Jazz-band
Por Alice Gerstel
Cada época tiene su expresión. Esta puede darse de muchas maneras: en personas y libros concretos, en grandes almacenes, conventos o aeroplanos. Pero la expresión más honda de una época es siempre su música.
Lo que Palestrina fue para el catolicismo del siglo XV, que luchaba paroxísticamente y era, sin embargo, transfigurado; Bach, para la época heroica y a la vez sobria de Lutero; Wagner, para una época maquillada, teatral, que se las daba de sincera y era profundamente mendaz,
eso es
para la época moribunda de la burguesía la jazzband. Reúne en sí todo lo que a esta le ha quedado en el gran derrumbamiento del mundo y de la humanidad, todo aquello con lo que bailan sobre los abismos, rozando apenas sus bordes carbonizados con los zapatos más puntiagudos, con cautela y decadencia, «tangentes» (de tango con T mayúscula).1 Tiene ese paso desesperado, insensato, ligero, sin escrúpulos, sin aliento y que, sin embargo, vuelve a desatarse. Tiene el exotismo del color que domina —no por casualidad— nuestros anhelos. Tiene el traqueteo de los cañones que emplazaron durante cinco años contra el «enemigo» y que hace poco aún se usaron para conquistar Dachau, cerca de Múnich.2 Tiene las trompetas que lanzan a los cuatro vientos el grito de lucha de los mineros del carbón de Ostrava, el tambor que llama a la última y desesperada rebelión de la humanidad maltratada; y tiene las campanillas del champán que, en la más noble confraternización con los Schlieferln3 internacionales, por fin admitidos de nuevo, se echan cada noche por las gargantas, resecas de tantos gritos líricos. — Un negro4 está sentado ante el instrumento místico: es un tambor en el que hay montadas trompetas, panderetas, campanillas, tablillas y correíllas, como pequeños pero indispensables ornamentos en la ancha fachada de un banco. El negro tiene dos palillos en la mano, mitad negrero, mitad malabarista. Con ellos golpea las tablillas; a veces suena como si clavara clavos de ataúd, y otras como si se le hubiera resbalado el cuchillo al cortar embutido. Los gruesos labios se ciñen a la boquilla de la trompeta, los ojos sonríen melancólicos y pícaros; entretanto, un redoble de tambor, un golpe en una pandereta, un tirón de una campanilla. A su lado, el pálido temerario rasguea una balalaica, tan monótona que suena como un debate parlamentario, y el violinista, tercero del trío diabólico, no ocupa un sitio fijo, sino que va dando saltitos, con el violín bajo la barbilla, entre las parejas que bailotean, y les toca a las damas dulces cantilenas y trinos descarados bajo las faldas. Las parejas que bailan están bajo el hechizo de estos ritmos, de estos colores y sonidos, para los que un texto inglés o alemán solo puede ser el pobre sustituto de algún bramido y balbuceo dadaísta-exótico. Se arrastran sobre el suelo encerado, con una mesura en las más dementes contorsiones de los miembros que le hace a uno tomar conciencia de que, al fin y al cabo, no es más que un autómata que funciona bien. Los hombres miran fijamente, con la boca apretada con decisión; no se dejarán arrancar el secreto; saben lo espantosa que es la miseria de esta época y que no les queda otra cosa que bailar, puesto que la Bolsa marcha sola y los robots de Čapek les lían agujas de coser y hojas de tabaco. Pero las mujeres siguen siendo inconscientes como animalillos. Pues, medio carbonizadas, aún no quieren creer en el incendio. Con la boca entreabierta y los ojos entornados gozan de la voluptuosidad embriagada de esta música loca, se dejan clavar los clavos del compás en la carne masoquista y lasciva, flotan sobre los prados soñados de flores de cristal que huelen a Chypre y a Fleur d'Orsay.
Las salas están revocadas de cubismo antiguo, todos los restos de culturas desaparecidas se han dado cita en ellas por última vez, y no nos extrañaría ver de pronto entre las parejas a la hija de Amenofis de Egipto en brazos de Oscar Wilde. Pues aquí, aquí, en el ambiente y en la música de jazz, despliega esta época estéril su última productividad: la genialidad del eclecticismo, el oficio de barman de las almas, la desinhibición, la mezcolanza y fusión de los complejos, el frenesí de lo marionetesco, la pasión de los condenados a muerte que aún quisieran comerse un arenque azul y cantarín.
Pero a veces suena en los redobles de tambor y en los toques de trompeta algo así como el ritmo inmenso de la Internacional: «Hermanos, oíd las señales...»5 Y ya, detrás de los palcos, están las filas cerradas de los cientos de miles, de los fabricantes de instrumentos musicales, enceradores de parqué, fregonas, fogoneros, electricistas y poceros de una época amenazante, infinita, última, formidable.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen 12 (1922) de Die Aktion digitalizado por Google en archive.org (DieAktion12jg1922), col. 90-91. Firmado «Alice Gerstel». Número del cuaderno no identificado (finales de enero o comienzos de febrero de 1922). Los comentarios Sp. n del código marcan las columnas impresas del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, la línea destacada «eso es» y el tono expresionista del original; las adiciones del traductor van entre corchetes.
Juego de palabras con tangieren («tocar, rozar»; en geometría, «ser tangente») y Tango. (N. del T.) ↩
Alusión a la represión de la República de Consejos de Baviera en 1919: en Dachau las tropas gubernamentales y los Freikorps se enfrentaron al Ejército Rojo bávaro. Lo de Ostrava se refiere a las luchas de los mineros de la cuenca de Ostrava, en Checoslovaquia. (N. del T.) ↩
Schlieferl (austriaco y bávaro): trepador, tipo servil y adulador que se cuela en todas partes. (N. del T.) ↩
Mohr en el original, término de la época para los negros; se traduce con el usual en el español de entonces. (N. del T.) ↩
Primer verso del estribillo de la versión alemana de la Internacional («Brüder, höret die Signale»), que en español se canta «Agrupémonos todos». (N. del T.) ↩