Otto Rühle

I. Cuestiones fundamentales de la organización

El partido y el sindicato son las organizaciones del proletariado con conciencia de clase heredadas de la época prerrevolucionaria.

En ellas libró la clase obrera la lucha de clases contra el sistema capitalista de la sociedad burguesa.

Al partido le correspondía defender los intereses políticos, con objetivos a largo plazo, mientras que el sindicato luchaba por los intereses económicos más inmediatos del día. Esta separación de tareas respondía a las condiciones que el carácter y la estructura de la sociedad imponían a la lucha de clases en la época prerrevolucionaria.

La generación obrera adulta de hoy, en la medida en que participa en la lucha de clases, se ha formado en esas dos organizaciones, el partido y el sindicato.

Veía, y ve todavía, en la pertenencia a sus organizaciones el primer deber del proletario consciente de su clase, la prueba de su madurez política y la expresión de su voluntad de lucha. Estar organizado política y sindicalmente le parecía, y le parece todavía, algo tan evidente, tan serio y casi tan sagrado, que todo intento de apartarla de sus organizaciones se le presenta como un acto hostil, reaccionario, dirigido contra los intereses de la clase obrera.

Los que han envejecido en la tradición no piensan que todo en el mundo es bueno y justo solo en su tiempo. Pasado ese tiempo, lo bueno se vuelve malo y lo justo, falso; la razón se vuelve sinsentido, y el beneficio, plaga.1

La revolución, una época de transformaciones radicales que no dejará piedra sobre piedra de este edificio social, tampoco pasa sin dejar huella por las organizaciones del proletariado. Derriba lo viejo para despertar de las ruinas una vida nueva.

Es hora, pues, de examinar: ¿qué circunstancias y condiciones dieron al partido y al sindicato tan gran importancia en la época prerrevolucionaria? ¿Se dan todavía hoy esos supuestos, y pueden el partido y el sindicato sostenerse ante las experiencias y las exigencias del presente? ¿O acaso nuevas condiciones y objetivos más altos de la lucha de clases empujan hacia formaciones organizativas más adecuadas a la época, más racionales, más eficaces? Y si es así, ¿qué tipo de organización es ahora la organización de la revolución, de la época revolucionaria y socialista?

II. El partido

El partido es de origen burgués. Representa la organización clásica para la defensa de los intereses de la burguesía. Su nacimiento coincide con la época en que la clase burguesa llegó al poder. Y, precisamente, surgió en relación con el parlamento. El parlamento, a su vez, se derivó de la organización del Estado burgués; es una de sus formas de manifestación y de actividad más importantes y características. Así pues: Estado de clase burgués y capitalista, parlamento y partido van juntos, han crecido unidos; uno condiciona al otro, y cada uno solo funciona en relación con los demás.

Si en el Estado feudal la legislación había estado en manos del monarca soberano, que manifestaba su voluntad absolutista en decretos o ucases, en el Estado burgués (que en su forma más desarrollada se presentaba como república) pasó al parlamento, una corporación de representantes elegidos del pueblo, es decir, sobre todo de las capas poseedoras del pueblo. Finalmente, el parlamento designó también el gobierno, o al menos la cúpula del aparato burocrático de administración del Estado.

Para ganar influencia en la legislación y la administración, los diversos grupos de interesados de la clase burguesa se unieron, con fines de propaganda electoral, captación de votos, etc., en asociaciones electorales políticas. De ellas salieron, con un perfil programático más acusado y una estructura organizativa más rígida, los partidos. Partidos burgueses para representar y defender intereses burgueses en el parlamento burgués.

A medida que el proletariado se desarrolló como clase y aprendió a sentirse una clase particular con intereses propios, abandonó el séquito de los grupos burgueses, actuó por su cuenta en las elecciones parlamentarias y se unió con ese fin en asociaciones proletarias, asociaciones electorales (Asociación General de Trabajadores Alemanes, Liga de Asociaciones Obreras Alemanas, asociaciones electorales democráticas y socialdemócratas) y más tarde en partidos (Partido Obrero Socialdemócrata de Eisenach, Partido Socialista Obrero de Alemania, Partido Socialdemócrata de Alemania).2

El partido como formación política organizada procede, pues, de la época burguesa, ha nacido de la naturaleza del Estado burgués, está condicionado por el parlamentarismo burgués y orientado hacia el método burgués de hacer política, a saber, mediante la actividad parlamentaria. Aunque sus miembros procedan del proletariado, no puede negar ni sacudirse su carácter, ni en su construcción organizativa ni en su función política y táctica; sigue siendo una agrupación de las fuerzas de combate según las necesidades y exigencias de la política burguesa, una formación y un arma para las luchas de intereses sobre la base de la política burguesa, un instrumento que solo es útil y eficaz con los métodos de la política burguesa.

El partido, de origen burgués, es por tanto también de naturaleza burguesa.

La naturaleza burguesa se caracteriza, en lo organizativo, por el centralismo.

III. El centralismo

El centralismo es un principio de organización según el cual todas las actividades de una organización, su dirección y su objetivo, parten de un punto central (centro) y remiten a él.

Se aplica siempre allí donde unos pocos quieren dominar a muchos.

En el Estado burgués, poder organizado de dominación de una minoría (la burguesía) sobre la mayoría (el proletariado), el centralismo encuentra su aplicación y su realización clásicas. La burocracia, el sistema fiscal, la justicia, la enseñanza y, sobre todo, el militarismo presentan una estructura rígidamente centralista.

También el partido encarna el principio del centralismo. Se parece a una pirámide que se eleva por escalones. Abajo, la masa de los afiliados, que tienen que pagar y obedecer; de escalón en escalón, un círculo de dirigentes en jerarquía escalonada, con sueldos cada vez más altos, mayores competencias y más poder de mando. En la cúspide (la Central), por último, en unas pocas personas o incluso en un solo hombre, la autoridad suprema y la decisión última. Toda la iniciativa, todas las disposiciones, toda la influencia, todo el poder de disposición está en los dirigentes; ellos tienen en sus manos el aparato administrativo, la lista de oradores, los mandatos, la prensa, la caja. A la masa se la lleva de los andadores, se la conduce como a un rebaño tras el carnero guía, se la mantiene en la dependencia y el sometimiento mediante la brutalidad militar o la lisonja astuta; es el ganado electoral en las elecciones; su virtud suprema es la obediencia de cadáver: la disciplina de partido.

El centralismo tiene la ventaja de concentrar las fuerzas existentes, reunirlas en una unidad, ligarlas en un todo y capacitarlas así para un rendimiento mayor según un criterio unitario; pero también el inconveniente de matar la iniciativa individual, paralizar la voluntad de los afiliados, impedir el despliegue de las fuerzas individuales y, con ello, estorbar el desarrollo del individuo hacia una personalidad independiente, hacia la conciencia de sí3 y la independencia. Es un sistema de organización de señores sobre siervos.

La contrapartida del centralismo es el federalismo, que concede al individuo el máximo derecho de autodeterminación y la más amplia libertad de actuación, ventaja a la que se opone, claro está, el inconveniente de una reunión deficiente de las fuerzas en un todo consciente de su fin y capaz de rendimiento. Gracias a su estructura centralista, el partido hizo grandes cosas en la época prerrevolucionaria. Representaba un mecanismo construido con arte, comparable a una máquina moderna en la que basta apretar un botón para poner en marcha desde un puesto central un engranaje de mil palancas y ruedas y realizar trabajos útiles. Solo tiene un defecto: que falla en el momento en que más falta hace. ¿Cuándo hace más falta? En la revolución. Entonces la Central, que hace de estado mayor, tiene que lanzar consignas y enviar disposiciones, consejos, órdenes. Los dirigentes aprietan el botón… pero la línea falla. Porque la revolución empieza con grandes luchas económicas, con huelgas, disturbios, actos de sabotaje, perturbaciones de toda clase. Entonces se paran los ferrocarriles, no circula el correo, se interrumpen el telégrafo y el teléfono, falla el servicio de mensajeros. Entonces tampoco las consignas y las órdenes pueden llegar al país. La dirección queda aislada de las masas, que, educadas por el sistema centralista en la falta de independencia, no saben valerse por sí mismas. No se logra la unidad en la conducción de la lucha. El desconcierto, la confusión y la derrota son la consecuencia.

El aparato centralista del partido presupone, para funcionar, que funcione el aparato centralista del Estado. Así ocurre en tiempos pacíficos, prerrevolucionarios. Por eso en esos tiempos el partido fue un instrumento excelente, que funcionaba impecablemente y obtenía éxitos brillantes. Pero con la revolución eso se acaba. El partido falla. Deja en la estacada a las masas combatientes. Como la línea está cortada, la máquina se para.

Pero también fallan los dirigentes. Como dirigentes profesionales con puestos fijos, horario de trabajo regulado y un sueldo que supera el salario obrero, ya no son proletarios; son funcionarios en una posición de vida acomodada. Funcionarios pequeñoburgueses con hábitos de vida pequeñoburgueses y pronto también con una mentalidad pequeñoburguesa. Como tales, aborrecen el desorden y la incomodidad, la agitación y la inseguridad: la revolución. El centralismo los ha educado para ser administradores, no luchadores. Entienden de burocracia y de expedientes, pero no de la empresa, de las fábricas. Saben hablar, contar, calcular, negociar, rellenar cuestionarios estadísticos y aferrarse a los artículos de los reglamentos; pero no entienden de táctica de la revolución.

Porque son funcionarios y no proletarios, fallan en la revolución proletaria, con la que nada les une interiormente.

IV. La táctica

El principio táctico de la burguesía está en el negociar. Eso viene de handeln [comerciar] = regatear, chalanear, engañar en el trato, hacer negocios.4

La política burguesa es el traslado de las prácticas comerciales capitalistas del mercado y del escritorio al parlamento y a la oficina pública.

El terreno de lucha clásico de la política burguesa es el parlamento. Aquí se ha desarrollado también en estado puro la táctica política del elemento burgués. Las prácticas de la bolsa, traducidas a la política. Se habla y se gesticula, se farolea y se embauca, se hacen trampas y se especula, se intenta engañarse, estafarse, aprovecharse unos de otros, se dan golpes por sorpresa, trucos, maniobras en las votaciones. Comerciantes y abogados, los representantes típicos de la burguesía, aportan los políticos más avezados del sistema parlamentario.

El funcionario de partido, quiera o no, va metiéndose en la táctica de la negociación. Sobre todo si, como suele ocurrir, es al mismo tiempo diputado de algún parlamento. Si quiere afirmarse, se adapta por fuerza al método parlamentario de hacer política hasta dominarlo. Parlotea, aprende tretas, negocia, engaña, estafa. Su partido es para él su negocio, su firma, que tiene que defender con todos los medios; todo otro partido es un negocio de la competencia, al que se desacredita, se combate y se intenta desprestigiar y perjudicar. Igual que el mejor comerciante es el que más mercancía vende y más dinero gana, el mejor hombre de partido es el que capta más afiliados, gana más lectores para el periódico del partido y lleva a las urnas a más votantes del partido. Ser hombre de partido significa hacer negocios de partido; seguir una táctica de partido significa imponer a toda costa los intereses del partido. Si la frase no surte efecto, lo hará el engaño: los negocios son los negocios.

También los dirigentes de los partidos proletarios están ejercitados y diestros en esta táctica. Y en la época prerrevolucionaria, en la competencia con los representantes de la burguesía, en el parlamento, en el trato con las autoridades, en la mesa de negociación con los patronos, sacaron con ella más de un éxito, más de una ventaja para el proletariado.

Pero hoy ya no se trata de conquistar ventajas menores o mayores para el proletariado. Hoy está en juego el todo. La revolución ha planteado una tarea completamente nueva.

Esa tarea no puede resolverse regateando y chalaneando con la burguesía, con compromisos y pagos a plazos.

Se resuelve con la lucha, con la revolución. Para ello el proletariado necesita una táctica nueva. La táctica revolucionaria.

Pero en el partido la decisión está en manos de los dirigentes. Las masas no tienen nada que decir. Y los dirigentes, ajustados a la vieja táctica de la época prerrevolucionaria, presos ellos mismos de una mentalidad no revolucionaria, frente al impulso de las masas hacia una decisión revolucionaria en parte sin comprensión y sin recursos, en parte en rechazo consciente, ¿qué van a hacer?

Ellos… negocian. Con ello se sitúan en el terreno del método burgués de hacer política. Con razón ve la burguesía en la disposición del proletariado a negociar una confesión de su debilidad. Y en esa debilidad sucumbe.

Así falla la táctica de la negociación, porque es una táctica burguesa y porque la revolución no puede hacerse según el método de la política burguesa. Fallar produce el efecto de una traición: no es de extrañar que los obreros decepcionados se quejen entonces de traición y vean en los dirigentes profesionales a los traidores de sus intereses. Tanto en los dirigentes de los partidos como —sobre todo— en los dirigentes de los sindicatos.

V. Los sindicatos

Como los partidos, también los sindicatos proceden de la época burguesa. Nacieron de las penurias de una gran crisis de los años sesenta.

Pero, a diferencia de los partidos de la clase obrera, nunca se presentaron como revolucionarios. Desde el principio se declararon políticamente neutrales y limitaron su actuación a conseguir mejores condiciones de salario, de vida y de trabajo para la clase obrera en el marco del sistema capitalista. Es, sin rodeos ni disimulos, un programa reformista y oportunista.

A la renuncia a los grandes objetivos correspondió la renuncia a las grandes luchas. Nunca pensaron seriamente en oponer al capital el frente cerrado del proletariado; surgidos en los tiempos de la guerra económica de guerrillas frente a un empresariado muy poco cartelizado, se contentaron, como organizaciones articuladas por oficios, con obtener ventajas materiales para ramas profesionales concretas. Crearon y fomentaron la competencia entre oficios. Separaron al que trabaja del parado, al cualificado del no cualificado, al obrero joven del mayor, al hombre de la mujer. Así desgarraron el frente proletario, introdujeron capas dentro de la clase y paralizaron con ello la lucha de clases.

Fomentó esta tendencia un extenso sistema de subsidios, que descargaba al Estado y al empresariado y apestaba francamente la mentalidad de los obreros cultivando la más mezquina caza de intereses egoístas.

Empujados a la defensiva por un empresariado cada vez más poderosamente unido en trusts y sindicatos patronales,5 cayeron en el más declarado reformismo liberal, evitaron en lo posible las grandes huelgas, que, quisieran o no, tenían que adquirir carácter político, y se contentaron con negociaciones de conciliación sobre tarifas, contratos colectivos, etc. Sus luchas por el salario, etc., se convirtieron en un fin en sí mismas, en vez de ser medio para el fin de traer el socialismo. De esta disposición de los sindicatos se explica el horror a la huelga de masas y a la organización unitaria de masas. A la huelga general se la despreció de antemano como «disparate general»; y cuando la revolución reclamó la huelga general como el primer levantamiento consciente y poderoso del proletariado como clase, toda la burocracia sindical gritó: ¡la huelga general es un crimen general!

Esta burocracia sindical es producto de la forma de organización centralista y burocrática. Todo lo dicho sobre los dirigentes de partido vale en mayor grado para los empleados de los sindicatos. Representan el auténtico bonzismo,6 son los típicos suboficiales del ejército obrero. Unidos a sus federaciones para lo bueno y para lo malo, dependientes en su existencia de la existencia de estas, nunca son capaces de ver la cuestión social más que a través de las gafas de sus estrechos intereses federativos; en el conflicto entre la lucha de clases y la caja de la federación, entre el bien común y el pesebre, se deciden siempre por estos últimos. Hasta el presidente del KPD, Paul Lange,7 puesto ante la decisión, se agarró a la panera y abandonó sus convicciones comunistas. ¡Y eso ocurrió en el leño verde!8 Estos funcionarios sindicales fueron durante la guerra los peores políticos de la resistencia a ultranza y los más rabiosos anexionistas; mientras se hacían declarar exentos del servicio, mandaban a las trincheras y ante las balas enemigas, con denuncias a la autoridad militar, a todo representante de la oposición. Ayudaron a crear la ignominiosa ley del servicio auxiliar9 e intentaron hasta la última hora impedir el estallido de la Revolución de Noviembre. Poco después concluyeron con el empresariado la Comunidad de Trabajo,10 la segunda paz civil en interés de los ricos, y en las luchas revolucionarias se distinguieron como los más malignos y viles instigadores contra los obreros en lucha. Con una traición infame ayudaron a ahogar en sangre obrera las luchas del Ruhr, y cuando el terror blanco arrojó después a miles de proletarios a las cárceles y presidios, había funcionarios sindicales entre los jueces de los consejos de guerra que dictaron esas sentencias sangrientas.11

Para los sindicatos y su burocracia, que ya en tiempos normales eran un obstáculo y un peligro para el desarrollo, hoy solo hay una cosa: exterminio, voladura, aniquilamiento. ¡Fuera con ellos sin contemplaciones, en una época en que el capitalismo del país y sus amos de la Entente solo pueden seguir existiendo porque pueden exprimir al pueblo trabajador —con ayuda de los sindicatos— el doble y el triple! ¿O no han defendido los sindicatos en todas partes el sistema de destajo? ¿No han aprobado en todas partes, o incluso exigido, los turnos extraordinarios, las horas extraordinarias, etc.? ¿No fueron siempre y constantemente los complacientes criados del empresariado? ¿Con la ley de consejos de empresa?12 ¿En las comisiones de arbitraje? ¿Frente a los parados? ¿Hay acaso todavía alguna granujada o bribonada emprendida por los capitalistas contra la clase obrera en la que los sindicatos no tengan metida la mano?

Una revolucionarización de estas formaciones podridas y degeneradas es imposible. Imposible su transformación en instrumentos de la lucha de clases. También una reforma es una ilusión. Exigiría un tiempo infinito, dejaría pasar la situación revolucionaria y, en el mejor de los casos, pondría en lugar de los burócratas del SPD a burócratas del USP o del KPD: eso sería echar al diablo con Belcebú. Reformar o revolucionar desde dentro significaría querer conservar y renovar lo que tiene que ser aniquilado. Aniquilado de raíz. ¡No sirven aquí sentimentalismos! ¡No sirve aquí invocar el gran número de afiliados a los sindicatos! ¡Todo pamplinas! Pese al gran número de afiliados, los sindicatos no pueden llevar a cabo ni una sola huelga, porque temen el hundimiento de la organización y la bancarrota de las cajas; ni rechazar ningún ataque de los patronos a los derechos y a los intereses de los obreros. ¿Para qué sirven, pues?

El obrero revolucionario ya no tiene interés alguno en conservar estos institutos de colocación de bonzos, estas guardias protectoras de los intereses del capital, estas organizaciones para la traición sistemática a los obreros.

¡Ya solo le interesa su eliminación rápida y radical!

VI. La organización de empresa

Estamos al final de la época burguesa y capitalista. La revolución le asesta un golpe mortal tras otro, hasta que se hunda en la tumba. Su ocaso no significa solo el fin de la propiedad privada y de la economía del beneficio construida sobre ella, no solo el fin del Estado actual y de los detentadores del poder estatal que representan su sistema; arrastra consigo todo cuanto es de naturaleza burguesa y capitalista: también las formas de organización de esta época, también el partido y el sindicato.

La revolución, ejecutora de la sentencia de muerte que la historia ha pronunciado sobre el capital y la burguesía, los barre.

Estamos al comienzo de ese proceso.

En las masas, la confianza en el partido y en el sindicato está muy quebrantada. Con cada escisión de partido ha crecido el número de quienes se han quedado al margen de la vida de partido. En los sindicatos, donde se repite el juego de las expulsiones y las escisiones, empieza a darse el mismo fenómeno. Han surgido organizaciones nuevas, que se imponen: organizaciones de empresa, nacidas de las luchas de masas, y su agrupación sobre la amplia base de clase del proletariado, la Unión Obrera General (Allgemeine Arbeiter-Union).13

La organización de empresa (BO)14 no es nueva en el sentido de que haya aparecido como algo que nunca hubiera existido, ni siquiera de forma parecida; pero sí es nueva en el sentido de que durante la revolución brota por todas partes como arma necesaria de la lucha de clases contra el viejo espíritu y contra el fundamento en que se apoya. No la han inventado dirigentes, no ha sido urdida en el gabinete de estudio ni en la mesa de despacho, sino que es resultado inmediato de las experiencias y las necesidades de la lucha revolucionaria.

La BO alcanza al obrero allí donde es más revolucionario: en la empresa. Mientras que en su vivienda, en la asamblea, etc., es más o menos un pequeño burgués, retenido por las formas de vida burguesas del matrimonio, de la familia, de la vivienda de alquiler, del propietario en el medio pequeñoburgués, y se mueve, casi siempre sin saberlo, bajo el hechizo de la ideología burguesa, en la empresa está frente a los capitalistas como proletario puro. Aquí lo llena otro estado de ánimo, otra comprensión; aquí es revolucionario.

Y aquí hay que ganarlo para la revolución. Con quienes piensan como él, con quienes piensan de modo revolucionario y están dispuestos a la acción, forma en la empresa una escuadra revolucionaria, de estructura muy laxa, sin dirigentes, con caja propia, que despacha por sí misma y con independencia todas las tareas organizativas. Esta BO no está articulada por oficios, no es un partido de la competencia ni un sucedáneo del sindicato, ni una nueva oportunidad de colocación para bonzos, ni una institución de subsidios, ni una caja de parados, ni una mutualidad de enfermedad, ni un seguro de ninguna clase; no pregunta por la pertenencia anterior a partidos o sindicatos: solo pregunta por la voluntad seria y resuelta de hacer la revolución, porque es pura organización proletaria de combate y no tiene otra tarea que esta: atizar el fuego de la revolución.

En la BO, la lucha intelectual, la revolucionarización de la conciencia, se desarrolla en un incesante ir y venir de hombre a hombre, de masa a masa. Todo se orienta al interés de clase superior, no al espíritu de campanario de las asociaciones, ni al interés de oficio, ni al próximo pequeño éxito reformista de un aumento de salario o un plus por hijos. Una organización así se convierte en un instrumento infinitamente flexible de la lucha de clases, en un vivero revolucionario, en un organismo por el que, gracias a las elecciones nuevas, revocaciones, etc., siempre posibles, corre siempre sangre fresca. Los dirigentes solo se eligen caso por caso; nunca son más que ejecutores de un encargo, están constantemente bajo el control de sus mandantes, que en cualquier momento pueden despojarlos de su mandato mediante el derecho de revocación.

La tarea mayor le llegará a la BO en la construcción de la economía comunista. Y en el cumplimiento de esa tarea residirá su importancia suprema. Porque la construcción solo puede partir de las empresas y llevarse a cabo por las fuerzas que trabajan en ellas. Nadie de fuera es capaz de dirigir la interacción de las fuerzas en la empresa y su cooperación para un resultado unitario; ningún sindicato puede llevar a cabo la construcción, precisamente porque no tiene raíces en la empresa misma. Así, la BO no es solo organización de combate, sino también organización de construcción, una célula que se une con muchos miles de sus semejantes en un organismo vivo.

No, naturalmente, al azar y sin orden, sino en agrupaciones y escalonamientos ordenados. Lo más inmediato será, probablemente, que las organizaciones de empresa se unan localmente en grupos locales y, después, por encima de las regiones económicas, en la Unión Obrera General.

VII. La organización unitaria

En la época prerrevolucionaria tenía sentido y justificación tener organizaciones políticas y económicas separadas, una al lado de otra. Porque las luchas políticas se libraban como luchas políticas, en las formas y con los medios de la lucha política; para ello hacía falta la organización política. Y las luchas económicas se libraban por el salario, la jornada, la protección obrera, las reformas sociales; para eso estaba la organización económica.

Pero en la revolución las cosas han cambiado. Ahí hasta la más pequeña lucha salarial se agudiza en un abrir y cerrar de ojos hasta convertirse en una acción política. Más aún: la conciencia de que en esta fase la situación de la clase obrera ya no puede mejorarse en absoluto con los paliativos de la política reformista del éxito y de la conveniencia, porque la carestía, la usura y el próximo recibo de impuestos se comen enseguida el aumento salarial conquistado, convierte toda lucha, empiece como empiece, eo ipso en un asunto eminentemente político, revolucionario. Y toda lucha política, a su vez, recurre hoy de inmediato a los medios que hasta ahora eran solo medios de la lucha económica: huelga, huelga general, resistencia pasiva, sabotaje, ocupación de empresas. Así, toda lucha política se convierte necesariamente en una lucha económica. En el curso de la revolución estas luchas se alternan sin cesar; unas veces tienen un carácter más político, otras más económico, y siempre son las dos cosas: una unidad político-económica de luchas revolucionarias, una lucha revolucionaria unitaria que —¿quién no comprende esta lógica?— exige la organización unitaria del proletariado.

La lucha revolucionaria unitaria, librada por partidos políticos sin las organizaciones económicas, acaba en el fracaso: lo demuestra la revolución alemana desde 1918. Pero igualmente tiene que acabar en un fiasco la lucha revolucionaria unitaria si solo actúan las organizaciones económicas y fallan en cambio los partidos políticos: Italia y la acción fracasada de los sindicalistas lo prueban sobradamente.15 Aquí como allí, la derrota se debió a que un ala de la clase obrera organizada quedó paralizada: en Alemania, la económica (no se llevó a cabo la expropiación de las empresas, las minas, los bancos, las tierras, etc., mientras las posiciones políticas estaban en nuestras manos); en Italia, la política (los obreros eran dueños de las empresas, pero omitieron eliminar el gobierno, el parlamento, la policía, el militarismo, etc.). Si hubiera existido una organización unitaria, eso habría sido imposible. En Alemania, al vencer políticamente, se habría anclado por sí sola en lo económico, y en Italia, al ganar terreno en lo económico, habría encontrado por sí sola su manifestación política.

El dualismo (la duplicidad) de las organizaciones proletarias es una herencia de la época prerrevolucionaria que hoy, en la fase revolucionaria, se convierte en la perdición de la clase obrera. Tiene que desaparecer y dejar paso a la unidad. Las luchas unitarias exigen una organización unitaria.

Los escribas del KAPD falsean el concepto de organización unitaria cuando lo interpretan como «la organización de consejos acabada, la unidad de la organización de consejos, la organización unitaria de la sociedad que produce sobre la base de la comunidad». Según eso, la organización unitaria sería un producto de la fusión de consejos políticos y económicos que solo podría surgir después de la toma del poder. En realidad, en cambio, la organización unitaria es la unión del partido y del sindicato antes de la toma del poder: una formación organizativa que, como se comprende, resulta muy incómoda e indeseable para los usufructuarios del partido, porque presupone la renuncia al partido (¡y la pérdida de los pesebres del partido!).

La unidad de los consejos —para fines de construcción y de administración— llegará sin duda algún día; pero la mejor manera de prepararla y fundarla es la unidad de la organización para los fines de la lucha revolucionaria. Y esta lucha revolucionaria unitaria no alcanzará la victoria sin la organización revolucionaria de la lucha unitaria.

VIII. Los consejos

Las organizaciones autoritarias y centralistas, el partido y el sindicato, conducen, en caso de hacerse con el poder del Estado, con necesidad interna al burocratismo. ¡Cómo podría ser de otro modo! El partido, si quiere mantenerse en el poder, tiene que ocupar enseguida todos los puestos importantes con gente de confianza. Esa gente de confianza en su sentido, es decir, revolucionaria en su sentido, la toma de sus propias filas. Así surgen bonzos del partido y bonzos del gobierno, y el poder del Estado no es en realidad más que el poder del partido proyectado a lo universalmente válido. La firmeza de convicciones en el sentido del partido es la primera condición del dominio. Pero cuando los detentadores del poder del partido, como detentadores del poder del Estado, disponen de la policía, el ejército, el poder ejecutivo, la opinión pública, los tribunales, las cárceles y —last, not least!— las máquinas de imprimir billetes, y establecen una dictadura, surge la dictadura de partido, que no se dirige solo contra la burguesía y las capas contrarrevolucionarias del proletariado, sino también contra las capas revolucionarias del proletariado, en cuanto estas son revolucionarias en un sentido distinto del sentido de partido oficialmente admitido y sellado por la autoridad. Un sencillo truco demagógico de falsificador, que denuncia como «contrarrevolucionaria» toda convicción revolucionaria que se aparte de la norma del partido, proporciona para ello la justificación ético-política. Así, en Rusia, los revolucionarios más ardientes y abnegados están a miles en la cárcel, solo porque no son revolucionarios en el sentido del bolchevismo, es decir, del partido que casualmente domina; y cualquier bolchevique de octubre cuyo único mérito revolucionario consiste en haber sabido abrirse paso hasta el pesebre del Estado, aprovechando hábilmente la coyuntura política y sin la carga de un verdadero espíritu revolucionario, puede escupir a esos precursores de la revolución, entre los aplausos de su partido y de su gobierno, llamándolos «contrarrevolucionarios». En Rusia se ha mostrado también en la práctica lo que en teoría es evidente: que un partido centralista —aunque estuviera animado de la más honrada voluntad— nunca es capaz de crear consejos. Se hunde precisamente en el burocratismo. Existe en él y por él. Rusia tiene la burocracia de los comisariados. Ella gobierna. Rusia no tiene sistema de consejos. Los sóviets que salen de elecciones públicas, por listas de partido y bajo un terror gubernamental inaudito, no son consejos en el sentido revolucionario. Son bambalinas de consejos. Son un engaño político. Un fraude mundial. Todo el poder en Rusia está en manos de la burocracia, la enemiga mortal del sistema de consejos. Enemiga mortal, porque lo que se queda a medias es siempre enemigo de lo entero.

Con la burocracia del centralismo se pudo construir, organizar y mantener en marcha el Estado burgués y liberal. Se pudo también desarrollar la economía capitalista. (Unos pocos dominan a muchos y los explotan.

Pero el autogobierno proletario y la economía socialista exigen el sistema de consejos. (Todos producen para las necesidades, y todos toman parte en la administración.)

El partido impide a Rusia llegar al sistema de consejos. Pero sin consejos no hay construcción socialista, no hay comunismo. La dictadura de partido es dominio de los burócratas, es despotismo de los comisarios; es capitalismo de Estado, es una explotación y una servidumbre peores. La dictadura del zarismo era el dominio de una clase sobre otras clases. La dictadura de los bolcheviques es el dominio del 5 por ciento de una clase sobre otras clases y sobre el 95 por ciento de su propia clase. No hay mayor enemigo de la dictadura de clase que la dictadura de partido. Es decir: no hay mayor obstáculo para el socialismo, mayor estorbo para la revolución, mayor adversario del sistema de consejos que… el partido. La superación del partido es condición elemental de la revolución, del sistema de consejos, del socialismo.

Los consejos nacen en las empresas. Solo contienen elemento proletario. Como cuerpos de confianza de todos los que trabajan, salen de elecciones secretas. Ningún partido privilegiado por los medios de poder del Estado goza en ellos de prerrogativas. Su existencia y su composición están sometidas sin cesar al control, eficaz en todo momento, del derecho de revocación. Así se expresa en ellos la voluntad de las masas activas. Se acaba la división en dirigentes y dirigidos (por la nariz),16 gobernantes y gobernados, listos y burros. Así como todos trabajan, todos manifiestan su voluntad; todos se gobiernan a sí mismos. «La forma de organización burguesa está orientada hacia lo individual; da sus flores en el culto a los héroes, y la masa es para ella el material de amasar de los "privilegiados". La forma de organización proletaria devuelve al individuo a lo común, a lo social. La personalidad, aunque sea la más grande, no será mimada, no subirá a alturas lejanas; se extenderá en todas direcciones en lo común, penetrará a las masas con sus ardores torrenciales y crecerá en común con la masa.» Así escribió una vez el doctor Schröder,17 cuando aún no era un bonzo del KAP y todavía no «simpatizaba» con el rublo ruso. Hoy elabora «directrices» centralistas y se entusiasma por la dictadura de partido.

La propaganda de los consejos por el KAPD era un vacío y demagógico repiqueteo de palabras, porque el KAPD era un partido, y un partido está orientado a la burocracia. Exactamente así es la consigna del KPD: ¡Elegid consejos obreros políticos!, una patraña demagógica tras la que no hay otra cosa que el intento de poner a salvo, en el bote salvavidas de unos consejos de pega, el poder de los bonzos, que se esfuma en el naufragio del partido, para que el proletariado siga gozando todavía mucho tiempo de la bendición del bonzismo.

Los consejos solo pueden prepararlos organizaciones que tengan sus raíces en las empresas, hayan superado por completo el carácter de partido, se hayan despojado de toda dependencia de partido y encarnen en su estructura (en lo posible) el sistema de consejos.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar de la Deutsche Nationalbibliothek (Leipzig) del folleto Grundfragen der Organisation, Frankfurt a. M.: Verlag der Allgem. Arb.-Union (Einheitsorganisation), s. f. [1921], págs. 3-23 (visor de la DNB, 1161489797). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en apartados y en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Betriebs-Organisation se traduce «organización de empresa»; Einheitsorganisation, «organización unitaria»; Rätesystem, «sistema de consejos»; Räte, «consejos» (y Sowjets, «sóviets»); Berufsführer, «dirigentes profesionales»; Bonzen, Bonzentum, «bonzos», «bonzismo»; Zentrale, «la Central»; Selbstbewußtsein, «conciencia de sí». Se mantiene el paréntesis sin cerrar del original en la pág. 21. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Eco de Goethe, Fausto I («Vernunft wird Unsinn, Wohltat Plage»: «la razón se vuelve sinsentido, el beneficio, plaga»), palabras de Mefistófeles sobre las leyes heredadas. (N. del T.) ↩

  2. La Asociación General de Trabajadores Alemanes (Allgemeiner Deutscher Arbeiterverein) fue fundada por Lassalle en 1863; la Liga de Asociaciones Obreras Alemanas (Verband Deutscher Arbeitervereine), dirigida por Bebel, confluyó en 1869 en el Partido Obrero Socialdemócrata de Eisenach; la fusión de Gotha (1875) dio el Partido Socialista Obrero de Alemania, que en 1890 tomó el nombre de Partido Socialdemócrata de Alemania. (N. del T.) ↩

  3. Selbstbewußtsein: además de «conciencia de sí», el término alemán significa «seguridad en sí mismo». (N. del T.) ↩

  4. Juego de palabras intraducible: verhandeln («negociar») contiene handeln, que significa «actuar», pero también «comerciar» y «regatear». (N. del T.) ↩

  5. Syndikate: en alemán, carteles de empresas; no confundir con los sindicatos obreros (Gewerkschaften). (N. del T.) ↩

  6. Bonzentum, de Bonze («bonzo»): término despectivo para el funcionariado a sueldo de partidos y sindicatos. (N. del T.) ↩

  7. Paul Lange, de la Liga Espartaco, miembro de la Central del KPD en 1919 y empleado sindical. Rühle lo llama «presidente» del partido. (N. del T.) ↩

  8. Alusión a Lucas 23, 31: «Si esto hacen en el leño verde, ¿en el seco qué se hará?». (N. del T.) ↩

  9. Hilfsdienstgesetz: ley del servicio auxiliar patriótico (diciembre de 1916), que militarizaba el trabajo en la industria de guerra, aprobada con el apoyo de los sindicatos. (N. del T.) ↩

  10. Arbeitsgemeinschaft: el acuerdo Stinnes-Legien (15 de noviembre de 1918), por el que sindicatos y patronal crearon la Comunidad Central de Trabajo. «Paz civil» traduce Burgfrieden, la tregua de clases proclamada al comienzo de la guerra en 1914. (N. del T.) ↩

  11. Se refiere a la represión del Ejército Rojo del Ruhr tras el golpe de Kapp (marzo-abril de 1920). (N. del T.) ↩

  12. La ley de consejos de empresa (Betriebsrätegesetz) de febrero de 1920. (N. del T.) ↩

  13. La Allgemeine Arbeiter-Union Deutschlands (AAUD), fundada en 1920; la «Organización Unitaria» (Einheitsorganisation, AAUE), que edita este folleto, se separó de ella en 1921 con Rühle. (N. del T.) ↩

  14. BO: Betriebs-Organisation, «organización de empresa». Se conserva la abreviatura alemana. (N. del T.) ↩

  15. La ocupación de las fábricas en Italia (septiembre de 1920). (N. del T.) ↩

  16. Juego de palabras del original: Geführte («dirigidos») / Genasführte («engañados», literalmente «llevados por la nariz»). (N. del T.) ↩

  17. Karl Schröder, uno de los dirigentes del KAPD. No se ha localizado la cita. (N. del T.) ↩