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Excursión a ver los árboles en flor

Decidimos hacer una excursión dominical al valle del Elba para disfrutar de los árboles en flor. En coche, naturalmente. Pero como nosotros no tenemos, recorrimos la lista de nuestros amigos y conocidos que son felices propietarios de un automóvil. ¿No os apetece? ¡Sería tan bonito!... Pensadlo... Al final conseguimos encontrar un amigo que sucumbió a lo irresistible de nuestro deseo, entonado en todos los tonos.

La salida estaba prevista a las ocho. A las ocho y media nuestro amigo seguía sin aparecer. Le llamamos por teléfono, pero no contestó. Así que ya venía de camino. Pasadas las nueve llegó. Según nos contó, había tenido que hacer todavía una pequeña reparación en el garaje. Pero ahora todo estaba en perfecto orden.

Pronto alcanzamos el borde de la hondonada en que está la ciudad. Un sol maravilloso. Un viento fresco. Un amplio horizonte. ¡Qué bien sentaba! ¡Lo mejor es la carretera!, exclamó nuestro amigo. ¡Una auténtica autopista!

Íbamos volando. La aguja marcaba siempre setenta, ochenta, noventa. Adelantábamos entre carcajadas de burla a todos los coches que teníamos delante. Ciclistas y peatones tenían que conformarse con una franja estrechísima en el borde extremo de la carretera. Que allí hubiera ya árboles en flor, apenas lo vimos.

Pasado Weltrus, el coche empezó a dar tumbos y a corcovear. ¿Qué pasa?, gritamos todos, asustados. Paramos, bajamos y examinamos el coche por todos lados. Es el embrague, dijo nuestro amigo; se quitó la chaqueta, se arremangó la camisa y puso manos a la obra. Aprovechamos la pausa para un agradable pícnic en el campo. Tema de conversación: la primera avería.

Luego seguimos. Por las estrechas puertas y pasadizos de la vieja fortaleza de Theresienstadt nos colamos con elegancia. Pero un motorista no supo tomar una curva cerrada. Se nos echó encima de un guardabarros, le hizo unos cuantos arañazos y abolladuras y arrancó el estribo. Nos llevamos un susto tremendo, bajamos y contemplamos el estropicio. ¡No es nada!, dijo nuestro amigo. ¡Esto le puede pasar a cualquiera! ¡En realidad esto es lo que da gracia a un viaje en coche!

Hasta Lobositz tuvimos luego un viaje sin tropiezos. Naturalmente, no hablábamos más que del accidente. Pueblos, gentes y árboles en flor pasaban volando. No los veíamos. De repente el coche empezó a arrastrarse y a petardear. Nos inquietamos, pero nuestro amigo nos tranquilizó. ¿Qué puede ser?, dijo impasible. Seguro que algo no va bien en la conducción de la gasolina. Así que bajamos, examinamos las entrañas del coche y comprobamos que el diagnóstico era correcto. Nuestro amigo se puso a trastear en el motor, hurgó por dentro, se embadurnó deliciosamente y luego dijo satisfecho: ¡Ya está! Así que volvimos a subir y arrancamos de nuevo.

En Salesel, cientos de coches y miles de personas. Aparcamos bastante a las afueras, a la orilla del Elba, y estuvimos una hora en el jardín del restaurante. Nuestro amigo pasaba revista a los coches como en un desfile. Conocía todas las marcas, sabía de cada una el número de cilindros, el rendimiento y el consumo de gasolina, estaba al tanto de todas sus ventajas e inconvenientes. Su coche, naturalmente, era el mejor de todos. Luego subimos a la capillita de Dubitz y vimos la ancha cinta de plata del Elba. ¡Eso sí que sería una autopista!, exclamó nuestro amigo, ¡tan ancha, tan llana, tan lisa! Cuando quisimos ponernos en marcha y nos acercamos al coche, resultó que con el calor del sol había reventado un neumático. Por suerte teníamos uno de repuesto. Tardamos mucho en poder seguir. Nuestro amigo se secó el sudor de la frente y dijo: Una desgracia más como esta, ¡y ya no nos queda neumático! Subimos al coche muy apocados.

En Aussig pasamos por el curioso puente que parece una ratonera y cuyos accesos y salidas constituyen dos obstáculos al tráfico genialmente ideados. Queríamos emprender el regreso por la otra orilla del Elba. Entonces la gente empezó a gritarnos por detrás, señalando el coche, y un guardia nos hizo señas. Bajamos alterados y vimos que el amortiguador se había roto y, colgado de un alambre, venía saltando detrás de nosotros bajo el coche como un perrito. Nuestro amigo dijo con calma, mientras todos se reían: ¡Esto lo arreglamos enseguida! Luego se arrodilló en el polvo, se metió bajo el coche, sacó un cordel del bolsillo y sujetó al fugitivo. Después seguimos el viaje y el guardia se llevó la mano al casco, divertido.

Cuando cruzábamos en Leitmeritz la hermosa plaza del mercado, a una gallina que picoteaba delante de unas casetas de feria vacías le entraron muchas prisas por pasar todavía al otro lado de la calle. Y fue a parar bajo las ruedas. No nos dimos cuenta. Solo cuando unas mujeres nos gritaron por detrás sospechamos lo que había pasado. Nuestro amigo volvió atrás y, cuando regresó, se guardaba el monedero en el bolsillo. Preguntamos, estábamos nerviosos... pero el coche ya resoplaba de nuevo alejándose.

Paramos delante de una taberna. Un día tan rico en aventuras había que regarlo. Y se regó como es debido. Cuando por fin quisimos emprender definitivamente el regreso, hicimos el descubrimiento: lo que a nosotros nos sobraba, le faltaba al depósito de gasolina. Tuvimos que repostar. Y entonces resultó que no teníamos dinero suficiente para pagar la gasolina. Si nuestro amigo no hubiera encontrado entre los clientes a un colega de Praga que le prestó cincuenta coronas, quién sabe: quizá seguiríamos todavía allí sentados.

Por fin llegamos tarde a casa. Nuestro amigo nos dejó en la esquina y llevó el coche al garaje. Luego le llamamos otra vez por teléfono. Y entonces supimos que hasta el garaje había tenido todavía una avería en toda regla. Hicimos la cuenta: seis averías, cuatro reparaciones, un guardabarros maltrecho, un estribo arrancado, un neumático reventado, un parachoques roto, una gallina muerta, una gasolina fiada... ¡bastantes aventuras para un día! ¿Y los árboles en flor? Sí, parece que también hubo árboles en flor.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): «Ping», «Fahrt in die Baumblüte», Prager Tagblatt, 59.º año, n.º 97, 26 de abril de 1934, pág. 3 (ANNO / Österreichische Nationalbibliothek, ANNO_ptb19340426, imagen 3). Atribución del seudónimo a Otto Rühle según Stecklina (2002).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los nombres alemanes de los lugares, como en el original: Weltrus (Veltrusy), Theresienstadt (Terezín), Lobositz (Lovosice), Salesel (Dolní Zálezly), Dubitz (Dubice), Aussig (Ústí nad Labem), Leitmeritz (Litoměřice). Stoßdämpfer y Stoßfänger se traducen «amortiguador» y «parachoques»; ein gepumptes Benzin, «una gasolina fiada» (pumpen: pedir prestado).