I.

La psicología individual, sus supuestos y sus resultados.

(1914.)

Un repaso de las concepciones y doctrinas de la mayoría de los psicólogos nos muestra una extraña limitación en lo que se refiere a su campo de investigación y a sus medios de conocimiento. Es como si la experiencia y el conocimiento del hombre hubieran de quedar excluidos con una intención profunda, y como si a la visión y la intuición artísticas, creadoras, se les negara toda validez. Mientras los psicólogos experimentales recogen o provocan fenómenos para deducir modos de reacción, es decir, practican en realidad una fisiología de la vida anímica, otros encuadran todas las formas de expresión y de manifestación en sistemas tradicionales o poco modificados. Y entonces, claro está, vuelven a encontrar en los movimientos aislados aquellas dependencias y conexiones que de antemano habían colocado en su esquema del alma.

O bien se intenta construir los estados del alma y el pensamiento a partir de pequeños fenómenos aislados de naturaleza fisiológica, a ser posible medibles, equiparando lo uno con lo otro. Que con ello el pensar y la empatía subjetivos del investigador parezcan eliminados, cuando en realidad gobiernan con bastante fuerza la conexión de los hechos, lo consideran todavía estos investigadores una ventaja de su concepción psicológica.

La metodología de estas corrientes recuerda también, por su significado como escuela preparatoria del espíritu humano, a la ciencia natural antigua, hoy superada, con sus sistemas rígidos, sustituidos hoy en general por concepciones que procuran captar en su conexión la vida y sus variantes, tanto biológica como filosófica y psicológicamente. Así también aquella corriente de la psicología que he llamado «psicología individual comparada». Esta intenta obtener la imagen de la personalidad unitaria, como variante, a partir de las manifestaciones vitales y formas de expresión aisladas, presuponiendo la unidad de la individualidad. Luego se comparan entre sí los rasgos aislados, se reducen a su línea común y se reúnen, individualizando, en un retrato de conjunto1.

Llamará la atención que esta manera de considerar la vida anímica humana no parezca en absoluto insólita ni especialmente audaz. En las consideraciones de la psicología infantil resalta con claridad, pese a otras líneas de orientación. Pero es sobre todo la esencia y la obra del artista, del pintor, del escultor, del músico, y en particular del poeta, presentar todos los pequeños rasgos de sus criaturas de tal modo que el espectador sea capaz de captar en ellos las líneas fundamentales de la personalidad, de reconstruir lo que el artista ya había escondido antes en ellas con vistas al final. Sobre todo la vida en sociedad, la vida sin prejuicios científicos, está tan dominada por la pregunta del «¿adónde?» de un fenómeno, que hay que decirlo abiertamente: pese a toda concepción científica contraria, nadie se ha formado jamás un juicio sobre un acontecimiento sin haber buscado afanosamente una línea que parezca unir todos los fenómenos anímicos de una persona hasta su meta ficticia.

Si me apresuro a volver a casa, ofreceré al observador toda la actitud, la expresión, el movimiento y el gesto que por lo común cabe esperar de alguien que regresa a casa. Y esto a pesar de todos los reflejos y a pesar de toda causalidad. Es más, mis reflejos podrían ser también otros, las causas podrían variar: lo que puede captarse psicológicamente y, sobre todo, lo que nos interesa práctica y psicológicamente de manera casi exclusiva es la línea que uno sigue.

Además: si conozco la meta de una persona, sé aproximadamente lo que va a ocurrir. Y entonces soy capaz también de situar cada uno de los movimientos sucesivos, de verlos en su conexión y de corregir o ajustar continuamente mi conocimiento psicológico aproximado de esa conexión. Mientras solo conozco las causas, y por tanto solo los reflejos y los tiempos de reacción, la capacidad de retención y cosas semejantes, no sé nada de lo que sucede en el alma de ese ser humano.

A esto se añade que tampoco el examinado sabría qué hacer consigo mismo mientras no esté orientado hacia una meta. Mientras no conozcamos su línea vital determinada por una meta, todo el sistema de sus reflejos conocidos, junto con todas las condiciones causales, no sería capaz de proporcionar seguridad sobre la próxima secuencia de sus movimientos: estos podrían conciliarse con cualquier consecuencia anímica posible. Donde más claramente se comprende esta carencia es en los experimentos de asociación. Nunca podría esperar de un hombre que ha sufrido un grave desengaño que ante «árbol» asocie, por ejemplo, «soga». Pero si conozco su meta, el suicidio, esperaré con seguridad semejante secuencia de sus pensamientos, con tanta seguridad que apartaré de su camino cuchillos, venenos y armas de fuego.

Si se mira más de cerca, se encuentra la siguiente regularidad, que atraviesa el despliegue de todo acontecer anímico: no somos capaces de pensar, de sentir, de querer, de obrar, sin que se nos represente una meta. Pues todas las causalidades no bastan para dominar el caos de lo futuro y suprimir la falta de plan de la que seríamos víctimas. Todo hacer se quedaría en el estadio de un tanteo indiscriminado, la economía de la vida anímica permanecería inalcanzada; sin ninguna unidad, sin fisonomía y sin nota personal alguna, nos pareceríamos a seres vivos del rango de una ameba.

No cabe dudar de que, suponiendo una fijación de metas en la vida anímica, hacemos mayor justicia a la realidad. Respecto de fenómenos aislados, arrancados de su conexión, tampoco existe duda alguna. La prueba puede aportarse fácilmente. Basta con observar, con este supuesto, los intentos de andar de un niño pequeño o de una parturienta. Claro que a quien quiera acercarse a las cosas sin supuestos se le ocultará casi siempre el sentido más profundo. Antes de dar el primer paso, la meta del movimiento ya está fijada.

Del mismo modo puede mostrarse de todos los movimientos anímicos que reciben su dirección de una meta previamente fijada. Pero todas estas metas provisionales, visibles en lo particular, caen, tras una breve duración del desarrollo anímico del niño, bajo el dominio de la meta final ficticia, del final pensado o sentido como fijo. Dicho de otro modo: la vida anímica del ser humano se orienta, como un personaje creado por un buen autor dramático, según su quinto acto.

Esta idea, que puede deducirse de manera irreprochable, por vía individualpsicológica, de toda personalidad, nos lleva a una proposición importante: todo fenómeno anímico, si ha de darnos la comprensión de una persona, solo puede captarse y entenderse como preparación para una meta.

Cuánto favorece esta concepción nuestra comprensión psicológica se advierte sobre todo en cuanto se nos ha hecho clara la ambigüedad de los procesos anímicos arrancados de su conexión. Imaginemos a una persona con «mala memoria». Supongamos que es consciente de ello y que el examen diera una escasa capacidad de retención de sílabas sin sentido. Según el uso que hasta ahora ha seguido la psicología, que hoy habría que llamar más bien abuso, tendríamos que dictaminar: el hombre padece, de manera congénita o patológica, un defecto de la capacidad de retención. Dicho sea de paso, con este tipo de examen suele salir un juicio que, con otras palabras, ya está dicho en la premisa; por ejemplo, en este caso: si alguien tiene mala memoria, o si alguien retiene pocas palabras, entonces tiene una escasa capacidad de retención.

El proceder de la psicología individual es completamente distinto. En cuanto puedan descartarse con seguridad causas orgánicas, tendría que plantear la pregunta: ¿adónde apunta la debilidad de memoria? Esta meta solo podemos deducirla de un conocimiento íntimo del individuo entero, de modo que la comprensión de la parte solo nos nace de la comprensión del todo. Y encontraríamos, por ejemplo, lo que correspondería a gran número de casos: esa persona está empeñada en demostrar, ante sí misma y ante los demás, que, por algunos motivos subyacentes que han de quedar sin nombrar o inconscientes, pero que pueden defenderse de manera especialmente eficaz mediante la debilidad de memoria, tiene que mantenerse alejada de alguna acción o decisión (cambio de profesión, estudios, examen, boda). Entonces esa debilidad de memoria quedaría desenmascarada como tendenciosa, comprenderíamos su significado como arma en la lucha contra una derrota, y en todo examen de semejante capacidad de retención esperaríamos precisamente aquel defecto que pertenece al plan de vida secreto de ese hombre. Queda aún la pregunta de cómo se producen tales defectos o males. Uno se limita a «arreglarlos», subrayando intencionadamente debilidades fisiológicas generales y poniéndolas en la cuenta como padecimientos personales. Otros consiguen, ya sea mediante la identificación empática con un estado anormal o mediante la preocupación por expectativas peligrosas y pesimistas, quebrantar hasta tal punto la fe en su capacidad que luego apenas disponen de la mitad de su fuerza, de su atención, de su voluntad.

Por dar otro ejemplo: la misma observación la hacemos en los afectos. Encontramos en una señora accesos de angustia que se repiten de vez en cuando. Mientras no se encontraba nada más valioso, uno podía contentarse con suponer una degeneración hereditaria, una enfermedad de los vasomotores, del vago, etc. O se podía creer estar más cerca de la comprensión si se descubría en los antecedentes una vivencia espantosa, un trauma, y se le atribuía la culpa. Pero si examinamos esa individualidad y seguimos sus líneas de orientación, descubrimos, por ejemplo, un exceso de afán de dominio, al que se asocia como órgano de ataque la angustia en cuanto cesa la sumisión del otro, en cuanto falta la resonancia exigida, como ocurre, por ejemplo, cuando el marido de una paciente así quiere salir de casa sin permiso.

Nuestra ciencia exige un proceder estrictamente individualizador y por eso no es amiga de generalizaciones. Pero in usum delphini quiero poner aquí la siguiente proposición: Si he reconocido la meta de un movimiento anímico o de un plan de vida, entonces debo esperar de todos los movimientos parciales que concuerden con la meta y con el plan de vida.

Esta formulación puede mantenerse en amplia medida, con pequeñas restricciones. Conserva también su valor si se le da la vuelta: los movimientos parciales correctamente comprendidos tienen que dar, en su conexión, la imagen de un plan de vida unitario y de su meta final. Sostenemos, por tanto, que, con independencia de la disposición, el medio y las vivencias, todas las fuerzas psíquicas están bajo el dominio de una idea directora, y que todos los movimientos expresivos, el sentir, el pensar, el querer, el obrar, el soñar y los fenómenos psicopatológicos están atravesados por un plan de vida unitario. Una breve indicación puede fundamentar y a la vez suavizar estas proposiciones heréticas: más importante que la disposición, la vivencia objetiva y el medio es su valoración subjetiva; y además: esta valoración guarda una relación determinada, aunque a menudo extraña, con las realidades. De la valoración, en cambio, que casi siempre da lugar a un estado de ánimo permanente en el sentido de un sentimiento de inferioridad, nace, conforme a la técnica inconsciente de nuestro aparato de pensar, una meta ficticia como compensación pensada, definitiva, y un plan de vida como intento de alcanzarla.

He hablado hasta ahora mucho de «comprender» al ser humano. Casi tanto como algunos teóricos de la «psicología comprensiva» o de la psicología de la personalidad, que siempre se interrumpen cuando deberían mostrarnos lo que en realidad han comprendido, como por ejemplo Jaspers. El peligro de exponer en pocas palabras también este aspecto de nuestras investigaciones, los resultados de la psicología individual, es bastante grande. Habrá que apresar el movimiento vivo en palabras, en imágenes; uno se ve obligado a pasar por alto diferencias para obtener fórmulas unitarias, y en la descripción habrá que cometer el error que en la práctica tenemos severamente prohibido: abordar la vida anímica individual con un esquema seco, como lo intenta la escuela de Freud.

Con esta salvedad quiero exponer a continuación los resultados más importantes de nuestra investigación de la vida anímica. Merece destacarse que la dinámica de la vida anímica que aquí vamos a examinar se encuentra del mismo modo en los sanos y en los enfermos. Lo que distingue al nervioso del sano reside en la mayor «tendencia a la seguridad» del enfermo, con la que este dota a su plan de vida. Pero en lo que respecta a la «fijación de la meta» y al plan de vida adaptado a ella, no se encuentran diferencias fundamentales de ninguna clase.

Puedo hablar, por tanto, de una meta general de los seres humanos. El examen más detenido da como resultado que comprendemos mejor los movimientos anímicos de toda clase cuando hemos reconocido como su supuesto más general que están orientados hacia una meta de superioridad. Mucho de ello lo han proclamado grandes pensadores, algo sabe de ello cada cual por su cuenta, la mayor parte se oculta en una misteriosa oscuridad, y solo en la locura o en el éxtasis sale claramente a la luz. Quiera uno ser artista, el primero en su ramo, o un tirano doméstico, dialogue con su Dios o rebaje a los demás, considere su sufrimiento como el mayor, ante el que todos han de inclinarse, persiga ideales inalcanzables o rompa viejos dioses, viejos límites y normas, en cada tramo de su camino lo guía y lo conduce su anhelo de superioridad, su idea de semejanza con Dios, su fe en su particular poder mágico. En el amor quiere sentir a la vez su poder sobre la pareja; en la libre elección de profesión, la meta que se le representa se abre paso en expectativas y temores exagerados; y aun en el suicidio siente, sediento de venganza, la victoria sobre todos los obstáculos. Para apoderarse de una cosa, de una persona, puede marchar por líneas rectas, puede proceder con orgullo, con afán de dominio, con obstinación, con crueldad, con valor; o bien prefiere, empujado por las experiencias a extravíos y rodeos, llevar su causa a la victoria mediante la obediencia, la sumisión, la mansedumbre y la modestia. Tampoco los rasgos de carácter tienen una existencia independiente; también ellos se ajustan siempre al plan de vida individual, cuyos más importantes aprestos de lucha representan.

Esta meta de superioridad sobre todos, que en el caso particular parece a menudo bastante extraña, no es sin embargo de este mundo. Considerada en sí misma, debemos incluirla entre las «ficciones» o «imaginaciones». De ellas dice con razón Vaihinger (Die Philosophie des Als-Ob [La filosofía del «como si»], Berlín, Reuter und Reichardt, 2.ª ed., 1913) que su importancia reside en que, siendo en sí mismas absurdas, tienen sin embargo la mayor importancia para la acción. Esto es tan cierto en nuestro caso que podemos decir: Esta ficción de una meta de superioridad, que se burla tan completamente de la realidad, se ha convertido en el supuesto principal de nuestra vida hasta ahora. Nos enseña a hacer distinciones, nos da actitud y seguridad, configura y guía nuestro hacer y obrar y obliga a nuestro espíritu a prever y a perfeccionarse. Junto a ello, el lado oscuro: introduce en nuestra vida una tendencia hostil, combativa, nos roba la espontaneidad del sentir e intenta siempre alejarnos de la realidad sugiriéndonos violentarla. Quien toma esta meta de semejanza con Dios de modo real, al pie de la letra, se verá pronto obligado a huir de la vida real como de un compromiso, para buscar una vida al lado de la vida, en el mejor de los casos en el arte, pero casi siempre en el pietismo, en la neurosis o en el delito2.

No puedo entrar aquí en detalles. Una alusión abierta a esta meta desmesurada se encuentra probablemente en todos los seres humanos. A veces resalta en la actitud, a veces se delata solo en las exigencias y expectativas. A veces se encuentra su huella en recuerdos oscuros, fantasías o sueños. Si se la busca en serio, apenas se puede preguntar nunca por ella. Pero una actitud corporal o mental expresa claramente su procedencia del afán de poder y lleva en sí el ideal de alguna clase de perfección e infalibilidad. Siempre, en aquellos casos que se aproximan a la neurosis, llamará la atención un mayor medirse con el entorno, también con los muertos y con los héroes del pasado.

La prueba de que este hallazgo es correcto es fácil de hacer. Si cada uno, en efecto, como lo percibimos en el nervioso en medida aumentada, lleva en sí un ideal de superioridad, entonces tienen que encontrarse también fenómenos que apunten a una opresión, a un empequeñecimiento, a una desvalorización de los demás. Rasgos de carácter como la intolerancia, el querer tener siempre razón, la envidia, el alegrarse del mal ajeno, la sobrestimación de sí mismo, la jactancia, la desconfianza, la avaricia —en suma, todas las posturas que corresponden al supuesto de una lucha— tienen que abrirse paso, en un grado mucho mayor del que exigiría, por ejemplo, la conservación de uno mismo.

Junto a ello, a veces al mismo tiempo o de forma intercambiable, se verán surgir, según el celo y la confianza en sí mismo con que se busque la meta final, rasgos de ambición, de emulación, de valor, la actitud de salvar, de regalar y de dirigir. Una investigación psicológica exige tanta objetividad que un juicio moral no perturbe la visión de conjunto. Hay que tener en cuenta además que es el distinto nivel de los rasgos de carácter lo que en primer lugar provoca nuestro agrado o nuestro desprecio. Y por último, sobre todo en los nerviosos, los rasgos hostiles se encuentran a menudo tan ocultos que el portador de esas cualidades se asombra y se enoja con razón en cuanto alguien se lo señala. De dos niños, por ejemplo, el mayor se crea una situación bastante incómoda porque quiere adueñarse del dominio de la familia mediante la obstinación y la terquedad. El niño menor lo hace con más astucia, se muestra como un modelo de obediencia y consigue así llegar a ser el ídolo de la familia, al que se le cumplen todos los deseos. Cuando la ambición lo empujó más allá, se llegó a la destrucción de la disposición a obedecer; aparecieron fenómenos obsesivos patológicos, por medio de los cuales se frustraba toda orden de los padres, aunque se veía al niño esforzarse por perseverar en la obediencia. Una obediencia, pues, a la que seguía de inmediato su anulación por el pensamiento obsesivo. Se ve el rodeo que se dio para llegar a la misma línea que el otro niño.

Todo el ímpetu del afán personal de poder y de superioridad pasa tempranamente en el niño a la forma y al contenido de su afán, mientras que el pensar solo puede acoger de ello, de pasada, tanto como lo permite el sentimiento de comunidad, inmortal, real, fundado fisiológicamente. De este último se desarrollaron la ternura, el amor al prójimo, la amistad, el amor; el afán de poder se despliega velado y procura imponerse secretamente por los caminos del sentimiento de comunidad.

En este punto debo confirmar una vieja idea fundamental de todos los conocedores del alma. Toda actitud llamativa de un ser humano puede seguirse hasta un origen en la infancia. En el cuarto de los niños se forma y se prepara la actitud futura del ser humano. Cambios fundamentales solo se producen mediante un alto grado de conocimiento de sí mismo o, en el estadio de la nerviosidad, mediante un proceder individualpsicológico del médico.

En otro caso, como los que de modo semejante ocurren innumerables veces, quiero detenerme más en la fijación de metas del nervioso. Un hombre de dotes sobresalientes, que por su amabilidad y sus finos modales se había ganado el favor de una muchacha valiosa, piensa en el compromiso. Al mismo tiempo acosa a la muchacha con un ideal educativo que le impone sacrificios muy duros. Durante un tiempo ella soporta las disposiciones desmedidas, hasta que esquiva nuevas pruebas rompiendo la relación. Entonces el hombre se derrumba en ataques nerviosos. El esclarecimiento individualpsicológico del caso dio como resultado que la meta de superioridad de este paciente, tal como se manifestaba en sus exigencias dominantes a la novia, lo había empujado hacía mucho a excluir el matrimonio, y que, a escondidas de sí mismo, tenía que encaminarse a la ruptura porque no se creía a la altura de la lucha abierta como la que se figuraba el matrimonio. También esta duda de sí mismo procedía de su más temprana infancia, cuando, hijo único, vivía bastante apartado del mundo con su madre, que había enviudado pronto. De aquella época, que transcurrió en continuas luchas domésticas, sacó la impresión imborrable, que nunca se habría confesado abiertamente, de que no era lo bastante varonil, de que nunca estaría a la altura de una mujer. Esta actitud psíquica es comparable a un sentimiento de inferioridad permanente, y bien puede comprenderse cómo interviene de modo determinante en el destino de un ser humano y lo obliga a preservar su prestigio de otra manera que cumpliendo exigencias reales.

Que el paciente consiguió lo que perseguían sus preparativos secretos para la soltería, y lo que le inspiraba su miedo a la pareja —escenas de lucha y una relación inquieta con la mujer—, apenas puede desconocerse. Tampoco que se colocó ante su novia de manera semejante a como se colocaba ante su madre, a la que igualmente quería someter. Esta actitud, impuesta por el anhelo de victoria, ha sido brillantemente malentendida por la escuela freudiana como enamoramiento incestuoso permanente de la madre. En realidad, lo que empuja al paciente es su sentimiento infantil de inferioridad, reforzado por la dolorosa relación con su madre, a probar suerte una vez más en la vida, empleando la más fuerte tendencia a la seguridad, en la lucha con la mujer. Entiéndase por amor lo que se quiera, en este caso no pasa de ser medio para un fin. Y este fin es: imponer por fin el triunfo sobre un ser femenino apropiado. De ahí las continuas pruebas y exigencias, de ahí también la ruptura de la relación, que podía esperarse con seguridad. Esta ruptura no «sucedió»: fue escenificada con todo arte, y su arreglo se hizo con los viejos medios de su experiencia, tal como los había ejercitado con su madre. Una derrota en el matrimonio parecía excluida, porque él impedía el matrimonio.

Si apenas queda así nada enigmático en la conducta de este hombre, si reconocemos claramente en su actitud dominante la agresión que se presenta como amor, el derrumbe nervioso del paciente, menos comprensible, requiere sin embargo algunas palabras de explicación. Con ello pisamos el terreno propio de la psicología de las neurosis. Una vez más, como en el cuarto de los niños, el paciente ha fracasado ante la mujer. En todos los casos semejantes, al nervioso le tienta reforzar sus salvaguardias y situarse a mayor distancia del peligro3. Nuestro paciente necesita el derrumbe para alimentar en sí un mal recuerdo, para plantear la cuestión de la culpa y resolverla en perjuicio de la mujer, para proceder en tiempos posteriores con mayor cautela todavía. ¡O para despedirse definitivamente del amor y del matrimonio! Este hombre cuenta hoy 30 años. Si nos permitimos suponer que llevará consigo su dolor durante 10-20 años y llorará otro tanto su ideal perdido, se habrá protegido así quizá para siempre de toda relación amorosa y, de ese modo, a su manera de ver, de toda nueva derrota.

Pero el derrumbe nervioso lo construye igualmente con los viejos medios reforzados de su experiencia, de manera semejante a como de niño, por ejemplo, había rechazado la comida, el sueño, el trabajo y había representado el papel del moribundo. Entonces baja el platillo con la culpa de la amada, y él mismo la supera en moralidad y carácter, y he aquí que ha alcanzado aquello que anhelaba: él es el superior, él es el mejor, mientras que su pareja es mala, como todas las muchachas. No pueden medirse con él, el varón. Así ha cumplido la obligación que ya sentía de muchacho: ha mostrado que está por encima del sexo femenino.

Comprendemos que su reacción nerviosa no puede resultar lo bastante aguda. Tiene que andar por la tierra como reproche viviente contra la mujer4.

Si conociera sus planes secretos, todo su obrar sería rencor y mala intención. No podría, por tanto, alcanzar en absoluto el fin perseguido, su elevación por encima de la mujer. Pues se vería tal como nosotros lo vemos, cómo falsea el peso y cómo lo conduce todo a una meta determinable de antemano. Lo que le ocurre ya no sería «destino», y menos aún le reportaría un plus. ¡Pero su meta, su plan de vida, su mentira vital exigen ese plus! En consecuencia, «resulta» también que este plan de vida permanece en lo inconsciente, para que el paciente pueda creer en un destino del que no es responsable, y no en un camino largo, preparado, calculado y responsable.

Tengo que renunciar aquí a una descripción prolija de esa «distancia» que el nervioso pone entre sí mismo y la decisión —en este caso, el matrimonio—. También el modo como la produce ha de reservarse para una descripción de los arreglos nerviosos. Baste señalar que esta distancia se expresa claramente en la «actitud vacilante» del paciente, en sus principios, en su concepción del mundo y en su mentira vital. Lo más eficaz para su despliegue resultan siempre la neurosis y la psicosis. También es sumamente grande la idoneidad de las perversiones, que proceden de las mismas fuentes, y de toda impotencia. La conclusión y la reconciliación con la vida las encuentra entonces el ser humano en la construcción de una o varias «frases condicionales»: «¡Si algo hubiera sido de otra manera...!».

La importancia de las cuestiones educativas, a las que nuestra escuela concede el mayor peso (véase Heilen und Bilden [Curar y educar], Reinhardt, Múnich, 1913), se desprende con nitidez de estas conexiones.

De la disposición del presente trabajo se sigue que nuestra investigación, como en el caso de una cura psicoterapéutica, toma el camino inverso: primero considera la meta de superioridad, explica a partir de ella la posición de lucha del ser humano5, en especial del nervioso, y procura luego captar las fuentes de este destacado mecanismo anímico. Uno de los fundamentos de esta dinámica psíquica ya lo hemos mencionado: reside en la aptitud artística, por ahora ineludible, del aparato anímico para hacer posibles la adaptación y la expansión en la realidad por medio del artificio de la ficción y de la fijación de metas. He intentado iluminar brevemente cómo la meta de semejanza con Dios transforma en combativa la posición del individuo ante su entorno, y cómo la lucha procura empujar al ser humano hacia la meta por las líneas de la agresión directa o por líneas directrices de la cautela. Si se sigue la génesis de esta agresión más atrás, hasta la infancia, se tropieza en todos los casos con el hecho fundamental que la desencadena: durante todo el tiempo de su desarrollo, el niño arrastra un sentimiento de inferioridad en su relación con los padres y con el mundo. Por la inmadurez de sus órganos, por su inseguridad y falta de autonomía, a causa de su necesidad de apoyarse en los más fuertes y por la subordinación a otros, sentida a menudo dolorosamente, le nace ese sentimiento de insuficiencia que se delata en toda su actividad vital. Este sentimiento de inferioridad engendra la constante inquietud del niño, su impulso a la actividad, su búsqueda de papeles, su medir fuerzas, su construir anticipadamente hacia el futuro y sus preparativos corporales y mentales. Toda la educabilidad del niño depende de ese sentimiento de insuficiencia. Así, el futuro se le convierte en un país que ha de traerle las compensaciones. También en su sentimiento de inferioridad se refleja la posición de lucha; y como compensación solo vale para él lo que suprime de forma duradera su pobre situación presente y lo hace superior a todos los demás. Así llega el niño a la fijación de metas y a la meta ficticia de la superioridad, donde su pobreza se transformará en riqueza, su sumisión en dominio, su sufrimiento en alegría y placer, su ignorancia en omnisciencia, su incapacidad en arte. Esta meta se fija tanto más alta y se mantiene con tanto más principio cuanto más clara y prolongadamente siente el niño su inseguridad y cuanto más padece de debilidad corporal o de una debilidad mental de grado leve, cuanto más siente su postergación en la vida. Quien quiera adivinar esta meta tiene que observar al niño en el juego, en las ocupaciones libremente elegidas o en sus fantasías sobre la profesión futura. El cambio continuo de estos fenómenos es solo apariencia externa; en cada nueva meta cree anticipar su triunfo. Mencionemos todavía una variante de este forjar planes, que se encuentra a menudo en niños menos agresivos, en niñas y en criaturas enfermizas: aprenden a abusar de su debilidad y obligan así a los demás a subordinarse a ellos. Lo intentarán también más tarde una y otra vez, hasta que se logre descubrir de modo irreprochable su plan de vida y su mentira vital.

Un aspecto particular se ofrece al observador atento en cuanto la esencia de esta dinámica compensatoria hace aparecer como inferior el papel sexual y empuja hacia metas supervaroniles. En nuestra cultura, tanto la niña como el niño se creerán obligados a esfuerzos y artificios muy especiales. Sin duda hay entre ellos un gran número de provechosos. Conservar estos, pero descubrir y hacer inofensivas las innumerables líneas directrices engañosas y que enferman, es nuestra tarea presente, que va mucho más allá de los límites de un arte médico y de la que nuestra vida social, la educación de los niños y del pueblo pueden esperar los gérmenes más valiosos. Pues la meta de esta concepción de la vida es: un sentido de la realidad reforzado, la responsabilidad y la sustitución del rencor latente por la benevolencia recíproca, que solo pueden lograrse plenamente mediante el despliegue consciente del sentimiento de comunidad y mediante la ruptura consciente con el afán de poder.

Quien busque las fantasías de poder del niño las encontrará descritas magistralmente en «El adolescente» de Dostoievski (también: «Un hombre en formación»)6. En uno de mis pacientes las encontré de manera especialmente cruda. En sus pensamientos y sueños volvía siempre el deseo: que otros mueran, para que él tenga espacio para vivir; que a otros les vaya mal, para que él obtenga mejores posibilidades. Esta actitud recuerda la irreflexión y la falta de corazón de muchas personas que atribuyen todos sus males a que ya hay demasiada gente en la tierra, impulsos que sin duda han hecho en todas partes más apetecible la guerra mundial. — El sentimiento de certeza en tales ficciones se toma de otras esferas; en el caso citado, de los hechos fundamentales del comercio capitalista, en el que realmente a uno le va tanto mejor cuanto peor le va al otro. «Quiero ser sepulturero», me dijo un niño de cuatro años, «quiero ser el que entierra a los demás». —


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Die Individualpsychologie, ihre Voraussetzungen und Ergebnisse» (1914), en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. I, págs. 1-10. Publicado primero en Scientia (Bolonia) 16 (1914), págs. 74-87 (no consultado). Las notas del autor se numeran de forma continua. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Forma parte del libro Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920), cap. I.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación original. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo: Gemeinschaftsgefühl, «sentimiento de comunidad»; Minderwertigkeitsgefühl, «sentimiento de inferioridad»; Lebensplan, «plan de vida»; Leitlinie, «línea directriz»; fiktives Endziel, «meta final ficticia»; Sicherungstendenz, «tendencia a la seguridad»; Sicherungen, «salvaguardias»; Arrangement, «arreglo»; Lebenslüge, «mentira vital»; zögernde Attitüde, «actitud vacilante»; Streben nach Macht, «afán de poder»; Gottähnlichkeit, «semejanza con Dios»; Merkfähigkeit, «capacidad de retención». Los títulos de libros citados se dan como los da el autor, con traducción entre corchetes. Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».

  1. Por otros caminos, William Stern ha llegado a resultados semejantes a los míos. ↩

  2. Véase también «El problema de la distancia», en este volumen. ↩

  3. Véase «El problema de la distancia». ↩

  4. Se hace reconocible el rasgo paranoide. Véase «Mentira vital y responsabilidad en la neurosis y la psicosis», en este volumen. ↩

  5. La «lucha por la existencia», la «guerra de todos contra todos», etc., no son más que otras perspectivas de la misma relación. ↩

  6. La novela de Dostoievski Podróstok (1875), conocida en español como El adolescente; en alemán circulaba como Der Jüngling y como Ein Werdender. (N. del T.) ↩