EL PROBLEMA HOMOSEXUAL
Por
EL DR. ALFRED ADLER, Viena, Austria.
Como un espectro se alza en la sociedad la condición de la homosexualidad. A despecho de todo, el número de los perversos va en aumento. La ley y la religión ejercen muy poca influencia contra ella. La homosexualidad está tan extendida en los distritos rurales como en las grandes ciudades. (Esta afirmación no puede aplicarse, sin duda, a los distritos rurales de América. La Red.)1 Niños, adultos, ancianos, hombres y mujeres participan del mal. Da trabajo al pedagogo, al sociólogo, al neurólogo y al jurista. Se han aplicado contra ella todos los medios de lucha sin obtener resultados dignos de ese nombre. Las penas más severas, la indulgencia más considerada, la conducta más conciliadora y, por último, el silencio: todos los medios carecen de influencia sobre la propagación de esta anomalía.
Y, sin embargo, no le faltan defensores. Y los muchos puntos de vista, las innumerables teorías, dan todos testimonio de la significativa impresión que produce un hecho: que una gran parte de la población es infiel a su papel sexual. ¿Es esto un signo de regresión? ¿De atavismo? Observadores competentes de los animales afirman que solo los animales domesticados practican o permiten acercamientos homosexuales.
Los estudios sobre la degeneración no sacan a la luz ningún dato útil para esclarecer esta cuestión, porque su punto importante no puede resolverse así, ya sea mediante la información que aportan Hirschfeld, Fliess, Freud u otros. ¿Quién ha demostrado la degeneración en la homosexualidad? ¿Cuáles de las sustancias germinales, más o menos portadoras del otro sexo, corresponden a la homosexualidad? La «disposición constitucional» de Krafft-Ebing, con su hábil diluvio de palabras, y la «constitución sexual» de Freud no son más que postulados teóricos de un sistema prevenido. Pero los sucesos determinados que pretenden señalar la dirección sexual del niño, tomados como pauta según Binet, Janet, Schrenck-Notzing, Bloch, Moll y otros, muestran siempre tendencias perversas preexistentes, de modo que los teóricos contrarios y los propios pacientes empiezan siempre la historia con estas palabras: «Ya en la primera infancia los siguientes sucesos indicaban huellas de perversión hereditaria». . . .
Nuestro respeto por las investigaciones aludidas no disminuye en absoluto cuando recordamos que el conocimiento de la naturaleza de la perversión es incompleto y que, por tanto, todavía no es posible establecer un punto de vista definido sobre su significación social. Y precisamente por eso encontramos, tanto entre los adversarios como entre los defensores, argumentos hábiles en abundancia. Pasar por alto este estado incompleto del conocimiento parece todo un error. Trabajos preparatorios de tanto alcance y materiales recopilados tan valiosos como los de Krafft-Ebing, Moll, Hirschfeld y otros mantendrán siempre su alto rango, aunque no hayan estado en condiciones de influir en la opinión pública ni en la legislación.
Hay un punto importante en las doctrinas sobre la perversión, y es la actitud de la opinión pública respecto de ella. Puede afirmarse con certeza que ninguna teoría es capaz de ejercer una influencia favorable a la homosexualidad sobre la sociedad o sobre la moral social. La mayor concesión que puede obtenerse es el silencio y la no intervención. Hasta ahí llegaron como mucho los guardianes de la ley, y los numerosos procesos sobreseídos por parte de la policía muestran una tendencia a la indulgencia. Las barreras de la sociedad contra la tolerancia de la perversión permanecen inquebrantables ante cualquier teoría, porque están formadas por las salvaguardias y las aversiones sociales de los sentimientos normales. Se comprende fácilmente, desde luego, que en estas «salvaguardias» haya una indulgencia social necesaria, pero hay que subrayar que esto puede llegar fácilmente al punto de un rechazo de la homosexualidad que no admite la lucha contra las propias tendencias homosexuales. De hecho, desde un punto de vista contrario, se ha intentado aumentar aún más el número de los homosexuales para forzar la tolerancia de la perversión.2
Igual de desprovista de razón está la opinión que intenta justificar la existencia de la perversión e incluso atribuirle un alto valor. Todavía se dejan oír aquellos críticos que señalan una extinción gradual de los perversos homosexuales como consecuencia de su perversión. Pero la suposición de una cualidad innata (que puede considerarse una fábula) y la prueba que se ofrece de una posible herencia restan peso al argumento, en la medida en que, en los casos mixtos, el elemento heterosexual puede impedir que la homosexualidad se elimine por selección natural.
La referencia al Eros griego como compatible con un alto grado de cultura no es aplicable en modo alguno a la época actual. Hasta donde hemos podido penetrar en la cuestión, parecería que la Knabenliebe3 (pederastia) griega surgió en una época en que la Mujer había ganado valor e influencia. Las burlas de Aristófanes sobre la Knabenliebe y el parlamento de las mujeres van juntas. Cuando la emancipación de la Mujer y el despertar de su conciencia de sí aumentan, el Hombre se ve obligado a dudar de su preeminencia. Por su sentimiento de incertidumbre e inseguridad, la conquista de la Mujer le parece una empresa arriesgada. En tales casos dispone de muchos artificios para el restablecimiento de su seguridad y superioridad. ¡O desvaloriza o idealiza! La respuesta de protesta del Hombre a la creciente conciencia de sí de la Mujer conduce, en primer lugar, a una desvalorización de la Mujer. Esta «desvalorización» explica la Knabenliebe griega y su expresión anímica, que estaba dirigida contra la Mujer. Esta tendencia sexual se reforzó al permitirse al hombre adulto desempeñar el papel de Mentor, protector y promotor espiritual del efebo. De este modo, los privilegios masculinos podían seguir subsistiendo sin trabas respecto del muchacho. El «miedo a la Mujer»,4 avivado por sus esfuerzos por ganar posición, obligó al Hombre a una preparación más fuerte en el sentido de su tendencia expansiva. Si la Knabenliebe fue un intento por parte del Hombre de poner una mayor «distancia» entre él y la Mujer, para el joven fue, socialmente, una preparación para el amor heterosexual y para el compañerismo.
La homosexualidad de nuestro tiempo muestra las mismas causas psicológicas fundamentales y se revela como un síntoma de la «huida de la Mujer.» Pero, a diferencia
del Eros griego, faltan las regulaciones limitadoras. El pueblo griego era un cuerpo unido, quizá como otra formación política.5 La idea griega del Estado sobrepasaba todas las demás aspiraciones del pueblo hasta tal punto que los excesos y errores, tal como se manifiestan en las dificultades del desarrollo, se regían con la benevolencia de la familiaridad. Así, por la fuerza de la idea de comunidad, la perniciosa corriente de la homosexualidad avanzó en una dirección nacional.
Es indudable que estos aspectos favorables faltan, y tienen que faltar, en la homosexualidad moderna. En el mejor de los casos, se imita una relación semejante en forma de una protección inadecuada, o bien el joven se somete a la tiranía de amigos mayores, o los de la misma edad se consumen en altercados celosos y ridículos. En suma, la Knabenliebe griega encontró una época llena de benevolencia recíproca, y el sentido de comunidad exigía que cada uno mostrara lo de mayor valor que pudiera dar. La homosexualidad de hoy se muestra como un producto de la necesidad, estéril e insoluble, que daña aún más el débilmente desarrollado sentido de comunidad.6 Hemos aludido a los factores psicológicos de la homosexualidad. Con ellos muestra una propiedad demasiado poco apreciada: que es ambigua y que su significación solo puede captarse en cada momento y en cada individuo.
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Los síntomas comunes a todas las perversiones sexuales (homosexualidad, sadismo, masoquismo, masturbación, fetichismo, etc.) coinciden, según los conocimientos de la escuela de la psicología individual, en los puntos siguientes:
Toda perversión es una distancia anímica agrandada entre el Hombre y la Mujer.
Denota una rebelión más o menos profunda contra la participación en el acto sexual normal y se manifiesta como un artificio sistematizado o inconsciente para la exaltación del propio sentimiento de la personalidad.
Siempre está presente la «desvalorización» de la pareja que normalmente cabría esperar. Por eso, la aversión y la conquista son sentimientos necesarios para el perverso.
Las tendencias perversas en los hombres se muestran como esfuerzos compensatorios para elevar un sentimiento de inferioridad frente al poder sobrestimado de la mujer.
Del mismo modo, la perversión en las mujeres es también compensatoria, para vencer el sentimiento de inferioridad frente al mayor poder del hombre.
La perversión suele nacer de una vida anímica que presenta hipersensibilidad y ambición desmedida. La falta de un compañerismo más profundo y de benevolencia recíproca se da en mayor grado de lo que suele suponerse. Predominan las emociones egocéntricas, la desconfianza y el afán de poder. La tendencia a mitzuspielen,7 tanto entre los hombres como entre las mujeres, es escasa, por lo que hay fuertes limitaciones del sentimiento de comunidad.8
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Quien esté en situación, como el médico, de apreciar las vibraciones del organismo social tiene que admitir que la conducta sexual está influida por diversas consideraciones. A juzgar por las estadísticas, esto se expresa en el número decreciente de matrimonios, en el retraso del matrimonio, en el número creciente de divorcios. Las quejas sobre estas circunstancias son bien conocidas. Cuando se examinan, se encuentra una multitud de causas, pero todas adolecen del mismo error: se culpa a una causa final, a una conducción de la vida más difícil.
No podemos pasar por alto la importancia de esta circunstancia, pero, como siempre que
se domina la psicología individual de una cuestión, surge la pregunta, de importancia más general: ¿qué individuos son los afectados con más seguridad en este respecto? ¿No son precisamente esas personas de naturaleza excesivamente cautelosa y dubitativa, faltas de confianza en sí mismas en cada uno de sus actos y en su preparación para la vida, individuos que, a la menor señal de dificultad, están dispuestos a «desertar» y a «abandonar la lucha»? Son las personas que, desde la infancia, padecen un sentimiento de inferioridad, de menosprecio de sí mismas (Minderwertigkeitsgefuehl).9 Se creen perdidas y siguen siendo las «personas de disposición nerviosa».
A esta opinión pueden oponerse dos objeciones: 1. Que toda persona ejerce y necesita precaución. 2. Que a menudo entre los nerviosos (es decir, para nosotros también entre los homosexuales) encontramos un gran sentimiento de sí mismo. A la primera objeción se responde con la circunstancia de que el resultado de nuestra investigación no está traído por los pelos, sino que corresponde simplemente a una actitud humana general que, en los casos de nerviosidad, es obstinada, unilateral y exagerada. La segunda objeción descansa en una comprensión deficiente de la naturaleza de la neurosis: toma la apariencia y el efecto por la naturaleza originaria misma y desconoce uno de los puntos fundamentales de la dinámica neurótica: el heroísmo del sentimiento de debilidad. La «distancia» sexual tiende a crecer. No añadimos nada nuevo al afirmar que este síntoma se da en la vida de cada individuo, sobre todo en la del individuo nervioso.
El neurótico que, ante cada cambio de su situación, muestra lo que yo llamo una «actitud vacilante» no puede mantener una actividad constante en condiciones cambiantes. Toda dificultad, sea aparente o real, provoca en él nueva angustia, vacilación, y hace intentos de evasión y de aplazamiento. Y psicológicamente no hay diferencia entre que el neurótico, enfrentado al problema del amor y del matrimonio, a la dificultad de ganarse la vida o a la responsabilidad respecto de la descendencia, busque la excusa en la inadecuación del otro sexo o en su propio menosprecio de sí mismo, o que interponga entre su pareja y él un estado de enfermedad, una histeria, una neurosis obsesiva, una fobia, una impotencia, una psicosis, una masturbación compulsiva o una perversión. Pueda o no, desde su Lebensplan10 inconsciente, oponer resistencia de un modo condicional (por ejemplo, contra el amor y el matrimonio), está obligado a imaginar una «distancia» que espera lo salvaguarde de la temida decisión a la que tiene que llegar. Así como el caminante presa del vértigo busca «descanso», o el que tiene miedo al agua busca «descanso» antes de saltar al agua, así tiene el neurótico que [crear una] «distancia»11 que lo proteja del paso que está a punto de dar, de una supuesta derrota. O, si parece acercarse poco a poco a su meta, su sentimiento de inferioridad o de menosprecio de sí mismo irrumpe por delante y grita: ¡Alto!, obligándolo a batirse en retirada o a dar un rodeo.
De ello se sigue que, en las situaciones difíciles, la disposición neurótica proporciona el mayor número de los que se ven obligados a trabajar con rodeos para salvar su ambicioso ideal de la personalidad. En este camino de rodeo, que se mueve a una «distancia» anímica constante en torno a la meta normal pero temida, surge un impulso inconsciente a completar un arreglo mediante el cual quedaría asegurada esa «distancia». Pero, para nuestro tema, camino de rodeo y arreglo significan la estructura de una perversión construida con el fin de fijar la «distancia» respecto de la pareja sexual.
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Las teorías de la homosexualidad se basan o bien en un factor hereditario, o bien en una perversión precoz adquirida a través de un suceso sexual acentuado de los primeros años, que influye de algún modo en el Lebensplan del niño.
Con el crecimiento del niño, su espíritu desarrolla esfuerzos hacia el poder y la valía. Por regla general, el entorno de los padres sirve al niño como la figura más fuerte de su imagen directriz. Sobre ella basa su propia comprensión y sus expectativas del futuro. Busca luego espacio para su propio desarrollo, no sin que la «distancia» natural agudice, sin embargo, su sentimiento de menosprecio de sí mismo. El Lebensplan compensatorio del niño trata de diversos modos de superar esta distancia y suprimir así el sentimiento de debilidad. Con los medios de que dispone la experiencia infantil, en la que nunca faltan las huellas naturales de la debilidad corporal y anímica del niño, busca el camino hacia una superioridad futura.
El continuo tanteo de este camino individual viene impuesto por la tendencia expansiva del niño. Si algún día aparecen el odio, la benevolencia y el amor, eso se cultiva en la evolución de la vida anímica del niño. Todas las preparaciones para las dificultades de la vida futura (tal como el niño las entiende) se crean en esta época; así también las actitudes ante la vida y la sociedad y la perspectiva sobre el mundo. Así se desarrollan caracteres diferentes: agresión, insinuación, desconfianza, evasivas, perfidia, irresolución, confianza en sí mismo o falta de ella.
De su propia experiencia limitada y por imitación de otras personas, el niño toma todos los artificios de la conducción de la vida y los incorpora como formas permanentes a su propio carácter. Toda respuesta que una persona puede dar a la cuestión de la vida está influida esencialmente por el esquema de su infancia. Y ni que decir tiene que todas las cuestiones y personas que encuentre más adelante se le representan según las figuras esquemáticas de su infancia.
Las investigaciones de la psicología individual han demostrado con pruebas indiscutibles que cuanto más unilateral es el desarrollo del niño y más anormal su actitud ante las exigencias de la sociedad, tanto más fuertemente desarrollado está su sentimiento de menosprecio de sí mismo. Por lo general, las inferioridades corporales y anímicas, pero compensatorias, constituyen el motivo más significativo.12 Una mala crianza y los errores de educación actúan de modo igualmente pernicioso cuando se hace parecer que la «distancia» del niño respecto del adulto no puede salvarse. Aquí entra también el error de la autoridad excesiva que practican algunos padres.13 Un padre, por ejemplo, educando al niño con demasiada dureza, puede destruir su ánimo de progresar, de modo que el niño nunca llegue a la confianza en sí mismo propia de la iniciativa. El mismo resultado puede producirse, en otras diversas condiciones, por la superioridad paterna.
Así, más adelante, el niño es medroso y le falta valor para afrontar los problemas de la vida. No se atreve a avanzar en la solución de estos problemas sino en la medida en que puede apoyarse en su padre, o hasta que empieza a mostrar una tendencia a desafiar la superioridad del padre. Por eso trata finalmente de triunfar sobre la «tiranía» paterna. Hay que admitir que este tipo paterno se encuentra entre aquellos hombres que, incapaces de ejercer su autoridad en el mundo exterior, tratan de imponer su superioridad en su propio círculo familiar.
Lo mismo ocurre cuando la madre es una mujer de voluntad fuerte, inflexible. El muchacho
no desarrolla confianza en sí mismo, sobre todo respecto de las mujeres. Como el muchacho descrito antes, le falta valor y rehúye la competencia del Hombre. Hacia las mujeres siente hostilidad (también son bastante frecuentes los síntomas de «moral insanity»14). Esta hostilidad puede ser tan intensa que muestre una tendencia a eludir el problema del amor y del matrimonio, inventando como salvaguardias para ese fin condiciones severas, estipulaciones o trucos neuróticos (como señales de enfermedad).
El sexo femenino está influido también de manera semejante por la lucha por la vida, por la competencia más fuerte, y así encontramos que la madre tiránica que tiene a su marido y a sus hijos «arrinconados contra la pared» es casi siempre el producto individual de una educación endurecida de ese tipo. Por regla general, tales mujeres buscan su expresión armoniosa en la «igualdad con el hombre», en una «protesta masculina exagerada contra el carácter femenino», todo lo cual sirve para aumentar su afán de poder y para deformar y desfigurar sus relaciones afectivas. Aun con una consideración superficial, solemos encontrar en tales mujeres síntomas como dismenorrea, vaginismo, frigidez, matrimonio tardío, escaso número de hijos y enfermedades nerviosas que con frecuencia están entrelazadas con la menstruación, el embarazo, el parto o la menopausia.
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Una impresión imborrable de la «actitud de distancia» hacia la Mujer se obtiene al considerar tres tipos muy diferentes de sentimientos y pensamientos del homosexual, que, sin embargo, coinciden en sus puntos más íntimos. El primer grupo, que abarca también sus fenómenos anímicos más importantes, se refiere a sus actitudes presentes. Estas, sin embargo, siempre guardan alguna relación con el futuro.
No hace falta un análisis más detenido para dejar claro que el perverso está tan poco adaptado a nuestra vida social (en todas las condiciones de la vida) como privado de las cualidades que su carácter sexual le exige. La formación de nuestra estructura social tiene una gran amplitud. Subyace a los conflictos internos, a las contradicciones y luchas de la sociedad humana del mismo modo que a sus manifestaciones sexuales. Por eso la cuestión de la homosexualidad cobra relieve si se mide por la voluntad popular. Es precisamente una negación de esa voluntad popular, y además en un punto de lo más decisivo.
La voluntad popular lleva siempre dentro de sí el ideal de la perpetuación, y por ello la homosexualidad y cualquier otra perversión quedan marcadas en el acto como un crimen y un pecado. ¿Y qué sucede? La unidad de un ideal cultural se defiende contra una oposición que la pone en peligro con medios legales y de otro tipo: con leyes, penas y condena moral.
Desde luego, hay que recordar también con qué facilidad la condena general puede excederse en cuanto se obtiene una posición ventajosa de conquista, o cuando blande la espada de la justicia alguien que se siente libre de culpa y de error, una impecabilidad de la que quiere hacer alarde. La cuestión del castigo es algo espinosa. Como razones adicionales que invitan a la cautela cuando se trata del castigo de la homosexualidad, se subraya que la perversión es una enfermedad colectiva de la individualidad y que el peligro del castigo está en excitarla aún más, rara vez en desalentarla.
El homosexual consumado apela siempre a su individualidad desarrollada históricamente. Todos sus recuerdos de infancia le parecen justificar su punto de vista. Esta uniformidad del desarrollo es la que ha sugerido a diversos autores la falsa tesis de una homosexualidad hereditaria. Schrecker y yo hemos señalado las
tendencias falsas y engañosas de los recuerdos de infancia. El principal argumento a favor de la «homosexualidad hereditaria» queda enteramente fuera de discusión.
En suma, miremos donde miremos, vemos un esfuerzo del homosexual por desenterrar pruebas que establezcan la irresponsabilidad de su conducta. Para seguir con este asunto, esto muestra una hostilidad activa hacia la sociedad que puede resumirse en la siguiente fórmula: la meta del homosexual es contraria a las exigencias de la vida social. Muestra muy poco sentido de comunidad15 y nada de la buena voluntad hacia los demás mediante la cual se anuda el lazo de unión entre las personas. No busca la adaptación pacífica ni la armonía, sino que su tendencia expansiva, cautelosa aunque excesivamente impulsiva, lo lleva a buscar continuamente medidas hostiles, a cuyo servicio pone también su impulso sexual. En otras palabras, no se ha desarrollado como compañero de juego en la sociedad.
El segundo grupo, que reclama nuestro interés porque revela la fase activa de la homosexualidad, se manifiesta exteriormente, a partir del estímulo estereotipado, como temperamento, actitud y actividad de la persona. El principio homosexual es el de la distancia respecto de la mujer. Toda excitación contraria encuentra tanta rigidez y resistencia que actúa como un freno automático: instintivamente, inconscientemente, y teniendo así en cuenta toda circunstancia real. La tendencia y el propósito de un mecanismo semejante es servir como órgano de ataque y de defensa, una actividad artificial de bloqueo que en todo momento presta ayuda en la dirección del nichtmitspielen.16
El tercer grupo muestra también un despotismo inconsciente, pero claro, que subyace al homosexual. Es su baja estima de sí mismo lo que le roba toda naturalidad. Este sentimiento de menosprecio de sí mismo le es a menudo del todo desconocido; pero su actitud en la vida y todos sus actos hacen parecer que supone su existencia y lo tienen dispuesto a desertar en todo momento. El médico solo puede formarse una opinión del alcance de este sentimiento cuando ha apreciado el trágico destino del homosexual y su cobardía ante la vida normal, las dificultades con que tiene que luchar y de las que el propio paciente a menudo no se da cuenta.
Para terminar, quiero mencionar que los casos mixtos de homosexualidad y heterosexualidad, que no son raros, y además la homosexualidad de la juventud, la forma senil de la homosexualidad y la que se da en los internados, en las cárceles y en los largos viajes por mar, concuerdan con nuestra concepción al mostrar bajo una luz correcta el despotismo del acto mediante la apariencia de una irresponsabilidad aparentemente atenuada. Y en estos casos encontramos también la explicación de la tendencia expansiva acrecentada, a la que ayuda el impulso sexual siempre dispuesto.
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II. CASUÍSTICA Y PARTE ESPECIAL
Quiero exponer a continuación el esbozo de los historiales de tres pacientes, que espero permitirán comprender la psique homosexual y mostrarán la exactitud del mecanismo indicado más arriba. Pero, ante todo, una palabra sobre las perspectivas del tratamiento. Hoy son todo lo desfavorables que pueden ser. Esto parecería estar en contradicción con la seguridad con que se han discutido las causas de la homosexualidad. Pero las dificultades de una curación se aprecian enseguida cuando tratamos de aligerar nuestro problema y llegamos a esta pregunta: ¿qué probabilidades de éxito tenemos cuando intentamos convertir a un cobarde adulto en un hombre valeroso? De esto depende, esencialmente, la terapia de la homosexualidad. En nuestro caso, la cobardía a veces está bien oculta
o se extiende predominantemente a las circunstancias del amor y del matrimonio. Como no quiero entrar con detenimiento en la cuestión de la terapia, solo quiero subrayar que el tratamiento:
debe extirpar las representaciones profundamente arraigadas de la infancia.
Hay que demostrar claramente la distancia del paciente respecto de su pareja sexual.
Hay que poner de relieve su actitud antisocial.
Su meta de superioridad debe ser desenmascarada y destruida como utopía fija.
Todo este proceso educativo requiere la mayor delicadeza pedagógica y los métodos más cultivados. Creo que se coincidirá conmigo en la conclusión de que la extirpación de la homosexualidad es una cuestión de la educación del niño. El cuarto de los niños es el lugar importante en el que no se debe quitar el valor al niño, en el que no deben enturbiarse las cuestiones relativas a su vida futura y en el que debe establecerse con seguridad e inalterablemente su carácter sexual. Sobre todo en este último punto hay mucho que desear. Probablemente no es casualidad que en todos mis casos haya podido descubrir en el historial una llamativa inseguridad en el carácter sexual. Esta incertidumbre infantil me parece la condición principal en la historia previa del homosexual.
Caso I
En esta biografía se pone claramente de manifiesto el esquema fundamental que he indicado: la superioridad de la parte femenina de la familia, el estorbo de los órganos sexuales, la incertidumbre del niño respecto de su papel sexual, la esperanza de una modificación de este y la línea directriz de su avidez y su despotismo, que le hace buscar el triunfo por caminos de rodeo.
«. . . . . . . . . . . . Crecí con mi hermana mayor, que me usaba como juguete en sus juegos. Uno de los juegos lo tengo especialmente en la memoria, de forma dolorosa. Yo era la vaca y ella me ordeñaba por el órgano sexual. Cuando me quejé a la institutriz, se puso fin a este juego. De niños nos gustaba montar sobre las rodillas de nuestra institutriz o incluso sobre las de algunos señores amigos de la familia, y dábamos rienda suelta a nuestro buen humor con chillidos de placer. Pero, a diferencia de mi hermana, mi órgano sexual siempre me estorbaba. Encontré entonces un caballito imaginario más cómodo: me metía un cojín entre las piernas y galopaba alrededor de la habitación durante horas. Mi hermana se unía con entusiasmo a este juego, y los dos estábamos muy enamorados de nuestro cojín. Más tarde hicimos como si fuera un niño de pecho al que poníamos al pecho para amamantarlo. También chupábamos las esquinas del cojín, lo que acabó convirtiéndose en una competencia perpetua con los enseres de la casa.
»Como, por motivos de salud, me quitaron el balancín, reflexioné sobre ello y llegué a la conclusión de que había una relación entre esta medida y mi órgano sexual, e hice la peculiar observación de que podía hacer desaparecer los testículos dentro del vientre. Intenté luego hacer lo mismo con el pene, lo que conseguí comprimiéndolo con fuerza.
»De joven no deseaba nada con más ardor que ser de naturaleza bisexual, para poder como hombre tener un trato llamativo con los hombres y como muchacha dominarlos.
»A los doce años me gustaba andar jugando en la cuadra con el cochero y el mozo de cuadra. Allí tenía a menudo ocasión de ver sus órganos sexuales, que, en proporción con los míos, me parecían de tamaño gigantesco. Un día vi cómo el mozo de cuadra metía el brazo en los órganos sexuales de una yegua. Todas estas grandes dimensiones me confundieron tanto que me preocupé por mi futuro. Sentía que no estaba dispuesto a contentarme con desempeñar un papel subordinado. Era muy ávido de honores y testarudo. Cuando mi hermana y yo salíamos en coche, era siempre yo quien daba las indicaciones, y hasta la obligaba a mirar solo en la dirección que yo le señalaba. Un día (debía de tener entonces unos doce años) me sedujo el mozo de cuadra, y así se produjo mi primer acto homosexual,
que me llenó de un orgullo excepcional. Y así ha seguido hasta hoy. El poder que ejerzo sobre los hombres me llena de estremecimientos de placer. Poco después tuve relaciones homosexuales con un oficial de estado mayor de más edad, que siempre había sido heterosexual. Sentí una gran satisfacción cuando lo vi después ante mí, completamente agotado».
Caso II
Un hombre de veintiséis años, fuerte, de aspecto algo soñador y tímido, se presentó ante mí como homosexual con la pregunta de si le aconsejaría casarse. Las preguntas de este tipo, cuando se dirigen a un neurólogo, suelen ser pretextos. Indagando más, resultó que consideraba la homosexualidad inalterable, y ampliaba sus opiniones con toda una serie de citas de diversos autores conocidos. No quiero decir que la difusión de concepciones falsas en este respecto cause un daño palpable. Pero, en una perversión construida sobre un desierto de errores, de modo que el paciente queda preso de la superstición, tales afirmaciones autorizadas (como la de la incurabilidad de la homosexualidad) sirven para sostener al paciente en su error. Con esta advertencia se recomienda, por consiguiente, contener un poco la expresión de nuestro punto de vista.
Preguntado por la historia de su vida, el paciente declaró que es hijo de una campesina y que no conoce a su padre. Su madre dio a luz a otro hijo ilegítimo y más tarde, en honrado matrimonio, a otras dos niñas, a las que él, de pequeño, tenía que cuidar día y noche. Esta tarea le resultaba insoportable y lo llenaba de un gran disgusto. Recuerda que no solo estas dos niñas, sino las niñas y las mujeres en general, despertaban en él un sentimiento de animosidad, y que, según su razonamiento, ellas tenían la culpa de su desgracia. A esta visión del mundo contribuyeron ciertas observaciones de su abuela en las que estigmatizaba el carácter de su madre. Al mismo tiempo que este ataque y que sus propias experiencias dolorosas, a las que lo había conducido su misma madre al ponerlo al servicio de las dos niñas, oyó exponer, sobre todo a su abuela, lo reprobables que son las relaciones amorosas. Todo esto lo entendió, no de otro modo que otros muchachos u hombres, en el sentido de ¡cuánto hay que guardarse de las mujeres! Así, junto con su propio destino, se le había implantado la preparación necesaria para la perversión.
Comprenderemos mejor su manera de reaccionar al sentimiento de menosprecio cuando sepamos que él, el muchacho despreciado, decidió hacerse sacerdote, lo que en aquel pueblo no significaba nada menos que ser el primer hombre del pueblo en que vivía. Además, esta fantasía infantil de profesión nos muestra que ya en esta temprana etapa su meta (como católico) trataba de apartarlo de la Mujer y del Amor.
En la escuela pública fue el alumno más aplicado y dotado, y con poco esfuerzo quedó preparado para entrar en el Gymnasium17 (escuela de enseñanza media del primer grado). Pero después del segundo curso, que también terminó con mucho éxito, su tutor lo sacó de la escuela y lo puso a trabajar cuidando gansos. El destino de este muchacho, como vemos, no era en modo alguno adecuado para hacer de él un compañero (Mitspieler) como es debido en la sociedad.
Durante dos años cuidó gansos. Por fin, unos extraños que se interesaron por él convencieron a su tutor de que hiciera aprender algún oficio al muchacho dotado. Él quería ser mecánico. Su tutor lo obligó a entrar de aprendiz de tejedor. Tras un aprendizaje de tres años (tenía ya diecisiete) abandonó el oficio de tejedor, decisión que había tomado mucho antes, y entró como aprendiz en una fábrica técnica. Al mismo tiempo estudió con aplicación en una escuela técnica y, con sus esfuerzos, consiguió obtener una posición favorable.
Siendo todavía aprendiz de tejedor, encontró un amigo en el que depositó más confianza que en todas las demás personas. Al mismo tiempo, su sentimiento de la personalidad se amplió tanto que le fue posible ejercer su influencia sobre cualquier persona. No es de extrañar tampoco que su impulso adulto tomara la dirección correspondiente a su actitud anterior, desfavorable, ante la vida: distancia y una inclinación hacia las mujeres.18 Sintió una atracción especial hacia su amigo porque fue la primera persona que lo recibió con amor y, al mismo tiempo, bajo el látigo de su impulso sexual, trató de conseguir un dominio sobre alguna persona. Así, él era «el despreciado», relegado en todas partes, pero con ansia de triunfo, el seductor de su amigo y un homosexual activo.
Más tarde tuvo de vez en cuando relaciones normales. Pero las consideró siempre un fracaso. Por ejemplo, después de una relación sexual normal con una prostituta, el acto le pareció odioso. Sin embargo, este sentimiento no se encuentra solo entre los homosexuales. Nuestro paciente, en cambio, tomó su asco por signo de una «tendencia perversa innata», y se sintió tanto más atado a ella.
Desde hace algún tiempo le han planteado la cuestión del matrimonio. Se prometió con la muchacha que le presentaron, pero se sentía a disgusto y torpe al respecto, de modo que se le dio la opción de romper el compromiso si quería. En cuanto se prometió, vino a verme con su «homosexualidad hereditaria», no tanto para curarse como para que le confirmara la enfermedad y quedar así justificado para retirarse del compromiso. Entretanto se enamoró de una muchacha de catorce años (quizá solo para ganar tiempo) y rompió el compromiso. Su viejo miedo a las mujeres y su aversión hacia ellas, que se habían ido apoderando de él a causa de su peculiar destino, seguían sin superarse, aunque no eran inalterables con el tratamiento.
* * *
En estos dos casos estoy muy lejos de querer hablar de una curación de la homosexualidad, pero en ambos el tratamiento consiguió reducir la distancia entre el paciente y el sexo femenino. En el segundo caso, las perspectivas de que en poco tiempo se produzca una transformación esencial hacia lo normal parecen favorables. Pero quiero prevenir contra una subestimación de las dificultades de la profilaxis de la homosexualidad y de su terapia, extraordinariamente difícil. Por otra parte, hay que subrayar sin duda que la existencia de las dificultades no debe disuadir de la terapia.
De los casos anteriores, el primero se inclinaba más hacia un carácter femenino; el segundo, hacia un carácter masculino, y la aparente fijación de la homosexualidad se vio sacudida enseguida. Ambos pacientes se hicieron heterosexuales, aunque, desde luego, de forma incompleta. No debemos olvidar, sin embargo, cuánto tiempo necesita el joven normal para prepararse hasta que su función sexual sea suficiente. También al paciente mejorado hay que darle tiempo suficiente.
En muchos homosexuales el tratamiento se hace absolutamente necesario por otra razón. Son los casos en que, acompañando a la homosexualidad, hay otras neurosis tan llamativas que la curación es una exigencia vital. En los dos casos descritos había numerosos síntomas de naturaleza nerviosa que tenían su origen en el miedo a la sociedad, como hipocondría en el primer caso, e insomnio, rubor y timidez en el segundo. Estos hechos son especialmente claros en el caso siguiente, que muestra también la multiplicidad de la perversión, subrayada por muchos autores.
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La opinión más importante a la que he llegado estudiando la significación neurótica y psíquica de la perversión está en la comprensión creciente de la obstinación siniestra, a menudo bien oculta, del paciente. Se manifiesta en la infancia como una exigencia social sensible más fuerte, y en la vida posterior como una exigencia abrumadora. Tendremos ocasión de estudiar la forma infantil de esta obstinación como resultado deplorable de una educación inadecuada. A veces sucede algo notable: que el muchacho más digno cae en la obstinación y el negativismo para librarse de su sentimiento de menosprecio de sí mismo y sobrepasar a su padre. Todo esto puede suceder a partir de la falsa concepción y del deseo de llegar a ser un hombre hecho y derecho. Toda la voluntad y la conducta del niño pueden apuntar predominantemente en la dirección de «dem Vater das Spiel verderben» (literalmente, estropearle el juego al padre, es decir, contrariar al padre).
Hay entonces dos posibilidades de desarrollo ulterior. La primera es que, si el padre es amable, el niño oculte su despecho, aunque en su conducta actúe contra las expectativas de su padre mostrando una persistente ineptitud e incapacidad. En la segunda, cuando el padre es severo, esta severidad favorece un período de
desafío abierto, hasta que el niño pierde la fe y la confianza en sí mismo. En este último caso, sin embargo, se desarrolla una fuerte línea de precaución, cuya razón psicológica es que el niño trata de no perder su sentimiento de la personalidad en la comparación con su padre.
Esta línea de precaución conduce siempre, de manera decisiva, al importante problema social de la actitud ante la Mujer. El camino queda libre para las neurosis y, en circunstancias favorables, para las perversiones.
Recapitulando, podemos decir que en la historia previa de los homosexuales, además de las tendencias descritas (incertidumbre del carácter sexual, debilidad para decidirse, construcción de una vida futura sin la Mujer, búsqueda devoradora de triunfos), nunca falta una actitud consciente o inconsciente de hostilidad hacia el padre.
Quiero mencionar otro pequeño síntoma que encontramos con frecuencia tanto en el homosexual como en otros neuróticos, que se explica por una ambición secreta y a veces puede conducir a las conocidas formas de falsa benevolencia y de sensibilidad compasiva. Es la tendencia a dispensar continuamente favores y protección, como dar consejos, pequeños servicios y ayuda, caridad, advertencias y otros favores. Por ejemplo, el paciente, por solicitud hacia el transeúnte, quita una piedra del camino, o llama la atención sobre un clavo o un trozo de vidrio roto. O cepilla la ropa de otro o le endereza la corbata, etc., todo por pura solicitud por el bienestar y el aspecto del otro. Un individuo así da la impresión de una personalidad muy cuidadosa, cuyas empresas altruistas, importunas, pueden convertirse en una carga y una intromisión. Este cuidado y esta benevolencia extremos se vuelven sospechosos por lo exagerados y excesivos. El paciente carga sobre sus hombros los problemas de todos. Actúa por todos y desea relegar a todos los demás a la pasividad. Es el administrador de todos. Esta impresión se refuerza extraordinariamente con la investigación psicológica: cómo se mezcla en todo ello una actitud espía, reservada, gruñona y criticona en la conducta del paciente. Esta actitud ávida, dominante, agresiva y suavizadora parece la de una serpiente, y muy a menudo he podido encontrar en los homosexuales esta cualidad serpentina como una actividad compulsiva que se mueve por un camino tortuoso y de rodeo cuando se enfrenta a un problema que parece difícil. En el caso siguiente está presente esta actividad compulsiva.
Caso III
Caso III. Este paciente se presentó ante mí con la información de que es homosexual y padece terribles pensamientos obsesivos. Estos han perturbado su trabajo (es empleado privado19) en un grado poco común. De hecho, han trastornado su rendimiento profesional y sus estudios de comercio. Emprendió el estudio del ramo mercantil poco después de la muerte de su padre, para poder progresar más deprisa en su carrera. Tiene que mantener a su madre y a sí mismo.
Para su edad (veinticinco años) parece más bien débil, delicado, pálido, y tiene dientes de Hutchinson.20 Preguntado por su padre, declaró que había muerto, en el curso de una parálisis, de un accidente.21 El paciente es hijo único y nació tarde en el matrimonio. Su madre tenía unos cinco años más que el padre.
La sífilis como causa de numerosas lesiones del desarrollo, que pueden afectar a todos los órganos, está documentada en los trabajos de los patólogos y los pediatras (véanse, por ejemplo, los trabajos de Hochsinger). Es, pues, perfectamente comprensible que en hijos de padres luéticos, en el curso de una infancia enfermiza, pueda aparecer un sentimiento de menosprecio de sí mismo. La angustia de los padres por el niño enfermizo agrava la situación. En otros casos, a su vez, el padre, por su sentimiento de degradación a causa de su lúes, instaura un estado de miedo o cultiva una hipocondría. Pero este sentimiento de debilidad e incertidumbre se impone siempre en el alma del niño.
En casa de nuestro paciente reinaba una vida familiar ideal. Los padres eran personas inteligentes y amables, y la madre, que apenas dejaba a su único hijo apartarse de su lado, sabía hacer desaparecer enseguida, con amistosa condescendencia, los ocasionales caprichos y malhumores de su marido. Hay un hecho que destaca en el recuerdo de nuestro paciente: que era débil, que siempre se lo vigilaba con atención y que padecía algún defecto del habla, del que sus parientes se burlaban a veces.
Relató su desarrollo, lo que nos permitió obtener poco a poco una guía sobre su Lebenslinie.22 Había en él algunos propósitos marcadamente grandes. Su madre estaba entregada a su crianza y a su cuidado, y él mismo, a los tres o cuatro años, contaba tanto con esta dedicación y trataba de fomentarla de tal modo que más tarde se sentía tristemente ofendido cuando su madre no estaba con él. Vemos aquí ese error de educación que con más frecuencia tiende a minar la confianza del niño en sí mismo y lo convierte en un cobarde ante la vida. Con esta actitud de su madre concuerda otro hecho: que su madre desconfiaba siempre abiertamente de la criada y nunca daba a nuestro paciente ocasión de estar a solas con ninguna muchacha; es más, lo asustaba con palabras para apartarlo de ellas. Y así sucedió que a él, que ejercía un dominio sobre su madre, se le negó pronto y definitivamente una orientación social hacia delante, no porque creyera que tenía que conquistar mucho dominio, sino por desconfianza.
Por otra parte, otro recuerdo nos servirá de guía para su despecho y su rivalidad hacia su padre, y nos muestra al mismo tiempo que el dominio sobre su madre era insuficiente. Dormía en una habitación contigua a la de sus padres (tendría entonces unos seis años), y cuando sus padres se retiraron saltó de la cama en un ataque de ira como no había tenido nunca, agarró un palo y golpeó la estufa hasta que su madre vino a calmarlo. Recuerda también que a menudo, antes de dormirse, llamaba a su madre y le pedía que le hiciera toda clase de cosas.
Esta tendencia a dominar a su madre y ponerla a su servicio, procurándose así un barato sentimiento de despotismo, se daba con una frecuencia escandalosa. Freud podría descubrir fácilmente una tendencia incestuosa, traducir todas las manifestaciones externas del paciente al lenguaje sexual y obtener así lo que él llama «la etiología sexual de la homosexualidad». Nuestro paciente, sin embargo, declara que hasta los doce años, probablemente a consecuencia de la estrecha vigilancia de su madre, carecía de todo conocimiento del sexo, de todo interés y de toda emoción. Las incitaciones de su padre las soportaba sin comprenderlas, impotente y quizá también con despecho. Además, podemos entender fácilmente que este niño buscara un apoyo para su sentimiento de inferioridad, que encontró en su madre, y que no se agarrara a su padre, porque su padre estaba menos capacitado para responderle. Dejo al juicio del conocedor más experimentado del alma infantil por qué este muchacho tuvo que apoyarse en su madre, mientras la arbitrariedad de la escuela freudiana deriva el desarrollo anímico del muchacho, en todas sus ramificaciones, de una tendencia incestuosa impulsiva sexual.
* * *
En esta corriente, en la que debía desarrollarse el alma del muchacho, no solo estaba el motivo de extender cada vez más su tiranía sobre su madre, sino el de hacerse valer ante ella por medio del amor y, a veces, de la ira. La antítesis del padre está también nítidamente dibujada, pero, como este evitaba ejercer ninguna presión sobre el muchacho, se disipaban el desafío abierto o la hostilidad abierta. Evitarlo del todo era imposible, porque la superioridad del padre, por la naturaleza misma de las cosas, oprimía al muchacho en su reserva, de modo que, cuando pedía ayuda a su padre en los problemas de matemáticas, siempre, quizá inconscientemente, mediante una incomprensión afectada, provocaba la ira y la excitación de su padre.
La circunstancia ya mencionada de la debilidad corporal del paciente contribuyó también a agravar la situación, por cuanto el padre era excepcionalmente grande y fuerte. La antítesis se acentuó aún más cuando el padre instaba al muchacho a no portarse como una niña, siempre colgado de su madre, sino a comportarse como un chico y jugar con chicos. Comprendemos que, por el profundo antagonismo del padre, este no fuera apto para ser el guía adecuado, porque siempre tenía que luchar contra la
resistencia del muchacho. Pero el padre estaba condenado a fracasar también por otra razón. Es la misma razón por la que el tratamiento puede exponerse al fracaso: el paciente, como niño inseguro, construyó su ambición compensatoria de tal modo que solo es capaz de seguir los caminos que hacen resaltar su propia superioridad y no la de su padre o, más tarde, la del médico.
Así vemos, como en general en los niños nerviosos, que el muchacho está expuesto a caer en un estado de negativismo compensatorio, en un carácter abiertamente desafiante, angustiado, sádico. Pero esta posibilidad le quedó cerrada por la conducta amable y amistosa del padre, que, de hecho, con su persuasión y su ternura, trataba de sacar a relucir su talento. Frente a esta conducta, al muchacho no le quedaba más que una única contrajugada: aumentar y recibir, por caminos de rodeo semejantes, el amor de su padre, para asegurar también su dominio sobre él, pero al mismo tiempo, con la actitud pasiva estereotipada y la ineptitud rápidamente aprendidas, destruir las exigencias de hombría que su padre le planteaba.
En este estado mental, cuya única prueba es su despotismo sobre su madre y la subordinación de esta a él, tienen que aparecer también signos de superioridad sobre su padre, ya que toda acción y toda disposición están condicionadas por su meta ficticia o imaginaria, a saber, su afán de poder, a pesar de su debilidad corporal e infantil, por medios evasivos, indirectos y furtivos, nunca por la agresión directa o el desafío. Quizá puedan reconstruirse algunas disposiciones de lucha que muestren hechos y acciones preparatorias que más tarde podían convertirse en realidades o que ayudan a comprender tempranamente el curso de su fantasía. Así, por ejemplo, de niño desordenaba primero la almohada y luego la colcha para encontrar un motivo para llamar a su madre y apartarla así del lado de su padre; en la vida posterior, ya adulto, la misma propensión se manifiesta cuando intentó persuadir a su madre de que se separara de su padre, sobre cuya fidelidad trató de arrojar sospechas.
Sus medidas eran, como vemos, astutas y secretas. Nunca se atrevía a la acción abierta. Por eso tenía que manifestar necesariamente relaciones múltiples, a menudo escindidas en dos, y rasgos de carácter aparentemente muy contradictorios (la mal entendida «escisión de la personalidad» de algunos autores), que de modo semejante se basaban en la demostración de su superioridad. Por ejemplo, tenía que mostrar tanto amor, diligencia y esfuerzo que no perdiera prestigio a los ojos de su padre y de su madre. Después lo demolía todo. Y, por otra parte, perseveraba en tantas obstinaciones solapadas contra ambos que los dos tenían continuamente las manos llenas con él. Después poseyó también su despecho, así como alguna incapacidad.23 Mostraba otros indicios del neurótico, como enuresis, tartamudeo o masturbación.
El médico debe esperar y explicar en el tratamiento fenómenos de este tipo; porque en la psique del neurótico se encuentran, sin duda, las emociones más contrarias: amor y odio, desafío y sumisión, tiranía y resignación, sadismo y masoquismo, actividad y pasividad, homosexualidad y heterosexualidad. Todos ellos no son más que medios para alcanzar la superioridad. ¡Una vez alcanzado este resultado final imaginario, desaparece toda contradicción!
Si queremos convencernos de nuevo de si hemos encontrado el camino correcto, tenemos que buscar ayuda en otros recuerdos de infancia y ver si en ellos encontramos de nuevo el mismo camino, y solo el mismo. Por ejemplo, en los «sueños inolvidables» de la infancia, con la esperanza de encontrar en ellos la base de la táctica del paciente. Uno
de esos sueños, cuando nuestro paciente tenía seis años, fue así: «Subía a una montaña en cuya cumbre me esperaba mi madre. La subía serpenteando. Detrás de mí un hombre seguía el mismo camino. Iba vestido de guardia, y yo tenía la sensación de que quería hacerme algo». Si interpretamos este sueño desinteresadamente, encontramos que denota: 1) un esfuerzo hacia arriba; 2) la lucha por llegar a la madre; 3) el secreto y la astucia del camino de rodeo; 4) la posición hostil del padre.
Un segundo sueño, cuando tenía siete años, fue así: «Iba con mi padre por la calle. Detrás de nosotros venía una persona que se portaba como un loco. Cortaba la cabeza a toda la gente». Este sueño, que no puede entenderse bien sin algunos supuestos, es al menos evidente en un aspecto: cuán llena de peligros consideraba nuestro paciente la vida fuera de casa («en la calle»).
Si tenemos en cuenta, además, las preparaciones de este muchacho, que siguen tan claramente la línea de la «seguridad» y del vuelo hacia la superioridad sobre todos los demás, tenemos que esperar encontrarla de nuevo en todos los demás campos de su actividad. Sobre todo tiene que darse en sus juegos y en sus ocupaciones favoritas, porque el niño los entiende preferentemente como «actos preparatorios» para la vida. En efecto, el paciente declara que nunca, o solo obligado, jugaba con otros niños, y que desde su más temprana infancia jugaba casi exclusivamente con trenes y que le interesaba especialmente el mecanismo del tren.
Por material anterior (véase mi obra Heilen und Bilden) tengo que admitir que esta curiosidad del niño por los mecanismos da lugar a una gran incertidumbre respecto de su comprensión, que exige una búsqueda y un tanteo para tranquilizarse. Al mismo tiempo comprendemos que esa ocupación no revelaría una naturaleza combativa, como la revelarían otras muchas. ¿No es esta la misma impresión de la que se quejaba el padre, que nuestro paciente se comportaba más como una niña que como un chico? Si recordamos el aspecto delicado del paciente, los rizos que llevaba, los vestidos de niña que llevó hasta los cinco años y que casi hasta la pubertad no tuvo una comprensión clara de la diferencia de los sexos, ni siquiera de su propio carácter sexual, se refuerza la impresión de que la incertidumbre de su comprensión, también respecto de su carácter sexual, actuó como factor agravante.
Respecto de las niñas, puedo hacer la afirmación análoga de que pelearse y forcejear, trepar y correr, el deporte excesivo y los sueños de tales hazañas, como han subrayado Smith y Stanley Hall, apuntan a un descontento con el carácter femenino y a una «protesta masculina» contra él. En el cuadro de nuestro paciente aparece una nota nueva, agravante, que nos convence de nuevo de que él, incierto en su comprensión respecto de su futuro papel sexual, renuncia al afán masculino de poder.
En su comunicación, no influida, el paciente declara que hacia los diez años se le ocurrió la idea de que, cuando nace un niño, el vientre de la madre revienta. Por la misma época padecía una fobia a que reventara la caldera de su tren de juguete. Aquí encontramos, en forma de fobia, un curso oculto de pensamientos y emociones que lleva necesariamente en sí una protesta contra el carácter femenino. Por otra circunstancia más le fue posible verse obligado a desempeñar un papel femenino. Todos los días de su infancia transcurrieron en compañía de una prima de seis años24 que influía en él por su excepcional energía, valor y atención. Casi siempre jugaban a casarse. Nuestro paciente tenía que hacer el papel de la «novia» y llevaba
una larga cola, mientras que la niña hacía el papel del «novio». Esto equivale a decir que la inferioridad orgánica del muchacho lo hacía aniñado y que como chico no ejercía influencia.25 En consecuencia, aceptó calladamente la idea tácita de que podía decidir adoptar un carácter masculino o uno femenino, es decir, era incierto respecto de su carácter sexual.
Si tenemos en cuenta esta incertidumbre respecto de su carácter sexual (resultado de su aislamiento por obra de su madre neurótica, que a su vez se volvió tarde hacia su carácter femenino y temía un segundo hijo, quizá por la angustia excesiva que le había causado el primero)26, resultado, además, de la angustia del padre luético por el futuro, que decidió demasiado tarde dejar al muchacho corretear libremente, tenemos ante nosotros el desarrollo de un niño orgánicamente inferior cuyo sentimiento de hombría insuficiente se vio sostenido por la tradición familiar nerviosa, hasta que encontró el camino para acumular y acrecentar los sentimientos de inferioridad a fin de descargarlos después hacia una meta del esfuerzo más ambicioso: ¡eludir la prueba (de la masculinidad) mediante la feminidad y, sin embargo, ganar superioridad sobre los hombres con la actitud femenina y los medios femeninos! A los dieciséis años, el paciente hizo a menudo un papel femenino en una representación teatral escolar. Sus compañeros lo admiraban, y coqueteó con un desconocido, un visitante, que lo tomó por una muchacha.
Antes, a los doce años, se produjo un suceso que reforzó decididamente su renuncia inconsciente a la mujer. Desde los ocho años tenía tendencias a la masturbación (masturbación entre los muslos), sin ninguna seducción en el juego, cosa que en esta forma de masturbación quizá se encuentra siempre. Cuatro años más tarde descubrió, durante un contacto sexual (onanismo mutuo) con un compañero de escuela en una casa de baños, que tenía fimosis. A un muchacho ambicioso una afección así le parece un defecto terrible. Este incidente muestra lo que describí por primera vez como menosprecio sexual de sí mismo, o inferioridad, concomitante: la fimosis les parece a los pacientes un signo de degeneración periférica a causa de una inferioridad en otra parte.26 Por eso el paciente reúne todos sus recursos naturales para abandonar la persecución de la mujer, porque los medios de la fuerza sexual le parecen menoscabados.27 Desde entonces la mujer deja de tener para él ninguna influencia ni importancia, porque cree que es incompetente para tomar una decisión.28 Ahora se ve llevado más cerca del lado del hombre, para gozar algún día de la homosexualidad pura y simple.
No llegó de repente a esta decisión, ni mucho menos lo tomó por sorpresa. Toda una serie de preliminares, en los que su participación activa era indispensable, muestran su tendencia activa hacia la perversión, aunque, desde luego, de un modo que le permite renunciar a toda responsabilidad, a la manera de un autoengaño. De sus preliminares quiero subrayar los más significativos: la agrupación y la valoración neuróticas, tendenciosas, de los hechos, la desvalorización de la mujer y las «medidas de endurecimiento».
A los dieciséis años nuestro paciente tuvo su primera experiencia homosexual. En esa etapa ya estaba iniciado en todos los secretos de la sexualidad, pero con las muchachas en general era frío. Mirada más de cerca, esta afirmación parece inexacta. Tenía inclinaciones vagas hacia las muchachas, pero el paciente nunca concibió la posibilidad
de nada más que un acercamiento puramente amistoso. A consecuencia de su Lebensplan necesitaba distancia respecto de las muchachas, y la creó. Exagerando las dificultades, subrayando tendenciosamente los defectos de la muchacha, confirmando erróneamente, como se vio después, su indiferencia hacia él, engañándose a sí mismo sobre la astucia y la malicia femeninas, siempre conseguía ahuyentarse a sí mismo y sofocar todo interés naciente. Al mismo tiempo aprendió el aire, la manera que tenía que asustar a las muchachas, y esto lo gobernaba instintivamente. Y con tanta más fuerza situaba el grado de atracción que ejercían sobre él los muchachos, ya fuera en las excursiones o en el baño. Durante mucho tiempo no pasó de devaneos platónicos, por lo común besos y abrazos. Dos veces, recuerda, practicó el contacto de los genitales. Estos contactos, que preparó tras detenida reflexión y diplomática preparación, los consideró una señal del cielo, y confirmaron su creencia en su homosexualidad hereditaria.
Sus excitaciones lo llevaban sobre todo a la masturbación entre los muslos, que su padre trataba de refrenar con insinuaciones veladas. En la pubertad, cuando ya era plenamente homosexual, ligaba siempre sus excitaciones sexuales a fantasías homosexuales, que se referían sobre todo a muchachos delicados a los que podía vencer sin esfuerzo, o a hombres fuertes, gigantescos, que, vencidos por su encanto, se veían obligados por él a ponerse en su poder. El acto imaginario presentaba una situación en la que (dándose plena cuenta de su incongruencia) mostraba un cambio a una naturaleza femenina o bien (esta fantasía se consolida de manera más interesante más adelante) practicaba la felación recíproca.
Este estado de desarrollo requiere una consideración más detenida. Si damos por resuelta nuestra tarea de reducir la homosexualidad a un sentimiento de insuficiencia, o si damos por establecido el intento de alcanzar más fácilmente el ideal imaginario de superioridad mediante la renuncia a la mujer, nos confundirán las ocasionales inclinaciones del perverso hacia muchachas bonitas tanto como a los partidarios de la sexualidad hereditaria. Si lo examinamos más de cerca, encontramos que el paciente desvalorizó sistemáticamente las verdaderas emociones naturales de su carácter masculino durante tanto tiempo que dejó de ser consciente de ellas. Y ligó intencionadamente toda inclinación a acercarse al sexo femenino, porque era peligrosa para su Lebensplan («plan de vida») neurótico. El debilitamiento principal de su actividad le quedaba tan cerca que lo favoreció hasta verse impedido en toda iniciativa frente a los hombres. Tuvo relaciones homosexuales con tres hombres, pero nunca fue agresivo; su conducta no fue más que una tímida coquetería. En su infancia, como lo hemos visto, en lugar de librar una lucha abierta siguió siendo siempre, incluso hasta el tratamiento, el objeto de la conquista. Nunca tuvo ocasión de aprender la agresión, y en el amor había perdido por completo la confianza en su fuerza. La última posibilidad se presentó con la fimosis, que le pareció poco viril. Por eso volvió al impulso de su infancia: sentirse el más fuerte eliminando a la mujer y conquistando al hombre por caminos de astucia y con el empleo de medios femeninos.
En el deseo de dominar a su madre este resultado no podía darse, porque su padre tenía más razón y mayor influencia, y así la escena infantil en que golpeó furioso la estufa nos muestra el sentimiento de su derrota frente a su padre. Si ahora tenía alguna inclinación hacia las muchachas, era solo para ejercitarse en la renuncia, para construir con más seguridad su distancia respecto del sexo femenino y aprender a abandonar enseguida relaciones apenas anudadas. Este artificio del «endurecimiento», un ingrediente de la tendencia preparatoria de aseguramiento, tiene la mayor importancia en el mecanismo
de la neurosis y nos enseña de manera impresionante cómo la Lebenslinie individual del neurótico, una vez establecida, y su meta se vuelven decisivas. Agrupan los recuerdos, elevan vivencias a rango y dignidad o las hunden en el olvido, desmenuzan su significación, aumentan sensibilidades o las extinguen, utilizan debilidades y defectos para fintas y artificios, azuzan la vida instintiva o la moldean de otro modo, suscitan emociones licenciosas, perversiones, rasgos fetichistas, o las dejan desaparecer de nuevo tras una mera existencia y significación, y están en todo momento en condiciones de hacer algo de la nada o nada de algo.
Es un hecho bien establecido que la vida anímica del neurótico (y por tanto también la neurosis misma, sin necesidad de conocer su mecanismo) está tan claramente ante los ojos que es más probable que se pase por alto.29
Se encuentra también en la masturbación voluptuosa de nuestro paciente, y podemos afirmar con razón que su homosexualidad solo fue posible gracias a las preparaciones homosexuales arregladas en su fantasía, que le servían también para su masturbación. Toda la actitud de su homosexualidad posterior puede encontrarse y demostrarse como preparación en sus fantasías masturbatorias, e incluso en sus sueños anteriores. De ello se sigue que el síntoma neurótico de la homosexualidad, como todos los demás síntomas de la neurosis, está elaborado y arreglado, y que se une a las múltiples pruebas del Lebensplan inconsciente del paciente.
En cuanto a la significación de la masturbación en la neurosis (abordaré en otro trabajo un examen más concluyente de esta perversión), vemos en todos los casos lo siguiente:
Ocasionada por estados de irritación reales, se hace enseguida utilizable para el esquema neurótico.
Los sentimientos de culpa que la acompañan ayudan a poner la masturbación en su verdadera luz o a salvaguardarse de un exceso; son también prueba de la «sexualidad desbordante» del paciente.
Las fantasías que la acompañan deben considerarse preparaciones que delatan la meta del neurótico, ante la que este se asusta y retrocede.
Hay un sentimiento de inferioridad o un miedo a la derrota, que culminan ambos en un miedo a la pareja sexual y en un intento del paciente de aplazar su decisión.
En cuanto a este último punto, el miedo a la decisión, encontramos en nuestro paciente una gran inhibición de la agresión, como en los demás aspectos de su vida. Su reserva frente a su pareja sexual del mismo sexo es exactamente tan grande como su distancia respecto de la vida en general, una concordancia que nos muestra que hemos determinado correctamente la Lebenslinie del paciente. ¿No estaba su actitud, descrita antes, hacia su padre, su madre y el Hombre determinada inconsciente e invariablemente por su sentimiento de inferioridad, por su miedo a la decisión y por su meta desmedida de gobernar a quienes lo rodeaban? También sus artificios superfluos, la insinuación (a la manera de una serpiente), su despecho secreto, su incapacidad parcial, fingida, cuando se le planteaban cuestiones de cualquier tipo, su paso a maneras poco viriles o, lo que es lo mismo, «femeninas», y sobre todo su bien preparada adopción de una dirección homosexual con todos los rasgos individuales sucesivamente completados que le pertenecen: todo esto demuestra que el paciente manejó sus verdaderos pensamientos, sentimientos y deseos hasta dar con su «correcta» elección de neurosis. En vista de los intentos infructuosos que se han hecho hasta ahora para comprender la elección de neurosis, quiero señalar
a partir de mis investigaciones que el paciente adquiere finalmente aquella neurosis que mejor corresponde a su meta ficticia y al Lebensplan que le pertenece.
Como nuestro paciente había llegado a practicar el onanismo mutuo con un compañero de escuela en una casa de baños, tuvo que hacer un nuevo arreglo con el que asegurar y fijar su desarrollo homosexual. Por eso dotó a la homosexualidad del más encantador atractivo, la ensalzó como la forma más elevada del amor y desvalorizó lo normal, que trataba de considerar bajo, vulgar y bestial. También en esto obtuvo fuerza de su Lebensplan.
En mi obra Ueber den nervösen Charakter he descrito por extenso estos atractivos, falsedades, desvalorizaciones y sobrestimaciones de la vida mental del neurótico como preparaciones y arreglos con el fin de elevar su propio sentimiento de la personalidad. Las «medidas de endurecimiento» prepararon a nuestro paciente para otras degeneraciones del homosexual, a saber, para la felación mutua, para extinguir el último rastro de aversión y de resistencia y dar a la homosexualidad, por medio de esta perversión, una santificación, por así decirlo, más alta. Ocurrió el siguiente suceso, que desconcertó al paciente: se despertó una mañana con el vago recuerdo de haber bebido orina de un vaso. En el vaso quedaban todavía restos de orina. Esto sucedió en una época en que resistía los esfuerzos de un amigo para inducirlo a practicar la felación. Poco después cedió.
Entre estas dos experiencias homosexuales se intercalan otras dos, de una de las cuales quiero señalar la prueba de su persistente papel pasivo. Un día nuestro paciente se rozó en un urinario público con un hombre que le había llamado la atención primero por su abrigo gastado. (La ropa elegante, exteriormente minuciosa, de muchos homosexuales, que mostraba también nuestro paciente, nos muestra el sentimiento de debilidad subyacente, que busca compensarse con la apariencia exterior y servir al mismo tiempo de soborno). Las miradas de ambos se cruzaron y se entendieron. Esta condición del reconocimiento mutuo entre homosexuales es bastante desconcertante. Muy rara vez se equivocan unos con otros. A mis preguntas sobre este punto recibo siempre respuestas generales. «Der Blick bleibht hängen!» («La mirada se queda fija») es como lo expresan la mayoría de los pacientes, lo cual, sin embargo, expresa el hecho más que la causa. Y, sin embargo, en vista de las innumerables preparaciones del homosexual, esta seguridad de juicio no es difícil de entender. El acto de reconocimiento es evidentemente inconsciente, pero bajo el constante tanteo y prueba de la mirada se convierte en una especie de pregunta y respuesta fáciles de entender. El ojo asume la tarea de expresar la comprensión y la preparación mutuas. Aunque nuestro paciente estaba seguro de su hombre, se apartó de la persecución del homosexual que lo perseguía, abandonó por insensato el plan de conocerlo mejor y se marchó con pensamientos de advertencia que lo exhortaban a una mayor precaución. En sus relaciones posteriores nunca fue el que buscaba y siempre actuó con la mayor precaución. Poco después fue víctima de un chantajista que lo acusó injustamente de haberle hecho proposiciones ilícitas. Bien podemos comprender que esta experiencia lo afianzara en su pasividad.
Apenas había entrado en la escuela superior cuando murió su padre. Esto lo obligó a buscar un empleo. No nos sorprenderá saber que el paciente, que quería eludir toda agresión y toda incertidumbre, decidió emprender una carrera pública.
Pero esto entra en contradicción con su tendencia a la pasividad y con su ambición. La imagen de su padre, que había conseguido en la vida más que él, se le aparecía siempre
delante. Así llegó imperceptiblemente a la conclusión de seguir la carrera judicial. Pero su actitud habitual exigía que siguiera siendo irresponsable de todo su futuro. Después se hace evidente que su empleo lo cansaba, sus pensamientos divagaban y finalmente aparecieron pensamientos obsesivos que le impedían trabajar, pero que contenían sus ideas de grandeza, latentes pero poderosas. En su fantasía construyó la idea de «un poder superior» con el que mantenía diálogos y al que podía poner a su servicio. Es decir, cultivaba la idea30 de ser más fuerte que cualquier poder conocido, y esto mediante algún encantamiento secreto. El triunfo y la excitación con que se hacía feliz solo podían venir, desde luego, de un extraordinario estado de sobrevaloración. Este juego transcurría más o menos del modo siguiente: si tenía que terminar una cuenta, se le ocurría que quizá su madre moriría si no la acababa en un tiempo determinado. Entonces invocaba al «poder superior», al que ofrecía como soborno la mitad del cigarrillo fumado, y después podía seguir trabajando en paz. De este modo llegó a considerar que la vida continuada de su madre se debía a su propia voluntad y obra. Con esta neurosis obsesiva se perdía mucho tiempo; eso es seguro. Pero ¿no era el «tiempo» el mayor peligro para este joven que, a consecuencia de su capacidad vital,31 se sentía condenado a la pasividad? ¿Y no es esta exactamente la línea que lo condujo a la homosexualidad, solo para no tener que estar en guardia frente a la mujer?
Psicológicamente considerados, su homosexualidad y su neurosis obsesiva tenían el mismo valor; ambas eran artificios, encantamientos. El paciente buscaba el triunfo, pero no se atrevía a conseguirlo de un modo normalmente agresivo. Se entiende por sí mismo que sus estudios incipientes tuvieran algo que ver con su neurosis obsesiva, pero él contemplaba la imagen de una superioridad divina sobre todos, que no podía expresarse ni favorecerse por una nimiedad «hereditaria» o enfermiza.
El complejo de síntomas nos da la impresión de la paranoia y de la demencia precoz, con las que la homosexualidad linda en muchos puntos. Vemos claramente el factor impulsor en la tendencia a eludir, por su propia incertidumbre, las expectativas y exigencias de la sociedad y a quitarse de encima su responsabilidad mediante la legitimación por la enfermedad o subrayando su lado hereditario, en caso de que no se alcance la superioridad que él mismo se exige.32
* * *
El momento en que apareció su neurosis obsesiva nos confirma de nuevo la exactitud de nuestra comprensión. Un año antes nuestro paciente había tenido relaciones homosexuales con un amigo, y más tarde tuvo trato con una muchacha.33 Esta situación le pareció tan humillante que la abandonó por completo. Poco después su ambición encontró compensación en la imaginación de «un poder superior» que le estaba sometido. En este estado de desamparo llegó a mi tratamiento, inquebrantable en su creencia de que su homosexualidad era inalterable. Se veía fácilmente que su visita no nacía del deseo de librarse de la homosexualidad, sino que era un intento de convencerse de la inutilidad del tratamiento para poder justificar una recaída en sus relaciones perversas. Podemos comprender qué dificultades nuevas y mayores para el tratamiento nacen de esta agrupación, nada inusual.
Pero no solo se reveló pronto la inclinación a perdonar a su amigo. Dimos con una circunstancia que lo autorizaba en el más alto grado a mostrarse indulgente. Desde hacía algún tiempo vivía en la misma casa que él una pariente lejana que consideraba su homosexualidad peligrosa, o que podía llegar a serlo.34 El hecho de que fuera una pariente, y por eso estuviera más cerca de él, y su simpatía por él, lo obligaron a apartarse de ella tanto más. Para poner la conducta de ella en armonía con su Lebensplan, es decir, para frustrarla, tuvo que recurrir a su fiable método de las «medidas de endurecimiento». A menudo se sometía a toda clase de pruebas para determinar si podía contrarrestar y detener el encanto de la muchacha. Y siempre conseguía salvaguardarse así. Todas estas pruebas no nos impresionan en absoluto: era un administrador corrompido. Y encontramos un indicio sorprendentemente fuerte en el curioso fenómeno siguiente: si aparecía un pretendiente que empezaba a cortejar a la muchacha, a nuestro paciente le invadía un sentimiento que describía como parecido a los celos. Y no descansaba hasta que, con críticas mordaces o con toda clase de pequeñas intrigas, conseguía desanimar por completo al pretendiente. Si, por el contrario, la muchacha se quedaba sin pretendiente durante algún tiempo, ideaba diversos planes para casarla cuanto antes. Vemos su viejo juego, que siempre arreglaba incluso en su empleo. Porque cada paso adelante lo acercaba a una decisión, pero todo su plan de vida consistía en evitar toda prueba, porque había perdido la confianza en sí mismo.
Como su pariente volvió a quedarse durante más tiempo sin pretendiente y se apegó algo más a él, dio un paso más para salvaguardarse y le confesó que era homosexual. Esta confesión, sin embargo, no hizo en la muchacha la impresión deseada. Al contrario, trató de atraerlo todavía más para salvarlo: una fantasía de muchacha que se encuentra con frecuencia.
Él empezó entonces a ver con indulgencia la infidelidad de su amigo, pero trató de atraerlo para escapar de la intimidad de la muchacha.35
Vino a verme con la plena esperanza de que yo confirmaría su propia opinión sobre la inalterabilidad de la perversión, acerca de la cual había leído en las obras de autores conocidos. Al cabo de algún tiempo pude exponer una opinión contraria. Después conseguí apartarlo de su homosexualidad, pero durante dos años esperé en vano un cambio hacia lo normal en sus relaciones con las mujeres. Todo el progreso que pude obtener en este paciente, aunque a menudo interrumpía el tratamiento contra mi voluntad, consistió, según me dijo intencionadamente el paciente dos años después, en que se entregó a la masturbación y a prácticas masoquistas ocasionales con prostitutas. Quería demostrar que seguía sin ser apto para la mujer. También en sus estudios está muy atrasado. Sus pensamientos obsesivos, sin embargo, han desaparecido, pero en su lugar busca su distancia respecto de la vida mediante una somnolencia paroxística en cuanto empieza a estudiar.
* * *
No creo que se me pueda acusar de embellecer las cosas. En el futuro espero obtener mejores resultados. Siempre es para mí una gran satisfacción haber hecho avanzar la opinión de los especialistas sobre la naturaleza de la perversión como un artificio, como un método de vida mal elegido pero ingeniosamente preparado, gastado en ambición, pero que no devuelve el poder y que tiene que contar con las exigencias de la sociedad. Con esta afirmación quiero decir al mismo tiempo que la homosexualidad debe añadirse a las neurosis y considerarse en la misma categoría.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre las imágenes del número digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «The Homosexual Problem», The Alienist and Neurologist (St. Louis), vol. 38, n.º 3, agosto de 1917, págs. 268-287; texto completo, sin nombre de traductor. Relación con las versiones alemanas: es la traducción inglesa de un texto alemán de Adler emparentado con el folleto Das Problem der Homosexualität (Múnich, Ernst Reinhardt, 1917), del que no hay facsímil en el archivo. Coincide, a menudo frase por frase, con la primera parte de la segunda edición, Das Problem der Homosexualität. Erotisches Training und erotischer Rückzug (Leipzig, Hirzel, 1930), pero es más breve: solo trae tres casos (los tres primeros de los siete de 1930), le faltan el dictamen pericial de 1917 y las consideraciones finales de aquella edición, y el caso III acaba con la interrupción del tratamiento, sin la continuación de 1914 que añade la de 1930. Como las obras citadas no pasan de 1914 y el propio Adler remite en 1920 («Die individuelle Psychologie der Prostitution») a un «The Homosexual Problem» aparecido en The Urologic and Cutaneous Review, Technical Supplement (St. Louis), en octubre de 1914 (no cotejado), es probable que el texto de 1917 reproduzca esa traducción de 1914 y refleje una redacción alemana anterior al folleto. Es un texto distinto de la conferencia «Über die Homosexualität» (Zúrich, 1918). Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español del texto inglés, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). La traducción inglesa de 1917 es a menudo literal y torpe, y en varios pasajes contradice el sentido del alemán de 1930; se traduce tal como está, y las divergencias más importantes se señalan en notas del traductor, que citan el alemán de 1930 como término de comparación (no como texto seguro de 1914 o 1917). Se conservan las palabras alemanas que deja el inglés (Lebensplan, Lebenslinie, Knabenliebe, mitzuspielen, Mitspieler), las cursivas, las mayúsculas de «Hombre» y «Mujer», los asteriscos de separación y las notas del autor, numeradas correlativamente, con la traducción de los títulos entre corchetes. Self-depreciation se traduce «menosprecio de sí mismo»; depreciation, «desvalorización»; expansion-tendency, «tendencia expansiva»; attitude of hesitation, «actitud vacilante»; guiding-picture, «imagen directriz»; safeguards, «salvaguardias»; arrangement, «arreglo»; feeling of personality, «sentimiento de la personalidad»; spiritual (calco de seelisch), «anímico»; obstinacy, «obstinación», y spite, spitefulness, «despecho»; compulsion neurosis, compulsive thoughts, «neurosis obsesiva», «pensamientos obsesivos»; homosexualist, como homosexual, «homosexual»; social interests, «sentimiento de comunidad», y public spirit, sense of mutual association, «sentido de comunidad» (véanse las notas). La terminología médica de la época («perversión», «perverso», «anomalía», «degeneración», «curación») se traduce literalmente, sin suavizarla, porque forma parte del documento. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
«Ed.»: nota de la redacción de The Alienist and Neurologist, intercalada en el texto de Adler. (N. del T.) ↩
Pasaje confuso en la traducción inglesa, que se traduce tal cual. En la versión alemana de 1930 el sentido es este: es fácil ver que se trata en lo esencial de salvaguardias socialmente necesarias (y, de paso, de la apariencia de superioridad sobre el perverso), pero hay que subrayarlo, porque cabría llegar a la idea de que el rechazo de la homosexualidad delata la lucha contra la propia inclinación homosexual; de hecho, por ese camino se ha intentado sumar al número de los homosexuales a quienes se oponen a tolerar la perversión. (N. del T.) ↩
Knabenliebe: «amor a los muchachos». El original inglés da la palabra alemana con la glosa «pederasty» entre paréntesis; se conserva. (N. del T.) ↩
Adler. Ueber den nervösen Charakter [Sobre el carácter nervioso]. Bergmann, Wiesbaden, 1912. Adler. Heilen und Bilden [Curar y educar]. Rheinhardt, Múnich, 1914; además, «Zeitschrift für Individual Psychologie», 1914. ↩
El alemán de 1930 dice «un cuerpo más unitario que quizá ningún otro Estado». En el mismo pasaje, donde el inglés habla de «la benevolencia de la familiaridad» y de una «dirección nacional», el alemán dice que los excesos eran reconducidos en favor de la comunidad y que la homosexualidad tomó así una dirección «educativa, provechosa para el pueblo». (N. del T.) ↩
Sense of mutual association, common feeling of mutual association: en el alemán de 1930, Gemeinsinn, que se traduce «sentido de comunidad»; idea of mutual association corresponde a Gemeinschaftsidee, «idea de comunidad». (N. del T.) ↩
Mitzuspielen: «tomar parte en el juego, jugar con los demás»; el original inglés deja el verbo en alemán. De la misma familia son nichtmitspielen, «no tomar parte en el juego», y Mitspieler, «compañero de juego», que el inglés traduce partner. (N. del T.) ↩
Social interests, en plural; en el alemán de 1930, gesellschaftliches Interesse. Según el criterio del archivo, se traduce «sentimiento de comunidad». (N. del T.) ↩
El inglés traduce Minderwertigkeitsgefühl unas veces por feeling of inferiority y otras, las más, por feeling of self-depreciation; self-depreciation se traduce siempre «menosprecio de sí mismo», y depreciation (Entwertung), «desvalorización». (N. del T.) ↩
Lebensplan: «plan de vida»; el original inglés conserva el término alemán y más adelante lo glosa («plan of life»). Lo mismo hace con Lebenslinie, «línea de vida». (N. del T.) ↩
Falta el verbo en el inglés («so must the neurotic "distance"»); el alemán de 1930 dice «tiene que crear la distancia». (N. del T.) ↩
Adler. Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. ↩
Schmidt. Väterliche Autorität und Homosexualität der Kinder [Autoridad paterna y homosexualidad de los hijos]. Zeitschr. für Psychanalyse, 1913. ↩
Moral insanity: «locura moral», término psiquiátrico de la época, en inglés en el original. (N. del T.) ↩
Public spirit; en el alemán de 1930, Gemeinsinn. Véase la nota t5. (N. del T.) ↩
Véase la nota t6. (N. del T.) ↩
Gymnasium: escuela media de ocho cursos, con latín y griego, que daba acceso a la universidad. La glosa entre paréntesis es del traductor inglés. (N. del T.) ↩
Así en el inglés («a tendency towards women»), que contradice el contexto; el alemán de 1930 dice «la distancia y la temerosa aversión a la mujer». (N. del T.) ↩
Private officeholder; en el alemán de 1930, Privatbeamter, empleado de una empresa privada. (N. del T.) ↩
Dientes de Hutchinson: incisivos con una escotadura en el borde, signo de sífilis congénita. (N. del T.) ↩
El alemán de 1930 dice que murió de un ataque de apoplejía (Schlaganfall) en el curso de una parálisis, es decir, de la parálisis general progresiva de origen sifilítico; «accident» es un error de la traducción inglesa. (N. del T.) ↩
Lebenslinie: «línea de vida»; véase la nota t9. (N. del T.) ↩
Frase oscura en el inglés («Subsequently he also possessed his spitefulness»); se traduce literalmente. (N. del T.) ↩
El alemán de 1930 dice «una prima seis años mayor», que le infundía «respeto y miedo»; el inglés entiende «de seis años» y «atención». (N. del T.) ↩
Frase oscura en el inglés («the boy's organ-inferiority found him girlish and that as a boy he was uninfluenced»); se traduce literalmente. (N. del T.) ↩
Studie über Minderwertigkeit der Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. ↩ ↩
Prejudicial: probablemente traduce beeinträchtigt, «menoscabado». (N. del T.) ↩
He podido demostrar un mecanismo psíquico semejante en el fetichismo, la masturbación y otras perversiones; incluso en los casos en que falta la elección de pareja, se encuentra en lo profundo, bajo el rango social del paciente. ↩
El inglés invierte el sentido. El alemán de 1930 dice que la vida anímica del nervioso, y con ella la neurosis, no puede entenderse sin conocer este mecanismo, pero que en realidad este está tan a la vista que ya es imposible pasarlo por alto. (N. del T.) ↩
El impreso dice «motion», errata por notion. (N. del T.) ↩
Así en el inglés («his life's capacity»); el alemán de 1930 dice «a consecuencia de su cobardía ante la vida» (Lebensfeigheit). (N. del T.) ↩
Adler. «Das Problem der Distanz» [El problema de la distancia] y «Verantwortlichkeit in der Neurose und Psychose» [La responsabilidad en la neurosis y la psicosis], Zeitschrift f. Individualpsychologie, cuadernos I y II, 1914. ↩
El alemán de 1930 dice que, al cabo de un tiempo, el amigo lo engañó con una muchacha, y que eso fue lo que sintió como una humillación; la traducción inglesa atribuye el trato con la muchacha al paciente. (N. del T.) ↩
El alemán de 1930 dice que la pariente amenazaba con volverse peligrosa para su homosexualidad; la traducción inglesa lo entiende al revés. (N. del T.) ↩
El alemán de 1930 dice que solo entonces empezó a sentir más vivamente la infidelidad de su amigo y trató de nuevo, por costumbre, de influir en él coqueteando. (N. del T.) ↩