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El piso sin ruido

Max es enemigo del ruido. Tras mucho buscar, encontró un piso en una calle silenciosa como una tumba. Quedaba lejos del tráfico principal. No había cerca ni ferrocarril ni tranvía, ni fábrica, ni garaje, ni feria ni parque infantil. Aun así, antes de alquilarlo se aseguró de que no hubiera el menor ruido. El ascensor no se oía. La calefacción de vapor no golpeaba. El agua del baño se iba con discreción. La cisterna del retrete era un modelo de buena educación. En la vecindad, arriba y abajo, a izquierda y derecha, no había gramófono, ni radio, ni piano, ni violín, ni acordeón. Tampoco se tenían perros en la casa. Ni siquiera se encontraron lactantes, ni —según aseguró la portera— se esperaban en un plazo previsible. Parecían darse todas las garantías de tranquilidad. Si uno se asomaba a la ventana, veía una plaza bonita, verde, rodeada de árboles. Era un regalo para los ojos y un bálsamo para los oídos. Por fin lo deseado. Pero el mismo día en que Max se mudó al piso nuevo hizo un descubrimiento demoledor. En la plaza de enfrente apareció una cuadrilla de hombres con palas, picos y carretillas. El jefe de la cuadrilla reunió a la gente a su alrededor, sacó del bolsillo una libreta y dio unas cuantas instrucciones. Luego se pusieron manos a la obra. Empezaron a excavar la tierra: la bonita plaza verde se convirtió en un solar en obras. Se retiró la tierra. En la roca de debajo se clavaron cuñas de hierro. Las piedras arrancadas llenaban con estrépito las carretillas. Después aparecieron carros pesados y traqueteantes, con caballos gruesos y torpes y carreteros que gritaban y blandían el látigo. Comenzó el acarreo de la tierra y la piedra. Día tras día la cuadrilla cavaba, paleaba, removía y volaba la roca, hundiéndose cada vez más en la tierra. El contorno del cuadrado de la obra se dibujaba cada vez con más nitidez. Los carros esperaban en larga fila en la calle y uno tras otro iban siendo metidos en el solar. Los carreteros agarraban a los caballos por las riendas, junto al bocado, los hacían retroceder y maniobraban el carro hasta el lugar deseado. Todo iba acompañado de voces y gritos, de maldiciones y chasquidos de látigo, de cien «¡arre!» y «¡so!».1 Pero aquello no era nada comparado con el ruido de la salida. Cuanto más honda era la excavación, más penoso era el esfuerzo para sacar del hoyo el carro cargado. Lo que allí ocurría ya no era ruido: era un diluvio del más loco escándalo, una auténtica orgía de alboroto. Al principio habían bastado dos caballos para el acarreo. Más tarde hubo que enganchar cuatro. Al final hacían falta seis. Y con cada carro que se sacaba a rastras desde el fondo del solar por la rampa inclinada, pisoteada y enfangada, se repetía la escena de siempre: los carreteros tiraban de las riendas, blandían el látigo y gritaban con todas sus fuerzas «¡arreee!» y «¡sooo!». Max estaba fuera de sí. Aunque hubiera estado sordo como una tapia, habría tenido que oír aquel huracán de ruido. Cada grito, cada chasquido de látigo, cada «¡arreee!» y «¡sooo!» se le clavaba en el oído como un puñal, le restallaba en el cráneo como un golpe. Tras dos semanas largas y atroces, decidió bajar a ver al encargado de la obra y hacerle comprender que aquel ruido tenía que acabar, que así no se podía seguir, que el trabajo podía hacerse también con calma, sin alboroto, sin maltratar a los animales y sin molestar a los vecinos. Quería hablar con el hombre de forma objetiva y razonable. Y, en efecto, el hombre resultó accesible y escuchó amablemente, con interés y cortesía. «Yo creo», explicó Max, «que esta manera de acarrear es un procedimiento completamente anticuado. En la era de la técnica para eso hay máquinas. Aquí se podría instalar sin ninguna dificultad una cinta transportadora. O bastaría un solo tractor para sacar los carros del hoyo con toda tranquilidad.» —«Puede ser», respondió el hombre, «pero entonces, ¿para qué tenemos los caballos?» —«¿No es espantoso», prosiguió Max, «que animales y personas tengan que matarse a trabajar de forma tan absurda?» —«Bah», objetó el hombre, «los caballos y las personas están acostumbrados.» —«¡Y cuánto tiempo se pierde con esta forma anticuada de trabajar!» —«Desde luego... en eso tiene usted razón», admitió el hombre, «pero tampoco tenemos tanta prisa.» —«Pero sobre todo», y aquí Max entró en su elemento, aquí abordó la cuestión de la lucha contra el ruido, «sobre todo, amigo mío, ¡qué ruido en una obra así! ¿Es que tiene que ser así? ¿No tienen derecho los vecinos a la tranquilidad? ¿Y no les sentaría bien también a sus nervios no oír todo el día este griterío y este alboroto?» Entonces el hombre le miró con una mirada que era como una mirada de otro mundo. Y con voz casi triste dijo: «No, señor mío, en eso no tiene usted razón... ¡En una obra tiene que haber jaleo! ¡Es parte de ella! Lo necesitan los carreteros igual que los caballos. Y también los obreros lo quieren. Le diré con franqueza que a mí me faltaría como el aire para respirar... ¿Construir con calma?... No, entonces todo esto ya no tendría ninguna gracia...»

Ahora Max vuelve a estar buscando un piso absolutamente sin ruido.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): «Ping», «Die lärmfreie Wohnung», Prager Tagblatt, 59.º año, n.º 64, 17 de marzo de 1934, pág. 3 (ANNO / Österreichische Nationalbibliothek, ANNO_ptb19340317, imagen 3). Atribución del seudónimo a Otto Rühle según Stecklina (2002).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las voces de arriero se traducen por sus equivalentes españoles.

  1. «Hüh» y «Hott» son las voces alemanas con que los carreteros arreaban a los caballos (hott indica además girar a la derecha); «Hoooh» manda parar. (N. del T.) ↩