El matrimonio como tarea

Por el Dr. Alfred Adler (Viena)

La mayor dificultad del matrimonio como tarea no reside en la incapacidad de los hombres, o del hombre moderno, para la monogamia. Por naturaleza, el homo sapiens no se inclina ni a la monogamia ni a la poligamia. Pero los valores anímicos superiores están adjudicados en tal medida al matrimonio monógamo que solo el pusilánime (der Schwachmütige)1 tiende a rehuirlo. Para lograrlo, dirige su inclinación en otra dirección. Entonces, desde luego, siente tal como lo exige su debilidad. La soltería, las inclinaciones polígamas o poliándricas y las perversiones resultan ser siempre rodeos para esquivar la tarea del matrimonio. La infidelidad está tan en contradicción con las tareas del matrimonio que me parece equivalente a desligarse de ellas, como un compromiso frecuente que va contra el matrimonio. Allí donde he podido asomarme, el adulterio se produjo siempre en un estado de ánimo en el que con razón habría cabido esperar una ira impotente. Entonces el amor, «que todo lo disculpa», suele transfigurar la traición, y la sexualidad, siempre dispuesta y acrecentada por la cólera, aporta las circunstancias atenuantes. Situaciones de fuerza mayor evidentes, como una larga separación, enfermedades crónicas o la invalidez de uno de los cónyuges, pueden exigir otro juicio sobre la infidelidad; equivalen a un impedimento del matrimonio, del mismo modo que también la muerte puede traer una solución. Pero he podido observar a menudo cómo, tras la muerte de un cónyuge, el miedo a un nuevo matrimonio se disfraza de autorreproches que sirven de salvaguardia, o cómo se intenta prolongar el matrimonio con el muerto.

La diferencia de capas sociales no nos parece un obstáculo insuperable. Las dificultades iniciales se pueden hacer desaparecer fácilmente con algo de paciencia, sobre todo si después el trato social se desarrolla de manera uniforme. En cambio, la resistencia de los suegros suele tener efectos devastadores. Casi siempre se trata de personas aguerridas, muy conscientes de su influencia. Su vástago, hijo o hija, ha estado siempre bajo su presión. Ahora que quizá se atreve por primera vez a actuar por su cuenta, lo atormentan con malos augurios o hasta le dan la maldición de los padres por ajuar del lecho nupcial. No es de extrañar que ambos esposos se vuelvan miedosos y desconfiados el uno del otro, que adquieran un punto de orientación falso y examinen cada movimiento para ver si no tendrán razón los viejos descontentos. A ello se suma la ofensa del cónyuge hostigado, que necesitaría mucha grandeza de alma para que esta amarga dote no le envenenara el ánimo.2 Ciertamente, los padres tienen derecho a aconsejar a sus hijos en su elección amorosa, e incluso a influir en ella; pero, una vez contraído el vínculo, también ellos quedan obligados a favorecer en lo posible la tarea del matrimonio que tienen delante. Esto vale también para quienes están más alejados. Mientras subsista la obra de un matrimonio, solo son lícitas las influencias favorables. Este principio brota claramente del sentimiento de comunidad y vuelve nuestro ánimo, casi instintivamente, contra quien perturba un matrimonio.

Las grandes diferencias de edad no suelen ser precisamente provechosas. He encontrado a menudo que presuponen la pusilanimidad de uno de los cónyuges o de ambos. La elección amorosa se hace en tales casos de un modo demasiado condicional, como si de otro modo hubiera reparos demasiado grandes, como si la salvación del matrimonio no hubiera de encontrarse por la propia fuerza, sino mediante un artificio.

La situación matrimonial nos muestra, como en un experimento, si las preparaciones han salido bien o no. Las personas que también en otros aspectos de la vida han mostrado carencias importantes en su preparación para la vida social, para la profesión y para el amor, que siempre han tenido «mala suerte», que siempre han cambiado, sea de profesión, de amistad o de amor, resultarán a menudo mal preparadas y fracasarán también en la tarea del matrimonio. Del mismo modo, los nerviosos no prometen una vida matrimonial feliz y exigirán siempre privilegios. Sería una verdadera bendición para el matrimonio, para la humanidad y para la generación venidera que antes de cada boda psicólogos individuales experimentados llevaran a cabo un asesoramiento matrimonial, con el propósito de completar las preparaciones deficientes y corregir las tomas de posición erróneas.

Allí donde existiera además una confianza firme, debería hablarse también de los antecedentes, a veces dolorosos. Tales discusiones entre los cónyuges son a menudo inútiles o perjudiciales, porque casi siempre el segundo oye de otro modo de como cuenta el primero. A veces sería ventajoso prolongar estos asesoramientos algún tiempo después de la boda, para poner al servicio de cada uno las experiencias de un círculo amplio.

También los malos hábitos de tiempos anteriores pueden perturbar la armonía y poner en peligro el matrimonio. El desorden, la pedantería, la susceptibilidad excesiva, la oposición obstinada, la falta de limpieza en las palabras y en la actitud, la desvergüenza, el carácter dominante, la irascibilidad, los gritos salvajes, etc., han de considerarse preparaciones deficientes y estorban también al cónyuge en la próspera construcción del matrimonio. Estos signos aparecen a menudo con una fuerza imposible de extirpar, con frecuencia completados por síntomas nerviosos, solo cuando la voluntad de matrimonio ya se ha extinguido y la tarea se siente como fracasada. La pusilanimidad de los hombres hace que tales matrimonios, que hace mucho que habían dejado de existir, solo se separen al cabo de muchos años.

Para todas estas dificultades no existe hoy ninguna instancia de asesoramiento. Tampoco para las personas que, salidas de un matrimonio fracasado y por lo general cargadas con sus viejos defectos, pasan a un nuevo matrimonio. Todas estas insuficiencias proceden de la infancia, están largamente entrenadas y solo pueden extirparse mediante un método psicológico correcto, porque quien yerra nunca sabe en qué punto debe aplicar su corrección. Su falsa perspectiva de la vida se le ha hecho tan propia que da vueltas a todas sus vivencias hasta que cree tener razón. Y entonces sigue adelante con su viejo patrón.

De nuestra exposición se desprende que, junto a unos pocos que ven en el matrimonio una tarea ineludible que puede resolverse con solidaridad humana, muchos otros fracasan en ella porque no ven en absoluto esa tarea o esperan su solución de su cónyuge o de azares favorables.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del cuaderno digitalizado en Internet Archive: Alfred Adler, «Die Ehe als Aufgabe», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año 4, cuad. 1 (1926), págs. 22-24. Publicado también en Bereitschaft 6 (1926), n.º 7, y reimpreso en Die Frau und Mutter 18 (1929), cuad. 11. Es un texto distinto de «Die Ehe als Gemeinschaftsaufgabe» (Das Ehe-Buch, 1925). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y la paginación original. Las equivalencias fijas de los términos de la psicología individual se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Schwachmütig, Schwachmütigkeit: literalmente «de ánimo débil», término que Adler usa para quien carece de valor ante las tareas de la vida; se traduce «pusilánime», «pusilanimidad». (N. del T.) ↩

  2. Juego de palabras del original entre Mitgift («dote») y Gift («veneno»). (N. del T.) ↩