Bolchevismo y psicología.1
Por el Dr. ALFRED ADLER, Viena.
Los medios del poder nos han sido arrebatados a los alemanes.2 Hemos renunciado al dominio sobre otros pueblos y vemos sin envidia ni rencor cómo los checos, los eslavos del sur, los húngaros, los polacos y los rutenos se fortalecen y despiertan a una vida nueva e independiente. Se han disipado en un instante todos los odios de ayer contra los aliados de la Entente, y les ofrecemos sentimientos fraternales, aunque sentimos con dolor y pesar que podrían evitarse más de una dureza del armisticio y más de un agravamiento de la hambruna. A nosotros mismos, los alemanes, nos anima y nos colma de dicha un fuerte sentimiento de comunidad, que desborda las fronteras y se prolonga en un esperanzado sentimiento de humanidad universal. Todavía nos perturban viejos impulsos de desconfianza, todavía tememos la dominación extranjera y la avidez de poder de las potencias hundidas en nuestro país. Pero nos sentimos dispuestos a trabajar por la solidaridad de los hombres y a hacerle cualquier sacrificio. A nosotros, el pueblo, no nos abate la derrota. El laurel de la victoria que adorna la frente del general vencedor no despierta nuestro dolor. Durante largos años fuimos los engañados, y ahora hemos llegado a saber. Tras la aflicción y tras la miseria del presente brilla para nuestro pueblo inocente la estrella de un conocimiento nuevo: ¡nunca fuimos más miserables que en la cumbre de nuestro poder! ¡El afán de dominio es un espejismo funesto y envenena la convivencia de los hombres! ¡Quien quiera la comunidad tiene que renunciar al afán de poder!
Estamos más cerca de esta verdad que el vencedor. La caída repentina que amenaza a otros la tenemos ya detrás. Antes que todos los demás pueblos recibimos la nueva doctrina de salvación, para anunciarla a los hombres: que la historia de la humanidad, con su horror y su desdicha, no ha sido hasta ahora otra cosa que una cadena ininterrumpida de afanes de poder fracasados. Una desgracia profunda como la de nuestro pueblo tiene que volver clarividente; si no, falla su único fin con sentido. De su vivencia atormentada nos da a luz la Alemania socialista la idea más profunda de toda cultura, en el rechazo definitivo del afán de poder y en la elevación definitiva del sentido de comunidad a idea directriz. El cruel espectro de la torre de Babel ha burlado una vez más a la humanidad; ahora la miseria exhorta al recogimiento.
En realidad, el pueblo siempre estuvo sobre la pista del camino hacia el sentido de comunidad. Todo levantamiento espiritual, todo levantamiento religioso se dirigía contra el afán de poder. Siempre se abría paso la lógica de la convivencia humana, para acabar siempre de nuevo en el afán de dominio. Todos los actos legislativos sociales del pasado, las enseñanzas de Cristo, las tablas de Moisés, cayeron una y otra vez en manos de capas y grupos ávidos de poder que abusaron de lo más sagrado para los fines de su afán de dominio. Se recurrió a los más refinados artificios de falsificación, a las fintas y perfidias más taimadas, para desviar los impulsos y creaciones de los sentimientos de comunidad, que surgían constantemente, hacia los cauces3 de las aspiraciones de poder y volverlos así ineficaces para el bien común. Las verdades y necesidades, extraídas de la coacción de la convivencia humana, fueron torcidas una y otra vez hacia lo antinatural de la sed de dominio. «¡Por la verdad a la mentira!»: tal fue el sentido más profundo de la cultura del poder habida hasta ahora, que se halla hoy ante su espantoso derrumbe. Así se llegó a la funesta explotación del sentimiento de comunidad por el afán de poder.
Pero ¿cómo explicar que el cosquilleo del poder de unos pocos encontrara servidores y partidarios tan bien dispuestos? ¡Solo porque también ellos llevaban el afán de dominio en la sangre! Porque también ellos se encontraban, por convicción íntima, allí donde atraía el poder, también porque esperaban que, al aumentar la fuerza de sus amos, pudieran crecer también sus expectativas de acrecentar su propio poder. Los años del capitalismo, con su desenfrenada avidez de avasallar al otro, han atizado desmesuradamente el ansia de rapiña en el alma humana. No es de extrañar que nuestra impronta psíquica esté por completo bajo el hechizo del afán de poder. La ciencia, corta de vista y demasiado propensa a crear justificaciones para lo existente, declaró, de manera semejante a la psicología vulgar, que rasgos de carácter como el afán de dominio, el afán de poder y de superioridad, la ambición personal y el egoísmo eran propiedades innatas e inmutables del alma humana; con ello los protegió e impidió que el sentimiento de comunidad los desmontara. Este, por el contrario, fue convertido de fin en medio y entró al servicio del nacionalismo y del imperialismo, que se sirvieron con astucia y perfidia de la verdad del sentido de comunidad en su afán de dominio y su avidez de poder.
Solo en el socialismo siguió siendo el sentido de comunidad, como exigencia de la convivencia humana sin trabas, meta y fin últimos. Todos los geniales utopistas socialistas que buscaron o encontraron sistemas pusieron instintivamente, como todos los grandes reformadores de la humanidad, el fomento mutuo por encima de la lucha por el poder. Y Karl Marx descubrió en el oscuro engranaje de la vida psíquica la lucha común del proletariado contra la dominación de clase. La elevó para siempre a la conciencia de sus portadores y mostró el camino hacia la última realización del sentimiento de comunidad. La dictadura del proletariado había de ser la expresión de la madurez y de su fuerza, y había de conducir a la liberación general de los antagonismos de clase y de su afán de poder.
A muchos les parece ahora el bolchevismo, en su punto más importante, la imposición violenta del socialismo, una idea evidente. Queremos admitirlo: parece el camino más sencillo crear con los medios del poder todo lo que es bueno y promete felicidad, o simplemente lo que está en el sentido de un desarrollo imparable. ¿Dónde, en la vida de los hombres o en la historia de la humanidad, ha tenido éxito alguna vez semejante propósito? Por lo que vemos, en todas partes el empleo de una fuerza incluso suave despierta la voluntad contraria, aun allí donde se persigue visiblemente el bien del sometido. El sistema patriarcal y el absolutismo ilustrado son huellas que asustan. Ningún pueblo ha soportado sin contradicción ni siquiera a su dios. Llevad a un hombre o a un pueblo a la esfera de poder de otro: en seguida se moverá su resistencia, abierta o secreta, y no desaparecerá hasta que caigan todas las cadenas. La lucha victoriosa del proletariado contra la coacción del capitalismo muestra claramente esta evolución; más aún, el poder creciente de la organización obrera, manejado sin cuidado, puede provocar en naturalezas inseguras una resistencia menor o mayor. Allí donde entran en liza cuestiones de poder, chocan, sin importar la excelencia de sus intenciones y metas, con la voluntad de poder del individuo y despiertan la contradicción.
También esta contradicción se sirve con gusto de la invocación de ideales abstractos y de exigencias de la comunidad, porque solo estos encuentran una resonancia duradera en la conciencia de las masas. Nuestro órgano psíquico responde a la coacción exterior con una contracoacción; no busca su satisfacción en las recompensas de la obediencia y la docilidad, sino que procura demostrar que sus medios de poder son los más fuertes. La lucha por el poder tiene, pues, un aspecto psicológico, cuya exposición nos parece hoy un deber urgente. Todos los bienes de fortuna del mundo, placer y recompensa, no son capaces de ganar al poder apoyos duraderos, aunque parezca perseguir metas de elevación comunitaria. El militarismo de las Potencias Centrales tenía que derrumbarse porque incitaba sin cesar a la resistencia a quienes sojuzgaba. La duración del tiempo luchaba contra él.
Con la mayor agudeza y claridad ha hecho comprensible la «psicología individual» este juego contrapuesto de aspiraciones de poder en personas y grupos individuales. El pensar, el sentir y el querer del hombre actual están determinados en primer lugar por su afán de superioridad personal, aun allí donde cree servir a ideales más elevados. Contra su deseo de poder, que brota del sentimiento de debilidad de la infancia para hacer más soportable ese sentimiento de debilidad, lucha la experiencia de la necesidad primordial de las aspiraciones comunitarias. El estado actual de nuestra cultura y de nuestro entendimiento permite todavía al principio del poder imponerse en secreto aprovechando los sentimientos de comunidad. Una irrupción abierta y directa de la violencia es impopular y hoy ya insegura. A menudo la violencia se ejerce invocando el derecho, la costumbre, la libertad, el bien del oprimido, en nombre de la cultura. Los resultados decepcionan a ambas partes. Del uso del poder no mana ninguna bendición. En la vida de los pueblos, la política de poder procura al poderoso partidarios que en realidad son sus adversarios y a quienes solo atrae la embriaguez del poder. Y encuentra adversarios que serían sus partidarios si no hubieran caído en la contradicción automática. Pero el excluido del poder acecha la revuelta y es accesible a cualquier argumento.
En el amor de los padres se insinúa el veneno del afán de dominio, que, en nombre de la autoridad y del deber filial, intenta mantener la apariencia de la superioridad y de la infalibilidad. Entonces se convierte en tarea de los hijos crecer por encima de sus educadores, acabar con ellos. No de otro modo con el maestro. También el amor está lleno de estas perfidias y exige de la pareja una entrega excesiva. El ansia de poder del hombre exige, invocando «el destino natural», el sometimiento de la mujer; como resultado se muestra, poco grato, la destrucción de toda relación desprejuiciada y la paralización de fuerzas valiosas. Los graciosos juegos de los niños muestran al conocedor del alma un sistema unitario de satisfacciones del afán de dominio. Médicos de los nervios han torturado y matado en la guerra, en nombre de la ciencia, a enfermos nerviosos.4
Pero la misma psicología moderna nos ha mostrado también que los rasgos de afán de dominio, ambición y afán de poder sobre los demás, con toda su abundancia de fenómenos concomitantes odiosos, no son innatos ni inmutables. Más bien se inoculan tempranamente al niño; el niño los recibe sin voluntad de una atmósfera impregnada del cosquilleo del poder. En nuestra sangre está todavía el anhelo de la embriaguez del poder, y nuestras almas son juguetes del afán de dominio. Una sola cosa puede salvarnos: la desconfianza ante toda hegemonía. Nuestra fuerza está en la convicción, en la fuerza organizadora, en la concepción del mundo, no en la violencia de las armas ni en las leyes de excepción. Con tales medios han luchado en vano por su existencia también otras fuerzas poderosas.
El dominio de los bolcheviques está fundado, como el de todos los gobiernos habidos hasta ahora, en la posesión del poder. Con ello está dictado su destino. Sabemos que este partido, como los que piensan como él, persigue metas que son también las nuestras. Pero la embriaguez del poder lo ha seducido. Ahora se pone en movimiento automáticamente, en las almas no preparadas de la humanidad, aquel terrible mecanismo en que los ataques se responden con contraataques del otro lado, sin importar la meta de la comunidad, solo porque se ve acosada la voluntad de poder de ambas partes. Razones tan baratas como las moras sirven para justificar la acción y la reacción. ¡Lo bello se vuelve feo, lo feo se vuelve bello!5 Cierto, las mentiras sobre el bolchevismo son inauditas. Pero ni siquiera a ellas puede defenderse, porque se producen una y otra vez de nuevo en la lucha por el poder. Rusia entera se ha desintegrado. Ya se disponen otros, bajo un diluvio de sentencias morales, a ampliar su lucha contra el bolchevismo hasta convertirla en una conquista y sometimiento de Europa. Los bolcheviques tienen que responder con nuevos refuerzos de sus posiciones de poder. Quien todavía no haya sucumbido a la embriaguez del poder, aténgase a la pregunta de si alguna vez cabe esperar por este camino la unificación de la humanidad, el fortalecimiento del sentimiento de comunidad.
Vemos a antiguos amigos, a viejos y valientes compañeros de camino, a una altura que da vértigo. Seducidos por el instinto de poder, despiertan por todas partes el deseo de violencia. Aquí no hay desmontaje posible, solo nuevas escaladas, como siempre que el poder ha de decir la última palabra. Si hay medios para hacerlos volver, solo puede ser el recuerdo del milagro de los sentimientos de comunidad, que nos toca obrar y que nunca se logra mediante el empleo del poder.
Pero para nosotros, los demás, el camino y la táctica se desprenden de nuestra meta suprema: el cultivo y fortalecimiento de los sentimientos de comunidad.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen digitalizado publicado en Internet Archive: Alfred Adler, «Bolschewismus und Seelenkunde», Internationale Rundschau (Zúrich), año 4, 1918, último número doble (finales de noviembre o diciembre de 1918), págs. 597-600. Apareció también en Der Friede (Viena), 2 (1918/19), n.º 48/49, no cotejado. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Gemeinschaftsgefühl se traduce siempre por «sentimiento de comunidad» (en plural, «sentimientos de comunidad», como en el original), Gemeinsinn por «sentido de comunidad», Streben nach Macht por «afán de poder», Herrschsucht por «afán de dominio», Machtrausch por «embriaguez del poder» y Machtkitzel por «cosquilleo del poder». Las demás equivalencias siguen el glosario del archivo; las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
Seelenkunde, término tradicional alemán para la psicología (literalmente, «ciencia del alma»). (N. del T.) ↩
Adler, austriaco, escribe como alemán de lengua y cultura tras la derrota de Alemania y Austria-Hungría (armisticios de noviembre de 1918). Los «rutenos» son los ucranianos de la antigua monarquía de los Habsburgo. (N. del T.) ↩
El original imprime «Bahmen», errata por Bahnen («cauces, vías»). (N. del T.) ↩
Alusión a los tratamientos eléctricos violentos aplicados durante la guerra a los soldados con «neurosis de guerra», que en Viena dieron lugar en 1920 a la investigación contra Julius Wagner-Jauregg. (N. del T.) ↩
Eco de las brujas de Macbeth (I, 1): «Fair is foul, and foul is fair». (N. del T.) ↩