El instinto de agresión en la vida y en la neurosis.

Por el Dr. Alfred Adler, de Viena.

La aplicación del método de Freud para descubrir la vida anímica inconsciente en personas sanas y en neuróticos lleva a reconocer el hecho de que existen impulsos perversos que en las neurosis y neuropsicosis están reprimidos fuera de la conciencia, pero que en modo alguno han perdido su influencia sobre el equilibrio psíquico, sino que, antes bien, se dejan reconocer sin dificultad como fuente patógena de la acción, del pensamiento y de los estados de ánimo. En ello es del todo sobresaliente la parte del sadismo y de su contrapartida, el masoquismo,1 en los que creo haber reconocido el factor más inmediato que conduce a la enfermedad nerviosa. El estudio que sigue ha de valer como ensayo de una exposición programática del instinto de agresión2 y de sus fases, instinto del que he de afirmar que subyace también a los fenómenos del sadismo. —

Hasta ahora, toda consideración del sadismo y del masoquismo partía de fenómenos sexuales a los que estaban mezclados rasgos de crueldad. Pero la fuerza impulsora procede, en los sanos (carácter masculino de la sexualidad), en los perversos y en los neuróticos (véase más abajo), evidentemente de dos instintos originariamente separados, que más tarde han experimentado un entrecruzamiento (Verschränkung), en virtud del cual el resultado sádico-masoquista corresponde a la vez a dos instintos, el instinto sexual y el instinto de agresión. Entrecruzamientos semejantes se encuentran regularmente en la vida instintiva de los adultos. Así, el instinto de comer se muestra enlazado con el instinto de ver, con el instinto de oler (véanse los resultados de Pávlov), el instinto de oír con el de ver (audition colorée,3 talento musical); en suma, todo instinto que pueda hallarse aparece enlazado con uno o varios de los demás, entrecruzamiento en el que a veces tienen también su parte el instinto urinario o el instinto de defecar. Con todo, «el instinto» no ha de significar para nosotros nada más que una abstracción, una suma de funciones elementales del órgano correspondiente y de sus vías nerviosas, cuyo origen y desarrollo han de derivarse de la coacción del mundo exterior y de sus exigencias, y cuya meta está determinada por la satisfacción de las necesidades del órgano y por la obtención de placer del entorno. En todos los caracteres llamativos, cuya fisonomía de conjunto es siempre el resultado de un entrecruzamiento de los instintos, en el que uno o varios de los instintos constituyen el eje principal de la psique, desempeña el instinto sexual un papel sobresaliente. Los resultados de un gran número de psicoanálisis de personas sanas, neuróticas y perversas, de artistas y poetas vivos y muertos, permiten reconocer, en lo que toca a su vida instintiva y a sus manifestaciones, los siguientes hechos, siempre demostrables:

I. La continuidad de cada instinto y su relación con otros instintos pueden establecerse con seguridad para toda la vida, y aun más allá de la vida del individuo, en su herencia. Este punto de vista tiene gran importancia para muchas cuestiones de la formación del carácter y de su herencia, para los problemas de la familia y de la raza, para la psicogénesis de las neurosis, de la creación artística y de la elección de profesión, del delito.

II. Lo que de los instintos penetra en la conciencia, sea como ocurrencia, deseo o manifestación de la voluntad, e igualmente lo que se hace patente al entorno en palabras o acciones, puede o bien descender en línea directa de uno o varios de los instintos y haber experimentado transformaciones, refinamientos y especializaciones culturales (sublimación de Nietzsche, de Freud). O bien el instinto, en su tendencia expansiva, mediante la cual, cuando está fuertemente desarrollado, agota sin límite todas las posibilidades de relación con el entorno y se presenta como abarcando literalmente el mundo entero, es inhibido ante una barrera fijada por la cultura o creada por un segundo instinto. (Inhibición del instinto de mirar respecto de las heces, por ejemplo; inhibición del instinto de comer cuando se dirige a alimentos malolientes —inhibición del instinto en una relación inadecuada—; inhibición del instinto de mirar en la lucha contra la masturbación.) — Esta inhibición del instinto ha de considerarse una operación psíquica activa y conduce, cuando los instintos son fuertes, a fenómenos del todo característicos, y tanto más cuanto mayor sea la parte de la fuerza instintiva que deba refrenarse mediante un gasto continuo de fuerza psíquica. Pero a la inhibición del instinto en lo inconsciente corresponden en la conciencia fenómenos del todo característicos, entre los cuales el psicoanálisis descubre sobre todo los siguientes:

  1. Inversión del instinto en su contrario (por ejemplo, al instinto de comer en lo inconsciente corresponde un indicio de rechazo del alimento en lo consciente; de modo casi análogo, a la avaricia o a la envidia por la comida corresponde la generosidad).

  2. Desplazamiento del instinto a otra meta. (Al amor al padre (incestuoso) en lo inconsciente corresponde en lo consciente el enamoramiento del maestro, del médico, del primo, etc.; o bien la represión llega tan lejos que el instinto sexual solo sale a la luz en dirección pervertida, homosexual.)

  3. Dirección del instinto hacia la propia persona (por ejemplo, al instinto de mirar reprimido en lo inconsciente corresponde en lo consciente el instinto de ser mirado uno mismo; exhibicionismo, pero también, en una consecuencia ulterior, raíz del delirio de referencia, del delirio de grandeza y del delirio persecutorio) en la paranoia y en la dementia praecox.

  4. Desplazamiento del acento a un segundo instinto fuerte, que por lo general se manifiesta también en la forma 1 (inversión en su con- trario) (por ejemplo, la represión del instinto sexual aumenta la actividad del instinto de mirar de tal modo que, o bien se ven por todas partes símbolos sexuales, o bien ataques nerviosos impiden la visión consciente, por ejemplo, de símbolos sexuales: ausencias, ataques histéricos, casos de agorafobia, etc.).

Una variedad importante del instinto dirigido hacia la propia persona (véase arriba, 3) la constituye el «mirar, oír hacia dentro», en relación con el recuerdo, la intuición, la introspección, el presentimiento, la ilusión, la alucinación y la angustia. —

Estos puntos de vista son de gran importancia para la comprensión de la cultura, de la religión, de la conciencia, del olvido, de la moral, de la ética, de la estética, de la angustia y de los síntomas de la represión en las psiconeurosis. —

III. El psicoanálisis nos permite reducir cada uno de los instintos a una actividad primaria del órgano, que se inicia para obtener placer. Estas actividades primarias de los órganos comprenden las operaciones no inhibidas de los órganos de los sentidos, del aparato digestivo, del aparato respiratorio, de los órganos urinarios, de los aparatos locomotores y de los órganos sexuales. En este estadio, el concepto de «placer sexual» solo puede atribuirse a las sensaciones del aparato sexual; más tarde, por medio del «entrecruzamiento de los instintos» antes mencionado, toda sensación orgánica puede aparecer emparejada con la sexualidad. La superestructura psíquica (Überbau)4 nace bajo las inhibiciones de la cultura, que solo admite como lícitos determinados caminos para la obtención de placer. En esta superestructura, cuyo sustrato orgánico consiste en partes de las fibras nerviosas aferentes y eferentes y en células nerviosas, en la medida en que están en conexión con el órgano, residen las posibilidades y capacidades para determinadas operaciones del sano y del neurótico, y este aparato, capaz de desarrollo hasta cierto grado y cierta edad, prospera por regla general lo bastante para estar en condiciones de satisfacer de algún modo el deseo de placer del órgano, es decir, el instinto del órgano. Tiene, por tanto, la tendencia a crecer en proporción a la fuerza del instinto, para imponer su obtención de placer. En ello, la adaptación de la técnica de sus operaciones a la cultura se cumple por motivos egoístas (en la conciencia: «representación lógica»5), cosa que, por cierto, queda muy simplificada por la selección y la amplia mezcla de sangres, es decir, por la herencia. Con todo, el sistema nervioso central, la superestructura psíquica de los órganos, ha asumido en este sentido la función sustitutiva de la pérdida de la obtención primaria de placer en el órgano.

Cuanto más fuerte es, pues, un instinto, tanto mayor es también la tendencia a la formación y al desarrollo de la superestructura orgánica correspondiente. Cómo se produce este desarrollo excesivo, qué gana en la lucha contra el mundo exterior, cómo se llega en ello a la represión, a la constelación necesaria (instinto de mirar contra instinto de devorar, por ejemplo) y a la descompensación (psicosis), lo he descrito en mi «Studie über Minderwertigkeit von Organen» [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. Asimismo, cómo, por la coacción del mundo exterior por un lado y por el instinto fuerte por otro, el órgano se ve obligado a emprender nuevos caminos, un modo de funcio- namiento nuevo, a menudo superior, para satisfacer sus necesidades. Por este camino se cumple la formación del cerebro artístico, del cerebro genial, pero también, cuando la compensación no está a la altura de la tendencia a la represión, cuando no la sortea victoriosamente, la formación de la neurosis.

La herencia del valor de los órganos, a su vez, así como la herencia de la fuerza de los instintos, ligada a ella, que están ambas aseguradas, permiten adivinar que ya en una larga serie de antepasados estaba en curso una lucha acrecentada por la conservación del órgano. Que esta lucha no transcurre sin daño, y que a los órganos dañados en la serie de los antepasados corresponde en la descendencia una disposición germinal que muestra, por un lado, huellas de ese daño (hipoplasia) y, por otro, tendencias compensatorias (hiperplasia), se desprende de la biología, pero también de la casuística. Hoy, tras las antiquísimas luchas de la humanidad, tenemos que habérnoslas con disposiciones germinales así alteradas, y todo órgano llevará consigo el sello de los peligros y daños de su serie de antepasados. (Fundamentos de la fisiognómica.) Puesto que lo que ha determinado el valor «relativo» de los órganos ha sido principalmente la tensión entre el material orgánico y el instinto, por un lado, y las exigencias del mundo exterior, por otro, el mayor daño en la serie de los antepasados (enfermedad, esfuerzo excesivo, abundancia, carencia) hará del órgano un órgano inferior, es decir, uno al que se adhieren en medida considerable las huellas de esta lucha. — He seguido estas huellas y las he demostrado como tales en el órgano: tendencia a enfermar, signos de degeneración y estigmas, formaciones hipoplásicas e hiperplásicas, defectos infantiles y anomalías de los reflejos. Así, el examen del órgano se convierte para nosotros en un asidero importante para descubrir la fuerza del instinto: el ojo inferior tiene el mayor instinto de mirar; el aparato digestivo inferior, el mayor instinto de comer y de beber; el órgano sexual inferior, el instinto sexual más fuerte. —

Ahora bien, estos instintos que pugnan por obtener placer, y su fuerza, condicionan la posición del niño frente al mundo exterior. Todo su mundo psíquico y sus operaciones psíquicas nacen de esta relación recíproca, y muy pronto podemos ver brotar los fenómenos psíquicos superiores del alma infantil en conexión con esta tensión. El instinto de mirar (y el de oír) conducen a la curiosidad y al afán de saber; dirigidos hacia la propia persona, a la vanidad y al delirio de grandeza infantil; invertidos en su contrario, al pudor (¡entrecruzamiento con el instinto sexual!); el instinto de comer da forma a la envidia por la comida, a la avaricia, al ahorro; vuelto contra la propia persona, a la frugalidad; invertido en su contrario, a la generosidad, etc. Y ello de modo tanto más claro y variado cuanto más fuertemente desarrollado está el instinto, de suerte que el órgano inferior agota por lo general todas las posibilidades de su actividad y recorre todas las fases de la transformación de su instinto. Porque también el choque con el mundo exterior, sea a consecuencia de experiencias teñidas de displacer, sea a consecuencia de la extensión del deseo a bienes que la cultura veda, se produce en el órgano inferior con certeza absoluta y obliga entonces a la transformación del instinto. La importancia de la vivencia infantil (Freud) o de su multiplicidad (Abraham) para la neurosis ha de reducirse, por tanto, en el sentido de que en ella el instinto fuerte y sus límites (como deseo y su inhibición) se hacen valer con la mayor claridad, y de que la vivencia, olvidada por lo general, impide como un guardián en lo inconsciente la ulterior y necesaria extensión del deseo instintivo al mundo exterior (psique infantil del neurótico) y obliga a una transformación demasiado intensa del instinto (ascetismo). Para abreviar: el destino del hombre, y con él también la predestinación a la neurosis, está expresado, si nos atenemos a la idea de un círculo cultural socialmente medio y uniforme y de exigencias culturales igualmente uniformes, en la inferioridad del órgano.

Ahora bien, ya en la primera infancia, podemos decir que desde el primer día (primer grito), encontramos una posición del niño frente al mundo exterior que no puede calificarse sino de hostil. Si se va al fondo de ella, se la encuentra condicionada por la dificultad de procurar al órgano la obtención de placer. Esta circunstancia, así como las demás relaciones de la posición hostil y combativa del individuo frente al entorno, permiten reconocer que el instinto de conquistar luchando una satisfacción, al que quiero llamar «instinto de agresión», ya no está adherido inmediatamente al órgano y a su tendencia a obtener placer, sino que pertenece a la superestructura de conjunto y representa un campo psíquico superior, que enlaza los instintos, en el cual —el caso más simple y más frecuente de desplazamiento del afecto— afluye la excitación no descargada en cuanto a uno de los instintos primarios se le niega la satisfacción. A los instintos más fuertes, es decir, a la inferioridad orgánica, corresponde normalmente también el instinto de agresión más fuerte, y este significa para nosotros una suma de sensaciones, excitaciones y sus descargas (aquí pertenece también la «descarga motriz» de Freud en la histeria), cuyo sustrato orgánico y funcional es innato en el hombre. De modo semejante a lo que ocurre con los instintos primarios, la excitación del instinto de agresión se inicia por la relación entre la fuerza del instinto y las exigencias del mundo exterior, y su meta la fijan la satisfacción de los instintos primarios y la cultura y la adaptación. El equilibrio lábil de la psique se restablece una y otra vez por el hecho de que el instinto primario alcanza la satisfacción mediante la excitación y la descarga del instinto de agresión, operación en la que normalmente se ve trabajar a ambos instintos (por ejemplo, instinto de comer e instinto de agresión: la caza). El instinto de agresión es excitado con mayor fuerza por aquellos instintos primarios cuya satisfacción no puede hacerse esperar demasiado, es decir, por el instinto de comer y de beber, a veces por el instinto sexual y por el de mirar (vanidad), sobre todo cuando estos instintos están acrecentados, como en la inferioridad orgánica. Lo mismo vale para los dolores corporales y anímicos, gran parte de los cuales impiden, indirectamente (inhibición del instinto) o directamente (excitación de displacer), la actividad orgánica primaria placentera. La meta y el destino del instinto de agresión están, como en los instintos primarios, sometidos a la inhibición de la cultura; asimismo encontramos en él las mismas transformaciones y fases que en aquellos. Si en la riña, en los golpes, en el morder, en las acciones crueles se muestra el instinto de agresión en su forma pura, el refinamiento y la especialización conducen al deporte, a la competencia, al duelo, a la guerra, al afán de dominio, a las luchas religiosas, sociales, nacionales y de razas. (Lichtenberg dice aproximadamente: «Es curioso cuán rara vez y de cuán mala gana viven los hombres según sus mandamientos religiosos y cuán gustosamente luchan por ellos».) — La vuelta del instinto contra la propia persona da rasgos de humildad, sumisión y resignación, subordinación, flagelantismo, masoquismo. Que a ello se ligan rasgos culturales de primer orden, como la educabilidad, la fe en la autoridad, y también la sugestibilidad y la influenciabilidad hipnótica, me basta con indicarlo. El extremo último es el suicidio.

Como se ve fácilmente, el instinto de agresión domina toda la motilidad. — Que domina también las vías de la conciencia (por ejemplo, la ira), como todo instinto, y que allí encauza la atención, el interés, la sensación, la percepción, el recuerdo, la fantasía, la producción y la reproducción por los caminos de la agresión pura o transformada; que, al hacerlo, toma en su ayuda a los demás instintos, ante todo a los de los órganos inferiores (insultos en la inferioridad de los órganos del lenguaje; sarcasmo), que subyacen a los ejes psíquicos principales, y explora así todo el mundo de las posibilidades de agresión, es algo que puede observarse regularmente cuando la vida instintiva es medianamente fuerte. En tales casos he podido observar siempre, entre otras cosas, capacidades e inclinaciones telepáticas, y, sobre la base de mis psicoanálisis, estoy dispuesto a atribuir lo que haya de sostenible en la telepatía al mayor instinto de agresión, que confiere mayor capacidad para orientarse en el mundo de los peligros y amplía considerablemente la facultad de presentimiento, el arte del pronóstico y del diagnóstico.

Lo mismo que los horrores de la historia universal y de la vida individual, el instinto de agresión excitado y contenido crea las figuras crueles del arte y de la fantasía. El psicoanálisis de los pintores, de los escultores y en particular del poeta trágico, que con sus creaciones ha de despertar «temor y compasión», nos muestra el entrecruzamiento de instintos originariamente fuertes, los de ver, oír (y tocar), que por el rodeo del instinto de agresión se imponen en formas de alta cultura y nos ofrecen a la vez una imagen elocuente de la transformación del instinto. Un gran número de profesiones —por no hablar de los delitos de violencia y de los héroes revolucionarios— los crea y los elige el instinto de agresión más fuerte. La carrera judicial, la profesión policial, la de maestro, la de eclesiástico (¡el infierno!), la medicina y muchas otras son abrazadas por personas de mayor instinto de agresión, y a menudo nacen de manera continua de juegos infantiles análogos. Que en muchos casos, a menudo en primer término, satisfagan la transformación del instinto (la inversión en su contrario, por ejemplo) es tan comprensible como la huida del artista al idilio. En particular, los juegos infantiles, el mundo de los cuentos y sus figuras preferidas, el ciclo legendario de los pueblos, el culto de los héroes y los muchos, muchos relatos y poemas crueles de los libros infantiles y escolares están creados por el instinto de agresión para el instinto de agresión. Un amplio depósito para acoger el instinto de agresión lo constituye también la política, con sus innumerables posibilidades de actividad y de interpretación lógica del ataque. El héroe favorito Napoleón, el interés por los cortejos fúnebres y las esquelas, la superstición, el miedo a la enfermedad y al contagio, igualmente el miedo a ser enterrado vivo y el interés por los cementerios descubren a menudo, cuando por lo demás el instinto de agresión está reprimido, el juego secreto de la crueldad lasciva.

Si el instinto de agresión escapa a nuestro conocimiento, como tan a menudo, por la vuelta contra la propia persona, por el refinamiento y la especialización, la inversión en su contrario, la antítesis del instinto de agresión, se convierte literalmente en un acertijo. La misericordia, la compasión, el altruismo, el interés sentimental por la miseria representan nuevas satisfacciones de las que se alimenta el instinto originariamente inclinado a la crueldad. Si esto parece extraño, es fácil reconocer, sin embargo, que solo puede tener verdadera comprensión de los sufrimientos y dolores quien posee un interés originario por el mundo de los tormentos; y esta transformación cultural se configurará con tanta más fuerza cuanto mayor sea el instinto de agresión. Así, el pesimista se convierte en preservador de peligros, Casandra en amonestadora y profetisa. Todas estas formas de manifestación del instinto de agresión —la forma pura, la vuelta contra la propia persona, la inversión en su contrario con la forma de manifestación exteriormente perceptible de la inhibición de la agresión (abulia; impotencia psíquica)— se encuentran de nuevo en las neurosis y psicosis. Menciono solo los accesos de furia y los ataques en la histeria, la epilepsia y la paranoia como manifestación pura del instinto; la hipocondría, los dolores neurasténicos e histéricos, y aun todo el sentimiento de enfermedad en la neurastenia, la histeria, la neurosis traumática, el delirio de observación, las ideas persecutorias, la mutilación y el suicidio como fases de la vuelta del instinto de agresión contra la propia persona; los rasgos de mansedumbre y las ideas mesiánicas de los histéricos y psicóticos en la inversión en su contrario.

A continuación de lo expuesto sobre la forma de vuelta contra la propia persona, he de mencionar aún un fenómeno al que corresponde la mayor importancia en la estructura de la neurosis: la angustia. Esta representa una fase del instinto de agresión dirigido contra la propia persona, y solo puede compararse con la fase alucinatoria de otros instintos. Las distintas formas de la angustia se producen porque el instinto de agresión que subyace a la angustia puede apoderarse de distintos sistemas. Así, puede inervar el sistema motor (temblor, tartamudeo, convulsiones tónicas y clónicas, fenómenos catatónicos; parálisis funcionales como inhibición de la agresión); puede excitar también los vasomotores (palpitaciones, palidez, rubor) u otras vías, de modo que se producen sudor, evacuación de heces o de orina, vómitos, o bien supresión de las secreciones como fenómeno de inhibición. Si se irradia a la conciencia, engendra fenómenos de conciencia coordinados, correspondientes a las vías inferiores, como ideas de angustia e ideas obsesivas, alucinaciones sensoriales, aura, imágenes oníricas. — Pero siempre se mantendrá la dirección hacia el órgano inferior y hacia su superestructura —vejiga, intestino, laringe, aparato locomotor, órgano respiratorio (asma), circulación cardíaca—, de modo que en el ataque vuelve a aparecer el eje psíquico principal del enfermo. — En el sueño, en la pérdida de conciencia y en la ausencia de la histeria y de la epilepsia vemos el grado más alto de la inhibición de la agresión.

Aparte de los instintos primarios, también el dolor es capaz de excitar el instinto de agresión, así como también —lo que se desprende de la conexión de los fenómenos— el instinto de agresión dirigido contra la propia persona puede apoderarse de las vías del dolor para producir, según la medida de la inferioridad orgánica, migraña, clavus,6 neuralgia del trigémino, dolores nerviosos en la región del estómago, del hígado, de los riñones y del apéndice (igual que eructos, bostezos, hipo, vómitos, accesos de gritos). En el psicoanálisis puede demostrarse siempre como causa desencadenante una inhibición del instinto, y del mismo modo precede o sigue al ataque de dolor un sueño de agresión, con o sin angustia. O bien el cuadro varía por un insomnio pasajero o duradero, cuya causa más próxima puede descubrirse en el instinto de agresión insatisfecho.

En particular, las irradiaciones motrices del instinto de agresión son extraordinariamente claras en la edad infantil. Gritar, patalear, tirarse al suelo, morder, rechinar los dientes, etc., son formas simples de este instinto, que no rara vez vuelven a encontrarse en el ataque neurótico, en particular en la histeria.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número 19 (10 de julio de 1908) de Fortschritte der Medizin, año 26, págs. 577-584, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Adler lo reimprimió en Heilen und Bilden (1914), págs. 23-32. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división del original, las notas del autor y las cursivas, que reproducen el espaciado; las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Véase también Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie [Tres ensayos de teoría sexual], Deuticke, Berlín, Viena, 1906. ↩

  2. Aggressionstrieb. Se traduce Trieb por «instinto» en todo el artículo (instinto de mirar, Schautrieb; de comer, Eßtrieb; etc.), según el glosario del archivo, que reserva «pulsión» para la polémica con Freud. (N. del T.) ↩

  3. En francés en el original: «audición coloreada», sinestesia en que los sonidos evocan colores. (N. del T.) ↩

  4. Véase Alfred Adler, Studie über Minderwertigkeit von Organen, Urban & Schwarzenberg, Berlín, Viena, 1907, págs. 61 y sigs. ↩

  5. Véase Alfred Adler, «Drei Analysen von Zahleneinfällen» [Tres análisis de ocurrencias de números], Neurologisch-psychiatr. Wochenschr., 1905. ↩

  6. Clavus (hystericus): dolor de cabeza localizado y punzante, como de un clavo, considerado entonces síntoma histérico. (N. del T.) ↩