El hermafroditismo psíquico en la vida y en la neurosis.
(Sobre la dinámica y la terapia de las neurosis.)
Por el Dr. Alfred Adler, Viena (1910).
I. Hechos del hermafroditismo psíquico.
De los autores que han estudiado la cuestión del hermafroditismo en el ser humano, casi todos han rozado o subrayado el hecho de que entre los caracteres sexuales derivados se encuentran con frecuencia, o regularmente, rasgos de carácter y cualidades psíquicas del otro sexo. Así Krafft-Ebing, Dessoir, Halban, Fließ, Freud, Hirschfeld y otros. Entre ellos, Freud ha estudiado especialmente los fenómenos de la inversión en la neurosis y ha comprobado que en ningún caso de neurosis faltan rasgos invertidos. Desde entonces esta observación ha podido confirmarse abundantemente. Yo he señalado en un breve trabajo1 la conexión entre prostitución y homosexualidad; Fließ opinaba ya antes que el neurótico varón enferma por la represión de sus rasgos femeninos, y la neurótica por la represión de sus rasgos masculinos. — De modo parecido, Sadger.
Una investigación detenida de las neurosis respecto a los rasgos hermafroditas da los siguientes resultados:
- Los fenómenos corporales del sexo opuesto se encuentran con llamativa frecuencia. Así, hábito femenino en los neuróticos varones, masculino en las neuróticas. Asimismo, caracteres sexuales secundarios opuestos, pero sobre todo fenómenos de inferioridad en los genitales, como hipospadias, conductos parauretrales, pene pequeño, testículos pequeños, criptorquidia, etc., y, por otra parte, labios menores grandes, clítoris grande, infantilismo del aparato sexual2, etc., a los que por regla general se añaden fenómenos de inferioridad en otros órganos.
Si estos fenómenos corporales guardan de antemano alguna conexión genética con una psique del sexo opuesto en su portador, como supone Fließ y como expuso Krafft-Ebing, de modo que en el hombre estaría más desarrollada la psique femenina y en la mujer la masculina, es algo que hoy por hoy no puede demostrarse. Pero sí puede mostrarse que la motilidad y el desarrollo corporal de tales niños con órganos y sistemas orgánicos y glandulares inferiores presentan a menudo desviaciones de la norma, que su crecimiento y su capacidad funcional muestran deficiencias, que las enfermedades y la debilidad aparecen precisamente al comienzo de su desarrollo, aunque más tarde a menudo cedan el paso a una salud y una fuerza robustas. —
Estos fenómenos objetivos dan lugar muchas veces a un sentimiento subjetivo de inferioridad, estorban con ello la independencia del niño, acrecientan su necesidad de apoyo y de ternura y caracterizan a una persona a menudo hasta la edad más avanzada. — La debilidad, la torpeza, los modales desmañados, el carácter enfermizo, los defectos infantiles (Kinderfehler)3 como la enuresis, la incontinencia fecal, la flatulencia, el tartamudeo, la respiración corta, el vértigo de las alturas, las insuficiencias del aparato visual y auditivo, las deformidades congénitas o adquiridas tempranamente, una fealdad llamativa, etc., son capaces de fundar profundamente el sentimiento de inferioridad frente a los más fuertes, sobre todo frente al padre, y de fijarlo para toda la vida, incluso más allá de la tumba del padre. Rasgos significativos de obediencia, sumisión y amor abnegado precisamente hacia el padre distinguen a muchos niños, pero en especial a los propensos a la neurosis4. Y con ello se ven a menudo empujados a un papel que les parece impropio de un hombre. Todos los neuróticos tienen tras de sí una infancia en la que se agitó en ellos la duda de si podrían llegar a la plena masculinidad. Ahora bien, la renuncia a la masculinidad le parece al niño equivalente a feminidad5, y con ello queda dado un rico círculo de juicios de valor originariamente infantiles, según los cuales toda forma de agresión desinhibida, de actividad, de capacidad, de poder, lo valiente, libre, rico, agresivo, sádico, puede concebirse como masculino, y todas las inhibiciones y carencias (también la cobardía, la obediencia, la pobreza, etc.) como femeninas6. Ahora puede reconocerse fácilmente que el niño desempeña durante un tiempo un doble papel: que por un lado muestra tendencias que delatan su sometimiento a los padres, maestros y educadores, y por otro deseos, fantasías y actos que expresan su afán de independencia, de libre voluntad y de valer («el pequeño fanfarrón»). Como lo uno lo exhiben más las niñas y las mujeres, y lo otro más los niños y los hombres7, no puede extrañar que la concepción del mundo del niño llegue a juicios de valor que no se apartan tanto de los juicios de valor de los adultos: considerar las inhibiciones de la agresión como femeninas y la agresión acrecentada misma como masculina.
Esta escisión interior en el alma infantil, modelo y fundamento de los fenómenos psíquicos más importantes, sobre todo de la neurosis, de la escisión de la conciencia y de la duda, puede tener desenlaces muy diversos en la vida posterior. Por regla general se encontrarán actitudes del individuo orientadas unas veces más en dirección femenina, otras más en dirección masculina, pero junto a ellas quizá siempre intentos y esfuerzos por reforzar desde dentro la unidad del cuadro; el material masculino impide precisamente una entrega completa a un papel femenino, y el femenino resulta un obstáculo para comportarse de modo plenamente masculino. Con ello se inicia casi siempre un compromiso: conducta femenina con medios masculinos (por ejemplo, timidez y sumisión masculinas, masoquismo masculino, homosexualidad, etc.), papel masculino con medios femeninos (tendencias emancipatorias de las mujeres, poliandria, neurosis obsesivas como perturbación del papel femenino, etc.). O bien se encuentra una coexistencia aparentemente desordenada de rasgos de carácter masculinos y femeninos.
En la neurosis, donde se trata siempre de incongruencias de tales rasgos de carácter, a menudo desmesuradamente reforzados, el examen y la reducción de todas estas tendencias y el descubrimiento del hermafroditismo psíquico se logran siempre con los medios de la psicología individual. Como condición previa debe valer, sin embargo, que el médico no introduzca en el análisis su propio juicio de valor sobre los rasgos masculinos y femeninos, sino que se adapte al sentir afectivo del paciente y lo rastree.
II. Sobre los refuerzos del hermafroditismo psíquico. La protesta masculina como meta final8.
Más arriba hemos presentado como punto de partida de las tendencias femeninas del nervioso el sentimiento de debilidad del niño frente a los adultos, del que nace una necesidad de apoyo, un anhelo de ternura, una dependencia y subordinación fisiológicas y anímicas. También se señaló ya más arriba cómo estos rasgos se expresan con más intensidad cuando hay una inferioridad orgánica sentida tempranamente y de modo subjetivo (debilidad motora, torpeza, carácter enfermizo, defectos infantiles, desarrollo retardado, etc.); cómo crece con ello la dependencia, cómo este sentimiento de la propia pequeñez y debilidad, vivido con más fuerza (raíz del delirio de pequeñez), conduce a la inhibición de la agresión y con ello al fenómeno de la angustia, cómo la inseguridad sobre la propia capacidad desencadena la duda e inicia una vacilación que unas veces está más influida por las tendencias femeninas (angustia y fenómenos afines), otras más por las masculinas (agresión, fenómenos obsesivos): todo ello puede demostrarse fácilmente desde este punto de vista. La estructura de las neurosis (neurastenia, histeria, fobia, neurosis obsesiva, paranoia) nos muestra, del modo más bello la neurosis obsesiva, las líneas femeninas, muchas veces entrelazadas, cuidadosamente encubiertas y recubiertas por deseos y aspiraciones hipertróficamente masculinos. Esta protesta masculina se produce de modo compulsivo, como sobrecompensación, porque el juicio infantil valora despectivamente la tendencia «femenina», más o menos como un defecto infantil, y solo la mantiene en forma sublimada y por ventajas externas (amor de los allegados, impunidad, elogio de la obediencia, de la subordinación, etc.). Toda forma de compulsión interior en los normales y en los neuróticos debe derivarse de este intento de protesta masculina. Allí donde logra imponerse, refuerza naturalmente en grado extraordinario las tendencias masculinas, se fija las metas más altas, a menudo inalcanzables, desarrolla una avidez de satisfacción y de triunfo, fustiga todas las capacidades y los instintos egoístas, acrecienta la envidia, la avaricia, la ambición, y provoca una inquietud interior que hace sentir como insoportable toda coacción exterior, la insatisfacción, el menosprecio y el perjuicio. La obstinación, el afán de venganza, el rencor son sus acompañantes constantes, y mediante un aumento desmesurado de la susceptibilidad conduce a conflictos continuos. Las fantasías de grandeza y los sueños diurnos, normales y patológicos, son impuestos por una protesta masculina tan desmedida y se sienten como sucedáneos provisionales de la satisfacción instintiva. Pero también la vida onírica cae por completo bajo el dominio de esta protesta masculina, y todo sueño, al analizarlo, nos muestra la tendencia a apartarse de la línea femenina hacia la masculina.
Si el paciente se ve privado de todo éxito personal, si ha fracasado la satisfacción de su protesta masculina, casi siempre desmedida9, en una línea principal, que siempre está constituida también por el instinto sexual, entonces estalla la neurosis, preparada desde hace tiempo. Entonces intenta la satisfacción de su ambición masculina en líneas secundarias, por desplazamiento hacia otras personas, otras metas. O la inhibición y el bloqueo actúan con más intensidad, y se llega a aquellas transformaciones del instinto de agresión que he descrito en el trabajo sobre «El instinto de agresión en la vida y en la neurosis». Para la estructura de la neurosis todas estas variaciones adquieren gran importancia: la tendencia femenina, masoquista (en el sentido del paciente), predomina y crea el cuadro femenino, masoquista, de la neurosis, mientras que al mismo tiempo el paciente queda dotado de la susceptibilidad más extrema contra todo hundimiento en la «feminidad», contra todo menosprecio, opresión, perjuicio, ensuciamiento. El punto débil, el sentimiento de inferioridad, las líneas femeninas quedan encubiertos, o enmascarados por formación de compromiso, o vueltos irreconocibles por sublimación y simbolización, pero ganan en amplitud e intensidad, de modo permanente o por accesos, y se presentan en la abulia, en el mal humor, en la depresión, en la angustia, en los dolores, en el sentimiento de la espera angustiosa, en la duda, en parálisis, impotencia, insuficiencia, etc.
Así pues, el sentimiento de inferioridad fustiga la vida instintiva, eleva los deseos hasta lo desmedido, provoca la hipersensibilidad y engendra una avidez de satisfacción que no soporta ninguna tensión y desemboca en un sentimiento permanente y sobrecalentado de expectativa y de angustia de expectativa. En esta avidez hipertrófica, en el ansia de éxito, en la protesta masculina que se desboca, se halla el germen del fracaso, pero también la predestinación a las realizaciones geniales y artísticas. La neurosis se inicia entonces por el fracaso de la protesta masculina en una línea principal. Los rasgos femeninos adquieren en apariencia la preponderancia, aunque solo con continuos aumentos de la protesta masculina y con intentos patológicos de abrirse paso en líneas secundarias masculinas. El destino de estos intentos es diverso. O bien tienen éxito, sin que sobrevengan una verdadera satisfacción y armonía, o bien fracasan igualmente, como a menudo en la neurosis, y empujan al paciente cada vez más al papel femenino, a la apatía, a la angustia, a la insuficiencia mental, corporal, sexual, etc., que en adelante se aprovechan como medios para alcanzar el poder.
El examen de la neurosis ya formada deberá, por tanto, descubrir siempre los siguientes rasgos y establecer su valencia dinámica:
A. Rasgos femeninos.
B. Protesta masculina hipertrófica.
C. Formación de compromiso entre A y B.
El fracaso de la protesta masculina en el hermafroditismo psíquico se ve favorecido, y aun directamente provocado, por los siguientes factores:
Por la tensión excesiva de la protesta. La meta es inalcanzable en general o para las fuerzas del paciente.
Por la sobrestimación de la meta. Esta sobrestimación (quijotismo, por ejemplo) se produce de modo inconscientemente tendencioso, para no estorbar el papel de héroe del paciente. Por este camino las decepciones surgen por sí solas.
Las tendencias femeninas predominan e inhiben la agresión. A menudo en el momento más importante o antes de la realización proyectada despierta el sentimiento «femenino» en el sentido de una fe exagerada en la autoridad, de la duda, de la angustia, y conduce a la humillación y al sometimiento con una formación de protesta persistente, o bien hace de la duda, de la angustia, etc., un arma y lleva así el sometimiento al absurdo.
Un sentimiento de culpa vivo, fácilmente desplazable, heredado de la infancia10, protege los rasgos femeninos y asusta al paciente con las posibles consecuencias de su acto. (Naturalezas hamletianas).
Debo recordar todavía otros refuerzos de las líneas femeninas en el niño que van más o menos allá de la medida fisiológica y que constituyen los motivos regulares para exagerar la protesta masculina del modo descrito. Un material nada desdeñable de neuróticos y neuróticas, cuidadosamente analizado, me ha permitido reconocer con regularidad estos orígenes y el mismo mecanismo, de modo que puedo hablar sin duda de una validez general de estos hallazgos, tanto más cuanto que con su descubrimiento se inicia la curación de la neurosis.
Al refuerzo de los rasgos femeninos, y con ello también a la protesta masculina secundaria y reforzada por rodeos, contribuyen los siguientes factores:
El miedo al castigo. Actúan como factores favorecedores una especial aprensión al dolor e hiperestesias cutáneas, la severidad de los educadores, el castigo corporal. Debe entenderse como reacción masculina: la indiferencia ante el castigo, la indiferencia obstinada, el soportar dolores, a menudo la búsqueda de tormentos (masoquismo aparente11) y el señalar demostrativamente el paciente cuánto es capaz de aguantar, la erección y la actividad sexual activa cuando amenaza un castigo, lo cual a veces podría estar preformado fisiológicamente por una peculiaridad individual. (Véase Asnaourow, «Sadismus und Masochismus» [Sadismo y masoquismo], E. Reinhardt, Múnich.)
La búsqueda de compasión mediante la exhibición de la propia debilidad, del propio sufrimiento. Protesta masculina: ideas de grandeza (para compensar el delirio de pequeñez femenino), indignación contra la compasión de los demás, reír en lugar de llorar, etc. — («Burlarse de uno mismo»). Las formaciones mixtas aparecen con regularidad. — Defectos infantiles como la enuresis o el tartamudeo, pero también el carácter enfermizo, los dolores de cabeza, la falta de apetito, etc., pueden fijarse especulando con la compasión o por obstinación. Pero casi regularmente se llega a la formación de compromiso. La reacción masculina emplea la debilidad para irritar a los padres, y se obstina en conservar el defecto para no tener que ceder. Esto se ve con claridad en el aferrarse a la enuresis y a otros defectos infantiles. Todo sueño enurético muestra el intento del soñante o de la soñante de comportarse como un hombre. (Orinar de pie, urinario masculino, gran arco del chorro de orina, orinar cifras en la arena.) — Al mismo tiempo, como reacción masculina contra 1., a menudo con un empleo tendencioso de ficciones, como si el orinal o el retrete estuvieran a mano. —
La concepción errónea de los papeles sexuales, el desconocimiento de la diferencia entre hombre y mujer, las ideas de los niños sobre la posibilidad de que los niños se transformen en niñas y viceversa. A menudo existe un sentimiento más o menos oscuro de ser un hermafrodita. Las cualidades corporales, los errores educativos, las manifestaciones malentendidas del entorno (vestidos de niña en los niños, pelo largo en los niños, corto en las niñas, baños en común con el otro sexo, descontento de los padres con el sexo del hijo, etc.) despiertan o aumentan la duda del niño mientras la diferencia sexual no le está clara. Del mismo modo provocan confusión los cuentos sobre el nacimiento de los niños o las representaciones falsas de él (nacimiento por el ano, concepción por la boca, a consecuencia de un beso, por un veneno o por contacto). Las experiencias o fantasías sexuales perversas tempranas en las que la boca o el ano desempeñan el papel del órgano sexual ayudan a borrar la diferencia entre hombre y mujer y pueden llegar tendenciosamente a fijarse.
La homosexualidad parte del intento de cambiar de papel sexual. Los hombres homosexuales tenían en la infancia el don de imaginarse en un papel de niña. Si sobreviene, como siempre, la protesta masculina, se produce la transformación en homosexual como manera de esquivar a la mujer temida.
En general, la comprensión solo puede lograrse siguiendo los intentos de protesta masculina. Así en la masturbación compulsiva, que, como toda compulsión, significa el intento de comportarse de modo cuasi masculino y de esquivar, sin embargo, el propio papel sexual. La misma tendencia se encuentra en las poluciones y en la eyaculación precoz. La prisa, así como los fenómenos concomitantes (erección deficiente, a veces sueños homosexuales), nos delatan el punto débil que se oculta detrás. En el análisis de los sueños préstese atención a las pesadillas, a los sueños de estar inhibido y a los sueños de angustia, que pertenecen a una representación de la línea femenina, de una derrota; con todo, en ellos irrumpe casi con regularidad la tendencia masculina (gritos, huida, despertar), como protesta.
Los rasgos exhibicionistas se ven favorecidos por la tendencia a mostrarse como hombre. En las niñas y las mujeres parece bastar para este fin el desprenderse del pudor femenino, el rechazo de prendas de vestir femeninas. La misma tendencia al poder caracteriza el narcisismo. En el fetichismo se impone regularmente la línea no masculina (predilección por la ropa interior, las blusas, los delantales, las joyas, las trenzas, etc.), pero siempre acompañada de la tendencia masculina a no dejarse dominar por la pareja. Originariamente expresión del hermafroditismo, como todo autoerotismo, el fetichismo del zapato se dirige a la envoltura y obtiene, por su distancia del papel masculino, su sello femenino, masoquista.
Los rasgos originariamente masoquistas, así como la hipocondría y la sensibilidad exagerada al dolor, se sitúan en el ámbito de los rasgos femeninos del padecer. Como todo fenómeno psíquico, nunca carecen de otras determinaciones accesorias: mostrar la magnitud del sufrimiento, etc.
Es fácil de comprender que el niño se sirva de los rasgos de la madre para representar sus líneas femeninas y de los rasgos del padre para representar las masculinas («Del padre tengo la estatura», etc.).12 La protesta masculina exacerba los deseos del niño, que procura superar al padre en todos los aspectos, entra en conflicto con él, y así se producen secundariamente aquellos rasgos que corresponden a representaciones de deseo dirigidas a la madre. (Alegoría de Edipo.)
Es tarea de la pedagogía y de la terapia de las neurosis descubrir esta dinámica y hacerla consciente. Con ello desaparece la hipertrofia tendenciosa de los «rasgos femeninos y masculinos», y la valoración infantil deja paso a una concepción del mundo más madura13. La hipersensibilidad cede, y el paciente aprende a soportar las tensiones del mundo exterior sin perder el equilibrio. Él, que antes «era un juguete de impulsos oscuros, inconscientes, se convierte en dueño consciente o en paciente sufridor de sus sentimientos».
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie, ed. de Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 74-83, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Es la versión revisada por Adler del artículo de Fortschritte der Medizin 28 (1910), n.º 16, págs. 486-493, que se publica en el archivo como obra aparte, con su propia traducción («1910-04-21 Der psychische Hermaphroditismus im Leben und in der Neurose»). Respecto a 1910, Adler sustituye «psicoanálisis» por «psicología individual» o «examen»; suprime un apartado entero (el punto 4 de la segunda enumeración, sobre las sensaciones anales y bucales), la frase sobre el fetichismo del zapato como sobrestimación del dedo gordo, parte de una nota y dos notas bibliográficas; añade notas que remiten a Furtmüller y a Wexberg y una referencia a Asnaourow, y matiza numerosas frases («muchos niños» por «todos los niños», «durante un tiempo», «reforzar» por «perturbar» la unidad del cuadro, etc.). La relación detallada de las variantes figura en el pie de la versión original. Las notas del autor, numeradas por página en el original, van con numeración corrida. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026), revisada sobre la del texto de 1910, de la que se conserva la redacción allí donde ambos textos coinciden. Se conservan la división en secciones, las notas del autor, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original; las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas (sentimiento de inferioridad, protesta masculina, instinto de agresión, hermafroditismo psíquico, sobrecompensación) se recogen en el glosario del archivo.
Adler, «Träume einer Prostituierten» [Sueños de una prostituta]. Zeitschr. f. Sexualwissenschaft, 1908. ↩
Véase Adler, Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. Urban & Schwarzenberg. Berlín y Viena, 1907. ↩
Kinderfehler: término de la pedagogía y la pediatría de la época para los malos hábitos y trastornos menores de la infancia (enuresis, chuparse el dedo, tartamudeo, etc.). Se traduce por «defectos infantiles». (N. del T.) ↩
Véase también C. G. Jung, «Die Bedeutung des Vaters für das Schicksal des Einzelnen» [La importancia del padre en el destino del individuo]. Jahrbuch für psychoanalytische und psychopathologische Forschungen, t. 1, 1909. ↩
Por lo demás, no solo para el niño, sino para la mayor parte de nuestra conciencia cultural. ↩
Véase «Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose» [El instinto de agresión en la vida y en la neurosis]. ↩
«Ser malo» significa para el niño a menudo: ser masculino. ↩
Véase Schiller, «Männerwürde» [Dignidad viril]: «Ich bin ein Mann» [Soy un hombre], etc. ↩
Vale naturalmente del mismo modo para las personas de sexo femenino que para las de sexo masculino. La protesta masculina de la mujer solo procede casi siempre de modo encubierto y transformado, y busca el triunfo con medios femeninos. Con mucha frecuencia se encuentra en el análisis el deseo de transformarse en hombre; el vaginismo, la anestesia sexual y muchos fenómenos neuróticos conocidos proceden de esta tendencia. — Si se sigue el «modo de consideración dinámico» que aquí propongo, se reconocerá pronto que todos estos fenómenos tienen en común el afán de alejarse de algún modo de la línea femenina para ganar la masculina, de modo que como lugar psíquico de localización de los síntomas neuróticos puede reconocerse unas veces más el lado femenino, otras más el masculino. Según esto, todo síntoma neurótico representa un hermafrodita. La compulsión neurótica muestra la protesta masculina; sucumbir a la compulsión es femenino. — En el rubor compulsivo (eritrofobia), por ejemplo, el paciente reacciona con ira y enojo (masculinos) ante menosprecios sentidos o temidos. Pero la reacción se produce con medios femeninos, con el rubor o con el miedo a ruborizarse. Y el sentido del ataque es: «Soy una mujer y quiero ser un hombre». Así se asegura el nervioso frente a decisiones que parecen peligrosas, entre otras cosas poniendo una compulsión propia en lugar de la ajena. Véase Furtmüller, Psychoanalyse und Ethik [Psicoanálisis y ética], E. Reinhardt, Múnich, 1912. ↩
Véase Adler, el trabajo anterior, «Über neurotische Disposition» [Sobre la disposición neurótica]. ↩
Véase Wexberg, «Rousseau», en este volumen. ↩
Goethe, Zahme Xenien VI: «Vom Vater hab' ich die Statur, / des Lebens ernstes Führen» («Del padre tengo la estatura, / el serio gobierno de la vida»). (N. del T.) ↩
Del mismo modo cesan los procesos disociativos, la escisión de la conciencia, la double vie. ↩