Prólogo
Esta es la línea de pensamiento del libro:
En un breve compendio histórico se muestran los rasgos característicos de las revoluciones burguesas de Europa, que se derivan de la tarea histórica de estas revoluciones: abrir las puertas al capitalismo como nuevo poder social.
Como la revolución rusa se presentó durante algún tiempo con las pretensiones de una revolución social y proletaria, cuando en el fondo no fue más que una revolución burguesa tardía y malograda, se dedica un capítulo especial al examen de su carácter.
A continuación se describe la construcción del Estado burgués como imagen viva de los principios y formas fundamentales de la gestión y la organización económicas capitalistas. Conocemos el Estado autoritario, centralista, nacional, y comprendemos por qué tiene que ser como es. En relación con ello se nos abre la comprensión del parlamentarismo, que trasplanta a la legislación lo típico del negocio mercantil burgués y encuentra en los partidos los órganos auxiliares de la política burguesa, que solo existen y funcionan en unión con él.
Emparentados en su esencia con los partidos, solo que sin su máscara seudorrevolucionaria, los sindicatos son órganos puramente oportunistas que encadenan el proletariado al capital mediante una funesta comunidad de intereses, en lugar de liberarlo de él. Como instrumentos prerrevolucionarios de la política burguesa, partido y sindicatos actúan, bajo la influencia de un cuerpo de dirigentes profesionales (Berufsführertum) de mentalidad pequeñoburguesa, de modo no revolucionario, contrarrevolucionario. La exigencia de revolucionar los sindicatos resulta ser una patraña demagógica.
El curso de la revolución alemana desde 1918 ha sido para el proletariado una escuela que le ha enseñado que partido y sindicatos son hoy los mayores obstáculos de la revolución proletaria.
El proletariado tiene que aprender a tomar en sus propias manos la causa de su liberación. Empieza a comprender que la revolución proletaria es en primer lugar un fenómeno económico y que su preparación y su despliegue tienen que partir de los centros de trabajo. Las energías y capacidades necesarias para ello las adquiere mediante la educación en la conciencia de sí y en la independencia.
La organización de la economía capitalista constituye la base de la organización de la liberación proletaria. La organización de empresa, la Unión Obrera y el sistema de consejos son los peldaños del ascenso por el que el proletariado alcanza el poder.
La revolución proletaria es completamente distinta de la revolución burguesa en su alcance, su contenido, su tendencia, su táctica de lucha y su fin. Es la revolución social y culmina con la instauración del socialismo sin caudillos, sin Estado, sin dominación.
¡Adelante, a la revolución proletaria!
1. Las revoluciones burguesas
Bajo el dominio del Imperio romano, la economía de Italia se había desarrollado hasta rozar el umbral del capitalismo. Pero el hundimiento militar y político de esta potencia mundial significó —como consecuencia y causa a la vez— el fin del desarrollo económico. Lo que siguió fue la recaída en formas económicas anteriores y primitivas y un estancamiento de siglos. Solo las cruzadas volvieron a dar el impulso a un nuevo desarrollo. Pensadas como expediciones de rapiña que habían de abrir el Oriente y sus tesoros al afán de conquista y a la codicia de filibusteros y aventureros occidentales, inauguraron para la época siguiente una cadena de relaciones comerciales sumamente prósperas, cuyos puntos de apoyo fueron las ciudades del norte de Italia. Por Venecia, Florencia, Pisa y Génova las mercancías viajaban por antiquísimas calzadas militares y comerciales hasta Núremberg, Augsburgo y Ulm, para ser expedidas desde allí hacia el norte y el noroeste, sobre todo a Flandes y Brabante. En relación con ello surgió, primero en Italia, una producción mercantil autóctona que suministraba bienes de intercambio; la economía monetaria, en rápido auge, llevó a la fundación de bancos de cambio y a la concentración del capital dinerario en manos de unas pocas familias. Comenzó el temprano florecimiento del capitalismo moderno.
Pero su pleno desarrollo quedó interrumpido y perturbado por el avance de los turcos en el Asia Menor y el descubrimiento de la ruta marítima hacia las Indias Orientales. El tráfico con Oriente quedó cerrado; se produjo un desplazamiento completo de las rutas comerciales. El centro de gravedad del intercambio de mercancías entre Oriente y Occidente se desplazó de Italia a Portugal. Las ciudades italianas se empobrecieron y decayeron; su cultura del Renacimiento se extinguió; los intentos de llegar, por encima de la confusión de las luchas entre linajes patricios y repúblicas urbanas, a una cohesión nacional sobre la base de la unidad económica se quedaron en sus comienzos. Como no existía una burguesía propiamente dicha que hubiera aprendido a sentirse clase en el sentido moderno, tampoco se llegó a una afirmación unitaria de los intereses capitalistas en gran escala, ni a un establecimiento económico y estatal independiente que rebasara el marco de los condicionamientos gentilicio-dinásticos y urbano-gremiales, ni a una revolución burguesa que hubiera producido una ruptura de principio con el viejo orden de las cosas y levantado un nuevo sistema económico y social.
En Portugal y España el capitalismo creció como en invernadero sobre un suelo abonado con la mayor exuberancia por las riquezas de continentes recién descubiertos y abiertos a la explotación más desenfrenada. Pero lo favorable de la coyuntura económica no encontró un poder estatal que hubiera estado a la altura de su tarea política y hubiera comprendido la esencia del elemento capitalista. La corte, orientada y obligada por matrimonios, herencias y conquistas a un internacionalismo territorial, se veía atada, si quería defender sus intereses, al único poder internacional de su tiempo, la Iglesia católica. Esta, a su vez, veía en el poder del Estado el defensor más seguro de la fe, que en el fondo no era más que el escudo ideológico de sus intereses económicos, anclados en el feudalismo. Así se encontraron emperador y papa, poder del Estado e Iglesia, en la Inquisición, que se ensañó con los herejes, cuya incredulidad no era más que el pretexto del método de las confiscaciones de bienes, de las fuertes multas, del robo legalizado y de la lucha sistemática contra la clase burguesa que iba creciendo y que era portadora de un nuevo principio económico. El movimiento de los comuneros, en el que se había alzado la conciencia de sí de las ciudades castellanas, fue ahogado en sangre: el esperanzador florecimiento de la industria textil terminó en el caos de una crisis de la que nunca volvió a recuperarse; como representantes de la época del capitalismo temprano solo quedaron muchedumbres de lumpenproletarios que poblaban un país empobrecido, ciudades en ruinas y desiertos desolados. A la clase burguesa, colmada de golpe de una riqueza vertiginosa, pero precipitada con igual brusquedad en los abismos de la pobreza, no le alcanzaron las fuerzas para una revolución burguesa.
El comercio marítimo, que anudaba numerosos hilos entre el sur y el norte, había establecido en Brujas y más tarde en Amberes grandes emporios para la navegación del mar del Norte y del Báltico. Pronto los Países Bajos quedaron impregnados de capitalismo: eran el centro de todo el comercio europeo y la gran feria de todas las naciones. La burguesía, enriquecida y consciente de su valor, se aferraba tenazmente a lo conquistado y estaba decidida a defender la propiedad y los derechos de la propiedad en todas las circunstancias y contra todo peligro. Ese peligro vino de España, cuando Felipe envió a los Países Bajos al temido Alba para asegurar la continuidad de la corona española con el robo de las riquezas capitalistas. Bajo la presión del peligro, la burguesía neerlandesa se soldó en la unidad compacta de una clase capaz de resistir.
La revolución burguesa de los Países Bajos no tiene carácter agresivo. Es más bien una heroica lucha defensiva contra un poder enemigo que penetra desde fuera, más una defensa nacional que un enfrentamiento social. Pero precisamente en el reconocimiento de intereses económicos comunes, en la unión para acciones nacionales que de él se derivaba, había un factor importante para la consolidación de las fuerzas cuya suma era el capitalismo. La clase burguesa de los Países Bajos venció al poder de los españoles porque tenía bajo los pies el suelo de una economía más desarrollada y más sólida, ¡sin duda! Pero al vencer se consumó su vinculación en una nueva comunidad nacional y se proclamó la libertad política. La fuerte potencia económica vivía y se manifestaba con vigor en lo nacional y en lo político.
La lluvia de chispas de la revolución neerlandesa había prendido fuego al carcomido edificio de la economía feudal inglesa. El vuelco hacia el modo de producción capitalista se produjo muy deprisa: el comercio tendió su red sobre los mares, la industria a domicilio absorbió todas las fuerzas liberadas del campesinado empobrecido, ya brotaban del suelo grandes metrópolis comerciales e industriales con emporios, almacenes y escritorios, fábricas y bancos, astilleros y compañías de ultramar. Y en el Parlamento estamental la clase burguesa conquistaba una posición importante tras otra.
Por primera vez en la historia universal, el Parlamento se convirtió en Inglaterra en el campo de batalla donde se dirimían los intereses burgueses y capitalistas. Corona y saco del dinero, poder real y voluntad burguesa chocaron en las contiendas más violentas y encarnizadas. El rey se aferraba a prerrogativas y privilegios, monopolios y soberanía fiscal, mando supremo y derecho divino; la burguesía luchaba con toda su energía y tenacidad por la libertad de industria y de competencia, la seguridad de la propiedad y del producto del trabajo, el libre juego de las fuerzas, los mercados, el beneficio. Para quebrar el poder reaccionario de la corona, el Parlamento organizó bajo Cromwell un ejército que, tras extirpar la monarquía, se puso enseguida a asegurar la propiedad privada aplastando a los levellers y a conquistar en Irlanda y Escocia, para la necesidad de expansión del capital, una Britania mayor. Incluso cuando la burguesía, que dependía de la protección del militarismo, no pudo impedir el regreso de la monarquía, la despojó de todo poder efectivo en las cosas y cuestiones de la vida económica y rebajó su existencia al valor de lujo de un adorno decorativo que podía permitirse nolens volens.
En la revolución inglesa se manifiesta toda la fuerza y la resolución de la clase burguesa, ya firmemente arraigada en lo económico y emancipada en lo político, que rompe las viejas tradiciones en cuanto se le han vuelto un estorbo, no conoce sentimentalismos, sabe exactamente lo que quiere y no retrocede ante ningún paso que sus intereses le ordenen dar.
La más grandiosa de todas las revoluciones burguesas —la «gran Revolución»— tuvo lugar en Francia. No tiene igual en su ímpetu, en su carácter de clase y en su envergadura histórica. Los historiadores ven en ella el hito que marca el comienzo de la época nueva, de la época burguesa sans phrase.
Un estado mayor de los espíritus más brillantes había preparado ideológicamente la revolución, que se había vuelto inevitable por el hundimiento catastrófico del sistema feudal bajo Luis XIV y sus sucesores. El espíritu de las leyes de Montesquieu proporcionó los sillares para los cimientos de las posteriores constituciones revolucionarias; Rousseau trazó en su Contrato social la imagen de un nuevo estado de la sociedad; los enciclopedistas abogaron con mucho ingenio y celo por la «transformación del modo general de pensar»; Voltaire destruyó la aureola de las autoridades heredadas y propagó las nuevas leyes de una moral natural; Sieyès fundamentó con lógica implacable y elocuencia arrebatadora las pretensiones políticas del «tercer estado». Y mientras la masa de los pequeños burgueses y obreros hacía el tosco trabajo de peón, asaltando la Bastilla, marchando sobre Versalles, apoderándose de las Tullerías y arrastrando al rey al cadalso, la burguesía, según las intenciones de sus dirigentes políticos y consejeros intelectuales, hacía levantarse el edificio de un nuevo Estado que había de ser para ella un cómodo palacio residencial y para el proletariado una odiada fortaleza de opresión, asegurada militarmente. Todos los intentos de los estafados en los frutos de la revolución por obtener un derecho de codecisión dentro del nuevo orden fueron rechazados sangrientamente: Marat, los hebertistas, Danton y finalmente Robespierre, la cabeza ya incómoda de la república de la virtud, se quedaron en el camino. «¡Los bandidos han vencido!», exclamó Robespierre al ser detenido; en efecto, la burguesía ávida de botín llegó al timón. A los pequeños burgueses se les cargó con un peso fiscal insoportable; al proletariado se le negó el derecho de coalición. La libertad y la igualdad del sufragio desaparecieron bajo el brutal engaño del sistema bicameral, y la fraternidad sucumbió a la dictadura del Directorio. El desesperado intento de Babeuf1 de salvar en el último momento el comunismo traicionado terminó en el patíbulo. En cambio, a la burguesía le nació en Napoleón el héroe que había de bajarle de las nubes las coronas de la gloria y del éxito material. Quería producir, vender, ganar, conquistar el mercado mundial, amontonar riquezas. El capitalismo había de triunfar. Así el cesarismo de Bonaparte se convirtió en el último y verdadero ejecutor de la voluntad de poder de la burguesía, fundada en lo económico y fijada en lo político.
La línea de las revoluciones burguesas, que alcanzó su punto culminante en Francia, sufrió una brusca caída en la revolución alemana de 1848.
El desarrollo capitalista iniciado en la Edad Media, que había recibido impulso y alimento del comercio con Oriente y el Levante de las ciudades del norte de Italia y había irradiado sus reflejos ideológicos en la Reforma, se había ido extinguiendo lentamente tras el desplazamiento de las rutas comerciales, hasta apagarse por completo. El feudalismo había vuelto a echar raíces: con la guerra de los campesinos y la guerra de los Treinta Años se había sangrado al pueblo con tal fuerza que soportó durante siglos, con muda resignación, el yugo de la más negra reacción. Todavía hacia 1800 la forma de explotación predominante era el pequeño artesanado. Allí donde el capitalismo había pasado a la producción, llevaba una existencia mísera en la industria a domicilio o en las manufacturas estatales, bajo la porra policial del afán reglamentista mercantilista. Solo cuando Napoleón abrió por la fuerza de las armas los mercados orientales al afán de lucro de sus mandantes capitalistas, y sobre todo cuando, en su lucha de rivalidad con Inglaterra, decretó el bloqueo continental, entró una corriente de aire fresco en la sofocante y estrecha habitación de criados prusiano-alemana. Pronto traquetearon las máquinas, las fábricas brotaron del suelo, y en Renania, Sajonia y Turingia se desarrolló una gran industria. La burguesía empezó a despertar como clase y a presentar sus reivindicaciones políticas. Pero, como en todas partes, la corona y la nobleza, representantes del sistema feudal, se le cruzaron en el camino. A la demanda de una constitución que hiciera justicia a las reivindicaciones de la clase burguesa respondieron los Hohenzollern con persecución, palabra quebrantada y escarnio provocador. Finalmente, la revolución de febrero de 1848 en París desencadenó, como un débil eco, la revolución alemana. El hecho de que el impulso definitivo para el levantamiento contra situaciones y privilegios anticuados viniera de fuera y encontrara una burguesía que, cobarde y sin escuela política, no había llegado aún a la cohesión de una clase revolucionaria, tuvo como consecuencia que el movimiento no bastara para destrozar los fundamentos estatales existentes y crear un Estado unitario con formas republicanas, como las que correspondían a los intereses de la economía capitalista ascendente. La burguesía alemana se contentó con el magro éxito de medias libertades, concesiones mancas y compromisos podridos. Dejó la dirección de la revolución a una camarilla de ideólogos confusos y rivales, mientras los portadores del desarrollo industrial, asustados por los objetivos de clase que el proletariado francés hacía valer con gran energía, volvían a refugiarse rápidamente en los brazos abiertos de par en par de la reacción principesca. Más aún: cuando en París la batalla de junio hubo barrido a metralla al proletariado combatiente y la reacción sintió el aire libre de nuevo para alzar la cabeza con más insolencia que nunca, también estos míseros resultados se le volvieron a perder a la burguesía en Alemania. Se renunció a las ambiciones políticas, se contentó uno con el negocio de hacer beneficios y se siguió viviendo en el servilismo de siempre.
Fue finalmente Bismarck quien, con el medio de la política dinástica prusiana, ayudó a la burguesía a desempeñar su papel histórico. En el camino hacia un Estado alemán unitario bajo hegemonía prusiana, que ofrecía al capitalismo, en rápido crecimiento, un gran mercado y le abría nuevas posibilidades de desarrollo, eliminó en 1866 a Austria como competidor político y en 1870-71 a Francia como competidor económico. Con el sufragio para el Reichstag concedió a la burguesía un derecho de codecisión política. A la cabeza del Imperio puso una monarquía imperial semiabsolutista, símbolo del compromiso contraído entre el poder feudal y la burguesía, entre la corona y el saco del dinero.
Cuando Alemania se hundió tras cuatro años de guerra mundial, la burguesía, que entretanto se había fortalecido colosalmente, encontró la fuerza de la desesperación para poner fin de golpe al compromiso, que se había convertido en un peligro para su dominación y su existencia. Puesta a elegir entre el trono y la caja fuerte, se decidió sin vacilar por esta última, arrojó por la borda a emperadores y reyes, instauró la república, se dio una nueva constitución y consumó —con la activa ayuda de la clase obrera organizada en partidos y sindicatos— la revolución burguesa de 1848.
La última en la serie de las grandes revoluciones burguesas de Europa ha sido la revolución rusa.
El feudalismo ruso, un coloso económico de una primitividad y una resistencia de oso, al que el despotismo del zarismo prestaba la forma política, había sufrido con la guerra contra el Japón una sacudida que liberó en el acto fuerzas en las que se expresaba la necesidad de libertades e innovaciones políticas de las capas que habían pasado al modo de producción capitalista. Pero la demanda de una constitución por parte de la burguesía se vio enseguida ampliada y reforzada por la reivindicación del proletariado industrial de salarios mínimos, jornada de ocho horas, protección obrera, derecho de coalición y de huelga, sufragio libre, etc. Porque este era un factor nuevo, nunca registrado hasta entonces en las revoluciones burguesas: la revolución rusa tuvo desde el principio un fuerte componente proletario-socialista. Es cierto que también en levantamientos anteriores partes mayores y menores de la clase obrera habían combatido y derramado su sangre, pero siempre habían sido meros apéndices y tropas de séquito de la clase burguesa. Incluso en la revolución alemana de 1848 los combatientes de marzo de Berlín habían caído como simples obreros, la mayoría desconocidos, no como proletarios conscientes y luchadores de clase. En Rusia, en cambio, apareció por primera vez en el escenario de la historia el proletario de la socialdemocracia, separado del papel político de la burguesía, con reivindicaciones y objetivos revolucionarios propios. Es cierto que la primera fase, desde la marcha de las masas que acudían con su petición al Palacio de Invierno del zar bajo la dirección del pope Gapón hasta la promulgación del Manifiesto de Octubre, siguió aún el curso típico de todas las revoluciones burguesas en que se trata de objetivos liberales. Pero ya en la fase siguiente las voces burguesas y liberales, de por sí apocadas y demasiado débiles para la sordera de la reacción rusa, se perdieron en el huracán atronador de las reivindicaciones de masas de proletarios privados de derechos y de campesinos atormentados hasta la sangre, empobrecidos y desamparados.2 Aunque la contrarrevolución, firmemente arraigada, lograra arrebatar de nuevo al elemento burgués las primeras concesiones parlamentarias y jurídicas y ahogar el grito revolucionario de las masas con ejecuciones sangrientas y tras los muros de los presidios, con ello solo ganó un aplazamiento, pero no la salvación. Al contrario: la fuerza de la revolución, represada por la violencia, se descargó, después de que tres años de guerra mundial soltaran sus cadenas, en una explosión de tal fuerza que todo el sistema del zarismo se esparció como pólvora sin dejar rastro. A la débil voz de la burguesía rusa correspondía, desde luego, una energía escasa: no fue capaz de resolver su tarea histórica. Entonces el proletariado echó mano a la rueda y se apoderó del poder de gobierno. Concertó la paz, proclamó la dictadura del proletariado y se dispuso a hacer surgir, del caos del mundo del zarismo en su ocaso, la estrella danzarina del socialismo.
Si en 1917 hubiera vencido el imperialismo de la burguesía rusa, conquistado Constantinopla y alcanzado todos sus objetivos de guerra, en Rusia habría comenzado una época burguesa y liberal según el modelo inglés, francés y alemán. Pero la guerra mundial había quitado el suelo bajo los pies no solo al viejo despotismo feudal, sino también a cualquier gobierno burgués capitalista mínimamente imaginable. Porque el capital extranjero había sido expulsado; el nacional, de por sí poco desarrollado, estaba destruido. El fiasco de los Miliukov, Guchkov y Kerenski era, pues, inevitable. Finalmente, para llegar siquiera a poner fin a la guerra, no quedó más que el proletariado como portador del poder del Estado y ejecutor de la voluntad popular.
Pero el proletariado estaba bajo la dirección política de los intelectuales, que se habían formado en el espíritu de la socialdemocracia de Europa occidental. Eran socialistas y querían el socialismo. Y la conquista del poder del Estado en Rusia pareció ofrecerles de manera concreta el instrumento para realizar la idea socialista.
El mundo de la época asistió a una sensación: la revolución rusa, hasta hacía un momento una revolución burguesa tardía y endeble, se transformó en un abrir y cerrar de ojos en una revolución proletaria. El comienzo y el fin de la época burguesa coincidieron en uno.
¿Era realidad o espejismo?
II. El problema ruso
La tarea histórica de la revolución burguesa es superar el absolutismo de la época feudal y ayudar al capitalismo, como sistema económico, a alcanzar validez jurídica y reconocimiento social por los cauces del orden estatal burgués y liberal.
En todos los países de economía antes feudal y de forma de dominación absolutista, la revolución burguesa ha cumplido esta tarea.
Nunca tuvo el fin ni la vocación de tocar, y menos aún de abolir, el principio de la base económica y del orden social que descansa en ella, es decir, la propiedad privada de los medios de producción. Solo cambió en cada caso la clase que, como representante de este principio, ejercía la dominación sobre el conjunto.
Mientras que en la época feudal esa clase es la nobleza, que, apoyada en la propiedad privada de la tierra, ejerce la dominación en el Estado patriarcal, dividido en estamentos y administrado despóticamente, con el monarca a la cabeza, en la época capitalista la burguesía —como propietaria privada de mercancías y dinero— asume [el mando], que se establece en el Estado constitucional con parlamento y gabinete, del modo más ideal en la forma de la república parlamentaria.
La revolución burguesa encontró en todas partes donde apareció a la clase burguesa. Esta era más o menos consciente de su misión histórica. También había preparado el movimiento revolucionario, por lo menos en lo económico, a menudo también en lo ideológico. Bajo la presión de necesidades ineludibles que resultaban del conflicto entre las tendencias viejas y las nuevas, se había convertido finalmente en portadora de la acción revolucionaria y había conquistado el poder político para utilizarlo inmediatamente después de la victoria en la construcción del orden estatal y social burgués.
Únicamente el resultado de la revolución, que consiste en que el orden económico capitalista y el orden social adecuado a él son sus frutos, determina su carácter de revolución burguesa. El hecho de que también capas proletarias formen una parte, ora menor, ora mayor, de los combatientes revolucionarios no cuenta para determinar el carácter histórico de la revolución. Incluso cuando el proletariado ya está formado como clase y marcha en la revolución con objetivos políticos de clase propios, e incluso quizá influye considerablemente en su curso o llega a dominarlo, nada cambia en el carácter histórico de la revolución. El componente proletario, débil o fuerte, de una revolución burguesa puede retrasar o acelerar su curso, desviarlo o perturbarlo temporalmente, puede desdibujar o desfigurar pasajeramente su rostro, puede menoscabar su éxito o ponerlo en peligro por un tiempo, pero no puede cambiar nada en la esencia de la revolución, en su consistencia económico-social, en su carácter histórico, que manifiesta su principio. También en el Estado burgués y en el ejército los proletarios constituyen el contingente más fuerte, forman un gran componente de clase, y sin embargo nadie se sentirá tentado por ello a llamar proletario al Estado burgués o a hablar de un ejército proletario. Incluso el Ejército Rojo de la Rusia soviética, que se compone exclusivamente de campesinos y proletarios, es una maquinaria militar construida según el modelo burgués y que funciona según las leyes de la política de Estado burguesa, y solo la demagogia política con intención de engañar puede llamarla ejército proletario.
Donde y cuando capas proletarias desempeñan un papel en la revolución burguesa, aparecen siempre en el séquito de la clase burguesa, en parte como gladiadores a sueldo, en parte como simpatizantes, en parte como tropas políticas auxiliares de orientación confusa. Forman a menudo el tronco, casi siempre la cola del movimiento, nunca la cabeza. Esta está siempre en los comerciantes, banqueros, políticos profesionales, abogados, intelectuales, literatos. Aquí se formulan las reivindicaciones, se elaboran los programas, se fijan los objetivos, se dan las consignas. Aquí se hace política burguesa. De aquí recibe su impronta el rostro histórico de la revolución.
En las primeras revoluciones burguesas el proletariado no podía presentarse en absoluto como clase, porque como tal aún no estaba suficientemente desarrollado. Solo en Inglaterra empezó a delimitarse como clase frente al grueso de la burguesía, agrupada en fuertes organizaciones. Pero todavía estaba fuertemente mezclado con elementos pequeñoburgueses y sus programas nunca fueron más allá del radicalismo de esas capas. Así, los levellers, junto con las sectas puritanas de izquierda, marchaban ciertamente a la cabeza de los combatientes revolucionarios, pero toda su actitud ante el problema revolucionario siguió presa de la ideología de su tiempo, que en el mejor de los casos era burguesa. El eje de toda orientación burguesa es que se mantenga la propiedad privada. En la medida en que grupos y sectas radicales atentaron contra ella, lo hicieron a partir de un cristianismo primitivo mal entendido, cuyos postulados, interpretados demasiado al pie de la letra, habrían estado condenados al fracaso ya en los primeros intentos de realizarlos, porque todas las condiciones del medio económico-social se les oponían.
También en la Revolución francesa faltó el proletariado como clase; la madurez desarrollada de la clase burguesa no le dejó siquiera surgir. Ni siquiera sesenta años más tarde, en la revolución francesa y en la alemana, salió a la luz un componente proletario de clase.3 Solo media generación después comenzó la labor de agitación de Lassalle, con el fin de encauzar, despertando el sentimiento de clase en el proletariado, la educación paulatina en la conciencia de clase.
La revolución rusa solo podía ser desde el principio —según sus condiciones históricas— una revolución burguesa. Tenía que barrer el zarismo, allanar el camino al capitalismo y ayudar a la burguesía a montar en la silla política.
Por un encadenamiento insólito de circunstancias, la burguesía se vio incapacitada para desempeñar su papel histórico. El proletariado, que saltó al escenario en su lugar, se hizo ciertamente dueño de la situación en aquel momento con un despliegue inaudito de energía, audacia, presteza e inteligencia, pero en lo sucesivo cayó en un funesto atolladero.
Según el esquema de fases del desarrollo, tal como lo formuló y defendió Marx, en Rusia al zarismo feudal tenía que seguir el Estado burgués capitalista, cuyo creador y representante es la clase burguesa.
Pero en el poder de gobierno no se sentaban desde 1917 burgueses, sino proletarios, que negaban el Estado burgués capitalista y estaban decididos a llevar a cabo una reorganización económica y social en el sentido de la teoría socialista.
Entre feudalismo y socialismo se abría un hueco de unos cien años, por el que el sistema de la época burguesa caía sin haber nacido y sin haberse aprovechado.
Los bolcheviques no emprendieron ni más ni menos que saltarse en Rusia, con un audaz salto mortale, toda una fase de desarrollo.
Aun admitiendo que contaban con la revolución mundial, que había de acudir en su ayuda y compensar el vacío del desarrollo interior con el apoyo del gran fondo cultural de fuera, este cálculo era una temeridad, porque solo se apoyaba en una vaga esperanza. Temerario fue también el experimento que nació de este cálculo.
El primer acto del gobierno bolchevique fue la conclusión de la paz en Brest-Litovsk. Pero este tratado, concertado con un gobierno burgués altamente capitalista, fue un acto de política burguesa. Una revolución verdaderamente proletaria se habría mantenido en actitud hostil, habría seguido inmovilizando las fuerzas armadas alemanas para frustrar la victoria del imperialismo alemán en el oeste y, por su parte, habría movilizado todas las fuerzas para impulsar la revolución mundial. Rosa Luxemburg dio en su momento la expresión más tajante a esta concepción.
En relación con la conclusión de la paz, los bolcheviques se declararon a favor del derecho de autodeterminación de las naciones, en virtud del cual se produjo la separación de Finlandia, Polonia, los países bálticos, Ucrania y el Cáucaso de Rusia. Esta consigna era fruto de una orientación política burguesa. La consecuencia fue, por un lado, el Estado nacional ruso, que no es un objetivo proletario, y, por otro, el hundimiento de la revolución proletaria en los Estados separados. Una revolución proletaria habría tenido que demostrar aquí su solidaridad por encima de todos los mojones fronterizos y barreras nacionales.
Pero el mayor pecado lo cometieron los bolcheviques con el reparto de la gran propiedad agraria entre los campesinos. Con ello los campesinos obtuvieron propiedad privada. Pero el socialismo no ha de comenzar con la introducción, sino con la supresión de la propiedad privada. La medida fue, pues, una bofetada a la idea socialista. Tan natural como habría sido como acto de gobierno de un poder estatal burgués (como en la época de la Revolución francesa), tan indiscutible, incluso grotesca, es como expresión de una política proletaria. Porque el campesinado convertido en propietario privado, alrededor del 85 por ciento de la población de Rusia, quedó así directamente llamado a la hostilidad contra el socialismo.
La consecuencia de esta política se manifiesta en la oposición infranqueable entre campo y ciudad, entre campesinado y proletariado industrial. Llevó al boicot de las ciudades, a la negativa a entregar víveres, al sabotaje de las organizaciones estatales de abastecimiento por parte del campesinado de mentalidad capitalista, a una política en la dirección de los intereses campesinos, a una capitulación ante el beneficio. En efecto, el gobierno bolchevique ha tenido que seguir este camino. Mientras que todavía en 1917 se apoyaba en los sin tierra y los campesinos pobres constituían, junto a los proletarios industriales, sus seguidores más seguros, ahora está con los campesinos acomodados, crea arrendatarios y grandes propietarios, libera el comercio de cereales y permite y fomenta así el surgimiento de un campesinado con intereses capitalistas, cuyos negocios políticos gestiona.
Paralelamente, por los mismos carriles burgueses, ha transcurrido la política económica respecto a la industria. Los bolcheviques llevaron a cabo la nacionalización de la industria, de los medios de transporte, los bancos, las fábricas, etc., y despertaron así de manera muy general la creencia de que se trataba de medidas socialistas. Pero nacionalización no es socialización. Mediante la nacionalización se puede llegar a un capitalismo de Estado de gran escala, rígidamente centralizado, que frente al capitalismo privado puede presentar diversas ventajas. Pero sigue siendo capitalismo. Y por más vueltas que se le dé, con él no hay escapatoria del hechizo de la política burguesa. Así se ha llegado también en Rusia a grandes concesiones a capitalistas extranjeros, a quienes se han entregado riquezas del subsuelo y fuerza de trabajo para su explotación, con participación del Estado en los beneficios. La Bolsa ha vuelto a abrirse. Un ejército de comerciantes, empresarios, agentes, corredores, banqueros, estraperlistas, especuladores y agiotistas ha vuelto a presentarse y a anidar. Por el decreto del 27 de mayo de 1921 se reconoce de nuevo expresamente el derecho de propiedad sobre fábricas y talleres, instalaciones industriales y comerciales, instrumentos y medios de producción, productos agrícolas e industriales, capitales financieros, el derecho sobre las invenciones, los derechos de autor, las marcas de fábrica, el derecho a tomar hipotecas o prestar dinero, así como el derecho de herencia testamentaria o legal. Con ello el orden burgués queda restablecido en toda su extensión y en todas sus partes esenciales.
A él pertenece también, junto a la jurisdicción burguesa, cuya construcción organizativa está en marcha, el Ejército Rojo, que es un ejército completamente burgués y funciona en el sentido de los intereses burgueses y capitalistas. En el marco de una política dictada en primer lugar por la protección del beneficio agrario, constituye el arma más afilada para la defensa de la tierra, primero contra los Kolchak, Denikin, Wrangel, etc., pero tarde o temprano también contra las reivindicaciones de la revolución proletaria y socialista.
Y no en último lugar, una expresión flagrante de política burguesa es la dictadura de los dirigentes del partido comunista instaurada en Rusia, a la que se llama falsamente dictadura del proletariado. Tras esta pantalla protectora antirrevolucionaria se esconde, como todo el mundo sabe, la omnipotencia de un pequeño puñado de personas que son las dueñas de la burocracia de los comisariados, organizada de manera autoritaria y centralista. Como zarismo vuelto del revés, este dictado del partido es un asunto completamente burgués.
Ya estas pocas constataciones muestran y demuestran que el gobierno ruso, en contra de su intención sin duda honrada de hacer una política proletaria y socialista, se ha visto empujado a cada paso por el poder de los hechos a una política burguesa y capitalista.
Incluso allí donde logró durante algún tiempo desarrollar gérmenes de una revolución social y crear rudimentos de un orden económico y social de carácter socialista, su esfuerzo terminó finalmente en un fracaso, de modo que se vio obligado a desmantelar los intentos y experimentos.
Y cuando los mejores y más honrados de los combatientes por una revolución social se opusieron a ello, los gobernantes bolcheviques no retrocedieron ni un minuto ante la idea de arrojarlos por centenares y millares —enteramente según el método burgués, capitalista y zarista— a los presidios, deportarlos a Siberia o condenarlos a muerte. Un Trotski hizo de verdugo de los marineros de Kronstadt con la misma sangre fría con que un Galliffet hizo masacrar a revolucionarios franceses y un Noske a revolucionarios alemanes.
Fue un error histórico creer que la revolución rusa era el comienzo de una revolución social. Y despertar y mantener esta creencia en la cabeza de los proletarios equivale a un engaño demagógico.
Si los socialistas del gobierno ruso, tras la victoria sobre el zarismo, opinaban que se podía saltar una fase del desarrollo histórico y realizar el socialismo de manera constructiva, habían olvidado el abecé del conocimiento marxista, según el cual el socialismo solo puede ser el resultado de un desarrollo orgánico que tiene como presupuesto indispensable el capitalismo llegado a su madurez extrema. Han tenido que pagar este olvido con un rodeo grande, penoso y lleno de sacrificios, al cabo del cual, pasado mucho tiempo, desembocan en el capitalismo.
Implantar el capitalismo y organizar el Estado burgués es la vocación histórica de la revolución burguesa. La revolución rusa fue y es una revolución burguesa, ni más ni menos; el fuerte componente socialista no cambia nada en lo esencial. Así cumplirá su tarea, despojándose tarde o temprano de los últimos restos de su comunismo de guerra y descubriendo el rostro de un capitalismo cabal y verdadero. Las luchas dentro del partido bolchevique anuncian esta decisión y, con ella, el fin de la dictadura del partido bolchevique. La línea del desarrollo no está aún del todo [clara: si] una coalición de partidos que acelere o suavice el curso del período capitalista, o un Bonaparte que lo agrave y lo prolongue; ambas cosas son posibles.
El paralelogramo de fuerzas encontrará la diagonal correcta.
III. El Estado burgués capitalista
El orden económico burgués se basa en la posesión de capital, la producción de mercancías, la explotación de asalariados y la obtención de beneficio.
El Estado burgués es la organización del poder público y jurídico en un mecanismo de dominación que asegura el funcionamiento y el éxito del orden económico burgués. Todas las fuerzas y medios, materiales e ideales, de que dispone el Estado están directa o indirectamente al servicio del capital. La facultad de disponer del poder del Estado está en manos de la clase burguesa. Esta recibe las directivas para el uso del poder del Estado de las necesidades económicas. En interés de la máxima eficacia en ese uso, la organización del Estado se ha hecho a la medida de estas necesidades económicas.
En la economía capitalista el capitalista es el amo del proceso de producción. Compra las materias primas, posee los medios de producción, determina el procedimiento de producción, vende la mercancía, se embolsa el beneficio. Construye las fábricas, busca los mercados, abastece a la clientela, regula la circulación del dinero, paga el salario. Es comandante, representante, instancia suprema. Tiene el dinero. Es la autoridad.
Como en la economía, así en el Estado. El capitalista exige libertades que el Estado feudal le negaba: libertad de comercio, libertad de industria, libertad de competencia. Necesita la libertad de circulación y residencia, la liberación de las cargas feudales y de las barreras gremiales, el derecho de autodeterminación, el derecho de la personalidad. Reclama la garantía de sus títulos de propiedad, la protección legal del proceso de explotación, la legitimación del beneficio, la sanción social de su autoridad.
En la teoría política del liberalismo están consignados todos los puntos de vista y principios según los cuales el burgués capitalista quiere que se organice su Estado, el Estado burgués capitalista. Todas las reivindicaciones y metas liberales, encaminadas a crear y asegurar al capitalismo la más plena libertad de desarrollo, se entretejen aquí en un sistema. El anclaje filosófico de este sistema está en el individualismo, tal como lo fundaron y construyeron en Inglaterra Locke, Shaftesbury y Hume; en Francia Bayle, Voltaire, Helvétius, Rousseau y los enciclopedistas; en Alemania Leibniz, Lessing y Fichte. Iniciada como «Ilustración», esta escuela filosófica se había apoderado primero en Inglaterra —donde tras la revolución había quedado libre el camino para el desarrollo sin trabas de los intereses materiales burgueses— de los terrenos político y social, y había encontrado finalmente su formulación y su acento más fuerte en el principio del liberalismo manchesteriano: «Laisser faire, laisser aller» (¡Dejad hacer, dejad pasar!). Toda la atmósfera de la gran Revolución francesa está dominada por el espíritu del individualismo burgués, que allí se manifestó, como respuesta a la dura opresión de las viejas condiciones estatales y eclesiásticas, en los gestos más audaces y las exaltaciones más fuertes. En Alemania, cuya clase burguesa se distinguió desde el principio por su falta de impulso y su calculada sumisión, el contenido filosófico de ideas del individualismo se desvaneció muy pronto en un egoísmo prosaico que se desahogaba sobre todo en lo material. La clase burguesa tampoco produjo de sus filas hombres de Estado que hubieran gestionado sus negocios: confió sus intereses al junker Bismarck, que —según sus propias palabras— veía su tarea en criar millonarios. Los millonarios simbolizan la autoridad burguesa capitalista.
Así, la clase burguesa, en cuanto ha ganado el poder sobre el feudalismo, llega a un orden estatal hecho a su necesidad, en su interés, para su provecho. Sus deseos son decisivos, su posición resuelve. Porque ella es la autoridad. Su Estado es un Estado autoritario.
En la economía capitalista todas las mercancías desarrollan la tendencia a ir al mercado para ser intercambiadas allí. Ese mercado puede ser una tienda, unos grandes almacenes, un mercado anual, una feria o el mercado mundial. El mercado es el punto hacia el que tiende la fuerza centrípeta de todas las mercancías. Pero es también el punto desde el que la fuerza centrífuga vuelve a dispersar todas las mercancías en cuanto han sido intercambiadas, es decir, han cumplido su fin capitalista. Si la mercancía se llama dinero, el mercado se llama Bolsa o banco. El mercado está siempre en el centro de un proceso que actúa en dos direcciones. El mercado es el centro.
A la ley de movimiento de la economía capitalista corresponde la del Estado burgués. Todas las fuerzas de la administración se reúnen en un punto, reciben allí sus órdenes y actúan después centrífugamente hacia fuera. La burocracia se escalona hasta su cúspide más alta, el ministro; la organización del ejército, hasta el generalísimo; allí se toma la decisión, se da la orden, se dicta la disposición; y con la precisión de un aparato mecánico la organización funciona en el sentido de la cúspide, del centro, hasta su última ramificación y su órgano más bajo. Solo el órgano central es independiente; es el cerebro y piensa por el conjunto. Su decisión es definitiva; hay que obedecerla incondicionalmente. Reinan un orden y una disciplina rigurosos.
En la época feudal, cuando cada dominio señorial con sus siervos formaba una pequeña unidad económica más o menos cerrada en sí misma y abandonada a sí misma, la facultad de disposición del individuo no tenía gran margen. Uno estaba junto al otro y cada cual era libre en igual medida y su propio señor. El sistema de organización en que cada parte de un todo goza de plena independencia se llama federalismo. El Estado feudal había sido, pues, un Estado federalista.
La burguesía había sacado de las condiciones de su economía capitalista la convicción de que el centralismo era muy superior al federalismo. Sobre todo en la medida en que reunía en un todo todas las fuerzas dispersas y aisladas, las ponía [al servicio] de una voluntad única y ganaba así la capacidad para grandes acciones. Cuando el capitalista reunió a los artesanos en la fábrica, pasó de la industria a domicilio a la cooperación y desarrolló finalmente esta en manufactura, recorrió escuelas prácticas del centralismo. Todas las experiencias y conocimientos así adquiridos los aprovechó entonces la clase burguesa al levantar su estructura estatal. Necesitaba un gran mecanismo unitario que obedeciera a cada presión del dedo en el lugar más alto. Un mecanismo en el que ella, la pequeña minoría, pudiera ser el cerebro, dando órdenes, imponiendo su voluntad. Y en el que la gran masa, el proletariado, estuviera sometida a su dominación mediante un orden y una disciplina rigurosos. Este mecanismo lo proporcionó el sistema de organización centralista. Era el que mejor y con más seguridad hacía posible la dominación de pocos sobre muchos. Así se creó la burguesía su Estado como Estado centralista.
En la economía capitalista la producción de mercancías se convierte pronto en producción en masa. Pero la capacidad de absorción de los mercados existentes se satura con rapidez. Se hacen necesarias nuevas y mayores salidas. El capitalismo desarrolla una fuerza de expansión que amenaza con hacer saltar las estrechas fronteras del Estado. Así, todo joven Estado capitalista intenta convertirse en un Estado mayor mediante guerras, conquistas, adquisiciones coloniales, etc. Para ello hace falta una determinada preparación e influencia intelectual y anímica sobre los ciudadanos. Una determinada ideología que interprete el afán de ampliación y expansión en interés del beneficio como expresión de fuerzas y necesidades ideales y que, mintiendo, convierta las conquistas guerreras en servicios al bien común. Esta ideología inventa el concepto de nación, se aprovecha de los sentimientos de patria y terruño y abusa de ellos con fines de enriquecimiento del egoísmo de clase. Opera con el interés nacional (los «Belange»4), el honor nacional, los deberes nacionales y la responsabilidad nacional hasta llegar a la guerra nacional, que se falsea como guerra de defensa nacional. Para hacer la guerra se ha procurado un ejército nacional, ha convertido las escuelas en lugares de instigación nacional, ha cultivado en los partidos nacionales una fraseología nacional especial, que proporciona a cualquier guerra de rapiña y conquista, por patente que sea, la justificación intelectual y moral necesaria. Cuando el SPD defendió de 1914 a 1918 la guerra mundial como guerra nacional, y el KPD, durante la invasión del Ruhr, apoyó al lado de Schlageter5 la defensa nacional de la cuenca del Ruhr, ambos partidos demostraron su carácter de órganos auxiliares nacionales del Estado burgués, que es siempre un Estado nacional.
La economía capitalista, una vez que ha entrado en el estadio de la gran empresa y, más allá, en el de la formación de sociedades anónimas, se ha creado un aparato administrativo complicado y muy adecuado a sus necesidades. En él todas las fuerzas están bien equilibradas entre sí, todas las funciones sabiamente repartidas, todos los efectos particulares unidos en un efecto de conjunto exacto. La técnica de la máquina es su modelo.
A grandes rasgos, la estructura administrativa de una gran empresa moderna es esta: los propietarios nominales y, por tanto, los interesados efectivos, es decir, los verdaderos usufructuarios de la gran empresa capitalista, son los accionistas. Estos se reúnen en la junta de accionistas, que toma decisiones importantes, ejerce el control, pide informes, aprueba la gestión, contrata al personal directivo y aprueba los sueldos. De la junta de accionistas sale el consejo de administración,6 que vigila la gestión, toma las últimas decisiones, es la instancia suprema en todas las cuestiones vitales de la empresa, pero que es, con todo, responsable ante la junta de accionistas.
Una imagen de esta maquinaria administrativa de la gran industria es el Estado burgués. En el parlamento se sientan los mandatarios del electorado, una gran asamblea de accionistas con derecho a voto que, deliberando y decidiendo, dotados de importantes atribuciones, deciden sobre la suerte del conjunto del Estado. De su seno sale el consejo de administración, el gabinete de gobierno, que tiene el encargo de velar en particular y con redoblada vigilancia por los intereses a los que sirve la actividad de la maquinaria estatal. Los miembros del gabinete (ministros) representan al Estado como su cúspide suprema, vigilan el trabajo de la burocracia administrativa que les está subordinada, establecen las grandes conexiones con las firmas competidoras del extranjero, es decir, con los Estados capitalistas extranjeros, pero siguen siempre dependiendo del parlamento y siendo responsables ante él; él los nombra y los revoca.
Como en la junta de accionistas, también en el parlamento se despachan y aprueban a menudo cuestiones y proyectos que ya están listos y acabados y solo pasan en apariencia por la votación. Ya han sido despachados y decididos en otro lugar, cuyo peso domina con más o menos fuerza el voto de la junta de accionistas o del parlamento. Ese otro lugar es idéntico a los despachos de los grandes bancos o de los capitanes de industria. Aquí, donde se toman las decisiones más importantes de la economía capitalista, se adoptan también los acuerdos decisivos de la política burguesa. Y por las mismas personas en el mismo asunto. Porque la política no es otra cosa que la lucha por la salvaguardia jurídica de los intereses económicos, es la defensa del beneficio con las armas de los artículos de la ley, el aseguramiento del sistema capitalista de explotación con los medios del poder del Estado.
Con infatigable celo ha trabajado la burguesía en el desarrollo de su forma de Estado y en el despliegue de su legislación. Encontró para ello su máquina auxiliar más fiable en el parlamento, que a su vez encontró sus órganos auxiliares en los partidos. Hoy, llegado a la cúspide más alta del desarrollo capitalista, el gran capital siente como un estorbo el poder del parlamento y de los partidos. Se sustrae a él mediante leyes de plenos poderes, dictadura militar y desplazamiento de competencias importantes a otras corporaciones en las que los representantes del capital, de los consorcios económicos, tienen la preponderancia (el Consejo Económico del Reich7). En los círculos del gran capital ya no se oculta hoy en absoluto la abierta hostilidad al parlamento y al parlamentarismo; incluso se discuten sin reparo, a la luz pública, los atentados dirigidos contra el parlamento y el gobierno parlamentario. El moro Parlamento ha cumplido su deber.8 Cuando se consideró la idea de un directorio en sentido bonapartista, el señor Minoux estaba designado como detentador supremo del poder. El señor Minoux: el director general de Stinnes.9
IV. Parlamento y partidos
La legislación se rige siempre, en su carácter, su contenido y sus resultados, por los intereses económicos de la época de que se trate, y precisamente por los intereses económicos determinantes de la clase predominante. En la época burguesa esa clase es la burguesía. Así, el parlamento recibió la tarea de revisar o derogar las viejas leyes según las necesidades de la burguesía y de responder con leyes nuevas a las tareas de la época.
En el último tramo de la época feudal había existido ya una especie de parlamento: la asamblea de los estamentos. En su lucha con los estamentos —primero la nobleza, más tarde sobre todo el mundo de las finanzas y del comercio, de cuya ayuda material dependía—, el príncipe había elegido o sorteado representantes de los distintos estamentos económicos y profesionales y los había reunido en una corporación. Pero esta corporación solo podía expresar deseos, hacer propuestas, emitir dictámenes: la asamblea de los estamentos no era competente para acordar y promulgar ella misma las leyes. Finalmente, a la asamblea de los estamentos se había añadido en algunos lugares una segunda corporación, que procedía más del pueblo y a veces salía ya de elecciones, de modo que se distinguía entre una primera y una segunda cámara (Cámara de los Señores y Cámara de Diputados). Pero las competencias de ambas cámaras estaban siempre muy limitadas por el poder del príncipe. Los verdaderos parlamentos, con toda la fuerza legislativa, salidos de elecciones públicas, fueron en todas partes conquista de la revolución burguesa.
La clase burguesa, como sabemos, defendía en su ideología política el principio de la democracia. Era, pues, partidaria de la libertad y la igualdad. Pero solo de la libertad que ella entendía, es decir, en la medida en que entraba en consideración para las necesidades de su economía del beneficio, y solo de la igualdad que podía expresarse en artículos sobre el papel sin estar confirmada y realizada por la igualdad de las circunstancias sociales. Respetar y confirmar la libertad y la igualdad frente al proletariado no se le pasaba ni en sueños por la cabeza; menos aún admitía frente a él el principio de la fraternidad.
Y, sin embargo, la sociedad burguesa no es en modo alguno una clase unitaria. Encierra más bien en sí una multitud de capas, grupos y categorías económicas y, en consecuencia, una multitud de intereses económicos diferentes. El comerciante al por mayor tiene otros intereses que el minorista; el propietario de la casa, otros que el inquilino; el comerciante, otros que el campesino; el comprador, otros que el vendedor. Pero todos los diversos grupos y categorías querían y debían ser tenidos en cuenta en la legislación. Tenían tanta más perspectiva de serlo cuanto mayor fuera el número de representantes de sus intereses en el parlamento. Por eso cada capa o grupo procuraba reunir en las elecciones parlamentarias el mayor número posible de votos para sus candidatos. Para dar fuerza y duración a su agitación se unieron en asociaciones electorales, de las que, con órganos más firmes y programas más conscientes de sus fines, salieron los partidos. Como quiera que se llamaran estos partidos, cualesquiera que fueran los programas que establecían, los bienes altos y sagrados por los que abogaban, las bellas frases y los lemas que empleaban, su lucha, al aspirar a la influencia política, se dirigía siempre a intereses económicos bien determinados. Así, el partido conservador, que quería ver preservados (es decir, conservados) la forma de Estado, el reparto del poder y la ideología heredados, era el punto de reunión de la casta feudal de los grandes terratenientes. Los grandes industriales interesados en el Estado nacional, que rendían homenaje al liberalismo de la era capitalista, formaban el partido de los nacional-liberales. Los pequeños burgueses, a quienes la libertad de opinión y la igualdad jurídica parecían conquistas deseables y meritorias, se encontraban en los partidos demócratas y progresistas.10 La clase obrera no tuvo al principio partido propio, porque aún no había comprendido que constituía una clase propia con intereses y objetivos políticos propios. Así, se dejó atrapar por los demócratas o los liberales, e incluso por los conservadores, y fue fielmente el ganado electoral de los partidos burgueses. Pero a medida que la conciencia de clase de los obreros despertaba y se fortalecía, pasaron a formar partidos propios y a enviar representantes propios al parlamento, con el encargo de asegurar a la clase obrera las mayores y más numerosas ventajas posibles en la construcción y el desarrollo del Estado burgués. Así, en el Programa de Erfurt del Partido Socialdemócrata se consignan, junto al gran fin revolucionario, las muchas reivindicaciones prácticas del movimiento, que se desahogaba en el parlamento y estaba orientado al presente inmediato. Esas reivindicaciones no tenían nada que ver con el socialismo, sino que procedían en su mayoría de programas burgueses; solo que los partidos burgueses no las habían llevado a cabo, ni siquiera las habían querido en serio. No se puede negar que los representantes de la socialdemocracia han realizado en el parlamento [un trabajo] diligente y bienintencionado. Pero su eficacia y su éxito siguieron siendo limitados. Porque el parlamento es un instrumento de la política burguesa, ligado al método burgués de hacer política, y burgués también en su efecto. La ganancia última y verdadera del parlamentarismo le corresponde a la burguesía.
El método burgués, es decir, parlamentario, de hacer política está estrechamente ligado al método burgués de hacer economía. Este método se llama: comerciar y negociar.11 Así como el burgués, en la tienda y el escritorio, en el mercado y la feria, en el banco y la Bolsa, comercia y negocia con mercancías y valores mercantiles, así también comercia y negocia en el parlamento las sanciones y los recursos jurídicos para los valores en dinero y en especie obtenidos regateando. Los representantes de cada partido procuran sacar en el parlamento todo lo posible de la legislación para sus mandantes, su grupo de interesados, su «firma». Están también en contacto permanente con sus asociaciones de industriales, sus uniones patronales, cárteles, organizaciones corporativas o sindicatos, para recibir de ellos instrucciones, informaciones, normas de conducta o encargos. Son los negociadores, los delegados, y el negocio se hace hablando, regateando, chalaneando, negociando, engañando, con maniobras de votación y compromisos. El trabajo parlamentario principal no se hace, por eso, en los grandes debates parlamentarios, que solo son una especie de exhibición, sino en las comisiones, que se reúnen a puerta cerrada y sin la máscara de la mentira convencional.
Si en la época prerrevolucionaria el parlamento tenía su justificación también para la clase obrera, porque era el medio de asegurarle ventajas políticas y económicas según la correlación de fuerzas que pudiera hacerse valer, esa justificación quedó nula y sin valor en el momento en que el proletariado se alzó como clase revolucionaria y presentó sus pretensiones de hacerse cargo de todo el poder estatal y económico. Ya no había negociación, ni conformarse con ventajas mayores o menores, ni compromisos: ahora se trataba del todo.
La primera hazaña revolucionaria del proletariado habría tenido que ser, en buena lógica, la supresión de los parlamentos. Pero no pudo llevarla a cabo porque él mismo estaba aún organizado en partidos, es decir, atado a organizaciones que en el fondo son de carácter burgués y, en consecuencia, incapaces de superar lo burgués, es decir, la política, la economía, el orden estatal y la ideología burgueses. Un partido necesita el parlamento y el parlamentarismo, como el parlamento necesita los partidos. Lo uno condiciona lo otro; se sostienen y se mantienen mutuamente. El mantenimiento [de los partidos] significa el mantenimiento del parlamento y, con ello, el mantenimiento del poder burgués.
A imagen del Estado burgués y de sus instituciones, también el partido está organizado de manera autoritaria y centralista. Todo movimiento en él va, en forma de orden de mando, desde la cúspide de la directiva central hasta la amplia base de las agrupaciones de afiliados. Abajo la masa de los afiliados; encima, el escalafón de los empleados de la localidad, del distrito, del Land, del Reich. Los secretarios del partido son los suboficiales; los diputados, los oficiales. Ellos dan las órdenes, lanzan las consignas, hacen la política, son los altos dignatarios. El aparato del partido, en forma de oficinas, periódicos, cajas y mandatos, les da un poder de disposición sobre la masa de los afiliados al que nadie puede sustraerse. Los funcionarios de la central son, por así decir, los ministros del partido: dictan reglamentos y disposiciones, interpretan los acuerdos de los congresos y conferencias del partido, deciden sobre el empleo del dinero, reparten los puestos y cargos según el modo de su política de personal. Es cierto que el congreso del partido ha de ser la instancia suprema, pero su composición, su reunión, la adopción de sus acuerdos y la aplicación de estos están enteramente en manos de los supremos detentadores del poder en el partido, y la obediencia de cadáver (Kadavergehorsam)12 típica del centralismo, que aquí se llama disciplina de partido, se encarga de la resonancia necesaria de la subordinación.
Un partido de carácter revolucionario en el sentido proletario es un absurdo. Solo puede tener carácter revolucionario en el sentido burgués, y aun eso solo en el tránsito del feudalismo al capitalismo. Es decir, en interés de la burguesía. En el tránsito del capitalismo al socialismo tiene que fracasar, y tanto más cuanto más revolucionario se haya mostrado en la teoría y la fraseología. Cuando estalló la guerra mundial en 1914, es decir, cuando la burguesía del mundo entero declaró la lucha al proletariado del mundo entero, el Partido Socialdemócrata habría tenido que responder con la revolución del proletariado del mundo entero contra la burguesía del mundo entero. Pero fracasó, se quitó la máscara del revolucionarismo verbal e hizo política burguesa en toda la línea. El USP13 habría tenido que llamar a la revolución cuando se concluyó el Tratado de Paz de Versalles. Pero su esencia burguesa lo obligó a orientarse hacia el oeste en lugar de hacia el este; hizo agitación a favor de la firma y la sumisión. También el KPD, por hiperradical que se haga el interesante, está obligado en toda cuestión decisiva, por su carácter burgués, centralista y autoritario, a seguir a los políticos burgueses en cuanto se trata de actuar. Se sienta en el parlamento y hace política burguesa; negoció en 1920 en la cuenca del Ruhr con los militares burgueses; luchó al lado de Stinnes en la acción del Ruhr contra Francia con el medio de la resistencia pasiva; cae en el culto del nacionalismo burgués y fraterniza con fascistas; se empeña en entrar en gobiernos burgueses para ayudar desde ellos a fomentar la política de reconstrucción capitalista de Rusia. En todas partes, política burguesa, llevada a cabo con medios típicamente burgueses. Cuando el SPD dice que no quiere la revolución, hay en ello una lógica, porque como partido nunca puede llevar a cabo una revolución proletaria. Pero cuando el KPD dice que quiere la revolución, se excede en su programa muy por encima de su capacidad, sea por desconocimiento de su carácter burgués, sea por demagogia fraudulenta.
Toda organización burguesa es en el fondo una organización administrativa que, para funcionar, necesita una burocracia. También el partido. Depende de la máquina administrativa, servida por un cuerpo de dirigentes profesionales a sueldo. Los dirigentes son funcionarios administrativos y, como tales, miembros de una categoría burguesa: los dirigentes, es decir, los funcionarios, son pequeños burgueses, no proletarios.
La mayoría de los dirigentes del partido y de los sindicatos fueron alguna vez obreros, quizá los más capaces y más revolucionarios. Pero al convertirse en funcionarios, es decir, en gerentes, encargados de negocios, hacedores de negocios, aprendieron a comerciar y negociar, a manejar expedientes y caja, asumieron mandatos, empezaron a actuar en el gran organismo burgués con ayuda de su aparato organizativo. A quien Dios da un cargo, le da […]14 de los funcionarios de correos, de Hacienda, municipales y del Estado, tanto en el servicio como en su ambiente doméstico. El funcionario está por la gestión correcta, el orden escrupuloso, el despacho fluido de las obligaciones; odia las perturbaciones, los roces, los conflictos. Nada le repugna tanto como el caos; por eso se resiste a todo desorden, combate la arbitrariedad y la independencia de las masas, teme la revolución.
Pero la revolución llega. De pronto está ahí y se yergue. Todo se sacude, todo se pone patas arriba. La clase obrera está en la calle y empuja a la acción. Se dispone a derribar a la burguesía, a destrozar el Estado, a apoderarse de la economía. Entonces se apodera del funcionario un miedo enorme. Por el amor de Dios, ¿el orden ha de convertirse en desorden, la calma en agitación, la gestión correcta en un caos? ¡De ninguna manera! Así, todavía el 8 de noviembre de 1918 el Vorwärts prevenía contra los «agitadores sin conciencia» que «fantaseaban con la revolución»; así combatía el Correspondenzblatt de los sindicatos a los «aventureros irresponsables» y «golpistas»; así el grupo parlamentario envió aún en el último momento a Scheidemann al gabinete guillermino, para que se evitara «la mayor desgracia, la revolución». Y siempre que durante la revolución los obreros querían pasar a la acción, les salían al paso funcionarios del partido y de los sindicatos con el grito: «¡No tan impetuosos! ¡Nada de derramamiento de sangre! ¡Estad unidos! ¡Negociemos!».
Al pasar a negociar, en lugar de agarrar al adversario y echarlo por tierra, la burguesía quedó salvada. Negociar es precisamente su método de hacer política, y en su terreno de lucha es donde está más segura. Querer hacer política proletaria en la casa de la burguesía y con los medios de la burguesía significa sentarse a la mesa de los capitalistas, comer y beber con ellos y traicionar los intereses del proletariado. La traición a las masas —desde el SPD hasta el KPD más extremo— no tiene por qué nacer de una mentalidad canallesca; es simplemente la consecuencia de la esencia burguesa de toda organización de partido y sindical. Los dirigentes de este partido y de este sindicato son, sencillamente, espíritu del espíritu de la clase burguesa, carne de la carne de la sociedad burguesa.
Pero la sociedad burguesa se hunde. Cae cada vez más en la descomposición y la putrefacción. La propia burguesía se ríe de la legislación y la escarnece. Se dictan leyes contra la usura y sobre divisas, y nadie se preocupa de ellas. Todo lo que hace poco aún se tenía por sagrado, Iglesia, moral, matrimonio, escuela, opinión pública, ha quedado desenmascarado, mancillado, convertido en burla, deformado en mueca. En una época así tampoco el partido puede seguir existiendo; como miembro de la sociedad burguesa, se hunde con ella. Sería curanderismo querer preservar de la muerte la mano cuando el cuerpo está agonizando. De ahí la incesante cadena de escisiones, fragmentaciones, disoluciones de partidos, del hundimiento de los partidos, que ya ninguna directiva de partido, ningún congreso, ninguna Segunda o Tercera Internacional, ningún Kautsky ni ningún Lenin pueden detener. Ha llegado la hora de los partidos, como ha llegado la hora de la sociedad burguesa. Todavía se mantendrán, como se han mantenido desde la Edad Media hasta hoy las corporaciones de oficio (Innungen) y los gremios: como instituciones caducas, sin fuerza para hacer historia. Un partido como el SPD, que entregó sin lucha todas las conquistas del levantamiento de noviembre y en parte llegó a jugar deliberadamente a favor de la contrarrevolución, con la que está aliado y se sienta en los gobiernos, ha perdido toda razón de existir. Y un partido como el KPD, que no es más que una filial de Turquestán en Europa occidental y que sin las ricas subvenciones de Moscú no podría sostenerse unas semanas con sus propias fuerzas, nunca ha tenido esa razón de existir. El proletariado pasará por encima de ambos, sin preocuparse de la disciplina de partido y del griterío de los bonzos,15 de resoluciones y acuerdos de congresos. En la hora del ocaso se salvará del enredo de los brazos de pulpo del poder organizativo burgués.
Tomará su causa en sus propias manos.
V. Los sindicatos
Lo que se ha dicho de los partidos, de los dirigentes de partido y de la táctica de partido vale en mayor medida aún para los sindicatos. Más aún: representan la táctica típicamente pequeñoburguesa del compromiso tanto más cuanto que su propia existencia constituye un compromiso entre el trabajo y el capital. Nunca han proclamado los sindicatos como su fin y su tarea la supresión del capitalismo; nunca han hecho prácticamente nada por ello. Desde el principio los sindicatos han contado con la existencia del capitalismo como un hecho dado. Y, partiendo de ese dato, han luchado por conquistar para el proletario mejores condiciones salariales y de trabajo en el marco del orden económico capitalista. Así pues, nada de abolición del sistema salarial, nada de rechazo de principio de la economía capitalista, nada de lucha contra el conjunto. Eso, decían los sindicatos con lógica burguesa, era cosa del partido político. Por eso se declararon apolíticos, insistieron en su neutralidad, rechazaron todo compromiso con un partido. Su papel era el de una compensación, una mediación, una cura de síntomas, una administración de paliativos. Por su origen y por toda su orientación fundamental no eran solo apolíticos, sino también no revolucionarios; eran órganos auxiliares reformistas, oportunistas, contemporizadores, entre la burguesía y el proletariado.
Los sindicatos salieron de las asociaciones de oficiales de las viejas corporaciones artesanas. Se llenaron del espíritu del movimiento obrero moderno cuando el capitalismo, con la gran crisis de los años sesenta, hizo tomar conciencia al proletariado, con especial dureza, de las perfidias y los horrores de su sistema. Bajo esta presión económica, que hizo crecer poderosamente el movimiento obrero en toda Europa, se reunió en 1868 el primer congreso sindical, convocado por Schweitzer y Fritzsche. Fritzsche caracterizó con mucho acierto la organización sindical y sus posibilidades cuando declaró «que las huelgas no son un medio para cambiar los fundamentos del modo de producción capitalista, pero sí un medio para fomentar la conciencia de clase de los obreros, romper la tutela policial y eliminar de la sociedad actual algunos abusos sociales particularmente opresivos, como la jornada excesivamente larga y el trabajo dominical». En lo sucesivo, la actividad de los sindicatos consistió en sacudir al proletariado, moverlo a unirse, ganarlo para la idea de la lucha de clases, protegerlo contra las peores durezas de la explotación capitalista y sacarle, en lo posible, de la relación entre capital y trabajo ventajas momentáneas mayores o menores según la coyuntura. El empresario, antes amo todopoderoso en su casa, tuvo pronto en contra el poder rigurosamente centralizado de la organización. Y la clase obrera, elevada por la unión en la conciencia de su valor para el proceso de producción y adiestrada de huelga en huelga, de conflicto en conflicto, en el despliegue de su energía combativa, constituyó pronto un factor con el que el capitalismo tenía que contar seriamente en todos sus cálculos de beneficio.
Nunca se podrá pensar en serio en negar el gran valor que los sindicatos han tenido para el proletariado como medio de lucha en la defensa de los intereses obreros; nadie se atreverá a menoscabar o discutir los extraordinarios méritos que los sindicatos han adquirido en la defensa de esos intereses. Pero todo esto son hoy, por desgracia, testimonios y títulos de gloria que pertenecen al pasado.
En la lucha entre capital y trabajo también los empresarios reconocieron muy pronto el valor de la organización. Para poder hacer frente a las asociaciones obreras se unieron ellos mismos en asociaciones poderosas, que al principio abarcaban la categoría profesional o el ramo. Y como disponían de medios más ricos, tenían de su lado la protección y el apoyo de las autoridades, sabían influir en la legislación y la jurisprudencia, y acosaban con los medios más fuertes del terror, la vejación y la proscripción a aquellos empresarios que no comprendían con suficiente rapidez sus intereses de clase y por eso no mostraban a la organización el interés necesario, sus organizaciones fueron pronto más fuertes, más eficaces y más poderosas que las de los obreros. Los sindicatos se vieron desplazados por las asociaciones patronales de la ofensiva a la defensiva. Las luchas ganaron en violencia, encarnizamiento y presión, tuvieron éxito cada vez con menos frecuencia, solían traer consigo un gran agotamiento de la caja central y obligaban así a pausas de descanso y recuperación cada vez más largas entre lucha y lucha. Finalmente se reconoció que los éxitos a medias y dudosos se habían comprado casi siempre demasiado caros, que los compromisos que en el mejor de los casos salían de las pruebas de fuerza se habrían podido obtener más baratos si desde el principio se hubiera estado más dispuesto a un entendimiento. Así se abordaron las luchas siguientes con reivindicaciones reducidas, con disposición a negociar, con la intención de un chalaneo. En lugar de combatirse, se procuraba engañarse mutuamente. Ya no se consideraba mancha ni debilidad ofrecer negociaciones. Se estaba orientado al compromiso. El arreglo —no la victoria— era por regla general el desenlace de los movimientos salariales o de los conflictos sobre la jornada. Así se produjo con el tiempo, en toda la línea, un cambio de táctica, del método de lucha.
Surgió la política de convenios colectivos. Sobre la base de acuerdos y pactos se concertaron convenios colectivos (Tarifverträge) en los que las condiciones de trabajo encontraban su regulación articulada. Las tarifas valían para toda la organización del ramo de ambas partes y por un tiempo más o menos largo. Constituían, en forma de compromiso, una especie de armisticio sujeto a denuncia. El empresario obtenía con la conclusión de convenios colectivos ventajas importantes: podía hacer cálculos comerciales seguros para la duración del convenio, podía demandar ante los tribunales burgueses el cumplimiento de sus cláusulas, podía contar con cierta estabilidad de su gestión y de su cuota de beneficio, y sobre todo podía concentrar sus fuerzas durante años con la mayor tranquilidad para una presión tanto mayor sobre la clase obrera al concertar el siguiente convenio. Al contrario que el empresario, el obrero solo sacaba del convenio colectivo desventajas: atado al convenio durante mucho tiempo, no podía aprovechar las coyunturas favorables que surgían para mejorar su situación; con el paso del tiempo se adormecían su conciencia de clase y su voluntad de lucha y se le educaba en la inactividad; caía así cada vez más en la atmósfera, funesta para la lucha de clases, de la «armonía entre capital y trabajo» y de la «comunidad de intereses entre patronos y asalariados»; sucumbía por completo al oportunismo pequeñoburgués sin esperanza, que vive al día y que hace cada vez más dudosas y sin valor incluso las mayores reformas posibles y las «conquistas positivas»; y acababa siendo por completo la víctima engañada de una camarilla de funcionarios y dirigentes estrecha de miras, limitada y a menudo sin conciencia, cuyo interés principal hace mucho que ya no está en el bienestar del obrero, sino en afianzar su puesto de sustento. En efecto, al imponerse la política de convenios colectivos, la participación del obrero en la vida sindical se fue adormeciendo cada vez más; las asambleas estaban poco concurridas, la participación en las elecciones disminuyó mucho, las cuotas había que cobrarlas casi por la fuerza; el terror en las empresas se impuso tanto como la burocratización del aparato administrativo, medios ambos para mantener a toda costa la existencia de la organización, que se había convertido en un fin en sí misma. La creación de convenios para todo el Reich para grandes categorías de obreros produjo un aumento aún mayor del centralismo y del poder de los funcionarios, pero al mismo tiempo una separación cada vez mayor de los dirigentes respecto de las masas, un mayor alejamiento de la organización respecto de su carácter y su objetivo de lucha originarios y una mayor degradación de los obreros a marionetas sin importancia ni voluntad, que solo pagan cuotas y ejecutan acuerdos, en manos de la burocracia de las federaciones.
A ello se añadió otro factor. Para atar a la organización al obrero con todos sus intereses, que nacen de la penuria permanente de su vida, los sindicatos han montado un sistema de subsidios extenso y ramificado que practica una especie de política social práctica. En provecho del obrero, según parece; a su costa, con seguridad. Hay cajas de subsidio de enfermedad, de defunción, de paro, de mudanza y de viaje, todo un aparato de asistencia social con emplastitos, polvitos y toda clase de remedios calmantes para la miseria proletaria. El obrero aporta y pega sellos, paga cuota tras cuota, se interesa por la solvencia de la caja de la federación y espera la ocasión de poder recurrir a su ayuda. En lugar de pensar en la gran lucha, se pierde en cuentas de pequeños céntimos. Se le refuerza y se le mantiene en su modo de pensar pequeñoburgués; se queda atascado, en detrimento de su emancipación proletaria, en los prejuicios y mezquindades de la concepción pequeñoburguesa de la vida, que por cada prestación pregunta por la contraprestación; se acostumbra a ver el valor de la organización en las ventajas materiales momentáneas, fortuitas y pobres, en lugar de mantener la mirada en el gran objetivo, querido libremente y defendido con abnegación, de la liberación de su clase. Con ello se socava sistemáticamente el carácter de lucha de clases de la organización y se destruye o devasta irremediablemente la conciencia de clase de los proletarios. Por si fuera poco, al pobre diablo se le cargan los costes de una asistencia social y una beneficencia que en el fondo tendría que sufragar el Estado con los medios del conjunto de la sociedad, respetando a los económicamente débiles.
Así, con el tiempo, los sindicatos se han convertido en órganos de un curanderismo social pequeñoburgués, cuyo valor para el obrero se ha reducido a nada en la misma medida en que, bajo la presión de la depreciación monetaria y la miseria económica, la solvencia de todas las cajas de asistencia ha caído a cero. Pero más que eso: los sindicatos, desarrollando consecuentemente su tendencia a la comunidad de intereses entre capital y trabajo, se han convertido en órganos auxiliares del interés económico burgués y capitalista, es decir, de la explotación y del negocio del beneficio. Se han convertido en los más fieles escuderos de la clase burguesa, en la tropa de protección más fiable del saco del dinero capitalista. Al estallar la guerra abogaron, sin vacilar un minuto, por el deber de defensa nacional, hicieron suya la política de guerra burguesa, reconocieron la paz civil (Burgfrieden), suscribieron empréstitos de guerra, predicaron el mandamiento de resistir hasta el final, ayudaron a crear la ley del servicio auxiliar16 y reprimieron convulsivamente todo movimiento de sabotaje o de revuelta en la industria de armas y municiones. Al estallar la Revolución de Noviembre cubrieron al gobierno imperial, se arrojaron contra las masas revolucionarias, se unieron con la gran patronal en una comunidad de trabajo (Arbeitsgemeinschaft),17 se dejaron sobornar con cargos, dignidades e ingresos en la industria o en el Estado, apalearon junto con la policía y el ejército todas las huelgas y levantamientos y traicionaron así, desvergonzada y brutalmente, los intereses vitales del proletariado en favor de sus enemigos conjurados. En la reconstrucción del capitalismo después de la guerra, en la nueva esclavización de las masas por el capital trustificado y emparentado internacionalmente, en la «stinnesización» de la economía alemana, en la lucha por la Alta Silesia y la cuenca del Ruhr, en el desmantelamiento de la jornada de ocho horas, de los decretos de desmovilización, de la economía intervenida, en la supresión de los consejos obreros, de los comités de empresa, de las comisiones de control, etc., en el terror contra sindicalistas revolucionarios, unionistas y anarquistas: siempre y en todas partes estuvieron al lado del capital, prestándole ayuda, como la guardia pretoriana dispuesta a toda infamia y a toda fechoría. Siempre contra los intereses del proletariado, contra los progresos de la revolución, contra la liberación y la emancipación de la clase trabajadora, gastaron y gastan la parte con mucho mayor de todos los ingresos de las cajas en asegurar y sustentar materialmente su existencia de bonzos y parásitos, que —como saben demasiado bien— se sostiene o cae con la existencia de la organización sindical, a la que han falseado convirtiéndola de arma para los obreros en arma contra los obreros.
Querer revolucionar estos sindicatos es una empresa ridícula, porque es del todo irrealizable y no tiene perspectivas. Esa «revolucionarización» o bien se reduce a un simple cambio de personas, que no cambia absolutamente nada en el sistema, sino que a lo sumo extiende el foco de la peste, o bien tiene que consistir en quitar a los sindicatos el centralismo, la política de convenios colectivos, el cuerpo de dirigentes profesionales, las cajas de subsidio, el espíritu de compromiso: ¿y qué queda entonces? ¡Una nada hueca!
Mientras los sindicatos sigan existiendo, seguirán siendo lo que son: las más genuinas y eficaces de todas las Guardias Blancas de la patronal, a las que el capital alemán en particular debe mayor agradecimiento que a todas las guardias de Noske y de Hitler juntas.
Instituciones tan nocivas para la comunidad, tan hostiles a los obreros, tan contrarrevolucionarias, solo pueden ser destruidas, aniquiladas, extirpadas.
VI. La última fase del capitalismo europeo
La clase obrera alemana, enredada en las cadenas de sus organizaciones no revolucionarias y cegada por la fraseología de su modo de pensar pequeñoburgués, ha salvado una vez más a la burguesía de su país en situaciones en que se trataba de ser o no ser: la ha puesto a salvo sobre sus fuertes hombros de los peligros de la guerra mundial y de la Revolución de Noviembre.
Luego la burguesía ha vuelto a montar en la silla para pasar a caballo, con más insolencia y brutalidad que nunca, por encima de los cuerpos y las cabezas de sus salvadores. Aunque cargada de riquezas inauditas que entretanto ha capturado como botín, está sin embargo presa del miedo y del espanto: ha mirado a la muerte a los ojos y ha estado muy cerca del abismo de su ruina.
Así, la burguesía alemana de 1924 ya no es la que era en 1914. Porque también el capitalismo alemán se ha vuelto otro. Ha abandonado la fase nacional de su desarrollo y ha entrado en la fase internacional. Este vuelco y este progreso están relacionados con el desenlace de la guerra mundial.
Si la guerra mundial nació del afán de expansión de todos los Estados capitalistas y tenía como fin poner el mundo entero bajo la dictadura de uno de estos Estados capitalistas o consorcios de Estados, el desenlace de la guerra mundial significó para el poder capitalista alemán el fracaso de este plan y el doloroso imperativo de renunciar en adelante a una existencia independiente y dejarse incorporar a la asociación de intereses del consorcio vencedor.
El poder capitalista alemán está representado en primer lugar por la industria pesada. Alemania es rica en carbón, pero le falta mineral de hierro. Por eso, ya hace decenios, la oración diaria de la mañana y de la noche de los Stinnes y consortes era: Dios mío, danos una guerra victoriosa contra Francia, para que entremos en posesión de los ricos yacimientos de mineral de Briey y Longwy. Así como, por otro lado, los capitalistas franceses, ante la pobreza en carbón de su país, imploraban a su Señor los ricos tesoros carboníferos de la cuenca del Ruhr. El mineral y el carbón desempeñaron, pues, también en la guerra mundial, sobre todo en la pugna entre Francia y Alemania —una vez que la dominación mundial había resultado una ilusión para ambas—, el papel decisivo.
El Tratado de Versalles dio a los capitalistas franceses el territorio del Sarre; pero siguen insatisfechos, porque siguen reclamando la cuenca del Ruhr. La industria minera y siderúrgica, poderosamente fortalecida en el Comité des Forges, afirma que no puede cumplir su nueva tarea económica sin la cuenca del Ruhr, tanto más cuanto que muchas de sus instalaciones y fábricas del norte de Francia fueron destruidas por la conducción alemana de la guerra e inutilizadas por años. Desde 1918 ha empujado al gobierno francés a la entrada militar en la cuenca del Ruhr y finalmente ha impuesto su ocupación. La industria pesada alemana estaba desesperada. Es verdad que también su consigna decía: el mineral y el carbón van juntos. Pero quería que esa consigna se cumpliera a su favor. Ahora que se cumplía a favor del Comité des Forges, llamó a la resistencia al gobierno alemán, a la nación alemana, a toda el alma popular alemana en ebullición. No sirvió de nada; la industria pesada alemana ha tenido que entregarse mediante contratos al capital francés, porque el carbón quiere ir con el mineral y el derecho mayor está del lado del más fuerte.
Pero detrás de los bastidores del teatro político mundial hay todavía otro poder económico: el petróleo.
La victoria de la Entente en la guerra mundial fue en última instancia una victoria de la técnica armamentística superior de América. Por primera vez el petróleo triunfó sobre el carbón, porque la propulsión de los submarinos y los barcos, de las aeronaves, automóviles, tanques, etc., se hacía con petróleo y mediante una técnica que en América había alcanzado un desarrollo especialmente alto y frente a la cual la técnica alemana estaba atrasada. Acabada la guerra mundial, el imperativo más importante para América, si no quería volver a perder la posición de hegemonía conquistada en el terreno de la economía mundial, era hacerse con la producción de petróleo del mundo, para monopolizar de este modo las garantías de su superioridad.
Los campos petrolíferos más ricos están en Asia Menor (Mosul) y pertenecen a la zona del protectorado inglés; el camino hacia ellos pasa por Europa. El capital petrolero americano empezó muy pronto a asegurarse este camino. Ha financiado grandes industrias francesas, se ha apoderado de bancos, ha comprado periódicos y ha ganado influencia en el gobierno. Desde Francia ha avanzado —cubierto por el gesto del estadista francés o la bayoneta del ejército francés— hacia Checoslovaquia, Polonia, Yugoslavia, Bulgaria y hasta Turquía. La guerra entre Grecia y Turquía, la revolución en Bulgaria, las conferencias de Lausana, los acontecimientos de los Balcanes, las convenciones militares entre Francia y la Pequeña Entente, etc., están más o menos relacionados con el empeño incesante del capital petrolero americano por crearse una gran base de operaciones para el enfrentamiento que tarde o temprano —en interés del monopolio mundial del petróleo— tiene que producirse con sus competidores Inglaterra y Rusia. Así como el trust del petróleo trabaja desde hace decenios en México para hacerse, mediante una cadena de sacudidas políticas, golpes, revueltas y revoluciones, con el dominio sobre los campos petrolíferos mexicanos, tampoco en Europa deja nada por intentar para apoderarse de los accesos a las regiones petrolíferas del Asia Menor contra toda competencia y toda rivalidad.
El único hueco en el camino lo constituía Alemania. Como los esfuerzos por separar la Alemania del sur de la del norte y ponerla bajo soberanía francesa, pese a las sumas enormes que se movilizaron para financiar el movimiento fascista bávaro y la conspiración contra el Reich, no condujeron a la meta porque aquí los intereses de Nueva York se cruzaban con los de Roma, el capital petrolero empleó otra táctica. Ayudado por la depreciación de la moneda a consecuencia de la inflación y por ciertas maniobras bursátiles, compró un consorcio económico tras otro y fue poniendo así todo el poder capitalista de Alemania bajo su dominio. Cuando el consorcio Stinnes, al que la cuota de participación en los beneficios ofrecida no le parecía bastante alta, opuso resistencia y se resistió a ser trasladado a las regiones de una comunidad internacional de intereses de explotación, se recurrió a la fuerza. La ocupación militar de la cuenca del Ruhr significó tanto el cumplimiento de deseos largamente acariciados por el capital petrolero como una acción del gusto de los industriales mineros y siderúrgicos franceses.
Entretanto, la clase capitalista alemana ha comprendido que también en la dependencia del capital de la Entente y del capital mundial puede salir muy bien parada. Es verdad que por los tratados se ha visto obligada a prestaciones elevadas que podrían recortar sensiblemente su tasa de beneficio; pero, a cambio, se le ha entregado el proletariado alemán, completamente indefenso, para una explotación sin límites. Goza de las ventajas de la indulgencia fiscal al amparo de una legislación tributaria plutocrática; se ha sacudido todas las cargas y trabas que, por insignificantes que fueran, se habían puesto en marcha durante los últimos años como compensación de los antagonismos sociales y en interés del proletariado; sobre todo, vuelve a estar en plena posesión del poder reaccionario, como en sus mejores tiempos bajo el régimen guillermino. Con la jornada de diez horas, los salarios de hambre, la estafa de la moneda oro, el estado de sitio y la dictadura militar se ha asegurado su posición.
Alemania se ha convertido en una colonia de la Entente. Los obreros alemanes son los indígenas esclavizados. Los empresarios alemanes constituyen la casta privilegiada de los esclavistas, que participan en el beneficio obtenido a fuerza de extorsión y de explotación, que tienen que entregar a la alta finanza extranjera, en tal medida que pueden permitirse una vida opulenta. Como el poder económico, también el poder político ha pasado por completo a manos del gran capital. Los hombres de confianza y los encargados de la industria dirigente se sientan en el gobierno, ocupan los altos cargos del Estado o tienen en la mano los hilos de los que cuelgan las marionetas de partido y de gobierno de turno. Cuando en noviembre de 1929 [sic: 1923]18 se planeó la creación de un directorio, se consideraba de manera muy general y como algo evidente (como ya se ha dicho) que el señor Minoux, la mano derecha de Stinnes, era el hombre del futuro. Que al final sea Minoux, Stresemann o Schacht, siempre estará a la cabeza un representante del gran capital, del mundo de la industria y la banca, con las riendas del gobierno en la mano. El parlamento está excluido de la codecisión por leyes de plenos poderes o se le pone ante hechos consumados; ya solo cuenta como exhibición decorativa que se debe al prestigio de la república. El centro de gravedad de todas las grandes decisiones no está en él ni en el gobierno, sino en los bancos y las asociaciones patronales, en el Consejo Económico del Reich, en el pequeño círculo de los agentes económicos determinantes. Cada vez se impone más la convicción de que en el conjunto de la sociedad el factor económico está en primer plano y el político pasa cada vez más a segunda línea.
Este fenómeno quizá pueda llamarse una americanización de la política, porque surgió primero en el país de los mayores detentadores del poder del capital y es típico del modo en que los magnates de los trusts y los potentados de la banca suelen hacer su política. La dominación sin disfraz del saco del dinero, no velada por ningún romanticismo, no disculpada por ninguna ética, no sancionada por ningún gesto de Estado, no justificada por ninguna frase parlamentaria; la política de fuerza completamente inmediata y brutal de los dictadores económicos, la «stinnesización» de la política: esa es la señal característica de la última fase a la que ha sido arrojado el capitalismo alemán de la posguerra, la fase de la internacionalidad.
VII. Organización de empresa y Unión Obrera
Cuando en la Revolución de Noviembre de 1918 el carácter burgués, es decir, contrarrevolucionario, de los partidos y los sindicatos se reveló por segunda vez en toda su gloria, una parte de los proletarios que se tomaban en serio la revolución abrió los ojos. Reconocieron que la lucha política se agota siempre en desplazamientos de poder que se producen sobre una base dada; que las organizaciones burguesas con táctica de lucha burguesa, aunque tengan proletarios como miembros, desembocan necesariamente en un compromiso con el poder económico y estatal burgués; que, dado el desplazamiento del centro de gravedad de todas las luchas hacia el lado económico, permanecer en organizaciones políticas y librar luchas políticas tenía que llevar de antemano a derrotas.
Así, una parte del proletariado empezó a orientarse según nuevos puntos de vista y, finalmente, también a organizarse. Se reconoció:
La revolución proletaria es completamente distinta en su esencia de la revolución burguesa.
La revolución proletaria es en primer lugar un asunto económico.
La revolución proletaria no puede librarse en organizaciones burguesas, sino solo en organizaciones proletarias.
La revolución proletaria tiene que desarrollar una táctica de lucha propia.
La consecuencia de este reconocimiento fue el resuelto apartamiento del partido, del parlamento, del sindicato y de todo lo que tiene que ver con ellos. Lo positivo flotaba al principio en el aire de manera bastante confusa y solo con el tiempo, en el curso de muchas luchas y discusiones, fue tomando forma y figura. El sindicato revolucionario de los obreros americanos, la I.W.W. (Industrial Workers of the World), surgió como modelo, aunque solo lo conocían unos pocos. A ello se añadió que precisamente en la época de la revolución la idea del sistema de consejos, que había desempeñado un gran papel en Rusia, se discutía con ardor y estaba en el centro de todas las propuestas e intentos prácticos de socialización. Las huelgas «salvajes», que estallaban por todas partes y se llevaban a cabo contra la voluntad de los sindicatos, dieron ocasión a la elección de comités de acción revolucionarios, a los que pronto siguieron consejos de empresa revolucionarios. Finalmente, el movimiento, primero entre los mineros de la cuenca del Ruhr, se convirtió en la lucha por organizaciones de empresa revolucionarias. Construir y desarrollar estas organizaciones de empresa (Betriebsorganisationen, BO), agrupadas en grupos locales y, más allá, reunidas en distritos económicos, hasta formar una organización de consejos unitaria por todo el Reich, fue pronto la idea principal y el objetivo rector de un movimiento que desembocó en la Unión, como nuevo recipiente organizativo de la voluntad de lucha obrera revolucionaria. No urdida por dirigentes en la mesa de despacho, no transmitida a los obreros por la propaganda como un invento astuto, sino brotada de manera completamente elemental del suelo de las luchas más violentas y más serias, pronto estuvo ella misma, como objeto de las más acaloradas polémicas y debates, en el centro del movimiento revolucionario.
El movimiento unionista parte de la convicción fundamental de que la revolución proletaria, como quiere ver derribado el fundamento de la sociedad, es en primer lugar una revolución económica, y de que la clase obrera tiene que enfrentarse como un poder compacto, desde las empresas, al capital, cuyo poder está anclado en las empresas y actúa en primer lugar en lo económico.
El obrero de hoy solo es verdadero proletario en la empresa, y como tal revolucionario en el sentido de la revolución proletaria y socialista. Fuera de la empresa es un pequeño burgués, preso de un ambiente pequeñoburgués y de costumbres de vida filisteas, dominado por la ideología pequeñoburguesa. Se ha criado en familias burguesas, se ha educado en la escuela burguesa, se ha alimentado de espíritu burgués. El matrimonio es una institución coercitiva burguesa. La vivienda en cuarteles de alquiler es una institución burguesa. El hogar privado de cada familia, con su propia cocina, lleva a un modo de economía completamente egoísta. Allí el marido cuida de su mujer, la mujer de sus hijos; cada cual piensa solo en sus intereses. Ya el niño depende en las escuelas burguesas de una ciencia influida por la burguesía y recortada según tendencias burguesas. Todo se trata desde el punto de vista de la concepción ideológica burguesa de la historia. Luego, en el aprendizaje, en el comercio, en la fábrica: de nuevo en un entorno burgués. Lo que uno lee, lo que ha recibido en el teatro, en el cine, etc., en la calle, en la taberna: en todas partes le sale al paso lo burgués. Y todo ello da como resultado un modo burgués de pensar y de sentir. Más de uno, en cuanto se ha quitado la blusa de trabajo, se vuelve un burgués también en su comportamiento. Trata a su mujer y a sus hijos como le trata su jefe, exige sumisión, servicio, autoridad. Cuando el proletariado esté liberado de la burguesía, todavía habrá que liberar a las mujeres y a los niños de los hombres. Esto no tiene que ver con mala voluntad, sino que procede de nuestra actitud burguesa, del entorno, de la atmósfera burguesa. Si se ve al obrero fuera de la empresa, es un pequeño burgués. En el vestido, en las costumbres, en la forma de vida remeda al burgués y se siente a gusto cuando no se le puede distinguir de él. Si captamos al obrero por barrios y calles, mediante la afiliación al partido y al sindicato, solo lo obtenemos como pequeño burgués. En el mejor de los casos lo llevamos a depositar una papeleta de voto, a una manifestación pacífica, a poco más. Lo que más le gusta es eludir las luchas o retirarse deprisa. «Que luchen los dirigentes», dice en su cobardía, «para eso se les paga».
En la empresa el obrero es otro hombre. Así está cara a cara frente al capitalismo, siente el puño en la nuca, está irritado, exasperado, hostil. Si aquí estalla un conflicto, no puede escabullirse tan fácilmente. Está bajo el control de los demás, sucumbe a la sugestión general, se ve arrastrado y da la talla. El ánimo revolucionario y la resolución revolucionaria coinciden aquí.
Los partidos y los sindicatos, como siempre captan solo al pequeño burgués, nunca al proletario consciente y verdadero, no pueden llegar nunca —ya por la naturaleza de su material humano— a una acción revolucionaria. A lo sumo, a un alboroto. A un golpe. Pero cuando esos pequeños burgueses enfurecidos se lanzan a la calle en un arrebato de ira para luchar, lo burgués (bonzo, policía, ejército) los intercepta, los paraliza o los acuchilla. Y el movimiento está perdido.
En la empresa es distinto. En cada fábrica hay un núcleo de elementos revolucionarios. Vienen de todos los campos y partidos. Solo la megalomanía puede afirmar que hay revolucionarios exclusivamente en un partido o que la pertenencia a ese partido constituye la cualidad revolucionaria. Todos los revolucionarios de la empresa, sin preocuparse de su anterior pertenencia a un partido o sindicato, se juntan y forman la organización de empresa revolucionaria. ¿Eres revolucionario? ¿Quieres luchar? ¿Dejas el partido y el sindicato? Basta con eso. Quien lo quiera puede ser miembro de la organización de empresa revolucionaria.
La revolución proletaria tiene que destruir desde sus cimientos un sistema gigantesco y crear en la mayor escala algo enteramente nuevo. Para esta tarea no bastan las fuerzas de los partidos y los sindicatos. Incluso las federaciones más fuertes son demasiado débiles para ello. La revolución proletaria solo puede ser obra de toda la clase proletaria. Hay que captar para ella todas las fuerzas; cada individuo tiene que estar en el lugar adecuado y dar allí lo mejor de sí. Ese lugar adecuado es la empresa, donde cada uno cumple su deber. Aquí, en la empresa, hay que captar todas las fuerzas proletarias.
La organización de empresa no es en el fondo absolutamente nada nuevo. Que surgiera de manera completamente elemental de la lucha se explica porque en el desarrollo de la lucha y del trabajo todo estaba preparado para su nacimiento. Existía, por así decir, desde hacía mucho: la ha creado el propio capitalismo. Por el beneficio ha construido una maravillosa organización del trabajo: la empresa, la mina, la fábrica, el complejo económico, la instalación de distrito. La clase obrera solo tiene que tomar conciencia revolucionaria de esta organización, captarla, transformarla y utilizarla como organización de lucha. No tiene que crear de nuevo un sustituto del partido ni una competencia del sindicato. Solo tiene que apoderarse de la organización del trabajo existente, que sirve a fines capitalistas de lucro, y ponerla al servicio de fines de lucha revolucionarios. Esto ocurre cuando los obreros de las empresas reconocen por sí mismos qué poder tienen en sus manos; cuando, además, toman precauciones para arrebatar el aparato organizativo existente; y cuando, finalmente, se apoderan de las empresas para desarraigar el sistema burgués y poner en su lugar el socialismo. El medio para ello es la organización de empresa.
La BO es una formación federativa, sin centralismo. Todos los miembros son independientes: nadie de fuera de la empresa tiene por qué meterse en los asuntos de su empresa. En su BO los miembros son autónomos. Ningún bonzo de la oficina o de una central, ningún intelectual o dirigente profesional puede inmiscuirse en sus asuntos. Las BO se construyen desde sí mismas y despachan sus asuntos con sus propias fuerzas y sus propios medios. Eso es independencia federalista, autonomía. La BO no es ni partido ni sindicato. No tiene nada que ver con la agitación y la actividad de los sindicatos. No es una comunidad de trabajo, ni una institución de subsidios; no concierta convenios colectivos y no tiene ningún interés en vapores de la Hapag bautizados «Karl Legien».19 Es únicamente un lugar de preparación y de atizamiento de la revolución.
Si existe una BO junto a otra, tienen que ponerse en contacto. Supongamos que en una gran fábrica existen BO en las distintas secciones (fundición, moldeo, tornería, carpintería y contabilidad). Estas secciones juntas forman la fábrica. En las cuestiones que no afectan a las distintas secciones, sino al conjunto, las BO tienen que actuar en común. Eso se hace mediante los delegados de empresa u hombres de confianza, elegidos según el caso. Para una reunión, para un acuerdo determinado, el delegado recibe de su BO un mandato imperativo. El delegado solo tiene que ejecutar el encargo de la BO; más allá de él no dispone de derecho independiente alguno. El dirigente no es, pues, como el secretario del partido o el diputado, independiente de sus electores. No puede decidir de una manera o de otra y luego informar a posteriori y recabar un voto de confianza. Solo tiene que ejecutar la voluntad de la masa. Los afiliados tienen en todo momento el derecho de revocarlo si el delegado no es de fiar. Entonces puede ser sustituido por otro mejor. Está constantemente bajo el control y el poder de las masas: por él habla la masa trabajadora.
Puede haber cuestiones que vayan más allá aún de la esfera de una fábrica y afecten quizá a toda una región económica. Entonces se reúnen los delegados de las fábricas de toda la región económica. También ellos tienen mandato imperativo y son revocables en todo momento. Así se lleva a cabo la construcción desde la empresa, pasando por la fábrica y el distrito económico, hasta el Reich entero. Esto no es un nuevo centralismo, sino solo el sistema de consejos construido de abajo arriba. El centralismo tiene exteriormente también esta forma de organización. Pero en él la orden va de arriba abajo. En la construcción de la organización de empresa el acuerdo va de abajo arriba; no se basa en el criterio de un dirigente, sino en la manifestación de la voluntad de las masas. No mandan los dirigentes mientras las [masas] tienen que obedecer; antes bien, deciden las masas, y los dirigentes se han convertido en ejecutores de la voluntad de las masas. La política se hace en nombre de las masas y por iniciativa suya. Eso es lo nuevo en principio, el elemento proletario.
Los viejos partidos y sindicatos se construyeron así: unas cuantas personas que desde el principio se sentían dirigentes organizaban un congreso, redactaban un programa, tomaban un acuerdo de fundación y se daban un nombre; luego se reclutaban miembros. Primero estaban los oficiales, luego los soldados: la influencia sobre los hombres y su felicidad venían de arriba, en el sentido del principio autoritario.
En la construcción de la organización de empresa es exactamente al revés. Primero están las masas, que se reúnen, se ordenan y deliberan sobre sus asuntos. Si se necesitan ejecutores de los acuerdos tomados, se eligen delegados a quienes se entrega el acuerdo como mandato imperativo. Si los delegados se reúnen en una conferencia con los delegados de otras BO, la conferencia no tiene que deliberar y decidir; solo tiene que constatar la voluntad de las BO representadas. La constatación de esa voluntad es el acuerdo. La tarea de la conferencia es entonces deliberar sobre cómo ejecuta el acuerdo de la manera más adecuada. Los delegados se convierten así en órganos de ejecución, en ejecutores de la voluntad de las BO. Están los últimos en la fila, no los primeros. Porque el movimiento va de abajo arriba. El centro de gravedad está en las masas, no en los dirigentes.
La agrupación de las organizaciones de empresa en una unidad mayor y más fuerte se llama Unión Obrera (Arbeiter-Union).20 La dirección de la Unión Obrera la forman los responsables de las organizaciones de distrito. Por su estructura organizativa, la Unión Obrera no es ni federalista ni centralista, sino ambas cosas y tampoco ninguna de las dos. Deja que siga existiendo en la base la libertad e independencia que garantiza el federalismo de las BO, pero añade en la cúspide el elemento integrador de la concentración, que procede del centralismo. Pero así como el federalismo está presente sin su debilidad de dispersión y falta de unidad, así lo está el centralismo sin el inconveniente de ahogar y matar la iniciativa individual y la voluntad de las masas. En la Unión Obrera, pues, el federalismo y el centralismo aparecen en una unión superior, en una síntesis. En ello está la gran superioridad de la Unión Obrera sobre cualquier otra forma de organización. Es más perfecta que cualquier asociación solo federalista o solo centralista; es ambas cosas sin los inconvenientes de una y otra forma.
En la fase prerrevolucionaria la división de las organizaciones en políticas y sindicales tenía sentido. Había entonces, en efecto, luchas puramente políticas, que pedían ser libradas con medios políticos, y luchas puramente económicas, que exigían exclusivamente medios de lucha económicos. Desde la guerra y el gran vuelco que trajo consigo, esto ha cambiado. Hoy, toda lucha económica, por pequeña que sea al principio, se convierte en un abrir y cerrar de ojos en un conflicto político: todo movimiento salarial termina con el reconocimiento de que al proletariado ya no se le puede ayudar con aumentos de salario, sino que solo la supresión de todo el sistema salarial le asegura la salvación de la ruina. Pero eso es también un asunto político. Y a la inversa: todo conflicto político serio pone en movimiento enseguida las armas de las luchas económicas. Ebert y Noske, enemigos jurados de la huelga general: cuando vieron en peligro su sistema político con el golpe de Kapp, llamaron a las masas a la huelga general. El KPD rechazó con toda decisión, en sus famosos 21 puntos del congreso de Heidelberg,21 el sabotaje y la resistencia pasiva como «medios de lucha sindicalistas y anarquistas». Pero en la lucha del Ruhr el gobierno, el SPD y el KPD llamaron juntos a los obreros al sabotaje y a la resistencia pasiva. En la revolución, la situación de cada momento exige emplear en la lucha ora este medio, ora aquel, cambiar rápidamente de medios, combinarlos a menudo, etc. La revolución misma cambia sin cesar de rostro; es ora más un proceso económico, ora más un proceso político. Es una lucha unitaria económico-política de grandes dimensiones. La clase obrera estará en desventaja si tiene que tomar parte en esta lucha unitaria con organizaciones divididas. Tiene el máximo interés en una organización unitaria económico-política con la que esté a la altura de cualquier situación y fase de la lucha. La Unión Obrera es una organización unitaria de este tipo.
La primera Unión Obrera como organización unitaria surgió en octubre de 1921 por iniciativa de Sajonia oriental, que ya en 1920 se había separado del KAPD. Una conferencia del Reich aprobó, a propuesta de Sajonia oriental, las siguientes «directrices fundamentales para la AAU (organización unitaria)»:22
- La AAU es la organización unitaria política y económica del proletariado revolucionario.
- La AAU lucha por el comunismo, por la socialización de la producción, de las materias primas, de los medios y las fuerzas, y de los bienes de consumo producidos con ellos. La AAU quiere poner la producción y la distribución planificadas en lugar de las capitalistas actuales.
- El fin último de la AAU es la sociedad sin dominación; el camino hacia este fin es la dictadura del proletariado como clase. La dictadura del proletariado es la determinación exclusiva, por la voluntad de los obreros, de la organización política y económica de la sociedad comunista por medio de la organización de consejos.
- Las tareas inmediatas de la AAU son: a) La destrucción de los sindicatos y de los partidos políticos, principales obstáculos para la unificación de la clase proletaria y para el desarrollo de la revolución social, que no puede ser cosa de partido ni de sindicato. b) La agrupación del proletariado revolucionario en las empresas, células primarias de la producción, fundamento de la sociedad futura. La forma de toda agrupación es la organización de empresa. c) El desarrollo de la conciencia de sí y de la idea de solidaridad de los obreros. d) Preparar todas las medidas que serán necesarias para la construcción política y económica.
- La AAU rechaza todos los métodos de lucha reformistas y oportunistas; se opone a toda participación en el parlamentarismo y en los consejos de empresa legales, porque esa participación significa un sabotaje de la idea de los consejos.
- La AAU rechaza por principio el cuerpo de dirigentes profesionales. Los llamados dirigentes solo pueden entrar en consideración como asesores.
- Todas las funciones en la AAU son honoríficas.
- La AAU no considera la lucha de liberación del proletariado un asunto nacional, sino internacional. Por eso la AAU aspira a agrupar a todo el proletariado revolucionario mundial en una Internacional de los consejos.
Con estas directrices programáticas se constituyó en 1921 la AAU como organización unitaria.
Tras dos años de desarrollo, el grupo local de Dresde ha tomado la ocasión de consignar el resultado de los conocimientos y experiencias que ha obtenido de luchas ininterrumpidas, llevadas con la máxima consecuencia, en las siguientes directrices programáticas y organizativas:
1. Las causas del movimiento unionista
La guerra mundial, con sus repercusiones nacionales e internacionales en el terreno político, económico y cultural, ha traído a un ritmo acelerado la era de la revolución.
La descomposición creciente de la economía capitalista produce como consecuencia una pauperización cada vez mayor de la clase obrera.
Esta pauperización creciente, según muestra la experiencia, ya no puede compensarse con luchas por mejores condiciones salariales ni con reformas legislativas (parlamentarias). Solo puede eliminarse eliminando el propio modo de producción capitalista y sustituyéndolo por la economía socialista-comunista de las necesidades. Como la conquista de este fin solo puede ser asunto de la propia clase proletaria, de ello resulta por sí misma para el proletariado la exigencia de abandonar los métodos de lucha reformistas y sustituirlos por una forma de lucha revolucionaria, consciente de su fin y distinta también en lo organizativo. La victoria de la revolución tiene como presupuesto la unidad de la clase obrera. Los partidos y los sindicatos, de orientación reformista por toda su esencia, han resultado ser un freno para la necesaria unidad revolucionaria. Centralistas en su estructura organizativa, con el rasgo particular del cuerpo de dirigentes profesionales, estas formas de organización impiden en especial el desarrollo de la conciencia de sí del proletariado. Con ello, el problema de la unidad se convirtió al mismo tiempo en un problema de la forma revolucionaria de organización.
A partir de este reconocimiento, y de acuerdo con la concepción materialista de la historia, según la cual unas condiciones económicas y sociales cambiantes condicionan necesariamente también formas de organización de otro tipo, surgió la AAUE.
2. Naturaleza y fin de la AAUE
Partiendo de la idea de que las cuestiones económicas y las cuestiones políticas no pueden separarse artificialmente, la AAUE no es ni sindicato ni partido, sino la organización unitaria del proletariado. Para establecer el frente único de la clase proletaria, la Unión organiza a todos los obreros que se adhieren a sus fines en los lugares de producción, en las empresas. Todas las organizaciones de empresa se unen en la Unión sobre la base del sistema de consejos.
La reorganización de la economía capitalista en economía socialista-comunista tiene como presupuesto la toma de posesión revolucionaria de los medios de producción por el proletariado. El proceso de reorganización solo puede llevarse a cabo por la vía de la dictadura, es decir, de la determinación exclusiva por la voluntad de la clase proletaria. El instrumento de la reorganización es el sistema de consejos revolucionario. El sistema de consejos según el cual se construye la Unión ha de llevar en lo esencial los rasgos fundamentales del sistema de consejos futuro.
3. Estructura de la BO
La organización de empresa elige, según su tamaño y el tipo de empresa, el número de hombres de confianza que ella misma considere necesario. Estos encarnan el verdadero consejo de empresa, que tiene que regular todos los asuntos de acuerdo con los miembros. Los responsables (consejo de empresa) deben someterse a nueva elección cada trimestre. Se admite la reelección. Cualquier miembro es elegible. Si en una empresa trabajan varios unionistas, están obligados a fundar una organización de empresa. Los miembros aislados se organizan provisionalmente por grupos de industria o por barrios, y lo mismo los trabajadores de pequeñas empresas. Los pequeños industriales independientes y los intelectuales se organizan solo por barrios. Los grupos de barrio tienen carácter de organizaciones provisionales en la medida en que cada miembro tiene que salir de ellos en cuanto se den en su empresa las condiciones antes señaladas para fundar una BO propia.
4. Estructura de la Unión (organización de consejos)
Cada organización de empresa, grupo de barrio o grupo de industria tiene que enviar al menos un hombre de confianza al cuerpo local de responsables de consejo de la Unión. Las organizaciones de empresa, grupos de barrio y grupos de industria mayores envían varios hombres de confianza. Su número puede regularse de vez en cuando según un esquema unitario y conforme a consideraciones prácticas. Las tres formas de organización mencionadas forman juntas, en una localidad dada, un grupo local de consejos. Todos los grupos locales de una región económica determinada forman juntos un distrito económico. Los grupos locales eligen de su seno un consejo económico de distrito; este tiene principalmente el carácter de una oficina de información para el distrito y es, además, órgano ejecutivo de los trabajos que le encomienden las conferencias de distrito. Le corresponde convocar las conferencias que resulten necesarias cuando la situación del momento haga imposible el acuerdo previo con los grupos locales que es la regla. Del mismo modo se ha de proceder con las conferencias del Reich. Cada grupo local del distrito tiene el deber de enviar una representación a las conferencias de distrito. Al menos una vez al año ha de celebrarse una conferencia del Reich, en la que en lo posible deben estar representados todos los distritos económicos. La conferencia del Reich elige un consejo económico del Reich. Su carácter y sus tareas corresponden a los del consejo económico de distrito, con la única diferencia de que su actividad se extiende a todo el territorio del Reich. Si en el tiempo que media entre las conferencias del Reich resultan de sus deliberaciones medidas necesarias que interesan a toda la Unión, tiene que someterlas primero a la decisión general. Las conferencias del Reich y de distrito solo tienen derecho propio de decisión en la medida en que se trata de cuestiones generales del Reich o del distrito, respectivamente. En particular, tales acuerdos no pueden contravenir principios reconocidos por todos. En general, estas conferencias han de servir al intercambio de experiencias. Todos los hombres de confianza de cada BO y de toda la Unión son revocables en todo momento.
5. Táctica
La AAUE rechaza por principio toda participación en las elecciones al cuerpo legal de consejos de empresa. En consecuencia, también la delegación de unionistas en esta corporación, partiendo del punto de vista de que la actividad legal de los consejos de empresa produce un encubrimiento artificial de los antagonismos de clase.
A partir del reconocimiento expuesto en el punto 1, la AAUE rechaza igualmente por principio, por su parte, la propaganda y la organización de huelgas parciales. Pero como la Unión aún no está en condiciones de influir en el desarrollo de las circunstancias en su sentido, se produce automáticamente la situación de que compañeros de la Unión se vean arrastrados a las huelgas por convenio de los obreros de orientación sindical. En tales casos, los compañeros de la Unión que estén trabajando tienen que reunir el dinero de solidaridad necesario por el procedimiento de la derrama. La cuantía de la derrama necesaria en cada caso se discute y fija en la asamblea de responsables de consejo, ha de cobrarse a cada compañero en forma de una suma global igual para todos y el responsable de la BO ha de entregarla al comité local de trabajo. Se deja a cada BO la decisión de reunir un fondo para tales fines o de cobrar la derrama entre sus miembros según el caso. El principio determinante debe ser: «¡Quien da pronto da dos veces!». Si resulta necesario aplicar la solidaridad en todo el distrito, la cuantía de la derrama de distrito necesaria debe calcularla el cuerpo de distrito correspondiente. Si se hace necesario aplicar la solidaridad en todo el Reich, la corporación del Reich correspondiente debe asumir la regulación de la misma manera.
Todo el dinero recaudado debe transferirlo inmediatamente el comité local de trabajo al grupo de distrito o local en huelga. El cálculo se hace según el esquema de que 25 compañeros deben sostener a un compañero. A causa del descenso del salario real, el subsidio ha de ascender al 60 por ciento de un salario medio general.
Los compañeros represaliados o caídos en la necesidad de otro modo en la lucha por nuestros fines tienen el mismo derecho a recibir pruebas de solidaridad; la cuantía del subsidio en cada caso la fija la corporación competente más cercana, y según ella se cobra la derrama.
6. Administración
Todo el dinero de administración que necesiten los comités locales, de distrito y del Reich ha de recaudarse por el procedimiento de la derrama. Todas las funciones en toda la Unión han de desempeñarse de manera honorífica; solo se abonan compensaciones en los casos en que comporten pérdida de salario, y además para gastos de viaje y para los gastos adicionales que necesariamente tengan los oradores en sus viajes.
7. Afiliación
Puede ser miembro todo obrero o toda obrera que se adhiera a los presentes principios y directrices.
El derecho de expulsión corresponde solo a la BO; la eventual expulsión de una BO, a la Unión local. Un distrito local o económico entero solo puede ser expulsado por la conferencia del Reich. Las expulsiones solo pueden producirse si hay infracciones de principios reconocidos por todos.
Contra cualquier expulsión puede interponerse recurso, en un plazo de cuatro semanas, ante la corporación inmediatamente superior, cuya decisión no puede impugnarse ya. Hasta que su recurso sea desestimado, el que protesta sigue siendo miembro de pleno derecho de la Unión en su conjunto, y no se le puede negar la prensa correspondiente para aclarar los hechos.
Todo compañero tiene el deber de prestar siempre el más vivo interés a las cuestiones de principio, tácticas y organizativas de la AAUE; de ello dependen la perfección de la estructura de la organización y nuestro poder.
VIII. El sistema de consejos
La organización de empresa y la Unión Obrera están sostenidas y dominadas por el principio del sistema de consejos. El sistema de consejos es la organización del proletariado que corresponde al carácter de lucha de clases y a la futura sociedad comunista. Si Marx dijo que la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina de gobierno del Estado capitalista, sino que tiene que encontrar su propia forma para llevar a cabo su voluntad revolucionaria, esta tarea está resuelta en la organización de consejos.
La idea de los consejos nació en la Comuna de París. Los combatientes de la Comuna reconocieron que era necesario romper resueltamente la máquina burocrático-militar, en lugar de traspasarla de unas manos a otras, si querían llegar a una «verdadera revolución popular». Sustituyeron la maquinaria estatal destrozada por una institución de carácter distinto en principio: la Comuna. «La Comuna», escribió Marx, «no había de ser una corporación parlamentaria, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. En lugar de decidir una vez cada tres o seis años qué miembro de la clase dominante ha de representar y pisotear23 al pueblo en el parlamento, el sufragio universal había de servir al pueblo constituido en comunas, como el sufragio individual sirve a cualquier otro patrono para escoger obreros, capataces y contables para su negocio. El primer decreto de la Comuna fue la supresión del ejército permanente y su sustitución por el pueblo armado. Así, la policía, instrumento del gobierno del Estado, fue despojada inmediatamente de todas sus atribuciones políticas y convertida en instrumento de la Comuna, responsable y revocable en todo momento. Lo mismo los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, el servicio público había de desempeñarse por un salario de obrero. Los derechos adquiridos y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los propios dignatarios. Los funcionarios judiciales perdieron aquella aparente independencia; en adelante habían de ser elegidos, responsables y revocables. La elegibilidad y la revocabilidad, aplicadas por completo, de todas las personas con cargo, sin excepción alguna y en cualquier momento, la reducción de sus sueldos al nivel del salario obrero corriente, estas medidas democráticas, las más sencillas y evidentes, unieron los intereses de la clase obrera con los de la mayoría de los campesinos y sirvieron al mismo tiempo de pasarela entre el capitalismo y el socialismo.
Las medidas tomadas por los combatientes de la Comuna no podían ser más que una pasarela, porque a su reconstrucción política del Estado le faltaba la base de la igualdad económica.
En la revolución rusa la pasarela se convirtió en un puente muy respetable. Ya en 1905 surgió en Petersburgo, Moscú, etc., la institución de los consejos obreros, que, desde luego, pronto tuvo que ceder de nuevo ante la reacción. Pero su imagen se había grabado en la clase obrera, y en la revolución de marzo de 1917 la masa obrera de Rusia volvió a recurrir enseguida a la formación de consejos, no por falta de otras formas de organización, sino porque la revolución había despertado en ella la necesidad viva de unirse como clase. Radek24 escribió entonces, al considerar este fenómeno: «El partido solo puede atraer siempre a los obreros más formados, más lúcidos. Muestra un largo camino, amplios horizontes, presupone cierto nivel de conciencia proletaria. El sindicato apela a las necesidades más directas de la masa, pero la organiza por oficios, en el mejor de los casos por ramas de industria, pero no como clase. En el período del desarrollo pacífico solo las primeras filas del proletariado tienen conciencia de clase. Pero la revolución consiste en que las capas más amplias del proletariado, también aquellas que hasta entonces eran ajenas a la política, son sacadas a tambor batiente de su reposo y presas de una honda fermentación. Despiertan, quieren actuar; se dirigen a ellas diversos partidos burgueses y socialistas, distintos en los fines de sus aspiraciones y en el camino que quieren seguir. La clase obrera siente instintivamente que solo puede vencer como clase. Trata de organizarse como clase. Y este sentimiento de que solo puede vencer como clase, de que las aspiraciones de sus partes separadas, que se agrupan en torno a los distintos partidos, no pueden ser victoriosas, es tan fuerte que, aun manteniendo plenamente la libertad de agitación para las consignas de los partidos, también las partes más avanzadas del proletariado, cuyas aspiraciones van más allá de los deseos momentáneos de su clase, se someten en los días de la decisión a la organización de clase. Lo hacen por una clara comprensión de la esencia de la revolución proletaria. En la época pacífica del movimiento, la vanguardia proletaria se fija objetivos políticos muy limitados, para cuyo logro no hacía ninguna falta la fuerza de toda la clase. La revolución pone a la orden del día la cuestión de la conquista del poder. Para ello no bastan las fuerzas de la vanguardia. Los consejos obreros se convierten así en el suelo sobre el que se une la clase obrera.»
Los revolucionarios rusos, los obreros y los pequeños campesinos, conquistaron con ayuda de los consejos el poder económico y político. Tomaron el poder solo para sí y ya no lo compartieron con ningún resto de la burguesía. Dividieron Rusia en distritos en los que obreros y campesinos pobres elegían los sóviets, primero para las localidades, luego para los distritos; los sóviets de distrito elegían el sóviet central para todo el país, y del congreso de estos sóviets salía el comité ejecutivo. Todos los miembros de los sóviets municipales, de distrito y central, así como todos los funcionarios y empleados, eran elegidos solo por poco tiempo; seguían siempre dependiendo de su cuerpo electoral y estaban obligados a rendirle cuentas.
La clase obrera había encontrado en los consejos obreros su organización, su unión como clase y la expresión de su voluntad, su forma y su esencia. Para la revolución y para la sociedad socialista.
La revolución rusa, con la creación de consejos obreros, aunque ella misma no haya podido mantenerlos en su forma revolucionaria ni hacerlos eficaces para las tareas del socialismo, ha dado a los obreros del mundo el ejemplo de cómo ha de llevarse a cabo la revolución como fenómeno proletario.
Con este ejemplo ante los ojos, el proletariado puede preparar la revolución mundial. El proletariado del mundo, en todas partes donde la revolución proletaria empiece a desplegarse, tendrá que crear, antes, durante y después de las luchas, consejos obreros en municipios, distritos, provincias, regiones y naciones, para transferirles a ellos —y solo a ellos— el poder económico y político.
Cuando estalló el levantamiento alemán de noviembre, de pronto estuvo en el centro de todas las reivindicaciones y consignas revolucionarias la consigna: ¡Todo el poder a los consejos!
Y en un instante allí estaban los consejos de obreros y soldados.
Eran sin duda imperfectos y a menudo ineptos —el obrero alemán confirmó también aquí la vieja experiencia de que el alemán no tiene gran habilidad para la revolución—, pero no eran tan malos, tan fallidos y tan incapaces de cualquier eficacia como los han presentado la crítica de los partidos y la hostilidad de los contrarrevolucionarios. Por grandes que fueran sus defectos, representaban un principio nuevo, el principio de la revolución proletaria, el principio de la construcción socialista: en ello estaba su importancia, su valor para la historia universal. Y en ello habría tenido que fundarse el respeto que se les debía.
Pero el SPD, aliado de la burguesía (a la que acababa de salvar con su política de resistir hasta el final de los peligros de la guerra mundial) y conjurado con la reacción, cayó furioso sobre los consejos obreros, los insultó y los cubrió de baba, no se cansó de desacreditarlos con sospechas y acusaciones mentirosas y exageradas, los saboteó haciendo depender la existencia de los consejos obreros de elecciones parlamentarias, y cuando estas, por la participación de elementos burgueses completamente indignos de confianza o directamente enemigos de la revolución, resultaron más o menos reaccionarias, hizo transferir por acuerdos de mayoría el poder de los consejos, conquistado en la revolución, a la Asamblea Nacional y a las autoridades burocráticas. Donde la clase obrera revolucionaria se opuso a este proceder traidor y pérfido, entraron las guardias de Noske, aplastaron por la fuerza de las armas a la clase obrera en luchas en parte encarnizadas (Bremen, Brunswick, Leipzig, Turingia, cuenca del Ruhr) y pusieron fin violentamente a los consejos.
Si estos consejos no hubieran sido flores revolucionarias abiertas deprisa, que cayeron inesperadamente en el regazo de los obreros alemanes pero que en el fondo eran ajenas a su ideología política y siguieron siéndolo; si hubieran sido, por el contrario, formaciones maduradas orgánicamente en la ideología proletaria de lucha y firmemente arraigadas en los centros de trabajo, con cuya función y círculo de tareas la masa hubiera podido familiarizarse, nunca habrían podido ser borrados y extirpados tan deprisa del cuadro de la revolución alemana. Así, el proletario alemán se dejó arrebatar enseguida la única conquista que había obtenido de las jornadas de noviembre y a partir de la cual habría podido desarrollar el comienzo de su revolución, la revolución proletaria, y volvió a arrastrarse, como buen borrego de partido y de sindicato, al redil de los grandes cebaderos de bonzos. Con ello la revolución estaba perdida para él.
La lucha por la organización de consejos presenta tres fases. La primera es la lucha por la conquista del poder. Aquí la organización de consejos es la liberación progresiva de las cadenas del capitalismo, sobre todo también de las cadenas del mundo espiritual burgués. En su devenir se encarna el desarrollo progresivo de la conciencia de sí del proletariado; la voluntad de convertir en realidad la conciencia de clase proletaria, de darle también expresión visible. La fuerza con que se lucha por esta organización de consejos es precisamente el termómetro que indica hasta qué punto el proletariado se ha comprendido como clase y está decidido a imponerse. Con ello queda claro también que el nombramiento puramente exterior de consejos obreros no significa que sean expresión de la organización nueva, proletaria. En el curso del desarrollo ocurrirá que consejos auténticos vuelvan a empantanarse, que se anquilosen en una nueva burocracia. Entonces habrá que emprender contra ellos la lucha tan sin miramientos como contra las organizaciones capitalistas. Pero el desarrollo no se detendrá, y el proletariado no puede ni querrá descansar hasta haber llegado a la dictadura del proletariado. Con ello comienza la segunda fase de la organización de consejos. En la lucha por la sociedad comunista, es decir, sin clases, no hay compromiso alguno entre capital y trabajo; la superación incondicional de la clase explotadora es presupuesto para que la clase proletaria se desarrolle hasta ser portadora de la nueva sociedad. El estadio de la dictadura, cuya duración depende del comportamiento y la longevidad de los viejos poderes, hace posible la transición. La clase proletaria ejerce la dictadura disponiendo de todas las instituciones políticas y económicas de la sociedad exclusivamente en su interés. El instrumento aquí son los consejos. Solo así se hace posible la construcción de la comunidad comunista. Esa es la tercera fase del sistema de consejos. La espada se cambia por la paleta de albañil. La economía se orienta y organiza según nuevos puntos de vista. La legislación da forma de obligatoriedad general a las necesidades económicas y sociales. La ejecución y aplicación de las nuevas leyes pasa a ser cosa de quienes las hicieron: el legislativo y el ejecutivo coinciden. El cuerpo legislativo y el administrativo forman una unidad en nombre y en interés del conjunto de la sociedad. El órgano de esta actividad constructiva, concebida y llevada a cabo en gran escala, será el sistema de consejos.
El sistema de consejos es a la vez algo negativo y algo positivo. Negativo, porque destroza y suprime las viejas formaciones organizativas burocrático-centralistas, el Estado capitalista, la economía del beneficio, la ideología burguesa; y positivo, porque crea y da forma a la estructura del nuevo orden social, a la economía colectiva, a la federación de las fuerzas proletarias para la nueva construcción de la cultura, a la ideología socialista. Su elemento es lo social, no lo individual; su mentalidad, el sentimiento de comunidad, no el egoísmo; su principio, el interés general, no el bien particular; su formato, la sociedad, no la clase poseedora; su fin, el comunismo, no el capitalismo. La orientación social fundamental de los consejos y su orientación según la esencia y el contenido de la idea socialista dan como resultado necesario y evidente: plena publicidad y control sin trabas de todos los actos oficiales y funciones administrativas, supresión radical de toda burocracia y de todo cuerpo de dirigentes profesionales, cambio completo del procedimiento electoral (elección por tiempo limitado, derecho de revocación, mandato imperativo, etc.), traslado del centro de gravedad de todas las decisiones importantes a la voluntad de las masas, construcción de la educación sobre la base de la producción social, revolucionarización de toda la ideología en el sentido del principio socialista.
La organización de consejos condiciona sobre todo también una nueva táctica.
Las revoluciones burguesas se libraron en la calle, en las barricadas, con armas militares y ejércitos. Pero los ejércitos y la fuerza militar son medios burgueses, también cuando los forman obreros. El ejército también lo formaban proletarios en la época burguesa. También un Ejército Rojo es una organización de combate construida de manera centralista, autoritaria, en el fondo burguesa. En él hacen falta jefes con poder de mando ilimitado y tropa con obediencia incondicional. La disciplina se produce por la fuerza: pocos tienen que dominar a muchos. Hacer una revolución con militares, con ejércitos, significaría: los proletarios quieren superar a la burguesía con medios burgueses. Si esto fuera posible, también tendrían razón los parlamentaristas cuando tienen el parlamento por un medio revolucionario. Ninguna confianza en el parlamento, ninguna confianza en el ejército. Tampoco conseguimos reunir un ejército burgués. Para empezar, no tenemos armas. Unas cuantas ametralladoras ahuyentan a todos los héroes de escopeta y revólver. Es particularmente ridículo querer luchar con nuestro material humano contra un ejército burgués que descansa, de manera rígidamente centralista, en la obediencia de cadáver de la tropa. Para una lucha así los revolucionarios son demasiado independientes e ilustrados. Los compañeros ya no se doblegan a una disciplina ciega; son hombres más libres, pero por eso tampoco son tan útiles ni tan eficaces como un ejército. En el terreno de lucha burgués los burgueses nos son superiores, en lo militar como en la mesa de negociaciones y en el parlamento. De ello aprendemos que no debemos pisar el terreno de lucha burgués, sino obligar a la burguesía a venir a nuestro terreno de lucha: a la empresa.
Hemos comprendido que la revolución proletaria es en primer lugar un asunto económico. El obrero de mentalidad de partido piensa primero en la conquista del poder político. Eso es falso. La conquista del poder político no trae consigo sin más que al vencedor le corresponda también el poder económico. Las experiencias de 1918 lo han demostrado. Como, por otro lado, tampoco la conquista del poder económico hace caer al mismo tiempo en el regazo, como fruta madura, el poder político. Los sindicalistas italianos han tenido que pagar caro esta superstición. Hay que tener siempre presente que el poder político y estatal son medidas de aseguramiento de los intereses económicos. Ejército, justicia, constitución, Iglesia, escuela: todo sirve para asegurar el capital y el beneficio. La superestructura política es lo segundo; la economía, lo primero. La lucha tiene que librarse desde la base económica. En los detalles no hay receta para ello. Pero los revolucionarios tienen que apoderarse primero de las empresas y de sus funciones. El control, la participación en el cálculo y la disposición, el derecho de codecisión, la toma de las empresas son, según la situación, quizá las etapas que en tiempos revolucionarios pueden sucederse con rapidez. En relación con ello hay que sacudir los aparatos de la administración del Estado y de los municipios, de la justicia, de la policía, del ejército, de la escuela, etc., no tanto con el asalto desde fuera, que, como se siente ajeno y hostil, suele chocar con una defensa cerrada, sino más bien con la lucha tenaz e infatigable en el interior, que nace de la propia descomposición interna creciente y se alimenta de ella. Pero esta lucha interior solo puede librarse si existen consejos. Ellos son el fermento que produce constantemente las fermentaciones y los conflictos en el interior, los impulsa, los atiza sin cesar, hasta que se produce el estallido abierto de la lucha.
Además puede haber todavía luchas callejeras, pueden chocar masas armadas y pugnar por la superioridad según las leyes y reglas de la guerra burguesa; no serán esas las luchas decisivas. El centro de gravedad de la decisión estará en las luchas en las empresas. Aquí las masas tienen bajo los pies su terreno de lucha; aquí saben mejor que en ningún sitio a qué atenerse; aquí están en su elemento. Aquí encuentran también, al fin y al cabo, las luchas callejeras y de barricadas una y otra vez el respaldo necesario. Solo aquí está la garantía de la victoria. Pero solo si las organizaciones de consejos son a la vez formaciones económicas y políticas: no unilateralmente políticas, como el partido; no unilateralmente económicas, como los sindicatos (incluidos los sindicalistas revolucionarios); no una guardia blanca tan falseada, peligrosa para la comunidad y contrarrevolucionaria como los consejos de empresa legales,25 con los que la camarilla de Scheidemann coronó la bancarrota de la Revolución de Noviembre.
La representación suprema de los intereses obreros revolucionarios la constituye el congreso de los consejos. Tiene que salir de las organizaciones de empresa, ser la expresión, organizada y viva en su funcionamiento, de la voluntad obrera. Es un absurdo que pudiera ser convocado o instituido por un partido o un sindicato. Entonces solo existiría siempre como filial del partido o apéndice del sindicato. Si el KPD hace propaganda del congreso de los consejos sin la intención de renunciar a su propia existencia en cuanto el congreso se constituya, toda su celosa propaganda se reduce a un engaño. Con el congreso de los consejos solo pretende poner en manos de los dirigentes del partido un instrumento eficaz para dominar a los obreros y eternizar su influencia más allá de la vida del partido. En Moscú vemos cómo el congreso de los sóviets por la gracia del partido se ha convertido en un teatro de marionetas en las manos omnipotentes de los detentadores del poder en el partido, encumbrados a dignatarios del Estado. En ello está la fatalidad de la revolución rusa, que hace tiempo —no en último lugar por esta causa— dejó de ser una causa proletaria. El partido tiene que darse por liquidado con la constitución del congreso de los consejos. Lo mismo el sindicato. Más aún: también la Unión Obrera, que está construida según el principio de los consejos y encarna la propaganda, hecha carne y sangre, de la idea de los consejos, ha cumplido con ello su tarea. Quizá las Uniones Obreras (se distinguen la Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales, fundación del KPD; la Unión Obrera del KAPD; la Unión Obrera Libre de los sindicalistas, y la Unión Obrera General, organización unitaria, como la más consecuente y unitaria en su constitución programática y organizativa)26 sean concebibles como fracciones de este congreso de los consejos, si todavía en la época burguesa capitalista se llegara, junto al parlamento, a un congreso de los consejos, que naturalmente solo podría ser una forma previa del verdadero congreso de los consejos. Pero en la medida en que influyan con su actividad en la eficacia del congreso de los consejos y la determinen, en que su esencia se vierta en la esencia del congreso de los consejos, se liquidan a sí mismas y hacen superflua su existencia. Por el momento, las Uniones Obreras son, por así decir, guardianas del lugar del sistema de consejos. En el propio sistema de consejos está el cumplimiento del ideal organizativo, técnico-administrativo y creador de sociedad de la época socialista. Con el sistema de consejos se sostiene y crece el socialismo.
IX. La revolución proletaria
La Revolución de Noviembre de 1918 fue la última estribación de la revolución burguesa de 1848. Completó la república liberal-democrática que la resolución y la fuerza de los burgueses alemanes de entonces —en la lucha contra la propiedad feudal y el poder de los príncipes— no habían bastado para crear. Para salvar del naufragio la nave de la burguesía, puesta en peligro extremo por la guerra mundial, arrojó por la borda sin vacilar el último lastre feudal, monárquico y absolutista, que había arrastrado consigo durante setenta años y que ahora amenazaba seriamente con serle fatal. Con ello se creó una base de entendimiento y de negociación con los poderes capitalistas de Europa occidental, en particular con los Estados vencedores democrático-republicanos, Francia y América. Al darse una constitución burguesa y liberal y tomar ella misma el gobierno en sus manos, la burguesía hizo posible y consiguió su nueva constitución. Su salvación, desde luego, en el sentido de la idea del Estado nacional capitalista, llegó demasiado tarde. La burguesía alemana, mientras añadía la piedra angular que completaba su Estado burgués capitalista y veía por fin coronada la obra de la emancipación republicano-democrática, tuvo que renunciar en ese mismo momento a su independencia económica y dejarse dictar por los Estados vencedores la medida de su libertad política. Esa es la tragedia de la ocasión perdida y del valor tardío.
Una parte del proletariado alemán intentó llevar adelante la revolución. Desde Liebknecht hasta Hölz27 lo ha puesto todo en juego, en numerosos levantamientos vigorosos e incluso heroicos, para hacer de la revolución burguesa una revolución social, derribar a la burguesía e implantar el socialismo; la legión de los combatientes no ha escatimado resolución ni espíritu de sacrificio; decenas de miles han sido asesinados, otras decenas de miles están enterrados en cárceles y presidios, otras decenas de miles han tenido que huir del país, perseguidos, acosados, desaparecidos y hundidos. Pero todas las luchas, todo el heroísmo, todos los sacrificios no han conducido a la meta. La revolución está perdida para el proletariado alemán hasta nueva orden.
Se perdió porque la mayor parte del proletariado alemán, bajo la dirección de sus empleados de partido y de sindicato, sujetó el brazo de sus hermanos de clase en lucha, no: los apuñaló por la espalda. Engañados por su ideología pequeñoburguesa, prisioneros de sus organizaciones no revolucionarias, cegados por su táctica oportunista, traicionados por sus dirigentes demagógicos y egoístas, tuvieron que convertirse ellos mismos en traidores, saboteadores y enemigos de la liberación y el alzamiento de su clase. Que la burguesía defendiera su pellejo y recurriera a la astucia y a la violencia para salvar su existencia es evidente, porque era un imperativo de conservación en la lucha de clase contra clase. Pero que el proletariado alemán, que poseía las organizaciones más fuertes, que se jactaba de ser el más instruido del mundo y que acababa de experimentar en su propia carne durante cuatro años, vadeando un mar de sangre y lágrimas, las consecuencias espantosas de la política burguesa y capitalista; que este proletariado, en la hora de la revolución, no supiera hacer otra cosa ni fuera capaz de hacer nada mejor que salvar una vez más a la burguesía de su país, esa burguesía brutal, insolente, incorregible e inculta sin igual: esa es una constatación profundamente vergonzosa y triste. Una constatación que hace comprensible, aunque no justificado, que miles, desalentados y desesperados, arrojen la toalla:28 ¡a este pueblo de siervos no hay quien lo ayude!
Y, sin embargo, este pueblo no merece nuestra ira, sino nuestra ayuda, en su cobardía como en su falta de juicio. Porque él mismo es víctima de una servidumbre de siglos, que quebró y molió a palos todo lo que había en él de independiente y libre, y de un único y gran engaño que los dirigentes cometieron con él una y otra vez. Ahora tiene que pasar por una terrible escuela del hambre y de la esclavización, y aunque, bajo la presión de la fuerza de explotación multiplicada del capital mundial, que le exprime la última gota de sangre de las venas, salgan al principio a la luz todos los malos instintos y vicios de la criatura degenerada, la escuela de los tormentos acabará siendo, sin embargo, una escuela de la comprensión y del despertar político.
El proletariado alemán tiene que reconocer por fin que la revolución proletaria no es cosa de partido ni de sindicato, sino obra de toda la clase proletaria.
El proletariado alemán tiene que ponerse por fin a reunir, instruir, ordenar, poner en marcha y llevar a la lucha a esta clase proletaria en los lugares de su trabajo servil, para la tarea de la revolución.
El proletariado alemán tiene que decidirse por fin a quitarse el ronzal de sus dirigentes y a tomar en sus propias manos la obra de su liberación, para completarla con sus propias fuerzas y medios, por iniciativa propia y bajo su propia dirección.
La historia universal nos da tiempo hasta que todas las fuerzas hayan madurado para la tarea que nos plantea.
Los parlamentos se convierten cada vez más en simulacros vacíos; los partidos se descomponen, se desgastan mutuamente y pierden su crédito político; los sindicatos se convierten en ruinas. El hundimiento en toda la línea de este sistema organizativo y político es imparable.
Capas proletarias y pequeñoburguesas reconocen en medida creciente que se han convertido en víctimas de una economía de partidos caduca, si no en víctimas de los embaucamientos de la política de partido y de los sindicatos, y, como en lo más íntimo siguen creyendo en la legitimidad y el futuro de la idea socialista, se vuelven hacia movimientos que les hacen creer en una liberación sin lucha, en un paraíso sin esfuerzo propio: la antroposofía de Rudolf Steiner, el movimiento de la tierra libre y el dinero libre de Silvio Gesell, las comunidades de trabajo (Werkgemeinschaften) que desfiguran la idea de los consejos, el nacionalsocialismo de Adolf Hitler, la Liga de los Rebeldes, que niegan toda organización, o los Estudiantes Serios de la Biblia, que esperan en un más acá y un más allá.29 Todos ellos andan extraviados; su camino está lleno de decepción; su final es la nada.
Solo queda la lucha de clases, desplegada sobre la base económica más amplia, liberando todas las energías proletarias y llevada hasta la revolución social, que conduce a la meta socialista. La lucha de clases en la que el proletariado es a la vez dirigente y masa, estado mayor y ejército, cerebro y brazo, idea y movimiento, impulso y cumplimiento.
El camino de esta lucha de clases es un trozo de historia universal. Une el pasado feudal, por encima del presente capitalista, con el futuro socialista. Deja atrás toda explotación y toda dominación. Conduce a la libertad.
¡Seguidnos por este camino, compañeros!
¡Tenemos un mundo que ganar!
Fuente: traducción del texto de la versión original, que procede únicamente de la transcripción publicada en left-dis.nl (http://www.left-dis.nl/d/prolrev.pdf) del folleto Von der bürgerlichen zur proletarischen Revolution, Dresde (Buchholz-Friedewald), Verlag Am andern Ufer, 1924, 76 págs. No se dispone de facsímil del impreso de 1924 ni se ha podido cotejar la transcripción con él; por eso no hay marcas de página. Hay reedición en Berlín, Blankertz, 1970 (Bibliothek der Rätekommunisten, 2), no consultada. Las erratas evidentes de la transcripción se corrigieron en la versión original; lo conjeturado va entre corchetes.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026), sin utilizar traducciones españolas anteriores. Se conservan la división en capítulos y párrafos y el énfasis de la transcripción (en cursiva). Terminología: Rätesystem = «sistema de consejos», Arbeiterrat = «consejo obrero», Betriebsrat = «consejo de empresa», Betriebsorganisation (BO) = «organización de empresa», Arbeiter-Union = «Unión Obrera», Einheitsorganisation = «organización unitaria», Berufsführertum = «cuerpo de dirigentes profesionales», Führer = «dirigente» (y «caudillo» en «socialismo sin caudillos»), Selbstbewußtsein = «conciencia de sí», Tarifvertrag = «convenio colectivo», gebundenes Mandat = «mandato imperativo», Gemeinschaftsgefühl = «sentimiento de comunidad». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
«Baboeuf» en el original: François-Noël (Gracchus) Babeuf, cabeza de la Conjura de los Iguales, guillotinado en 1797. (N. del T.) ↩
Verwahrloste Bauern: Verwahrlosung se traduce en el archivo «descarrío»; cuando, como aquí, designa el abandono material, «desamparo». (N. del T.) ↩
Así en la transcripción («Nicht einmal sechzig Jahre später…»). El sentido parece ser que, apenas sesenta años después de 1789, en las revoluciones de 1848, sí apareció ya un componente proletario de clase. (N. del T.) ↩
Belange, «intereses», palabra de la jerga nacionalista de la época; Rühle la entrecomilla. (N. del T.) ↩
Albert Leo Schlageter, miembro de los Freikorps fusilado por los franceses en mayo de 1923 por sabotajes durante la ocupación del Ruhr. Su elogio por Karl Radek en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (junio de 1923) dio nombre a la «línea Schlageter» de acercamiento del KPD a los nacionalistas. (N. del T.) ↩
Aufsichtsrat, en la sociedad anónima alemana, el consejo de vigilancia que controla a la dirección; se traduce «consejo de administración» por la función que Rühle le atribuye. (N. del T.) ↩
En la transcripción, «(Reichswirtschaft)»; se entiende el Reichswirtschaftsrat, Consejo Económico provisional del Reich (1920), que el propio Rühle nombra en el cap. VI. (N. del T.) ↩
Alusión a la frase de Schiller (Fiesco, III, 4): «Der Mohr hat seine Schuldigkeit getan, der Mohr kann gehen» («El moro ha cumplido su deber, el moro puede irse»). (N. del T.) ↩
Friedrich Minoux, director general del consorcio de Hugo Stinnes, fue propuesto en el otoño de 1923 para encabezar un «directorio» dictatorial. (N. del T.) ↩
Freisinnig: los partidos liberales de izquierda del Imperio (Freisinnige Volkspartei, Freisinnige Vereinigung). (N. del T.) ↩
Handeln und verhandeln: en alemán handeln significa a la vez «comerciar» y «actuar», juego que Rühle retoma más abajo («sobald es ans Handeln geht»). (N. del T.) ↩
Kadavergehorsam: obediencia absoluta, «como un cadáver», expresión tomada de las constituciones jesuíticas (perinde ac cadaver) y usada en Alemania para la disciplina militar. (N. del T.) ↩
USP, Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD). (N. del T.) ↩
Laguna en la transcripción. La frase empieza con el refrán «Wem Gott ein Amt gibt, dem gibt er auch Verstand» («A quien Dios da un cargo, le da también entendimiento») y debía de seguir comparando al dirigente con la mentalidad de los funcionarios. (N. del T.) ↩
Bonzen, «bonzos»: término despectivo de la época para los funcionarios y dirigentes asalariados del partido y los sindicatos. (N. del T.) ↩
Hilfsdienstgesetz, ley del servicio patriótico auxiliar de diciembre de 1916, que militarizaba el trabajo en las industrias de guerra con la colaboración de los sindicatos. (N. del T.) ↩
La Zentralarbeitsgemeinschaft, acuerdo Stinnes-Legien del 15 de noviembre de 1918 entre la gran patronal y los sindicatos. (N. del T.) ↩
Así en la transcripción. El folleto es de 1924 y los planes de un directorio con Minoux son del otoño de 1923: debe de tratarse de una errata por 1923. (N. del T.) ↩
La compañía naviera Hapag bautizó uno de sus vapores con el nombre de Carl Legien, presidente de la Comisión General de los Sindicatos, muerto en 1920. (N. del T.) ↩
Arbeiter-Union: «Unión Obrera». La AAU es la Allgemeine Arbeiter-Union («Unión Obrera General»); la AAUE, la Allgemeine Arbeiter-Union – Einheitsorganisation («Unión Obrera General – Organización Unitaria»), escindida en 1921, a la que pertenecía Rühle. (N. del T.) ↩
Las «Leitsätze» del II Congreso del KPD (Heidelberg, octubre de 1919), que provocaron la salida de la oposición de izquierda que fundaría el KAPD. (N. del T.) ↩
Reproducidas por Rühle con las siglas AAU; se trata de las directrices de la AAUE (véase la nota 18). (N. del T.) ↩
Juego de palabras de Marx (Der Bürgerkrieg in Frankreich): vertreten («representar») y zertreten («pisotear»). En la transcripción la cita no se cierra; desde «La elegibilidad y la revocabilidad…» el texto sigue en realidad a Lenin (El Estado y la revolución, cap. III), sin indicarlo. (N. del T.) ↩
Karl Radek. No se ha localizado la procedencia exacta de la cita. (N. del T.) ↩
Los consejos de empresa (Betriebsräte) de la ley de 4 de febrero de 1920. (N. del T.) ↩
La Union der Hand- und Kopfarbeiter (próxima al KPD), la AAU ligada al KAPD, la Freie Arbeiter-Union Deutschlands (FAUD, anarcosindicalista) y la AAUE. (N. del T.) ↩
Max Hoelz (Hölz), dirigente de las acciones armadas del Vogtland (1920) y de la Acción de Marzo (1921), condenado a cadena perpetua. (N. del T.) ↩
Literalmente, «arrojen la escopeta al trigo» (die Flinte ins Korn werfen). (N. del T.) ↩
Los Ernste Bibelforscher («Estudiantes Serios de la Biblia»), nombre que tenían en Alemania los testigos de Jehová. El Bund der Rebellen era un grupo anarquista individualista. (N. del T.) ↩