de su casa por la noche esperando, y que luego él salió con otra mujer y ni siquiera te vio.»
«Era Miroslav», constató Jarmila, como para sí. «Antes había pensado que había sido Vláďa.»
«¡Chist, chist!», sisearon los de detrás. Se callaron. Entretanto se habían perdido un trozo de la película. La chica guapa que antes había llegado tarde a la cita era ahora su amante, porque él —¿por qué sería?— se había casado con otra. Ella vivía, mantenida por él, en un piso; no tenía nada que hacer; siempre lo estaba esperando. Él tenía mujer, hijos, un negocio; era rico, como todo el mundo en el cine; hacía viajes, volvía siempre a ella, le contaba cosas, se dejaba cuidar, la abrazaba, desaparecía otra vez en su vida inaccesible, y ella seguía allí sentada esperando, veinte años. Qué guapa era, aunque la cara ya empezaba a envejecer un poco; y él tenía ya el pelo completamente gris, y el hijo era ya mayor y venía a insultar a la amante de su padre. Luego el hombre se moría, y en el último momento todavía la llamaba por teléfono, pero ya no podía decir nada porque ya se estaba muriendo, y ella estaba al otro lado del hilo y lo sabía y no podía ir con él, porque no era más que su amante secreta y nadie debía saberlo. Y así se le había pasado la vida entera...
Se encendió la luz.
«Gente guapa. Bien hecha. Pero una película tonta», opinó Jarmila, a la ligera, impasible. A Hanna le corrían las lágrimas por las mejillas; estaba completamente trastornada. La amiga la miró asombrada.
«Yo siempre lloro en el cine, hasta con las películas más tontas», se defendió. «La mujer era muy simpática, ¿verdad? ¡Qué vida tan horrible!»
«¿Por qué se sienta a esperar a que el señorito se digne visitarla?», protestó Jarmila con candor infantil, como si se tratara de una persona real. «¡Que se ponga a trabajar! ¡Lo demás ya vendrá!»
«Sí, son esas existencias intermedias, semiproletarias», dijo Hanna por obligación, pero no sonó muy convencida.
«Vamos todavía a un café», propuso Jarmila. «Quiero preguntarte una cosa.» Hanna estuvo de acuerdo. Pidieron, y Jarmila sacó la polvera y los lápices de color y empezó a arreglarse.
«¿Tú no te empolvas nada? ¿Por qué no?», preguntó por encima del espejito de mano.
«No sé, nunca me he empolvado... En Alemania, en el movimiento, habría sido totalmente imposible. Solo iban pintadas las amantes de unos cuantos mandamases, y las mujeres de la representación comercial rusa...»
«Pero aquí es distinto, todas las mujeres se arreglan...»
«Sí, claro. Hasta me he comprado un pintalabios. Pero deja un sabor tan malo en la boca», dijo Hanna, y se puso colorada. Pensaba en que a Svoboda no le gustaban las mujeres empolvadas y pintadas. Jarmila la miró con atención.
«¿Así que ahora tienes un hombre?», preguntó. «Por cierto, tú puedes permitirte no arreglarte, con esa piel joven tan espléndida que tienes y esos labios rojos...»
A Hanna le alegró un poco que Jarmila se lo dijera.
«Así que ahora tienes un hombre. Eso está bien», repitió Jarmila, como si fuera cosa decidida. «¿Y quién es? ¿Un camarada de Alemania...?»
«¿Era eso lo que querías preguntarme?», replicó Hanna con cierto malestar. De pronto le pareció imposible confesarle a la amiga que su amante era un periodista burgués. «¡Eres tan doctrinaria!», oyó decir a Anatol, con respeto y un poco de hostilidad. ¿Adónde había ido a parar? «Enemigo de clase», pensó, y se estremeció de dolor. También esas son palabras doctrinarias. Lo quería. Se quiere a una persona, no al miembro de una clase... Pero la amargura de su amor, tan amargo desde el principio —de repente lo supo—, venía de que Anatol, llegado el caso, estaría en el otro bando. Lo veía físicamente en el otro bando, con un cuchillo en la mano, la mirada entornada, y a sí misma se veía en su bando, tendida, con la boca entreabierta, y le dolía todo el cuerpo, como de puñaladas, como de un abrazo de amor cruel tras el que los dos se separan como enemigos.
«No, quería preguntarte otra cosa», dijo Jarmila, y Hanna no supo bien en ese momento a qué se refería todavía aquel «no». «Pero no parece que tengas ganas de escucharme.» Frunció el ceño con severidad.
«Sí, sí», aseguró Hanna deprisa, y se despejó por dentro. «Dime, Jarmila...»
«Bueno», dijo Jarmila con firmeza y con cierta solemnidad, «he decidido salirme del Partido.»
«¿Del Partido...?», exclamó Hanna consternada, como si quisiera decir: «¿Quieres quitarte la piel?». No preguntó por qué. Por desgracia, había demasiadas buenas razones que daban ganas de salirse del Partido.
«Total, de todos modos me van a echar un día de estos», dijo Jarmila con terquedad, como para defenderse, y ya tenía lágrimas en la voz. «¡Es que ya no se puede seguir con esto!»
No, en realidad ya no se podía seguir con esto. En sus «líneas» oficiales, en su propaganda, en la conducta de sus dirigentes, el Partido se iba desmoronando cada vez más, a un ritmo cada vez más rápido, desprendiéndose del venerable edificio colosal de las conquistas revolucionarias. Lo que pasaba en Rusia era, por decirlo con suavidad, extraño y lamentable. Había toda clase de motivos para reparos teóricos. Y estos se veían reforzados por cien pequeños sobresaltos ante pequeñas maniobras, pequeñas incorrecciones, ante editoriales demagógicos y mendaces, la cerrazón de los funcionarios. A eso se sumaba tanto de lo que molestaba estéticamente: el regreso al estilo clásico pomposo en los edificios públicos soviéticos, supuestamente para complacer el gusto de las masas campesinas; bailes con trajes de noche y música de jazz otra vez permitidos; las películas (¡qué lejos quedaban El acorazado Potemkin y La madre!), cada vez más vacías y peores; en fin, toda clase de pequeños síntomas que, acumulados, producían una sensación de malestar.
Hanna había lidiado de lo lindo con todo eso y una y otra vez había reprimido con dureza dentro de sí toda rebeldía contra el Partido, porque una y otra vez se predicaba a sí misma que aquello no era esencial, que no eran más que excrecencias. Y porque una y otra vez —en la prensa, en folletos, en discusiones— se topaba con argumentos de fieles del Partido que explicaban y justificaban todo retroceso, e incluso lo adornaban como un progreso hacia el socialismo. Por nada del mundo quería quedar, ni siquiera ante sí misma, como una intelectual criticona o como una utopista romántica.
«Es que el socialismo no se construye en diez años», objetó suspirando. «Son excrecencias. Todo eso lo impone de momento la situación mundial. Si la socialdemocracia alemana no hubiera saboteado en 1933 el frente único...»
«¡Déjate de palabrería de periódico!», la interrumpió Jarmila con vehemencia. «Eso ya lo hemos oído bastantes veces. Y yo era sin duda de las que más a menudo y más convencidas lo repetían como un rezo. Pero ahora, después del Congreso43... Si lees el discurso de Dimitrov, ¿qué es eso sino socialdemocracia de la más pura? ¡Qué socialdemocracia ni qué nada! Nunca, desde que existe un movimiento obrero marxista, se le habría ocurrido a nadie ni en sueños que nos llamarían a aliarnos con la pequeña burguesía. ¡«Frente popular»! Ni siquiera se podía pronunciar la palabra «pueblo», ya te volvías sospechosa. ¡Y con razón! No existe el pueblo. Solo existen las clases. ¡Y qué conceptos tan desvaídos son esos de los «pequeños países», que tienen que unirse internamente contra el fascismo! ¿Qué quiere decir eso, me lo quieres explicar? El señor Dimitrov se ha guardado muy bien de explicarlo más, porque entonces habría tenido que decir que, por ejemplo, en Checoslovaquia —¿o es que no es un «pequeño país»?— ya no se puede hacer huelga, ya no se puede combatir al gobierno, que nosotros, los comunistas, tenemos sencillamente que cerrar el pico.»
«¡Pero si no es más que una cuestión táctica!», objetó Hanna. «Dimitrov dice que hay que atraer a las capas medias indiferentes al frente antifascista, pero entre líneas se puede leer que eso no es más que una maniobra táctica y que el Partido, cuando los frentes populares de los países democráticos estén ya en marcha, se hará con la dirección...»
Dimitrov, pensaba mientras lo defendía: que tuviera que ser precisamente Dimitrov, el héroe del proceso del incendio del Reichstag. Su argumentación revolucionaria, su conducta heroica habían ganado entonces, en 1933, en el mundo entero, a miles y miles de proletarios y a no pocos burgueses para el comunismo. Ahora era portavoz oficial del todopoderoso Politburó de Moscú y aconsejaba la reconciliación con la pequeña burguesía, que desde Marx se había considerado siempre la parte más peligrosa de la clase enemiga, por ser la más indefinible y la más difícil de agarrar. Pero no sería más que un compromiso táctico.
«¿Y tú te crees eso, una persona tan lista?», la reprendió Jarmila. «¡El discurso de Dimitrov no es una circular confidencial! Está impreso en cientos de miles de ejemplares, en cuarenta idiomas... ¡todo el mundo lo ha leído, igual que tú y yo! ¡Lo que tú lees entre líneas, los demás lo leen igual de bien entre líneas! ¿Tú crees que los pequeñoburgueses, los demócratas, los liberales van a caer en la trampa si se les da a entender de antemano, tan abiertamente y con tan ingenua seguridad, que es una trampa?»
Eso, desde luego, era cierto. ¡Qué tontería! Pero no, tontos no eran los del Politburó. ¡Muy astutos, incluso! ¿Entonces era al revés? La jugada táctica del frente popular, en el que debían quedar atrapadas las capas medias, no estaba pensada en absoluto para embaucar a esas capas medias, al trazar la «línea», sino que a quienes había que embaucar era a los obreros, a los revolucionarios, a los que se quería dejar inofensivos dentro del frente popular? Para que se sumaran, se les prometía de buena fe, en cuarenta idiomas y a la vista del mundo entero de «los otros», que ya se la jugarían a los otros, en cuanto los tuvieran dentro.
Estas conclusiones se las expuso a Jarmila, todavía en tono dubitativo. ¿Acaso se podía pensarlo hasta el final de otro modo que con un esperanzado signo de interrogación?... Pero Jarmila borró el signo de interrogación con un gesto de la mano. Naturalmente, confirmó, el viraje del Séptimo Congreso de la Internacional Comunista era un engaño colosal al pueblo, ni más ni menos. Para proteger a la patria rusa.
La palabra patria —rodina— aparecía de verdad desde hacía algún tiempo en las proclamas oficiales de Pravda, tuvo que reconocer Hanna; patria y familia: ¿qué faltaba ya para el vocabulario pequeñoburgués? Por la patria rusa se había entrado en la Sociedad de Naciones; por la patria rusa se firmaban alianzas con Estados capitalistas; por la patria rusa se estrangulaba a la oposición revolucionaria, se despojaba de poder a los obreros, se le suministraba a Italia petróleo para su guerra de Abisinia y a la Alemania de Hitler mineral de manganeso para su rearme. ¿¡Y a todo eso lo llamaban socialismo en un solo país!? ¿Qué quedaba todavía del socialismo? ¿Adónde llevaba todo aquello?
Las dos mujeres callaban, abatidas.
Salirse del Partido parecía lógico si de verdad se quería el socialismo. Salirse... pero ¿adónde? Se salía al vacío. El Partido tenía a las masas; a su izquierda no había más que unos cuantos grupúsculos que se entretenían redactando estatutos de organización, discutiendo sobre la pureza de la doctrina y con acciones minúsculas de carácter local que, por lo minúsculas que eran, no podían conducir a nada. ¿Adónde?
«¿Adónde?», le gritó Hanna, nerviosa, al camarero, que quería llevarse las tazas. «¡Déjenos terminar primero, hombre! Ya es la tercera vez que me quita la taza de la boca. Quisiera saber qué sentido tiene, como si les faltara vajilla en la cocina», le explicó a Jarmila, que la miraba asombrada. El café, desde luego, ya se había enfriado, y pidieron otro, que no acababa de llegar.
«Sí, pero ¿adónde, Jarmila?», preguntó Hanna, desalentada. Doce años en el Partido... es como un matrimonio. Ya no puede una irse.
Jarmila llevaba dentro mucho más tiempo. Ya de estudiante de Gymnasium, recordaba ahora Hanna, Jarmila iba a todas partes con el Manifiesto comunista y les hablaba a las chicas de «intereses de clase». «Siempre estás con lo mismo», había dicho la tonta de la Doskočilová, «a mí mi clase no me interesa nada, la de séptimo. Lo principal es que pase a octavo y me admitan al examen de bachillerato...» Hanna se lo recordó a la amiga y se rieron. Pero las dos tenían el ánimo amargo.
Años, décadas creyendo, amando, trabajando: el Partido era la patria, el amante, el padre, el futuro, todo en uno. Una estaba apegada a él como a la patria, al padre y al amante. Se lo podía criticar, a veces despreciar o compadecer. Pero no se podía dejar, no se podía irse, no, no se podía irse. Habría habido que cortarse el cordón umbilical, arrancarse el corazón del cuerpo, habría hecho falta fuerza y valor para empezar desde el principio, pero ¿dónde? ¿Cómo? Se salía al vacío cuando se dejaba el Partido. La corriente se lo llevaba a uno; como mucho iba a parar a la isla de alguna secta, pero lo más probable era quedarse completamente solo, un intelectual entre los dos grandes campos, abandonado a sí mismo y a su amargura.
«¡Me salgo!», anunció Jarmila. «Es que no lo aguanto más. ¡Total, me van a echar de todos modos! Como el mandamás arrogante no me ha conseguido, ya me endosará alguna cosa. A Jenda, sin ir más lejos, lo echaron con la oposición de Lysák, y ahora les hace el periódico.»
Aquello era una novedad para Hanna. Y qué tenía eso que ver... preguntó.
«Yo ya no tengo nada que ver con Jenda», la interrumpió Jarmila, a media pregunta. «Lo hemos dejado del todo, porque me engañó con la Vilma del Haló noviny, esa pálida, pecosa, ya la conoces. Pero eso no tienen por qué creérselo. Me pueden colgar que estoy de acuerdo con Jenda para espiar dentro del Partido para la oposición, y ya estoy fuera. Entonces viene a ser lo mismo. Prefiero irme ya.»
Hanna negó tristemente con la cabeza. Pensaba también en que Jarmila no tenía ningún respaldo material. Con su padre, un alto funcionario del Estado, había roto hacía años. Ya no podría colocar sus reportajes fotográficos en la prensa del Partido, y en las revistas ilustradas burguesas había tantos buenos fotógrafos que Jarmila no les hacía falta.
«Voy a abrir un estudio de fotografía, sobre todo de interiores; ahí hay algunas posibilidades», explicó Jarmila, como si hubiera adivinado los pensamientos de Hanna. «Y ahora me voy a casa, me zumba la cabeza. Mañana temprano tengo que ir a Podskalí a fotografiar a los trogloditas; Svět práce quiere un contraste. Las fotos de las casas obreras rusas ya las tienen. Yo tengo que retratar, como contrapunto, a nuestros proletarios, que de verdad viven como los hombres de la Edad de Piedra.»
«Přítomnost ya ha sacado un artículo sobre eso», observó Hanna. «Quieren ser los primeros en haber descubierto las viviendas en cuevas; hasta han fundado ya un comité de ayuda. La verdad es que nosotros siempre llegamos tarde a todo.»
«Precisamente por eso me manda Rudolf a Podskalí, para el número del miércoles. No se les ha ocurrido hasta que han visto Přítomnost. ¡Venga, vámonos!»
Pagaron y se fueron. En la calle dijo Hanna: «En realidad no me has preguntado nada, Jarmila querida. Me has anunciado una decisión. Y además yo soy mala consejera, lo tengo todo tan revuelto por dentro. Créeme que yo también me rompo mucho la cabeza pensando en qué va a ser del Partido. Pero no tengo valor. ¿Qué te voy a aconsejar? En todo caso, te agradezco que me lo hayas contado. Eres una valiente. ¡Me gustas!»
«Tú también me gustas, Hanna», dijo Jarmila. «Ya me gustabas en el colegio. Siempre te admiré porque eras tan concienzuda. De todo querías averiguar primero el fondo más hondo, el más hondísimo, el definitivo, y antes no querías decir ni sí ni no.»
Se rio con simpatía, caminando a buen paso junto a Hanna. «Pero así se vivirá difícil, ¿no?»
Hanna no contestó. Habían doblado una esquina y ahora iban por la calle donde vivía Anatol.
Aquí vive Anatol, pensó Hanna. Allí donde acaba la calle, al final del todo. Nunca he estado en su casa. Sintió de pronto un deseo apremiante de verlo, de hablarle. Estaba en Brno. No tenía sentido esperarlo delante de la casa. A lo mejor no volvía hasta el mediodía siguiente.
«Y ahora también te rompes la cabeza con el Partido, con Dimitrov, e intentas llegar al fondo más hondo, como en el colegio con el cálculo diferencial, cuando no había manera de que entendieras el d'ˣ...»
Hanna se rio con melancolía. ¿No había hecho lo mismo una y otra vez toda su vida? Siempre investigando, cavilando, desconfiando apasionadamente, porque tenía una necesidad tan apasionada de univocidad y de claridad, y nunca había podido conquistarla. Veía demasiados aspectos... Precisamente por eso la había atraído tanto la dialéctica de Marx, porque mostraba tantos aspectos. Todo tiene que ver con todo. Todo está enredado con todo. A menudo una se confundía, ya no lo abarcaba con la vista. Además, sabía tan poco de hecho sobre las cosas, sobre las personas, sobre las conexiones últimas, más íntimas.
En algún punto hay que dejar de pensar y decidirse a actuar, había dicho siempre Karl. Pero ¿y si una actuaba mal? ¿No hay que pensarlo primero hasta el final? Hasta el final... eso no existía. Y en su búsqueda de la entrada justa, una y otra vez había entrado a destiempo, cuando era una casualidad u otra persona o una situación ineludible la que daba el tono, y no ella misma. Y claro, había salido desafinado.
Con Anatol era distinto. Ahí todo había salido bien como por sí solo. Tarareó para sí la copla de Polly de La ópera de cuatro cuartos: «Y no podía ser de otra manera...». Con Anatol todo estaba bien. Una andaba, vivía con él con una seguridad tan alegre, como de sueño. Flotaba. Cerró un momento los ojos y vio su figura delgada y morena deslizarse ante los cristales esmerilados de la redacción. Una gran sensación de bienestar se extendió por ella. No pedir nada, no negar nada. Todo está bien. Todo lo que pasa entre ella y Anatol está bien, así de humilde.
«Sí, la vida es bastante complicada», dijo Jarmila a su lado. Quién sabe qué callada cadena de pensamientos cerraba con eso. «¿Así que ahora tienes un hombre?», prosiguió de improviso. «¡Por lo menos la vida privada hay que tenerla en orden! ¿Va bien?» Se detuvo, cogió a Hanna por los dos brazos y la miró a la cara con cariño.
«Sí, va bien», dijo Hanna, y se volvió muy sencilla y alegre. «Muy bien, incluso.» Siguieron calle abajo.
Ahí enfrente vive Anatol. En el segundo piso. Las ventanas estaban a oscuras.
Por la otra acera venía una pareja del brazo. El hombre se detuvo, se inclinó hacia la mujer, le levantó la cara con la mano... la calle no era ancha; Hanna pudo ver que era una cara pálida, sin pintar, joven, con rizos negros sobre las mejillas. El hombre le sonrió con ternura a aquella cara y le dijo algo. Luego siguieron andando. El hombre sacó un manojo de llaves del bolsillo de su abrigo gris, inglés, y abrió. Empujó suavemente a la mujer por los hombros delante de él hacia la sombra del zaguán; la puerta se cerró.
«¿Qué te pasa?», preguntó Jarmila asustada.
«N... nada», dijo Hanna. Se había colgado pesadamente del brazo de la amiga y arrastraba los pies por el suelo... «Últimamente me pasa a menudo... un calambre de repente en el corazón... Creo que fumo demasiado... Ya se me ha pasado.»
Empezó a llover suavemente y caminaron en silencio hacia la calle de París. En la esquina, Hanna se volvió. En el piso de Anatol había luz y una mano estaba bajando las cortinas...
Capítulo 14
El mundo está hecho de cosas pequeñas — Sentimientos que acompañan a la manía burguesa de la propiedad — Hay otros sufrimientos — Un tiempo en que leer se vuelve un problema — Nacida en Praga, con vecindad legal en Alemania — «Umbruch», una palabra doble — Anatol resulta ser amigo de las damas — Un argumento irrebatible.
¡Ahora tendría que pasar algo! Tendría que estallar una guerra, tendría que morir alguien, Hitler, Anatol, una misma, o por lo menos Ladislav o el archivero Klaus; la Svoboda tendría que mandarla a una como reportera a un incendio gigantesco y una tendría que salvar a dos niños de las llamas; tendría que venir un terremoto y derribar los muros sólidos y sombríos del Penal del Estado de Plötzensee, y Karl tendría que salir flotando y estrecharla a una, ancho y grande, contra su hermoso corazón. O tendría que descubrirse, de un modo misterioso pero convincente, que nada de aquello es verdad. Solo así se podría soportar, porque... ¿se puede soportar de otro modo?
Pero no pasa nada, nada repentino, nada grande. El mundo está hecho de cosas pequeñas. Todos los días, temprano, uno lee el periódico y mira quién ha ganado el torneo de hockey sobre hielo y quién se ha muerto y qué más hay de nuevo en el mundo, curiosidades de todo el mundo, recortadas de la prensa internacional y traducidas por Hanna Last, de soltera Aschbach, una mujer de piernas largas que camina un poco encorvada, de ojos grandes y ardientes y con un mechón rubio sobre el suéter gris que todavía se había traído de Alemania.
Pero para que la gente pueda leer el periódico por la mañana, el periódico tiene que hacerse ya por la noche. Todos los días, a una hora fija, los camiones tienen que salir del patio hacia los trenes, y para que puedan salir, antes todo tiene que haber estado en orden: las distintas noticias tienen que estar dispuestas según su importancia y provistas de titulares, de dos cíceros, mediana, tercia o incluso cuatro cíceros de cuerpo, según el caso; en una palabra, entre las ocho y las nueve y media, en la Svoboda todo tiene que ir como siempre: el cronista de tribunales Menčík siempre quiere sus cosas en la página tres o en la cinco, en vez de en la cuatro, que es donde van; dice que la gente no lee lo que sale en las páginas pares, las páginas «de la izquierda», porque en el tranvía solo hojean el periódico y la mirada cae en las páginas impares. Hay que hacer de nuevo el cliché de la cabecera «Sala de Justicia», que ya parece «Sala de Nada»; cuántas veces lo habrá señalado ya Karlíček. La elección presidencial, naturalmente en la página uno, aunque no es emocionante: todo el mundo sabe que Beneš será presidente; hasta los comunistas han renunciado a un candidato propio y lo apoyan como un solo hombre. A cambio han pedido una amnistía para sus presos políticos, pero se les ha dado a entender que no puede ser, porque Masaryk, al dimitir, acaba de decretar una amnistía la semana pasada; parecería que se quiere desautorizar al anciano señor; quizá más adelante. Bueno, ellos se dan por contentos, votarán a Beneš de todos modos; en la revista ilustrada comunista Svět Práce se ve fotografiada a la señora Hanna Beneš visitando las viviendas-cueva de Podskal, y unas cuantas personas que ha traído consigo reparten ropa de niño y juguetes; es conmovedor. No pasa gran cosa, todos los días lo mismo, el trajín habitual de la compaginación. El jefe tiene que discutir con el jefe de administración, porque este quiere dos páginas más de tamaño; al fin y al cabo, los anunciantes son lo más importante, no hay nada que hacer; pues hagamos hoy dos páginas más, pero mañana, a cambio, habrá que ahorrar algo en el texto de redacción; no puede ser, dos páginas más con una tirada de ochenta mil, eso cuesta cinco mil coronas, solo el papel, es mucho dinero...
Claro que es mucho dinero. El comité de refugiados se alegraría si alguna vez viera cinco mil coronas juntas. Los emigrados tienen que discutir en el comité con las camaradas señoras, que no quieren reconocerles que se hayan hecho almidonar cuellos por tres coronas. ¿Para qué necesita un emigrado cuellos almidonados? Camaradas, sed razonables, esto ya dura casi tres años, ¿de dónde vamos a sacar más dinero? Ya nadie da nada, el paro es tan grande aquí, y la camisa está más cerca que la chaqueta. Por cierto, no olvidéis que tenéis que
ir a la Dirección de Policía a que os tomen las huellas dactilares. ¿Qué? ¿Como a los delincuentes? Sí, es una nueva disposición, una simple formalidad, ¡no se altere usted, camarada! ¿Emigrar? ¿Pero adónde? Ningún país quiere emigrados, como mucho Sudamérica, pero no tenemos dinero para pagaros el viaje; a lo mejor el año que viene ya podéis volver a Alemania... esto no puede seguir así eternamente.Pero sigue así eternamente. El mozo enjuto echa con estrépito al montacargas las planchas de metal con las páginas terminadas; el señor Kalandra, con su blusa azul y tinta de imprenta en la frente de secarse el sudor con la mano, saca galeradas, es decir, pone largas tiras de papel húmedo sobre las flacas columnas de líneas fundidas, todavía calientes y embadurnadas de negro, y pasa por encima un rodillo de goma; Vokáček le arranca las galeradas de la mano; naturalmente, otra vez ha llegado tan tarde del Parlamento, hay que compaginar su crónica para la página dos, ya son las nueve y cinco. No, todo es como siempre.
Pero para Hanna Last, de soltera Aschbach, que sigue dejando como antes sus colaboraciones para «Curiosidades de todo el mundo» en el escritorio de Karlíček —sobre el hombre que desde hace treinta años usa una sola y misma hoja de afeitar, y sobre la calle más larga del mundo, la inglesa Watling Street, que es tan larga como Inglaterra entera: empieza en Dover, va de Canterbury a Londres y sigue luego hasta Chester y Cardigan; Dios mío, una calle tan larga, tan larga como la vida—, para Hanna Last el mundo ha cambiado.
Sabe algo nuevo. Bah, nuevo no es; seguramente hay poca gente que no lo sepa. Pero Hanna Last hasta ahora no le había reconocido existencia; había creído que eran sentimientos que acompañan a la manía burguesa de la propiedad; había movido la cabeza con desaprobación cuando Jarmila perseguía por teléfono a Jenda —¿o era ya Ruda?— por unos celos estúpidos; ahora Hanna sabe lo que es eso, sabe algo nuevo.
Por las noches está despierta y da vueltas y más vueltas; piensa sin parar los mismos pensamientos sin salida. Ve a Anatol inclinado sobre una cara pálida y joven, que se le abre sonriente; ve cómo se enciende la luz en su piso y una mano, desde dentro, baja las cortinas. Él le ha dicho que era su hermana, que le lleva la casa; que habían venido juntos de Brno. Pero a las once de la noche no llega ningún tren de Brno: el primero llega a las doce y media.
Hanna enciende la luz, fuma un cigarrillo, vuelve a apagar la luz. ¿Es que no va a dormirse de una vez? Ya ha tomado Bromural, pero no sirve de nada...
El otro día, cuando entró en su despacho, él estaba hablando por teléfono, con una voz tan solícita, tan ardiente. Por suerte —o por desgracia—, la lengua checa está hecha de tal manera que uno sabe si el que habla lo hace con un hombre o con una mujer: las formas verbales van separadas por géneros. Curioso, en realidad. Con una mujer hablaba Anatol. Sonaba tan tierno. Le hablaba de melocotones; ¿qué quiere decir eso? En diciembre no hay ningún motivo para hablar de melocotones por teléfono: es una palabra en clave. Hanna se estremeció y de pronto vio ante sí dos pequeños pechos de mujer, y salió deprisa. Anatol ni siquiera le hizo un gesto con la cabeza y siguió hablando por teléfono.
¡Para qué le habrá preguntado qué era aquello, aquel domingo por la noche! No quería preguntar. Pero si yo no soy celosa, ¡qué ridículo! Él también se quedó algo contrariado, y luego le salió con lo de la hermana. Cuánto tiempo hará que tiene a esa chica; a lo mejor todo el tiempo, por eso siempre tiene tanta prisa; naturalmente, no habrá vivido sin mujer hasta que yo me digné aparecer... y una rabia terrible, desgarradora, le hiere el cuerpo a Hanna, que suelta un aullido. Los vecinos golpean la pared: «¡Silencio! ¡Que son las dos!». Y así sigue siempre dando vueltas en círculo: me engaña, me engaña; bueno, ¿y qué?, si no me debe nada, y yo que solté esos discursos tan insolentes sobre la «libertad» y la «fidelidad superior»; seguro que ya tenía a esa chica antes. Tiene una cara dulce, como los ángeles cantores de Ghiberti en el retablo de Florencia. Yo me le he echado al cuello; fui yo la que aquella vez, en agosto, le dijo si quería subir conmigo; por sí mismo a lo mejor ni habría venido. Nunca ha querido salir conmigo. Me ha tenido escondida. Los domingos los pasa con la otra; Brno no es más que una excusa, ni siquiera va a Brno. Mis domingos los pasa con otra. Tampoco me ha dicho nunca que me quiere. Sollozaba y no podía parar.
¿Pero entonces por qué viene a verme y es tan cariñoso? Ya no viene tan a menudo, pero todavía de vez en cuando, y es tan cariñoso, y yo, puta de mí, siempre vuelvo a decir que sí. Tres días estuve sin ir a la redacción, quería ver qué hacía él; me pasé el día entero sentada en casa esperando que viniera o que llamara. Luego no lo aguanté: ¿y si está enfermo? Si no, ¿no habría llamado? Y él se quedó sinceramente consternado y enseguida, en el despacho, me estrechó contra sí —«¿Dónde estabas?»—, cuando en cualquier momento podían entrar el jefe de compaginadores o Bílek. Pero por qué no había llamado, eso no lo supo explicar.
¿Para qué me quiere, en realidad? Si tiene a la otra. Yo también tengo a otro. Pero ese está lejos. Eso no tiene nada que ver. ¿Qué quiere de mí, en realidad, si tiene a la otra?
No hay consejo ni salida; le desgarra a una el corazón, le desgarra a una la carne; los ojos ya le arden de tanto velar y llorar; al final Hanna toma otro Bromural y se duerme de madrugada...
De día no es tan terrible. Se trabaja, se ve a gente, gente extraña, gente conocida; de vez en cuando se va a comer a casa de Heini, se enfada una por la indiferencia distinguida y soñolienta de Rosita y por los comentarios reaccionarios del
hermano; de vez en cuando se encuentra también a Luise, a otros camaradas de Alemania, y se habla de Alemania. Dios mío, qué bien se vivía en Alemania; Alemania, Alemania, ¿cuándo podrá volverse allí?A los emigrados les va mal, hay que hacer algo por ellos; Hanna vuelve a salir a recolectar ropa, ropa blanca, libros, dinero, como entonces, antes de que Rýma la llevara a la Svoboda; pero la gente ya no da nada; entonces todavía daba. Los emigrados organizan una sesión especial en el cine, recaudación íntegra para la ayuda a los refugiados; Hanna tiene que hacer los preparativos porque sabe checo: permiso de la policía, hay que avisar a los bomberos, los carteles, las invitaciones, el impuesto sobre espectáculos; a lo mejor perdonan el impuesto, al fin y al cabo es con fines benéficos. No, las entradas no se las podemos sellar, señorita, si están en alemán; qué es eso de ayuda alemana a los refugiados; es una disposición: en impresos así hay que usar la lengua del Estado. Pues entonces hágalas imprimir otra vez. Sesenta y cinco coronas que se lleva el diablo; con eso más de uno habría podido hacerse almidonar los cuellos. Horas y horas hay que andar de aquí para allá y esperar sentada en las oficinas; al final la sesión deja setecientas cincuenta y tres coronas con ochenta y cuatro céntimos, lo que da justo diez coronas por persona para la gente del albergue de refugiados. ¿Qué van a hacer con eso? Hay que inventar otra cosa. Si fuera verano, podría hacerse un concierto nocturno en el jardín Valdštejn. Pero es invierno. Así pasan los días.
Por la noche es peor. Hanna ya no va a la Svoboda con la naturalidad de quien va a su casa; todos los días se propone no ir, no volver a ir nunca más; hará sus trabajos por la mañana o a primera hora de la tarde, cuando Anatol no está —¿y dónde está él a primera hora de la tarde? ¡Con ella no!—, y le pedirá a Voka que lleve las facturas al jefe para que las firme. Para Anatol ya no traducirá nada en privado; ay, qué orgullo tan mentiroso: él ya no le da nada por iniciativa propia, y ella ya no le propone nada.
Tiene una nueva alumna, pero eso también son solo cuarenta coronas a la semana; la habitación de la pensión es demasiado cara. Tengo que mudarme, piensa Hanna; tomaré una habitación que dé al patio, sin baño. Se puede usar el baño del pasillo. Al fin y al cabo podría pedir ayuda al comité de refugiados, pero me parece imposible, ya que hasta ahora no lo he hecho. Las señoras saben que tengo un hermano rico. Él sí que podría hacer algo por mí alguna vez, por lo menos ofrecérmelo; aceptar, no se lo aceptaría a ese advenedizo reaccionario.
El otro día le mandó un paquete de comida; ella habría preferido que viniera él mismo alguna vez. Al fin y al cabo es su hermano. Pero nunca la ha visitado, ni Rosita tampoco. A Hanna le dio rabia cuando el criado le trajo el paquete; pero luego calculó que así no tendría que comprar cena durante quince días. Las latas de sardinas se las regaló a Luise, qué generosidad... porque a mí no me gustan las sardinas.
No, por la noche no quería ir a la Svoboda; quería esperar a ver qué hacía Anatol si ella dejaba de ir una temporada. Bah, no hace falta esperar; esa experiencia ya la tiene hecha. Pero ¿adónde iba a ir, si no, por la noche?
¿A sentarse en un café? Sola, es tan triste. Al Continental, donde se sientan los camaradas, no es aconsejable: en todas partes hay soplones, ya han vuelto a expulsar a gente; además cuesta dinero ir cada noche al café.
Podría quedarse en casa a leer. Pero ¿cómo, y qué? ¿Una estúpida historia de amor? Literatura política no se puede tener en casa. Folletos que pueden comprarse en cualquier tienda se los llevan en los registros como material comprometedor, por no hablar de otras cosas. ¿Y qué hay, además, de literatura política? La Imprekorr44, que ahora se llama Rundschau; Dios mío, si escriben casi más patrióticamente que los fascistas, y tantas depuraciones del Partido, y una letra tan pequeña, que con luz artificial no hay manera de leerla; además, ahora siempre me duelen tanto los ojos... No irá a ser que al final necesite gafas; ¡solo faltaría eso, que Anatol me viera con gafas!
No, era peligroso tener esa literatura en casa. Hacía meses que Hanna se cuidaba de que, llegado el caso, no encontraran en su casa nada parecido. Primero había llevado una vez a su hermano un sobre grande lleno de escritos y le había pedido que se lo guardara.
«¿Qué hay dentro?», preguntó él, malhumorado.
«Bah, unos escritos y recortes de periódico... Tengo tan poco sitio en mi cuarto...». Pero él la había mirado con recelo y luego le había dicho que mejor guardara sus cosas en otra parte.
«Yo no me meto en tu vida, y sabes que aquí siempre tienes la mesa puesta. Pero con la política no quiero tener nada que ver. Un hombre de negocios no puede meterse en política».
Así que había llevado sus sobres de contenido comprometedor al señor redactor jefe doctor Anatol Svoboda, a su burgués despacho de redacción, para que se los guardara, y le había explicado el porqué y el cómo.
«¡Qué exagerada eres, Hanna!», le había dicho él a la ligera. «¿Quién va a hacerte un registro? Pero como quieras: dámelo, te lo guardo bajo llave». También el ambiguo discurso de Dimítrov ante el Séptimo Congreso estaba ahora en el escritorio de Anatol. Le habría gustado volver a leerlo, pero en ese momento no estaba con él de manera que le apeteciera sacar el tema. Tampoco le llevaba ya nada para guardar.
Lo que no quería tener en casa lo sacaba de la
casa. Estaría bien tener una estufa con un fuego crepitante en la que meter todo aquello. La calefacción central está muy bien, pero luego tiene uno tantas complicaciones con los papeles: no se puede quemar todo en la vela, y si lo tiras al retrete, el retrete se atasca.Así que sacaba los escritos de casa de noche. Bajaba al Moldava; el Moldava corría negro e invernal bajo los puentes; ninguna barca con parejas de enamorados bailaba presa abajo. Hanna rompía los periódicos y las octavillas en trocitos y los esparcía sobre el agua. Una vez se había levantado viento y grandes jirones de papel impreso habían vuelto volando al puente, y Hanna, asustada, los había recogido y se los había metido en el bolsillo del abrigo. Un transeúnte nocturno se había detenido y había observado asombrado su extraño comportamiento. Ella le había hecho un gesto con la cabeza, con una sonrisa culpable, y se había escabullido.
¡Hay que ver qué cosas le traen a una siempre los camaradas! Como si fuera una analfabeta política a la que hubiera que meterle primero en la cabeza los diez mandamientos... ¡pronto haría trece años que estaba en el Partido!
No, lo de leer en casa tampoco servía. No se podía quedar uno en casa, sencillamente; no se aguantaba. Hanna cayó en la cuenta de que hacía meses que no había pasado una sola noche en casa.
«¿En casa?». ¿Dónde estaba ella en casa? Su permiso de residencia había caducado al cabo de un año. Había tenido que redactar una bonita solicitud, en un pliego impreso que le entregaron en la Dirección de Policía. Con él había ido dos manzanas más allá, al café Slavia, y desde la ventana había mirado hacia el Hradčany, que estaba envuelto en la niebla otoñal, sobre el pámpano rojo de la escalinata del castillo. Pero tampoco de allí había venido ninguna ayuda. De ninguna parte venía ayuda. Y Hanna escribió:
A la Ilma. Oficina Provincial, Praga
La abajo firmante, Jana Františka Marie Lastová, de soltera Aschbachová (¡precisamente por eso escribo mi apellido de soltera con ortografía alemana! Yo no soy una oportunista como el señor mi hermano), de profesión.... ¿Qué era ella, en realidad, de profesión? Había hecho tantas cosas en la vida. Tres semestres de Historia del Arte, con Wölfflin en Múnich, luego dos semestres de Filología Clásica. Después se había metido en el movimiento socialista y había dejado la universidad. ¿Era entonces estudiante? Había dado cientos de clases, pero profesora... eso tampoco lo era, en realidad. Había escrito cientos de artículos y unos cuantos folletos de divulgación, a los que llamaba con desprecio «mamotretos de propaganda», aunque había tenido mucho éxito con ellos... pero ¿podía por eso llamarse escritora? Había organizado asociaciones, cursos, campamentos de verano, congresos. Pero «organizador» era un concepto del que, referido a sí misma, no podía más que reírse. ¿«Casada»? Eso sería inofensivo. Pero ¿es que sigue siendo una mujer casada? Si no tiene marido. Desde abril de 1934 no tiene marido. ¿Cómo es que una mujer casada que vive sola vive como emigrada?
Qué tontería. ¡Domínate, mujer! Esto no es ninguna broma: si te expulsan, estás perdida. Quien no está en casa en ninguna parte tiene que obedecer y ser humilde. Así pues: profesión, traductora. No, tampoco puede ser. ¿Dónde traduce usted, qué, para quién? Su colaboración en la Svoboda era ilegal: no tenían permiso de trabajo. Podían hacer averiguaciones. ¿Qué demonios había escrito el año anterior en la casilla «Profesión»? No conseguía acordarse. Así que escribió «secretaria»: aquello era cualquier cosa y nada concreto, y además tenía un sentido de la verdad secreto, inescrutable para los ojos de la administración. «Jana Františka Marie Lastová, de soltera Aschbachová, de profesión secretaria, solicita permiso de residencia en el territorio de la República Checoslovaca de conformidad con la ley n.º 52/1935. Nací el 14 de septiembre de 1895 en Praga y soy de nacionalidad alemana del Reich». Eso es justamente. Esa es toda la desgracia. Desde su mesa junto a la ventana miró hacia el Hradčany y recordó cómo en primavera se había sentado aquí y había pensado: Nunca, nunca, nunca debí haberme ido....
Nunca, nunca, nunca debí haber vuelto, pensó atormentada. Si hubiera ido a París. O a la Unión Soviética. O si me hubiera quedado en Alemania. No hay que volver allí de donde uno ha salido. Ahora, en mi tierra, soy ciudadana extranjera, tengo que dejar mis huellas dactilares como los delincuentes, tengo que rellenar líneas impresas para que me toleren aquí.
Miró desconcertada a su alrededor. Aquí me encontré aquella vez con Zdeněk Svoboda. Qué curioso, todo se llama Svoboda. Si no, no me habría quedado con el nombre, de no haber estado justo entonces buscando a Anatol en la guía telefónica. Además era un hombre simpático. Lástima. A ese tampoco lo he vuelto a ver. A lo mejor habría salido conmigo de vez en cuando. Puedo llamarlo algún día... Bah.
Volvió a inclinarse sobre su pliego. Ahora nada de titubeos, mujer, sigue escribiendo; a la una cierran en la Dirección de Policía, tienes que entregar la hoja antes.
«.... nacida en Praga, con vecindad legal en Alemania, tuve que abandonar Alemania por motivos políticos. Entré en el territorio de la República el 12 de octubre de 1934 y me presenté en el Registro Central de Refugiados de Alemania y Austria, Praga II, calle Smečky 27, donde figuro en la lista como emigrada. Mi identidad la acredito.....». No puedo acreditarla en absoluto. El papelito de la célula del Partido de Berlín... por cuántas manos habrá pasado; ese papelito ya ni lo tengo. Tampoco sería ninguna prueba. Más bien una declaración comprometedora, de un desconocido. ¿Qué había escrito el año anterior? Había dado, recordó, a su hermano como referencia y testigo. A él le había sentado muy mal que lo invocara. Pero de qué servía todo eso; volvió a ponerlo.
Sigamos. «No tengo intención de ejercer aquí actividad lucrativa y vivo....». ¿De qué vivo? Mis ingresos son ilegales;
no puedo dar clases ni traducir, ni para la *Svoboda* ni para su jefe.Así que escribió «y vivo de mis propios medios». Que alguien se ría. Desde luego que vivo de mis propios medios. La cabeza y el corazón pronto estarán ya agotados.
¿Qué viene ahora? «Declaro que no me dedicaré aquí a ninguna actividad política ni abusaré en modo alguno de la hospitalidad de este Estado. Praga, 6 de octubre de 1935».
Había sido un lunes. Todavía se acordaba con toda exactitud. El lunes después de la excursión con Anatol a Štěchovice. ¡Cuánto tiempo hacía de aquello! La Oficina Provincial aún no había contestado. Su permiso de residencia había caducado y todavía no había obtenido uno nuevo. Era una apátrida, no estaba en casa en ninguna parte. No, de verdad que uno no podía quedarse solo por la noche en aquella habitación extraña. «¡Qué bonito lo tienes!», había dicho Anatol entonces, en agosto, cuando vino por primera vez. No, entonces todavía la trataba de usted... Ahora casi habían llegado al punto en que volvía a tratarla de usted. Le vino a la cabeza un chiste grosero, el de una chica que se va a la cama con un desconocido, y cuando él le pregunta después: «¿Qué tal te ha gustado?», ella contesta: «Ya puedes volver a tratarme de usted..». Horrible. ¿Cómo se le ocurría esa vulgaridad tan baja?
Escribiré el chiste para Mehleva, para «Para reír», pensó. Las anécdotas se pagan mejor. Bueno, ¿y qué hay ahí de qué reírse?, quisiera yo saber. Mañana le digo abajo al portero que quiero una habitación más barata.
Salió a la calle. En un bufé automático se tomó un gran cuenco de sopa de gulasch con dos gruesas rebanadas de pan negro. Dos coronas. Eso se puede. Desde la plaza de Wenceslao entraban empujando tipos flacos y pálidos, con el cuello de la chaqueta subido sobre la camisa sin cuello y la gorra calada hasta la frente, y esperaban a ver si alguno de los clientes, que vaciaban sus platos deprisa y de pie, dejaba algo que ellos pudieran comerse rápidamente antes de que los camareros, con un cubo en el brazo izquierdo y un cepillo de mango en la mano derecha, barrieran los restos de los platos a la basura. En las mesas donde uno se servía después de haber comprado en la caja el vale correspondiente se amontonaban gruesos jamones en gelatina, hígados de oca, tomates rellenos rodeados de ensalada, pollos enteros y un enorme cochinillo, cuya corteza dorada y vidriosa era lo que más atraía a los mirones hambrientos. En otra mesa había montañas de fruta exquisita, dulces, tartas de nata, y de unas máquinas relucientes de níquel salía sin parar café a las tazas. Los parados estaban de pie, callados, mirando.
Una nueva oleada de clientes se abrió paso entre las montañas de golosinas, que formaban calle a derecha e izquierda; la penúltima sesión de cine debía de haber terminado; por la plaza de Wenceslao subían y bajaban multitudes, y Hanna iba sola junto a las parejas. ¿Adónde ahora? Bah, todavía voy a pasear un ratito arriba y abajo y luego me iré a casa. La compaginación, de todos modos, ya ha terminado hoy.
Umbruch45. Por primera vez tomó conciencia del doble sentido de la palabra. Todos los días hay Umbruch, todos los días a la misma hora. Qué curioso. No quiere decir más que disponer las largas y flacas columnas de líneas de plomo relucientes de manera que salgan de ellas páginas de periódico. Y además quiere decir algo así como revolución, vuelco interior. Uno cree que eso solo ocurre una o dos veces en la vida. Uno cree que es un acontecimiento que hace saltar las junturas, derriba casas, trastorna mundos, vuelve lo de abajo arriba y lo de dentro afuera. Pero no. El vuelco es todos los días. Todos los días se compagina, se vuelca un poquito, un poquitín: todos los días hay texto nuevo, y además mucha composición de reserva, que se va gastando poco a poco; ya ni se puede leer, tantas veces se ha embadurnado de tinta, se han sacado galeradas de ella, se ha vuelto a desechar y a devolver a su sitio de espera. Alguna vez le llega el turno. Alguna vez le llega el turno a todo. Todos los días se vuelca un poquitín; ni se nota, no duele nada. Es un proceso lento, paulatino, silenciosísimo.
Y uno no puede arrancarse de allí. Todos los días, cuando cae la tarde, se vuelve al taller de composición, y luego, después del respiro de la primera página, de la última página —¡otro día más superado! ¡Otro pedacito de vida compaginado!—, a tomar café con Voka y Zeman y Karlíček en el cuarto de Bílek.
Sí, vamos a tomar café con Bílek, pensó Hanna aliviada; de repente sabía adónde iba: todos sus rodeos llevaban siempre de nuevo a la Svoboda.
La compaginación había terminado de verdad, y todos estaban sentados en el cuarto del redactor de noche: el jefe, que la saludó desde su silla del rincón con una exclamación de colega, sin levantarse; Voka y Zeman, el redactor de ajedrez, hambriento de cultura; y Proch, el sucesor del olvidado Rýma. Olly, con una bata de trabajo verde hierba, hacía café y miraba a Anatol a la cara, apremiante, con sus ojos de china. Y Anatol miraba a Olly con ojos atentos, concentrados, como un gato que mira hacia donde ha sonado un crujido: enseguida saltará y atrapará al pájaro o al ratón. Qué hermosos son los gatos, cavilaba Hanna. Nunca se sabe qué tienen en la cabeza. Anatol es como un gato hermoso. Así me miraba también a mí, al principio. No se lee nada en esa mirada. Ni siquiera curiosidad. Nada de deseo ni de codicia. Una mirada que recibe. Él recibe. Recibe la mirada de otros ojos. Es como si uno se mirara a los ojos en un espejo.
Hanna se acordó de aquella manera suya, tan característica, de escuchar y de contestar siempre, primero, a las preguntas: «¿Y usted? ¿Qué opina usted?». Solo en una conversación larga expresaba opiniones propias, y entonces las expresaba enseguida con una agresividad a sacudidas, como si de antemano esperara resistencia. Como un hijo menor que siempre ha tenido a su alrededor a otros más experimentados, más listos, más poderosos, pensó Hanna. Ya lo había pensado antes incluso de enterarse de que, en efecto, era el menor de siete hermanos. Y, como un benjamín, sabía arreglárselas siempre para que no se le negara nada, para salirse al final con la suya muy bajito y con ternura, y para que los que le hacían la voluntad se sintieran encima como si les hubieran hecho un regalo. Así pasaba con Bílek, con los cajistas, con Karlíček, con todos. Con ella también había pasado así. Seguramente pasaba así con todas las mujeres.
«Němec hace muy bien en retirar su candidatura a la presidencia», observó Mandura. «Una causa perdida. Ni el tres por ciento de los votos le habrían reunido los nacionaldemócratas. Un intento de chantaje fallido».
«Un sabio ingenuo, ese Němec», opinó Zeman. «Se dejó utilizar, y cuando se dio cuenta de lo que se estaba jugando, se baja del barco; muy decente, me parece».
Y Karlíček, que siempre sabía el último chisme, contó que cuando el distinguido profesor que durante unos días había sido el contrincante de Beneš llegó a casa a mediodía, la criada lo recibió llorando: «¡Señor, eso no debería haberlo rechazado! ¡Una segunda vez no le van a ofrecer la presidencia!». Todos se rieron. ¡Así era el pueblo checo de pura cepa!
Cómo mira a Olly. Como mira un gato al matorral. Sus ojos no tienen expresión alguna. Olly es tan bonita. Anatol es un mujeriego. Hanna estaba sentada, amargada y en silencio, a los pies del sofá en el que Zeman se había tumbado. El ordenanza Jarko trajo la Primera Edición, todavía húmeda; todos la cogieron. Hanna abrió un periódico y escondió la cara entre las páginas.
Llamaron a la puerta; entró una señora desconocida, sin sombrero, con abrigo de pieles, gemelos de teatro y guantes blancos en la mano. Era bajita y gorda; bajo los ojos le colgaban unas mejillas fofas; tenía el pelo entrecano.
«¡Pero mamá!», dijo Olly, cohibida, y se quedó allí plantada, con una cafeterita de cobre en una mano y una cuchara de remover en la otra. Todos los señores se levantaron, y Olly hizo las presentaciones. Svoboda, con un gesto elegante de la mano, le ofreció su sitio a la señora y se quedó de pie a su lado. Hanna se había agazapado detrás de su periódico y ya no podía verlo. A Olly se la veía pillada. «¿Es que ya ha terminado el teatro?», preguntó.
«Me he ido a la mitad», contestó la señora, y se vio que le faltaban las muelas a derecha e izquierda. «Así que pensé que vendría a recogerte; faltan solo unos minutos para las diez».
«¿Así que no le ha gustado, señora?», se informó Anatol cortésmente.
«Ay, señores, era una obra bastante penosa. Tengo curiosidad por ver qué escribirá mañana la Svoboda sobre el estreno. Una mujer que vive a la vez con dos hombres, y los dos saben el uno del otro... yo soy desde luego una persona moderna, pero la manera en que se discute en el escenario ese asunto tan poco delicado, no... había que estar preparada para que la individua, delante incluso del marido, con el amante... quiero decir...».
«¿Y qué tal estuvo nuestra dulce Lou?», preguntó Viták, el fotógrafo, mientras Karlíček le susurraba algo al oído al redactor de ajedrez. «Esta mañana le hice fotos en el ensayo general». Y le enseñó a la madre de Olly la foto, todavía húmeda, de la protagonista en la página seis.
«Ay, estuvo estupenda; claro, es que es un papel hecho para ella, dicen que ella misma es una buena pieza. Pero vamos, Olly, prepárate, ya veo que tu horario de trabajo ha terminado», dijo la gruesa señora, mirando a su alrededor con incomodidad. La situación en que había encontrado a su hija no tenía mucho aspecto de servicio. En realidad, Olly solo tenía trabajo en la centralita hasta las diez, pero después de la compaginación casi siempre se pasaba por allí y a menudo se quedaba más rato, probablemente siempre que sabía que su madre había salido. Desapareció. También Hanna se levantó. Quería ir por el sombrero y el abrigo para esperar luego a Anatol en el zaguán. Hacía días que no había podido hablar a solas con él.
Cuando quiso pasar junto a la señora con un «Permítame» —esta había sacado su silla del rincón y bloqueaba la entrada con su plenitud burguesa de matrona—, la señora exclamó sorprendida: «¡Hanna Aschbach! ¡No me digas!».
Resultó que habían ido juntas a la escuela, Hanna y la madre de Olly.
«¡Olga! ¡Olga Kučera!», le recordó a Hanna, con la cara fofa encendida de alegría y de recuerdos de juventud. «Claro, hace más de veinte años que no nos vemos... Tú te casaste en Alemania, según me han contado.... ¿No me has reconocido? ¡Yo a ti enseguida! Por la figura, por el pelo, por los ojos... ¡qué curioso, unos ojos tan negros y un pelo tan claro! Claro que no nos hemos vuelto más jóvenes...».
Y, alegremente excitada, se puso a contar, vuelta unas veces hacia Hanna y otras hacia los redactores, insignificantes aventuras de jovencita de las que Hanna no lograba acordarse en absoluto.
«Así que... ¿y ahora trabajas aquí? ¡Y que Olly no me cuente nada! Así es la juventud de hoy, ¿verdad? La madre no cuenta para nada».
Olly, con un sombrero elegante y un abrigo ribeteado de piel, había vuelto a entrar y escuchaba con cara burlona.
«Siempre fue lista que no veas, la Aschbach, doctor», le confió la gorda a Anatol, mientras Olly, a espaldas de su madre, lo miraba fijamente a los ojos, apremiante. «Pero un poquito chiflada, una cabeza de chorlito». Soltó una risita grasienta. «Tienes que venir a verme sin falta, pero sin falta», dijo, y le estrechó la mano a Hanna largo rato y con efusión... «Vamos, Olly, ¿para qué te empolvas?, si en la calle está oscuro».
Los señores hicieron una reverencia sonriendo; Anatol dijo: «Beso a usted la mano, señora... adiós, señorita Olly», y, despidiéndose de la sala con un gesto rápido de buenas noches, salió enseguida detrás de las dos mujeres.
También Hanna desapareció. Al pasar por delante del despacho de Anatol, vio que ya estaba a oscuras. Se alegró bastante. Las ganas de encontrarlo todavía, de ir un trecho con él, se le habían pasado de repente.
En la calle la alcanzó Karlíček. No hubo nada que hacer: insistió en acompañarla.
«Así que estás casada, Philka», dijo lleno de curiosidad. «Vaya, vaya, ¡escuchad, escuchad! ¿Y el señor esposo?». Hanna contestó secamente que estaba divorciada desde hacía cinco años. «¿Y qué es lo que oigo? ¿Aschbach? ¿No serás pariente de Heini Aschbach? ¿La hermana? ¡Vaya, esto ya es el colmo! ¡Si me veo con él todas las semanas! Un gran juerguista ante el Señor46, el señor banquero, mi querida Philka. ¿Por qué no me dice que mi apreciada colega es su hermana?».
«Nos tratamos poco», mintió Hanna, y pensó: debe de darle vergüenza que su hermana emborrone líneas a destajo para su amigo Lozák, la hermana del hermano rico. Pero, Dios mío, ¿quién tenía hoy todavía sentido de la familia? Karlíček desde luego que no, ella tampoco, Olly tampoco. Qué raro: la madre de Olly fue conmigo a la escuela; yo podría tener una hija como Olly... Seguro que Anatol también lo había pensado enseguida. Con amarga vergüenza, aunque sin una lógica clara, Hanna concluyó que desde ahora Anatol tenía en la mano un argumento irrebatible contra ella.
Capítulo 15
Han cambiado muchas cosas — Un regalo de Navidad a corto plazo — Nada nuevo en el albergue de refugiados — «Y si se alzara el poder contra el poder» — ¿Estarán los señores quizá más a la izquierda? — Efecto inesperado de un vestido de noche — La salud es lo más importante.
El año tocaba a su fin, y en sus últimas semanas había traído todavía no pocos cambios.
Beneš había llegado a presidente entre brillo y júbilo, y los comunistas habían conseguido para sus presos una amnistía provisional. Pero pronto resultó ser una trampa: ya en diciembre se ordenó a los excarcelados que volvieran a presentarse ante sus respectivas direcciones penitenciarias, para llevar desde allí, uno por uno, su «caso» ante un tribunal de revisión. Eso significaba otra vez la cárcel, quién sabe por cuánto tiempo. Muchos, naturalmente, no volvieron a ingresar, sino que se escondieron en las grandes ciudades, cosa nada agradable con tantos soplones, entre los que no eran pocos los miembros del Partido.
También Ruda, el antiguo amigo de Jarmila, era uno de los ilegales. En la cárcel se había vuelto opositor y vivía escondido en casa de Jenda, su antiguo camarada de partido, amigo y rival por Jarmila, que en la última escisión se había ido con los secesionistas y redactaba ahora el semanario del pequeño grupo.
Pero también Jarmila estaba con ellos: había cumplido su decisión y, pocos días después de la gran conversación con Hanna, le había tirado al Partido el carnet encima de la mesa. Ahora pertenecía a la oposición de Lysák y vivía malamente de trabajos fotográficos ocasionales. A tener estudio propio no había llegado todavía.
Hanna no había podido seguir su invitación de irse «afuera» con ella. El Partido se le había clavado como una espina en la carne, aunque estaba en dolorosa contradicción tanto con la línea general como con muchos detalles de la táctica. Pero no podía arrancárselo. ¿Ahora, cuando tantas cosas la atormentaban y estaban en desorden en su vida privada, abandonar también el Partido? ¿Caer en el vacío? Aplazaba la aclaración y la solución definitivas de su problema político, esperando confusamente (y temiendo) que surgiera algo que le ahorrara la decisión. ¡Ay, este año! Parecía que no iba a terminar nunca. Y sin embargo terminaba, sin conmoverse por los escrúpulos de conciencia y las penosas dudas de la persona individual Hanna Last, que cada vez con más tormento cobraba conciencia de su poco respetable singularidad y pequeñez.
Se acercaba la Navidad, llegó el 24 de diciembre; el distinguido criado de la casa Aschbach le trajo una cesta enorme de comestibles, de la que asomaba a derecha e izquierda el cuello de una botella, y la invitación, transmitida de palabra, para la Nochevieja. Los señores lamentaban no poder recibir a la señora doctora en Nochebuena, porque... pero Hanna rechazó con un gesto más explicaciones y despidió al criado con diez coronas de propina, lo cual, para su escasa caja, era decididamente altanero.
Aún recibió otro regalo, por la tarde, cuando ya oscurecía. Ningún anuncio luminoso arrojaba ya un resplandor rojizo sobre el diván y los sillones metálicos: se había mudado a un cuarto interior, que daba al patio, amueblado con viejos muebles de peluche y que en un rincón, detrás de una cortina de reps desteñido, escondía un lavabo demasiado pequeño; el cuarto de baño propio lo había suprimido suspirando. Llamaron a la puerta, y un ordenanza de la Jefatura Provincial le entregó contra recibo un oficio: la respuesta a su solicitud de octubre. Sonrió con amargura. Bueno, al fin y al cabo, también un regalo de Navidad.
«Resolución n.º 7850/sec. 20, de 22 de diciembre de 1935. La Jefatura Provincial, conforme a la disposición del Ministerio del Interior de 10 de junio de 1935, n.º 47961/1935 – 5, artículo 11, apartado 2 de la Ley de 29 de marzo de 1928, n.º 55 de la Colección de Leyes y Decretos, con la excepción del artículo 2 de dicha ley, le prorroga la residencia en el territorio de la República Checoslovaca sin pasaporte hasta el 5 de junio de 1936.»
Ahí lo tienes. A los emigrados ya solo les dan prórrogas de medio año. Y encima fechan el permiso a partir del día en que caducó mi autorización anterior. Pues claro, naturalmente. Los plazos son cada vez más cortos, cada vez más estrecho el espacio en que todavía se puede vivir. Un regalo de Navidad corto, no llega hasta la próxima Navidad. Ni siquiera hasta el cumpleaños.
Recordó que de niña y de jovencita, por Navidad y por su cumpleaños, casi nunca había pedido objetos, sino «permisos»: poder salir de paseo sola — poder invitar a una amiga — poder volver sola a casa del teatro (las criadas, que, muertas de frío y humildes, habían tenido que esperarla delante del Teatro Nacional o junto a la farola grande frente a la Sala de Conciertos, donde ahora el Parlamento celebraba sus sesiones, a las que Vokáček asistía con tanto celo, y de cuya vida sorda se había enterado por el camino de muchas cosas que luego no la dejaban dormir — las criadas habían sido el primer motivo, temprano, que la llevó a pensar en las cuestiones sociales), y más tarde: poder ir a esquiar a los Montes de los Gigantes con el viejo doctor y unos cuantos jóvenes — poder estudiar — en la guerra, poder cuidar a soldados destrozados — poder, poder, poder... depender de un permiso. Aquel, para cumplir con el deber patriótico, había sido sin duda el último que había pedido y obtenido. A partir de entonces había seguido su propio camino. La guerra lo había trastocado todo, y luego ya no se había vuelto a hablar de que una «chica de buena familia» no pudiera volver sola del teatro de noche.
Miró la hoja que tenía en la mano. «Este permiso no la exime de las obligaciones establecidas en la Ley de 28 de marzo de 1935, n.º 52 de la Colección de Leyes y Decretos». ¿Qué obligaciones serían esas? En marzo de 1935 no había estado de humor para leer leyes y decretos. Había sentido el aire de marzo, la primavera, el tableteo de las linotipias y el lejano zumbido de la rotativa, y una sensación de vida incomprensiblemente nueva, cuando entonces, después de su primera visita a la imprenta de la Svoboda, salió a la calle nocturna. No, nadie le exime a uno de ninguna obligación, sintió Hanna con amargura. Todo consta en los expedientes, aunque uno ni se lo imagine. Hay que pagar, pero solo al final de todo.
Dobló la hoja y la guardó en el compartimento interior de su bolso gris de ante, que ya estaba completamente sobado y pardo. Un documento así hay que llevarlo siempre encima. Ahora a cada rato paran por la calle a los alemanes y les piden la documentación.
Hanna se metió en los bolsillos del abrigo las dos latas de sardinas de la opulenta cesta de su hermano y, tras dudar un poco, también una de las dos gruesas tabletas de chocolate fino, y se puso en camino hacia el albergue de refugiados, para celebrar la Nochebuena con los camaradas. En los últimos días había corrido de acá para allá sin descanso y había ido mendigando dinero y comestibles hasta entre los conocidos más lejanos; incluso había visitado, a disgusto, a la madre de Olly, y la había convencido de que donara diez roscones de Navidad.
Las mesas del comedor estaban cubiertas con papel blanco y junto a las cafeteras había ramitas de abeto. En medio ardía un árbol de Navidad. ¿Por qué no? En la Unión Soviética, ese año, por primera vez, se habían vuelto a permitir los árboles de Navidad47. No había que extrañarse de que también el pequeño grupo desgajado de setenta y cuatro hombres, que aquí, en la emigración, representaba al otrora tan poderoso Partido Comunista de Alemania, hiciera lo mismo. Donde va el amo va el criado, pensó Hanna con melancolía.
Se desenvolvieron y repartieron los roscones y demás comestibles que distintas personas habían reunido. Hanna dejó, sin que nadie lo viera, el contenido de los bolsillos de su abrigo en el montón no demasiado grande de regalos que estaba apilado para los niños en una mesa aparte. De su bolsito sacó unos sobres planos con estampado de colores, explicó a los niños cómo aquí, de unas hebritas insignificantes, nacían bonitas flores, y los pequeños trajeron enseguida un vaso de agua y, con manos que parecían atreverse a todo, dejaron resbalar en el vaso los minúsculos recortes. Bajo la mirada tensa de unos ojos infantiles que habían aprendido pronto demasiado, el juguete japonés se desplegó en pocos minutos en flores fantásticas, rígidas, de colores artificiales, que flotaban de un lado a otro como peces, pero en un elemento extraño. También algunos de los adultos se habían acercado a contemplar el prodigio. Solo Kurt opinó con desaprobación que había que boicotear la industria japonesa, porque pagaba salarios de hambre y era la enemiga mortal de la Unión Soviética.
Unas cuantas mujeres desaparecieron en la cocina con grandes paquetes y enseguida trajeron jarras de hojalata con cacao caliente hecho con agua. Todo el mundo se puso a comer y a beber; la sala, poco caldeada, se fue templando. Luego los niños cantaron villancicos con letra comunista, un camarada leyó poemas de Tucholsky y de Oskar Kanehl —quizá un mal presagio, pensó Hanna; los dos poetas, a los que había conocido personalmente, se habían quitado la vida, por desesperación48—. Y luego se dieron vivas a la Unión Soviética y a la futura Alemania soviética y al camarada Thälmann y al camarada Stalin.
A Hanna la abrumaba la estrecha pequeñoburguesía de la fiesta. Aquella gente se había instalado en su peñasco de emigración como náufragos varados en una isla de Robinson. El albergue de refugiados podría haber estado igual de bien en la luna. Se contaba la historia de la maleta de dinamita, la del pasaporte devuelto, y despertaban el mismo interés y el mismo aplauso risueño que hacía más de un año, cuando Hanna las había oído contar por primera vez. Todo seguía como entonces. Solo que casi todos habían adelgazado, los niños habían crecido, la ropa estaba gastada. En el mundo se había producido vuelco tras vuelco; aquí no había cambiado nada. Fósiles del movimiento obrero, el grupito llevaba una vida fantasmal después de la muerte.
Sí, Hanna estaba verdaderamente abatida. En Alemania aquellas fiestas habían sido tan bonitas. ¿Lo habían sido de verdad? ¿O también entonces se hacían crecer en el vaso las flores rígidas, de colores increíbles, de la ilusión, mientras fuera la vida crecía, se pudría, volvía a crecer? ¿Habían sido alguna vez fiestas revolucionarias? Recordó una Jugendweihe49 para la que había dirigido las clases preparatorias, una fiesta organizada por los Librepensadores Proletarios: cómo se habían presentado los chicos con sus primeros pantalones largos, con el cuello almidonado, y las chicas con vestidos de muselina blancos y almidonados, el pelo rizado con agua azucarada, y el jefe del grupo local había pronunciado un discurso solemne, lleno de «deber» y de «la seriedad de la vida» y de «decir siempre la verdad», igual que en una confirmación de verdad, solo que en lugar de un libro de cánticos los niños habían recibido de regalo un libro titulado Horas de fiesta proletarias... ¡Los futuros luchadores de clase! Aquello debió de ser hacia 1930, cuando comunistas y socialdemócratas todavía combatían al buen Dios en una organización común... ¡ay!, cuando solo se burlaban de él...
¡Qué ajena le era toda aquella gente! No, nadie que haya nacido en el desierto llegará a la Tierra Prometida.
Si al menos hubiera estado Luise. Pero Luise ya no era de los suyos. Con toda sencillez y sin comentarios le había vuelto la espalda al Partido. En una reunión del grupo local de los alemanes del Reich, en el albergue, le había comunicado al presidente, Peter, que ella «ya no seguía con esas tonterías», y se había pasado directamente a los trotskistas. Porque, ¿verdad?, le dijo a Hanna con toda inocencia cuando se lo contó, en algún sitio tiene una que estar, ¿no?
Su relación con Kurt, fuera amistad o amor, se había acabado con ello automáticamente. Un comunista no puede mantener relaciones con desertores; eso ya se desprendía con clara amenaza del indiscreto cuestionario del verano, y Kurt seguía siendo un comunista creyente y firme y seguía llevando, una o incluso dos veces al mes, con grandísimo peligro de su vida, literatura ilegal a Alemania: inocentes cuadernillos de la colección Reclam, en cuya portada brillaban los nombres de Goethe y de Schiller. Pero si se abrían, se leía, por ejemplo:
«Y replicó entonces el ama de casa, prudente y juiciosa:
Padre, no me gusta regalar el lienzo gastado,
pues para muchos usos sirve y no se encuentra por dinero
cuando hace falta. Pero hoy he dado con mucho gusto
más de una pieza mejor de fundas y camisas,
porque he oído de niños y viejos que andan desnudos.»
Y si se pasaba a la última página, allí ponía:
«Pues el hombre que en tiempos vacilantes vacila también en su ánimo
aumenta el mal y lo extiende más todavía.
Pero quien se mantiene firme en su propósito, ese se forma el mundo...
Y si cada uno pensara como yo, se alzaría el poder
contra el poder, y todos gozaríamos de la paz...»50
¡Qué bonito! ¡Qué verdad!, pensó Hanna. «En tiempos vacilantes, vacilar en el ánimo»... Pero si se hojeaban las páginas del medio, se encontraban, en letra diminuta, esparcidos entre las páginas épicas, fragmentos del discurso de Dimitrov51...
¡Ay, qué cosas llevan a Alemania esos jóvenes de caras ignorantes y convencidas, como si el discurso de Dimitrov sirviera para fomentar «el alzamiento del poder contra el poder», como si no ahondara más bien la impotencia de los que ya de por sí son impotentes! Ahora, cuenta Willi precisamente bajo el árbol de Navidad —él también va de vez en cuando a Alemania y tiene que saberlo—, parece que los comunistas alemanes hasta les han ofrecido hermandad a los nazis «contra los falsificadores del programa nacionalsocialista originario»52... No, eso ya no lo había aguantado la sencilla y valiente Luise; se había salido y, con la militancia, había dejado atrás, como es natural, también al amigo inamovible.
Cuando Hanna se iba, una mujer alta, de un rubio casi blanco, le tendió la mano: «Ven a verme algún día, camarada Hanna, vivimos en Dejvice», y garabateó algo en un papel. Sí, iría a ver alguna vez a aquella médica tan simpática, cuando volviera el jueves de casa de Heini, que quedaba cerca.
La siguiente vez que fue a casa de su hermano no era, desde luego, el momento de cumplir ese propósito. Ya había oscurecido cuando llegó; estaba invitada a las nueve a la fiesta de Nochevieja. Llegó con su mejor vestido, el vestido de flores alegres que se había comprado en verano, en la plenitud de su amor. Y ahora era invierno y el año se había acabado.
Era la primera de los invitados y eso, dijo Rosita, estaba bien, porque así podía cambiarse rápidamente. «¡Para que no desentones tanto!», dijo con brutalidad y en tono amable. Antes de que Hanna pudiera entender del todo, la había llevado a un armario con dos docenas de trajes de noche; quería prestarle uno, Hanna era igual de alta y esbelta que su hermosa cuñada, solo que más angulosa, no tan orientalmente blanda. Hanna no quería; incluso se le saltaron lágrimas de rabia... si no soy lo bastante elegante para vosotros, mejor me voy... pero por lo menos pruébatelo, Hanna, mira, este, el marrón oscuro, es tan sencillo, muy de tu estilo.
Delante del espejo Hanna vio su cabeza sobre el oscuro terciopelo, que por delante subía hasta el cuello, el corpiño estrecho y sin mangas y, bajo el cinturón, una falda amplia y vaporosa que hacía parecer finísimo el talle. Sobre los hombros, dos cintas doradas se cruzaban sobre la espalda, desnuda hasta la mitad.
«El hábito hace al monje», dijo Heinrich Aschbach, asombrado. «¡Qué guapa eres cuando te vistes como es debido!» Y Rosita estaba tan sinceramente entusiasmada que quiso regalarle el vestido a Hanna, pero Hanna lo rechazó, y tampoco hubo manera de convencerla de que se prendiera la enorme flor de seda color rosa salmón que Rosita le trajo.
Ella misma estaba sorprendida de su imagen en el espejo. La piel blanca y juvenil de la cara y de los brazos descansaba pálida contra el marrón cálido de la noble tela, los ojos ardían oscuros bajo las largas pestañas, y las ojeras cansadas, de tantas noches de insomnio en los últimos tiempos, arrojaban sombras interesantes sobre las mejillas sin polvos. ¡Cómo se movía una con aquella falda larga, como dentro de una campana! Los ricos sí que saben procurarse una buena sensación de vida; con un vestido así no se puede tener mala conciencia. Solo muy de lejos pensó en las costureras anémicas, a las que no se les permite estar sindicadas si quieren entrar en un salón de modas distinguido, y que ahora, en Navidad, seguro que habían tenido que hacer horas extraordinarias hasta bien entrada la noche... Luego la invadió el bienestar de una mujer guapa y vestida como corresponde, y le vino el absurdo deseo de que Anatol estuviera entre los invitados de su hermano.
Eso, desde luego, no ocurrió, pero, para su asombro, entre los invitados que poco a poco empezaban a llenar el gran vestíbulo y los dos salones vio también a Karlíček Lozák. La saludó: «¡Caramba, Philka! ¡Qué elegante vienes!», y le presentó a su mujer, rubia y delicada.
Desde hacía más de un año, Hanna solo había tratado con periodistas checos y refugiados alemanes del Reich. Gente como la que hoy encontraba en casa de su hermano —grandes comerciantes, financieros, industriales— tampoco había aparecido nunca, por lo demás, en su círculo de Halle. Al hablar con uno u otro, al escuchar las conversaciones de los hombres entre sí, tuvo que confesarse que hasta entonces había ido por ahí con una idea de los «capitalistas» que parecía amasada con su hermano y con dibujos de George Grosz. Aquellos eran hombres de la vida práctica, que sabían mirar a fondo y con astucia entre bastidores.
Casi sin excepción hablaban del hundimiento del capitalismo con una naturalidad escéptica; parecían preparados, e incluso conformes de antemano, a tener que cambiar en un futuro no muy lejano sus lujosos despachos privados por el escritorio sin adornos de un funcionario del trust estatal X, y por lo visto poco les importaba que ese trust estatal ejerciera sus funciones práctico-tecnocráticas bajo la cruz gamada o bajo la estrella soviética. Estaban convencidos de que, en cualquier régimen, habría que pagarles con sueldos altos la experiencia adquirida en puestos directivos de la economía. Así, opinaba uno, por lo menos se quitaría uno de encima los eternos líos con los obreros. Entre aquellos sobrios calculadores de la historia universal, un entusiasta defensor del viejo liberalismo parecía una pieza de museo, y tuvo que dejarse sermonear por sus amigos con compasiva superioridad.
¿Estaría aquella gente, al fin y al cabo, más adelantada —no se atrevía a pensar «más a la izquierda»— que sus camaradas? ¿Que los camaradas alemanes de la emigración, que se habían quedado parados en la época anterior a Hitler, que por falta de dinero apenas podían leer el periódico...? ¿Y también que los camaradas militantes del partido checo, que con tanto viraje de línea no encontraban el camino tortuoso y difícil de abarcar de la realidad? Rechazó rápidamente esa conclusión. Para todos aquellos señores la cosa no iba en serio. No estaban dispuestos a pagar. Ni con la felicidad, ni con la vida, y menos aún con el monedero... Qué sabían ellos del mundo en el que de verdad se pagaba, a diario, a todas horas, ellos, que solo cobraban.
Con todo, sabían adónde iba la cosa, y eso ya era algo. Cuando se sentaron a la mesa, Hanna se encontró junto al gran industrial de Ostrava que en su día la había desconcertado tanto con su entusiasmo por Rusia. Al principio no la reconoció, pero luego se animó mucho y la cautivó con datos estadísticos que ella nunca había considerado en ese contexto: cómo en todos los terrenos la organización, la administración y la distribución empezaban a dominar cada vez más la producción propiamente dicha, de modo que Marx, si viviera hoy, quizá tendría que introducir algunos cambios en su doctrina económica... Sí, naturalmente que había leído a Marx, sin eso no se podía... Pero Hanna oyó la palabra Svoboda desde enfrente, un poco al sesgo, donde Lozák se inclinaba sobre una mujer pelirroja vestida de un verde tornasolado para hablar con su vecino, y se apartó de su compañero de mesa. No: hablaba del periódico. «Lo que nosotros parloteamos ahí», decía, «es para los medio tontos». Ella se rió del tono cínico —Karlíček...—: enseguida tuvo a su alrededor el ambiente de la redacción. «Ustedes, señores», prosiguió él, sirviéndose otra vez pavo relleno de castañas, «ya saben que lo más importante no está delante, en el editorial...»
El de Ostrava le preguntó si en Alemania también se sabía comer tan bien, y le pasó la fuente de plata con arándanos rojos.
«Un hombre fino, culto», contestó Lozák, seguramente a una pregunta de su vecina. «La música y las mujeres le importan más que nada, y en las dos cosas tiene muy buen gusto, un poco extravagante, si usted quiere... De política no entiende nada. Tampoco le hace falta a un redactor jefe. Tiene que representar, como el rey de Inglaterra. Lo demás ya lo hacemos nosotros...»
Hanna no pudo poner en orden con calma aquel juicio inesperado sobre su amante: su vecino de la derecha, un diputado del Partido Popular católico, le preguntó por los últimos plebiscitos en Alemania y se declaró ardiente enemigo de Hitler. Tuvo que darle explicaciones con paciencia; la cena duraba una eternidad, la cabeza ya le daba vueltas de tantos vinos distintos, y de los cócteles de antes; no estaba acostumbrada. Anatol, Anatol: la música y las mujeres, y de política no entiende nada; bueno, ¿y qué?, ella misma, si hubiera sido capaz de describírselo a un extraño, difícilmente habría podido dar mejor definición. Tiene un gusto un poco extravagante, bueno, sí, también se ha enamorado de ella. ¿Qué diría si pudiera verla hoy? ¿Dónde pasaría la Nochevieja? ¿Y cómo es que Karlíček estaba aquí, si mañana temprano salía el número de Año Nuevo? ¿No había habido compaginación, hoy, que se daba la vuelta a un año entero53?
«Aschbach, discúlpame con la señora», dijo Karlíček —se levantaban de la mesa en ese momento para tomar el café en el vestíbulo—, «pero tengo que ir una hora al periódico. Nochevieja sin imprenta, eso no lo aguanto. Dejo aquí a mi parienta entretanto y luego vuelvo, ¿eh?»
Cuando ya se volvía hacia la puerta, dio media vuelta otra vez y le pidió a Hanna que lo acompañara. «Tu señora hermana es colega mía, por si todavía no lo sabías», le dijo a Heini con retintín. «Tiene que brindar sin falta con nuestra gente por 1936, ¡vente, Philka!» Y antes de que Hanna se diera bien cuenta, se le colgó del brazo, cogió en el recibidor un abrigo de pieles magnífico cualquiera de la percha, se lo echó por los hombros y la llevó afuera, a su coche.
En el despacho del redactor de noche solo estaban hoy los solteros y aquellos cuyas familias aún no habían vuelto del viaje de Navidad a los Montes de los Gigantes o a Viena. Bílek había encargado vino y todos habían bebido ya de lo lindo; reinaba, según parecía, un ambiente de país de Jauja. Cuando Hanna entró y el manto de hada le resbaló de los hombros desnudos, todos exclamaron: «¡Ah!» Ella intentó tomarlo a broma.
«¡Me he disfrazado de señora!», dijo, cohibida.
«¡Pero si usted es una señora!», contestó Anatol, recalcando el «es».
Justo empezaban a sonar las campanas y hubo apretones de manos generales y ¡feliz Año Nuevo! Anatol besó la mano a Hanna. «¡Que le vaya todo bien, Hanna! ¡Sobre todo, salud!»
«Eso no es lo más importante», murmuró ella, reacia y, sin embargo, cediendo ya. Él le había pasado ligeramente el dedo índice por la palma de la mano.
«¡Sí, eso es lo más importante!», repitió él, y la miró interrogante a los ojos, que brillaban febriles después de tanto alcohol.
Luego bajaron todos a la sala de cajas. Zeman llevaba las botellas de vino: querían brindar con los cajistas. A medianoche solo quedaba el turno de noche; el regente Slavík pronunció un discurso, todos brindaron, apretones de manos y feliz Año Nuevo: feliz Año Nuevo, señor doctor; feliz Año Nuevo, señorita —aquí ella era la señorita; solo en el café de Bílek, por indiscreción de la madre de Olly, se había sabido su estado civil—. El camarada Liftschitz no dijo nada; estaba debajo del retrato de Lenin y Hanna sintió su mirada asombrada en su espalda desnuda.
«Bueno, vámonos, Philka», la apremió Karlíček. «Es que estamos invitados juntos en casa de gente muy fina», explicó en tono burlón. A Hanna le dio rabia de repente.
«Yo ya no vuelvo», le comunicó, resuelta y seca. «Me voy a casa. Dígale a Rosita, por favor, que mañana le devolveré el vestido. Es que es prestado», añadió, volviéndose a los obreros como para disculparse.
Karlíček se encogió de hombros y desapareció.
«La acompaño a casa, si me lo permite», dijo Anatol. «Al fin y al cabo vivimos en el mismo barrio.»
«¡Dios mío, si el abrigo de pieles tampoco es mío!», exclamó Hanna, asustada. «Tengo que volver a mi... tengo que volver a la reunión...»
Pero Karlíček ya había salido de la casa.
«Si quiere, mando a Jarko a buscar su abrigo», propuso Anatol. «Hoy de todas formas no hay nada que hacer con la agencia.» Pero Hanna no quería cargar al criado con recados en la Nochevieja. Llamó por teléfono a Rosita, se disculpó por lo del abrigo, le pidió que mandaran a recogerlo dentro de una hora a la portería de su pensión, no fuera que la dueña acabara creyendo que se lo habían robado, y se despidió de los colegas.
En la calle, Anatol se le colgó del brazo.
«Qué guapa estás, Hanna», dijo, soñador, y le apretó el brazo. Ella se soltó. Hacía un momento había deseado pasar con él el resto de la noche, pero de pronto le resultó penoso que la tratara como si fuera suya, como si no hubiera resistencia posible.
«No; se puede encontrar a tantos conocidos», murmuró, y lo esquivó con un giro del hombro cuando él volvió a cogerla del brazo. El brazo estaba desnudo y frío bajo la capa de piel sin mangas.
Tenía, en general, ganas de pelea, como tantas veces en los últimos tiempos. Su principio inicial —¡no pedir nada y no negar nada!— lo había tirado completamente por la borda. Atormentaba a Anatol con peticiones: que pasara los domingos con ella, que saliera con ella después del cierre, que la llevara a conciertos. Le reprochaba que anduviera con otras mujeres, y volvía una y otra vez sobre ello, aunque él le juraba cada vez que eran «imaginaciones infantiles». El otro día, en una discusión, le había espetado con malos modos: «¡Quien a tu edad todavía no ha entendido el marxismo es un caso perdido!» Y él había callado, entornando los ojos con hostilidad. Y en medio de un abrazo ella le había preguntado: «¿Crees que tu amiga se acuesta ahora también con otro hombre?» Él se había apartado enseguida y ni siquiera la había vuelto a besar. «¡Acaba ya de una vez con esas histerias!», había gritado, él, que siempre era tan cortés y correcto. Sí, ella había querido herirlo. ¿Acaso no sufría ella también...? Pero luego, al irse, él todavía le había dicho en voz baja: «De verdad tengo que quererte mucho, si no, no me dejaría atormentar así por ti...» Ella lo había oído con incredulidad. Por un instante había sido feliz, había vuelto a sentir la vieja sensación perdida de humildad y entrega; pero ya la vez siguiente, cuando él le negó un paseo, cuando, invocando el deber de la redacción, se marchó puntualmente y siempre demasiado pronto, la riña había vuelto a empezar. Y cada comentario punzante, cada insistencia obstinada y, ay, siempre infructuosa, la pagaba con largas horas llenas de amargura y desesperación.
Habían doblado por una calle tranquila y de pronto Anatol la estrechó contra sí, tanto que el abrigo suelto le resbaló a medias del hombro desnudo.
«Hanna, hoy estás tan guapa», balbuceó contra su boca. Ella lo apartó de un empujón. Le repugnaba que su deseo se hubiera despertado con el vestido de terciopelo marrón de Rosita; el perfume de Rosita olía todavía en él, y otro olor, el de otra mujer, una extraña, se escondía entre los pelos lisos de la piel gris.
«Ven a mi casa», susurró él, ardiente. «Mi hermana está de viaje... ¡Hoy tengo que tenerte!»
A su casa... desde hacía meses lo había deseado. ¡Pero no! No quería ser instrumento de un cosquilleo barato, excitado por un vestido de noche prestado. Se lo dijo con palabras ofensivas.
«Cómo eres, Hanna», dijo el hombre, desengañado. Parecía sinceramente desconcertado. «¿No has sido tú misma muchas veces...?»
«Sí, claro. Puedes echarme en cara que soy una histérica. Que me he arrojado a tus brazos. Tienes razón. Todo me lo puedes decir. Pero no puedes obligarme a dejarme llevar como una chica de la calle porque has bebido vino, porque es Nochevieja, porque justo ahora te apetece una mujer...»
Él estaba consternado ante aquel estallido de hiel que no comprendía.
«Bueno, como quieras», la apaciguó, intentando seguirle el paso; ella casi corría. «No quiero ser impertinente, desde luego.»
Con lo que quiere decirme que la impertinente soy yo, entendió Hanna con amargura. Delante de su casa él se despidió brevemente.
«Bueno, pues otra vez: ¡que te vaya todo bien en 1936, querida amiga!», dijo con voz amable, un poco temblorosa.
«¡Sobre todo, salud!», se burló ella.
«¡Claro! ¡Es lo más importante!», confirmó él con toda seriedad.
Dejó el abrigo de pieles en la portería; mientras todavía le estaba explicando el asunto al portero, llegó el chófer de Aschbach a recogerlo. Hanna dio a cada uno de los dos hombres diez coronas y ellos, muy agradecidos, le desearon un feliz Año Nuevo.
Al subir la escalera, de pronto se sintió muy mal.
Se le ocurrió que hacía ya muchas semanas que no le venía la regla. La salud es lo más importante, susurró llena de un miedo repentino, mientras se soltaba los tirantes dorados de la espalda desnuda.
Desde la calle subía el griterío de la noche de Año Nuevo.
Capítulo 16
Praga está en una hondonada — No hay que meterse — Andanzas del buen soldado Švejk — Una visita de Alemania — Hormigas de la revolución — Una noticia demoledora.
Con el suéter gris abotonado hasta el cuello, el cuello del abrigo subido y las manos hundidas en los bolsillos, Hanna paseaba por la colina del Belvedere.
Era día laborable; poca gente paseaba por allí. Un frío que pelaba. Las once de la mañana, pero el sol todavía no había salido. Qué pocas veces brilla el sol aquí. Praga es una ciudad gris.
Hanna pensó en Halle. ¡Aquella sí que había sido una ciudad soleada! Pero ya no se fiaba de sus recuerdos. Muchas cosas que ahora le parecían tan hermosas y claras solo se habían despojado de sus sombras por obra del recuerdo nostálgico, sospechaba. Quien vive, como Hanna Last, lleno de desconfianza y de anhelo, tiene muchas sombras en el recuerdo; el sol rara vez sale.
Ahora salió. Las agujas doradas de las innumerables torres de iglesia, allá abajo en la ciudad, destellaban iluminadas a través del gris. Hanna se sentó en un banco y contempló la ciudad, que yacía en el fondo de la hondonada. Unas cuantas bombas de avión podrían destruir Praga en una hora, pensó angustiada, como si ya oyera zumbar sobre ella las hélices alemanas. En el mundo, alrededor, todo era miedo. No, ningún poder se alzaba contra el poder; todos se contenían, esperaban. Uno no podía mover un dedo sin que pasara algo. Toda espontaneidad en la acción estaba ahogada en cálculos. ¿No también en el Partido? Claro que también en el Partido. No, nadie se defendía. Nadie se defendería. ¿Cómo va uno a defenderse cuando se le viene encima una montaña y está metido en una hondonada?
Un vendedor ambulante, todavía joven, con una ropa ridículamente delgada, en pleno enero, se le acercó y sacó de la caja que llevaba colgada imperdibles, lápices, cordones de zapatos... No, Hanna no necesitaba nada de eso, pero le dio cincuenta céntimos: tenía un aspecto tan pobre y necesitado. Cuando el muchacho, muy agradecido, ya se volvía para irse, surgió de la nada un policía y lo agarró con fuerza del hombro: «¡Usted estaba mendigando!» El chico lo negó, apresurado y temeroso. «Que sí, que has mendigado, te he estado observando desde allí...», y señaló vagamente a sus espaldas. Hanna se levantó: «Me estaba vendiendo cordones...» —«¿Y dónde tiene usted los cordones?», le espetó el guardia, y zarandeó el hombro del chico, metido en una chaqueta fina y raída.
«Me los quería dar, se los he devuelto, por mi cuenta, no los quería... ¡Suéltelo!», gritó ella. El muchacho había querido aprovechar la discusión para escaparse, pero el policía le había puesto la zancadilla y se había caído; ahora lo levantó de un tirón brutal, agarrándolo por el pecho. El mísero contenido de la caja quedó esparcido por el suelo helado.
«¡Andando, venga!», dijo el guardia con aspereza, y se llevó al chico a empujones a su lado. «Y usted» —se volvió groseramente hacia Hanna—, «¡no se meta! ¡Si no, me la llevo también a la comisaría!»
La palabra comisaría bastó para ahogar en Hanna todo impulso generoso. Temblando, volvió a sentarse en su banco. En Alemania, allí sí que habría actuado de otro modo. Habría ido con ellos a la policía, habría sacado de allí al chico: mi marido es concejal, lo voy a sacar en el periódico, a usted lo trasladan de castigo, desollador...
Muchas veces había hecho cosas así en Alemania, y una vez había pasado de verdad una noche en el cuartelillo y luego había tenido que pagar cien marcos por injurias a un funcionario. Pero ¿en Praga? «Prometo no inmiscuirme en los asuntos internos del país de acogida»: podía significar la expulsión. No, no hay que meterse en nada, hay que evitar con temor todo lo que piden la cabeza y el corazón, hay que vivir como un muerto. Los emigrados tienen que estarse quietos. Eso es quizá lo más amargo.
Pasaron tres hombres; uno se detuvo. «¡Hanna!» Era Otto, el de Hamburgo, el parco en palabras, el campechano. Lo conocía bien. Hacía unas semanas lo habían expulsado con otros camaradas y lo habían llevado a la frontera austriaca.
«¿Cómo es que estás...?», preguntó ella, excitada, pero se interrumpió a media frase. No sabía quiénes eran los otros dos. «Un buen amigo», informó Otto, tranquilo, señalando a uno de sus acompañantes, que tenía aspecto de obrero checo. «Vivo en su casa. Y este» —señaló al joven de los bombachos— «es un camarada que ha venido de visita desde Alemania.»
Así que Otto había vuelto; no se había dejado expulsar. ¿Adónde iba a ir? En Austria no se podía quedar uno. En Suiza tampoco. A París, muy bien, pero ¿cómo, sin papeles, sin dinero? Así que la mayoría de los expulsados se dan la vuelta en la frontera y regresan a escondidas. En Praga uno puede esconderse, al menos una temporada; si la cosa ya no funciona, me voy a los bosques de Bohemia, se rió Otto. Pero cuando haga más calor. Daban vueltas los cuatro alrededor de los arriates cubiertos de ramaje, y vuelta, arriba y abajo.
«El guardia viaja con nosotros hasta Gmünd», contaba Otto. «El nuestro era un tipo muy majo, socialdemócrata. Dios, qué va a hacer la gente: era hijo de un maestro de pueblo, se metió a policía, que es un sueldo seguro. Con setecientas coronas al mes, también él es un pobre diablo.»
Los perros pobres muerden a los perros pobres, pensó Hanna con tristeza, y volvió a ver al chico de antes, al que el guardia había tirado brutalmente al suelo.
«Bueno, pues en la última estación checa nos bajamos y cruzamos la ciudad. Gmünd es bastante bonita. Todo el mundo habla alemán. La verdad es que es agradable volver a oír hablar alemán a tu alrededor. Sin ánimo de ofender, camarada», se vuelve hacia el obrero, que bromea bonachón en un alemán chapurreado: «¡Alemanes, todos nacionalistas!» Y al decirlo enseña una dentadura negruzca.
En resumidas cuentas, el policía había acompañado a los cuatro expulsados a través del pueblo, hasta la carretera que lleva a Austria, y les había indicado que a unos doscientos metros se desviaran por un sendero hacia el bosque, para evitar los puestos fronterizos; al cabo de otro cuarto de hora estarían al otro lado.
«Pero si alguno de vosotros quiere volver», había dicho, «más vale que se quede aquí en el bosque hasta que oscurezca y coja el tren de las nueve y diez. Por desgracia no puedo esperaros, tengo que volverme enseguida. ¡Adiós y que os vaya bien!»
Naturalmente, a las nueve y diez estaban otra vez en Gmünd y subían al tren en dirección a Praga. Y el revisor, el mismo que había ido en el tren de la mañana, los había reconocido. Pero enseguida les había asegurado que no tenían por qué preocuparse, que estaba acostumbrado: cada vez que salía una tanda hacia la frontera, por la noche volvía una parte. ¡Tranquilos, compañeros, que yo soy camarada!... y en Tábor les había comprado salchichas calientes y cerveza y les había dado direcciones donde podían pasar la noche en Praga; a uno incluso se lo había llevado a su casa.
Los hombres se reían, porque Otto se le había escurrido entre las mallas a la severa Jefatura Provincial con su resolución número tal, barra, apartado tal, barra, artículo cual.
Hanna pensó en la historia del buen soldado Švejk54, que durante la Guerra Mundial vaga por el sur de Bohemia como desertor involuntario y por todas partes encuentra gente sencilla que le da ropa, techo y comida, en un frente único tácito contra la odiada autoridad. Entonces, desde luego, habían sido austriacos. Pero era lo mismo: la autoridad checa había relevado a la austriaca y había seguido chapuceando, y el pueblo volvía a ser el pueblo y la autoridad volvía a ser la autoridad. Los gritos entusiastas de 1918 y del 19 —«¡Nuestra joven República!»— hacía mucho que se habían apagado en el desengaño.
El otro hombre que había aparecido con Otto venía, pues, de visita desde Alemania, según confirmó. Bueno, no pueden emigrar todos; de momento todavía no lo han pillado. Era un muchacho flaco, de cara pálida y ojos amables, algo cansados.
Naturalmente, no pueden emigrar todos. La mayoría no puede. Muchísimos antiguos camaradas siguen viviendo en Alemania en la ilegalidad; la mayor parte, incluso legalmente. Hanna lo sabía, claro. Pero no dejaba de ser emocionante hablar con alguien que ahora, en 1936, seguía allí legalmente y seguía trabajando allí en silencio.
El muchacho —Otto lo llamaba Werner— contó cómo transcurre la vida en la Alemania de Hitler. Uno como él, por ejemplo. Desde niño vive con sus padres y hermanos en la misma casa de Neukölln, conoce a todo el mundo en la casa, en la manzana, en la calle: amigos de la escuela, compañeros de trabajo, camaradas de las Juventudes Comunistas; ya antes de 1933 muchos se habían pasado a los nazis, había habido peleas a menudo, por suerte a él entonces no le había pasado nada, es decir, no le había dado una paliza seria a nadie, no le habían encontrado ningún arma, y eso ahora le venía bien. Cuando llegó Hitler, los compañeros de camisa parda le daban palmadas en el hombro y lo animaban: ¡Lo de vuestra Comuna se ha acabado! Eres un tío como es debido, Werner, ¡vente con nosotros! ¡Al Führer le gustan los tíos como tú!... Ya veremos lo que sacáis, había contestado Werner. Si cumplís vuestro programa, volvemos a hablar. Y lo habían dejado en paz. Siguió trabajando como antes, de tipógrafo, luego hizo seis meses de Servicio de Trabajo en Pomerania y volvió a Berlín. Poco a poco los camaradas dispersos se fueron reuniendo aquí y allá, en las casas se discutía, se reanudó el trabajo ilegal.
Era difícil. Solo cinco o seis que se conozcan muy bien entre sí pueden trabajar juntos. Hay que verse en la calle para pasarse un libro, un folleto, un periódico. Y por Dios que no hay que llegar tarde, porque si uno está cinco o diez minutos esperando en una esquina, ya llama la atención. Y luego siempre la preocupación de la multicopista, de la distribución de los escritos... En la fábrica hay que observar a menudo durante semanas a los compañeros antes de averiguar a quién se le puede pasar una octavilla sin peligro. Y siempre en guardia... Si uno llega varias veces seguidas a casa a horas tardías, al final los vecinos se fijan: si ese no tiene novia, ¿por dónde andará? Si a uno le vienen visitas a menudo, también es sospechoso. ¿A un bar? Muy arriesgado, y además demasiado caro. En verano es más fácil: se va a los parques, al Grunewald, se va en bici a bañarse a cualquier sitio, con las cosas prohibidas en la fiambrera, y luego se esconden detrás de algún matorral. De vez en cuando alguno no aparece en mucho tiempo. Luego se entera uno de que lo han cogido...
¡Y las consignas...! Vienen del extranjero. Muchas veces ni se entienden, y uno se limita a menear la cabeza. Alemania ha cambiado tanto. Muchos, tras años de paro, vuelven a tener trabajo y sueldo y están contentos con todo, aunque el jornal, medido con los precios que suben, apenas sea ahora más que el antiguo subsidio. Y todo el mundo tiene miedo.
Una vez la cosa se le puso a Werner tan fea que pensó que ahora sí que tenía que irse. Pero entonces se encontró con un antiguo novio de su hermana, que ahora es jefazo de las SA. Dio con él unas cuantas vueltas a la manzana, charlando; toda la gente lo vio, y luego pudo seguir tranquilo una temporada.
Pero solo se aguanta unos meses seguidos. Esta tensión perpetua, esta perpetua cautela, sopesar, dosificar cada paso, cada mirada, cada palabra... para protegerse uno, para proteger a los camaradas, para proteger la causa... Al cabo de unos meses los nervios ceden, uno se vuelve inseguro: ¡con qué facilidad puede perjudicarse a sí mismo, a los camaradas, a la causa, si no está a la altura! Más vale largarse una temporada, meterse en la vida privada, echarse novia. Pero entretanto cambian muchas cosas. Cuando uno vuelve a presentarse al grupo, hay otra gente que no lo conoce, y primero hay que averiguar qué ha estado haciendo en el último tiempo, mientras no estaba activo; tiene que rendir cuentas hasta del último detalle; hay tantísimos soplones. Muchos han flojeado, se han dejado comprar por los nazis; muchos se pasan incluso sin cobrar, solo porque están hartos de no formar parte de la gran masa, que puede vivir sin cautela y que, cantando, a voces, domina la vida de la nueva Alemania.
Sí, fácil no es, suspiró Werner; y ahora ha venido unos días a Praga para respirar otro aire e informarse.
¿Cuánta fuerza tiene ahora más o menos el Partido?, quiere saber Hanna. Ha escuchado con atención; Werner cuenta con sencillez y de manera convincente; se ve de verdad la vida discreta, peligrosa, de los buenos soldados de la revolución, que no pueden llevar uniforme: la estrella soviética hace tiempo que la han hundido en el Landwehrkanal.
¿Cuánta fuerza tiene el Partido? Werner ha leído aquí en Praga, con asombro, en un periódico del Partido, que el Partido ilegal en Alemania tiene ahora más afiliados que en su día el legal, casi un millón. Se indigna: ¡qué disparate! En sus mejores tiempos el Partido no tuvo más de ciento cincuenta mil afiliados; ¡lo demás eran simples votantes, simpatizantes de paso! En la ilegalidad es completamente imposible establecer cifras. Pero ¿la impresión que se tiene? Bueno, en el trabajo, en los barrios, desde el año pasado se nota un retroceso vertiginoso. Cansancio general, miedo, desfallecimiento. Y también, añade Werner con tristeza, mucha oposición entre los fieles, incluso entre los más fieles. Se vuelven críticos con la dirección, intentan trabajar por su cuenta, dejan que las consignas sean consignas, se arreglan una táctica completamente nueva a partir de sus nuevas experiencias. Hay muchos buenos camaradas entre ellos. Pero la dirección los proscribe como trotskistas o como gente de la Gestapo; ni siquiera se puede ya discutir con ellos.
«¿Cuánto tiempo te quedas aquí, camarada?», pregunta Hanna. Le habría gustado oírle contar más cosas. Pero Werner tiene que volver mañana mismo a Alemania; no puede faltar más de una semana, si no, llama la atención.
Hanna se despide, les desea a los dos que les vaya bien. Quién sabe si volverán a verse. Otto espera un papel, quiere irse a la URSS. En el albergue era de los que estudiaban ruso con afán, por si acaso. Bueno, pues, camaradas, otra vez: que os vaya bien. ¿Adónde?
Al pasar junto al jardín del castillo, por el Hradčany, su propio destino volvió a pesarle en el alma. Se acordó de por qué iba a casa de Gertrud. Era bastante serio; los últimos días apenas había podido pensar en otra cosa. Pero ¿qué era todo aquello comparado con lo que contaba aquel camarada desconocido? Aquellas heroicas hormigas de la revolución, que, tenaces, pequeñas, incansables, hacen su labor de zapa en el cuerpo enorme y poderoso cuyos millones de pies, con polainas verdes, marchan por el mundo, cuyos brazos se extienden sobre el mundo... Y unos cuantos miles, quizá solo unos cientos de Werners, con caras que ya no son tan ignorantes ni están tan convencidas como en 1933, escarban en silencio con las uñas desnudas en la tierra sobre la que el gigantesco cuerpo de la nueva Alemania avanza pisoteando, como un tanque.
Hanna envidió a las hormigas y se avergonzó. Bajó por el puente del Polvorín55 hacia Dejvice, dejó a la derecha la bonita casa de su hermano y, en una calle lateral, subió unos tramos de escalera en un edificio nuevo, reluciente y blanco.
Gertrud, Herrmann y el niño estaban precisamente a la mesa. Había judías en vinagre y puré de patatas. Gertrud, sin más preguntas, puso un plato para Hanna y la invitó a comer. Hanna conocía poco a Gertrud; solo la había visto de vez en cuando en las reuniones del albergue; se pasaba el día corriendo por la ciudad dando masajes a señoras gordas. Herrmann no ganaba nada: era pintor, y además malo. Tampoco se podía hablar con él: no abría la boca y no hacía más que mirar con mala cara bajo sus cejas pobladas. Hanna se alegró cuando, después de comer, desapareció con el niño.
«Es que quería consultarte, camarada», empezó. Gertrud era ginecóloga y había dirigido un departamento en la clínica ginecológica de un hospital de Berlín.
«¿Estás enferma?»
«Enferma, lo que se dice enferma, no... Es decir, tengo molestias en el corazón, y el estómago tampoco me funciona. Pero a eso ya estoy acostumbrada. Es otra cosa.» Gertrud la miraba con amabilidad, esperando.
«Sí...», dijo Hanna, vacilante, «es que creo que estoy embarazada.»
Gertrud no dijo nada; su mirada era franca y llena de simpatía.
No se extraña en absoluto, pensó Hanna, confusa. Quién sabe cuántas camaradas habrán venido ya a verla; al fin y al cabo es un destino de lo más corriente, y yo también soy solo una mujer como todas las demás...
«¡Por el amor de Dios!», gritó de pronto, y se desplomó en la silla. «Yo no puedo tener un hijo, por el amor de Dios, por el amor de Dios, sería espantoso...» Lloraba y sollozaba con la cara entre las manos. Un hijo de Anatol, ¡ahora que casi lo odiaba! Un hijo, en la emigración, sin techo. Karl en presidio... Un hijo de Anatol... ¡No se podía ni pensar!... Todo su cuerpo se sacudía de un llanto incontenible.
«Vamos, vamos», dijo Gertrud, dándole palmaditas en la espalda. «¡Siempre hay una salida! Pero mejor vamos a mirar primero.» Hanna le contó, entrecortadamente y entre lágrimas, y luego se tumbó en el sofá duro, sobre el que Gertrud había puesto una toalla limpia. Gertrud palpó y apretó un rato sin decir nada, hizo respirar a Hanna y contener la respiración. Hanna no podía verle la cara. El corazón le martilleaba hasta la garganta.
«Pues no encuentro absolutamente nada», dijo Gertrud, incorporándose. Hanna se arregló la ropa y se medio incorporó en el sofá. Un destello de alivio le cruzó la cara.
«¿Estás segura?»
«¡Bastante segura! Tienes el útero pequeñísimo y duro. No has dado a luz nunca...»
Hanna asintió. Nunca había dado a luz, ni había concebido nunca. Cuando comprobó que, por lo visto, era estéril, incluso lo había sentido como una ventaja. Traer un hijo a este mundo... criarlo en la familia, donde, aun con el mayor cuidado, tenía que acabar siendo un individualista con un alma complicada... o meterlo en un hogar infantil, ¿y adónde? No había hogares que respondieran a las ideas de Hanna y de Karl sobre la educación de los niños. Y también era una ventaja verse libre de la preocupación constante que, en cada acto de amor, apartaba a las otras mujeres de la entrega y del placer, y no tener que andar con medidas preventivas y abortos, como tantas que conocía...
«¿Cuántos años tienes, Hanna?», preguntó Gertrud.
«En septiembre cumplí cuarenta», contestó Hanna, ausente. ¿Habría tomado su vida otro rumbo si alguna vez hubiera concebido y dado a luz, como otras mujeres?
«Cuarenta... bueno, la verdad es que es bastante pronto. Pero no es nada tan raro que el climaterio se adelante cuando se pasan preocupaciones y sobresaltos especiales... ¿Cuándo tuviste la primera menstruación?»
«A los trece años...», contestó Hanna maquinalmente.
«Ya me lo figuraba. Cuanto antes empieza, antes se acaba. Todavía tendrás de vez en cuando alguna hemorragia irregular, quizá también sofocos... y luego se acabó.»
Hanna se había puesto pálida. Diez minutos antes, la perspectiva de un embarazo había sido para ella lo más espantoso de todo. Ahora le parecía como si Gertrud le hubiera quitado algo, algo irrecuperable. Se acabó, le resonaba en el oído la palabra de Gertrud. Cuarenta años, y ahora se acabó. El vuelco... También eso se llama vuelco56... Soy una mujer vieja. Un poco pronto, pero nada fuera de lo común, viviendo como vivimos en circunstancias tan agitadas...
La revelación había sorprendido a Hanna por completo. ¡En eso no había pensado nunca! ¡En eso nunca habría querido pensar! Nunca había ocultado su edad, naturalmente que no; ridículo, si lo que importa no es la edad que tenga uno. Se había sentido joven, como de veinticinco años; había empezado una relación amorosa; y ahora resultaba que era una mujer vieja. La naturaleza decía: ¡se acabó!, y no se podía hacer oídos sordos. Todas sus cavilaciones y sufrimientos por su suerte en el amor le parecieron de pronto insignificantes frente a la idea tenaz, casi indecente, de que era simplemente demasiado vieja para Anatol. Vio la cara joven, sin maquillar, sobre la que él se había inclinado delante de su casa. Ella es joven, pensó con dolor, y yo soy vieja. Qué sencillo es. Qué terriblemente sencillo.
Sintió posarse en ella la mirada amable de Gertrud. Gertrud tenía una cara clara y hermosa, pero la piel rosada estaba surcada por mil arruguitas, arruguitas finísimas junto a los ojos, en la boca, en las aletas de la nariz: auténticas arrugas de vieja. Y su pelo, que de lejos parecía rubio platino, era completamente gris. El niño tenía seis o siete años; Gertrud no podía ser tan mayor. Tenía un marido y un hijo. Así sí que debía de dar igual ser vieja o no.
«Me gustaría estar más a menudo contigo, camarada Gertrud», dijo Hanna al despedirse. «Qué calma irradias. Quién creería que eres comunista», añadió con ingenuidad.
«Bueno, pero si eso es lo más natural», contestó la médica con sencillez. «En algún sitio quiere uno echar una mano para que las cosas vayan mejor en el mundo.»
Sentada en el tranvía, Hanna pensaba en lo sencilla, en lo asombrosamente sencilla que se tomaba Gertrud la vida. Y eso que para ella sin duda había sido bastante difícil: hija de un oficial noble, peleada con la familia, naturalmente, por el Partido y por el hijo natural, y para colmo de un judío. No podían casarse porque la mujer de Herrmann le negaba el divorcio desde hacía muchos años. Una hermana de Gertrud, abadesa de un convento renano, le mandaba de vez en cuando algo de dinero, por caridad cristiana hacia la proscrita. No era una vida fácil. Qué valiente era Gertrud. A Hanna se le ocurrió que quizá podría recomendarla a la gorda madre de Olly como una masajista muy competente.
Olly: también ella era joven. Veinte años. Nacida en la guerra, cuando Hanna, ya con el bachillerato terminado, vendaba en el hospital militar carne humana destrozada. Hay toda una vida de por medio.
Sintió una envidia furiosa de Olly, de la desconocida que parecía un ángel de Ghiberti del retablo florentino. Se avergonzó amargamente. De nada servía la razón. Todo lo que había vivido, la múltiple confusión —de la carne, del espíritu y del corazón—, le pareció de pronto debido tan solo a sus cuarenta años.
Naturalmente, aquello era un disparate. Luise tenía veintiséis años y había pasado por lo mismo con respecto al Partido, quizá también con respecto al hombre. Jarmila... esa sí tenía su misma edad. Pero sus terribles tragedias amorosas habían empezado ya en el pupitre del colegio.
No, era un disparate; todo aquello no tenía nada que ver entre sí. Qué extraño que pareciera tan enredado, que costara tanto separarlo: Alemania, la Svoboda, Karl, Anatol, el Partido, la emigración, el climaterio... todo enmarañado en un solo ovillo...
¿Por dónde agarrar un cabo del hilo para poder desenredarlo?
Capítulo 17
Un hombre en cuatro páginas censuradas — Praga es solo un episodio — ¡Hacerse sencillo! — Otra visita de Alemania — Hanna no se queda sola en casa — Un sobre con mucho dinero.
«Establecimiento penitenciario de Waldheim (Sajonia)», decía el sello verde del sobre. A Hanna se le paró el corazón un instante. Pero no: era sin duda la letra de Karl. Las cuatro páginas permitidas por las autoridades estaban llenas hasta el borde de sus letras hermosas y claras.
«Vida mía amada, sí, eso eres tú ahora para mí en una medida más alta de lo que jamás pude calibrar mientras tenía a mi alrededor tantas clases de vida. Cuando uno pasa tanto tiempo y tan a menudo solo, ve con toda claridad lo sencillo que es en el fondo todo: todo se reduce al final a unos pocos sentimientos y conceptos fundamentales: humildad, valor, serenidad, libertad, lealtad... no es que yo sea ya tan sencillo. Pero creo que voy camino de serlo. Quizá, cuando volvamos a encontrarnos en octubre, esté ya tan finamente disecado que se vea cada espina del alma bien clara y seca.
¿Te parecerá esto místico, y no sabrás cómo casarlo con mi sentido de antes, siempre dirigido a la utilidad tangible? Ay, mujer amada, entre el antes y el ahora hay un vuelco tan grande, todo se ha vuelto tan completamente distinto. Uno no sabe cuán distinto si no ha pasado mucho tiempo en el silencio.
Lo mucho que he cambiado lo ves, por ejemplo, en que esta ocasión rara y preciosa de hablarte, que solo se me ofrece una vez al mes, la empleo primero en consideraciones casi filosóficas, y el cambio práctico que se ha producido en mi vida no lo menciono sino en segundo lugar. Ya ves que te escribo desde otro establecimiento. La víspera de Navidad recibimos —es decir, mi compañero de celda y yo— la orden de prepararnos. No sabíamos para qué ni por qué. Nos invadió una esperanza casi increíble, la idea de...» —aquí la censura había tapado una línea con xxxxxx azules, haciéndola ilegible... ¡Cielos, no habrá aludido Karl a una caída del régimen, sería terrible! No, para eso es demasiado sensato... aunque quizá sí, si él mismo escribe que ha cambiado tanto...
...«por otra parte, un miedo espantoso, porque ya varias veces...» —de nuevo faltaban dos líneas; Dios mío, ya lo sé, son los simulacros de fusilamiento que hacen con los presos: los sacan, pueden confesarse y comulgar si quieren... luego los ponen contra la pared con los ojos vendados y, tras un cuarto de hora de horrible tormento del alma, los devuelven a sus celdas...
...«pero salimos. En un autobús en el que iban muchos otros presos fuimos a la estación, y de allí en tren hasta aquí. Nadie sabía adónde nos llevaban ni por qué. Cuando la escolta salió un momento, corrieron toda clase de rumores; se decía que...» —otra vez unas líneas ennegrecidas— «...pero cuando cruzamos Berlín desde la estación de Lehrte hasta la de Anhalt, comprendimos que íbamos a Baviera o a Sajonia.
Fue una experiencia extraña volver a mirar, después de casi dos años, desde el tren, por las ventanillas enrejadas, una ciudad, calles, gente, tiendas con escaparates de colores, el hormigueo de la vida; y todo me parecía tan radiante y primaveral, aunque sobre las calles colgaba un cielo de tarde gris y turbio. La gente iba con paquetes; en muchos sitios había grandes árboles de Navidad iluminados con bombillas; era como un sueño. Esa experiencia la tuvieron en la guerra muchísimos soldados, cuando los llevaban de un frente a otro y no les dejaban bajarse. Solo ahora he podido entenderla de verdad. Viajamos sin transbordo; habían enganchado nuestro vagón especial a otro tren. Ya era de noche cuando llegamos aquí; solo por el carcelero supimos dónde estábamos. Es una cosa curiosa, un carcelero sajón. Yo habría creído que este dialecto solo servía para la charla campechana y no...» —las palabras siguientes estaban tachadas hasta no reconocerse; ¡ay, ya se podía imaginar lo que decían!— «Ahora estoy separado de mi compañero de celda. De mi nuevo compañero te escribiré más por extenso la próxima vez. Es un metalúrgico de Zwickau. Tiene cierta ventaja encontrarse de vez en cuando con una persona nueva, porque cuando se convive largo tiempo en semejante estrechez no se pueden evitar en absoluto los roces, aunque por lo demás uno se entienda muy bien. Se ha contado uno tanto, conoce con tanta exactitud todos los detalles del comportamiento y las reacciones del otro, que surge una irritación nerviosa creciente. Es como en un matrimonio de muchos años, en el que ya no hay nada que decirse y en el que, con las inevitables repeticiones de lo ya tantas veces dicho, se acaba sintiendo hastío y hasta hostilidad.
Entre nosotros, querida Hanna, fue desde luego distinto: después de quince años de vida en común seguíamos teniendo siempre cosas nuevas que contarnos; pienso en ello con felicidad y gratitud tan a menudo que no sabría decirlo. Esta carta te llegará, por desgracia, algo tarde como felicitación de Año Nuevo, pero quiero aprovechar la ocasión para darte las gracias una vez más, y otra vez, por todo lo que has traído a mi vida y lo que has hecho crecer en ella. Ya ha pasado la parte más larga de nuestra separación. Ya podemos contar por meses, en lugar de por años; pronto empezaré a contar los días. Y entonces... ¡cuánto, cuántas cosas tendremos que contarnos! Tú, seguramente, muchas más que yo.
Ya conozco más o menos tu entorno: la redacción, la imprenta, el pequeño local donde te ves los domingos con los amigos, tu cuarto en la pensión, la valiente Luise, la simpática Jarmila, tus compañeros de trabajo. Pero todo lo conozco solo a grandes rasgos; partes importantes tienen que faltar, como es natural, en tus cartas. De tu jefe parece que estás menos entusiasmada últimamente que al principio. Quizá esperabas demasiado de él, en tu posición respecto a él. Siempre tuviste la tendencia a valorar demasiado alto a la gente y a decepcionarte luego cuando su entrega no era del cien por cien, como la tuya. A veces olvidas que la mayoría de las personas solo actúan (o dejan de actuar) por inercia, y por miedo. No hay muchos tan inquietos, tan insaciables de vivencias como tú, ¡cariño mío! Una intensidad como la tuya la sienten la mayoría como una exigencia muda y constante, y se defienden, naturalmente, y con razón. No dejes que te absorban demasiado, ni por fuera ni por dentro, y tómate las cosas un poco más a la ligera. Piensa que tu vida en Praga no es, al fin y al cabo, más que un episodio, como la mía aquí. Desde ese punto de vista se puede soportar también lo malo. ¡Nuestra vida verdadera está en el futuro!»
La cuarta página estaba llena; en letra muy pequeña, Karl había garabateado todavía unos saludos de través en el margen. Hanna leyó la carta una y otra vez. Casi parecía que, ahora que Karl se le había acercado en el espacio, estuviera también en el sentimiento y en la comprensión tan cerca de ella como antes, cuando podía decírselo todo. Su carta respondía a muchas preguntas mudas. ¿Cuánto habría adivinado? ¿Se refería el pasaje de su carta sobre «las partes importantes que tienen que faltar» al asunto con el Partido? ¿O había percibido en sus cartas el papel de Anatol en su vida y en su confusión? ¿Tenía que ver con aquello de «hacerse sencillo» de que hablaba? «Finamente disecado como espinas secas» ... tiemblan con solo respirar sobre ellas...
La sospecha de que Karl hubiera adivinado su verdadera relación con Anatol a través de los varios informes que ella le había mandado sobre él no la asustó hoy. Al contrario, se sintió más bien tranquila y aliviada. Algunos giros de las cartas de Karl le hicieron parecer de pronto muy fácil, muy natural, que algún día, más adelante, le contaría toda esa enredada historia de Anatol. Él lo entendería y entonces quedaría zanjado.
Por primera vez proyectó, desde un futuro imaginado en común con su marido, hacia atrás, sobre el presente concreto. Todo le pareció más ligero y más claro. También su relación con Anatol. ¡Cuánta razón tenía Karl! Inercia y miedo: esos eran sin duda los componentes de la conducta de Anatol con ella. Qué extraño: después de la carta de Karl se sentía descargada frente a él y culpable frente a Anatol. ¿No lo había atormentado de verdad sin medida con sus celos, su deseo, su intensidad de espíritu y de corazón? Sintió que le brotaba dentro una gran ternura femenina hacia él.
Mientras seguía cavilando sobre esa rareza, llamaron a la puerta.
No reconoció enseguida al señor alto, bien afeitado y bien vestido que la saludó al entrar con un «Buenos días, señora doctora». ¡Pero claro! El doctor Bruno Kunze, especialista en enfermedades de la piel y venéreas, de Halle. Había ido alguna vez a su casa. Un hombre culto, algo seco y raro, salido de la nobleza terrateniente de la Marca, que parecía querer disculpar su origen con un liberalismo muy subrayado. Había pertenecido al SPD y había sido miembro de la Asociación de Médicos Socialistas, en la que estaban organizados también los colegas comunistas. Desde 1933 no había vuelto a saber de él.
Se había enterado de su dirección, según supo ella, por el doctor Lebenthau, el presidente de la asociación de médicos, que como tal y como judío había tenido que emigrar. Kunze, en cambio, seguía viviendo en Halle y llevaba como antes su consulta privada y la del hospital. Su trato, según contó, lo había reducido casi a cero, se había retirado por completo de los viejos conocidos; pero, como pronto se vio, estaba bien informado tanto de la literatura que se publicaba en el extranjero y estaba prohibida en Alemania como del paradero y la suerte de muchos conocidos comunes. También se había enterado de que Karl estaba en Plötzensee.
«¿Y cómo es que está usted en Praga?», preguntó Hanna después de que él le contara brevemente sus andanzas de los últimos tres años. Pues sí, tenía intención de cambiar de oficio. Un hermano suyo, propietario de una finca señorial, había pertenecido al círculo más íntimo de Göring, pero había caído en desgracia. Por eso ahora vigilaban también más estrechamente al propio Kunze, intentaban arruinarle la consulta, y últimamente habían desenterrado también su pasado socialdemócrata, que hasta entonces, bajo la protección del poderoso hermano, se había pasado por alto. Tenía cuatro hijos, tenía que buscarse otro medio de vida y se había procurado la representación de un par de grandes fábricas farmacéuticas para Checoslovaquia y Austria. Ahora quería establecer relaciones en Praga y en Viena y ver si el negocio era rentable.
Todo aquello sonaba muy razonable, y aunque Hanna no había tenido en Alemania trato personal con Kunze, estaba dispuesta a salir con él. Desde que estaba «enfadada» con Anatol, desde aquella escena de la Nochevieja, de todos modos nunca sabía cómo pasar las noches. Con Kunze se podía hablar de Alemania, de conocidos comunes, del pasado, de Karl.
Fueron a un café, y luego ella lo llevó al «Teatro Liberado», donde Voskovec y Werich representaban una obra nueva, la «Balada de los harapos», que recordaba un poco a La ópera de cuatro cuartos.57 Eran curiosos esos muchachos, con su radicalismo frío y cortante, su humor intelectual, el efecto fantasmal de sus caras enyesadas de payaso. Pero al final su crítica no llegaba a nada serio: se despedían del público, que aplaudía entusiasmado, con un cuplé: «Seguimos, seguimos adelante... hasta la vista en tiempos mejores».
Hanna le explicó a Kunze el argumento, le tradujo este y aquel chiste, y notó que él miraba con extrañeza: ya no estaría acostumbrado a esas cosas. Lo que se ofrecía le pareció bastante atrevido; pero Ladislav, con quien Hanna se encontró en el guardarropa, hizo comentarios despectivos sobre las «refunfuño estéril». Luego Hanna se fue con el doctor Kunze a cenar a alguna parte y, a las once, todavía le propuso ir a un café. Al fin y al cabo había sido una velada muy agradable; algo distinto, para variar.
«¿Y dónde se reúnen aquí los emigrados?», quiso saber Kunze. «A lo mejor se encuentra uno con algún conocido...»
«Ah, aquí y allá... no van a ningún local fijo», dijo Hanna, esquivándolo por instinto, y lo llevó a la «Akademická kavárna», donde con toda seguridad no se encontraba a ningún emigrado.
Cuando él la acompañó a casa pasada la medianoche, un señor pasó junto a ellos saludando y se volvió dos veces. A Hanna no le desagradó en absoluto que Anatol la encontrara cerca de su casa en compañía de un hombre bien parecido. Así no se imaginaría que ella se quedaba sola en casa llorándolo. ¡No era ninguna vieja, todavía podía encontrar otros admiradores!
No, Anatol, no soy ninguna vieja, se repetía todavía al día siguiente, cuando Kunze, que por lo visto tenía muy poco que hacer con sus gestiones de negocios, volvió a recogerla y la invitó a dar un paseo. No le interesaba lo más mínimo; aun así, estuvo dispuesta a salir con él también esa noche y al día siguiente. No siempre periodistas, refugiados... Él, eso sí, quería saber muchas cosas de ellos y volvía una y otra vez al tema: en esos tres años había tenido que prescindir por completo del contacto con los correligionarios, decía; quería aprovechar esos pocos días de «aire libre» para informarse de todo lo que pasaba en el movimiento, en el extranjero y —en la clandestinidad— en Alemania. Hanna era demasiado militante del Partido para contarle a un socialdemócrata más que las cosas más generales. Kunze estaba entusiasmado con la política de Frente Popular y veía en ella la solución de la enmarañada problemática del movimiento obrero en medio de un mundo fascista. Hanna expuso sus reparos, pero más bien en forma filosófica y suavizados por las conversaciones con el visitante del Reich. Después de muchos meses entre gente ortodoxa del Partido y liberales que no entendían nada, él irradiaba aquella atmósfera de objetividad intelectual que había caracterizado su época alemana.
Cuando Kunze se despidió al tercer día, para volver por Viena y Múnich, le pidió que le guardara el dinero checo que no había gastado, hasta que volviera. No quería llevárselo otra vez de vuelta.
«Ya sabe usted lo difícil que es sacar dinero al extranjero. Me gustaría hacerme aquí una pequeña reserva; quién sabe si un día no tendré que emigrar de repente. ¡Sobre todo si se descubre que he tratado aquí con usted!», añadió con una risa apurada. «Dicen que aquí todo está lleno de soplones de la Gestapo...»
«En eso, claro, tendría que haber pensado antes», replicó Hanna, algo herida. Perros cobardes, estos socialdemócratas (casi había pensado «socialfascistas», pero desde el Séptimo Congreso esa era una palabra proscrita).58 Kunze le entregó un sobre en el que había escrito su nombre y «Hotel Esplanade, habitación 127». A Hanna le extrañó un poco que se hubiera alojado precisamente en el hotel más caro de Praga.
«Vuelvo dentro de quince días, para el congreso de médicos, y entonces recojo el dinero. No me lo irá a malversar, ¿eh?», dijo con seriedad burlona. Hanna hizo como que no oía la pregunta.
«¿Dentro de quince días otra vez? ¿Puede usted ir y venir tan a menudo... legalmente?», se asombró.
Sí, tenía un visado permanente, precisamente como representante de la fábrica farmacéutica. Hanna quiso extenderle un recibo por el dinero. Él lo rechazó, ofendido: «¡Una amiga tan antigua!». Eso no era verdad, más bien era solo una conocida lejana. En todo caso, ella quiso contar el dinero. Eran más de siete mil coronas.
«¡Caramba! ¿Tanto le ha sobrado?», exclamó Hanna, asombrada.
«Ya lo ve, soy un traficante de divisas», dijo él con sorna.
«Mire, prefiero no quedarme con tanto dinero. ¡Llévelo a un banco!»
«¡Una propuesta iluminadora! Solo que el sábado por la tarde los bancos están cerrados... Pero si no quiere quedárselo, se lo llevo al doctor Lebenthau. Solo que entonces perderé el tren, y eso es algo engorroso.»
Al fin y al cabo, es algo secundario, pensó Hanna, y se metió el dinero en el bolso.
Luego se despidieron.
Cuando esa misma noche guardó el sobre en el armario, debajo de la ropa blanca, tuvo una indefinible sensación de malestar. En cualquier caso, tendría que haberle preguntado su dirección en Halle, pensó. Pero luego se tranquilizó: podía preguntársela al doctor Lebenthau cuando lo viera la próxima vez en el «Continental».
Por primera vez en mucho tiempo, al acostarse, puso el retrato de Karl en la mesilla de noche, como la imagen de un santo patrón.
Capítulo 18
En el Partido pasan cosas — Un origen social funesto — Un héroe que decepciona — Falta de estilo bolchevique — No hay motivo para crear ambiente contra la Unión Soviética — Reencuentro con Anatol — Solo hay caras — Lucha, victoria y derrota.
En el Partido pasaban cosas, pero Hanna ya no se enteraba de mucho. Uno tras otro, Jenda, Ruda y Jarmila habían dejado el pequeño círculo del café de Karlín; los demás camaradas le eran más ajenos. Regía la prohibición estricta de discutir con trotskistas, y «trotskista» había llegado a ser poco a poco cualquiera que tarde o temprano se apartaba de la línea general y se pasaba a uno de los muchos grupúsculos, cuyos nombres abreviados en mayúsculas a menudo ya no había manera de distinguir. Sí, ya resultaba sospechoso hacer preguntas sobre la táctica incluso en el círculo íntimo; más valía callarse.
Ahora tampoco estaba ya Ladislav, el hábil editorialista del órgano del Partido, que con sus ojillos listos y soñolientos y su dialéctica elástica recordaba de un modo tan asombroso a Karlíček Lozák, de la Svoboda. Pero Ladislav no se había pasado a ninguno de los grupos de oposición; no habían sido sus convicciones ni su crítica las que lo habían echado del Partido y de la tertulia de Karlín. Con él las cosas habían ido de otro modo.
El «dirigente histórico» de la sección checoslovaca de la Tercera Internacional había vuelto de Moscú y había pasado una revista terrible: los anteriores funcionarios dirigentes, secretarios, redactores —eso les reprochaba el emisario de Oriente— se habían tomado la consigna del Frente Popular y los miramientos con el gobierno de la «pequeña patria» de un modo demasiado literal y la habían aplicado con un celo excesivo. Con el resultado, a saber, de que los comunistas eran declarados ahora casi dignos de presentarse en sociedad por los agrarios, los del partido de los artesanos y los nacionalsocialistas,59 mientras que las masas obreras, a espaldas de sus dirigentes, serviciales y encorvados, se desviaban en tropel hacia los ultraizquierdistas o hacia los fascistas.
Cierto que las consignas, e incluso las diversas maneras de llevarlas a cabo, habían sido prescritas en su día hasta el último detalle por esos mismos padres castigadores. Pero cuando los resultados funestos se pusieron de manifiesto en el número de afiliados y de suscriptores del periódico, que caía en picado, se tocó retirada; una retirada que (solo la dialéctica elástica de Ladislav habría podido hacer plausible semejante contrasentido) se expresaba en la nueva consigna: «¡Adelante!».
Todo esto, desde luego, eran asuntos internos; la gran masa apenas sabía ni entendía nada de ello. Pero para hacer odiosos a los caídos de repente en desgracia ante esa masa —y también ante los partidos a los que quizá mañana se pasaran—, su destitución se motivaba personalmente en cada caso. El caso de Ladislav lo supo Hanna solo por la Svoboda, que ahora parecía mucho mejor servida de material interno del Partido de lo que el Partido había estado nunca provisto de material interno de la Svoboda: a Ladislav le había sido fatal el cuestionario de julio.
En el apartado «origen social y pasado» había declarado, conforme a la verdad, que era hijo de comerciantes acomodados de Ucrania occidental y que en 1918 y 19 —a la edad de dieciséis años— había luchado como legionario contra los bolcheviques; que con su regimiento había sido empujado hasta territorio checoslovaco e internado aquí; que durante años no había hecho política alguna, sino que solo había estudiado la lengua checa y el marxismo, y economía política en la universidad, y que luego, en 1925, había ingresado en el Partido Comunista.
No solo la central había tomado nota en silencio de esta confesión sin encontrar desde julio nada que objetar, sino que probablemente ya lo sabía desde antes (y solo así se explicaba también la sencilla sinceridad de Láda); porque en amplios círculos del Partido había corrido antes de la «depuración» el rumor de que los editoriales los escribía «un ruso que había luchado con Lenin y Stalin en la Revolución de Octubre». Ahora aquella versión deformada simplemente se volvía del revés, se «ponía sobre los pies después de haber estado cabeza abajo», como en su día hizo Marx con la dialéctica hegeliana; así, al menos, habría explicado el propio Ladislav su caso si todavía le hubieran dejado escribir un editorial sobre él. Pero, tal como estaban las cosas, él, su mujer (que había sido redactora gráfica de Svět práce) y su hijo pequeño tuvieron que expiar los pecados de los acaudalados padres ucranianos y salir del Partido con deshonra. ¡Sí, no se tiene impunemente un origen social!
Esta historia la leyó Hanna en la Primera Edición, cuando llegó a la Svoboda hacia las once.
Últimamente, para aumentar su presupuesto y llenar las noches vacías, había ido a toda clase de conferencias a las que la Svoboda no enviaba a nadie, bien porque no parecían bastante importantes, bien porque se daban en lengua extranjera. De vez en cuando Hanna había conseguido colocar en la Svoboda, Segunda Edición, una breve crónica sobre tal o cual acto literario o político. Las cincuenta coronas que le pagaban por ello valían más para ella que las sumas mucho más altas que durante tanto tiempo, aunque siempre con cierto malestar, había cobrado del doctor Svoboda.
Hoy había cumplido con especial celo su deber de reportera, que ella misma se había impuesto: iba a hablar un célebre escritor ruso al que quería muy especialmente. Siempre lo había tenido por uno de los novelistas revolucionarios más importantes, y la suficiencia ignorante con que la prensa del Partido lo despachaba como «esteta» y «anarquista» siempre le había resultado penosa. Después, el escritor, tras una larga estancia en el extranjero, había vuelto a Rusia y había escrito un libro magnífico sobre la construcción comunista. Como con todos los anteriores, también con este libro había juzgado Hanna que una novela en el verdadero sentido ganaría para la causa revolucionaria más interesados, partidarios y simpatizantes que diez números de la Inprekorr60 y cien editoriales (tan parecidos entre sí) en la Rote Fahne, L'Humanité y el Daily Worker. Ahora, pues, iba a conocer a su héroe en carne y hueso.
Un hombre fornido, de mejillas coloradas y tipo campesino, con un cepillo corto de pelo castaño grisáceo, subió al estrado; el presidente de la «Sociedad de Amigos de la Nueva Rusia» lo presentó entre los aplausos atronadores del auditorio, en el que había muchos intelectuales burgueses. Ella se lo había imaginado muy distinto: mucho más delicado, mucho más occidental. Parecía de verdad un miembro del koljós modelo «Octubre Rojo».
Y lo que dijo... ay, un miembro de esa loable corporación no habría podido decirlo de forma más llana. Sus formulaciones de punta afilada, aquella mezcla tan seductora de lirismo y cinismo, se volvían fofas y desvaídas al servicio de un discurso de propaganda del montón. Ni un punto de vista nuevo, ni una fundamentación más honda, ni una luz certera: como el apóstol de una agencia de viajes, describía las ventajas de su país, entre las cuales se mencionaba la circunstancia de que allí reinaba el socialismo como en un folleto turístico se menciona la torre inclinada de Pisa o las cuevas de Escocia: como curiosidad digna de verse.
Hanna había ardido en deseos de conocer personalmente a su héroe; se había sentado adrede en primera fila, junto a la gente de la «Sociedad de Amigos de la Nueva Rusia», les había pedido que se lo presentaran, que la llevaran con ellos al café después de la conferencia. Pero le dijeron que no iban a ninguna parte: el invitado estaba convidado en la legación rusa.
Fuera aquello una excusa porque no la querían allí, o fuera verdad, daba igual: después de la conferencia, Hanna se alegró de que no hubiera habido trato personal. Quizá no habría sido capaz de callarse y le habría dicho sin rodeos a su ex héroe: Se ha traicionado usted a sí mismo, ahora que se ha vuelto tan leal...
No, el país del socialismo como atracción para turistas occidentales: eso dolía en el alma. No era para eso para lo que se había sufrido y esperado, no era para eso para lo que se había hablado y escrito: para que la «patria proletaria» se pusiera ahora a competir con las estaciones de deportes de invierno suizas y las cacerías de zorros de Inglaterra...
Llena de amargura por la decepción, Hanna fue a la redacción. Se sentó en el cuarto del medio para redactar su crónica. Allí estaba Tuzar escribiendo una crítica teatral, y Malý, que reseñaba la Octava sinfonía de Mahler dirigida por Bruno Walter. Desde que a veces venía todavía tarde por la noche, había llegado a conocer más de cerca a los «colegas del arte», como los llamaba Zeman. Al prudente y algo chapado a la antigua Malý; al segundo crítico musical, Nečasek, un jovencito esotérico de rizos pelirrojos; a Tuzar, que tenía ingenio y lo blandía ora en esta, ora en aquella corriente literaria; a Jelinek, un hombre serio e instruido de cultura humanista, que recordaba un poco a Anatol y que, según supo Hanna por casualidad, también lo trataba en privado.
En la Svoboda se sabía, desde la indiscreta irrupción de la madre de Olly, de dónde venía Hanna y adónde —eso pensaban— pertenecía en realidad: a una casa burguesa de Praga. De un modo curioso, desde entonces el ambiente entre los colegas había cambiado respecto a ella. Si antes la habían conocido como Hanna Last, la habían apreciado o se habían burlado con benevolencia de su erudita versatilidad, ahora era la nacida Aschbach, una chica del distrito de Ciudad Nueva, una mujer como todas, solo que un pelín demasiado lista. Quizá no soy otra cosa, ni lo he sido nunca, pensó con melancolía; los diecisiete años de Alemania, el Partido, la revolución, desentonaban tanto en el marco de la Svoboda en relación con ella.
Malý y Tuzar bajaron con sus notas a lápiz para dictar directamente a la linotipia sus impresiones de teatro y de concierto, recién recibidas. Hanna se quedó sola cavilando, hasta que se decidió a dar a sus amargas observaciones sobre la degeneración de un escritor revolucionario la forma de una reseña de conferencia.
¿Qué defendía aquí, al atacar a un apóstol que alababa justamente lo que también ella había defendido siempre? Indecisa, se detuvo. Quizá sí debería haber ido a la legación; no habría sido difícil, ya había estado allí un par de veces. La primera, en la gran recepción del día de la Revolución, en noviembre, cuando la Maršová había cantado canciones populares rusas y apenas había podido uno abrirse paso hasta tal o cual conocido entre tantas mesas, mesitas y bandejas de manjares de cuento. Todos estaban de pie, masticando: ¿dónde hay cantidades tan enormes de caviar y salmón con mayonesa y fiambres de asado de diez clases, adornados con arte? En el koljós modelo «Octubre Rojo», desde luego que no, ni tampoco en las viviendas-cueva de Podskalí. Bueno, un diplomático tiene que representar, había oído decir siempre, y le había parecido bien. Hoy, de pronto, le parecía dudoso. ¿No habría sido mejor, más decoroso, ostentar también en ocasiones tan oficiales un estilo bolchevique: té y pan con mantequilla, ropa de calle, una pequeña charla revolucionaria, y dejar a los burgueses que arrugaran la nariz, en lugar de dejar a los camaradas las dudas y la inquietud? No, era mejor que no hubiera ido y hubiera perdido la ocasión de recomponer a posteriori y a duras penas la imagen destrozada de su autor favorito. Quizá allí, entre las mesas abarrotadas, en las que las fuentes de plata se apilaban opulentas sobre manteles de lino de Kazán tejido a mano, se habría hundido del todo.
Cuando entró en el despacho de Bílek para ofrecer su nota para la Segunda Edición, allí estaba sentado Anatol.
No lo había visto en semanas; hacía tiempo que había dejado de esperar una señal de vida. Desde la Nochevieja solo se lo había cruzado una o dos veces en el pasillo, en la imprenta, pero no había hablado con él. Saludó brevemente y confusa, ni siquiera fue hasta su rincón para darle la mano, sino que se quedó de pie junto a la mesa de Bílek.
«Traigo una pequeña crítica sobre la conferencia rusa», murmuró; le pareció una traición, sin saber bien si a su escritor o a su amante. Pero antes de que Bílek pudiera leer la colaboración, Anatol se había levantado y se había acercado a ella:
«¿Ahora trabaja usted también de cronista para nosotros?», preguntó, y la miró con curiosidad. «¡Pues no lo sabía!»
Qué raro, parecía herido. No se sabía bien si porque en su periódico o porque en la vida de ella pasaban cosas sobre las que no se creía necesario consultarle. Leyó la nota de pie.
«No, me temo que no va a ser posible, señora», dijo con cortés pesar. «En primer lugar, es demasiado larga. En segundo lugar, es demasiado inteligente para nuestros lectores... Es usted demasiado inteligente para la Svoboda», repitió, y sonó como un reproche. «Y no tenemos motivo para crear ambiente contra la Unión Soviética por una ocasión tan insignificante. Si pasa algo grande, entonces sí... entonces no podemos dejar a nuestros lectores sin información, aunque el tema no encaje en nuestra línea ideal...»
¿Qué discursos son estos?, pensó Hanna, irritada. Línea ideal... ¡la Svoboda! Había que leerla en la sección de economía y en los anuncios, si uno entendía de eso. ¿Lo decía Anatol en serio? Y qué grotesco era aquello: el señor redactor jefe burgués defendiendo los intereses de la Unión Soviética frente a Hanna Last, militante del Partido desde hacía tantos años.
A Bílek lo habían llamado de la imprenta.
«Como usted quiera», dijo Hanna, enfurruñada, y rompió la hoja despacio en trocitos.
«¡Pero no, mujer!», protestó Anatol. «¡Qué lástima! Me habría gustado volver a leer el articulito; era ingenioso... como todo lo que usted escribe, ¡querida amiga! Antes tenía el placer de ser el primero en ver sus trabajos...»
«¡Ajá, está ofendido! Ya me lo figuraba. Le fastidia que yo pueda vivir sin él. Que pueda vivir semanas enteras sin él.»
Pero el mero hecho de que él —aunque solo fuera en forma de leve resentimiento— tomara nota de su existencia y de su conducta excitó a Hanna. No, no había terminado ni mucho menos con aquel hombre. Se había escapado, se había escabullido, se había permitido odiarlo, para sí sola. Pero no había estado dispuesta en absoluto a dejarse olvidar por él. Y que él no la hubiera olvidado, que trazara un paralelo entre «antes» y «ahora», puso enseguida todo su sentimiento en agitación y en desconcierto.
Levantó la vista hacia él desde la silla de Bílek, en la que se había dejado caer maquinalmente. Era hermoso. De eso no cabía duda, aunque por lo demás no hubiera nada, nada en él ni dentro de él que no hubiera dado motivo a múltiples dudas. Era hermoso.
Qué sabe uno de una persona, sino su cara. Lo que piensa y siente hay que adivinarlo, y cuántas veces se adivina mal. Lo que dice es mentira, porque no podemos sino mentir. A cada instante pasa susurrando una hoja de verdad, y ya está vuelta; en cada página siguiente está escrito lo que la anterior niega y deshonra. Uno no tiene la culpa ni puede evitarlo: así está hecho el libro de la vida, no hay nada que retener, mientras se lee cambia el texto.
Pero la cara: ahí está, oscura y estrecha contra la cortina amarillenta, tan sabida, tan segura, tan conocida, cara de la lejanía, tal como surge sobre el escritorio, sobre el pupitre de la imprenta, en su sitio de costumbre, cotidiano, donde ella ya no puede buscarla cada día... Cara que solo a distancia adquiría y ofrecía sus formas puras, hermosas, firmes, como un cuadro enmarcado en la pared; pero si ella la sostenía con las manos, contra su propia cara, entonces se deshacía, y solo por separado y como sin conexión, despojados de toda lógica de la forma, la frente, las sienes, la mejilla, la boca caían en poder de sus besos. Lo que a menudo, pecho contra pecho, había presentido vagamente, ahora lo comprendió de golpe: para que yo pueda conocerte de verdad —conocerte en el sentido bíblico— tienes que estar lejos de mí. Si te acercas, te me quedas sin contornos; la cercanía te hace irreconocible. Y de nada sirve que yo me arrime a ti y tú a mí: nuestro amor está hecho desde siempre de lejanía.
Como si sintiera lo que ella pensaba, él hundió sus ojos cada vez más hondo en los de ella, hasta el fondo de la mirada, donde ella sintió un dulce sobresalto, como en el fondo del regazo.
Cara, oh cara: lo único real que puedes darme es tu cara, y en el triple sentido de la palabra: semblante, mirada y visión.
Bílek había vuelto a entrar, y Proch, el segundo redactor de economía, sucesor de Rýma, que se turnaba aquí con Veverka de guardia hasta el último servicio de noticias de la agencia de prensa. Hanna se levantó maquinalmente del sillón de Bílek, junto al escritorio, pero su mirada seguía prendida de la de Anatol. Solo cuando sonó música en la radio la dejó caer.
«¡La Segunda de Mahler!», exclamó Svoboda, alborozado. «Ay, y ya van por el último movimiento... ¡qué pena!» Estaba triste de verdad. «Siempre se pasa lo más hermoso cuando uno no está...»
También Hanna amaba esa sinfonía, había hablado a menudo de ella con Anatol; la quería incluso más que la Octava, cuyo eco crítico subía en ese momento el regente de la imprenta en una galerada húmeda y la dejaba delante de Bílek. Los grandes coros bramaban por el altavoz con piadosa violencia, y luego, con dolorosa bienaventuranza, se elevó el solo de contralto: «Oh, cree, corazón mío, oh, cree: ¡nada se te pierde! Tuyo es, sí, tuyo, lo que has vivido, lo que has sufrido. Oh, cree: no naciste en vano, no en vano te afanaste y luchaste...»
Eso solo se puede creer cuando se canta, sintió Hanna vagamente. Las meras palabras, si se leyeran impresas, no dicen nada... Las palabras no dicen nada; solo la música puede —a veces— decir algo...
Escucharon en silencio reverente el grandioso último movimiento. Hasta el torpe Proch contenía el aliento, arrobado en el Elíseo, cuando se abrió el cielo del coro final. Luego estallaron los aplausos y se supo que habían estado oyendo Londres.
«¡Vámonos!», propuso Svoboda, y ayudó a Hanna a ponerse el abrigo, que ella había traído consigo y colgado en el perchero de Bílek.
Dieron las buenas noches con la mano y salieron a la calle por el zaguán, desierto a esa hora, como si fuera su camino de todos los días.
¿Y no lo era? A su lado caminaba Hanna, con tanta naturalidad y ligereza como en otros tiempos, y en los cruces él la cogía del brazo con solicitud.
Nuestra vida verdadera está en el futuro, había escrito Karl, y aunque ella no había podido captar el sentido concreto de la idea, desde entonces tenía la sensación de que todo lo que había vivido en Praga era fantasmal e irreal. Irreal ya el hecho de estar aquí; irreal el horror lóbrego y mohoso del albergue de refugiados, el ceño severo de los señores del Partido y la dialéctica cínica o la sumisión obtusa de los lacayos del Partido; irreal toda la Svoboda, con su maquinaria de cuento de una empresa periodística moderna; irreal la pasión devoradora por su jefe, el señor Anatol Svoboda, y las pérfidas vicisitudes de su relación tan indefinible; irreal la visita a Gertrud y su resultado, a la vez aliviador y demoledor; irreal, por último, la aparición del doctor Bruno Kunze, especialista en enfermedades de la piel y venéreas, de Halle, emisario de un mundo que en otro tiempo había sido real.
Se andaba en un tejido de fantasmas, el suelo que se pisaba no sostenía, el presente no era el presente, era solo una cortina de telarañas entre el antes y el después; aquí no valían las reglas del juego que en otras partes gobernaban el hacer y el trajín de los hombres; ella había entrado en un campo de juego de conjurados, fantasmal ella misma en su duplicidad de checa y alemana, extraña y en casa, chica burguesa del segundo distrito de Praga y comunista militante del segundo distrito de células del Partido, mezclada de muchos espíritus que acosaban su desdichada vida dondequiera que iba o estaba... y detrás, el monte del Hradčany, tendido, que cerraba ese mundo fantasmal, de modo que no se sabía: ¿no habría debido uno anhelar nunca ir más allá de él, o no habría debido volver nunca de más allá?
¿Dónde estaba el tiempo?
Ahora volvía a sonar el compás igual de cuatro pasos sobre el adoquinado nocturno. Quedaba poca gente en la calle; los pasos resonaban como golpes de gong que anunciaban cada vez un nuevo acto; haya pasado en el acto anterior lo que sea, amor, bondad, traición, muerte y vacío, quizá no lo hemos entendido, quizá no nos ha gustado: cae el telón, suena el gong, se alza el telón, empieza un nuevo acto.
«¿Por qué hemos pasado tanto tiempo sin vernos?», preguntó él, metiéndose en sus lejanas ensoñaciones.
Sí, ¿por qué, en realidad? Porque él tenía otras mujeres... bueno, esas mujeres eran fantasmales, como todo en Praga; de una sola conocía la cara lejana y pálida, y le parecía que habría podido quererla como a una hermana. Oscuramente conocía los dolores desgarradores de los celos, del desdén, de la soledad, todo lo que había sufrido por él —oh, cree, nada se te pierde, resonaba dentro de ella en un menor interrogante—; nunca había llegado a atraparlo; él se deslizaba junto a su vida, flexible e imprevisible como un gato hermoso; el cristal esmerilado entre ellos le tapaba su imagen nítida. ¿No había sido lo que ella amaba en él, lo que la atraía hacia él desde el principio, precisamente eso velado, eso inadivinable que no cabía en ninguna idea que ella se hubiera podido formar jamás, pensando o soñando, del amigo y del amante? Ella misma había esquivado la cercanía; ella misma había mantenido su vida, el amplio y lejano interior de su vida verdadera, apartado de él, por mucho que, a fuerza de sutilezas y cavilaciones, primero hubiera deseado y luego exigido obstinadamente una visión razonable de la vida de él.
«Sí, ¿por qué, en realidad?», le devolvió la pregunta, pensativa.
De pronto, y con dolor, supo por qué habían pasado tanto tiempo sin verse. Después de aquella Nochevieja, a través del sufrimiento humillante y confuso, habían pedido la palabra con urgencia viejos y venerables conceptos de antaño: dignidad, respeto de sí misma. Quería ponerlo a prueba con su retirada y sus rodeos. Quería obligarlo a declararse, a aclarar su relación, a «hacerla honrada». Si él no venía por sí mismo, sabría que se habían perdido el uno al otro; y se había prometido no dar ni un paso más hacia él por su parte, y lo había cumplido valientemente.
Pero, como todo lo que le había pasado en el último año, tampoco la inesperada solución de esta noche era una verdadera solución: no lo había buscado y, sin embargo, lo había encontrado. Él no había venido y, sin embargo, estaba ahí. ¿Cómo había que interpretar aquello?
Desde luego, él no había superado la prueba. No había venido, no la había buscado, no había indagado su paradero. Y con eso, según lo que ella se había propuesto, todo había terminado.
Pero ahora, cuando se habían vuelto a encontrar por casualidad, era él quien se le acercaba de nuevo, él quien anunciaba un nuevo acto, con el paso acompasado que resonaba como golpes de gong en el adoquinado nocturno. Muy dentro, el susceptible amor propio de Hanna le dijo por qué: sencillamente, él no podía soportar que una mujer le diera la espalda; tenía que ser él quien diera la espalda a una mujer; su susceptible
amor propio no lo soportaba de otro modo; solo por eso volvía hoy a atraerla hacia sí...«La he echado de menos», confesó él. Y en su voz sonaba tanto calor, una exigencia apremiante que reclamaba un derecho, como también ya desconfianza y obstinación, y la disposición a devolver el golpe si ella lo rechazaba.
Ella lo rechazó: «¡Yo a usted no!»... «¡Tenía tanto que hacer!» Le salió orgulloso y provocativo. Era ella la vencedora. Ella llevaba las riendas. Ella rechazaba. Ella provocaba. Ahora él tenía que preguntar: «¿Qué?», puesto que sabía que su trabajo principal, el trabajo para él, llevaba semanas parado.
Él no preguntó, y ella añadió por propia voluntad:
«Para el Partido, para el comité de emigrados, para Alemania...»
Lo último no era verdad. Pero ¿podía él saberlo y comprobarlo? No conocía su trastienda. Ella podía tranquilamente traerse de allí tal o cual lengua de tierra para darse un suelo bajo su mísera soledad.
Una sombra de tristeza le pasó por la cara: ahí estaba otra vez lo desconocido, lo inasible que había detrás de esta mujer y que lo asaltaba, caprichoso, con pasión, con odio, con deseo y con negativa...
Ya estaban cerca de su casa.
«Me gustaría oír hablar de eso», pidió él. «Usted siempre cuenta las cosas de un modo tan interesante. Un burgués como yo no tiene ni idea del mundo en que vive usted... ¿Puedo ir mañana por la tarde a charlar una hora?»
Ya estaba Hanna segura de que ahora él era, sin lugar a dudas, el más débil.
«Mañana, por desgracia, estoy comprometida», dijo con cortesía, y sintió el triunfo de quien ha sido pisoteado mucho tiempo. Ahora, que él insistiera y esperara: cuántas veces había tenido que insistir y esperar ella. Pero él no insistió.
«Lástima», dijo. «¿Vendrá entonces por la noche al periódico, para la compaginación?»
¡Qué pronto se conformaba! Ella había esperado que él insistiera en la visita. Pero a él le bastaba con la compaginación.
«No creo», dijo ella, y ya volvía a subirle la obstinación.
«Bueno, pues entonces nos vemos pasado mañana por la noche en el periódico», decidió él. Ya estaban delante de su puerta. «¡Pero que no vuelva a desaparecer tanto tiempo! ¡Si no, tendré que volver a romperme la cabeza!»
«¿Se ha roto usted la cabeza?», dijo ella, incrédula y contenta.
«¿Cómo no?», contestó él, sinceramente extrañado. «Si se pasa catorce, no, dieciséis días sin venir a la redacción...»
Había contado los días. A Hanna le subió la sangre al corazón. Ya sentía que él volvía a ser, sin lugar a dudas, el más fuerte.
Qué poco se contenta el ser humano. Cuando vacila y duda, desconfía y se atormenta, una palabrita así, tibia y pequeña, le cae en el corazón como lluvia del cielo...
Él tuvo que notarlo. Delante de la puerta le besó la mano, primero por fuera, luego por dentro.
«Entonces, mañana a las tres», dijo, y volvió a tomar posesión como si fuera lo más natural.
Ella se limitó a asentir.
Capítulo 19
Maravillas de la golosina — Uno más que se pone a cubierto — Extraños trasfondos del asunto de la leche — El fin justifica los medios — Mezcla en la carne — Una noticia precipitada — La eterna pieza — Los traidores caen bajo la Feme.
En una callejuela pequeña y oscura detrás del Teatro Nacional, Hanna había descubierto la modesta pastelería cuyos petits-fours superaban con mucho en exquisitez los cien productos distintos de las casas Šterba, Berger o Myšák, famosas con razón desde antiguo. Cositas tiernas, fragantes, diminutas, de avellana, crema de chocolate, pistacho, mezcladas con quién sabe qué hechizo y ligeramente doradas en un horno bajo el cual no apetecía imaginarse, con fría mecánica, gas o carbón tiznado, sino más bien un noble fuego de maderas de países extraños y misteriosos.
Allí había comprado Hanna las pastas para el té cuando esperaba a Anatol, y Anatol había dado pequeñas explicaciones de entendido sobre esas maravillas de la golosina y las había comparado con Baudelaire y Debussy, tomando el té detrás de los visillos de encaje corridos.
Después de mucho tiempo, Hanna volvía a llevar con cuidado, sobre la palma de la mano, un paquetito envuelto en papel de seda, cuando bajó al muelle y cruzó a la isla de Sofía. Mientras estaba allí, soñadora, delante del curioso reloj en el que se podía leer que ahora, a las once, en Moscú ya eran las tres de la tarde —¡y a las tres quería venir Anatol! Pero no en Moscú iban a encontrarse... en Ciudad de México, en cambio, apenas eran las cuatro de la madrugada—, se le acercó una pareja del brazo.
Hanna estrechó la mano primero a Jarmila, luego a Jenda, y se sintió cohibida; no sabía bien si porque se encontraba a Jarmila con Jenda o porque Jarmila y Jenda la sorprendían con un paquetito de las pastas más delicadas destinado a Anatol, que ella pasó haciendo equilibrios a la mano izquierda antes de saludar a sus amigos.
«Sí, hemos vuelto», declaró Jarmila sin rodeos. «Lo de la Vilma, la de Haloh Noviny, que te conté una vez —aquella vez que fuimos juntas al cine, ¿te acuerdas?—, fue un malentendido.»
«¡Y hasta nos casamos!», añadió Jenda, orgulloso.
Eso sí que le dio un poco de pena a Hanna. Como si la valiente Jarmila se pusiera a cubierto en alguna parte; aunque Jenda era un buen chico y un buen camarada...
Jarmila corrigió: eso todavía no era nada seguro; cierto que había cosas a favor: así podrían vivir juntos, la madre de Jenda les llevaría la casa, saldría más barato...
Pero si Ruda vive con Jenda, se le ocurrió a Hanna: el antiguo amante de Jarmila.
«Ruda se muda de todos modos, se va a Bratislava», respondió Jarmila con toda naturalidad a la pregunta muda.
«Vaya noticias», dijo Hanna, e intentó alegrarse.
«Sí, todas las cosas se vuelven muy sencillas cuando uno las mira como es debido», declaró Jarmila. «Mientras estaba una en el Partido, no podía mirar nada como es debido, ni siquiera la relación entre el hombre y la mujer. Unas veces así, otras veces asá: amor libre, tener en orden la vida privada, como sea, da igual... luego otra vez la familia y el dulce hogar... ¡a ver quién se aclara! Siempre están dale que te pego con lo poco que importa la vida privada, ¡y resulta que todos ellos lo tienen todo patas arriba! Desde que estoy fuera es cuando lo he visto todo claro de verdad.»
Aquello sonaba envidiable.
«¡Vaya noticias!», repitió Hanna, y había calor y simpatía y un poco de melancolía en su voz.
«¡Hay noticias mucho mejores!», anunció Jarmila con aire de misterio. «Vente al Slavia, no podemos estar aquí eternamente dando vueltas al quiosco, ya tengo los pies helados... Te cuento... ¡te vas a quedar de piedra!»
Así que fueron al café y se sentaron en la sala del fondo, la más oscura —no, Hanna, junto a la ventana hay mucha corriente; ya tendrás que estar harta de ver el Hradschin, ¡romántica, que eres una romántica!
Mientras Jarmila reñía así, con cariño, a su amiga, Jenda le susurró algo.
«¡Se lo cuento a propósito!», le replicó Jarmila a su novio. «¡Para que se decida de una vez a salirse de ese partido asqueroso! Será una chiflada y una histérica, pero en el fondo es una persona valiente y decente. Vale la pena ganársela.»
Hanna tuvo que reírse al oír a su amiga soltar su juicio con tanta franqueza. Se mostró interesada por lo que Jarmila quería contar y Jenda, por lo visto, no quería revelar. Cuando lo supo, poco después, se quedó, eso sí, muy consternada.
«¿Te acuerdas todavía del asunto de la leche?», preguntó Jarmila a modo de introducción. Claro que se acordaba Hanna. La evolución del asunto de la leche había acompañado su propia evolución durante medio año entero. Recordaba todavía con exactitud los detalles, porque estaban ligados a muchas etapas de dudas sobre los motivos de su postura favorable a la Svoboda (que entonces, con objetividad democrática y progresista, había defendido la parte del consorcio Melka), y recordaba aún lo enredado que había estado todo: doctrina, sentido común, un interés naciente por Anatol, escrúpulos de conciencia revolucionarios y malestar estético, esto último ante las huecas tiradas con que los periódicos del Partido habían defendido la causa de la cooperativa «Svoboda». ¡Claro que se acordaba Hanna del asunto de la leche!
Pues bien, Jarmila y Jenda sabían de fuente intachable cuál había sido entonces el motivo profundo de toda la campaña.
Un miembro del Comité Central había comprado, por medio de un testaferro, la finca lechera más grande y mejor equipada de Bohemia con dinero recaudado para el Socorro Rojo, para el fondo de parados y otros fines loables por el estilo. Cuando luego los grandes productores se unieron en la Melka, él había
visto llegar el momento de dar un golpe de pesca de primera: si él, o mejor dicho su hombre de paja, se quedaba del lado de la Melka, entonces —en caso de que la Melka obtuviera el monopolio— su beneficio no era más que una parte del beneficio general. Pero si se pasaba al otro bando, o más bien si creaba con miles de pequeños comerciantes y campesinos minifundistas económicamente impotentes un bando que también aspirara a los suministros del Estado, entonces, en caso de victoria, podía embolsarse los beneficios del monopolio prácticamente él solo. Porque la «Sección de Productos Lácteos», que había creado *ad hoc* y adscrito a la cooperativa «Svoboda», era en sus manos un tropel de satélites sin consejo ni recursos. Tenía además a toda la prensa del Partido gratis a su disposición para la propaganda, mientras que la Melka tenía que pagar enormes sobornos a los periódicos burgueses, repartidos en muchas tendencias. Tenía al grupo comunista del Senado, al grupo parlamentario comunista; tenía la Dirección de Sanidad, cuyo ministro socialdemócrata era un adversario honrado de los cárteles del gran capital; y tenía, no en último lugar, a los miles de dueños de una sola vaca que temblaban por sus céntimos y con los que, si hacía falta, se podían montar eficaces manifestaciones callejeras a lo *Ópera de cuatro cuartos*. Si la cosa salía mal, es decir, si la Melka ganaba el monopolio, nada se oponía a su ingreso posterior en ese poderoso consorcio. Pero si ganaba la cooperativa «Svoboda», entonces él era de antemano su miembro más poderoso y su director indicado.Todo aquello ni siquiera era una simple bellaquería. Se había planeado y llevado a cabo sencillamente según la tesis del Partido: «¡El fin justifica los medios!», y después de que, mediante el soborno de funcionarios, el chantaje y la amenaza, así como mediante oscuros chanchullos políticos, la cooperativa «Svoboda» se hubo asegurado por fin el monopolio, el «Basil Zaharoff rojo»61 —como lo llamaban los iniciados— había entregado enseguida sendas sumas importantes al Socorro Rojo y al fondo de parados. Al mismo tiempo, eso sí, había puesto a la gente menuda, en cuyo nombre y para cuyo aparente provecho se había llevado la campaña, en tal aprieto con rebajas de precios que ahora, en la práctica, no eran más que sus peones y los proveedores de su lechería modelo. El gran chanchullero —no se dijo su nombre— había llegado, por cierto, a senador hacía poco, en una elección parcial.
Hanna estaba excitadísima: ¿cómo?, ¿qué? Se hizo contar todos los detalles que los dos camaradas sabían.
«¡Y a un partido así perteneces tú!», concluyeron triunfantes. Porque no se podía negar que el «Zaharoff rojo» no habría podido llevar a cabo sus chanchullos sin el conocimiento, y quizá la colaboración, de la gente más influyente del Partido. Todos estaban metidos en ello; también Ladislav, el editorialista, no estaba ciego, naturalmente, y no se había dejado enganchar al carro sin cobrar una prima. Y por él, al que ahora el Partido había arrinconado y puesto en evidencia tan ignominiosamente, por él —eso dieron a entender— sabían toda la historia.
«¿Y lo sacará en la prensa?», preguntó Hanna sin aliento.
«¡Pero qué dices!», se indignaron los dos camaradas; el Partido será una porquería y sus jefes unos cerdos o unos porqueros, pero no se le entrega a la chusma burguesa, aunque lo hayan tratado a uno tan vilmente como a Láďa. Además... simples rumores no valen nada en esto, uno tiene que dar la cara, es un negocio sucio y, no en último lugar, peligroso: el brazo de la GPU llega lejos... ¡Los traidores caen bajo la Feme!
Hanna tuvo que reconocerlo. Pero se fue a casa muy confusa, y todavía estaba pensando en el caso cuando, puntual, a las tres, Anatol llamó a su puerta.
Le había traído un ramo de violetas. Conmovida, Hanna hundió la cara en aquel violeta oscuro y fragante.
«¡Cómo huelen!», dijo sorprendida. «¡Ahora, en febrero! ¡Qué detalle por tu parte!»
Fue ella la que había vuelto a tutearlo. Se dio cuenta en el acto. Y Anatol se dio cuenta de que ella tenía otra habitación, peor, y se lo reprochó con palabras delicadas. ¿Es que no tenía confianza en él? Por encima de todos los pequeños malentendidos, él seguía siendo su amigo fiel.
Un pequeño malentendido, lo de la Vilma de Haló Noviny, había dicho Jarmila. Y que todo se volvía más sencillo en cuanto uno se quitaba de encima la maquinaria infernal del Partido...
Quizá la pálida de entonces fuera de verdad su hermana, consideró Hanna con dudas. Quién sabe... Con lo confusa que estaba yo entonces. Los celosos siempre se agarran a quimeras. Uno busca razones sensatas para su dolor insensato. Uno lo quiere, al dolor insensato, lo alimenta, lo cuida. Por odio a sí mismo y por miedo se entrega uno al dolor. Cuando todo sería tan sencillo.
«¡Tómatelo un poco más a la ligera!», le había escrito Karl en su última carta. Y había defendido a Anatol contra ella. Karl había defendido a su amante contra ella.
En verdad, ella había sido muy injusta con él, tenía mucho que hacerse perdonar —no sabía bien por quién: por Karl o por Anatol, o por los dos—, cuando bajó las cortinas raídas.
Y cuando se fundieron el uno en el otro, eran Anatol y Karl a la vez los que ella tenía abrazados. Desde la coronilla le bajó como un reguero por la médula, el cuello, el pecho; a lo largo de las caderas bramó, creció, alto y jubiloso, en lo más hondo del regazo, y fue apagándose despacio en las rodillas... Respirando hondo, se acurrucó en la axila del hombre; estaba oscuro, había una tormenta de nieve en el cielo, que brillaba turbio desde el patio a través de las cortinas.
Confianza del cuerpo tras la comunión consumada, misterio del matrimonio... Karl, qué bien se está en tus brazos; olvidada estaba la amargura insatisfecha del «pequeño placer», el mezquino, soltado solo con avaricia, por egoísmo, y presente estaba la gran alegría, honda y misteriosa, de la fusión, cuando el yo de la mujer se ahoga en el tú del hombre; matrimonio, pareja eterna, Karl, a tu lado descanso y no hay yo ni hay tú.....
«¿No querías contarme algo?», le recordó el hombre, y le acarició con ternura el brazo desnudo. Entonces ella sintió que era Anatol y se asustó. Los dos hombres se habían mezclado en su carne; los había engañado a los dos.
Y se miró y se dio cuenta de que estaban desnudos. Rápidamente echó mano de su bata, de una manta, y se cubrió y cubrió al hombre.
Preparó té en su hornillo de alcohol, trajo las tazas y la teterita que quería desde la primera visita de Anatol, y puso al lado el plato con las pastas delicadas. Pero si a Karl le gusta más el pastel de ciruelas, pensó confusa.
«Querías contarme algo», repitió Anatol, y buscó un cigarrillo en la chaqueta, que colgaba sobre la silla. La miró interrogante y lleno de una dolorosa melancolía. ¿Habría notado que, en vez de a él, ella había abrazado a su marido?
Deseaba con urgencia disipar la sospecha de su mirada. Y con más urgencia aún deseaba quitarse de encima la carga terrible, el pecado original que de pronto parecía venírsele encima. Si le hablaba como a su marido, llena de confianza, sin segundas intenciones, quizá, ay, cerraría el paso a la vergüenza; quizá elevaría esa relación lamentable con su compañero de cama ocasional a una verdadera intimidad entre personas; quizá se justificaría así ante su amante, del que, lo sentía oscuramente, había abusado cada vez que se había dejado usar por él; quizá podría por fin reunir en un plano más alto su amor por Karl y su amor por Anatol, sin miedo a que los dos se encontraran en el mundo y en su carne...
Todo esto lo sentía oscuramente; no llegaba a ser pensamiento. Pero corría por la fiebre de sus palabras, con las que ahora intentaba romper el hechizo. Contó.
Contó lo que aquel mismo día había sabido por los camaradas, lo contó temblando, excitada, con todo detalle; dirigió toda su atención y todos sus pensamientos hacia ello, como si la culpa de los otros —una culpa de muy distinta clase— tuviera que ofrecerle justificación para la culpa propia; así puso en evidencia al hombre desconocido, al que ni siquiera conocía de cara; entregó al Partido, al que había dedicado los años de su mejor vida, que se le había metido en la carne como el aguijón del placer, al que había guardado con celos, ese sentimiento que acompaña la manía burguesa de la propiedad; ahora lo entregaba: Hanna, Hanna Last, has caído en la deshonra.
El hombre escuchaba asombrado, intercalaba preguntas para animarla, y mientras se vestía le sacó todo lo que se había ido acumulando en ella durante meses. Luego encendió la luz.
«Vaya historia más increíble», dijo. «¡Muy interesante! Bueno, ya ves lo que siempre te he dicho: la política es un negocio sucio. Sobre todo para las mujeres.»
Ante esta observación banal despertó de golpe, como de un sueño atroz. Un espanto le recorrió los miembros. ¿Qué había hecho? Pero si era un hombre extraño, un hombre extraño, un hombre extraño.
De nervios y de confusión se echó a llorar.
«Anatol... ¡júrame que lo vas a olvidar ahora mismo! ¡Era una fantasía mía! ¡No es verdad! ¡A veces tengo fantasías así de grotescas! Tengo algo de sádica, Dios mío, Anatol, júrame que me crees, ¡que nada de eso es verdad!»
El hombre la miró con un asombro curioso.
«¡Pero no te pongas así, niña!», dijo. «No me lo he tomado tan en serio. Es más bien una historia divertida.»
Hanna sentía unas náuseas de muerte. Sacó del armario una botella de coñac, se bebió un vaso de un trago y luego le ofreció uno a Anatol. Él dijo que no, gracias. Lo vio en el restaurante del bosque de Štěchovice pagándole al camarero cinco cervezas y dos slivovices, y sintió horror. Allí había ocurrido el asesinato de Formis. Los traidores caen bajo la Feme.
Cuando él se fue, le hizo prometer una vez más que nada de aquello se habría dicho.
* * *
En otros meses mejores, después de las visitas de Anatol por la tarde, iba sin falta por la noche a la Svoboda. A buscar la confirmación de que él seguía allí, en su sitio de siempre, de que todo aquello no había sido un sueño; a saludarlo en silencio con los ojos, agradecida y dolorida a la vez. Y siempre le había parecido que solo entonces llegaba de verdad hasta él, de vuelta a casa desde tierra extraña.
Ese consuelo le estaba vedado hoy. Demasiado, demasiado había pasado. Tenía que irse. Irse... ¿adónde? Ay, a la calle, nada más, a andar, a correr; ya era de noche, los días eran todavía cortos.
Corrió hasta el arrabal, huyendo de sus propios pensamientos, y cuando ya apenas podía andar se metió en el primer cine que encontró. Aquí no eran grandes y fastuosos como en la plaza de Wenceslao: los asientos de madera crujían con estrépito cuando la gente entraba y salía, el proyector era malo, la pantalla parpadeaba; luego apareció una película en la que la gente andaba cabeza abajo, el público pateó y silbó como loco hasta que volvieron a darle la vuelta a la imagen; olía a queso de burra eslovaco y a cerveza. Junto a la pierna de Hanna pasó rozándola un gran gato gris, y bufó con rabia porque en la oscuridad ella le había pisado la cola.
Pero era una liberación estar sentada allí, en la oscuridad, entre gente extraña que no la conocía a una, que no preguntaba, que no sabía nada ni quería saber nada. Hanna se acurrucó en su incómodo asiento, y su respiración empezó a ir más tranquila. Apenas miraba cómo, en la imagen en movimiento, la gente se besaba, se peleaba, se separaba y luego volvía a besarse y a pelearse sin motivo visible. Recordó con melancolía cómo hacía veinte años, en los tiempos benditos de las películas de detectives de Arsène Lupin y Stuart Webbs, completamente mudas, pero qué emocionantes, le había preguntado a su padre: ¿Por qué esto? ¿Y por qué aquello? Y el padre había contestado secamente: ¡Para que la pieza dure hasta el final de la función!
Cuánto conocimiento de la vida había tenido el padre... Sí, ese era sin duda el sentido último de tanto andar y correr, de tantos abrazos, separaciones, despedidas, del volver a encontrarse y separarse de nuevo, de toda la confusión que uno no entendía: que durara lo bastante, que la pantalla vacía de la vida siguiera movida y llena hasta el final....
Pero ahora sí miró, porque en la imagen desfilaban ahora filas interminables de soldados, luego venían muchachas en ropa de deporte con caras desafiantes de felicidad, luego tanques y cañones en estricto orden militar, y otra vez soldados que llevaban en la gorra la estrella soviética de cinco puntas. Un altavoz graznaba con voz hueca que aquel era el magnífico desfile que los muy estimables aliados del Este habían celebrado en su fiesta nacional —«revolución» no lo decía, no fuera que a los oyentes de allí, en el barrio proletario, se les ocurrieran malas ideas—, en fin, para celebrar su nuevo Estado. Octubre Rojo en Moscú... y ahora era febrero. El mensaje del Este había llegado al arrabal con un retraso terrible. El cine de Žižkov62 ponía noticiarios que miraban atrás, a semanas pasadas hacía mucho; las semanas viejas son más baratas, solo lo nuevo es caro.
Luego se vio al nuevo rey de Inglaterra, también este un señor importante; bastante había tenido que esperar a que el
viejo se muriera; eso había sido hacía un año. Liftschitz se lo había contado en su primera visita a la sala de composición, y el pánico que se armó entonces porque el viejo rey de Inglaterra había tenido que morirse precisamente poco antes del cierre de la edición. El joven parecía desvalido y simpático. Reina no tenía; bueno, ya aparecerá alguna que lo quiera; ahora vuelven a salir soldados, soldados alemanes, y tanques alemanes, y luego columnas de trabajadores alemanes que desecan las turberas con limpieza y orden: son los de los campos de concentración, pero el altavoz no lo dijo.En todas partes está el mundo amenazador, Este, Oeste, en el medio; no hay escapatoria, pero del cine sí se puede salir cuando a uno se le ocurren demasiadas cosas, y Hanna salió mientras en la pantalla la pieza volvía a empezar con besos y peleas y despedidas y besos, la eterna pieza.
Fue andando por las calles. Era viernes por la noche, día de paga, las tabernas estaban llenas, ya se veían hombres borrachos. Las mujeres llevaban bolsas de la compra llenas, de hule negro gastado, y se envolvían la cabeza y los hombros en chales de punto de chenilla que brillaban aterciopelados a la luz de las farolas.
Cuando dejó atrás el viaducto de Žižkov, el proletariado pareció quedarse de pronto cortado al otro lado. Ya no se veían gorras de obrero; las mujeres eran señoras y llevaban sombreritos atrevidos, algunas incluso ya de paja primaveral, pero la cara, debajo, seguía guardada en el cuello de piel: era de noche y hacía frío, febrero.
¿Adónde? Otra vez al cine... Bueno, sí, solo sentarse y adormilarse. El cine es grande y elegante, las lamparitas rojas delante de los palcos adornadas con angelotes de cobre; pero en la pantalla se ve un sótano en el que, a derecha e izquierda, unos mozos con ropa medio militar forman un pasillo, y un hombre lo atraviesa tambaleándose. ¿Otra vez nazis? No, son guerrilleros irlandeses, según se ve, una organización secreta63. Uno los ha traicionado, todavía no saben cuál; ahora hay tribunal de la Feme, se interroga a los testigos, pero no dan con el culpable. El que los ha traicionado —es, naturalmente, uno de los suyos, y encima el amigo del jefe— anda mientras tanto por las calles de noche, acosado por la conciencia, y despilfarra el precio de Judas con mendigos y putas. Pronto caerá, lo siente, lo sabe, no hay escapatoria, los traidores caen bajo la Feme; lo negro se ha abierto, solo puede durar unas horas más; beber, beber, emborracharse, más, ¡vino aquí, cerveza aquí, champán aquí, aguardiente aquí, aguardiente, aguardiente, aguardiente!....
Hanna no esperó a que la noche que siguió a la traición clareara en el alba. No, no hay escapatoria. Huya uno adonde huya, allí está su propio destino y le hace muecas. Salió tambaleándose, como por entre una doble fila de miradas silenciosas, hostiles, que adivinaban.
Entró en la pequeña taberna de vinos de al lado, donde a veces había estado sentada con Anatol, y pidió vino.
Quizá vuelva ahora la ligereza. La ligereza clara, despreocupada, natural, como al principio, cuando a veces se sentaba aquí con Anatol. Hace mucho de eso. La ligereza seguía estando en alguna parte, en el aire, inasible, invisible, indemostrable; podía volver; ayer a esta hora había vuelto, después de largas semanas llenas de tristeza y pesadumbre, de pronto se había podido volar otra vez, se volaba, se volaba, el hombre la sostenía a una con delicadeza por el codo en los cruces para que no se cayera y se rompiera.
Pero el hombre se había ido.
Hacía unas horas todavía lo había tenido en sus brazos.... pero no había sido él, había sido el otro, el de la cabeza rapada, con traje gris de presidiario. Está a solo unas horas de distancia de ella; espera a que llegue octubre. No Octubre Rojo. Octubre nada más.
¡Otro vaso, camarero! ¡Otro vaso! Tráigame ya media botella. Y un coñac.
Le entró calor. No tenía nada en el estómago, no estaba acostumbrada al alcohol. Le entró tanto calor, se sintió tan cansada. Irse a dormir, sintió.
La cuenta sumaba casi exactamente lo que le quedaba. La última calderilla se la llevó el taxista.
Cayó en la cama como un plomo y ya estaba dormida antes de haber podido siquiera apagar la luz.
Capítulo 20
Habría que poner orden — Recuerdos amargos — La escritora a tanto la línea hace cuentas — Un titular sensacional — El jefe está de viaje — La conciencia arría las velas.
Se despertó tarde y con la cabeza embotada. Se hizo un café solo y encontró en el armario unos biscotes.
Tengo que ordenar el armario, pensó. Mañana ordenaré el armario. No, ahora mismo. Quién sabe qué pasará mañana.
¡Mañana es domingo! Anatol se irá a Brno. Yo iré por la noche a Karolinenthal. No, a Karolinenthal tampoco puedo ir ya. A la redacción... no, la redacción está cerrada; en el pasillo está oscuro los domingos, ni siquiera se encuentra el interruptor de la luz cuando uno quiere ir a buscar un diccionario. Tendría que trabajar. Tengo que ganar dinero. No tengo dinero.
Rebuscó indecisa en los cajones. Le vino a la mano el sobre que el doctor Kunze le había dado a guardar. Pero si él también quería volver, se le ocurrió. El congreso de médicos fue hace ya quince días. No puedo guardar el dinero aquí tanto tiempo. Todavía va a desaparecer. Al final voy a echarle mano otra vez. No quiero tener el dinero aquí. Tengo que depositarlo en un banco. Mañana. Ay, mañana es domingo. Pasado mañana, entonces.
Su mirada cayó sobre el vestido de terciopelo marrón de Rosita, que asomaba por debajo del impermeable. El día de Año Nuevo había querido devolverlo, aquella vez que se había encontrado tan mal, cuando había creído que estaba embarazada. Sonrió cansada. «Esos son ahora pensamientos vanos», canturreó con la boca cerrada: las Kindertotenlieder de Mahler. Su mano resbaló despacio por el terciopelo brillante; el jirón de melodía se quedó colgando en el aire. Por qué tengo todavía aquí este vestido, pensó vagamente. Mañana lo devuelvo. No, mañana es domingo. Pasado mañana, entonces.
Heini y Rosita no están en Praga. Salen todos los domingos al campo; a esquiar, ahora, seguramente. Nunca la habían invitado a ir con ellos. ¡Con qué gusto habría vuelto a esquiar! Desde Alemania no había vuelto a pisar la nieve. Y tampoco en verano la habían invitado los hermanos nunca a una excursión de domingo. Todos los domingos salían Heini y Rosita, a Karlsbad, al Sázava, a la Selva de Bohemia. Nunca la habían invitado a ir con ellos.
Más de un año, casi año y medio vivía ya en la misma ciudad que ellos, y no había visto a su hermano en ninguna otra parte que en su casa suntuosa, los jueves a la hora de comer. Nunca la había invitado a dar un paseo juntos, a una excursión, al teatro. Nunca había ido a verla. Dos o tres veces le había mandado por el criado elegante un paquete de comida, y Hanna había regalado a los emigrados las sardinas, que a ella no le gustaban.
Qué de cosas se han vuelto a amontonar aquí, pensó Hanna malhumorada, y movió de un lado a otro, sin saber qué hacer, los periódicos, revistas y folletos. Tenía tan poca ropa blanca y tan pocas medias que no se podía esconder nada entre ellas. Antes llevaba los folletos a casa de Anatol. «¡Exageras!», había dicho él a la ligera; «¿Quién va a ir a registrar tu casa?» Y entonces ella había hecho pedacitos la Imprekorr y la había tirado desde el puente al Moldava de noche....
Ahora había aquí escritos trotskistas, traídos por Luise; escritos de la oposición de Lysák, traídos por Jarmila; el semanario que publicaba Jenda.
Jenda y Jarmila quieren casarse. Todo el mundo se pone a cubierto en alguna parte. Se cansa una tanto de estar sola.
Tengo que sacar de aquí estos escritos, pensó. Mañana. Ay, mañana es domingo. Pasado mañana, entonces.
Cerró el armario con llave y se arregló para salir. Mañana es domingo. La caja de la Svoboda solo abre hoy hasta la una. Y Hanna no tiene dinero; tiene que ir a buscar dinero, tiene que hacerle firmar al jefe su factura por las noticias que ha traducido: la de la mujer, Theresa Vaughn de nombre, de Sheffield, en Inglaterra, que se ha divorciado sesenta y dos veces en cinco años, y la de que el trabajador intelectual es en realidad un trabajador físico, porque por cada hora de lectura realiza más de cien mil contracciones musculares; claro que él no lo sabe y se tiene por un trabajador intelectual... Quién sabe lo que es uno.
* * *
Hanna entró en la gran sala central; el fotógrafo Viták jugaba al ajedrez con un visitante, el archivero Klaus pegaba recortes, los ordenanzas descolgaban periódicos de los ganchos y bajaban infolios de las estanterías; ante la máquina de escribir que Hanna solía usar estaba sentada una muchacha desconocida, de pelo revuelto, que mientras tecleaba sostenía en el regazo un perrito horroroso que ladraba con chillidos agudos.
Hanna repasó la Svoboda de la semana anterior, contó las líneas de «Curiosidades del mundo entero» y apuntó el número de líneas junto a los títulos cómicos que Karlíček solía poner a sus colaboraciones.
«Cama de matrimonio separada», leyó distraída. Ah, era la historia del matrimonio que había querido tener a la vez un dormitorio común y dos separados, para estar juntos o solos según la necesidad. Así que habían colocado sus camas a derecha e izquierda de una pared y habían mandado abrir, a lo largo de la cama, un hueco en la pared que separaba sus dormitorios, y el hueco se podía cerrar con una persiana enrollable, como la puerta de una tienda: si querían dormir juntos, subían de golpe la persiana y estaban en la cama de matrimonio. Si querían dormir solos, bajaban la persiana. Pero una vez la persiana se les había caído encima justo cuando iban a juntarse, y le había destrozado el brazo a la mujer. Habían querido dormir a la vez separados y juntos; americanos locos, eso no existe.
Hanna sumó las líneas y multiplicó por treinta. Treinta céntimos pagaban por línea. Treinta monedas de plata.
Salieron setenta y dos coronas con noventa céntimos. Poco. Tengo que trabajar más. Cómo se puede vivir con trescientas coronas al mes. Se le ocurrió que, según una estadística reciente, trescientas coronas era el salario mensual medio de un obrero normal. Y de eso vive toda la familia; espantoso, solo imaginárselo. Pero tengo que trabajar más. Por la tarde tengo la clase de español. A ver si el hombre me da un anticipo sobre los honorarios del mes.
Cuando iba a salir para que le firmaran la factura, pensó en Anatol. Las últimas semanas siempre había firmado Karlíček, que tenía poderes para importes tan pequeños. ¿Debía entrar hoy a ver a Anatol? ¿Qué había pasado en realidad ayer? Ya no estaban «enfadados», puesto que se habían acostado juntos. Juntos y separados, pensó, como los americanos de la cama cómica con la persiana. ¿Qué había ocurrido en realidad? Todavía tenía la cabeza embotada.
No sé qué pasa, pensó, y cuando miró a su alrededor con ojos vacíos —periódicos por todas partes, periódicos— se le ocurrió que ni siquiera había leído todavía el periódico.
Cogió una Svoboda, se sentó en la mesa, encendió un cigarrillo.
«Escandalosos manejos entre bastidores del Partido Comunista», leyó en letras de cuatro cíceros en la segunda página, y el cigarrillo se le cayó al suelo. «El Zaharoff rojo — Ordeñadoras proletarias modelo — Senadores sobornados — La cooperativa “Svoboda”, un consorcio fraudulento en el aire», leyó, y el texto de los subtítulos se le desdibujó ante los ojos. Se bajó de la mesa y leyó de pie, en el pasillo, las dos columnas de texto. Una señora desconocida que subía de la calle (la gente siempre cree que aquí se ponen los anuncios, pensó Hanna maquinalmente) miró asombrada a la mujer alta y flaca del flequillo rubio y los ojos de brillo oscuro, rodeados de muchas arruguitas diminutas. Hanna temblaba con tal violencia que el periódico crujía en sus manos.
«¿Una defunción, quizá?», preguntó compasiva la señora desconocida, y al pasar le puso levemente la mano en el hombro. Hanna se apartó el pelo de la frente y parpadeó.
«Sí, una defunción», dijo con voz apagada.
Allí estaba. Todo lo que Jarmila y Jenda le habían contado ayer por la mañana. Todo lo que ella le había contado ayer por la tarde a Anatol.
No había perdido el tiempo. De su cama debía de haber corrido directamente a la Svoboda para redactar el texto mortal. A los cajistas no les gusta que les traigan material nuevo en el último momento, antes de la compaginación. Vokáček, de todos modos, siempre llega tan tarde del Parlamento.
La gente que iba y venía le echaba a Hanna miradas extrañas. Aquí no puedo quedarme, sintió.
Fue a lo largo de los cristales esmerilados hasta el despacho del jefe. Arrastraba los pies por el suelo. Apretó el botón del picaporte con truco, pero la puerta no cedió. Estaba cerrada con llave. El jefe no estaba.
Hanna siguió adelante, a hurtadillas, hasta el despacho de Karlíček. En la butaca delante de su escritorio estaba sentada la muchacha de antes, con el perro repugnante en el regazo. En el sofá del rincón estaba tumbado un jovencito de aspecto homosexual, con corbata amarilla, que se limaba las uñas elegantes. Karlíček clasificaba el correo y echaba a la papelera, a su izquierda, grandes montones de cartas y manuscritos. (La gente nunca adjunta el franqueo de vuelta; ya deberían saberlo, sale todos los días en el periódico, pensó Hanna maquinalmente.)
«Mi novia», dijo Karlíček levantando la vista un momento, y señaló a la muchacha, que daba caramelos a su chucho. «¿Qué te pasa, te duele la cabeza?», le dijo a Hanna, y la miró con aire de saberlo todo desde sus ojillos listos y soñolientos.
«¿Dónde está el jefe?», preguntó Hanna sin hacer caso de los demás. «Su despacho está cerrado con llave.»
«¿El jefe?», repreguntó Karlíček, alargando mucho la e. «El jeeefe se fue ayer por la noche a Brno. No vuelve hasta pasado mañana.»
¡Cobarde! ¡Asesino! ¡Canalla!, gritó algo dentro de Hanna. Se clavó las uñas en las palmas de las manos.
«¿Necesitas dinero? Te lo puedo firmar yo», observó Karlíček, y la miró con curiosidad.
Pero ella ya estaba en la alfombra.
Capítulo 21
La bomba ha estallado — Fundadamente sospechosa — Un domingo negro — Visita oficial a hora temprana — El doctor Kunze no volverá — Añicos de la patria.
¿Cómo han pasado, en realidad, estos dos días?, cavilaba Hanna mientras volvía a estirar la sábana sobre su diván y sacudía la almohada, cuyas plumas malas se habían apelmazado en pequeños grumos de tanto dar vueltas sin descanso. ¿Cómo han pasado, en realidad, estos dos días? Uno había creído que no pasarían nunca.
Apagó la luz y volvió a acostarse.
Había andado por las calles, desorientada y confusa. Había ido corriendo a casa de Jarmila; Jarmila no estaba. Había ido corriendo a casa de Luise; tampoco Luise estaba. Todo el mundo se ha ido, es domingo. Había andado por las calles, entre gente desconocida y nada más que desconocida, a lo largo de los muelles, había vuelto por los puentes, por el puente Štefánik hasta la casa de sus padres; ay, ya no vive nadie en ella. A la estación a la que, un día de octubre —¿cuánto hace de eso? ¿Veinte años?—, había llegado a Praga sin nada más que una mochila a la espalda. Pero en domingo no se puede ver a nadie.
También entonces había sido domingo. Domingo, domingo, día maldito, deberían borrarte para siempre de todos los calendarios; los rusos lo habían intentado, no lo habían conseguido, y eso que eran ciento sesenta millones. ¿Cómo iba a poder uno solo contra el fantasma del domingo? Así había andado errante, confusa y llena de miedo.
Todavía el sábado se había comprado todos los grandes periódicos: no, la Svoboda era el único periódico que traía la noticia sobre el asunto de la leche. Pero aun sin esa prueba indiciaria, para Hanna no había duda de que solo por ella, por su traición y por la traición de Anatol que esta había desencadenado, había estallado la bomba.
Porque era una bomba; eso se había visto a la mañana siguiente, cuando todos los periódicos burgueses sacaron el caso a bombo y platillo.
Hanna se revolvía en la cama; la sábana se había vuelto a descolocar del todo, las plumas malas de la almohada empezaban otra vez a apelmazarse en grumos molestos. Volvió a encender la luz y cogió por décima vez los periódicos del domingo.
En [¿Vlajka?] había incluso una caricatura: un señor con levita y gafas de concha, sentado con las piernas abiertas en un taburete, ordeñaba de la ubre de un animal indefinible unas cositas redondas que por lo visto querían representar monedas, y en el taburete se leía: «Grupo senatorial del KPČ». ¡Si al menos hubiera sido una vaca! Pero el periódico fascista informaba, «de fuente bien informada», de que aquella mantequilla que la sección de productos lácteos de la cooperativa de consumo y producción «Svoboda» echaba al mercado por toneladas y a unos precios tan edificantemente bajos que las empresas de la Melka ya no podían competir de verdad, aquella mantequilla estaba hecha con leche de cabra, y de ahí se explicaba, «según el dictamen de nuestros mejores bacteriólogos» —¿dónde habrían ido a encontrarlos la noche del sábado al domingo?—, la aparición, hasta entonces inexplicable, de una enfermedad nueva y traicionera, que se extendía cada vez más y se llamaba fiebre de Malta. Envenenadores de la salud pública, escribía el periódico fascista; eso era lo menos que la gente decente tenía que decir al respecto....
Los demás periódicos burgueses eran menos rastreros, pero ninguno había dejado escapar la ocasión de arremeter contra el Partido. Las distinguidas Lidové Noviny, cuyo redactor jefe había estado poco antes en Rusia con una delegación de periodistas y había publicado luego cultos artículos elogiosos sobre lo que allí ocurría, llegaron incluso a recomendar al Comité Central de Moscú que tuviera a bien poner un poco más a fondo orden en el partido checo....
Sí, todos se echaban como una jauría sobre el Partido, y ella, Hanna Last, tenía la culpa de todo, lo tenía sobre su conciencia.
En el órgano del Partido ya había una réplica. Solo se refería a la Svoboda, porque solo en la Svoboda había salido ya el sábado algo del asunto, y el artículo de desmentido había tenido que entrar en máquinas, naturalmente, ya el sábado, puesto que se leía el domingo temprano, entre torneos de hockey sobre hielo y esquelas.
Lo único que había de verdad en todas aquellas sucias calumnias, escribía el órgano del Partido, era el hecho —groseramente y pérfidamente falseado, eso sí, en el reportaje— de que la cooperativa «Svoboda» se había hecho cargo de una finca lechera bastante grande y equipada con medios modernos, que a consecuencia de un pleito entre herederos se había puesto en venta en las condiciones más favorables. La cooperativa «Svoboda», simplemente, no había pagado sueldos gigantescos y desvergonzados ni gastado dinero en corromper a la prensa y a los funcionarios, como «otros grupos», y por eso había podido acumular, en el poco tiempo que llevaba existiendo, tanto capital como para hacer esa compra sin cargar la explotación corriente y mirando solo por el provecho de los consumidores. Todo lo demás era fantasía sanguinaria de folletín, inspirada por los fascistas que movían los hilos del vencido consorcio Melka. ¡El periódico liberal Svoboda, desde luego, no tenía motivo para tirar piedras teniendo el tejado de vidrio, desde que había aceptado de la Melka los grandes sobornos! Pero que fuera precisamente la Svoboda la que había publicado las revelaciones, eso tenía además un motivo especial, proseguía, con el índice levantado, el autor anónimo del Rudé Právo: eso tenía otro motivo, y había que comunicarlo aquí de una vez por todas, como advertencia pública al público confiado y leal: en la Svoboda trabajaba desde hacía un año una alemana del Reich, emigrada, llamada Hanna L., que se había introducido en el periódico por medio del antiguo camarada Václav Rýma, desenmascarado ya el año anterior como fascista. Mantenía, como todo el mundo sabía, también en privado relaciones íntimas con la redacción, y tenía además lazos de parentesco con la alta finanza de Praga, en la persona del conocido banquero usurero Heinrich A. Durante un tiempo se había hecho pasar por camarada, había tenido trato amistoso con elementos ultraizquierdistas y sospechosos, desenmascarados y expulsados hacía mucho por el Partido, y no podía caber ninguna duda de que estaba metida en la infame campaña de calumnias, quizá —esto solo se insinuaba vagamente— incluso por encargo de una gran potencia extranjera que quería comprometer de ese modo tan vil, aunque por supuesto ineficaz, al movimiento obrero checo: no en vano se había podido observar a menudo a la citada Hanna L. en cafés de Praga en compañía de personas de color político dudoso....
¡A cuántos metían en el asunto los del Rudé Právo! A Luise y a Jarmila; a su hermano; a toda la redacción de la Svoboda, a la que se acusaba de tener relaciones íntimas con una alemana del Reich muy sospechosa: a Anatol. Anatol. Él había escupido su veneno y se había ido a Brno con toda la sangre fría. Ahora el veneno le salpicaba a él.
Hanna sintió una alegría dolorosa, punzante, de que Anatol y toda la Svoboda estuvieran enredados en aquello.
Pero entonces ya no podré volver a la Svoboda, se le ocurrió. Nadie me saludará... Por mi culpa se han visto todos metidos en este escándalo. A lo mejor todavía tienen que pagar una multa por haberme dado trabajo sin permiso... No, no puedo volver a la Svoboda.
Una vez más, pensó, mañana. Ajustar cuentas con Anatol. No sentía nada por él, solo asco y una decepción sin límites. Ajustar cuentas con Anatol. Y luego irse. Mañana.
Miró el reloj: eran las tres de la madrugada. Si ya es hoy, pensó. Gritarle todo a Anatol a la cara. Hoy. Y luego irse.
Irse... ¿adónde? No tenía dinero. Pero si el sábado quería ir a cobrar a la caja, pensó: setenta y dos coronas con noventa, el último dinero. Mañana tengo que ir a cobrarlo, pensó. No, hoy. Si ya es hoy. Y luego irse.
Pensó en su marido, que en el presidio de Waldheim, a solo unas horas de ella, pasaba el tiempo con valor y sabiduría hasta la libertad. Hasta octubre todavía. No Octubre Rojo. Octubre nada más. Pensó en su marido con una nostalgia desesperada, impotente. Él, él habría sabido qué hacer. Pero reprimió esos pensamientos. A Karl no debían llegarle toda esta vileza, esta miseria; era demasiado puro. Cuando en abril del 34 desapareció tras los muros, se había llevado a la celda una imagen pura de su mujer, una imagen pura de su partido.
¿Habría cambiado esa imagen? ¿Había podido cambiar, si él estaba tras los muros, si no se enteraba de cómo el mundo se había desmoronado desde entonces, si no sabía nada de los pequeños acontecimientos confusos, incomprensibles, de los que está hecho el mundo? Su vida corre monótona, lo mismo los días de labor que los domingos; no, Karl no podría entender esto. Menos mal que estaba lejos, inalcanzable; ella ya no habría tenido valor ni para echarse llorando en sus brazos.
Hanna se revolvía de un lado a otro en su confusión y su angustia. En la duermevela inquieta veía letras alinearse con letras: dos cíceros, mediana, tercia, texto, tres cíceros, cuatro cíceros; en cuatro cíceros se había impreso la noticia, la funesta noticia de la traición. Letras, letras, letras pasaban ante sus ojos cerrados, pero ella no podía leer el texto: estaba compuesto en una lengua extraña, ninguno de sus diccionarios le descifraba el sentido. Quería leer, pero las líneas pasaban de largo; estaban escritas al revés, como en un espejo. ¿Quién me saca una prueba? Señor Kalandra, sáqueme una galerada, por favor, necesito una galerada, señor Kalandra, no tengo galerada... Pero el señor Kalandra había colgado su blusa azul, manchada de tinta de imprenta, del clavo de la sala de composición, y se había ido de paseo con la familia al Baumgarten: era domingo. Y Hanna intentaba en vano entender el contenido de las noticias que desfilaban ante sus ojos cerrados en una lengua extraña y, encima, escritas al revés.
Veía la linotipia escupir relucientes líneas de plomo; no, era la ordeñadora modelo que el hombre sin rostro del escándalo le había comprado prácticamente regalada, para la cooperativa de consumo y producción «Svoboda», sección de productos lácteos, a una pobre viuda acosada por cuñados y sobrinos codiciosos. Así se lo había contado el České Slovo a sus lectores el domingo por la mañana, y casaba curiosamente con lo que el órgano del Partido había alegado sobre la «ocasión favorable de una partición de herencia».
De las ordeñadoras modelo de la Svoboda salían traqueteando filas interminables de líneas de plomo recién fundidas, indescifrables, hacia el sueño inquieto, consciente de su culpa, de Hanna Last.
* * *
Llamaron a la puerta, con golpes duros e impacientes; la habitación estaba todavía a oscuras. Se puso la bata y preguntó hacia fuera:
«¿Quién es?»
«¡Abra! ¡Policía! Tenemos que hacer un registro.»
Un registro... bueno, hacía mucho que lo esperaba; ahora hay registros y redadas a cada momento, no como en su infancia, contra chulos borrachos y carteristas: ahora va contra los extranjeros y los comunistas. Tendría que haber sacado los escritos, pensó cansada, mientras abría la puerta. Siempre he querido sacar de aquí los escritos.
Entraron dos hombres. Lo revolvieron todo; ay, no había mucho que revolver, la habitación era pequeña, fácil de registrar. En el armario no colgaba mucho, aparte del vestido de verano de flores alegres y de colores que se había comprado en el apogeo de su amor y del suntuoso vestido de terciopelo que hoy, por fin, había querido devolverle a Rosita. Apenas tapados por un poco de ropa blanca y unas medias estaban los periódicos y revistas que le habían traído los camaradas del grupo trotskista y los camaradas de la oposición de Lysák, para que se decidiera por fin a salirse del Partido y supiera enseguida adónde ir; porque hay que estar en algo, hay que tomar parte en algo para que el mundo mejore. También estaban allí los últimos números de la Rundschau comunista, que ahora escribía casi tan nacionalista como un periódico fascista y que informaba de tantas depuraciones del Partido y amenazaba con que se iba a barrer con escoba de hierro... y estaba impresa en una letra tan pequeña que apenas se podía leer a la luz de la lámpara, igual que las astutas frases del antaño héroe Dimitrov, que estaban esparcidas allí, en inocentes cuadernillos de la colección Reclam, entre los venerables hexámetros de Goethe.
El de los quevedos se hizo pasar los escritos uno a uno por su acompañante, un hombre gordo de bigote negro, y estudió brevemente los títulos.
Hanna miraba impasible cómo un periódico tras otro, un folleto tras otro, desaparecía en su cartera.
«Elementos subversivos, estos emigrados», murmuró él, mientras el gordo sacudía el bañador de Hanna, cuyo alegre azul aciano había desteñido el sol del verano anterior en Podolí hasta un gris lastimoso. Entonces cayó el sobre con el dinero. «Dr. Bruno Kunze, Hotel Esplanade, habitación 127», estaba escrito en él con lápiz azul.
«¡Mira por dónde!», dijo satisfecho el de los quevedos; contó el dinero, volvió a meterlo en el sobre, anotó la suma en su papel y deslizó el sobre en el bolsillo del pecho.
Hanna despertó de su rigidez indiferente.
«Pero ese dinero no es mío», intentó objetar, y alargó la mano hacia él. «¡No se lo pueden llevar! Me lo dio a guardar un conocido lejano de Alemania; volverá la semana que viene y me lo pedirá...»
«No volverá ni le pedirá nada; eso lo sabe usted mejor que yo», observó severo el policía secreto.
Hanna lo miró fijamente, asustada, interrogante.
«¿O es que quiere hacer como si no supiera quién es ese Bruno Kunze? ¡Ya lo sabía usted antes de que saliera en el periódico hace quince días!» No pudo reprimir una sonrisita, tanto se alegraba de la buena pesca que le había salido allí por casualidad.
Que sí, que naturalmente ella lo sabía, repitió, como si hubiera venido con informaciones precisas, y pensó que aquello quizá pudiera significar un ascenso para él.
«No sé nada...», balbuceó Hanna, y se sentó en su cama deshecha, «no sé absolutamente nada. ¿Qué le ha pasado al doctor Kunze?»
Pues bien, al doctor Kunze lo habían detenido hacía ya dos semanas en la zona fronteriza, porque había pruebas concluyentes de que era un peligroso agente de la Gestapo. Probablemente implicado también en el asesinato de Štěchovice....
Hanna miró incrédula al detective. «¿Y por qué... por qué iba a dejarme dinero a mí?», preguntó, e intentó acordarse de todos los detalles de la escena con Kunze.
«Eso ya lo sabrá usted», dijo fríamente el hombre de los quevedos, y pensó: lo mejor sería llevármela ahora mismo, pero no tengo orden de detención, qué fastidio. «Supongamos, en su favor, que no lo sabe», añadió más suave, cuando hubo mirado la cara espantada, de pronto descompuesta, de Hanna. «Ya se aclarará. Él, el Kunze, en todo caso sí lo sabía....»
* * *
El gordo del bigote había terminado su registro; el de los quevedos cerró su inventario de los objetos confiscados y se lo pasó a Hanna, que lo firmó sin leerlo.
Desde el patio entraba una luz de amanecer turbia, gris rojiza. Los dos hombres se fueron.
Hanna empezó a poner orden. Con indiferencia recogió sus pocas cosas, que estaban esparcidas por el suelo delante del armario y de la cómoda. Al vaciarlo a toda prisa, el policía había barrido, con una pila de pañuelos, también la teterita en la que tantas veces le había servido el té a Anatol.
Solo cuando Hanna vio los añicos del cacharro barato se echó a llorar.
Capítulo 22
Al jefe no se le puede molestar — Heinrich Aschbach no quiere saber nada — También Karlíček prefiere no meterse — En Lima no llueve nunca — Al camarada Piotr le da miedo que alguien pueda oír — Hanna estropea la compaginación — Anatol presenta una coartada.
Las cinco; a lo mejor ya está ahí, calculó Hanna mientras subía la escalera de la redacción de la «Svoboda». No sabía qué iba a decirle a Anatol, qué quería gritarle a la cara. En esos dos días había pensado cien cosas, y ahora no sabía nada de nada.
Pasó por delante de la puerta de la imprenta, en la que ponía en letras grandes: «¡Prohibida terminantemente la entrada a personas ajenas!», y pensó con un dolor desgarrador en la primera vez que había bajado «abajo». Oyó la voz flexible y viva de Anatol; entonces todavía no sabía que era su voz. Recorrió el pasillo, a derecha e izquierda los despachitos de los redactores, telefonistas y mecanógrafas, prácticos, a la americana, en sus cubículos de vidrio esmerilado, con sus muebles de acero, detrás de sus máquinas de escribir «Noiseless-Admirable». Bajó por el pasillo hasta la puerta de Anatol.
No sabía qué le diría a Anatol. Solo sabía que quería vengarse, vengarse de siete meses de tormento, de espera, de silencio y de sufrimiento, vengarse de su traición, vengar en él la propia traición.
Apretó el botón misterioso, pero el picaporte no cedió. Se precipitó en el despacho de Karlíček:
«¿Dónde está el jefe?», gritó, sin dar las buenas tardes.
Karlíček la miró con sorna. El jefe estaba reunido con el consejo de administración; no se le podía molestar.
¿Estaban ya sentados deliberando qué había que hacer ahora? ¿Cómo había que comportarse ahora ante la prensa del Partido? ¿Cómo había que comportarse ahora con la molesta extranjera Hanna L., a la que habían señalado con el dedo como causante del mal? Hanna reunió todas sus fuerzas para dominarse. Sobre la mesa estaba la edición del lunes de la «Svoboda», recién salida. Se sentó en un rincón y leyó.
La «Svoboda» rechazaba los ataques del órgano del Partido con objetiva superioridad. Dios mío, la «Svoboda» tenía buen material sobre el asunto; de ella misma, de Hanna, había recibido ese buen material...
También se hablaba de ella, con la más fría objetividad: las alusiones a una emigrada alemana del Reich había que calificarlas rotundamente de infundadas; la «Svoboda» se atenía estrictamente a las disposiciones legales y, desde luego, no daba a ningún extranjero ocasión de ejercer una actividad lucrativa prohibida. Sobre la acusación de soborno por parte de la «Melka» en el apogeo de la campaña de la leche, solo se observaba, en términos bastante generales, que la «Svoboda» nunca había sido un periódico demagógico y que siempre se había guiado por el principio de que no es la economía la que debe servir a la política, sino, al contrario, la política a la economía. Eso era todo. De las alusiones a sus «relaciones privadas con la redacción», por lo visto, no se había hecho caso.
«¿Necesitas dinero, por casualidad?», preguntó Karlíček interrumpiendo su cavilar mudo. «En general no damos a los extranjeros ocasión de hacer cosas prohibidas por la ley, o lo que sea que suelta Voka en la edición del lunes, pero aun así te firmo la cuenta con mucho gusto. Date prisa, eso sí: la caja cierra a las seis.»
Humillada y confusa, Hanna aceptó el ofrecimiento. El archivero Klaus le buscó la hoja de liquidación que el sábado se había dejado encima de su mesa, y ella se la llevó a Karlíček para que la firmara. Mientras contaba el dinero en la caja, comprendió que con esa suma ridícula no podría vivir ni ocho días. Y eso que quería marcharse, aunque todavía no podía imaginarse en absoluto adónde, sin dinero, sin papeles.
Se acordó del sobre con las siete mil coronas. Sí, cogería algo de ahí. Luego podría reponerlo. Lo cogería. Ahora ya daba todo igual. Kunze, de todos modos, no iba a volver. Era un agente de la Gestapo.
Por eso me preguntaba tanto por los emigrados, pensó. Qué tonta fui. Tendría que haberlo denunciado. Al Partido, por lo menos. Claro, era un espía. Cómo no me di cuenta enseguida. Por eso no volvió: a lo mejor pensó que me había dado cuenta. Cojo el dinero. Lo necesito. Tengo que irme. El fin justifica los medios.
Dios mío, si el dinero se lo llevó la policía esta mañana. Si hasta firmé yo misma el recibo. Todo se le ocurre a una demasiado tarde. Hasta que quiero robar se me ocurre demasiado tarde.
Así que Kunze era un agente de la Gestapo. Implicado en el asesinato de Formis. Quién lo hubiera dicho entonces, en Štěchovice, que yo también iba a tener algo que ver con eso. Bueno, y a mí qué me importa. Que le den una paliza en la cárcel de Terezín o adondequiera que se lo hayan llevado. Su gente también les da palizas a nuestros camaradas, en Alemania. Qué me importa a mí ese nazi.
Al volver de la caja, se encontró a Karlíček en el pasillo.
«Por cierto, tu señor hermano es un perro piojoso», observó él, y se quedó parado con unas cuantas galeradas en la mano. «Anoche me lo encontré en el Rokoko-Bar. Todo el mundo hablaba del asunto de la leche y de esa porquería del periódico. Y va tu señor hermano y dice, delante de seis u ocho personas, que hace años que está peleado contigo, que ni siquiera has ido a verlo desde que vuelves a vivir en Praga...»
El rostro de Hanna se contrajo de dolor. Soy un hombre de negocios, oyó decir a Heini, no puedo meterme en política. Así que su radiante cara de muchacho se había ahogado definitivamente.
«¿Y usted?», preguntó. «¿No lo desmintió? ¡Si usted mismo me vio en su casa en Nochevieja!»
«Mi querida Philka, por principio no me meto en asuntos privados», dijo Karlíček malhumorado. «Reconocerás que nunca me he metido en tus asuntos privados, aunque lo del jefe no le haya hecho precisamente ningún bien a nuestro periódico...»
Hanna lo miró indignada. Pero antes de que pudiera replicar, Karlíček se había dado la vuelta con un fugaz «¡Bueno, hasta luego!» y bajaba silbando a la imprenta.
«¿Todavía no está libre el jefe?», le preguntó Hanna al ordenanza Jarko, que pasaba con periódicos bajo el brazo. No, la reunión seguía y él tenía orden estricta de no sacar a nadie.
Hanna se sentó suspirando en la gran sala del centro y cogió el diario de mediodía socialdemócrata. En un lugar discreto se informaba, con la boca pequeña, de que el representante socialdemócrata en el gobierno, el señor ministro de Sanidad, había iniciado unas largas vacaciones de reposo. También en los demás periódicos el asunto de la leche había pasado ya a segundo plano.
Compaginación, compaginación: siempre llega texto nuevo, en la página dos ya no es verdad lo que ponía en la página uno; vivimos en tiempos rápidos.
Por la costumbre de siempre, Hanna se había puesto con los periódicos extranjeros y buscaba novedades para «Curiosidades de todo el mundo». «En la ciudad de Lima, en el Perú, fundada en 1535, desde entonces solo ha llovido dos veces: una el 19 de abril de 1803 y otra el 31 de diciembre de 1877.» Interesante. ¿Cómo será una ciudad en la que no llueve nunca? ¿Será que la gente de allí tampoco llora nunca? ¿De dónde sacan el agua para sus lágrimas?
Tradujo la noticia del español, le añadió, por la costumbre de siempre, su pequeño comentario interrogativo, y siguió traduciendo por la costumbre de siempre: de unos huevos cuadrados que había incubado una gallina en California, de la pareja de novios húngaros que en treinta y nueve años no había podido casarse, del hombre que volvió de su cautiverio de guerra en Siberia al cabo de veinte años, justo el día que una adivina le había profetizado durante la guerra a su mujer, casada de nuevo hacía ya mucho... y tradujo también un chiste ruso del Krokodil64 que —con un comentario de pesar y regodeo a la vez— reproducía el periódico ruso de París que editaba el partido de Kerenski y que, no se sabía cómo, había ido a parar a la redacción de la «Svoboda»:
Piotr va con Iván por el pueblo, e Iván le pregunta: ¿Qué piensas del gobierno, camarada Piotr? Piotr señala las casas, se lleva la mano a la boca y susurra:
No... puede oír alguien...
Salen a la carretera; la carretera está flanqueada de serbales rojos, e Iván pregunta: ¿Qué piensas del gobierno, camarada Piotr? Pero Piotr mira los serbales, se lleva la mano a la boca y susurra:
No... puede oír alguien...
Llegan a un rastrojo; ni un alma en todo lo que alcanza la vista, ni una casa, ni un árbol. E Iván pregunta por tercera vez:
Camarada Piotr, ¿qué piensas del gobierno?
Entonces Piotr ladea la cabeza, mira al camarada Iván a los ojos, con miedo, y susurra:
No... puede oír alguien...
¡Ay, camarada Piotr, o como quiera que te llames, tú que te atreviste a publicar esta historia en el Krokodil! ¿No te oyó nadie? ¿Sonrió benévolo tu jefe al leerla porque ahí te burlabas en público del miedo del hombre de la calle en la patria proletaria y lo presentabas así como infundado? ¿O ladeó la cabeza y le susurró a su vecino: el camarada Piotr es un elemento trotskista y un agente de la Gestapo, tenemos que liquidarlo...?
¿Dónde estás ahora, camarada Piotr? ¿Adónde hemos ido a parar todos los que creímos en el rascacielos de la plaza Roja, y resulta que se ha convertido en una lechería modelo que a los pobres jornaleros y a los campesinos de una vaca les sisa la leche gota a gota? ¿Adónde hemos ido a parar todos?
El ordenanza Jarko entró cargado de infolios.
«¿Es que todavía no se ha acabado esa maldita reunión?», preguntó Hanna, nerviosa. Con el chiste trágico del Krokodil había vuelto a tener de pronto conciencia de por qué estaba allí.
«¡Pero si hace rato!», dijo Jarko. «El jefe ya ha bajado a la compaginación.» Y sacó papel de cartas de un cajón.
«Svoboda», Órgano Demócrata Independiente, leyó Hanna en los sobres, mientras pasaba deprisa a su lado y bajaba a la imprenta.
Desde la escalera abarcó de una mirada la imagen conocida, de siempre. Por última vez. Un trozo de hogar tras otro se desprende, como las puntas de cera de la aureola de la madona roja de cera que una vez se había traído de Múnich. Me parece que en secreto eres una beata, había bromeado Karl. ¿Para qué quieres tú una madona? Pero si es tan bonita, Karl, una verdadera obra de arte. Cuando luego la aureola se fue desmoronando poco a poco, la madona, eso sí, se quedó con una cara de cera de lo más corriente y tonta, y Hanna la había apartado con tristeza, junto a las cosas superadas.
El jefe estaba junto a Vokáček, inclinado sobre una galera. Su cabeza oscura se inclinaba sobre su oscura blusa rusa; estaba allí como si todo siguiera igual que siempre. Cuando ella se acercó, la saludó cortés y con naturalidad:
«El señor Lozák me dice que ya ha preguntado dos veces por mí», dijo con su voz viva y vibrante. «¿Deseaba algo?»
«Tengo que hablar con usted urgentemente», dijo Hanna con la voz ahogada.
«Dentro de una hora estoy a su disposición», asintió él, amable, y volvió a su trabajo.
«¡Zeman! ¡Al teléfono!», gritó el regente Slavík desde su rincón.
El cronista de tribunales se acercó al jefe y regateó con él por su artículo: lo quería en la página tres o en la cinco, en vez de en la cuatro. El jefe lo despachó con un gesto apresurado: hoy tenía una compaginación delicada.
«Tengo que hablar con usted ahora mismo, sin falta», dijo Hanna amenazadora, «¡ahora mismo!»
Canalla, canalla rastrero y cobarde, siseaba algo dentro de ella. Hace como si no supiera... Ha abusado de mi confianza para un bombazo periodístico... tres días se ha escondido, ha andado por ahí con sus queridas... Un delincuente. Un delincuente rastrero.
«¡Venga ahora mismo conmigo a su despacho!», le ordenó con brusquedad.
Él le lanzó una mirada asombrada, asustada; el jefe de compaginación sonreía burlón a su espalda, el elegante redactor de deportes le susurró algo a Menčík y los dos se rieron tapándose con el pañuelo.
«Discúlpenme unos minutos», dijo el doctor Svoboda a la sala, terriblemente apurado, y subió deprisa la escalera detrás de Hanna.
«¿Qué ha pasado?», preguntó en cuanto hubo apretado el botón escondido del picaporte y la hubo dejado entrar. «¡Si estás fuera de ti! Dímelo rápido, ya ves que estoy en plena compaginación...»
Hanna había cerrado la puerta y se había quedado de pie con la espalda apoyada en ella.
«¡Aquí me va a dar usted explicaciones!», dijo con frialdad. «¿Por qué me ha engañado y traicionado de una manera tan vil?»
«Pero, Hanna, ¿qué quiere decir eso?», balbuceó el hombre. Estaba sinceramente consternado.
«¡No me venga con cuentos!», siseó ella, hostil. «En un momento de debilidad insensata, imperdonable, le confié algo. Algo que nunca y de ningún modo debía hacerse público. Usted me juró que lo olvidaría. Y luego, en esa misma hora, vino aquí y se sentó a su mesa y lo convirtió en un bombazo periodístico, lo que yo le había confiado porque yo a usted... porque creía...»
Se embrolló y se interrumpió.
«Pero, Hanna, no entiendo...», terció él. Los dos seguían de pie.
«¡No me interrumpa!», gritó Hanna. «Mi confianza, mi honor —sí, digo mi honor, porque yo tengo honor—, todo lo ha manchado usted, hecho trizas, ensuciado... Hoy, naturalmente, ya ha estado aquí la policía, a hacer un registro...» (¿Es que tenía una cosa que ver con la otra?, pensó de pronto, confusa, y se asustó. ¿Tenía algo que ver con la historia del camarada Piotr?)
«Pero eso es incomprensible», murmuró Svoboda. «¿Un registro...? Y... ¿qué tengo yo que ver con eso?»
«¡Sinvergüenza, granuja miserable!», gritó Hanna fuera de sí. «¿Va a negar que escribió usted el artículo sobre el asunto de la leche? Era casi palabra por palabra lo mismo que yo le conté el viernes por la tarde.»
Anatol se sentó en la silla detrás de su escritorio. Su hermoso rostro se había puesto completamente pálido.
«Ahora entiendo lo que quiere decir», dijo en voz baja. «Pues no es verdad, querida amiga. Está usted en un error y es completamente injusta conmigo. Cuando llegué el viernes a la redacción, me encontré un telegrama que me llamaba con urgencia a Brno, y me fui enseguida. Todo ese asunto del que habla no lo leí hasta el sábado, en Brno, en la “Svoboda”...»
«¡No mienta!», dijo Hanna llena de odio. «¡Solo la “Svoboda” traía el sábado la noticia! ¡Ningún otro periódico la traía! Pero no me extraña nada. Es muy propio de usted. Usted nunca ha tenido convicciones. No conoce obligaciones morales. Siempre me ha mentido y me ha engañado, y al final ha hecho de mi confianza un bombazo periodístico...» Rompió a llorar desesperada y se tapó la cara con las manos.
El hombre la miró compasivo.
«Supongamos el caso grotesco de que yo hubiera faltado de un modo tan poco caballeroso a la palabra que le di...», dijo con calma, y en su voz había una burla muy leve, «pues bien, ¿habría hecho yo otra cosa que lo que usted hizo con sus informantes cuando me contó la historia a mí, a un periodista burgués al que en el fondo desprecia y no toma en serio?»
Ella sollozaba para sí, cada vez más sin freno. Claro que tenía razón. Ella había traicionado primero. ¡Pero había sido la traición de él la que había hecho estallar la bomba!
«Pero para que se convenza de que no he faltado a mi palabra», prosiguió él, «espere... Se va a convencer enseguida.»
Descolgó el auricular del teléfono interior y apretó un botón.
«¿Señor Slavík? Svoboda. Haga el favor de decirles al señor Lozák, al señor Vokáček y al señor Zeman que suban un par de minutos a verme. — Sí, luego bajo enseguida. — Gracias.»
«¿Qué quiere decir esto? ¿No ha sido usted quien...?», tartamudeó Hanna, confusa hasta el extremo.
«Puede creerme: no sabía nada hasta que lo leí el sábado en el periódico, en Brno», aseguró Anatol.
«Pero ¿de dónde...?», preguntó Hanna, desvalida.
«Bueno, estas cosas siempre acaban saliendo de alguna manera... Sus informantes no se lo habrán contado solo a usted...»
El picaporte crujió; Hanna dejó libre la puerta y los tres redactores entraron con caras de curiosidad.
«Señores, las explicaciones sobre las extrañas circunstancias de este interrogatorio me las reservo para más tarde, cuando todos tengamos más tiempo», dijo Svoboda, y miró su reloj de pulsera. «Les ruego que me digan si saben quién trajo el sábado, es decir, el viernes por la noche, la noticia del chanchullo comunista con la leche, y de dónde procedía la noticia.»
Vokáček y Karlíček miraron asombrados al jefe, luego a Hanna, pero Zeman exclamó con orgullo:
«¡Yo, naturalmente, señor doctor! ¡Pocas veces he dado un golpe así! Karlíček me pagó en el acto doscientas coronas de prima por una exclusiva; ¡el domingo ya me las había fundido!»
Svoboda sonrió un poco y se volvió hacia Hanna asintiendo, como quien confirma algo.
«¿Y de dónde sacó usted la noticia?», le preguntó al redactor de local.
«Ah, eso no lo puedo revelar», sonrió el otro, pagado de sí mismo. «¡Si dejo en evidencia a mis proveedores, la próxima vez ya no me traen noticias!»
«Bueno, pues disculpen, señores, y muchas gracias», concluyó Anatol. «¡Y ahora, a escape a la compaginación! Un día importante, la victoria electoral del Frente Popular español... ¿Baja usted con nosotros?», preguntó. Los tres hombres ya estaban en la puerta.
Hanna estaba como aturdida.
«¿Ha ganado el Frente Popular?», preguntó incrédula. «¿En España?»
«Me parece que usted no lee la “Svoboda”», bromeó él, como si ella no lo hubiera llamado granuja y delincuente hacía solo unos minutos. «¡Si ya venía en los periódicos de la tarde! Eso tampoco se lo habría pensado de mí, ¿verdad?, que las elecciones españolas me iban a importar más que a usted. Pero ahora tengo que bajar, ya es más que hora, son las nueve menos cuarto.» Ya tenía la puerta en la mano. «Pase luego por donde Bílek, charlamos un poco.» Y ya había salido.
En una tormenta de sentimientos confusos, Hanna salió del despacho, de la casa. Solo cuando, a la altura de la calle Melantrichova, dobló hacia el muelle, se dio cuenta de que se había ido de la «Svoboda» y de Anatol sin despedirse. Por última vez y para siempre.
Cuarta parte
Capítulo 23
Un decreto contra el que no cabe recurso — Una muerte insignificante — España, nueva y luminosa — Sencillamente un conjunto de casas viejas — Hanna se encuentra con un antiguo conocido — En el centro de la historia está el hombre.
Muy temprano bajó Hanna a la calle a comprarse los periódicos. Tenía la cabeza revuelta por lo ocurrido la tarde anterior; el mucho y múltiple sufrimiento de los últimos tiempos la había dejado cansada y en carne viva. No veía ni un poco más claro, aunque ahora en realidad todo parecía haberse aclarado. ¿A lo mejor todo encajaba de una manera completamente distinta?
Allí ponía que el ministro socialdemócrata de Sanidad había iniciado unas largas vacaciones de reposo —cierto, ya lo había leído ayer en el periódico de la tarde—, pero no se relacionaba con el asunto de la leche. ¿Y si todo aquello no había pasado de verdad? ¿Y si solo había sido un sueño febril y desordenado? Porque se sentía como quien despierta despacio de una larga fiebre.
Pero no: los periódicos informaban de que varios senadores comunistas habían dejado provisionalmente en suspenso su mandato «hasta el esclarecimiento judicial de las calumnias»... Así que sí había pasado de verdad.
Y tampoco el increíble domingo electoral en España, con la aplastante mayoría para el Frente Popular, resultó ser un sueño. Hanna leyó con detalle las crónicas y sintió subir dentro de sí una alegría pura que hacía mucho que no sentía. Pensó en los muchos debates sobre el giro de la «línea», pensó en la gran conversación con Jarmila sobre el discurso de Dimitrov. ¿Y si ellos, los que dudaban y criticaban, se habían equivocado todos al fin y al cabo? ¿No es el éxito lo que decide? ¿No ha justificado aquí el medio al fin? ¡España roja! Tras años de retroceder, de compromisos, de vacilaciones en el mundo entero, un éxito visible, un gran éxito de la izquierda. ¡Aquello tenía que fortalecer la confianza en sí mismos de los obreros dispersos y burlados del mundo entero! Quién sabe..., pensó Hanna esperanzada.
Con la cabeza cansada intentó imaginarse el futuro inmediato; no lo conseguía. Todo lo que había empezado lleno de esperanza había resultado luego un error, un fracaso o un engaño premeditado, descubierto tarde. Con todo, una podía volver a lanzarse a algo, a participar en algo, en un marco más amplio que el del Partido...
¡Ay, si ahora estuviera en España!, pensó Hanna, y la inundó un anhelo de cielos nuevos y más claros.
Del patio llegaba la luz turbia de una gris mañana praguense de febrero. No tengo pasaporte. No tengo dinero. Aquí estoy presa, pensó con tristeza, y, como respuesta a su fugaz ensueño, sacudió abatida la cabeza.
Llamaron a la puerta; un hombre con blusa de funcionario entró, le dio un documento para que lo firmara y se fue.
Dirección de Policía de Praga I, leyó.
En virtud de lo dispuesto en el artículo 2, apartado 5, de la ley de 27-VII-1871, n.º 88 del decreto del gobierno de 13-1-1928, la expulso a usted, en su condición de extranjera, en interés del orden y la seguridad públicos, a perpetuidad del territorio de la República Checoslovaca, con la prohibición simultánea de regresar bajo las sanciones previstas en el artículo 323 del Código Penal.
Motivos: no tiene usted derecho de vecindad en ningún municipio del territorio de la República Checoslovaca. Es usted súbdita alemana del Reich, por lo que su expulsión está fundada en el aspecto objetivo. Es usted sospechosa de actividades contrarias al Estado y existen sospechas fundadas de que pertenece a una organización ilegal extranjera cuyo objetivo es la instauración violenta de un orden jurídico que está en absoluta contradicción con la Constitución de la República Checoslovaca. Ha desarrollado usted en el territorio nacional una actividad no autorizada y se ha inmiscuido en los asuntos de política interior del Estado. Su permanencia ulterior supondría un peligro constante para el orden y la seguridad públicos, por lo que su expulsión está justificada también en el aspecto subjetivo.
Deberá usted abandonar el territorio nacional en el plazo de cinco días. Un recurso que eventualmente desee interponer contra la presente resolución no tendrá efecto suspensivo, de conformidad con el artículo 77, apartado 2, del decreto del gobierno de 13-1-1928, n.º 8 de la Colección de Leyes y Decretos. Contra la decisión por la que se excluye el efecto suspensivo del recurso no cabe recurso alguno, de conformidad con el apartado 4 del mismo decreto del gobierno.
Dado el 17 de febrero de 1936. Firma, sello.
Lo último Hanna ya casi no lo había leído.
Así que se acabó, pensó. Se acabó, se acabó, se acabó. Dentro de cinco días tengo que irme. Qué raro: no se sentía especialmente triste.
Y aparece un papel así como deus ex machina, pensó, como el dios del trueno de un teatro de feria. Si uno lee eso como final de una novela, diría que el autor se lo ha puesto muy fácil. Pero así son las cosas. La vida es mucho más cursi de lo que uno se imagina. De lo más cursi, la vida.
Pensativa, volvió a leer el papel.
No tiene usted derecho de vecindad en ningún municipio de la República Checoslovaca. Es verdad. En ninguno. No solo en ninguno de la República Checoslovaca. En ningún municipio del mundo.
Actividad no autorizada... ¿Se referían a las míseras traducciones, a las cuatro clases particulares malpagadas? ¿Por qué no? A otros los habían expulsado por menos.
Se ha inmiscuido usted en los asuntos de política interior del Estado... Se quedó parada. ¿Tendría que ver con aquello el asunto de la leche? Pero eso ya se había aclarado. No había sido ella quien había llevado el asunto a la prensa. ¿Qué otra cosa podía significar? Había discutido con unos cuantos comunistas en un cafetín detrás del viaducto. Pero seguramente eso tampoco se puede hacer cuando se es extranjera en la ciudad donde una ha nacido.
Ha trabajado usted por la instauración violenta de un orden jurídico contrario a la Constitución de este Estado... Donde nosotros estamos, el suelo es revolucionario. Queremos instaurar otro orden jurídico. Si no hay otro remedio, también por la fuerza. Fuerza contra fuerza, para instaurar otro orden jurídico; no: el primer orden jurídico que habrá en la historia de la humanidad, después de muchos miles de años llenos de injusticia y de oprobio en nombre de la Colección de Leyes y Decretos. Sí, eso es lo que queremos, y yo debería avergonzarme de haber contribuido tan poco, tan nada, a poner en marcha ese orden jurídico nuevo, ese primer orden jurídico, asfixiada como estaba en dudas y confusión. No he hecho nada por eso... No he hecho nada.
Deberá usted abandonar el territorio nacional en el plazo de cinco días... No he hecho nada, y ahora tengo que irme. ¿Adónde? ¿Adónde? Muy lejos. Lejísimos. Ay, solo puedo ir a Austria. Checoslovaquia no limita con Finlandia, ni con Honduras. Ni siquiera con España. Hay que irse, pero no se puede ir una. Y pasaporte tampoco tengo.
¡Siempre pensando en solicitar un pasaporte sustitutorio! No vale mucho, el pasaporte sustitutorio. Es más bien como una ficha de penado, o como la cartilla amarilla de los proscritos. Pero con él se pueden cruzar legalmente unas cuantas fronteras, aunque haya que pagar los visados al triple. Para los proscritos todo es caro.
¡Tendría que solicitar un pasaporte sustitutorio! Tardan meses en dártelo. Demasiado tarde.
¿A lo mejor podría conseguir un papel ilegal del Partido?, pensó Hanna. Sabía que el Partido, en algunos casos, había procurado documentos así. Pero, tal como estaban las cosas, no había ni que pensarlo. Tenía que darse por contenta si no se encontraba por casualidad en la calle con alguien del Partido.
Se acabó. Ya no se enteraría de lo que pasaba con el Zaharoff rojo. De si el Partido lo sostiene o lo deja caer. Para entonces estaría muy lejos.
Primero tengo que ir a Austria, pensó. Bueno, muchos han pasado ya ilegalmente a Austria. Tengo que informarme de cómo se cruza la frontera, pensó, y sacó el abrigo del armario.
Allí colgaba el vestido de terciopelo marrón de Rosita. Desde la Nochevieja había querido devolverlo siempre. Pensó en cómo, a medianoche, se había ido de la «Svoboda» con Anatol y cómo él, excitado de pronto por el vino y por su espalda impúdicamente desnuda, la había invitado a ir con él a su piso. Así que al final no había llegado a ver su piso. Nunca sabría si de verdad vivía con una hermana. Nunca volvería a oír el concierto de Mozart tocado por Gieseking, ni los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven, en el gramófono que tantas veces había querido llevarle. Se acabó.
Empaquetó el hermoso vestido de terciopelo y quiso bajar a dárselo a un mozo de cuerda. Solo con la dirección, sin una palabra de despedida para Heini, ese canalla miserable que había renegado de ella en público. Pero luego cayó en que él no sabría —y a lo mejor tampoco podría enterarse— de lo que le había ocurrido. Así que escribió una carta breve: «Querido hermano: por motivos que desconozco, he sido expulsada de la República con un plazo de cinco días; me marcho mañana. Como, según sabes, hace muchos años que no mantenemos relación, no veo motivo para despedirme de ti. Te devuelvo con la presente, agradecida, el vestido que me había prestado tu mujer.» Así al menos sabría que ella estaba al tanto de sus rodeos cobardes. Decidió entregar el paquete ella misma. Qué mozo de cuerda ni qué nada: no somos señores, no tenemos dinero.
Fue en el tranvía once por el puente Štefánik y vio el Hradschin al otro lado del río, escorzado y escarpado, encajonado y como apretado hacia arriba entre las alturas, ahora peladas, del Belvedere y del monte Petřín. Gris azulada, la silueta oscilaba sobre el agua, como una calcomanía que no se ha pegado del todo derecha en el papel.
El tranvía sube la colina en lentas curvas. Cuando Hanna vuelva algún día, ya se irá en metro a Dejvice; el proyecto ya está aprobado en la Cámara. Cuando vuelva... ay, no volverá. Está expulsada de su ciudad natal «a perpetuidad». El incumplimiento de esta resolución acarrea las sanciones previstas en el artículo tal, apartado cual.
La ley en virtud de la cual me expulsan, pensó Hanna, es del año 1871. El año de la Comuna de París. Del aplastamiento de la Comuna de París. No, no ha cambiado mucho el mundo.
Se bajó en la plaza de la Paz y pasó por delante del Ministerio de la Guerra. ¡Qué bien encaja! La guerra y la paz, tan juntas... Un chico le abrió la puerta, y ya llega el criado de los guantes blancos. Ahora ya no pregunta qué desea la mujer desconocida de la boina y los tacones bajos; quiere llevarla solícito directamente a la señora, pero Hanna niega con la cabeza: no, solo quiere dejar aquí de pasada el paquete, y la carta, y este jueves no vendrá a comer, ¡que se lo diga a la señora! El criado se inclinó sin una palabra, muy bien educado.
Y ahora al albergue de refugiados, a informarse de cómo se cruza la frontera sin papeles. Otra vez a través de toda la ciudad, y por el otro lado hacia las afueras; el tranvía va dando tumbos tan despacio, el viaje dura casi una hora, un metro es de verdad urgentemente necesario, pero yo, yo ya no iré en él; me voy de Praga, para siempre.
Atravesó el comedor, que estaba vacío; pasó a la habitación de atrás, a la que se pasan por una ventanilla las bandejas con los cazos de café; tampoco aquí había nadie, ni siquiera el administrador, el viejo Breslauer, que a esa hora solía preparar la frugal comida del mediodía. En la cocina encontró a una camarada que preparaba en la mesa albóndigas del Vogtland. Ni después de tres años en el extranjero se habían separado los emigrados de su tierra en la comida... Hanna preguntó dónde podía encontrar a alguien.
«Se han ido todos al entierro», contó la cocinera.
¿Al entierro? ¿Se había muerto alguien?
Sí, se había muerto alguien. El camarada Max. Es decir, no se sabía si se había muerto o si se había hecho algo. Lo había arrollado un tren cuando paseaba por Strašnice65. La mayoría creía que se había hecho algo.
¿Pero si Max siempre había sido tan alegre? ¿Si contaba tantas historias, la de la maleta de dinamita, la del pasaporte perdido?
«Ay, eso no era más que fachada», dijo la cocinera, y una sonrisa de infinita tristeza le cruzó la cara mientras cortaba unas cebollas en una tina de caldo. «Al contrario. Max era de los que más se amargaban de que no salga nada, de que esto siga así sin fin. Sencillamente, no lo aguantó más; acabó. Quién tuviera el valor...», concluyó, y tenía lágrimas en los ojos, quizá por el recuerdo de Max, quizá por las cebollas; seguramente ni ella misma podía distinguirlo bien.
Hanna se quedó muy abatida. Quién tuviera el valor..., pensó. Para muchos ya no hay otra salida. Quizá tampoco para mí. Se acordó otra vez del motivo inmediato por el que estaba allí. Así que todos estaban en el entierro, dijo; ella no sabía nada de lo de Max.
Pues había salido en el periódico.
Sí, el periódico no lo había leído en los últimos días, por lo menos las esquelas no, ni las demás noticias, entre las que había estado lo grande, lo espantoso. De repente, lo que había vivido en los últimos días no le pareció ni grande ni espantoso.
¡Vivir! ¡Vivir!, sintió con urgencia. ¡Empezar de nuevo, bajo un cielo nuevo, más claro! No esperar a que a una la tire debajo del tren, cuando se pasea sola y sin saber qué hacer por Strašnice, por Strašnice, donde están los cementerios.
Los niños estaban, observó la cocinera; Hilde estaba con ellos. Hanna pasó a la zona de los dormitorios.
Las camas pobres, en dos pisos una encima de otra, como en un camarote de barco, estaban bien hechas y yacían en silencio. Esta noche una se quedaría vacía.
En el cuarto de los niños encontró a Hilde. Hilde ya no vivía en el albergue; ahora tenía la nacionalidad, tenía un puesto completamente legal y no mal pagado en un jardín de infancia alemán; hoy había venido para quedarse con los niños mientras los demás acompañaban al difunto Max al cementerio; por lo demás también venía una vez por semana, para no perder del todo el contacto.
Hablaron un poco, de Max, de la miseria que ya duraba tanto; Hilde le contó de su amigo. Había encontrado trabajo de cajista en París, en una pequeña imprenta que han montado los socialistas nelsonianos66; allí sacan folletos antifascistas. Hilde también quiere ir a París; solo tiene que esperar a que salga su divorcio; sí, el hombre que le dio el apellido y la nacionalidad es muy decente, un socialdemócrata de Liberec; desde la boda apenas lo ha vuelto a ver; él le arregla lo del divorcio y no cuesta nada, solo las tasas.
«Oye, ¿cómo fue aquello cuando expulsaron a Paul?», preguntó Hanna con fingida indiferencia.
«¿Es que tienes que largarte?», le preguntó Hilde a su vez.
Qué despiertos se vuelven todos los sentidos bajo la amenaza y la persecución eternas. La simpática maestra rubia no es especialmente inteligente, pero ha notado enseguida que Hanna pregunta por sí misma.
Hanna lo niega: no, se trata de otra persona, pero eso da igual; en resumidas cuentas, ¿cómo se cruza la frontera? Hilde lo sabe muy bien; Paul se lo escribió desde París, hasta se lo dibujó. Coge un lápiz y un papel y se lo explica todo. A ver: no el primer camino que va hacia los campos, sino el segundo, en cuanto se sale de Gmünd; primero un cuarto de hora más o menos por la carretera y luego torcer a la derecha, por el segundo camino de tierra. No es peligroso; los gendarmes fronterizos austríacos hacen la vista gorda si alguna vez se tropiezan con alguno; por lo visto tienen con los gendarmes fronterizos checos un pequeño acuerdo tácito.
Hanna le dio las gracias; Hilde la abrazó y la besó deseándole suerte.
«Qué tontería que no hayas podido casarte», dijo con pesar. «Aunque, total, aquí no hay nada que te tiente a luchar por quedarte... ¿Adónde quieres ir?»
Bueno, a lo mejor quería ir a España, contestó Hanna; es decir, si llegaba hasta allí, a través de tantas fronteras.
«¡A España!», exclamó Hilde contenta. «¡Pues sí que te envidio! ¡Ojalá lo consigas!»
Hanna dejó la isla de los refugiados, para siempre. Hoy todo era para siempre, tan solemne. Como ante el altar, o cuando se jura bandera. Al cruzar el patio hacia la calle, oyó cantar a los niños. Triste sonaba el ritmo de marcha amortiguado: «El padre, muerto a golpes; la madre, presa...». ¡Pobres niños emigrados, indefensos!
Y ahora a ver a Jarmila.
Pensar en Jarmila le resultaba penoso. Seguro que Jarmila y Jenda habían pensado que la primera noticia sobre la historia del chanchullo de la leche venía de ella. El sábado no estaba en ningún otro periódico, solo en la «Svoboda»... ¿La creería Jarmila si le contaba lo que había pasado de verdad? La despreciaría. Tenía que justificarse. Bueno, estaba claro que la traidora no era ella. En las crónicas del domingo habían salido muchos detalles de los que ella misma no se había enterado hasta leer los periódicos. Lo de la pobre viuda, por ejemplo. Y era muy probable que Ladislav no hubiera informado solo a Jarmila, y que la fuente de la que Ladislav, por su parte, había bebido hubiera manado también para otros. Aun así, la idea de tener que explicarse con Jarmila la incomodaba.
Primero comer algo, pensó, y entró en el restaurante francés de la Národní. Es un poco caro, pensó con remordimiento mientras se comía el fino menú. Pero ahora ya da todo igual; de todos modos no tengo dinero; Dios mío, tengo que conseguir dinero, pero ¿de dónde? A lo mejor Jarmila sabe qué hacer.
A pesar de sus preocupaciones, comió con apetito, con verdadera hambre. En los últimos días, tan confusos, solo había engullido algo de vez en cuando, de pie, en un bufé automático. Doce coronas, calculó arrepentida cuando hubo acabado el postre y el café solo; ahora solo me quedan sesenta coronas; con eso no se va a ninguna parte. A lo mejor Jarmila sabe qué hacer.
Se puso en camino hacia Smíchov67, donde Jarmila vivía en un pequeño estudio. Se paró delante de la librería internacional de Topič. Nunca había podido pasar por allí sin pararse; conocía la literatura más reciente por el escaparate; comprar, rara vez había podido comprar algo. En el escaparate alemán estaba Der Weg durch den Februar, de Anna Seghers68. Había oído elogiar el libro, siempre había esperado que algún camarada se lo prestara. ¡También para eso era ya demasiado tarde! ¿Dónde y cuándo podría leer libros en los próximos tiempos?
El camino a través de febrero. También su camino pasaba por febrero, como la lucha de los obreros vieneses que se narraba en ese libro. 1934... ¡ya hace dos años! Qué deprisa pasan los malos tiempos. El camino de los obreros vieneses a través de febrero... sordo, confuso, heroico, cargado de heridas y de muerte, hacia la derrota. Pero ella no era digna de compararse con aquellos: era una traidora. A pesar de todo, era una traidora. ¿Cómo decía el estilo oficinesco de la orden de expulsión? «Por lo que queda probado en el aspecto subjetivo...». El aspecto subjetivo era lo que importaba. Tenía que justificarse ante Jarmila.
Pero Jarmila no estaba en casa; el estudio estaba cerrado con llave. La portera, a la que preguntó, le dijo que la señorita se había ido de viaje unos días. Así que no volvería a ver a Jarmila... Lo sintió. Le tenía cariño a la amiga lista y valiente. Pero también se sintió un poco aliviada de no haberla encontrado.
Ya que estoy aquí, pensó Hanna mientras volvía de Smíchov hacia la ciudad por el muelle, podría pasar una vez más por Malá Strana, despedirme... No, ya no tenía tiempo de despedirse de la ciudad que la había visto nacer y que ahora la repudiaba. Ya no tenía tiempo de subir despacio por la calle Nerudova hasta la rampa del castillo, desde donde se abre la vista celestial sobre la ciudad, allá abajo; ya no tenía tiempo de subir a lo largo del murete, pasando por delante de las casas burguesas barrocas del Úvoz —abajo, a la izquierda, está el jardín de Strahov en su abandono romántico; solo lo abren en mayo, cuando florecen los frutales—, hasta la plaza de Pohořelec, y luego seguir caminando por el vía crucis, con sus muchas estaciones de la Pasión de mal gusto, hasta el jardín del Seminario, y bajar por el monte Petřín. Ya no tenía tiempo de recorrer por última vez ese camino recorrido mil veces, esa subida anhelante hacia las cumbres de la ciudad, y el suave descenso al valle ineludible de las plazas y callejas mozartianas... Ya no tenía tiempo; tenía que arreglárselas para irse antes de que venciera el plazo, tres días y medio todavía; tampoco puede una quedarse hasta el último momento, si no, encima te sacan en una conducción de presos; seguro que me vigilan. Lo mejor es irme mañana mismo, pensó. ¿Adónde? ¿Y sin dinero? A lo mejor Jarmila habría sabido qué hacer. Pero Jarmila no estaba en casa; no volvería a verla.
Mientras volvía a la Ciudad Nueva, fue redactando mentalmente una carta a Jarmila. Una carta llena de reproches contra sí misma, de desengaño, de hiel y de amargura. Pero, en realidad, ¿por qué tenía que acusarse tanto? En cierto sentido, también Jarmila era una traidora. También Jarmila le había confiado algo que a ella le habían contado bajo secreto. Claro que Jarmila la había tenido a ella, a Hanna, por una persona decente y digna de confianza. Y Hanna, a su vez, había tenido a Anatol por decente y digno de confianza. Qué extraño era cómo se enredaba todo aquello. Anatol ya le había hecho notar ayer lo poco lógicos que eran sus reproches contra él...
¡Qué escena tan horrible le había montado! ¡Qué ordinaria había sido! Las expresiones groseras le eran normalmente tan ajenas... Había embrollado toda la compaginación con su tragedia privada. Seguro que después habían hablado de ella en el cuarto de Bílek. Voka y Karlíček y Zeman sabían lo que había pasado.
Bueno, eso ahora daba igual. No volvería a ver a nadie de la «Svoboda». Tampoco a Anatol.
Anatol, al fin y al cabo, era inocente. Hasta se había portado muy bien. Ya no tenía motivo para estar enfadada con él. Pero, qué curioso, ahora que se apagaban su ira y su agitación contra él, no quedaba nada. Como si en los últimos días hubiera gastado todos los sentimientos. Estaba vacía por dentro. Ya no sentía nada: ni añoranza, ni rabia, ni tristeza. Todo daba igual. Todo había pasado ya. Ahora resolver todavía las cosas prácticas, y marcharse.
Cuando, al llegar del puente al muelle, pasó por delante del Teatro Nacional, no pudo contenerse y entró una vez más en el café Slavia. Se sentó junto a una ventana y miró afuera. Despedirse de la imagen querida que la había acompañado toda su vida.
Enfrente, el Hradschin estaba envuelto en bruma; anochecía, los días todavía eran cortos. Miró el largo animal de casas, noblemente estirado, sobre el que se alzaban en el aire, delicada y empinada, la torre gótica de la catedral y, en múltiples redondeces, la barroca. Le resultaba ajeno, como si lo viera por primera vez. No era una barrera, no era un pasaporte, tampoco era un símbolo. Era sencillamente un conjunto de casas viejas, palacios e iglesias.
Miró el gris hormiguero de las casas de Malá Strana, que se arrimaban sobre el río al pie de la colina. Ninguna melodía de Mozart sonaba desde la vieja ciudad muda.
Esos viejos cuchitriles llenos de chinches de ahí abajo también habría que derribarlos algún día y construir casas decentes y limpias, pensó, objetiva y distante.
El camarero corrió las cortinas; en la sala ya habían encendido la luz. Un señor de cara agradable, bigote rubio y ojos grises que miraban amables detrás de las gafas se acercó a ella saludando. ¿Dónde había visto ella esa cara?
«Otra vez no me reconoce», dijo él sonriendo. «Zdeněk Svoboda...»
Pues claro. Se acordaba. Todo el mundo se llama Svoboda.
¿Por qué no lo había llamado nunca, en todo ese tiempo?
Pues, bueno, así son las cosas, siempre tenía tanto que hacer.
«Siéntese, por favor», dijo ella, porque él seguía de pie y por lo visto no quería irse. En realidad es curioso que me encuentre otra vez con el otro Svoboda, pensó, y justo el último día.
Él charló de esto y de aquello, y dejó ver una inteligencia agradable, cultura, buen gusto.
«Sí, en realidad es una lástima que no haya vuelto a verlo», dijo Hanna al cabo de unos minutos. «Porque ahora tengo que irme.»
«Bueno, ahora podemos recuperarlo, ya que la casualidad nos ha vuelto a reunir», contestó él con amabilidad. «¿Viene usted aquí con regularidad? ¿O quedamos ya para un día determinado?»
«No, eso ya no va a ser posible», dijo Hanna, vacilante. «Me voy de viaje mañana...»
«¿Se va? ¿Por mucho tiempo? ¿Adónde?»
«Ay, si yo misma lo supiera», dijo Hanna, entre sonriente y dolorida. «Es que me han expulsado», añadió al captar su mirada de asombro. ¿Por qué iba a hacer de ello un secreto? Ya todo daba igual.
«Pero ¿por qué?», preguntó él rápidamente, pero se contuvo enseguida. No sabía si ella estaría dispuesta a contarle más. Pero ella sacó del bolso la carta de la policía y se la puso delante en la mesa:
«A lo mejor usted me lo puede explicar. Yo misma no lo sé», dijo. «Usted es abogado, si no recuerdo mal, ¿no?»
Sí, y no solo eso: además ya había intervenido en algunos casos a favor de emigrados expulsados. Leyó con atención. ¿Le permitía hacerle unas preguntas?
Por qué no, claro que sí.
«¿Tiene usted aquí un empleo remunerado?»
No, solo hacía trabajos ocasionales, daba clases de idiomas, traducía para periódicos, cobrando por línea.
Eso, desde luego, también estaba prohibido, opinó el doctor Svoboda. Pero no la habrían expulsado por eso.
«¿Y... la actividad política?»
Hanna calló.
«¿Es usted comunista?»
«¿Para qué quiere saberlo?», preguntó ella a su vez. Más me habría valido no decirle nada, pensó incómoda. Para qué le habré contado nada.
«Bueno, si tengo que intervenir por usted, tendré que...», dijo él, cohibido.
«Pero si usted no tiene que intervenir por mí», lo interrumpió ella, obstinada. «Me voy. Ya no quiero quedarme aquí.»
¿Tenía papeles, por lo menos?
No, papeles, la verdad, no tenía. Pero saldría adelante igualmente.
¡Pero eso era muy difícil! En algunos casos había conseguido obtener una prórroga para los expulsados, y entretanto se les había procurado un pasaporte sustitutorio. En los últimos meses, eso sí, se había vuelto cada vez más difícil, pero, con todo, él quería ir mañana a primera hora a la Dirección de Policía...
¿A lo mejor debería aceptar?, se dijo Hanna. Por lo menos unos días de prórroga, para poder conseguir dinero.
«Así que ha hecho usted trabajo político aquí», resumió el abogado, exactamente como si ella estuviera sentada en su bufete y él le tomara los datos personales.
«He... Soy socialista, naturalmente», dijo ella. «Si no, no habría tenido que emigrar. Pero de verdad que no he...»
«Vamos, señora Hanna», la animó él, «mejor dígamelo todo como es, para que sepa cómo tengo que abordar el asunto. Sabe usted, yo mismo soy socialista...»
Ya se sabe, pensó Hanna desilusionada. Como con el juez de instrucción: «Nadie es un ángel...». Hasta los señores directores de banco y consejeros de legación han sido socialistas alguna vez, en su juventud; exaltación juvenil; más tarde se entra en razón.
Pero no: el doctor Zdeněk Svoboda, según contó con simpática sencillez, había sido de verdad miembro del Partido Comunista hasta 1927.
«Cuando expulsaron a Trotski del Partido, me fui. Si hay que expulsar a un Trotski, es que algo está podrido», concluyó.
Sonaba razonable, casi concluyente. Qué raro: en ocho años ella no había sacado nunca esa conclusión. Le habría parecido demasiado... demasiado personal. Como si uno fuera detrás de este o aquel héroe en vez de trabajar objetivamente para el Partido.
¿Así que era trotskista?, preguntó.
En absoluto. El nuevo movimiento obrero, opinaba él, tendría que partir de principios completamente distintos. No limitarse, como los trotskistas y los demás grupúsculos, a remendar, corregir, deshacer los errores del Partido.
Bueno, ¿y entonces cómo?
Ah, cómo: eso tampoco lo tenía claro. Sin darse cuenta se habían metido en un debate político. Él ya tenía poco contacto con el movimiento político propiamente dicho. Unos cuantos amigos se reunían cada semana para discutir. De algún modo tenía que ver con que el hombre debía volver a ocupar el centro de la historia. El hombre tal como es, no el «proletario» abstracto que ya no es más que un número en el engranaje. El hombre, sí, también con su vida privada, con su vida privada tantas veces echada a perder y embrollada, y con todo eso que hoy —con desprecio, y desfigurado por los nazis— se llama «lo irracional».
«Si no, no llegaremos a un socialismo de verdad, si no nos decidimos por fin a contar con el hombre, con el hombre vivo», explicó lleno de entusiasmo. «¡Si no, no llegaremos nunca al socialismo! Que los dirigentes sean decentes o unos granujas... bah, en lo que yo tengo en mente ya no importarán tanto los dirigentes.»
Hanna escuchaba con interés, hacía preguntas, ponía objeciones.
«Lo mejor es que venga un viernes a nuestro club de debate», dijo él. «No se puede decir todo de una vez. Y yo tampoco soy la persona adecuada. Vladimír Sykora... ¿no lo conoce? También estuvo mucho tiempo en el Partido, es colega mío... Sykora se lo explicará mucho mejor. ¡Venga de verdad el viernes que viene! Siempre nos reunimos en el café Metro, en el salón verde, hacia las nueve...»
Hanna señaló en silencio la orden de expulsión, que seguía en la mesa entre los dos. En lo animado del debate, ambos habían olvidado el motivo de su conversación política.
Le contó lo que él quería saber todavía. Él se ofreció a mover todos los hilos; por lo menos quería averiguar por qué la habían expulsado, qué se le imputaba en concreto. Muchas esperanzas de que se revocara la orden no tenía, desde luego. Ahora se quería deportar cada vez más a los emigrados; Alemania presionaba desde fuera.
«Es que dependemos de los alemanes. Un país pequeño, Checoslovaquia...», sonrió dolorido. «¿Conoce usted, naturalmente, las tesis de Dimitrov? Pues ahí tiene las consecuencias en carne propia...»
Las tesis de Dimitrov: la política de Frente Popular. Pero el Frente Popular había obtenido su primera gran victoria, y además en España, un país tan atrasado... ¿A lo mejor es la política correcta, después de todo?, dijo ella, indecisa.
«Ya veremos dónde está España dentro de un año», replicó Svoboda escéptico. «Por cierto, el Frente Popular no habría ganado si los anarquistas no hubieran renunciado, por primera vez en decenios, a su principio de abstención electoral... Ya veremos dónde están los anarquistas dentro de un año. A lo mejor en las cárceles.» El viernes siguiente se discutiría en su círculo de amigos sobre las elecciones españolas, observó; Hanna no debía dejar de ir.
Ella le recordó por segunda vez que el viernes seguramente ya no estaría allí, y se asombró ella misma de lo ligera que se sentía, de lo fácilmente que soportaba que el destino la arrancara por la fuerza de Praga y de todo lo que Praga había significado para ella ese año.
Él quería intentar de todos modos conseguirle por lo menos unos días de prórroga y, si de algún modo era posible, un documento de viaje. Le pidió que al día siguiente, hacia las doce, fuera al café Tumovka.
«Es un antro viejo y sucio, pero está justo al lado de los juzgados, y antes tengo una vista», le explicó. Se despidieron con un apretón de manos de camaradas.
Cuando Hanna volvía a casa por el muelle, pensó que desde Alemania no había pasado una tarde tan agradable.
Capítulo 24
Otra ilusión que se va al garete — Un primer y un último encuentro — Mirada inesperada sobre Heinrich Aschbach — Luise opina que Praga no era lo adecuado — Luces en la Ciudad Nueva.
¿Por qué el café que estaba junto al juzgado tenía que ser precisamente el café Tumovka?
Aquí había empezado la «traición». Aquí, una noche de agosto, le había enseñado a Anatol el cuestionario secreto del Partido. Aquí había renegado de Karl por primera vez. De aquí había partido todo. Todos estos meses desde entonces habían transcurrido de forma forzosa, ahora lo veía. Uno pone un acto y ese acto arrastra tras de sí actos sin fin.
Entonces no había pensado nada malo. ¿Era eso una disculpa? Si ayer —no, fue anteayer, no, fue el viernes pasado... ¡Dios mío, qué deprisa pasan los malos tiempos!—, si tampoco el viernes pasado había pensado nada malo cuando le confió a Anatol el «secreto». Había estado perpleja y confusa; todos sus carriles de costumbre se habían vuelto intransitables.
¡Siempre anda el hombre buscando carriles! ¿Es que nunca podrá caminar solo y libre, hacia una meta, una meta que no baile delante de uno como un fuego fatuo? Quizá tenía que ver con aquello de que Svoboda había hablado ayer en el café Slavia: nos hemos olvidado del hombre... algo así había dicho. Sobre eso había todavía mucho que pensar.
«Perdone que la haya hecho esperar», dijo él, y le estrechó la mano. «Pero no podía marcharme en mitad de la vista.»
Había ido a primera hora a la Dirección de Policía y había intentado hacerse cargo del caso de Hanna. Ella tenía que redactar ahora mismo una instancia, recurrir la expulsión, aclarar las cosas que se le imputaban.
Pero si ni siquiera sabía bien qué era lo que se le imputaba, objetó ella.
Bueno, eso ya lo había averiguado Zdeněk Svoboda.
«Ante todo tiene que aclarar sus relaciones con ese Kunze. Por lo visto la han observado con él.» Era cierto: era de verdad un agente de la Policía Secreta del Estado de Hitler, y por lo que parecía incluso uno muy importante; la investigación seguía en curso.
«¿No tiene usted algún testigo que pueda citar?»
No, no lo tenía. Precisamente a propósito no había ido con Kunze a locales donde hubiera podido encontrarse con conocidos.
¿Así que ya sospechaba algo? Pero entonces, ¿por qué no avisó al Partido o a los amigos de los emigrados?
Sí, a eso no sabía qué contestar. No le había parecido especialmente importante. ¿Y qué iba a querer espiar en ella aquel hombre, si es que de verdad era un espía?
«Probablemente contaba con que usted le... tomara prestado algo de ese dinero», opinó el abogado, y Hanna se puso colorada. «Así la habría tenido en sus manos y, a través de usted, se habría procurado acceso a los emigrados que hacen trabajo político. ¡No, de ninguna manera debió usted aceptar ese dinero! Porque la gente que la ha denunciado no ha dado ningún dato concreto. Pero como le han encontrado a usted el sobre con el nombre de Kunze, el asunto da naturalmente la impresión de que está usted de verdad metida en algo.»
«¿La gente que me ha denunciado?», preguntó Hanna, extrañada. «Y yo que pensaba que era por el artículo...»
Ahora fue Svoboda el que se extrañó.
«¿Por qué artículo?»
«Pensaba que se refería a que me había entrometido en los asuntos internos del Estado... En el Rudé Právo se aludía a mí, solo con el nombre de pila y la inicial, es verdad, pero a propósito de la Svoboda, para la que yo he trabajado... Cualquiera podía adivinar que se trataba de mí.»
Pues bien: la misma gente que había inspirado el artículo del Rudé Právo la había denunciado también a la policía. Eso precisamente era lo que Zdeněk Svoboda había averiguado esa mañana.
«¿El Partido?», preguntó Hanna, incrédula.
«¡Pues claro, el Partido! ¿Tan raro le parece? Querían librarse de usted; usted sabía muchas cosas, y ya no era del todo fiel a la línea...»
No, eso desde luego ya no lo era del todo, admitió ella; de su conversación del día anterior ya se habría deducido. Pero aun así...
«Por cierto, le profetizo que al estraperlista de la leche, al Zaharoff rojo, lo van a dejar en evidencia de manera parecida dentro de poco. ¿Ha leído usted hoy los periódicos? ¿No? Parece que el asunto se les está yendo un poco de las manos. El fin justifica los medios... No es la primera vez que el Partido denuncia a camaradas incómodos... Siento mucho que todavía se hiciera usted ilusiones...»
Hanna calló, profundamente conmovida. Casi trece años había estado en el Partido, ¿y ese iba a ser el final? ¿Entregada al enemigo de clase por sus camaradas, como un vulgar espía y traidor?
El abogado tenía prisa, tenía que volver al juzgado.
«Así que tráigame esta tarde la instancia con el recurso; aún tenemos dos días enteros. Mañana temprano vuelvo allí e intentaré conseguir que la dejen aquí mientras se tramita la instancia.»
«No, me voy», dijo Hanna despacio. «No voy a hacer ninguna instancia. No merece la pena. Aquí ya no tengo nada que hacer.»
Él movió la cabeza, apenado. Desde luego, tampoco a él le parecían muy prometedoras las gestiones previstas. Pero tan deprisa... ¿tenía ella dinero, por lo menos? Si no, él podía ayudarla. Al menos con lo más necesario; con mucho gusto, naturalmente.
Tenía algunas perspectivas de conseguir hoy mismo el dinero necesario, mintió Hanna. No podía aceptar también eso de un desconocido; ya había hecho bastante por ella. Pero le prometió llamarlo por la tarde y, en último caso, recurrir a su ayuda. ¡Y muchas, muchísimas gracias por ahora! Sí, seguro que nos vemos todavía antes de que me vaya.
Cuando llegó a su pensión y descolgó la llave del tablero, notó que un hombre con sombrero rígido y bastón grueso, que andaba por el vestíbulo, la miraba con una insistencia llamativa. Un policía de paisano, lo reconoció en el acto; qué tontería, que a esos se los reconozca siempre enseguida. Pues claro, ahora me vigilan. Una peligrosa agente de la Gestapo; si hasta el Partido lo dice... Sonrió con amargura.
Luego subió y empezó a hacer el equipaje. Miró a su alrededor sin saber qué hacer. No tenía ni una maleta; en su día había llegado a Praga con una simple mochila a la espalda. Ahora tenía que dejar Praga sin nada más que una mochila a la espalda. Las cosas que se había comprado aquí en el año y medio no cabían. Y llevárselas también era peligroso.
Todo esto hay que dejarlo otra vez aquí, pensó. Hay que salir otra vez sin más que un poco de ropa para mudarse, una blusa, un par de zapatos. Por segunda vez se deja todo atrás. Bueno, ahora todo da igual.
Llamó a la camarera y le pidió que le trajera una caja; en ella quería guardar sus modestas pertenencias. Su corazón no estaba apegado a nada. Las cartas de Karl —eran dieciséis en total— las ató en un paquetito. Aún no sabía bien dónde guardarlas. Quizá debería destruirlas, pensó. Pero en la calefacción central no se puede quemar nada. Si entonces hubiera cogido la habitación con la estufa de azulejos... Quizá muchas cosas habrían sido distintas. Todas las cosas sospechosas las habría quemado en el acto. En el registro no habrían encontrado nada. Anatol habría podido venir a verme de noche. Quizá entonces todo habría sido distinto. Pero Anatol no quiso. Bueno, ahora todo da lo mismo.
Llamaron a la puerta y ella dijo «Adelante» sin volverse; creyó que era la muchacha con la caja de cartón. Pero era Anatol.
«Ya he estado aquí dos veces», dijo él, cohibido, «ayer, y esta mañana otra vez... ¿no se lo han dicho? Anteayer ya se había ido usted cuando subí de la compaginación... Estaba usted tan terriblemente alterada...»
Sí, tenía que disculparse, dijo ella, todavía más cohibida que él. Había... había sido tan grosera... había creído con tanta seguridad... un malentendido...
Él hizo un gesto con la mano: «¡No tiene por qué disculparse! ¡Si la conozco! Pero dígame: ¿lo del registro? ¿Eso lo dijo solo así, por la rabia? Me quedé muy intranquilo... No he pegado ojo en toda la noche...»
Volvieron a llamar; esta vez era la criada, con la caja. Hanna le señaló las cosas que había dejado sobre la mesa para empaquetar.
«Mañana me voy», dijo secamente. «Me han expulsado. Denunciada a la policía. No pensaba volver a verle. No quería...», añadió en voz baja, y se le saltaron las lágrimas.
¡Pero eso era espantoso!, exclamó el hombre, alterado; había que hacer algo, había que ir enseguida...
Ella negó con la cabeza. No había nada que hacer. Los que son como nosotros no tienen derechos. Nadie nos quiere. Estamos proscritos. «Pero me parece bien, ya no quiero quedarme aquí. De todos modos, todo se ha acabado.»
Él insistió en que no fuera tan fatalista: tenía relaciones, quería interceder por ella. Como ella no contestaba, sacó a relucir que no podía soportar que ella, por su culpa...
Ella lo miró con desdén:
«¿Por su culpa? ¡No exagere! Detrás de esto hay cosas muy distintas. Pero de esas no entiende usted nada; nunca se ha tomado la molestia de aprender a entender algo... No, no tiene por qué tener remordimientos. La vida privada no es tan importante.»
La última frase le resonaba en el oído. Era una mentira, eso lo había aprendido este año. O quizá no una mentira, pero nada más que un buen propósito, una meta deseada, una doctrina. Había naufragado con todas sus doctrinas.
Enseguida se lo iba a echar en cara Anatol. Y esta vez hasta tendría razón si se lo echaba en cara. Pero él solo dijo, desvalido:
«Bueno, puede que sea así... Pero yo... hemos estado muy cerca el uno del otro, Hanna. No quiero que se vaya, y encima tan de repente, de esta manera...» Miró la caja de cartón destartalada, la mochila.
Hasta en esto, esteta, pensó ella; no vibraba ninguna nota de sentimiento.
«¿Y por qué quiere que me quede?», preguntó fríamente. «¿Para hacerme llamar a su despacho cuando tenga un cuarto de hora libre y ganas de una conversación estética? ¿Para venir aquí de vez en cuando, si no le tienta nada mejor? ¿Qué otra cosa pierde usted conmigo? Una amistad casual. Nuestra relación no tenía ningún trasfondo. No fue más que una relación casual.»
Él la miró, y luego miró a lo lejos sin ver.
«Quizá no fue tan casual que nos encontráramos», dijo en voz baja y un poco solemne. «Quizá hubo en ello un poco de destino.»
Qué romántico, pensó Hanna con desagrado. Había olvidado que ella misma había pensado muchas, muchas veces algo parecido.
«¿Se acuerda todavía del Hospital Número Dos?», preguntó Anatol despacio.
Hanna lo miró sorprendida.
«¡Qué eficiente era usted! ¡Qué alegre y qué consoladora! ¡Por la mañana la primera en llegar y por la noche la última en irse a casa, de todas las enfermeras voluntarias! Y cuántas veces hizo usted guardia de noche. Hasta en la Nochevieja. Cantó usted, y nos lo hizo fácil a todos... Esta Nochevieja he tenido que pensar tanto en aquella Nochevieja de hace veinte años», concluyó él con melancolía, como para sí.
Hanna se quedó mirándolo sin habla.
«Pero ¿es que estuvo usted entonces en el Hospital Número Dos?», preguntó en voz baja.
Él se llevó la mano al bolsillo del pecho, sacó la cartera y le tendió una postal descolorida. Una sala con seis camas en fila, en las que yacían heridos. En la cama del centro estaba sentada ella misma, con delantal y cofia blancos.
«¡El capitán Kósci!», balbuceó. «El del tiro en el pulmón... Y el tenientito del Tirol... el de la fractura de fémur... ya no me acuerdo de cómo se llamaba...»
«¡Ese fue nuestro primer encuentro!», dijo Anatol con sencillez.
Ella lo miró interrogante. Él señaló a un hombre de barba negra cerrada, con bata de hospital a rayas azules, que estaba sentado detrás de la enfermera, en la cama del centro.
«¡El hombre del dedo!», exclamó Hanna. «¡¿Era usted?!»
Él le mostró la mano izquierda con una sonrisa melancólica:
«Usted me lo vendó muchas veces. Pero ya nunca volvió a quedar derecho. Usted siempre insistía en que había que operarlo, pero había tantos enfermos más importantes... los médicos nunca tenían tiempo. Tiros en el vientre, tiros en la cabeza, trasplantes en la cara... ¡qué es al lado de eso un dedo! Después ya nunca pude volver a tocar el violín», añadió al cabo de un rato.
Hanna lo miró consternada.
«¿Y lo ha sabido usted todo este tiempo? ¿Y no me ha dicho nada?» ¡Qué inquietante era aquello!
No, no lo había sabido todo el tiempo. La había reconocido cuando apareció por primera vez en la Svoboda; es decir, había sabido que ya la había visto antes y que en otro tiempo ella había significado algo para él. Pero no la había identificado, porque en el Hospital Número Dos solo había sido la «hermana Hansi». Es verdad, Hansi la llamaban. Porque la enfermera jefe también se llamaba Hanna...
«Y luego, un día, revolviendo cosas, encontré esta fotografía, y entonces supe quién era usted», siguió contando él. «Pero pensé que quizá no le resultaría agradable que le recordaran aquel tiempo.» Se interrumpió.
«¿Por qué no?», preguntó Hanna sin malicia. «¡Ah, ya: porque entonces me habría enterado de que usted sabe mi edad!», sonrió. ¡Qué bien la conocía! Mejor que ella misma había notado él seguramente cuánto la agobiaban y la confundían sus cuarenta años. De pronto se acordó de la escena en el bosque de Štěchovice, cuando le había preguntado cuántos años le echaba, y él le había contestado enigmáticamente: «pues pareces mucho más joven»... Así que ya entonces lo sabía. Qué extraño.
«Me guardé la foto y siempre pensé que ya se presentaría alguna ocasión... claro que no esperaba enseñársela hoy, en estas circunstancias.» Había tristeza en su voz.
Llamaron a la puerta: a Hanna la llamaban al teléfono. Era Luise. Ah, Luise. La había buscado el domingo sin encontrarla, y luego, en el torbellino de los últimos días, se había vuelto a olvidar de la amiga sencilla. Solo le dijo que habían pasado unas cuantas cosas importantes y le prometió ir a verla esa misma tarde. Y casi me olvido de despedirme de Luise, pensó con un fugaz sentimiento de culpa, en la superficie. En todas sus profundidades estaba oscuro por la sombra que había arrojado la revelación de Anatol.
Volvió a su habitación. Anatol estaba junto a la ventana y miraba en silencio el patio sombrío. Tardó mucho en volverse, y ella estaba en silencio detrás de él y le miraba la espalda sin verla.
Por fin le tocó ligeramente el hombro con la mano. Él volvió la cara hacia ella; estaba pálida y llena de tristeza.
«Tiene que irse ya», le recordó ella con dulzura. «Me voy mañana temprano y aún tengo que hacer un par de recados.»
«¿Y no puedo hacer nada por usted?», preguntó él con voz abatida. «¿No me permite al menos... ?»
«No, gracias, tengo dinero», lo interrumpió ella precipitadamente.
«Bueno, entonces...», dijo él, vacilando. «Como usted quiera. ¡Le deseo todo lo mejor! ¡Con todo mi corazón, todo lo mejor!» Le estrechó la mano.
«¿Sobre todo salud?», dijo ella; pero no había en ello ninguna burla malévola, solo un poco de ironía amistosa.
«Eso no es lo más importante», murmuró él, confuso.
Ella le tomó la cara entre las dos manos.
«Adiós, querido Anatol», dijo, y lo besó en la boca como una hermana.
Cuando él se hubo ido, se quedó mucho rato mirando por la ventana sin ver. Luego, de pronto, se sobresaltó. No, en todas estas cosas asombrosas no se podía pensar ahora. Eso había que ordenarlo e intentar entenderlo en tiempos más tranquilos.
Lo más importante ahora era conseguir dinero. Dios mío, de dónde saco yo dinero. No me quedará más remedio que pedírselo prestado al doctor Svoboda. Todos se llaman Svoboda, pensó mientras metía la ropa en la caja de cartón. Qué confusión. Todo se llama Svoboda.
Llamaron. «¡Adelante!», gritó Hanna. Su hermano Heinrich estaba en la puerta.
«Es que ya he estado aquí esta mañana temprano», anunció él, confuso. «Tu carta no la encontré hasta anoche, muy tarde. He estado dos días en Brno.»
Qué gracioso, todo el mundo va a Brno, pensó Hanna maquinalmente.
«Hanna, ¿qué locuras son estas?», dijo él con severidad, pero en su voz se notaba la agitación.
Ella lo miró con fastidio:
«¿Qué quieres de mí? Si no nos conocemos. Hace años que rompimos todo trato. Tú mismo lo contaste, delante de mucha gente, en el Rokoko-Bar.»
«¡Ay, lo que no dirá uno cuando lo pillan por sorpresa!», dijo él, enfadado. Se quitó el abrigo de pieles y buscó una silla con la mirada, pero en la única silla estaba la mochila. Se sentó en la cama.
«Ya te puedes figurar que toda clase de gente me ha llamado enseguida por teléfono para preguntarme si ese soy yo, Heinrich A., en el Rudé Právo, y si de verdad mi hermana es comunista y fascista.»
Sin querer, Hanna tuvo que reírse. Para Heinrich Aschbach, por lo visto, no había ahí ninguna diferencia. Comunismo, fascismo, en fin, locuras de esas. Una persona decente vota a los demócratas y no se mete en política. Por la cabeza le pasó fugazmente que aquella torpe equiparación de los dos extremos quizá encerraba más verdad de lo que el hermano sospechaba. ¿No había pensado ella misma hacía un momento la palabra Gleichschaltung?69 En Rusia se llamaba «disciplina socialista»... Sí, quizá la diferencia era menor de lo que se creía.
«Pero lo que se dice por ahí no tiene ninguna importancia», prosiguió Heinrich Aschbach, puesto que la hermana no contestaba. «Reconozco que fue una falta de tacto por mi parte. Perdona. Pero no por eso tienes que escribirme una carta de despedida tan impertinente, ¡so tonta!» Tenía lágrimas en la voz.
De pronto los vio a él y a sí misma de adolescentes, peleándose. Su cara corriente y guapa, ya algo fofa, se volvió delgada y lampiña, las gafas desaparecieron, unos ojos de muchacho inocentes, un poco obstinados, la miraban, desvalidos y furiosos. Reconoció a Heini, el hermano de la infancia. Siempre se habían peleado y se habían insultado; nunca se habían dicho cuánto se querían.
«Al fin y al cabo eres mi única hermana», gruñó él. «Si llevas una vida tan descabellada que acabas teniendo que ver con la policía y los tribunales, pues yo tendré que ocuparme de que no haya escándalo. Yo soy hombre de negocios, ante todo.» Ya se le habían vuelto a posar las gafas sobre la nariz, y las mejillas, tersas como de niño, volvían a colgar flácidas.
«Vive como quieras», dijo Hanna con frialdad, «pero déjame en paz. Si tus negocios exigen que reniegues de tu propia hermana, haz lo que no puedas dejar de hacer. Pero no esperes que después siga tratándote. Por lo demás, ya no te voy a causar más molestias.» Señaló su equipaje. «Como ves, me marcho. Para siempre. Tengo todavía muchísimo que hacer. Por eso preferiría que me dejaras sola ahora.»
«¡No me vengas con esos discursos tan finos, criatura!», se enfadó él. «¿Cuándo vas a hacerte mayor, Dios mío? Cuando uno está en una situación como la tuya, va primero a ver a su hermano, sobre todo si sabe que es un hombre influyente. ¿A quién va a ir si no? Todos esos tipos con los que te tratas, charlatanes y plumíferos, como ese Lozák, y los llamados camaradas, como el señor senador X —que, por cierto, es un capitalista de lo más refinado, con su estraperlo de la leche—, ¿qué hacen esos por ti cuando la cosa va en serio? ¡Te dejan caer sin más cuando la cosa va en serio! A mí no me vas a engañar: ¡ninguno de tus señores amigos hace nada por ti!» Miró con desprecio sus míseras pertenencias. Y como si le hubiera adivinado el pensamiento, prosiguió: «¿Es que se puede hacer algo por ti? ¡Si le saltas a uno a la cara enseguida con tu desconfianza y tu desprecio! ¡Porque tú me desprecias! ¡Siempre me has despreciado! Porque no entiendo nada de tus ismos tan sublimes, porque soy un hombre práctico, porque no soy tan lista como tú.»
Hanna lo miró asombrada; él se había levantado y andaba agitado de la ventana a la puerta, de la puerta a la ventana.
«Ya cuando éramos pequeños era así», siguió hablando, como para sí. «Tú siempre fuiste la lista, la brillante, aquella en la que nuestros padres habían puesto todas sus esperanzas. A ti te dejaron estudiar; a mí me metieron en la oficina, era demasiado tonto.»
¿Así que es eso?, pensó Hanna, impresionada. ¿El rico y respetado señor banquero se siente inferior a mí? ¿Quién lo habría creído nunca? Qué distinto es todo de como uno se lo imagina. Nunca se me habría ocurrido que Heini se sintiera despreciado por mí. De pronto comprendió que el hermano, quizá incluso más conscientemente que ella, había vivido desde siempre con la mira puesta en impresionarla; con él pasaba exactamente lo mismo que con ella: los dos estaban referidos el uno al otro en todo lo que hacían. El montón de dinero que acumulaba, los puestos en consejos de administración, el consulado de Nicaragua, el distintivo diplomático que de él se derivaba en el elegante Chrysler: todo eso quería decir: ¡mira, hermana, hasta dónde ha llegado tu hermano el tonto! Qué cosa más rara son los hermanos, pensó. Que nunca se libre uno de la infancia.
«Bueno, eso ya pasó hace mucho», dijo con sensatez, sin saber si se lo decía a él o a sí misma.
«Ya he pensado en el asunto», dijo él. «Y ya he hablado con mi abogado, un hombre muy listo. Ha preguntado enseguida en la policía, pero parece que de momento no hay nada que hacer. Ahora aprovechan aquí cualquier ocasión para quitarse de encima a los emigrados. Tampoco es que hayas perdido nada aquí, con lo mal que vives.»
Echó un vistazo a la habitación.
«Vete; lo mejor, a París. Tu marido sale pronto de la cárcel, ¿no? ¡Ah!, hasta octubre no. Yo creía que en mayo. Bueno, de todos modos. Que se vaya él también a París. Allí se vive mejor. Aquí, tarde o temprano, acabará viniendo Hitler, y entonces los emigrados estarán en la ratonera. Pero no por eso pierdo de vista el asunto. Lo arreglaré de manera que puedas volver cuando quieras. ¡Aquí se puede arreglar todo! Una persona en mi posición, quiero decir.»
Ya vuelve a querer impresionarme, pensó Hanna divertida; pero aun así le hizo bien que el hermano se interesara de un modo tan práctico por su suerte.
Él sacó la cartera y dejó un fajo de billetes sobre la mesa.
«Son quinientos dólares», dijo. «Los he hecho cambiar todos en billetes de cinco y de diez dólares, para que no tengas complicaciones. Primero quería coger cheques de viaje, pero tú todavía eres capaz de perder el dinero, siempre andas por las nubes. Pero luego tienes líos con las firmas y todo eso, pensé. Y aquí tienes también la autorización de la Oficina Central de Divisas, por si alguien te para en algún sitio. Así que cuéntalo y ten cuidado de que no te lo roben», dijo con severidad.
«Muchas gracias, Heini», dijo Hanna, «tienes muy buena intención. Pero no acepto dinero tuyo. No puedes arreglar con dinero lo que me has hecho en todos estos años.»
El hermano la miró dolido y triste.
«Lo pones de verdad difícil para quererte», gruñó. «Yo no te he hecho nada. Por lo menos no a propósito. Por lo demás, tú también me has hecho bastante a mí. Solo cómo miras por encima del hombro a Rosita, y eso que es una señora tan fina y hasta te admira en secreto... Pero eso ahora da igual. Lo importante es que tengas dinero...»
Hanna quiso interrumpirlo, pero él no hizo caso:
«... Y de otra gente probablemente no vas a conseguir nada, o como mucho cien coronas más buenos consejos.»
Hanna no tuvo más remedio que darle la razón por dentro en esa sobria constatación. ¿Cuánto podía pedirle prestado a Zdeněk Svoboda? Él mismo solo había hablado de «lo más necesario», y ella se alegraba de no tener que recurrir a ello. Y por lo demás... sí, no le quedaba otro remedio. España está lejos. Viajar sin papeles cuesta mucho dinero.
«Pero solo lo acepto prestado», dijo de mala gana. «Y solo cojo cien dólares; más no necesito en absoluto.»
«¡Te quedas los quinientos dólares!», ordenó él. «Puedes abrir un pequeño negocio en París, una librería o una biblioteca de préstamo, o algo así, que vaya con tus intereses. Para mí quinientos dólares no tienen ninguna importancia.»
Hanna se tragó la última frase y dijo:
«Bueno, pues como quieras. Y muchísimas gracias. En cuanto pueda, empiezo a devolvértelo.»
«¡Pero no regales el dinero a cualquier sinvergüenza que pase por ahí!», le advirtió el banquero. «Piensa en tu marido y en cómo va a encontrarse cuando salga en otoño. Y haz también algo por ti. Tienes una cara malísima, toda gris y flaca. Vete al campo a algún sitio, en cuanto vuelvas a tener residencia fija. Y escríbeme tu dirección en cuanto sepas dónde te instalas. Ahora tengo que irme, tengo todavía una reunión. ¿Cuándo te vas?»
Hanna contestó que se iba al día siguiente, primero a Austria, pero que aún no sabía en qué tren.
«Bueno, pues llámame en cuanto lo sepas; iremos a la estación. Y... no te maltrates así la vida, hermana. Vales demasiado para eso. Lo sé. ¡Te conozco desde que éramos niños! En el fondo eres una persona eficiente y buena, con todas tus locuras. ¡Si te lo digo yo, puedes creértelo!», añadió con candor.
Hanna se rio. «Vaya, es un cumplido poco frecuente», dijo.
«Al fin y al cabo eres mi hermana», dijo él, con doble sentido; se puso el abrigo de pieles y se fue tras un vigoroso apretón de manos.
Hanna terminó el equipaje, ató la caja de cartón, guardó el dinero y fue a la estación a informarse de los trenes. Tenía que salir a las seis y treinta y cinco; era el mejor tren del día.
En el mostrador del portero seguía —o volvía a estar— el policía secreto, reconocible a todas luces como tal. Bueno, entonces mejor marcharse mañana mismo, aunque el plazo no vence hasta el viernes. Si no, todavía me llevarán a la frontera en conducción. Al fin y al cabo, aquí ya no tengo nada que hacer.
Estaba de muy buen humor. Se va de viaje. No es un viaje emprendido por gusto, no es un viaje agradable, es incluso un viaje peligroso, no se sabe si se llegará ni cómo ni adónde. Pero, con todo, es un viaje. Hace mucho que no hace ninguno. Todo viaje, aun el más desagradable, trae esa cierta excitación alegre, esa alegría anticipada por lo nuevo, lo desconocido, esa inquietud atareada: ¡fuera!
Praga se extendía en su hondonada; la vio muy abajo, entre la bruma, mientras el tranvía subía las alturas hacia Vořechovka70. Allí vivía Luise desde hacía poco, como ama de llaves de una señora que vivía sola. La pequeña villa estaba entre casas muy bonitas, en un jardincillo recién plantado.
Encontró a la amiga junto al barreño; la espuma de jabón le rebosaba sobre el delantal y el cuartito humeaba de vapor. Mientras Hanna contaba, Luise sacaba del cubo con una cuchara de madera la ropa hervida, la echaba a enjuagar en una tina de cinc y luego se puso a escurrir las pesadas sábanas con sus manos fuertes y rojas. Hanna contaba; Luise asentía, seria y apenada.
«Pues es una pena que tengas que irte», dijo sin especial emoción. «Eras una camarada simpática. ¡Ya te habríamos hecho trotskista! Bueno, en España también hay una sección, y muy buena además. Te escribiré las direcciones.»
A Hanna le gustó la manera práctica y nada sentimental de la amiga.
«De todos los que dejo aquí, eres tú la que más siento», dijo, y en ese momento lo sentía de verdad. «Fuiste la primera persona que fue amable conmigo aquí, y eres la última.»
«¿Y tienes dinero?», preguntó Luise, y salió al patio a tender la ropa. «Porque, si no tienes, podría prestarte seiscientas coronas que he ahorrado. Eso sí, me las tienes que devolver. Hans sale en julio y entonces necesito el dinero.»
«Gracias, eres un cielo», dijo Hanna, conmovida. «No, gracias. Ya sabes que tengo un hermano rico. Hasta ahora nunca ha hecho nada por mí; yo no se lo he pedido, ni lo habría aceptado. Acaba de estar en mi casa y me ha metido a la fuerza un montón de dólares. A él le da igual, y a mí me viene bien, así que no me he andado con más historias.» ¿Para qué iba a contarle a la sencilla Luise las complicadas relaciones anímicas que desde hacía una hora había empezado a intuir entre ella y su hermano? Hermano y hermana, hijos de burgueses: eso era tan distinto del hogar proletario con siete u ocho hermanos del que venía Luise.
«¡Vaya, eso está bien!», dijo Luise, contenta. «Claro que lo has aceptado, ¡estaría bueno! Oye, por cierto, tu Svoboda fue la primera en destapar el escándalo comunista de la leche, ¿no?», prosiguió de repente. «Claro que esos no tienen nada que reprocharles a los comunistas; durante meses han estado tocando el bombo por la «Melka», y entre bastidores con ellos pasa exactamente lo mismo. ¡Y además, cuando un periódico burgués se pone a dar lecciones de moral! Pero por lo menos tiene el mérito de haber desenmascarado a esos estraperlistas estalinistas», añadió sin malicia. Su información venía seguramente del grupo trotskista, en el que estaban organizados juntos checos y alemanes. El artículo del Rudé Právo, por lo visto, no lo había leído, y Hanna no dijo nada.
Luise terminó de tender la ropa e invitó a Hanna a la cocina, donde sacó café caliente del horno.
«Te dejo las cartas de mi marido, Luise», dijo Hanna, y señaló la caja de cartón que había traído. «En cuanto tenga una dirección, te pediré que me las mandes. Y ahí dentro están también todas las cosas que no me puedo llevar. Por favor, quédate con lo que te sirva. ¡Pero de verdad! Lo demás dáselo al comité de refugiados.» Había desatado la caja y miraba pensativa el paquetito de cartas que estaba encima de todo.
«Oye», dijo vacilando, «¿cómo te lo imaginas en realidad, quiero decir, cuando Hans salga en julio...? Han cambiado tantas cosas entretanto... ¿Crees que volveréis a vivir juntos así, sin más, como antes?»
«¿Y por qué no?», se extrañó Luise, y mordió con sus dientes grandes y fuertes un buen trozo de bizcocho de levadura. «¡Pues claro! Los dos estamos deseándolo una barbaridad.»
«¿Y todo lo que ha pasado entre medias...?», preguntó Hanna tímidamente. «Porque han pasado muchas cosas entre medias, ¿no?»
«Bueno, sí, han pasado unas cuantas cosas, claro», dijo Luise, y se puso un poco colorada. «Pero todo eso no tiene ninguna importancia. Nuestra separación no fue más que una separación exterior...»
¿Se podrá separar así de fácil lo exterior y lo interior?, cavilaba Hanna. ¿No estaba todo profundamente unido, enmarañado y enigmático? Pero desesperó de poder hacérselo comprender a la amiga.
«¿Y eso de que tú entretanto te hayas ido del Partido? ¡Eso no me lo imagino nada fácil!», siguió preguntando, pasando a un terreno más tangible. «Con lo que los de las cárceles no saben nada de lo que ha pasado entretanto en el mundo... Hans entró como miembro del Partido y sale como miembro del Partido, y tú ahora eres trotskista.»
«Eso no me da ningún quebradero de cabeza, Hanna», dijo Luise, impasible. «Hans es un chico tan inteligente, que ya le habremos explicado enseguida de qué va la cosa. Y con tu Karl pasará exactamente igual; tú no te preocupes por nada, ¿eh?»
Hanna sonrió, sorprendida. De repente a ella misma ya no le parecía tan complicado, ahora que lo veía planteado de un modo tan sencillo. Sacó de la caja el vestido de verano estampado de flores y se lo puso por delante a la amiga.
«¿Ves? Te quedará justo», dijo. «¡Con él vas a buscar a Hans cuando salga! Y oye, aquí hay también cincuenta dólares, para los niños emigrados», dijo algo cohibida, y sacó los billetes de su bolsito.
«¡Qué detalle! ¿Cuánto es eso en coronas?»
«Unas mil, creo...»
Luise se quedó asombrada.
«¡Pues sí que se van a poner contentos! ¡Con lo que ahora ya nadie da nada! Pero mejor se lo doy a cambiar a un camarada checo; si no, los del comité todavía van a creer que soy una agente de la Gestapo.»
No, no era una alusión. Luise no sabía nada de la historia de Kunze. Hanna quiso que cogiera también veinte dólares para ella, pero no los aceptó. A la estación, por desgracia, no podía ir, dijo con pesar; a las seis y media tenía que prepararle a su «vieja» el baño y el desayuno; era profesora en el Gymnasium femenino Minerva.
«¿Y cómo se llama?», se informó Hanna; antes no se había fijado en el nombre de la placa de la puerta.
No, no era ninguna de sus viejas profesoras de la juventud. La vieja Praga se había acabado definitivamente.
«Bueno, pues, Luise querida», dijo Hanna. «Todavía tengo un montón de cosas que hacer. No nos separamos para siempre.»
«¡Claro que no! Cuando salga Hans, a lo mejor nos vamos también a España. Si para entonces no se ha ido otra vez todo a pique allí; ya se encargará el Partido de que el bonito Frente Popular gire bonitamente a la derecha», dijo Luise con sequedad. «¿Y sabe el Partido que te vas?», preguntó.
¿Para qué iba Hanna a extenderse ahora con toda aquella larga historia? Tenía prisa; Luise, si se enteraba de lo que pasaba, querría reclutarla enseguida para los trotskistas, y además le daba vergüenza confesar que el Partido era el autor de su expulsión.
«Ayer ya estuve en el albergue despidiéndome», dijo vagamente.
«Oye, creo que te viene bastante bien tener que irte de aquí», dijo Luise, y miró a Hanna con atención. «Con lo que tú te criaste aquí, en una familia burguesa, y luego estuviste tanto tiempo fuera, y vuelves como comunista... Eso no es lo que conviene. De ahí no sale nada bueno. ¡Creo que en España te irá mucho mejor!»
Sí, algo de verdad había en eso, dijo Hanna, y una vez más se quedó impresionada por la sencilla sensatez con que Luise captaba las cosas difíciles. «Más me habría valido emigrar entonces a París. Pero ahora sí que tengo que irme...»
Las dos mujeres se abrazaron y se besaron de corazón.
Cuando Hanna volvió a la ciudad por el Hradschin, el castillo y la catedral quedaban a su derecha, en la oscuridad; pero abajo, en las amplias plazas de la Ciudad Nueva, ya estaban encendidas las luces.
Capítulo 25
La patria es un país pequeño — Muchas preguntas y ninguna respuesta — Toda verdad es sencilla — El vuelco es cada día — El asfalto empieza a fundirse con la tierra — Sube una alondra — Un cortejo marcha por los caminos del mundo.
Ir a la frontera un jueves sin nada más que una mochila no pasaba desapercibido. El vagón de tercera iba casi vacío. Entonces, cuando Hanna llegó, era domingo y el tren de la tarde iba atestado. Había podido colarse fácilmente: una excursionista de vuelta de los Montes Metálicos. Hoy no había ninguna multitud entre la que hubiera podido esconderse.
Entonces no tenía ningún documento, solo el papelito de identificación secreto, doblado muchas veces, del subdistrito de Berlín-Lichterfelde. Ahora tenía un documento: la orden de expulsión. Si la enseñaba en caso de apuro, ningún funcionario checo la retendría. Al fin y al cabo, ella no hacía más que cumplir las leyes y los decretos. Los funcionarios austriacos, en cambio, no debían encontrarle una hoja así. Detendrían en el acto a un individuo tan peligroso para el Estado.
No, a los austriacos tenía que esquivarlos. Tenía que procurar salir de Austria lo más deprisa posible y llegar a Suiza. Austria era ahora un país pequeño. Quizá ni siquiera haría falta pasar allí la noche.
También su patria era un país pequeño. En poco más de tres horas había ido entonces de la frontera norte a Praga. Ahora llevaba apenas tres horas de viaje y ya estaba cerca la frontera sur. Un país pequeño. Un país de paso. Un país de tránsito. De verdad, era demasiado pequeño para quedarse en él.
Hacia el este, eso sí, el país se alargaba estrecho y extenso, hacia Eslovaquia, hacia la Rutenia subcarpática; a la última punta solo se podía llegar en tren atravesando un pedacito de territorio rumano. Allí no había estado nunca. Había recorrido Rusia, Inglaterra, Italia, Noruega, pero en su propia patria nunca había pasado de Bohemia. Ni siquiera hasta Brno.
Siempre quise ir algún fin de semana a Brno, pensó. Ver la ciudad en la que Anatol había pasado su juventud, la que lo atraía hacia sí domingo tras domingo con una fuerza tan constante. Quizá también llegar a ver a la familia, la tan querida familia Svoboda de Brno. Había querido ir a Brno a espiar. Sí, espiar era lo que había querido. Y ahora la expulsaban, por así decirlo, como espía. ¡Qué bien cuadraba todo! Solo había que ponerlo en otro contexto.
Por lo demás, aunque quizá hubiera tenido ganas de espiar, seguro que le habría faltado talento para ello. No tenía talento para sonsacar nada. «¿Hace falta ser tan lista para poder ser tan tonta?», le había dicho una vez su hermano, con desaprobación, cuando ella no entendía algo que a él le parecía muy sencillo. Había preguntado y preguntado, y aun así no lo había entendido. Siempre veía a la vez tantas caras distintas, en las cosas, en las personas. Y con ello se le escapaba el plano del edificio.
En Veselí-Mezimostí sirvieron el desayuno en bandejas dentro del tren: gulasch con albóndigas de pan y cerveza. Se acordó de cuando, hacía muchos, muchísimos años, había ido por esta misma línea con sus padres a Viena. También entonces habían comido gulasch en bandejas que les pasaban por la ventanilla... Habían ido a Viena a la Exposición del Adriático. Por canales y estanques artificiales, de fondo de hojalata pintado de un azul chillón, corría un agua azulada que tenía que evocar por arte de magia el Mediterráneo. «¿Han traído el agua desde el Adriático?», había preguntado la joven Hanna, asombrada. «¡Tú siempre tienes que adivinar primero lo más improbable!», se había reído de ella su padre, hombre de mundo.
Se bebió la cerveza y devolvió la bandeja por la ventanilla; la locomotora ya arrancaba otra vez.
No, nadie había ido a la estación. No le había dicho a nadie la hora de su partida. Mejor así. Nada de lágrimas ni de escenas de despedida. Escribiría: a Zdeněk, a Jarmila. También a Heini. Desde su visita del día anterior lo veía con otros ojos. Heini: solo el último día se había acercado a él. Demasiado tarde.
Pensó en Anatol. La última conversación con él había puesto también a Anatol bajo una luz nueva. Aquella historia del hospital en la guerra... qué extraño. No lo entendía. Intentó pensar en ello. No se le movía ningún sentimiento. Anatol, el placer, el dolor, quedaban lejos. Sentía de un modo oscuro que el dolor volvería, que solo estaba adormecido, que todavía tendría que sufrirlo hasta el final, sola, en tierra nueva. Anatol, el hombre del dedo... ¿Habría estado su relación desde el principio bajo ese signo? No lo entendía.
Pero probablemente era muy sencillo. Como tantas cosas que ella no entendía. Muchas cosas las entendía ya mejor. Por ejemplo, que justamente las cosas que parecían tan sencillas a menudo eran, en el fondo, muy poco sencillas: la fidelidad incondicional al Partido. Y, por otro lado, la libertad incondicional en la vida privada. Había creído saber con toda exactitud a qué atenerse. Habían sido doctrinas claras, sencillas. ¡Ay, doctrinas, eso es lo que eran! La vida es de otra manera.
Algo sí que he aprendido en este año y medio, pensó. Y bien caro lo he pagado. Sin eso, por lo visto, no hay manera. Lo caro dura más.
El jersey gris que llevaba había sido caro; lo había comprado en 1930, cuando fue con Karl a esquiar al Bosque de Turingia. Aquello también había sido en febrero. Aquí, en el sur de Bohemia, no había nieve. Es que era también un invierno especialmente templado. Menos mal que era un invierno templado; las celdas de las cárceles seguro que están mal caldeadas.
Pensó en su marido tal como lo había conocido por última vez, en el invierno y el principio de la primavera de 1934, hacía dos años. Así llevaba ella su imagen dentro: intacta, digna de confianza, fuerte y segura. Sacó la pequeña fotografía y la miró con cariño. ¡Qué buen aspecto tenía, con el pelo rizado y entrecano! Ay, ahora tendría otro aspecto. Le habrían rapado el pelo...
Por primera vez se dio cuenta de que Karl ahora probablemente no solo tendría otro aspecto; de que también por dentro se habría vuelto quizá otro. ¡Cómo va uno a pasarse dos años en presidio sin volverse otro! «Solo una separación exterior», había dicho Luise ayer. No, Luise, también tu Hans se habrá vuelto otro cuando vuelva contigo. Había conocido a bastantes camaradas que volvían de una larga reclusión. Todos se habían vuelto distintos. Todos tenían la mirada lejana y ausente de unos ojos que se han quedado mucho, mucho tiempo mirando fijamente la misma pared desnuda, el pedacito de cielo azul allá arriba, bajo el techo. No, también Karl, cuando saliera en otoño, sería un Karl distinto del que ella llevaba intacto dentro de sí.
¿Cómo no lo había pensado nunca hasta ahora? Ay, lo que tenía más cerca era siempre lo último que se le ocurría; así eres tú, Hanna Last. Karl, a quien llevaba en el corazón como un hombre entero, sencillo, recto, capaz para la vida... su sencillez se habría filtrado en la prisión por muchos filtros de reflexión sobre sí mismo y sobre el mundo. ¡Dos años de presidio! ¡Eso sí que era un vuelco en la vida! Nadie sale como entró. Cuando volvieran a estar juntos, tendrían que empezar desde el principio... Pero con un dulce sosiego sintió que volverían a encontrarse. Después del vuelco.
Umbruch, una palabra doble.71
Hacer la compaginación también lo he aprendido en Praga, pensó con melancolía. Tantas y tantas veces como estuve mirando, y siempre preguntaba a todo el mundo: ¿y esto por qué?, ¿y aquello por qué? «¿Por qué tacha usted el último párrafo?», le pregunté a Karlíček mirando por encima de su hombro, al principio de todo. «El último párrafo es importante, me parece a mí...»
«No tan importante como una buena compaginación», la había aleccionado Karlíček. «¿Qué aspecto tendría si uno pasa un recortito así de una cosa a la página siguiente? ¡Fuera con él! El artículo se entiende igual.» Poco a poco les había ido aprendiendo el oficio a los redactores. Ahora se sentía capaz de hacer una buena compaginación.
Una buena compaginación... muchas cosas han tenido que pasar a la última página, aunque pedían la primera o por lo menos la tercera; otras tienen que desaparecer del todo; no tenemos tiempo, no tenemos sitio; los titulares tienen que tener el tamaño adecuado; un episodio sin importancia no se puede titular con letras de cuatro cíceros. El vuelco es cada día. Llegan siempre noticias nuevas, siempre noticias nuevas, que tienen que ir en primera página; de la linotipia caen las líneas de plomo con texto nuevo en escritura de espejo, texto nuevo, siempre texto nuevo; enseguida son las nueve y media, tenemos que terminar. La vida hay que tratarla con cola y tijeras; con galeradas sueltas no se puede hacer un periódico ni una vida...
El tren se detuvo: Gmünd, todo el mundo abajo para el control de pasaportes y equipajes. La frontera. Ya se había acabado la patria; empezaba un país nuevo.
Hanna pasó con paso desenvuelto por la barrera que, por el lado bohemio, llevaba a la ciudad, y se adentró a pie en Gmünd. Se había grabado bien el dibujo de Hilde antes de destruir el papel.
Con la mochila a la espalda y las botas de excursión de tacón bajo, atravesó la pequeña ciudad sin detenerse en ninguna parte. Sin esfuerzo encontró la carretera grande y luego el camino que torcía a la derecha, hacia el bosque; no, ese no, el segundo. No se cruzó con nadie; era día laborable: ¿quién iba a andar por la carretera? Solo de vez en cuando pasaba algún coche a su lado.
El campo se abría ante ella ancho y llano, campos a derecha e izquierda, pardos y mudos al comienzo de la primavera. Todo estaba en silencio. Ya no estaba acostumbrada al silencio; sus propios pasos hacían tanto ruido en la carretera asfaltada que se fue al borde, donde el asfalto se fundía con la tierra. Unos frutales mal podados separaban los campos de la carretera. Fue caminando bajo los árboles, que alzaban sus ramas desnudas, finas, hacia el cielo de febrero. Luego llegó el segundo camino entre los campos; allí tenía que torcer.
Luego unos doscientos metros más y estáis en Austria, les había dicho el policía a los camaradas. Pero si queréis volver, esperad a que oscurezca; a las nueve y diez sale el tren de vuelta.
No, ella no quería volver. Había dejado atrás la patria, Praga, la ciudad querida, y el Partido querido, la segunda patria... No podía volver. No quería volver. Y no quería esperar a que oscureciera.
Avanzó hacia el mediodía; salió fuera. «Fuera» se decía en la Praga de su juventud cuando uno iba a Alemania. A Austria no se iba «fuera»: Praga estaba en Austria, era una capital de provincia en el país de los Habsburgo, de los «reinos y países». Ahora ya no había Habsburgos y solo quedaban unos pocos reinos... El mundo había cambiado; cada día cambiaba. Reyes ya no había; pero fronteras, fronteras, y cada día se cerraban con más rigor...
Hanna miró el reloj. Hacía veinte minutos que había dejado la carretera. Así que ya debía de estar un buen trecho dentro de Austria. Había atravesado un bosquecillo de abedules; ahora el camino volvía a salir a campo abierto. Se sentó en el musgo seco a la orilla del bosque y dejó la mochila a su lado. El sol de mediodía calentaba como en primavera. El campo pardo se extendía hasta el horizonte. ¡Qué ancho era el cielo! ¡Qué grande es el mundo!, sintió. Si ya no se sabía lo grande que es el mundo. En la imprenta, en el café, en el albergue de refugiados... allí el mundo era tan estrecho.
Algo se escurría en los surcos. El cielo estaba claro, casi blanco; olía a febrero. Una alondra se levantó del campo, zumbando.
«¡Salve, espíritu puro! ¡Pájaro nunca fuiste!»72, dijo Hanna a media voz, pero no se acordaba de cómo seguía el poema de Shelley.
Por el camino se le acercaba un hombre. Llevaba una mochila a la espalda e iba con la cabeza descubierta. Al pasar junto a ella se detuvo y dijo: «¡Grüss Gott!»73. Llevaba pantalón corto, una camisa deportiva desteñida, una chaqueta de paño.
«¡Grüss Gott!», contestó Hanna amablemente. Era la primera persona con la que se encontraba en Austria.
«¡Qué día más bonito hace hoy!», dijo el hombre, con la intención evidente de entablar conversación. Tenía una cara joven, abierta, algo demacrada.
«Sí, un día precioso», asintió Hanna. «Tan primaveral. ¿Ha visto usted la alondra de hace un momento?»
Él miró por encima de ella con la mirada ausente.
«No... Hace mucho que no veo una alondra», dijo despacio, como para sí. Sonaba como si algo le extrañara.
«¿Se puede uno sentar aquí un ratito?», preguntó con torpeza. Hanna asintió. Él dejó la mochila junto a la de ella y se abrazó las rodillas. Hanna le miró las manos. Un obrero, pensó. Pero mucho tiempo en paro. Las manos están completamente lacias, como enfermas.
El muchacho se apartó el pelo negro de la frente y se quedó mirando a lo lejos.
«¿La señorita viene de Bohemia?», preguntó.
«Bohemia», decían todos en cuanto se estaba «fuera». La palabra nueva no les acababa de salir de los labios: República Checoslovaca. Tampoco Hanna quería ya pensarla. La veía ante sí unida a artículos de ley, a la Colección de Leyes y Decretos. Había creído que era la patria; pero no era más que el «territorio del Estado», del que ahora estaba expulsada.
«Sí, vengo de Bohemia», contestó.
«¿Y adónde, si se puede saber?»
Hanna lo miró. No, aquel no era ningún gendarme de fronteras disfrazado de caminante. Era un caminante de verdad. Un parado de la zona fronteriza.
«Sí, ¿adónde?», preguntó ella pensativa. «Todavía no lo sé bien. Quiero andar todavía un trecho y luego ir a la estación del tren.»
¿Y esta quién será?, pensó el muchacho. La ropa está gastada, pero es de las de buena familia; habla un alemán tan fino. ¿Qué hace esta paseándose sola de la vida por la frontera? A lo mejor ha estado enferma, que tiene una cara de lo más chupada.
«¿A la estación? ¿A Schwarzenau? ¡Pues todavía queda un buen trecho!», dijo él con cautela.
«A lo mejor encuentro un autobús», dijo Hanna. «Ahora ya tiene que salir uno enseguida a la carretera. ¿Conoce usted esto?»
Él le describió con precisión el camino que tenía por delante. Acababa de recorrerlo para venir. Se había bajado en Schwarzenau, había hecho un trecho en autobús y luego había tomado el camino entre los campos.
«Es que yo quiero ir a Bohemia», confesó.
«¿A buscar trabajo? ¡Pues es difícil siendo extranjero! Yo he vivido un tiempo en Praga y no he encontrado. Es que yo soy alemana del Reich», añadió ella.
«¿Y entonces por qué no se ha vuelto usted a Alemania?», preguntó el muchacho, y la miró escrutador.
Pues, en fin, por cómo están ahora las cosas en Alemania...
Judía no es, pensó él. ¿Será de los nuestros?
«¿Por lo político?», se aventuró a preguntar.
Hanna sonrió. Sí, por lo político.
También en los ojos algo ausentes del muchacho se encendió una sonrisa. Empezó a contar. Había combatido en Estiria con Koloman Wallisch74, en el 34; justo hace ahora dos años. Luego a Wallisch lo habían fusilado cuando intentaba pasar la frontera hacia Yugoslavia. Su pequeño grupo había huido a los Alpes estirios, pero habían cogido a muchos, también a él, a Ernst Reschenhofer; antes había trabajado en Graz. Se había pasado dos años a la sombra. Ahora en Austria ya no le dan trabajo. La madre tampoco puede mantenerlo. Así que quiere probar en Bohemia; es mecánico de coches, y uno así siempre sale adelante.
También Hanna contó, en términos generales. Luego sacó de la mochila unos bocadillos y un par de manzanas. Comieron en silencio.
«Sí, así andamos por el mundo los socialistas», dijo ella al fin con un suspiro. «Yo voy de Bohemia a Austria; usted va de Austria a Bohemia. En ninguna parte nos dejan quedarnos. En ninguna parte estamos en casa. Y cuántos hay en las cárceles. Mi marido también está dentro. Hasta octubre todavía.»
El muchacho la miró con una compasión tímida.
«Y tantos asesinados», siguió Hanna. «Medio mundo es fascista, las democracias se doblegan ante las dictaduras; somos los emigrados los primeros a los que les toca pagarlo.»
«¿Y en Rusia?», preguntó Ernst Reschenhofer. «¿Allí a lo mejor es distinto?»
«¿Es usted comunista?», preguntó Hanna sin rodeos.
Ah, no, en Estiria, en Graz, si casi no había habido comunistas. Todos socialdemócratas. Camaradas buenos y valientes. Wallisch, por ejemplo. Un tío estupendo.
«Pero algo no funciona con el Partido. Si no, no se habría podido hundir así. En cuanto a los dirigentes los mataron a tiros, o los metieron en la cárcel, o se largaron al extranjero, se acabó todo, en el año treinta y cuatro. Los camaradas ferroviarios les llevaban las municiones a los de la Heimwehr, y a nosotros nos gritaban desde el vagón: “¡Freundschaft!”75... Yo digo que algo no funciona. Yo digo que no había que fiarse tanto de los dirigentes...»
Sí, eso pensaba Hanna también. Haría falta más independencia entre las masas. Más crítica. No todo tan desde arriba, disciplina de partido y esas cosas. Se acabó el viejo movimiento obrero...
¿Por qué no se iba mejor a Rusia?, quiso saber él.
¿Rusia? No, con Rusia tampoco es ya lo que tiene que ser. Suspiró. Además, los rusos no dejan entrar a emigrados. Aunque en su construcción podrían necesitar miles y decenas de miles de obreros cualificados, de técnicos, de especialistas. Dicen que la emigración no es un asunto revolucionario. Y que los emigrados tienen que hacer trabajo político en los países que los acogen, y no querer refugiarse en la Patria Proletaria... ¡Qué disparate!
Le contó muchas cosas: de Rusia, de Alemania, de Praga, de sus experiencias. Él había estado dos años fuera del mundo.
Esta es una persona instruida, pensó el muchacho. Pero habla tan sencillo que se la entiende enseguida. No es verdad que los intelectuales no valgan nada todos. También los hay muy buenos y como Dios manda. Esta es una buena camarada: ha estudiado, el padre era doctor, ha hecho traducciones, del inglés y del francés y de qué sé yo cuántas lenguas difíciles, y está tan mal como yo.
Habría que hacerlo de otra manera que hasta ahora, pensó Ernst Reschenhofer. No así: tú eres socialista, tú eres comunista, tú eres obrero, tú eres intelectual... no: todos juntos, los que queremos lo mismo, los que estamos todos tan mal como esta camarada y yo; todos juntos, los que de verdad queremos que el mundo cambie. Y los que queremos luchar y morir por eso... Habría que pensar mucho en cómo se puede conseguir eso...
Se quedó mirando a lo lejos, cavilando.
También Hanna se quedó mirando a lo lejos. Vio por los caminos del mundo un cortejo interminable de hombres, mujeres y niños que marchaban arrastrando los pies, sin nada más que una mochila a la espalda, de un país a otro país: un cortejo gris, húngaros, italianos, búlgaros, polacos, yugoslavos, alemanes, austriacos... Los vio arrastrarse por las calles, vagar por las ciudades en busca de un lugar donde poder quedarse. De vez en cuando uno caía, un tren le pasaba por encima, y la multitud de los sin patria seguía su marcha, a través de las ciudades que no querían dejarlos descansar, hacia los caminos del mundo; y algunas ramificaciones del ejército gris se perdían en los desiertos sedientos de Arabia y en las selvas del Brasil...
«Bueno, pues ahora nos vamos cada uno por nuestro lado, camarada, y ninguno de los dos sabe todavía dónde va a dormir esta noche», dijo Hanna, y se levantó. «Porque ahora tenemos que irnos.»
También Ernst Reschenhofer se levantó y se echó la mochila al hombro.
Ella le dio las direcciones de Jarmila y Luise en Praga; que escribiera alguna vez para contar qué había sido de él. Se estrecharon la mano de corazón y se desearon mutuamente lo mejor. Luego cada uno se fue por su lado, el hombre hacia el norte, la mujer hacia el sur. Iban hacia lo desconocido. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo tendrá el mundo sitio y una patria para todos?
Cuando llevaban un par de minutos separados, los dos se volvieron una vez más y se dijeron adiós con la mano.
Luego el oficial cerrajero de Graz desapareció en el bosque de abedules, y Hanna, a paso valiente, tomó la carretera de Schwarzenau.
FIN
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del mecanoscrito conservado en el Deutsches Exilarchiv 1933–1945 de la Deutsche Nationalbibliothek (copia en 2 tomos; digitalización DNB 2024, Public Domain Mark; https://d-nb.info/1336279273): Alice Rühle-Gerstel, Der Umbruch oder Hanna und die Freiheit, 457 hojas numeradas, presentado con el seudónimo «Barbara Felix» al concurso de novela de la American Guild for German Cultural Freedom (1938), leído hoja a hoja en imagen y con las correcciones manuscritas de la autora. Es el texto anterior a las ediciones póstumas alemanas (Fischer, 1984; AvivA, 2007), que no se han utilizado. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada hoja mecanografiada del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cuatro partes, los veinticinco capítulos con sus sumarios, los párrafos, los blancos de separación y la paginación del mecanoscrito. Los diálogos van entre comillas angulares, como en el original con comillas; se respeta el registro de cada voz (habla coloquial praguense y vienesa, jerga de partido, prosa de redacción, monólogo interior). Las notas de la autora se traducen ([^C-n]); las notas del traductor ([^tC-n], «N. del T.») aclaran alusiones políticas y culturales de 1933-1938, palabras checas y juegos de palabras. Los nombres de persona y de periódicos se dejan como en el original (Svoboda, Rudé právo, Prager Tagblatt); los topónimos, con su forma española usual cuando la hay (Praga, Moldava, Bohemia), y si no, en checo. Equivalencias principales: Umbruch, «vuelco» (título) y «compaginación» (en la imprenta), con nota donde la autora juega con los dos sentidos; Genosse, «camarada»; die Partei, «el Partido»; Linie, «línea»; Emigrant, «emigrado»; Flüchtlingsheim, «albergue de refugiados»; Reichsdeutsche, «alemanes del Reich»; Feme, «Feme»; Faktor, «regente»; Metteur / Obermetteur, «compaginador» / «jefe de compaginación». Las adiciones del traductor van entre corchetes.
En el original, «Besen wie Bäsen»: la vecina pronuncia Besen («escoba») con la vocal abierta del dialecto sajón. (N. del T.) ↩
El Columbia-Haus, en Berlín-Tempelhof, fue en 1933-1936 cárcel y campo de concentración de las SS y de la Gestapo, conocido por las torturas de los interrogatorios. (N. del T.) ↩
Prisión de Berlín. (N. del T.) ↩
Michael Lykow es el título de la traducción alemana (1927) de la novela de Iliá Ehrenburg Rvach (1925), cuyo protagonista, Mijaíl Lykov, tiene un hermano comunista, Artiom. (N. del T.) ↩
Der Angriff («El ataque»), diario nazi de Berlín fundado por Goebbels. (N. del T.) ↩
El artículo 218 del Código Penal alemán penalizaba el aborto; su abolición fue una de las grandes campañas de la izquierda en la República de Weimar. (N. del T.) ↩
«Rot Front» («Frente Rojo»), saludo de los comunistas alemanes, por la Liga de Combatientes del Frente Rojo (Roter Frontkämpferbund). (N. del T.) ↩
«Dios le guarde». ↩
Mädchengymnasium: Gymnasium femenino; el Gymnasium (plural Gymnasien) era el centro de enseñanza media de tipo humanístico, con latín y griego, que conducía al examen de madurez (Matura) y daba acceso a la universidad. Se deja en alemán porque ni «gimnasio» ni «instituto» le corresponden en español. (N. del T.) ↩
«Hojas Nacionales», gran diario de derechas, el mayor de formato. ↩
En alemán, Textilien («textiles») suena parecido a Kastilien («Castilla»); de ahí la ocurrencia de Hanna. (N. del T.) ↩
Piefke: apodo despectivo austriaco para los alemanes del norte, en especial los prusianos. (N. del T.) ↩
Los «jóvenes checos» (Mladočeši), partido nacionalista checo radical de la Bohemia austriaca. En 1908 hubo en Praga graves disturbios entre checos y alemanes, con estado de sitio. (N. del T.) ↩
Svoboda, en checo: libertad. También muy extendido como apellido. ↩
En checo se añade «-ová» a todo apellido de mujer. ↩
«El mundo del trabajo». ↩
«¡Honor al trabajo!», saludo de los comunistas checos. ↩
Saludo de los socialdemócratas. ↩
Münzenberg, director de un consorcio de prensa comunista. ↩
En alemán, Umbruch designa en el oficio de imprenta la compaginación o ajuste de las planas, y es a la vez la palabra del título de la novela («vuelco», «conmoción»), con la que los nazis llamaban también a su toma del poder. (N. del T.) ↩
«Periódico del Pueblo», un diario liberal. ↩
«La Palabra Checa», diario demócrata, semioficial. ↩
No es una plaza, sino un bulevar, la calle principal de Praga. ↩
Revista de los intelectuales radicales. ↩
«Hoja del Mediodía». ↩
Jefe del partido fascista checo. ↩
Barrio de población predominantemente proletaria. ↩
«El Derecho Rojo», órgano central del Partido Comunista. ↩
Órganos del Partido Comunista. ↩
Barrio de las afueras, a orillas del Moldava. ↩
Juego de palabras: links liegen lassen («dejar a la izquierda») significa en alemán «desatender, no hacer caso». (N. del T.) ↩
«Die Milch der frommen Denkungsart», cita del Guillermo Tell de Schiller (IV, 3), proverbial en alemán para la bondad ingenua. (N. del T.) ↩
El redactor ha confundido el latín mores («costumbres»; jemanden Mores lehren, «enseñar modales a alguien, meterlo en cintura») con un sujeto; Karlíček se burla convirtiendo en personas otra frase latina de la jerga marxista, Hic Rhodus, hic salta. (N. del T.) ↩
Rudolf Formis, ingeniero de radio que desde un hotel de Záhoří, junto al Moldava cerca de Štěchovice, emitía para el Frente Negro de Otto Strasser; fue asesinado por agentes de las SS el 23 de enero de 1935. Gregor Strasser fue asesinado en la «noche de los cuchillos largos» (30 de junio de 1934). El periodista socialdemócrata Josef Lampersberger fue secuestrado por la Gestapo en territorio checoslovaco en 1935. (N. del T.) ↩
Eugen Leviné, dirigente de la República de los Consejos de Baviera, fusilado en Múnich en junio de 1919; la frase pertenece a su alegato ante el tribunal. (N. del T.) ↩
Schaffen en el sentido de «mandar, ordenar» es propio del alemán de Austria y de Bohemia; en boca de Anatol suena a la jerga de los porteros y cocheros vieneses. (N. del T.) ↩
Tomáš G. Masaryk y Edvard Beneš prepararon desde el exilio, durante la Primera Guerra Mundial, la independencia de Checoslovaquia con el apoyo de los aliados. (N. del T.) ↩
«Asociación Artística Recreativa», antiguo club de Praga. ↩
Back Street (1932), película estadounidense de John M. Stahl, según la novela de Fannie Hurst: la historia de una mujer que vive veinte años como amante secreta de un hombre casado. (N. del T.) ↩
Barrio de Praga. ↩
«El presente», semanario político de la izquierda burguesa. ↩
Gran consorcio de prensa liberal. ↩
En el VII Congreso de la Internacional Comunista (Moscú, julio-agosto de 1935), Georgi Dimitrov, el acusado absuelto del proceso por el incendio del Reichstag (1933), proclamó la política de frentes populares con los partidos socialistas y burgueses contra el fascismo. (N. del T.) ↩
Internationale Pressekorrespondenz, órgano teórico de la Internacional Comunista. ↩
Umbruch: en el oficio de imprenta, la compaginación o ajuste de las planas; en sentido figurado, vuelco, conmoción, cambio radical (es la palabra del título de la novela). Véase la nota al capítulo 4. (N. del T.) ↩
Juego con la expresión bíblica «un gran cazador ante el Señor» (Nimrod, Génesis 10, 9). Flamender viene del checo flám («juerga, parranda»), flámovat («ir de juerga»). (N. del T.) ↩
En la URSS, el árbol de Año Nuevo (la yolka), prohibido como costumbre religiosa a finales de los años veinte, se volvió a permitir a finales de 1935. (N. del T.) ↩
Kurt Tucholsky se quitó la vida en Suecia en diciembre de 1935; el poeta obrero Oskar Kanehl, en Berlín en 1929. (N. del T.) ↩
Ceremonia laica de iniciación de los jóvenes, sustituto de la confirmación, propia del movimiento obrero y librepensador alemán. (N. del T.) ↩
Goethe, Hermann und Dorothea: el primer pasaje es del canto I («Kalliope»); el segundo reúne versos del final del canto IX («Urania»). (N. del T.) ↩
El discurso de Georgi Dimitrov ante el VII Congreso de la Internacional Comunista (agosto de 1935) sobre el frente popular antifascista. Camuflar textos políticos en ediciones de clásicos fue práctica habitual del contrabando de literatura ilegal hacia la Alemania nazi. (N. del T.) ↩
Alusión a los llamamientos del KPD de 1935-1936 a los miembros «honrados» de las organizaciones nazis para defender el programa nacionalsocialista «originario» frente a sus dirigentes. (N. del T.) ↩
Umbruch, «compaginación» o ajuste de las planas en la imprenta, y a la vez «vuelco», la palabra del título; umbrechen juega aquí con ambos sentidos. (N. del T.) ↩
Las aventuras del buen soldado Švejk, novela de Jaroslav Hašek (1921-1923); en la «anábasis de Budějovice» el protagonista vaga por el sur de Bohemia. (N. del T.) ↩
Staubbrücke (en checo Prašný most), el puente del Polvorín, que cruza el foso de los Ciervos al norte del Castillo de Praga, camino de Dejvice. (N. del T.) ↩
Umbruch: aquí, el cambio de la menopausia; la palabra del título, que en el oficio de la imprenta designa la compaginación de las planas. (N. del T.) ↩
El Osvobozené divadlo («Teatro Liberado») de Praga, escenario de vanguardia de Jiří Voskovec y Jan Werich, cuyas revistas satíricas y antifascistas, con números de payasos enharinados, eran muy populares en los años treinta; Balada z hadrů («Balada de los harapos», 1935) trataba de François Villon y se inspiraba en La ópera de cuatro cuartos de Brecht y Weill. (N. del T.) ↩
El VII Congreso de la Internacional Comunista (Moscú, 1935) abandonó la tesis del «socialfascismo», con la que los comunistas habían combatido a la socialdemocracia, y proclamó la política de Frente Popular. (N. del T.) ↩
El partido demócrata del que es cercano el presidente. ↩
Inprekorr (Internationale Presse-Korrespondenz), boletín de la Internacional Comunista; la Rote Fahne, L'Humanité y el Daily Worker eran los diarios de los partidos comunistas alemán, francés y británico (o estadounidense). (N. del T.) ↩
Basil Zaharoff (1849-1936), traficante de armas internacional, símbolo de los «mercaderes de la muerte» que se enriquecían con la guerra. (N. del T.) ↩
Žižkov, barrio proletario. ↩
La película es The Informer (El delator, 1935), de John Ford, sobre un miembro del IRA que delata a su amigo por veinte libras y se las gasta bebiendo la noche en que sus compañeros lo buscan. (N. del T.) ↩
Krokodil, revista satírica soviética fundada en 1922. (N. del T.) ↩
Strašnice, el barrio de los cementerios. ↩
Seguidores del filósofo Leonard Nelson (1882-1927), agrupados en el Internationaler Sozialistischer Kampfbund (ISK), pequeña organización socialista que en el exilio publicaba prensa y folletos antifascistas, sobre todo desde París. (N. del T.) ↩
Smíchov, barrio de la ciudad al oeste de Malá Strana. ↩
Novela de Anna Seghers (1935) sobre la insurrección de los obreros socialdemócratas de Viena en febrero de 1934. (N. del T.) ↩
Gleichschaltung («uniformización», literalmente «puesta en sincronía»): término con que los nazis designaron en 1933 la sumisión de todas las instituciones y organizaciones al régimen. (N. del T.) ↩
Barrio de villas, situado detrás del Hradschin. ↩
Umbruch significa a la vez la compaginación del periódico y un vuelco o conmoción; véase la nota del capítulo 4. (N. del T.) ↩
Primer verso de la oda «To a Skylark» («A una alondra», 1820) de Percy B. Shelley: Hail to thee, blithe Spirit! / Bird thou never wert. Hanna lo cita en alemán. (N. del T.) ↩
«Dios le guarde», saludo corriente en Austria y el sur de Alemania. (N. del T.) ↩
Koloman Wallisch, dirigente socialdemócrata de Estiria, encabezó la resistencia armada del Schutzbund en Bruck an der Mur durante la guerra civil austriaca de febrero de 1934; detenido cuando huía hacia Yugoslavia, fue condenado en juicio sumarísimo y ahorcado en Leoben el 19 de febrero de 1934. (N. del T.) ↩
Saludo de los socialdemócratas. ↩