La prevención de la delincuencia.

Por el prof. dr. ALFRED ADLER (Nueva York).

El título de este trabajo puede entenderse en dos direcciones: [como] tomar disposiciones para que no se cometan actos delictivos o para que disminuya su número. En lo que se refiere a las instituciones sociales, puede decirse en efecto que, en el estado actual de nuestra cultura, pueden oponerse en ciertas circunstancias al desarrollo del individuo dificultades a las que uno u otro no está socialmente a la altura. Habría que hablar, pues, de una carga sobre algunos individuos bajo la cual se derrumban o, como diríamos los psicólogos individuales, frente a la cual el sentimiento de comunidad no está suficientemente desarrollado. Puede imaginarse un estado ideal de la humanidad —aunque estamos convencidos de que nunca lo alcanzaremos— en el que el hombre estuviera a la altura de todas las cargas a las que se le expusiera. No quiero hablar de esas cargas, pero comprendemos que cierto número de nuestras instituciones sociales actúan desde siempre como una presión para muchos que no están preparados para ellas desde la infancia, de modo que, hasta donde alcanzamos a ver, el número de delitos no ha disminuido e incluso aumenta en determinadas épocas, para lo cual las estadísticas han aducido razones. Por ejemplo, se ha supuesto que el encarecimiento del grano aumenta los delitos —pero también su abaratamiento—, e incluso que en la prosperidad de un país surgen tendencias delictivas que antes no existían; así en América, en una época en que la vida era fácil, en que no había crisis, y en que, sin embargo, precisamente entonces, quizá por la prohibición del alcohol, aumentó el número de delitos. Uno se encuentra ante un problema extraordinariamente complicado cuando quiere limitar desde fuera el número de delitos. Se puede considerar el problema desde distintos supuestos, sin que pueda decirse que uno u otro sea especialmente decisivo. Hoy nos ocuparemos menos de ello que de las cuestiones fundamentales, en la medida en que se nos han planteado a los psicólogos individuales, que podrían llevarnos a preparar a las personas de modo que resistan las tentaciones mejor que antes, que sean lo bastante fuertes en su interés por los demás. Quien ha probado los frutos de la psicología individual sabe de qué se trata: de si se logra cultivar la posibilidad innata de comportamiento social hasta el punto de que de ella resulte un sentimiento de comunidad (soziales Interesse)1 suficiente y vivo, de modo que toda la actitud de una persona así ante todas las tareas sea útil para la colectividad.

En realidad entendemos por delito el perjuicio intencionado a otro o a otros en provecho propio. Se trata siempre de personas cuyo sentimiento de comunidad no ha alcanzado un desarrollo suficiente. Como sabemos por muchas experiencias cómo ocurre esto, a qué se debe que este regalo de la evolución no se haya desarrollado lo suficiente, estamos preparados para encontrar el punto de vista que nos permita educar al niño para las tareas futuras de modo que las acoja en el sentido del bienestar general y procure también resolverlas así. Un niño consolidado de esta manera se sentirá parte del todo, que colabora, juega con los demás, vive con los demás y no tiene, para las tareas pequeñas y luego mayores de la vida, otra mirada que esta: ¿cómo puedo contribuir en algo? Este niño, naturalmente, no mostrará nunca una tendencia delictiva, salvo quizá que la presión de las circunstancias exteriores alcance un grado tal que, con la preparación humana actual, también este alto grado de sentimiento de comunidad fallara. Aunque doy por supuesto que ya existe mucho saber individualpsicológico, debo decir algo sobre la posibilidad del sentimiento de comunidad, que los psicólogos individuales consideramos innata, un regalo de la evolución. No cabe duda de que, por la convivencia constante desde que existe la humanidad, la cuestión de cómo relacionarse con los demás, de cómo favorecer al conjunto, se ha convertido en una cuestión capital de la convivencia y, hasta cierto punto, de movimiento se ha hecho forma. Naturalmente, en este camino se han cometido cierto número de errores que la humanidad ha pagado. Es seguro, como han dicho siempre los grandes conocedores del hombre, que la felicidad de la humanidad consiste en la colaboración, en vivir como si uno se hubiera impuesto la tarea de contribuir al bien de la colectividad. El desarrollo de las posibilidades innatas se produce luego, una vez que el niño ha venido al mundo, en primer lugar a través de la relación con la madre. La madre es la primera persona que el niño vive. Esta relación está bien provista: ambos dependen el uno del otro, su círculo de relación no solo está dado por la naturaleza, sino también favorecido. Cuando otros psicólogos opinan que el niño viene al mundo como un perfecto egoísta, con un instinto de destrucción, sin otra intención que la de lanzarse caníbalmente sobre la madre, pasan por alto el papel de la madre, que necesita la colaboración del niño. La madre, con su pecho lleno y con todas las demás funciones alteradas del cuerpo, necesita al niño tanto como el niño necesita a la madre. Dependen el uno del otro. Ahí entra la posibilidad del sentimiento de comunidad, se hace vida, se vuelve palpable como relación con la madre. Este sería el primer cultivo de una posibilidad innata. Ya aquí pueden infiltrarse muchos errores, porque la obra humana puede ser frágil; por ejemplo, que la madre se dé por completamente satisfecha con este cultivo restringido del sentimiento de comunidad y no se preocupe de que el niño tiene que salir a un círculo de personas mucho más amplio; es decir, que la madre recoja en sí este desarrollo de la posibilidad social y no lo deje extenderse más. El padre ya queda excluido si no hace él mismo esfuerzos por entrar en el círculo de la relación social. Otros niños, extraños, etc., quedan eliminados. La tarea de la madre es impedir que el niño vea en ella la única persona de referencia. Este estado, que superficialmente puede llamarse «mimado» (verwöhnt), puede producirse también cuando el niño sufre privaciones y solo junto a la madre tiene una posibilidad de éxito; por ejemplo, los niños que vienen al mundo con órganos inferiores. Lo seguro es que un niño así está bajo una presión en su relación con la vida, que sufre. También en este caso puede esperarlo todo de la madre y, en cuanto sobrevienen enfermedades, darle a la madre la tarea de ocuparse exclusivamente de él. No puede decirse que solo la mala educación de la madre produzca el estilo de vida mimado: el niño mismo da con esta idea cuando la única persona de referencia es siempre la madre. Esto no puede ocurrir sin que el niño refiera a sí mismo las muchas ventajas que obtiene con ello. Dicho de otro modo: este niño pensará siempre en sí mismo, verá todas sus posibilidades de éxito en esperarlo todo de la madre, no contribuir en nada, tomar siempre, no dar nada. Aquí el sentimiento de comunidad habrá llegado a su fin; no va más allá. Se abrirá entonces para este niño una imagen del mundo en la que siempre tiene que esperarlo todo del otro. Esto no puede ocurrir sino considerando, en la oscuridad de su pensamiento, a los demás como objetos. Si lo espero todo de los demás, los demás son para mí objetos. Por eso no puedo desarrollar el sentimiento de la igualdad de valor del otro, por eso no puedo tener a la vista su interés, si el otro es para mí el extraño que tiene que cuidar de mí, que me ha sido dado para explotarlo. A esto se añade algo más. Esta situación adquiere matices extraordinariamente distintos según que el niño se sitúe ante la vida de manera activa o más bien pasiva. También puedo esperarlo todo del otro de manera pasiva. Si hay más actividad, procederé activamente para apoderarme de lo que no se me da voluntariamente. Aquí están los gérmenes de la delincuencia. Me parece uno de los frutos más importantes que hemos obtenido de la experiencia individualpsicológica el que podamos determinar la estructura del niño que corre el peligro de inclinarse a la delincuencia.

En realidad habría terminado con la demostración si no fuera necesario decir algo más sobre la estructura del criminal. Nuestra afirmación es que en los criminales encontramos el estilo de vida mimado. Cuando sorprendemos al criminal en una fechoría única, o cuando se trata de delincuentes reincidentes que, con plena salud mental, poseen una imagen del mundo según la cual todo les habría sido dado en realidad para explotarlo, como si tuvieran derecho a apoderarse de los bienes del otro, a considerar su vida, su salud como objeto de explotación, a ponerse por encima del otro, ahí se refleja una y otra vez lo que podía verse en la infancia cuando se sigue la biografía de un criminal: son siempre niños cuyo sentimiento de comunidad naufragó, no llegó a la plena madurez, y que ya pronto quisieron apoderarse de manera activa de lo que les parecía que les pertenecía. He hablado de su salud mental. Sobre esto hay que decir más. Si falta, no podemos hablar de criminales. A un demente que comete una fechoría no podemos aplicarle el concepto de delito; para ello hace falta la intención interesada y planeada, el «dolus», el enriquecimiento de la propia persona. También aquí vemos de nuevo cómo esto coincide con el estilo de vida mimado, que trata de imponer en cualquier circunstancia la satisfacción de sus deseos —«realización de deseos» (Wunscherfüllung)—. Los criminales que he podido estudiar, ya fuera por escritos o en la realidad, han mostrado siempre el mismo tipo. Eran niños que, por el mimo o el automimo, habían llegado a un cierre prematuro en el desarrollo del sentimiento de comunidad y mostraban una actividad considerable: retozar desenfrenadamente, perjudicar a otros, desconsideración, fugas, agresiones de toda clase aparecen pronto, y puede observarse cómo les falta el interés por los demás. Son hechos que no se deben perder de vista. No paso por alto en absoluto que, con la falta general de desarrollo del sentimiento de comunidad, la tendencia delictiva está muy extendida y que para ello hace falta un motivo exterior, una situación difícil en la que la tendencia delictiva signifique al mismo tiempo una posibilidad de éxito para el interesado. Nunca faltará la situación difícil. Es como una prueba de su sentimiento de comunidad. Pueden ser motivos que al no delincuente le parecen del todo insignificantes; por ejemplo, alguien se convierte en criminal porque quiere salir a pasear con una muchacha y no tiene dinero. Estos fracasados muestran una soberbia, una vanidad, una ambición enfermiza extraordinarias. Esto puede llegar a ser extraordinariamente importante cuando ven a alguien en posesión de un objeto reluciente, en posesión de golosinas. Les domina siempre la firme convicción de que aquí triunfarán, de que no los atraparán. Esta firme convicción procede por desgracia también de la primera infancia. Nunca he visto a un joven delincuente que no hubiera cometido antes ciertos delitos sin que lo atraparan. Así llega a la impresión: esto existe, puedo hacer algo en perjuicio de los demás sin que me atrapen. Esta seguridad la saca de su experiencia.

A esto se añade todavía lo siguiente: no hay delito que no vaya precedido de una planificación. Es como si todo estuviera pensado. La planificación da al criminal la seguridad de que es superior a la policía, a las leyes, a la víctima. Empieza con la firme convicción de ser superior. Esto concuerda también con el hecho de que cerca del 40% de todos los delitos no se descubren y de que todo criminal ha cometido en sus antecedentes diversos delitos menores o mayores sin que lo atraparan. De ahí también, en parte, la incorregibilidad, que solo cedería si transformara su imagen del mundo del estilo de vida mimado en la imagen del mundo del hombre de comunidad. Hacemos demasiado pocos esfuerzos por elevar su sentimiento de comunidad. Esto no pretende ser un reproche. En realidad el criminal es el fracaso psíquico más difícil. Si de verdad se tiene la intención de llevar al criminal por el buen camino, habría que tomar a los mejores educadores. Sin duda es mucho más fácil educar a niños de escuela primaria que a criminales. Si comparamos a los educadores, hay que decir que los maestros de escuela primaria saben más de educación que, por lo general, aquellos a quienes se entregan los criminales, sin que caiga ningún reproche sobre quienes se dedican a esta obra con el mayor esfuerzo. Pero quizá no tengan la preparación necesaria, quizá ni siquiera sepan exactamente que se trata de fomentar el sentimiento de comunidad. Los criminales tienen casi siempre una única impresión: esta vez no fui lo bastante hábil; si hubiera sido más hábil, no me habrían atrapado; una impresión que tienen incluso los criminales que están ya bajo la horca, que corren peligro de ser ejecutados. Recuerdo a un criminal que repetía una y otra vez: si no hubiera olvidado mis anteojos, no me habrían atrapado. Mientras un criminal vive en esta mentalidad, y quizá recibe además en la cárcel lecciones sobre cómo podría haberlo hecho mejor, es muy difícil acercarse a él. Mientras no se resuelva esta única cuestión, mientras no ceda este problema —que el criminal cree que podría escabullirse si se las arregla con habilidad—, es difícil acercarse a él. Despachará todo con desprecio, pensando: si hubiera procedido de tal o cual manera, no estaría aquí sentado. Ahora bien, esta es la característica que tienen todas las personas ambiciosas: preparan una coartada cuando las amenaza una derrota que podría dañar su prestigio. Siempre va unida a ello una política de prestigio, y así no nos extraña que Napoleón, estando en Santa Elena, dijera: «Si hubiera ido primero a España y luego a Rusia, el mundo entero sería mío». Por improbable que sea, es sin embargo un consuelo, una incitación a hacerlo mejor la próxima vez y, sobre todo, a conservar su sentimiento de la propia valía y, con él, su equilibrio anímico. «Solo faltó una pequeñez». Sería necesario eliminar ante todo esta única dificultad, hacerle comprender al criminal que no es correcto buscar el triunfo en burlar a los demás, sino que es mejor buscar la propia felicidad en contribuir todo lo posible al bien de la colectividad.

Ahora quiero mostrar todavía otra cosa que facilita extraordinariamente el delito. Para poder cometer su delito, el criminal tiene que azuzarse a sí mismo. Es un punto luminoso en esta consideración de la psique humana y demuestra en el fondo que incluso el criminal tiene sentimiento de comunidad, solo que no suficiente, y que, para cometer su delito, tiene que superarlo mental y emocionalmente. Tiene que agotar primero el sentimiento de comunidad; luego puede ponerse a ello. Una descripción maravillosa de este proceso se encuentra en el «Raskólnikov» de Dostoievski2, donde el autor tiene a Raskólnikov dos meses en cama, reflexionando si le está permitido cometer el asesinato. Cómo quiere matar su sentimiento de comunidad haciéndose creer cuánto bien podría hacer con el dinero de la usurera. Todavía no lo consigue, porque aún hay demasiado sentimiento de comunidad, hasta que por fin, al cabo de dos meses, prorrumpe en las palabras: «¿Soy Napoleón o un piojo?». Ahora está pertrechado, se comporta como «Napoleón» y mata a golpes a la vieja. ¿Qué ha ocurrido? Ha elegido una comparación, una especie de metáfora, un símbolo que nada tiene que ver con la realidad. No es ni Napoleón ni un piojo, pero plantea la alternativa, la plantea porque ya no quiere desistir del asesinato, porque eso se ha convertido ya en su meta. Entonces sobrevienen un impulso, un empuje, que le facilitan este acto. Llega hasta el final de su sentimiento de comunidad, demasiado escaso, y más allá ya no hay ninguno. Vuelve una vez consumado el acto, porque entonces ya no puede valerse de la metáfora. Algo semejante encontrarán ustedes en todos los casos. El que había olvidado sus anteojos decía: «¿Qué importa este muchacho? Tenemos más de un millón de muchachos así». Se recurre, a modo de comparación, a algo que para el common sense no es en absoluto aceptable. Vemos cómo se facilita su fechoría uno que mató a golpes a su hermano y prorrumpió para ello en este pensamiento: «Él o yo; esta tierra no es lo bastante grande para los dos». Es natural que en delitos más leves ocurra algo parecido. Por ejemplo: «Ese hombre tiene dinero de sobra; ¿para qué ha de tener el dinero guardado en el armario?», o «Ese hombre tenía ropa bonita, yo no tenía ninguna; por eso tuve que matarlo». De ninguno de estos razonamientos puede decirse que haya debilidad mental, pues, aunque de un modo completamente distinto, todos nos servimos de ayudas semejantes cuando recurrimos a giros poéticos para llevar a cabo nuestras intenciones. Así en las simpatías y antipatías, cuando realzamos algo, cuando queremos desacreditar a alguien o cuando queremos entrar en contacto con alguien. Son intentos de derribar3 nuestras intenciones. Por ejemplo, cuando alguien quiere irse al campo, se figura que está en un paisaje alpino. De pronto ya está allí, aunque debería estar aquí. Esta capacidad del hombre de darse impulso para algo bueno, para algo malo, nos ha sido dada a todos. Usamos esta capacidad de desarrollar, a partir de pensamientos e imágenes, sentimientos que dan impulso a nuestras realizaciones y actitudes, para llevar a cabo lo que sin ese impulso también habríamos llevado a cabo, solo que con las inhibiciones del common sense. Ya en el hecho de que menosprecie tanto al otro que solo vea en él a la víctima se ve el error de su imagen del mundo, el estilo de vida mimado. Sucumbirá mucho más fácilmente a inclinaciones fantasiosas quien tenga menos sentimiento de comunidad, y por tanto menos razón («que a todos nos vincula»), menos common sense. El sentimiento de comunidad bendice también a su poseedor con una medida mayor de razón, lo que significa que no quiere engañarse a sí mismo, igual que no quiere engañar al otro. Lo que con tanto acierto se llama common sense es el desarrollo más alto de la razón, que reclama valor de eternidad y contra la cual no se hace valer ninguna objeción. Que muchos subestimen el common sense, la razón, el espíritu, apunta quizá también a su falta de sentimiento de comunidad.

Esta imagen errónea del mundo del criminal puede seguirse hasta la primera infancia. En los jóvenes delincuentes puede comprobarse con facilidad si se les pregunta por sus impresiones infantiles más antiguas. Se oye entonces lo siguiente: «Estaba ayudando a hacer la limpieza, veo una moneda en el suelo y me la quedé, cuando tenía seis años». O bien: «A los cinco años estaba presente cuando ardió un vagón en la estación. Tiraban fuera pelotas de niños; yo cogí todas las que pude». O bien: «Mi madre dejaba dinero por ahí; yo cogía algo todas las semanas». Esta falta de sentimiento de comunidad, unida a una realización activa, se encontrará siempre. Que aquí el estilo de vida mimado, con una actividad mayor, se exprese con toda claridad lo tengo por una de las experiencias más importantes de la psicología individual. Porque ahora hemos llegado al punto en que podemos hablar de prevención.

Sabemos cómo sucede que la posibilidad innata del sentimiento de comunidad, como la posibilidad innata de la fuerza muscular, no llegue a desarrollarse. Sabemos que el desarrollo superior de la humanidad exige hacer del niño un colaborador, que se sienta parte del todo, que se sienta en casa sobre esta corteza terrestre, es decir, también que desarrolle su valor. El semejante (Mitmensch), a diferencia del que solo vive al lado de los demás (Nebenmensch)4, posee también actividad suficiente, persuadido de que esta actividad útil es necesaria si quiere colaborar. Así se desarrolla el semejante, al que, sin pensarlo mucho, se encontrará automáticamente siempre en el camino que apunta al bien de la colectividad, porque ha desarrollado todas sus posibilidades en esa dirección. Aquí está la tarea principal de la educación. La firmeza, la disposición social del sentimiento de comunidad no es innata en el hombre; innata es solo su posibilidad, como solo es innata la posibilidad de desarrollar la musculatura, la destreza, etc. Innato es el sentido del tacto. Pero desarrollarlo de modo que el hombre pueda hacer algo con él es cosa de la fuerza creadora del niño bajo la dirección de su estilo de vida. Allí donde se ha considerado el sentido del tacto tan altamente desarrollado, como por ejemplo en Helen Keller y Laura Bridgeman5, se ha vuelto tan extraordinariamente fino sobre la base de un ejercicio de duro esfuerzo. Un destacado histopatólogo, Frederick Tilney, examinó el sentido del tacto en ambas y encontró que en sí no es distinto del normal. Ambas solo pueden hacer más con él. La agudeza visual puede ser la misma en distintas personas, pero una sabe utilizarla mucho mejor. Así también la posibilidad del sentimiento de comunidad es innata, pero hasta dónde la desarrolla cada cual, qué hace con ella, cuánto consigue con ella, es distinto. Este hecho, obtenido de la experiencia individualpsicológica, cambiará tarde o temprano en nuestro sentido la concepción de la psicología hereditarista.

Existiría entonces la posibilidad de desarrollar el sentimiento de comunidad del niño hasta un nivel suficiente para reforzar la resistencia frente a tentaciones de toda clase (no para reprimir los deseos, sino para dirigirlos en el sentido de la utilidad general). Estas tentaciones actúan con mucha más fuerza en las personas de estilo de vida mimado; estas sienten su vida de deseos con mucha más fuerza y como legítima, de modo que querrían resolver las cuestiones siempre solo en el sentido de una superioridad personal. Todo el material de investigación del psicoanálisis de Freud y todas sus experiencias exageradas se refieren también, en efecto, al estilo de vida mimado, sin haber sido reconocidas como pertenecientes a él. También la popularidad de esta escuela en ciertos círculos, el resentimiento que encierra, apuntan a la receptividad del estilo de vida mimado, que siente como correcto lo que procede de la esfera del estilo de vida mimado. Se pensará ahora en primer lugar que sería tarea de las madres cultivar la posibilidad innata del sentimiento de comunidad. Pero hemos de confesarnos que sería un proceso larguísimo y sin esperanza convertir a todos o a la mayoría de los padres en buenos educadores. Creo que ni siquiera hay tantos maestros individualpsicológicos, u orientados de manera parecida, como harían falta para ayudar en ello. Lo que sí sería posible es ganar a la escuela para esta tarea y aceptar las debilidades existentes del sentimiento de comunidad de los niños al entrar en la escuela. La tarea de la escuela sería entonces educar a los niños de modo que salgan de la escuela con un sentimiento de comunidad suficientemente desarrollado. Yo no tendría nada que objetar si personas con autoridad hicieran una ley según la cual ningún niño pudiera dejar la escuela antes de tener la seguridad de que se mostrará útil en la vida, de que su interés por los demás está suficientemente desarrollado. Esto plantea, desde luego, nuevas tareas a los maestros. Pero nos inclinamos a considerar al maestro como aquel que está más cerca de la educación. Por lo demás, también se vería que los niños que avanzan en la dirección de un sentimiento de comunidad desarrollado, que procuran desarrollarse para el bien de la colectividad, rendirían mucho más también en las asignaturas. Pues los rendimientos escolares serían entonces también una preparación para hacerse útil más tarde. Pero ¿cómo va a hacerse amigo de las asignaturas un alumno a quien le es ajeno hacerse útil? La madurez de un maestro podría llegar a hacer comprender a los niños para qué tienen que aprender esto o aquello, y a captar qué niño es un hombre que vive con los demás, junto a los demás o contra los demás (Mit-, Neben- oder Gegenmensch). Aprendería muy pronto este arte, como en muchos casos hemos intentado con éxito enseñárselo a los maestros. Pronto averiguaría lo que hace falta para ayudar a un niño a llegar al camino de la utilidad general, a no creerse en tierra enemiga, a buscar su felicidad en participar, convivir, colaborar. Solo por este camino estaría una generación futura en condiciones de resolver las grandes cuestiones de la vida: configurar correctamente la relación con los demás hombres, desarrollar la profesión hasta el punto de que salga a la luz su utilidad para los demás, resolver el problema del amor de modo que se lleguen a formar matrimonios felices sobre la base de la igualdad de rango de los sexos, con decisión definitiva de ambos miembros de la pareja. Hacer del niño un colaborador, hacer que sea una ayuda y no una carga, y esto desde el comienzo de su vida, podría convertirse muy pronto en tradición educativa general.

Si alguien duda todavía de que esta investigación muestre de verdad que el criminal posee demasiado poco sentimiento de comunidad y que por eso no puede resolver las grandes cuestiones de la vida, quiero señalar dos puntos. El 50% de todos los delincuentes ingresados son obreros no cualificados. Es decir, que ya de niños no siguieron el paso, que no se les pudo llevar a desarrollarse lo bastante como para poder ejercer una profesión. Otro fenómeno que también da que pensar es que el 50% de todos los criminales padecen enfermedades venéreas, prueba de que no están en condiciones de resolver la cuestión del amor de manera normal, como tarea para dos personas de igual rango. Las enfermedades venéreas son, en efecto, la consecuencia de que uno considere la sexualidad como una tarea para una sola persona, la suya propia, cuando es una tarea para dos personas, que solo puede resolverse si cada una tiene suficiente interés por su pareja.

Estas dos indicaciones son fuertes confirmaciones de mi concepción. Para terminar quisiera decir lo siguiente: no cabe duda de que la humanidad tiene muchísimo que ganar por el camino que propone la psicología individual. No me preocupa la cuestión económica que va unida a ello. Sé que los costes de la ejecución penal son mil veces mayores de lo que costaría empezar por los niños y convertirlos en semejantes solidarios. Es un punto de vista que debería resultar evidente. Los costes de una acción preventiva de este tipo no serían tan grandes que ni siquiera el Estado más pobre pudiera sufragarlos. Tampoco es largo el tiempo que haría falta hasta que los maestros estuvieran a la altura de esta tarea. En Viena, por ejemplo, vimos un gran número de maestros que sin duda habían adquirido ya la madurez para este trabajo. Otros se dejarían convencer fácilmente si vieran la gran ventaja para su gremio, cómo podrían sumarse a los guías de la humanidad, cómo tendrían en su mano configurar mejor la vida de la generación futura. Para la profesión de cada maestro, este complemento sería un alivio enorme. Formar una legión de niños capaces para la comunidad y valerosos es sin duda más fácil que llevar a remolque durante años a cierto número de niños con defectos. A esto se añade que, por más que lo miro con el mayor detenimiento, no logro ver cómo semejantes medidas podrían menoscabar exigencias de carácter político o religioso del Estado. Puedo imaginarme bajo cualquier forma de gobierno semejante elevación del sentimiento de comunidad, que, por lo demás, toda corriente importante lleva en su programa. Si acaso se alzaran todavía voces preguntando por qué precisamente solo la psicología individual habría de participar en esta obra, y no también otras escuelas psicológicas que creen poder hacer lo mismo, he de decir que los psicólogos individuales somos lo bastante generosos como para concederles también a ellas la posibilidad de mostrar lo que pueden hacer en la formación de maestros adecuados de esta clase. En suma, no veo ninguna razón por la que no deba llevarse a la realidad esta idea extraordinariamente fecunda.

He tenido la experiencia de que no basta con tener razón, y de que a veces es incluso una desventaja. Aunque yo, y quizá también ustedes, estemos persuadidos de que sería un camino de importancia vital, de que de él depende el bien de toda la humanidad, no creo que logremos imponer lo que nos parece tan necesario. Esto no debe impedirnos reflexionar sobre ello y considerar desde este punto de vista acontecimientos como el problema del delito. Hemos trabajado en ello durante mucho tiempo; creo que hemos sido bendecidos con buenos resultados. No se trata aquí solo de teoría: un problema que ha de tomarse de manera extraordinariamente práctica tiene solución, lo que no quiere decir que realmente vaya a resolverse. Pero siempre ocurre así cuando se ha encontrado un camino que se distingue de los caminos de los demás. También en el desarrollo de la técnica fue así: también la primera máquina de vapor, el primer tren, fueron considerados un enemigo; no fueron pocos los científicos que declararon que quien viajara en una máquina así tenía que volverse loco. Se ha visto que los hombres soportan todavía otras velocidades. Si alguien cree quizá que por el camino que queremos seguir a los niños podría dolerles la cabeza, es una objeción semejante.

Estamos obligados a no guardarnos, a no ocultar las experiencias que consideramos sólidas, que hemos examinado con precisión; tenemos que hablar de ellas, tenemos que invitar a comprobarlas. Aunque este trabajo no tenga más que el único resultado de que se compruebe hasta qué punto son exactas estas concepciones, hasta qué punto sería necesario proceder desde este punto de vista, tendremos que consolarnos, ante la lentitud del desarrollo humano, con haber hecho lo que creemos que debemos hacer. Que con esta comprensión más profunda concepciones como las de la psicología hereditarista unilateral, la teoría del ambiente que solo da cabida [al medio], la mitología de las glándulas y la teoría sexual del delito de Freud se vean sometidas a una dura prueba sobre su verdadero valor o falta de valor, se mostrará como una ventaja más. Que también el diagnóstico de la debilidad mental, que en los casos leves se sostiene sobre pies muy débiles, saldrá ganando con ello, puede preverse con seguridad.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado en Internet Archive: Alfred Adler, «Die Vorbeugung der Delinquenz», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, 13 (1935), n.º 4 (octubre-diciembre), págs. 197-206. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas del original y la paginación original; el tono oral del texto (tratamiento de «ustedes» al público) se mantiene. Las expresiones que el original da en inglés o latín (common sense, dolus) se dejan tal cual. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Soziales Interesse: término que Adler emplea en alemán en sus últimos años, calcado de su propio inglés social interest. Conforme al glosario del archivo, se traduce también «sentimiento de comunidad», como Gemeinschaftsgefühl, que aparece en el mismo texto; donde Adler usa soziales Interesse se indica la primera vez entre paréntesis. (N. del T.) ↩

  2. Es decir, Crimen y castigo (1866), que en alemán circuló con el título Raskolnikow. (N. del T.) ↩

  3. Así en el original: stürzen («derribar»); probablemente errata por stützen («apoyar»), que es lo que pide el sentido. (N. del T.) ↩

  4. Juego de palabras con Mitmensch (literalmente «hombre-con», el semejante, el prójimo), Nebenmensch («hombre-junto a») y, más abajo, Gegenmensch («hombre-contra»). (N. del T.) ↩

  5. Laura Bridgman (1829-1889), sordociega estadounidense, educada en la Perkins Institution; Adler escribe «Bridgeman». (N. del T.) ↩