Eduard Hitschmann: Schopenhauer. Versuch einer Psychoanalyse des Philosophen [Schopenhauer. Ensayo de un psicoanálisis del filósofo]. (Imago, vol. 2, págs. 101-174). — Alfr. Frh. v. Winterstein: Psychoanalytische Anmerkungen zur Geschichte der Philosophie [Observaciones psicoanalíticas sobre la historia de la filosofía]. (Imago, vol. 2, págs. 175-237). — S. Ferenczi: Aus der «Psychologie» von Hermann Lotze [De la «Psicología» de Hermann Lotze] (Imago, vol. 2, págs. 238-241).
Imago dedica exclusivamente a la filosofía el número de abril de su segundo año. No acaba de verse claro si se entiende como homenaje o como ataque; en todo caso delata una pretensión e impone ciertas obligaciones. Claridad en el planteamiento de los problemas y consecuencia lógica: eso al menos podrá esperarse. Pero en esto los trabajos de Hitschmann y de Winterstein decepcionan por igual en varios aspectos.
Así, ambos parten de la premisa acertada de que su investigación, en cuanto psicológica, no tiene por qué ocuparse del contenido objetivo de verdad de los edificios doctrinales filosóficos; por desgracia, este punto de vista no se mantiene, y una y otra vez se dejan llevar a repartir de pasada calificaciones de elogio y de censura. Así leemos en H., en la misma página en que ha hecho una solemne declaración de neutralidad: «El mérito imperecedero de Schopenhauer fue el descubrimiento de la voluntad como cosa en sí». Tales ingenuidades filosóficas no pueden sorprender, desde luego, en un autor que escribe frases como la siguiente: A diferencia de Fichte, Schelling y Hegel, que glorificaron el intelecto y tuvieron el mundo por producto de una evolución consciente, a Schopenhauer le estaba reservado conceder sus debidos derechos a la vida pulsional, a lo inconsciente, al querer». Estamos de acuerdo con Freud, ciertamente, en que el psicoanalista no puede evitar adentrarse en terrenos en los que solo es diletante; pero diletante al menos tendría que serlo. W., por su parte, cuyo trabajo se mueve desde luego en un nivel mucho más alto, querría obtener de la investigación psicológica una medida del contenido objetivo de los sistemas filosóficos. Las doctrinas filosóficas que proceden de deseos inconscientes, que «se dejan reconocer como producto de una constelación libidinal muy determinada», le parecen ya refutadas por ello, y así se decide contra el idealismo y a favor de un «concepto del mundo realista-dualista». Este intento es fallido por dos razones. En primer lugar, no puede haber, naturalmente, ninguna doctrina filosófica que no esté determinada por las necesidades psíquicas subjetivas de su autor, que no proceda de sus «complejos inconscientes»; en este sentido todas las filosofías, como en general todos los productos del espíritu, son subjetivas. Sin duda puede intentarse, a pesar de ello, contraponer filósofos sub- jetivos y objetivos; pero aquí el término subjetivo tiene otro significado y es expresión de una valoración lógica. Y además es no entender en absoluto la elasticidad de la psique humana creer que una fórmula filosófica remite, en todos los que se sirven de ella, a las mismas determinaciones psíquicas, querer, pues, como W., por ejemplo, caracterizar psicológicamente en bloque a todos los idealistas. Tales investigaciones, cuando se llevan a fondo, cobran más bien su atractivo inagotable precisamente de que se ve al servicio de qué tendencias psíquicas tan distintas puede ponerse la misma concepción fundamental.
Si aquí, pues, tenemos que quejarnos en cierto modo de extralimitaciones, encontramos en cambio que, desde un punto de vista puramente psicológico, el enorme trabajo intelectual que realiza el filósofo está muy poco valorado. Lo que hace al filósofo es precisamente que no se limita a tejer fantasías, sino que pone el trabajo de su vida en dar a su sistema la forma de una recreación unitaria y sin contradicciones del curso del mundo. Esto es lo que habría que poner enérgicamente en el centro de una psicología del filósofo. Por haberlo omitido, la exhibición de paralelos con el neurótico y el psicópata cobra algo completamente torcido; más aún, en algún pasaje se tiene directamente la impresión de que se nos quiere presentar al paranoico Schreber como arquetipo del filósofo.
Pero lo que más tiene que llamar la atención del psicoanalista en ambos trabajos es que pasan sin reparar en ella junto a la mayor conquista metodológica del psicoanálisis, el conocimiento de que una psicología fecunda no puede ser investigación de masas, sino que exige el estudio profundo y penetrante del caso individual. En lugar de ello, W. hace desfilar como en un calidoscopio toda la historia de la filosofía. H., es cierto, dedica su estudio a un solo filósofo, pero se ve que trabaja casi solo con material de segunda mano; en ninguna parte se delata un conocimiento algo más íntimo de su filosofía, en ninguna parte se percibe que haya intentado revivir de verdad el pathos de esa vida.
Por eso no es en él un mero recurso expositivo tratar por separado, uno tras otro, la doctrina de la voluntad, la ética y el pesimismo de Schopenhauer, y tratar de mostrar como lo determinante sobre todo, en el primer caso una pulsión sexual de violento empuje y una reacción igualmente fuerte contra ella, en el segundo la reacción a impulsos sádicos, en el último, por una parte, los fracasos exteriores de Schopenhauer y, por otra, su «peculiar complejo de Edipo». Falta realmente toda unidad interna de la consideración. Y así desfila ante nosotros, confuso y sin orden, más o menos todo el repertorio: homosexualidad, sadismo, masoquismo, autismo, narcisismo, Edipo, neurosis obsesiva. Pero no solo se descuida la parte configuradora de la tarea; también la propiamente analítica se trata de modo muy superficial. De minucias como que se suponga sin más una prohibición paterna de la onanía especialmente eficaz porque la consideración esquemática de Hitschmann la necesita, no queremos ni hablar. Pero tomemos el mencionado «peculiar complejo de Edipo». Peculiar lo es de verdad, pues Schopenhauer, olvidando todos sus deberes para con la posteridad, parece haberse permitido amar a su padre y odiar a su madre. El enigma del amor al padre, por lo demás, un psicólogo podría resolverlo con más fundamento que H. Se trata evidentemente de una finta, de un ensalzamiento del muerto con la tendencia a ganar armas contra la madre viva. ¿Pero el odio a la madre? Sin vacilar y sin considerar necesaria una prueba, H. nos comunica que ese odio era precisamente amor reprimido; no solo amor en la infancia: en secreto la amó siempre.
En un modo de proceder tan doctrinario debería esperarse al menos un dominio soberano y una adhesión consecuente a la propia doctrina. Pero también aquí se decepciona uno a veces. En H., como en algunos de sus amigos científicos, se tropieza con una falta de claridad que llega a menudo hasta la incapacidad de distinguir lo propio de lo ajeno. Así, H., bajo la influencia de Alfred Adler, pone muy en primer plano las tendencias de agresión y de desvalorización. Pero no se atreve a tocar las dificultades que esta concepción modificada plantea en el terreno de la teoría freudiana, sino que se ayuda con giros de compromiso como el de que la desvalorización de la mujer sería en Schopenhauer «en todo caso, en parte secundaria», donde realmente detrás de cada palabra se esconde una insuficiencia distinta. Más aún, en la cuestión del sadismo H., el divulgador oficial de Freud, se aparta de la teoría sexual de Freud sin considerar que valga la pena, ya que no justificar, al menos señalar como tal este cambio de su punto de vista. Para H., el sadismo ya no es un componente originario de la sexualidad, sino un «entrecruzamiento de tendencias de agresión con un componente sexual», con lo que se adhiere casi literalmente a Adler1. Quizá habría sido de justicia poner aquí, para comparar, también los resultados de la investigación de Adler, que fue el primero de los psicoterapeutas en considerar el problema de Schopenhauer. Dice (217 s., Psychoanalyse, vol. I, 49, 1911, «Syphilidophobie»):2 «No quitamos nada a la mirada escrutadora del gran filósofo si relacionamos también su relación "hostil" con la mujer con su originario impulso hostil contra la madre fuerte. Que Sch. responde también en los demás puntos a nuestra descripción del sifilidófobo es de todos sabido. Quiero destacar su temblor y su asombro ante el poder del instinto sexual, su hipersensibilidad, su desconfianza y la tendencia, muy marcada, a desvalorizar al hombre y a la mujer. No en vano le puso a su perro el nombre de "Hombre". Su negación de la vida es negación del instinto sexual en el mismo sentido que la sifilidofobia. El motivo es el mismo que en nuestros neuróticos: la lucha contra la mujer fuerte, el miedo a la mujer, el miedo a "quedar debajo"».
Por lo demás, Winterstein acompaña el viraje de Hitschmann, y con el mismo silencio. Para él el sadismo es «en cierto modo el representante sexual de la voluntad de poder». También en otros puntos muestra este trabajo, como tantos otros, el sexualismo de la escuela freudiana en retirada. La pulsión de investigación no procede en sí de la pulsión sexual; solo recibe un refuerzo de la libido sublimada. Más aún, en general es «a veces casi imposible» separar en el caso concreto las aportaciones de la pulsión sexual y de la pulsión del yo. Con lo que se admite, sin duda, que las tan apreciadas demostraciones de libido sublimada o desplazada no son «hallazgos», sino construcciones. Que «sublimación» es solo una «palabra que encubre hábilmente una gran laguna de nuestros conocimientos» es una confesión franca y valiente. La discusión de Winterstein sobre el concepto de lo inconsciente es circunspecta y esclarecedora. Su trabajo en conjunto despierta interés ya por el hecho de que en él piden solución una abundancia de problemas filosóficos, psicológicos generales y específicamente psicoanalíticos. Por desgracia, se ha dejado atraer a extravíos metódicos y cree también poder llegar a la meta mediante interpretaciones mecanizadas desde fuera. Que con fórmulas como «fuego central = padre», «idealismo = introversión», etc., no se hace justicia a los filósofos, lo siente el propio W. y subraya repetidas veces que él solo descubre el estrato más profundo. Uno creería, desde luego, que para llegar de la superficie a la profundidad habría que atravesar primero todos los estratos intermedios. Pero precisamente es el secreto de este «método de rodear desde fuera» ahorrarle a uno ese esfuerzo y abrirle la profundidad antes que nada. Por eso esa profundidad da con tanta facilidad la impresión de lo somero. En W., la inclinación a lo fantástico se ve acrecentada además por la influencia de Jung. Así recibimos informaciones muy detalladas sobre la clase y la intensidad de la libido que en tiempos arcaicos se dirigió al sol. Si W. se decide a una enérgica autocrítica, cabe esperar de él todavía cosas muy estimulantes y fecundas.
La contribución de Ferenczi se limita a citar algunos pasajes de la «Psicología» de Lotze y a explicar sus relaciones con la teoría de Freud. Pero es interesante porque caracteriza, una vez más desde otro lado, la falta de claridad teórica de tantos freudianos. Han olvidado por completo que la doctrina de Freud no brotó como una Atenea de la cabeza de Zeus, sino que representa un desarrollo de las concepciones de psicólogos y psicoterapeutas anteriores. Cada vez que encuentran en autores más antiguos conceptos y términos que les son familiares, se quedan por eso fuera de sí de asombro y hablan con místico estremecimiento de «precursores». Con la ligereza con que se cultiva esta prehistoria del psicoanálisis, se identifican luego a menudo las cosas más dispares. Así, para Lotze, la facilidad con que una representación sucumbe a la represión está en proporción inversa a su valor afectivo. En esta concepción, del todo incompatible con la teoría de Freud, ve F. una confirmación de Freud. Y cuando Lotze atribuye la formación del «yo» a que «todo lo que nosotros mismos padecemos, sentimos o hacemos se distingue por llevar unido inmediatamente un sentimiento», F. quiere ver en ello nada menos que una aproximación a la más reciente construcción freudiana, según la cual la formación del yo está en la más íntima relación con el narcisismo. Que este «enamoramiento de la propia persona» presuponga ya la existencia de la representación del yo no puede, naturalmente, desconcertar a F.
Aunque el número no diga al psicólogo demasiadas cosas nuevas sobre los filósofos, contribuirá sin duda mucho a ilustrar a los filósofos sobre la escuela freudiana.
Dr. Carl Furtmüller.
Ch. Ladame: La loi de l'intérêt momentané et la loi de l'intérêt éloigné [La ley del interés momentáneo y la ley del interés lejano]. (Annales médico-psychologiques, 1913.)
«Vivir es para un ser vivo obrar en cada instante en la dirección de su mayor interés; puede llamarse a esto la ley del interés momentáneo.» Partiendo de esta frase de Claparède, L. opone al interés momentáneo, inmediato, el interés más lejano, mediato; si el primero es la expresión inmediata de nuestra vida vegetativa, orgánica, el otro es una función de nuestra vida psíquica más desarrollada. Por eso, en el curso del desarrollo filogenético y ontogenético, solo se hace valer poco a poco junto al interés vital, y ofrece así una medida del grado de nivel cultural alcanzado. A ello corresponde, por otra parte, que al aparecer fenómenos de decadencia senil o patológica sea el interés lejano el primero en sufrir la regresión. La formación de este interés lejano tiene como correlato necesario el desarrollo de la capacidad de inhibición y contención.
Si el vigoroso realce del interés en general tiene el mérito de poner vigorosamente de relieve la tendencia a una meta de lo psíquico, la división en dos que hace L. es en particular muy adecuada para aguzarnos la vista ante diferencias características entre distintos grados de desarrollo de la psique. Una comparación con la contraposición freudiana de principio del placer y principio de realidad, que en el fondo pretende lo mismo, resulta decididamente favorable a la concepción de Ladame. Cabe esperar que L. haga seguir a este breve artículo un estudio detallado sobre el mismo tema; problemas no faltan, desde luego. Así, me parece que una investigación ulterior descubriría en la oposición intérêt momentané — éloigné dos pares de opuestos de distinta naturaleza. Con un intérêt momentané propiamente dicho tendríamos que ver cuando cambia la fijación de la meta; pero un caso en que la fijación de la meta es constante, pero no se soporta la tensión entre la situación dada y la meta, puede muy bien dar exteriormente la impresión del intérêt momentané. El retroceso del intérêt éloigné en las enfermedades de decadencia podría inducir al error de creer que su presencia da una medida de la salud mental. Frente a ello podría mostrarse, sin duda, que en las enfermedades psíquicas, en la medida en que no se deben a una decadencia orgánica, el núcleo de la enfermedad está precisamente en el intérêt éloigné, tanto en el tipo de fijación de la meta como en la exagerada rigidez con que se mantiene.
Dr. Carl Furtmüller.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del recorte (págs. 612-616) del Zentralblatt für Psychoanalyse und Psychotherapie 3 (1912/13), cuaderno 12, septiembre de 1913, sección «Referate und Kritiken», digitalizado en Internet Archive (zb3191312) y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las citas se traducen del alemán tal como las da Furtmüller, y los términos franceses de Ladame se dejan en francés, como en el original. Las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Compárese: Adler, «Aggressionstrieb» [El instinto de agresión], Fortschritte der Medizin, 1908: «La fuerza impulsora (también del sadismo) procede, sin embargo, … evidentemente de dos instintos originariamente separados, que más tarde han experimentado un entrecruzamiento, … el instinto sexual y el instinto de agresión». ↩
Referencia a Adler, «Syphilidophobie», Zentralblatt für Psychoanalyse 1 (1911), tal como la imprime el original. En las citas y paráfrasis de Hitschmann, Winterstein y Ferenczi, Trieb se traduce «pulsión», según el uso freudiano; en las citas de Adler, «instinto». (N. del T.) ↩