El problema de la homosexualidad

Entrenamiento erótico y retirada erótica

[Viñeta del editor]

Verlag von S. Hirzel
Leipzig

1930

Impreso por Breitkopf & Härtel, Leipzig

Hace más de diez años que está agotado mi estudio Das Problem der Homosexualität [El problema de la homosexualidad], aparecido en 1917 en la editorial de Ernst Reinhardt, de Múnich. El enorme desarrollo que ha experimentado desde entonces el movimiento de la psicología individual, pero también el gran interés manifestado una y otra vez desde otros sectores, venían exigiendo desde hace tiempo una nueva edición. El presente volumen contiene, además del estudio mencionado, en el que solo he hecho algunas adiciones, una serie de trabajos míos que tratan igualmente la cuestión de la homosexualidad y que no se incluyeron en las obras que he publicado desde entonces; y además unos cuantos trabajos que, en estrecha relación con el problema de la homosexualidad, tratan el campo de las demás perversiones sexuales, así como la actitud psicosexual del ser humano en general, y la cuestión del entrenamiento erótico y de la retirada erótica. Estos trabajos se publicaron a lo largo de los años, unos en la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie [Revista internacional de psicología individual] (editorial S. Hirzel, Leipzig), otros en el Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie [Manual de fisiología normal y patológica], en las Verhandlungen des I. internationalen Kongresses für Sexualforschung [Actas del I Congreso Internacional de Investigación Sexual] y, finalmente, en mi libro Problems of Neurosis (Kegan Paul, Londres, y Greenberg Publ., Nueva York).

El lector encontrará destacada en este volumen, todavía con más fuerza que en la primera edición, la importancia del entrenamiento en el marco del estilo de vida. No he considerado necesario introducir cambios en mis opiniones sobre la homosexualidad y las perversiones sexuales; las investigaciones y experiencias de la psicología individual confirman sin reservas mi conclusión de que la homosexualidad representa un entrenamiento del hombre desalentado, desde su infancia, para eludir la solución normal de la cuestión amorosa por la vía de excluir las posibilidades de una derrota, es decir, en el caso de la homosexualidad, por la vía de eliminar al otro sexo. Apoyándome en las ricas experiencias de los trece años transcurridos desde la primera edición de mi trabajo, sigo viendo hoy en la cuestión de la eliminación de la homosexualidad una cuestión de educación de los niños para una comprensión científica del sentido de la vida.1

Viena, junio de 1930.
Alfred Adler.

El problema de la homosexualidad

I. La perversión como expresión sexual de la línea de vida

Como un fantasma, como un espantajo, se alza en la sociedad la cuestión de la homosexualidad. A despecho de toda condena, el número de los perversos2 parece ir en aumento. El anatema religioso y el judicial se muestran de escasa influencia. La homosexualidad se extiende por igual en los distritos rurales y en las grandes ciudades. Niños, adultos, ancianos, hombres y mujeres participan igualmente del mal. Ocupa al pedagogo, al sociólogo, al neurólogo y al jurista. Todos los medios de lucha se emplean sin interrupción, sin que den un resultado digno de mención. Las penas más duras, el juicio más benévolo, la actitud conciliadora, por último el silencio: todos los intentos quedan sin influencia sobre la difusión de esta anomalía.

Tampoco faltan los defensores. Y los muchos puntos de vista, un ejército inabarcable de teorías y opiniones, dan testimonio de la considerable impresión que produce un único hecho: que amplios círculos de la población son infieles a su papel sexual y siguen otros caminos, aunque transitados desde hace mucho. ¿Un fenómeno de regresión? ¿Un atavismo? Buenos observadores de animales hacen notar que solo los animales domesticados llevan a cabo o permiten ataques homosexuales. Esto último lo observó Pfungst en un antropoide dominante al que, para comprobarlo, dio una paliza.

Tampoco la teoría de la degeneración saca a la luz ningún resultado aprovechable. Pues la única cuestión importante no pueden resolverla los autores que investigan con este patrón. Ni ellos ni, por ejemplo, Hirschfeld, Fliess, Freud, etc., pueden informar de quién, entre los degenerados, entra en la vía de la homosexualidad. ¿Quién de los muchos o pocos que llevan simultáneamente en sí sustancias germinales del otro sexo llega a la homosexualidad? La «disposición constitucional» de Krafft-Ebing y su continuación, la «constitución sexual» de Freud, no son más que postulados teóricos de un sistema prevenido. Y las «vivencias fijadoras» que supuestamente marcan el camino a la orientación sexual del niño, tal como las destacan como determinantes Binet, Janet, Schrenck-Notzing, Bloch, Moll y otros, apuntan una y otra vez a la inclinación perversa ya existente, del mismo modo que los teóricos contrarios y los propios enfermos hacen empezar la anamnesis con estas palabras: «Ya en la primera infancia se mostraron, en la vivencia siguiente, las huellas de la perversión innata...».

Nuestro gran respeto por las investigaciones arriba mencionadas no disminuye en modo alguno si afirmamos ahora que los conocimientos alcanzados hasta hoy sobre la naturaleza de la perversión son incompletos y por eso no permiten fundar un punto de vista firme sobre la significación social de la perversión. Y, en efecto, tanto entre los adversarios como entre los defensores de la homosexualidad se encuentran cabezas bastante instruidas y argumentos bastante inteligentes. Pero pasar por alto este estadio incompleto del conocimiento nos parecería un error grave. Como amplios trabajos preparatorios y como valiosa colección de materiales, los trabajos de Krafft-Ebing, Moll, Hirschfeld, Bloch y otros mantendrán siempre su rango, aunque ni siquiera fueron capaces de influir en la opinión pública, y mucho menos en la legislación.3

Ahora bien, un punto de vista importante en la teoría de la perversión es cómo se sitúa ante ella la opinión pública. Puede afirmarse, en efecto, con seguridad que ninguna teoría será nunca capaz de influir en la sociedad o en la moral social en favor de la homosexualidad. La mayor concesión que podría alcanzarse sería esta: encubrimiento y no intervención. Hasta ahí ha llegado también en ocasiones el guardián de la ley, y los muchos procesos sobreseídos y las listas de homosexuales depositadas en la policía y nunca perseguidas dan testimonio de una práctica más benigna. Pero las barreras de la sociedad contra la igualdad de derechos de la perversión permanecen inquebrantables frente a toda teoría, pues se construyen a partir de las salvaguardias necesarias y de las aversiones que surgen socialmente en los que sienten de manera normal. Que en estas salvaguardias se trata principalmente de salvaguardias socialmente necesarias —y, de paso, de la apariencia de superioridad sobre el perverso— es fácil de ver; pero hay que subrayarlo, porque uno podría dejarse llevar fácilmente a la opinión de que el rechazo de la homosexualidad delata la lucha contra la propia inclinación homosexual. En efecto, por este camino se ha intentado aumentar el número de los homosexuales con aquellos que adoptan un punto de vista contrario a la tolerancia de la perversión.

Igual de poco sólido parece el juicio de los círculos homosexuales cuando se esfuerzan por atribuir a la perversión un derecho a la existencia, a menudo incluso una validez particularmente elevada. Más atendibles serían todavía aquellos críticos que señalan la extinción de los homosexuales a consecuencia de su perversión. Pero la suposición de una cualidad innata —que nosotros contamos entre las fábulas— y las pruebas de una eventual herencia, aparentemente acreditada, restan peso a esta argumentación, en la medida en que, en los casos mixtos, el componente heterosexual impediría la eliminación de la homosexualidad por selección natural.

Tampoco la referencia al eros griego, a su compatibilidad con una cultura elevada, puede trasladarse sin más al presente. Por lo que hemos podido ver, el amor griego a los muchachos parece haber surgido en una época en que la mujer había ganado rápidamente prestigio e influencia. La burla de un Aristófanes sobre el parlamento de las mujeres y sobre el amor a los muchachos van sin duda juntas. En una época de creciente emancipación femenina, que elevaba la conciencia de sí de la mujer, el hombre era empujado naturalmente con más facilidad a dudar de su posición de privilegio. Desde un sentimiento de inseguridad, la conquista de la mujer se le presenta como una empresa arriesgada. El espíritu humano tiene preparados en tales casos una serie de ardides para establecer la ficción de la seguridad y de la superioridad. Desvaloriza o idealiza, eleva el objeto y aleja la decisión. La respuesta de protesta masculina del hombre a la creciente conciencia de sí de la mujer empuja en primer lugar a rebajar el valor de la mujer. Esta desvalorización aparece con claridad en el amor griego a los muchachos y en sus manifestaciones anímicas, dirigidas contra la mujer. Esta orientación hacia el mismo sexo se vio reforzada porque permitía al hombre adulto darse aires —¡en Grecia!— de mentor, de protector y de guía espiritual del efebo. Así, los privilegios masculinos podían seguir subsistiendo sin trabas al menos frente al muchacho. El miedo a la mujer,4 avivado por sus aspiraciones de notoriedad, obligó al hombre a preparativos más intensos en el sentido de su tendencia expansiva y a rodeos considerables y cautelosos. Si el amor a los muchachos era para el hombre un intento de poner una distancia mayor entre él y la mujer, para el joven era —en términos sociales— una preparación para el amor heterosexual y para la camaradería, que, sin embargo, a nuestro juicio, se aparta de la línea correcta de modo semejante a como lo hace, por ejemplo, la masturbación. Con seguridad, la mayoría de los efebos volvían a la línea de la heterosexualidad.

La homosexualidad de nuestro tiempo muestra sin duda las mismas causas psíquicas fundamentales, y se revela, por tanto, como un fenómeno que se produce casi por sí solo en la huida ante la mujer. Pero, a diferencia del eros griego, hoy faltan las barreras reguladoras. El pueblo griego era un cuerpo más unitario de lo que quizá haya sido nunca otra formación estatal. La idea griega del Estado se elevaba tanto por encima de todas las demás aspiraciones del pueblo que también los excesos y desaciertos que se hacían notar en la dificultad del desarrollo eran reconducidos por ella en favor de la comunidad. Así, la corriente de la homosexualidad, perjudicial para el pueblo, se transformó por el poder de la idea de comunidad casi en una orientación educativa, provechosa para el pueblo. Que a la homosexualidad moderna le faltan, y tienen que faltarle, estos aspectos luminosos y conciliadores difícilmente podrá ponerse en duda. En el mejor de los casos, una relación de este tipo degenera en una protección inoportuna; o el joven se convierte en el tormento y el tirano del amigo mayor. O los de la misma edad se consumen en celos mezquinos y riñas ridículas. Para ser breves: el amor griego a los muchachos encontró una época llena de benevolencia mutua entre los ciudadanos, y el sentido de comunidad5 sacó de él a la luz los valores que podía dar; la homosexualidad de nuestros días se revela como un producto de emergencia estéril e insoluble, que daña todavía más el sentido de comunidad, ya débilmente desarrollado. Ya hemos señalado antes la homosexualidad como resultado de factores psicológicos. Comparte con ellos una propiedad demasiado poco apreciada: es en sí misma ambigua, y su significado solo puede captarse en el tiempo y en el individuo.

* * *

Lo común a los fenómenos de toda perversión sexual (homosexualidad, sadismo, masoquismo, masturbación, fetichismo, etc.) puede resumirse, según los resultados de la psicología individual,6 en los puntos siguientes:

I. Toda perversión es la expresión de una distancia anímica aumentada entre el hombre y la mujer.

II. Indica al mismo tiempo una rebelión más o menos profunda contra la inserción en el papel sexual normal y se manifiesta como un ardid metódico, pero inconsciente, para elevar el propio sentimiento de la personalidad, que ha descendido.

III. Nunca falta en ello la tendencia a desvalorizar a la pareja que normalmente cabría esperar, de modo que, examinados con atención, los rasgos de la animosidad y de la lucha contra ella aparecen como esenciales en la actitud del perverso.

IV. Las inclinaciones perversas de los hombres se revelan como aspiraciones compensatorias, emprendidas y ensayadas para eliminar un sentimiento de inferioridad frente al poder sobrestimado de la mujer. Las perversiones de las mujeres son del mismo modo intentos compensatorios de contrarrestar el sentimiento de inferioridad femenina frente al hombre, al que sienten como más fuerte.

V. La perversión brota regularmente de una vida anímica que presenta en todo rasgos de hipersensibilidad acentuada, de ambición desmedida y de obstinación. Las carencias de camaradería profunda, de benevolencia mutua, de aspiraciones comunitarias resaltan con más fuerza de lo que suele esperarse. Prevalecen los impulsos egocéntricos, la desconfianza y el afán de dominio. La inclinación a «entrar en el juego»,7 tanto con los hombres como con las mujeres, es escasa. Por consiguiente, encontramos también una fuerte limitación del interés por la vida social.

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Quien, como el médico, está en condiciones de sentir las vibraciones del organismo social, no puede cerrarse al hecho de que las relaciones entre los sexos se ven considerablemente perjudicadas por toda clase de dificultades. En la estadística, este agravamiento se expresa en el retraso de los matrimonios, en el número decreciente de los matrimonios, en el creciente de los divorcios y en la limitación del número de hijos. Las quejas sobre este estado de cosas son conocidas. También una serie de causas que resultan de las investigaciones. Todas las discusiones al respecto adolecen del mismo defecto: culpan a una sola causa final, por regla general a las condiciones de vida más difíciles.

No podemos pasar por alto la importancia de esta circunstancia. Pero, como siempre que la psicología individual se apodera de una cuestión, surge la pregunta, terapéutica y generalmente más importante: ¿qué individuos son los que con seguridad quedan aplastados por dificultades tan generales? ¿No son precisamente aquellas personas que, en virtud de su carácter excesivamente precavido y dubitativo, han sufrido daño en su actividad y en su disposición para la vida por falta de confianza en sí mismas? Entre los primeros dispuestos a abandonar la partida, a desertar, ante cualquier dificultad que surja, están siempre aquellos individuos que llevan en sí desde la infancia un sentimiento de inferioridad. Pues han perdido la fe en sí mismos y siguen siendo, hasta nueva orden, los «hombres de disposición nerviosa».

A esta opinión se le harán dos objeciones: 1.ª, que todo hombre realiza actos de precaución y... los necesita; 2.ª, que a menudo entre los nerviosos —es decir, para nosotros, también entre los homosexuales— se encuentra un gran sentimiento de sí. Pero la primera objeción me tranquiliza sobre el hecho de que el resultado de nuestra investigación no está traído por los pelos, sino que responde a una actitud humana general, que en el caso de la nerviosidad solo se adopta de manera más rígida, unilateral, por principio y exagerada. La segunda objeción se apoya en una comprensión deficiente de la naturaleza de la neurosis, toma la apariencia y la consecuencia por la naturaleza originaria, y desconoce uno de los puntos centrales de la dinámica nerviosa: el heroísmo del sentimiento de debilidad.

Nuestra excursión al terreno social pretende demostrar que la distancia entre los sexos muestra actualmente una tendencia a crecer. No añadimos nada nuevo si subrayamos que este fenómeno aparece también en la vida del individuo, sobre todo del de disposición nerviosa, y que aquí tenemos ante nosotros los sumandos de aquel fenómeno de masas.

El de disposición nerviosa, que ante todo cambio de su situación presenta la actitud vacilante que he destacado, no puede conservar una actividad rectilínea ni siquiera en tiempos y estados invariables. Toda dificultad, sea aparente o real, provoca en él nuevo miedo, nueva vacilación, nuevos intentos de rodeo. Y, en términos psicológicos, apenas puede considerarse una diferencia que el neurótico, puesto ante un problema matrimonial o amoroso, responda aludiendo a la dificultad de ganarse la vida, a la responsabilidad respecto de la descendencia, a la ineptitud del otro sexo, a su propia inferioridad, o que interponga entre él y la pareja la construcción de una prueba de enfermedad, de una histeria, de una neurosis obsesiva, de una fobia, de una impotencia, de una masturbación compulsiva, de una psicosis o de una perversión. Como según su plan de vida inconsciente solo puede aspirar al amor y al matrimonio bajo condiciones, o no puede aspirar a ellos en absoluto, como tiene que disponer rodeos preparados individualmente, le incumbe la tarea de establecer la distancia que lo pone a salvo de la temida decisión. Como el caminante que padece vértigo de las alturas, como el que tiene miedo al agua, tiene que crear el resto, la distancia, que lo protege de la supuesta derrota. En cuanto el nervioso se acerca a la meta socialmente corriente, que él ha desechado hace tiempo, irrumpe un sentimiento de inferioridad e impone un arreglo del que resultan una parada, una retirada o un rodeo.8

De ello se desprende que la disposición neurótica crea en épocas y situaciones difíciles el gran número de aquellos que no quieren «entrar en el juego», sino que trabajan en rodeos para salvar su ambicioso ideal de la personalidad. En este rodeo, que se mueve en torno a la meta normal, pero temida, a una distancia anímica constante, surge la coacción inconsciente, y por eso mismo incorregible, de completar el arreglo que es lo único que asegura la distancia. Pero rodeo y arreglo significan para nuestro tema la construcción protectora de la perversión, que se levanta para fijar la distancia respecto de la pareja sexual.

Así, la homosexualidad, exactamente como la psiconeurosis, se convierte en un medio de lo anormal.

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Lo que en las teorías de la homosexualidad vigentes hasta ahora aparece, o bien como factor innato, o bien como fijación temprana por un acontecimiento de carácter sexual, tiene que considerarse, según los hallazgos de la psicología individual, como un camino emprendido tempranamente según un plan de vida que se impone en la infancia. Coordinadas con las tendencias de crecimiento del niño, se desarrollan aspiraciones anímicas de poder y de notoriedad. Como imagen directriz orientadora, el niño toma la figura más fuerte de su entorno, por regla general el padre o... la madre. Con ella mide el niño su propia capacidad y según ella calcula lo que espera del futuro. Unas veces con obstinación, otras con sumisión, busca espacio para su propio despliegue, no sin que la distancia natural agudice su sentimiento de inferioridad. El plan de vida infantil compensatorio resulta de múltiples pruebas y ensayos previos que se proponen eliminar esa distancia y con ella su sentimiento de debilidad. Con los medios de una experiencia infantil, en la que nunca faltan las huellas naturales de la debilidad física y mental del niño, ni tampoco nunca la impronta del medio, busca el camino hacia una superioridad futura. El ensayo ininterrumpido de este camino individual viene impuesto por la meta orientadora de la superioridad, por la tendencia expansiva del niño. Si un día se presentará como conquistador por la vía de la animosidad, de la benevolencia o del amor, es algo que se construye en este proceso de formación de la vida anímica infantil. Todas las disposiciones para las dificultades de la vida futura —tal como las entiende el niño— se crean en esta época, se ejercita la actitud ante la vida y ante la sociedad y se elabora la perspectiva sobre el mundo. Así surgen las actitudes, individualmente diversas: la agresión directa, el ataque rectilíneo, el rodeo insinuante o desconfiado de una persona o de una cuestión, la duda y la vacilación ante las decisiones, la actitud independiente y el gesto que pide ayuda. De sus propias vivencias y de la imitación de otras personas saca el niño todos los ardides de su conducta de vida y los incorpora como formas permanentes a su actitud corporal. Todas las respuestas que un hombre da a las preguntas de la vida están influidas esencialmente por un esquema procedente de su infancia. Para ello no hace falta más sino que se represente a la fuerza las cuestiones y personas que le salen al paso más tarde según las figuras esquemáticas y las vivencias de su infancia.

Las investigaciones de la psicología individual han demostrado con pruebas indestructibles que un niño se desarrolla de manera tanto más unilateral, y que su posición ante las exigencias sociales se configura de manera tanto más anormal, cuanto más ha crecido su sentimiento de inferioridad. La mayoría de las veces, las inferioridades corporales y mentales, pero susceptibles de compensación, dan el motivo más importante.9 Casi con igual fuerza actúan los errores de educación cuando hacen que al niño le parezca insalvable su distancia respecto del adulto. Aquí corresponde también la simpleza de la autoridad exagerada en el marco de la familia. Si el padre, por ejemplo, con una educación demasiado severa, quita al niño el valor para avanzar, de modo que el niño nunca jamás se crea capaz de las realizaciones que observa en el padre —lo mismo puede conseguirse en otras circunstancias aludiendo con jactancia a la superioridad paterna—, este niño retrocederá asustado también más tarde ante cuestiones de la vida que el padre parece haber resuelto; más aún, no se creerá capaz en absoluto de resolverlas. Hasta que haga de la necesidad virtud y, en secreta obstinación contra la preponderancia del padre, defraude y aniquile sus razonables expectativas. Así consigue por fin, aunque a un precio muy alto, triunfar sobre el «tirano» paterno. Es natural suponer que este tipo paterno abunda especialmente en tiempos difíciles, cuando el mundo exterior niega al hombre casi todo prestigio y lo tienta a hacer valer su superioridad al menos en el marco de la familia.

De modo muy semejante, tampoco el hijo de una madre fuerte e inflexible llegará a tener verdadera confianza en sí mismo, sobre todo frente a las mujeres; del mismo modo que el joven desalentado que acabamos de describir, esquivará la competencia del hombre y sentirá su posición ante la mujer como poco prometedora, más bien como hostil.10 Pero este sentimiento determina hasta tal punto la actitud del hombre ante la mujer que aquel estará regularmente inclinado a esquivar el problema del amor y del matrimonio, o al menos a emplear como salvaguardias condiciones estrictas, exigencias de principio y ardides neuróticos (pruebas de enfermedad). La competencia más fuerte, la hostil lucha por la existencia, se extiende naturalmente también al sexo femenino y crea condiciones de vida más difíciles; y así, la madre dominante que arrincona al marido y a los hijos es casi siempre el producto individual de unas relaciones entre los sexos más difíciles. Por regla general se encuentra que tales mujeres buscan su configuración armónica en la «igualdad con el hombre», en una protesta masculina reforzada contra el papel de mujer, que aumenta enormemente su afán de dominio y desfigura sus relaciones amorosas. Ya con un examen superficial de su vida se encuentran fenómenos como dismenorrea, vaginismo, frigidez, escaso número de hijos, a veces matrimonio tardío, un marido débil y enfermedades nerviosas, que a menudo están relacionadas con la menstruación, con el embarazo y el parto y con la menopausia.11

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La impresión imborrable de un mantenimiento activo de la distancia frente a la mujer se recibe al considerar tres contenidos sentimentales e intelectuales completamente distintos del homosexual, que, al mismo tiempo, coinciden en su núcleo más íntimo. El primer grupo, y sin duda el más importante, de sus fenómenos anímicos se refiere a su actitud presente, que lleva siempre en sí también una directriz para el futuro. No hace falta una discusión detallada para aclarar que el perverso está tan poco adaptado a nuestra vida social —y esto en todas las relaciones de su vida— como carece también de la aptitud que su papel sexual exige de él. La índole de nuestra estructura social es justamente universal. Está en la base de los conflictos internos, de las contradicciones y de las luchas de la sociedad humana del mismo modo que en la base de su actividad sexual. Por eso también la cuestión de la homosexualidad se agudiza muy especialmente en cuanto la medimos con la voluntad del pueblo. Es precisamente una negación de esta, y en el punto más decisivo. Pues la voluntad del pueblo, como masa viva, lleva siempre en sí también el ideal de una perduración eterna. Solo esto basta para imponer la heterosexualidad como norma y para hacer que toda perversión, incluida la masturbación, se sienta como un crimen, como un extravío, como un pecado. La unidad de un ideal de cultura se defiende con medios justos e injustos, con leyes, penas y con la condena moral, contra las resistencias y contradicciones que surgen y parecen peligrosas. Desde luego, hay que considerar también con qué facilidad puede exagerarse la condena general en cuanto se crea una posición de combate, en cuanto blande la espada de la justicia alguien que se siente libre de culpa y de falta y quiere demostrárselo al otro. O cuando alguien, en la ficción de que tiene el derecho y el deber de proteger a la colectividad, levanta el brazo vengador. Como otras razones que aconsejan prudencia cuando se trata de penas contra la homosexualidad, cabe destacar que la perversión es una enfermedad de conjunto de la individualidad, y que el peligro del castigo, precisamente por su peculiaridad anímica, puede sentirse como incitación y como tentación, pero muy rara vez como disuasión.

Pues el homosexual ya formado apela siempre a toda su individualidad, desarrollada históricamente de manera uniforme. Todos sus recuerdos de infancia parecen darle la razón en su punto de vista. Esta unidad del desarrollo fue también la que sugirió a los autores la falsa tesis de una «homosexualidad innata». Schrecker y yo hemos señalado la tendencia falsificadora de los recuerdos de infancia en favor del plan de vida. Con ello, una pieza de convicción principal de la «homosexualidad innata» queda completamente fuera de la discusión.

En suma: dondequiera que miremos, vemos siempre una intervención activa del paciente en el procedimiento probatorio para obtener la irresponsabilidad respecto de su conducta. Pero el primer hecho, que acabamos de describir, da como resultado una actitud activa y hostil hacia la sociedad y puede resumirse en la fórmula: las metas del homosexual están en contradicción con los presupuestos de una vida social; el paciente muestra poco sentido de comunidad y apenas aquella benevolencia hacia los demás por medio de la cual puede anudarse el lazo de la unión entre los hombres; tampoco busca la inserción pacífica y la armonía, sino que su tendencia expansiva, cautelosa pero exagerada, lo lleva por el camino de la medición de fuerzas y la lucha continuas y hostiles, a cuyo servicio pone también su instinto sexual. En una palabra: no ha llegado a ser un compañero de juego de la sociedad.

El segundo hecho que cautiva nuestro interés, porque nos descubre todavía más la configuración activa de la homosexualidad, resulta de los peculiares indicadores de orden anímico, de los impulsos estereotipados y de los recordatorios que se manifiestan como temperamento, como actitud y actividad de un hombre. El «principio» del homosexual lleva en sí el carácter de la distancia respecto de la mujer, y con él el del movimiento hacia atrás, con una rigidez tan inquietante que —sobre todo por ser inconsciente y quedar así sustraído a toda consideración actual— actúa como un freno automático. Pero este es también el sentido y el fin de semejante mecanismo anímico: que entre en acción por sí solo, como un órgano de ataque y de defensa, en cuanto el paciente siente ganas de avanzar. Se comprende ahora este papel artificial, lleno de actividad, que favorece en todo momento la dirección del «no entrar en el juego». En este punto encontramos regularmente, al esclarecer psicológicamente la homosexualidad, como toda perversión, voces de advertencia respecto del otro sexo y voces de aliento que señalan la dirección de la perversión («falta de atractivo de la mujer», «belleza del cuerpo masculino», etc.).

El tercer hecho apunta igualmente a la arbitrariedad, aunque menos evidente, que está en la base de la toma de posición del homosexual. Es su baja autoestima, que le roba toda iniciativa para participar en la vida. Su sentimiento de inferioridad a menudo no le es conocido en toda su amplitud; pero todos sus actos y toda su actitud dejan ver que está en él como presupuesto, y que se impone en todo momento en la perversión. El médico solo puede juzgar el alcance de este factor cuando ha captado plenamente este trágico destino del homosexual, su cobardía ante la vida normal, lo que a veces ofrece dificultades, porque se le oculta en su mayor parte al propio paciente.

Para terminar, quiero mencionar todavía que los casos mixtos de homosexualidad y heterosexualidad, que no son pocos, así como la homosexualidad juvenil, la forma senil y la ocasional, tal como se produce en internados, en prisiones o en largas travesías marítimas, solo son compatibles, en realidad, con nuestra concepción, que pone en su verdadera luz la parte de arbitrariedad que hay en este acto, atenuada, desde luego, por la apariencia de irresponsabilidad. Y también en estos casos la explicación se encuentra en la tendencia expansiva acrecentada, que se sirve del instinto sexual, siempre dispuesto.

II. Parte especial y casuística

En lo que sigue quiero exponer las líneas fundamentales de la historia clínica de algunos casos tratados. De ellas, espero, se desprenderán la comprensión de la psique homosexual y también la exactitud del mecanismo descrito más arriba.

Primero, una palabra sobre las perspectivas del tratamiento. Hoy son todo lo desfavorables que cabe. Esto parece una contradicción con la seguridad con que se han tratado más arriba las causas de la homosexualidad. Pero uno se da cuenta enseguida de la dificultad de una curación si intenta simplificar todavía considerablemente nuestro problema y lo reduce, por ejemplo, a esta pregunta: ¿qué seguridad se tiene cuando uno se propone hacer de un cobarde adulto un hombre valeroso? Pues a eso se reduce en lo esencial la terapia de la homosexualidad, así como la de la psiconeurosis, solo que en nuestro caso la cobardía está a veces bien encubierta o se extiende predominantemente a la relación amorosa y conyugal. Como no quiero entrar aquí en detalle en la terapia, solo quisiera destacar que el tratamiento

  1. tiene que desarraigar las representaciones infantiles, firmemente arraigadas, de los peligros de la heterosexualidad; que

  2. tiene que demostrar con toda precisión la distancia del paciente respecto de su pareja sexual; que

  3. tiene que poner de relieve su línea antisocial y

  4. tiene que desenmascarar en el paciente la meta de la superioridad y destruirla como utopía a la que se aferra.

Todo este proceso educativo requiere la mayor delicadeza pedagógica y los medios más finos. Por eso se me dará sin duda la razón si llego a la conclusión de que la eliminación de la homosexualidad es una cuestión de educación de los niños. Y en el cuarto de los niños se hará valer como exigencia principal no quitar el valor al niño, no oscurecerle las cuestiones de su vida futura, asegurarle desde el principio su papel sexual como fijo e inmutable. En este último punto, sobre todo, se falla con frecuencia. No puede ser casual que en todos mis casos, no solo en los que aquí se comunican, haya podido recoger en la anamnesis de los pacientes una llamativa inseguridad respecto del papel sexual. Más aún, esta inseguridad infantil me parece precisamente la condición principal en los antecedentes del homosexual.

Primer caso

Destellos de una autobiografía, redactada antes del tratamiento

«... Crecí con mis hermanas mayores, que me utilizaban en sus juegos como si fuera un juguete. Uno de los juegos, en particular, me ha quedado como un recuerdo penoso. Yo era la vaca, y las niñas presentes me ordeñaban por el miembro. Solo cuando me quejé a la institutriz terminó este tormento.

A los niños nos gustaba también cabalgar sobre las rodillas de nuestra institutriz, y todavía más sobre las de señores amigos de la casa, y dábamos rienda suelta a nuestro bienestar con gritos alegres. Pero, a diferencia de mis hermanas, a mí me estorbaba el miembro. Inventé un caballito más cómodo: me metía el almohadón entre las piernas y cabalgaba sobre él por la habitación durante horas. También mis hermanas compartían con gusto este juego, y estábamos enamoradísimos de nuestro almohadón. Más tarde lo convertimos en un niño pequeño al que dábamos de mamar. También nos gustaba chupar las puntas del almohadón, lo que nos enredaba en continuas peleas con la gente de la casa. Cuando por razones de salud me quitaron el caballo de balancín, cavilando di con la relación de esta medida con el órgano sexual e hice el extraño descubrimiento de que podía hacer desaparecer los testículos dentro del vientre. Entonces intenté también hacer desaparecer por arte de magia el pene, lo que solo conseguí pasajeramente apretando con fuerza. De muchacho ya crecido, nada deseaba con más ardor que existir como ser de doble sexo. Así habría tenido ocasión de tratar discretamente con hombres como hombre, y como muchacha, de dominarlos.

A los doce años me gustaba sobre todo estar en la cuadra con el cochero y los mozos de cuadra. Allí tenía a menudo ocasión de ver sus órganos sexuales, que, comparados con los míos, me parecían gigantescos. Un día fui testigo de cómo el mozo de cuadra introducía el brazo en el órgano sexual de una yegua. Todas estas dimensiones me confundieron de tal modo que sentí miedo de mi futuro. Y, sin embargo, no estaba hecho para desempeñar un papel subordinado. Era sumamente ambicioso y testarudo. En los paseos en coche que hacía con mis hermanas, siempre era yo quien indicaba la dirección, y hasta obligaba a las muchachas a mirar solo en la dirección que yo les señalaba. Un día —yo podía tener unos doce años— agarré el pene del mozo de cuadra, que me siguió instruyendo, y así tuvo lugar mi primer acto homosexual, que me llenó de un orgullo enorme. Hasta el día de hoy ha seguido siendo así; el poder que ejerzo sobre los hombres me llena de estremecimientos de placer. Hace poco induje a un oficial superior de cierta edad, que siempre había sido heterosexual, a tener relaciones homosexuales. Casi sentí una satisfacción cuando lo vi después ante mí completamente agotado, y le pedí que no me tomara a mal la agresión. Él me malinterpretó, pues respondió: “Tout comprendre, c'est tout pardonner!”».12

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En esta autobiografía del paciente aparece con claridad el esquema fundamental que he trazado: la preponderancia de la parte femenina de la familia, la incomodidad del órgano sexual que lo distingue, la inseguridad del niño respecto de su papel sexual, la esperanza de cambiarlo y la línea directriz de la ambición, que busca su triunfo por caminos indirectos.

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Segundo caso

Un hombre de 26 años, de aspecto algo soñador y tímido, se presenta como homosexual y pregunta si yo le permitiría casarse. Tales preguntas, dirigidas al neurólogo, no son nunca más que pretextos. Nunca habría preguntado si de verdad hubiera querido. Ya las primeras indagaciones mostraron que tenía la homosexualidad por algo inmutable, y apoyaba su opinión con toda una serie de citas de autores conocidos. No quiero decir que esta concepción errónea, muy extendida entre los autores, cause un daño tangible. Pero en la perversión, que se construye sobre un fárrago de errores y mantiene así al paciente prisionero de la superstición, tales afirmaciones autorizadas, como la de la «incurabilidad de la homosexualidad», son muy a propósito para apuntalar el edificio ilusorio del paciente. Será, pues, recomendable mostrarse, de acuerdo con nuestro punto de vista, un poco reservado con esta afirmación.

Preguntado por el curso de su vida, cuenta que es hijo ilegítimo de una hija de campesinos y que no conoce a su padre. Su madre tuvo un segundo hijo ilegítimo y luego, en un matrimonio, otras dos niñas, a las que él, de niño, tenía que vigilar día y noche. Esta tarea le llenaba del mayor desagrado, y recordaba muy bien cómo había considerado no solo a las dos niñas pequeñas, sino a las muchachas y mujeres en general, como seres hostiles, culpables de su suerte despreciada. A esta concepción del mundo habían contribuido además comentarios de la abuela, que estigmatizaba abiertamente a la madre delante del muchacho. Al mismo tiempo que este ataque y que sus propias tristes experiencias —cómo la propia madre lo llevaba a la humillación y lo destinaba al servicio de las niñas pequeñas—, oía sin cesar, sobre todo por boca de la abuela, qué reprobables eran las relaciones amorosas. No de otro modo que otros muchachos y hombres, entendía por ello: ¡cuánto hay que guardarse de las mujeres! Y para ello había obtenido, sin duda, la preparación adecuada por su propio destino.

La manera en que reaccionaba a los sentimientos de rebajamiento la entenderemos quizá mejor si oímos que él, el muchacho despreciado por todos, había tomado la firme resolución de hacerse cura, lo que en su pueblo no significaba menos que ser el primer hombre del pueblo. Al mismo tiempo, esta fantasía infantil de elección de profesión nos indica que ya muy pronto buscaba su meta (como católico) lejos de la mujer y del amor. En la escuela primaria resultó ser el más aplicado y el más dotado, y tras muchos esfuerzos consiguió que lo llevaran al Gymnasium.13 Pero después del segundo curso, que también había terminado con buen resultado, su tutor lo sacó de la escuela y lo empleó en guardar gansos.

El destino de este muchacho no era, como se ve, nada apropiado para hacer de él un buen compañero de juego de la sociedad. Durante dos años guardó los gansos, hasta que unos extraños se ocuparon de él y movieron a su tutor a encaminar al muchacho dotado a una profesión. Quería ser mecánico. Su tutor lo obligó a entrar como aprendiz de tejedor. Tras tres años de aprendizaje —entretanto había cumplido 17 años—, renunció, conforme a una resolución tomada ya antes, al oficio de tejedor y entró como aprendiz en una fábrica técnica. Al mismo tiempo empezó a estudiar intensamente en una escuela industrial, y tras muchos esfuerzos llegó a su actual posición, favorable.

Ya de aprendiz de tejedor había encontrado un amigo al que, a diferencia de las demás personas, podía otorgar plena confianza. Al mismo tiempo, le era posible ahora extender su sentimiento de la personalidad hasta el punto de que él, oprimido hasta entonces por todos, obtenía influencia sobre una persona. No nos asombra que también su instinto sexual, despierto, tomara la dirección que le había acercado su actitud ante la vida adoptada hasta entonces y ganada definitivamente: por la distancia y la aversión temerosa frente a la mujer, por un afecto especialmente íntimo hacia el amigo como la primera persona que le había salido al encuentro con cariño. Al mismo tiempo, bajo el látigo del instinto sexual, sucumbió a la tentación de ganar una posición dominante sobre una persona por medio de un vínculo sexual. Así, él, el despreciado, relegado en todas partes, pero ávido de triunfos, se convirtió en el seductor de su amigo y en un homosexual activo.

En su vida posterior le habían salido bien ocasionales intentos heterosexuales. Pero siempre encontraba un giro para anotarlos como fracasados. Así, por ejemplo, cuando tras un coito normal con una prostituta sentía este acto como «repugnante». Este comportamiento no se encuentra solo en los homosexuales; pero nuestro paciente toma un asco como prueba de su «orientación perversa innata», y se siente obligado a seguir en ella.

Hacía algún tiempo que lo habían animado a casarse. Se prometió, en efecto, con la muchacha que le presentaron, pero se comportó de manera tan repelente y torpe que se le dio de buen grado la ocasión de retirarse. Apenas se había prometido, vino a verme para presentarse con su «homosexualidad innata». Seguramente menos para buscar la curación que para adquirir la legitimación por la enfermedad y, con ella, la obligación de renunciar al matrimonio. Cuando se hubo rendido a las razones concluyentes de la opinión expuesta, se enamoró de una muchacha de 14 años, es decir, de un objeto inadecuado, de nuevo solo para ganar tiempo. Rompió su compromiso. Así pues, tampoco durante nuestro tratamiento había superado todavía el viejo miedo y la vieja aversión frente a la mujer, que, por desgracia, le habían surgido de sus singulares vicisitudes, pero que seguramente no tenían por qué seguir siendo inmutables.

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Estoy lejos de querer hablar, en estos dos casos, de una curación de la homosexualidad; pero en ambos casos nuestro tratamiento consiguió reducir considerablemente la distancia entre los pacientes y el sexo femenino. En particular, el segundo caso nos parece favorablemente situado, y es probable que dentro de algún tiempo experimente una transformación esencial hacia lo normal. Pero quisiera advertir contra una subestimación de las dificultades. Del mismo modo que, en general, nuestros hallazgos son mucho más apropiados para abogar por la profilaxis de la homosexualidad que por una terapia tan extraordinariamente difícil. Por otra parte, hay que subrayar, desde luego, que la terapia no debe detenerse ante las mayores dificultades. Y también en los casos anteriores, de los cuales el primero se inclinaba más hacia un papel femenino y el segundo más hacia un papel masculino, la aparente fijación en la homosexualidad quedó pronto quebrantada, y ambos pacientes llegaron a realizaciones heterosexuales, aunque de tipo pobre. Pero no se olvide que también el joven de orientación normal necesita a menudo un tiempo considerable de preparación para cumplir sin tacha con su función sexual. Y déjese también a los pacientes mejorados tiempo suficiente.

En muchos homosexuales, sin embargo, el tratamiento se hará absolutamente necesario por una segunda razón. Son aquellos casos en que, junto a la homosexualidad, la neurosis que regularmente la acompaña aparece con tanta claridad que ya por la capacidad de vivir hay que exigir una cura. También en los dos casos descritos se encontraron numerosos síntomas nerviosos que debían igualmente su origen al miedo a las exigencias sociales: hipocondría en el primero; insomnio, rubor y timidez en el segundo. Esta necesidad se pone especialmente de manifiesto en el caso siguiente, que muestra también la multiplicidad de la perversión, subrayada por muchos autores.

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Tercer caso

Una ventaja importante que obtuve del estudio de la neurosis y de la perversión, psíquicamente equivalente, consistió en la creciente comprensión de la inquietante obstinación del paciente, a menudo bien escondida, que en la infancia se ejercitaba contra alguien más fuerte, y más tarde contra las exigencias sociales, sentidas como demasiado poderosas. De las exposiciones introductorias puede reconocerse exactamente esta circunstancia. Todavía tendremos ocasión de conocer la forma infantil de esta obstinación como un lamentable resultado de la educación. Un caso especial que se encuentra a menudo es el siguiente: puede ocurrir lo curioso de que también el muchacho más formal caiga en la obstinación y el negativismo, solo para librarse de su sentimiento de inferioridad y crecer por encima del padre. Todo esto puede producirse en una concepción falsa, en el deseo legítimo de llegar a ser un hombre completo. Pero así este niño puede aguzar todo su querer y obrar predominantemente en una sola dirección: aguarle la fiesta al padre. Resultan entonces dos posibilidades de un desarrollo posterior. Una es que el niño, con un padre cariñoso, oculte su obstinación ante sí y ante los demás, pero en su obrar, y en particular en el efecto de su obrar, opere contra la expectativa del padre, con torpeza, por ejemplo, o con la apariencia de una incapacidad persistente. O bien el afán de dominio del padre severo favorece y acrecienta todavía esta obstinación abierta, hasta que el niño pierde la fe en sí mismo, la confianza en llegar a igualar en el futuro a los demás. En este último caso necesitará y construirá una salvaguardia fuerte para no perder valor personal por las derrotas y menoscabos en la comparación con el padre.14 Esta línea de precaución conducirá siempre también a un desvío en el punto en que una de las tres cuestiones de la vida,15 el problema social más importante, la relación con la mujer, entra en un estadio decisivo. Entonces solo queda libre el camino hacia la neurosis y, en circunstancias propicias, hacia la perversión. En resumen, podemos decir, pues, que en los antecedentes del homosexual, junto a los rasgos descritos (inseguridad del papel sexual, miedo a las decisiones, construcción de una vida futura sin mujer, anhelo devorador de triunfos), nunca echaremos de menos la actitud hostil, consciente o inconsciente, frente al padre, el tutor o la madre.

Quiero mencionar todavía un pequeño fenómeno que se encuentra a menudo en los homosexuales, aunque también en otros nerviosos, que se explica por su ambición secreta y que a veces conduce a las conocidas formas de una beneficencia y de una compasión inauténticas. Es un rasgo de protección condescendiente ininterrumpida. Consejos, pequeños servicios solícitos, ayudas, advertencias y otros actos de condescendencia protectora salen a la luz sin cesar. Aquí se aparta una piedra del camino, allí se llama la atención sobre un clavo, sobre una astilla de vidrio, al otro se le cepilla, se le arregla la corbata, se le recuerda que salga a tiempo, etc. Se tiene la impresión de una personalidad previsora, cuyo comportamiento importunamente altruista puede llegar a ser molesto. Pero esta solicitud se vuelve sospechosa en su exageración. El paciente, en efecto, se hace con las riendas en todo, y la exclusividad con que intenta pensar y actuar por todos, cómo condena a los demás a la pasividad, se siente muy a menudo como una violencia, incluso sin examen psicológico. Y esta impresión se refuerza extraordinariamente en cuanto, al seguir examinando, se nota cómo un rasgo de espionaje, una actitud encubierta de criticarlo todo, se mezcla en el proceder del paciente. Esta actitud, ávida de superioridad y que esquiva la agresión rectilínea, se nos aparece sinuosa como una serpiente. Alguna vez he podido observar esta actitud de principio en homosexuales en un movimiento serpentino, como movimiento compulsivo, cada vez que se encontraban ante un problema que parecía difícil y que querían rodear. También en el caso que vamos a describir apareció este movimiento compulsivo.

Este paciente se me presentó comunicándome que era homosexual y que padecía terribles ideas obsesivas. Estas lo perturbaban muchísimo en su trabajo —es empleado privado—. Del mismo modo, su formación profesional ulterior, su estudio de las materias comerciales, quedaba en entredicho por ellas. Había emprendido el estudio tras la reciente muerte de su padre, para avanzar más deprisa en su carrera. Tenía que mantenerse a sí mismo y a su madre.

Era débil para sus años (tenía 25), de tez delicada y pálida, y presentaba dientes de Hutchinson. La pregunta por su padre mostró también que este había muerto de un ataque de apoplejía en el curso de una parálisis.16 El paciente era hijo único; la madre lo tuvo tarde. Era cinco años mayor que el padre.

Sobre la lúes como corruptora del germen hay abundante material en los trabajos de los patólogos y pediatras. (Véanse, por ejemplo, los trabajos de Hochsinger). Ante estos numerosos daños del desarrollo, que pueden afectar a todos los órganos, es comprensible que en los hijos de padres luéticos veamos surgir un sentimiento de inferioridad en el curso de una infancia enfermiza. La preocupación de tales padres por el niño débil empeora casi siempre la situación. En otros casos, en cambio, el padre, en el sentimiento humillante de su lúes, establece un régimen de terror o cultiva la hipocondría. Siempre se impone en el alma del niño el sentimiento de debilidad y de inseguridad.

En la casa de nuestro paciente reinaba una vida familiar ideal. Los padres eran personas inteligentes y amables, y la madre, que apenas se separaba de su único hijo, había sabido siempre hacer desaparecer rápidamente, con amable condescendencia, los caprichos y malhumores de su marido, que aparecían de vez en cuando. Algunos hechos están firmes en el recuerdo de nuestro paciente, como el de que era débil, siempre vigilado con cuidado y aquejado de un defecto del habla del que sus familiares se burlaban a menudo. Habla de manera inofensiva de su desarrollo, mientras ante nosotros van apareciendo lentamente los indicadores en los que vemos su línea de vida. Se encuentran ideas de grandeza muy marcadas. Así, sabe contar de su madre que se entregaba por completo a cuidarlo y atenderlo. Él mismo, ya a los tres y cuatro años, había contado tanto con esta entrega, y había intentado acrecentarla de tal modo, que más tarde todavía sentía como un grave perjuicio que su madre no estuviera con él. Vemos aquí ese error de educación que, más que todos los demás, socava la independencia del niño y lo vuelve cobarde para la vida. Con esta conducta de la madre concuerda bien que ella fuera, hasta los últimos tiempos, sumamente desconfiada con las criadas y no le diera ocasión de estar a solas con muchachas, e incluso lo asustara claramente con palabras. Así ocurrió que él, que ejercía un dominio completo sobre su madre, renunció pronto y de manera definitiva a avanzar en dirección social, no en último lugar porque no se creía capaz de conquistar en otra parte la gran medida de dominio que creía tener que conseguir.

En cambio, otro recuerdo se nos convierte en indicador de su obstinación y de su rivalidad frente al padre, y nos muestra al mismo tiempo que el dominio conquistado sobre la madre no le bastaba en absoluto. Dormía en un cuarto contiguo al dormitorio de los padres. Una noche —tendría entonces seis años—, cuando sus padres se habían retirado a descansar, saltó de la cama en un ataque de cólera como nunca lo había vivido, agarró un bastón y golpeó la estufa hasta que vino su madre a tranquilizar al niño. También recuerda haber llamado a menudo a su madre antes de dormirse para pedirle toda clase de servicios.

Este rasgo de apoderarse de su madre, de ponerla a su servicio y de asegurarse así de manera barata un sentimiento de dominio, aparece de forma bastante llamativa, y podría inducir fácilmente a uno a descubrir una inclinación incestuosa, a traducir todas las manifestaciones del paciente a la jerga sexual y a sacar de ellas lo que se ha metido: la etiología sexual de la homosexualidad. Pero nuestro paciente cuenta que hasta los doce años, sin duda a consecuencia de la estricta vigilancia de la madre, le faltaba todo conocimiento de la diferencia de sexos, todo interés y todo impulso, y que ante las exhortaciones de su padre de que se comportara como un muchacho se mostraba sin comprender, torpe y probablemente también obstinado. Es mucho más fácil comprender que este niño, en su sentimiento de inferioridad, buscara un apoyo, que lo encontrara en la madre y que no echara mano del padre porque este se prestaba menos a ello. Dejo tranquilamente al juicio de los conocedores experimentados del alma infantil decidir cuánto más sostenible es este estado de cosas para explicar por qué este niño tenía que apoyarse en la madre que las arbitrariedades de Freud, que deriva el desarrollo anímico del muchacho, con todas sus ramificaciones, de una inclinación incestuosa condicionada por el instinto sexual.

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En esta corriente, en la que había de desarrollarse el alma del muchacho mimado, no solo estaba el motivo para extender cada vez más sus ansias de dominio sobre la madre, para hacer valer su persona ante ella con amor y a veces con cólera, sino que en ella se agudizó también cada vez más el antagonismo con el padre, que, sin embargo, no discurría en obstinación abierta ni en hostilidad abierta, porque el padre evitaba cuidadosamente ejercer presión sobre el muchacho. Pero no se podía evitar del todo que la superioridad del padre, por la naturaleza de las cosas, relegara ocasionalmente al hijo a un segundo plano. Así, cuando recurría a la ayuda del padre para los trabajos de matemáticas, de lo que se vengaba cada vez sacando al padre de quicio y exasperándolo con una incomprensión inconscientemente fingida.

La circunstancia, ya subrayada, de su debilidad corporal creaba igualmente un antagonismo a partir de la situación, por cuanto el padre era llamativamente alto y fuerte. Y solo acrecentaba este antagonismo que el padre quisiera empujar sin cesar al muchacho a no comportarse «como una niña», a no estar siempre pegado a la madre, sino a retozar como un muchacho, a corretear con otros muchachos y a hacer travesuras. Comprendemos que, dado el sentimiento de antagonismo ya arraigado, el padre no podía ser el guía adecuado, porque tenía que chocar siempre con la resistencia del muchacho. Pero el padre tenía que fracasar todavía por una segunda razón. Es la misma razón por la que también la cura amenaza una y otra vez con fracasar si no se la elimina: porque nuestro paciente, como niño inseguro, había desarrollado ya hasta tal punto su ambición compensatoria que solo podía ir ya por caminos en los que se pusiera de manifiesto su propia superioridad, no la del padre, ni más tarde la del médico. Además, tampoco habría hecho buen papel en los juegos y travesuras de los muchachos.

Habría podido, desde luego, como se ve en otros niños de disposición nerviosa, caer en un negativismo compensatorio, en una actitud abiertamente obstinada, atormentadora, sádica. También este camino le estaba cerrado por la relación amable y amistosa del padre, que prefería aplicar su arte por los caminos tortuosos de la persuasión y de la ternura educativa. Frente a este proceder, al muchacho solo le quedaba una única réplica: conservar y acrecentar por los mismos caminos tortuosos el amor del padre, para asegurarse así también frente a él el dominio, pero al mismo tiempo frustrar las constantes exigencias del padre de una actitud masculina con el patrón, rápidamente aprendido, de la actitud pasiva y de la impotencia incapaz.

En esta disposición anímica, en la que el dominio exclusivo sobre la madre y la subordinación de esta tenían que parecerle la única prueba de su superioridad también sobre el padre, todo movimiento y toda toma de posición del paciente estaban condicionados por su meta ficticia: hacer valer, a pesar de su debilidad corporal e infantil, su voluntad de poder por rodeos y con artimañas secretas, pero nunca por la agresión rectilínea ni desafiando a la lucha. Algunas de estas posturas de esgrima pueden reconstruirse sin lugar a dudas y muestran hechos y actos preparatorios que más tarde habían de convertirse en realidades o que podían revelar tempranamente el curso de su fantasía. Así, por ejemplo, cuando de niño desordenaba unas veces las almohadas, otras la manta, para encontrar un motivo de llamar a la madre y apartarla del lado de su marido, mientras que más tarde, ya adulto, quiso arrancarla del padre intentando insinuarle la sospecha de una infidelidad conyugal de este.

La astucia y el sigilo taimado de su proceder venían dados por sí mismos por el hecho de que nunca se creyó capaz de la acción abierta. De la misma dificultad tenían que surgir comportamientos múltiples, a menudo ambivalentes, y rasgos de carácter aparentemente contradictorios (la «escisión de la personalidad» de los autores, mal entendida), que apuntaban por igual a demostrar su superioridad. Tenía, por ejemplo, que poner tanto amor, ser tan aplicado y esforzado, como para no perder su prestigio ante el padre y la madre. Por consiguiente, ponía todo eso. Y, por otra parte, tenía que persistir en una obstinación secreta contra ambos hasta el punto de que ambos tuvieran que ocuparse de él sin cesar. Por consiguiente, tenía también la obstinación y la incapacidad, como otros neuróticos tienen, por ejemplo, enuresis, tartamudez o masturbación. El mismo comportamiento estereotipado tiene que esperarlo y esclarecerlo el médico en la cura. Pues resulta con seguridad que en la psique del nervioso todos los impulsos aparentemente opuestos —amor y odio, obstinación y obediencia, dominio y sumisión, sadismo y masoquismo, actividad y pasividad, homosexualidad y heterosexualidad— no son más que medios para alcanzar el fin último ficticio de una superioridad sobre todo. ¡Y con ello desaparece su oposición!

Si en este estadio de la comprensión se quiere comprobar una vez más si se ha encontrado la línea correcta, hay que recurrir a otros recuerdos de infancia, para ver si se encuentra en ellos la misma línea y solo la misma; por ejemplo, los «sueños inolvidables» de la infancia, con la expectativa de encontrar en ellos los rudimentos de la táctica del paciente. Uno de estos sueños, de hacia los seis años, decía así:

«Subo un monte en cuya cima me espera mi madre. Subo en serpentinas. Detrás de mí va un hombre por los mismos caminos. Va vestido como un guardia, y yo tenía la sensación de que quería hacerme algo».

Si se deja que este sueño actúe sobre uno sin prejuicios, se desprenden de él el afán de subir, la lucha por la madre, el sigilo del camino tortuoso y la posición hostil del padre. Un segundo sueño, de los siete años, dice así:

«Voy con mi padre por una calle. Detrás de nosotros viene un hombre que se comporta como un loco. Les corta la cabeza a todos».

También de este sueño, que no podría entenderse del todo sin recurrir a conjeturas, puede verse con seguridad por lo menos una cosa: cómo nuestro paciente se imaginaba peligrosa la vida fuera de casa («en la calle») y cómo se habría asegurado la protección del padre.

Si consideramos además los preparativos de este muchacho, que siguen con tanta claridad la línea de la salvaguardia y del ascenso «de abajo arriba», hacia la superioridad sobre todos los demás, para esquivar al mismo tiempo el ataque directo, podemos esperar encontrarlos de nuevo, en la medida de lo posible, en todos los demás campos de su actividad. Esto tendría que cumplirse sobre todo en sus ocupaciones y juegos favoritos, porque el niño los entiende en grado eminente como actos preparatorios para la vida. En efecto, el paciente declara que en realidad nunca participó, o solo obligado, en los juegos de otros niños, que desde la primera infancia se ocupó casi exclusivamente, y con gran predilección, de juegos de trenes y que le interesaba especialmente el mecanismo. Según los materiales de que dispongo,17 me permito suponer que esta curiosidad del niño, dirigida a los mecanismos, nace de una gran inseguridad sentida por el niño respecto de su saber, que busca tranquilidad buscando y tanteando. Al mismo tiempo comprendemos que de este modo no actúa una naturaleza combativa, lo que confirman numerosas comunicaciones más sobre la infancia de este hombre. ¿No es esta la misma impresión que habrá movido al padre a quejarse de que nuestro paciente se comportaba como una niña y no como un muchacho? Si recordamos su aspecto delicado, los rizos que llevaba, y además que hasta los cinco años iba vestido de niña y que casi hasta la pubertad no tuvo claras las diferencias sexuales, ni siquiera su propio papel sexual, se refuerza la impresión de que en su inseguridad del saber estaba comprendida también la relativa a su papel sexual, e incluso actuaba como factor de refuerzo. También respecto de las niñas puedo formular la afirmación análoga de que pelearse y reñir, trepar y correr, las proezas deportivas exageradas y los sueños de tales actividades, como ya han subrayado Smith y Stanley Hall, indican una insatisfacción con el papel femenino y la «protesta masculina». Con ello entra una nota nueva y reforzadora en el cuadro de nuestro paciente, que nos confirma de nuevo que, inseguro en su saber sobre su futuro papel sexual, había renunciado al afán masculino de poder.

De sus comunicaciones, no influidas, se desprende además que hacia los diez años se había formado la opinión de que la madre trae al niño al mundo reventándole el vientre. En esa misma época padecía la fobia de que pudiera reventar la caldera de su tren. Encontramos aquí, en forma de fobia, razonamientos e impulsos ocultos que necesariamente tenían que llevar en sí una protesta contra el papel femenino. También por otra circunstancia se le había sugerido la posibilidad de tener que desempeñar un día un papel femenino. Todos sus años de infancia, en efecto, estuvieron llenos por el trato con una prima seis años mayor, que por su energía y su coraje especiales le había infundido respeto y miedo. Lo que más a menudo jugaban ambos era a la boda. Nuestro paciente tenía que asumir en ello el papel de la novia y llevar una larga cola, mientras que la niña18 hacía de novio. Pero eso quiere decir, sin duda, que la inferioridad orgánica del muchacho había traído consigo que se le encontrara aniñado, y que como muchacho no debía contar sin más. En lo sucesivo adoptó tácitamente esta opinión tácita, y había llegado por fin a no poder decidirse claramente ni por un papel masculino ni por uno femenino.

Si se tiene en cuenta su inseguridad, prolongada en exceso, respecto de su papel sexual (consecuencia de su aislamiento por la madre neurótica, que solo se decidió tarde por su papel de mujer, es decir, por el matrimonio, y temía un segundo hijo, por lo que exageraba también los cuidados con el único; consecuencia además del padre, preocupado por su lúes por el futuro del muchacho, que se decidió demasiado tarde a dejar al muchacho corretear libremente), vemos ante nosotros el desarrollo de un niño orgánicamente inferior, cuya sensación de virilidad deficiente fue apoyada además por la tradición familiar nerviosa, hasta que encontró el camino de reunir y acrecentar todas estas sensaciones de inferioridad para hacerlas desembocar, a pesar de todo, en una meta de las aspiraciones más ambiciosas: llegar a ser superior con medios femeninos, ensayándolo mediante la actitud femenina. A los 16 años representó un papel femenino en una función escolar, fue admirado por sus compañeros y coqueteó ya con toda soltura con un visitante desconocido al que cautivó esta figura encantadora y que creyó tener ante sí a una muchacha.

Ya antes, a los doce años, se había producido un acontecimiento que reforzó considerablemente su línea directriz inconsciente de renunciar a la mujer. Desde los ocho años, más o menos, aparecieron inclinaciones masturbatorias. Masturbación entre los muslos, sin que —lo que quizá pueda comprobarse siempre en esta forma de masturbación— hubiera mediado una seducción. Cuatro años más tarde, con ocasión de tocamientos sexuales mutuos en compañía de un compañero de escuela en la caseta de baño, descubrió que padecía una fimosis. También este caso muestra, pues, la inferioridad sexual simultánea que fui el primero en describir, de la que la fimosis representa el signo periférico de degeneración, cuando se da una inferioridad en otra parte.19 Para el muchacho ambicioso, esta afección fue como una mancha. Y consiguió, sobre todo porque estaba ya en camino de abandonar por completo todos los preparativos naturales para conquistar a la mujer, porque ahora también el medio de la fuerza sexual le parecía menoscabado. Desde entonces la mujer dejó de desempeñar un papel para él, porque creía no estar a la altura de una decisión.20 Su camino lo llevó ahora cada vez más cerca del lado del hombre, para desembocar un día en la homosexualidad abierta.

Tampoco esta decisión la había tomado de repente, y menos aún lo había sorprendido. Toda una serie de preparativos, en los que su intervención activa era indispensable, nos muestran su tendencia activa a la perversión, aunque de un modo que le permitía librarse de la responsabilidad: el del autoengaño. De sus preparativos quiero destacar como los más significativos: la agrupación y valoración neuróticas y tendenciosas de los hechos, la desvalorización de la mujer y las «medidas de endurecimiento».

A los 16 años tuvo nuestro paciente su primera vivencia homosexual. Por entonces estaba ya iniciado en todos los secretos de la sexualidad y dice haber sentido en general frialdad hacia las muchachas. Mirándolo de cerca, este dato resulta inexacto. Salen a relucir inclinaciones casi entusiastas por algunas muchachas, pero el paciente nunca quiso captar la posibilidad de un acercamiento, aunque solo fuera de camaradería. Conforme a su plan de vida, necesitaba la distancia respecto de las muchachas: por consiguiente, la creaba. Subrayando las dificultades, destacando tendenciosamente defectos «femeninos», constatando falsamente —como se vio más tarde— la indiferencia de ellas hacia él, figurándose una perfidia femenina especial, conseguía siempre asustarse de nuevo y matar todo interés naciente. Al mismo tiempo aprendió también el tono que había de ahuyentar a las muchachas, y lo dominaba instintivamente. Con tanta más fuerza fijaba el grado de atracción que ejercían sobre él los muchachos en las excursiones o en el baño. Durante mucho tiempo no pasó de entusiasmos platónicos, besos ocasionales, abrazos. Dos veces, según recordaba, hubo tocamientos mutuos de los genitales. También estas vivencias, que había escenificado diplomáticamente tras detenida reflexión y preparación, las vio como una señal del cielo, y afianzaron en él la fe en su homosexualidad «innata». Casi siempre sus excitaciones lo llevaban a la masturbación entre los muslos, que el padre intentaba impedir con alusiones veladas, comprensiblemente en vano, porque era el rival en la lucha por el poder. En la época de la pubertad, cuando ya estaba preparado homosexualmente, vinculaba sus excitaciones sexuales siempre a fantasías homosexuales, sin que de nuevo dejara de pasar por alto su propia influencia como juez sobornado. En particular, sus fantasías se ligaban con gusto a figuras delicadas de muchachos a los que era superior sin esfuerzo, o a hombres especialmente fuertes, gigantescos, que, vencidos por su encanto, intentaban apoderarse de él por la fuerza. El acto fantaseado representaba una situación en la que —con plena conciencia de una incongruencia— se figuraba su transformación en un ser femenino. O bien —y esta fantasía, curiosamente, solo apareció más tarde— tenía lugar una felación mutua.

Este estadio de desarrollo requiere una consideración más detenida. Si damos por resuelta nuestra tarea, por lograda la reducción de la homosexualidad a un sentimiento de insuficiencia, por establecido el intento de llegar más fácilmente al ideal ficticio de superioridad mediante la renuncia a la mujer, las inclinaciones ocasionales por muchachas hermosas podrían desconcertarnos tanto como a los partidarios de la teoría de la homosexualidad innata. Pero si miramos con más atención, resulta que el paciente desvalorizó sistemáticamente los impulsos naturales de su papel masculino hasta que dejaron de llegar a su conciencia. Y con igual empeño cortaba toda inclinación a acercarse al sexo femenino, porque se habría vuelto peligrosa para su plan de vida neurótico. El debilitamiento de principio de su actividad le resultaba tan natural que lo fomentó hasta quedar impedido de toda iniciativa también frente al hombre. En lo sucesivo tuvo relaciones homosexuales con tres hombres, pero nunca había procedido de manera agresiva; nunca había contribuido a entablar la relación con más que un comportamiento tímidamente coqueto. Como en la infancia, en la que ya lo vimos incapaz de atacar al padre, a la madre o a los compañeros, o de llevar una lucha abierta, siguió siendo hasta el tratamiento siempre el objeto de la conquista. No había encontrado, justamente, ocasión de aprender el ataque, y cuando debía desarrollarlo en una relación amorosa, junto a la falta de disposición para la victoria, había perdido por completo la confianza en su fuerza. La última posibilidad de rehacerse le pareció perdida por la fimosis, que valoraba como poco viril, y en su sentimiento volvió a hacer el giro que le era familiar desde la infancia: sentirse el más fuerte, y precisamente mediante la eliminación de la mujer, la conquista del hombre por caminos tortuosos y el empleo de medios femeninos. Pues, por mucho que dominara a su madre, este éxito nunca podía parecerle sin sombra ni suficiente para su ambición recalentada: el padre tenía derechos más fuertes y mayor influencia, y la escena infantil en que golpeaba furioso la estufa nos muestra también el sentimiento de su derrota frente al padre. Si ahora todavía tenía ojos para las muchachas, era solo para ejercitarse en la renuncia, para construir con seguridad la distancia respecto del sexo femenino y aprender cómo se dejan caer rápidamente relaciones apenas iniciadas. Este ardid del «endurecimiento», componente de la tendencia preparatoria a la seguridad, es de la mayor importancia en el mecanismo de la neurosis y nos enseña con insistencia cómo la línea de vida individual del nervioso, una vez adoptada, y su meta se vuelven lo único decisivo. Agrupan los recuerdos, elevan vivencias a rango y dignidad o las sumergen en el olvido, desmenuzan su significado, acrecientan susceptibilidades, las borran, emplean debilidades y defectos como fintas y ardides, azuzan la vida instintiva o la configuran de otro modo, crean impulsos «libidinosos», perversiones, rasgos fetichistas, los dejan hundirse de nuevo tras un esbozo escaso, y son capaces en todo momento de hacer de nada algo o de algo nada. Es un hecho establecido que la vida anímica del nervioso, y con ella la neurosis, no puede comprenderse sin conocer este mecanismo; en realidad, está tan a la vista que ya no es posible pasarlo por alto.

Se encuentra también en la masturbación, que florecía exuberante, de nuestro paciente; y podemos afirmar sin duda que su homosexualidad solo fue posible gracias a los preparativos homosexuales arreglados en su fantasía, a los que servía también su masturbación. Y toda la actitud de su homosexualidad practicada más tarde puede encontrarse y demostrarse como preparación en sus fantasías masturbatorias, y con seguridad también en sus sueños de entonces. De ello se sigue con necesidad imperiosa que el síntoma neurótico de la homosexualidad, como todos los demás síntomas de la neurosis, está elaborado y arreglado, que, tras múltiples ensayos, se incorporó como apto al plan de vida inconsciente del paciente.

Para la significación de la masturbación en la neurosis vemos de ello lo siguiente: 1. Nacida de estados reales de excitación, pronto se hace utilizable para el esquema neurótico. 2. Los sentimientos de culpa que la acompañan solo tienen la tarea de poner en su verdadera luz la «gran importancia» de la masturbación, o han de proteger contra un exceso; también sirven para demostrar la «sexualidad que todo lo supera» del paciente. 3. Las fantasías que la acompañan han de considerarse preparativos que delatan la meta del nervioso, ante la que todavía retrocede asustado. 4. Todo el estado de cosas de la masturbación deja ver que un sentimiento de inferioridad o el miedo a una derrota, culminando ambos en un miedo a la pareja sexual, intentan aplazar la decisión del paciente ambicioso.

En lo que respecta al último punto, el miedo a la decisión, encontramos en nuestro paciente la misma gran medida de inhibición de la agresión que en el resto de su vida. Su reserva frente a la pareja del mismo sexo es exactamente tan grande como su distancia general respecto de la vida, una concordancia que nos permite reconocer que hemos captado correctamente la línea del paciente. ¿No venía dada también su actitud, antes descrita, frente al padre, a la madre y a las personas, por el mismo sentimiento de inferioridad, por su miedo a la decisión y por su meta, tensada demasiado alto, de dominar a su entorno, de manera inconsciente y por eso inmutable? También sus demás ardides —el carácter insinuante y serpentino, la obstinación secreta que se manifestaba en una actitud pasiva ante todas las exigencias, la incapacidad parcial cuando se le planteaban cuestiones de cualquier tipo, el andar por caminos poco viriles, «femeninos» según la opinión general, pero sobre todo la adopción bien preparada de la orientación homosexual con todas las peculiaridades individuales correspondientes, elaboradas sucesivamente— dan testimonio de que este paciente había violentado su pensar, sentir y querer reales hasta que hubo hecho la elección de neurosis «correcta». Pues frente a todos los intentos fracasados hasta ahora de comprender la elección de la neurosis, quiero señalar este resultado de mis investigaciones: ¡El paciente adquiere finalmente aquella neurosis que, según su sentir, corresponde mejor a su meta ficticia y al plan de vida correspondiente!

Y cuando nuestro paciente había llegado tan lejos con sus preparativos que practicó con un compañero de escuela en una caseta de baño el onanismo mutuo, tuvo que realizar un arreglo más para poder afianzar este estadio de su desarrollo homosexual: dotó entonces a la homosexualidad del atractivo más encantador, la ensalzó como la forma más alta del amor y desvalorizó la norma todavía un poco más, intentando sentirla como baja, animal, vulgar. Lo que también consiguió en virtud de su plan de vida. «¡Lo hermoso es feo, y lo feo, hermoso!», cantan las brujas de Macbeth.21 He descrito detalladamente en mi libro Über den nervösen Charakter [El carácter nervioso] (l. c.) estos pequeños trucos de magia, falsificaciones, desvalorizaciones y sobrevaloraciones de la vida anímica neurótica como preparativos y arreglos con el fin de elevar el propio sentimiento de la personalidad. El homosexual, como todo pervertido que, tras eliminar la forma que favorece la comunidad, rinde un culto entusiasta al mísero resto, ha escapado mediante este truco a las complicaciones de la vida amorosa normal, se ha protegido de ellas de manera inteligente,22 pero no muestra en ello ni sentido común, ni valor, ni sentimiento de comunidad.

De la abundancia de medidas preparatorias, «de endurecimiento», de nuestro paciente, que habían de servir para hacerlo apto para otra variante del acto homosexual, a saber, la felación mutua, para borrar el último rastro de aversión y resistencia y para dar, por así decir, a la homosexualidad la consagración superior mediante esta perversión, tuvo que resultar el siguiente suceso, que siempre le resultó enigmático al propio paciente. Se despertó una mañana con el oscuro recuerdo de haber bebido orina de un vaso. En el vaso se encontraban todavía restos de orina. Esto ocurrió en una época en que todavía resistía los esfuerzos de un amigo por inducirlo a la felación. Poco después se mostró dócil.

Entre estas dos vivencias homosexuales se intercalan otras dos, de las cuales quiero citar una como prueba de su papel constantemente pasivo. Un día nuestro paciente se encontró en un urinario público con un hombre que le llamó la atención primero por su abrigo gastado. El esmero exterior y la ropa escogida de muchos homosexuales, que se mostraba también en nuestro paciente, nos remite de nuevo al sentimiento de debilidad subyacente, que intenta compensarse con exterioridades, que quiere actuar, por así decir, mediante el soborno. Los ojos de ambos se encontraron... y se entendieron. Esta circunstancia del reconocimiento mutuo entre homosexuales tiene algo de enigmático para el profano. Rara vez se equivocará el homosexual en su juicio sobre el perverso de igual orientación. A mis preguntas sobre este hecho solo recibí siempre respuestas generales. «La mirada se queda prendida», así suelen expresarse los enfermos, pero con ello designan más el hecho del reconocimiento que su causa. Y, sin embargo, ante los innumerables preparativos del homosexual, este juicio seguro no es difícil de comprender. Este acto de reconocimiento se produce evidentemente de manera inconsciente, pero con un continuo tanteo y examen de las miradas, como un juego de preguntas y respuestas. El ojo asume en ello la tarea de expresar el acuerdo y la disposición. Y la gran experiencia del homosexual en su esfera hace valer aquí sus derechos. Aunque nuestro paciente estaba, pues, seguro de lo que había, se sustrajo a la persecución del homosexual que lo seguía, rechazó como temerario el plan de entrar en trato más estrecho y se alejó con pensamientos que lo exhortaban a una prudencia mayor. También en lo sucesivo, en sus relaciones, naturalmente raras, nunca fue la parte que cortejaba, y solo se acercaba con la mayor precaución. Poco después fue víctima de un chantajista que lo acusó injustamente de haberle hecho proposiciones ilícitas. Que esta vivencia lo reforzara enormemente en su pasividad podemos comprenderlo bien por sus antecedentes.

Apenas había ingresado en la universidad cuando murió su padre. El paciente se vio entonces obligado a aceptar un empleo. No nos sorprenderá oír que él, que quería esquivar toda agresión y toda inseguridad, se decidiera por la carrera de funcionario.

Pero también esta actividad entró en contradicción con su inclinación a la pasividad y... con su ambición. Siempre tenía presente la imagen del padre, que había conseguido en la vida más que él. Así llegó, sin darse cuenta, a la decisión de emprender la carrera de derecho. Pero su actitud habitual exigía que siguiera siendo irresponsable de todo su futuro. Por consiguiente, no decidió contra su profesión, sino que resultó que su profesión de entonces lo cansaba, sus pensamientos divagaban, y finalmente aparecieron ideas obsesivas que le impedían trabajar,23 pero que al mismo tiempo delataban en su contenido sus ideas de grandeza, latentes pero eficaces. Elaboró en su fantasía la idea de un «poder superior» con el que dialogaba y al que podía poner a su servicio con toda clase de pequeñas acciones, saltando de la cama, renunciando a fumar, etc.; es decir: engendró en sí la ficción de ser todavía más fuerte que el poder supremo reconocido por él, y esto por medio de un pequeño truco de magia secreto. Los triunfos y logros de que disfrutaba con ello solo se producían, desde luego, mediante una extraña sobrevaloración. Casi siempre este juego seguía el tipo siguiente: si tenía que cerrar una cuenta, se le ocurría que su madre moriría si no terminaba antes de cierta hora. Entonces invocaba al «poder superior», le sacrificaba el cigarrillo a medio fumar y podía seguir trabajando en paz. ¡De este modo, la supervivencia de su madre era obra suya! Que con esta neurosis obsesiva se perdía muchísimo tiempo salta a la vista. Pero ¿no era el «tiempo» el mayor peligro para este joven, que por su cobardía ante la vida se sentía obligado a la pasividad? ¿Y no es esta la misma línea que lo había llevado también a la homosexualidad, solo para que no tuviera que acreditarse ante la mujer? Psicológicamente, por tanto, su homosexualidad había sido equivalente a su neurosis obsesiva; ¡ambas eran ardides, pequeños trucos de magia de un hombre que ansiaba triunfos, pero que no se creía capaz de conquistarlos por los caminos de la agresión normal! Naturalmente, también fracasaron por su neurosis obsesiva los estudios que había empezado, pero él conservó la ficción de una superioridad semejante a la de Dios sobre todos, que solo por una fatal pequeñez «innata» o morbosa no podía llegar a expresarse, a hacerse valer. Ante nuestros ojos aparece, en cambio, el complejo sintomático de la paranoia, con el que la homosexualidad linda en algunos puntos. Vemos claramente el factor impulsor en la tendencia a esquivar, por la propia inseguridad, las expectativas y exigencias de la sociedad, y a librarse de la responsabilidad24 mediante la legitimación por la enfermedad o subrayando la diferencia «innata», en caso de no alcanzar la medida de superioridad exigida por uno mismo.

* * *

El momento de la aparición de su neurosis obsesiva nos da una nueva confirmación de la exactitud de nuestra concepción. Nuestro paciente había entrado un año antes en una relación homosexual con un colega que al cabo de un tiempo lo engañó con una muchacha. Sintió esta circunstancia hasta tal punto como una humillación que rompió por completo la relación. Poco después, su ambición encontró aquella compensación en la ficción del «poder superior» que le estaba sometido. Pero su amigo lo asediaba impetuosamente. En este estadio de perplejidad vino a tratarse conmigo, inquebrantable en su fe de que su homosexualidad era inmutable. Era fácil ver que su visita no nacía de una tendencia a apartarse de la homosexualidad, sino que había que entenderla como un intento de aprovechar un eventual fracaso de mi tratamiento como justificación para reanudar su relación. Se comprenderá qué dificultades nuevas y acrecentadas surgen para el tratamiento de esta constelación, nada insólita.

Pero no solo salió pronto a la luz la inclinación a perdonar a su amigo, sino que tropezamos también con una circunstancia que resultó en sumo grado apropiada para predisponerlo a la reconciliación. En su casa vivía, en efecto, desde hacía algún tiempo una pariente lejana que amenazaba con volverse peligrosa para su homosexualidad. Ya el hecho de que fuera una pariente y estuviera por ello más cerca de él, de que tampoco mostrara en absoluto un carácter amenazador, sino que más bien estableciera pronto una buena relación gracias a sus cualidades simpáticas, lo obligó a apartarse más de ella. Para configurar también esta relación conforme a su plan de vida, es decir, para hacerla fracasar, recurrió de nuevo al medio, bien conocido por él, de las «medidas de endurecimiento». Se sometía muchas veces a «pruebas» para ver si podía resistir el encanto de la muchacha. Y lograba asegurarse de ello una y otra vez. A nosotros estas pruebas no nos valen nada; era, en efecto, un juez sobornado. Y encontramos una prueba contundente en el curioso fenómeno siguiente: cuando aparecía un pretendiente extraño para la muchacha, a nuestro paciente le sobrevenía cada vez un sentimiento que describía como parecido a los celos. Y no descansaba hasta haber dejado fuera de juego al pretendiente con críticas agudas o con toda clase de pequeñas intrigas. Pero si la muchacha se quedaba largo tiempo sin pretendiente, le venían regularmente pensamientos sobre cómo se la podría casar lo antes posible. Entonces se convertía a menudo también en postillon d'amour, para destruir finalmente las relaciones cuando progresaban. Vemos su viejo juego, que practicaba siempre, también en su profesión, para no moverse del sitio. Pues todo avance lo habría acercado a una decisión; pero se había convertido en la tarea de su vida sustraerse a toda prueba, porque había perdido la fe en sí mismo.

Cuando su pariente volvió a quedarse durante bastante tiempo sin pretendiente y se le acercó más, él, para asegurarse, dio un gran paso más y le confesó que era homosexual. Esta revelación no causó en la muchacha la impresión deseada. Al contrario, intentó acercarse todavía más a él, para —según una fantasía de muchacha frecuente— salvarlo. Solo entonces empezó él a sentir con más agudeza la infidelidad de su amigo e intentó de nuevo, por costumbre, influir en él coqueteando.

Pude entonces comprobar durante bastante tiempo in flagranti mis afirmaciones sobre la naturaleza de la homosexualidad. Resultó que el paciente se acercaba a su amigo con sentimientos homosexuales cada vez que sentía una inclinación por la muchacha que tenía cerca. Sus medios para recuperar al amigo eran los mismos que antes, todos hechos con los conocidos patrones de la coquetería femenina. Y también se puso plenamente de manifiesto la importancia de nuestro tratamiento individualpsicológico para la curación: en cuanto acortaba la distancia respecto del amigo, el paciente no solo se hacía con la causa —el miedo a la mujer, su falta de confianza en su papel masculino—, sino que veía también con plena claridad en el amigo lo que constituía el impulso de su propia homosexualidad: el ansia de un triunfo buscado con medios sexuales en la dirección de la resistencia que parece menor, en la dirección del hombre. Este antídoto bastó por entonces para que el paciente persistiera en una coquetería estéril. Ya no se produjo ningún acto homosexual.

En esta época, y también después, se sitúan algunas pruebas que hizo el paciente, como las encontramos siempre también en otros neuróticos. Supuestamente han de servir para convencer a uno mismo y a otros, por regla general también al médico, de la «buena voluntad» del paciente. Su mal final es de esperar de antemano. No son otra cosa que un último intento, puesto que en el paciente ha crecido ya la convicción de su curación, de demostrar una vez más la incurabilidad de su afección. Si se examinan de cerca estas pruebas, se encuentra a primera vista que están dispuestas de tal modo que también un sano fracasaría con ellas. En nuestro caso, el paciente hizo su demostración con una prostituta fea, de modales groseros. En esta ocasión logró transformar su neurosis en la de una impotencia sexual, y después en la del masoquismo. Ambas formas significaban para nuestro caso el mismo «¡No!», el mismo miedo a la mujer: la impotencia como expresión del arreglo de la distancia, el masoquismo como memento convertido en escena. Entendió fácilmente mi indicación sobre lo tendencioso de sus «pruebas», porque él mismo había estado detrás de la estufa.25 Comprendió enseguida que no podía ser juez, acusador y acusado en una sola persona, y que sus «pruebas» eran pura palabrería.

La misma línea, un «¡Adelante!» bastante modesto, podía seguirse, naturalmente, en la marcha de sus estudios. Sus ideas obsesivas, la ocupación con el «ser superior», que le hacía perder el tiempo y lo inhibía tendenciosamente, y que hasta entonces había actuado como freno, desaparecieron bajo la presión de la cura. Se habían vuelto inservibles como medio de distancia respecto de la vida social, puesto que ya no excluían su responsabilidad. Empezó a asistir a las clases y se preparó para el examen. Entonces notó, en esta prueba, que en clase le asaltaba una somnolencia enorme, «irresistible», que impedía todo progreso ulterior. Disminuyó mucho cuando comprobamos que esta somnolencia estaba bien preparada por un insomnio nocturno bien arreglado.26 Con todo, su progreso, exactamente igual que en el problema del amor, siguió considerablemente limitado, y su actitud, vacilante.

Tras estos esclarecimientos perdí de vista al paciente durante bastante tiempo. Solo volví a verlo al comienzo de la guerra, en el verano de 1914. Mi primer interés se dirigió entonces a su relación con la guerra. Me atreví a hacer la construcción siguiente: su ambición tenía que empujarlo hacia adelante, su falta de confianza en las realizaciones masculinas tenía que actuar como un freno. Mi tratamiento y su conducta desde entonces habrían disminuido su cobardía. También él empezó enseguida a hablar de la guerra. Se había presentado inmediatamente como voluntario. Pero cuanto más se acercaba la fecha de incorporarse, más intensos se volvían su miedo y su deseo de quedar libre. A partir de esta actitud pude adivinar fácilmente la fase actual de su desarrollo sexual. Se confirmó que se había acercado a la mujer, pero que casi siempre la impotencia sexual, y a veces también la falta de satisfacción, como señal de una incapacidad de entregarse todavía existente, ponían el punto final. Es digno de atención en su vivencia de la guerra que muestra en breves trazos la línea del maníaco-depresivo que he destacado:27 un «¡Adelante!» impulsivo al que releva un «¡Atrás!». En ambas fases está, sin mucho disimulo, el «¡No!».

* * *

Cuarto caso

Dictamen pericial médico, emitido conjuntamente con el jefe de la sección de neurología del entonces (1917) Hospital de Guarnición imperial y real n.º XV, el médico mayor Dr. Sigmund Scharf28 (comandante: médico mayor jefe Dr. L. Dabrowski)

sobre el señor I., de 59 años, agricultor, que fue remitido a la VI sección del Hospital de Guarnición para el examen de su estado mental.

El paciente declara respecto de sus antecedentes: sus padres murieron pronto. Creció en casa de su cuñado y más tarde lo enviaron a un internado para que estudiara. De diez hermanos, siete murieron. Él mismo era débil y aprendía peor que el hermano mayor. Nunca padeció enfermedades. Solo desde hace unos 20 años sufre a menudo dolores de cabeza y duerme mal. Terminó el Gymnasium sin examen de madurez; dejó al cabo de un año el servicio militar, al que se había dedicado. A los 32 años se casó sin amor; tras cinco años de matrimonio, su mujer dio a luz una hija que, al parecer, se desarrolló mal mentalmente. Su matrimonio fue mal, porque la mujer se resistía a sus exigencias dominantes (a veces le pegaba). Hace 15 y hace 10 años contrajo gonorrea con prostitutas, que cada vez curó en el plazo normal con tratamiento médico. Admite un consumo moderado de alcohol. Niega la lúes.

Su desarrollo sexual se volvió anormal porque a los 13 años un criado del internado lo indujo a la masturbación mutua. Esta forma de actividad sexual la continuó el paciente hasta los últimos tiempos, mientras que el acto sexual normal solo lo practicó ocasionalmente, y también en su matrimonio solo durante poco tiempo y rara vez. También de joven tuvo trato de vez en cuando con muchachas, siempre solo con pobres muchachas campesinas o con prostitutas. Nunca tuvo una relación amorosa. Su inclinación al matrimonio fue siempre escasa; finalmente se casó por insistencia de sus parientes.

En sus relaciones homosexuales, el paciente habría sido siempre la parte agresora. Sus víctimas fueron siempre personas de servicio. Siempre había aprovechado la sorpresa y la sumisión de las parejas elegidas por él.

Una de sus últimas víctimas, tras un chantaje fallido, presentó la denuncia. El paciente había sido condenado, pero vino después a nuestra sección para que se determinara su estado mental.

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La constitución física del examinado dio resultados completamente normales. Su hábito es esbelto, ágil, y no presenta rasgo femenino alguno. A la pregunta de qué era lo que más le dolía en su caso, responde: la vergüenza pública por su falta y la condena.

Su comportamiento social se desprende de lo siguiente:

Con las personas de servicio que elegía como víctimas nunca se relacionó como un amante. Exigía más bien su sumisión sexual, del mismo modo que en lo demás exigía una obediencia estricta. Del expediente judicial se desprende que procedía de manera claramente tiránica contra criados y empleados, y que recurría sin vacilar a castigos, a privaciones arbitrarias de libertad, al despido inmediato y a demandas judiciales.

La impresión que da su comportamiento en la vida es, pues, la de un déspota tanto con la servidumbre como con su mujer. Es la misma línea despótica que en el curso de sus agresiones homosexuales.

* * *

Pero esta unidad de su actitud vital se rompe considerablemente en cuanto entran en el círculo de nuestra consideración las cuestiones profesionales o la relación amorosa con mujeres en la vida del paciente. En términos muy generales puede hablarse entonces de un fracaso del examinado. Si ya llama la atención que en sus relaciones homosexuales solo aparezcan personas de servicio, nunca personas aproximadamente de su misma condición, nuestra concepción de que su carácter despótico exigía la sumisión completa de los demás gana considerablemente en fuerza en cuanto comprobamos que también al acercarse al otro sexo, al parecer, nunca pensó en otras muchachas que en subordinadas y en prostitutas. Desde este punto de vista podemos comprender que la naturaleza de la mujer despertara en él la sensación de lo extraño, inaccesible, inabordable, y que solo pudiera acercarse cuando lo animaba su privilegio de superior indudable. La derrota frente a su mujer, así como la doble infección gonorreica posterior, debieron de darle, dada su disposición, el estímulo instintivo para romper por completo en los últimos diez años con los intentos heterosexuales y limitarse por entero a aquellas relaciones homosexuales en las que se creía seguro en su sentimiento de dominio.

Nuestro intento de esclarecer el mal hábito sexual profundamente arraigado del condenado recibe en este punto una confirmación sumamente curiosa en el hecho, subrayado muchas veces tanto por los testigos como por el examinado, de que tampoco —dejando aparte su vida amorosa— era hombre de constancia, y fácilmente arrojaba la toalla ante las dificultades que surgían. Sus empresas agrícolas se describen en general como carentes de sentido y de plan, y nunca pasaron de modestos comienzos. En efecto, encontramos en la vida del examinado un comportamiento constante, en la medida en que muestra una inclinación extraordinaria a interrumpir pronto las empresas comenzadas. Deja el Gymnasium sin examen de madurez, abandona el ejército tras un año de servicio, deshace su matrimonio e interrumpe una y otra vez sus empresas agrícolas. También sus relaciones amorosas homosexuales carecen de constancia y nos muestran la imagen de un donjuán perverso.

Si retenemos de la descripción anterior el retrato de carácter de un hombre veleidoso, que se desalienta fácilmente, que retrocede ante las dificultades, que solo desplegaba de preferencia una energía recalentada y —como vimos— una fuerza despótica allí donde no lo amenazaban ni contradicción ni derrota, este retrato se completa en línea recta con la orientación homosexual hacia personas de servicio, surgida de sus antecedentes y de su apuro sexual interior. También en la vida amorosa interrumpe rápidamente sus esfuerzos por la mujer, con lo que se ve desviado del camino de la norma; abandona incluso, por funestas, a las criadas y prostitutas, que le parecen inferiores, y se separa de su mujer, a la que había intentado en vano humillar. Incluso de estas metas sexuales facilitadas lo apartan una y otra vez sensaciones de dificultades que parecen insuperables, empujándolo hacia los baratos triunfos sexuales sobre criados varones, en los que busca satisfacción y prestigio inquebrantable, a la vez para su instinto sexual y para su afán de dominio.

Pero para conjurar para siempre la inquietud causada por su actividad homosexual, y para asegurarla, para aparecer irresponsable de ella ante sí mismo y ante los demás cuando en él y contra él despierta la conciencia de la comunidad, dota a su perversión del nimbo de la inmutabilidad y de un destino enigmático, y enlaza y envenena sus impulsos sexuales con sus rasgos de carácter más sobresalientes: con su afán de dominio y su cobardía. Desde un sentimiento de inferioridad procedente de la infancia, se desvía de la línea de la agresión masculina. De su miedo a la mujer hace, en el sentimiento de su afán de dominio, una rebelión. Para parecer victorioso en la vida, se hace déspota y homosexual.

* * *

Este desarrollo anímico, que puede demostrarse de modo semejante en la vida anímica de todos los homosexuales, no se desarrolla en la esfera del pensamiento crítico y de la reflexión, sino en el terreno del querer instintivo. Adquiere así un carácter compulsivo, por no estar controlado, y el perverso ya no puede corregirlo ni detenerlo con objeciones lógicas. Se desarrolla más bien una perspectiva homosexual, y la argumentación se produce más bien de un modo favorable a la orientación homosexual, porque la perversión resulta ser una salida deseada y una salvaguardia frente a las «dificultades» y menoscabos de la vida amorosa normal. A ello se añade que el enfermo neurótico —y eso es el perverso también en el resto de su carácter— casi nunca logra por sí solo consideraciones psicológicas tan difíciles. Más bien viene en su ayuda la superstición, muy extendida y a menudo revestida de ciencia, de las inclinaciones perversas innatas y de su inmutabilidad. La transformación de un perverso en un hombre de sentir normal solo podría lograrse en una cura psicoterapéutica de cierta duración que le pusiera en posesión de los medios aptos para la curación; de ningún otro modo.

Llegamos a la conclusión de que el examinado padece una homosexualidad claramente desarrollada desde su pubertad, que se ha profundizado y fijado de manera compulsiva a partir de su carácter extraviado, formado «en la corriente del mundo».29 Su línea homosexual lleva, como todo su ser, los claros rasgos del miedo a las dificultades y del afán de dominio despótico en el círculo de acción que le ha tocado. Es incorregible como un delirio, porque los medios anímicos para su curación son inaccesibles al paciente, y desde el punto de vista médico se caracteriza como una neurosis obsesiva que suprime la responsabilidad.

* * *

Quinto caso30

Se trata de una muchacha de 30 años, de medio pequeñoburgués muy religioso.

La distancia respecto del problema del matrimonio salta a la vista y tiene que conducir de algún modo al estilo de vida de la paciente.

Tiene varios hermanos, entre ellos una hermana algo mayor que eclipsaba a todos los demás por su encanto y su ingenio.

Este recuerdo y esta constatación, revelados ya al comienzo del tratamiento, descubren una causa importante de un sentimiento de inferioridad que evidentemente está en la base de su distancia respecto del matrimonio. A pesar de todos sus deseos, parece esquivar el matrimonio porque teme el arrinconamiento de siempre frente a otra muchacha (originariamente, la hermana). Un refuerzo de este sentimiento de inferioridad, que puede observarse a diario, podemos suponerlo sin más en el hecho de que quizá durante dos años fue la menor y, en consecuencia, estuvo entregada a un mimo natural, del que más tarde fue arrancada. Este vuelco alcanza a la mayoría de los niños con una agudeza más o menos hiriente. En esta situación nueva y mal recibida, situada en el lugar de nacimiento de la personalidad, se agudiza el sentimiento de inferioridad de un número increíble de niños y empuja con fuerza su estilo de vida hacia el lado útil, pero casi siempre, desde luego, hacia el inútil, el de la dificultad educativa o de la neurosis. Este giro se encuentra muy claramente marcado, como se explica por la naturaleza de la cosa, en los primogénitos. Nuestra paciente estaba más cerca de la niña afortunada que los demás hermanos, y por eso la preponderancia de esta la afectó con especial dureza.

Ya muy pronto se mostró en ella un rasgo de esquivar las cuestiones de su vida. Timidez, retraimiento, tendencia al aislamiento, desvalorización de los demás, unida a un respeto originario, descubren su sentimiento de inferioridad. Como, por miedo a una derrota, no llevaba nada a término, pronto se la tuvo por incapaz y torpe. No tenía amigas íntimas; evitaba la compañía en lo posible. Ya antes de la pubertad padecía ideas obsesivas morales y religiosas. Se reprochaba continuamente pecados y faltas que intentaba expiar y enmendar con juramentos y oraciones. Sus juramentos le parecían impuestos por el miedo de que, de lo contrario, alguien de su entorno pudiera ir al infierno.

Si se despojan de su contenido estas ideas y acciones obsesivas, como nos prescribe el método individualpsicológico, nos queda un movimiento puramente formal que lleva con bastante claridad de abajo arriba, sin ser precisamente de utilidad general, sin cambiar lo más mínimo la posición hombre-semejante. Por el camino visiblemente de menor resistencia, independiente de toda competencia, sobre todo de la de la hermana favorecida, la paciente parece haber logrado asignarse la tarea de una persona completamente intachable, libre de pecado, aunque solo para el futuro, persiguiendo con rigor las faltas más pequeñas, a menudo las más ridículas, en el sentimiento del más justo que, a diferencia de los demás, trabaja en su purificación. La posición sublime que la paciente se asigna con ello no le es conocida, pero la ocupa. Que ahora sea superior a su hermana no se le pasa por la cabeza, pero lo es, por la vía de la compensación de su sentimiento de inferioridad. De la situación insoportable de ser inferior a la hermana ha desarrollado un afán de subir que, hasta nueva orden, puede servirle de sustituto consolador del sentimiento de su falta de valor y le promete la victoria para el futuro. Por este sustituto paga todos los costes, y tanto más a gusto cuanto que obtiene para su propia persona, y poco a poco también para los demás, una legitimación por la enfermedad según la cual queda más fácilmente dispensada de las realizaciones útiles, o al menos puede reclamar para ellas condiciones atenuadas. Pero no puede afligirse, quejarse y sufrir lo bastante, pues cuanto más sufre, con tanta más claridad aparece su pretensión de santidad.

Y como para confirmarlo, la segunda parte de sus ideas obsesivas muestra el mismo rasgo formal hacia arriba: está en su mano que alguien vaya o no al infierno.31 Un pequeño juramento de sus labios, y queda redimido. Aquí puede tocarse con las manos la semejanza con Dios afirmada por la psicología individual. También la inquietud y el miedo que la asaltaban cuando no se servía de su omnipotencia aparecen ahora con clara luz. Son medios, lo mismo que el sentimiento de coacción de tener que pronunciar el juramento para seguir en el poder, para poder mantener unitariamente el estilo de vida que la redime del sentimiento de inferioridad. La fuerza creadora de esta muchacha, demasiado cobarde para las soluciones útiles, solo alcanza para este arreglo ficticio, equivalente a una mentira vital.

Cuando tenía 24 años, le alcanzó un nuevo golpe. Un joven igual de pusilánime pidió su mano. A la primera objeción de la hermana de él, abandonó todo cortejo ulterior, antes de que los dos hubieran entrado en confianza.

De nuevo se había enriquecido con una derrota, en una línea principal de su vida en la que quizá habría podido llegar a un sentimiento de paridad con su hermana. El desaliento había avanzado, y en casos semejantes podríamos predecir «con mirada profética» que se produciría entonces un nuevo alejamiento de la gran cuestión de la vida, la cuestión del amor. En efecto, hasta nuestra cura había perdido todo interés por los hombres.

Pero ya el acercamiento al joven antes mencionado habría podido descubrir la débil base de la muchacha. Ella misma lo llamaba un pelele. Es precisamente el destino trágico de estas criaturas desalentadas que tropiecen con mucha facilidad con parejas también desalentadas y aumenten así sus propias dificultades, del mismo modo que, en general, en la esfera del desaliento las dificultades se acumulan. La fragilidad de tales relaciones se muestra en nuestro caso de manera crasa.

En este punto oigo de nuevo preguntar a nuestros estimados críticos: pero ¿dónde queda aquí la «protesta masculina»? ¿Dónde el sentimiento de inferioridad femenina? Todavía hay algunos autores que, para acabar rápidamente con la psicología individual, buscan en la protesta masculina el principio y el fin de nuestras opiniones, sin comprender que esta no representa más que una concreción importante del afán formal de superioridad, no muy distinta de cuando un muchacho intenta realizar este afán eligiendo la profesión de cochero, de revisor o de general. Bueno, puede que la comprensión de estas relaciones no sea del todo sencilla. Quizá una pregunta sencilla nos acerque a la aclaración. ¿Por qué se ha desarrollado esta muchacha al margen de la norma femenina? Porque no era tan guapa como su hermana. Podemos concluir de ello que tenía la idea de que una muchacha, para poder desempeñar su papel, tiene que ser guapa. Esta sobrevaloración de la belleza de la mujer, un ardid enteramente masculino que conduce a una dependencia perjudicial y permanente de la mujer respecto del juicio del hombre, es un despropósito completamente general, domina tanto al hombre como a la mujer y restringe extraordinariamente las posibilidades vitales de la mujer. Sobre todo en las mujeres desalentadas —y lo son todas las nerviosas— se tropezará siempre con esta opinión de raíces profundas. El privilegio masculino en nuestra cultura consigue falsificar un principio importante de la selección natural, la belleza como prenda de la salud de las generaciones futuras, convirtiéndolo en un factor de poder en favor del hombre. Nuestra paciente, que había caído también en esta misma dependencia, se vio empujada automáticamente a esquivar el papel de mujer, a no buscar en él la concreción de su afán, sino en una posición de poder ficticia en la que hacía como si hiciera algo, o a entrar en el juego solo bajo condiciones, como cuando la pareja masculina era un pelele, es decir, quizá ni siquiera un hombre. Naturalmente, también en la juventud se le ocurría a menudo cuánto mejor sería ser un hombre.

Su sentimiento de inferioridad femenina parece, pues, fuera de duda. Pero ¿dónde está la protesta masculina? Pues bien, todo su estilo de vida neurótico es una rebelión contra el papel femenino, es afán de plenitud de poder masculina, de despliegue de su vida en la dirección de la posición paterna, no de la materna. Pero parece que hacen falta pruebas más claras. Aquí están: un día descubrió inequívocas inclinaciones homoeróticas activas.

La prensa psicoanalítica nos reprocha regularmente que hemos olvidado el amor o el erotismo. Simplemente no estamos entrenados, ni obligados, para considerar todos los fenómenos anímicos desde este punto. Teníamos cosas más importantes que hacer. Teníamos que mostrar que el erotismo de una persona adopta siempre, tanto en la infancia como después, la forma que corresponde al estilo de vida del individuo en cuestión dentro de una situación determinada. De modo que habríamos podido adivinar fácilmente cómo esta muchacha, tras una derrota en el camino hacia el amor normal, tuvo que desviar su erotismo, naturalmente existente, conforme a su protesta masculina y a su esquivar la norma, eliminando al hombre. «Puesto en fuga, cree que va de caza».32

Uno de sus muchos médicos, prisionero de doctrinas erróneas de la psicología sexual, creyó poder curarla mediante un acercamiento sexual. La consecuencia fue un estado de confusión que duró semanas y que solo cedió lentamente. Quizá se tratara solo de un error de la muchacha. También esto sería indicio suficiente —si nuestra exposición no hubiera aclarado ya bastante la ineptitud de la paciente para las relaciones amorosas, si alguien dudara todavía de que primero hay que atenuar el sentimiento de inferioridad antes de que una persona así pueda despertar a la vida— para impedir por todos los medios la llamada «transferencia». Como había caído víctima del error, muy extendido entre hombres y mujeres, de que toda la tarea de la mujer consiste en hechizar al hombre, pero no se creía capaz de esta respetable realización, toda presión en la dirección del erotismo solo podía provocar pánico. Gran número de psicosis y algunas neurosis surgen en este estado de pánico, que por regla general el neurólogo no comprende. En esta perplejidad, todos los valores reales se estiman en extremo bajos.

En cuanto al contenido de las ideas obsesivas de esta muchacha, representan un burdo abuso de las formas religiosas y concretan de manera extraordinariamente certera el afán de poder, el movimiento compensatorio formal. Pues presuponen una plenitud de poder tal como solo podría atribuirse a un dios. A ella le corresponde decidir si alguien está condenado al infierno o puede ser redimido, y así decide sobre el destino de los hombres. Otra idea obsesiva que la atormentaba consistía en que, sobre todo al comer, podía envenenar a una persona con palabras o miradas. Por lo demás, el alma humana parece accesible en gran medida a la necedad de esta idea. Pues no es menor que en esta muchacha el poder que se atribuye a las personas de mal de ojo o que se ha atribuido a las brujas. Uno de los restos de esta superstición se ha salvado sin duda también en la superstición de la clarividencia y del mediumnismo. Si se mira más de cerca, se encuentra la raíz de todo este despropósito en la superstición, todavía hoy muy extendida, de que hay capacidades innatas que nunca jamás serían accesibles a otras personas.

Muchos neurólogos y psicólogos objetan aquí lo que también a los pacientes les parece extraño e increíble: ¿por qué, entonces, si con tales síntomas se alcanza semejante plenitud de poder, el paciente se ve tan dolorosamente afectado y sufre? Supongamos que el paciente disfrutara del sentimiento de su poder, como hemos podido observarlo en las envenenadoras, sin que se hubiera producido una ampliación real del poder. Entonces tendríamos quizá ante nosotros el caso de una melancolía o de una esquizofrenia. Es decir: el paciente se habría desprendido de los lazos del sentimiento de comunidad hasta el punto de haber perdido también la lógica, la razón, que nos ata a todos. Pero en la neurosis obsesiva el caso no es así; el paciente mismo considera necias sus ideas. Pero, por necias que sean consideradas desde el punto de vista, desde la meta de un semejante, como medio de desprenderse de aquellas tareas cuyo cumplimiento teme son perfectamente adecuadas. Y además, en su toma de posición en el lado inútil de la vida, se encuentra completamente justificado. Esta justificación se perdería si encima se alegrara de su hacer neurótico. Por tanto, sufre.

Otra necesidad de un sufrimiento extremadamente grande resulta de que el paciente, con su sufrimiento, no solo conmueve el aire, sino también al entorno que le es accesible, y lo vuelve dócil. ¿Podría hacerlo si estuviera alegre?

Pero, en tercer lugar, su sufrimiento con estas ideas obsesivas está íntimamente unido a la alusión a su poder mágico, a su nobleza, a su santidad. Cuanto más sufre, más clara se le hace su plenitud de poder. Más aún, no puede sufrir lo bastante, pues su sufrimiento es la única pieza de todo el sistema obsesivo que intenta insertarse en la realidad, que posee valor de realidad. De su sufrimiento le crece la certeza de su grandeza. Solo que mira el sufrimiento, como todos los demás observadores de la neurosis obsesiva hasta ahora, y no deja que se le haga patente su poder. Tenemos que enseñarle a fijarse en el aumento ficticio de poder por el que, en su pusilanimidad ante las tareas útiles, ha urdido la neurosis.

La sustitución del sistema de referencia neurótico por uno de solidaridad humana —y esta es la tarea de la psicología individual— equivale al aliento del paciente. Así se logró también en este caso restablecer la capacidad social, profesional y amorosa de la muchacha. El tiempo transcurrido inútilmente puede ser motivo de pesar. Pero la neurosis, gracias al estado actual de nuestra ciencia, ha llevado a la paciente a un punto desde el que abarca mejor la vida y siente mejor la necesidad de actuar en el sentido de la utilidad general. Para ella, que ha pasado por el purgatorio de la psicología individual, vale la palabra bíblica de que en el cielo hay más alegría por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos.

* * *

Sexto caso

Vi un caso de agorafobia en un hombre de 53 años que creía no poder respirar bien en compañía de otras personas. Vivía con su hermana y tenía un hijo cuyos rasgos de carácter eran muy parecidos a los suyos. Cuando investigué cuál podía ser la causa de la concentración extraordinariamente fuerte de los intereses de este hombre en sí mismo, encontré que había perdido a sus padres a los diez años. En la casa paterna quedaron dos hijos mayores. Tuvo su primer ataque una vez que sus dos hermanos mayores se pelearon. Esto indica la tendencia a hacer frente a una situación difícil con un derrumbamiento. El hombre era el menor de ocho hermanos y fue educado por el abuelo. Los abuelos son siempre padres adoptivos que miman. El padre y la madre del paciente vivían en un matrimonio feliz; el padre era superior, la madre de naturaleza más bien fría, así que el niño se apegó al padre.

La primera amistad del niño es siempre la madre, si la hay, de modo que, cuando el niño se inclina más bien hacia el padre, podemos suponer que la madre no presta al niño la atención suficiente: probablemente es poco cariñosa, está ocupada en otras cosas o es más cariñosa con un hijo menor. En tales circunstancias, el niño se vuelve hacia el padre, si es posible. Y en el presente caso, la resistencia de la madre había sido muy marcada.

Las personas son a menudo incapaces de recordar correctamente sus situaciones más tempranas; pero la experiencia nos capacita para reconstruir sus circunstancias a partir de indicios relativamente escasos. El paciente afirmaba que de su primera infancia solo podía recordar tres vivencias, que habían quedado profundamente grabadas en su memoria. La primera ocurrió a los tres años, cuando murió su hermano. El día del entierro estaba en casa del abuelo cuando su madre volvió del cementerio, triste y llorando, y cuando el abuelo la besó, susurrándole algunas palabras de amor y de consuelo, el niño vio sonreír un poco a la madre. Esto lo consternó mucho, y durante largo tiempo le guardó rencor a la madre por esta sonrisa el día en que enterraban a su hijo. El segundo recuerdo que conservó fue un reproche amistoso de su tío, que le echó en cara: «¿Por qué eres siempre tan brusco con tu madre?». Un tercer recuerdo del mismo período de su vida se refería a una pelea de sus padres, después de la cual dijo a su padre: «¡Te has portado como un valiente, padre, como un soldado!». Estaba muy apegado a su padre, y este lo mimaba; y siempre admiró al padre más que a la madre, aunque tenía claro que el carácter de su madre era de mejor índole.

Todos estos recuerdos, que procedían de sus tres o cuatro años, mostraban la actitud combativa frente a la madre. El primero y el tercero estaban dominados con toda claridad por su meta, que consistía en criticar a la madre y justificarse a sí mismo por su afecto hacia el padre. La razón por la que se apartó de la madre es fácil de ver: ella lo había mimado demasiado como para que pudiera conformarse con la aparición en escena de un hermano menor, el mismo hermano menor que figura de manera aparentemente tan inocente en su primer recuerdo de infancia.

Este paciente se casó a los 24 años. El matrimonio le trajo una decepción por las exigencias de su mujer hacia él. El matrimonio entre dos niños mimados es siempre desgraciado, porque ambos persisten en la actitud de espera y ninguno de los dos empieza a dar. El paciente pasó por las experiencias más diversas y probó las ocupaciones más diversas, sin éxito. Su mujer no era simpática y se quejaba de que preferiría ser la amiga de un hombre rico a la mujer de uno pobre. El matrimonio terminó en divorcio. Aunque el hombre, en efecto, no era pobre, era muy tacaño con su mujer, y ella se divorció de él para vengarse.

Después del divorcio se volvió misógino y desarrolló tendencias homosexuales. No tuvo verdaderas relaciones con hombres, pero tenía el anhelo de abrazar a hombres. Esta orientación homosexual es, como de costumbre, una especie de cobardía. Las mujeres lo habían derrotado y decepcionado dos veces —una vez la madre, después su mujer—, y ahora intentaba dirigir su sexualidad hacia los hombres para evitar a las mujeres y nuevas posibilidades de humillación. Para afianzar en uno mismo semejante tendencia, se puede falsificar muy fácilmente el pasado, buscando en el recuerdo determinadas vivencias generales y exagerando su importancia, para tomarlas luego como pruebas de tendencias homosexuales innatas. De este modo, nuestro paciente recordó haber estado enamorado de su maestro y haber sido inducido por un amigo de juventud al onanismo mutuo.

El factor decisivo en el comportamiento de este hombre era que había sido un niño mimado que lo exigía todo a cambio de nada. Su agorafobia procedía, por una parte, del miedo a encontrarse con mujeres y, por otra, del mismo peligro de encontrarse con hombres, puesto que existía la posibilidad de una inclinación erótica hacia ellos. En esta tensión de sentimientos en torno a la cuestión de si debía salir de casa o no, desarrolló trastornos gástricos y respiratorios. Muchos nerviosos empiezan, en una situación de tensión, a tragar aire, lo que, además de dificultar la respiración, causa flatulencias, molestias gástricas y palpitaciones.

Cuando le hube explicado su verdadero estado, me dirigió la pregunta habitual: «¿Qué debo hacer para no tragar aire?». A esta pregunta respondo a menudo así: «No puedo decirle cómo debe usted subir a un caballo, pero puedo decirle cómo no debe subir a un caballo». O doy a menudo el consejo: «Cuando quiera usted salir y tenga sobre ello un conflicto consigo mismo, trague rápidamente un poco de aire». Este hombre, como tantos otros pacientes, tragaba aire incluso dormido, pero después de mi indicación empezó a controlarse y rompió con esta costumbre. Tragar aire durante el sueño y vomitar al despertar: eso les ocurre a pacientes que padecen trastornos gástricos y miedo cuando los atormenta una situación difícil que tienen que afrontar al día siguiente.

El paciente mencionado empezó a mejorar en cuanto comprendió que, como niño mimado, siempre había esperado poder tomar sin dar. Ahora comprendió que primero se había cerrado el paso a su vida sexual normal para buscar algo más fácil, y que luego había adoptado una homosexualidad ficticia en la que se había detenido igualmente ante el peligro; todo el proceso no era más que un camino bien preparado para llegar a la inmovilidad. Como último obstáculo quedaba por eliminar su miedo a tener que moverse entre extraños que no se ocupaban de él, como la gente de la calle. Este miedo lo produce el motivo más profundo de la agorafobia, que consiste en esto: excluir todas aquellas situaciones en las que uno no es el centro de la atención.

* * *

Séptimo caso

Los recuerdos de la primera infancia nos dan a menudo indicaciones esclarecedoras sobre el camino por el que se ha construido la actitud sexual. Un muchacho de 14 años, con una fuerte actitud de espera ante la vida, tenía grandes dificultades para aprender a nadar, como en general era reacio a aprender nada, sobre todo matemáticas.33 En este tipo de niños, las matemáticas son a menudo la dificultad principal, probablemente porque exigen una capacidad especial de entrega independiente al trabajo. Confesó a su madre, que era su mejor camarada, que durante un tiempo había sentido excitación sexual al ver los músculos de los hombres en la piscina o en otra parte.

Su vivencia más temprana que podía recordar era haber ido de paseo con su madre, y que la gente, al ver su pelo rubio y rizado, comentaba a menudo: «¡Qué niña tan bonita!».

Si se le preguntaba si le gustaría ser una niña, lo negaba en todo caso con mucho énfasis. En su conciencia era mejor ser hombre que mujer; pero como en realidad quería conseguirlo todo de la manera más fácil posible, esquivaba instintivamente la preparación necesaria para el papel masculino, y su meta consistía en ser cortejado y recibir atenciones como si hubiera sido una niña. Eso parecía posible, puesto que tenía un aspecto bonito. En cambio, el éxito por todos los demás caminos parecía difícil y dudoso. Así se refugió en la pereza y la incapacidad. Un estilo de vida semejante —esto debemos tenerlo siempre presente— da ocasionalmente al paciente el sentimiento del poder y del dominio. Va unido a una intensa aversión a toda situación que uno no es capaz de dominar, de modo que no nos sorprende en absoluto enterarnos de un miedo excesivo del muchacho a las tormentas. Una tormenta es, en efecto, el ejemplo supremo de cosas que no se pueden ni organizar ni vigilar.

Con la ambición altanera de un segundo hijo y el menor, sus derrotas manifiestas incapacitaron a este muchacho para creerse capaz de un éxito correspondiente como hombre: de ahí el afán de formar una meta homosexual, de dominar pasivamente, siendo amado y adorado.

III. Consideraciones de conjunto y finales34

Los fenómenos de la homosexualidad pueden seguirse hasta los comienzos de la cultura. Se nos han conservado representaciones de actos pederásticos de los tiempos más antiguos. En algunas épocas, en diversos pueblos, esta perversión degenera en un fenómeno de masas. Es generalmente conocida su difusión en algunas regiones de Oriente y en la antigua Grecia, de la época de la inclinación general al «eros griego». En nuestro tiempo se encuentran por todas partes, en todas las ciudades, en el campo, entre altos y bajos, entre hombres y mujeres, en todas las edades, en todos los países, homosexuales aislados, que casi siempre muestran la tendencia a convertirse en fenómeno de masas, lo que favorecen notablemente su unión y su organización. Su gran difusión por todos los países y épocas contribuye mucho a afianzar la creencia en su inmutabilidad. Muchos investigadores y adeptos se inclinan a la opinión de que la cultura habría conducido a un debilitamiento del instinto sexual. También la referencia al reino animal, donde supuestamente solo se han observado actos homosexuales en seres domesticados, parece apoyar esta concepción. Freud intenta explicar la frecuencia de las inclinaciones homosexuales suponiendo componentes homosexuales innatos, generales, del instinto sexual, que se imponen en otras condiciones favorables en cuanto se llega a la represión de la sexualidad normal. En amplios círculos se ha hecho conocida la argumentación de Freud según la cual es la cultura la que conduce a la represión de la sexualidad, mientras que, por otra parte, la cultura nacería de la sexualidad reprimida.

En el curso de la profundización psicológica en destinos individuales y en la vida anímica infantil se reveló el secreto de la homoerótica ocasional, extraordinariamente difundida, y de su práctica fragmentaria en ambos sexos. Junto a la masturbación y junto a la heterosexualidad se llega a menudo a actos o fantasías homosexuales y a caricias. La ocasión, por una parte, y la prisión, la vigilancia estricta en asilos, internados, cuarteles o en el hogar familiar, por otra, la seducción de niños por adultos, etc., favorecen casi regularmente la unión homosexual. Pero también en casados y en otros heterosexuales se encuentra a menudo la práctica simultánea de esta perversión. Todas las variantes posibles —felación, pederastia,35 onanismo mutuo— se presentan juntas o aisladas. Se prefiere el onanismo mutuo. A menudo se queda en exhibicionismo, caricias y fantasías.

No pocas veces los observadores encontraron simultáneamente otras perversiones sexuales, como sadismo, masoquismo y fetichismo. A menudo se han descrito cuadros neuróticos y psicóticos como añadido o como fundamento. Yo nunca he echado de menos el componente de una neurosis, obsesiva o de angustia.36 Tampoco son aisladas las combinaciones con morfinismo y cocainismo.

Desde siempre se habían impuesto a los investigadores modernos algunas observaciones comunes:

  1. El hábito.

  2. El comportamiento.

  3. Anomalías de los órganos sexuales.

  4. Menosprecio del otro sexo.

  5. Sueños y fantasías homosexuales.

  6. Indicios tempranos en la infancia.

  7. Aparición familiar.

Hasta las últimas décadas se mantuvo la suposición de que la homosexualidad tenía sus causas en el vicio, la insolencia y el hastío. Solo tarde llegaron los médicos a tener claro que había un gran número de homosexuales que se resistían con la mayor vehemencia a su inclinación y buscaban la curación.

Las constataciones anteriores y esta experiencia hicieron que se empezara a creer en factores innatos. Como nunca llegó a conocimiento de círculos más amplios un caso indiscutible de homosexualidad curada, esta concepción ganó terreno. Se habían olvidado los casos, incomparablemente más numerosos, de «homosexualidad superada». Cuando más tarde se produjeron y publicaron curaciones, se optó por una suposición más. Krafft-Ebing fue quizá el primero en distinguir una homosexualidad adquirida de la innata, y dio también en la idea de una parte femenina del cerebro en los homosexuales varones. Binet y Schrenck-Notzing se atuvieron, como más tarde Freud, a la suposición de un trauma o vivencia sexual en la infancia, cuya fijación habría de condicionar la orientación posterior del instinto sexual. Freud llegó en el curso de su investigación posterior a la opinión de que la homosexualidad era una parte de la libido originariamente reprimida y luego reavivada, y que se encuentra como inclinación y fantasía quizá en todos los nerviosos. Las opiniones y los intentos de curación de Steinach coinciden con las suposiciones de Krafft-Ebing, Magnus Hirschfeld y Weininger y sitúan la causa de la homosexualidad en la deficiencia de las glándulas sexuales correspondientes. La más conocida ha llegado a ser la «teoría de los estadios intermedios» de Magnus Hirschfeld.37 Su concepción es que las formas de expresión corporales y anímicas del hombre y de la mujer dependen de las hormonas «andrina y ginecina», de cuya acción conjunta procederían los fenómenos hermafroditas y homosexuales. En 1914, como resultado de numerosas investigaciones y comprobaciones, pude establecer que la homosexualidad procede siempre de fuentes psíquicas, a las que pueden favorecer peculiaridades corporales. Kraepelin expresa la misma opinión de que la homosexualidad está condicionada por factores exógenos. Holl concede causas endógenas a una parte de los casos, pero considera necesaria la psicoterapia. Opiniones más antiguas, como las de Naecke, Kiernau, Havelock Ellis y otros, se sitúan, como la de Hirschfeld, en el terreno de la bisexualidad y culpan a una diferenciación sexual incompleta.

Como vimos, significó un punto de inflexión en la concepción de la homosexualidad que se llegara a conocer a tantos pervertidos que sentían su perversión como un martirio grave, incluso insoportable, y querían librarse de ella a toda costa. He mostrado que los homosexuales que se quejan de su «desdichada disposición» hacen con ello, en realidad, bien poco para eliminar su mal; más aún, que del fracaso de sus esfuerzos y de la demostración de su buena voluntad concluyen más bien que no tienen salvación, y se aseguran así atenuantes y justificaciones. Tropecé también regularmente con el hecho —que, desde luego, solo resulta de la consideración de toda la personalidad— de que el orgullo de otros homosexuales por su «diferencia» representa la compensación de un sentimiento de inferioridad y de debilidad profundamente arraigado frente a la mujer, que se procura una satisfacción ficticia también en el desprecio de la mujer. Respecto de la suposición de «vivencias fijadas», mi duda resultó plenamente justificada. Y mi planteamiento en los casos correspondientes era: ¿qué circunstancias son las que producen la fijación?

Podemos acercarnos ahora a otra cuestión. ¿De dónde viene que la mayoría de las personas adopte frente a la homosexualidad una posición efectivamente hostil? ¿Que la sientan por lo menos como pecado, como vicio, como crimen, y que en la mayoría de los países civilizados se trate como delito punible? Freud y sus seguidores se conforman con la respuesta: porque las demás personas han reprimido o sublimado su homosexualidad. Esta explicación es en sí improbable, con seguridad indemostrable, no está sacada de los hechos, sino de la teoría psicoanalítica. Pues ya la lógica de la convivencia humana, el impulso a la conservación del género humano, en suma, el sentimiento de comunidad inherente al hombre, obliga a una defensa enérgica. Que esta pudiera llevarse a cabo de manera adecuada mediante una pena de prisión, un nuevo alejamiento de la comunidad, es, desde luego, un error de nuestra cultura. Pero con un reconocimiento duradero, como el que se pretende muchas veces, la homosexualidad no puede contar, del mismo modo que no pueden contar con él el incesto o los delitos contra la colectividad. Del futuro esperamos ante todo una posición más acertada ante este problema, una decisión voluntaria del penado de someterse al tratamiento.

La discusión de los siete argumentos principales arriba citados en favor de una homosexualidad innata nos dará en todos los casos su insostenibilidad.

  1. El hábito de los hombres homosexuales se describe muchas veces como femenino, el de tales mujeres como masculino. Entran aquí en consideración principalmente la tez, la pelvis, la frente, los pechos, el vello de la barba y del pubis, la voz, las manos y los pies. No puede negarse la frecuente aparición de estas anomalías en relación con la homosexualidad. Afecta más a menudo a los hombres homosexuales pasivos y a las mujeres homosexuales activas. Como caracteres sexuales secundarios, indican trastornos de las glándulas sexuales innatos o adquiridos tempranamente. Pero los mismos fenómenos se encuentran tan a menudo en personas completamente normales que puede discutirse con razón su importancia decisiva para el desarrollo hacia la homosexualidad. Este comportamiento variable con el mismo hallazgo corporal sugiere más bien la conclusión de que en la toma de posición erótica no se trata en absoluto de los hechos corporales, sino de cómo los entiende su portador y de lo que espera de ellos. He visto algunos hombres de tipo femenino, a menudo más exactamente infantil, cuyos genitales externos estaban completamente atrofiados e inservibles, sin que hubieran aparecido nunca impulsos homosexuales. Pero que se los hubiera podido seducir no lo dudo, como no lo dudo en el caso de los niños y de los presos.

La mayoría de los homosexuales, sin embargo, muestra el tipo medio normal. Otros, a su vez, se muestran en su hábito como representantes destacados de su sexo. Nada indica anomalías de las glándulas sexuales. Evidentemente, no dejan valer su constitución corporal como prueba en contrario.

  1. Respecto del comportamiento de los homosexuales podemos ser más breves. Lo que en el hábito, como peculiaridad corporal, produce la apariencia del otro sexo, pero que en realidad solo adquiere un sentido38 y una dignidad nuevos por su empleo para la meta final homosexual, lo constituyen aquí movimientos estudiados y entrenados desde hace mucho, elaborados según el modelo del otro sexo, para reclamar después todavía el valor de prueba. Y de nuevo no es precisamente una mayoría de los homosexuales la que dispone de estos medios. Quizá se encuentre con la misma frecuencia el porte propio del sexo. Son préstamos con un fin determinado, representaciones teatrales, un carácter amanerado, miradas lánguidas, miedo fingido, necesidad de apoyo, coquetería en los hombres; actitud desenvuelta, cinismo, temeridad, mandonería en las mujeres. Que se reconozca a los homosexuales por su comportamiento no es, pues, nada sorprendente, como tampoco que se reconozcan entre sí: lo dan a entender.

  2. Las anomalías de los órganos sexuales están registradas muchas veces en la bibliografía. Se encuentran no menos a menudo en personas normales. En mi estudio Über Minderwertigkeit von Organen [Sobre la inferioridad de los órganos]39 llegué a la conclusión de que quizá todas las inferioridades orgánicas van acompañadas de signos de inferioridad de los órganos sexuales. Si se invierte esta conclusión, resulta que, en las anomalías del órgano sexual, también otros sistemas orgánicos son inferiores, de modo que toda la posición biológica del individuo da fácilmente motivo a un sentimiento de debilidad. Este sentimiento de debilidad se manifiesta casi siempre en una tendencia a la seguridad reforzada y en precaución ante los problemas de la vida, y conduce en casos especiales a la eliminación de toda solución o a intentos de solución que parecen más favorables. En relación con todos los demás hechos, captados críticamente, resulta ahora la conclusión de que la homosexualidad es un intento de solución de personas pusilánimes que quieren eludir el problema sexual. También respecto de las anomalías genitales mencionadas se confirma esta concepción, puesto que nunca es decisivo para el giro hacia la homosexualidad el hecho de una fimosis o de un clítoris aumentado, pero sí puede ser importante la concepción errónea de la persona en cuestión de que está deficientemente equipada para la norma.

  3. El menosprecio temprano del otro sexo solo con una consideración superficial puede interpretarse como causa movens o como signo de homosexualidad innata. Resulta más bien una salvaguardia tendenciosa contra la norma, para cuya construcción sirven de puntos de apoyo las más diversas experiencias y vivencias del niño, en la medida en que son utilizables para ello. Si unas veces es el respeto excesivo y el miedo al progenitor del otro sexo lo que actúa generalizando y provoca un apartamiento duradero, en la misma posición un mimo fuerte y un vínculo unilateral pueden dar motivo a la evasión, por el temor a no volver a participar nunca de un calor igual. En los muchachos inseguros actúa muchas veces en sentido reforzador la descripción casi siempre desfavorable de la mujer y su representación casi hostil en toda la literatura, empezando por la Biblia; en las muchachas, las exageraciones, oídas con abundancia, sobre los dolores y peligros de la sexualidad y del parto, sobre el poder mágico del amor y del hombre, sobre la dificultad del matrimonio y sobre la poca fiabilidad de los hombres.

El niño inseguro tomará con más facilidad todas estas percepciones como motivo para configurar evasivamente sus preparativos para el amor. En el curso de un entrenamiento más largo acaba por ver solo los lados sombríos del otro sexo.

  1. Algunos autores ven en la aparición de sueños y fantasías homosexuales una prueba del carácter innato o inevitable del desarrollo homosexual. Es una suposición audaz pero errónea, cuya expresión de palabra y por escrito contribuye mucho al endurecimiento general de la homosexualidad, como también otras suposiciones. Desde que la ciencia ha establecido los sueños y las fantasías como formas de expresión plásticas de formas de movimiento anímicas —y de eso hace ya bastante tiempo—, habría que intentar captar en ellos más bien el movimiento, que significa un arreglo del individuo, y no hechos establecidos, un deber ser y no un ser. Tampoco Freud, cuya interpretación de los sueños fue un progreso importante, ha tenido bastante en cuenta esta circunstancia. Su inclinación inextirpable a encontrar deseos sexuales detrás de todas las representaciones del sueño, y en ellas sobre todo símbolos sexuales, le impidió también extraer de las formas de expresión sexuales del sueño su línea de movimiento más general. Puesto que, por tanto, el sueño, como he podido establecer,40 es un ensayo a modo de prueba y tiene el significado de un entrenamiento, los sueños y fantasías homosexuales, si no representan un dialecto sexual para otras relaciones de la vida, solo pueden entenderse a lo sumo como un intento de favorecer una supuesta homosexualidad, lo que no permite deducir precisamente una gran seguridad.

En este contexto tenemos que mencionar también otro entrenamiento sumamente importante del homosexual en la vigilia, que constituye un punto de apoyo principal de esta perversión, pero que casi siempre se toma erróneamente como prueba: la atención desviada constantemente del otro sexo hacia el propio. Este es el camino más importante que conduce a la estereotipación, a la mecanización de la homosexualidad.

  1. En efecto, los homosexuales cuentan a menudo que ya desde la primera infancia mostraron un afecto completamente unilateral por el mismo sexo, o que preferían de manera llamativa costumbres y juegos del otro sexo. Esta preferencia no es seguramente otra cosa que una mala preparación para el papel sexual real, y a menudo puede comprenderse a partir de las situaciones de la infancia. Así, en niños débiles, quizá hijos únicos, se verán proliferar errores de educación que acercan a un muchacho a un papel de niña. Este papel inadecuado puede reforzarse considerablemente si el niño no es consciente durante mucho tiempo de su papel sexual real, o si a partir del mimo se le cultiva una pasividad que espera encontrar más fácilmente satisfacción en el papel de niña. En las niñas ocurre a menudo que el deseo preconcebido de los padres de tener un varón influye tanto en la educación que formalmente se les impone el papel de muchacho. La ternura temprana, también despertada sexualmente, por el mismo sexo es extraordinariamente frecuente, y también más fácil de obtener y de satisfacer, mientras que el comercio sexual normal temprano está sometido a amenazas incomparablemente graves y casi siempre se castiga con tal dureza que también los peligros ligados a la norma ahuyentan del otro sexo a los precoces. Cómo se unen estos indicios tempranos con las insuficientes piezas probatorias de una homosexualidad innata arriba mencionadas, salta a la vista.

  2. Algunos autores encuentran otra prueba de la homosexualidad heredada en la aparición familiar de esta perversión. Si se mira más de cerca, se encuentra que la pusilanimidad y la inseguridad de los miembros de la familia de igual disposición los han llevado por el mismo camino, o que una tradición familiar unitaria y errónea en la educación ha dado motivo a resultados iguales o parecidos. Así, sobre todo, cuando en una familia se transmite desde hace tiempo un mimo morboso o una severidad especial. He encontrado a menudo niños perversos en hermanas que se distinguían por igual por su severidad y su afán de dominio.

De nuestra exposición se desprende suficientemente que la homosexualidad significa un fracaso en la educación para la solidaridad humana.41 La preparación deficiente para su papel sexual, los fundamentos erróneos de su educación, la interpretación equivocada de defectos corporales salen claramente a la luz en el examen individualpsicológico del paciente. Apuntando con fuerza más allá de sí misma, esta afección significa una eliminación del otro sexo y, con ello, de la conservación del género humano. Por eso se la siente con razón como contraria a la cultura. Como es la forma de expresión de un fuerte desaliento y de un pesimismo sin esperanza, que pueden conformarse con la vida en un círculo más pequeño, lejos del otro sexo, todo agravamiento importante de la vida, todo aumento general de la inseguridad en las relaciones humanas, actúa aumentando el número de los homosexuales y lo convierte en un fenómeno de masas. De consideraciones históricas resulta para mí en este contexto como hecho que, en épocas en que la mujer pasa con más fuerza al primer plano de la vida pública, el gran ejército de los hombres pusilánimes intenta de preferencia aumentar la distancia respecto de la mujer y busca, junto a otras salvaguardias, también en la homosexualidad una tabla de salvación.

Las curaciones y mejorías se logran por influencia psíquica. En los casos antiguos no hay que esperar un trabajo fácil. La tarea se parece más bien a otra: llevar a un cobarde que intenta escapar hasta el punto de que asuma sin restricción las exigencias de la vida. Otros intentos terapéuticos, también la terapia hormonal, los injertos de glándulas sexuales, etc., no parecen haber dado resultados alentadores. Yo mismo vi algunos casos fracasados. Con todo, en los casos más leves se observa a menudo la autocuración. Bajo la influencia alentadora de procedimientos de cualquier tipo pueden producirse, con todo, curaciones. Si se busca la fórmula más sencilla y más amplia para comprender la homosexualidad, puede establecerse: la homosexualidad es un recurso de emergencia malogrado y mal entendido.

* * *

Con estas explicaciones, que están en completa concordancia con los resultados de nuestra psicología individual y de nuestra investigación de las neurosis, creemos haber aclarado suficientemente la cuestión de la homosexualidad. Un resumen de todos los rasgos y motivos de la homosexualidad existentes en todos los casos que hemos conocido más de cerca da los siguientes conocimientos seguros:

  1. Ningún sustrato fisiopatológico (índole femenina, variantes endocrinas, eunucoidismo artificial o innato, etc.) obliga a un individuo a buscar estímulos o satisfacciones sexuales en el mismo sexo. En cambio, en tales casos es fácil una seducción del entendimiento como error lógico.

  2. La opinión de las causas imperiosas de la homosexualidad, de su carácter innato y de su inmutabilidad, es fácil de desenmascarar como superstición científica.

  1. El factor impulsor y fijador es la perspectiva homosexual tendenciosa, que puede formarse tempranamente como salvaguardia en niños llenos de amor propio y de ambición morbosa, siempre que nazca de un miedo a la pareja.

  2. La homosexualidad se muestra como uno de los intentos de compensación malogrados en personas con un claro sentimiento de inferioridad, y corresponde por completo, en su actividad social perturbada, a la posición del paciente ante el problema de la comunidad.

  3. Es, por tanto, también una rebelión del supuesto sentimiento de debilidad contra exigencias que resultan sin coacción de la vida social, y apunta a un triunfo ficticio, fundado subjetivamente, de la propia superioridad. Si al considerar el retrato de carácter de un homosexual (lo mismo vale para las mujeres homosexuales) se prescinde de los fenómenos propiamente sexuales, se encuentra que su actitud personal es igualmente expresión de una línea de vida que, partiendo de un sentimiento de inferioridad, aspira, mediante un truco, un mal hábito, un gesto de rebeldía, al sentimiento ficticio de una superioridad. Esta rebelión tiene su origen en una posición combativa y hostil del niño dentro de la familia.

  4. El rechazo de la homosexualidad está fundado espontáneamente en el sentimiento de comunidad, y crece y disminuye con la fuerza de la cohesión social. El homosexual tropezará, por tanto, siempre con la dificultad del aprecio social, de las medidas legales, del reproche de pecado.

  5. Tenemos que oponernos a que se califique la homosexualidad de crimen, porque el homosexual está extraviado por debilidades de pensamiento generalmente humanas, porque su argumentación se ve favorecida por múltiples supersticiones científicas y porque no puede ser castigado por actos de legítima defensa interior que nacen de una situación que hasta ahora ni él ni la ciencia han reconocido. Como para algunas otras afecciones, también para la neurosis de la homosexualidad habría que exigir la obligación estatal de curarse.42

Otras perversiones

1. Sadismo y masoquismo43

El nombre de «sadismo» remite al célebre marqués de Sade, cuyas atrocidades durante la Revolución Francesa condujeron a su detención por los jacobinos. En sus libros, como en Justine, se encuentran las descripciones probablemente más repugnantes de fechorías sexualmente crueles. El concepto de «masoquismo» lo acuñó Krafft-Ebing a partir del nombre del escritor Sacher-Masoch, cuya vida y cuyas novelas presentan rasgos de carácter que corresponden a la servidumbre del hombre y a su sumisión deseada a la mujer fuerte. Los fenómenos correspondientes han ocupado a menudo a la opinión pública en los últimos decenios y no pocas veces han dado motivo a los tribunales y a los médicos forenses para ocuparse de ellos. La expresión «algolagnia pasiva y activa», elegida por Schrenck-Notzing, coincide por completo con los conceptos anteriores. En los cultos de la Antigüedad, en círculos secretos del presente, y también de manera aislada, encontramos una u otra de estas perversiones. Lo mismo que entre los adeptos de la homosexualidad, también entre los afectados por la perversión del sadismo y el masoquismo existe la tendencia a reunirse en secreto para satisfacer sus inclinaciones con ayuda mutua. La prostitución desempeña en ello un gran papel, porque las prostitutas, con su voluntad o contra ella, se adaptan a los deseos de los sadomasoquistas, aparecen unas veces como pareja sádica, otras como masoquista, y disponen casi siempre de todo un almacén de látigos, correas, ataduras, etc. También bajo la capa del «masaje» o de la «enseñanza severa» se ofrecen no pocas veces los servidores de la obra.

Quizá con más frecuencia que todas las demás formas de algolagnia se encuentran fantasías sádicas y masoquistas. Surgen casi siempre ya en la infancia, a los 6 o 7 años. A veces son cuentos e historias de contenido cruel, al escuchar los cuales se notan claras sensaciones sexuales. A menudo son golpes que despiertan sensaciones sexuales y llenan la fantasía de imágenes de pegar o de ser pegado. Los signos de sexualidad, sensaciones de placer, erecciones, masturbación, se remontan en estos casos bastante atrás en la infancia.

Es, naturalmente, cuestión de terminología si se quiere llamar también masoquistas a rasgos de carácter de obediencia y de servilismo extremados sin mezcla de sensaciones sexuales. Del mismo modo, es un acto arbitrario contar la forma de vida femenina en general entre el masoquismo y calificar de sádica la masculina, con su actividad más marcada en el cortejo y en el trato amoroso. Tampoco podemos considerar justificada la opinión, que reaparece en la doctrina freudiana, de que todos los actos crueles de individuos —la locura cesárea, los asesinos en masa, los incendiarios— y de pueblos enteros pertenecen al sadismo, y los estigmatizados y los hipnotizados al masoquismo. Pero allí donde el instinto sexual se suma a actitudes agresivas o pacientes, constituye desde luego un refuerzo enorme. Tan fácil como nos resulta deducir la neurosis obsesiva de la algolagnia de las fantasías y de los hechos eróticos, como los golpes ligados al erotismo, el ser pegado, las ataduras, las violaciones, el asesinato por placer, es a veces difícil, en ausencia de sensaciones de placer, sacar tal conclusión de los sueños, de las malas costumbres y tradiciones, de la inclinación a las peleas y riñas. La inclinación de niños y adultos a presenciar escenas atroces, a atormentar animales, a escuchar historias espeluznantes, procede a menudo exclusivamente de la tendencia a eliminar mediante un entrenamiento una blandura sentida como pusilánime. Una conclusión segura la permite siempre entonces un examen de la personalidad entera conducido psicológicamente.

Las degeneraciones del sadomasoquismo se cuentan sin duda entre los extravíos más horrendos. Y solo el deber médico consigue sobreponerse al asco y permanecer justo y objetivo al escuchar las situaciones, a menudo las más repugnantes, que el espíritu humano pudo idear. El ensuciamiento en todas sus variantes, la micción y la defecación sobre todas las partes posibles del cuerpo del masoquista y de la víctima del sádico, en la fantasía y en la realidad, no son sucesos tan raros. Ante refinamientos tan rebuscados de estos enfermos resulta difícil discutir en serio la concepción de que factores innatos o un trastorno de las funciones glandulares pudieran estar en la base inmediata de tales formas de expresión. El condicionamiento psíquico de tales extravagancias es tan imposible de rechazar que las pruebas siguientes se vuelven casi superfluas. En estos fenómenos se estrella todo intento de una teoría biológica, sexual-constitucional, causal o de ciencias naturales.

En cambio, toda teoría de las perversiones tendrá que contar con aquellas constataciones que proceden de las investigaciones psicológicas. En primer lugar, con el hecho de que las rarezas sexuales en cuestión concuerdan con la peculiaridad de la personalidad entera. En este tipo no se encontrará nunca un verdadero semejante. No es solo la cuestión erótica la que aparece deficientemente resuelta en estos casos, sino que también las otras dos grandes cuestiones de la vida, la de la comunidad y la de la profesión, aparecen sustraídas a una solución de manera preocupante. Un cierto grado de desaliento, una concepción pesimista del mundo están en la base de la formación de toda la personalidad y hacen que todas las realizaciones procedan de un sentimiento de debilidad y no de un sentimiento de fuerza. Siempre se perciben carencias en la sociabilidad, en la camaradería, en la amistad, en el trato social, y pueden seguirse hasta la infancia. El contacto disminuido con las personas es un hecho de tan vasta significación psicológica que todos los conocimientos de una «psicología profunda» o de una «psicología comprensiva» no pueden agotarlo. Tampoco hay que dejarse engañar por los éxitos externos de un paciente así, que a menudo proceden de fuentes de fuerza distintas de las propias. Del mismo modo se encuentra ocasionalmente un sentido familiar exagerado o una inclinación exclusiva por uno de los progenitores, como consecuencia de la eliminación miedosa y precavida del resto de la sociedad humana.

En consonancia con esta «distancia respecto del frente de la vida» está también la eliminación de la pareja sexual normal y del comercio sexual normal. Y las manifestaciones autobiográficas del paciente, que siempre se remontan a la infancia, no nos revelan, como suponían casi siempre los autores, orientaciones instintivas innatas, sino más bien un entrenamiento antiguo y erróneo. También la toma de posición normal se produce solo mediante un entrenamiento continuado, en el que se buscan sin cesar vivencias y se recurre a la fantasía. El desarrollo hacia el sadismo y el masoquismo tiene siempre unos antecedentes comprensibles y se produce con múltiples oscilaciones. Solo la meta permanece: la eliminación y desvalorización precavidas de la norma. Íntimamente ligado a ello está el intento constante de endurecerse contra las inhibiciones iniciales, de tomar cariño a anomalías o también a horrores y de desarrollarlos. Así se configura con el tiempo una salvaguardia sólidamente ensamblada, un apoyo y una tabla de salvación frente a la norma, que parece exceder toda medida. «Puesto en fuga, cree que va de caza». Con este fin, el desarrollo de la perversión sigue el camino más evidente para la personalidad entera. Cuán poca causalidad, o incluso anomalía instintiva innata, hay en estas formas de expresión nos lo muestran los frecuentes tránsitos fluidos del sadismo al masoquismo, de la homosexualidad al masoquismo o al sadismo. En todo hombre se encuentran rasgos de obstinación y de obediencia, de afán de dominio y de sumisión, que sirven al afán de notoriedad. Así se explica la aparición conjunta de sadismo y masoquismo en el lado de la huida del perverso.

Como otro hallazgo establecido debemos citar: excitaciones sexuales tempranas en vivencias y fantasías que desencadenan el afecto de la angustia. Me parece un hecho innegable que la angustia puede excitar no solo las vías nerviosas del corazón, del intestino, de la vejiga, de las glándulas sudoríparas, etc., sino también las del aparato sexual. Según me parece, esta relación solo afecta a un tipo determinado de la humanidad, o solo en él tiene una impronta clara. Quizá se trate aquí de un signo de inferioridad, como los que he descrito en mi Studie über Minderwertigkeit von Organen. La plausibilidad de una relación entre angustia y libido resultará, desde luego, más evidente a las personas que pertenecen a este tipo que a otras. Pero en esta relación psicofísica hay una fuerte tentación de meterse en situaciones peligrosas, prohibidas, de evocarlas en la realidad o en la fantasía, o de identificarse con la situación de angustia de otro. Encontré a menudo especialmente desarrollados razonamientos de este tipo en muchachas que se figuran con gusto el papel sexual de la mujer como un ser pegada, que se detienen en su fantasía, pero que esquivan su realización con toda clase de pretextos. El instinto sexual puede ligarse, mediante un ejercicio aplicado, a todas las situaciones y metas externas posibles en cuanto la meta normal queda eliminada por miedo a las derrotas. La pusilanimidad de los perversos aquí subrayada se nos creerá de buen grado en el caso de los masoquistas. Tenemos que sostenerla también respecto de los sádicos. Siempre son niños o indefensos las víctimas; siempre su deseo sexual se mueve en la dirección de la menor resistencia.

La escuela freudiana y sus precursores tienen una gran inclinación a considerar el sadismo biológicamente, como componente instintivo constitucional, emparentado con el instinto sexual masculino y perteneciente a él, y del mismo modo el masoquismo como «acoplado» al instinto sexual femenino. Desde los románticos (Bader, por ejemplo), y desde antes todavía, es costumbre muy practicada también en la ciencia —en el pueblo lo fue siempre— interpretar tendencias de poder o relaciones sexuales en un acontecer neutral, sin comprender el propio prejuicio, los propios presupuestos «inconscientes» de sus consideraciones: que todas las formas de expresión humanas están en una conexión social, y que en la vida anímica el afán de poder, de notoriedad y de seguridad intenta siempre expresarse de algún modo. Pero en su vida sexual los hombres responden a la cuestión, siempre apremiante, de una posición ante la sociedad humana, ante el otro sexo y ante la cuestión de su propia valía; en la conducta sexual aparece siempre con claridad la línea por la que uno intenta llegar a la adaptación, a la valía, al reconocimiento, a la superioridad y a la seguridad, por la que intenta elevar su sentimiento de valor dentro de la sociedad y sub specie aeternitatis.

Si se captan conscientemente estos hechos, resultan las siguientes conclusiones. Los sádicos, como los masoquistas (como todos los perversos), se mueven en la línea de los pusilánimes. Los primeros buscan al menos la apariencia del poder, de una hipervirilidad secreta, a menudo inconsciente, en una situación de superioridad indiscutida. Al masoquista lo encontramos en la confesión sobreacentuada de su debilidad.

Esto último no puede significar nunca en la vida anímica humana un resultado final, nunca un punto de reposo. El masoquismo apunta siempre más allá de sí mismo, empuja a la eliminación de la norma o se prolonga en el sadismo, y es una mezcla de la sexualidad con un sentimiento de humillación que intenta falsear el valor y el significado de la sexualidad, pero que procura la tranquilidad de que los vínculos eróticos más serios quedan excluidos. El anhelo de «ausencia de conflictos» (Seif)44 los empuja a este camino falso; el «sentimiento de la propia valía disminuido y sus trastornos» (Weinmann)45 aparece en su perversión.

Pero incluso en esta manifestación más débil de la vida anímica, que a veces, como en la flagelación, busca una justificación ridícula en ideas de penitencia, en el masoquismo, no falta nunca la línea compensatoria hacia arriba. En él aparece abiertamente la actitud activamente divergente frente a la pareja, su estigmatización como opresora, torturadora, profanadora, siempre también la acusación y la condena de la opresión en la infancia, de la naturaleza y de la sociedad humana, que permiten tales defectos y tormentos. Regularmente se encuentra también un comportamiento crítico y despectivo hacia los demás y una tendencia al aislamiento. La compensación va, pues, en la dirección de la animosidad.

El conocimiento del hombre que fluye de la psicología individual nos pone pronto en condiciones de descubrir otra compensación por la que el masoquismo se capta inmediatamente como aparente posición de poder y se «fija». La pareja, en efecto, cae bajo el dictado del masoquista y comparte con él el papel antisocial, a menudo repugnante.

Pero ahora tenemos que recordar también los intentos que se han hecho desde otros lados para dar con la clave del enigma del sadismo-masoquismo, y con ello de todas las demás perversiones. La más conocida es la opinión, procedente de la escuela francesa, de la «fijación de vivencias sexuales infantiles». Por tentadora que parezca, fracasa ante la pregunta de por qué se fijó precisamente esta vivencia y no otras. O, como dice Wexberg: un niño que fija y desarrolla tales vivencias es ya neurótico, y en lo sucesivo solo muestra el desarrollo hacia la neurosis.

La hipótesis de Freud de que todos los fenómenos nerviosos, incluidas las neurosis, son regresiones a un estadio biológico anterior de la libido sexual saca su fuerza de una comparación histórica o física: el reflujo de una fuerza (la libido) ante un obstáculo (un conflicto actual). Con ello, según encuentra el autor, se reavivan fases antiguas del desarrollo de la libido (o sus componentes sexuales, constitucionales). Tales componentes los encuentra también como sadismo y masoquismo.

Frente a esto caben las siguientes objeciones:

  1. Como todo desarrollo refleja en cada fase el presente y el futuro, nunca puede hablarse en absoluto de una regresión en el sentido de Freud. De lo contrario, todo acto psíquico sería regresión, puesto que siempre recurre a experiencias del pasado.

  2. Una mezcla de actividad y pasividad se encuentra en todo tiempo en el alma humana y en todos los períodos de la historia. El querer padecer (para obtener más tarde una ventaja) es algo muy cercano a la vida anímica humana, dotada de previsión. El fuerte desarrollo de esta última inclinación solo es concebible en el sentimiento de inferioridad.

  3. Las «fases» del desarrollo de la libido están completamente ligadas a las circunstancias externas y se conforman tanto a ellas que puede establecerse que no hay otro vínculo erótico ni otra búsqueda de placer que los que corresponden a las circunstancias externas y al instinto sexual deficientemente desarrollado. La pregunta de cómo llega un niño a una perversión admite, pues, la respuesta: por las circunstancias. Más importante para la psicología de las neurosis es la pregunta: ¿por qué se queda uno en su perversión? ¿No podría ser porque teme una derrota en una solución normal? ¿Porque teme no ser amado?

La algolagnia es, como subrayamos, una forma de expresión del fuerte sentimiento de inferioridad y de sus compensaciones extraviadas. El sádico es el «vencido triunfante», el masoquista el vencedor derrotado. La situación externa de la algolagnia va siempre unida a excitación angustiosa, a escalofríos y a miedo. El sádico ayuda a ello identificándose con su víctima. En mis pacientes pude demostrar siempre que en ellos la angustia y la excitación se unían a la excitación sexual de otro modo, o seguramente más que en otros. Es este tipo el que, en caso de un desaliento considerable, esquiva la solución normal de la cuestión erótica y fuerza su excitación sexual en circunstancias atenuantes, en situaciones sin peligro o que parecen sin peligro, evitando los peligros reales, arreglando la angustia en la fantasía o como en un juego. La inclinación al sadismo se ve favorecida en niños que han crecido bajo una fuerte presión y no pueden soportar la mejor suerte de otros niños.

Así hemos llegado también nosotros, aunque con otro significado, hasta un sustrato orgánico.

La terapia de la algolagnia es una tarea difícil. Tendrá que contar, en pocas palabras, con el patrón individual del sentimiento de inferioridad y con el patrón de las compensaciones, para destruirlos. Pero tendrá que esforzarse también intensamente en eliminar la peculiar hipnosis que hace que el paciente entrene cada vez con más fuerza la relación entre provocar angustia y excitación sexual, y que le hace parecer su peculiaridad natural y, por tanto, indestructible, mientras que nuestra vida civilizada impone con éxito a cada paso la sustitución y transformación de las formas de expresión «naturales» en favor de las sociales. Sin dar aliento al paciente, todo éxito está excluido.

También la jurisprudencia tendrá que tener en cuenta estas concepciones y, en los casos de punibilidad, tendrá que solicitar una vigilancia y una curación humanas.

2. Fetichismo46

Después de todas las constataciones anteriores sobre las perversiones, podemos ser breves. Lo característico del fetichismo se buscó siempre en la sobrevaloración de un objeto o de una parte del cuerpo que en la norma del erotismo desempeña un papel menor. En esta inclinación, cualquier cosa puede elevarse como por encanto a objeto amoroso. Como objetos de veneración se encuentran con más frecuencia partes de prendas de vestir y de objetos de uso. Pero también la sobreacentuación de partes del cuerpo, del pie, de la mano, de los ojos, de las piernas, de la línea del busto, etc., es extraordinariamente frecuente y, como se ve, no muy ajena a la relación amorosa humana. Quizá todo enamorado tenga un fetiche (ojos, pelo, figura) que solo no llama la atención como raro porque se encuentra en muchos y casi siempre no perturba la norma del erotismo, solo la acompaña o la acrecienta. Así el fetichismo de las palabras groseras o el fetichismo del espejo, de un perfume, etc. Así actúan sobre algunos también las deformidades, las personas viciosas, las razas extranjeras y las personas subordinadas.

Las explicaciones de los autores terminan casi siempre en el punto en que empieza la significación social de esta perversión. La mayoría subraya el estancamiento en una fase que prepara o acompaña a la norma. Se constata además psicopatía, degeneración o, como el psicoanálisis, una constitución sexual con conflictos. A nosotros nos parece más importante el punto de vista de lo que ocurre con ocasión del fetichismo. Resulta entonces que, por el desplazamiento del acento sexual al fetiche, la pareja sexual sufre un rebajamiento, queda desvalorizada. Ya no es la persona, sino un detalle a menudo completamente secundario el que obtiene rango y dignidad sexuales. La lucha de los sexos por su superioridad muestra también en el fetichismo sus rasgos astutos, pone al perverso en una dependencia mayor de lo secundario, menor de su pareja, y termina con una atenuación de su miedo y de su sentimiento de debilidad frente al otro sexo. El fetichismo es, como todas las demás perversiones, forma de expresión de un sentimiento de inferioridad que intenta compensarse en una dirección errónea, pero guiada por experiencias personales y por el entrenamiento.

Una unión del fetichismo con todas las demás perversiones, con neurosis y con inclinaciones criminales, es fácil de comprender desde este punto de vista.

Tampoco es sorprendente que el fetichismo se encuentre predominantemente en los tipos visuales.

Las mismas observaciones podemos hacer en el

3. Exhibicionismo47

cuya variante pasiva, es decir, una forma de expresión todavía más fuerte del desaliento, se encuentra en la perversión del voyeur.

El concepto de «exhibicionismo» lo introdujo en 1877 Laségue en la ciencia de las perversiones. Abarca degeneraciones sexuales en las que se busca y se encuentra la satisfacción sexual en exhibiciones que ofenden el pudor. Ambos son tipos visuales que no han pasado en el erotismo del mostrar y del mirar, o que al menos acentúan demasiado esta inclinación frente a la norma. La pusilanimidad y la menor actividad de estas personas podrá percibirse fácilmente también en sus demás relaciones vitales. Pero no está excluido que a menudo hagan de tiranos con los más débiles. En el exhibicionismo hay siempre también la lucha contra las normas de la sociedad, y la inclinación a asustar y corromper a los niños exhibiendo la propia persona, a rebajar a otros desnudándolos, sitúa a esta perversión muy cerca del sadismo.

En niños que se hallan en rebelión contra sus educadores pueden observarse a menudo, en la fase de búsqueda del papel sexual y después, movimientos y actos exhibicionistas considerables. Solo injustamente podría hablarse en tales desarrollos de inclinación perversa. Pues nada es tan inaccesible al niño, y nada está sometido a amenaza y castigo tan graves, como la norma de la relación sexual de los adultos. Lo que queda en consecuencia de actividad erótica le parecerá siempre al observador desprevenido análogo a una perversión.

En el mismo sentido se nos aparecen los deseos exhibicionistas de los incapaces de imputación, mientras que un rasgo así, bien integrado en la vivencia erótica, parece corresponder a la norma. En la manía, la esquizofrenia, la parálisis progresiva, el alcoholismo y la demencia senil se encuentra a menudo, a consecuencia de la desaparición de las inhibiciones del pudor, y sin duda también a consecuencia de la pusilanimidad que está casi siempre en la base de los extravíos del alma humana, el exhibicionismo como realización predominante y extrema del erotismo. En consonancia con ello encontramos manifestaciones reforzadas del placer de mirar y de mostrar en personas aproximadamente normales y dentro del erotismo normal, por ejemplo el espejo, a consecuencia de una confianza en sí mismo deficiente, como coacción a la demostración.

Una terapia de esta perversión tiene que aspirar siempre, además de a un entrenamiento en dirección normal, a una transformación de toda la personalidad en el sentido de una toma de posición más valerosa ante la vida y ante la sociedad. La influencia sugestiva en este sentido mediante curas de otro tipo está dentro de lo posible, sobre todo en los casos más leves.

Como una forma extrema del desaliento y de la desesperación respecto de las posibilidades eróticas encontramos la

4. Sodomía,48

la práctica del acto sexual con animales, en la que la eliminación de la pareja humana llega hasta la pareja desvalorizada en figura animal.49 Las situaciones de coacción y el aislamiento pueden facilitar este extravío tras un entrenamiento previo de pensamiento y de sentimiento en dirección perversa, es decir, tras un endurecimiento. Del mismo modo, el trato exclusivo con ciertos animales. La imbecilidad, con la falta de sentimiento de comunidad humano que le es inherente, puede favorecer tales inclinaciones.

5. Necrofilia50

También en esta perversión, en la que hombres cometen el acto sexual con mujeres muertas, puede establecerse como motivo la tendencia a la indefensión completa de la pareja. Su presupuesto es la pérdida de la fe en el propio efecto erótico, conservándose el instinto sexual, y la amplia renuncia a la comunidad en el goce sexual. En estos hombres cobardes ante la vida actúa también como factor favorable el sentimiento tranquilizador de la falta de obligaciones y de consecuencias. La fuerza de atracción de esta perversión reside en el sentimiento, fácilmente alcanzable, del dominio ilimitado sobre la pareja muerta.

Desde aquí se abre una visión de la psicología del asesino por placer, cuya satisfacción erótica está ligada a gozar, como señor de la vida y de la muerte, como un dios caricaturesco, de la indefensión de su víctima. La proximidad psicológica con el sadismo es bastante llamativa.

Neurastenia sexual51

El nombre y la delimitación proceden de Beard. La definición, mantenida durante largo tiempo para la neurastenia, se encuentra de nuevo en Krafft-Ebing: «Debilidad irritable de la función nerviosa en el terreno de lo sexual». Tampoco los demás autores han ido más allá de esta definición, en la medida en que querían delimitar la neurastenia sexual como enfermedad independiente.

Sobre la etiología de este complejo sintomático se encuentran en la bibliografía antigua pocas indicaciones satisfactorias. La suposición de una disposición neuropática apunta al menos a una consideración de conjunto, en la medida en que incluye al mismo tiempo otros fenómenos anímicos en el círculo de la reflexión. Aunque no sin desplazar el problema a la oscuridad de la degeneración humana general. Todavía menos convincentes resultan las indicaciones sobre masturbación, excesos in venere, comercio sexual anormal, coitus interruptus, abstinencia sexual, gonorrea previa y emociones. Todos estos factores, tratados como etiológicos, dejan ver casi siempre su significado de síntomas o de fenómenos concomitantes, pues quien adquiere una «neurastenia sexual» en relación con estos fenómenos era ya neurótico antes.

El complejo sintomático de la enfermedad tratada bajo este título comprende debilidad de la erección, ausencia de eyaculación, poluciones nocturnas frecuentes, poluciones mucho o poco tiempo antes de la cohabitación, eyaculación precoz, impotencia, espermatorrea, erecciones de larga duración, sensibilidad dolorosa del glande, dolores en la uretra; en las mujeres, poluciones en la vigilia y en el sueño, frigidez y vaginismo; en ambos, masturbación compulsiva. Algunos autores se inclinan a contar todas las formas de perversión en la neurastenia sexual.

El curso de todos estos fenómenos, que aparecen pronto o también tarde después de la pubertad, es casi siempre largo, salvo en la aparición ocasional. La afección resiste casi siempre a todas las curas medicamentosas, hidropáticas y endocrinológicas, pero es accesible en todas las circunstancias a las influencias psíquicas. Para llegar a comprender estas afecciones merecerá la pena ponerlas todas bajo un punto de vista común y establecer que todos los neurasténicos sexuales presentan unos antecedentes llamativos en conjunto. Como resultado final decisivo de ellos puede inferirse que, por una toma de posición inadecuada ante la vida, aparecen deficientemente preparados para el amor. También en sus demás relaciones vitales se muestra esta carencia, aunque a veces no con una claridad tan llamativa. Siempre se trata de personas que desde la infancia llaman la atención por su hipersensibilidad anímica. En su retrato de carácter destacan fuertemente rasgos de ambición, vanidad, impaciencia, precaución y angustia. Se distinguen por inclinaciones críticas y concepciones fundamentales pesimistas, casi siempre han restringido llamativamente su círculo vital y tienden a una vida en aislamiento. Los cambios de humor indican su debilidad para mantener el buen humor y el ánimo vital. Su alegría de vivir, que irrumpe de tiempo en tiempo («periódicamente», lo llaman los autores), es siempre forzada y ha de entenderse como intento de compensación de un sentimiento de inferioridad. El intento de Kretschmer de separar a las personas con esta forma de comportamiento, como «pícnicos», de los «esquizoides» es insuficiente, porque pasa por alto o toma demasiado a la ligera el fondo común, el sentimiento de inferioridad común y el carácter nervioso que de él brota. Por lo demás, en la vida nunca importa lo que uno trae consigo, sino lo que hace con ello.

En este tipo de personas, muy extendido, la confianza en la propia fuerza está disminuida o ha desaparecido. El estado de ánimo que de ello resulta, y sus consecuencias, no pueden fundamentarse materialmente, sino solo comprenderse psicológicamente. Tanto más cuanto que los éxitos curativos con todos los medios posibles, pero sobre todo la comprensión de la conexión más profunda y las grandes ventajas del tratamiento individualpsicológico, orientado al aliento, pueden convencernos de que estos males no tienen un fundamento causal, sino que arraigan en una actitud errónea ante la vida.

Nuestras experiencias nos obligan a derivar la comprensión de cada una de las formas de expresión sexuales anormales de la comprensión del hombre entero, y no a la inversa, como enseña el psicoanálisis freudiano. Pero no hay que pasar por alto que algunas de las afecciones antes mencionadas nacen de tecnicismos arraigados para los que la fantasía ha creado la base facilitadora, como, por ejemplo, en las poluciones y en la eyaculación precoz. Otras, en cambio, como en particular las parestesias, las hiperestesias, las sensaciones dolorosas y la espermatorrea, parecen estar relacionadas, según mis experiencias, con excitaciones frustradas y con el coito y el onanismo prolongados. He observado algunos casos así en los que, con tal abuso, hemorragias mayores o menores de la uretra permitían concluir un estado de irritación en la uretra posterior. También para las erecciones frecuentes y de larga duración existe esta sospecha, que otros autores han aducido también como explicación de la eyaculación precoz. Pero en estos casos hay que pensar siempre también en conexiones psíquicas de apoyo o fundamentales, como en la eyaculación precoz, en la que siempre encontré indicios de impaciencia nerviosa y de miedo a un vínculo más intenso. Esto último, en relación con el miedo a la descendencia, pude observarlo también en la falta de orgasmo y de eyaculación.

Las poluciones frecuentes y la masturbación compulsiva después de la pubertad indican en primer lugar miedo a la mujer; encontramos en ellas la forma de expresión erótica del aislado. En la bibliografía se encuentran ocasionalmente suposiciones de que la causa última de tales fenómenos sería el enamoramiento del propio cuerpo, el narcisismo (Naecke). En realidad, este enamoramiento es secundario, producto de emergencia, y se produce por la eliminación de otros objetos sexuales. Las mismas formas sexuales pueden significar, cuando causan inquietud, una seña para el médico de que ponga fin con su palabra de autoridad a la vacilación del paciente y le ordene el comercio sexual: sale a la luz la intención de escabullirse de la responsabilidad.

De paso: aconsejamos rechazar el trato con prostitutas. Hay que educar al paciente para la compañía femenina honesta y para el amor. La salida barata y cobarde hacia la prostitución dificulta esta solución correcta y favorece el sentimiento de inferioridad.

El vaginismo, espasmo doloroso de la musculatura vaginal, es la expresión corporal de un «¡No!». El examen individualpsicológico da en tales casos tendencias al aislamiento, aversión al papel de mujer, que no ha prosperado más allá de los preparativos, miedo a perder valor propio, a los rebajamientos y a las decepciones. La conducta brusca del hombre y los dolores en los intentos de cohabitación, también pequeñas lesiones en la entrada de la vagina, pueden desencadenar o aumentar el espasmo en mujeres anímicamente predispuestas. Ocasionalmente puede entrar en consideración como factor desencadenante una consistencia extraña del himen.

Tanto en el vaginismo como en la frigidez puede conservarse la sensibilidad del clítoris, casi siempre como resto de la excitabilidad masturbatoria. La frialdad sexual es siempre signo de falta de pasión frente a un hombre determinado o frente a todos los hombres. Las mujeres frígidas «no acompañan». Las causas anímicas son las mismas que en el vaginismo. Solo que este representa una defensiva, y la frigidez una resistencia pasiva. En las «mujeres frías» se encontrará también en sus demás relaciones vitales una docilidad externa, un dejar hacer. La frialdad puede existir desde el principio. Pero puede seguir también a un tiempo de goce sexual normal cuando sobrevienen decepciones. La satisfacción en el trato con otro hombre se ve considerablemente favorecida por la impetuosa intención de demostrar la aptitud deficiente de la pareja anterior.

Las constataciones de la psicología individual,52 sobre todo sus pruebas de los síntomas nerviosos como formas de expresión, han contribuido mucho a la comprensión de las psiconeurosis, tanto que hoy ninguna escuela neurológica y ningún médico en ejercicio puede atreverse con problemas neurológicos sin haber tomado posición ante las opiniones individualpsicológicas.

Es un error irreparable arrancar los síntomas de su conexión natural y considerarlos aisladamente. Un procedimiento así, todavía practicado en general en la psicología de las neurosis, se parece a la empresa de sacar una nota de una melodía y considerarla aislada. Para comprender los fenómenos nerviosos hay que tener estrictamente presente su conexión dada socialmente y que actúa socialmente.

Por eso la pregunta más importante en todos los síntomas nerviosos, que carecen, pues, de toda base orgánica, es: ¿qué ocurre con ocasión de ellos? La respuesta en el caso de la impotencia psíquica es: se elimina el vínculo sexual. Si se pregunta al que la padece por sus intenciones, se oirá lo que todo ser vivo tiene en mente. Pero si se pregunta por las razones en contra, se oye más de lo que se espera oír normalmente. El miedo a las enfermedades venéreas, las malas condiciones «actuales», los escrúpulos de seducir a una muchacha inocente, de caer víctima de una seductora: estas y cien otras razones, discutibles en sí, forman la primera línea de las salvaguardias, frente a la que la dialéctica del médico resulta impotente mientras no adopte nuestro punto de vista: el comercio sexual sin amor es un mal hábito; el amor es el único medio seguro contra las enfermedades venéreas, y evita también las demás consecuencias perjudiciales. No puede ser tarea del médico educar para un mal hábito, aunque por ahora no sea capaz de hacerlo desaparecer del mundo.

Despachado esto, se llega al segundo frente de las salvaguardias: el miedo al ridículo. Según los principios corrientes del conocimiento del hombre simplificado («Quien demuestra demasiado, demuestra demasiado poco», etc.), se pone en su sitio el estado de cosas: este miedo a una derrota representa un motivo mucho más importante que los antes mencionados. Es, en realidad, el provocador de las demás salvaguardias. Mientras existe, el impulso sexual está excluido hasta tal punto que los deseos, los sentimientos y... las palabras no tienen significado alguno.

Si, por tanto, la concepción individualpsicológica de que en la base de la impotencia hay un sentimiento de inferioridad está, como principio explicativo, por encima de toda duda, sobre todo porque ofrece también terapéuticamente un punto de vista incomparablemente seguro, nuestra convicción (de que en la base de la impotencia hay un sentimiento de inferioridad) se vuelve inquebrantable en cuanto podemos percibir, siguiendo con cautela nuestra sospecha, que la impotencia como enfermedad solo aparece en personas que también en el resto de su vida presentan la actitud vacilante y viven con la actividad frenada, pero que al mismo tiempo se fijan las metas más altas y llegan a una síntesis: esquivar toda decisión, porque podría caer en su contra.

Una forma de vida así se muestra del modo más sencillo en que se empiezan muchas cosas pero nunca se termina nada, en que la unión con las personas se produce de manera deficiente y difícil, y en que las relaciones amorosas nunca prosperan sino deficientemente.

He mostrado, respecto de todos los impedimentos, parálisis, inhibiciones y síntomas de las neurosis que se interponen obstaculizando o dificultando la solución de las tareas vitales, que, si se prescinde por completo de ellos, a partir de la personalidad del paciente correctamente conocida pueden encontrarse toda una serie de razonamientos, actitudes y formas de expresión de los que podrían derivarse los mismos impedimentos que de los síntomas. Solo que a estos movimientos anímicos les falta la consecuencia: no conducen a ninguna actitud decidida, a ningún movimiento resuelto. Pero en lugar de esta consecuencia esperable aparece el síntoma, en nuestro caso la impotencia. Es como si el impulso necesario se debilitara por los obstáculos anímicos mencionados, como si a la meta ardientemente deseada de la satisfacción sexual se interpusieran una serie de razones en contra.

Pero estas razones en contra, y el síntoma correspondiente a su fuerza, no son en modo alguno casualidades, irreflexiones o debilidades sin fundamento. Sino que han nacido de la pusilanimidad de toda la personalidad, cuya intención final se dirige a una superioridad sin fricciones, o al menos a un estado de «ausencia absoluta de conflictos».53 En la impotencia sexual, la pusilanimidad del paciente se muestra materializada en una de las líneas principales de la vida; el enfermo esquiva la agresión que él mismo desea ardientemente, y mientras el lenguaje de la boca, mientras sus pensamientos y deseos dan expresión a su anhelo, su cuerpo, su órgano sexual, habla otro lenguaje: muestra la forma de expresión de su cobardía.

Así se explica también la configuración, a menudo cambiante, de la impotencia en la vida del enfermo. En ciertas condiciones atenuantes, el comercio sexual sale bien. Así, ante una acogida cariñosa y dispuesta a ayudar, cuando desaparecen todas las consecuencias, con personas subordinadas, de condición inferior, con mujeres jóvenes, con mujeres mayores, con ayuda de estimulantes corporales y anímicos, tras palabras amables y pacientes de la pareja, en el tiempo que transcurre hasta contraer una enfermedad venérea, hasta una decepción, tras palabras de ánimo del médico, tras tomar alcohol o un medicamento, aplicando un estimulante externo, etc. Cuánto margen se da en ello a la sugestionabilidad del paciente, a su credulidad, se desprende también de que todos estos vínculos facilitadores fallan con la misma frecuencia con que sirven.

Así se comprende también que las influencias más diversas tengan ocasionalmente éxito y lleven al médico, como al paciente, a creer en la exactitud de su opinión. En realidad, es a la elevación del valor, pasajera o duradera, con o sin conocimiento del médico, a la que hay que atribuir el éxito.

Siempre, sin embargo, en el examen psíquico de estos pacientes se podrá comprobar que el contacto con otras personas les sale mal en todas direcciones. No son verdaderos semejantes; su interés por la sociedad presente y futura es bastante escaso. Parece la consecuencia natural de su concepción de la vida que «su simiente sea extirpada», si no cambian su toma de posición.

Fenómenos de la pubertad54

Los hechos de la pubertad deben su carácter llamativo tanto a los procesos de maduración corporales como a los anímicos. Empiezan y terminan en las muchachas algo antes que en los muchachos. La maduración orgánica afecta a todos los órganos y se produce también cuando hay lesiones o pérdida de las glándulas sexuales, solo que en estos últimos casos los caracteres sexuales secundarios experimentan una impronta deficiente. La maduración anímica puede quedar impedida de manera pasajera o duradera por una educación inadecuada o deficiente.

A los poetas, a los investigadores y al common sense les han llamado la atención predominantemente dos formas de expresión, que permiten un doble punto de vista. Por un lado se nos hace notar fenómenos que delatan una capacidad de rendimiento acrecentada, fuerzas aumentadas cualitativa y cuantitativamente. Así la inserción social y profesional, la capacidad de pensamiento abstracto, la tendencia a la complementación, el impulso a la unión social y sexual, el descubrimiento o afianzamiento del yo, el surgimiento de un plan de vida, el ir entrando en campos de actividad. También se destaca muchas veces la inclinación al idealismo, la conquista de una concepción del mundo, la conquista del mundo interior, la idealización y espiritualización del erotismo y la toma de posición ante los valores de la vida.

Todos estos fenómenos aparecen con plasticidad en cuanto se elige como punto de vista la infancia precedente y se aplican a la juventud que madura, de los 13 a los 21 años, las medidas de la infancia.

Si, en cambio, se aplican a esta época medidas de adulto, las carencias tienen que saltar más a la vista. Llaman la atención las torpezas y la falta de agilidad, causadas por la falta de familiaridad con los órganos de movimiento, que se han vuelto más grandes y fuertes, y también ocasionalmente la timidez y el apocamiento en situaciones desacostumbradas, la obstinación, el comportamiento crítico y escéptico, a menudo también un afán de notoriedad exagerado, el éxtasis y la fascinación, la exaltación, una embriaguez de frases y consignas, como si con ellas hubiera de lograrse la solución de los enigmas de la vida, una toma de posición desdeñosa frente a valores aceptados antes, la oposición de principio y la rebeldía contra la coacción, que se dirige también contra los valores culturales: todo ello caracteriza esta fase, en la que se presentan también degeneraciones y excesos de todo tipo como protesta que irrumpe y como rebelión abierta o secreta contra el sentimiento de inferioridad de la infancia.

Así, la vida en la pubertad parece separarse más o menos tajantemente del resto de la sociedad, a menudo tan tajantemente que a algunos les parecen naturales un derecho propio y una forma de vida propia de la juventud en esta época. En las últimas décadas destacan, sobre todo en suelo alemán, organizaciones juveniles cuyo valor positivo es visible en la unión, pero cuya hostilidad a la cultura aparece ocasionalmente en su aislamiento, en su posición combativa contra la «generación de los padres» y en su huida del sexo femenino.55

Una consideración desprevenida no descubrirá en la época de la pubertad ninguna línea de fuerza esencialmente nueva. Todos los fenómenos correspondientes pueden reconocerse sin violencia como estadios de desarrollo avanzados que han recibido su preparación en la infancia. La época de la pubertad, con su acercamiento al frente de la vida, con la maduración de los órganos y con su complejo de exigencias eróticas corporales y anímicas acrecentadas, se encuentra como en un experimento frente a las expectativas del futuro. Los niños que maduran adoptan entonces aquella posición ante la vida y ante sus exigencias presentes y futuras que cabe esperar por su formación anterior. En la cuestión social y de la solidaridad humana, en la relación del yo con el tú, aparecen rasgos de camaradería, de amistad, de concepción del mundo, o su contrario, según el despliegue del sentimiento de comunidad que se ganó en la infancia. En la dirección de la elección de profesión se notan movimientos de acercamiento o de deserción, ambos en la medida en que la fe en la propia fuerza haya prosperado con fuerza o con debilidad. La valoración y la concepción del erotismo de años anteriores, la meta erótica de antes, se vuelven mucho más claras en los movimientos del joven y de la muchacha, con la mayor libertad y desvinculación y la mayor tolerancia de los adultos, y a todas estas y otras cuestiones de la pubertad siguen respuestas que se acercan a una solución urdida desde hace mucho y que nunca dejan echar de menos la impronta del sentimiento de comunidad desarrollado hasta entonces, del afán de notoriedad y de los sentimientos de inferioridad.

Los preparativos deficientes de la infancia consisten en su mayor parte en una formación imperfecta para la vida, ya sea en dirección social, profesional o erótica, y en el descuido de un carácter independiente, seguro de sí y valeroso. La vida en nuestra cultura exige formación y una actitud optimista y resuelta. De lo contrario, los conflictos y las contradicciones son inevitables. Se muestran ya en la edad infantil, en la escuela, en la familia, frente a los compañeros, y actúan de manera funesta precisamente sobre los dependientes, a causa de su mayor susceptibilidad e indecisión, empujándolos persistentemente en la dirección de una resistencia supuestamente menor. Se encuentran entonces a menudo en la pubertad, cerca del frente de la vida, donde hay que tomar las decisiones, desviaciones secretas o abiertas de los caminos culturales, cuyo sentido apunta inequívocamente a esquivar una prueba.

Una vez ganado este punto de vista, una vez comprendidas las fermentaciones de la pubertad que llaman desagradablemente la atención como intentos de compensación nacidos de un sentimiento de debilidad, mucho de lo que se ha considerado fenómeno de la pubertad, efecto de la pubertad, se resuelve en el efecto de un desarrollo progresivo, pero deficiente, hacia la edad madura. Dada la preparación casi universalmente deficiente en la edad infantil, no es nada sorprendente que la prueba de la época de la pubertad dé motivo a conflictos. Dado el desaliento casi general de la juventud, del que tienen la culpa principal el desánimo de amplias capas del pueblo, la educación para la cobardía, el mimo o la falta de cariño y la carga de expectativas demasiado grandes para el futuro, resulta en la más amplia medida una gran inclinación a los pretextos, las excusas y los subterfugios frente a las exigencias apremiantes.

Merecen especial atención las frecuentes aspiraciones de arreglar pretextos para huir de las cuestiones sociales, profesionales y amorosas mediante agravamientos azuzados de los conflictos. No por fuerza, sino por debilidad, se llega entonces a menudo a formas de vida que significan un mimetismo y han de simular fuerza. Se enciende una lucha a menudo absurda dentro de la familia, luchas sin valor contra autoridades reales o imaginarias atraen todas las fuerzas disponibles, el odio, el asco y la falta de interés frente a la actividad profesional nacen casi siempre del miedo a las derrotas, y la capacidad amorosa normal queda artificialmente impedida por un constante entrenamiento en la dirección de las perversiones, porque allí la propia superioridad parece mejor salvaguardada. Un culto del yo atizado tendenciosamente indica el estrangulamiento perturbador del sentimiento de comunidad, conduce a un aislamiento perjudicial y está siempre unido a la hipersensibilidad y a una ambición desmesurada, que dan una y otra vez motivo a conflictos y a un aislamiento mayor.

En esta situación crítica aparecen, como signos del movimiento de retroceso, numerosos síntomas nerviosos, como neurosis obsesivas, histeria, neurastenia, neurosis de angustia y, como imagen del derrumbamiento completo, la locura juvenil.56 También el camino hacia el descarrío y hacia el crimen es, en los elementos más activos, lo mismo que la prostitución, expresión del desaliento frente al papel normal. Las cifras de suicidio empiezan a subir en la época de la pubertad, porque la tendencia a soluciones desanimadas, pero vengativas, de los conflictos se impone fácilmente dentro de este tipo.

Junto a estos fenómenos de la pubertad que se hacen notar desagradablemente se encuentran siempre también valores acrecentados. Se muestran continuaciones y progresos en todas las realizaciones y capacidades posibles. La independencia, la fiabilidad, el sentimiento de pertenencia se manifiestan con más fuerza. Preparativos y habilidades ejercitados largo tiempo se expresan también como interés acrecentado, y la adquisición duradera de destrezas y su aumento dan a la vida de la persona más madura una dirección más definida respecto de la actividad y la profesión. Mientras que talentos aparentes para el arte y la ciencia desaparecen a menudo en esta época, en otros casos la capacidad creadora se eleva hasta una originalidad asombrosa. Las formas de vida adquiridas hasta entonces aparecen con contornos más claros, con fuerzas crecientes y en la lucha por la independencia, y los ideales rectores, casi siempre todavía apoyados en lo visto, oído y leído, señalan el sentido de la vida futura que aquí se despliega.

La actitud psíquica de la mujer ante la vida sexual57

No es fácil encontrar fundamentos inamovibles para investigar esta cuestión. A la orientación científica de nuestros días le correspondería casi siempre estudiar el lenguaje de la sangre, sacar conclusiones del valor de las glándulas endocrinas y de sus correlaciones, y suponer que, con un estado correcto de las condiciones corporales, tendría que producirse la imagen ideal de un comportamiento sexual.

Pero ya en este punto se plantea la pregunta: ¿qué imagen ideal tenemos presente cuando pesamos y medimos? ¿Depende la meta del desarrollo sexual de la mujer solo de la aptitud de sus glándulas sexuales, de sus auxiliares y de sus adversarias? ¿Cuál es el presupuesto del juez sobre lo bueno y lo malo? ¿Busca la mayor posibilidad de felicidad, la mayor abundancia de hijos, la satisfacción de los instintos? ¿Exige la igualdad de valor de ambos sexos o la subordinación del uno al otro?

Tantas preguntas, tantas metas del desarrollo de la mujer, tantas exigencias de formas de vida sexuales. La bibliografía sobre este problema, el más humano de todos, es enorme. Más luz que los trabajos científicos de este campo, acompañados de una enorme marea de necedades pseudocientíficas, dan las obras de los poetas, escritores, pintores y escultores. Desde la Biblia, pasando por las leyendas y los cuentos, hasta la novela y el drama modernos, en la poesía lírica de hombres y de mujeres, se encuentra el problema erótico tocado o desarrollado. Y como el arte, hasta el día de hoy, es casi exclusivamente obra de hombres, lo mismo que la ciencia, en ellos se refleja predominantemente el saber del hombre sobre el alma de la mujer. Pero no pocas veces quedan restos fuertes, sin resolver, y nos recuerdan la confesión de los adivinadores antiguos y modernos: «¡La mujer es un enigma!».

La impronta masculina de los que juzgan es seguramente un mal y no pocas veces rebaja a la mujer, en la consideración, a objeto del hombre o de los instintos femeninos. Los observadores no suelen ver más allá de la tarea de ser hermosa y de parir hijos. Además, se destacan con tanta fuerza las llamativas carencias de carácter, de libertad espiritual, de aspiración objetiva, de capacidad para la vida laboral y pública, que la razón de ser de la mujer se encuentra casi únicamente en el amor y en el cuidado de la descendencia. Este juicio penetra con enorme fuerza en la mentalidad de las mujeres. Casi siempre se encuentra que también ellas hablan con voz masculina y parecen plegarse al papel que el hombre les asigna. En una rebelión exagerada, George Sand despedaza este sistema con las palabras: «La virtud de la mujer: ¡he ahí un buen invento de los hombres!».

En efecto, en esta consideración se impone la idea de que, junto a los fundamentos corporales de la actitud sexual de la mujer, son determinantes otras influencias que modifican con mucha más fuerza el curso del erotismo. En términos muy generales podemos contar aquí el espíritu de la cultura, el número o la mayoría numérica de las mujeres y la gran influencia del hombre con su privilegio del cortejo activo, su base económica más estable y su mejor formación en saber y en capacidad. Por lo que vemos, la educación de las muchachas para el papel de mujer cuenta en todas las circunstancias con estos factores e intenta lograr una adaptación. Una actitud psíquica de la mujer hacia una sexualidad dependiente solo de su corporalidad, una sexualidad aislada de todos los demás factores, solo se encontrará a lo sumo en idiotas o dementes. En los demás casos, toda forma de vida sexual cuenta con una toma de posición preconcebida y preparada ante el problema del amor.

Hay algo seguro: la forma sexual de la mujer no es en modo alguno unitaria y se muestra dependiente de varios factores. Y aunque pueda constatarse cierta uniformidad en distintas épocas, en distintos lugares, en distintos pueblos, en distintas edades, de modo parecido a los fenómenos de la moda, uno podrá convencerse fácilmente de que, a pesar de toda la apariencia de uniformidad («Es ihr ewig Weh und Ach aus einem Punkte zu kurieren»),58 toda toma de posición individual presenta diferencias de peso. Quien, por ejemplo, del deseo muy extendido de encontrar marido deduzca una disposición sexual deseable, bien constituida, por socialmente necesaria, debería considerar cómo, por la restricción del círculo de acción de la mujer, por la tradición, por el orgullo personal, por razones económicas, la elección de una pareja se sugiere tanto como por los impulsos sexuales. Estos últimos, más bien, con toda su base orgánica, son dirigibles y transformables conforme a la forma de vida del individuo y a sus verdaderas intenciones finales, y pueden entrenarse en las direcciones más diversas. Las huellas del instinto sexual de los primeros años de la infancia están sometidas ya al modelado por la cultura que las rodea y reciben su doma o su exacerbación, como todos los demás instintos, por vivencias y experiencias captadas individualmente, que no proceden solo del campo de la sexualidad. Si una educación de conjunto consigue llevar a una muchacha a una actitud marcadamente pasiva en la vida, su comportamiento erótico presentará este rasgo pasivo.

Solo en el caso particular somos capaces de establecer todas estas influencias que han actuado sobre la expresión erótica de una mujer. En las formas de expresión anímicas, como la actitud psíquica de la mujer ante la vida sexual, no puede esperarse una causalidad real. Todas las sensaciones e impulsos orgánicos, todas las vivencias pasan por el filtro de la personalidad y se captan en una perspectiva individual. Visto desde el punto de vista de un tipo ideal, todo aprovechamiento de los factores mencionados, todo sentimiento de valor y su efecto, se desarrolla de manera más o menos errónea. Según la meta que una mujer tenga presente para su conducta de vida, sentirá y valorará el acercamiento, el cortejo, el hábito interior y exterior de una pareja. El erotismo no es nunca puro instinto sexual animal, nunca, como opinaba por ejemplo Schopenhauer, solo un señuelo de la naturaleza con el fin de la reproducción del género humano, sino una parte altamente cualificada del sentimiento de comunidad humano, que refleja toda la personalidad y, con ello, también el grado de vinculación con la vida social y la preparación para una vida de a dos.

La investigación individualpsicológica pudo establecer que el desarrollo de la capacidad de amar puede verse favorecido por ciertas condiciones y amenazado por otras. Es decisiva la situación en la infancia y la fijación oportuna de la muchacha en su futuro papel de mujer. La fe en la propia fuerza, una mirada optimista al futuro, la capacidad de contacto con las personas, la inclinación a difundir alegría alrededor, un sentimiento no crítico de pertenencia al sexo femenino y el respeto por el papel de mujer son siempre elementos favorables. El desconocimiento del propio papel de mujer o la vacilación durante algunos años de la infancia, la fuerte vinculación a una sola persona de la familia, los sentimientos generales de debilidad y de inferioridad, una educación sin cariño, la desconfianza hacia sí misma y hacia los demás, la fealdad, pero también la belleza, y sobre todo el desprecio de la mujer, pueden perturbar en todas las circunstancias la preparación para el amor.

De la mayor importancia es la situación de la muchacha en la infancia. Un mal matrimonio de los padres, la brutalidad, la embriaguez y la ligereza del padre, también su infidelidad hecha pública, hacen que las hijas de tales padres teman durante toda su vida el mismo destino de la madre, caída en la miseria y profundamente ofendida. Su comportamiento con los hombres, aun con la mejor constitución sexual, nunca estará libre de desconfianza, reparos, inhibiciones. Su meta y su intención final de no vivir ninguna humillación, que suponen segura en el papel de mujer, las obliga a eliminarlo y lleva a toda su vida y a su actitud ante el hombre un sistema de salvaguardias que volvemos a encontrar como inhibiciones, síntomas nerviosos y perversiones. Paralelamente a estos fenómenos encontramos la concepción del mundo, la lógica, las costumbres y el entrenamiento del instinto sexual, más aún, todo el curso de la vida, empujados en una dirección apartada del hombre. Según la índole de la personalidad, que se forma ya en los primeros años de la infancia, según las experiencias y la perspectiva más o menos errónea, la meta final natural del erotismo se transforma en una meta sustitutiva. Esta meta sustitutiva59 está siempre en el terreno de lo secundario (perversiones de todo tipo y acentuación de cualquier detalle del erotismo) o cumple solo una parte del mismo (frigidez), produce miedo al hombre, indiferencia o asco, o tiene una impronta masculina y conduce en la vida sexual, así como en todo el modus vivendi, a un papel de hombre. Este apartamiento parcial o fuerte del papel de mujer se manifiesta también de manera característica. Son frecuentes la aversión a parir y a amamantar, pero en casos más leves el hijo puede convertirse también, en oposición al hombre, en el fin exclusivo. En la mayoría de los casos de este tipo, síntomas nerviosos de toda clase impiden el desarrollo armónico del erotismo. También en la inclinación a la prostitución y en tendencias exageradamente poligámicas se muestra la repugnancia por el papel de mujer. Una expresión elocuente de este rechazo es también el vaginismo.

Si buscamos un punto de vista unitario para comprender todos estos fenómenos perjudiciales para el papel de mujer, lo encontramos en la insatisfacción de las muchachas con su posición social en la cultura, alimentada por la preponderancia real o aparente del hombre y por la posición de lucha que de ella resulta, que muestra todos los grados, desde la rebelión abierta hasta la resignación apática. El impulso a cambiar esta situación produce todos los ideales de ginecocracia y de emancipación, y degenera en la vida personal en cien formas de la «protesta masculina». Kant señala en su Antropología la misma experiencia, y Herder encontró en su colección de canciones nupciales de todos los tiempos y pueblos únicamente canciones de contenido triste. También la superstición, muy extendida, de la inferioridad de la mujer, la exclusión casi completa de las más altas realizaciones de la ciencia y del arte —fenómenos que tienen sus razones en parte en la preparación deficiente, en parte en la índole masculina de las formas de expresión artísticas (en la danza y en el arte dramático las mujeres alcanzan a menudo las cumbres más altas)—, actúan en general amargando y desalentando tempranamente. No es de extrañar que tan a menudo la insatisfacción con el papel femenino conduzca a manifestaciones de mimetismo masculino en la moda, en los deseos y las fantasías, en la conducta de vida y en el erotismo; no es de extrañar que, según las estimaciones de médicos experimentados, el número de mujeres frígidas, a pesar de una constitución sexual intachable, ronde el 70 %.

Junto a todas estas razones en contra, que se interponen a un libre despliegue de la sexualidad en la dirección de una forma de expresión social y cultural, pero casi siempre en unión inseparable con ellas, la preparación deficiente o mala para el amor significa un obstáculo grave para la armonía en el erotismo. La desconfianza mutua, presente en todas partes, el egoísmo excesivo, la inclinación a sobrepasar a la pareja y el miedo a serle inferior impiden la entrega sin reservas y envenenan la relación amorosa. Las muchachas menos hermosas temen el rápido enfriamiento del marido; las mujeres hermosas se sienten oprimidas, creen ser solo objeto sexual y encuentran ofendida su dignidad humana, lo que pueden favorecer a menudo las costumbres de soltero de la pareja, una mala conducción del comercio sexual o la incomprensión de la peculiaridad de la sexualidad masculina. La torpeza, la brutalidad o las heridas a la sensibilidad anímica en el primer trato pueden conducir a un malhumor duradero. Lo mismo las restricciones celosas de la libertad de movimiento al comienzo del matrimonio y el embarazo contra lo acordado o contra la voluntad de la mujer. Las vivencias aterradoras en la infancia, los prejuicios temibles sobre los dolores y peligros de las mujeres tampoco son apropiados para mitigar el sentimiento de inferioridad. Pero el desarrollo del instinto sexual empuja, en el curso de los impulsos despertados en cada caso, a actos autoeróticos, onanistas. Así, antes o después, por seducción o por caminos propios, en parte frenadas, en parte favorecidas por el entorno y por la cultura del niño, pueden producirse satisfacciones masturbatorias que, en sí inofensivas, pueden sin embargo dar motivo a un entrenamiento en la dirección del autoerotismo, que también, porque como una válvula siempre dispuesta puede disminuir en todo momento la tensión sexual, impide el desarrollo del erotismo normal y de sus efectos y refuerza notablemente sus razones en contra.

La oposición de la opinión aquí sostenida a la de los «somáticos» es aparentemente muy grande. Aquí están en el primer plano de la consideración las dificultades y los errores de la cultura, la mala conducción y la preparación deficiente; los constitucionalistas estiman en poco estos factores o los hacen aparecer como consecuencias de deficiencias de la secreción interna. Frente a ello destacaríamos lo siguiente:

  1. También el organismo mejor constituido puede extraviarse a consecuencia de errores y equivocaciones.

  2. En cierto sentido, en nuestra opinión aparece suficientemente tenida en cuenta la inferioridad de los órganos y de las glándulas de secreción interna, aunque siempre en una conexión más importante que una puramente orgánica, a saber: cómo actúa esta inferioridad en relación con las exigencias de la cultura correspondiente y cómo influye en el sentimiento de la propia valía y conduce a una baja autoestima.

  3. El entrenamiento corporal y anímico que surge en el caso de una actitud sexual de la mujer contraria a la comunidad saca a relucir en la vida anímica otras valoraciones e intereses y modifica siempre también secundariamente la base orgánica de la función sexual, de cuyo menoscabo resultan nuevas dificultades. Los estímulos del mundo exterior que favorecen la función quedan apartados, los impulsos del órgano se detienen o se desplazan, el órgano queda en un estado de reposo artificial y puede verse dañado todavía más por la actitud vital modificada a la fuerza. En la «huelga de hambre» de las muchachas, por ejemplo, que quizá se inicia siempre por «protesta masculina» en el rechazo del papel de mujer, en el curso del adelgazamiento extremo desaparece la sustancia de las glándulas sexuales y de otras glándulas de secreción interna, pero ya antes el aparato sexual queda anímicamente eliminado por llenarse el aparato anímico de intereses de alimentación y de evacuación.

Así se comprende que todos los llamados rasgos «femeninos» estén sometidos en grado extremo a la relación de fuerzas social entre el hombre y la mujer, que le deban su origen y que puedan ser modelados y destruidos por ella. Incluso los rasgos aparentemente innatos, como la espera del pretendiente, la pasividad, la reserva, el pudor femenino, la maternidad, la monogamia, están sometidos, mucho más de lo que se reconoce, a la corriente de la época y son dirigidos por la meta final. Los rasgos insinuados de exhibicionismo, justificados casi siempre por la moda, han de valorarse todavía como neutros; las formas de expresión más claras delatan sin duda ya el carácter más activo.

En relación con ello, y con la desvalorización de la pareja, se encuentra a menudo una sobrestimación fetichista de cosas secundarias que pone a la elección amorosa barreras a menudo tan fuertes como una imagen ideal de la pareja. En ambas exigencias, y en otras más, puede fracasar toda consumación. A menudo no son más que pretextos mal entendidos para hacer fracasar toda elección. Por lo demás, encontramos que la elección amorosa, que corresponde siempre también a una autolimitación del instinto sexual y de su superestructura, obedece a los motivos más diversos. Las impresiones de la primera infancia, la imagen del padre, de los hermanos, del propio pueblo, son a menudo codeterminantes en alto grado. Siempre, mientras se haga sin restricciones, la elección amorosa corresponderá por completo a las peculiaridades, defectos y ventajas de la toma de posición personal. El sentimiento de fuerza rectilíneo, raro de encontrar, dará preferencia a hombres de igual índole; las muchachas que miran de reojo en secreto a la superioridad se sienten atraídas a menudo por los débiles, por los lisiados, o eligen por debajo de su esfera social. También la elección de parejas cercanas o consanguíneas indica un sentimiento de debilidad. Lo mismo la inclinación por hombres considerablemente mayores o considerablemente más jóvenes. A menudo se refuerza de la manera más estéril una línea maternal, que apunta a salvar o elevar a parejas degradadas e intenta desplazar las leyes del erotismo normal.

El amor lésbico, la persistencia en fantasías sexuales, la masturbación y las poluciones son protesta masculina y nos delatan el miedo al hombre y su rechazo. Los sueños homosexuales no son, como se supone en general de manera perjudicial, pruebas de una homosexualidad, sino signos del entrenamiento en una dirección falsa. Las inclinaciones poligámicas, el flirteo exagerado, el afán de comprometerse, las fantasías de cocota, el clamar exagerado y repelente por un hombre apuntan más allá de sí mismos al intento de eliminar un matrimonio. El adulterio es siempre signo de una rebelión contra el hombre, un acto de venganza que se encubre siempre mediante un erotismo atizado a propósito.

La primera menstruación da a menudo la señal para el estallido de la lucha contra el papel de mujer, cuando existe una preparación deficiente para él. A menudo la resistencia vuelve a encenderse con cada repetición. Los dolores en esta época, en ausencia de razones orgánicas, parecen producirse por contracciones voluntarias, frenando la salida de la sangre, y nacer de la insatisfacción y de la aversión al acontecimiento. En favor de esta concepción habla también que a menudo en el matrimonio, con una amplia reconciliación con el papel de mujer, los dolores desaparecen. La opinión muy extendida de que la menstruación significa impureza o enfermedad, propagada también a menudo por los médicos, pesa sobre la conciencia de sí de las mujeres y produce a menudo un malestar grave. En esta época es frecuente un aumento de los sentimientos eróticos (¿también porque es sin peligro?).

En las mujeres que ven en la juventud y en la belleza casi el único bien de la mujer, el acercamiento a la menopausia y esta misma se convierten en un momento sumamente fatal, preñado de destino. Se pierde el último resto de su fe en su valor. A menudo intentan recuperarlo con exigencias agudizadas a su entorno, que nacen de las depresiones y del ánimo desesperado de la mujer que envejece. Algunas se precipitan en conflictos destructores por su erotismo, que no desaparece en esta época, pero que en todas partes es rechazado, ridiculizado, no tomado en serio. La actitud errónea ante la vida se venga en el hombre y en la mujer. No es una subestimación de los fundamentos orgánicos del erotismo, sino una constatación necesaria, haber puesto al descubierto la parte preponderante de la toma de posición individual en su dirección y en sus carencias.

Si hemos de nombrar los presupuestos, casi siempre deficientemente cumplidos, que tienen que darse para una actitud psíquica sana de la mujer ante la vida sexual, son los siguientes:

  1. Información temprana sobre la inmutabilidad del papel sexual y reconciliación con él.

  2. Preparación educativa para el amor en consonancia con el sentimiento de comunidad.

  3. Respeto por el papel de mujer.

  4. Afirmación de la vida y de la sociedad humana.

La actitud psicosexual del hombre60

Los puntos de vista esenciales coinciden con los que tuvimos que emplear al examinar la vida amorosa de la mujer. Medimos siempre con un tipo ideal de hombre que tenemos presente y, en último término, sentimos las diferencias según su aptitud para la convivencia de los hombres y para la convivencia del hombre y la mujer. También nuestra valoración de la peculiaridad de un hombre depende necesariamente de estos presupuestos. Solo que nuestra cultura concede desde antiguo al hombre, tácita o abiertamente, privilegios en la vida amorosa que intenta negar a la mujer. El mayor espacio de acción en la vida amorosa del hombre está condicionado sobre todo por el mayor espacio de acción que le corresponde en la vida en general. Pero se le facilita notablemente por quedar libre de las consecuencias del embarazo del erotismo, por el papel del cortejo activo que le corresponde y por la tradición, que representa un poder enorme.

A ello se añade, en cierta consonancia con las condiciones anteriores, la moral de señor más laxa del hombre, al que la moral sexual corriente no pone límites tan estrechos como a la mujer.

El impulso sexual del hombre se muestra con fuerza variable casi siempre mucho antes de la pubertad, pero en la edad infantil, en la pubertad y después puede caer en diversas direcciones erróneas. Así, el comportamiento de un hombre ante las cuestiones de la vida influirá siempre también en su desarrollo sexual. Esto es tanto más comprensible cuanto que no existe una medida fija del instinto sexual, y que sus manifestaciones pueden verse aumentadas o disminuidas por múltiples influencias.

Ya en la edad infantil estas influencias y la dirección anímica se hacen valer de la manera más clara. La preparación sexual consiste ante todo en el afianzamiento de un papel de muchacho suficiente, en una comprensión creciente del problema sexual, en una fijación valerosa de metas en la dirección del amor y del matrimonio. Nuestra cultura y sus instituciones quitan a los educadores una parte de su trabajo. Otra ropa, otros juegos, otras medidas educativas intentan dirigir correctamente el curso del desarrollo. La vida que nos rodea, las analogías del reino animal, las intervenciones educativas, casi siempre la información entre compañeros, favorecen la comprensión del secreto sexual; la lectura, el teatro y el cine, a menudo también la seducción, la completan. Como, además, el muchacho tropieza en todas partes en su vida con los hechos del amor y del matrimonio, como todas las medidas educativas tienen presente como presupuesto también una solución social de la cuestión del amor y del matrimonio en el futuro, y como el instinto sexual creciente busca una solución así, la imagen del mundo futuro del muchacho se configura en este sentido.

La posición del muchacho ante el otro sexo lleva en los primeros años casi siempre signos claros de una actitud hostil, de superioridad. A menudo se encuentran una aversión furiosa a la ropa femenina, o incluso a la insinuación de ser una niña, como signos exagerados del hallazgo del propio sexo. También en los años posteriores de la infancia aparece casi siempre, incluso con coeducación, el sentimiento de superioridad, y como cumpliendo una obligación se niega a las niñas la igualdad de derechos. «¡Vom Mädchen reißt sich stolz der Knabe!».61 En medio de este gesto crítico aparecen a menudo rasgos de ternura y de enamoramiento; a menudo ya a los 4, 5 y 6 años aparecen inclinaciones amistosas o de tipo crítico y malicioso. No es rara una tendencia a las burlas, también a las agresiones físicas.

El instinto sexual puede dar ocasión ya en los primeros años al onanismo. Por seducción, no pocas veces, se llega ya en la primera infancia a la masturbación mutua o, sobre todo en los barrios de miseria, al comercio sexual normal. Es digno de atención también, en el desarrollo de los muchachos, cuánto más fácil les resulta emprender el camino hacia la homosexualidad en el onanismo mutuo que ir por el camino de la norma. Los catorce años traen casi siempre el giro decisivo hacia el onanismo, en el que caen casi todos los muchachos para librarse de él antes o después. Hacia esta época de la pubertad, el instinto sexual estrangulado encuentra desahogo en poluciones más o menos frecuentes. Los fenómenos de cansancio y el mal aspecto en esta época son casi siempre consecuencia del miedo a la enfermedad o de algún trastorno del desarrollo. El onanismo y las poluciones de la época de la pubertad y de la juventud pueden superarse por completo. Si persisten durante largos años, han de valorarse como intentos de eliminar a la mujer.

En la pubertad y poco después se encuentra casi siempre la configuración de un ideal de muchacha que casi siempre presenta claramente rasgos de una persona cercana. Esta imagen ideal está después sometida a menudo a cambios, del mismo modo que también otros ideales se disuelven a menudo. Tampoco es raro percibir el miedo a mancillar esta imagen, o a una muchacha que la encarne, con pensamientos sensuales. Junto a ello pueden tener cabida en las fantasías las imágenes más desenfrenadas. A menudo el onanismo hace de seductor para trasladar el deseo sensual a la realidad. Junto a esta pureza de sentimientos se encuentra a menudo, sin transición, la tendencia a una sensualidad grosera o también el inicio de relaciones sexuales, para las que, en la línea de la menor resistencia, se presentan casi siempre prostitutas o muchachas de servicio. Ambas cosas son válvulas siempre dispuestas que a veces hacen errar para siempre el camino hacia el amor y el matrimonio. Pero a ambos extravíos llevan a menudo a la juventud voces alentadoras de educadores doctos e indoctos. Cerrarlos solo lo conseguirán aquellos que no abogan por la necesidad incondicional del comercio sexual temprano, pero que tampoco retroceden ante dar todo su derecho a un amor verdadero, en el que ambos quieren responder el uno por el otro.

Las costumbres y usos de la sociedad, las reuniones, el baile, las empresas comunes a ambos sexos fomentan y favorecen la inclinación hacia las muchachas, que ya se ha producido. El entrenamiento para la unión sigue en marcha ininterrumpidamente. En los pensamientos, en la calle, en el teatro, en las representaciones plásticas se producen sin cesar estímulos que ayudan a abrirse paso a la inclinación al amor y al matrimonio. El matrimonio está, desde luego, en alto grado ligado a cuestiones materiales y a la cuestión de la profesión. Hasta entonces hay un lapso relativamente largo en el que demasiados caen en el descarrío sexual o en enfermedades venéreas.

Cuando el hombre llega entonces al matrimonio, no solo tiene que vérselas con las exigencias categóricas del matrimonio,62 sino que lleva también casi siempre al matrimonio sus exigencias individuales, que a menudo no tienen cabida en él y perturban la relación. La nueva situación se convierte en una piedra de toque de su preparación para el matrimonio. En su preparación se reflejarán en todas las circunstancias su concepción del mundo y también su posición ante la mujer. Ya su elección está dirigida por su exigencia ideal a la mujer y al matrimonio.

Según haya estado satisfecho con su madre, con su hermana, según haya podido hacerse valer ante ellas, la muchacha de su elección se les parecerá espiritual y también corporalmente o se apartará de ellas. Si es un hombre que anhela calor, se atendrá a muchachas de las que espere mimo. Si le gusta imponerse en la lucha, buscará a las que le parezcan fuertes; en caso contrario, dará preferencia en carácter, estatura y fuerza a las que le parezcan fáciles de dirigir. Que en ello se cometan errores en abundancia no es nada sorprendente. Sobre todo porque ninguna muchacha soporta una sumisión duradera.

Si alguien está correctamente formado para el matrimonio, el curso ulterior del matrimonio y de su actitud sexual depende por completo de su compañera de juego. Si también ella sabe establecer la armonía, ambos darán hasta el fin de su vida la imagen de un erotismo concorde. Este caso será raro, prueba de la educación deficiente de las nuevas generaciones para el matrimonio. Íntimamente unido al erotismo se desarrollará en tales casos el sentimiento de una camaradería incondicional, de modo que las complicaciones desagradables quedan excluidas o se superan fácilmente. También para la descendencia quedará en tales matrimonios espacio suficiente, y será acogida en la misma camaradería. La cuestión erótica recibirá una solución común, no se sentirá como dictado del otro, ninguno se sentirá objeto. La pertenencia erótica no sufrirá con nada enturbiamiento alguno, hasta que en años tardíos, a menudo más allá de los 60, se extinga lentamente. El comercio sexual no mostrará carencias, ni dará tampoco motivo a malhumores, ni a abatimiento o tristeza.

Otra cosa ocurre con los mal preparados. Pueden distinguirse entre ellos dos tipos principales. Su preparación deficiente se hará sentir dolorosamente en todas las condiciones, sin que ellos mismos puedan dar cuenta de ello, en la nueva situación posterior a la pubertad, en la época del erotismo posible e incluso deseado. Un sentimiento de inseguridad, de falta de confianza en sí mismos, les hace ver en el erotismo, y por tanto en la mujer y en la entrega a ella, peligros más o menos grandes para su propio ámbito de valía. Echarán de menos esa rectilineidad que constituye un requisito principal del erotismo sano. En su proceder se mostrarán rodeos y desvíos, los más fuertes de los cuales vemos en la homosexualidad y en el autoerotismo. Pero también todos los demás desplazamientos de la meta sexual, como el fetichismo, el sadismo, el masoquismo y las maneras perversas, nos descubren la vieja inseguridad y los intentos de poner satisfacciones privadas del placer en lugar de las socialmente obligadas, para esquivar así una decisión sobre el propio valor o falta de valor. También la elección de prostitutas y la inclinación a vínculos fácilmente disolubles, sin consecuencias, delatan la misma pusilanimidad. Quien haya entendido correctamente esta dinámica sabrá también estimar fácilmente en el donjuán y en el subrayado de las inclinaciones poligámicas el grado de desánimo propio de aquellos hombres que no quieren llevar nada a término y prefieren pescar éxitos baratos. El erotismo es «estar a dos» (Nietzsche),63 realización de dos parejas de igual valor. El afán de uno de destacar a costa del otro, de satisfacer vanidades en el amor, que no tiene sitio para ello, es abuso, mal hábito, y hace saltar la estructura del erotismo, porque no cuenta con las leyes del amor.

El impulso del instinto sexual es variable y seguramente no está dado de una vez para siempre como fórmula constitucional. Se observa a menudo que se aviva tras un comportamiento antes moderado, y a la inversa. Con seguridad, la ocupación con impresiones, imágenes, lecturas, conversaciones sexuales puede provocar un aumento de la tensión sexual, porque con ello pueden desaparecer inhibiciones justificadas o injustificadas. También la abstinencia practicada dentro de ciertos límites trae casi siempre aumentos. Ambas experiencias han producido a menudo, de manera superficial, medidas terapéuticas. Que la privación de satisfacción sexual y la negativa den motivo a un deseo acrecentado, y que la concesión demasiado complaciente produzca embotamiento, son hechos conocidos.

El comportamiento erótico del hombre depende, como vemos, de diversos factores. Un eventual impulso sexual primario, no influido, ni podemos establecerlo ni poseemos una medida de su fuerza, porque siempre tenemos en el cuadro las fuertes influencias. Ni siquiera en hombres que se han apartado por completo del amor y del matrimonio somos capaces, con una sola excepción, de decir algo sobre la fuerza del instinto sexual, porque en estos casos hay casi siempre un entrenamiento del apartamiento, inhibiciones causadas por la peculiaridad, casi siempre neurótica, de la persona en cuestión. Solo en el hábito eunucoide y con genitales muy atrofiados, inaptos para el comercio sexual, en órganos sexuales completamente infantiles, como los que se presentan por ejemplo en las enfermedades de la hipófisis, tras una castración temprana y en ciertas enfermedades como la diabetes y las afecciones renales graves, así como en la tabes dorsalis, etc., podemos permitirnos sacar de los hechos evidentes conclusiones sobre una impotentia coeundi condicionada orgánicamente y sobre la falta de instinto sexual. Del mismo modo nos parece comprensible que en la vejez el instinto sexual se debilite, para extinguirse hacia los 70 años.

Pero la inmensa mayoría de las formas de impotentia coeundi, lo mismo que la eyaculación precoz y la falta de eyaculación, están provocadas por inhibiciones psíquicas, surgidas siempre por error, y pueden eliminarse mediante la desaparición adecuada de estas inhibiciones. El medio soberano es una transformación de la personalidad en un semejante valeroso y seguro de sí. Una transformación así debería llevarse a cabo de manera claramente meditada, preferiblemente según los principios de la psicología individual. Pero no puede negarse que a veces se produce por cualquier palabra o intervención del médico, sin que ninguno de los dos note que se eleva el valor del paciente. Que el mismo efecto corresponde también ocasionalmente a medicamentos, los llamados afrodisíacos, no ofrece duda cuando se ha observado su falta de fiabilidad. Con mucha frecuencia, ya el ir al médico significa en tales casos una fuerza que se rebela y que solo busca todavía las palabras fortalecedoras del médico. En tales casos, cualquier terapia puede tener éxito.

Desde tiempos inmemoriales, doctos e indoctos se esforzaron por descubrir medios para fortalecer el impulso erótico. Oraciones, amuletos, filtros mágicos, imágenes eróticas y testículos de animales, más tarde extractos de estos según el consejo del célebre Brown-Séquard, habían de ayudar a la virilidad declinante. En los últimos tiempos, Steinach y sus seguidores, Woronoff y otros, se esfuerzan por alcanzar esta meta, en parte mediante la eliminación unilateral de un testículo o mediante el implante de testículos. Según lo expuesto, los fracasos pesan más decisivamente en la balanza que los eventuales éxitos. La opinión de Steinach sobre la «glándula de la pubertad» está todavía en discusión, pero encuentra cada vez más adversarios decididos.

Más como presupuesto y menos como constatación se encuentra sostenida, como se expuso más arriba,64 la opinión de que la posición sexual del hombre ante la mujer depende en primer lugar, o únicamente, del valor de las glándulas sexuales masculinas, o (Schopenhauer, Möbius, Fliess, Weininger, Hirschfeld) de un componente femenino en la organización corporal del hombre. Los trabajos experimentales de Steinach, que para muchos valen como prueba —masculinización de ratas hembras y feminización de ratas machos mediante modificaciones correspondientes de las glándulas sexuales—, solo muestran oposiciones crasas, pero no los matices finos que encontramos en los hombres. En todo caso, es dudoso que incluso en la feminización artificial más extrema del hombre, por ejemplo a consecuencia de la castración o del implante de ovarios y con todas las consecuencias corporales imaginables, tuviera que producirse una transformación anímica como la que se describe en las ratas. Los numerosos casos de pseudohermafroditas que, conforme a su educación y preparación, han adoptado una índole femenina sin presentar modificaciones comprobables de las glándulas sexuales, y los eunucos y eunucoides, cuyo comportamiento masculino no puede ponerse en duda, hablan en favor de que la preparación anímica desempeña en el hombre un papel incomparablemente mayor que en el animal.

Pero cuán importantes son en el hombre las inhibiciones, o su desaparición, para la actitud sexual ante la mujer se desprende de numerosos fenómenos de la vida amorosa. El malhumor anímico puede hacer desaparecer el impulso, del mismo modo que hacerlo avivarse frente a otras mujeres. En particular, los pensamientos de venganza contra una mujer son fácilmente capaces de encender el amor por otra. Del mismo modo, la sexualidad se derrumba a menudo cuando a un soltero reacio al matrimonio se le acerca amenazadoramente un matrimonio. La satiriasis, una excitación permanente de los genitales, se observa (¡aparte de la leucemia!) ocasionalmente cuando el comercio sexual está impedido de forma duradera. En los maníacos, es la desaparición de las inhibiciones la que tiene la culpa de la excitación sexual. En los paralíticos, los dementes seniles y los alcoholizados se encuentra tanto un deseo sensual más fuerte como más débil.

* * *

Llegamos, pues, a la conclusión de que el tipo y el grado del comportamiento sexual en el hombre (como en la mujer) se derivan de su personalidad, reflejan en general su actividad y, con órganos sexuales aproximadamente intactos, son un resultado de su preparación y de su entrenamiento.

No cabe duda de que el hombre desarrollado de manera aproximadamente normal se entrena sin cesar para el ideal erótico que tiene presente, y la suma de este entrenamiento no puede estimarse nunca demasiado grande: es el salir a la calle, el trato con el otro sexo, la comparación con otros de su mismo sexo, etc.; en suma: existe un entrenamiento incesante para el papel sexual y para el ideal sexual que una persona tiene presente. Por consiguiente, no debe sorprendernos que, aun después de haber descubierto los errores en el desarrollo equivocado de una persona, sigamos ante una dificultad: es más o menos como si hiciéramos sentir su defecto a un zurdo que no sabía que la naturaleza lo había dotado, como madrastra, de una mano derecha torpe; con eso solo no alcanza la igualdad de valor de su rendimiento. La tarea difícil es ahora hacer que las personas que en su desarrollo sexual han quedado fuera de lo normal recuperen el entrenamiento que en los normales desempeña un papel tan enormemente importante.

La dificultad de esta tarea puede medirse si recordamos que hemos calificado el comercio sexual sin amor de mal hábito, para el que educar no puede ser la tarea del médico, aunque por ahora no sea capaz de hacerlo desaparecer del mundo. No quisiera poner a nadie en relación con prostitutas ni sugerirle aventuras amorosas de ningún tipo. Se repite aquí exactamente la misma dificultad que encontramos en todas las cuestiones de educación donde otros hablan de una «falta de talento»: se trata de cómo llevar a personas mal preparadas y mal entrenadas a un entrenamiento mejor sin causarles daño ni a ellas ni a la colectividad. Que el método desempeña aquí el papel decisivo está fuera de duda. El componente más importante del método individualpsicológico para la recuperación, para la sustitución del entrenamiento social deficiente, de ese entrenamiento del sentimiento y del comportamiento que corresponde al despliegue de una vida amorosa normal, consiste en el aliento, en el sentido del sentimiento de comunidad consciente de su responsabilidad y capaz de cooperación,65 en una mejor inserción en la lógica de la convivencia humana, de la que la vida amorosa es una parte, en una mejor comprensión del sentido de la vida.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), tomada de Projekt Gutenberg-DE, que reproduce la edición de Alfred Adler, Das Problem der Homosexualität. Erotisches Training und erotischer Rückzug, Leipzig, S. Hirzel, 1930. El texto no se ha podido cotejar con el impreso, del que no hay facsímil en el archivo. La primera versión del estudio (págs. 7-72 de esta edición) apareció en 1917 en Múnich (Ernst Reinhardt); el capítulo «Pubertätserscheinungen» y otros proceden del Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie y de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, según indica el propio Adler en el prólogo. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página según las anclas de Gutenberg-DE.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, la paginación, las cursivas y las notas del autor (numeradas correlativamente, con los títulos de las obras citadas en su lengua). La terminología médica y sexológica de la época («perversión», «perverso», «anomalía», «enfermo», «curación», «sodomía», «pederastia», «imbecilidad») se traduce literalmente, sin suavizarla ni modernizarla, porque forma parte del documento; las notas del traductor explican su sentido histórico sin juzgarlo. Gemeinschaftsgefühl se traduce siempre «sentimiento de comunidad»; Mitmensch, «semejante»; Training, «entrenamiento»; las demás equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Se traduce literalmente; Adler, como la medicina de su tiempo, considera la homosexualidad una desviación que la educación podría prevenir. La traducción no corrige ni actualiza estas opiniones, que forman parte del documento histórico; véase también la nota t2. (N. del T.) ↩

  2. Perversion, pervers, der Perverse: términos técnicos de la sexología y la psiquiatría alemanas de la época (Krafft-Ebing, Moll, Hirschfeld, Freud) para toda conducta sexual que se apartaba de la norma heterosexual y reproductiva, incluida la masturbación. Se traducen siempre por «perversión», «perverso», sin suavizarlos ni modernizarlos; lo mismo «anomalía», «anormal», «enfermo» o «paciente», que Adler aplica a las personas homosexuales. Homosexualität y homosexuell se traducen por «homosexualidad» y «homosexual». (N. del T.) ↩

  3. La comisión de derecho penal del Reichstag alemán rechazó en octubre de 1929, tras un largo debate, la disposición penal general relativa al comercio homosexual entre hombres (§ 296 del proyecto). El § 296 correspondía, en una redacción más restringida, al § 175 del código penal vigente. «En suma», expuso Wilhelm Kahl, «el derecho penal y el proceso penal resultan medios inadecuados, o solo muy imperfectamente adecuados, para combatir precisamente este vicio. Y por eso, conforme a la tendencia general y sana de la reforma, es mejor renunciar al derecho penal que una bancarrota que puede preverse con seguridad». ↩

  4. Véase: Adler, Über den nervösen Charakter, J. F. Bergmann, Múnich, 4.ª ed., 1928. – Praxis und Theorie der Individualpsychologie, J. F. Bergmann, Múnich, 4.ª ed., 1930. – Menschenkenntnis, S. Hirzel Verlag, Leipzig, 3.ª ed., 1930. – Heilen und Bilden, J. F. Bergmann, Múnich, 3.ª ed., 1928. – Además: Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, S. Hirzel Verlag, Leipzig, años I-VIII. ↩

  5. Gemeinsinn: «sentido de comunidad»; no debe confundirse con Gemeinschaftsgefühl, que se traduce siempre «sentimiento de comunidad». (N. del T.) ↩

  6. Véanse, además de los trabajos citados más arriba: Adler, Die Technik der Individualpsychologie. I. Teil. Die Kunst, eine Lebensgeschichte zu lesen, J. F. Bergmann, Múnich, 1928. – Problems of neurosis. A book of case-histories, Kegan Paul, Trench, Trubner & Co. Ltd., Londres, 1929. – The Science of Living, Greenberg Publ., Nueva York, 1929. – Wexberg, Individualpsychologie. Eine systematische Darstellung, S. Hirzel Verlag, Leipzig, 1928. – Einführung in die Psychologie des Geschlechtslebens, suplementos de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, vol. II, S. Hirzel Verlag, Leipzig, 1930. – Handbuch der Individualpsychologie, editado por el Dr. Erwin Wexberg con numerosos y destacados psicólogos individuales, J. F. Bergmann, Múnich, 1926. – Además: Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, años I-VIII, S. Hirzel Verlag, Leipzig. ↩

  7. Mitspielen, Mitspieler: literalmente «jugar con los demás», «compañero de juego»; Adler emplea la imagen para la cooperación con los demás en las tareas de la vida. Se traduce por «entrar en el juego», «compañero de juego». (N. del T.) ↩

  8. En mi estudio Das Problem der Homosexualität, aparecido en 1917, durante la Guerra Mundial (véase el prólogo), señalaba en este lugar que la comprensión creciente de la neurosis de guerra había demostrado de manera contundente la exactitud de la concepción individualpsicológica. Desde entonces, estas ideas fundamentales de la psicología individual se han convertido en patrimonio común. ↩

  9. Adler, Studie über Minderwertigkeit von Organen, 1.ª ed.: Urban und Schwarzenberg, Leipzig y Viena, 1907; 2.ª ed.: J. F. Bergmann, Múnich, 1927. ↩

  10. Los fenómenos de «moral insanity» son frecuentes sobre la misma base. ↩

  11. Adler, Liebesbeziehungen und deren Störungen, Verlag Moritz Perles, Viena y Leipzig, 1926. – Adler, «Die Frau als Erzieherin», Archiv für Frauenkunde, 1916. ↩

  12. «Comprenderlo todo es perdonarlo todo»; en francés en el original. (N. del T.) ↩

  13. Gymnasium: en los países de lengua alemana, escuela media de ocho cursos (de los diez a los dieciocho años), con latín y griego, que terminaba con el examen de madurez (Matura) y daba acceso a la universidad. Se deja en alemán, porque ni «gimnasio» ni «instituto» le corresponden en español. (N. del T.) ↩

  14. Hoche y Lewandowsky han dado con hechos semejantes de «salvaguardia». ↩

  15. Véase Adler, Menschenkenntnis, Verlag S. Hirzel. ↩

  16. Paralyse: la parálisis general progresiva, forma tardía de la sífilis («lúes») del sistema nervioso; de ahí la mención de los dientes de Hutchinson, signo de sífilis congénita. (N. del T.) ↩

  17. Véase Heilen und Bilden, l. c. ↩

  18. Véase Adler, «Männliche Einstellung bei weiblichen Neurotikern», en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, 4.ª ed. ↩

  19. Studie über Minderwertigkeit von Organen, l. c. ↩

  20. El mismo mecanismo psíquico pude demostrarlo en el fetichismo, la masturbación y otras perversiones. Igualmente en los casos en que la elección recae en una pareja que está muy por debajo del nivel social del paciente. Véanse Praxis und Theorie der Individualpsychologie y Problems of Neurosis. ↩

  21. «Fair is foul, and foul is fair» (Shakespeare, Macbeth, I, 1), citado por Adler en alemán. (N. del T.) ↩

  22. Cf. Adler, «Kurze Bemerkungen über Vernunft, Intelligenz und Schwachsinn», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año 1928. ↩

  23. Este es el fin importante de toda neurosis obsesiva. ↩

  24. Véase Adler, «Das Problem der Distanz» y «Verantwortlichkeit in der Neurose und Psychose», en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, 4.ª ed. ↩

  25. «Hinter dem Ofen sitzen» («estar sentado detrás de la estufa»): alusión al refrán alemán según el cual nadie busca a otro detrás de la estufa si no se ha escondido antes él mismo allí; es decir, el paciente conocía el truco por experiencia propia. (N. del T.) ↩

  26. Adler, «Nervöse Schlaflosigkeit», en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, l. c. ↩

  27. Una relación semejante de la perversión con la ciclotimia la encontró Marcuse en un caso de homosexualidad. ↩

  28. Al que doy las gracias por la indicación de que casos como este presentan rasgos uniformes de debilidad mental. ↩

  29. Alusión a Goethe, Torquato Tasso, I, 2: «Es bildet ein Talent sich in der Stille, / sich ein Charakter in dem Strom der Welt» («El talento se forma en la quietud; el carácter, en la corriente del mundo»). (N. del T.) ↩

  30. Según una conferencia pronunciada en la Asociación Internacional de Psicología Individual, sección de Viena, 1926. ↩

  31. Compárese con el caso 3. ↩

  32. Cita no identificada; Adler no indica la fuente. (N. del T.) ↩

  33. Compárese con el caso 3. ↩

  34. Exposiciones de conjunto: Krafft-Ebing, Psychopathia sexualis, Stuttgart. – M. Hirschfeld, Jahrb. f. sex. Zwischenstufen, Stuttgart, J. Püttmann. – Iwan Bloch, Beitrag zur Aetiologie der Psychopathia sex., Dresde, Dohrn, 1902. – M. Hirschfeld, Sexualpathologie, Bonn, Marcus u. Weber, 1922. – S. Freud, Drei Abhandl. zur Sexualtheorie u. andere Schriften, Psychoanalytischer Verlag. – Arthur Kronfeld, Über Gleichgeschlechtlichkeit, Stuttgart, J. Püttmann, 1922. – O. Schwarz, Psychogenese und Psychotherapie körperlicher Symptome, Berlín, Julius Springer, 1925. – M. Marcuse, Handwörterbuch der Sexualwissenschaft. – Alfred Adler, obras citadas en el lugar mencionado. ↩

  35. Päderastie: en la terminología médica alemana de la época designa en general el coito anal entre varones, no necesariamente con menores. Se traduce literalmente. (N. del T.) ↩

  36. Véase Adler, Über den nervösen Charakter, 4.ª ed., Múnich, J. F. Bergmann. ↩

  37. Zwischenstufentheorie: teoría de Magnus Hirschfeld (1868-1935), médico y fundador del Comité Científico-Humanitario y del Instituto de Sexología de Berlín, según la cual entre el hombre y la mujer «completos» hay una serie continua de «estadios intermedios» sexuales, entre ellos la homosexualidad, que él consideraba innata; de ahí su Jahrbuch für sexuelle Zwischenstufen, citado en las notas. Hirschfeld luchaba por la abolición del § 175 del código penal alemán. (N. del T.) ↩

  38. Oswald Schwarz, «Das psychophysische Problem in der Sexualpathologie», Wiener klin. Wochenschr., 1922, n.º 11. ↩

  39. Lugar citado. ↩

  40. Véase Adler, «Training im Traum», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año III, y «Weiteres zur individualpsychologischen Traumtheorie», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año V. ↩

  41. Erziehung zum Mitmenschen: literalmente «educación para [ser] semejante», es decir, para la convivencia y la cooperación con los demás. (N. del T.) ↩

  42. La posición de Adler, expuesta ya en 1917 y mantenida en 1930, combina el rechazo de la pena de prisión y del concepto de crimen con la exigencia de un tratamiento obligatorio; véase también la nota 1, sobre el debate de 1929 en la comisión de derecho penal del Reichstag. (N. del T.) ↩

  43. Exposiciones de conjunto: Krafft-Ebing, Psychopathia sexualis, Stuttgart. – Moll y Ellis, Die Funktionsstörungen des Sexuallebens, Leipzig, 1912. – Schrenck-Notzing, Die Suggestionstherapie bei krankhaften Erscheinungen des Geschlechtssinnes, Stuttgart, 1892. – Marqués de Sade, Justine. – Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1923, y Traumdeutung, 1924, Psychoanalyt. Verlag. – Allers, Psychologie des Geschlechtslebens, Múnich, Reinhardt, 1922. – Bloch, Beiträge zur Ätiologie der Psychopathia sexualis, Dresde, Dohrn, 1902. – Eulenburg, Sadismus und Masochismus, 2.ª ed., Berlín, Julius Springer, 1911. – Alfred Adler, obras citadas en el lugar mencionado. ↩

  44. Véase Leonhard Seif, «Die Zwangsneurose», en el Handbuch der Individualpsychologie, I, 507 ss. ↩

  45. Véase Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año IV, págs. 69 ss. ↩

  46. Exposiciones de conjunto: Krafft-Ebing, Havelock Ellis, Bloch, Allers, Freud, Adler. ↩

  47. Exposiciones de conjunto: Moll, en la Enciclopedia de Eulenburg, 1908. – Cramer, «Die Beziehungen des Exhibitionismus zum Strafgesetz», Ärztl. Sachverst.-Zeitschr., Berlín, 1897, pág. 233. – Boissier y Lachause, «Perversions sexuelles à forme obsédante», Arch. de neurol., octubre de 1893. – Krafft-Ebing, Psychopathia sexualis, 17.ª ed., Stuttgart, Enke, 1924. – Reimann, «Exhibitionismus eines nicht erweislich Geisteskranken», Zeitschr. f. Medizinalbeamte u. Krankenhausärzte, Berlín, 1898. ↩

  48. Exposiciones de conjunto: Haberda, en el Handbuch der gerichtl. Medizin de Casper-Liman. – Maschka, Handbuch der gerichtl. Medizin. ↩

  49. Sodomie: en el alemán de la época, el acto sexual con animales (bestialismo), no la relación entre varones, que es el sentido que conserva en otras lenguas. (N. del T.) ↩

  50. Exposiciones de conjunto: A. Moll, Enciclopedia de Eulenburg. – Epaulard, Vampirisme, Lyon, A. Storck et Co., 1902. ↩

  51. Exposiciones de conjunto: Ellis, Die Funktionsstörungen des Sexuallebens, en el Handb. f. Sexualwissensch., editado por A. Moll, sección 7.ª, Leipzig, 1912. – Rohleder, Die Funktionsstörungen der Zeugung, 2.ª ed. – Freud, Beiträge aus der Psychologie des Liebeslebens; Zur Einführung des Narzissmus, Ges. Werke, Psychoanalyt. Verlag, 1924. – Löwenfeld, Über sexuelle Konstitution, Wiesbaden, 1911. – Allers, Psychologie des Geschlechtslebens, en el Handb. d. vergl. Psychol., Múnich, Reinhardt, 1922. – Adler, obras citadas en el lugar mencionado. ↩

  52. Adler, Praxis und Theorie der Individualpsychologie, 4.ª ed., J. F. Bergmann, Múnich, 1930. – Además: Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, años I-VIII. ↩

  53. Seif, lugar citado. ↩

  54. Exposiciones de conjunto: Charlotte Bühler, Seelenleben der Jugendlichen, 2.ª ed., Jena, Gustav Fischer, 1923. – Stanley Hall, Adolescence, Nueva York, D. Appleton, 1918. – Eduard Spranger, Psychologie des Jugendalters, 4.ª ed., Leipzig, Quelle & Meyer, 1925. – Otto Tumlirz, Die Reifejahre, Leipzig, Klinkhardt, 1924. – Alfred Adler, Praxis und Theorie der Individualpsychologie, 4.ª ed., Múnich, J. F. Bergmann, 1930. ↩

  55. Alusión al movimiento juvenil alemán (Jugendbewegung: Wandervogel, ligas juveniles, etc.), que se presentaba a menudo como rebelión contra el mundo de los padres. (N. del T.) ↩

  56. Jugendliches Irresein: la «locura juvenil», es decir, la dementia praecox o hebefrenia de la psiquiatría de la época, hoy incluida en la esquizofrenia. (N. del T.) ↩

  57. Exposiciones de conjunto: Heymans, Die Psychologie der Frauen, Heidelberg, C. Winter, 1910. – Weininger, Geschlecht und Charakter, 17.ª ed., Viena, Braumüller, 1918. – Vaerting, Wahrheit und Irrtum in der Geschlechtspsychologie, Karlsruhe, G. Braun, 1923. – J. St. Mill, Die Hörigkeit der Frau, Berlín, 1869. – Schirmacher, Die moderne Frauenbewegung, Leipzig, Teubner, 1905. – Ellen Key, Über Liebe und Ehe, Berlín, S. Fischer. – Moebius, Über den physiologischen Schwachsinn des Weibes, 5.ª ed., Halle, 1903. – Bachofen, Das Mutterrecht, Stuttgart, 1861. – Aschner, Die Konstitution der Frau und ihre Beziehungen zur Geburtshilfe und Gynäkologie, 1924. – Liepmann, Psychologie der Frau, 2.ª ed., Viena, 1922. – Sellheim, Das Geheimnis vom Ewig-Weiblichen, 2.ª ed., Stuttgart, Enke, 1924. – H. Deutsch, Psychoanalyse der weibl. Sexualfunktionen, 1925. – Adler, obras citadas en el lugar mencionado. ↩

  58. «Su eterno ay y su eterno quejido se curan desde un solo punto»: palabras de Mefistófeles sobre las mujeres en el Fausto de Goethe (I, escena del estudiante). (N. del T.) ↩

  59. Adler, Über den nervösen Charakter, lugar citado. ↩

  60. Exposiciones de conjunto: Fliess, Der Ablauf des Lebens, Viena, Deuticke, 1906. – Tandler, Die biologischen Grundlagen der sekundären Geschlechtscharaktere, Berlín, Julius Springer, 1913. – Weininger, Geschlecht und Charakter, 17.ª ed., Viena, Braumüller. – M. Hirschfeld, Jahrb. f. sexuelle Zwischenstufen, Stuttgart, Püttmann. – Robert Müller, Sexualbiologie, Berlín, L. Marcus, 1907. – Havelock Ellis, Die Psychologie des normalen Geschlechtstriebes, en el Handb. d. Sexualwiss., editado por R. Moll, Leipzig, 1912. – H. Rohleder, Die Funktionsstörungen der Zeugung, 2.ª ed. – Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 5.ª ed., Psychoanalytischer Verlag, Viena; Freud, Gesammelte Werke, en la misma editorial. – Adler, obras citadas en el lugar mencionado. ↩

  61. «El muchacho se arranca orgulloso de la muchacha»: verso de la Canción de la campana (Das Lied von der Glocke) de Schiller. (N. del T.) ↩

  62. Adler, «Die Ehe als Aufgabe», en el «Buch der Ehe», editado por H. Keyserling, Niels Kampmann Verlag, Celle, 1925. ↩

  63. Zweisamkeit: Adler atribuye el término a Nietzsche. (N. del T.) ↩

  64. Cf. El problema de la homosexualidad, III. Consideraciones de conjunto y finales. ↩

  65. Cf. Adler, «Erotisches Training und erotischer Rückzug», en Verhandlungen des I. internationalen Kongresses für Sexualforschung (Berlín, 1926), redactadas por el Dr. Max Marcuse, vol. III, A. Marcus & E. Webers Verlag, Berlín y Colonia, 1928. ↩