Dr. Alfred Adler: Sobre la herencia de las enfermedades
La cuestión de la transmisión de las cualidades corporales de los padres a los hijos es sin duda la de más peso y más rica en contenido de toda la ciencia de la vida. A ella y a su solución por partes va unida nuestra comprensión de la constancia de las especies animales y vegetales, de su modificación y de su mejora por cría, de la conservación de las cualidades provechosas y la desaparición de las inútiles también en el hombre, de la unidad de la naturaleza y de su configuración progresiva. El poder de la herencia fija las especies en el reino animal y vegetal y hace que solo lo igual descienda de lo igual. Pero ese mismo poder actúa otras veces creando especies y transmite a los descendientes, en determinadas circunstancias, modificaciones adquiridas.
Surgen entonces los viejos enigmas de la humanidad, que exigen cada vez con más apremio su solución. ¿Qué se hereda? ¿Cómo se produce la herencia? ¿Cómo pueden pasar a los descendientes las cualidades adquiridas? ¿Pueden transmitirse las cualidades intelectuales? ¿Hasta dónde llega la influencia del padre?, ¿la de la madre?, ¿la de los antepasados? ¿Vamos hacia una mejora de la raza humana por selección del mejor material, o hacia un empeoramiento por aumento de la degeneración (debilidad germinal)? ¿Cómo y por qué medio pueden heredarse las enfermedades?
Las doctrinas de Darwin señalan la lucha por la existencia, que extermina sin piedad el material inútil y fuerza así el progreso eterno del mundo orgánico, que es uno. Weismann pide que se reconozca un material germinal eternamente inmutable, que en su estructura más fina solo podría alterarse, en lo esencial, por poderosas influencias externas. De Vries y los neolamarckistas destacan la importancia y el alcance de las modificaciones mayores, a saltos, en el reino orgánico, y las tienen por decisivas en el proceso de formación de las especies. Gregor Mendel, por último, nos muestra la dependencia de las modificaciones respecto de la diversidad de la pareja progenitora y la regularidad de los principios de la herencia. Ellos y sus seguidores más o menos cercanos han resuelto algunas de las cuestiones pendientes, pero mucho sigue siendo oscuro y discutido, y la especulación filosófico-natural prospera todavía muy lozana en el terreno de la doctrina de la herencia.
Los organismos unicelulares poseen en su única célula todas las fuerzas necesarias para la vida y la reproducción. Su caudal de protoplasma (sustancia celular) basta para atraer el alimento, elaborarlo, respirar, moverse y reproducirse por estrangulación de una parte de la sustancia de su cuerpo. Pero ya los grados inmediatamente superiores muestran una diferenciación (división progresiva), a menudo muy avanzada, de su caudal y de su capacidad celulares. Pronto, en el ascenso del mundo orgánico hacia organismos superiores, encontramos células y organizaciones celulares que ya no son omnipotentes (capaces de todo). Unas sirven al individuo entero, que pronto ya no abandona su trabazón celular, como aparato de nutrición; otras, como órgano respiratorio; un grupo de células sirve al movimiento, otro se convierte en manto protector, en órgano del tacto y, más adelante, en ojo, oído y nariz. La reproducción, finalmente, ya no se inicia por división de la célula aislada, sino a partir de un órgano sexual y, más adelante, de dos órganos sexuales separados. A esta diferenciación y división del trabajo progresivas deben su origen los órganos altamente cualificados: el sistema nervioso, la circulación de la sangre, etc.
El estudio de la naturaleza ha dirigido su atención sobre todo a este perfeccionamiento, que reside en la configuración del individuo, y con razón. Pero tiene también espacio suficiente, y tendrá que acostumbrarse, para considerar el factor de la atrofia, del menoscabo celular, sobre el que se construye el progreso en el mundo orgánico.
Fue siempre la presión del medio exterior la que produjo la transformación de células y grupos de células, el desarrollo de potencias (fuerzas) químicas y físicas. Las sencillas condiciones de absorción de la célula ya no bastaban: entonces, por un impulso de crecimiento unilateral, surgió la primera formación de boca e intestino. El tacto de la célula debía llegar a lo lejos: entonces se formó el esbozo de la vista y del oído. El desarrollo en el mundo orgánico se cumple así por el agotamiento y la transformación de todas las capacidades inherentes a la célula, conforme a la exigencia de las fuentes externas de estímulos.
La aparición de la reproducción sexual, y en particular de la bisexual, significa un aseguramiento de los grupos celulares, de los órganos, desarrollados de las maneras más diversas. Lo que la célula aislada diferenciada (más desarrollada) ya no puede, hacer surgir de sí las demás diferenciaciones (configuraciones), lo consiguen ahora las células sexuales, que reúnen en sí la capacidad de desarrollo de la célula primitiva junto con las tendencias de desarrollo de los órganos y tejidos.
La presión creó la configuración de los órganos; la presión externa y las fuentes de estímulos de la vida provocan en los órganos una tensión a cuya solución satisfactoria tiende el organismo toda la vida. Lo que el organismo ve, oye, gusta, toca y huele del mundo que lo rodea lo compone interiormente en su «imagen del mundo». Y no menos que sus órganos están sometidos a la presión del mundo exterior y se transforman conforme a él, el órgano se esfuerza por aprehender el mundo que tiene delante y transformarlo según sus necesidades. El desarrollo creciente del sistema nervioso, sobre todo del cerebro en las formas superiores de los organismos, sirve en ello a la conexión y configuración del querer y el poder de los órganos.
Está claro que esta serie evolutiva solo se realizó entre grandes luchas y peligros, y que el órgano reacciona (responde) a cada nueva dificultad de las condiciones de vida. Para el desenlace son decisivos tanto el tipo y la magnitud del esfuerzo como el estado del órgano afectado. En el caso favorable se produce una compensación de la tensión: la integridad y la función (rendimiento) del órgano, y con ellas el estado de equilibrio del organismo, se mantienen. Y la misma armonía (concordancia) de la vida vegetativa se hace valer también en los órganos de la reproducción y asegura a los descendientes los gérmenes de pleno valor de un desarrollo adaptado al mundo exterior.
Esta imagen de un desarrollo armonioso en todos sus aspectos no resiste la confrontación con las condiciones reales. Y en especial las asociaciones celulares del organismo más desarrollado, el hombre, tienen que contar, desde el pasado, el presente y el futuro, con tensiones eternamente no compensadas, que resultan de los rendimientos deficientes de los órganos y tejidos y de las exigencias de las condiciones sociales. Si el curso fluido de las funciones vitales ha de seguir en marcha, si ha de satisfacerse lo que exige el entorno, el consumo de las fuerzas de tensión internas de un órgano tiene que experimentar a menudo un aumento extraordinario. Las alteraciones de semejante concordancia, mantenida a menudo con mucho esfuerzo, las llamamos enfermedades, y encontramos como sus últimas causas externas, por lo general, ataques de fuerzas exteriores, a saber: lesiones, contaminaciones con bacterias y otras sustancias hostiles al cuerpo, hambre, exceso e inadecuación de la alimentación, falta del aire, de la luz, del calor y del sueño, vitales, y esfuerzos excesivos de tipo corporal y mental.
Si vemos así el desarrollo, el esfuerzo y la alteración de nuestros órganos en relación recíproca con la situación económica, las ventajas y las enfermedades del organismo humano y la desarrollada producción de mercancías de nuestros días en dependencia mutua, tendremos que admitir las mismas relaciones para los órganos de la reproducción, que proporcionan la sustancia germinal con las mismas ventajas y debilidades del organismo en lucha.
Es fácil comprender que los destinos del órgano acabado y del germen en crecimiento bajo las fuerzas que actúan sobre ellos no tienen por qué ser los mismos, y por regla general tampoco lo son. Aquí, un producto final del crecimiento, que conoce pocas reacciones en comparación con la célula germinal, dotada de una plenitud y una posibilidad de reacción infinitas; allí, un organismo que pugna por configurarse en poderosos impulsos de crecimiento. Tampoco el tipo de ataque es indiferente. El órgano acabado quizá logre la victoria en un último esfuerzo, sin que se advierta daño alguno. Pero el germen puede haber sufrido ya ligeros daños que menoscaben más o menos su desarrollo, o bien una enfermedad manifiesta del órgano no basta para menoscabar la fuerza vital de las sustancias germinales. Lo más frecuente es que una enfermedad afecte al órgano ya dañado en el germen y continúe así el empeoramiento germinal en los descendientes.
Sumamente significativo para la doctrina de los órganos enfermos y de su herencia es el hecho de que la alteración germinal transmitida produce manifestaciones distintas según el momento en que aparece durante el desarrollo del germen; que puede provocar alteraciones de correlación según la relación y la influencia recíproca de los órganos en crecimiento; y, por último, que puede producir en el embrión detenciones del desarrollo y malformaciones que llevan las huellas de una época embrionaria anterior a la que correspondería, por ejemplo, al recién nacido. La serie de estas alteraciones germinales, conocidas en sus formas inofensivas como «variaciones» (modificaciones), es tan variada que los órganos que proceden de ellas no son en modo alguno, sin más, deficientes o inútiles, sino que en muchos casos, por su mayor energía de crecimiento —por estar más cerca de lo embrionario—, son más aptos para vencer las resistencias de naturaleza social que los órganos de los padres, llevados al borde del fracaso en la lucha por la existencia. Pues también la «reacción de resistencia», el endurecimiento frente a la necesidad exterior, se prolonga en la vida embrionaria y muchas veces solo allí puede alcanzar la magnitud necesaria para la victoria, como nos demuestran los fenómenos de la aclimatación (habituación a un clima distinto).
Además, por la ascendencia bisexual del hombre, las alteraciones germinales de uno de los progenitores se borran a menudo por el germen del otro, aunque no se anulen del todo. Ciertamente, cuando van en la misma dirección, pueden también reforzarse, lo que nos hace desconfiar sobre todo de los matrimonios entre consanguíneos. No allí donde podemos excluir alteraciones germinales familiares; en una endogamia tan intachable, ciertas ventajas de la descendencia pueden incluso heredarse reforzadas. Entonces surgen a veces del matrimonio entre consanguíneos vástagos individualmente sobresalientes, que pueden ser superiores en muchos aspectos a quienes los rodean. El matrimonio mixto, en cambio, hace temer menos peligros en cuanto a la herencia y tiene, para periodos más largos, una clara tendencia a encaminar una igualdad en lo orgánico.
Con los comienzos de la alteración germinal apenas tenemos ya que contar hoy. En la medida en que las causas externas de enfermedad entran en consideración para un órgano sano y para un individuo de plena capacidad de resistencia —especialmente en las intoxicaciones y en las causas de enfermedad de acción epidémica—, podemos calificar la relación entre el órgano y la exigencia dañina como de inferioridad relativa del órgano, de la cual, desde luego, puede surgir una alteración germinal y con ella una inferioridad absoluta del órgano descendiente. Pero la mayoría de las veces puede demostrarse que hoy, antes de toda enfermedad, uno o varios de los órganos son inferiores en nuestro sentido, es decir, han pasado por una alteración germinal cuyo origen hay que buscar en la serie de los antepasados. Entre los grandes dañadores del material germinal, los médicos suelen nombrar tres: el alcohol, la lúes y la tuberculosis. Con el mismo derecho podemos añadir todos los factores de ataque de naturaleza social a que se aludió sumariamente más arriba, y tenemos que añadir además que todos ellos amenazan en primer lugar al órgano inferior por naturaleza.
Ahora bien, de este, que debe su peculiaridad a cualesquiera alteraciones del desarrollo del germen, tenemos que afirmar que se hereda como inferior. Con ello nada se ha establecido todavía sobre el desenlace. Sin duda se llega a la muerte de un número inmenso de individuos en quienes la inferioridad de algunos órganos se ha desarrollado hasta la incapacidad vital del organismo. Muchos son llevados a la enfermedad y a la muerte por causas que de otro modo serían soportables. Otros ganan terreno, encuentran duraderamente, por fortalecimiento o por el favor de sus condiciones sociales, el camino de la salud y pueden legar a sus descendientes un desarrollo germinal más favorable. A muchos les vienen ayudas de ciertos rendimientos excesivos de las vías nerviosas y del cerebro, que se manifiestan de modo consciente o inconsciente y producen la apariencia de una herencia de capacidades intelectuales. Pero siempre vemos cómo el órgano inferior, mientras no se lo impida un grado extremo de debilidad, lucha con los enemigos externos para afirmarse directamente, mediante un suplemento de crecimiento, o indirectamente, por la vía de rendimientos nerviosos y psíquicos más intensos. El pleno valor del organismo no tiene tendencia a variar (a modificarse); el estancamiento corporal y mental son sus causas y sus consecuencias. Solo cuando, por un agravamiento de las exigencias sociales, ha sido empujada a la inferioridad, cuando el germen inferior heredado por ello descarga su fuerza, emparentada con lo embrionario, llega al mundo un nuevo crecimiento corporal y mental. O bien, puesto que al crecimiento orgánico se le imponen límites, la fuerza del órgano inferior se despliega en su superestructura psíquica y se procura su valor por nuevos caminos, invenciones, artes y la defensa contra los peligros sociales.
La ciencia médica, los sentimientos sociales de la comunidad humana, pero también nuestra cultura, que reclama la plena capacidad de trabajo del individuo, han ahondado afortunadamente de manera considerable el interés por el hombre enfermo. Un aumento de ese interés se producirá sin falta cuando la humanidad se vea obligada a considerar las cuestiones de la sociedad futura como vinculantes para el presente. Todas estas circunstancias refuerzan la necesidad de investigar con vivo celo las cuestiones de la herencia en la doctrina de las enfermedades. De nuestra exposición se desprende que hay que conceder a las disposiciones innatas a la enfermedad una influencia inmensa, que con demasiada frecuencia se desconoce porque tantas veces la disposición queda sin reconocer y se evita el estallido de una enfermedad. Cuanto más avanza el conocimiento médico, tanto más nos enseña, en caso de enfermedad, a apreciar la parte de la herencia. Pero hay más. Con una observación atenta estamos ya hoy en muchos casos en condiciones de dirigir la sospecha hacia determinadas enfermedades amenazantes a partir de las huellas reveladoras de un debilitamiento germinal que quedan adheridas al organismo acabado. Solo la sospecha, sin duda; pues nunca debe dejarse de considerar la participación de causas de enfermedad concurrentes, aunque, dadas las exigencias difícilmente eliminables de nuestra cultura, algunas de esas otras causas se presentan por necesidad. La coyuntura domina el material germinal, conduce a la inferioridad de los órganos y con ello a la disposición hereditaria a la enfermedad. En lo poco preciso del concepto de enfermedad fracasa una distinción segura entre herencia de la disposición y herencia de la enfermedad. El rendimiento que el órgano ha de aportar y su relación con la valía del órgano deciden sobre la vida y la muerte, sobre la salud y la enfermedad.
Las malformaciones, a menudo de tipo finísimo, y las deficiencias funcionales son en general los signos de la inferioridad heredada, y como tales con mucha frecuencia heredables. No siempre son demostrables, pese a la disposición a la enfermedad, o pueden aparecer en otros miembros del árbol genealógico. Lo que se sigue de ellas como enfermedad es por lo general de muy diverso tipo. Así puede ocurrir que en la sucesión hereditaria aparezca la más variada alternancia de enfermedades de un órgano y de sus partes correspondientes, que enfermedad y salud se releven, que disposición y salud, enfermedad y disposición se sucedan. La diversidad aumenta todavía porque la sede de la «menor resistencia» en el órgano puede variar, de modo que la inferioridad, en la sucesión hereditaria, puede afectar no solo a lugares distintos y de distinto valor del órgano, y en grado diverso, sino también a grupos celulares correspondientes del sistema nervioso, de las vías sanguíneas y linfáticas, preparando así la forma de una enfermedad que estalle. Por otra parte, no debe extrañar que en algunas sucesiones hereditarias encontremos identidad (igualdad) de las enfermedades, o incluso la aparición de enfermedades idénticas en el mismo periodo del desarrollo.
Todas las exigencias excesivas al organismo, los ataques que rebasan una medida determinada, también las restricciones que estorban el desarrollo de un órgano, producen efectos funestos en la descendencia. Los daños del individuo —el estado de hambre crónica, la alimentación permanentemente mala e inadecuada, el exceso de trabajo, un exceso de excitaciones anímicas y de preocupaciones, el comienzo prematuro del trabajo antes de completar el desarrollo— siguen vibrando en la sucesión hereditaria. Afectan en primer lugar al órgano sobrecargado, lo corrompen y crean los órganos de nutrición débiles, la debilidad muscular, la debilidad nerviosa, la disminución del rendimiento intelectual, etc., al inhibir en el germen la formación no perturbada de los órganos. Si en la vida se añaden las causas internas y externas de enfermedad, intoxicaciones, gérmenes infecciosos, etc., el menoscabo puede alcanzar un grado que llame la atención como enfermedad, si no era ya el caso antes. Una suma inmensa de daños que actúan continuamente sobre los órganos procede de la cultura actual. El déficit de aire bueno y puro en la ciudad, en las viviendas, en los locales de trabajo mal ventilados, llenos de polvo y humo, debe considerarse un ataque permanente a los órganos respiratorios de la población y de sus descendientes. La extirpación de los bacilos de la tuberculosis, cuyo principal asiento son los pulmones débiles de nacimiento, es un piadoso deseo; la inferioridad congénita de los órganos respiratorios y de sus vías nerviosas, linfáticas y sanguíneas correspondientes determina el estallido y el curso de la enfermedad. La suciedad que cría gérmenes y las deficiencias de la higiene en la ciudad y en el campo refuerzan el ataque y pueden disminuir considerablemente la protección de la piel. Otras alteraciones resultan de las exigencias crecientes sobre los ojos, sobre todo por la mala iluminación, y sobre los oídos, por las exigencias particulares de nuestra cultura al órgano del oído y a sus partes correspondientes. El corazón y los vasos sufren por las preocupaciones continuas, el exceso de trabajo, la formación deficiente de la sangre y la alimentación inadecuada. Y todos estos perjuicios experimentan para la descendencia un aumento por las enfermedades que estallan, algunas de las cuales, como la tuberculosis, la lúes y las intoxicaciones por alcohol, plomo, etc., dañan con especial gravedad la sustancia germinal. El esfuerzo desmesurado del cerebro por las exigencias crecientes de los órganos, por las preocupaciones, la insatisfacción permanente y la desproporción insoportable entre la vida de los deseos y la realidad crea la disposición a enfermedades nerviosas, que se transmiten en el germen y pueden reforzarse por nuevos ataques del mundo interior y exterior. A ello se suman las relaciones recíprocas, a menudo estrechas, entre órganos y partes de órganos, los esfuerzos del organismo entero por equilibrarse con las exigencias externas mediante sustitución y formaciones sustitutivas, y el frecuente fracaso por un exceso o un defecto. La sucesión hereditaria puede recoger estos esfuerzos sustitutivos y llevarlos a un final mejor o peor. La acumulación de enfermedades nerviosas y mentales en nuestra época señala con gran claridad la magnitud de las resistencias que se oponen a una elaboración armoniosa de la cultura humana por el espíritu humano. La herencia de disposiciones cerebrales inferiores y una mayor tendencia a las enfermedades nerviosas son señales en el camino hacia el crecimiento y el fortalecimiento de los cerebros en la descendencia. Pero los cerebros más fuertes, más libres del lastre de la superstición y no tan sometidos ya al yugo de los impulsos inconscientes, crecidos en las dificultades de la vida y fortalecidos en la lucha, son a la vez producto y creador del desarrollo progresivo.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Der Kampf. Sozialdemokratische Monatsschrift (Viena) 1 (1907/08), cuaderno 9 (1 de junio de 1908), págs. 425-430, digitalizada en ANNO (Österreichische Nationalbibliothek) y cotejada con las imágenes de las páginas. Adler recogió el texto en Heilen und Bilden (1914), págs. 41-49. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las aclaraciones entre paréntesis del propio Adler (que glosa en alemán corriente los términos técnicos para los lectores obreros de la revista) y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; Minderwertigkeit se traduce «inferioridad», Vollwertigkeit «pleno valor» y Keimstörung «alteración germinal». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.