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El buen número
Por fin tenemos piso. Llevábamos meses anhelándolo, buscándolo escalera arriba y escalera abajo, viéndolo en sueños, amueblándolo y equipándolo en fantasías de deseo. Y por fin nos mudamos. La consabida procesión de pintores, carpinteros, cerrajeros, fontaneros, empapeladores, mozos de mudanza y fregonas. La mañana siguiente a la primera noche aparecen como por sí solos la leche y los panecillos. El repartidor de periódicos mete el «Tagblatt» por la rendija de la puerta. El cartero trae el correo. Luego viene un hombre a leer el contador del gas. Otro se pone a trajinar con la calefacción de vapor. El portero se encarga del empadronamiento en la policía. Todo transcurre en perfecto orden. Solo falta el teléfono. Nos dicen que es un asunto largo. Pasarán semanas. Eso nos entristece, porque precisamente con el teléfono nos hacía especial ilusión. Ya estamos por resignarnos a lo inevitable cuando aparece un hombre a la puerta: dice que trae el teléfono. Y, como prueba, pone enseguida el aparato en la mesa del recibidor. Detrás de él surgen otros dos hombres que se ponen inmediatamente a trabajar las paredes, las puertas y los suelos con martillos, cinceles y taladros. Al poco —¡rin, rin!— hasta el sueño más hermoso se hace realidad. Estamos como niños de contentos. Llamamos en el acto a todos los amigos y amigas. «¡Sí, sí, ya os podéis asombrar!… ¡Desde hoy tenemos teléfono!… ¡Apuntad nuestro número, por favor!… 60 9 06… ¡Fácil de recordar! ¡Un buen número!» Un buen número, de verdad. Solo ahora nos damos cuenta. Tan simétricamente construido, con el peso bien repartido, con arquitectura, como un acorde que crece y decrece. Recuerda un chiste de Radek, a quien preguntaron una vez por qué la república soviética se llamaba RSFSR (República Socialista Federativa Soviética de Rusia). Para que los cristianos puedan leerlo por delante y los judíos por detrás, contestó Radek.1 ¡Estupendo! 60 9 06… el mismo esquema. ¡En todo caso, un buen número para el oído y para la memoria! ¡Hola, el teléfono!… Ya una llamada. ¿Quién podrá ser? Nos precipitamos al aparato. «¿Cómo? ¿Qué quiere usted? No, es un error. No es aquí. ¡Se ha equivocado de número!» Un desconocido cualquiera. Quiere la oficina de información de la estación. A los diez minutos: ¡rin, rin! Volvemos a volar al aparato. «¿Diga, quién habla? No entiendo… ¿Cuándo sale el primer tren para Königgrätz? ¡Se ha equivocado de número!» Parece el mismo que ya llamó antes. Qué despropósito… Al cabo de una hora: ¡rin, rin! Corremos al aparato. «¿De qué se trata? ¿Que si esto es la oficina de información y reclamaciones? ¡Pero óigame usted: no!… ¡Déjennos en paz!» ¡Otra confusión! ¡Qué gente!… Al cabo de otra hora: ¡rin, rin!… Vamos al aparato con desconfianza. Naturalmente, otra vez una equivocación. «Eso no se lo podemos decir aquí, dónde es la subasta de traviesas. Esto no es la estación. ¡Mire bien el número! ¡Se acabó!» ¡Cabeza de chorlito! Esa misma mañana todavía: «¿Que cuándo sale el nuevo horario? No me interesa. ¿Pero qué número quiere usted? Esto no es el 60960, sino el 60906…» ¡Es para que se lo lleve a uno el diablo! Y así sigue. Todo el día, media noche. Diez, doce veces equivocados. A las dos de la madrugada: me levanto tambaleándome, medio dormido, y agarro el auricular. «¿Qué quiere usted?… ¿Que si por Eger se alcanza también el expreso que llega a las nueve de la noche a París? ¡Se ha equivocado de número! ¡Abra bien los ojos!»
Por la mañana llamamos a la central. Resulta que la oficina de información y reclamaciones de la estación tiene el número 60960. Un buen número, en efecto. Con bonita simetría y arquitectura. Casi tan bonito como el 60906. Y tan fácil de recordar como este. Pero la ligereza de la mirada le pone la zancadilla a la mnemotecnia. Por eso el 60906 se confunde una docena de veces al día con el 60960. Corremos furiosos al aparato y gritamos en el auricular: ¡se ha equivocado de número! Nos gustaría hacer pedazos el aparato y estampar el auricular contra la pared. ¿Así nos habíamos imaginado el placer de tener teléfono? ¿Nos está gastando el destino una broma pesada? ¿Va a seguir esto así por los siglos de los siglos? Solicitamos que nos den otro número. Un número que esté construido de forma menos simétrica y que pueda tener una mala arquitectura. Sí, cuanto peor sea la arquitectura, mejor. Pero la central rechaza nuestra solicitud. Las confusiones se producirían siempre de nuevo. Y si no fuéramos nosotros los afectados, lo sería cualquier otro. Protestamos, exigimos hablar con la dirección, llevamos largas negociaciones de acá para allá. Con eso se nos va el día. Los días siguientes se llenan con un divertido juego. Unas veces alguien nos llama tomándonos por la oficina de información y reclamaciones de la estación; otras llamamos nosotros a la oficina de información y reclamaciones de la central telefónica. Unas veces gritamos furiosos al aparato: «¡Déjennos en paz!»; otras oímos salir del aparato, dirigido a nosotros, el grito enojado: «¡Déjennos en paz!». Y todos los implicados están descontentos: los que se dirigen a nosotros pidiendo información y no la obtienen; nosotros, a quienes las comunicaciones equivocadas molestan sin cesar y ponen furiosos; y la central telefónica, a la que, con nuestra exigencia de otro número, ya estamos sacando de quicio. Pero, sobre todo, nuestros amigos y conocidos están descontentos de nosotros, porque desde que tenemos teléfono no saben absolutamente nada de nosotros.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): «Ping», «Die gute Nummer», Der Sonntag, suplemento dominical del Prager Tagblatt, 59.º año, n.º 35, 11 de febrero de 1934, primera página del suplemento y pág. II (ANNO / Österreichische Nationalbibliothek, ANNO_ptb19340211, imágenes 7 y 8). Atribución del seudónimo a Otto Rühle según Stecklina (2002).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Falsch verbunden se traduce «se ha equivocado de número»; Hausbesorger (austriacismo), «portero»; la errata del original «fasch» no se refleja en la traducción.
Karl Radek (1885-1939), dirigente bolchevique famoso por sus chistes. La sigla rusa RSFSR se lee igual en ambos sentidos; la alusión a que los judíos leen «por detrás» se refiere a la escritura hebrea, de derecha a izquierda. (N. del T.) ↩