Dr. med. Otto Hinrichsen, Sexualität und Dichtung [Sexualidad y poesía]. Otra contribución a la psicología del poeta. (Grenzfragen des Nerven- und Seelenlebens, cuaderno 85.) Bergmann, Wiesbaden, 1912. IV + 81 págs.
A su trabajo más general «Zur Psychologie und Psychopathologie des Dichters» [Sobre la psicología y la psicopatología del poeta] (Grenzfragen, cuaderno 80), Hinrichsen hace seguir aquí un estudio especial sobre la importancia que tienen para la producción del poeta los impulsos procedentes de su vida instintiva sexual. El autor separa netamente en su examen lo psíquico-sexual de lo sexual corporal, y le parece característico del poeta, como hombre de fantasía, el predominio de lo primero sobre lo segundo. El estudio de la psicosexualidad de una serie de individualidades poéticas muy distintas entre sí (sobre todo las de Goethe, Grillparzer y Holtei) lo lleva al resultado de que el tipo más destacado de su erotismo puede caracterizarse como «amor de fantasía», es decir, como un amor que se aleja de la realidad en dos direcciones. No apuntaría propiamente a la posesión del objeto amoroso, sino que a veces retrocedería francamente ante esa posesión; amaría a menudo precisamente allí donde el goce amoroso supremo está excluido, o se enfriaría en cuanto lo ha alcanzado. Y además el sentimiento sería más vivo, se manifestaría con más ímpetu en ausencia de la amada que en su presencia. Hinrichsen relaciona esta posición frente a la realidad con el hecho de que para el poeta su poetizar es el interés supremo de su vida, y en cierto sentido pone su vida, y también su amor, al servicio de la poesía. Esto lo lleva a lo que considera el rasgo más esencial de la psique poética: una cierta escisión de la personalidad, de modo que el poeta, en todo lo que vive, se enfrenta a sí mismo como «espectador interior». Y la importancia del poeta no dependería tanto del tipo de su vivencia interior, de su sensibilidad, como de la fuerza para dar forma a lo vivido, de su intelectualidad. Lo expone con detalle con el ejemplo de un poeta de poco éxito, el austriaco Nissel. Y así no podría atribuirse al poeta ni un tipo particular ni una medida especialmente acrecentada de sexualidad.
El trabajo de Hinrichsen es un escrito rico en ideas y cautivador. Es un placer ver con qué prudencia contenida interpreta las manifestaciones de los poetas, y se tiene siempre la sensación de estar ante un hombre que se ha sumergido de verdad en la peculiaridad de las personalidades que describe, que sabe y ha pensado sobre ellas más de lo que nos dice en cada contexto. Además, en el curso de su tratado discute toda una serie de problemas generales (así la significación psíquica de la masturbación, la bisexualidad, la supuesta «miseria sexual» de nuestro tiempo) y se muestra siempre una cabeza inteligente e independiente. Pero el trabajo da más la impresión de lo aforístico que de lo internamente acabado; el autor sabe a menudo, con una observación lanzada al paso, suscitar en nosotros multitud de preguntas y pasa luego adelante sin habernos dado respuesta; y cuando se deja el libro de la mano, se han recibido muchas sugerencias y no pocas aclaraciones, pero se tiene sin embargo la sensación de que el autor no ha llegado hasta el final en el aprovechamiento de sus numerosas y certeras observaciones. Nos parece que esto obedece a dos razones.
En primer lugar, nos parece problemático1 acometer la discusión de una cuestión especial, como la de las relaciones entre sexualidad y poesía, antes de haber ganado y expuesto un punto de vista firme sobre el problema más general, es decir, sobre el de la significación psíquica de la sexualidad en general. No solo falta entonces la posibilidad de distinguir lo característico del caso especial de lo que tiene validez general, sino que uno se ve además obligado a trabajar con conceptos a los que les falta la necesaria clarificación y precisión científicas. Así, ya la distinción entre lo sexual corporal y lo psicosexual, con la que empieza Hinrichsen, suscita una serie de problemas. Pues con lo sexual corporal está sin duda en conexión inmediata una serie de fenómenos psíquicos que el autor quiere sin duda separar también de lo que él caracteriza como «erótico (psicosexual)». Pero entonces se plantea enseguida la pregunta de si la oposición entre estas dos series de fenómenos debe entenderse como algo que reside primariamente en la sexualidad o si no se explica quizá por el efecto de un factor no sexual. Si fuera lo segundo, resultaría enseguida la imposibilidad de querer entender el erotismo de un ser humano separado del resto de su conducta, y habría que cambiar todo el planteamiento.
Otra consecuencia de la falta de semejante investigación previa de principio es que el autor se ve obligado en distintas ocasiones a suplirla a trozos, interrumpiendo así la discusión de su verdadero tema. En particular, su confrontación con Freud, muy objetiva y acertada en muchos puntos (sobre todo acerca de la sublimación dice cosas dignas de atención), habría encontrado un lugar mucho mejor en una investigación general sobre la sexualidad. Pues es aquí, en la valoración general de la sexualidad, donde arraiga su oposición a Freud. Cuando polemiza con él en la cuestión especial de la sexualidad del poeta, sus argumentos no siempre dan en el blanco. No alcanza a Freud cuando señala que con el mismo derecho que la poesía de Goethe podrían reducirse a la sexualidad también las hazañas de Napoleón; pues esa consecuencia, que a Hinrichsen le parece caricaturesca, la sacará sin reparo cualquier freudiano. Cuando Hinrichsen se esfuerza así en demostrar que la sexualidad no es lo específico del poeta, Freud le dará la razón sin más, pues para él es lo humano universal κατ’ ἐξοχήν [por excelencia]. Y precisamente el freudiano consecuente tendrá que decir que el poeta no se distingue de los demás por su sexualidad, sino por lo que hace con su sexualidad. Desde luego, esto mismo muestra que el freudiano, en cuanto se ve ante problemas concretos, tiene que ir más allá de la sexualidad con un Δὸς ποῦ στῶ [dame dónde apoyarme].2
El segundo punto débil del trabajo, en conexión interna con el primero, me parece el método elegido por Hinrichsen. Siguiendo a Dilthey, quiere aplicar el «método descriptivo sin ninguna intromisión de hipótesis explicativas». No es este el lugar para una discusión con Dilthey; solo con respecto al presente estudio quisiera señalar brevemente que el método descriptivo quizá pueda mostrar los problemas de la psicología de la personalidad, pero no puede resolverlos de ningún modo. La descripción solo puede proporcionarme hechos psíquicos sueltos, que están todos uno junto a otro en el mismo plano; no puede indicarme qué es en ellos esencial y qué secundario, qué es expresión del núcleo de la personalidad y qué apariencia engañosa. Cuando Hinrichsen, por ejemplo, nos comunica la afirmación de Grillparzer: «Creo haber notado que en la amada solo amo la imagen que mi fantasía se ha hecho de ella», sin duda nos ha señalado un rasgo muy característico. Pero solo habré entendido ese rasgo cuando me haya aclarado qué es en él lo decisivo: la tendencia a la idealización, interrumpida por momentos de conocimiento objetivo, o acaso una tendencia a la desvalorización oculta tras la aparente objetividad, a la que la idealización precedente solo sirve como acto preparatorio. Así ocurre que Hinrichsen, que sabe hacer observaciones tan extraordinariamente finas sobre el comportamiento de los poetas con la mujer, no aprovecha estas observaciones en todo su alcance. Naturalmente, no renuncia a interpretar y a construir, pero hay una diferencia enorme entre que este trabajo se realice como aplicación consciente de un método manejado con seguridad o que tenga lugar, por así decirlo, a espaldas del método.
Que atribuyamos al autor la fuerza para darnos todavía más no significa, sin embargo, que subestimemos lo que ya nos ha dado en este hermoso escrito. Con tanta mayor expectación esperamos sus próximos trabajos. Pues puede esperarse con confianza que siga cultivando el hermoso y fecundo campo de trabajo que ha emprendido aquí y que recoja todavía más de una rica cosecha.
Dr. Carl Furtmüller.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del recorte (págs. 328-331) del Zentralblatt für Psychoanalyse 3 (1912/13), cuaderno 6/7, marzo-abril de 1913, sección «Referate und Kritiken», digitalizado en Internet Archive (zb3191367) y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las expresiones griegas se dejan tal cual, con su traducción entre corchetes. Las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
El impreso dice unbedenklich («sin reparos»), lo que contradice el sentido del pasaje; se traduce como si dijera bedenklich («problemático»). (N. del T.) ↩
Alusión a la frase atribuida a Arquímedes, «Δός μοι ποῦ στῶ καὶ τὴν γῆν κινήσω» («Dame un punto donde apoyarme y moveré la Tierra»): el freudiano necesita un punto de apoyo fuera de la sexualidad para explicar lo que el poeta hace con ella. (N. del T.) ↩