Sobre la disposición neurótica.
Contribución a la vez a la etiología y a la cuestión de la elección de neurosis.
Por el Dr. Alfred Adler (Viena).
El método psicoanalítico nos ha proporcionado explicaciones satisfactorias sobre la naturaleza de las neurosis, sobre la estructura de sus síntomas y sobre los medios de una terapia soberana. La conducta aparentemente absurda de la neurastenia, de la psicosis degenerativa, de la neurosis obsesiva, de la histeria, de la paranoia se vuelve comprensible y bien determinada. Las realizaciones de los hombres geniales, los actos criminales, las creaciones del alma de los pueblos son accesibles al psicoanálisis y se muestran, en su estructura psíquica, comparables a la construcción de los síntomas neuróticos. Esta comparabilidad de los resultados analíticos y su asombrosa identidad dan al investigador tal seguridad en el terreno, nada fácil, de la teoría de las neurosis, que ni siquiera ante fuertes objeciones de una crítica competente perdería el compás. ¡Cuánto menos ante lamentaciones injustificadas o condenas incompetentes!
Las sólidas posiciones conquistadas en la investigación de las neurosis por Breuer, Freud y sus partidarios pueden atribuirse claramente al punto de vista ontogenético. La escuela psicoanalítica considera el síntoma, así como el carácter neurótico, no solo como fenómeno patológico, sino ante todo como producto de un desarrollo individual, y trata de comprenderlos a partir de las vivencias y fantasías del individuo. El enigmático cuadro de la neurosis y de sus formas de manifestación ha cautivado siempre, sin duda, la atención de los observadores. Pero solo con el psicoanálisis se dio el paso serio hacia la solución del enigma, que tomó en cuenta las impresiones individuales y la imagen del mundo del enfermo para obtener a partir de ellas la comprensión de lo enigmático. Así llegaron Freud y su escuela al postulado de una terapia etiológica. El tratamiento medicamentoso y el físico resultaron recursos de emergencia superfluos, y sus éxitos, a veces favorables, efectos de una influencia psíquica casi siempre de escasa duración y rendimiento. No hay que perder de vista, sin embargo, que el tiempo, «que todo lo cura», es capaz a veces de reparar daños psíquicos con independencia de los medicamentos y las curas de agua fría, del mismo modo que la vida enmienda no pocas veces lo que ha perpetrado contra una persona. Numerosas personas presentan las condiciones de la neurosis sin caer en ella, porque se ven libres de ocasiones recientes y pueden así mantener, aunque a menudo con esfuerzo, el equilibrio psíquico.
Se impone entonces la comparación con la psique sana, para acercarse a la pregunta: ¿qué es lo que vuelve neurótico a un hombre? Al principio pareció, y sin duda le parece a todo el mundo, que determinadas vivencias o fantasías de los años infantiles daban el impulso para el desarrollo de la enfermedad. Y, en efecto, los primeros investigadores en el terreno del psicoanálisis, en particular Freud y Breuer, subrayaron que la influencia traumática de una vivencia sexual, con sus consecuencias directas e indirectas, la represión y el desplazamiento, desempeñaba el primer papel entre las causas de la neurosis. La ampliación de esta doctrina tendió a presentar la «etiología sexual» como decisiva para todas las neurosis, y a refutar la objeción de que el desarrollo sexual ejerce una influencia universal también sobre el hombre normal con el argumento de que la «constitución sexual», es decir, un matiz biológico de la pulsión sexual, constituye la última raíz de la neurosis, que se instaura en conexión con impresiones sexuales infantiles bajo el influjo de una distribución anormal de la libido y al sobrevenir una constelación desencadenante.
En cuanto a las impresiones infantiles, sexuales y de otro tipo, que saca a la luz el psicoanálisis del neurótico, no difieren gran cosa, en grado y extensión, de las de los normales. Unas veces se encuentran más, otras menos, pero siempre en una medida que también alcanzaron los sanos. Cosa que solo pudo permanecer en la oscuridad mientras una investigación exhaustiva de la infancia y, sobre todo, la formación analítica no hubieron aguzado la mirada para estos secretos. Lo esencial de esta fase del desarrollo lo ha comunicado Freud en su «Análisis del pequeño Hans»1, no sin señalar su concordancia con vivencias del hombre normal. Quisiera reforzar estas ideas con los dos casos siguientes, tomados de mis últimas experiencias:
Un niño de cuatro años y medio, de desarrollo corporal y mental irreprochable, cuyo comportamiento no deja ver ninguna preferencia llamativa por uno de los padres, se dirige a la madre con el deseo de dormir una vez en la cama del padre; el padre bien podría dormir en la cama del niño. La madre, excelente observadora de su hijo, encuentra llamativo el deseo y trata de averiguar su sentido más profundo. «Eso no puede ser», le dice al niño; «papá llega siempre tarde y cansado de la oficina. Entonces quiere tener su descanso y su propia cama. Pero yo te dejaré dormir en mi cama y me acostaré en tu lugar, en la cama de niño.» El niño niega con la cabeza y replica: «Eso no lo quiero. Pero si papá tiene que dormir en su cama, entonces yo puedo acostarme contigo en tu cama.»
No hace falta añadir que las camas del matrimonio están una al lado de la otra. Lo que además podemos sacar de este caso es el valor del muchacho, su tranquila energía con que aspira a satisfacer su necesidad de ternura2, y el ánimo varonil con que trata de ponerse en el lugar del padre. Recuerdo aquí mi trabajo sobre «El instinto de agresión en la vida y en la neurosis»3, donde presenté la «inhibición de la agresión» como el mecanismo de la neurosis. En nuestro caso normal apenas vemos rastro de inhibición alguna: el niño trata de imponer con decisión su deseo de acostarse junto a la madre, se sobrepone además fácilmente cuando su intento fracasa y se vuelve hacia otros deseos. Por lo demás, es buen amigo de su padre y no abriga contra él pensamientos de venganza de ninguna clase.
Y sin embargo, poco tiempo después, la madre pudo comprobar que el pequeño trabajaba ya en la solución del problema sexual. Fritz empezó, en efecto, a atormentar con aquella inquietante manía de preguntar que constituye un fenómeno regular entre el cuarto y el quinto año de vida; Freud lo ha señalado y ha subrayado que tras esas preguntas se esconde la pregunta por el propio origen, por el origen de los niños. Instruí a los padres, y cuando el muchacho volvió a empezar a preguntar y pasó del escritorio a la madera, luego al árbol, a la semilla y por último a la primera semilla, recibió por respuesta que ya se sabía que tenía curiosidad por saber de dónde venían los niños; que preguntara tranquilamente, que se enteraría de todo. El niño lo negó, pero su manía de preguntar terminó con ello. Así pues, a pesar de todo, una pequeña inhibición de la agresión, como la que sin duda ha de ser general y soportable. De hecho, el muchacho siguió siendo varonil y valiente, y a su comportamiento no se le adhirió ninguna susceptibilidad, rencor ni afán de venganza.
Otra circunstancia importante puede captarse claramente en tales casos. Se ve al niño ya profundamente bajo el hechizo de la causalidad. Un niño que ve ante sí a padres y abuelos, que oye hablar de niños que vienen al mundo, tropezará normalmente con la causalidad que existe entre ellos. Si entra entonces en juego la ambición infantil, los pensamientos y las fantasías llevan al niño tan lejos que quiere llegar a ser él mismo padre, como en nuestro caso. Experiencias concretas de este tipo, junto con los recuerdos de personas sanas y neuróticas, permiten la conclusión segura de que todo niño capaz de pensar tropieza hacia el cuarto año de vida con el problema sexual.
Se desprende además de nuestro caso que tenemos que vérnoslas con un niño que es ya plenamente consciente de su papel masculino por oposición a la mujer. Para él no hay vacilación ni duda4. En tales individuos, los impulsos de ternura hacia un hombre nunca pueden traspasar los límites de la amistad normal. Con ello parece excluido un desarrollo hacia la homosexualidad.
En un segundo caso, que quiero comunicar aquí, podemos observar los comienzos del desarrollo neurótico.
Una niña de siete años, pálida, de musculatura poco desarrollada, sufre desde hace dos años frecuentes dolores de cabeza que se presentan en forma de accesos, que aparecen de manera totalmente imprevista, afectan a la frente y a la región de los ojos, se irradian hacia el occipucio y la parte anterior de la cabeza y desaparecen al cabo de varias horas. Sin trastornos gástricos, sin centelleo ante los ojos. No puede demostrarse una enfermedad orgánica. Dicen que siempre ha sido pálida y débil; según la madre, es muy inteligente y pasa por ser la mejor alumna de su clase. Las curas medicamentosas e hidroterápicas no tuvieron éxito.
He llegado al convencimiento de que la psique neurótica se delata con la mayor facilidad por su hipersensibilidad psíquica. La clínica de las neurosis cuenta sin duda desde hace mucho con este fenómeno, sin apreciar debidamente, a mi parecer, su dignidad psicológica ni averiguar y eliminar sus condiciones individuales. En realidad solo puedo nombrar a dos autores que hablen del enorme alcance de este fenómeno. El historiador Lamprecht ha establecido para la psicología de los pueblos la importancia de esta «excitabilidad» (Reizsamkeit)5. Y Bleuler6 coloca la «afectividad» en el centro de las neurosis, en particular de la paranoia.
Por regla general, esta hipersensibilidad se encuentra con igual claridad en todos los neuróticos. Casi siempre el propio paciente admite, si se le pregunta, que se siente herido con mucha facilidad por una palabra, por un gesto. O bien lo niega, pero sus allegados lo han notado hace tiempo y por lo común han hecho ya esforzados intentos de no irritar esa susceptibilidad. A veces hay que demostrársela y mostrársela al enfermo. Que esta susceptibilidad se encuentre también en personas que han permanecido sanas no puede probar nada más, si se recuerdan los numerosos casos límite de la neurosis.
Las manifestaciones de esta hipersensibilidad son bastante interesantes. Se producen con precisión en cuanto se trata de una situación en la que el paciente se siente desatendido, herido, pequeño o ensuciado, y con mucha frecuencia le ocurre que, apoyándose en nimiedades, inventa arbitrariamente una situación semejante. A menudo, con gran agudeza, trata de dar a su punto de vista una representación lógica que solo el psicoterapeuta experimentado descubre. O bien el paciente recurre a una idea delirante —como en la paranoia, pero también en otras neurosis— para comprender lo inexplicable de su conducta. Siempre llama entonces la atención la sorprendente acumulación de menosprecios y humillaciones a que están expuestos tales pacientes, hasta que se descubre que, por así decirlo, van detrás de sus bofetadas7. Esta corriente procede de lo inconsciente y, casi siempre unida a otros impulsos, produce el carácter masoquista de la neurosis, que nos muestra al paciente como hipocondríaco, como hombre herido, perseguido, menospreciado, no reconocido, para quien solo existen el sufrimiento, la desgracia, la «mala suerte». La falta de alegría de vivir; la espera constante de desgracias, retrasos, empresas fallidas y postergaciones, reconocible ya en la actitud y en los rasgos del paciente; el temor supersticioso a ciertos números, a los días aciagos, y la inclinación telepática que presiente siempre lo peor; la desconfianza en las propias fuerzas, que es la que da vida a la duda sobre todas las cosas; la desconfianza hacia los demás, que obra destructivamente en lo social y hace saltar toda comunidad: así se presenta a veces el cuadro del paciente hipersensible. Todos los grados de la inhibición de la agresión, timidez, apocamiento, angustia y estados de excitación ante situaciones nuevas y desacostumbradas, hasta la parálisis física y psíquica, pueden dar al cuadro de la neurosis una coloración particular.
Si de este modo la hipersensibilidad se convierte en una «presensibilidad» (Vorempfindlichkeit), vemos por otra parte aparecer en la neurosis fenómenos que pueden caracterizarse como «postsensibilidad» (Nachempfindlichkeit)8. Tales pacientes no pueden sobreponerse a una impresión dolorosa ni son capaces de desprender su psique de una insatisfacción. Se tiene la impresión de personas tercas, obstinadas, que no consiguen procurarse una compensación mediante la «agresión cultural», sino que se aferran rígida y firmemente «a su voluntad». Y esto en todo asunto y a lo largo de toda su vida. Los fanáticos de la justicia y los querellantes presentan siempre este rasgo. Freud ha descrito estos rasgos del «rencor» (Nachträglichkeit) y de la «obstinación» en un breve pero importante trabajo («Carácter y erotismo anal», Sammlung kleiner Schriften zur Neurosenlehre [Colección de escritos breves sobre la teoría de las neurosis], 2.ª parte), ha subrayado su frecuencia y ha tratado de atribuir su origen a la acentuación erógena de la zona anal. Veremos a continuación hasta qué punto puede lograrse un acuerdo con nuestras observaciones; por el momento solo queremos destacar que los caracteres mencionados son comunes a todos los neuróticos y están en la más íntima relación con la «hipersensibilidad».
Los comienzos de esta hipersensibilidad se remontan a una hipersensibilidad orgánica, pueden seguirse muy atrás en la vida infantil y difieren en grado diverso de la sensibilidad normal. Se encuentran, rastreables hasta la más temprana infancia, una fotofobia más considerable, hiperestesias del oído y de la piel, mayor sensibilidad al dolor, particular excitabilidad de los vasomotores, sensación de cosquilleo aumentada, excitabilidad muscular9, vértigo de las alturas, y siempre pueden referirse a una inferioridad orgánica. En mi «Studie über Minderwertigkeit der Organe» [Estudio sobre la inferioridad de los órganos] (editorial Urban und Schwarzenberg, Berlín-Viena, 1907) ya puse al descubierto las relaciones de esta inferioridad orgánica con la neurosis, y después de múltiples investigaciones aún he de establecer que la hipersensibilidad de un órgano ha de incluirse en el círculo de los fenómenos de inferioridad. Lo mismo la hiposensibilidad, tal como podemos observarla con tanta frecuencia en idiotas, naturalezas criminales, personas con moral insanity, y a veces también en las neurosis, como pérdida o restricción de la sensación de dolor, de la sensación de cosquilleo, de la actividad de los vasomotores cutáneos, de la sensibilidad y de la acción refleja. La disminución de la sensibilidad nos muestra —como se desprende del punto de vista de la teoría de la inferioridad orgánica— el defecto heredado de los antepasados; la hipersensibilidad, en cambio, pone al descubierto la tendencia a la compensación, que brota de las luchas de los antepasados por la conservación de un órgano dañado. Siempre se encuentran además otros signos de inferioridad orgánica, como estigmas de degeneración, anomalías de los reflejos mucosos y cutáneos, defectos infantiles y enfermedades del órgano o del sistema orgánico correspondiente, aunque a menudo, como ya se ha descrito, dispersos en el árbol genealógico del paciente. Así entra en los fundamentos de la investigación psicoanalítica un factor filogenético que se remonta hasta las raíces orgánicas de la neurosis y hasta el problema de la herencia. La hipersensibilidad, junto con su sustrato psíquico, hace que las tendencias instintivas procedentes de los órganos queden insatisfechas y pongan así al instinto de agresión en un estado de excitación duradero10. No faltan la irritabilidad aumentada, la iracundia, la envidia, la obstinación, la ansiedad, que llenan tempranamente los círculos de pensamiento del niño con una contradicción interior contra la cultura que se le impone, la cual solo prende con facilidad cuando el niño opone escasa resistencia. Ahora bien, hasta hoy aun la educación más juiciosa solo a duras penas puede desprenderse de su principio fundamental, que obliga a educar según el esquema «culpa-castigo». Esto, y el curso de las cosas, que tan a menudo se rige por el mismo esquema, llenan el mundo de pensamientos sobre todo de aquellos niños que caen tempranamente en la contradicción interior con la expectativa de un desenlace funesto de sus deseos y actos prohibidos. Por otro lado, la hipersensibilidad, así como la mayor intensidad y extensión de los instintos, traen consigo que la tendencia agresiva irritada del niño se dirija contra las personas que le son más cercanas, y a veces también más queridas: contra el padre, la madre o los hermanos. Si es un niño, por regla general reclamará las prerrogativas paternas; si es una niña, las maternas. Si el niño no se aclara con su papel sexual, empieza a vacilar, y la duda empieza a echar sus primeras raíces. A veces la inclinación agresiva hostil puede desplegarse en el niño, y entonces se llega a pensamientos e impulsos hostiles contra personas de la familia. Por lo común se les opone un sentimiento de ternura, de amor, de gratitud; la agresión se restringe o se debilita tanto que su origen solo puede hallarse psicoanalíticamente, o no se delata sino en sueños, también en los de años posteriores11.
Ya en esta fase del desarrollo se producen diversos cuadros de estados psíquicos, cuyo número se amplía todavía considerablemente si tomamos en cuenta otros elementos e impulsos psíquicos que actúan simultánea o sucesivamente. Así, ha tenido lugar la emancipación parcial del niño respecto de su instinto excretor intestinal y urinario, y esta emancipación, en conexión con el desarrollo del instinto de mirar y del olfativo, le ha dejado una reacción duradera contra la suciedad y los malos olores. También en este punto he de señalar cuánto depende este resultado del valor y la sensibilidad del ojo, de la nariz, de la piel, de modo que la decisión depende igualmente de la inferioridad orgánica. Si ya el órgano y su instinto, así como todas sus capacidades diferenciadas, como la sensibilidad, etc., tienen en el nivel más primitivo su expresión y su carácter psíquicos, los fenómenos de las inhibiciones, de la reacción, caen por entero en el ámbito de los fenómenos psíquicos y se presentan como temor, idiosincrasia, asco, vergüenza. La hipersensibilidad que se ha vuelto enteramente psíquica abarca, según la individualidad, es decir, según la influencia ejercida sobre la psique por el órgano inferior, todas las posibilidades de relación que le son contrarias, y trata de eliminarlas de la experiencia vivida12. De estos estados afectivos que, configurados con hipersensibilidad y fuerte capacidad de reacción, representan por así decirlo el punto vulnerable de la psique, surge ora una constelación pasiva, ora una activa; predomina ora la evitación de las heridas a la sensibilidad, ora la precaución o la previsión agresivas.
La fuerza del instinto de agresión originariamente presente, así como de la capacidad de agresión, es evidentemente heredada y ha de considerarse expresión de la tendencia a la compensación. Desde el punto de vista fisiológico, se trata de la capacidad de rendimiento de la vía corticomuscular, y uno de los signos de su inferioridad congénita se presentará como «debilidad corporal», es decir, en primer lugar como insuficiencia muscular. En efecto, es un dato casi regular de la anamnesis temprana de los pacientes neuróticos que fueron niños débiles. O bien se averigua que los pacientes fueron de niños llamativamente «torpes» y desmañados y que con ello se acarrearon muchos bochornos y castigos. He de señalar en este lugar que también algunos de los «defectos infantiles», como la enuresis, la incontinencia fecal, el balbuceo, la tartamudez, los defectos del habla, etc., que he presentado como signos de inferioridad orgánica, hacen resaltar, junto al hecho de la hipersensibilidad primaria, esta impresión de torpeza, de modo que también la torpeza ha de considerarse una prueba de la lucha que ciertos sistemas orgánicos han de librar en su domesticación, en su inserción en el medio cultural.
Rastros de esta torpeza, lo mismo que restos del defecto infantil, pueden demostrarse a menudo en la vida del neurótico adulto13. Con frecuencia queda una torpeza psíquica que contrasta vivamente con la agudeza intelectual, a menudo sobresaliente, y puede suscitar la apariencia de una inferioridad intelectual. Pero casi siempre resulta un estado de desconcierto, timidez, apocamiento que se instaura mucho antes del comienzo de la neurosis. El desarrollo de la confianza en sí mismo, de la independencia, queda deficiente; la necesidad de apoyo y de ternura crece desmesuradamente, de modo que es imposible satisfacer los deseos del niño. Así ocurre que la mayor sensibilidad de origen se acrecienta extraordinariamente y llega a convertirse en una hipersensibilidad que da lugar continuamente a complicaciones y conflictos. Al principio hay un sentimiento de postergación, de abandono —«uno es un hijastro, una Cenicienta»—; a él se enlazan pensamientos y fantasías que vuelven a manifestarse en la vida del niño como alejamiento, inclinación a la desconfianza y como la ardiente ambición de aventajar a los demás, de ser mejor que ellos, más hermoso, más fuerte, más grande y más listo. No cabe duda de que estos deseos, que se prolongan ininterrumpidamente, constituyen un poderoso impulso psíquico, y de que ayudan de hecho a muchos de estos niños a alcanzar una supervaloración (Überwertigkeit). Pero a menudo sale a la superficie, de esta constelación, sobre todo el reverso, que es realmente apropiado para hacer impopular a este material humano, de modo que, con sus temores de menosprecio, de malquerencia, de la maldad y la malevolencia humanas en general, al final parecen tener razón. Con ello se relaciona el que ciertos caracteres se refuercen inmensamente, el que encontremos impulsos de odio, de envidia, de avaricia que por lo demás no desempeñan en el alma infantil un papel tan grande, y el que en la neurosis ya formada podamos demostrar esos estados de ánimo mediante el psicoanálisis. Del desarrollo ulterior de estos impulsos, que fecundan del modo más audaz el mundo de pensamientos y la fantasía del niño, así como de la hipersensibilidad psíquica, por medio de la cual el niño no solo siente el bochorno y el castigo con más dureza que otros, sino que también —a veces sin fundamento— los presiente, resulta por sí mismo un conflicto interior continuo en la psique infantil, que solo rara vez llega a conocimiento del entorno. Porque el niño aprende a disimular y calla, precisamente por hipersensibilidad, por miedo al castigo o al menosprecio.
Pero este silencio, el secreto del niño, nos revela que en él se han vuelto activos impulsos conscientes que no quiere dejar notar. Y está justificada la idea de que el niño calla ante los demás, pero trata también de esquivar sus propios pensamientos sobre determinados deseos, sobre ciertos impulsos instintivos, porque se siente por ellos ensuciado, menospreciado, puesto en ridículo, o —y esto es ya un efecto de su presensibilidad— porque espera y teme tales consecuencias desagradables. Mientras por un lado se abre paso una visión del mundo del niño, a menudo solo reconstruible o reconocible en rastros, de la que brota una expectativa como «me castigarán», «se reirán de mí», idéntica a una convicción hondamente sentida como «soy malo, pecador» o «soy demasiado tosco y torpe», la hipersensibilidad, según el material disponible y partiendo casi siempre de los puntos más débiles de la inferioridad orgánica, trata de desarrollar los caracteres y cualidades opuestos. En estos casos se percibirán tendencias dirigidas a la inhibición de los impulsos instintivos primarios (de la boca, de los ojos, de los órganos excretores), o capaces de hacer sentir con particular hondura lo penoso de los fenómenos de inferioridad o de las debilidades consideradas equivalentes (el rubor, la sensibilidad al dolor, la debilidad, la incomprensión, la baja estatura14). Pero muy cerca de ello se notan ya los esbozos que se reconocen claramente como los dispositivos psíquicos de protección, llamados a prevenir una recaída en el viejo defecto y, con ella, una herida a la hipersensibilidad. Aquí pertenecen todos los rasgos de pedantería, que no tienen otro sentido que el de lograr un aseguramiento de la situación. Pero del mismo modo se extienden impulsos supersticiosos o nacidos de una necesidad de apoyo, que, como medidas de seguridad, han de garantizar la altura de la cultura moral o estética recién conquistada (oraciones, simbolismo de signos y de números, creencia en la magia, etc.)15. Y de nuevo al lado, procedentes de la misma visión del mundo, se encuentran fenómenos de autocastigo o de penitencia, veleidades estéticas16, tendencias a imponerse dolores, privaciones, esfuerzos17, a retirarse del juego, de las diversiones, del pequeño mundo de los compañeros de juego18. Mientras tanto, el niño está siempre afanado en guardar su secreto con la mayor cautela, y puede llegar al punto de sospechar en toda persona, pero sobre todo en el médico, el propósito de sonsacarle ese secreto19. En el niño surgen la desconfianza y la sospecha de que se trama algo contra él. Este conjunto conduce a las formas de inhibición de la agresión descritas por mí (véase: El instinto de agresión, l. c.), y he de sostener además la afirmación de que la inhibición de la agresión se produce por la concurrencia de otros fenómenos de inferioridad orgánica, en particular de la hipersensibilidad.
Considerado desde el lado moral, el proceso de desarrollo psíquico de la inferioridad orgánica desemboca en una conciencia de culpa agrandada y en una hipersensibilidad frente a los autorreproches y los reproches del entorno20. Esta constelación hace que el rendimiento del trabajo psíquico experimente un aumento considerable, ya que toda la vida ulterior está bajo la presión de la hipersensibilidad, que, como un motor siempre dispuesto, modifica la vida instintiva, inhibe e influye la dirección de los instintos. Por otra parte subsiste de modo permanente un pesado, opresivo sentimiento de una culpa cometida o por evitar21, que se ha vuelto abstracto y busca constantemente un contenido. A veces esta búsqueda del contenido de lo culpable, de lo punible, está particularmente acentuada; entonces le corresponden más tarde a menudo actos obsesivos e ideas obsesivas, cleptomanía, búsqueda del «vicio» en todas sus formas. El sentimiento de ser un «criminal», un «réprobo», empieza a dominar y acrecienta la hipersensibilidad precisamente frente a reproches y constelaciones de la índole correspondiente. Lo mismo que la búsqueda de situaciones punibles y sucias, estos rasgos de carácter se sitúan en el ámbito de los impulsos masoquistas y resultan así, a la vez, cumplimiento de deseo y humillación.
Parece que ciertos momentos del desarrollo pueden acrecentar esta tensión interior, el conflicto interior primario, y llenarlo con su contenido. Ante todo son los primeros contactos con el problema sexual, que tienen lugar hacia el quinto año de vida, después la masturbación y las relaciones sexuales del adulto. Se saca la impresión de que todos los conflictos posteriores pueden conducir a la neurosis manifiesta en cuanto existe la contradicción interior primaria procedente de la inferioridad orgánica, y en todos los predispuestos a la neurosis puede hablarse de un estado de «anafilaxia psíquica», que tiene su análogo material en las enfermedades bacterianas, en las que, tras ciertas inoculaciones previas, se adquiere una hipersensibilidad frente al veneno original.
Los primeros conocimientos sexuales, que llegan al niño por caminos furtivos, hieren del modo más violento una hipersensibilidad existente. El niño puede sentirse engañado, burlado, excluido del saber general. Recibe la impresión de que se representa una comedia ante él, se ve frente a una liga secreta de los demás y, lo que entra en consideración sobre todo en caso de inferioridad de los órganos sexuales y de la mayor sensibilidad que a menudo la acompaña, se ve puesto en una situación difícil con su instinto sexual tempranamente despierto. El «trauma sexual», así como la masturbación precoz, se producen por sí mismos; pero más importantes son los tempranos movimientos de pensamiento y las fantasías que derivan hacia lo incestuoso22 y, a falta de una orientación importante, delatan rasgos perversos o refuerzan extraordinariamente la vacilación y la duda23 del niño. Y sobre todos los impulsos del niño, amenazadora, la conciencia de culpa ahora ahondada, y con ella la inhibición de toda agresión, la penitencia y la expectativa de un castigo, de un desenlace desdichado. Procesos semejantes produce el período de la masturbación. Y queda librado al destino de cada cual, pero sobre todo a la constelación de cada momento, de cuáles de los fenómenos de inferioridad descritos más arriba y de qué época de su desarrollo se ve forzada la neurosis a tomar sus cuadros.
Tras estas observaciones preliminares, quiero presentar algunos resultados psicoanalíticos sobre el caso de la niña de siete años con «dolor de cabeza nervioso». Mi primera pregunta se refirió a la sensibilidad de la niña. La madre informó de que la niña era muy sensible al dolor, al frío y al calor. En el aspecto anímico, la sensibilidad era francamente enfermiza. Estudiaba con extraordinaria aplicación y volvía a casa completamente trastornada si alguna vez no había podido contestar una pregunta en la escuela.
«¿Cómo se lleva con sus compañeras de escuela?»
«No riñe, no se pelea, pero no tiene ninguna amiga propiamente dicha. Además, siempre quiere saberlo todo mejor y hacerlo todo mejor que las demás.»
«¿Puede usted decir algo sobre si prefiere al padre?»
«El padre está a menudo de viaje. Ella le tiene mucho cariño. Más bien creería que me prefiere a mí.»
«¿De qué lo deduce usted?
«Es una muletilla constante de mi hija: cuando sea mayor, yo también tendré un sombrero, un vestido, etc., como mamá.»
«¿Sufre usted también de dolores de cabeza?»
«Oh, desde hace años tengo los dolores de cabeza más espantosos.»
«¡Pues ahí lo tiene: la pequeña tiene también dolores de cabeza como mamá!»
Hacer tales afirmaciones podría parecer a más de uno atrevido. Pero cierta experiencia en la psicología analítica hace que tal proceder parezca justificado, y aún más: necesario. Ya del breve trato puede inferirse que esta niña hace el esforzado intento de figurarse en el papel de mamá, de lo cual podemos deducir que tiene indudablemente claro su lugar como niña y futura mujer. Lo que la madre considera una preferencia por su persona no puede admitirse como tal. Más bien parece como si la pequeña eligiera en algunos puntos, como punto de partida de su conducta, la relación de la madre con el padre, tratando de llegar a ser lo más igual posible a la madre. Esta tendencia, así como la inconfundible ambición de la niña y su irritada hipersensibilidad cuando ha de quedar por detrás de sus compañeras, han de adoptar necesariamente hacia fuera el sello de la envidia. Una pregunta a este respecto es contestada afirmativamente por la madre, con la indicación de que se trata sobre todo de envidia por la comida, referida a la fruta o a las golosinas. El padre de la pequeña paciente sufre de colelitiasis (inferioridad del aparato digestivo); la pequeña padeció en sus dos primeros años de vida diarreas, y desde entonces estreñimiento (compensación intestinal). ¿Envidiaría la pequeña a la madre en general y manifestaría ya signos de envidia del saber?
Otras averiguaciones revelan que la niña mostró ya hace tiempo una inclinación a tocamientos masturbatorios, que desde su nacimiento duerme en el dormitorio de los padres, que es coqueta y le gusta contemplarse en el espejo con vestidos bonitos. Cuando comuniqué a la madre mi conjetura sobre la causa de los dolores de cabeza, la madre exclamó: «¡Oh, por eso la mocosa me atormenta siempre con la pregunta de dónde vienen los niños!» Me contó además que hacía tiempo había contestado a las preguntas de la niña que los niños venían de un estanque. Desde entonces la niña vuelve muy a menudo la conversación a este punto. Un día preguntó: «¿Y para qué se necesita a la comadrona?» La madre le contestó que es ella precisamente la que saca al niño del estanque. Al cabo de algún tiempo la niña preguntó: «¿Dices, entonces, que a los niños pequeños se los trae de un estanque? Pero ¿qué pasa en invierno, cuando el estanque está helado?» A esto la madre solo pudo responder con evasivas.
Se ve aquí claramente cómo la curiosidad sexual hace desplegarse el ingenio y la agudeza de la niña y acrecienta en general su afán de saber24. Los lamentables aumentos de su curiosidad proceden evidentemente de su disposición, de un instinto de mirar más fuerte, que, por numerosas analogías, he de atribuir a una inferioridad congénita de los órganos visuales. No puedo aportar la prueba en este caso, pero quisiera señalar que tanto en la niña como en la madre el dolor se extendía hasta los ojos. No se observa en la niña rastro alguno de arrebatos de cólera, iracundia o furia. El instinto de agresión evita evidentemente, cuando se hiere la hipersensibilidad, estas vías más activas. Fuera de las preguntas a su madre, que además están formuladas con extrema cautela, no se encuentra signo alguno de agresión exterior. Está por tanto justificada la conjetura de que el tempestuoso afán de saber que bulle en la niña se desvía hacia las vías del dolor, se apodera del locus minoris resistentiae heredado y produce así el síntoma de los dolores de cabeza.
Queda aún la pregunta: ¿qué desencadena cada vez este mecanismo nervioso? Pregunto a la madre cuándo se presentó el último acceso. «¡Ayer por la tarde; en la calle!»
«¿Puede usted descubrir algún motivo?»
«No. Yo quería encargarme un vestido.»
«¿Encargó usted el vestido?»
«No. La pequeña se quejaba de un modo tan espantoso que no me quedó más remedio que volver a casa sin haber hecho nada.»
Es decir, la niña, con sus dolores de cabeza, impidió pasajeramente que la madre tuviera un vestido nuevo. Pero entonces, como habíamos supuesto, la envidia (originariamente envidia por la comida, más tarde, por entrecruzamiento, envidia de los ojos, envidia del saber) ha de desempeñar un papel decisivo. Recordemos las palabras de la niña: «Cuando sea mayor, yo también tendré un sombrero así, vestidos así, como mamá.» La hipersensibilidad de la niña se dirige, pues, contra toda ventaja por la que la madre aparece distinguida frente a ella: contra la adquisición de nuevas prendas de vestir, contra su mejor saber sobre el origen de los niños; y lo único que podría extrañar es que la misma hipersensibilidad de la niña sexualmente precoz no se dirigiera también contra las relaciones tiernas del padre con la madre. (Envidia sexual.) Ha de suponerse con seguridad que la ternura del padre hacia la madre se hizo particularmente visible justamente en la época de los dolores de cabeza, cosa que la madre admite además sonriendo. La fijación del mismo síntoma en la niña apunta, pues, en la misma dirección: rivalidad con la madre. El padre, algo aprensivo, pero también la madre, empiezan a mimar a la niña.
Con ello la niña se ahorra un gran número de heridas a su hipersensibilidad. Pero ya se perfila a lo lejos el peligro que la amenaza. No tiene amiga, evita la compañía, se vuelve tímida y cobarde, se muestra excitada cuando se esperan visitas. No cabe duda de que su «agresión cultural» está inhibida.
¿Cuál es, pues, la fuerza capaz de llevar a cabo semejante inhibición y de hacer imposible a la niña la elección libre y sin trabas de los medios para satisfacer sus instintos? Según mi experiencia, esto rara vez se averigua por los niños. A no ser en condiciones muy favorables, cuando el valor del niño aún no está quebrantado y cuando se goza de toda su confianza. Hay que recurrir a las experiencias obtenidas del psicoanálisis de neuróticos, de las que también proceden las observaciones expuestas más arriba. La plena tranquilidad sobre la exactitud y la conformidad de la relación resultará entonces de su aplicabilidad y de la comprensión que proporcione de varios o de todos los síntomas de la psique infantil. Así también en este caso. La contradicción interior que condujo al conflicto primario y, con él, al desequilibrio y al apocamiento de esta alma infantil ha de residir en el choque de sus violentos instintos con una instancia que los condena, en el que una pequeña experiencia de vivencias penosas (sensibilidad orgánica, bochornos, castigos) llevó a la intolerancia frente al menosprecio. Con ello quedaron dados un poderoso impulso hacia la envidia y el germen de una tempestuosa ambición de llegar a ser igual a la madre, mayor y más experimentada. El entrecruzamiento con el instinto sexual, tempranamente despierto, introduce en todo el conjunto de impulsos un rasgo hostil, pero punible, contra la madre. Surge un sentimiento de culpa cuya base y contenido son expulsados de la conciencia, un sentimiento de culpa por así decirlo abstracto, que puede unirse con cualquier contenido posible, pero que por su incongruencia llama fácilmente la atención. Este sentimiento de culpa produce la inhibición de la agresión —«así la conciencia nos hace cobardes a todos»25— y surge una situación a la que le falta la posibilidad de compensación, una constelación por cuyas vías se desarrollan los síntomas de la neurosis.
En consecuencia, el psicoanálisis de una neurosis podrá demostrar en todos los casos fenómenos reducibles a esta constelación y a su resultado provisional (según la eficacia de la capacidad de agresión congénita), y que pueden también comprenderse y curarse desde este punto. Un esquema de la neurosis y de sus manifestaciones, sin pretensión de ser completo ni cerrado, habría de tener en cuenta regularmente los puntos siguientes:
I. Fenómenos que corresponden a los impulsos instintivos originarios, así como a las características de la inferioridad orgánica.
Delación psíquica del sentimiento de culpa:
II. Hipersensibilidad que se vuelve contra el menosprecio, el ensuciamiento, el castigo.
III. Expectativa de menosprecio, ensuciamiento y castigo (véase II); precauciones contra ellos. Angustia.
IV. Autorreproches, autoinculpación.
V. Autocastigo, penitencia, ascesis26.
VI. Causas del sentimiento de culpa: siempre faltas a consecuencia de la inferioridad orgánica, siempre pensamientos incestuosos y agresión hostil contra el progenitor del mismo sexo (esta última falta cuando la orientación sexual en la infancia ha sido dudosa, o alcanza a ambos progenitores), masturbación. Todas las demás causas del sentimiento de culpa se dejan reconocer como desplazamientos.
VII. Como consecuencia de una de las constelaciones posibles, una inhibición de la agresión resultante.
Una consideración de conjunto muestra ante todo la estructura unitaria de determinadas neurosis, entre las que he de contar la histeria, la neurosis obsesiva, la paranoia, la neurastenia y la neurosis de angustia. Todas estas enfermedades27 atacan solo a aquel material humano que, como portador de inferioridades orgánicas, ha de superar las mayores dificultades en su inserción en la cultura.
Estas dificultades, de las que se trata en mi «Estudio» (l. c.) y en lo que precede, están en la base de la disposición a la neurosis y son idénticas a ella. Existe, ciertamente, la posibilidad de superarlas sin tropiezos mediante la compensación y la sobrecompensación. Pero a menudo se presentan nuevas dificultades, que proceden del ámbito familiar. Entre ellas ocupan el primer lugar los sentimientos de culpa que surgieron originariamente de sentimientos eróticos y de impulsos hostiles simultáneos, pero que más tarde se desprenden de su contenido y se independizan. Las actividades autoeróticas refuerzan este sentimiento de culpa, en particular en el caso de precocidad sexual. (Fenómeno de inferioridad sexual.) Hasta qué punto influye la educación actual es algo que ha de estimarse en cada caso por separado, y merece además un estudio aparte. Como su principio es casi universalmente obtener la cobardía, a menudo llega a reforzar el sentimiento de culpa.
Quien defiende la unidad y la estructura unitaria de las psiconeurosis contrae naturalmente la obligación de explicar sus particularidades. El presente trabajo ha tomado posición sobre ello en diversos puntos. Según el tipo, la formación y la acción conjunta de las inferioridades orgánicas presentes se configurará el cuadro de la neurosis. Importan la magnitud, la capacidad de transformación y la persistencia del instinto de agresión congénito, porque son estos factores los que «hacen culpable» al niño y, por otra parte, le dan la posibilidad de desviarse parcial o totalmente hacia terrenos menos punibles. (Sublimación de los instintos.) Es además de gran importancia la posición del niño predispuesto a la neurosis dentro de la familia, en particular porque de ella resulta la situación que se convierte en el esbozo de la neurosis. En esta situación está ya insinuado todo lo que el neurótico ya formado presenta en fenómenos patológicos, y en ella salen a la luz las causas del carácter patológico. La situación traumática que predispone a la neurosis se impone aproximadamente en el área de las siete líneas fundamentales enumeradas más arriba y produce el estado de una determinada anafilaxia psíquica, de acuerdo con el cual los daños psíquicos de la vida posterior que van en la misma dirección producen el estado reforzado de la situación traumática originaria: la neurosis particular.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen completo del Jahrbuch für psychoanalytische und psychopathologische Forschungen 1 (1909), 2.ª mitad, págs. 526-545, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler recogió el texto en Heilen und Bilden (1914), págs. 54-73, en una versión revisada que se publica aparte en el archivo («1914 Über neurotische Disposition»).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división del original, el esquema final, las notas del autor (con numeración corrida) y las cursivas, que reproducen el espaciado; las adiciones del traductor van entre corchetes. Trieb se traduce por «instinto» (Aggressionstrieb, «instinto de agresión», según el glosario; Schautrieb, «instinto de mirar»), salvo en la exposición de la doctrina freudiana (Sexualtrieb en la «constitución sexual»: «pulsión sexual»). Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Jahrbuch für Psychoanalyse und Psychopathologie, cuaderno I. ↩
Adler, «Das Zärtlichkeitsbedürfnis des Kindes» [La necesidad de ternura del niño], Monatshefte für Pädagogik und Schulpolitik, I, 1, Viena. ↩
Fortschritte der Medizin, Leipzig, 1908, cuaderno 19. ↩
De un gran número de psicoanálisis se desprende, en efecto, que la duda de las personas neuróticas se enlaza con esta temprana vacilación infantil sobre si le corresponderá un papel masculino o femenino. La frecuente fantasía sexual de los niños según la cual se toma como meta sexual el ano, común a ambos sexos, y la inexperiencia sexual producen en estos casos la confusión. ↩
Karl Lamprecht (1856-1915), historiador de Leipzig, caracterizó la fase cultural de su tiempo como era de la Reizsamkeit, la excitabilidad o irritabilidad nerviosa de la sociedad moderna. (N. del T.) ↩
Bleuler, Affektivität und Paranoia [Afectividad y paranoia]. ↩
Un caso entre muchos: un paciente de 36 años ponía seriamente en peligro su porvenir porque al poco tiempo se veía envuelto en disputas en todas partes. En el análisis se logró demostrar que había en él una aspiración secreta a que el padre lo maltratara. De su infancia y pubertad había recuerdos según los cuales, ante cualquier menosprecio en la familia, empezaba una pelea en otra parte para recibir golpes; o se hacía sacar «para tranquilizarse» dientes sanos. El deseo de ser maltratado por el padre correspondía a su comprensión deficiente del cuarto año de vida, cuando por ciertas observaciones llegó a suponer que el padre maltrataba a la madre en el acto sexual. Como dudaba de su virilidad, y como el ano le parecía necesario para el acto sexual, pues aún no había descubierto el órgano genital femenino, le fue posible desarrollar a la vez dos visiones del mundo: una en la que era masculino y otra en la que era femenino. Siguiendo esta última, le asaltaba el deseo de los malos tratos paternos. Gracias a su capacidad de sublimación y de transferencia, en su vida posterior se llegó a continuos insultos, en realidad buscados por él. Tanto más cuanto que en cada insulto veía al mismo tiempo una penitencia impuesta a él y a la vez buscada. Sobre esto, más adelante en el texto. ↩
Vorempfindlichkeit y Nachempfindlichkeit, acuñaciones de Adler: sensibilidad anticipada (que presiente la herida) y sensibilidad que persiste tras ella. Nachträglichkeit, que Adler toma del trabajo de Freud citado a continuación, significa aquí «rencor, resentimiento», no el concepto freudiano de «posterioridad» o «efecto retardado». (N. del T.) ↩
Como es sabido, cierto tipo de sobreexcitabilidad nerviosa depende de anomalías de las glándulas paratiroides, de modo que reconoceremos la inferioridad congénita de determinadas glándulas —las tiroides, el páncreas, la hipófisis, las suprarrenales, quizá también la próstata, los testículos y los ovarios, etc.— como punto de partida de determinadas hipersensibilidades. En muchos casos la acción desencadenante no parte entonces de la glándula originariamente inferior, sino que se produce por sobrecompensación de partes aisladas o de otros órganos, que cualitativa o cuantitativamente no alcanza su fin sustitutivo. Así también el sistema nervioso central o determinadas vías nerviosas cuando se ven obligadas a la sobrecompensación. Véase una exposición detallada en el «Estudio sobre la inferioridad de los órganos» de Adler. ↩
Véase «El instinto de agresión en la vida y en la neurosis», l. c. ↩
Véase Freud, Traumdeutung [La interpretación de los sueños], Deuticke, 1908. ↩
Una niña de tres años muestra desde hace algún tiempo falta de apetito. Exploración negativa. En el reconocimiento llama la atención que la niña exclama repetidamente: «¡Apesta!» Los padres indican que la niña usa desde hace algún tiempo esa exclamación en todas las ocasiones. La exploración ulterior reveló una hipersensibilidad olfativa familiar sumamente fuerte y anomalías de la defecación. La nariz hace valer sus idiosincrasias. La tolerancia olfativa ha bajado tanto que se reacciona con repugnancia incluso ante olores normales. La falta de apetito procede de esta tolerancia disminuida. — Así como en este caso la agresión alimentaria, vemos en muchos casos la agresión sexual inhibida por la hipersensibilidad olfativa. Pero en el análisis de la impotencia psíquica nunca faltan las relaciones que siguen más abajo. ↩
Que esta torpeza se convierte a menudo en una habilidad, una destreza llamativas o en una naturaleza artística, y precisamente por la vía de la sobrecompensación psíquica, lo he subrayado suficientemente en mi «Estudio» (l. c.). Soy de la opinión de que el frecuente fenómeno de la zurdera en los artistas (véase Flies28), pero también en los neuróticos y epilépticos, presenta los mismos fundamentos de la inferioridad del sistema corticomuscular. ↩
La eritrofobia, la tartamudez, la hipocondría y los rasgos afines en las neurosis dejan reconocer siempre este mecanismo. ↩
Estos rasgos se encuentran más tarde sobre todo en la neurosis obsesiva. ↩
Así en el impreso (ästhetische Anwandlungen); por el contexto (autocastigo, penitencia, privaciones) quizá deba leerse asketische, «veleidades ascéticas». (N. del T.) ↩
Uno de mis pacientes tenía que mantener cada vez en el baño la cabeza bajo el agua mientras contaba hasta 49. ↩
Fenómenos que volvemos a encontrar en la histeria, la hipocondría y la melancolía. ↩
Si esta tendencia está particularmente desarrollada (probablemente en ciertas formas de inferioridad ocular), representa el análogo normal de la paranoia. También en la histeria se encuentran estos rasgos. ↩
La importancia de la «culpa trágica» en el drama corresponde aproximadamente al lugar de la conciencia de culpa en la neurosis. Muchos poetas, en particular Dostoievski, han representado magistralmente las relaciones entre conciencia de culpa y psique. ↩
El pecado original de la concepción religiosa es su contrapartida normal. ↩
El impreso dice Incestnöse, errata evidente por Incestuöse. En la misma frase, «mangels wichtiger Orientierung» («a falta de una orientación importante») quizá sea errata por richtiger («correcta»). (N. del T.) ↩
El dialecto vienés tiene, para el caso de la duda extrema y del desconcierto paralizante, la exclamación: «Jetzt weiß ich nicht, ob ich ein Mandl oder ein Weibl bin» [Ahora ya no sé si soy hombrecito o mujercita]. ↩
Para la pedagogía quisiera sacar de aquí la consecuencia de esperar con la ilustración sexual del niño hasta que se haya producido este fomento del afán de saber. Pero tampoco más. ↩
Hamlet, III, 1 («Thus conscience does make cowards of us all»), en la traducción alemana de Schlegel. (N. del T.) ↩
A veces salen aquí a la luz fenómenos que corresponden a la vez al punto I: autoensuciamientos, autohumillaciones, masturbación compulsiva o desplazamientos a lo psíquico: torpezas, bochornos y dolores buscados; preferencia por las prostitutas, etc.; la «voluptuosidad de la ascesis» y el masoquismo pertenecen a este capítulo. Lo mismo las perversiones. ↩
Quizá una experiencia más rica permita referir también a este esquema la dementia praecox, la melancolía, la locura maníaco-depresiva y la manía. ↩