Sigm. Freud: Über einige Übereinstimmungen im Seelenleben der Wilden und der Neurotiker [Sobre algunas coincidencias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos].

I. Die Inzestscheu [El horror al incesto]. (Imago, vol. 1, 1912, págs. 17-33.)

II. Das Tabu und die Ambivalenz der Gefühlsregungen [El tabú y la ambivalencia de los sentimientos]. (Imago, vol. 1, 1912, págs. 214-227, 301-333.)

III. Animismus, Magie und Allmacht der Gedanken [Animismo, magia y omnipotencia de los pensamientos]. (Imago, vol. 2, 1913, págs. 1-21.)

Tenemos ante nosotros los tres primeros estudios de una serie más amplia que Freud se propone publicar en Imago. En ellos quiere llegar a nuevas aclaraciones sobre la vida anímica de los pueblos primitivos, aplicándole conocimientos y teorías obtenidos en el estudio de las neurosis y las psicosis. Los salvajes representan para él la infancia de la humanidad; el neurótico y el enfermo mental son para él el hombre moderno que ha seguido siendo infantil o que ha vuelto a serlo por regresión, y así espera encontrar en el rasgo común de lo infantil una base suficientemente amplia para una comparación fecunda. Si realmente se consiguiera llegar por este rodeo a la comprensión de la psique del salvaje, sería sin duda un progreso científico de extraordinario alcance; pues a la comprensión psicológica inmediata por empatía se oponen aquí obstáculos casi insuperables. Al erudito moderno le resulta ya muy difícil en la mayoría de los casos entrar en verdadero contacto psíquico con el obrero o el campesino de su propio pueblo; ¿cómo iba a ser capaz de recrear en sí mismo las vivencias de un primitivo? Pero precisamente porque el control de la empatía falla aquí casi por completo, el psicoanalista tendrá que ser tanto más prudente al emprender métodos indirectos, para no crearse pueblos primitivos a imagen de sus pacientes, imagen que antes ha estilizado según las reglas del arte de su teoría.

Ahora bien, esta prudencia no me parece mantenida siempre en los presentes estudios. Así, Freud, apoyándose en trabajos de Jung y de su escuela, pone enseguida en primer plano, con el mayor énfasis, el paralelismo entre el desarrollo ontogenético y el filogenético de la vida anímica. Este intento de trasladar a la psicología la ley biogenética fundamental no es en absoluto nuevo, y son también de todos conocidas las objeciones que se le oponen. Ya la circunstancia de que en biología se trate de procesos de desarrollo de la vida intrauterina deja a la psicología poca esperanza de encontrar aquí un enlace científicamente sólido. Se pueden constatar, pues, las semejanzas que efectivamente existen, pero con ello no se ha ganado una base para conclusiones analógicas de largo alcance. Si esto vale ya en general, desde el punto de vista de la teoría freudiana este paralelismo resulta directamente impensable. Para Freud, en efecto, la historia psíquica del individuo es la historia de su libido; su punto de partida es la perversidad polimorfa, su punto final normal el amor de objeto heterosexual. Está sin duda claro que este punto final no puede haberse adquirido solo en el curso de la evolución del género humano, puesto que es la condición de la supervivencia de la especie. Pese a ello leemos en Freud, no sin asombro, que el salvaje se encuentra en el estadio del narcisismo1. La aparente paradoja se resuelve cuando reconocemos que aquí se juega ingeniosamente con términos científicos.

En el primer estudio, Freud se ocupa de las restricciones matrimoniales vigentes entre los aborígenes de Australia. Existe ante todo la exogamia para cada clan totémico, es decir, las personas que pertenecen al mismo tótem no pueden casarse entre sí ni, en general, tener relaciones sexuales. Por encima de los clanes totémicos se alza a menudo, además, un complicado sistema de clases matrimoniales que extiende mucho las restricciones, de modo que al individuo le está prohibida a menudo la gran mayoría de las mujeres de su tribu. Aunque la norma totémica no hace imposible todo incesto (queda libre, según el caso, la unión padre-hija o madre-hijo) y, por otra parte, va mucho más allá de los límites del parentesco de sangre, Freud ve sin embargo su verdadera esencia en la prevención del incesto, para lo cual admite, desde luego, un estadio de matrimonio de grupo históricamente anterior al matrimonio individual, de modo que originariamente la función de la norma habría sido impedir el incesto de grupo. También las relaciones, mucho más intrincadas, de las clases matrimoniales las reduce al horror al incesto de los salvajes, y como puede informar además de toda una serie de «evitaciones» entre parientes de distinto sexo que delatan la misma tendencia, llega a la conclusión de que estos salvajes son mucho más sensibles al incesto que nosotros mismos. De ahí se saca, naturalmente, la conclusión de que el peligro de incesto les parece especialmente cercano, de que sus secretos deseos incestuosos son muy intensos.

Si es acertado que Freud reduzca las prohibiciones matrimoniales de tan largo alcance al horror al incesto, y si estas no se explican con mucha más naturalidad por el hecho de que el matrimonio individual fue originariamente matrimonio por rapto, en el que la exogamia se extendía a toda la tribu, es cosa sobre la que una discusión entre psicólogos sería, naturalmente, del todo inútil; sobre ello solo pueden decidir los etnólogos, que consideran la cuestión en sus múltiples conexiones históricas y sociales, de las que Freud la ha extraído para sus fines. El paralelo entre el horror al incesto de los salvajes y los complejos incestuosos de los neuróticos me parece, en cambio, inadmisible precisamente desde el punto de vista psicológico. Nada autoriza a suponer que el salvaje ame el incesto por el incesto mismo; antes bien, la erección de la barrera del incesto ha de obligar evidentemente al individuo a no seguir, en la satisfacción de sus necesidades sexuales, el camino más cercano y cómodo, sino un rodeo difícil y penoso; al neurótico, la fantasía incestuosa le sirve precisamente para no seguir el camino trillado de la sexualidad y aspirar en cambio, en apariencia, a una meta que él mismo presupone irrealizable. En el salvaje, la prohibición del incesto ha de impedir el incesto real; en el neurótico, el incesto fantaseado solo se desarrolla sobre la base de la prohibición del incesto.

Si ya aquí la conducta ambivalente del salvaje ante el incesto aparece como el verdadero núcleo del problema, en el segundo estudio la ambivalencia ocupa por completo el centro. En él Freud examina el tabú y constata ante todo algunas semejanzas entre los usos del tabú y determinados síntomas de la neurosis obsesiva. Encuentra lo común en la falta de motivación de las prohibiciones, en su fijación por una coacción interior, en su gran desplazabilidad y en que dan lugar a actos ceremoniales. Así como en la neurosis obsesiva reconoce el efecto de una ambivalencia sumamente intensificada, de una coexistencia sin mediación de impulsos opuestos en la psique, ahora también el tabú le parece expresión de una conducta ambivalente2. Llega así a la suposición de que hay que conceder a los primitivos un grado de ambivalencia mayor que el que se encuentra en el hombre civilizado de hoy. Con la disminución de la ambivalencia habría ido desapareciendo lentamente también el tabú, síntoma de compromiso del conflicto de ambivalencia. Freud se reserva para un estudio posterior mostrar las transformaciones históricas subyacentes; solo este permitirá, pues, una toma de posición crítica definitiva sobre el trabajo acerca del tabú. En lo que no podemos seguir a Freud en ningún caso es en que la ambivalencia le parezca un hecho anímico último, con cuya constatación podría detenerse la explicación psicológica; llega a hablar de una disposición natural a la ambivalencia, distinta en cada individuo, y a ver en un grado especialmente alto de esa ambivalencia afectiva originaria la disposición a la neurosis obsesiva. A la pregunta de por qué entre impulsos opuestos (por ejemplo, una actitud hostil y una amistosa hacia la misma persona) no se llega a un equilibrio, por qué no resulta una resultante situada entre ambos, se nos responde que porque uno es consciente y el otro inconsciente y no pueden, por tanto, chocar directamente. Ahora bien, este es un caso límite pulcramente construido; por regla general ambos impulsos aparecen en la conciencia, y la tensión persiste sin embargo: prueba de que tiene que cumplir una función, y solo al descubrir esta función se la comprende y a la vez se la disuelve.

Erróneo nos parece también querer explicar lo específico del tabú por la ambivalencia. Este es precisamente un rasgo que comparte con todas las instituciones sociales, pues en toda institución social tienen que expresarse los antagonismos que actúan en la sociedad. Freud, que reconoce el resultado como fenómeno social, pero para el proceso de desarrollo solo tiene en cuenta la psique individual, tiene naturalmente que proyectar en el individuo todos los antagonismos sociales. Así, las oscilaciones en la relación real de poder entre el jefe y la tribu se le convierten en fases de un desarrollo psicológico, y la expresión figurada de esta relación real en los usos del tabú le parece el núcleo de la cuestión.

Muy llamativo es que Freud separe por completo el trato de los enemigos muertos del tabú de los muertos. Si hubiera tratado juntas estas cosas, tan estrechamente relacionadas, las analogías habrían salido claramente a la luz y se habría advertido que el tabú de los muertos tiene su origen en el horror a la muerte y al muerto, sea cual sea la relación personal que se haya tenido con él. Así, en cambio, son en el caso del enemigo impulsos de simpatía reprimidos, y en el del familiar impulsos hostiles reprimidos, los que provocan el tabú. En un caso, pues, se nos da como explicación última la referencia a una voz interior que dice: «No matarás», explicación que Freud, en otro investigador, en Wundt por ejemplo, seguramente no habría encontrado lo bastante profunda; en el segundo caso volvemos a acercarnos al complejo de Edipo, que es el tema de fondo, siempre repetido y poco variado, de toda la revista.

También en el tercer artículo se pone al primitivo sobre todo en paralelo con el neurótico obsesivo. Cuando el salvaje emprende la tarea de dirigir los procesos del mundo exterior según su voluntad por los medios de la magia, manifestaría con ello, como el neurótico obsesivo a quien consume el remordimiento por pecados solo pensados, la creencia en la omnipotencia de sus pensamientos. ¿Cómo nace esta creencia? Para Freud, esta «grandiosa confianza del hombre primitivo en el poder de sus deseos» prueba que, como el niño, está bajo el dominio del «principio del placer», que solo en el curso posterior del desarrollo es relevado por el «principio de realidad». La creencia en la omnipotencia de los pensamientos es, pues, para él algo primario, y la consideración de la realidad lo secundario. Dejemos aquí a un lado los problemas de la psicología infantil; en lo que respecta a los pueblos primitivos, nos parece resultar con bastante claridad la situación inversa. No esperan a que la fuerza de sus deseos les haga caer las palomas asadas en la boca, sino que salen de caza; no se contentan con aniquilar a sus enemigos in effigie, sino que van a la guerra; en suma, tratan de apoderarse del mundo exterior con medios reales. Solo donde estos fallan, donde son realmente impotentes, entra en juego la magia, y así reconocemos la creencia en la omnipotencia de los pensamientos como una corriente compensatoria provocada por un sentimiento de inferioridad.

El hábito espiritual caracterizado por la creencia en la omnipotencia de los pensamientos lo identifica luego Freud con el estadio narcisista de la sexualidad. Resulta entonces sin dificultad el paralelo siguiente: fase religiosa = estadio de la vinculación a los padres; fase científica = estadio del libre hallazgo del objeto. Sobre el valor y la legitimidad de tales analogías ya se habló al principio.

La mención y la torsión del concepto de narcisismo dan a Freud ocasión para una polémica, aunque solo apuntada, contra la suposición de un sentimiento de inferioridad primitivo en la psique infantil; tal suposición quedaría excluida por el narcisismo originario del niño, que sería «determinante para la concepción de su desarrollo caracterológico». Ahora bien, tampoco según Freud es el narcisismo algo originario hasta el punto de que no le preceda otro estadio de desarrollo. El argumento de Freud no excluye, pues, ni siquiera desde su punto de vista, la posibilidad de que el sentimiento de inferioridad esté en el camino hacia el narcisismo. Para el aspecto del «narcisismo» que aquí le interesa especialmente, la «omnipotencia de los pensamientos», y en general para las ideas de grandeza, creo haber hecho al menos probable, con el ejemplo de los salvajes, su procedencia del sentimiento de inferioridad. Por lo demás, no se ve de dónde un narcisismo que no estuviera impulsado por el aguijón del sentimiento de inferioridad iba a sacar la fuerza propulsora que se delata en el desarrollo del carácter neurótico: Narciso está sentado a la orilla del arroyo y sonríe a su imagen.

De las demás consideraciones del artículo cabría destacar que Freud quiere reducir psicológicamente la contraposición dualista de cuerpo y espíritu a la oposición entre lo consciente y lo inconsciente. Si se tratara aquí de algo más que de una ocurrencia lanzada de pasada, habría que concluir de este pasaje que Freud se encuentra en camino hacia una concepción metafísica de lo inconsciente.

Dr. Carl Furtmüller.

J. Sadger, Von der Pathographie zur Psychographie [De la patografía a la psicografía]. (Imago, vol. 1, 1912, págs. 158-175.)

Lleno de un soberano desprecio por todos los psiquiatras que no pertenecen a la escuela de Freud ni están cerca de ella, Sadger considera plenamente justificada la actitud negativa del público ante las patografías de poetas salidas de ese lado. En cambio, vive en la creencia de que los trabajos sobre artistas nacidos en el círculo de Freud han encontrado una acogida francamente entusiasta, cuando en realidad precisamente estos escritos, salvo pocas y honrosas excepciones, han provocado más desasosiego que admiración hasta muy dentro del círculo de los discípulos de Freud. A las patografías les reprocha con razón haber puesto el peso principal de forma demasiado unilateral en el establecimiento de un diagnóstico; les opone, sin perfilarlo con mucha nitidez y sin tener en cuenta los trabajos previos existentes, el programa de una «psicografía» de la personalidad poética que ha de hacernos comprensible la vida anímica del artista en su conjunto y, sobre todo, mostrar cómo el genio llegó a ser lo que hoy admiramos. Como prueba, por así decir, trae luego un análisis de la Judith de Hebbel, que constituye la segunda y mayor parte de su trabajo.

Tras los elevados objetivos de la primera parte, uno podría tener curiosidad por la segunda si no supiera de antemano la solución del enigma: se llama complejo de Edipo. Cuando Holofernes posee a Judith, a quien su marido nunca había tocado, es Hebbel, que quería a su madre por amante, y además por amante virgen. Cuando es muerto por Judith, es el padre de Hebbel, contra quien el hijo celoso alberga pensamientos de asesinato. Lo peculiar en Sadger es la completa falta de claridad sobre el alcance de semejante explicación, aun cuando estuviera muy bien fundada. Rechaza que los rebuscados supuestos sexuales de los dramas de Hebbel se expliquen psicológicamente por la juventud llena de privaciones del poeta, con el acertado argumento de que más de un poeta alemán ha pasado hambre sin mostrar por ello la fisonomía poética de Hebbel. Si se quiere una explicación exhaustiva, habría que acudir a otra fragua. Y en esta fragua martillea el complejo de Edipo. Solo pasa por alto que el número de los poetas que han pasado hambre es en todo caso menor que el número de aquellos en quienes Sadger se ofrecerá a demostrar el complejo de Edipo.

El pasaje del que habría que partir para comprender el nacimiento de Judith en el espíritu de Hebbel lo cita Sadger, pero sin agotar su contenido psicológico. El recuerdo de un cuadro que representaba a Judith con la cabeza de Holofernes se le presentaba con tanta fuerza que este asunto dramático se le impuso por sí solo. La imagen de la mujer fuerte que ha vencido y matado a un héroe terrible abre de forma impresionante la historia del nacimiento de este drama; el miedo a la mujer constituye el punto de cristalización psicológico de toda la obra. Habría que seguir ahora el origen de este miedo, habría que mostrar con qué variedad de matices se expresa en la obra y cómo la relación entre los sexos y el problema de la sexualidad en general se tocan una y otra vez en el drama mismo y en las anotaciones del diario de la época. Habría que señalar en el drama los fenómenos de reacción que provoca este miedo a la mujer y, finalmente, examinar las relaciones de este grupo de fenómenos anímicos con los modos de conducta de Hebbel en otros terrenos. Así se llegaría realmente al interior de la personalidad del poeta. Pero, desde luego, nunca se alcanzaría lo que Sadger busca precisamente: una fórmula sencilla. Y habría que intentar penetrar con empatía en la vivencia psíquica del poeta, reconstruirla en cierto modo dentro de uno mismo, algo que parece ir contra los principios metódicos de Sadger; pues para él el psicoanálisis como ciencia del alma de lo inconsciente y la mirada al propio interior son opuestos.

Dr. Carl Furtmüller.

Dr. H. v. Hug-Hellmuth, Über Farbenhören [Sobre la audición coloreada]. (Imago, vol. 1, 1912, págs. 228-264.) — Dr. Oskar Pfister, Die Ursache der Farbenbegleitung bei akustischen Wahrnehmungen und das Wesen anderer Synästhesien [La causa del acompañamiento cromático en las percepciones acústicas y la naturaleza de otras sinestesias]. (Imago, vol. 1, 1912, págs. 265-275.)

Los dos trabajos, surgidos independientemente uno del otro, tratan el mismo tema y llegan a resultados semejantes. Pfister formula este resultado con gran precisión del modo siguiente: así como en las sinopsias complicadas se trata de alucinaciones estereotipadas, las sinestesias simples han de considerarse restos de alucinaciones reprimidas. Así, los dos autores reducen las sinestesias a recuerdos de vivencias infantiles traumáticas. Pfister limita por el momento esta afirmación, con prudencia, a muchos casos, mientras que Hug-Hellmuth la formula con toda generalidad, pero añade la condición de una aptitud constitucional. En prueba de su opinión, Pfister da el aná- lisis de un caso y añade que ha llegado al mismo resultado en algunos otros. La autora del primer trabajo reúne los fotismos que pudo observar en sí misma y los explica luego en un autoanálisis que aporta muchísimo material infantil. La fuerza probatoria de esta parte de su trabajo no aumenta en nada por el hecho de que trate algunos casos de audición coloreada registrados por otros y sustituya el material de recuerdos, inaccesible, de los analizados por ocurrencias propias. No tales «análisis fantaseados», sino solo el camino, ya emprendido con fortuna por ella y por Pfister, de la serie de cuidadosas investigaciones individuales puede aportar más claridad al problema.

Dr. Carl Furtmüller.

Karl Abraham, Amenhotep IV. (Echnaton). Psychoanalytische Beiträge zum Verständnis seiner Persönlichkeit und des monotheistischen Atonkultes [Amenhotep IV (Ajnatón). Contribuciones psicoanalíticas a la comprensión de su personalidad y del culto monoteísta de Atón]. (Imago, vol. 1, págs. 334-360.)

En este estudio, escrito de forma estimulante, se traza un cuadro de la vida y la personalidad de Amenhotep IV, que vivió en el siglo XIV a. C. y cuyo reinado se caracteriza sobre todo por el intento de una revolución religiosa (sustitución del culto de Amón por una religión de Atón), por la fundación de una nueva capital y por la aparición de nuevas corrientes en la arquitectura y las artes plásticas. Abraham lo concibe como un hombre muy dotado con rasgos neuróticos y trata de demostrar en toda su actuación la actitud de lucha contra el padre difunto. En la explicación psicológica de esta hostilidad hacia el padre, Abraham no se libra de contradicciones. Unas veces se produce según el esquema del complejo de Edipo: amor a la madre, y de ahí celos del padre; otras se pone en primer plano precisamente el apego especial al padre y la lucha contra él se concibe como un intento de liberarse de esa dependencia. Pero la existencia de esta actitud hostil sabe hacerla probable mediante una serie de interpretaciones convincentes. Al estimar la importancia de este hecho de psicología individual, ciertamente, se pasa mucho de la raya. Todas las transformaciones religiosas, éticas, estéticas y políticas de la época se desligan de su contexto histórico y se reducen al complejo paterno de Ajnatón como su verdadera raíz.

Dr. Carl Furtmüller.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del recorte (págs. 547-553) del Zentralblatt für Psychoanalyse 3 (1912/13), cuaderno 10/11, julio-agosto de 1913, sección «Referate und Kritiken», digitalizado en Internet Archive (zb319131011) y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las citas de Freud se traducen del alemán tal como las da Furtmüller. «Individual-psychologisch» (pág. 553) se traduce «de psicología individual» en su sentido literal (del individuo), no como término de escuela. Las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. El narcisismo es un estadio construido por Freud en el desarrollo del niño, que se sitúa entre los grados del autoerotismo y de la elección de objeto y en el que el individuo se toma a sí mismo como objeto. ↩

  2. Lo desarrolla luego en detalle en tres casos especiales: el trato de los enemigos, el tabú de los soberanos y el tabú de los muertos. ↩