Trata asiduamente con tus hijos, tenlos
día y noche a tu lado, y quiérelos
y déjate querer: años únicos y hermosos…

L. Schefer1

[Nota preliminar]

Knigge escribió un libro digno de leerse sobre el trato con los hombres.2

También los niños son hombres —por así decirlo—, o quieren al menos, como el zorro (en la fábula) enseña al lobo, llegar a ser hombres.

En este hacerse hombres debemos ayudarles los adultos. Para eso sirve la educación.

Ahora bien, la tarea de educar, según las palabras de Kant,3 no es solo una de las más difíciles, sino también de las de mayor responsabilidad, sobre todo para quien con todo lo que hace quiere servir honradamente a su tiempo y, más allá de él, también al porvenir.

El tiempo del que somos hijos cambia y se hunde. Un tiempo nuevo se anuncia entre fermentos y bramidos.

Pero el tiempo nuevo exige hombres nuevos. Nos los exige a nosotros.

La obra de la educación está hoy muy desacreditada. Los educadores tienen que expiar muchos pecados que cometieron con la juventud. Por eso más de uno se siente inseguro, no encuentra ya el camino justo ni el medio justo para llegar a la juventud. Pues una juventud nueva quiere ser educada de un modo nuevo.

De la experiencia propia con el niño y de intentos ocasionales de ayudar a otros con consejos, indicaciones y ejemplos en el trato con los niños ha nacido un librito que quiere estimular, aconsejar e instruir en círculos más amplios.

No quiere más que indicar cómo podría ser la educación de la nueva generación en nuestras manos. No quiere dar ningún esquema, desarrollar ninguna teoría, crear ningún sistema. Solo ayudar a liberar, ayudar a eliminar inhibiciones, ayudar a un espíritu nuevo.

¡Ojalá sea útil a muchos padres!

Cultiva la habituación

Toda educación empieza por la habituación. Es el lenguaje mudo en que la educación habla al niño mientras este no entiende todavía el lenguaje verdadero. Aunque es una parte impersonal de la educación, depende por completo de la personalidad del educador. La firmeza, la constancia, la consecuencia en la actitud y en la conducta, la ejemplaridad en todo el modo de vida son sus condiciones indispensables. Rodea como un anillo al niño que nace dentro del círculo del orden doméstico y familiar, y lo sujeta como con tenazas y grapas. De nada le sirve resistirse al pequeño perturbador y a su terquedad: tiene que integrarse, adaptarse, subordinarse… habituarse. Como estar de pie, andar, hablar, así también la limpieza, el sentido del orden, la regularidad, la puntualidad son todas cosas de la habituación y de su hermana, la práctica. Y aún más: también el pensar y el sentir, todos los procesos de la vida interior del hombre, reciben su contenido, su impronta y su timbre ante todo del método y del ritmo de la habituación. La esfera en que se mueve tu espíritu, libre o prisionero, abierto a toda ilustración o enredado en una sorda credulidad, rodea y baña también el mundo espiritual de tus hijos. Y la escala de tu mundo de sentimientos y sensaciones, sea más rica en sonidos y modulaciones en los registros altos o en los bajos, influye también en el contenido anímico de los estados de ánimo de tu descendencia. Como una dulce coacción, a la que uno se somete primero de mala gana, pero luego con alegría creciente, y que acaba actuando de modo irresistible, rodea al niño el influjo educativo de la habituación. Sus frutos maduran despacio, pero son los únicos capaces de sobrevivir indestructibles también a una larga vida. «Como se acostumbra a un niño, así obra cuando es hombre.»

La habituación para la comunidad

[Fragmento de Clara Zetkin, discurso en el congreso del partido en Mannheim (1907); no se reproduce.]

De los malos hábitos

[Fragmento de Hermann Weimer, Haus und Leben als Erziehungsmächte [Casa y vida como poderes educativos], Múnich, C. H. Beck; no se reproduce.]

Cerditos y osos greñudos en el desayuno

El padre ha vuelto de un viaje que lo mantuvo largo tiempo lejos de la familia. Ahora vuelven a tenerlo y celebran el reencuentro como una pequeña fiesta.

Por la mañana todos los niños quieren tomar el café con el padre. Uno tras otro salen de la cama trepando, acuden corriendo, abrazan al padre y se sientan a la mesa en camisón, sin lavar y sin peinar.

Entonces el padre se levanta y se va a sentar a su escritorio.

—¡Oh, padre querido! —exclaman todos consternados—, ¡quédate, padre querido! Queremos tomar el café contigo. —Y también el más pequeño suplica, cogiendo al padre de la mano—: Padre, ven, a tomar tafé.

—Sí —dice el padre—, yo también me alegraba de sentarme con vosotros a la mesa del café; pero con cerditos y osos greñudos… no, gracias, eso no me da ninguna alegría…

Entonces los que no se han lavado ni peinado se miran unos a otros y, una, dos y tres, ya están fuera.

Al rato vuelven: aseados, limpios, con el pelo recogido y vestidos.

—¡Ah, qué bien! —exclama el padre, y se le ríe toda la cara—, ¡ahora ya no sois cerditos ni osos greñudos! Ahora tomaremos todos juntos el café y lo pasaremos en grande.

Se arriman jubilosos unos a otros. Y el padre… ¿qué es lo que saca de su maleta de viaje? Un tarro de miel.

Quien prometa ahora lavarse y peinarse todos los días antes de venir a la mesa del desayuno tendrá miel especialmente dulce en sus rebanadas de pan con mantequilla.

Cajones

[Fragmento de F. Gansberg, Streifzüge durch die Welt der Großstadtkinder [Correrías por el mundo de los niños de la gran ciudad], Leipzig, B. G. Teubner; no se reproduce.]

De lo pequeño a lo grande

[Fragmento de Fr. W. Foerster, Jugendlehre [Enseñanza para la juventud], Berlín, Georg Reimer; no se reproduce.]

Por la mañana

[Fragmento de O. Kampe, Hamburger Jungs und Deerns [Chicos y chicas de Hamburgo], Braunschweig, G. Westermann; no se reproduce.]

Da buen ejemplo

La buena habituación presupone buenos ejemplos. El lazo que une a ambos lo anuda el instinto de imitación del niño. Es uno de los factores más poderosos de la educación. Lo que el niño observa y vive, procura remedarlo e imitarlo. Y tiene un ojo especialmente agudo para las malas maneras y una buena memoria para lo prohibido. Como siempre, lo no permitido resulta más atractivo y se hace con más gusto que lo permitido. Un día oímos al niño una palabra fea y notamos en él una acción desagradable; sin querer nos preguntamos: ¿de dónde ha sacado el niño estas cosas? Si vamos al fondo del asunto, mira por dónde: descubrimos con sorpresa que fuimos nosotros mismos los que le dimos al niño un mal ejemplo. ¡Maldita sea!, dice el padre, desahogando su mal humor; ¡maldita sea!, resuena el eco en boca del niño a la primera ocasión, y el padre se espanta. Un día la madre hace con tristeza la dolorosa experiencia de que el niño, cuya plena confianza creía poseer, tiene secretos con ella; pero no piensa que fue ella misma —con sus secretos frente al marido— quien educó al niño para ello. Así el alma del niño se convierte para nosotros en un espejo que nos exhorta: ¡Conócete a ti mismo! ¡Examina la bondad de tu ejemplo educativo! ¡Edúcate! Tu propio ser y tu propio obrar son el poder más fuerte en la educación de tus hijos. Si los hombres estuvieran educados —por decirlo con Goethe—, podrían engendrar hijos educados.

¡Vivirlo todo… delante de ellos!

[Fragmento de la hoja informativa (Merkblatt) n.º 1 del Zentral-Institut für Erziehung und Unterricht [Instituto Central de Educación y Enseñanza] de Berlín; no se reproduce.]

El buen ejemplo en la vida diaria

[Fragmento de O. F. Kanitz, en Die sozialistische Erziehung [La educación socialista], año 4.º, n.º 1; no se reproduce.]

Cómo la benjamina fue el padre

Estaba invitado en casa de una familia amiga. Éramos seis personas a la mesa, con lo que se alteró el orden habitual de los asientos. En el sitio del padre se sentaba la benjamina, una mirona despierta con ojos de pícara.

El padre, algo nervioso, tenía la costumbre de manosear sin parar los quevedos mientras hablaba. Tan pronto se los ponía en la nariz como se los quitaba. Y al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y estiraba la comisura de la boca hacia la oreja. No podía decirse que su cara ganara con ello, pero nadie le había llamado hasta entonces la atención sobre ello. La esposa no, por bondad y por una consideración comprensiva; los niños no, porque no se atrevían.

Pues bien, en la mesa me llamó la atención que la pequeña empezaba de pronto a bizquear, a entornar los ojos y, por último, a hacer muecas con afán. Pronto la alcanzó una mirada reprobadora de la madre. No sirvió de nada; tampoco una breve advertencia a media voz.

—Bueno, ¿qué significa esto? —preguntó por fin la madre con severidad—. ¿Qué muecas son esas en la mesa?

Entonces la pequeña traviesa miró a la madre a la cara con descaro y declaró con el tono de la más firme convicción:

—¡Pero si hoy el padre soy yo!4

Nos echamos a reír a carcajadas; la madre, no sin un penoso embarazo. También el padre tuvo humor suficiente para acusar recibo de la pequeña lección con buen ánimo.

A raíz de aquello se le quitó la costumbre de hacer muecas.

Un remedio universal para enseñar a los niños toda clase de malos hábitos

[Fragmento de Gotthilf Salzmann, Krebsbüchlein [Librito de los cangrejos], Reclams Universalbibliothek n.º 2450; no se reproduce.]

Ten paciencia al educar

La educación necesita ante todo calma, indulgencia y paciencia. Si en algún sitio un carácter excitado, nervioso e impaciente es el mayor de los males, es aquí. Mira al jardinero: cómo cuida sus flores lleno de entrega y esmero, cómo las trata con indulgencia y las maneja con cuidado para que prosperen y le regalen sus flores. Un golpe duro y torpe, y sus esperanzas quedarían tronchadas; un trabajar a ciegas y con ira, y todo su esfuerzo sería en vano. Solo la calma puede lograrlo en su caso. Tú también eres un jardinero, tienes entre tus manos plantas humanas que necesitan mucho amor e indulgencia, mucho esmero y una espera silenciosa. Dales cuanto puedas de buena tierra para que cobren fuerza para crecer; no les niegues el sol del amor y de la alegría, bajo el cual todo prospera, y entonces… ¡ten paciencia! No censures ni critiques sin parar; no le hables al niño todo el tiempo; no creas que tienes que estar eternamente recortando y hurgando en la plantita. Déjala tranquila y no te angusties si alguna vez comete una travesura. No toda mala costumbre da un hombre echado a perder, y no toda tontería tiene por qué acabar en una vida perdida. A través de los ojos del niño la cosa parece mucho más inofensiva e inocente que a través de los tuyos. Pero el educador debe aprender a mirar las cosas también con los ojos del niño. Cuando el retoño crece con demasiada exuberancia, el jardinero toma el cuchillo y lo corta; cuando el niño empieza a portarse mal en serio, todavía te quedan la severidad y la seriedad. Pero no seas mezquino ni te inquietes antes de tiempo, no pierdas demasiado deprisa la compostura y la paciencia. Espera en silencio, observa, compensa con dulzura, pon buena cara ¡y sé indulgente!

No dejar en paz al niño…

[Fragmento de Ellen Key, Das Jahrhundert des Kindes [El siglo del niño], Berlín, S. Fischer; no se reproduce.]

Por qué salió bien

Desde hacía semanas la pequeña Hanne se esforzaba por aprender a hacer lazos: lazos de la cinta del pelo, lazos de los cordones de los zapatos. En vano. ¡Qué tiene de extraño, con unos dedos tan pequeños, tan tontos y tan torpes!

Y la madre se metía siempre, impaciente, en medio de aquellos intentos sin esperanza. Corrigiendo, enseñando cómo se hacía, y bastantes veces también riñendo. ¡Torpe Hanne, tonta Hanne! ¡No lo aprenderá nunca!

Pero, mira por dónde, ¡un día lo consiguió!

Lo consiguió una segunda vez.

Hanne había entendido el problema.

Loca de alegría se echó al cuello de la madre. Y le dijo algo muy bajito al oído. Algo muy bajito que hizo sonrojarse a la madre.

—¿Sabes por qué lo he conseguido?

—Porque hoy te has estado muy calladita mientras tanto.

Otra madre así

[Fragmento de Gotthilf Salzmann, Das Krebsbüchlein, Reclams Universalbibliothek n.º 2450; no se reproduce.]

Sé alegre con los niños

A los niños muy pequeños la mayoría de las madres los cuidan con un amor infinito, los colman de ternuras, los cubren de besos. Pero cuando crecen, es como si poco a poco se produjera un enfriamiento en el amor. Se imponen temperaturas más moderadas en la vida afectiva. A la alegría se une cada vez más a menudo la seriedad; entre caricias y muestras de cariño se mezclan con más frecuencia la falta de amabilidad, la severidad y el castigo. A veces llega a parecer como si los padres hubieran olvidado reír y estar contentos en el trato con los niños. Se riñe más que se ríe, se llora más que se goza. Las ternuras se reducen casi siempre al beso de los buenos días y al de las buenas noches. Estar alguna vez con los niños alegres de todo corazón y con una alegría infantil, quizá incluso desenfrenados y dispuestos a hacer travesuras: ¿quién sabe todavía hacerlo, a quién se le ocurre? Los padres creen que tienen que ser serios y severos; las madres «no tienen tiempo» y, de tanto chismorreo y tanto ajetreo, no llegan a jugar alguna vez una horita con sus hijos, a reír, a saltar y a divertirse a sus anchas. Y sin embargo, ¡qué falta le hace al niño el sol de la alegría, con qué avidez buscan sus manos cada rayo de sol del buen humor y del amor! Hebbel escribe de su padre que la pobreza había ocupado el lugar de su alma; por eso no había podido tomar parte en la vida de sus hijos, e incluso su alegría le irritaba, y siempre había intentado quitársela.5 Hay muchos padres de la índole de este hombre. La necesidad y las preocupaciones han amortiguado la alegría de vivir y apagado el gusto por los juegos y las risas de los niños. ¡Animaos, vosotros, los taciturnos, los afligidos, los ensombrecidos! Estad alegres en el círculo de vuestros hijos: ¡no sospecháis lo que les regaláis y lo que vosotros mismos ganáis con ello! A los caracteres débiles y apocados entre los niños les quitáis de en medio obstáculos de su desarrollo que ellos solos quizá nunca serían capaces de superar; a los independientes y dispuestos a obrar les dais alas con las que pueden elevarse a regiones más libres y más altas.

De la madrecita, el natural alegre…

Grete ha estado en una fiesta de cumpleaños y vuelve a casa con las mejillas encendidas, todavía llena de ganas de jugar y de alegre excitación.

Cuenta con afán lo que ha vivido y las impresiones nuevas que ha recibido en la casa ajena.

De pronto se interrumpe y se queda un ratito mirando pensativa a su madre, que escucha su charla con una sonrisa feliz.

—¿Sabes, mamaíta? —le sale entonces—, tú eres muy distinta de las otras madres.

—¿Qué quieres decir?

—Ay… las otras madres son con sus hijos tan… no sé bien… tan severas, tan serias… no juegan con ellos, no ríen ni saltan… no hacen más que mandar y reñir, y a veces hasta les pegan…

—Claro, porque los niños son desobedientes.

—También si no… no, mamaíta, tú eres distinta; juegas conmigo, bailas y cantas a veces conmigo y estás alegre y contenta. ¿Te crees que a veces se me olvida del todo que eres mi madre? Entonces pienso que eres mi hermana o mi mejor amiga…

—¿Y eso te gusta?

—¡Huy, cuánto me gusta! No querría tener una madre que siempre estuviera tan seria y tan severa y tan llena de dignidad… pensaría que no estoy en casa. Ven, mamaíta, un beso bien sonoro, y luego vamos a cantar ahora mismo el corro de la rosa…

Ringel, Ringel, Rosenkranz…6

Cuando la madre no tiene tiempo…

[Fragmento de Laura Frost, Aus unseren vier Wänden I [Entre nuestras cuatro paredes, I], Leipzig, B. G. Teubner; no se reproduce.]

Tampoco el padre tiene casi nunca tiempo…

[Fragmento de P. Rosegger, Das Buch von den Kleinen [El libro de los pequeños], Leipzig, A. Staackmann; no se reproduce.]

Entre mis hijos y yo

[Fragmento de Richard Kabisch, Das neue Geschlecht [La nueva generación], Gotinga, Vandenhoeck und Rupprecht; no se reproduce.]

Observa a tu hijo

El alma del niño encierra un mundo propio y maravilloso que, sostenido por instintos e impulsos oscuros, dominado por afectos todavía incontrolados y desenfrenados, se manifiesta de mil maneras, buenas y malas, y encuentra en cada momento expresión y forma en una cantidad infinita de intentos y actividades, de deseos y anhelos. Como por un país de cuento atraviesa el niño pequeño ese mundo, tanteando y jugando, gozando con los sentidos, inconsciente… Para el educador, el mundo del niño debe ser consciente y familiar, conocido y presente en toda su singularidad. Debe conocerlo en todas sus bellezas y riquezas, como en sus carencias y desequilibrios. Como un libro abierto debe estar el interior del niño ante su mirada. El mejor observador y conocedor del alma infantil será el mejor educador del niño. Es verdad que esa alma infantil exige un estudio serio, profundo y diligente. Cómo vive y trabaja el niño en lo espiritual, cómo habla, reflexiona, juega y crea… eso es lo que hay que observar, comparar, examinar; ahí hay que investigar causas, descubrir relaciones, seguir efectos. Todo está todavía en devenir y en crecimiento, se produce un continuo germinar y pujar, desfila ante nosotros una abigarrada y juguetona mezcla de progresos e inhibiciones, de lo hecho a medias y lo ya superado. No es desde luego un estudio fácil, un alma infantil así, ni una afición para las horas libres; pero sí una ocupación amable y que alegra el corazón para todo aquel a quien los niños son capaces de dar alegría, un deber educativo que lleva en sí mismo su dicha y su recompensa, y que agradece con ricos frutos cualquier esfuerzo.

Cada niño es distinto

[Fragmento de Max Brahn, Das Seelenleben des Kindes [La vida anímica del niño], en Das Buch vom Kinde [El libro del niño], Leipzig, B. G. Teubner; no se reproduce.]

La transformación

—Una hermosa tarde de descanso podría tener —dijo el padre, pensativo y con cara de fastidio, mientras volvía a casa del trabajo—, si no fuera por el mismo disgusto tarde tras tarde…

Y ante sus ojos apareció la escena odiosa que se repetía todas las tardes en cuanto ponía el pie en el umbral: la mujer, alterada; los niños, huraños y llenos de miedo en los rincones; luego, el informe de las innumerables malas acciones cometidas durante el día a pesar de muchas amonestaciones y advertencias… El mayor ha roto el cristal de la ventana del vecino… Ernst ha trepado por la cerca, se ha roto los pantalones y ha pisoteado los pepinos cuidados con tanto trabajo… Gustav ha venido a casa con la ropa mojada, chorreando de arriba abajo… Fritz ha… el pequeño ha…

Todas las tardes el mismo parte. Y todas las tardes la rabia se apoderaba del padre; reñía y se enfurecía, se desabrochaba el cinturón y la emprendía a golpes con la chiquillería que aullaba. Era espantoso. Y todas las tardes, cuando el sosiego del descanso se había ido al diablo, venían la reflexión y el ejército de los reproches: debiste quedarte tranquilo, ¿para qué los golpes todos los días? Y entonces el estado de ánimo se volvía aún más sombrío y desconsolado.

Tampoco hoy se había equivocado. Parte. Ejecución. Gritos y agitación. Una escena repugnante y torturadora. La madre llevó a la cama a los niños, que lloraban, y el padre, todavía hirviendo de ira, se paseaba de un lado a otro.

—No deberías haberles pegado tan fuerte hoy…

—¡Encima me vienes con reproches! —le espetó él—. Primero me cuentas mil fechorías de esos vagabundos, hasta hacerme creer que tengo los hijos más descarriados de todo el pueblo, ¡y luego te pones de su parte!

—Ay, los niños no son tan malos como piensas. Ninguno puede dormirse sin haber abrazado a su madre y haberle dado un beso.

El padre se queda de pie delante de la madre con la mirada fija.

—¿Mis chicos?… ¿Te abrazan?… ¿Y te dan un beso?…

La madre está avergonzada, porque se siente en parte culpable de que el padre no tenga la menor idea del verdadero modo de ser de sus hijos. ¿Cómo iba a tenerla? Fuera temprano, a casa tarde por la noche… Y lo poco que es el domingo…

—¿Mis chicos? —repitió el padre, preguntando y meneando la cabeza—. ¿Eso hacen estos pillos, estos malvados?

Estuvo pensando en ello una noche entera, dando vueltas de un lado a otro con sentimientos muy serios y torturadores. Después decidió no volver a pegar, y en cambio observar a los niños dondequiera y cuandoquiera que pudiera.

Y los observó con creciente asombro. Desde luego, eran vivos, desenfrenados, salvajes; pero en el fondo de su corazón, unos chicos estupendos y buenísimos. Toda la culpa había sido suya. Como en una tierra recién descubierta miraba en el corazón de sus hijos. ¡A unos chiquillos tan buenos, tan alegres, tan encantadores ya no podía pegarles!

Tu hijo, tu espejo

Allí estaba sentado Matz, el gandul de Matz, el gordo de Matz, el penúltimo de la clase.

Solo el débil mental de Adolf le disputaba el derecho a ser el farolillo de cola de la clase.

Pesadez, pereza, embotamiento: tu nombre era Matz.

No aprendía ni un versito, no daba ninguna respuesta, negaba toda participación.

Probé todos los medios para interesarlo, para ganármelo, para ponerlo en movimiento. Todo en vano.

Estaba desesperado…

Entonces hice venir al padre.

¿Quién vino? ¿El padre?

Un monstruo: ancho, pesado, perezoso, jadeante, embotado. Un elefante. Un hipopótamo. Un auténtico Matz, de los de verdad.

Me quedé horrorizado… y comprendí al chico.

Al pobre Matz: el hijo de su padre.

*

Estaba Jenny. ¡Me daba quehacer!

¿Se cuchicheaba y se reía por lo bajo?… Jenny.

¿Había peleas y llantos?… Jenny.

¿Quién era la más ruidosa en el patio? ¿La más distraída en clase? ¿La más pendenciera de las niñas?

Jenny.

¿Qué debía hacer? Las amonestaciones eran infructuosas. Los castigos no surtían efecto.

Pero había que educar a la niña. ¿Qué había que hacer, pues?

Un día vino a verme una mujer.

Chillona, gesticulante, de lengua suelta, histérica en sumo grado… una mujer abominable. La madre de Jenny.

Vi a la niña a través de la madre. Imagen y reflejo. Todo se me aclaró…

Jenny mejoró a ojos vistas después de que la separaran de su madre.

Responde a las preguntas de los niños

Cuando, caminando, llegas a una comarca extraña, pierdes el camino y andas extraviado, ¡qué agradecido y contento estás entonces de encontrar personas que a tus preguntas te dan de buen grado una respuesta bienintencionada y acertada! También tu hijo está, como un caminante sin consejo ni sendero, en un mundo grande que todavía no conoce. Apocado y asombrado, pregunta y avanza a tientas. Tú no eres el primero que pasa, a quien se dirige para informarse. De ti ha recibido comida y bebida, cuidados y atenciones todos estos años, ha sentido tu mano que lo guiaba y ha notado tu amor; ahora el instinto seguro de su ser interior le dice que también serás su buen consejero y guía. ¡No defraudes las esperanzas del pequeño caminante extraviado! No seas gruñón ni desabrido si te pregunta a deshora: no sabe que en las cabezas de los hombres hay además otras cosas más importantes; no te pongas nervioso si su preguntar e indagar no quiere tener fin; ay, le queda todavía tanto por preguntar y por aprender: ¿qué va a hacer con su minúsculo puñado de experiencias en este mundo tan grande? Tampoco lo despaches con un breve sí o no, y menos aún le prohíbas hablar ni lo obligues a dejar de preguntar. Descuidarías y abusarías gravemente de tu oficio de educador, porque responder al niño no es tu buena voluntad ni una gracia, es tu deber de educador. A menudo podrá ser difícil de cumplir, exigir mucha paciencia, tacto y energía; pero a cambio te verás recompensado por la confianza que crece hacia ti desde el corazón del niño. ¿A quién podría regalar mayor confianza una criatura humana que busca, perpleja y ajena al mundo, que a aquel que fue siempre para ella un consejero y guía seguro y fiel? Te conservará su confianza también más adelante y pedirá tu consejo, tu ayuda, en casos en que nada desearás tan ardientemente como ser escuchado. Y eso será para los dos una verdadera ganancia y una hermosa dicha.

Preguntas de niños

[Fragmento de R. Penzig, Ernste Antworten auf Kinderfragen [Respuestas serias a preguntas de niños], Berlín, G. Reimer; no se reproduce.]

¡Ayuda a los torpes!

[Fragmento de la hoja informativa n.º 6 del Zentral-Institut für Erziehung und Unterricht de Berlín; no se reproduce.]

El preguntar del niño…

[Fragmento de W. Preyer, Die Seele des Kindes [El alma del niño], Leipzig, Th. Grieben; no se reproduce.]

Boquita parlanchina

[Fragmento de P. Rosegger, Mein Weltleben [Mi vida en el mundo], Leipzig, L. Staackmann; no se reproduce.]

¿Por qué?

[Fragmento de Was Kinder sagen und fragen. Von einer Großmama [Lo que dicen y preguntan los niños. Por una abuela], Múnich, R. Piper & Co.; no se reproduce.]

Solo esa pregunta más

Damos un paseo. Soleado y alegre como el día está el paisaje. Soleado y alegre también nuestro ánimo.

Caminamos entre árboles, flores y campos de espigas. Los niños saltan dando gritos de alegría delante de nosotros. Solo la más pequeña se queda a nuestro lado con pasitos cortos.

La más pequeña —es una mujercita— todavía no puede estar sin nosotros. Tiene que preguntar sin parar… preguntar… preguntar, y para eso necesita al padre y a la madre. El mundo es tan nuevo, tan grande, tan variado: ¿cómo se orienta uno en este mundo cuando es un novato, un forastero, una criatura humana tan pequeña y tonta? Pues bien, se pregunta… ¿Por qué vuelan tan deprisa las nubes? ¿Dónde tienen las patas los caracoles? ¿Puede dormir también una piedra? ¿Qué comen las mariposas y dónde tienen su casa? ¿Son también las flores malas a veces?

El padre responde honrada y debidamente. Aquí da una explicación, allá hace una broma. Se salva como puede de los mil apuros en que lo precipita el pequeño e incansable espíritu preguntón.

Al principio la cosa le divierte. Pero con el tiempo el juego de preguntas y respuestas le cansa. Así que le pasa la pequeña a la madre.

La madre no tiene tanta paciencia. ¡Siempre preguntar, siempre responder! Pronto el deber se le vuelve pesado y enojoso. La cabeza le da vueltas. Pero aguanta hasta casa.

Ahora, deprisa la cena y luego a la cama. Con un cariñoso beso de buenas noches se cierra también la boquita preguntona. La madre respira aliviada.

Respira aliviada, porque el preguntar ha terminado.

¡Ah, no!… Allí arriba, en la camita, todavía se afana un pequeño cerebro, todavía reclama una pregunta su respuesta. Mamaíta, suplica bajito.

Pero, cariño, ¡tienes que dormir! ¡Cierra bien los ojitos y ten la boquita muy calladita! A dormir como es debido, que si no mamá se enfada.

Mamaíta, mamaíta querida… solo una pregunta más…

Hoy has preguntado tanto; mamá ya casi no sabe nada más… ahora tienes que estar callada y dormir.

Por favor, mamaíta querida, solo esta vez más…

Pero tienes que prometer que luego te dormirás…

Sí, mamaíta… por favor: ¿hasta dónde puede escupir una oveja?…

No hables demasiado

Lo que es la vocación y el oficio del clérigo —predicar sermones— debe evitarlo el educador como un pecado mortal. Para él vale la máxima: ¡Crea, artista, no hables!7 Quieres formar hombres, formar caracteres: para eso no sirven la cháchara ni el gimoteo; quieres depurar almas, dotar a los cerebros de impulso espiritual y plantar en los corazones la riqueza de una noble humanidad: entonces no puedes cocinar sopas aguadas. Hablando se educa una generación de palabreros y de sabelotodos superficiales. Hablar mucho es superficial y hace superficial. Esto vale para los largos sermones de castigo, cuya inutilidad es proverbial, como para las mil y una críticas y órdenes que pueden llevar a un niño a la desesperación. ¡Anda despacio! ¡Siéntate quieto! ¡Estate tranquilo! ¡Deja eso! Hay padres que dan a sus hijos sesenta órdenes e indicaciones de este tipo cada hora y encima se extrañan de que el niño ya no oiga en absoluto las palabras o de que, con ese eterno fastidiar y amaestrar, se ponga tan nervioso que se vengue de sus verdugos con una maldad y una vileza rebuscadas. Pregúntate siempre: ¿tienes de verdad que mandar? ¿Hay una obligación, una necesidad de hablar? Que el chico corra deprisa o despacio, que esté sentado o salte, que se ría o se calle: ¿tiene sentido mandar, hablar? ¡Déjale decidir sobre sí mismo! Si quieres influir en él, actúa. Muéstrale en silencio lo que tiene que hacer. Con los hechos se forman hombres prácticos, activos y hábiles. Y si a pesar de todo tienes que hablar, di breve y claramente lo que quieres. Nunca dos veces lo que puede decirse de una vez. Nunca riendo y con indiferencia lo que quiere decirse en serio. En tu hijo no debe surgir nunca la impresión de que detrás de tus palabras no hay ninguna decisión, ninguna energía. Dicho y hecho: palabra de hombre. Cada una de tus palabras pesará tanto más cuanto más parco seas con ellas.

Sé parco con la palabra

[Fragmento de H. Scharrelmann, Erlebte Pädagogik [Pedagogía vivida], Hamburgo, A. Janssen; no se reproduce.]

Por qué no sale bien

[Fragmento de Charl. M. Mason, Erziehung im Hause [La educación en el hogar], Karlsruhe, G. Braun; no se reproduce.]

¿Qué se dice?

Hice una visita. Como sabía que había un niño en la casa, llevé un pan de especias. Un pan de especias de colores con glaseado blanco de azúcar, hecho a propósito para alegrar un corazón de niño. Y sin embargo no llevó ninguna alegría a la casa.

Cuando los puñitos agarraron aquella maravilla de colores y dulce, la madre se abalanzó sobre el niño.

—¿Qué se dice?

Dos manos sujetaban el pan de especias, una boca roja se regalaba con él.

—¿Qué se dice? —repitió la madre con vehemencia.

La boquita siguió muda. En cambio, los ojos brillaban tanto más cuando se deslizaban por el pan de especias.

—Bueno, ¿qué se le dice al tío que te regala algo?

La madre soltó estas palabras con enfado. Ahí tenía ella a un niño bueno al que quería más que a nada y de cuya bondad estaba tan orgullosa; y ahora que por una vez tenía que mostrar su bondad, se había puesto terco y fallaba.

—Un niño que no da las gracias tampoco tiene pan de especias. —Y con esto le arrancó al niño el pan de especias de la mano.

¡Gritos y alaridos!… Una escena penosa, que solo terminó cuando sacaron al niño, que chillaba, por la puerta.

¿Tenía que llegar este desenlace desagradable, que nos estropeó la hora feliz al niño y a nosotros mismos?

—¡Exijo que el niño se acostumbre a la cortesía! —declaró la madre, como para disculparse.

Ay, si el padre y la madre fueran tan corteses el uno con el otro como lo exigen del niño, corteses con un «¡por favor!» y corteses con un «¡gracias!» en todos sus pequeños y grandes servicios y favores, no necesitarían meterle al niño la cortesía a fuerza de riñas y de golpes.

Aprende a mandar

Goethe escribió una vez en el álbum de su nieta: «¡Aprende a obedecer!».8 Los educadores suelen invocar con gusto esta breve y seria exhortación para justificar la exigencia de la obediencia en la educación. En la obediencia del niño les parece anclada la obra de la educación, con todos sus logros y sus éxitos. Y sin embargo, para el educador de hoy es más digna de tomarse a pecho otra exhortación: «¡Aprende a mandar!». Mandar es más fácil, mandar bien más difícil que obedecer. Del carácter de la orden depende el de la obediencia. Si se trata de hacer de los niños objetos de explotación serviciales, súbditos, carne de cañón, ilotas, entonces, adelante, que la orden severa y tiránica tenga su justificación, como la obediencia ciega y rastrera. Pero quien ve en la libertad el bien moral supremo, respeta el derecho de autodeterminación y ha conservado la fe en lo bueno del hombre, no podrá desear que el alma del niño se atrofie y se eche a perder bajo la coacción de una obediencia de cadáver,9 muda y rígida. La obediencia no puede ser un látigo, una cadena de esclavo ni un collar de perro. Si en la educación no se produce armonía entre el mandar y el obedecer, no busques el fallo primero en la desobediencia del niño, sino en la deficiencia de tu modo de mandar. ¿Has evitado las palabras bruscas y ofensivas que abaten y hieren al niño, tocan su pundonor y espolean su obstinación? ¿No le has hecho sentir con dureza y provocación tu superioridad, o no has provocado la contradicción del niño con exigencias absurdas? ¿Has intentado también alcanzar la meta estimulando la voluntad del niño y despertando su propia decisión? ¿Has examinado si has exigido y mandado con inteligencia y reflexión, con necesidad y seriedad, con claridad y decisión? Preguntas de este tipo y muchas más requieren que te rindas cuentas antes de acusar al niño de desobediencia y de rebeldía. Si, cuando no tienes más remedio que mandar, dejas resonar en tus palabras, además de la brevedad y la firmeza, la seriedad y la claridad, también el calor y la benevolencia de un corazón amable que no quiere humillar ni violentar, sino levantar y guiar, y si evitas el mal fundamental de todas las malas órdenes —ser inconsecuente—, apenas tendrás que quejarte de hijos desobedientes.

La educación para la obediencia

tiene que empezar por lo que Herbart llama el gobierno de los niños.10 Entiende por ello la contención de la terquedad y de la impetuosidad naturales del niño mediante un orden de vida firme en el que se quiebra toda resistencia. Es decir: en la casa existen ciertas disposiciones, costumbres, formas que obligan a todos y que los padres respetan entre sí como en el trato con los hijos. En este orden de vida nace el niño y en él crece. No puede sustraerse a él. Una habituación tranquila, pero firme, consecuente y perseverante, lo toma entre sus tenazas. Nada de imposición desconsiderada, nada de bárbara extinción de la individualidad: solo un buen ejemplo, un poco de paciencia, una reflexión tranquila y razonable, algo de dominio de sí y plena claridad sobre lo que se quiere, por qué se quiere, si lo que se quiere es necesario, adecuado y útil para la educación.

Este método silencioso hace milagros, sin voces de mando y sin golpes. El peor error de la mayoría de los educadores es que hablan demasiado, ordenan y mandan demasiado allí donde la propia experiencia sería mucho más útil al niño; que no tienen claro el fin y el resultado de sus medidas, o que con una actitud autoritaria y unas maneras demasiado seguras de sí provocan la resistencia de los niños. Es increíble lo maleducados que son a menudo los educadores y cuánto pecan contra los niños… Y sin embargo obedecer y aprender a obedecer no es difícil ni malo; en ciertas circunstancias es incluso una cosa fácil y alegre, algo natural y una hermosa virtud. Nuestros hijos sabrían todos obedecer mucho mejor si sus educadores supieran mandar mejor.

Otto Rühle, Grundfragen der Erziehung [Cuestiones fundamentales de la educación]. (Verlag Am anderen Ufer, Dresde-Buchholz-Fr.)11

De una madre que no sabía mandar

En una cervecería al aire libre observé a una madre. Llegó por el camino de grava con un niño de cuatro años de la mano, se sentó a una de las mesas bajo los árboles umbrosos, pidió café y pastas y se enfrascó en una labor. El chiquillo, limpio y de ojos claros, se quedó sentado un ratito en la silla a su lado. Pero pronto empezó a aburrirse. Bajó trepando, se puso a hacer cosas junto a la valla del jardín, persiguió a las gallinas y por último, cuando estas hubieron huido, se puso a recoger piedrecitas.

La madre no levantaba la vista y no le quedaba ni una palabra ni un minuto para jugar y ocuparse del niño.

Este, entretanto, había empezado a cavar un agujero en la tierra. ¿Qué iba a hacer? Sus dedos y sus manos querían trabajar, su espíritu ansiaba actividad. Así que cavará un pozo o será minero.

Entonces la madre se dio cuenta de su afanoso juego y de sus manos, que estaban muy sucias. —¿Qué haces ahí? —le increpó—. ¡Levántate! —Y siguió haciendo ganchillo.

El chiquillo, interrumpiendo su excavación, se había incorporado; pero solo un instante. Como la madre no seguía ocupándose de él, continuó su trabajo. Pronto su claro traje de verano había tomado el color pardo amarillento de la arena. Pero ¿qué importa? ¡Con tal de que el pozo sea pronto tan hondo que se pueda ver el agua!

—¿No me oyes? —le gritó la madre al cabo de un rato—. ¡Que pares! ¡Levántate!

Él se levantó. Pero hete aquí que la madre ya seguía otra vez el hilo de sus pensamientos y no parecía dar especial importancia a que se cumpliera su orden. Así que —se dijo el mozalbete— sigamos cavando alegremente.

Y cavó, tendido en el suelo, con el brazo metido hasta el fondo del pozo. ¡Qué gusto cavar un pozo así! ¡Nunca hubo un placer tan grande como este! ¿No sale ya agua? ¿No hay ya…?

De un salto se levantó ahora la madre furiosa, agarró al niño por el cuello, lo sacudió como loca y dejó caer sobre la pobre cabeza una verdadera lluvia de bofetadas y tortazos. —¿No te he dicho que te levantes? ¡Ya te enseñaré yo a obedecer! —chillaba a voz en grito, comportándose como una energúmena—. ¡Mira cómo te has puesto, cerdo! ¡Te voy a moler a palos si no aprendes a obedecer! ¡Nada más que disgustos con un niño así!

… ¡Cómo compadecí al pobre chico por tener la desgracia de tener por educadora a una madre tan insensata! Ella sí que se habría merecido todo aquel castigo.

«Lo que prohíbo se hace con más razón»

exclamó desesperada una madre—. ¿Cómo me las arreglo para que los niños obedezcan?

—No prohibir nada —fue la sencilla respuesta. Con la prohibición la cosa se vuelve interesante para el niño; el atractivo de hacer lo prohibido aumenta, de modo que el niño casi nunca puede resistirse a él. —Entonces, si no prohíbo nada, ¿tengo que dejar que ocurran todas las malas acciones? —De ningún modo. Aquí tiene un par de ejemplos de cómo se puede hacer.

  1. —¡Deja las tijeras! —le gritó la madre a su hijita. En vano. La sabidilla siguió recortando alegremente. Ya iba la madre, irritada, a lanzarse furiosa sobre la niña desobediente, cuando el padre dijo tranquilamente: «Dame las tijeras, por favor», las tomó, se recortó un poco una uña y las guardó en el cajón, que cerró con llave.

  2. —¡Lávate las manos! —se oyó en la mesa—; con esa suciedad no se viene a comer. —El pequeño Peter titubeó. —¿Qué pasa? —preguntó el padre, breve y severo. —Déjalo —intervino la madre con toda tranquilidad—; el que está sucio tiene que comer en el banco de la estufa y no recibe cerezas dulces de postre.

¡Huy, qué deprisa salió el negro Peter y se frotó las manos, la cara, el cuello y las orejas hasta dejarlos blancos como la nieve y relucientes!

  1. —¡Apártate de la estufa! ¡Te vas a quemar! —Cuántas veces se le ordenó, y cuántas veces fue en vano. Hasta que un día los ojos del niño dieron en el libro de estampas con una imagen que le causó honda impresión. Un niño se acercó demasiado a la estufa y se le prendieron los pantalones; salió corriendo a gritos, pero la llama lo siguió. —¿Lo ves? —dijo la madre muy seria—, eso pasa cuando se juega junto a la estufa.

En adelante, cada vez que el niño se ponía a hacer algo junto a la estufa, la madre empleaba un medio que tenía un éxito infalible. Cantaba:

«Juanito Pumpernickel
junto a la estufa se durmió,
se le quemaron los calzones…
¡Caramba, cómo corrió!…»12

  1. Por último, mencionemos todavía a la pequeña Erna, de cuatro años, a la que su madre pegaba. La niña le dijo: —No hace falta que me pegues; si me lo dices bien, lo hago. La señorita del jardín de infancia tampoco me pega nunca, y hago todo lo que quiere.

Practica la distracción

Tu hijo te asalta con mil preguntas, que mueven su espíritu, que busca y tantea. Tú eres su oficina de información. Padre, ¿qué alto está el cielo? Madre, ¿por qué el agua moja? No rechaces la pequeña curiosidad cuando se te acabe la paciencia o tu pensamiento quiera ocuparse de otras cosas. No tienes derecho a negarle la pequeña ayuda espiritual a la que tiene derecho. Pero, si no hay más remedio, no digas: ¡Calla! o ¡Basta ya de preguntas! Hay un medio más suave y más eficaz de poner fin al juego de preguntas y respuestas en cuanto se vuelve molesto: ¡practica la distracción!...

Tu hijo tiene además toda clase de deseos, unos realizables y otros cuya realización flota en las nubes. No te enojes si el pequeño pierde en sus anhelos la medida y la realidad. Destruir las ilusiones antes de tiempo significa quitarle a la fantasía su alimento. ¡Sigue en apariencia sus deseos! ¡Ayuda a la fantasía a construir sus castillos en el aire de colores! En el momento oportuno te queda un salto de lado: la distracción...

Tu hijo tiene también malas costumbres. Entonces se te sube a menudo la sangre a la cara y te viene a la lengua una palabra fea. ¡Rediós!... ¡Calma, domínate! ¿A qué tanta excitación y tanto alboroto, si con toda paz y buen humor puedes alcanzar el mismo fin con un pequeño y fino artificio? ¿Cómo?, preguntas. ¡Practica la distracción!

De un martillo de madera, un padre enfadado y la distracción

El niño ha descubierto en algún rincón de la casa un martillo de madera y con él golpea el suelo con todas sus fuerzas. ¡Toc, toc!, resuena por toda la casa. Estoy sentado ante un trabajo laborioso, que solo prospera en el silencio y el recogimiento. Y de pronto estallan los martillazos como truenos. Me sobresalto como si mi cráneo los hubiera sentido. El edificio de pensamientos levantado con amargo sudor se derrumba, todos los hilos se rompen, todas las formas e imágenes se deshacen...

«¿Qué se te ha ocurrido?... ¡Qué escándalo infernal!... ¡Quieres estarte quieto ahora mismo!»

Ya tengo en la punta de la lengua las palabras ásperas. Entonces, con un brusco tirón, consigo refrenar la pasión de la ira.

¿Tengo derecho a estropearle al niño su alegría? ¿O crees que no es una alegría golpear con el martillo hasta que tiemblen las paredes? Mira cómo le brillan los ojos al niño, cómo resplandece de gozo su rostro. ¡El ruido es para él la felicidad!

¿No tiene el niño tanto derecho al ruido como yo al silencio? Su ruido, me replicas sabiamente, no debe perturbar mi silencio. Muy bien. Pero ¿mi necesidad de silencio sí puede perturbar la felicidad del niño? ¿Porque yo resulto ser el más fuerte ha de estarse quieto el niño? ¿Porque puedo obligarle ha de perder su alegría por mi causa?

Esa es la lógica de la violencia y la barbarie.

Si el niño fuera más razonable, apelaría a su entendimiento. Comprendería que no está bien disfrutar de la alegría y la felicidad a costa de los demás. Pero le falta el entendimiento. ¿He de recurrir entonces a la coacción y exigir obediencia ciega?

«Oye», le digo, acercándome en voz baja y con aire de mucha importancia, sin dejar adivinar en lo más mínimo mi agitación interior, «¿has pensado en tu muñequita? Se va a despertar13 si golpeas tan fuerte...»

Sorprendido, el niño me mira. Se levanta del suelo y sale con pasitos cortos, dejando allí el martillo. Ahora su corazón y su pensamiento pertenecen a la preocupación por la muñequita.

Ninguna palabra de reproche ha herido nuestro corazón, ninguna sombra se ha interpuesto entre nosotros.

He alcanzado mi fin y seguimos siendo buenos amigos.

Cómo practicaba la distracción el padre de Asmus Semper

[Fragmento de Otto Ernst, Asmus Sempers Jugendland [La juventud de Asmus Semper] (Leipzig, A. Staackmann); no se reproduce.]

Entonces los niños se amansaron del todo

[Fragmento de Bruno Wille, Das Gefängnis zum Preußischen Adler [La prisión del Águila Prusiana] (Jena, Eugen Diederichs); no se reproduce.]

Ten respeto a los niños

Hasta ahora siempre fue al revés: los educadores exigían que los niños les tuvieran respeto. Vigilaban celosos y seguros de sí que se les tributara la consideración a la que creían tener un derecho escriturado, aunque en el fondo esa consideración no tuviera otro fundamento que la mera circunstancia de que ellos eran educadores. Que también hay educadores ineptos que no merecen ningún respeto, que el cargo de educar está muy lejos de garantizar por sí solo que el educador sea digno de consideración, más aún, que la verdadera consideración ha de ser producto del amor y de la confianza: eso no se les pasaba por la cabeza. Estaban juramentados con el principio de autoridad, según el cual el niño ha de ver y honrar en el educador a un representante de la autoridad instituida por Dios. Esta concepción ha cambiado sustancialmente con el tiempo. Se ha reconocido que no es el educador, sino el niño, el centro de la obra educativa, y que el educador existe por causa del niño. En la naturaleza del niño ha de sumergirse con seriedad y comprensión, con amabilidad y amor; la peculiaridad del niño ha de aprender a comprenderla y apreciarla; los dones y capacidades del niño ha de despertarlos, librarlos de trabas y llevarlos a su plenitud. «Su Majestad el niño»14 — no hace falta tomar al pie de la letra el lema acuñado en Inglaterra, que expresa de forma drástica el vuelco en la posición del educador frente al niño, y menos aún rebajarse a esclavo de los caprichos y la mala crianza infantiles; pero tampoco hay que olvidar nunca que en el niño crece nuestro futuro y que el futuro está siempre por encima del presente, del que nosotros somos portadores.

Más nobleza en la educación

[Fragmento de H. Scharrelmann, Erlebte Pädagogik [Pedagogía vivida] (Hamburgo, A. Janssen); no se reproduce.]

El maestro nuevo

Muy alterada vino a verme una madre. «No», exclamó, «es increíble el maestro que tenemos».

«¿No aprenden nada los niños?»

«Oh, sí, aprenden incluso mucho y en todo están bastante adelantados, mucho más que con el viejo chantre15, que en gloria esté.»

«¿Pega a los niños?»

«¿Pegar? ¡Qué va! Los niños están locos por él. Eso es precisamente lo malo. Ahí está otra vez —acabo de pasar por delante de la escuela—, durante el recreo, tumbado en la hierba con los niños, dejándose levantar y hacer rodar por los pequeños, y hay un ruido, un jaleo, y el maestro es el que más grita de todos.»

«Pero, por Dios», le pregunto a la mujer, «¿qué hay de malo en eso?

«Pues», dice, y me mira desconcertada, «¿de dónde les va a venir el respeto a unos niños así?»

El respeto: ahí lo tenemos. Ese resto de vieja servidumbre ronda por la cabeza de la madre. Ella misma pasó por una escuela del respeto, y ahora cree que por toda la eternidad tendrá que haber escuelas así. No conseguiremos convencerla de que la nueva educación está justificada y de que el maestro nuevo es un educador de la juventud estupendo; pero nos alegramos en silencio de que la Tierra sea redonda y gire...

El maestro viejo

[Fragmento de Gottfried Keller, Der grüne Heinrich [Enrique el Verde] (Stuttgart, G. J. Göschen); no se reproduce.]

No desdeñes tampoco los medios pequeños

Para el éxito educativo es a menudo de la mayor importancia que el educador muestre buen tino en la elección de los medios que ha de emplear. En esto, como en otras cosas de la vida, uno puede equivocarse enormemente. Algunos padres creen que el éxito se alcanza con buenos pulmones y una voz atronadora, y por eso, aun por motivos insignificantes, increpan a sus hijos con la voz estentórea de un sargento de reclutas. Y en las madres, sobre todo, se encuentra la mala costumbre de enredarse por cualquier pequeñez en interminables sermones. Tales métodos educativos no son solo derroches de energía; casi siempre estropean además más de lo que aprovechan. Por si fuera poco, ponen en ridículo al educador, pues quien dispara a los gorriones con balas de cañón hace siempre una figura cómica. Solo quien no tiene comprensión para las vibraciones más finas y los matices de ánimo de la vida anímica infantil, quien no posee tacto pedagógico, ni paciencia, ni disciplina de sí mismo, caerá en este error educativo. Hazte un principio de esto: usar siempre primero las herramientas y cuchillitos más pequeños y finos de tu taller educativo antes de echar mano del hacha y la maza, o incluso de sacar la artillería más gruesa. Una mirada, un gesto, una palabra obran a veces maravillas. Pueden hacer feliz y conmover, liberar fuerzas insospechadas y castigar hasta la humillación más profunda. Más de uno en quien no surtieron efecto ni las más serias amonestaciones ni la disciplina más severa, ni los sermones morales ni los palos, se ha convertido por una sola palabra en un hombre bueno y capaz. Una buena palabra siempre encuentra buena acogida.

Todo el secreto de la educación

[Fragmento de Ludwig Gurlitt, Erziehung zur Mannhaftigkeit [Educación para la hombría] (Berlín, Concordia, Deutsche Verlags-Anstalt); no se reproduce.]

Un medio pequeño y un gran éxito

En la clase de latín teníamos un profesor con el que no se aprendía nada. Absolutamente nada. En lugar de latín, toda la clase se dedicaba a hacer el tonto.

Un día el profesor de latín se puso enfermo. Gran alegría en Israel.

Pero ¿qué sucedió? El director hizo saber que daría él la clase como suplente.

¿El director? ¿Era posible? Un hombrecillo viejo, enfermo de muerte, que solo rara vez se levantaba de su lecho de dolor: aquella figura gris y encorvada que, cuando alguna vez recorría las salas, parecía casi un fantasma e infundía a todos un temor reverente; ese director quería dar la clase de latín.

Era un latinista ardiente, cuya alma se desahogaba en entusiastas odas latinas. ¿Cómo íbamos a salir airosos ante él? ¿Valíamos siquiera nosotros, unos haraganes, ese sacrificio?

Entonces cruzó la puerta.

Ya el primero al que le tocó traducir no supo. El segundo chapurreó cosas confusas. El tercero balbuceó algo ininteligible. El cuarto se calló, el quinto, el sexto...

El viejo intentó primero ayudar. Hizo preguntas auxiliares y tradujo él mismo trozo a trozo. No dejó nada por intentar.

Pero pronto comprendió que allí no había nada que hacer. Todavía hoy veo sus ojos afligidos y siento sus miradas posarse ardientes sobre nosotros. No nos atrevíamos a levantar la vista...

«¿No han preparado la lección, verdad?», preguntó su voz apagada al primero.

«No, señor director.»

«¿Y usted tampoco?», al segundo.

«No.»

Y así sucesivamente, al tercero, al cuarto...

De nuevo la mirada larga y triste de unos ojos velados. Y en el tono de las palabras, una profunda dulzura de aflicción.

Entonces el viejo cerró el libro, envolvió su cuerpo enjuto en el abrigo, se levantó y dijo suspirando: «Es una verdadera lástima. Me había hecho tanta ilusión esta clase». Y con pasos cansados salió arrastrando los pies.

Nos avergonzábamos de mirarnos a la cara. Y cada uno se avergonzaba ante sí mismo.

Desde aquel día y aquella hora, la mala horda de gamberros y holgazanes quedó como transformada. ¡Ay de quien en adelante no hubiera preparado su lección de latín!

Lo que consiguió un puñado de bondad

Entre los niños de diez y once años que durante el recreo daban su vuelta por el patio de la escuela, formales y bien educados, marchaba, más alto que todos por una cabeza, Münzner, el terror de todos los maestros. Como un cuco entre currucas. Había repetido curso dos veces. De una pereza invencible y dispuesto a todas las diabluras. No pasaba día sin que recibiera su ración y sin que al menos uno de los maestros preguntara retorciéndose las manos qué iba a ser algún día de semejante granuja...

Cuando yo cruzaba el patio, me gritó a la espalda un insulto feo. Hice como que no lo oía y seguí andando.

Pero un pequeño chivato vino detrás de mí y lo denunció. Al volverme, miré a Münzner a la cara. Se le mudó el color.

«Oye», le dije acercándome, «podrías venir hoy a las cuatro a mi cuarto. Pero no se te olvide.»

Él sabía lo que eso significaba.

Pero vino.

Despacio y con timidez se coló por la puerta. Sus ojos, en los que se pintaban el miedo y la obstinación, recorrieron rápidos la habitación. Lleno de inquieta expectación se quedó en el umbral, gruñendo un saludo.

«Siéntate», le dije amablemente, «enseguida termino.»

Se sentó vacilante.

«También puedes coger unas peras y unas uvas de la fuente.»

¿Cómo? ¿Había oído bien? ¿Coger peras y uvas? ¿No le tocaba ahora recibir sus palos? Peras y uvas... ¿del mismo maestro al que esa mañana había insultado tan descaradamente? Eso no iría por él...

«¡Coge, coge!», le animé al notar su vacilación; me levanté y le di un puñado de fruta.

«Y además...», seguí diciendo, «podrías llevarme los cuadernos después de clase. Te he escogido a ti porque eres el mayor y porque tengo confianza en ti...»

¡Cómo transformó aquel momento al muchacho, de ordinario tan descarado y tan malo! Rojo como un pavo, avergonzado en lo más íntimo y, sin embargo, sorprendido de la manera más alegre, se quedó delante de mí sin poder decir palabra. Cogió los cuadernos, se guardó la fruta y salió por la puerta.

A la mañana siguiente —¡milagro de los milagros!— estaba ante la puerta de la escuela para disculparse por haber sido «tan descarado»...

«Ya está bien», le dije, «no lo vuelvas a hacer, para que sigamos siendo buenos amigos...»

El apaleado, perezoso, desvergonzado Münzner fue desde aquel día y aquella hora otra persona. Nunca habría creído posible semejante transformación. Por mí se habría echado al fuego en cualquier momento. Todo por un solo puñado de bondad... ¡Cuánto amor le habrá faltado a aquel pobre muchacho!

Deja que el niño tenga voluntad

El hombre debe poseer una voluntad libre, fuerte, independiente. En ello residen el valor y la grandeza de su personalidad. Todo el trabajo educativo con el hombre culmina, por eso, en la formación de la voluntad. Hasta ahora, el modo y la meta de la formación de la voluntad estuvieron siempre dictados por la necesidad de dominio de la clase poseedora. Pero ahora que el proletariado ha despertado a la conciencia de clase y libra luchas por sus intereses de clase, queremos que la juventud crezca como una generación libre, fuerte y consciente de sí, cuya voluntad se dirija a la más alta de todas las metas de la cultura: la liberación de la humanidad de la pobreza, la servidumbre y las tinieblas. Quien priva a los que quieren y luchan de sus armas más importantes en esta lucha —su voluntad valiente y resuelta— comete un grave crimen contra el futuro, un pecado contra el espíritu santo de la libertad y de la humanidad. Téngalo presente sobre todo quien todavía cree en la omnipotencia de la obediencia en la educación. La obediencia es necesaria y útil; pero solo tiene justificación moral y pedagógica cuando la sostienen el entendimiento y la decisión voluntaria. Toda obediencia forzada, violenta, prestada a regañadientes perjudica el cultivo de la voluntad, pone en peligro el desarrollo de la personalidad, convierte al hombre en un cadáver sin voluntad. Por eso, deja que el niño tenga una voluntad libre e independiente, para que la fortalezca y la ejercite con el uso y la práctica; no prohíbas demasiado, no restrinjas la autodeterminación del niño de un modo tan insoportable que se convierta en esclavo de tus órdenes y de tu arbitrariedad. A un niño le debe estar permitido hacer todo lo que no perturbe ni ponga en peligro los derechos y el bienestar de otros. Pero ayúdale a reconocer los límites de su voluntad y fortalece su energía para que sepa refrenar su voluntad.

No quebrar, sino doblar

[Fragmento de R. Penzig, Ernste Antworten auf Kinderfragen [Respuestas serias a preguntas de niños] (Berlín, G. Reimer); no se reproduce.]

Las madres intolerantes

[Fragmento de Hulda Maurenbrecher, Wachstum und Schöpfung [Crecimiento y creación] (Múnich, E. Reinhard); no se reproduce.]

De los andadores morales

[Fragmento de Chr. Gotth. Salzmann, Ameisenbüchlein [El librito de las hormigas] (Leipzig, Ph. Reclam); no se reproduce.]

Ninguna voluntad propia y, sin embargo, reproche

[Fragmento de J. Prüfer, Kleinkinderpädagogik [Pedagogía de la primera infancia] (Leipzig, Otto Nemnich); no se reproduce.]

La verdadera terquedad

[Fragmento de John Habberton, Helenes Kinderchen [Los niños de Helen] (Estrasburgo, Josef Singer); no se reproduce.]

No presumas de tus hijos

Hay un amor a los niños que se llama amor simiesco (Affenliebe)16. Es una exageración del amor natural, una degeneración de la benevolencia. Colma al niño de ternezas sin reparar en el peligro del reblandecimiento; le consiente al niño todos sus caprichos sin pensar en los perjuicios que de ello se siguen para la formación del carácter; halaga la vanidad y el egoísmo del niño sin tener conciencia del gran pecado educativo que eso encierra. Todas las tías y todos los conocidos tienen que enterarse de lo listo y gracioso que es el pequeño fanfarrón: naturalmente, todas sus hazañas se cuentan en su presencia, subrayadas dos veces y adornadas además con la fantasía que corresponde; las tías lo admiran y se asombran de él como es de rigor, y el niño prodigio se siente tremendamente importante. Con los años, una educación así hará de él un mentecato vanidoso y pagado de sí mismo, que tropieza con su propia estupidez y no se da la menor cuenta de lo ridículo que se pone con su presunción y de lo antipático que se hace con su arrogancia. O bien el niño tiene que recitar un poema porque declama «tan maravillosamente», tiene que cantar una canción porque tiene una voz «tan magnífica», tiene que sacar sus intentos de dibujo porque posee un talento «tan grandioso», tiene que enseñar sus notas porque está «tan extraordinariamente» dotado. Por cortesía, amigos, parientes y vecinos se suman a las fanfarronadas, los padres se ven confirmados en su amor simiesco y en su vanidad, y el niño, que lo toma todo al pie de la letra, se sueña dentro de una aureola que no es más que humo, y su espíritu y su alma salen perjudicados. Los padres que obran así no disponen de la abnegación ni de la gran seriedad objetiva que la educación exige; tampoco entienden nada de la vida anímica infantil. En cambio, son esclavos de su amor propio y de su complacencia en sí mismos, débiles de voluntad y necios; se imaginan ser los mejores padres y son los peores, esperan grandes cosas de su educación y no cosecharán más que fracasos, quieren hacer de su hijo el hombre más capaz, más bueno, más querido, y educan a un alfeñique, a un petimetre, a un fanfarrón, a un hombre sin carácter. «Mima a tu hijo, y después tendrás que temerle.» Esta sabiduría del Sirácida17 sigue siendo nueva cada día en la educación.

Amor simiesco

[Fragmento de B. A. E. Brehm, Vom Nordpol bis zum Aequator [Del Polo Norte al Ecuador], pág. 227; no se reproduce.]

Cómo no hay que hacerlo

[Fragmento de H. Lhotzky, Die Seele deines Kindes [El alma de tu hijo] (Königstein im Taunus, Rob. Langewiesche); no se reproduce.]

El hijo malogrado

Había en mi pueblo natal un pobre cartero, un padre bueno y honrado, que lo empleaba todo en su hijo. Comía pan seco, no se permitía ninguna diversión ni ningún placer, se rebajaba ante la gente para pescar una propina y en sus horas libres hacía toda clase de servicios y favores que le proporcionaban una ganancia extra. Necesitaba el dinero, porque estaba haciendo maestro a su hijo.

¡Maestro! Ese era su orgullo y su dicha.

A todo el que se le cruzaba en el camino le contaba lo listo, lo excepcionalmente inteligente que era su hijo, los progresos que hacía en la escuela, cómo le alababan los profesores, qué esperanzas se tenían puestas en él.

Quien no conociera al hijo, un mozo veleidoso y sabihondo, habría podido creer que se trataba de una especie de animal prodigioso.

Llegó felizmente a maestro, pero un día se acabó de golpe la gloria.

El joven señor había vivido por encima de sus posibilidades, había contraído deudas, primero pequeñas, después mayores; había cometido estafas, falsificado documentos: el final fue la expulsión del cargo y la cárcel.

El padre se hundió y maldijo al hijo malogrado.

Y, sin embargo, el hijo no era más que la imagen del padre: un fanfarrón como él, un bravucón, un embaucador, a quien —no en último término por las necias alabanzas y el ciego incienso del padre— se le había subido a la cabeza la megalomanía.

Si se hubiera refrenado y amortiguado en él la peligrosa disposición a la soberbia, habría llegado sin duda a ser un hombre útil y honrado.

Así, la fanfarronería y la jactancia del padre fueron su perdición.

El hijo malogrado había salido, por desgracia, demasiado fiel a su modelo.18

Sé veraz

Si la educación ha de ayudar a hacer del niño una personalidad con carácter, la educación para la veracidad es una exigencia indispensable. Pero el niño solo llega a la veracidad si lo guía la fuerza de un modelo ejemplar. Aquí el buen ejemplo lo es todo. Sé escrupulosamente exacto con la verdad en todos los aspectos, no exageres, evita también las mentiras en broma, que los niños pueden malentender con facilidad. No intentes conseguir algo de los niños con promesas o amenazas que no puedas cumplir o cuya realización esté fuera de tu poder. ¡Que viene el hombre del saco! ¡Ahí fuera está el criado Ruperto!19 ¡El guardia te va a llevar! Con eso puedes asustar al niño un par de veces, pero pronto notará que se le toma el pelo. Se vuelve insensible a la verdad y a la mentira, ya no se toma en serio las exageraciones, las inexactitudes y las falsedades directas, y acaba siendo víctima de la mendacidad, que puede llegar a dominar por completo a los hombres. Los padres que en presencia de los niños se hacen negar ante los extraños, que en el tren declaran, a sabiendas de los niños, una edad falsa, que ponen datos inexactos en las notas de justificación de los niños, que ante extraños hablan de otro modo que en casa, y así sucesivamente, son educadores para la falta de veracidad. Sus hijos crecen con la impresión de que sus educadores no son honrados. Pierden la capacidad más fina de distinguir entre verdad y falsedad. Los niños casi solo dicen falsedades conscientes allí donde falta la verdadera confianza y donde reina una severidad excesiva. Las mentiras de los niños, dice Rousseau, son obra de los educadores. En el ejemplo intachable del educador está la mejor, por no decir la única, educación para la veracidad.

No toda falsedad es una mentira

[Fragmento de la Hoja informativa n.º 7 del Instituto Central de Educación y Enseñanza (Zentral-Institut für Erziehung und Unterricht) de Berlín; no se reproduce.]

También el padre mentía...

[Fragmento de las palabras de Loth en Vor Sonnenaufgang [Antes del amanecer] de Gerhart Hauptmann (Berlín, S. Fischer); no se reproduce.]

Cómo aprendió a mentir el pequeño Max

Bajo mi ventana juegan unos niños que conozco bien; hijos de los vecinos, bien educados. Al oscurecer se abre arriba una ventana y la voz de la madre llama hacia abajo: «¡Subid ya, niños, que empieza a hacer fresco y a oscurecer!». «¡Madre, déjanos jugar solo un ratito más!» Pero la ventana ya se ha cerrado. El pequeño Max parece indeciso sobre si obedecer la orden. Da unos pasos hacia la puerta de la casa, mira hacia arriba como tanteando y vuelve a quedarse quieto, contemplando a sus compañeros de juego, que saltan alegres bajo los árboles. Entonces sale de la casa la criada. Ella, que apenas ha aprendido a obedecer, sabe todavía menos mandar. «¡Ven, Max!», grita. «Si no vienes, ahora mismo aparece por la esquina el deshollinador y te lleva con él.» En lugar de insistir enseguida en que se cumpla la orden, en que se cumpla con rapidez, también ella vuelve a entrar en la casa. Max mira hacia la esquina amenazadora; no viene ningún deshollinador, ninguna figura amenazadora le impide quedarse. Sonríe, se da la vuelta y sigue jugando, pues ve con asombro que le dicen algo que no es verdad. Se da cuenta también de que lo han hecho para imponer un deseo, una voluntad. Los niños ven casi siempre las cosas con más verdad y más hondura, aunque de un modo del todo instintivo, de lo que cree más de un adulto. También Max ha aprendido hoy mucho, solo que nada bueno. Max sabe ahora cómo hay que mentir.

El argumento falso

La tía va en tren con Fritzchen, de cuatro años. Fritzchen se encarama al asiento arriba y abajo, golpea la ventana, grita y está alegre; en resumen, pone «nerviosa» a la tía. Como no sirven ni las buenas palabras ni las reprimendas, acaba diciéndole: «¡Tu madre te está viendo desde Dresde y se apena por ti!». «Ay, tía», contestó el pequeño, «¡si mamá no tiene unos ojos tan gordos como para ver a través del tren!»

A. Rühle20

Mentira y bofetada

[Fragmento de Kuhn-Kelly, Lüge und Ohrfeige [Mentira y bofetada] (Langensalza, Beyer & Söhne); no se reproduce.]

Cuantos menos palos, menos mentiras

[Fragmento de Julian Borchardt, Wie sollen wir unsere Kinder ohne Prügel erziehen? [¿Cómo educar a nuestros hijos sin palos?] (Berlín-Fichtenau, Die neue Gesellschaft); no se reproduce.]

Educación para la mentira

[Fragmento de la Zeitschrift für Jugenderziehung [Revista de educación juvenil]; no se reproduce.]

Cultiva la fantasía de los niños

Ninguna época ha excitado nunca tan vigorosamente la fantasía de los niños ni le ha dado tan rico alimento como la de la guerra y la revolución. ¡Qué abundancia de hechos y representaciones nuevos ha irrumpido de golpe en la vida espiritual del niño! ¡Y qué desbordamiento de sentimientos se ha desatado! Para la vida de fantasía de la juventud empezó con la guerra un verdadero auge. Llegó la era de los juegos de soldados con redobles de tambor y banderas de colores, de los asaltos detrás de matorrales y vallas, de las batallas furiosas con gritos de hurra y cabezas ensangrentadas. Y por último llegaron las historias de guerra, bastante excitantes y llenas del más salvaje romanticismo como para que la fantasía de la juventud se deleitara en ellas con delicia. No siempre les será posible a los padres mantener a los niños apartados de los juegos de guerra y del entusiasmo bélico, por deseable que sea. El instinto de imitación y el poder de la sugestión general son demasiado fuertes. Pero entonces no deben descuidar un deber importante: vigilar y cultivar en lo posible la fantasía de los niños. Cultivar significa en primer lugar refrenar. La vida de fantasía de los niños no debe pertenecer a la guerra. En su vida de pensamiento y de sentimiento han de tener cabida otras cosas y encontrar una elaboración tranquila. Hay que combatir las exageraciones y los desmanes, y echar de vez en cuando sobre el fuego del éxtasis un chorro de agua fría de reflexión serena. Con ello se relaciona lo segundo: cultivar la fantasía significa preservarla de extravíos. No han de dar su sello al juego la salvaje alegría de destruir, el desahogo brutal de las fuerzas, la matanza de los enemigos, sino el serio deber de la defensa, la prueba del valor personal, la protección de los débiles y desvalidos. ¡Y nada de jactancia hueca, de escarnio del enemigo, de chulería de vencedor! Cultivar la fantasía significa, por último, ennoblecerla y dirigirla hacia metas elevadas. La juventud ha de saber que en la conciencia y en la estima de la humanidad civilizada la paz está mil veces por encima de la guerra, que construir en paz es más fecundo y más glorioso que destruir en la guerra, que muy por encima de la oposición hostil de las naciones se alza la hermandad de todos los intereses humanos, y que el ardor combativo y la capacidad de entusiasmo de los hombres encuentran una meta hermosa y sublime en la lucha por la libertad, el bienestar y la felicidad de la humanidad.

Una conversación sobre la guerra

¡Otros diez mil rusos prisioneros, madre!

¿Lo dice el periódico?

Lo ha voceado un hombre con ediciones extraordinarias. Y Walter Braun ha dicho que su padre opinaba que había que matarlos a todos como a reses, o fusilarlos, o echarlos al agua.

Eso sería cruel y horrible.

Pero los rusos —sabes, madre— son unos tipos terriblemente malos. Viven como animales salvajes en cuevas y no hacen más que beber aguardiente... y ensartan a los niños y les sacan los ojos a los soldados, y cuando están heridos y encuentran a un herido alemán, ¿qué hacen? Le muerden la garganta hasta atravesarla...

¡Calla, chico! Esas son historias monstruosas, desmentidas hace mucho. De lo de ensartar niños y sacar ojos no hay una palabra de verdad. Y de lo demás tampoco quedará mucho.

Pero venía en el periódico.

En el periódico viene mucho que no es verdad...

Si los rusos han ido a la guerra, también ellos creen que tienen que luchar por su patria. Cumplen con su deber, igual que nuestros soldados. Y cada uno tiene una madre que llora por su hijo; muchos tienen una mujer que en casa se preocupa y se angustia, e hijos que esperan a su padre...

¿Entonces los rusos son personas igual que nosotros?

Conozco rusos que son personas muy buenas, educadas y cariñosas. Para ellos la guerra es una desgracia tan grande como para nosotros.

Pero, madre, ¿por qué hacen entonces la guerra?

Entonces la madre apoyó la cabeza en las manos y dio un hondo suspiro.

¿Por qué hacen la guerra los hombres?

Cien liebres...

¡Padre, hoy he visto cien liebres!

¿Las has contado?

Contarlas, no; pero eran muchísimas. Tienen que haber sido cien.

Quizá solo noventa y nueve o noventa y ocho; en una o dos uno puede equivocarse al contar.

Bueno, sí, quizá faltaban unas cuantas.

Si no lo sabes con exactitud, a lo mejor no eran más que noventa u ochenta...

Oh, no... no sé bien... a lo mejor sí... pero ochenta me parecen pocas.

Apostaría a que eran setenta como mucho.

¡Qué dices, padre, setenta por lo menos!

Así regatea y cuenta el padre, medio en broma y medio con astuta seriedad, en animada conversación, de acá para allá. Y así le va rebajando al hijito una liebre tras otra. Al final no queda más que una liebre. Entonces el padre pone una cara muy seria.

¿Así que has visto una liebre? ¿Me dices la verdad?

Entonces el muchachito se acobarda y se apoca del todo. Mira azorado a un lado y balbucea:

Padre... pero esto es seguro... ¡algo se movió en el matorral!...

Juego infantil

[Fragmento de B. Goltz, Das Buch der Kindheit [El libro de la infancia]; no se reproduce.]

Günther

[Fragmento de Clara Stern, Psychologie der frühen Kindheit [Psicología de la primera infancia] (Leipzig, Quelle & Meyer); no se reproduce.]

Deja a Dios fuera de esto

En la educación, la personalidad lo es todo. Cuanto más fuerte, independiente y libre es, tanto más intensa y duraderamente puede influir en el niño. De las personalidades fuertes emana una fuerza de sugestión a menudo insospechada e inexplicable. Ahí están los secretos de una educación que a veces obra milagros. Pero estas valiosas fuentes del éxito corren peligro si por encima de la autoridad del educador se pone otra más alta, que además permanece eternamente invisible y problemática. El niño, que todo lo quiere aprehender por los sentidos, es incapaz de imaginarse bajo el nombre de Dios —que supuestamente vigila cuanto hace y deja de hacer y es la instancia suprema de su existencia— otra figura que una figura groseramente sensible y banal, quizá incluso grotesca y blasfema. Y qué pronto se le ilustra, de modo que acoge las alusiones a Dios con una sonrisa incrédula. ¿Cómo quedas tú entonces? Son consecuencias penosas y feas, en las que el educador pierde mucho y el niño no gana nada. Por eso, deja a Dios fuera de esto. No hagas de él ni una niñera que vigila cada paso de tu pequeño, ni un coco del que tenga miedo y se esconda. También debes renunciar a la mística sorda y desabrida de las oraciones infantiles. Deja, en cambio, que tus fuerzas y dotes humanas obren tanto más alegre y libremente en el trato con el niño, cultiva tu personalidad y haz que se haga valer ante el niño de un modo que lo estimule y le haga bien.

La mentira religiosa

[Fragmento de León Tolstói, Y la luz brilla en las tinieblas (Jena, Eugen Diederichs); no se reproduce.]

Una conversación dominical sobre Dios

Un domingo por la mañana salimos al campo mi hijita y yo. El sol transfigura radiante todo el paisaje. Respiramos el día joven, y cuanto más nos alejamos de la estrechez de la ciudad, tanto más amplio y libre se hace también todo en nosotros. Estamos tan absortos en la contemplación que ninguno quiere romper el silencio.

—Padre —se hace oír entonces quedamente el corazón de la pequeña—, ¿qué es en realidad Dios?

Yo sabía que esta pregunta llegaría un día. Y cuando había pensado en ello, me había preparado sin duda una buena respuesta. Pero ahora, cuando esta mañana divina despertó la pregunta en el pequeño corazón que buscaba, me sorprendió.

—Qué es Dios, querida niña, es una pregunta difícil. Quizá la más difícil de todas. Desde que hay hombres se la han hecho. Se le han dado muchas respuestas. Y, sin embargo, la mayoría de los hombres no están satisfechos ni conformes con ellas.

—Pero en la escuela siempre hablamos de Dios.

—Desde luego; se dice que Dios ha creado el mundo, también a nosotros y todo lo que vive y existe. Que nos conserva y que es un ser todopoderoso, omnisciente, infinitamente bueno. Algunos se lo imaginan como una persona que vive en el cielo, por encima de las nubes y las estrellas. Otros lo tienen por una fuerza, por un espíritu. Y otros dicen que uno solo se imagina un Dios, y que en realidad no hay ninguno.

—¿Es que hay un cielo, padre?

—Lo azul que ves no es más que aire. Más allá no ha llegado aún nadie. Un cielo con Dios y ángeles no lo ha descubierto todavía nadie. Así que pienso que tampoco lo hay.

—¿Y qué piensas tú de Dios, padre?

—Que Dios sea un hombre que gobierna el mundo entero, no me lo puedo imaginar. Y si es una fuerza, no necesito llamarla Dios. Creo que los hombres, cuando hablan de Dios, se refieren a la voz interior que a veces habla en nosotros...

—¿Qué voz interior?

—Pues a menudo nos decimos muy bajito a nosotros mismos: quiero llegar a ser una persona buena y honrada, quiero ser trabajador y veraz, quiero ayudar a los pobres y a los débiles; ¿ves?, a esta voz interior la llaman los hombres Dios; así lo pienso yo.

—Pero, padre, entonces no hace falta decir: Dios quiere que seamos buenos; prefiero decir entonces: yo misma quiero ser una buena persona.

—Tienes razón, querida niña... Yo mismo quiero... nosotros queremos... ¡de nosotros depende! Ese es todo el secreto. Dios habita en el pecho mismo del hombre. Nuestra voluntad sincera y fuerte de hacer el bien: ¡eso es Dios!

Dos ojos de niña me miran agradecidos y comprensivos; un pequeño corazón late más ligero y más libre.

Y seguimos caminando bajo el sol de la mañana: dos negadores de Dios con un Dios hermoso y vivo en el corazón...

Dios visto por el niño

[Fragmento de Meta Schoepp, Mein Junge und ich [Mi niño y yo] (Berlín, Concordia, Deutsche Verlagsanstalt); no se reproduce.]

Rezar, rezar y volver a rezar

[Fragmento de H. Dickreiter, Vom Waisenhaus bis zur Fabrik. Geschichte einer Proletarierjugend [Del orfanato a la fábrica. Historia de una juventud proletaria] (Berlín, Vorwärts-Verlag); no se reproduce.]

El niño y la madre

[Fragmento de León Tolstói, «Sabiduría infantil» (Jena, Diederichs); no se reproduce.]

No vuelvas miedosos a los niños

Tu pequeño llorón te atormenta y no sabes qué hacer. Entonces se te ocurre un recurso: «¡Estate quieto! ¡Si no, vendrá el coco y te llevará!». Un susto pasa por la cara del niño y el miedo se apodera de él. Quizá se calme en el acto y tú te quedes satisfecho. Pero ¡qué caro has comprado el éxito! El miedo es uno de los martirios más terribles que existen para los nervios infantiles. Meter miedo a los niños es entregarlos a un infierno. El éxito nunca puede justificar, ni siquiera disculpar, la crueldad del medio. ¡Y además, el éxito! ¿Qué pasa si, pese a tu amenaza, el niño sigue gritando y el coco no viene? Tu amor a la verdad, tu seriedad de educador, tu autoridad, ¿cómo quedan a los ojos del niño? ¡Tampoco te ocupes de profecías supersticiosas ni de historias de fantasmas! Con ellas el niño sensible se inquieta y se atormenta inútilmente, y el niño robusto descubre pronto los secretos, en perjuicio tuyo. Evita en lo posible los cuentos excitantes. Pero si ya no amenazas con la bruja o con el coco, no los sustituyas tampoco por el guardia. Ahí va tu chiquillo cruzando la calle a trompicones; temes un peligro: «¡Rápido, vuelve! ¡Que viene el guardia!». Y el pequeño salta espantado a un lado, a refugiarse bajo tu protección materna. ¡Qué necedad, en una madre proletaria, amenazar con el guardia! Un órgano puesto para nuestra protección, destinado a nuestro servicio, pagado con nuestro dinero: ¿podemos tener interés en que a los ojos de nuestros hijos aparezca como un poder más alto y más fuerte, como un dominio sobre nosotros que ha de llenarnos de respeto, angustia y espanto y ante el que hemos de inclinarnos en obediencia e impotencia? Dile a tu hijo: ¡al guardia no tienes por qué temerlo! Quien obra rectamente no tiene por qué tener miedo de nada. Y si alguna vez se presenta el miedo, ¡reúne entonces todas tus fuerzas para vencerlo!

El miedo en el corazón del niño

[Fragmento de E. Wulffen, Das Kind [El niño] (Berlín, P. Langenscheidt); no se reproduce.]

Remedio probado para volver miedosos a los niños

[Fragmento de P. Rosegger, Das Buch von den Kleinen [El libro de los pequeños] (Leipzig, A. Staackmann); no se reproduce.]

La segunda palabra

[Fragmento de H. Dickreiter, Vom Waisenhaus bis zur Fabrik. Geschichte einer Proletarierjugend (Berlín, Vorwärts-Verlag); no se reproduce.]

Voluntad en vez de angustia

[Fragmento de Fr. W. Foerster, Jugendlehre [Enseñanza para la juventud] (Berlín, W. Reimer); no se reproduce.]

Del miedo místico

[Fragmento de Vladímir Korolenko, Historia de mi contemporáneo (Berlín, P. Cassirer); no se reproduce.]

De la infancia de Goethe

[Fragmento de J. W. von Goethe, Poesía y verdad; no se reproduce.]

Deja que el niño reúna experiencias

Por medio de observaciones y experiencias gana el niño el material de construcción con que edifica su mundo espiritual. Lo que los sentidos captan y acogen, lo que las manos agarran, lo que el cerebro elabora y la memoria almacena, se forma y redondea en una imagen del mundo, y con el tiempo se aclara y depura en una concepción del mundo. Cuanto mayor es el círculo de experiencias en que se mueve el niño, y cuanto más vivamente usa sus sentidos y ejercita sus fuerzas para entrar en relación con las cosas y los fenómenos del mundo, tanto más rico es el caudal de representaciones y sensaciones que le llega. Tanto más vigorosa y polifacética se desarrolla su inteligencia, tanto más receptiva y profunda se configura su vida afectiva, tanto más eficaces y duraderas son las influencias que se hacen valer sobre su voluntad. Todos los aspectos de su hombre interior sacan provecho de la riqueza de sus experiencias. Queremos que nuestro hijo crezca espiritual y anímicamente, que forme y fortalezca su voluntad, que llegue a una vida interior armoniosa; así pues, démosle ocasión de observar, de vivir, de cosechar y almacenar experiencias a manos llenas. No lo preservemos de cada paso en falso y de cada golpe, no tengamos siempre las manos extendidas sobre cuanto hace y deja de hacer, no sea que lo sacuda una ráfaga de aire áspero o que una experiencia triste le cause dolor. La vida está hecha de alegría y de pena; el hombre tiene que haber conocido ambas para aprender a comprenderlas, soportarlas y valorarlas. Y con ambas tiene que haber aprendido a salir adelante, con sus propias fuerzas, con sus propios medios. Entonces llegará a ser un hombre cabal, un hombre «que encaja en el mundo».

¡Conocerlo todo por sí mismo!

—¡No cojas el cuchillo! —prohibió el padre al hijito, enfadado, por encima de la mesa—. ¡Con qué facilidad puedes cortarte el dedo!

Pero apenas hubo vuelto la espalda, Fritzchen Schnippelgern21 volvió a coger el cuchillo.

Y... ¡ay! Se le fue a la mano. Y la sangre brotó a chorro. Fritzchen se puso a gritar. ¿A qué tanto alboroto? ¿La regañina? ¿Las amonestaciones? La herida recibe su vendaje y el chico tiene su experiencia.

¡Qué son las palabras del padre al lado de esta vivencia! ¡Frases frente a hechos! Yo creo que Fritzchen ha sacado de ello un enorme provecho.

Una travesura, quizá; pero seguramente una fuente de enriquecimiento.

¡Probarlo todo, aunque uno se haga daño en el dedo!

*

—¡Apártate de la estufa, que te vas a quemar! —ordena la madre.

¿Quemarme?, piensa Kurtchen Folgenicht, ¿cómo será eso? ¿Dolerá mucho? ¿O solo un poquito? ¿Como el dolor de muelas? ¿Que hace llorar? ¿O se podrá aguantar? Probémoslo cuando la madre salga de la cocina.

Se abre la portezuela de la estufa... ahí cruje un leño... y a la mano salta una chispa ardiente.

Kurtchen siente un pinchazo que le llega al corazón. ¡Ay, ay, ay!, grita, y se pone a dar manotazos como loco.

¡Déjalo que llore, madre! Una gotita de aceite lo arregla todo.

¡Esa sola chispa le ha dado más que todas tus bienintencionadas enseñanzas juntas!

*

—¡Cuidado con la escalera! —advierte la abuela—. Te vas a caer, y luego tendrás una pupa muy fea.

Pero Hänschen Guckindieluft no oye siquiera los buenos consejos.

¡Patapum!, se lanza escaleras abajo. ¡Qué deprisa va eso! ¡Zas!, ya está de narices en el suelo.

Sangre de nariz. Chichón en la cabeza. Gran llantina. La abuela acude corriendo.

Hänschen ha pagado cara su experiencia.

Pero tiene su experiencia.

Nadie podría dársela. Ni un rey ni un emperador. Él mismo tenía que adquirirla, él mismo, por su acción, por su vivencia.

Y qué pobre sería si no la tuviera.

¡Dejarle hacerlo todo él mismo!

[Fragmento de Jul. Borchardt, Wie sollen wir unsere Kinder ohne Prügel erziehen? [¿Cómo educar a nuestros hijos sin palizas?] (Berlín-Fichtenau, Die neue Gesellschaft); no se reproduce.]

Fritzchen el trepador

—¡Fritzchen, deja de trepar!

Cuántas veces habían dirigido el padre y la madre esta bienintencionada advertencia a su pequeño.

En vano: el pequeño diablillo sabía más. Ninguna silla, ninguna mesa, ningún banco le parecía bastante alto. Tampoco servían las regañinas. Fritzchen trepaba...

Pero un día se cayó. Un pequeño paso en falso y, ¡pataplaf!, allí estaba, gritando, sangrando, fuera de sí de susto y de espanto.

La madre acudió corriendo. Lo que más le habría gustado habría sido castigarlo encima; ya había levantado la mano para pegarle. Pero cuando miró a los ojos de su hijo, se detuvo...

El amor fue aquí un buen consejero. El niño había hecho muy bien en trepar, en ejercitar sus fuerzas y en emprender toda clase de viajes de descubrimiento. ¿Cómo, si no, iba a llegar a conocer y comprender el mundo, la naturaleza y la vida? Las experiencias y las vivencias ayudan a adquirir el pertrecho que el desarrollo posterior exige del hombre...

Los pocos chichones y cardenales pronto quedaron olvidados. Fritzchen se volvió más prudente en su deporte de trepar, porque se había hecho más rico en algunas experiencias.

Da ocupación al niño

Nadie ha conocido mejor que Fröbel la naturaleza del niño; por eso ningún principio educativo es más acertado y feliz que el que dio a los padres y educadores: ¡el niño debe ser tratado desde el principio como un ser creador! El vivo metabolismo propio del organismo infantil determina una necesidad extraordinariamente intensa de movimiento y de ocupación. Un niño sano no puede estarse quieto ni inactivo. La boquita tiene que parlotear y preguntar, los ojos hacen viajes de descubrimiento, las manos agarran, juegan, forman, crean, los pies no paran de corretear; incluso debajo de la mesa siguen balanceándose las piernecitas eternamente inquietas. En este alegre hacer y en este libre moverse es donde el niño se siente más a gusto y más feliz: «Lo que hace y mantiene alegre y dichoso es solo la actividad». Aunque esta actividad nos parezca juego y pasatiempo, para el niño es seria e importante; mira cómo le arden las mejillas, cómo le brillan los ojos; observa cómo trabaja su espíritu: ¡en verdad, el niño es un ser creador! ¿Qué podría haber más natural que la idea de que este fuerte instinto creador ha de ponerse en el centro de toda la obra educativa? ¿No tienes un niño llorón, malhumorado y desobediente cuando se aburre, cuando tiene que estarse quieto y «portarse bien»? En cambio, cuando está ocupado con afán y animación, no lo ves ni lo oyes. Te quejas de las malas costumbres y de las travesuras que comete tu hijo; ¿has procurado también que su afán de actividad se encauzara debidamente y se satisficiera con una ocupación entretenida? Prepara en el patio o en el jardín un montón de arena; enseña a los niños cómo se pueden modelar con barro o con plastilina toda clase de cosas divertidas; deja que hagan un silbato de una rama de sauce, o ayuda a los chicos a tallar un barquito en corteza de árbol: te asombrará qué niños tan buenos, tan alegres y tan mañosos tienes. Un lazo más firme y más hermoso de estima y amor mutuos unirá a unos y otros, y, como a lo largo de los milenios en el género humano, también en el crecer y hacerse del individuo revelará el trabajo sus fuerzas benéficas, que hacen feliz y elevan.

¿Cuándo son más felices los niños?

[Fragmento de Robert Seidel, Die Handarbeit [El trabajo manual], etc. (Zúrich, Orell Füssli); no se reproduce.]

Una madre con algo de juicio

[Fragmento de H. Spencer, La educación (Leipzig, Alfred Kröner); no se reproduce.]

Dicha inolvidable

[Fragmento de Carl Spitteler, Meine frühesten Erlebnisse [Mis primeras vivencias] (Múnich, Süddeutsche Monatshefte); no se reproduce.]

El medio natural de los niños proletarios

[Fragmento de P. Blonski, La escuela del trabajo (Berlín-Fichtenau, Die neue Gesellschaft); no se reproduce.]

Procura ocasiones de juego

El niño quiere jugar, porque ese es su elemento vital. La dicha infantil más pura y más honda se revela en el juego del niño. El educador que busca un acceso al interior del niño hará bien en tomarlo allí donde su interior se abre con más gusto y alegría. ¿Quiere estudiar el alma, investigar la individualidad? Pues bien, procure ocasiones de juego, y pronto podrá observar a los pequeños en toda su peculiaridad y en la originalidad de su ser. Al hombre hay que verlo trabajando, dice una vieja experiencia; y el juego es para el niño trabajo. ¿Quiere el educador desarrollar la independencia del niño, despertar su instinto de actividad, cultivar su afán creador? Pues bien, procure ocasiones de juego, porque no hay medio que estimule con más fuerza la libre creación de formas ni que convierta en acción con más fuerza y más éxito el impulso creador del hombre. El niño debe ser considerado desde el principio como un ser creador, dijo Fröbel, y enseñó el juego infantil. ¿Quiere el educador formar la fantasía del niño, despertar la sensibilidad para lo bello, educar el sentido artístico? Pues bien, procure ocasiones de juego: ahí hay ejercicio sin fin para el ojo y la mano, mil ocasiones de combinar, proyectar, inventar; ahí está también la satisfacción tras la obra cumplida, la honda felicidad del logro. ¿Quiere el educador ayudar al niño a tener sentimientos sociales, implantar en él la idea de comunidad, hacer viva la solidaridad de los intereses humanos? Pues bien, procure ocasiones de juego, para que la sociabilidad y la camaradería, el goce de la libertad y la disciplina, la autodeterminación y la subordinación puedan empezar pronto y llevar a término su obra educadora en el niño. Un educador que desprecia o desdeña el juego se priva de la mejor ayuda y del medio más excelente para sus propósitos y su fin. Pero un educador que cultiva el juego, que procura ocasiones de jugar y que él mismo juega con gusto y con ganas, no solo ganará todos los corazones de los niños, sino que se verá además en la feliz situación de ser el mejor, el más capaz, el más afortunado de los educadores.

Juego infantil

[Fragmento de E. Hoernle (Die Neue Welt); no se reproduce.]

La alegría de inventar

[Fragmento de H. Scharrelmann, Fröhliche Kinder [Niños alegres] (Hamburgo, A. Janssen); no se reproduce.]

El hijo «único» que no sabe jugar

Viene una madre y se queja de su chico:

—Tiene juguetes y más juguetes... pelotas, cajas de construcciones, cuadra de caballos y tren, recortables, carretilla, tienda de ultramarinos... casi una habitación entera llena... tiene también un montón de arena... pero no juega.

—¿No se acerca siquiera a los juguetes?

—¡Sí! En el primer momento está entusiasmado. Juega también un rato muy bien. Luego deja las cosas, lo revuelve todo, hasta rompe adrede esto y aquello, y se marcha.

—¿Y luego?

—Normalmente se me cuelga entonces del delantal y se pone caprichoso. Dice que se aburre. A veces está sentado en medio de sus juguetes y dice: ¡Qué aburrido es esto! ¿No es raro?

—En absoluto. ¿Es que no tiene ningún compañero de juego?

—Es nuestro único hijo. Lo queremos mucho y no queremos que trate con cualquier niño. Y es demasiado difícil encontrar un compañero de juegos adecuado. Los niños aprenden unos de otros demasiadas malas costumbres.

—Lo último puede ser cierto. Pero aprenden también muchas cosas útiles. Sobre todo aprenden a jugar. Los niños entre sí se estimulan vivamente, intercambian sus experiencias e invenciones, se fecundan mutuamente en el juego y, en todo caso, nunca se aburren. Y cuando no saben qué otra cosa hacer, se pelean y se pegan. Esa es la desgracia de los hijos «únicos»: que, como no tienen hermanos, casi nunca tienen tampoco compañeros de juego, y no saben jugar. Les atormenta el aburrimiento y caen en el hastío; el trato continuo con adultos los hace todavía más precoces, redichos y hastiados; así dejan de ser niños antes de tiempo, y en realidad nunca han sido niños de verdad. Y como nunca fueron niños de verdad, tampoco llegarán a ser nunca padres de verdad.

—¿Qué se puede hacer?

—Procurarle compañeros de juego: en el jardín de infancia, en la calle o donde sea. Acostumbrarlo poco a poco al trato con sus semejantes. Ir a los parques y prados de juego, bañarse y hacer excursiones en grupo. Hay que sacar al individuo aislado de su aburrida soledad y convertirlo en hombre gregario. Cuando haya encontrado compañía y anudado relaciones, también a él le descubrirá el juego sus encantos y ejercerá en él sus efectos educativos.

Procúrale un montón de arena

Apenas se había deshelado la pista de trineos; detrás de los matorrales y las cercas se derretían aún los últimos ventisqueros, y ya el primer día de primavera lleno de sol la chiquillería de todo el pueblo se daba su primera cita en el gran montón de arena. Renacuajos que daban pasitos y traspiés y a los que todavía había que llevar cuidadosamente de la manita, y mozalbetes larguiruchos a los que casi les asomaba ya el bigote bajo la nariz, chicos y chicas: todos pertrechados de palas y palitas, cubos y carretillas, para empezar de nuevo a cavar, a hurgar y a construir en la arena. Un hormiguero abigarrado y un ajetreado barullo que ahora se repite todos los días. Aquí se excavan trincheras, allá surge un horno ante el que se agacha un pequeño pastelero; un poco más allá se alza de la tierra una alta fortaleza. Otros plantan jardines, construyen pirámides, montan tiendas o cavan tan hondo que «sale agua». Unas veces en pacífica colaboración, otras luchando unos contra otros. Pero siempre sin descanso, incansables, con una entrega ilimitada. Ahí se puede estudiar qué excelente educador es un montón de arena así. No solo se fortalece la salud al jugar al aire libre y se desarrollan los pulmones, el corazón y la fuerza muscular: el niño experimenta además, jugando con la arena, un enorme estímulo de sus sentidos, sobre todo del tacto; llega a intuiciones frescas e inmediatas de lo corpóreo, ejercita la fuerza y la voluntad creadoras, desarrolla la fantasía, se familiariza con lo práctico y aporta sin esfuerzo a su espíritu un gran número de principios y hechos físicos y matemáticos. Una riqueza de figuras y formas se abre en el montón de arena; una plenitud de fenómenos, verdades y necesidades sale al encuentro del mundo de sus representaciones. Y verdaderos torrentes de felicidad cobran vida en el alma del niño. No podéis hacer nada más agradable a vuestros pequeños que procurarles un montón de arena cuando el sol vuelve a llamar al aire libre. ¡Vale cien veces más que todos los juguetes de Navidad y de cumpleaños juntos!

Arena

[Fragmentos de Jean Paul, Levana, y de Otto Ernst, Appelschnut; no se reproducen.]

La arena, el mayor de los pedagogos

[Fragmento de Hans Dragehjelm, Das Spielen der Kinder im Sande [El juego de los niños en la arena] (Leipzig, en comisión en K. F. Koehler); no se reproduce.]

Juventud feliz

Dos niñas están sentadas junto al montón de arena y construyen, construyen sin cansarse, desde hace horas...

Suse ha hecho un jardín que sube verde y multicolor por el terreno montañoso; cien escalones llevan entre setos y arriates hasta la cima, donde ondea al viento una banderita. Se cosecha fruta y se cogen fresas, y también las flores prosperan con esplendor veraniego.

Al otro lado, Gustel hace de confitera; con la cara encendida trajina ante el espacioso horno. Fila tras fila se alzan las tartas y los pasteles más magníficos. ¡Compren, por favor, señoras y señores! ¿Dónde encontrarían ustedes cosas más bonitas y más dulces?

En esto, un anciano se acerca desde el camino a la cerca del jardín y se queda mirando a las niñas que juegan. La escena es tan encantadora que sus ojos no quieren apartarse de ella.

Luego, mientras se vuelve despacio para marcharse, le dice —como disculpándose— a la mujer que lo observa: «De niño yo también tuve una vez un montón de arena en el jardín de mi padre; siempre tengo que pensar en la felicidad que viví allí, cada vez que veo niños junto a un montón de arena».

Y el brillo dorado de un dichoso recuerdo de juventud pasó por el rostro curtido del anciano; su barba blanca relucía como a la luz de la primavera...

¿Cómo ha de ser el montón de arena?

Una sola carretilla de arena de obra o de grava de jardín es ya para los niños una fuente de placer indescriptible. En seguida empiezan a cucharear, a cavar y a construir. Pero no es bueno que la arena se mezcle con tierra, suciedad y basura. Por eso el montón de arena debe tener, en lo posible, una base firme y un marco de madera. La base es más adecuada si permite que escurra el agua de lluvia, es decir, si está algo inclinada hacia fuera. Entre la base y el marco queda entonces una rendija del ancho de un dedo por la que puede filtrarse toda la humedad. Por encima del marco, a una altura de cincuenta a sesenta centímetros, conviene colocar mesas de juego, que lo mejor es que rodeen todo el montón de arena, aunque con interrupciones aquí y allá que permitan el acceso al montón. Porque el sitio más bonito y más codiciado es, a fin de cuentas, en medio de la arena misma.

Educa en la independencia y la confianza en sí mismo

Nuestros hijos han de llegar a ser personas libres, erguidas, independientes. Eso deseamos y queremos de ellos. Pero ¿qué desean ellos de nosotros? Que los eduquemos en la independencia, en la propia responsabilidad y en la confianza en sí mismos. Solo las personas que han aprendido pronto a usar, probar y dominar su voluntad serán capaces de gobernarla. Solo las personas que disponen libremente de su voluntad pueden hacerse conscientes de la magnitud de la responsabilidad que asumen con el ejercicio de su voluntad. Y solo las personas que se han acostumbrado a poner voluntad, acción y responsabilidad en segura concordancia llegarán a una confianza en sí mismas grande e infalible. Ahí están las condiciones previas de la entrega valerosa a una meta elevada, de la perseverancia fiel en luchas duras y llenas de sacrificios, de la fuerza moral de una firme confianza en la victoria. Por eso comete una falta grave con sus hijos, como con su clase, quien obliga a los niños a una dependencia y falta de libertad duraderas, quien estrecha su voluntad y paraliza su resolución propia. Padre, ¿puedo...? Madre, ¿me dejas...? Eso está prohibido... eso está permitido: con estas espalderas de alambre y estos collares de púas se amaestra y se tiraniza, pero no se educa. En las cuestiones grandes, sopesa con el niño el pro y el contra, procura ganar su comprensión y su convicción, pero no te cierres por principio a sus argumentos; la última decisión es tuya, y entonces puedes también, si hace falta, decir alguna vez la última palabra con autoridad. Pero en las cosas pequeñas deja al niño mano completamente libre. Crecerá en esa independencia y llegará a ser una personalidad libre, valiente, propia.

Y otra cosa importante: piensa que la familia es para el niño el mundo, y que transfiere inconscientemente a todo lo que le sale al paso más tarde sus impresiones de lo que hacen y dejan de hacer las personas en la casa paterna, de la manera en que los padres se trataban entre sí y trataban a los hijos. El niño lleva luego la imagen de este pequeño mundo al mundo grande, y todo lo que vive en la vida de fracasos y desengaños se debe en gran parte a que sale al encuentro de la vida con las medidas del cuarto de los niños. Procura, pues, siempre infundir valor al niño, inculcarle la convicción de que es capaz de hacer algo como es debido en la vida, y presérvalo de la angustia. La angustia ante el hombre del saco, ante las palizas, ante los castigos, se transforma inconscientemente en el niño en angustia ante la vida en general; el mundo entero le parece luego un cuarto en el que uno está sentado, afligido y con miedo a la regañina, ante un problema de aritmética demasiado difícil, y todas las personas con que se encuentra son para él repeticiones del padre enojado que, con la regla en la mano, acecha cada falta, o de la madre criticona a la que nunca se podía dar gusto. No dejes que surja en el niño el sentimiento de que ha de guardarse continuamente de algo o defenderse de alguien. Inculcale, con tacto e insensiblemente, la idea de que no es tan difícil llevarse bien con las personas, aunque sean más fuertes, más grandes, más poderosas, y de que toda la vida es una tarea con la que se puede salir adelante muy bien... ¡con tal de que uno se crea capaz de ella!

¡Eso no lo entiendes!

¡Eso no lo entiendes! Cuántas veces lo decían la madre, el padre, el hermano mayor o quien fuera. ¡Oh, cuántas cosas misteriosas hay!, piensa el niño. Y para todo eso yo soy demasiado tonto. No entiendo nada. Pues bien, ¡entonces seré tonto! Y luego, fuera, en la vida, el muchachito siguió siendo siempre el niño que no entiende nada. El mundo le parecía tan lleno de enigmas que ni siquiera se atrevía a acercarse a resolverlos: prefería esquivarlos. Y nunca llegó a acercarse del todo a una cosa, a una persona, ni a entregarse a ella. Total, no lo entiendo, pensaba con angustia, y si alguna vez tenía que acercarse y poner manos a la obra, fracasaba seguro, porque siempre creía luchar con gigantes prepotentes, y no veía que no eran más que molinos de viento.

A. Rühle22

¡Aún eres demasiado pequeño!

Todos los niños quieren ser pronto «mayores». Y cuando son mayores, lo que más querrían es volver a ser niños. Qué felices, despreocupados y alegres podríamos haber pasado nuestros años de infancia si no hubiéramos sentido ese eterno «aún eres demasiado pequeño» como una puerta que nos cerraba el paso a todas las maravillas del mundo. Ahora vemos que las maravillas no eran para tanto. Pero entonces pensábamos: ¿que soy demasiado pequeño? Ya me haré grande, y no solo como el padre, el maestro, el tío; no, mucho, mucho más grande, el más grande de todos, una persona de la que todos hablarán con admiración, que realizará grandes hazañas. Así, por espíritu de contradicción, nos soñábamos en un papel de héroe, y luego creíamos tener que representarlo en la vida. Pero la vida no quiere héroes, sino buenos actores de conjunto. Y así cada suceso que nos quitaba nuestra aureola de héroes era una grave ofensa, y queríamos siempre de nuevo imponernos, demostrar siempre de nuevo nuestra grandeza.

Pero ¿de dónde viene todo esto? ¿Es que los padres y los adultos no pueden hacer sentir al niño que ser pequeño no es lo mismo que ser menos, peor, valer menos? ¿Es que el niño es inferior porque es pequeño? ¿No resuelve su tarea vital con sus pequeñas fuerzas tan bien como nosotros con nuestras grandes? ¿No tiene además, de sobra, los sentidos sin gastar, la despreocupación sin desengaños, la fresca participación en todo lo que pasa a su alrededor? Pero, por lo visto, ese frecuente «aún eres demasiado pequeño» se decía en un tono que el niño sentía como menosprecio y al que respondía interiormente con un «pues ahora más que nunca», primero con obstinación, después con un ansia de conquista y un hambre de poder que le hacían ver la vida como un escenario en el que hay que representar un papel de héroe.

A. Rühle

¡Nada de tiranía!

[Fragmento de la Dra. Maria Montessori, Selbsttätige Erziehung [La autoeducación] (Stuttgart, Jul. Hoffmann); no se reproduce.]

Vida propia

[Fragmento de Ludwig Gurlitt, Der Verkehr mit meinen Kindern [El trato con mis hijos] (Berlín, Concordia, Hermann Ehbock); no se reproduce.]

La torpe

Lina había roto una vez un vaso. Los padres no le pegaron, oh no, eran demasiado cultos para eso. Pero cualquier cosa que la pequeña Lina tomara ahora en la mano, oía: «¡A ver si nuestra torpe no lo deja caer!». «¡Mejor no toques eso, que eres muy torpe!». Un día entró Lina en la habitación con una bandeja llena de vajilla. «¡Ahora lo deja caer!», resonó. Y, ¡pataplaf!, ya estaba todo hecho añicos en el suelo. Siempre que la pequeña tomaba algo en la mano —fuera algo frágil o delicado, fuera forrar con papel un libro de la escuela, zurcir una media, abrir una puerta con la llave—, siempre le salía mal, porque la niña ya lo sabía: no puede salir bien, ¡si soy tan torpe! Y así la pequeña Lina siguió siendo torpe, no porque tuviera los dedos más torpes, sino porque tenía unos padres insensatos.

A. Rühle

Ejemplos varios

En el tren va sentado a mi lado un niño pequeño. Celosamente vigilado por su madre, mira el mundo con ojos brillantes. La locomotora, que resopla y echa humo, despierta especialmente su interés.

En cuanto el tren se pone en marcha, se arrodilla en el asiento. Quiere ver el chu-chu; ¡chu-chu!, exclama una y otra vez.

Pero la madre no consiente que se arrodille en el asiento y mire por la ventanilla. Tiene que estar sentado formalito, como ella misma y como los demás... tieso, sin interés, embotado.

Ante sus reiterados intentos de apartar al pequeño de la ventanilla y sujetarlo a su asiento, digo yo en tono conciliador y con una sonrisa alentadora hacia el pequeño: «Ah, si no molesta y está sentado tan formal...».

Entonces replica secamente la madre: «Aunque así sea, ¡no ha de salirse con la suya!».

¡Pobre chico!

*

—Hoy te pones el vestido verde para salir de paseo —ordena la madre.

—Preferiría el blanco, es más ligero y con este calor me siento mejor con él.

—¡Te pones el verde!

—Pero ¿por qué?

—¡Porque sí! ¡Ni una palabra más!

En el fondo es más sensato ponerse el vestido blanco, piensa la madre para sus adentros; la niña tiene razón. Pero ya lo ha ordenado; perjudicaría a su autoridad, piensa, que la niña se saliera con la razón. Así que se queda el verde, que es grueso, molesto e incómodo.

Lo que ella tiene por autoridad no es más que terquedad, y la niña llegará a ser algún día un auténtico pelele o una persona rebelde y respondona.

*

[Ejemplos de Emma Freundlich; no se reproducen.]

*

[Ejemplos tomados de Hulda Maurenbrecher, Wachstum und Schöpfung [Crecimiento y creación] (Múnich, E. Reinhardt); no se reproducen.]

Independencia también en los niños débiles y enfermizos

[Fragmento de Nelly Wolffheim, Die erziehliche Beeinflussung und Beschäftigung kranker Kinder [La influencia educativa y la ocupación de los niños enfermos] (Berlín, L. Oehmigke); no se reproduce.]

Ayuda al niño a educarse a sí mismo

La autoeducación es lo más grande en la educación. Y lo más difícil. La autoeducación presupone el grado más alto de comprensión y de claridad anímica, exige equilibrio interior y una voluntad fuerte. La autoeducación es examen de sí, reflexión sobre sí, disciplina de sí. Quien es capaz de educarse a sí mismo es su propio señor y su propio servidor, es libre y está sometido a leyes que él mismo se ha dado, es maestro y alumno a la vez. La mayor ausencia de límites y la mayor sujeción se unen en él. La autoeducación es ante todo conocimiento de sí mismo. El niño ha de ser consciente de su comprensión, de su libre voluntad, conocer y respetar los límites de su obrar. Con ello la autoeducación se convierte en respeto de sí mismo. El niño ha de sentir alegría, satisfacción y orgullo de que su voluntad le obedezca, de que los instintos y las pasiones estén en su poder. La autoeducación se expresa así como dominio de sí mismo. «No hay adaptación a la vida social sin que se presuponga en el hombre la capacidad de elevar su obrar por encima del ámbito de la mera reacción instintiva y de controlarlo mediante su mundo de representaciones»23. Pero al encontrar así el dominio y la libertad, la disciplina y la resolución, el deber y el querer su instancia suprema en la personalidad misma del hombre, la autoeducación se convierte en autodeterminación. En ello está la coronación de toda la obra educativa.

Solo una pequeñez han olvidado...

[Fragmento de Alfred Adler, Heilen und Bilden [Curar y educar] (Múnich, Bergmann); no se reproduce.]24

Falta la ayuda

[Fragmento de Hermann Hesse, Rosshalde (Berlín, S. Fischer); no se reproduce.]

Se presta la ayuda

[Fragmento de Fr. W. Foerster, Jugendlehre (Berlín, G. Reimer); no se reproduce.]

La obra maestra

[Fragmento de Fr. W. Foerster, Jugendlehre (Berlín, W. Reimer); no se reproduce.]

Castiga solo para ayudar

¿Por qué castigas a tu hijo? Ya sé lo que vas a contestar a esta pregunta de conciencia pedagógica: porque se portó mal, porque quieres educarlo para algo mejor, porque… Está bien. Crees que en los castigos siempre se ha tratado de medidas necesarias e inevitables en interés del fin y del éxito educativos. Permíteme que lo dude. No quiero plantear la cuestión de si el castigo está justificado en la educación o no; menos aún quiero sostener el punto de vista extremo de que un educador tenga que arreglárselas sin castigo alguno. Solo dudo de que los castigos que impones a los niños hayan sido siempre queridos como medios de educación y puedan valorarse como tales. Porque te he observado a menudo, en casa, en la calle, en el trabajo. Tu pequeño Juanito el despistado (Hans-Guck-in-die-Luft)25, que iba a tu lado a pasitos cortos, veía flores, pájaros, nubes, pero no el camino ni la piedra en que tropezó; cuando se cayó de narices, gritó fuerte del susto: ¿qué hiciste tú? Acudiste de un salto, lo levantaste de un tirón, ¿y lo reñiste a gritos y hasta le pegaste? ¿Para educarlo? ¿Para reparar lo ocurrido? No: por nerviosismo, por mal humor, por enfado. Tu hijo juega a la pelota y tira una maceta del alféizar; te hace un recado y pierde la moneda que llevaba jugueteando en la mano; vuelve a casa con manchas de hierba en el traje de los domingos, con agujeros en el pantalón. ¡Qué pronto castigas, qué suelta tienes la mano! ¿Haces todo esto por amor a la educación? ¿Persigues con ello un fin educativo premeditado? Yo afirmo: ¡no! Todos estos castigos no son, en noventa de cada cien casos, otra cosa que la expresión espontánea de la cólera, de la rabia, de la excitación. No eres dueño de ti, eres esclavo de tu arrebato, estás ciego de excitación: por eso riñes, castigas, pegas. Fíjate bien en una cosa: si el castigo es necesario, no debe imponerse en caliente, con ira; no debe ser la descarga de tu mal humor, no debe ser enfado, rabia ni venganza. Castiga solo para ayudar, para levantar al niño y ponerlo en el buen camino.

Los padres aficionados a los golpes deberían preguntarse alguna vez…

[Fragmento de Hermann Weimer, Haus und Leben als Erziehungsmächte [La casa y la vida como fuerzas educadoras] (Múnich, C. H. Beck); no se reproduce.]

La escuela se parece muchas veces a un pequeño presidio…

[Fragmento de August Forel, Die Gehirnhygiene der Schüler [La higiene cerebral de los escolares] (Viena, Manz); no se reproduce.]

«¡Ya verás, tú vuelve a casa…!»

La piedra voló por el aire, pero iba demasiado baja. En vez de dar al gorrión posado en el canalón, se metió por el ventanuco de la buhardilla: ¡cling, clinc!

¡Qué susto! Pedro se había quedado blanco y miró a su alrededor.

No había nadie que lo hubiera visto. Deprisa detrás del seto: allí estaba a salvo.

En ese momento la madre salió por la puerta y vio todavía el último faldón del que huía. Había oído el ruido de cristales y, además, conocía a su chico y sus travesuras… Enseguida comprendió lo que había pasado.

La invadió tal rabia que se le subió la sangre a la cara; y para colmo le entró el enfado de que el malhechor se le escapara.

«¡Ya verás!», gritó, llena de ira, amenazando con la mano, «¡tú vuelve a casa… ya te daré tu paliza!»

Pedro estaba detrás del seto con el corazón palpitante. Toda la alegría y la despreocupación lo habían abandonado. El sol ya no brillaba tanto, el prado ya no tenía tantos colores. Si al menos fuera ya de noche y estuviera en su cama… si al menos ya hubiera pasado el castigo…

Lo atormentaba el miedo, y una amargura se le subía al corazón. De verdad que no había querido romper el ventanuco. ¿Por qué, entonces, había de sufrir castigo? ¿Se arreglaría así la ventana? ¿Y por qué se enfadaba tanto la madre de buenas a primeras? La madre, por quien sentía en su corazón cosas tan tiernas, tan cariñosas… Habría querido decirle que él no tenía la culpa, que no quería hacer nada malo, que la piedra —sí, de verdad, la culpa era de la torpe piedra—, que… Pero no habría podido sacar una palabra de puro miedo, porque en su cabeza sonaba sin cesar, duro, amenazador, terrible: ¡Ya verás, tú vuelve a casa…!

Ayudar, no vengarse

[Fragmento de S. Troelstra, sin indicación de procedencia; no se reproduce.]

Educa sin pegar

Si no quieres rebajarte ni rebajar a tu hijo, deja de lado el palo al educar, en cualquier circunstancia. No digas que no puede ser. Puede ser, si quieres. El castigo corporal tiene el carácter que ya señaló Comenio cuando comparaba al educador que pega con un músico que aporreara con los puños su instrumento desafinado en vez de servirse del oído y de la mano para afinarlo26. Los golpes rebajan en vez de educar, destruyen en vez de levantar y crear valores. Llevan a la cobardía, la sumisión, la debilidad de voluntad y la falta de carácter, inducen a la mentira y despiertan instintos bajos, matan la vergüenza y el sentimiento del honor, ahogan la confianza en sí mismo y el sentimiento de la personalidad. Contrarios a toda formación de la voluntad y a toda educación para la libertad moral, destruyen con cada golpe algo bueno, puro y noble del ánimo humano. El proletariado, que en su lucha de emancipación se enfrenta a un mundo lleno de enemigos, no puede servirse como combatientes de hombres acobardados, cobardes, debilitados y apaleados. Necesita personalidades y caracteres, naturalezas erguidas, de voluntad recta, sana y honrada, con sentimiento de responsabilidad y un hondo impulso hacia la libertad. Estas legiones de combatientes tienen que salir de las entrañas y del seno del propio proletariado, tienen que alimentarse con la idea de la emancipación y crecer en el vendaval de la lucha de clases. Quien paraliza la voluntad de uno de ellos, debilita su energía, quiebra las alas a su alegría de luchar, peca contra los ideales que viven en el socialismo y contra el porvenir del género humano. ¡Fuera, pues, de nuestra educación los trastos de la Edad Media, el látigo y la vara!

El abuelo

[Fragmento de Máximo Gorki, Meine Kindheit [Mi infancia] (Berlín, Ullstein); no se reproduce.]

Lo incomprensible

Que antes se pegara allí donde se trataba de educar esclavos y siervos, se comprendía; que la sociedad actual, que funda su existencia en el trabajo y el sometimiento de las masas, mande pegar en sus escuelas —al menos a los niños destinados a ser explotados y dominados—, todavía se entiende, aunque nuestro sentimiento moral se rebele contra ello y se indigne. Pero lo que no puede entenderse es que en el proletariado, donde arden todas las llamas de la libertad y están vivas todas las fuerzas para un mejor devenir humano, el castigo corporal siga desempeñando en la educación de los niños un papel al parecer inevitable e ineludible, pero sin duda triste y vergonzoso. Aquí las generaciones arrastran todavía las cadenas de su servidumbre y la herencia de su pasado duro y sombrío.

Otto Rühle, Grundfragen der Erziehung [Cuestiones fundamentales de la educación]27.\ (Verlag Am anderen Ufer, Dresde-Buchholz-Friedewald)

Sobre el sistema de los golpes

[Fragmento de Ellen Key, Das Jahrhundert des Kindes [El siglo del niño] (Berlín, S. Fischer); no se reproduce.]

La educación para la violencia…

[Fragmento de Max Winter, «Spart die Rute!» [¡Ahorrad la vara!], en Die Sozialistische Erziehung, año 2, n.º 5; no se reproduce.]

¡Padre, no verdugo!

[Fragmento de Heinrich Lhotzky, Die Seele deines Kindes [El alma de tu hijo] (Königstein im Taunus, Langewiesche); no se reproduce.]

Procura buenas lecturas

Todos los años, por Navidad, se produce en el mercado del libro una riada de libros ilustrados y de libros para la juventud. El fenómeno se debe al convencimiento, que poco a poco ha ido ganando terreno entre padres y educadores, de que los libros son coeducadores silenciosos de la juventud, cuya gran importancia pedagógica no debe subestimarse. En ellos vive una parte de aquella fuerza capaz de ejercer sobre el espíritu y el ánimo de los niños una influencia intensa, que a menudo va mucho más allá de los años juveniles. El valor de esta silenciosa colaboración educativa depende, naturalmente, del valor de los libros infantiles desde el punto de vista pedagógico y artístico. Por desgracia, en esto la situación suele ser bastante mala. De la multitud de publicaciones, solo una parte relativamente pequeña satisface la exigencia de obrar no solo entreteniendo e instruyendo, sino también ennobleciendo, en el sentido de la verdadera obra de arte. A muchos no se les puede negar la honrada intención de hacerlo, pero se sirven para ello de una forma inadecuada e inapropiada. Otros son escritos de tendencia, impertinentes, que influyen perjudicialmente en el juicio y en la capacidad de juzgar del niño. Otros respiran un espíritu de sentimentalismo empalagoso y estropean el placer con una beatería untuosa. Otros, en fin, despiertan apetitos aventureros, azuzan la fantasía infantil hasta el desenfreno y embrutecen el ánimo. Sobre todo la guerra ha desencadenado en este sentido una producción que tiene que llenar de angustia y de espanto a todo filántropo y educador que crea en la alta misión cultural de la joven generación. ¡La pacotilla patriótica y belicista celebra verdaderas orgías! Precisamente este fenómeno y los peligros que de él se derivan imponen a todos los padres, de nuevo y con más insistencia que nunca, el deber de poner manos a la obra para limpiar el mercado de libros juveniles de toda esa basura y ese veneno. La crítica sola no basta: hay que hacer también una selección práctica y mantener lejos de la propia casa todo libro malo. ¡Examinad con cuidado y sin contemplaciones! ¡Rechazad toda pacotilla sin miramientos! ¡Procurad buenas lecturas!

La literatura de pacotilla

[Fragmento de Adolf Jensen y Wilhelm Lamszus, Unser Schulaufsatz, ein verkappter Schundliterat [Nuestra redacción escolar, un literato de pacotilla disfrazado] (Hamburgo, A. Janssen); no se reproduce.]

Literatura socialista para la juventud

[Fragmento de Heinrich Ströbel, «Jugend, Volk und Literatur» [Juventud, pueblo y literatura], en Die Neue Zeit, 1902; no se reproduce.]

¿Cómo se sabe si un libro es bueno?

Los primeros en ponerse a orientar a los padres sobre el valor de los libros infantiles y juveniles fueron unos maestros de Hamburgo, que encargaron a comisiones examinadoras reunir una selección de buenos libros por contenido y por edades. Las listas se publicaban todos los años por Navidad. Luego la Comisión Central de Educación del Partido Socialdemócrata (Zentralbildungsausschuß) emprendió, sobre la base de esas listas preparadas por maestros y con la colaboración de muchos ayudantes y expertos, una selección orientada más bien con criterios socialistas. Además, desde hace años la asociación educativa y escolar «Freie Schule-Kinderfreunde» [Escuela Libre-Amigos de los Niños], de Viena, se esfuerza por proveer a la juventud de buenas lecturas. Ha abierto una librería, vende juegos y material de enseñanza y aprendizaje de todo tipo, y todos los años por Navidad publica catálogos en los que los libros están ordenados por edades y por materias. Estos catálogos se obtienen gratis («Jungbrunnen», Viena XIII, palacio de Schönbrunn). En Alemania lo más práctico es dirigirse a la editorial de este libro exponiendo con precisión lo que se desea. Se prestará toda la ayuda imaginable. Léanse con atención las listas o los catálogos, vaya uno a la librería popular más cercana o a una exposición de libros juveniles y pida que le enseñen los libros elegidos. Si no se consigue así, escríbase a la editorial de este libro. En todo caso, no se deje uno meter en la mano ni endosar por nadie un libro que no figure en las listas. Solo así se tiene la seguridad de emplear de verdad los céntimos ganados con tanto esfuerzo en un buen fin y en provecho de los hijos.

Cuida de la ilustración sexual

Padres e hijos no deben tener secretos entre sí. El lazo de la confianza más íntima, anudado por una sinceridad y una veracidad sin reservas, debe abrazarlos a ambos. Como el marido y la mujer, también padres e hijos deben ser uno en cuerpo y alma. Esta relación cordial excluye toda falta de veracidad, toda mentira. También cuando se trata de cosas de las que a los padres les resulta penoso hablar. La educación y la habituación han hecho de lo sexual, para nosotros los mayores, algo impuro, animal, pecaminoso. Ya no somos capaces de mirarlo con ojos puros y desprevenidos; los espíritus frívolos se salvan con chistes y obscenidades de lo incómodo y lo angustioso de la situación en que los pone el tema sexual. Al de ánimo más serio solo le queda la vergüenza. Y sin embargo esa vergüenza no es otra cosa que la confesión de una culpa interior, y muchas veces pura hipocresía. De la hipocresía a la mentira no hay más que un paso. Por eso, líbrate de la vergüenza necia y falsa; oblígate a pensar con naturalidad sobre lo natural. Y guárdate tú y guarda a tu hijo de la mentira: oblígate a hablar con naturalidad de lo natural. Da al niño, con todo el amor y la calma de que seas capaz y con toda la seriedad y objetividad que corresponden a tu tarea, ilustración sobre las cuestiones de la vida sexual. ¡Piensa en cómo quedarás ante el niño cuando un día descubra que lo has engañado! ¡Piensa en cómo una mentira engendra otras cien y mil, actúa más allá de la casa y de la familia, puede envenenar y apestar el mundo entero y la vida entera! Así pues, sé veraz, sé sincero, habla claro, también en las cosas penosas. Toda dificultad desaparece en cuanto estás en paz contigo mismo.

¡Franqueza plena!

[Fragmento de Gustav Wyneken (impreso «Wynecken»), Schule und Jugendkultur [Escuela y cultura juvenil] (Jena, Eugen Diederichs); no se reproduce.]

Una madre le había contado a su Fritz lo de la cigüeña

[Fragmento de Nellie, Mutter und Kind [Madre e hijo] (Giessen, J. Ricker); no se reproduce.]

Cuenta el Baldamus:

[Fragmento de Oskar Wöhrle, Der Baldamus und seine Streiche [El Baldamus y sus travesuras] (Stuttgart, Lese-Verlag); no se reproduce.]

Madre, ¿de dónde vienen los niños pequeños?28

Nacen, cariño mío.

¿Y qué es eso, nacer?

Crecen en el cuerpo de la madre hasta que están maduros y son bastante grandes…

¿Y entonces salen?

Salen del cuerpo, como los conejitos y los gatitos han salido del cuerpo de su madre.

¡Pero eso duele, mamá!

Claro que duele; muchas veces las madres se ponen incluso muy enfermas.

¿Yo también te hice daño?

Tú también; pero mamá ya no piensa en ello: está contenta de que te hayas criado tan sano y tan bueno y de que quieras a tu mamaíta.

La manzana que no se comió

[Fragmento de B. Nestler, Am Lebensquell. Ein Hausbuch zur geschlechtlichen Erziehung [En la fuente de la vida. Libro doméstico de educación sexual] (Dresde, Alexander Köhler); no se reproduce.]

No des alcohol a los niños

Si el orgullo y la riqueza de una nación consisten en la fuerza, la salud y la aptitud para la vida de todos sus miembros, no puede haber para una clase de la población —sea la que sea— deber más importante ni más sagrado que procurar una generación sana, fuerte y apta para la vida. La clase obrera tiene además un deber particular. Necesita ante todo una generación fuerte y dispuesta a luchar por la emancipación del proletariado, capaz y lo bastante idealista para entusiasmarse sincera y abnegadamente por los fines de la lucha emancipadora proletaria. La revolución de la sociedad presupone una revolución de los cerebros. Toda la esperanza del proletariado descansa así en las generaciones venideras, aún no nacidas, que ascienden después de nosotros. Ellas tendrán que librar las batallas decisivas, levantar el hermoso edificio de la humanidad. Serán maestros y oficiales, obreros y peones, cada uno a su manera, con la llana en una mano y la espada en la otra29. Para ello harán falta cabezas claras e inteligentes, ojos despiertos y agudos, manos ágiles y hábiles y una voluntad sincera y enérgica. Quien nos inutiliza el cerebro y las manos, los ojos y la voluntad, pone en peligro la obra y es nuestro enemigo. El alcohol es ese enemigo. Impide que los niños se hagan sanos y vigorosos, inteligentes y de voluntad firme; enturbia el espíritu y paraliza la decisión, quebranta la fuerza y corrompe el carácter. Ante la tarea gigantesca que tiene planteada el proletariado, y ante el ejército de enemigos que tratan todos de frustrar su cumplimiento, no te conviertas tú mismo en el corruptor de tus mejores combatientes y de tu obra: no des alcohol a los niños.

¡La mano en el corazón!

[Fragmento del Dr. med. (Arnold) Holitscher, Alkohol und Kind [Alcohol y niño] (Berlín, Deutscher Arbeiter-Abstinenten-Bund); no se reproduce.]

La naturaleza nos deja elegir

[Fragmento del profesor Dr. (Georg) Sticker, Gesundheit und Erziehung [Salud y educación] (Giessen, J. Ricker); no se reproduce.]

¿Tiene uno que ser abstemio para ser amigo de los niños?

[Fragmento de Anton Afritsch, «Selbsterziehung» [Autoeducación], en Die Sozialistische Erziehung, año 2, n.º 7; no se reproduce.]

El final

Entré en una taberna de pueblo. En torno al mostrador, tras el cual se movía afanosa la panza del tabernero, había campesinos y obreros en semicírculo. Todos con el vaso en la mano, riendo y conversando animadamente. Cuando hube dejado sombrero y bastón y me hube sentado, reparé en el grupo en un hombre que desentonaba de todos los demás y llevaba la conversación con mucha palabrería y gestos nerviosos. Entretanto, guiñaba sus ojos vidriosos y fijos a la moza de la taberna, que, apoyada en una mesa, contemplaba el jaleo.

Era un vagabundo que acababa de llegar de la carretera y había ido a dar entre los parroquianos; muy andrajoso en el vestir, sin cuello, con unos pantalones raídos sobre los zapatos polvorientos y gastados. Más que la ropa, que le colgaba del cuerpo flaco, llamaba la atención la cara: enrojecida por el aguardiente, barbuda, de mirada ausente y, sin embargo, no falta de inteligencia. El tipo del hombre que ha conocido tiempos mejores…

Contaba cosas de Buenos Aires, donde decía haber estado, de Norteamérica, de los viajes por mar, del puerto de Hamburgo… Los demás lo escuchaban entre asombrados y curiosos y medio incrédulos.

Y poco a poco… uno le gritó que le pagaba otro vaso… el vagabundo empezó a sacar más y más cosas del hatillo de su peregrinaje por la vida. Él también venía de una casa de comidas, era hijo de gente rica; nadie le había cantado en la cuna que acabaría de vagabundo.

«Mi padre era un hombre bueno, pero débil… No aguantaba nada… ni cerveza, ni vino, ni aguardiente… y tenía que salir, salir mucho, pues sí, ya se sabe… y me llevaba siempre con él. Y yo tenía que beber por él. Se alegraba cuando me gustaba la cerveza… estaba orgulloso de que pronto aguantara mucho, más que un adulto… Este es un chico que vale para el mundo, decía; un tipo de provecho tiene que aguantar a tiempo algo de provecho… El bueno de mi padre, no lo hizo con mala intención. Pero así me enseñó a empinar el codo… Cuando murió, me dejó una gran herencia… Pero también la bebida… y me lo he bebido todo… he ido bajando poco a poco, hasta lo más bajo, cada vez más hondo… solo por la bebida.»

En la sala se había hecho el silencio. Unos miraban pensativos al vacío; otros dejaban descansar en el vagabundo miradas en las que se leían la compasión y la lástima.

Pero él —la mano flaca crispada en torno a la jarra de cerveza— miraba al vacío con ojos vacilantes.

No regales al niño armas homicidas

La guerra mundial nos ha dejado la vivencia espantosa del asesinato en masa, ante el cual todavía hoy nos estremecemos en lo más hondo. Nuestra naturaleza humana, en la medida en que no está embrutecida y descarriada por el militarismo, se resiste a las inhumanidades y los horrores de la guerra. En nuestro cerebro se ha grabado, honda e imborrable, la convicción de que la matanza de hombres es una locura y un crimen. Por eso somos enemigos de la guerra. Alzamos nuestra voz contra el militarismo y las demás causas capitalistas de guerra, luchamos contra la carrera de armamentos, el imperialismo, la agitación belicista nacionalista y toda política de violencia. Nos horroriza en lo más íntimo que —según unas palabras de Guillermo II— el deber moral supremo del soldado haya de ser disparar, llegado el caso, incluso contra padres, madres y hermanos30. Todo lo humano que hay en nosotros clama a la rebelión, todos los sentimientos nobles y puros despiertan y empujan a la protesta. ¿También nuestro hijo ha de convertirse en parricida, matricida y fratricida, entregado a la locura más terrible que jamás concibieron cerebros humanos? ¡No, nunca! ¡Nunca más guerra!… ¿Y tú, siguiendo una vieja irreflexión, habrías de poner a tu hijo en Navidad una escopeta bajo el árbol, regalarle un sable, seducir su ánimo con un uniforme militar? ¿Una escopeta, para que aprenda a disparar contra sus padres y hermanos? ¿Un sable, para que más adelante sepa abrir a cuchilladas las cabezas y las espaldas de sus compañeros de clase?… ¡No, no: eso no puedes, eso no debes hacerlo! ¡La barbarie de la guerra no debe mancillar tu fiesta de Navidad ni tu casa, el crimen del asesinato no debe encontrar en el corazón de tu hijo semillero ni suelo donde echar raíces! Sé, negándote y rehusando, un propagandista en tu casa de la aspiración pacífica a la cultura y de la bella humanidad.

Vemos en los escaparates…

[Fragmento de Wilhelmine Kähler, en la Leipziger Volkszeitung; no se reproduce.]

Desarme en la juguetería

[Fragmento de Helene Scheu-Riesz, en la Frankfurter Zeitung; no se reproduce.]

El padre

[Fragmento de Leonhard Frank, Der Mensch ist gut [El hombre es bueno] (Zúrich, Max Rascher); no se reproduce.]

El deseo de Navidad

El padre lo había visto venir, y un día salió.

«Padre, regálame por favor en Navidad un sable, un casco y una escopeta.»

«¿Un sable?», preguntó el padre, «¿quieres matarme a puñaladas con él?»

«Ay, no, querido padre, solo para jugar.»

«¿Y una escopeta? ¿Quieres matar con ella a tiros a tu querida madre?»

El niño levantó la vista asustado. Al principio había creído que el padre bromeaba. Pero al ver su cara seria comprendió que la conversación era para el padre una cosa muy seria.

«El sable y la escopeta», dijo entonces el padre, «solo se usan para matar a personas. El emperador mandó matar en la guerra a muchos millones de hombres; también dijo a los soldados que debían matar incluso a su padre y a su madre si se les ordenaba. Pero el quinto mandamiento dice: ¡No matarás!»

«Pero si yo solo juego con ello, padre.»

«¿Quieres jugar con un sable y una escopeta, con lo que se hace daño a las personas y se mata al padre y a la madre?»

El niño se quedó cortado y no supo qué contestar.

Cuando, unos días después, el padre iba con el niño por la calle y pasaron los bomberos a galope, supo lo que le regalaría por Navidad: un uniforme de bombero con casco y hacha. Y cuando el niño lo recibió en Navidad radiante de alegría, el padre le dijo: «Con esto no matarás ni harás mal; con esto ayudarás y salvarás y serás útil a tus semejantes cuando estén en peligro y en apuros.»

Ante los fracasos, busca primero la culpa en ti

No queremos gastar ni una palabra más en lo difícil y penosa que es la obra de la educación, en cuántas preocupaciones, sobresaltos y sinsabores sin cuento encierra, y en que al final el educador, con todo su celo y su esfuerzo serio, ha de estar agradecido y contento si algún éxito recompensa los infinitos desvelos y fatigas de su labor. Cuántas veces estará cerca del desaliento, cuando todos los caminos parecen perderse ante él en la falta de perspectivas y de esperanza. Y cuántas veces se le impone la idea de que tiene que echar mano de los medios duros y violentos de la educación cuando fallan los suaves y bienintencionados: que tiene que obtener por las malas lo que no se consigue por las buenas. Hay en esos estados de ánimo y en esas situaciones desesperadas unas palabras de una fuerza maravillosamente tranquilizadora: ¡No busques las causas de tus fracasos educativos, como tan fácilmente se tiende a hacer, primero en el niño, sino en ti mismo! Quizá has pasado por una mala educación y, sin ser consciente de ello, te has convertido en una persona bastante maleducada, terca, violenta, intratable o ligera, que ahora —muy en contra de su intención, pero con el poder sugestivo de su ejemplo diario— induce y acostumbra a sus hijos a los mismos vicios y defectos de educación. O quizá tu educación fue buena y eres una persona educada con regular formalidad y orden; pero esa educación queda veinte o treinta años atrás, y el tiempo de la rueca y el candil de aceite de nabo se ha convertido en el tiempo del automóvil, la electricidad y la navegación aérea: ¿no crees que semejantes progresos y transformaciones han hecho valer también en la vida educativa nuevos principios, puntos de vista y fines? Puede que hayas avanzado con los tiempos, de modo que comprendes bien el alcance de este cambio; pero cuando recuerdas tu juventud y la comparas con la educación de tus hijos, se te cuela, sin embargo, un error: conoces el mundo intelectual y anímico de los niños de entonces, pero no el mundo interior de los niños de hoy. El entonces lo mirabas con ojos de niño; el hoy, con los ojos del adulto. Medita bien estos razonamientos y examina tu conciencia: en la mayoría de los casos, si la labor educativa no quiere salir bien, la culpa será tuya.

Una lección en el pescante

Fue al estallar la guerra. El maestro iba a la ciudad, y el campesino Scholz venía detrás con su caballo y su carro. El campesino lo invitó a subir; y así iban los dos, sentados en el pescante, camino de la ciudad. Hablaban de la guerra. De cómo se lleva a los hijos, arranca de la familia a los maridos y los padres, saca los caballos de las cuadras…

«De casa también ha tenido que irse uno», dijo pensativo el campesino Scholz, «un mozo estupendo, créame usted: sano, bien hecho y, lo que es más importante, bien criado.»

El maestro alzó la vista interrogante. «¿Quién, uno? ¿Un hijo o un caballo?»

«Un caballo, un bayo», corrigió el campesino, «un animal estupendo… ay, no quiero ni pensarlo…»

Bajó la cabeza.

«Bien criado, créame usted, eso es lo principal en un caballo. Usted educa niños; es difícil, sin duda; pero eduque usted un caballo. Cada uno tiene sus rarezas, sus manías. ¿O debería decir: su carácter? He tenido animales con los que solo se podía si se los llevaba con energía y bien sujetos con el bocado. Y otros con los que todo se conseguía con bondad y paciencia. Tuve un tordo que se encabritaba derecho como una vela, créame usted, con solo ver un látigo. Un solo golpe lo habría echado todo a perder con él. Y tuve un alazán que, antes de arrancar, tenía que recibir cada vez un terrón de azúcar. Si no, no valían ni palos ni buenas palabras. Sí, sí… cada animal tiene su modo de ser, y hay que conocerlo. Entonces, créame usted, de cualquier animal se puede sacar algo que valga la pena. De cualquiera. Quien no lo consigue tiene él mismo la culpa. No hay más que tratarlo como es debido…»

El joven maestro se había quedado pensativo. Pensaba en su clase… ¿no había allí también más de un tordo y más de un alazán? Cada uno con su modo de ser. ¿Y cómo los había tratado a menudo?…

Al bajarse, estrechó la mano al campesino Scholz. La lección del pescante, se dijo, ha de servirme de algo… ¡créame usted!

El símbolo de Salzmann

[Fragmento de Christian Gotthilf Salzmann, Ameisenbüchlein [Librito de las hormigas] (Leipzig, Reclam); no se reproduce.]

El mejor educador es la comunidad

[Fragmento de A. Jalkotzy, «Voraussetzungen zur sozialistischen Erziehung» [Condiciones de la educación socialista], en Die Sozialistische Erziehung, año 2, n.º 4; no se reproduce.]


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado de la SLUB Dresden (https://digital.slub-dresden.de/id1671895835): Otto Rühle, Umgang mit Kindern. Grundsätze · Winke · Beispiele, Dresde (Buchholz-Friedewald), Verlag Am andern Ufer, 1924 (del 20.º al 40.º millar; 2.ª edición, muy ampliada respecto del folleto de 1913, que no se ha cotejado), 228 págs. El libro es una antología: cada capítulo abre con un texto de Rühle y sigue con piezas breves de Rühle, de Alice Rühle-Gerstel («A. Rühle»), sin autor (probablemente de Rühle) y de otros autores. Se traducen íntegros los textos de Rühle, de Alice Rühle y los sin autor; de las piezas ajenas se dan solo el título y, entre corchetes, el autor y la procedencia. Se omiten el índice y los anuncios finales. Hubo traducción checa (1928) y serbocroata (1936). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de los textos de Rühle de la edición de 1924, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en capítulos y piezas, la paginación original y la forma de tú con que Rühle se dirige a los padres; los títulos de los capítulos, imperativos, se traducen como tales. Los conceptos siguen el glosario del archivo (Trotz = «obstinación»; Eigensinn = «terquedad»; Mut, Entmutigung = «valor», «desaliento»). Los títulos de las obras citadas van con su traducción entre corchetes. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Leopold Schefer (1784-1862), poeta y novelista alemán, autor del muy leído Laienbrevier [Breviario laico]. (N. del T.) ↩

  2. Adolph Freiherr von Knigge, Über den Umgang mit Menschen [Sobre el trato con los hombres] (1788), manual de urbanidad y de conocimiento del mundo; el título de Rühle, Umgang mit Kindern, lo imita. (N. del T.) ↩

  3. Alusión a las lecciones Über Pädagogik [Sobre pedagogía] de Kant (1803), donde se dice que el arte de gobernar y el de educar son las dos invenciones humanas más difíciles. (N. del T.) ↩

  4. En el original la niña dice «der Vadder», forma dialectal de der Vater. (N. del T.) ↩

  5. Friedrich Hebbel (1813-1863), dramaturgo alemán, hijo de un albañil pobre de Wesselburen (Dithmarschen); lo cuenta en sus recuerdos de juventud y en sus diarios. (N. del T.) ↩

  6. Comienzo de un corro infantil alemán («Ringel, Ringel, Rosenkranz, / setzen uns auf den Kranz…»), equivalente a «el corro de la patata». (N. del T.) ↩

  7. «Bilde, Künstler, rede nicht!»: verso de Goethe (dístico «Kunst», en Gedichte). (N. del T.) ↩

  8. Rühle cita de memoria; no se ha localizado la dedicatoria exacta de Goethe. (N. del T.) ↩

  9. Kadavergehorsam: obediencia absoluta, «como un cadáver», expresión tomada de las constituciones jesuíticas (perinde ac cadaver) y usada en Alemania para la disciplina militar. (N. del T.) ↩

  10. Johann Friedrich Herbart (1776-1841), filósofo y pedagogo; en su Allgemeine Pädagogik (1806) distingue el «gobierno» (Regierung) de los niños, que mantiene el orden, de la instrucción y la disciplina propiamente educativas. (N. del T.) ↩

  11. La pieza es una cita del propio Rühle, Grundfragen der Erziehung (1912), de la editorial del autor; la línea de fuente es del original. (N. del T.) ↩

  12. Coplilla infantil alemana; se traduce libremente, conservando la rima. Pumpernickel es el pan negro de centeno de Westfalia, aquí convertido en apellido burlesco. (N. del T.) ↩

  13. El original dice «Es wird aus seinem Schlafe aufwecken», con aufwecken («despertar a alguien») por aufwachen («despertarse»); se traduce el sentido. (N. del T.) ↩

  14. En inglés, «His Majesty the Baby», frase hecha difundida a fines del siglo XIX. (N. del T.) ↩

  15. Kantor: en la Alemania protestante, el maestro de escuela que dirigía además el canto de la iglesia; en los pueblos ambos cargos solían ir juntos. (N. del T.) ↩

  16. Affenliebe, literalmente «amor de mono»: en alemán, el cariño ciego y excesivo de los padres que lo consienten todo. Se conserva la imagen porque la pieza de Brehm que sigue juega con ella. (N. del T.) ↩

  17. Eclesiástico (Sirácida) 30, 9, citado por la Biblia de Lutero. (N. del T.) ↩

  18. Juego de palabras intraducible: der ungeratene Sohn («el hijo malogrado», literalmente «mal salido») había salido (geraten) «demasiado fiel a su modelo». (N. del T.) ↩

  19. Knecht Ruprecht (aquí «Rupprecht»): figura del folclore alemán que acompaña a san Nicolás y castiga a los niños desobedientes; servía de coco. (N. del T.) ↩

  20. Alice Rühle-Gerstel (1894-1943), mujer de Otto Rühle; el índice del libro le atribuye esta pieza («A. Rühle»), que en el cuerpo del texto va sin firma. (N. del T.) ↩

  21. Rühle da a los niños de estos tres ejemplos nombres burlescos al estilo de los cuentos infantiles: Schnippelgern, «el que gusta de recortar»; Folgenicht, «el que no obedece»; Guckindieluft, «el que mira al aire», como el Hans Guck-in-die-Luft del Struwwelpeter de Heinrich Hoffmann. Se dejan en alemán. (N. del T.) ↩

  22. «A. Rühle»: Alice Rühle-Gerstel (1894-1943), psicóloga individual y escritora, mujer de Otto Rühle; el índice del libro le atribuye esta pieza, «¡Aún eres demasiado pequeño!» y «La torpe». En el cuerpo del libro sus piezas, como las de Rühle, no van firmadas; la línea con su nombre se añade aquí a partir del índice. (N. del T.) ↩

  23. La cita va entre comillas, sin indicación de autor ni de fuente; no se ha localizado. (N. del T.) ↩

  24. Fragmento de Alfred Adler (págs. 165-166 del original) sobre los padres que, por su propia inseguridad, recurren a artificios educativos exagerados y olvidan desarrollar el valor y la energía independiente de sus hijos. Según la línea de fuente, procede de Heilen und Bilden (Múnich, Bergmann, 1914), la recopilación de trabajos de la psicología individual editada por Adler y Carl Furtmüller; como texto de Adler pertenece al archivo de Adler y no se reproduce aquí. (N. del T.) ↩

  25. Hans-Guck-in-die-Luft («Juan Mira-al-aire») es el niño que camina mirando al cielo y acaba en el agua en el Struwwelpeter de Heinrich Hoffmann (1845). (N. del T.) ↩

  26. El impreso dice bearbeiter, errata por bearbeite («aporreara»). La imagen procede de la Didactica magna de Comenio (cap. XXVI). (N. del T.) ↩

  27. Rühle se cita a sí mismo: el pasaje procede de Grundfragen der Erziehung (1912), publicado en este archivo. (N. del T.) ↩

  28. Pieza sin autor en el índice ni línea de fuente; como las demás de ese tipo, probablemente de Rühle. (N. del T.) ↩

  29. Alusión a los constructores del templo en Nehemías 4, 17, que trabajaban con una mano y con la otra empuñaban el arma. (N. del T.) ↩

  30. Alusión al discurso de Guillermo II a los reclutas de la guardia en Potsdam (noviembre de 1891), en el que les dijo que, si él lo ordenaba, debían disparar contra sus propios parientes, padres y hermanos. (N. del T.) ↩