Por Otto Rühle.1
Después de la guerra el mundo mostrará otro rostro. No solo el mapa tendrá otro aspecto; también las relaciones de los hombres entre sí (su economía, sus relaciones políticas, su cultura y su modo de pensar) estarán sometidas a cambios profundos. La mayor sacudida de la humanidad que estamos viviendo derribará lo viejo y despertará lo nuevo; de los remolinos de la catástrofe mundial, cuando las olas se retiren, emergerá la tierra nueva de una fase de desarrollo a la que pertenece el futuro próximo. Nadie conoce su imagen, pero todos sienten que se acerca y presienten su naturaleza. También en la educación se anuncia su llegada.
Así como la educación de cada época es el reflejo de las necesidades económicas y sociales determinantes de su tiempo, también el carácter de la educación actual, en forma y contenido, resulta de la estructura económica y de la organización social de la era capitalista. Ya exteriormente es reconocible esta concordancia. Al industrialismo, con su producción en masa, sus fábricas, su técnica, su organización y sus tendencias mecanizadoras, corresponde la moderna gran empresa de la instrucción, tal como se muestra en las enormes fábricas escolares, los ejércitos de alumnos, el mecanismo del trabajo docente, los programas escolares, didácticos y horarios. Aquí como allí se lanza al mercado mercancía de fábrica en grandes cantidades. En ello se revela también la concordancia interior: mucho saber aprendido, buen orden y visión de conjunto en el patrimonio intelectual, respeto a las autoridades, subordinación y fidelidad al deber, y por lo demás todas las virtudes que adornan al buen ciudadano y al buen trabajador. Todo mercancía reluciente y barata, práctica y manejable, pero al fin y al cabo mercancía de fábrica, artículo de masas, trabajo a máquina sin individualidad ni solidez. No hace falta tomar la comparación al pie de la letra, pero en conjunto la época capitalista tiene exactamente la escuela y la formación humana que corresponden a las necesidades capitalistas. Hilos estrechos unen causa y efecto, presupuesto y forma de manifestación.
Pero desde hace tiempo los hilos muestran tendencia a aflojarse. Los presupuestos y fundamentos se han desplazado cada vez más con los cambios del desarrollo económico. Ahora también la forma de manifestación quiere cambiar; la obra educativa pugna por una nueva configuración. Puede ocurrir fácilmente que la guerra rompa los viejos hilos, haga saltar las formas anticuadas, para que de las ruinas se alce el fénix de una educación nueva, la que necesitará la nueva época después de la guerra. Ya se multiplican los indicios de este giro; el contenido, la forma y la meta de la nueva educación entran cada vez más claramente en nuestro campo de visión.
Algún día podrá decirse que la nueva educación nos llegó de las trincheras. No será del todo exacto, pero contendrá algo muy exacto.
El viejo modo de combatir de la infantería en columnas cerradas, que el oficial tenía por completo en la mano, se ha ido abandonando cada vez más desde 1870/71 (no es del todo exacto desde el punto de vista de la historia militar. La Red. del V.),2 porque el fuego de la artillería moderna obliga al máximo aprovechamiento del terreno, a arrastrarse, a tumbarse y a ocultarse. Hoy cubren el campo de batalla finas líneas de tiradores, ocultas en trincheras y separadas de las grandes unidades. El tirador individual ya no está en poder ni bajo la influencia del oficial, no oye la voz de mando ni puede reaccionar a señas; está completamente abandonado a sí mismo. En innumerables casos todo depende únicamente de su circunspección, su presencia de ánimo, su decisión; decide su autonomía y su capacidad personal. ¡Que cada cual se valga por sí mismo! se ha convertido en principio supremo.
Semejante combate de tiradores presupone una instrucción militar distinta de la habitual hasta ahora. No adiestramiento, no amaestramiento mecánico para la ejecución ciega de las órdenes dadas, sino despliegue de las propias fuerzas, educación para la autonomía, elevación del valor de la personalidad de cada hombre. Todas las cualidades y virtudes militares que antes se exigían al oficial y que se desarrollaban sistemáticamente, porque solo ellas condicionan el éxito y garantizan la victoria, tienen que residir ahora en el soldado individual. Pero para ello hace falta una educación que empiece mucho antes que la instrucción militar. Ya la escuela tiene que haber realizado el trabajo preparatorio más importante, quizá el más importante.3
Aquí se encuentran las exigencias de la guerra moderna con los empeños de la moderna reforma de la escuela y de la educación. Desde hace mucho tiempo un movimiento cada vez más fuerte, dirigido por pedagogos clarividentes, lucha valientemente contra la exigencia unilateral del intelecto, la sobrecarga de la memoria, el lastre de palabras y conceptos muertos, todo el árido y gris adiestramiento pedagógico. El niño vivo, con su actividad y su peculiaridad, debe volver a ser el centro de la obra educativa. Se trata de liberar su mundo interior, de desatar sus capacidades, de desplegar sus fuerzas y llevarlas a la creación positiva. Jardín de infancia, juego, paseos y excursiones, enseñanza al aire libre, trabajo en el taller y en el huerto, modelado, creación productiva propia, enseñanza por la vivencia y la experiencia, autoeducación: todo esto han de ser los medios que, reunidos en el concepto de educación por el trabajo, ayuden a hacer surgir una nueva generación, una nueva generación capaz, en la libertad y la autonomía personales, de rendir lo máximo más adelante también en la defensa del país.
En los hogares de educación en el campo (Landerziehungsheime)4 tenemos ya modelos de la nueva educación. En las múltiples asociaciones de fomento de la juventud (Jugendpflege)5 que se han puesto muy en boga en los últimos años se muestran, en una realización ciertamente no muy afortunada, toda clase de intentos de hermanar el moderno modo de combatir con la educación moderna. Tan decididamente como tenemos que rechazar la militarización de la juventud a la que tantos aspiran, tan evidente es la educación de la juventud para la capacidad de defenderse, en el sentido de que se fortalezca el cuerpo, se ejerciten y aguzen los sentidos, se garantice el libre despliegue de todas las fuerzas y capacidades, se desarrollen en todas direcciones la autonomía y la capacidad de rendimiento, se eleve el sentimiento de la personalidad. Semejante educación tiene que dar luchadores capaces. No solo para el campo de batalla y las trincheras, sino también para la lucha de los pueblos por la libertad, el bienestar y la cultura. Así, en la obra sobre el ser humano, la guerra y la educación se dan la mano.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Otto Rühle, «Krieg und Erziehung», Unterhaltungsblatt des Vorwärts, n.º 61, 13 de marzo de 1915 (facsímil de la Friedrich-Ebert-Stiftung, Historische Presse der deutschen Sozialdemokratie), reimpresión del n.º 2 de Volksgesundheit (Kötzschenbroda-Dresde).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Persönlichkeitsgefühl = «sentimiento de la personalidad» (glosario); Arbeitserziehung = «educación por el trabajo».
En el n.º 2 de Volksgesundheit (Kötzschenbroda-Dresde). [Nota de la redacción del Vorwärts.] ↩
Observación de la redacción del Vorwärts intercalada entre paréntesis en el texto de Rühle. (N. del T.) ↩
Así el original, con la repetición «die wichtigste, vielleicht die wichtigste» («la más importante, quizá la más importante»), probablemente por «eine wichtige, vielleicht die wichtigste». (N. del T.) ↩
Internados reformistas en el campo, siguiendo el modelo de Hermann Lietz (desde 1898). (N. del T.) ↩
Jugendpflege: la política estatal de encuadramiento del tiempo libre de la juventud salida de la escuela, impulsada por el decreto prusiano de 1911; se traduce «fomento de la juventud», distinto de la asistencia a la juventud (Jugendfürsorge). (N. del T.) ↩