Otra vez: el hombre autoritario y la revolución
(Una respuesta)
La ciencia no tiene la tarea de indagar verdades absolutas.
Como parte del conjunto del patrimonio cultural, no es nunca más que un medio de orientación al servicio de los intereses sociales de aseguramiento, que funciona de acuerdo con las necesidades del fin de aseguramiento que predomine en cada momento.
En una sociedad de clases, el fin de aseguramiento no es unitario. La clase dominante tiene una meta de aseguramiento distinta de la dominada.
Desde el pasado, la clase burguesa dispone del monopolio de la cultura; con ello tiene también en la mano el monopolio de la ciencia.
Pero en la época del vuelco histórico, cuando la época en curso toca con la futura, la clase proletaria le disputa el monopolio. Como marxistas sabemos que toda ciencia está condicionada por la situación socioeconómica de su tiempo e inserta en ella. En los períodos de unidad, firmeza y cohesión de un sistema, la conexión, vista de modo marxista, entre la base material y la superestructura ideológica está a la vista. En este sentido se habla con plena razón de ciencia burguesa, porque para ella se trata exclusivamente de ser expresión inmediata de las tendencias materiales y sociales de la burguesía.
Pero en las épocas de subversión, cuando la lucha de clases pone cada vez más en cuestión el patrimonio de la cultura burguesa, la ciencia pierde cada vez más esa univocidad. Surgen dos campos científicos.
De un lado están los apologetas,1 los investigadores ligados a las condiciones de existencia de su clase, que ya no son más que justificadores y defensores del sistema amenazado. Del otro se presentan aisladamente los que —queriéndolo o sin quererlo—, por la coherencia de su ciencia, se convierten en enemigos del sistema existente. Entre su actitud personal y su efecto objetivo puede haber entonces una discordancia. No importa, por hablar con Marx, lo que este o aquel científico se represente provisionalmente como meta, sino lo que esa meta es y lo que, conforme a ese ser, se verá obligado a hacer históricamente.2 Entre los sistemas más cerrados hay épocas caóticas de transición, como la que hoy vivimos. La superestructura ideológica, en esos estadios intermedios, está arraigada en lo viejo por su origen y se adentra en lo nuevo por su meta. El modo de consideración con el que reconocemos esto ya no es solo la causalidad empleada por la ciencia puramente burguesa. Esta se completa y se amplía con la finalidad. De ahí resulta el modo de consideración causal-final, dirigido tanto a la causa como a la meta final.
Marx fue el primero que aplicó el método causal-final al estudio de los fenómenos socioeconómicos. Pero también Alfred Adler se sirve de él con la misma coherencia y conciencia al estudiar los fenómenos psicológicos. Ambos investigadores rompen, pues, por principio con el método de pensamiento burgués típico y manejan, independientemente uno de otro, un método nuevo, y precisamente el mismo.
Para la ciencia de la época de transición así practicada no tenemos otra denominación que la de ciencia proletaria, lo cual no significa que la creen, apliquen o representen proletarios, sino solo que está entre el mundo burgués y el socialista.
Kanehl, Broh y Pfemfert están convencidos de que el marxismo es la única y exclusiva ciencia proletaria. Se sienten ofendidos en sus sentimientos más sagrados cuando se reconoce (en coherencia con el modo de consideración marxista) también a otras disciplinas científicas el derecho a existir como ciencia proletaria. Quizá también, como auténticos hombres de autoridad, solo les irrita no haber sido ellos mismos los descubridores de esa ciencia.
Ese es el error capital de su actitud. Quieren ser más marxistas que Marx. No quieren que el modo de pensar y de considerar marxista se aplique al marxismo. Rinden así homenaje a una ortodoxia peligrosa, por hostil al desarrollo, y practican un culto a los héroes completamente burgués y autoritario, que contradice absolutamente al marxismo y que Marx habría rechazado con la mayor energía.
En Marx, toda ciencia desemboca en la «práctica revolucionaria».3 La prueba de la utilidad revolucionaria de una ciencia se hace examinando si es apta para contribuir a desmontar la ideología dominante, a superar el sistema vigente y a construir el futuro. Es por completo indiferente que su fundador y autor sea consciente o no del carácter revolucionario de su ciencia, que quiera o no su aprovechamiento revolucionario, que pertenezca o no a una organización de lucha de clases. Hegel era un reaccionario declarado, pero su dialéctica fue un logro revolucionario, y Marx no dudó un minuto en adoptar esa dialéctica, darle forma según sus necesidades y hacerla útil para su ciencia. Lo mismo hizo con Adam Smith, Ricardo, Condorcet y otros.
Que la psicología individual sea o no una ciencia revolucionaria no depende en absoluto de la posición de su fundador, Alfred Adler, ante el movimiento obrero. Podría ser su mayor adversario y ser, sin embargo, un revolucionario científico que, contra su voluntad, proporcionara valiosas armas a la lucha por el socialismo. Así, tiene en el bolsillo nada más que un carné de la socialdemocracia austriaca. Pero también eso es de lo más indiferente. Lo único que importa es cuáles son las consecuencias de su doctrina.
Esa doctrina, desde luego, habría que conocerla antes de permitirse un juicio sobre ella.
Kanehl, Broh y Pfemfert han confesado, o demostrado con su polémica, que les falta todo conocimiento, aun el más modesto, de esta doctrina. Pfemfert, para poder juzgar desfavorablemente la psicología individual, se ha remitido, de forma grotesca, al psicoanálisis. Y Broh perpetra un galimatías tan espantoso que muestra claramente que ni siquiera ha entendido este.
Así obra un burgués que, para poder rechazar el socialismo, invoca su conocimiento del capitalismo.
Naturalmente, no es casual que los tres eviten el estudio de esta doctrina como el hierro candente. Descubrir la causa de sus inhibiciones sería tan atractivo para psicólogos individuales formados como desenmascarador para los tres. Pero ese análisis no viene aquí al fin y al cabo al caso.
*
«Solo el conocimiento de que la misión histórica del proletariado está fuera de la ideología burguesa separa a los obreros como clase de la burguesía», dice Pfemfert en su polémica contra mí.
Se pone con ello en grata oposición a Kanehl y a Broh, y no tendría motivo alguno para polemizar conmigo, porque comparto su punto de vista. Pero ¿cuál es la consecuencia? Sin duda solo esta: que el derribo de la ideología burguesa ha de considerarse el componente más importante de la lucha de clases y la condición más importante de la victoria de la revolución.
Por la clase que libra la lucha de clases y la eleva a revolución, Marx entiende el conjunto de los hombres a los que la «identidad de sus intereses en el proceso de producción» lleva a actuar en común.
Hoy no puede concebirse a ningún hombre fuera de una clase. Pero que pertenezca sociológicamente a una clase no es todavía lo mismo que asumir conscientemente el destino y la obligación de su clase. Solo el estar penetrado de la misión históricamente necesaria del proletariado y la disposición a actuar en consecuencia constituyen la conciencia de clase proletaria.
No puede ni hablarse de querer preparar y ganar a proletarios individuales desde fuera, mediante la educación, para la tarea revolucionaria de la clase proletaria. ¿Cómo sería posible entonces esa enseñanza revolucionaria privada? Estos alegres marxistas se imaginan la clase proletaria como una clase de escuela, para la que uno puede prepararse también con clases particulares y en la que, tras una preparación con éxito y un examen aprobado, se entra como luchador de clase y revolucionario diplomado. ¿O creen que yo me hago ideas tan peregrinas de la naturaleza de la clase proletaria?
Sin duda hay todavía muchos proletarios que llevan dentro la escisión en hombre privado burgués y hombre de clase proletario. Esa enojosa duplicidad, que es el peor estorbo de la revolución, encuentra sin embargo en Kanehl y Pfemfert sus defensores teóricos. Ambos, que arremeten con la mayor violencia contra un supuesto dualismo en mi concepción y luchan, naturalmente, contra molinos de viento, porque mi concepción apunta precisamente a superar el dualismo, introducen ellos mismos aquí un dualismo que es la especie más peligrosa de su género. Pfemfert, que habla de una repugnante intromisión en la vida privada del individuo, y Kanehl, que quiere igualmente dejar en paz por completo al hombre privado, se tienen por buenos marxistas cuando creen que en el lado privado puede conservarse el hombre burgués hasta el día siguiente a la victoria, mientras en el lado de clase se realiza el desarrollo de la conciencia de sí proletaria. ¡Qué teoría seudomarxista de las dos almas!
Lo que hoy se tiene por conciencia de clase no es en el fondo más que la vinculación de clase condicionada sociológicamente, que en sí nada significa y no necesita en absoluto tener efectos revolucionarios. De ahí precisamente el completo fracaso del proletariado de hoy en manifestar su conciencia de clase mediante una acción revolucionaria coherente. Es ese fracaso lo que empuja a una nueva orientación.
Pfemfert niega, es verdad, que haya en la AAU un fracaso, un desaliento, un indiferentismo, una incapacidad de lucha. Pues bien: ¿se ha desarrollado la AAU desde 1919 hacia delante o hacia atrás, se ha hecho mayor o menor, ha crecido o disminuido su energía revolucionaria? ¿Qué cuadro ofrece su estado? ¡Ahórrese a todo conocedor dar cifras o aducir hechos! Aquí no sirve esconder la cabeza en la arena y engañarse con un optimismo que linda con la ceguera o con la falta de conciencia.
La realidad del movimiento proletario de lucha de clases es hoy deprimente en todas partes. ¿Cómo llegamos a la acción revolucionaria?
Según Kanehl, «demostrando en la empresa, luchando, la propia conciencia de clase y desarrollando con ese ejemplo, que gana adeptos, la conciencia de sí proletaria en los compañeros de clase». Según Broh, superando los errores y los estorbos de la revolución «con saber y conocimiento». Según Pfemfert, «reuniendo a los que han despertado a la conciencia de clase y están resueltos a destrozar el viejo orden».
¡Todo muy bonito! Solo tiene una pequeña pega: los «despertados» y «resueltos» no están, la «demostración combativa de la conciencia de clase» no llega, el «ejemplo que gana adeptos» no tiene éxito, el «desarrollo de la conciencia de sí» solo está en el papel como bonita consigna.
Ese es precisamente el terrible fiasco del movimiento proletario, también de la AAU. Ahí, amigos míos, está el quid de la cuestión.
Pero ¿por qué falta el valor, la disposición, la solidaridad, la resolución para la lucha? ¿Por qué no llega el proletariado a convertir en acto revolucionario las ideas y los conocimientos adquiridos por la propaganda y la experiencia?
Pues bien: el valor, el espíritu de sacrificio, la solidaridad, la voluntad de lucha son asuntos del carácter humano. Algo tiene que fallar, pues, en la constitución y el funcionamiento del carácter, que impide al proletariado actuar conforme a la orientación intelectual adquirida «con saber y conocimiento».
Si se investiga esta hipótesis, no es, como sostiene receloso Pfemfert, para desviar de la lucha de clases, para difuminarla, oscurecerla, ensuciarla. ¿Para qué atribuir de antemano motivos turbios al que piensa de otro modo, a la mala manera de los politicastros? ¡Nadie busca al otro detrás del matorral si no se ha escondido allí él mismo!4 ¿Y para qué, según el mal ejemplo de la carta del EKKI,5 fulminar desde el alto pedestal de la incomparabilidad revolucionaria («¡Rühle escribe frases que tampoco nosotros —NOSOTROS— podríamos formular de otro modo!») a todo el que se atreve a tener una opinión que se aparta del esquema normal de «Aktion»? Si Pfemfert estuviera siquiera un poco familiarizado con la psicología individual, tendría que avergonzarse profundamente ante las penosas revelaciones que su forzado derroche de patetismo y de pulmones da sobre el grado de su propia inseguridad revolucionaria. Huelga decir que a nadie se le ocurre querer formar, con artes educativas, hombres ideales revolucionarios o ángeles socialistas. ¿Es de verdad necesario defenderse de tales insinuaciones, que hoy, incluso en círculos de adversarios burgueses sin escrúpulos, se tienen por burda demagogia?
Quizá no pueda evitarse que proletarios cuyo valor aparente no era más que una superestructura hueca sobre el más profundo desaliento pierdan la ingenua confianza en su coraje revolucionario en cuanto se mira las cosas a los ojos tan críticamente como lo ha hecho mi artículo. Pero cuando hayan superado esa crisis serán tanto más firmes y fiables, porque entonces habrán pasado la prueba de la antiautoridad. Por uno que se pierda se ganarán diez nuevos, con tal de que nosotros los alcancemos antes del descarrilamiento y del desaliento, antes de la evasión, por así decirlo in flagranti.
De lo que se trata es de alcanzarlos, de agarrarlos. Hay que mostrarles que no tienen ninguna necesidad de desalentarse y de evadirse. A cambio de la pérdida de la fe en su capacidad individual reciben, en efecto, la confianza en la energía mucho mayor de la clase, en la que solo tienen que integrarse para ser fuertes.
Pero ¿dónde está la clase? ¿Quién alcanza a los fugitivos? ¿Y cómo se los alcanza?
*
Broh opina que el conocimiento de la situación de clase que nosotros inculcamos ahora al proletariado basta por completo para las tareas de la revolución.
Pues no basta. El viejo bombo socialdemócrata —¡agitación!, ¡agitación!, ¡agitación!— tiene un agujero.
Al proletariado le falta en todas partes el valor para actuar conforme a su conocimiento.
Ese valor no puede inculcarse sin más a la clase. Hay que dirigirse al miembro de la clase. Y hay que intervenir allí donde, en el miembro de la clase, se cortan el hombre privado y el hombre de clase. El esfuerzo tiene que tender a que el hombre privado se funda en el hombre de clase, a evitar los conflictos entre ambos —que son la fuente del desaliento— y a llevar toda la energía que hoy se disipa en mil pequeños conflictos al hombre de clase y, con ello, a la lucha de clases. Kanehl, Broh y Pfemfert enfocan mal el asunto cuando hacen como si el hombre privado no existiera. Con ello le dan toda libertad de desarrollarse, para poder atacar por la espalda en todo momento al hombre de clase. Y el final es siempre el fracaso del miembro de la clase como luchador de clase.
Kanehl, Broh y Pfemfert, pese a su polémica contra mí, tienen que reconocer que al proletariado le faltan voluntad de lucha revolucionaria y solidaridad.
¿Y qué dice Alfred Adler? «A los hombres les faltan valor y sentimiento de comunidad.»
Aquí Marx: voluntad de lucha revolucionaria y solidaridad; aquí Adler: valor y sentimiento de comunidad. Como se ve, la coincidencia es asombrosa. ¿Por qué discutimos?
Sean voluntad de lucha y solidaridad, o valor y sentimiento de comunidad, siempre se trata de modos de conducta, propiedades y cualidades psíquicos. Y yo pienso, y creo tener la lógica de mi parte, que a los datos psíquicos solo puede llegarse con medios psíquicos. Y el método que entra aquí en consideración, como método de influencia y tratamiento planificados de la psique humana, se llama educación.
La educación no es un invento burgués, como cree Kanehl, que o confunde la educación con la escuela o solo piensa en la educación oficial de los niños en el Estado actual. Se le puede dar la razón cuando rechaza la escuela como institución burguesa. Pero quizá no se le ha ocurrido que la empresa, que él ensalza como lugar ideal de educación, es al fin y al cabo también una institución burguesa, creada por capitalistas solo por su beneficio. ¿O no? Querido Kanehl, no hay que ponerse tan fácil el rechazo de otra opinión como para operar mecánicamente con consignas; si no, se cae en un callejón sin salida y se enreda uno en los lazos de su propia argumentación.
Tampoco vale, como combatiente del socialismo del derecho natural, caer en el error de declarar, según el cómodo esquema del fatalismo de las leyes naturales: ¡la educación proletaria es desarrollo de la conciencia de sí! En Marx no hay ningún «es» ni «ser», sino solo un «devenir», un «movimiento». Así que, por favor, ¿cómo se realiza ese desarrollo de la conciencia? ¿Quién lo realiza? ¿Según qué método? ¿Hacia qué meta?
En todo el complejo de las cosas de que aquí se habla —planificación, método, influencia, fijación de metas, etc., siempre con vistas al desarrollo de la conciencia de sí que hay que realizar— se trata sin duda —¿quién querría negarlo?— de procesos psíquicos, de procesos y modos de conducta anímicos.
Pero de los procesos psíquicos no se ocupa la sociología (ni, por tanto, el marxismo), sino la psicología.
Hay aquí un malentendido, como si yo quisiera sustituir las influencias psíquicas que se producen por las discusiones, los roces en la empresa, las luchas, etc., por un parvulario y por un adiestramiento escolar o formativo.
¡Completamente erróneo! Reconozco en toda su amplitud la labor educativa de la empresa. Pero pienso además que lo que en la empresa se hace en trabajo educativo solo por casualidad, ocasionalmente, sin plan y demasiado tarde, debe llevarlo a cabo el proletariado de modo consciente y con plena planificación sobre la base más amplia, sin distinción de local de trabajo, de edad, de sexo, de situación. Y esa influencia educativa debe ejercerse del modo más racional posible, ahorrando tiempo y energía, con las mayores perspectivas de éxito. Pero eso solo puede ocurrir si se empieza ya en la más temprana infancia, porque ese es el período más importante de la formación del carácter; ahí se decide ya en la mayoría de los casos si el hombre será más tarde un luchador o un emboscado, un hombre de poder autoritario o un camarada capaz de integrarse.
Si Broh plantea con gravedad la pregunta: ¿quién ha de educar?, ¿acaso los viejos?, ¿la generación tan completamente corrompida de los adultos?, respondo: en efecto, primero los viejos. Y eso, una vez que hemos aprendido a ver dialécticamente las conexiones, no es ningún motivo de desaliento. Todo el que quiere educar a otros tiene que empezar, quiéralo o no, por educarse siempre primero a sí mismo. Esta astucia de la razón6 hace de la educación de los niños al mismo tiempo una educación de los adultos.
Aquí solo falta saber qué es lo que importa en una educación proletaria y revolucionaria para el valor, la solidaridad, la voluntad de lucha, la disposición a la responsabilidad.
Eso nos lo dice la psicología individual.
Hace falta una breve exposición de por qué tengo la psicología individual, la única entre muchas teorías psicológicas, por apta para la formación del carácter revolucionaria. (Una exposición detallada y a fondo se dará en un libro aparte sobre «Marxismo y psicología individual».)7
La psicología individual es el método psicológico que descubre científicamente el carácter fetichista de la herencia, de la disposición, de la sujeción forzosa de la voluntad, y ayuda a desenmascararlo como punto de apoyo de la ideología burguesa. Frente a todas las concepciones anteriores, enseña la igualdad de valor natural de los individuos, que solo se modifican por una distinta articulación conforme a sus intereses de aseguramiento, orientados de modo distinto. Proporciona así la base psicológica, que faltaba hasta ahora, para la posibilidad práctica de realizar la exigencia de comunidad, es decir, el socialismo.
La psicología individual muestra además que la ventaja intelectual (genio, talento, dotes) con la que la clase dominante suele justificar y defender sus privilegios no es en el fondo más que el resultado de inhibiciones y dificultades de existencia ahorradas, de mejores oportunidades en la vida, etc. Libera al hombre de la carga de sus antepasados, de los mil condicionamientos bajo los que reacciona anímicamente, de sus sentimientos de inferioridad, lo orienta anímicamente hacia delante, hace socialmente fecundas sus protestas estériles y le da la mayor confianza en su propia fuerza creadora, que se despliega en la comunidad.
Todo esto aquí solo a modo de indicación. La insuficiencia forzosa de la exposición en este espacio tan estrecho no deja sospechar qué profundización y qué confirmación recibe el marxismo de la psicología individual. Todas las objeciones que Kanehl, Broh y Pfemfert han hecho a la psicología individual atestiguan una ignorancia grotesca. Ninguno se ha tomado la molestia, antes de pronunciar un juicio, de estudiar primero la doctrina. ¡Lo que el campesino no conoce, no se lo come!
Su conducta ofrece un espectáculo, más que vergonzoso, ridículo, en cuanto su celo seudomarxista en el ataque contra Adler los convierte en aliados de la burguesía, que venera y alaba a Freud, el inofensivo, pero boicotea y combate a Adler desde el instinto seguro de verse amenazada. Sin duda tampoco la psicología individual está a salvo de intentos de ponerla al servicio de la reparación del orden burgués. Pero por toda su naturaleza es sumamente inadecuada para ello y tiene que defraudar todas las esperanzas puestas en fines reaccionarios.
Es, como el marxismo, en su núcleo esencial y en todos sus efectos, una ciencia proletaria. Por eso pertenece al arsenal intelectual de la revolución proletaria y, como arma, al igual que el marxismo, a las manos de todo revolucionario.
Y por eso la AAU, como vanguardia de la revolución proletaria, tiene que ocuparse de ella.
*
Cuando en el viejo SPD, por lo general en la época de los congresos, se dirimían en debates acalorados las diferencias de opinión y de concepción, los afiliados veían en ello riñas de literatos y gresca de intelectuales y apenas se daban por enterados.
Cuando hoy en el KPD se libran luchas de tendencias entre campos enemigos, a los obreros les parecen peleas de camarillas de dirigentes rivales, que soportan a regañadientes y sobre las que pasan cuanto antes al orden del día.
En la medida en que, en el presente debate, la sucia manera de la polémica de Broh me acusa de cobardía encubierta y la brusca manera de la polémica de Pfemfert me abuchea como contrarrevolucionario, hacen bien los camaradas de la AAU en dejar eso de lado, con un sentimiento de vergüenza, de asco o de encallecimiento, como malos restos de un pasado de política de partido.
Yo mismo, como psicólogo individual, estoy en la feliz situación de ver a través de los trasfondos anímicos de tales métodos y de reconocerlos como lo que en realidad son: como intentos de hombres de poder autoritarios de demostrarse a sí mismos y a la opinión pública su insuperabilidad revolucionaria, aunque sea mediante la infamia de desvalorizar los motivos del adversario y proscribir a su persona.
Los camaradas del otro lado han copiado así, o incluso superado, los peores rasgos de la imagen de Marx, que en la lucha contra Bakunin se sirvió de las mismas prácticas vergonzosas; eso sí, con el resultado de que la mancha de la deslealtad quedará pegada para siempre a su nombre.
Como psicólogo individual he aprendido finalmente también que los conflictos privados y los resentimientos personales no deben afectar ni influir en la actitud de principio del hombre en la lucha de clases, impuesta por la situación histórica. Por eso renuncio no solo a indignarme por los malos modos polémicos de mis interlocutores, sino también a devolverles la injusticia que me han hecho con la misma arma.
Pero, como siempre ha resultado que tras las riñas de literatos y las disputas de intelectuales se ocultaban cuestiones y problemas serios y objetivos que pedían respuesta y obligaban a tomar posición, y como estoy convencido de que tampoco en este debate se trata de una diferencia personal o de una discusión ociosa de sutilezas científicas, sino de un asunto importante, incluso vital, del movimiento de la AAU, dirijo a la AAU las siguientes preguntas:
¿Es cierto lo que afirma Pfemfert, que en la AAU no hay necesidad alguna de una nueva orientación? ¿Dice Pfemfert la verdad cuando declara que la AAU no está debilitada, ni desalentada, ni corrompida, ni incapacitada para la lucha revolucionaria?
¿Tienen Pfemfert, Broh y Kanehl el mandato de hablar en nombre de la AAU cuando polemizan contra mí? ¿Puede en particular Pfemfert erigirse en Zinóviev de la AAU8 sin que esta lo llame públicamente al orden?
¿Debe practicarse en la AAU la táctica de que los obreros, que están tan orgullosos de sostenerse sobre sus propios pies y de poder prescindir de la dirección intelectual de intelectuales a sueldo, dejen que sus discusiones sobre las cuestiones fundamentales y vitales de su organización, de su táctica o de su programa las sostengan exclusivamente intelectuales?
¿Y debe hacerse costumbre en la AAU que toda sugerencia, toda propuesta para mejorar la lucha de clases, toda idea nueva sea sencillamente fulminada o estigmatizada como contrarrevolucionaria por una camarilla ambiciosa de esos intelectuales, que (¡según confiesan!) ni siquiera se toman la molestia de informarse objetivamente?
Tengo un derecho, adquirido con mi pasado político, a que se me tome en serio como revolucionario igual que a los representantes del otro lado.
Puedo y debo insistir en que mis propuestas y exigencias a la AAU se aprecien como expresión de una voluntad de lucha revolucionaria honrada y de una convicción revolucionaria decente.
Puedo, debo y tengo que exigir que la AAU tome posición sobre mi causa.
Se verá si tiene para ello la voluntad y la fuerza y si, además, reúne comprensión y energía suficientes para cumplir las tareas que yo quisiera ver asignadas a su papel revolucionario en la situación actual.
Estoy convencido de que la AAU está ante un punto de inflexión decisivo, en el que tiene que demostrarse su temple revolucionario. La decisión será una cuestión vital para la AAU.
¡Tiene que tener el valor de tomar esa decisión!
Otto Rühle
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes de Die Aktion, año 15, cuaderno 21/22, 1925, col. 598-606 (archive.org, die-aktion-15.1925, págs. PDF 329-333). Es la respuesta de Rühle a las críticas de Oskar Kanehl, Ernst Broh y Franz Pfemfert a su artículo «El hombre autoritario y la revolución» (Die Aktion, 1925), publicado también en este archivo. Las réplicas que lo preceden y lo siguen en la revista no se traducen.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los conceptos de la psicología individual siguen el glosario del archivo: Gemeinschaftsgefühl, «sentimiento de comunidad»; Minderwertigkeitsgefühl, «sentimiento de inferioridad»; Sicherung, Sicherungszweck, «aseguramiento», «fin de aseguramiento»; Gleichwertigkeit, «igualdad de valor»; Mut, Entmutigung, «valor», «desaliento»; Machtmensch, «hombre de poder»; schöpferische Kraft, «fuerza creadora»; Selbstbewußtsein, «conciencia de sí». Según la nota de Pfemfert, el espaciado del original (que aquí se da en cursiva) es suyo y no de Rühle.
Todo lo que en este artículo va espaciado lo he subrayado yo, y no el autor. F. P. [Nota de Franz Pfemfert en el original.] ↩
Paráfrasis de Marx y Engels, La sagrada familia (1845): «No se trata de lo que tal o cual proletario, o incluso el proletariado entero, se represente provisionalmente como meta. Se trata de lo que el proletariado es y de lo que, conforme a ese ser, se verá obligado a hacer históricamente». Rühle la aplica al científico. (N. del T.) ↩
Umwälzende Praxis: la expresión de la tercera tesis de Marx sobre Feuerbach. (N. del T.) ↩
Refrán alemán: «Hinter dem Busch sucht man keinen, man habe denn selbst dahinter gesessen». (N. del T.) ↩
EKKI: Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, cuyas cartas abiertas a los partidos y grupos comunistas alemanes eran conocidas por su tono de condena. (N. del T.) ↩
Alusión a la «astucia de la razón» (List der Vernunft) de Hegel. (N. del T.) ↩
Rühle no llegó a publicar un libro con ese título; sus ideas sobre el tema aparecieron en Die Seele des proletarischen Kindes (1925) y otros escritos, y Alice Rühle-Gerstel publicó Der Weg zum Wir. Versuch einer Verbindung von Marxismus und Individualpsychologie (1927). (N. del T.) ↩
Grigori Zinóviev, presidente de la Internacional Comunista hasta 1926. (N. del T.) ↩