Sobre el problema cuerpo-alma
Por el Prof. Dr. Alfred Adler
Hoy ya no puede caber ninguna duda de que todo lo que designamos como cuerpo muestra un afán de llegar a ser un todo. En general, el átomo puede compararse en este aspecto con la célula viva. Ambos poseen fuerzas latentes y manifiestas que dan lugar, en parte, al redondeamiento y la delimitación, y en parte a la agregación de otras partes. La diferencia principal está sin duda en el metabolismo de la célula frente a la autosuficiencia del átomo. Ni siquiera los movimientos dentro o fuera de la célula y del átomo ofrecen diferencias fundamentales. Tampoco los electrones están nunca en estado de reposo, y un afán de reposo como el que Freud postula para sus concepciones sobre el deseo de muerte no puede encontrarse en ninguna parte de la naturaleza. Lo que más claramente distingue a ambos es el proceso de asimilación y excreción de la célula viva, que da lugar al crecimiento, a la conservación de la forma, a la multiplicación y al afán de una forma final ideal1.
Si la célula viva, venga de donde venga, hubiera sido puesta en un medio ideal que le hubiera garantizado sin esfuerzo la autoconservación eterna —un caso ciertamente impensable—, habría permanecido siempre igual. Bajo la presión de dificultades que en el caso más simple pueden pensarse casi como físicas, lo que sin comprenderlo llamamos el proceso vital tuvo que verse empujado a buscar algún remedio. Las mil diferencias dadas en la naturaleza, presentes sin duda también en la ameba, acercan al éxito a los individuos mejor situados y les hacen encontrar la forma mejor y, con ello, la mejor adaptación. En los billones de años que hace que existe vida en esta Tierra hubo evidentemente tiempo suficiente para formar al hombre a partir del proceso vital de las células más simples, y también para dejar perecer a miríadas de seres vivos que no estaban a la altura de la violencia de los ataques de su entorno.
En esta concepción, que une concepciones fundamentales de Darwin y de Lamarck, el «proceso vital» ha de verse como un afán que recibe su dirección en la corriente de la evolución por una meta eterna de adaptación a las exigencias del mundo exterior.
En esta tendencia a una meta, que nunca puede llegar a un equilibrio en reposo, porque evidentemente el ámbito de las fuerzas exigentes e interrogantes del mundo exterior nunca puede ser respondido por completo por seres que él mismo ha creado, tiene que haberse desarrollado también aquella facultad que, considerándola desde distintos lados, llamamos alma, espíritu, psique, razón, y que incluye todas las demás «facultades anímicas». Y aunque al considerar el proceso anímico nos movemos en terreno trascendental, podemos afirmar, prosiguiendo nuestra concepción, que el alma, como perteneciente al proceso vital, y lo que quiera que resumamos bajo este proceso, tiene que presentar el mismo carácter fundamental que la matriz de la que ha surgido, la célula viva. Este carácter fundamental se encuentra en primer lugar en el afán persistente de enfrentarse victoriosamente a las exigencias del mundo exterior, de vencer a la muerte, de tender a una forma final ideal que sea adecuada para alcanzar, junto con las fuerzas del cuerpo preparadas para ello en la evolución, en influencia y ayuda recíprocas, una meta de superioridad, de perfección, de seguridad. Igual que en el desarrollo evolutivo del cuerpo, también en el desarrollo anímico está indicada constantemente la dirección: llegar a superar las dificultades del mundo exterior resolviendo correctamente sus tareas. Toda solución equivocada, ya sea por un desarrollo corporal o anímico inadecuado, muestra su falta de idoneidad por la derrota, que puede llegar hasta la eliminación y el exterminio del individuo que yerra. El proceso de la derrota puede ir más allá de la persona individual y dañar a miembros que derivan de ella, la descendencia, y enredar a familias, tribus, pueblos y razas en mayores dificultades. A menudo, como siempre en la evolución, estas dificultades, al superarse, pueden conducir a mayores éxitos, a una mayor fuerza de resistencia. Pero hecatombes de plantas, animales y hombres han sido víctimas de este cruel proceso de autodepuración. Lo que actualmente parece resistente por término medio ha superado la prueba provisionalmente2.
De esta concepción se desprende que en el proceso corporal tenemos que habérnoslas con un afán que ha de mantener al cuerpo aproximadamente en equilibrio en relación con sus rendimientos, para poder hacer frente victoriosamente a las exigencias del mundo exterior, a sus estímulos y a sus perjuicios. Si se consideran estos procesos de modo unilateral, se llega a la concepción de la «sabiduría del cuerpo3». Pero también el proceso anímico se ve obligado a decidirse por esta sabiduría, que lo capacita para resolver victoriosamente las preguntas del mundo exterior en favor de un equilibrio siempre activo de cuerpo y alma. Del equilibrio se encarga, dentro de ciertos límites, el nivel evolutivo alcanzado; de la actividad, la meta de superioridad encontrada en la infancia, el estilo de vida, la ley de movimiento del individuo.
La ley fundamental de la vida es, por tanto, la superación.
A ella sirven el afán de autoconservación, de equilibrio corporal y anímico, el crecimiento corporal y anímico y el afán de perfección.
En el afán de autoconservación están incluidos la comprensión y la evitación de los peligros, la reproducción como vía evolutiva para la perduración de una parte corporal más allá de la muerte personal, la colaboración en el desarrollo de la humanidad, en la que el espíritu de los colaboradores es inmortal, y el rendimiento socializado de todos los que contribuyen a todos los fines mencionados.
Cómo el cuerpo se esfuerza siempre por conservar, completar y reponer al mismo tiempo todas las partes vitales lo muestra la maravilla de la evolución. La coagulación de la sangre en las heridas sangrantes, la conservación, garantizada dentro de amplios límites, del agua, el azúcar, la cal, las sustancias proteicas, la regeneración de la sangre y de las células, la cooperación de las glándulas endocrinas son productos de la evolución y prueban la fuerza de resistencia del organismo frente a las nocividades exteriores. La conservación y el aumento de esta fuerza de resistencia son consecuencia de una amplia mezcla de sangre, en la que los defectos pueden reducirse y las ventajas retenerse y aumentarse. También aquí la socialización de los hombres, la comunidad, ha intervenido de modo auxiliador y victorioso. La exclusión del incesto no fue, por tanto, mucho más que una cosa evidente en el afán de comunidad.
El equilibrio anímico está constantemente amenazado. En el afán de perfección el hombre está siempre anímicamente en movimiento y siente su falta de equilibrio frente a la meta de la perfección. Solo el sentimiento de haber alcanzado un lugar suficiente en el afán de subir puede darle el sentimiento de la calma, del valor, de la felicidad. Al momento siguiente su meta vuelve a tirar de él hacia arriba. En este momento se hace claro que ser hombre significa poseer un sentimiento de inferioridad que empuja constantemente hacia su superación. La dirección de la superación buscada es tan diversa, de mil maneras, como la meta de la perfección buscada. Cuanto mayor es el sentimiento de inferioridad y cuanto más fuertemente se vive, tanto más violento es el impulso a la superación, tanto más fuerte el movimiento de los sentimientos. Pero el asalto de los sentimientos, las emociones y los afectos no quedan sin efecto sobre el equilibrio corporal. Por las vías del sistema nervioso vegetativo, del nervio vago y de las alteraciones endocrinas, el cuerpo entra en movimientos que pueden manifestarse en cambios de la circulación sanguínea, de las secreciones, del tono muscular y de casi todos los órganos. Como fenómenos pasajeros, estos cambios son naturales; solo se muestran distintos en su configuración según el estilo de vida del afectado. Si persisten, se habla de neurosis orgánicas funcionales, que, como las psiconeurosis, deben su origen a un estilo de vida que muestra la inclinación, en caso de fracaso y con un sentimiento de inferioridad más fuerte, a emprender la retirada ante el problema planteado y a asegurar esa retirada reteniendo los síntomas de choque, de índole corporal o anímica, que se han producido. Así repercute el proceso anímico sobre el cuerpo. Pero también en lo anímico mismo, dando lugar allí a todos los fracasos anímicos, a acciones y omisiones hostiles a las exigencias de la comunidad.
Del mismo modo, la constitución corporal repercute sobre el proceso anímico. El estilo de vida, según nuestras experiencias, se configura en la primera infancia. La constitución corporal innata tiene en ello la mayor influencia. El niño vive en sus primeros movimientos y rendimientos la validez de sus órganos corporales. La vive, pero no tiene todavía, ni mucho menos, palabras ni conceptos para ello. Como también la acogida del entorno es muy distinta, sigue siendo siempre desconocido lo que el niño percibe, por ejemplo, de su capacidad de rendimiento. Con gran cautela y en posesión de una experiencia estadística de probabilidad, está permitido concluir, a partir de nuestro conocimiento de la inferioridad de órganos —del aparato digestivo, de la circulación sanguínea, de los órganos respiratorios, de los órganos de secreción, de las glándulas endocrinas, de los órganos de los sentidos—, que el niño vive su sobrecarga al comienzo de su vida. Pero cómo trata de arreglárselas con ello solo puede verse por sus movimientos y tentativas. Pues aquí toda consideración causal es vana. Aquí actúa la fuerza creadora del niño. Del ensayo y error, pero al mismo tiempo aspirando en el espacio incalculable de sus posibilidades, resultan para el niño un entrenamiento y un camino general hacia una meta de perfección que parece ofrecerle plenitud. Si aspira activamente o persiste en la pasividad, si domina o sirve, si es capaz de contacto o egoísta, valiente o cobarde, el ritmo, el temperamento, si es fácil de mover o apático: el niño decide, en supuesta armonía con su entorno, al que interpreta y responde a su manera, para toda su vida, y desarrolla su ley de movimiento. Y todas las direcciones hacia una meta de superación son distintas para cada individuo y diferentes en mil matices, de modo que nos faltan las palabras para nombrar en cada caso algo más que lo típico, y nos vemos obligados a recurrir a descripciones prolijas.
Adónde va su camino, el individuo mismo, sin comprensión individualpsicológica, casi nunca puede decirlo con claridad. A menudo dice lo contrario. Solo la ley de movimiento reconocida nos da la clave. Con ello damos con el sentido, con la opinión de los movimientos expresivos, que pueden ser palabras, pensamientos, sentimientos y acciones. Pero hasta qué punto también el cuerpo está bajo esta ley de movimiento lo delata el sentido de sus funciones, un lenguaje, por lo general más expresivo, que muestra la opinión con más claridad de lo que pueden hacerlo las palabras, pero en todo caso un lenguaje del cuerpo, al que he llamado dialecto de los órganos. Un niño, por ejemplo, que se comporta dócilmente pero moja la cama por la noche, da a conocer con ello claramente su opinión de no querer someterse a la cultura que se le impone. Un hombre que pretende ser valiente, y quizá incluso cree en su valor, muestra sin embargo con su temblor y sus palpitaciones que ha perdido el equilibrio.
Una mujer casada de 32 años se queja de un dolor violento en el lado izquierdo, alrededor del ojo izquierdo, y de visión doble, que la obliga a mantener cerrado el ojo izquierdo. La paciente tenía estos ataques desde hacía once años: el primero, cuando se prometió con su marido. El ataque de esta vez se produjo hace siete meses; los dolores cesaron por temporadas, pero la visión doble se mantuvo constante. Atribuye este último ataque a un baño frío y cree haber comprobado que las corrientes de aire también han provocado otras veces los ataques. Un hermano menor padece ataques parecidos con visión doble; la madre, las secuelas de una gripe cerebral. Los dolores, según dice, podían aparecer en ocasiones anteriores también alrededor del ojo derecho, o pasaban de un lado a otro.
Antes de su matrimonio daba clases de violín, actuaba también en conciertos y amaba su profesión, que había abandonado al casarse. Vive actualmente, según dice, para estar más cerca del médico, en la familia de su cuñado, y allí se siente feliz.
Describe a su familia, especialmente al padre, a sí misma y a varios hermanos como irascibles y coléricos. Si añadimos, lo que se confirma al preguntar, que son dominantes, tenemos que ver con aquel tipo que he descrito como propenso al dolor de cabeza, la migraña, la neuralgia nerviosa del trigémino y los ataques epileptiformes (véase sobre todo Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual], 4.ª ed., editorial J. F. Bergmann, Múnich).
La paciente se queja también de ganas imperiosas de orinar, que aparecen siempre que está en tensión nerviosa, con ocasión de visitas, de encuentros con personas extrañas, etc.
En mi trabajo sobre la raíz psíquica de la neuralgia del trigémino4 señalé que en los casos sin fundamento orgánico se encuentra siempre una tensión emocional elevada, que se manifiesta fácilmente en toda clase de síntomas nerviosos, como los que se han constatado también aquí, y que, por la vía de la excitación vasomotora y de la excitación del sistema simpático-adrenalínico, puede provocar con gran probabilidad en lugares de predilección, mediante la alteración de los vasos sanguíneos y del aporte de sangre, síntomas como el dolor, pero también fenómenos de parálisis. Expresé entonces también la suposición de que las asimetrías del cráneo, de las mitades de la cara, de las venas y arterias de la cabeza son signos reveladores de que también dentro de la bóveda craneal, en las meninges y seguramente también en el cerebro, deberían encontrarse tales asimetrías, que probablemente podrían mostrar en una de las dos mitades un desarrollo más débil del trayecto y del calibre de las venas y arterias de allí, y quizá también de las fibras y células nerviosas que las acompañan o están próximas. Habría que prestar entonces especial atención al trayecto de los canales nerviosos, que, seguramente también asimétricos, podrían resultar demasiado estrechos en un lado al dilatarse las venas y arterias. Que con las emociones, sobre todo con la ira, pero también con la alegría, el miedo y la pena, cambia el llenado de los vasos, puede verse en el color de la cara y, en la ira, en las venas del cráneo que sobresalen. Es natural suponer tales cambios también en las capas más profundas. Sin duda harán falta todavía muchas investigaciones para aclarar todas las complicaciones que están aquí en juego.
Pero si logramos, también en este caso, demostrar no solo la irascibilidad dispuesta por el estilo de vida dominante, sino también el factor exógeno anterior al ataque, que fue el más fuerte de los habidos hasta entonces; si podemos establecer la tensión anímica persistente desde la primera infancia, el complejo de inferioridad y el complejo de superioridad, la falta de interés por los demás, el amor propio, tanto en su vida actual como en sus recuerdos y en sus sueños; si además tenemos éxito con el tratamiento individualpsicológico, y aun un éxito duradero, quedará aportada con ello una prueba más de que enfermedades como el dolor de cabeza nervioso, la migraña, la neuralgia del trigémino y los ataques epileptiformes, en tanto no se demuestren enfermedades orgánicas, pueden posiblemente llevarse a una curación duradera mediante un cambio del estilo de vida, mediante la reducción de la tensión anímica y mediante la ampliación del sentimiento de comunidad.
Las ganas de orinar con ocasión de las visitas nos dan ya la imagen de una persona que se excita con demasiada facilidad, y la causa de esas ganas de orinar, como en el tartamudeo y otros trastornos nerviosos y rasgos de carácter, como también en el miedo escénico, es exógena: está en el encuentro con otras personas. En ello se ve también el sentimiento de inferioridad elevado. Quien posea comprensión individualpsicológica percibirá también fácilmente la dependencia del juicio de los demás y, por tanto, el afán elevado de reconocimiento, de superioridad personal. La paciente misma declara no tener ningún interés especial por los demás. Afirma no ser miedosa y poder hablar sin esfuerzo con los demás, pero en su locuacidad va mucho más allá de la medida corriente y apenas me deja meter baza, lo cual es un signo seguro de su inclinación a una autoexhibición crispada. En su matrimonio es sin duda la persona que gobierna, pero fracasa ante la indolencia y la necesidad de descanso de su marido, que trabaja con esfuerzo y vuelve a casa cansado tarde por la noche, poco dispuesto a salir con su mujer o a buscar diversiones con ella. Cuando tenía que tocar en público, sufría un fuerte miedo escénico. A la pregunta que yo he recomendado como significativa, qué haría si estuviera sana —una pregunta cuya respuesta muestra claramente ante qué retroceden los pacientes—, la paciente responde con evasivas aludiendo a los dolores de cabeza continuos. En la ceja izquierda hay una cicatriz profunda de una operación de la cavidad etmoidal, operación a la que muy pronto siguió de nuevo el ataque de migraña. La paciente afirma a pie juntillas que el frío, en cualquier forma, le hace daño y puede provocarle ataques. No obstante, antes del último ataque se metió en un baño frío que, según cree, desencadenó puntualmente el ataque. Los ataques no van precedidos de aura. Al comienzo del ataque aparecen a veces náuseas, no siempre. Ha sido examinada a fondo por varios médicos sin que se haya encontrado ninguna alteración orgánica. El examen radiológico del cráneo y los análisis de sangre y de orina fueron negativos. Hallazgo uterino: infantil, anteversión y anteflexión. En mi Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos] señalé no solo que con frecuencia se encuentran inferioridades orgánicas en los neuróticos, de lo que los resultados de las investigaciones de Kretschmer ofrecen una buena confirmación, sino también que con inferioridades orgánicas hay que esperar siempre inferioridades de los órganos sexuales, lo que confirmó Kyrle, por desgracia muerto demasiado pronto. ¡He aquí un ejemplo de ello!
Resultó que la paciente, desde siempre, desde que había vivido con el mayor espanto el nacimiento de un hermano menor, tenía un miedo enloquecido a dar a luz. Esto confirma mis advertencias de no acercar a los niños demasiado pronto los hechos sexuales mientras no se esté seguro de que pueden entenderlos y digerirlos correctamente. Cuando tenía once años, su padre la acusó injustamente de haber tenido trato sexual con un hijo de los vecinos. También este acercamiento a la relación sexual, unido al espanto y al miedo, reforzó su protesta contra el amor, que en su matrimonio se manifestó como frigidez. Antes de contraer matrimonio exigió a su prometido la declaración formal de que renunciaría para siempre a tener hijos. Sus ataques de migraña y el miedo a ellos, mantenido constantemente, la ponen fácilmente en situación de reducir al mínimo el trato conyugal. Como se encuentra a menudo en muchachas muy ambiciosas, sus relaciones amorosas se vuelven de algún modo difíciles, porque, con un grave sentimiento de inferioridad al que favorece nuestro atraso cultural, las vivía, malinterpretándolas, como postergación de la mujer.
El sentimiento de inferioridad y el complejo de inferioridad, esta concepción fundamental de la psicología individual, considerada en otro tiempo por los psicoanalistas como el trapo rojo, igual que la protesta masculina, han sido hoy plenamente asumidos por Freud y encajados muy débilmente en su sistema. Pero lo que esta escuela todavía no ha comprendido hasta hoy es el hecho de que una muchacha así está bajo continuas emociones de protesta que hacen vibrar el cuerpo y el alma y que solo se manifiestan como síntomas agudos en caso de un factor exógeno, en caso de una prueba del sentimiento de comunidad existente.
En este caso las manifestaciones sintomáticas son la migraña y las ganas de orinar. Como síntoma permanente, desde su matrimonio, existen el miedo a tener hijos y la frigidez. Creo haber aportado una buena parte de la explicación de la migraña en esta persona dominante y colérica —y parece que solo tales personas, con la asimetría descrita arriba, podrían enfermar de migraña y de dolores semejantes—, pero todavía tengo que demostrar el factor exógeno que produjo el último ataque, tan extraordinariamente grave. No puedo negar del todo que en este caso el baño frío desencadenara el ataque, pero me deja perplejo que la paciente, que desde hace tanto tiempo y con tanta exactitud sabe del daño que le hace el frío, estuviera dispuesta sin más, hace siete meses, a meterse en el agua fría, según dice, sin pensar en el peligro. ¿Había crecido entonces su oleada de ira? ¿Le venía bien entonces quizá un ataque? ¿Tenía un antagonista, como por ejemplo su marido, que le estaba entregado en amor, al que quería herir con ello, y se metió en el agua fría como alguien que quiere suicidarse por venganza, para castigar a una persona apegada a él? ¿Sigue rabiando contra sí misma porque rabia contra otro? ¿Se sumerge en la lectura sobre la migraña, va a los médicos y se llenó de la convicción de que nunca podrá curarse, para aplazar la solución de los problemas de su vida, que teme por su deficiente sentimiento de comunidad?
Aprecia sin duda a su marido, pero está muy lejos del amor, y tampoco ha amado nunca de verdad. A la pregunta, que se le había hecho repetidas veces, de qué haría si estuviera curada para siempre, responde por fin que se iría de la provincia a la gran ciudad, daría allí clases de violín y tocaría en una orquesta. Quien haya adquirido el arte individualpsicológico de adivinar oirá sin dificultad que esto significaría la separación de su marido, que está atado a la localidad de provincia. Confirmación, véase arriba: lo a gusto que se siente en casa de la cuñada, así como los reproches contra el marido. Como el marido la venera mucho y le da además la ocasión incomparablemente mejor de dar rienda suelta a su afán de dominio, naturalmente le resulta muy difícil separarse de él. Yo advertiría contra el facilitarle el camino de la separación con consejos y buenas palabras. Tengo que advertir especialmente contra el recomendar un amante en un caso como este o semejante. Tales pacientes saben bien lo que es el amor, pero no lo comprenden, y solo cosecharían graves desengaños, y cargarían además toda la responsabilidad al médico si siguieran su consejo. La tarea en este caso consiste en hacer a esta mujer más apta para su matrimonio. Pero antes hay que eliminar los errores de su estilo de vida.
Constatación tras un examen detenido: la mitad izquierda de la cara es algo más pequeña que la derecha. Por eso la punta de la nariz está algo desviada a la izquierda. El ojo izquierdo, actualmente enfermo, muestra una hendidura palpebral más estrecha que el derecho. Por qué la paciente muestra a veces el síntoma también en el lado derecho, no puedo explicarlo de momento. Quizá la paciente se equivoque en este dato.
Un sueño: «Estaba con una cuñada y una hermana mayor en el teatro. Les dije que esperaran un poquito, que me iba a mostrar a ellas en el escenario». Explicación: siempre trata de destacar ante sus parientes. Le gustaría también tocar en una orquesta de teatro. Cree que sus parientes no la aprecian lo suficiente. También la doctrina de la inferioridad orgánica con compensación anímica, que yo fundé —un hallazgo que, como alguna vez habrá que establecer, está en la base de los resultados de Kretschmer y de Jaensch—, recibe aquí lo que le corresponde. Apenas cabe dudar de que en el aparato visual de esta mujer algo no está bien. Tampoco en su hermano, que padece la misma enfermedad. Si se trata de algo más que anomalías vasculares o anomalías de las vías, no puedo decidirlo. La agudeza visual sería normal, y también el metabolismo basal. La tiroides no está alterada exteriormente. El sueño del teatro y del mostrarse en el escenario hablan claramente de un tipo humano visual, atento a la apariencia exterior. Su matrimonio, su residencia en la provincia le impiden mostrarse. El mismo obstáculo serían un embarazo y un hijo.
La curación completa se produjo en el plazo de un mes. Antes llegó la explicación del factor exógeno que había conducido al último ataque. Había encontrado en el bolsillo de la chaqueta de su marido la carta de una muchacha, que solo contenía un breve saludo. Su marido pudo disipar sus sospechas. No obstante, siguió en un estado de ánimo receloso y alimentó unos celos que nunca antes había sentido, y desde entonces vigilaba además a su marido. En ese periodo cayeron su baño frío y el comienzo de su ataque. Uno de los últimos sueños, soñado ya después de establecerse sus celos y su vanidad herida, muestra todavía el aferrarse a su sospecha y apunta a la cautela y la desconfianza frente al marido. Vio cómo un gato cazaba un pez y huía con él. Una mujer corría detrás para quitarle el pez al gato. La explicación se da sin necesidad de muchos rodeos. En un lenguaje metafórico, en el que todo suena más fuerte, trata de aguijarse contra un robo semejante de su marido. Una conversación aclaratoria da como resultado que nunca había sido celosa, porque su orgullo le había prohibido esa mala costumbre, pero que desde el hallazgo de aquella carta había tomado en consideración la posibilidad de una infidelidad de su marido. Al contar con ello, creció su rabia, contra la supuesta dependencia de la mujer respecto del hombre. Su baño frío fue, por tanto, realmente la venganza de su estilo de vida contra la dependencia, ahora, según creía, asegurada, de su valor respecto de su marido, y contra el escaso reconocimiento que él daba a su valor. Si no tuviera su ataque de migraña, consecuencia de su choque, tendría que sentirse sin valor. Y eso sería lo más terrible de todo.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen de 1933 de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Zum Leib-Seele-Problem», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 11 (1933), págs. 337-345. Las notas del autor, numeradas por página en el original, se numeran aquí de forma correlativa. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas, las notas del autor y la paginación del original. Überwindung se traduce «superación»; körperlicher Bestand, «constitución corporal»; Organdialekt, «dialecto de los órganos»; Lampenfieber, «miedo escénico». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.
Véase Smuts, Holism and Evolution, Londres, McMillan Co. ↩
Véase Adler, en Heilen und Bilden [Curar y educar], 3.ª ed., Bergmann, Múnich. ↩
Véase Cannon, The wisdom of the body [La sabiduría del cuerpo], Norton and Co., Nueva York. ↩
«Die psychische Behandlung der Trigeminusneuralgie» (1910), recogido en este archivo. (N. del T.) ↩