Sobre el origen del afán de superioridad y del sentimiento de comunidad
De una conferencia en la Sociedad Médica Vienesa de Psicología Individual
Por el Prof. Dr. Alfred Adler
Suena casi como un problema de actualidad hablar del afán de perfección y de las raíces del sentimiento de comunidad. Para la psicología individual es un problema antiguo. Puedo decir sin duda que en estas dos cuestiones y en su solución reside todo el valor y todo el significado de la psicología individual. El énfasis en estas dos cuestiones nunca ha faltado en nuestro trabajo, pero ustedes, igual que yo, habrán sentido seguramente la necesidad de ver tratadas alguna vez estas cuestiones de forma fundamental, para poder evitar aquella vacilación y aquella inseguridad que hemos encontrado a veces en nuestros amigos y con más frecuencia aún en nuestros adversarios. No creo que fuera de nuestro círculo se conozca muy bien lo que entendemos por afán de perfección. Me veo obligado a añadir nuevos complementos al conocimiento alcanzado hasta ahora. Este conocimiento no es aprehensible de modo inmediato; no puede encontrarse mediante un análisis de los fenómenos y hechos visibles, como en general nunca puede crearse nada nuevo mediante el análisis. Con él tenemos en la mano las partes en lugar del todo. A nosotros, los psicólogos individuales, el todo nos dice mucho más que el análisis de las partes. Tampoco puede surgir nada nuevo por síntesis, si simplemente se juntan las partes.
¿Por dónde tenemos que empezar nuestras investigaciones si queremos ir más allá de lo alcanzado? En lo que se refiere al afán de perfección o, como aparece a veces, al afán de superioridad o, como nos lo atribuyen a veces escritores menos entendidos, al afán de poder, algunos lo han sabido siempre, pero no tan a fondo como para poder transmitir ese saber a una masa mayor o para poder iluminar el significado fundamental de este afán para la construcción de la personalidad entera. Solo la psicología individual ha establecido que todo individuo está poseído por este afán de perfección, que lo encontramos en todo individuo, que no es en absoluto necesario, como ha mostrado el audaz intento de Nietzsche, inculcar primero a los hombres que deben desarrollarse hasta el superhombre. La psicología individual ha mostrado que todo individuo está poseído por el afán de perfección, por el afán de subir. Quien sepa leer entre líneas habrá comprendido que la psicología individual es constantemente consciente del significado fundamental del afán de perfección y que, al considerar un caso clínico, siempre ha descubierto la dirección individual de este afán. Y, sin embargo, queda una pregunta que vuelve continuamente cada vez que aparece este problema, subrayada por amigos y adversarios, una pregunta que quizá tampoco estaba del todo aclarada en nuestro círculo. Intentaré hoy acercarla a una solución, porque siempre me ha parecido necesario crear claridad para todos en este punto.
Y así quisiera subrayar en primer lugar que el afán de perfección es innato. No, desde luego, de modo concreto, tal como lo encontramos una y otra vez en los distintos individuos en mil variaciones; no como si existiera ahí un instinto que más tarde en la vida fuera capaz de llevarlo todo a término y que solo necesitara desplegarse, sino innato como algo que pertenece a la vida, un afán, un impulso, un desarrollarse, un algo sin lo cual no puede imaginarse la vida en absoluto. Los investigadores, en especial los naturalistas, han subrayado siempre este principio de desarrollo en lo corporal. Sobre todo desde Darwin, Lamarck y otros, es evidente contar con la idea de evolución. Si aquí damos un paso más y subrayamos con más fuerza lo que tenían en mente estos geniales investigadores, queremos establecer que vivir significa desarrollarse. El espíritu humano está demasiado acostumbrado a dar forma a todo lo que fluye, a considerar no el movimiento, sino el movimiento congelado, el movimiento que se ha hecho forma. Nosotros, los psicólogos individuales, estamos desde siempre en el camino de disolver en movimiento lo que captamos como forma, y así tenemos que establecer, tanto para el individuo de nuestro tiempo como para la evolución de los seres vivos, que vivir significa desarrollarse. Todo el mundo sabe que el hombre acabado procede de un óvulo; pero debe comprender también correctamente que en ese óvulo están los fundamentos del desarrollo. Cómo llegó la vida a la Tierra es cosa dudosa; quizá nunca encontremos una solución definitiva. Podemos pensar, como lo ha hecho por ejemplo el genial intento de Smuts («Wholeness and Evolution»)1, en suponer que la vida existe también en la materia muerta, una concepción que nos sugiere con fuerza la física moderna, donde se muestra cómo los electrones se mueven alrededor del protón. No sabemos si esta concepción seguirá teniendo razón; lo seguro es que nuestro concepto de la vida ya no puede ponerse en duda, que con él queda establecido al mismo tiempo el movimiento, un movimiento que tiende a la autoconservación, a la multiplicación, al contacto con el mundo exterior, al contacto victorioso, para no sucumbir. A este camino del desarrollo, de una adaptación activa continua a las exigencias del mundo exterior, tenemos que vincularnos si queremos comprender en qué dirección va y se mueve la vida. Tenemos que pensar que se trata aquí de algo originario, que ha estado adherido a la vida originaria. Siempre se trata de superación, siempre de la subsistencia del individuo, de la raza humana; siempre se trata de establecer una relación favorable entre el individuo y el mundo exterior. Esta coacción a llevar a cabo la mejor adaptación nunca puede terminar. En ello reside el fundamento de nuestra concepción del afán de superioridad.
Quisiera señalar en este punto una vez más que probablemente mucho de lo que expongo aquí les resultará conocido, y que sin duda también otros lo sabían. La psicología individual solo tiene un mérito: haber establecido una conexión y haber mostrado cómo esta fuerza, la «vida», se configura y se impone en cada individuo. Estamos en medio de la corriente de la evolución y lo notamos tan poco como notamos la rotación de la Tierra. En esta conexión cósmica, de la que la vida del individuo es una parte, el afán de asimilación victoriosa al mundo exterior es condición. Aun cuando se dudara de que el afán de superioridad existiera ya al comienzo de la vida, el curso de los billones de años pone claramente ante nuestros ojos que hoy el afán de perfección es un hecho innato, presente en todo hombre. Esta consideración puede mostrarnos aún otra cosa. Ninguno de nosotros sabe cuál es el único camino correcto hacia la perfección. La humanidad ha hecho múltiples intentos de representarse esta meta final del desarrollo humano. La mejor representación que se ha obtenido hasta ahora de esta elevación ideal de la humanidad es el concepto de Dios2. No cabe la menor duda de que el concepto de Dios encierra propiamente, como meta, aquel movimiento hacia la perfección, y de que es lo que mejor corresponde, como meta concreta de perfección, al oscuro anhelo del hombre de alcanzar la perfección. Ciertamente, me parece que cada uno se imagina a su Dios de otro modo. Hay sin duda representaciones de él que de antemano no están a la altura del principio de la perfección, pero de su formulación más pura podemos decir: aquí se ha logrado la formulación concreta de la meta de la perfección. Naturalmente, hay entre los hombres un sinnúmero de intentos de representarse de otro modo esta meta de perfección. Nosotros, los psicólogos individuales, y en especial los médicos psicólogos individuales, que tenemos que vérnoslas con los fracasos, con personas que han enfermado de neurosis, de psicosis, que se han vuelto delincuentes, bebedores, etc., vemos también en ellos esta meta de superioridad, pero en otra dirección, que contradice la razón hasta el punto de que no podemos reconocer en ella una meta de perfección acertada. Si alguien, por ejemplo, intenta concretar esta meta queriendo dominar a los demás, esta meta de perfección nos parece ya incapaz de guiar al individuo y a la masa por el hecho de que no todos podrían proponerse esta meta de perfección como tarea, porque se verían obligados a entrar en contradicción con la coacción de la evolución, a violentar la realidad y a protegerse llenos de miedo contra la verdad y quienes la profesan. Cuando encontramos personas que se han puesto como meta de perfección apoyarse en los demás, también esta meta de perfección nos parece contradecir la razón. Cuando alguien encuentra quizá la meta de perfección en dejar sin resolver las tareas de la vida para no sufrir derrotas seguras, que serían lo contrario de la meta de perfección, también esta meta nos parece del todo inadecuada, aunque a muchas personas les parezca aceptable.
Si ampliamos nuestra perspectiva y planteamos la pregunta: ¿qué ha sido de aquellos seres vivos que se han puesto una meta de perfección equivocada, cuya adaptación activa no ha tenido éxito porque han tomado el camino equivocado, que no han encontrado el camino del fomento de la colectividad3?, la extinción de especies, razas, tribus, familias y miles de personas aisladas de las que no ha quedado nada nos enseña cuán necesario es para el individuo encontrar un camino medianamente correcto hacia la meta de una perfección. También para nuestros días y para cada uno de nosotros es evidente que la meta de perfección da la dirección para el desarrollo de su personalidad entera, para todos sus movimientos expresivos, para su mirar, para su pensar, sus sentimientos, su concepción del mundo. E igual de claro y comprensible para todo psicólogo individual es que una dirección que se aparte en alguna medida de la verdad tiene que redundar en perjuicio del interesado, si no en su perdición. Sería entonces un hallazgo afortunado saber algo más sobre la dirección que hemos de tomar, ya que estamos insertos en la corriente de la evolución y tenemos que seguirla. También en esto la psicología individual ha realizado un gran trabajo, igual que con la constatación del afán general de perfección. A partir de una experiencia múltiple ha obtenido una concepción capaz de comprender en cierta medida la dirección hacia la perfección ideal, a saber, en su constatación de las normas del sentimiento de comunidad.
En cuanto al sentimiento de comunidad, habrán observado ustedes también ciertas vacilaciones en la literatura individualpsicológica, y por eso quería hablar de ello. No quiero hablar mucho del caso corriente y descabellado que se encuentra a veces dentro de nuestro círculo en los principiantes, y fuera de nuestro círculo, como si lo que llamamos comunidad fuera, por ejemplo, un círculo privado de nuestro tiempo o un círculo mayor al que hubiera que adherirse. Sentimiento de comunidad quiere decir mucho más; quiere decir ante todo sentir con la totalidad sub specie aeternitatis4, un afán de una forma de comunidad que ha de pensarse para siempre, tal como podría pensarse, por ejemplo, cuando la humanidad haya alcanzado la meta de la perfección. Nunca se trata de una comunidad o sociedad presente, ni tampoco de formas políticas o religiosas, sino que la meta más adecuada para la perfección tendría que ser una meta que signifique la comunidad ideal de la humanidad entera, el último cumplimiento de la evolución. Naturalmente se preguntará de dónde sé yo esto. Desde luego no por la experiencia inmediata, y tengo que admitir que tienen razón quienes encuentran en la psicología individual un trozo de metafísica. Unos lo alaban, otros lo censuran. Por desgracia hay muchas personas que tienen una concepción errónea de la metafísica y que quieren ver excluido de la vida de la humanidad todo lo que no pueden captar de modo inmediato. Con ello impediríamos las posibilidades de desarrollo, todo pensamiento nuevo. Toda idea nueva está más allá de la experiencia inmediata. Las experiencias inmediatas nunca dan nada nuevo; solo lo da la idea sintetizadora que une esos hechos. Pueden llamarlo especulación o trascendental: no hay ciencia que no tenga que desembocar en la metafísica. No veo ninguna razón para temer a la metafísica; ha influido en el más alto grado en la vida de los hombres y en su desarrollo. No estamos bendecidos con la verdad absoluta; por eso nos vemos obligados a pensar sobre nuestro futuro, sobre el resultado de nuestras acciones, etc. Nuestra idea del sentimiento de comunidad como la forma última de la humanidad, un estado en el que nos imaginamos resueltas todas las cuestiones de la vida, todas las relaciones con el mundo exterior, un ideal que juzga, una meta que da la dirección: esta meta de la perfección tiene que llevar en sí la meta de una comunidad ideal, porque todo lo que encontramos valioso en la vida, lo que existe y sigue existiendo, es para siempre un producto de este sentimiento de comunidad. Quiero repetir lo que he expuesto en otro contexto. El niño recién nacido solo encuentra en la vida lo que los demás han aportado a la vida, al cuidado, a la seguridad. Lo que encontramos al entrar en nuestra vida es siempre la aportación de nuestros antepasados; ya este solo hecho podría aclararnos cómo la vida sigue rodando, cómo nos acercamos a un estado de mayores aportaciones, de mayor capacidad de cooperación, en el que cada individuo se presenta más que hasta ahora como una parte del todo, un estado para el que, naturalmente, todas las formas de nuestro movimiento social son intentos, ensayos previos, de los que solo perduran aquellos que se sitúan en la dirección de esta comunidad ideal.
No queremos decidir; solo podemos decir una cosa: un movimiento del individuo y un movimiento de las masas solo puede valer para nosotros como valioso si crea valores para la eternidad, para la evolución superior de la humanidad entera. Quizá este hecho les resulte más claro si planteo una vez más la pregunta: ¿qué ocurre con aquellos hombres que no han aportado nada? Desaparecidos, ¡borrados! Vean ustedes de nuevo cómo la fuerza de la evolución, cómo ese impulso de llegar a un nivel superior, corporal y espiritualmente, cómo ese impulso borra todo lo que no colabora y no aporta nada. Si uno es amigo de formulaciones, podría decir que hay una ley fundamental en la evolución que grita a los que niegan: ¡fuera contigo, si no entiendes en absoluto de qué se trata! Así se pone de relieve la permanencia, la permanencia eterna, de la aportación de los hombres que han hecho algo por la colectividad. Ciertamente, somos lo bastante sensatos como para no suponer que tenemos la clave para decir con exactitud en cada caso qué está pensado para la eternidad y qué no. Estamos convencidos de que podemos equivocarnos, de que solo una investigación muy exacta y objetiva puede decidirlo, y a menudo solo el curso de las cosas. Quizá sea ya un gran paso poder evitar lo que no contribuye al afán de perfección. Podría hablar más de ello y mostrar cómo todas nuestras funciones están pensadas para no perturbar la comunidad de los hombres, para unir al individuo con la comunidad. Ver significa recibir, hacer fecundo lo que cae en la retina. Esto no es solo un proceso fisiológico: muestra al hombre como parte del todo, que toma y da. En el ver, el oír, el hablar nos unimos con los demás. Así, todas las funciones de nuestros órganos solo están correctamente desarrolladas si no perjudican al sentimiento de comunidad. Hablamos de virtud y queremos decir que alguien colabora en el juego; de vicio, y queremos decir que alguien perturba la colaboración. Podría señalar además cómo todo lo que significa un fracaso es un fracaso porque perturba el desarrollo de la comunidad, ya se trate de niños difíciles de educar, de neuróticos, de delincuentes o de suicidas. En todos los casos ven ustedes que falta la aportación. En toda la historia de la humanidad no encontrarán hombres aislados; el desarrollo de la humanidad solo fue posible porque la humanidad era una comunidad y, en el afán de perfección, aspiraba a una comunidad ideal. Esto se expresa en todos los movimientos, en todas las funciones de un hombre, haya encontrado o no esta dirección en la corriente de la evolución, caracterizada por el ideal de comunidad, porque el hombre es guiado, impedido, castigado, alabado y fomentado indefectiblemente por el ideal de comunidad, de modo que cada individuo no solo tiene que responder de toda desviación, sino también expiarla. Es una ley dura, cruel incluso. Quienes ya han desarrollado en sí un fuerte sentimiento de comunidad se esfuerzan incansablemente por suavizar los rigores para quien camina equivocado, como si lo supieran: este es un hombre que ha errado el camino, por causas que solo la psicología individual es capaz de demostrar. Si el hombre comprendiera cómo se ha extraviado al apartarse del lado de la evolución, abandonaría ese camino y se uniría a la colectividad.
Para terminar quisiera presentarles una idea que tiene mucho a su favor y que deberían ustedes meditar. Si están de acuerdo con mis consideraciones, tendrán que plantearse la pregunta: ¿qué ocurre con el sentimiento de comunidad, es también innato o hay que inculcarlo en los hombres? Naturalmente, también es innato, pero solo puede desarrollarse cuando el niño está ya en la vida; solo puede vivificarse, como los rasgos de carácter que dependen de él, en el contexto social, ciertamente solo en la medida en que el niño comprende oscuramente el contexto social. La decisión está en la fuerza creadora del niño, guiada por el mundo exterior, por las medidas educativas, influida por la vivencia de su cuerpo y por la valoración de este. En el estado actual del desarrollo anímico de la humanidad, y quizá también de su desarrollo corporal, tenemos que valorar el sustrato innato del sentimiento de comunidad como demasiado escaso, no lo bastante fuerte para poder imponerse y desplegarse sin comprensión social. Hay, en efecto, capacidades y funciones innatas que se imponen casi por sí solas, por ejemplo la respiración. Con el sentimiento de comunidad estamos todavía muy lejos de eso; no lo hemos desarrollado en la medida en que la respiración, y sin embargo tenemos que esperar, en la meta última de la perfección, que el desarrollo del sentimiento de comunidad sea tan fuerte que la humanidad del futuro lo posea y lo ejerza como la respiración. Lo que tenemos que hacer en la presente situación de necesidad se desprende por sí mismo. No cabe duda de que esta consideración nos da una base segura y firme no solo para juzgar a una persona, para educar a un niño, sino también para corregir y guiar a quien se ha extraviado. Pero esto solo se logra mediante la explicación y la comprensión. Tenemos que hablar de ello porque no estamos seguros de que todo niño, todo adulto sepa adónde va el camino. Por eso hay que hablar de ello, hasta que quizá en el curso de miles de años también el hablar resulte superfluo, como quizá hoy se ha vuelto superfluo hablar de la respiración correcta. Hablar del sentimiento de comunidad como perteneciente a la evolución de la humanidad, como una parte de la vida humana, ese hablar y el despertar la comprensión es lo que hace hoy la psicología individual. Ese es su significado fundamental, su razón de ser, y eso constituye su fuerza. De comunidad y de sentimiento de comunidad hablan hoy ya todos. No fuimos los primerísimos, pero somos los primeros que han puesto un fuerte acento en la naturaleza fundamental del sentimiento de comunidad. También se puede abusar del concepto de comunidad y de sentimiento de comunidad. Pero quien lo ha entendido bien sabe que en la esencia de la comunidad y del sentimiento de comunidad hay un factor evolutivo que se vuelve contra todo lo que se opone a esa dirección. Ese podrá evitar abusar de este concepto de comunidad o dejarse utilizar por otros para tal abuso. Eso constituye el valor práctico y el significado de la psicología individual: haber aclarado el significado fundamental del sentimiento de comunidad para el desarrollo, para la evolución superior del individuo y de la humanidad entera.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen de 1933 de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Über den Ursprung des Strebens nach Überlegenheit und des Gemeinschaftsgefühles», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 11 (1933), págs. 257-263. Las dos notas del autor, ambas numeradas «1)» al pie de las págs. 259 y 260 del original, se numeran aquí 1 y 2. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas, las notas del autor y la paginación del original, así como el tratamiento de «ustedes» de la conferencia. Streben nach Vollkommenheit se traduce «afán de perfección»; Streben nach Überlegenheit, «afán de superioridad»; Allgemeinheit, «colectividad»; Höherentwicklung, «evolución superior». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.
Jan Christiaan Smuts, Holism and Evolution (Londres, 1926); Adler cita el título como «Wholeness and Evolution». (N. del T.) ↩
Véase Lic. Ernst Jahn y Alfred Adler, Religion und Individualpsychologie [Religión y psicología individual]. Eine prinzipielle Auseinandersetzung über Menschenführung [Una discusión de principios sobre la dirección de los hombres]. 1933. Editorial Dr. Rolf Passer (antes Dr. H. Epstein), Viena y Leipzig. ↩
Véase Alfred Adler, Der Sinn des Lebens [El sentido de la vida]. Editorial Dr. Rolf Passer (antes Dr. H. Epstein), Viena y Leipzig. ↩
«Bajo el aspecto de la eternidad». (N. del T.) ↩