La actitud psíquica de la mujer ante la vida sexual

Por Alfred Adler Viena.

Exposiciones de conjunto.1

Heymans, G.: Die Psychologie der Frauen. Heidelberg: C. Winter 1910. — Weininger, O.: Geschlecht und Charakter, 17. Aufl. Wien: Braumüller 1918. — Vaerting: Wahrheit und Irrtum in der Geschlechtspsychologie. Karlsruhe: G. Braun 1923. — Mill, J. St.: Die Hörigkeit der Erau. Berlin 1869. — Schirmacher, K.: Die moderne Frauenbewegung. Leipzig: Teubner 1905. — Ellen Key: Über Liebe und Ehe. Berlin: S. Fischer. — Moebius: Über den physiologischen Schwachsinn des Weibes, 5. Aufl. Halle 1903. — Bachofen, J.: Das Mutterrecht. Stuttgart 1861. — Aschner: Die Konstitution der Frau und ihre Beziehungen zur Geburtshilfe und Gynäkologie, 1924. — Liepmann, W.: Psychologie der Frau, 2. Aufl. 1922. — Sellheim, H.: Das Geheimnis vom Ewig-Weiblichen, 2. Aufl. Stuttgart: Enke 1924. — Deutsch, H.: Psychoanalyse der weibl. Sexualfunktionen 1925.

No es fácil encontrar bases inamovibles para el estudio de esta cuestión. Lo que más correspondería a la orientación científica de nuestros días sería estudiar el lenguaje de la sangre, sacar conclusiones del valor de las glándulas endocrinas y de sus correlaciones y suponer que, dado un estado correcto de las condiciones corporales, habría de producirse la imagen ideal de un comportamiento sexual.

Pero ya en este punto se plantea la pregunta: ¿qué imagen ideal tenemos ante los ojos cuando pesamos y medimos? ¿Depende la meta de un desarrollo sexual de la mujer solo de la aptitud de sus glándulas germinales, de sus auxiliares y de sus antagonistas? ¿Cuál es el presupuesto del juez que decide sobre lo bueno y lo malo? ¿Busca la mayor posibilidad de dicha, la mayor abundancia de hijos, la satisfacción plena de los instintos? ¿Exige la equivalencia de ambos sexos o la subordinación de uno al otro?

Tantas preguntas, tantas metas del desarrollo de la mujer, tantas exigencias de formas de vida sexual. La literatura sobre este problema, el más humano de todos, es inmensa. Más luz que los trabajos científicos de este campo, acompañados de una inmensa marea de necedades seudocientíficas, arrojan las obras de los poetas, escritores, pintores y escultores. Desde la Biblia, pasando por las leyendas y los cuentos, hasta la novela y el drama modernos, en la poesía lírica de hombres y mujeres, el problema erótico aparece tocado o desarrollado. Y como el arte, lo mismo que la ciencia, ha sido hasta hoy casi exclusivamente obra de hombres, en ellos se refleja sobre todo el saber del hombre acerca del alma femenina. Pero no pocas veces quedan restos grandes y sin resolver, que nos recuerdan la confesión de los adivinos antiguos y modernos: «¡La mujer es un enigma!».

El sesgo masculino de quienes juzgan es sin duda un mal, y no pocas veces rebaja a la mujer, en la consideración, a objeto del hombre o de los instintos femeninos. Los observadores no suelen ver más allá de la tarea de ser bella y de parir hijos. A ello se suma que se subrayan con tanta fuerza las llamativas carencias de carácter, de libertad espiritual, de aspiración objetiva, de aptitud para la vida laboral y pública, que la razón de ser de la mujer se encuentra casi solo en el amor y en el cuidado de la descendencia. Este juicio penetra con extraordinaria fuerza en la mentalidad de las mujeres. Lo más frecuente es comprobar que también ellas hablan con voz masculina y parecen plegarse al papel que el hombre les asigna. En una rebeldía exagerada, George Sand desgarra este sistema con las palabras: «La virtud de la mujer: ¡he ahí un buen invento de los hombres!».

En efecto, de esta consideración se desprende la idea de que, junto a las bases corporales de la actitud sexual de la mujer, son determinantes otras influencias que modifican mucho más el curso del erotismo. Con toda generalidad podemos contar aquí el espíritu de la cultura, el número o la mayoría de las mujeres y la gran influencia del hombre, con su privilegio del galanteo activo, su base económica más estable y su mejor preparación en saber y en capacidad. Hasta donde alcanzamos a ver, la educación de las niñas para el papel de mujer cuenta en todas las circunstancias con estos factores y procura lograr una adaptación. Una actitud psíquica de la mujer hacia una sexualidad que dependa solo de su corporalidad, una sexualidad aislada de todos los demás factores, solo se hallará, a lo sumo, en idiotas o dementes. Por lo demás, toda forma de vida sexual cuenta con una toma de posición, concebida y preparada de antemano, ante el problema del amor.

Una cosa es segura: la forma sexual de la mujer no es en modo alguno uniforme y se muestra dependiente de varios factores. Y aunque en distintas épocas, en distintos lugares, en distintos pueblos y en distintas edades pueda comprobarse cierta uniformidad, semejante a los fenómenos de la moda, uno se convencerá fácilmente de que, pese a toda apariencia de uniformidad («sus eternos ayes y lamentos se curan desde un solo punto»)2, cada toma de posición individual presenta diferencias de peso. Quien, por ejemplo, del deseo tan extendido de encontrar marido deduzca una disposición sexual deseable, bien constituida por ser socialmente necesaria, considere cómo la estrechez del círculo de acción de la mujer, la tradición, el orgullo personal y las razones económicas sugieren la elección de pareja tanto como los impulsos sexuales. Más bien estos últimos, con toda su base orgánica, son dirigibles y mudables según la forma de vida del individuo y por sus verdaderas intenciones finales, y pueden entrenarse en las más diversas direcciones. Las huellas del instinto sexual de los primeros años de la infancia están ya sometidas al modelado de la cultura circundante y, como todos los demás instintos, reciben su doma o su excitación de vivencias y experiencias captadas individualmente, que no proceden solo del ámbito de la sexualidad. Si una educación de conjunto consigue llevar a una muchacha a una actitud decididamente pasiva en la vida, su comportamiento erótico mostrará ese rasgo pasivo.

Solo en el caso particular podemos determinar todas estas influencias que han actuado sobre la expresión erótica de una mujer. En formas de expresión anímicas como la actitud psíquica de la mujer ante la vida sexual, no cabe esperar una causalidad verdadera. Todas las sensaciones y todos los impulsos de los órganos, todas las vivencias, pasan por el filtro de la personalidad y se captan en una perspectiva individual. Visto desde un tipo ideal, todo aprovechamiento de los factores mencionados, todo sentimiento de valor y su efecto, se desarrolla de manera más o menos errónea. Según la meta que una mujer tenga ante los ojos para conducir su vida, así sentirá y valorará el acercamiento, el galanteo y el porte interior y exterior de una pareja. El erotismo no es nunca puro instinto sexual animal, nunca, como opinaba por ejemplo Schopenhauer, un mero señuelo de la naturaleza con el fin de la reproducción del género humano, sino una parte muy cualificada del sentimiento de comunidad humano, que refleja la personalidad entera y, con ello, también el grado de vinculación con la vida social y la preparación para una vida en pareja.

La investigación de la psicología individual ha podido comprobar que el desarrollo de la capacidad de amar puede ser favorecido por ciertas condiciones y amenazado por otras. Decisivas son la situación en la infancia y la fijación oportuna de la niña en su futuro papel de mujer. La fe en la propia fuerza, una mirada optimista hacia el futuro, la capacidad de contacto con las personas, la inclinación a difundir alegría a su alrededor, un sentimiento no crítico de pertenencia al sexo femenino y el respeto por el papel de la mujer son siempre elementos favorables. El desconocimiento del propio papel de mujer o la vacilación durante algunos años de la infancia, la fuerte vinculación a una sola persona de la familia, los sentimientos generales de debilidad y de inferioridad, una educación sin amor, la desconfianza hacia sí misma y hacia los demás, la fealdad, pero también la belleza, y sobre todo el desprecio de la mujer, pueden perturbar en todas las circunstancias la preparación para el amor.

De la mayor importancia es la situación de la niña en la infancia. Un mal matrimonio de los padres, la brutalidad, la embriaguez y la ligereza del padre, también su infidelidad hecha pública, hacen que las hijas de tales padres teman toda su vida el mismo destino de la madre, caída en la miseria y profundamente herida. Su comportamiento con los hombres, aun con la mejor constitución sexual, nunca estará libre de desconfianza, reparos e inhibiciones. Su meta y su intención final de no sufrir ninguna humillación, que dan por segura en el papel de mujer, las obligan a eliminarlo e introducen en toda su vida y en su actitud hacia el hombre un sistema de aseguramientos que reencontramos como inhibiciones, síntomas nerviosos y perversiones. Paralelamente a estos fenómenos encontramos la concepción del mundo, la lógica, los hábitos y el entrenamiento del instinto sexual, y aun todo el curso de la vida, empujados en una dirección que se aparta del hombre. Según el carácter de la personalidad, que se forma ya en los primeros años de la infancia, según las experiencias y la perspectiva más o menos errónea, la meta final natural del erotismo se transforma en una meta sustitutiva. Esta meta sustitutiva3 se sitúa siempre en el terreno de lo accesorio (perversiones de toda clase y acentuación de cualesquiera detalles del erotismo) o cumple solo una parte de él (frigidez), produce miedo al hombre, indiferencia o asco, o tiene un sesgo masculino y lleva, en la vida sexual y en todo el modus vivendi, a un papel de hombre. Este apartamiento parcial o intenso del papel de mujer se manifiesta también en el carácter. La aversión a parir y a amamantar es frecuente; en los casos más leves, sin embargo, también el hijo, en oposición al hombre, puede convertirse en fin último exclusivo. En la mayoría de los casos de este tipo, síntomas nerviosos de toda clase impiden el desarrollo armónico del erotismo. También en la inclinación a la prostitución y en las tendencias exageradamente polígamas se muestra la repugnancia hacia el papel de mujer. Una expresión elocuente de este rechazo es también el vaginismo.

Si buscamos un punto de vista unitario para comprender todos estos fenómenos perjudiciales para el papel de mujer, lo encontramos en el descontento de las muchachas con su posición social en la cultura, alimentado por la preponderancia real o aparente del hombre y la actitud de lucha que de ello nace, que presenta todos los grados, desde la rebelión abierta hasta la sumisión resignada. El afán de cambiar esta situación produce todos los ideales de ginecocracia y emancipación y degenera en la vida personal en cien formas de la «protesta masculina»4. Kant señala en su Antropología la misma experiencia, y Herder, en su colección de canciones nupciales de todos los tiempos y pueblos, no encontró sino canciones de contenido triste. También la superstición, generalmente extendida, de la inferioridad de la mujer, su exclusión casi completa de las más altas realizaciones de la ciencia y del arte, fenómenos cuyas razones están en parte en una preparación deficiente y en parte en el carácter masculino de las formas de expresión artística —en la danza y en el arte dramático las mujeres alcanzan a menudo las más altas cumbres—, actúan de modo general amargando y desalentando tempranamente. No es de extrañar que tan a menudo el descontento con el papel femenino lleve a manifestaciones de mimetismo masculino en la moda, en los deseos y en las fantasías, en la conducta de vida y en el erotismo; no es de extrañar que, según las estimaciones de médicos experimentados, el número de mujeres frígidas, pese a una constitución sexual intachable, ronde el 70 %.

Junto a todas estas razones contrarias, que se oponen a un libre despliegue de la sexualidad en la dirección de una forma de expresión social y cultural, pero en unión casi siempre inseparable con ellas, la preparación deficiente o mala para el amor constituye un grave obstáculo para la armonía en el erotismo. La desconfianza mutua presente por doquier, el egoísmo desmedido, la tendencia a sobrepasar a la pareja y el miedo a quedar por debajo de ella impiden la entrega desprevenida y envenenan la relación amorosa. Las muchachas menos bellas temen que el marido se enfríe pronto; las mujeres bellas se sienten oprimidas, creen ser mero objeto sexual y encuentran ofendida su dignidad humana, lo que pueden favorecer las costumbres de soltero de la pareja, una mala conducción del trato sexual o la incomprensión de la peculiaridad de la sexualidad masculina. La torpeza, la brutalidad o las heridas a la sensibilidad anímica en el primer trato pueden llevar a un disgusto duradero. Lo mismo las restricciones celosas de la libertad de movimiento al comienzo del matrimonio y el embarazo contra lo convenido o contra la voluntad de la mujer. Tampoco las vivencias aterradoras de la infancia y los prejuicios que infunden miedo acerca de los dolores y peligros de las mujeres son adecuados para mitigar el sentimiento de inferioridad. El desarrollo del instinto sexual, por su parte, empuja, en el curso de los impulsos despertados en cada caso, a actos autoeróticos, onanistas. Así, antes o después, por seducción o por caminos propios, frenada en parte y en parte favorecida por el entorno y por la cultura del niño, puede llegarse a satisfacciones masturbatorias que, inofensivas en sí mismas, pueden dar ocasión a su vez a un entrenamiento en la dirección del autoerotismo, que, también porque puede reducir en todo momento la tensión sexual como una válvula siempre dispuesta, impide el desarrollo del erotismo normal y de sus efectos y refuerza notablemente las razones contrarias a él.

La oposición entre la concepción aquí defendida y la de los «somáticos» es aparentemente muy grande. Aquí ocupan el primer plano de la consideración las dificultades y los errores de la cultura, la mala conducción y la preparación deficiente. Los constitucionalistas tienen en poco estos factores o los hacen aparecer como consecuencias de carencias de la secreción interna. Frente a ello, nosotros destacaríamos dos cosas:

  1. También el organismo mejor constituido puede descarriarse a consecuencia de faltas y errores.

  2. En cierto sentido, la inferioridad de los órganos y de las glándulas de secreción interna aparece suficientemente tenida en cuenta en nuestra concepción, aunque siempre en una relación más importante que la puramente orgánica, a saber: cómo actúa esta inferioridad en relación con las exigencias de la cultura correspondiente y cómo influye en el sentimiento de sí y lleva a una baja estimación de sí mismo.

  3. El entrenamiento corporal y anímico que surge en el caso de una actitud sexual de la mujer contraria a la comunidad hace aparecer en la vida anímica otras valoraciones e intereses y altera siempre también, secundariamente, la base orgánica de la función sexual, de cuyo menoscabo resultan nuevas dificultades. Se mantienen alejados los estímulos del mundo exterior que favorecen la función, los impulsos del órgano se detienen o se desplazan, el órgano queda en un estado de reposo artificial y puede seguir dañándose por el régimen de vida modificado a la fuerza. En la «huelga de hambre» de las muchachas, por ejemplo, que quizá siempre se inicia por «protesta masculina» en el rechazo del papel de mujer, desaparece en el curso del adelgazamiento extremo la sustancia de las glándulas germinales y de otras glándulas de secreción interna, pero ya antes el aparato sexual queda anímicamente excluido por el llenarse del aparato anímico con intereses de alimentación y de evacuación.

Es pues comprensible que todos los rasgos llamados «femeninos» estén sometidos en grado sumo a la relación social de fuerzas entre hombre y mujer, le deban su origen y puedan ser modelados y destruidos por ella. Incluso los rasgos aparentemente innatos, como la espera del pretendiente, la pasividad, la reserva, el pudor femenino, la maternidad o la monogamia, están sometidos, mucho más de lo que se reconoce, a la corriente de la época y son dirigidos por la meta final. Los rasgos insinuados de exhibicionismo, justificados casi siempre por la moda, han de valorarse aún como neutros; las formas de expresión más claras delatan ya, sin duda, el carácter más activo.

En relación con esto y con la desvalorización de la pareja se encuentra a menudo una sobrestimación fetichista de cosas accesorias, que a menudo pone a la elección amorosa barreras tan fuertes como una imagen ideal de la pareja. En una y otra exigencia, y en otras más, puede fracasar toda consumación. A menudo no son sino pretextos mal entendidos para hacer fracasar cualquier elección. Por lo demás, vemos que la elección amorosa, correspondiendo siempre también a una autolimitación del instinto sexual y de su superestructura, obedece a los más variados motivos. Las impresiones de la primera infancia, la imagen del padre, de los hermanos, del propio pueblo, son a menudo codeterminantes en alto grado. Mientras se realice sin restricciones, la elección amorosa corresponderá siempre por completo a las peculiaridades, defectos y virtudes de la toma de posición personal. Un sentimiento de fuerza rectilíneo, que rara vez se encuentra, dará preferencia a hombres de igual índole; las muchachas que miran de reojo y en secreto a la superioridad se sienten a menudo atraídas por los débiles, por los lisiados, o eligen por debajo de su esfera social. También la elección de parejas cercanas o consanguíneas indica un sentimiento de debilidad. Lo mismo la inclinación hacia hombres mucho mayores o mucho más jóvenes. Con frecuencia se refuerza de la manera más estéril una línea maternal, que apunta al rescate o la elevación de parejas degradadas e intenta desplazar las leyes del erotismo normal.

El amor lésbico, el detenerse en fantasías sexuales, la masturbación y las poluciones son protesta masculina y nos delatan el miedo al hombre y su rechazo. Los sueños homosexuales no son, como se supone de manera general y perjudicial, pruebas de una homosexualidad, sino signos del entrenamiento en una dirección falsa. Las inclinaciones polígamas, el flirteo exagerado, el afán de comprometerse, las fantasías de cocotte, el clamar exagerado y disuasorio por un hombre apuntan, más allá de sí mismos, al intento de eliminar un matrimonio. El adulterio es siempre signo de una rebelión contra el hombre, un acto de venganza que siempre se disimula con un erotismo convenientemente atizado.

La primera menstruación da a menudo la señal para el estallido de la lucha contra el papel de mujer, cuando existe una preparación deficiente para él. Con frecuencia la resistencia se aviva de nuevo en cada repetición. Los dolores de ese período, en ausencia de causas orgánicas, parecen producidos por contracciones voluntarias, por un freno del flujo de la sangre, y nacer del descontento y de la aversión al suceso. Habla también en favor de esta concepción que a menudo, en el matrimonio, con una amplia reconciliación con el papel de mujer, los dolores desaparecen. La concepción tan extendida de que las menstruaciones significan impureza o enfermedad, propagada a menudo también por médicos, pesa sobre la conciencia de sí de las mujeres y produce a menudo graves desazones. El aumento de los sentimientos eróticos (¿también porque no hay peligro?) es frecuente en ese período.

Para las mujeres que ven en la juventud y la belleza casi el único bien de la mujer, la aproximación de la menopausia y la menopausia misma se convierten en un momento sumamente fatal y cargado de destino. Se pierde el último resto de su fe en su propio valor. A menudo intentan recuperarlo mediante exigencias más severas a su entorno, que nacen de las depresiones y del ánimo desesperado de la mujer que envejece. Algunas se precipitan en conflictos destructivos por su erotismo, que en ese período no desaparece, pero que en todas partes es rechazado, ridiculizado, no tomado en serio. La actitud errónea ante la vida se venga en el hombre y en la mujer. No es una infravaloración de las bases orgánicas del erotismo, sino una comprobación necesaria, el haber puesto al descubierto la parte preponderante de la toma de posición individual en su dirección y en sus carencias.

Si para terminar hemos de nombrar los requisitos, casi siempre cumplidos de modo deficiente, que deben darse para una actitud psíquica sana de la mujer ante la vida sexual, son los siguientes:

  1. Información temprana sobre la inmutabilidad del papel sexual y reconciliación con él.

  2. Preparación educativa para el amor en consonancia con el sentimiento de comunidad.

  3. Respeto por el papel de la mujer.

  4. Afirmación de la vida y de la sociedad humana.

La actitud psicosexual del hombre

Por Alfred Adler Viena.

Exposiciones de conjunto.

Flies, W.: Der Ablauf des Lebens. Wien: Deuticke 1906. — Tandler: Die biologischen Grundlagen der sekundären Geschlechtscharaktere. Berlin: Julius Springer 1913. — Weininger: Geschlecht und Charakter. 17. Aufl. Wien: Braumüller. — Hirschfeld, Magnus: Jahrb. f. sexuelle Zwischenstufen. Stuttgart: Püttmann. — Müller, Robert: Sexualbiologie. Berlin: L. Marcus 1907. — Ellis, Havelock: Die Psychologie des normalen Geschlechtstriebes. Handb. d. Sexualwiss., herausgeg. von R. Moll. Leipzig 1912. — Rosleder, H.: Die Fnnktionsstörungen der Zeugung. 2. Aufl. — Freud: 3 Abhandlungen zur Sexualtheorie 5. Aufl., Psychoanalytischer Verlag Wien, Freud: Gesammelte Werke, im gleichen Verlag.

Los puntos de vista esenciales coinciden con los que hubimos de emplear al tratar la vida amorosa de la mujer. Medimos siempre según un tipo ideal de hombre que tenemos ante los ojos y, en último término, percibimos las diferencias según su aptitud para la convivencia de los seres humanos y para la convivencia de hombre y mujer. También nuestra valoración de la peculiaridad de un hombre depende incondicionalmente de estos presupuestos. Solo que nuestra cultura concede desde antiguo al hombre, tácita o abiertamente, privilegios en la vida amorosa que procura negar a la mujer. El mayor espacio de acción en la vida amorosa del hombre está condicionado sobre todo por el mayor espacio de acción en la vida en general que le corresponde. Pero se lo facilitan notablemente el quedar libre de las consecuencias del embarazo que trae el erotismo, el papel del galanteo activo, que le corresponde, y la tradición, que representa un poder inmenso.

A ello se añade, en cierta consonancia con las condiciones mencionadas, la moral de señor más laxa del hombre, al que la moral sexual corriente no pone límites tan estrechos como a la mujer.

El impulso sexual del hombre se muestra con fuerza variable, casi siempre mucho antes de la pubertad, pero en la niñez, en la pubertad y más tarde puede tomar diversas direcciones erróneas. Así, el comportamiento de un hombre ante las cuestiones de la vida influirá siempre también en su desarrollo sexual. Esto es tanto más comprensible cuanto que no existe una medida fija del instinto sexual y sus manifestaciones pueden aumentar o disminuir por múltiples influencias.

Ya en la niñez se hacen valer del modo más claro estas influencias y la dirección anímica. La preparación sexual consiste primero en la consolidación de un papel de muchacho suficiente, en una comprensión creciente del problema sexual, en el planteamiento valiente de una meta en la dirección del amor y el matrimonio. Nuestra cultura y sus instituciones quitan a los educadores una parte de su trabajo. Otra ropa, otros juegos, otras medidas educativas intentan dirigir correctamente el curso del desarrollo. La vida circundante, las analogías del reino animal, las intervenciones educativas y, sobre todo, la información entre camaradas favorecen la comprensión del secreto sexual; la lectura, el teatro y el cine, y a menudo también la seducción, la completan. Como además el muchacho tropieza en todas partes en su vida con los hechos del amor y del matrimonio, como todas las medidas educativas presuponen también una solución social de la cuestión del amor y del matrimonio en el futuro, y como el instinto sexual creciente busca tal solución, la imagen que el muchacho se forma del futuro se configura en este sentido.

La posición del muchacho ante el otro sexo lleva en los primeros años, casi siempre, signos claros de una actitud hostil, de superioridad. Una aversión furiosa a la ropa femenina o incluso a la insinuación de que es una niña se encuentra a menudo como signo exagerado del hallazgo del propio sexo. También en los años posteriores de la niñez, incluso con coeducación, suele aflorar el sentimiento de superioridad y, como en cumplimiento de una obligación, se niega a las niñas la igualdad de derechos. «¡De la muchacha se aparta orgulloso el muchacho!»5 En medio de este gesto crítico aparecen a menudo rasgos de ternura y enamoramiento; a menudo ya a los 4, 5 y 6 años surgen inclinaciones amistosas o de índole crítica, maliciosa.6 No es rara la tendencia a la burla, e incluso a las agresiones físicas.

El instinto sexual puede dar ocasión al onanismo ya en los primeros años. Por seducción no es raro que se llegue ya en la primera infancia a la masturbación mutua o, sobre todo en los barrios de miseria, al trato sexual normal. Es digno de atención también, en el desarrollo de los muchachos, cuánto más fácil les resulta emprender en el onanismo mutuo el camino hacia la «homosexualidad» que seguir el camino hacia la norma. Los 14 años traen casi siempre el giro decisivo hacia el onanismo, en el que caen casi todos los muchachos para liberarse de él antes o después. Hacia esa época de la pubertad el instinto sexual estrangulado se desahoga en poluciones más o menos frecuentes. Los signos de cansancio y el mal aspecto en ese período son casi siempre consecuencia del miedo a la enfermedad o de cualesquiera trastornos del desarrollo. El onanismo y las poluciones de la pubertad y de la adolescencia pueden superarse por completo. Si persisten largos años, hay que valorarlos como intentos de eliminar a la mujer.

En la pubertad y poco después se encuentra casi siempre la formación de un ideal de muchacha que muestra casi siempre con claridad rasgos de una persona cercana. Esta imagen ideal está luego a menudo sujeta a cambios, lo mismo que otros ideales que a menudo se disuelven. No es raro percibir también el miedo a manchar con pensamientos sensuales esa imagen o a una muchacha que la encarne. Junto a ello, las imágenes más desenfrenadas pueden ocupar lugar en las fantasías. Con frecuencia el onanismo hace de seductor para trasladar a la realidad el deseo sensual. Junto a esta pureza de sentimientos se encuentra a menudo, sin transición, muy cerca, la inclinación a una sensualidad grosera, o también el inicio de relaciones sexuales, para las que, en la línea de la menor resistencia, se presentan casi siempre prostitutas o muchachas de servicio. Ambas cosas son válvulas siempre dispuestas que a veces hacen errar para siempre el camino hacia el amor y el matrimonio. Pero a ambos extravíos guían a menudo a la juventud voces alentadoras de educadores doctos e indoctos. Cerrarlas solo lo conseguirán quienes no aboguen por la necesidad incondicional del trato sexual temprano, pero que tampoco retrocedan ante la idea de dar todo su derecho a un amor verdadero, en el que ambos quieran responder el uno por el otro.

Las costumbres y usos de la sociedad, las reuniones, el baile, las empresas comunes a ambos sexos fomentan y favorecen la inclinación hacia las muchachas, que ahora ya se ha producido. El entrenamiento para la unión sigue en marcha sin interrupción. En el pensamiento, en la calle, en el teatro, ante las representaciones figurativas, se producen sin cesar estímulos que ayudan a abrirse paso a la inclinación al amor y al matrimonio. Es cierto que la celebración del matrimonio está ligada en alto grado a cuestiones materiales y a la cuestión de la profesión. Hasta entonces media un lapso relativamente largo en el que demasiados caen en el descarrío sexual o en enfermedades venéreas.

Cuando el hombre se acerca luego al matrimonio, no tiene que vérselas solo con las exigencias categóricas del matrimonio7, sino que casi siempre lleva también al matrimonio sus exigencias individuales, que a menudo no tienen cabida en él y perturban la relación. La nueva situación se convierte en piedra de toque de su preparación para el matrimonio. En su preparación se reflejarán en todas las circunstancias su concepción del mundo y también su posición ante la mujer. Ya su elección se guía por su exigencia ideal respecto de la mujer y del matrimonio.

Según haya estado contento o no con su madre o con su hermana, según haya podido hacerse valer ante ellas o no, la muchacha de su elección se les parecerá espiritual y también corporalmente o se apartará de ellas. Si es un hombre que anhela calor, se atendrá a muchachas de las que espera mimo. Si le gusta imponerse en la lucha, buscará a las que le parezcan fuertes; de lo contrario, dará preferencia en carácter, talla y fuerza a las que le parezcan fáciles de dirigir. Que en ello se deslicen abundantes errores no es de extrañar. Sobre todo porque ninguna muchacha soporta una sumisión duradera.

Si uno está correctamente preparado para el matrimonio, el curso ulterior del matrimonio y de su actitud sexual depende por completo de su compañera de juego. Si también ella sabe establecer la armonía, ambos darán hasta el fin de su vida la imagen de un erotismo concorde. Este caso debe de ser raro, prueba de la deficiente educación de las nuevas generaciones para el matrimonio. Íntimamente unido al erotismo se desarrollará en tales casos el sentimiento de una camaradería incondicional, de modo que las complicaciones desagradables queden excluidas o se superen fácilmente. También para los hijos quedará en tales matrimonios sitio de sobra, y serán acogidos en la misma camaradería. La cuestión erótica encontrará una solución común, no se sentirá como un dictado del otro, ninguno se sentirá objeto. La pertenencia erótica no sufrirá ningún enturbiamiento hasta que, en los años tardíos, a menudo pasados los 60, se extinga lentamente. El trato sexual no mostrará carencias ni dará ocasión a disgustos, abatimiento o tristeza.

Otra cosa son los mal preparados. Entre ellos pueden distinguirse 2 tipos principales. Su preparación deficiente se hará sentir dolorosamente en todas las condiciones, sin que ellos mismos puedan dar razón de ello, en la nueva situación después de la pubertad, en el tiempo del erotismo posible e incluso deseado. Un sentimiento de inseguridad, de falta de confianza en sí mismos, les hace ver en el erotismo, y por tanto en la mujer y en la entrega a ella, peligros mayores o menores para su propio ámbito de valía. Echarán de menos aquella rectitud que constituye un requisito principal del erotismo sano. En su conducta se mostrarán rodeos y desviaciones, las más fuertes de las cuales vemos en la homosexualidad y en el autoerotismo. Pero también todos los demás desplazamientos de la meta sexual, como el fetichismo, el sadismo, el masoquismo y los modos perversos, nos descubren la vieja inseguridad y los intentos de poner satisfacciones privadas de placer en lugar de las socialmente obligadas, para eludir así una decisión sobre el propio valor o la propia falta de valor. También la elección de prostitutas y la inclinación por vínculos fácilmente disolubles y sin consecuencias delatan la misma pusilanimidad. Quien haya entendido correctamente esta dinámica sabrá también estimar fácilmente, en el donjuán y en la acentuación de las inclinaciones polígamas, el grado de desánimo propio de aquellos hombres que no quieren llevar nada a término y prefieren pescar éxitos baratos. El erotismo es «estar a dos» (Zweisamkeit, Nietzsche), obra de dos compañeros de igual valor. El afán de uno de querer destacar a costa del otro, de satisfacer vanidades en el amor, que no tiene sitio para ello, es abuso, mala costumbre, y hace saltar la trabazón del erotismo, porque no cuenta con las leyes del amor.

El ímpetu del instinto sexual es mudable y, desde luego, no está dado de una vez para siempre como fórmula constitucional. A menudo se observa que se enciende tras un comportamiento antes moderado, y a la inversa. Ciertamente, ocuparse de impresiones sexuales, imágenes, lecturas, conversaciones puede producir un aumento de la tensión sexual, porque con ello pueden desaparecer inhibiciones justificadas o injustificadas. También la abstinencia practicada dentro de ciertos límites produce casi siempre aumentos. Una y otra experiencia han producido a menudo, de manera superficial, medidas terapéuticas. Que la privación de satisfacción sexual y la negativa dan ocasión a un deseo mayor y que la concesión demasiado complaciente produce embotamiento son hechos conocidos.

El comportamiento erótico del hombre depende, como vemos, de diversos factores. Un eventual impulso sexual primario, no influido, no podemos ni comprobarlo ni tenemos una medida para su fuerza, porque siempre tenemos en el cuadro las fuertes influencias. Ni siquiera en hombres que se han apartado por completo del amor y del matrimonio somos capaces, con una única excepción, de decir algo sobre la fuerza del instinto sexual, porque en estos casos existe casi siempre un entrenamiento del apartamiento, inhibiciones causadas por la peculiaridad, casi siempre neurótica, del interesado. Solo en el hábito eunucoide y con genitales muy atrofiados, inservibles para el trato sexual, con órganos sexuales totalmente infantiles, como los que se dan, por ejemplo, en las enfermedades de la hipófisis, tras una castración temprana y en ciertas enfermedades como la diabetes y las afecciones renales graves, así como en la tabes dorsal, etc., podemos permitirnos sacar de los hechos evidentes conclusiones acerca de una impotentia coeundi de origen orgánico y de una falta de instinto sexual. Del mismo modo nos parece comprensible que en la vejez el instinto sexual se debilite, para extinguirse hacia los 70 años.

Pero la inmensa mayoría de las formas de impotentia coeundi, lo mismo que la ejaculatio praecox y la falta de eyaculación, son provocadas por inhibiciones psíquicas, nacidas siempre de un error, y pueden eliminarse mediante la supresión adecuada de estas inhibiciones. El medio soberano es una transformación de la personalidad en un semejante valiente y seguro de sí. Esta transformación debería llevarse a cabo de manera claramente meditada, preferentemente según los principios de una psicología individual comprensiva. Pero no puede negarse que a veces se produce por cualquier palabra o intervención del médico, sin que ninguno de los dos advierta que el valor del paciente se eleva. No cabe duda, si se ha observado su poca fiabilidad, de que el mismo efecto corresponde también ocasionalmente a los medicamentos, los llamados afrodisíacos. Muy a menudo, ya el ir al médico significa en tales casos una fuerza que se rebela y que solo busca la palabra fortalecedora del médico. En tales casos cualquier terapia puede tener éxito.

Desde tiempos inmemoriales se esforzaron doctos e indoctos por descubrir medios para reforzar el impulso erótico. Oraciones, amuletos, filtros mágicos, imágenes eróticas y testículos de animales, más tarde extractos de estos según el consejo del célebre Brown-Séquard, debían ayudar a la virilidad declinante. En los últimos tiempos, Steinach y sus seguidores, Woronoff y otros, se esfuerzan por alcanzar esta meta, en parte mediante la exclusión de un testículo, en parte mediante la implantación de testículos. Según lo expuesto, los fracasos pesan en la balanza más decisivamente que los eventuales éxitos. La concepción de Steinach sobre la «glándula de la pubertad» sigue sin duda en discusión, pero encuentra cada vez más adversarios decididos.

Más como presupuesto y menos como comprobación se encuentra defendida, como se expone en el artículo «Homosexualidad», la opinión de que la posición sexual del hombre ante la mujer depende en primera línea o exclusivamente del valor de las glándulas germinales masculinas o [Schopenhauer, Möbius, Fliess, Weininger, Hirschfeld] de un componente femenino en la organización corporal del hombre. Los trabajos experimentales de Steinach, que muchos tienen por pruebas —masculinización de ratas hembra, feminización de machos— mediante las correspondientes alteraciones de las glándulas germinales, muestran solo contrastes burdos, pero no los matices finos que encontramos en los hombres. En todo caso, es dudoso que incluso en la más extrema afeminación artificial del hombre, por ejemplo, a consecuencia de la castración o de la implantación de ovarios y de todas las consecuencias corporales imaginables, hubiera de producirse una transformación anímica como la que se describe en las ratas. Los numerosos casos de seudohermafroditas que, conforme a su educación y preparación, han adoptado un carácter femenino sin presentar alteraciones comprobables de las glándulas germinales, y los eunucos y eunucoides, cuyo comportamiento masculino no puede ponerse en duda, hablan en favor de que la preparación anímica desempeña en el ser humano un papel incomparablemente mayor que en el animal.

Cuán importantes son en el hombre las inhibiciones o su desaparición para la actitud sexual ante la mujer se desprende de numerosos fenómenos de la vida amorosa. Un disgusto anímico puede hacer desaparecer el ímpetu y también encenderlo frente a otras mujeres. En particular, los pensamientos de venganza contra una mujer pueden fácilmente encender el amor por otra. Del mismo modo, la sexualidad se derrumba con frecuencia cuando a un soltero contrario al matrimonio se le acerca amenazadoramente una boda. La satiriasis, una excitación persistente de los genitales, se observa (¡aparte de en la leucemia!) ocasionalmente en impedimentos duraderos del trato sexual. En los maníacos es la desaparición de las inhibiciones la culpable de la excitación sexual. En los paralíticos, los dementes seniles y los alcoholizados se encuentra tanto un deseo sensual más fuerte como uno más débil.

Llegamos, por tanto, a la conclusión de que el tipo y el grado del comportamiento sexual, en el hombre como en la mujer, derivan de su personalidad, reflejan en general su actividad y, con órganos sexuales aproximadamente intactos, son un resultado de su preparación y de su entrenamiento.

Fenómenos de la pubertad

Por Alfred Adler Viena.

Exposiciones de conjunto.

Boehler, Charlotte: Seelenleben des Jugendlichen. 2. Aufl. Jena: Gustav Fischer 1923. — Hall, Stanley: Adolescence. New York: Editor D. Appleton 1918. — Spranger, Eduard: Psychologie des Jugendalters. 4. Aufl. Leipzig: Quelle & Meyer 1925. — Tumlirz, Otto: Die Reifejahre. Leipzig: Klinkhardt 1924. — Adler, Alfred: Praxis und Theorie der Individualpsychologie. 2. Aufl. München: J. F. Bergmann 1924.

Los hechos de la pubertad deben su carácter llamativo tanto a los procesos de maduración corporales como a los anímicos. Comienzan y terminan en las muchachas algo antes que en los muchachos. La maduración orgánica afecta a todos los órganos y se produce también cuando hay lesiones o pérdida de las glándulas germinales, solo que en estos últimos casos los caracteres sexuales secundarios se acusan de modo deficiente. La maduración anímica puede quedar interrumpida, pasajera o duraderamente, por una educación inadecuada o deficiente.

A los poetas, a los investigadores y al common sense les han llamado la atención sobre todo dos tipos de formas de expresión, que permiten un doble punto de vista. Por un lado, se nos llama la atención sobre fenómenos que delatan una mayor capacidad de rendimiento, fuerzas acrecentadas cualitativa y cuantitativamente. Así, la incorporación social y profesional, la capacidad de pensamiento abstracto, la tendencia a complementarse, el impulso a la unión social y sexual, el descubrimiento o la consolidación del yo, el surgimiento de un plan de vida, el ir entrando en campos de actividad. También se destacan a menudo la inclinación al idealismo, la conquista de una concepción del mundo, la conquista del mundo interior, la idealización y espiritualización del erotismo y la toma de posición ante los valores de la vida.

Todos estos fenómenos resaltan plásticamente en cuanto se elige como mirador la infancia precedente y se aplican a la juventud que madura, de los 13 a los 21 años, las medidas de la infancia.

Si, en cambio, se aplican a esta época las medidas de los adultos, las carencias han de saltar más a la vista. Llaman la atención las torpezas y la falta de soltura, causadas por la escasa familiaridad con los órganos del movimiento, que se han hecho más grandes y fuertes; también, ocasionalmente, la timidez y el retraimiento en situaciones desacostumbradas, la obstinación, el comportamiento crítico y escéptico, a menudo también un afán de notoriedad exagerado, el éxtasis y la fascinación, el desbordamiento, una embriaguez de frases y consignas, como si con ellas hubiera de lograrse la solución de los enigmas de la vida; una toma de posición despectiva frente a valores antes aceptados, la oposición por principio y la rebeldía contra la coacción, que se dirige también contra los valores culturales, caracterizan esta fase, en la que se presentan también degeneraciones y excesos de toda clase como protesta que se abre paso y rebelión abierta o secreta contra el sentimiento de inferioridad de la infancia.

Así, la vida en la pubertad parece delimitarse de manera más o menos tajante frente al resto de la sociedad, a menudo tan tajantemente que a algunos les parecen naturales un derecho propio y una forma de vida propia de la juventud en esta época. En los últimos decenios aparecen, sobre todo en suelo alemán, organizaciones juveniles cuyo valor positivo se ve sin duda en la unión, pero cuya hostilidad a la cultura se manifiesta ocasionalmente en su aislamiento, en su toma de posición combativa contra la «paternidad» y en su huida del sexo femenino.

Una consideración desprevenida no descubrirá en la época de la pubertad líneas de fuerza esencialmente nuevas. Todos los fenómenos que aquí corresponden se dejan reconocer sin violencia como estadios de desarrollo avanzados que han tenido su preparación en la infancia. La época de la pubertad, con su aproximación al frente de la vida, con su maduración de los órganos y con su complejo de exigencias eróticas corporales y anímicas acrecentadas, se encuentra, como en un experimento, frente a las expectativas del futuro. Los niños que maduran adoptan ahora aquella posición ante la vida y sus exigencias presentes y futuras que cabe esperar de su preparación anterior. En la cuestión social y de la solidaridad humana, en la relación del yo con el tú, salen a la luz rasgos de camaradería, de amistad, de concepción del mundo, o su contrario, según el despliegue del sentimiento de comunidad que se haya ganado en la infancia. En la dirección de la elección de profesión se notan movimientos de acercamiento o de fuga, ambos en la medida en que la fe en la propia fuerza haya prosperado mucho o poco. La valoración y la concepción del erotismo adoptadas en años anteriores, la meta erótica de antes, se hace mucho más clara en la mayor libertad y desvinculación, con la mayor tolerancia de los adultos, en los movimientos del joven y de la muchacha, y a todas estas y otras cuestiones de la pubertad se dan respuestas que se acercan a una solución urdida de largo tiempo atrás y que nunca dejan de mostrar la impronta del sentimiento de comunidad desarrollado hasta entonces, del afán de notoriedad y de sentimientos de inferioridad.

Las preparaciones deficientes de la infancia consisten en su mayor parte en una formación imperfecta para la vida, ya sea en dirección social, profesional o erótica, y en el descuido de un carácter independiente, seguro de sí y valiente. La vida en nuestra cultura exige formación y una actitud optimista y resuelta. De lo contrario, los conflictos y las contradicciones son inevitables. Se muestran ya en la edad infantil, en la escuela, en la familia, frente a los camaradas, y actúan de modo pernicioso precisamente sobre los dependientes, por su mayor sensibilidad e indecisión, empujándolos con insistencia en la dirección de una resistencia supuestamente menor. Se encuentran entonces con frecuencia en la pubertad, cerca del frente de la vida, donde han de tomarse las decisiones, desviaciones secretas o abiertas de los caminos culturales, cuyo sentido está inequívocamente dirigido a eludir una prueba.

Una vez ganado este mirador, una vez comprendidos los fermentos de la pubertad que llaman desagradablemente la atención como intentos de compensación nacidos de un sentimiento de debilidad, mucho de lo que se ha tenido por fenómeno de la pubertad, por efecto de la pubertad, se resuelve en el efecto de un desarrollo progresivo, pero deficiente, hacia la edad madura. Dada la preparación casi universalmente deficiente en la edad infantil, no es de extrañar que la prueba de la pubertad dé ocasión a conflictos. Dado el desaliento casi general de la juventud, del que tienen la culpa principal el desánimo de amplias capas del pueblo, la educación para la cobardía, el mimo o la falta de amor y la carga de expectativas demasiado grandes para el futuro, resulta en la más amplia medida una gran inclinación a pretextos, excusas y evasivas frente a exigencias apremiantes.

Merecen especial atención los frecuentes esfuerzos por arreglar, mediante agudizaciones atizadas de los conflictos, pretextos para la huida ante las cuestiones sociales, profesionales y amorosas. No por fuerza, sino por debilidad, se llega entonces a menudo a formas de vida que significan un mimetismo y deben simular fuerza. Estalla una lucha a menudo absurda dentro de la familia; luchas sin valor contra autoridades reales o imaginarias atraen sobre sí todas las fuerzas disponibles; el odio, el asco y la falta de interés ante la actividad profesional nacen casi siempre del miedo a las derrotas, y la capacidad normal de amar queda artificialmente interrumpida por un entrenamiento continuado en la dirección de las perversiones, porque allí la propia superioridad parece estar más segura. Un culto del yo tendenciosamente atizado indica el perturbador estrangulamiento del sentimiento de comunidad, lleva a un aislamiento dañino y está siempre ligado a la hipersensibilidad y a una ambición desmedida, que dan una y otra vez ocasión a conflictos y a un aislamiento mayor.

En esta situación crítica aparecen, como signos del movimiento de retroceso, numerosos síntomas nerviosos, como neurosis obsesivas, histeria, neurastenia, neurosis de angustia y, como cuadro del derrumbe completo, la locura juvenil. También el camino al descarrío y al delito es, en los elementos más activos, lo mismo que la prostitución, expresión del desaliento frente al papel normal. Las cifras de suicidio empiezan a subir en la época de la pubertad, porque la inclinación a soluciones desanimadas, pero vengativas, de los conflictos gana fácilmente la partida dentro de este tipo.

Junto a estos fenómenos de la pubertad que se notan desagradablemente se encuentran siempre también valores acrecentados. Se muestran continuaciones y progresos en todos los rendimientos y capacidades de rendimiento posibles. La independencia, la fiabilidad, el sentimiento de pertenencia común destacan con más fuerza. Las preparaciones y destrezas largamente ejercitadas se manifiestan también como un interés mayor, y la adquisición duradera de habilidades y su perfeccionamiento dan a la vida de la persona más madura una dirección más determinada en cuanto a actividad y profesión. Mientras que los talentos aparentes para el arte y la ciencia desaparecen a menudo en esta época, en otros casos la capacidad creadora se eleva hasta una originalidad asombrosa. Las formas de vida adquiridas hasta entonces aparecen con fuerzas crecientes y, en la lucha por la independencia, con contornos más nítidos, e ideales directores, casi siempre todavía apoyados en lo visto, lo oído y lo leído, señalan el sentido de la vida futura que aquí se despliega.

Homosexualidad

Por Alfred Adler Viena.

Exposiciones de conjunto.

Krafft-Ebing: Psychopathia sexual, Stuttgart. — Hirschfeld, M.: Jahrb. f. sex. Zwischenstufen. Stuttgart: J. Püttmann. — Bloch, Iwan: Beitrag zur Antiologie der Psychopathia sex. Dresden: Dohrn 1902. — Hirschfeld, M.: Sexualpathologie. Bonn: Marcus u. Weber 1922. — Freud, S.: 3 Abhandl. zur Sexualtheorie u. andere Schriften, Psychoanalytischer Verlag — Alfred Adler, über den nervösen Charakter, 3. Aufl. 1923, Praxis u. Theorie der Individualpsychologie, 2. Aufl. München: J. F. Bergmann 1924 und Zum Problem der Homosexualität. München: Reinhardt 1918. — Kronfeld, Arthur: Über Gleichgeschlechtlichkeit. Stuttgart: J. Püttmann 1922. — Schwarz, O.: Psychogenese und Psychotherapie körperlicher Symptome. Berlin: Julius Springer 1925. — Marcuse, M.: Handwörterbuch der Sexualwissenschaft.

Los fenómenos de la homosexualidad pueden seguirse hasta los comienzos de la cultura. Se nos han conservado representaciones de actos pederásticos de los tiempos más antiguos. En algunas épocas, en diversos pueblos, esta perversión degenera en fenómeno de masas. Es generalmente conocida su difusión en algunas regiones de Oriente y en la antigua Grecia, de la época de la inclinación general al «eros griego». En nuestro tiempo se encuentran por doquier, en todas las ciudades, en el campo, entre altos y bajos, entre hombres y mujeres, en todas las edades y en todos los países, homosexuales aislados, que casi siempre muestran la tendencia a convertirse en fenómeno de masas, lo que favorecen notablemente su asociación y organización. Su gran difusión por todos los países y épocas contribuye mucho a afianzar la creencia en su inmutabilidad. Muchos investigadores y confesos se inclinan a la opinión de que la cultura habría llevado a un debilitamiento del instinto sexual. También la referencia al reino animal, donde supuestamente solo se han observado actos homosexuales en seres domesticados, parece apoyar esta concepción, a la que no podemos adherirnos. En tiempos más recientes, Freud intenta explicar la frecuencia de las inclinaciones homosexuales mediante la suposición de componentes homosexuales del instinto sexual, innatos de modo general, que se imponen en otras condiciones favorables en cuanto se llega a la represión de la sexualidad normal. En amplios círculos se ha hecho conocida la argumentación de Freud según la cual es la cultura la que lleva a la represión de la sexualidad, mientras que, por otra parte, la cultura nacería de la sexualidad reprimida.

En el curso de la profundización psicológica en los destinos particulares y en la vida anímica infantil se desveló el secreto de la homoerótica ocasional, sumamente extendida, y de su práctica fragmentaria en ambos sexos. Junto a la masturbación y junto a la heterosexualidad se llega a menudo a actos o fantasías homosexuales y a caricias. La ocasión, por una parte, y la cárcel, la vigilancia estricta en asilos, internados, cuarteles o en el hogar familiar, y por otra la seducción de niños por adultos, etc., favorecen casi regularmente la unión homosexual. Pero también en casados y en otros heterosexuales se encuentra a menudo la práctica simultánea de esta perversión. Todas las variantes posibles, fellatio, pederastia, onanismo mutuo, se dan juntas o aisladas. Se prefiere el onanismo mutuo. A menudo se queda en el exhibicionismo, las caricias y las fantasías.

No raras veces los observadores encontraron simultáneamente otras perversiones sexuales, como el sadismo, el masoquismo y el fetichismo. Cuadros neuróticos y psicóticos se han descrito a menudo como añadido o como fundamento. Yo nunca he echado de menos el componente de una neurosis, neurosis obsesiva o neurosis de angustia8. Tampoco son aisladas las conexiones con el morfinismo y el cocainismo.

Desde siempre se habían impuesto a los investigadores de la Edad Moderna algunas observaciones comunes:

  1. El hábito.
  2. El comportamiento.
  3. Anomalías de los órganos sexuales.
  4. Menosprecio del otro sexo.
  5. Sueños y fantasías homosexuales.
  6. Signos tempranos en la infancia.
  7. Aparición familiar.

Hasta los últimos decenios se mantuvo la suposición de que la homosexualidad tenía sus causas en el vicio, la arrogancia y el hastío. Solo tarde se aclararon los médicos de que había un gran número de homosexuales que se resistían con la mayor vehemencia a su inclinación y buscaban curarse.

Las comprobaciones anteriores y esta experiencia hicieron que se empezara a creer en factores innatos. Como seguramente nunca llegó a conocimiento de círculos más amplios un caso intachable de homosexualidad curada, esta concepción ganó terreno. De los casos incomparablemente más numerosos de «homosexualidad superada» se habían olvidado. Cuando más tarde se produjeron y publicaron curaciones, se decidió recurrir a otra suposición. Krafft-Ebing fue quizá el primero que distinguió una homosexualidad adquirida de la innata, y dio también en la idea de una parte cerebral femenina en los homosexuales masculinos. Binet y Schrenck-Notzing se atuvieron, como más tarde Freud, a la suposición de un trauma o vivencia sexual en la infancia, cuya fijación habría de condicionar la dirección posterior del instinto sexual. Freud llegó en el curso de su investigación posterior a la opinión de que la homosexualidad era una parte de la libido originariamente reprimida y más tarde reavivada, y se encontraba como inclinación y fantasía quizá en todos los nerviosos. Las concepciones y ensayos de curación de Steinach se tocan con las suposiciones de Krafft-Ebing, Magnus Hirschfeld y Weininger, y sitúan la causa de la homosexualidad en la deficiencia de las glándulas germinales correspondientes. La más conocida ha llegado a ser la «teoría de los estadios intermedios» de Magnus Hirschfeld. Su concepción sostiene que las formas de expresión corporales y anímicas en el hombre y la mujer dependen de las hormonas «andrina y ginecina», de cuya acción conjunta procederían los fenómenos hermafroditas y homosexuales. Yo pude comprobar en 1914, como resultado de numerosas investigaciones y verificaciones, que la homosexualidad procede siempre de fuentes psíquicas, a lo que pueden contribuir peculiaridades corporales. Kraepelin expresa la misma opinión: que la homosexualidad está condicionada por factores exógenos. Holl concede causas endógenas a una parte de los casos, pero tiene por necesaria la psicoterapia. Concepciones más antiguas, como las de Naecke, Kiernau, Havelock Ellis y otros, se sitúan, como la de Hirschfeld, en el terreno de la bisexualidad e inculpan a una diferenciación sexual incompleta.

Como vimos, significó un punto de inflexión en la concepción de la homosexualidad el que se conocieran tantos pervertidos que sentían su perversión como un martirio grave, incluso insoportable, y querían liberarse de él a toda costa. Yo he mostrado que los homosexuales que se quejan de su «desdichada disposición» hacen con ello, en realidad, bastante poco por eliminar su mal; más aún, que de la falta de éxito de sus esfuerzos y de la demostración de su buena voluntad concluyen que no tienen remedio, y se aseguran así atenuantes y justificaciones. Tropecé también regularmente con el hecho, que solo se desprende de la consideración de la personalidad entera, de que el orgullo de otros homosexuales por su «diferencia» representa la compensación de un sentimiento de inferioridad profundamente arraigado y de un sentimiento de debilidad frente a la mujer, que se procura también una satisfacción ficticia en el menosprecio de la mujer. Respecto de la suposición de «vivencias fijadas», mi duda resultó plenamente justificada. Y mi planteamiento en los casos pertinentes fue: ¿qué circunstancias son las que se encargan de la fijación?

Podemos acercarnos ahora a otra cuestión. ¿De dónde viene que la mayoría de las personas adopten frente a la homosexualidad una posición afectivamente hostil? ¿Que la sientan por lo menos como pecado, vicio, como delito, y que en la mayoría de los países civilizados se trate como delito punible? Freud y sus seguidores se contentan con la respuesta: porque los demás hombres han reprimido o sublimado su homosexualidad. Esta explicación es en sí inverosímil, desde luego indemostrable; no está sacada de los hechos, sino de la teoría psicoanalítica. Pues ya la lógica de la convivencia humana, el impulso a la conservación del género humano, en suma, el sentimiento de comunidad inherente al ser humano, obliga a una defensa enérgica. Que esta pueda realizarse de manera adecuada mediante una pena de prisión, un nuevo alejamiento de la comunidad, es sin duda un error de nuestra cultura. Pero con un reconocimiento duradero, como se pretende a menudo, no puede contar la homosexualidad, como tampoco el incesto o los delitos contra la colectividad. Del futuro esperamos ante todo una posición más correcta ante este problema, una decisión voluntaria del penado por el tratamiento curativo.

La discusión de los 7 argumentos principales mencionados en favor de una homosexualidad innata nos mostrará en todos los casos su insostenibilidad.

  1. El hábito de los hombres homosexuales se describe a menudo como femenino; el de las mujeres de esa índole, como masculino. Entran en consideración aquí, principalmente, la tez, la pelvis, la frente, los pechos, el vello de la barba y del pubis, la voz, las manos y los pies. No puede negarse la frecuente aparición de estas anomalías en relación con la homosexualidad. Afecta a menudo a los hombres homosexuales pasivos y a las mujeres homosexuales activas. Como caracteres sexuales secundarios, apuntan a trastornos de las glándulas germinales innatos o adquiridos tempranamente. Pero los mismos fenómenos se encuentran con tanta frecuencia en personas completamente normales que su importancia decisiva para el desarrollo hacia la homosexualidad puede discutirse con razón. Este comportamiento variable con igual hallazgo corporal sugiere más bien que en la toma de posición erótica no se trata en absoluto de los hechos corporales, sino de cómo los concibe su portador y de lo que espera de ellos. He visto algunos hombres de tipo femenino, o más exactamente infantil, cuyos genitales externos estaban totalmente atrofiados e inservibles, sin que jamás aparecieran impulsos homosexuales. Pero que se los hubiera podido seducir no lo dudo, como tampoco lo dudo en los niños y en los presos.

La mayoría de los homosexuales muestra, sin embargo, el tipo medio normal. Otros, a su vez, se muestran en su hábito como representantes sobresalientes de su sexo. Nada apunta a anomalías de las glándulas germinales. Por lo visto, no dejan valer su constitución corporal como prueba en contrario.

  1. Respecto del comportamiento de los homosexuales podemos ser más breves. Lo que en el hábito, como peculiaridad corporal, suscita la apariencia del otro sexo, pero solo adquiere un sentido9 y una dignidad nuevos por su empleo para la meta final homosexual, lo constituyen aquí movimientos estudiados y entrenados desde hace mucho, elaborados según el modelo del otro sexo, para reclamar luego aún valor de prueba. Y de nuevo no es precisamente una mayoría de los homosexuales la que dispone de estos medios. Se encuentra quizá con la misma frecuencia el comportamiento propio del sexo. Son préstamos con un fin determinado, representaciones teatrales, un ser afectado, miradas lánguidas, temor fingido, necesidad de apoyo, coquetería en los hombres; actitud desenvuelta, cinismo, temeridad, mandonería en las mujeres. Que se reconozca, pues, a los homosexuales por su comportamiento no es de extrañar, como tampoco que se reconozcan entre sí: lo dan a entender.

  2. Las anomalías de los órganos sexuales se registran a menudo en la literatura. Se encuentran con no menor frecuencia en personas normales. En mi estudio «Über Minderwertigkeit von Organen» [Sobre la inferioridad de los órganos] (Urban & Schwarzenberg, Viena 1907) llegué a la conclusión de que quizá todas las inferioridades orgánicas van acompañadas de signos de inferioridad de los órganos sexuales. Si se invierte esta conclusión, resulta que, en las anomalías del órgano sexual, también otros sistemas de órganos son inferiores, de modo que toda la posición biológica del individuo da fácilmente ocasión a un sentimiento de debilidad. Este sentimiento de debilidad se manifiesta casi siempre en una tendencia a la seguridad y una cautela reforzadas frente a los problemas de la vida, y lleva en casos especiales a eliminar toda solución o a intentos de solución que parecen más favorables. En relación con todos los demás hechos, considerados críticamente, resulta ahora la conclusión de que la homosexualidad es un intento de solución de personas pusilánimes que quieren rodear el problema sexual. También respecto de las anomalías genitales mencionadas se confirma esta concepción, pues nunca es decisivo para el giro hacia la homosexualidad el hecho de una fimosis o de un clítoris agrandado, pero sí puede tener importancia la concepción errónea del interesado de que está deficientemente equipado para la norma.

  3. El temprano menosprecio del otro sexo solo con una consideración superficial puede interpretarse como causa movens o como signo de homosexualidad innata. Resulta más bien un aseguramiento tendencioso contra la norma, para cuya construcción sirven como puntos de apoyo las más variadas experiencias y vivencias del niño, en la medida en que son utilizables para ello. Si una vez es el respeto desmedido y el miedo al progenitor del otro sexo lo que actúa generalizando y produce un apartamiento duradero, en la misma posición un fuerte mimo y una vinculación unilateral pueden dar ocasión a esquivar, por el temor de no volver a participar nunca de un calor semejante. En los muchachos inseguros actúan a menudo en sentido reforzador la descripción casi siempre desfavorable de la mujer y su presentación casi hostil en toda la literatura, empezando por la Biblia; en las muchachas, las exageraciones abundantemente oídas sobre los dolores y peligros de la sexualidad y del parto, sobre el poder mágico del amor y del hombre, sobre la dificultad del matrimonio y sobre la poca fiabilidad de los hombres.

El niño inseguro tomará con más facilidad todas estas percepciones como ocasión para dar a sus preparaciones para el amor un carácter evasivo. En el curso de un entrenamiento prolongado acaba viendo solo los lados sombríos del otro sexo.

  1. Algunos autores ven en la aparición de sueños y fantasías homosexuales una prueba del carácter innato o inevitable del desarrollo homosexual. Es esta una suposición audaz, pero incorrecta, cuya expresión de palabra y por escrito contribuye mucho, como también otras suposiciones, al endurecimiento general de la homosexualidad. Desde que la ciencia ha establecido que los sueños y las fantasías son formas de expresión figuradas de formas de movimiento anímicas —y de eso hace ya bastante tiempo—, habría que procurar más bien captar en ellos el movimiento, que significa un arreglo del individuo, y no hechos fijos; un deber ser y no un ser. También Freud, cuya interpretación de los sueños fue un progreso importante, ha tenido demasiado poco en cuenta esta circunstancia. Su inclinación inextirpable a encontrar deseos sexuales detrás de todas las representaciones del sueño, y en ellas sobre todo símbolos sexuales, le impidió también extraer de las formas de expresión sexuales del sueño su línea de movimiento más general. Como, por tanto, el sueño, según pude comprobar, es un tanteo a modo de prueba y tiene el significado de un entrenamiento, los sueños y fantasías homosexuales, cuando no representan un dialecto sexual para otras relaciones de la vida, han de entenderse a lo sumo como un intento de dar pábulo a una supuesta homosexualidad, lo que no permite concluir precisamente una gran seguridad.

En este contexto hemos de mencionar también otro entrenamiento del homosexual en la vigilia, sumamente importante, que proporciona un punto de apoyo principal para esta perversión, pero que casi siempre se tiene erróneamente por prueba: la atención constantemente desviada del otro sexo hacia el propio. Este es el camino más importante que lleva a la esquematización, a la mecanización de la homosexualidad.

  1. En efecto, los homosexuales cuentan a menudo que desde su más temprana infancia mostraron ya una inclinación totalmente unilateral hacia el mismo sexo, o que preferían llamativamente las costumbres y los juegos del otro sexo. Esta predilección no es, sin duda, sino una mala preparación para el verdadero papel sexual y a menudo puede comprenderse por las situaciones de la infancia. Así, en niños débiles, quizá hijos únicos, se verán proliferar errores educativos que acercan a un muchacho a un papel de niña. Este papel inadecuado puede reforzarse considerablemente si el niño no es consciente durante largo tiempo de su verdadero papel sexual, o si a partir del mimo se le cultiva una pasividad que espera encontrar satisfacción más fácilmente en el papel de niña. En las muchachas sucede a menudo que el deseo preconcebido de los padres de tener un varón influye tan fuertemente en la educación que se les impone formalmente el papel de muchacho. La ternura temprana, también la despertada sexualmente, por el mismo sexo es sumamente frecuente, y también más fácil de obtener y de satisfacer, mientras que el trato sexual normal temprano está sometido a amenazas incomparablemente más graves y casi siempre se castiga con tanta dureza que también los peligros ligados a la norma ahuyentan a los precoces del otro sexo. Cómo se unen estos signos tempranos con las insuficientes piezas de convicción de una homosexualidad innata antes mencionadas salta a la vista.

  2. Algunos autores encuentran otra prueba de la homosexualidad heredada en la aparición familiar de esta perversión. Si se mira más de cerca, se encuentra que la pusilanimidad y la inseguridad de los miembros de la familia de igual temple los ha llevado por el mismo camino, o que una tradición familiar errónea y uniforme en la educación ha dado ocasión a resultados iguales o semejantes. Así, en especial, cuando en una familia se hereda desde hace largo tiempo un mimo enfermizo o una severidad especial. He encontrado a menudo hijos pervertidos en hermanas que se distinguían por igual por su severidad y su afán de dominio.

De nuestra exposición se desprende suficientemente que la homosexualidad significa un fracaso en la educación para ser un semejante. La preparación deficiente para su papel sexual, los fundamentos erróneos de su educación, la interpretación incorrecta de las carencias corporales salen claramente a la luz en el examen individualpsicológico del paciente. Apuntando con nitidez más allá de sí mismo, este padecimiento significa una eliminación del otro sexo y, con ello, de la conservación del género humano. Por eso se siente con razón como contrario a la civilización.10 Como es la forma de expresión de un fuerte desaliento y de un pesimismo sin esperanza, que pueden conformarse con la vida en un círculo más pequeño, lejos del otro sexo, toda dificultad mayor de la vida, todo aumento general de la inseguridad en las relaciones humanas actúa aumentando el número de homosexuales y lo convierte en fenómeno de masas. De consideraciones históricas se me desprende en este contexto, como un hecho, que en las épocas en que la mujer pasa con más fuerza al primer plano de la vida pública, el gran ejército de los hombres pusilánimes procura con preferencia aumentar la distancia respecto de la mujer y, junto a otros aseguramientos, busca también en la homosexualidad una tabla de salvación.

Las curaciones y mejorías se logran por influjo psíquico. En los casos antiguos no hay que esperar un trabajo fácil. La tarea se parece más bien a otra: llevar a un cobarde que intenta escaparse hasta el punto de que asuma sin restricción las exigencias de la vida. Otros intentos terapéuticos, también la terapia hormonal, los implantes de glándulas germinales, etc., no parecen haber dado resultados alentadores. Yo mismo vi algunos casos fracasados. Con todo, en los casos más leves se observa a menudo la autocuración. Bajo el influjo alentador de cualesquiera procedimientos pueden producirse, con todo, curaciones. Si se busca la fórmula más sencilla y más amplia para comprender la homosexualidad, puede afirmarse: la homosexualidad es un recurso de emergencia malogrado y mal entendido.

Sadismo, masoquismo y otras perversiones

Por Alfred Adler Viena.

1. Sadismo y masoquismo

Exposiciones de conjunto.

Krafft-Ebing: Psychopathia sexualis. Stuttgart. — Moll u. H. Ellis: Die Funktionsstörungen des Sexuallebens. Leipzig 1912. — Schrenck-Notzing: Die Suggestionstherapie bei krankhaften Erscheinungen des Geschlechtssinnes. Stuttgart 1892. — Marquis de Sade: Justine. — Freud: 3 Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1923, und Traumdeutung, 1924. Psychoanalyt. Verlag. — Allers: Psychologie des Geschlechtslebens. München: Reinhardt 1922. — Adler: Über den nervösen Charakter, 3. Aufl., u. Praxis und Theorie der Individualpsychologie, 2. Aufl. München: J. F. Bergmann 1923. — Bloch: Beiträge zur Ätiologie der Psychopathia sexualis. Dresden: Dohrn 1902. — Eulenburg: Sadismus und Masochismus. 2. Aufl. Berlin: Julius Springer 1911.

El nombre de «sadismo» remite al tristemente célebre marqués de Sade, cuyas atrocidades llevaron durante la Revolución francesa a su detención por los jacobinos. En sus libros, como en Justine, se encuentran quizá las descripciones más repugnantes de fechorías sexualmente crueles. El concepto de «masoquismo» lo acuñó Krafft-Ebing a partir del nombre del escritor Sacher-Masoch, cuya vida y cuyas novelas presentan rasgos de carácter que corresponden a la servidumbre del hombre y a su sometimiento voluntario a la mujer fuerte. Los fenómenos de este tipo han ocupado a menudo a la opinión pública en los últimos decenios y no pocas veces han dado ocasión a los tribunales y a los médicos forenses de ocuparse de ellos. La expresión «algolagnia pasiva y activa», que eligió Schrenck-Notzing, coincide por completo con los conceptos anteriores. En los cultos de la Antigüedad, en círculos secretos del presente y también de forma aislada encontramos una u otra de estas perversiones. Lo mismo que entre los partidarios de la homosexualidad, también entre los poseídos por la presente perversión existe la tendencia a reunirse en secreto para satisfacer sus inclinaciones con ayuda mutua. La prostitución desempeña en ello un gran papel, porque las prostitutas, con su voluntad o contra ella, se adaptan a los deseos de los sadomasoquistas, actúan ya como pareja sádica, ya como masoquista, y disponen casi siempre de todo un almacén de látigos, correas, ataduras, etc. También bajo el manto del masaje o de la «enseñanza severa» se ofrecen no pocas veces los servidores de la obra.

Quizá con más frecuencia que todas las demás formas de algolagnia se encuentran fantasías sádicas y masoquistas. Surgen casi siempre ya en la infancia, a los 6 o 7 años. A veces son cuentos e historias de contenido cruel en cuya audición se hacen perceptibles claros sentimientos sexuales. A menudo son golpes, con los que se despiertan sentimientos sexuales y que llenan la fantasía de imágenes de pegar o de ser golpeado. Los signos de sexualidad, sentimientos de placer, erecciones, masturbación, se remontan en estos casos bastante atrás en la infancia.

Es, naturalmente, cuestión de terminología el que se quiera llamar también masoquistas a rasgos de carácter de obediencia extrema y de solicitud servil sin mezcla de sentimientos sexuales. Del mismo modo, es un acto de arbitrariedad contar la forma de vida femenina en su conjunto como masoquismo y llamar sádica a la masculina, con su actividad más clara en el galanteo y en el trato amoroso. Tampoco podemos dar por justificada la opinión, que reaparece en la doctrina de Freud, de que todos los actos crueles de individuos —el delirio cesáreo, los asesinos en masa, los incendiarios— y de pueblos enteros pertenecen al sadismo, y los estigmatizados e hipnotizados al masoquismo. Pero allí donde el instinto sexual se une a actitudes agresivas o sufridoras, constituye sin duda un enorme refuerzo. Tan fácil como nos resulta inferir de fantasías y de hechos eróticos, como golpes, ser golpeado, ataduras, violaciones, asesinato por placer, ligados eróticamente, la neurosis obsesiva de la algolagnia, tan difícil es a veces sacar tal conclusión, en ausencia de sentimientos de placer, de los sueños, de malos hábitos y tradiciones, de la inclinación a las riñas y a las peleas. La inclinación de niños y adultos a presenciar escenas atroces, a atormentar animales, a escuchar historias espeluznantes, procede a menudo exclusivamente de la tendencia a eliminar mediante un entrenamiento una blandura sentida como pusilánime. Una conclusión segura la permite siempre, en ese caso, un examen de la personalidad entera conducido psicológicamente.

Las aberraciones del sadomasoquismo pertenecen sin duda a los extravíos más abominables. Y solo el deber médico es capaz de sobreponerse al asco y de permanecer justo y objetivo al escuchar las situaciones, a menudo de lo más repugnantes, que el espíritu humano ha podido idear. El ensuciamiento en todas sus variantes, la micción y la defecación sobre todas las partes posibles del cuerpo del masoquista y de la víctima del sádico, en la fantasía y en la realidad, no son sucesos tan raros. Ante refinamientos tan rebuscados de estos enfermos cuesta discutir en serio la concepción de que factores innatos o un trastorno de las funciones glandulares pudieran estar inmediatamente en la base de tales formas de expresión. El condicionamiento psíquico de tales extravagancias es tan innegable que las pruebas que siguen resultan casi superfluas. En estos fenómenos se estrella todo intento de una teoría biológica, sexual-constitucional, causal y de toda teoría propia de las ciencias naturales.

En cambio, toda teoría de las perversiones habrá de contar con aquellas comprobaciones que proceden de las investigaciones psicológicas. En primer lugar, con el hecho de que las rarezas sexuales en cuestión concuerdan con la peculiaridad de la personalidad entera. En este tipo no se encontrará probablemente nunca un verdadero semejante. No es solo la cuestión erótica la que en tales casos aparece deficientemente resuelta, sino que también las otras dos grandes cuestiones de la vida, la de la comunidad y la de la profesión, aparecen de manera inquietante sustraídas a una solución. Un cierto grado de desaliento, una concepción pesimista del mundo, está en la base de la formación de toda la personalidad y hace que todos los rendimientos procedan de un sentimiento de debilidad y no de un sentimiento de fuerza. Se perciben siempre carencias en la sociabilidad, en la camaradería, en la amistad, en el trato social, y pueden seguirse hasta la infancia. El contacto disminuido con las personas es un hecho de tan amplio alcance psicológico que todos los conocimientos de una «psicología profunda» o de una «psicología comprensiva» no pueden agotarlo. Tampoco hay que dejarse engañar por éxitos externos de un paciente así, que a menudo proceden de fuentes de fuerza ajenas. Del mismo modo, se encuentra ocasionalmente un sentido familiar exagerado o una inclinación exclusiva hacia uno de los progenitores como consecuencia de la eliminación temerosa y cautelosa del resto de la sociedad humana.

En consonancia con esta «distancia respecto del frente de la vida» está también la eliminación de la pareja sexual normal y del trato sexual normal. Y las manifestaciones autobiográficas del paciente, que siempre se remontan a la infancia, no nos revelan, como suponían casi siempre los autores, direcciones instintivas innatas, sino más bien un entrenamiento antiguo y erróneo. También la toma de posición normal se produce solo mediante un entrenamiento continuado, en el que se buscan sin interrupción vivencias y se pone a contribución la fantasía. El desarrollo hacia el sadismo y el masoquismo tiene siempre una prehistoria comprensible y transcurre entre múltiples vacilaciones. Solo la meta permanece: la eliminación cautelosa y la desvalorización de la norma. Íntimamente unido a ello está el intento continuado de endurecerse contra las inhibiciones iniciales, de tomar cariño a anomalías o incluso a abominaciones y de desarrollarlas. Así se forma con el tiempo un aseguramiento firmemente trabado, un apoyo y una tabla de salvación frente a la norma, que parece rebasar toda medida. «Puesto en fuga, cree ir de caza.» Con este fin, el desarrollo de la perversión sigue el camino más plausible para la personalidad entera. Cuán poca causalidad o incluso anomalía instintiva innata hay en estas formas de expresión nos lo muestran las frecuentes transiciones fluidas del sadismo al masoquismo, de la homosexualidad al masoquismo o al sadismo. En todo ser humano se encuentran rasgos de obstinación y obediencia, de afán de dominio y sumisión, que sirven al afán de notoriedad. Así se explica la aparición conjunta del sadismo y el masoquismo en el lado de huida del pervertido.

Como otro hallazgo asegurado hemos de citar: excitaciones sexuales tempranas en vivencias y fantasías que desencadenan el afecto de la angustia. Me parece un hecho innegable que la angustia puede excitar no solo las vías nerviosas del corazón, del intestino, de la vejiga, de las glándulas sudoríparas, etc., sino también las del aparato sexual. Según me parece, esta conexión afecta solo a un tipo determinado de seres humanos, o solo en él tiene un cuño claro. Quizá haya aquí un signo de inferioridad como los que describí en mi «Estudio sobre la inferioridad de los órganos». La plausibilidad de una conexión entre angustia y libido resultará, por cierto, más evidente a las personas que pertenecen a este tipo que a otras. Pero en esta conexión corporal-anímica hay una fuerte tentación de meterse en situaciones amenazadoras y prohibidas, de evocarlas en la realidad o en la fantasía, o de identificarse con una situación de angustia de otro. Especialmente elaborados encontré pensamientos de este tipo a menudo en muchachas que gustan de imaginarse el papel sexual de la mujer como un ser golpeada, que se detienen en su fantasía, pero que esquivan su realización con toda clase de pretextos. El instinto sexual puede ligarse, mediante un ejercicio afanoso, a todas las situaciones y metas externas posibles en cuanto la meta normal queda eliminada por miedo a las derrotas. La pusilanimidad de los pervertidos aquí subrayada se nos creerá de buen grado respecto de los masoquistas. Hemos de responder de ella también respecto de los sádicos. Las víctimas son siempre niños o indefensos; su deseo sexual se mueve siempre en la dirección de la menor resistencia.

La escuela de Freud y sus precursores tienen una gran inclinación a considerar el sadismo biológicamente, como componente instintivo constitucional emparentado con el instinto sexual masculino y perteneciente a él, y el masoquismo, del mismo modo, como «acoplado» al instinto sexual femenino. Desde los románticos (Bader, por ejemplo), y aún desde antes, es una costumbre frecuente, también en la ciencia —en el pueblo siempre fue así—, interpretar en un acontecer neutro tendencias de poder o relaciones sexuales, sin comprender el propio prejuicio, los propios presupuestos «inconscientes» de sus consideraciones: que todas las formas de expresión humanas están en una conexión social y que en la vida anímica la aspiración al poder, a la notoriedad y a la seguridad procura siempre expresarse de algún modo. Pero en su vida sexual los seres humanos responden a la pregunta, siempre apremiante, de su posición ante la sociedad humana, ante el otro sexo y ante la cuestión de su propia valía; en el comportamiento sexual queda siempre clara a la vista la línea por la que uno procura llegar a la adaptación, a la valía, al reconocimiento, a la superioridad y a la seguridad, por la que procura elevar su sentimiento de valor dentro de la sociedad y sub specie aeternitatis.

De una captación consciente de estos hechos resultan las siguientes perspectivas. Los sádicos, como los masoquistas (como todos los pervertidos), se mueven en la línea de los pusilánimes. Los primeros buscan al menos la apariencia del poder, de una sobremasculinidad secreta, a menudo inconsciente, en una situación de superioridad indiscutida. Al masoquista lo encontramos en la confesión sobreacentuada de su debilidad.

Esto último nunca puede significar en la vida anímica humana un resultado final, nunca un punto de reposo. El masoquismo apunta siempre más allá de sí mismo, empuja a la eliminación de la norma o se prolonga en el sadismo, y es una mezcla de la sexualidad con un sentimiento de humillación que procura falsear el valor y el significado de la sexualidad, pero que procura tranquilidad acerca de que quedan excluidos los vínculos eróticos más serios. El anhelo de «ausencia de conflictos» (Seif) los empuja a este camino falso; el «sentimiento de la propia valía disminuido y sus trastornos» (Weinmann) aparece en su perversión.

Pero incluso en esta manifestación más endeble de la vida anímica, que ocasionalmente, como en la flagelación, busca en pensamientos de penitencia una justificación ridícula, en el masoquismo, nunca falta la línea compensatoria hacia arriba. En ella queda a la vista una actitud activamente divergente frente a la pareja, su estigmatización como opresor, torturador, mancillador, y siempre también la acusación y condena de la opresión en la infancia, de la naturaleza y de la sociedad humana, que permiten tales carencias y tormentos. Regularmente se encuentra también un comportamiento crítico y denigrante frente a los demás y una tendencia al aislamiento. La compensación va, pues, en la dirección de una animosidad.

El conocimiento del hombre que fluye de la psicología nos pone pronto en condiciones de descubrir otra compensación, por la cual el masoquismo se capta inmediatamente como aparente posición de poder y se «fija». Pues la pareja cae bajo el dictado del masoquista y comparte con él el papel antisocial, a menudo repugnante.

Pero hemos de recordar también los intentos que se han hecho desde otro lado para dar con la clave del enigma sadismo-masoquismo, y con ello de todas las demás perversiones. La más conocida es la concepción, procedente de la escuela francesa, de la «fijación de vivencias sexuales infantiles». Por seductora que parezca, fracasa ante la pregunta de por qué se fijó precisamente esta vivencia y no otras. O, como dice Wexberg: un niño que fija y elabora tales vivencias es ya neurótico, y en adelante solo muestra la elaboración hacia la neurosis.

La hipótesis de Freud de que todos los fenómenos nerviosos, incluidas las neurosis, son regresiones a un estadio biológico anterior de la libido sexual saca su fuerza de una comparación histórica o física: el reflujo de una fuerza (libido) ante un obstáculo (conflicto actual). Con ello, según encuentra el autor, se reavivan fases antiguas del desarrollo de la libido (o sus componentes sexuales, constitucionales). Tales componentes los encuentra también como sadismo y masoquismo.

Frente a ello caben las objeciones siguientes: 1. Como todo desarrollo refleja en cada fase el presente y el futuro, no puede hablarse nunca de una regresión en el sentido de Freud. De lo contrario, todo acto psíquico sería regresión, pues siempre recurre a experiencias del pasado. 2. Una mezcla de actividad y pasividad se encuentra en todo tiempo en el alma humana y en todos los períodos históricos. El querer sufrir (para obtener más tarde una ventaja) está extraordinariamente cerca de la vida anímica humana, dotada de previsión. El fuerte desarrollo de esta última inclinación solo es concebible en el sentimiento de inferioridad. 3. Las «fases» del desarrollo de la libido están ligadas por completo a las circunstancias externas y son tan conformes a ellas que puede afirmarse que no hay otro vínculo erótico ni otra búsqueda de placer que los que corresponden a las circunstancias externas y al instinto sexual deficientemente desarrollado. La pregunta de cómo llega un niño a una perversión admite, pues, la respuesta: por las circunstancias. Más importante para la psicología de las neurosis es la pregunta: ¿por qué se queda uno en su perversión? ¿No podría ser porque teme una derrota en una solución normal? ¿Porque teme no ser amado?

La algolagnia es, como subrayamos, una forma de expresión del fuerte sentimiento de inferioridad y de sus compensaciones descarriadas. El sádico es el «vencido triunfante»; el masoquista, el vencedor derrotado. La situación externa de la algolagnia está siempre ligada a una excitación angustiosa, a escalofríos y miedo. El sádico ayuda a ello identificándose con su víctima. En mis pacientes pude demostrar siempre que en ellos la angustia y la excitación se ligan con la excitación sexual de otro modo, o sin duda más, que en otros. Es este tipo el que, en caso de un desaliento profundo, esquiva la solución normal de la cuestión erótica y fuerza su excitación sexual en circunstancias atenuantes, en situaciones sin peligro o que parecen sin peligro, evitando peligros reales, con un arreglo de la angustia en la fantasía o como en un juego. La inclinación al sadismo se ve favorecida en niños que han crecido bajo una fuerte presión y no soportan una suerte mejor de otros niños.

Así también nosotros, aunque en otro sentido, hemos llegado hasta un sustrato orgánico.

La terapia de la algolagnia es una tarea difícil. Habrá de contar, dicho brevemente, con el esquema individual del sentimiento de inferioridad y con el esquema de las compensaciones, para destruirlos. Pero habrá de esforzarse también con energía por eliminar la peculiar hipnosis que hace que el paciente entrene cada vez más la conexión entre provocación de angustia y excitación sexual y le hace aparecer su peculiaridad como natural y, por ello, indestructible, mientras que nuestra vida cultural impone con éxito a cada paso la sustitución y transformación de formas de expresión «naturales» en favor de formas sociales. Sin aliento al paciente, todo éxito está excluido.

También la jurisprudencia habrá de tener en cuenta estas concepciones y, en los casos de punibilidad, habrá de solicitar una vigilancia y una curación humanitarias.

2. Fetichismo

Exposiciones de conjunto.

Wie S. 887: Krafft-Ebing, Havelock Ellis, Bloch, Allers, Freud.

Después de todas las comprobaciones anteriores sobre las perversiones podemos ahora ser breves. Lo característico del fetichismo se ha buscado siempre en la sobrevaloración de un objeto o de una parte del cuerpo que desempeña un papel menor en la norma del erotismo. Con esta inclinación, cualquier cosa puede elevarse como por encanto a objeto amoroso. Lo más frecuente es encontrar como objetos de veneración partes de prendas de vestir y de objetos de uso. Pero también la sobreacentuación de partes del cuerpo, del pie, de la mano, de los ojos, de las piernas, de la línea del busto, etc., es extraordinariamente frecuente y, como se ve, no muy ajena a la relación amorosa humana. Quizá todo enamorado tenga un fetiche (ojos, cabellos, figura) que solo no llama la atención como extravagante porque se encuentra en muchos y casi siempre no perturba la norma del erotismo, sino que solo la acompaña o la intensifica. Así el fetichismo de las palabras groseras, o el fetichismo del espejo, de un perfume, etc. Así actúan sobre algunos también las deformidades, las personas viciosas, las razas extranjeras y las personas subordinadas.

Las explicaciones de los autores terminan casi siempre en el punto donde empieza el significado social de esta perversión. La mayoría subrayaba el quedarse atascado en una fase que prepara o acompaña la norma. Se comprobaba además psicopatía, degeneración o, como el psicoanálisis, una constitución sexual junto con conflictos. A nosotros nos parece más importante el punto de vista de qué sucede con ocasión del fetichismo. Resulta entonces que, por el desplazamiento del acento sexual al fetiche, la pareja sexual sufre una rebaja, queda desvalorizada. Ya no la persona, sino un detalle a menudo totalmente accesorio recibe rango y dignidad sexuales. La lucha de los sexos por su superioridad muestra también en el fetichismo sus rasgos astutos, pone al pervertido en una dependencia mayor de lo accesorio, menor de su pareja, y termina con una mitigación de su miedo y de su sentimiento de debilidad frente al otro sexo. El fetichismo es, como todas las demás perversiones, forma de expresión de un sentimiento de inferioridad que intenta compensarse en una dirección errada, pero guiada por experiencias personales y por el entrenamiento.

Una conexión del fetichismo con todas las demás perversiones, con las neurosis y con las inclinaciones criminales es fácil de comprender desde este mirador.

Tampoco es de extrañar que el fetichismo se encuentre predominantemente en los tipos visuales.

Las mismas observaciones podemos hacer en el

3. Exhibicionismo

cuya variedad pasiva, es decir, una forma de expresión aún más fuerte del desaliento, se encuentra en la perversión del voyeur.

Exposiciones de conjunto.

Moll: in Eulenburgs Enzyklopädie 1908. — Cramer: Die Beziehungen des Exhibitionismus zum Strafgesetz. Ärztl. Sachverst.-Zeit., Berlin 1897, S. 233. — Boissier u. Lachause: Perversions sexuelles à forme obsédante. Arch. de neurol. 1893, Okt. — Krafft-Ebing: Psychopathia sexualis. 13. Aufl. Stuttgart: Enke 1907. — Reimann: Exhibitionismus eines nicht erweislich Geisteskranken. Zeitschr. f. Medizinalbeamte u. Krankenhausärzte, Berlin 1898.

El concepto de «exhibicionismo» lo introdujo Laségue en 1877 en la ciencia de las perversiones. Abarca aberraciones sexuales en las que se busca y se encuentra la satisfacción sexual en desnudamientos que ofenden el pudor. Ambos son tipos visuales que no han ido más allá del mostrar y el mirar en el erotismo o que, por lo menos, acentúan esta inclinación demasiado fuertemente frente a la norma. La pusilanimidad y la menor actividad de estas personas podrán percibirse fácilmente también en sus restantes relaciones vitales. Pero no está excluido que a menudo hagan de tiranos con los más débiles. En el exhibicionismo está siempre también la lucha contra las normas de la sociedad, y la inclinación a asustar y pervertir a niños mediante el desnudamiento de la propia persona, a rebajar a otros mediante su desnudamiento, asigna a esta perversión un lugar inmediatamente junto al sadismo.

En niños que se encuentran en rebelión contra sus educadores pueden observarse a menudo, en la fase de la búsqueda del papel sexual y más tarde, movimientos y actos exhibicionistas de bastante alcance. Solo sin razón podría hablarse en tales desarrollos de inclinación a la perversión. Pues nada es tan inaccesible al niño, nada está bajo amenaza y castigo tan graves, como la norma de la relación sexual de los adultos. Lo que en consecuencia queda de actividad erótica le parecerá siempre al observador desprevenido análogo a una perversión.

En el mismo sentido se nos aparecen los antojos exhibicionistas de los irresponsables, mientras que tal rasgo, bien integrado en la vivencia erótica, aparece como conforme a la norma. En la manía, la esquizofrenia, la parálisis progresiva, el alcoholismo y la demencia senil se encuentra a menudo, a consecuencia de la desaparición de las inhibiciones del pudor, y sin duda también a consecuencia de la pusilanimidad que está casi siempre en la base de los extravíos del alma humana, el exhibicionismo como rendimiento predominante y extremo del erotismo. En consonancia con ello encontramos manifestaciones reforzadas del placer de mirar y de mostrar en personas aproximadamente normales y dentro del erotismo normal, por ejemplo, el mirarse en el espejo, a consecuencia de una deficiente confianza en sí mismo, como compulsión a la demostración.

Una terapia de esta perversión ha de aspirar siempre también, junto a un entrenamiento en dirección normal, a una transformación de toda la personalidad en la dirección de una toma de posición más valiente ante la vida y la sociedad. El influjo sugestivo en este sentido mediante curas de otro tipo está dentro de lo posible, sobre todo en los casos más leves.

Como forma extrema del desaliento y de la desesperación respecto de las posibilidades eróticas encontramos

4. Sodomía

Exposiciones de conjunto.

Haberda: in Casper-Limans Handbuch der gerichtl. Medizin. — Maschka: Handbuch der gerichtl. Medizin.

la práctica del acto sexual con animales, en la que la eliminación de la pareja humana llega hasta la pareja desvalorizada en figura animal. Las situaciones de constreñimiento y el aislamiento pueden facilitar este extravío tras un entrenamiento previo del pensamiento y del sentimiento en dirección perversa, es decir, tras un endurecimiento. Lo mismo el trato exclusivo con ciertos animales. La imbecilidad, con la falta de sentimiento de comunidad humano que le es inherente, puede favorecer tales inclinaciones.

5. Necrofilia

Exposiciones de conjunto.

A. Moll: Eulenburgs Enzyklopädie — Epaulard, Vampirisme, Lyon, A. Storck et Co. 1902.

También en esta perversión, en la que el acto sexual es cometido por hombres en mujeres muertas, puede comprobarse como motivo la tendencia a la indefensión completa de la pareja. El presupuesto para ello es la pérdida de la fe en el propio efecto erótico con el instinto sexual conservado y la renuncia de gran alcance a la comunidad en el goce sexual. En estos hombres cobardes ante la vida actúa además favorablemente el sentimiento tranquilizador de la falta de obligaciones y consecuencias. La fuerza de atracción de esta perversión está en el sentimiento, fácilmente alcanzable, del dominio ilimitado sobre la pareja muerta.

Desde aquí se obtiene una perspectiva sobre la psicología del asesino por placer, cuya satisfacción erótica está ligada a que goce de la indefensión de su víctima como señor sobre la vida y la muerte, como un dios en caricatura. La proximidad psicológica con el sadismo es bastante llamativa.

Neurastenia sexual

Por Alfred Adler Viena.

Exposiciones de conjunto.

Ellis, H.: Die Funktionsstörungen des Sexuallebens. Handb. f. Sexualwissensch., herausg. v. A. Moll. 7. Hauptabschnitt. Leipzig 1912. — Rohleder, H.: Die Funktionsstörungen der Zeugung. 2. Aufl. — Freud, S.: Beiträge aus der Psychologie des Liebeslebens. Zur Einführung des Narzißmus. Ges. Werke, Psychoanalyt. Verlag 1924. — Löwenfeld: Über sexuelle Konstitution. Wiesbaden 1911. — Allers, R.: Psychologie des Geschlechtslebens, aus Handb. d. vergl. Psychol. München: Reinhardt 1922. — Adler: Über den nervösen Charakter. 3. Aufl. München 1924, und die bekannten Lehrbücher der Nervenkrankheiten.

El nombre y la delimitación proceden de Beard. La definición de la neurastenia mantenida durante largo tiempo se encuentra de nuevo en Krafft-Ebing: «Debilidad irritable de la función nerviosa en el ámbito de lo sexual». Tampoco los demás autores han ido más allá de esta definición, en la medida en que querían delimitar la neurastenia sexual como enfermedad independiente.

Sobre la etiología de este complejo sintomático se encuentran en la literatura más antigua indicaciones poco satisfactorias. La suposición de una disposición neuropática apunta al menos a una consideración de conjunto, pues incluye a la vez en el círculo de la reflexión otros fenómenos anímicos. Aunque no sin desplazar el problema a la oscuridad de la degeneración humana general. Menos convincentes aún resultan los datos sobre la masturbación, los excesos in venere, el trato sexual anormal, el coitus interruptus, la abstinencia sexual, una gonorrea previa y las emociones. Todos estos factores tratados como etiológicos dejan reconocer casi siempre su significado de síntomas o de fenómenos concomitantes, pues quien adquiere «neurastenia sexual» en relación con estos fenómenos ya era neurótico antes.

El complejo sintomático de la enfermedad tratada bajo este título comprende la debilidad de la erección, la falta de eyaculación, las poluciones frecuentes durante el sueño, las poluciones largo o poco tiempo antes de la cohabitación, la ejaculatio praecox, la impotencia, la espermatorrea, las erecciones de larga duración, la sensibilidad dolorosa del glande, los dolores en la uretra; en las mujeres, las poluciones en la vigilia y en el sueño, la frigidez y el vaginismo; en ambos, la compulsión masturbatoria. Algunos autores se inclinan a contar todas las formas de perversión como neurastenia sexual.

El curso de todos estos fenómenos, que aparecen poco o mucho después de la pubertad, es, aparte de una aparición ocasional, casi siempre prolongado. El padecimiento resiste casi siempre todas las curas medicamentosas, hidropáticas y endocrinológicas, pero es accesible en todas las circunstancias a los influjos psíquicos. Para llegar a comprender estos padecimientos valdrá la pena situarlos todos bajo un punto de vista común y comprobar que todos los neurasténicos sexuales presentan unos antecedentes llamativos en su conjunto. Como resultado final decisivo de ellos puede deducirse que, por una toma de posición inadecuada ante la vida, aparecen deficientemente preparados para el amor. También en sus otras relaciones vitales se muestra esta carencia, aunque a veces no con una claridad tan llamativa. Se trata siempre de personas que desde la infancia llaman la atención por su hipersensibilidad anímica. En el cuadro de su carácter destacan con fuerza rasgos de ambición, vanidad, impaciencia, cautela y temor. Se distinguen por inclinaciones críticas y por concepciones fundamentales pesimistas, casi siempre han restringido llamativamente su círculo vital y tienden a una vida en aislamiento. Los cambios de humor indican su debilidad para mantener el buen humor y el ánimo de vivir. Su alegría de vivir, que irrumpe de tiempo en tiempo («periódicamente», lo llaman los autores), es siempre forzada y ha de entenderse como intento de compensación de un sentimiento de inferioridad. El intento de Kretschmar11 de separar a las personas con este modo de comportarse como «pícnicos» de los «esquizoides» es insuficiente, pues pasa por alto o toma demasiado a la ligera el fondo común, el sentimiento de inferioridad común y el carácter nervioso que de él nace. Por lo demás, en la vida nunca importa lo que uno trae consigo, sino lo que hace con ello.

En este tipo de personas, muy extendido, la confianza en la propia fuerza está disminuida o ha desaparecido. El estado de ánimo que de ello resulta y sus consecuencias no pueden fundarse materialmente, sino solo comprenderse psicológicamente. Tanto más cuanto que los éxitos curativos con toda clase de medios, y sobre todo la comprensión de la conexión más profunda y las grandes ventajas, orientadas al aliento, del tratamiento individualpsicológico, pueden convencernos de que estos males no tienen un fundamento causal, sino que arraigan en una actitud errónea ante la vida.

Nuestras experiencias nos obligan a derivar la comprensión de cada una de las formas de expresión sexuales anormales de la comprensión del ser humano entero, y no al revés, como enseña el psicoanálisis de Freud. Pero no hay que pasar por alto que algunos de los padecimientos antes mencionados nacen de tecnicismos arraigados para los que la fantasía ha creado la base facilitadora, como por ejemplo en las poluciones y la ejaculatio praecox. Otros, en cambio, como en especial las parestesias, las hiperestesias, las sensaciones dolorosas y la espermatorrea, parecen estar, según mis experiencias, en relación con excitaciones frustradas y con el coito prolongado y el onanismo igualmente prolongado. He observado algunos casos de este tipo en los que, con tal abuso, hemorragias mayores o menores de la uretra permitían inferir un estado de irritación en la uretra posterior. También para las erecciones frecuentes y de larga duración existe este indicio, que otros autores han invocado también como explicación de la ejaculatio praecox. Pero en estos casos hay que pensar siempre también en conexiones psíquicas auxiliares o fundamentales, como en la ejaculatio praecox, en la que siempre encontré indicios de impaciencia nerviosa y de miedo a un vínculo más intenso. Esto último, en relación con el miedo a la descendencia, pude observarlo también en la falta de orgasmo y de eyaculación.

Las poluciones frecuentes y la masturbación compulsiva después de la pubertad apuntan en primera línea al miedo a la mujer; encontramos en ellas la forma de expresión erótica del aislado. En la literatura se encuentran ocasionalmente suposiciones de que la causa última de tales fenómenos sería el enamoramiento del propio cuerpo, el narcisismo (Naecke). En realidad, este enamoramiento es secundario, un producto de emergencia, y se produce por la eliminación de otros objetos sexuales. — Tales formas sexuales12, cuando causan inquietud, pueden significar para el médico una indicación para poner fin, con su palabra de autoridad, a las vacilaciones del paciente y ordenarle el trato sexual. Aflora la intención de escurrir el bulto ante la responsabilidad.

Dicho sea de paso: aconsejamos rechazar el trato con prostitutas. El paciente debe ser educado para la compañía femenina honesta y para el amor. La salida barata y cobarde de la prostitución dificulta esta solución correcta y da pábulo al sentimiento de inferioridad.

El vaginismo, espasmo doloroso de la musculatura vaginal, es la expresión corporal de un «¡No!». El examen individualpsicológico revela en tales casos tendencias al aislamiento, aversión al papel de mujer, que no ha prosperado más allá de las preparaciones, miedo a perder valor propio, a las humillaciones y a las decepciones. Una conducta brusca del hombre y los dolores en los intentos de cohabitación, también pequeñas lesiones en la entrada de la vagina, pueden desencadenar o aumentar el espasmo en mujeres anímicamente predispuestas. Ocasionalmente puede entrar en consideración como momento desencadenante una firmeza extraordinaria del himen.

Tanto en el vaginismo como en la frigidez puede conservarse la sensibilidad del clítoris, casi siempre como residuo de la excitabilidad masturbatoria. La frialdad sexual es siempre un signo de falta de pasión frente a un hombre determinado o frente a todos los hombres. Las mujeres frígidas «no acompañan». Las causas anímicas son las mismas que en el vaginismo. Solo que este representa una defensiva, y la frigidez una resistencia pasiva. En las «mujeres frías» se encontrará también, en sus demás relaciones vitales, una docilidad exterior, un dejar hacer. La frialdad puede existir desde el principio. Pero también puede seguir, al producirse decepciones, a un período de goce sexual normal. La satisfacción en el trato con otro hombre se ve favorecida esencialmente por la intención impetuosa de demostrar la aptitud deficiente de la pareja anterior.

Las comprobaciones de la psicología individual13, y sobre todo sus demostraciones acerca de los síntomas nerviosos como formas de expresión, han contribuido mucho a la comprensión de las psiconeurosis; tanto, que hoy ninguna escuela neurológica ni ningún médico en ejercicio puede atreverse con los problemas neurológicos sin haber tomado posición ante las concepciones de la psicología individual.

Es un error irreparable arrancar los síntomas de su conexión natural y considerarlos aislados. Tal proceder, todavía generalmente practicado en la psicología de las neurosis, se parece al empeño de sacar una nota de una melodía y considerarla por separado. Para comprender los fenómenos nerviosos hay que tener estrictamente presente su conexión, dada socialmente y que actúa socialmente.

Por eso la pregunta más importante ante todos los síntomas nerviosos, que carecen, pues, de toda base orgánica, es: ¿qué sucede con ese motivo? La respuesta en el caso de la impotencia psíquica es: se elimina el vínculo sexual. Si se pregunta al que sufre por sus intenciones, se oirá lo que todo ser vivo tiene en mente. Pero si se pregunta por las razones en contra, se oye más de lo que por lo demás se espera oír. El miedo a las enfermedades venéreas, las malas circunstancias «actuales», los reparos a seducir a una muchacha inocente, a caer víctima de una seductora: estas y otras cien razones, discutibles en sí, forman la primera línea de los aseguramientos, frente a la cual la dialéctica del médico se muestra impotente mientras no adopte nuestro punto de vista: el trato sexual sin amor es una mala costumbre, el amor es el único medio seguro contra las enfermedades venéreas, e impide también las demás consecuencias dañinas. No puede ser tarea del médico educar para una mala costumbre, aunque por ahora no sea capaz de eliminarla del mundo.

Despachado esto, se llega al segundo frente de los aseguramientos: el miedo a hacer el ridículo. Según los principios corrientes del conocimiento del hombre simplificado («quien prueba demasiado, prueba demasiado poco», etc.), se pone en claro la situación: este miedo a una derrota representa un motivo mucho más importante que los mencionados antes. Es propiamente el provocador de los demás aseguramientos. Mientras existe, el ímpetu sexual queda excluido hasta tal punto que los deseos, los sentimientos y... las palabras no tienen significado alguno.

Si, por tanto, la concepción de la psicología individual de que en la base de la impotencia hay un sentimiento de inferioridad está, como principio explicativo, por encima de toda duda, en especial porque ofrece también terapéuticamente un punto de vista incomparablemente seguro, nuestra convicción (de que en la base de la impotencia hay un sentimiento de inferioridad) se vuelve inquebrantable en cuanto podemos percibir, siguiendo con cautela nuestra sospecha, que la impotencia como enfermedad solo aparece en personas que también en el resto de su vida presentan la actitud vacilante y viven con la actividad frenada, pero que a la vez se fijan las metas más altas y llegan a una síntesis: eludir toda decisión, puesto que podría caer en su contra.

Tal forma de vida se muestra del modo más sencillo en que se empiezan muchas cosas, pero nunca se termina ninguna, en que la unión con las personas se realiza de modo deficiente y difícil y en que las relaciones amorosas prosperan siempre solo deficientemente.

He mostrado, para todos los impedimentos, parálisis, inhibiciones y síntomas de las neurosis que obstaculizan o dificultan la solución de las tareas vitales, que, si se prescinde por completo de ellos, a partir de la personalidad del paciente correctamente conocida se encuentra toda una serie de razonamientos, actitudes y formas de expresión de los que podrían derivarse los mismos impedimentos que de los síntomas. Solo que a estos movimientos anímicos les falta la consecuencia, que no llevan a ninguna actitud decidida, a ningún movimiento resuelto. Pero en lugar de esta consecuencia esperable aparece el síntoma; en nuestro caso, la impotencia. Es como si por las reticencias anímicas mencionadas se debilitara el ímpetu necesario, como si a la meta ardientemente deseada de la satisfacción sexual se opusieran una serie de razones en contra.

Pero estas razones en contra y el síntoma correspondiente a su fuerza no son en modo alguno casualidades, irreflexiones ni debilidades sin fundamento. Sino que han nacido de la pusilanimidad de la personalidad entera, cuya intención final se dirige a una superioridad sin roces o, por lo menos, a un estado de «ausencia absoluta de conflictos»14. En la impotencia sexual, la pusilanimidad del paciente se materializa en una de las líneas principales de la vida; el enfermo esquiva la agresión que él mismo desea ardientemente, y mientras el lenguaje de la boca, mientras sus pensamientos y deseos dan expresión a su anhelo, su cuerpo, su órgano sexual, habla otro lenguaje: estos muestran la forma de expresión de su cobardía.

Así se explica también la configuración a menudo cambiante de la impotencia en la vida del enfermo. En ciertas condiciones atenuantes, el trato sexual se logra. Así, ante una acogida cariñosa y servicial, cuando desaparecen todas las consecuencias, con personas subordinadas, de condición inferior, con mujeres jóvenes, con mujeres mayores, con ayuda de estimulantes corporales y anímicos, tras la palabra amable y paciente de la pareja, en el tiempo que precede a contraer una enfermedad venérea o a una decepción, tras las palabras de aliento del médico, tras tomar alcohol o un medicamento, al aplicar un estimulante externo, etc. Cuánto margen se concede en ello a la sugestibilidad del paciente, a su credulidad, se desprende también de que todas estas condiciones facilitadoras fallan tan a menudo como sirven.

Así es también comprensible que las influencias más diversas tengan ocasionalmente éxito y lleven al médico como al paciente a creer en la exactitud de su concepción. En realidad, es a la elevación pasajera o duradera del valor, con o sin conocimiento del médico, a la que ha de atribuirse el éxito.

Siempre, sin embargo, se podrá comprobar en el examen psíquico de estos pacientes que el contacto con otras personas les sale mal en todas direcciones. No son verdaderos semejantes; su interés por la sociedad presente y futura es bastante escaso. Parece la consecuencia natural de su concepción de la vida que «su semilla sea extirpada», si no cambian su toma de posición.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado en Internet Archive y cotejada con las imágenes de las páginas: Alfred Adler, «Psychische Einstellung der Frau zum Sexualleben» (págs. 802-807), «Psychosexuelle Haltung des Mannes» (págs. 808-812), «Pubertätserscheinungen» (págs. 842-844), «Homosexualität» (págs. 881-886), «Sadismus, Masochismus und andere Perversionen» (págs. 887-894) y «Sexualneurasthenie» (págs. 895-899), en A. Bethe, G. v. Bergmann, G. Embden y A. Ellinger (eds.), Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie, t. 14, 1.ª mitad: Fortpflanzung, Entwicklung und Wachstum, 1.ª parte, Berlín, Julius Springer, 1926. En 1931, a raíz del caso Kürten, la Wiener Allgemeine Zeitung (16.4.1931) y Der Abend (22.4.1931) reprodujeron extractos del artículo sobre el sadismo; no se incluyen aquí. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de los seis artículos, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas (que reproducen la cursiva del original), la paginación original y las notas del autor; las bibliografías de cada artículo se dejan en su forma original. Los títulos corridos de las páginas del impreso no se reproducen. Las equivalencias fijas de la terminología de la psicología individual (sentimiento de comunidad, sentimiento de inferioridad, protesta masculina, afán de notoriedad, aseguramiento, mimo, semejante, actitud vacilante) siguen el glosario del archivo; Schwachmütigkeit / schwachmütig se traduce por «pusilanimidad» / «pusilánime», y Training, por «entrenamiento». Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Zusammenfassende Darstellungen: bibliografía de obras generales que el manual pone al frente de cada artículo. Las listas bibliográficas y las notas del autor se reproducen tal como están en el original (con sus erratas: «Erau», «Fnnktionsstörungen», «Rosleder», «Antiologie», «Campmann»), sin traducir los títulos; «Aufl.» = edición, «Wie S. 887» = como en la pág. 887. (N. del T.) ↩

  2. Cita del Fausto de Goethe (primera parte, escena del estudiante), donde Mefistófeles dice de las mujeres: «Es ist ihr ewig Weh und Ach / So tausendfach / Aus einem Punkte zu kurieren». (N. del T.) ↩

  3. Adler: Über den nervösen Charakter, 3. Aufl. München: J. F. Bergmann 1922. ↩

  4. Adler: Praxis und Theorie der Individualpsychologie, 2. Aufl. München: J. F. Bergmann 1923. ↩

  5. Verso de La canción de la campana de Schiller («Vom Mädchen reißt sich stolz der Knabe»). (N. del T.) ↩

  6. La frase está así en el original, al parecer incompleta («treten freundliche oder Neigungen kritischer, hämischer Art hervor»); se traduce entendiendo «inclinaciones amistosas o de índole crítica». (N. del T.) ↩

  7. Adler: Die Ehe als Aufgabe, in „Buch der Ehe“. Herausgegeben von H. Keyserling. Celle: Campmann 1925. ↩

  8. Siehe Adler: Über den nervösen Charakter. 3. Aufl. München: J. F. Bergmann. ↩

  9. Schwarz, Oswald: Das psychophysische Problem in der Sexualpathologie. Wiener klin. Wochenschr. 1922, Nr. 11. ↩

  10. kulturwidrig: «contrario a la civilización», según el glosario del archivo (Kulturwidrigkeit). En el resto del texto, Kultur se traduce por «cultura». (N. del T.) ↩

  11. Así en el original («Kretschmars»); se refiere a Ernst Kretschmer, autor de Körperbau und Charakter (1921), que distinguió los tipos pícnico y esquizotímico. (N. del T.) ↩

  12. El original dice «Der gleichen Sexualformen», probablemente errata por «Dergleichen Sexualformen» («Tales formas sexuales»), que es como se traduce. (N. del T.) ↩

  13. Adler: Praxis und Theorie der Individualpsychologie. 2. Aufl. München: J. F. Bergmann; ferner Zeitschrift für Individualpsychologie, Verlag Wien VI, Joanellig. 6, 3 Jahrgänge. ↩

  14. Seif, L.: Das Ziel der Konfliktlosigkeit. Internat. Zeitschr. f. Individualpsychol. Jg. 2. ↩