Si examinamos el matrimonio de la época de la economía privada, en cuyo final nos encontramos hoy, en sus fundamentos sociológicos y psicológicos, llegamos a una serie de constataciones bastante interesantes, que aquí se resumirán de forma ordenada. Se hace con la intención de poner al descubierto un mecanismo que la sociedad burguesa mantiene, con celo y habilidad, bajo un velo ideológico, un velo del que son víctimas también amplias capas proletarias por ingenua buena fe y sentimentalismo pequeñoburgués.
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El matrimonio monógamo actual tiene como presupuesto y como motivo de su nacimiento la propiedad privada. El hombre, convertido en propietario privado, se compró una mujer privada y se aseguró sus derechos de posesión mediante un contrato privado. La mujer pasó a ser entonces propiedad privada suya, que él podía usar, prestar, regalar, perder en el juego o vender a su antojo.
No fue la sexualidad lo que empujó al hombre al matrimonio. En el clan, donde el principio comunitario irradiaba su vigencia también al terreno del trato sexual, más o menos modificado, tenía mujeres de sobra a su disposición. El hombre necesitaba hijos. Hijos que fueran de su propiedad y que heredaran su patrimonio privado. Hasta entonces solo la madre había tenido hijos. Los hijos habían llevado el nombre de ella y habían heredado según el clan de ella, al que pertenecían. Ahora también el padre reclamaba hijos. Quería estar seguro de su paternidad para poder estar seguro de la transmisibilidad hereditaria de su propiedad privada. Pues el sentido de la propiedad privada era, llegara él a tener conciencia de ello o no, que se conservara, porque su existencia significaba un progreso general del desarrollo socioeconómico.
Para tener hijos que fueran sus hijos, el hombre necesitaba una mujer que, al sustraerla él al trato sexual general, fuera solo suya. Que él mismo siguiera teniendo trato sexual con otras mujeres era indiferente, con tal de que se hubiera cuidado de que solo los hijos de la mujer privada, de la mujer reconocida legal, jurídica y oficialmente, tuvieran derecho a heredar. Con ello quedó creado el matrimonio monógamo, al menos para la mujer, y solo para ella sigue existiendo hoy. Existirá mientras haya propiedad privada y sucesión hereditaria en ese sentido. Este es el primer presupuesto y fundamento sociológico del matrimonio actual.
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El segundo resulta del interés socioeconómico que la mujer tenía en el matrimonio monógamo.
Tampoco en ella fueron el amor ni la sexualidad lo que llevó al matrimonio. En el clan había quedado sexualmente bien servida, pues tenía a su disposición un círculo más o menos amplio de hombres. Y si llegaba a ser madre, había encontrado en la comunidad sustento material para sí y para el niño.
Pero la comunidad se deshizo; la propiedad privada hizo saltar la antigua comuna. Con ello también la mujer perdió su respaldo en caso de maternidad. Necesitaba, en el tiempo de incapacidad para el trabajo y de mayor necesidad de protección, una garantía económica. Solo podía dársela el hombre, que se había convertido en propietario privado. Ya no existía una asociación comunitaria; el Estado, que había ocupado el lugar del clan, tenía el carácter de un aparato de dominio, no de un aparato de asistencia. Así, la mujer tuvo que atenerse al hombre individual, contraer un matrimonio individual, ayudar a formar una familia individual. Por la ventaja del sustento material pagó el precio de compra de la sumisión sexual. Pues la sexualidad, aunque no fuera presupuesto del matrimonio, pronto fue una parte importante de su esencia, una función vital, debido a que el hombre necesitaba hijos como herederos.
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A los hechos sociológicos fundamentales del matrimonio se añaden dos psicológicos que, aunque se refieren a los dos cónyuges, se derivan del papel que el hombre desempeña como representante de la cultura en la era de la economía privada.
El hombre, como propietario privado, se convirtió en organizador, administrador y comandante de toda la maquinaria cultural de aseguramiento, que se expresaba funcionalmente en el Estado, la legislación, la guerra, el dominio, la religión, la moral, etc., y se manifestaba psicológicamente como afán de poder. El hombre se convirtió en detentador del poder. Su necesidad de hacerse valer aumentó. Todos sus logros perseguían inconscientemente el fin de demostrarse una y otra vez su superioridad. La superioridad sobre el otro sexo.
En un terreno, desde luego, el sexo femenino supera al masculino: en el de la capacidad de rendimiento sexual. En virtud de su constitución fisiológica y de su papel pasivo en el acto sexual, la mujer puede soportar un número mayor de coitos que el hombre, construido de otro modo y dispuesto para la actividad. El menor rendimiento y la menor capacidad de rendimiento se han convertido en la psique del hombre en un sentimiento de inferioridad. La investigación psicológica moderna nos ha dado aclaraciones hasta ahora insospechadas sobre el enorme papel que el sentimiento de inferioridad de los hombres ha desempeñado y desempeña aún, como acicate e impulso para rendimientos de compensación, para compensaciones, en la historia evolutiva de la humanidad.
Como el hombre no soportaba anímicamente que la mujer le fuera sexualmente superior, y como una competencia redoblada con ella tampoco tenía perspectivas de victoria, se ayudó con un truco muy socorrido: desplazó el campo de batalla, sobrepujó la preeminencia sexual de la mujer con su preponderancia socioeconómica y desvalorizó la sexualidad en la conciencia cultural pública. El medio para ello fue el matrimonio.
Con todo el peso de la cultura masculina detrás, el hombre fue en el matrimonio ante todo cabeza, autoridad, potentado. Eso halagaba su ambición, su vanidad, su necesidad de hacerse valer. Después hizo de su necesidad sexual la medida del trato sexual. La mujer tenía que subordinarse a los deseos sexuales del hombre, servía solo como medio, como recipiente. Su personalidad sexual independiente quedó borrada. Como dependía económicamente del hombre y le estaba socialmente sometida, tuvo que plegarse a ese papel indigno; pero anímicamente protestó contra él con el arma defensiva de la insensibilidad sexual.
No bastaba con que el hombre fuera señor en la casa y en el lecho conyugal; además, si quería estar del todo seguro de su triunfo, tenía que desvalorizar la sexualidad. Cuanto menos la estimara, menos podría la mujer apoyarse frente a él en su superioridad sexual. Y en efecto no reparó en esfuerzos para convertir la sexualidad en estiércol. Se convirtió en placer animal, en apetito bestial, en pecado, en porquería, en obra del diablo. Toda la ideología quedó envenenada y apestada durante milenios por esta deformación, falsificación y mancillamiento de la sexualidad. E innumerables mujeres fueron víctimas de la locura, incubada por los hombres, del comercio carnal con el diablo, porque los «señores de la creación» temblaban por su superioridad «querida por Dios».
Que no se objete que los propios hombres habrían sufrido gravemente por esta aberración anímica, que el ensuciamiento y la degradación de la vida sexual se habrían sentido como un horror y una afrenta tanto por los hombres como por las mujeres. Por una parte, los hombres, como sexo favorecido, tienen innumerables posibilidades de asegurarse, a pesar de la degradación de la sexualidad, todas las comodidades y dichas de esa misma sexualidad, aunque sea en secreto (lo que aumenta el atractivo); por otra, la psicología muestra con mil ejemplos qué renuncias, sacrificios y tormentos es capaz de asumir una persona con tal de poder esperar alcanzar una sola cosa: que llegue a tener reputación, que su prestigio quede a salvo, que su superioridad siga asegurada.
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Ahora bien, también la mujer tiene, a fin de cuentas, una necesidad de aseguramiento que, convertida en afán de poder, busca hacerse valer. De ser humano libre se había convertido en esclava, dependiente económica y socialmente del hombre; y lo es más o menos hasta el día de hoy. Del sentimiento de estar oprimida nació primero el sentimiento de inferioridad, y luego el impulso a la compensación. La duración de este estado condujo finalmente a una inferioridad real, intelectual y anímica, que sin embargo no hizo menor la necesidad de compensación. En la mujer se desarrollaron virtudes de esclava: humildad, obediencia, docilidad, condescendencia, complacencia; y vicios de esclava: astucia, picardía, mendacidad, informalidad, falsedad. Un fin se volvió dominante: ser superior al hombre, tenerlo en su poder. Si eso no era posible socialmente, pues sexualmente. La mujer concentró toda su energía de lucha en el único punto en que, ¡a pesar de todo!, era superior al hombre: en la sexualidad. Apartada de la participación en la vida económica, política y cultural, desplegó en lo sexual todos los instintos reprimidos y sofocados de libertad y de dominio, se convirtió en ser sexual. Y como el hombre había desterrado la sexualidad al matrimonio, la sexualidad en el matrimonio recibió por obra de la mujer la fuerte sobrevaloración que hoy la caracteriza.
Estos conocimientos psicológicos nos ponen en la mano la llave que abre el misterioso mecanismo de la psicología del matrimonio: por mor del papel de poder masculino, que tiene su base socioeconómica en la propiedad privada, la sexualidad, desacreditada ante la opinión pública, tiene que permanecer desterrada al matrimonio. Pero por mor del papel de poder femenino, la sexualidad ha experimentado en el matrimonio, y finalmente más allá de él en la vida pública, una fuerte sobrevaloración pese a su descrédito. Si no existiera todavía el matrimonio, la sociedad de clases tendría que inventarlo para tener una cárcel para la sexualidad (en primer lugar la femenina). Y si no existiera todavía el adulterio, también tendría que inventarse como medio de protesta de la sexualidad (doblemente excitada por su sobrevaloración) contra su cautiverio. La lucha de rivalidad entre los sexos es así una eterna lucha a favor y en contra del matrimonio, que solo terminará cuando haya cesado el sojuzgamiento social de un sexo por el otro. Con ello quedará también liquidado el matrimonio en el sentido actual; se convertirá en unión por inclinación, en puro emparejamiento amoroso.
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La sociología tiene el mérito de averiguar todos los hechos y relaciones externos a partir de los cuales puede hacerse comprensible un problema social. Pero sus resultados siguen siendo insatisfactorios mientras no los completen y apoyen los resultados de la psicología, que abre el camino hacia el interior de todas las cosas humanas.
La sexualidad y el matrimonio son cosas humanas, y el ser humano está hecho de tal modo que vive todas y cada una de sus vivencias, también la de la sexualidad y el matrimonio, solo a través de su alma.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Otto Rühle, «Die Grundlagen der Ehe», Die Aktion, 15.º año, cuaderno 2/3, 15 de febrero de 1925, col. 93-96, según la transcripción de Thomas Schmidt para el Marxists’ Internet Archive; no se ha podido cotejar con un facsímil de la revista.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los conceptos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (Machtstreben = «afán de poder»; Geltungsbedürfnis = «necesidad de hacerse valer»; Minderwertigkeitsgefühl = «sentimiento de inferioridad»; Ausgleich = «compensación»; Sicherung = «aseguramiento»). Se conservan las cursivas de la transcripción y la separación en apartados con asteriscos.