¿Por qué se quedan las masas en el partido?
Por Otto Rühle
La guerra y la revolución han desenmascarado a los partidos obreros como órganos de la contrarrevolución.
En los diez últimos años no hay un solo acto de la política burguesa y capitalista que no haya encontrado el apoyo del Partido Socialdemócrata. Desde la proclamación de la paz civil (Burgfrieden) hasta la supresión de la jornada de ocho horas.
Por la política de entendimiento, que empezó con la firma del Tratado de Versalles y terminó con el dictamen Dawes, nadie se empleó con más pasión que el USP.1
Y al pie del documento más vergonzoso de todo el período, el acuerdo de Bielefeld, figura como firmante, entre otros, el camarada Braß, como representante oficial del KPD.2
Ningún gesto revolucionario pasajero de uno u otro partido priva de validez a la fuerza probatoria contrarrevolucionaria de estos hechos históricos.
Y podrían aducirse mil hechos más.
Con el asesinato y la violencia, la traición y la perfidia, la astucia y el engaño, los partidos llevaron a cabo su obra contrarrevolucionaria al lado de la burguesía. Se aliaran con Erzberger o con Rathenau, con Lüttwitz o con Watter, con Cuno o con Schlageter,3 fueron siempre los mismos. Su meta era: reconstrucción, tranquilidad y orden, participar en el disfrute del sistema capitalista.
Así devolvieron a las masas trabajadoras a la vieja esclavitud y las precipitaron en abismos de miseria, de servidumbre, de desesperación.
¿Y las masas? Se quedan en el partido.
*
Desde el primer día de la guerra llamamos la atención de las masas sobre el papel del partido. Mostramos que la socialdemocracia era responsable de la larga duración de la guerra, de los sacrificios masivos, de la catástrofe del hambre, de la política demencial del mando del ejército, del final espantoso.
Desde el primer día de la revolución denunciamos ante las masas al partido como traidor, como aliado de la burguesía, como instrumento de la contrarrevolución. Expusimos de palabra y por escrito cómo el partido —precisamente como partido, como organización autoritaria y centralista, emparentada con la naturaleza burguesa e inevitablemente al servicio del interés burgués— tiene que convertirse en auxiliar de la política contrarrevolucionaria.
En innumerables artículos, octavillas y folletos sacamos a la luz el carácter hostil a los obreros del partido. En innumerables asambleas pusimos al descubierto toda la vergüenza de la traidora política de partido. Encontramos aprobación, una aprobación entusiasta.
En el taller y en la empresa, en la nave y en la cantina, camino del trabajo, en las pausas de la comida, después de la jornada, miles y millones de veces fue la lista de pecados de los partidos objeto de críticas, polémicas y debates.
La confianza quedó quebrantada. El descontento creció. Hubo estallidos de ira y abierta indignación. El asco se atragantaba. ¡Uf, qué asco!, se decía, y más de uno rompía el carné de afiliado y tiraba los pedazos a un rincón con una maldición.
¿Pero las masas? Se quedaron en el partido.
*
Hay un paralelo:
Desde tiempo inmemorial se sabe que la Iglesia es un instrumento de dominio de la clase poseedora. Y desde hace décadas un movimiento librepensador se esfuerza con todas sus fuerzas por quitarle sus seguidores, sobre todo en los medios obreros.
El medio de lucha más importante era la ilustración. Se destruyó el tejido de leyendas de la Biblia con las explicaciones de la investigación científico-natural. Se atacó a los dogmas con los argumentos del racionalismo. Se apeló al intelecto humano.
Ante esa instancia, la mística y la fe en los milagros no podían sostenerse. La tradición de la Historia Sagrada se deshizo en humo ante un examen sobrio. La obra de los curas resultó ser un necio engaño.
Unos miles abandonaron entonces la Iglesia. En parte a consecuencia de su convicción recién adquirida, en parte por enfado de que les hubieran tomado el pelo. Algunos volvieron antes o después al seno de la Iglesia. También gente ilustrada.
Pero las masas —pese a la ilustración— se han quedado en la Iglesia.
*
Fue un error creer que la religión era cosa de la estupidez. Por eso fue una conclusión equivocada creer que a la religión se le podía hacer frente con la ilustración.
La religión no tiene nada, o muy poco, que ver con el entendimiento humano. No es asunto del intelecto, sino del carácter. Su supuesto no es la falta de entendimiento ni la escasa capacidad de pensar, sino el sentimiento de inseguridad y de debilidad, la necesidad de protección y de refugio, el miedo a la responsabilidad.
El hombre que teme las dificultades de la vida, que no puede con ellas, que siempre tiene miedo de poderes del destino más fuertes, que no se cree capaz de nada, que esquiva la responsabilidad, ese hombre, ilustrado o no, estará siempre predispuesto para la religión. En la oración invoca la ayuda de Dios, en el culto se procura la sugestión de estar a salvo, con la confesión se sustrae a la responsabilidad, en la comunión se asegura el respaldo de poderes más fuertes. Le ocurra lo que le ocurra, lo pone todo en manos de Dios, en sus inescrutables designios.
Para no caer del todo víctima de su sentimiento de inseguridad y de inferioridad, para tener un apoyo anímico seguro frente a las dificultades, penurias y peligros de la vida, contra los que no tiene el valor ni la capacidad de luchar con fuerza, necesita una instancia superior que le ayude, un lugar al que pueda huir, una autoridad que le quite la responsabilidad.
Al menos en la imaginación. Se trata siempre, en efecto, de procesos anímicos. De procesos sobre los que solo la investigación psicológica reciente ha arrojado alguna luz. Sobre todo los trabajos de investigación de Alfred Adler.
Desde que se sabe que la religión es resultado de la debilidad de carácter, del desaliento, de la incapacidad para la vida humanos, para liberar a los hombres del hechizo de la religión y de la Iglesia se ha relegado a segunda línea la ilustración científico-natural y racionalista y se ha puesto en primera línea la educación para la independencia, para la capacidad de vivir, para la afirmación de la existencia.
Solo cuando el hombre ha aprendido a creer en sí mismo, en su fuerza, en su capacidad, cuando está dispuesto a tomar su destino en sus manos y a cargar con la responsabilidad de su vida, solo entonces ya no necesita dioses ni ayuda de un mundo del más allá.
*
Volvamos de la religión a la política.
Aquí como allí, las mismas masas. Aquí como allí, la misma inseguridad, el mismo miedo a la vida, la misma debilidad, el mismo sentimiento de insuficiencia, de impotencia, de inferioridad.
En la familia se le dijo al niño: eres pequeño, débil, tonto, torpe, inútil.
En la escuela: ¡Quieto en tu sitio! ¡Callado! ¡Espera a que te pregunten! ¡Aprende lo que te han mandado! ¡Solo es correcto, bueno, valioso, útil lo que el maestro decide que lo es!
En el aprendizaje: ¡Atento! ¡Imita! ¡No pretendas trabajar por tu cuenta! ¡Subordínate! ¡Cierra el pico! ¡Los aprendices necesitan palos!
En el partido: la masa es tonta, ciega, crédula, un niño grande. El dirigente tiene que pensar por ella.
La representa. Negocia por ella. Le lleva los asuntos. Tiene su mandato. Hace política por ella. Porque la masa es tonta, ciega, crédula, un niño grande...
Así ha llegado a ser por fin el proletario lo que durante diez, veinte, treinta años le dijeron a la cara todos los días: débil, tonto, torpe, inútil, inferior.
No tiene confianza en sí mismo. Se cree menos capaz de lo que es. No puede con las dificultades de la vida. Necesita un refugio, un amparo, un caudillo. Tiene que tener a alguien que le quite la tarea y la responsabilidad.
Donde están las masas más grandes es donde se cree más amparado, más seguro.
Las masas están en la Iglesia: por tanto, se queda en la Iglesia.
Las masas están en el partido: por tanto, se queda en el partido.
El creyente de la Iglesia se dirige al cura. El creyente del partido, al dirigente.
Y así como el cura sube al sanctasanctórum para interceder ante Dios, el dirigente del partido sube al Parlamento, al gobierno, para recibir allí las más altas revelaciones políticas.
El creyente de la Iglesia se arrodilla, reza, hace ofrendas.
El creyente del partido paga, obedece, vota.
*
Las masas se quedan en el partido como productos y víctimas de una educación que han recibido en la familia, la escuela, la fábrica, el cuartel, el partido y el Estado.
Una educación para la obediencia, para el respeto a la autoridad, para la falta de independencia, para el sentimiento de inferioridad, para el miedo a la responsabilidad.
Mientras tengamos esta educación habrá iglesias y partidos, y no se podrá extirpar el clericalismo ni el bonzismo de partido.
Porque mientras tanto las masas atemorizadas, incapaces para la vida, dependientes, clamarán por un caudillo, pedirán amparo en el seno de la mayoría, buscarán un refugio, anhelarán una instancia que les quite la responsabilidad. Más aún: solo serán capaces de imaginar una revolución bajo la dirección de estrategas militares y una construcción socialista bajo la dirección de la intelectualidad burguesa.
La revolución proletaria empieza con la nueva orientación del alma humana. Con la subversión no solo del mundo del pensamiento y del sentimiento, sino, sobre todo, de la voluntad, del carácter, de la disposición a la acción.
La ilustración sola no basta; tiene que sumarse la educación.
Y la educación tiene que partir del despertar y del desarrollo de la conciencia de sí proletaria. Ese es el punto cardinal.
La base de partida de esa educación es, para los adultos, la empresa. En el futuro lo será también para la juventud.
*
La AAU estuvo desde el principio en el buen camino al hacer de la organización de empresa la base de la construcción organizativa, y del desarrollo de la conciencia de sí la base de la construcción ideológica y psicológica.
Con la naturaleza exterior del hombre, el medio social, tiene que cambiar de raíz la naturaleza interior del hombre, su orientación anímica.
Toda la actitud vital del hombre, todo su estilo de vida anímico, el carácter de todas sus relaciones y capacidades de relación con el mundo, los hombres y las cosas tiene que volverse distinto por principio.
Confiado en sí mismo, dispuesto a la acción, optimista, sostenido por el sentimiento de su pleno valor, unido a los demás como camarada, con voluntad de responsabilidad: así se presenta ante nosotros el hombre nuevo.
El hombre sin religión ni Iglesia. Sin partido ni elecciones parlamentarias. Sin curas ni dirigentes de partido.
*
El hombre nuevo será un hombre de comunidad. Colaborador y semejante.
El hombre socialista.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes de Die Aktion, año 14, n.º 24 (segundo cuaderno de diciembre), finales de diciembre de 1924, col. 693-697 (archive.org, die-aktion-14.1924, págs. PDF 383-385).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los conceptos de la psicología individual siguen el glosario del archivo: Minderwertigkeitsgefühl, «sentimiento de inferioridad»; Lebensstil, «estilo de vida»; Vollwertigkeit, «pleno valor»; Mutlosigkeit, «desaliento»; Gemeinschaftsmensch, «hombre de comunidad»; Mitmensch, «semejante»; Selbstbewußtsein, «conciencia de sí»; Führer, «caudillo» o «dirigente» según el contexto. Las cursivas reproducen el espaciado del original.
El dictamen Dawes (1924) reguló el pago de las reparaciones alemanas. USP: Partido Socialdemócrata Independiente. (N. del T.) ↩
El acuerdo de Bielefeld (24 de marzo de 1920) entre el gobierno y los representantes obreros del Ruhr puso fin a la huelga general contra el golpe de Kapp y abrió paso a la represión del Ejército Rojo del Ruhr. Otto Braß (1875-1950), entonces del USPD, ingresó después en el KPD. (N. del T.) ↩
Matthias Erzberger y Walther Rathenau, ministros de la república asesinados por la extrema derecha (1921, 1922); el general Walther von Lüttwitz, cabeza militar del golpe de Kapp; el general Oskar von Watter, que dirigió la represión en el Ruhr en 1920; Wilhelm Cuno, canciller en 1922-1923; Albert Leo Schlageter, activista nacionalista fusilado por los franceses en el Ruhr en 1923, cuya figura el KPD intentó utilizar (la llamada «línea Schlageter»). (N. del T.) ↩