En el lenguaje de los educadores el bien y el mal desempeñan un gran papel, pero por lo general entienden por ellos lo que les resulta cómodo o incómodo. Casi siempre la llamada educación no es más que una guerra de los fuertes contra los débiles. En estas luchas desiguales a casi todos nosotros nos han torcido a golpes un par de costillas que nunca volvieron a crecer derechas.

Isolde Kurz.

Niños lisiados.

Hebbel dice en alguna parte de la sociedad humana que es un monstruo, peor que los bandidos y los asesinos. No se ensaña con más crueldad donde mata y aniquila, sino donde arranca a sus miembros todo lo que sería necesario para vivir plenamente una vida humana, donde convierte la existencia en una lucha eterna con la miseria, el dolor, la enfermedad y la ruina. Los cuerpos y las almas de los niños lisiados (Krüppelkinder)1 saben contar de esta crueldad de la sociedad.

Por lisiado se entiende una persona que, por una disposición congénita defectuosa, una enfermedad o un accidente, está privada de forma permanente del uso libre de su tronco, de sus miembros o de una parte de ellos. Algunas partes del cuerpo pueden faltar por completo o estar tan deformadas que se han vuelto total o considerablemente inútiles. Muchas veces las causas de las malformaciones se encuentran ya en el germen del embrión; en otros casos el germen, sano en sí, estuvo expuesto durante su formación en el útero a influencias nocivas que detuvieron su desarrollo normal. Tales daños pueden ser de naturaleza externa y afectar a la madre (caída, golpe en el bajo vientre, postura encorvada prolongada en el trabajo, etc.), pero pueden tener también su causa en procesos patológicos del útero. Por último, las adherencias o soldaduras de partes opuestas de las membranas del huevo entre sí o con el feto son no pocas veces la causa de mutilaciones de miembros. La degeneración y el duro trabajo asalariado de la madre condicionan esencialmente la frecuencia de los lisiados; por eso en las comarcas con mucho trabajo femenino asalariado y en las llamadas zonas de miseria el número de niños lisiados es extraordinariamente grande.

Pero también el parto, al provocar parálisis nerviosas por compresión, desgarros musculares, fracturas, etc., puede producir malformaciones; la escarlatina, la difteria y sobre todo la tuberculosis, la enfermedad del proletariado, y no menos el raquitismo («enfermedad inglesa»), que prospera sobre todo en las húmedas viviendas de sótano y ataca a los niños mal cuidados y mal alimentados, provocan igualmente deformaciones corporales. Así nacen jorobas de todos los grados por destrucción tuberculosa de vértebras, la espalda plana por debilidad muscular, la espalda redonda por reblandecimiento raquítico de las vértebras, la escoliosis por curvatura raquítica de la columna, etc. Son especialmente temidas las coxitis tuberculosas, que casi siempre deforman para toda la vida a quienes las padecen; igual de peligrosa es la parálisis infantil espinal, que con bastante frecuencia pasa a una parálisis permanente de los miembros.

Al arruinar físicamente a millones de personas por el exceso de trabajo y la desnutrición, las míseras condiciones de vivienda, el modo de vida antihigiénico, el trabajo asalariado precoz, la falta de cuidados y de asistencia en la enfermedad, etc., al devastar sumas enormes de fuerza popular y ampliar sin cesar y ahondar en sus efectos un proceso de degeneración sin precedentes, el desarrollo capitalista es la fuente más abundante de la indecible miseria de los lisiados, de la que la estadística da siniestras noticias.

A propuesta de la Central Alemana de Asistencia a los Lisiados, los gobiernos de los Estados alemanes realizaron en 1907 un censo de lisiados. En Baviera, Baden y Hesse solo se contaron los escolares; en los demás Estados, todos los niños hasta los 14 años cumplidos. El censo dio como resultado que había 98 263 lisiados menores de 15 años. Solo en Prusia, 53 000; en Sajonia, 10 000. 56 320 necesitaban internamiento, 53 048 (70,5 por ciento) estaban sin tratar. Como dolencias más frecuentes se encontraron: parálisis, con el 16,4 por ciento; tuberculosis, con el 15 por ciento; escoliosis, con el 12,2 por ciento, y raquitismo, con el 9,5 por ciento; estos cuatro grupos sumaban más de la mitad (53,1 por ciento) de todos los casos contados. 10 000 niños habían quedado lisiados por accidentes. Un papel especial lo desempeñan los accidentes con máquinas, sobre todo en las explotaciones agrícolas. Así, solo en Baviera, de 9637 niños lisiados, 2572 lo eran por accidentes, 1362 de ellos en la agricultura. Esta proporción es inusualmente alta, tanto más cuanto que por lo demás el campo va detrás de la ciudad en frecuencia de lisiados; de ello pueden sacarse conclusiones sobre la explotación de la fuerza de trabajo infantil en la agricultura.

Con mucha frecuencia la invalidez se presenta unida a otras dolencias. Así, 6481 niños lisiados eran además idiotas, 5294 tenían otras enfermedades, 3148 padecían epilepsia, 304 eran sordomudos, 173 ciegos. 6423 niños lisiados en edad escolar no recibían enseñanza alguna; de 5546 lisiados débiles mentales, solo 833 tenían una enseñanza adecuada. En estas cifras habla un abandono irresponsable de los deberes que la sociedad tiene para con estas pobres criaturas.

También la flagrante falta de asilos para lisiados habla este lenguaje. Aunque se contaron 56 320 lisiados necesitados de internamiento, de los cuales 9388 deseaban ellos mismos ingresar en un asilo, según Biesalski2 había en 1912 solo 53 asilos con 5239 camas. Ni uno solo de ellos ha sido creado por el Estado.

Solo uno está bajo vigilancia del Estado, dos reciben subvención estatal; los demás deben su creación y su mantenimiento a la beneficencia privada o corporativa y tienen carácter predominantemente confesional. Solo el 29 por ciento de los establecimientos tiene dirección médica; en cambio, se trabaja tanto más en la piedad; incluso en los establecimientos mayores y más importantes la dirección está en manos eclesiásticas.

Sobre las causas de este abandono da una indicación muy oportuna el informe de la Casa del Samaritano de Cracau, cerca de Magdeburgo: de 1512 niños lisiados, solo 83 procedían de familias acomodadas. Los demás eran todos hijos de proletarios, y para ellos el orden divino del Estado de clases no tiene dinero ni asistencia. Tienen, como dice un llamamiento para fundar un asilo de lisiados publicado en la provincia del Rin, que «arrastrar en la más agobiante pobreza una existencia indigna del ser humano».

La asistencia a los lisiados requiere la colaboración de cirujanos y ortopedistas, pediatras, médicos escolares y neurólogos, maestros y pedagogos terapéuticos; además, la cooperación de todos los esfuerzos contra la tuberculosis, la mortalidad de lactantes, la miseria de la vivienda, el trabajo a domicilio y el trabajo infantil, el alcoholismo, las enfermedades venéreas, y a favor de la protección de la maternidad, las colonias de vacaciones, los jardines de infancia, etc. Las direcciones de beneficencia, las asociaciones provinciales de asistencia a los pobres, las diputaciones provinciales, los institutos regionales de seguros, las cajas de enfermedad, las organizaciones profesionales, los gobiernos y los parlamentos son las instancias que han de conceder los medios económicos necesarios. «Solo la colaboración comprensiva de todos los factores mencionados conseguirá con el tiempo que la invalidez disminuya poco a poco en sus efectos socialmente dañinos.» (Biesalski.) Pero si se quiere poner el hacha en la raíz del árbol, hay que superar la sociedad capitalista, madre de toda esta espantosa miseria.

Colonias de vacaciones.

Hace casi 40 años un filántropo, el pastor Brion de Zúrich, tuvo la excelente idea de enviar durante las vacaciones a los prados de Appenzell a cierto número de niños enfermizos y necesitados de reposo de su ciudad natal, para que, volviendo frescos y sanos, estuvieran a la altura de las exigencias de la escuela y de la vida de la gran ciudad durante el semestre de invierno. Con ello nacieron las colonias de vacaciones. Con ocasión de un viaje a Suiza, el consejero sanitario Varrentrapp de Fráncfort conoció la institución y la imitó al año siguiente en Fráncfort del Meno, con el resultado de que pudieron enviarse al campo 37 niños enfermizos al cuidado de ocho guías. Un comienzo pequeño, pero la cosa se desarrolló. En Hamburgo, donde la Asociación Escolar de Beneficencia ya colocaba a niños pobres y enfermos con familias del campo; en Viena, donde la Asociación de Ahorro y Socorro se ocupaba de la juventud; en otras muchas ciudades y grandes ciudades, donde niños pálidos, anémicos y estrechos de pecho despertaban la compasión de personas nobles, surgieron colonias de vacaciones. En mayo de 1880 el ministro prusiano Falk animó a las autoridades escolares a fomentar las colonias de vacaciones; en 1881 se reunió bajo su presidencia un congreso que dio nuevos impulsos. En 1884 ya 49 ciudades alemanas enviaban 7857 niños; a partir de 1885 se introdujo el reconocimiento médico regular de los colonos que había que seleccionar; en 1898 se inscribieron solo en Berlín 6000 niños para la colonia de vacaciones, mientras que solo pudieron atenderse 3400, con un coste de unos 100 000 marcos. En el año 1902, según los datos de la Central de las Asociaciones de Atención Estival de Alemania, se acogió en total a 39 000 niños en atención estival; su número puede haberse duplicado entretanto. Aun así, todos los años innumerables niños, aunque necesitan urgentemente la atención de vacaciones, quedan excluidos por falta de medios.

El trasplante de los niños al campo tiene en primer lugar el fin de fortalecer la deficiente salud de los niños; una comida campesina suficiente y bien preparada, el buen aire del bosque, el movimiento y el juego, alternados con pausas de reposo y sueño abundante, dan pronto mejillas sonrosadas y frescura corporal. Las pálidas plantitas de sótano de la gran ciudad, con sus patios y pasillos, sus cuarteles de alquiler y sus viviendas de semisótano, despiertan, se estiran, cogen color y pronto rebosan salud. A la vuelta, el padre y la madre a menudo apenas los reconocen. Pero la estancia en el campo es también un refresco espiritual. A orillas de los lagos de Mecklemburgo o de la Marca, en las aldeas boscosas del Harz, de los Montes Metálicos o de Turingia, no hay ferrocarriles ni tranvías, ni el estrépito y el estruendo de la gran ciudad, ni guardias ni carteles de advertencia; la vida urbana, con su prisa excitante, su atropellada abundancia de impresiones, su nerviosidad, queda lejos y hondamente hundida. En su lugar la vida del campo despliega el encanto peculiar y atractivo de sus campos y bosques, prados y huertos, aldeas y granjas. Lo que un muchacho berlinés en el Harz, una chica de Leipzig en el boscoso Vogtland viven y ganan en nuevas intuiciones e imágenes durante las pocas semanas de vacaciones no se puede ni decir.

Junto a la tan benéfica institución de la colonia completa se han organizado además en muchos lugares, para ofrecer un sustituto a los rechazados, medias colonias. Se lleva a diario a los niños destinados a ellas en tren o en coche a los alrededores de la ciudad, para jugar, pasear o descansar en el bosque, en los prados o donde sea. La comida, la guía y la dirección de los juegos están aseguradas; véanse en las grandes ciudades las caras alegres que cada mañana saludan radiantes al aire libre desde los carruajes o los tranvías en su divertido viaje, o léase la amena descripción que el Vorwärts dio hace poco de una de estas excursiones:

Ahí bullen y hormiguean, trotan y trotan por las calles del barrio obrero, y más ligeras aún que las piernecitas se mueven las boquitas de todos los chicos y chicas que acuden a los distintos patios de escuela. Los puntos de reunión para la excursión de vacaciones. Llegan solos, por parejas y en grupos. A la espalda o en la mano una cartera, la caja de botánica o también la bolsa del mercado de mamá (no se mira tanto) llena de bocadillos, juguetes, escudilla, cuchara y otras cosas igual de imprescindibles. Aprietan convulsivamente en los puñitos su dinero, 20 Pf. por niño, aparte de los «niños gratuitos», a los que se lleva y se da de comer sin cobrar. El maestro y la maestra no dan abasto para poner orden en el caos; mantener junto y vigilar semejante hormiguero no debe de ser ninguna pequeñez. Pero se consigue. Son amigos de los niños y psicólogos infantiles los que sirven de guías y jefes a los pequeños. Disponen de una calma apreciable y de un humor loable. Así vencen lo aparentemente invencible. Ahí llega un renacuajo con la mochila colgándole hasta las rodillas, y le ruedan lágrimas por la carita, lágrimas tan gordas, tan brillantes... «No quiere venir», dice la madre, «pero yo no puedo vigilarlo durante el día, y sé que allí fuera está bien cuidado.» — «Ah, vaya», dice el maestro, «es de los que vienen llorando y vuelven contentos», y riendo le seca las lágrimas al mocoso y lo empuja «entre las chicas», que se encargan de él en seguida con cariño. Pronto pía alegre como una codorniz joven. Ese dolor estaría curado. El maestro ya está ocupado con otros. Llegan cada vez más. Los chicos se quitan la gorra para saludar, las chicas hacen una reverencia graciosa e inimitable. Ya están todos. El cortejo se forma, los encargados del orden lucen orgullosos sus brazaletes, que llevan los mismos colores que el estandarte; una señal con el silbato, y en marcha hasta la parada del tranvía. Los coches que llegan se «toman al asalto», pero todo transcurre en paz y alegría, nada perturba la hermosa estampa de la partida.

Una transición entre la atención estival y los viajes escolares la forman las colonias de excursión, que aparecieron primero en Dresde en forma de viajes al brezal. Son pequeños grupos de chicos y chicas que, guiados por maestros, hacen excursiones a pie de varios días o semanas. Una especie de Wandervogel,3 para la que solo pueden admitirse niños sanos y fuertes. Los niños enfermos van a los sanatorios marítimos o a los sanatorios infantiles.

No cabe duda de que de las colonias de vacaciones manan ricas bendiciones para la juventud pobre y necesitada de reposo de las grandes ciudades. Y sin embargo, la institución adolece todavía de defectos muy grandes. Construidas sobre la compasión y el espíritu benéfico de personas nobles, quedan siempre en su capacidad por detrás de la necesidad. ¿Qué significa la atención estival de 60 000 a 70 000 niños frente a los millones a los que la enfermedad y la miseria roban su juventud, frente al hecho espantoso de que, según los testimonios de los médicos escolares, del 60 al 70 por ciento de todos los escolares están debilitados, enfermos, achacosos o anormales?! Aquí los municipios y los gobiernos tienen que reunir y poner a disposición los medios; aquí hacen falta organizaciones de gran envergadura, capacitadas con sumas incomparablemente mayores para actuar a fondo. Más allá de estas exigencias, el camino lleva a la alimentación y asistencia generales de la juventud escolar, tal como las pide la socialdemocracia.

El instinto de destrucción.

El pequeño ser humano, cuando da los primeros pasos en la vida, está animado por un impulso inconsciente de orientarse en su entorno. Todo es tierra nueva que quiere ser descubierta por sus sentidos. Ya en la cuna y en los pañales ha hecho estudios preliminares. Su ojo aprendió a reconocer la cara de la madre y a seguir el rayo de luz fugaz; su oído percibió el tictac del reloj y distinguió las voces humanas de los sonidos de los animales; su lengua le enseñó el sabor de la leche y de las comidas. Y cuando estaba mojado, duro o incómodo entre las almohadas, expresaba sus sentimientos llorando o llamando, igual que riendo y chasqueando la lengua cuando la sensación de saciedad lo llenaba de bienestar.

Pronto los piececitos son lo bastante fuertes para llevar el cuerpecito por la habitación; ávidos de saber, los sentidos se adentran cada vez más en la vida. Entonces la mano del niño se convierte en guía y consejera. Todo lo que ve y le sale al paso tiene que tocarlo. Como el ciego, que intenta orientarse tanteando y palpando. Como el que ve, que en la oscuridad no se fía bastante del ojo y se ayuda con la mano al avanzar. Este agarrar y tantear tiene para el niño una importancia extraordinaria. Le ayuda a aclarar representaciones que el ojo y el oído dejarían eternamente inseguras y confusas; le proporciona sobre todo representaciones espaciales y le enseña a calcular distancias.

Mientras el niño no tiene representaciones de lo espacial ni sabe juzgar distancias, agarra la luna y trata de atrapar el pájaro en el aire. Tropieza al andar, choca contra árboles y paredes, se cae por las escaleras, no sabe esquivar y no se detiene a tiempo ante zanjas y hoyos. Primero sus manos tienen que informarle de las relaciones espaciales, las distancias, las lejanías.

Pero las manos, una vez puestas en movimiento y ejercitadas en agarrar, quieren seguir activas y tener algo que hacer. Les tiemblan los deditos. Un poder misterioso empuja a la actividad. Tienen que agarrar, examinar, trastear, construir. Así las manos se convierten en órganos del instinto de actividad infantil, que es innato y que el rápido metabolismo del niño mantiene siempre despierto; se convierten en sus medios de expresión más importantes.

El ser humano está destinado por toda su naturaleza a crear. En el niño llamamos juego al crear y al querer crear. En cada niño vive una voluntad creadora, reposan dones creadores. «El niño debe ser considerado desde el principio como un ser creador», dijo Fröbel. En el instinto de actividad reconoció la clave del secreto del alma infantil. «Lo primero y más esencial sigue siendo siempre el hacer. Con el hacer, el crear, el ocuparse, crece el niño.»

Ahí gatea y trotea ahora el pequeño renacuajo por la habitación, y lo que sus manos agarran está condenado a su destino. Se rompe, se destroza, se quiebra: de un modo u otro queda hecho pedazos. Dale un objeto de hierro o de acero, déjale jugar con un utensilio o un recipiente que durante decenios resistió tan valientemente todos los golpes y empujones que creías que no había manera de romperlo: el pequeño ser humano inventa un método para destrozarlo de todos modos. Esto no es una mala costumbre, como creen algunos, ni mucho menos una inclinación criminal que haya que sacarle a fuerza de reprimendas o golpes. El niño solo quiere jugar, solo quiere ocuparse, solo quiere tener activos sus dedos y sus manos. Quisiera construir y crear, porque en él hay un artista, un impulso creador; pero sus dedos todavía son demasiado torpes, sus fuerzas todavía demasiado débiles, y por ahora hace lo que le resulta más fácil: romper. A la muñeca le saca los ojos: ¿qué más tendrá en la cabeza? Al caballo le abre la piel: ¡a ver qué tiene en la barriga! Al carro le desatornilla las ruedas, y ya se convierte en un barco, una bañera, un pesebre para el caballo. Así incita a la destrucción el impulso de investigar, así ayuda la fantasía en la obra de demolición. El niño no es solo un artista, es también un pequeño investigador y filósofo. Explora y hace descubrimientos, penetra en lo desconocido y reflexiona sobre las conexiones. En sus primeros años aprende y gana intelectualmente más que en toda su vida posterior. Igual que descompone destructivamente el juguete en sus partes, descompone las representaciones y los conceptos; igual que, una vez superado el período de la destrucción, forma un todo con partes y trozos y configura algo nuevo y propio, construye en su cerebro un mundo espiritual. Su mundo.

El instinto de actividad del niño exige de los juguetes dos propiedades imprescindibles: tienen que estar hechos de modo que se los pueda agarrar con fuerza y que puedan desmontarse y montarse a voluntad.

Alégrate de la mano que agarra con fuerza: indica decisión en la voluntad y energía. Aprende a entender el juego de las fuerzas y los talentos en el construir y el destruir: vive en él un impulso de crear que quiere ser despertado y adiestrado por una educación hábil y comprensiva.

Trato con los niños.

¡Educa sin palizas!

Si no quieres rebajarte ni rebajar a tu hijo, deja en todas las circunstancias de lado el palo al educar. No digas que no puede ser. Puede ser si quieres. El castigo corporal tiene el carácter que ya señalaba Comenio cuando comparaba al educador que pega con un músico que golpea con los puños su instrumento desafinado en lugar de usar el oído y la mano para afinarlo. Las palizas rebajan en lugar de educar, destruyen en lugar de levantar y crear valores. Llevan a la cobardía, la sumisión, la debilidad de voluntad y la falta de carácter, inducen a la mentira y despiertan bajos instintos, matan la vergüenza y el sentimiento del honor, ahogan la confianza en sí mismo y el sentimiento de la personalidad. Contrarias a toda formación de la voluntad y a toda educación para la libertad moral, destruyen con cada golpe algo bueno, puro y noble en el ánimo humano. El proletariado, que en su lucha de liberación tiene enfrente un mundo de enemigos, no puede utilizar como luchadores a hombres acobardados, cobardes, debilitados y apaleados. Exige personalidades y caracteres, naturalezas erguidas con una voluntad recta, sana y honrada, con sentido de la responsabilidad y con el hondo impulso a la libertad. Estas huestes de luchadores tienen que salir de las entrañas y del seno del propio proletariado, tienen que alimentarse con la idea de la liberación y crecer en el viento huracanado de la lucha de clases. Quien a uno de ellos le paraliza la voluntad, le debilita la energía, le quiebra las alas a la alegría de luchar, peca contra los ideales

que viven en el socialismo, y contra el futuro del género humano. ¡Por eso fuera de nuestra educación los instrumentos de la Edad Media, el látigo y el palo!

Lo incomprensible.

Que antes se pegara cuando se trataba de educar esclavos y siervos era comprensible; también se entiende todavía que la sociedad actual, que funda su existencia en el trabajo y la sumisión de las masas, haga pegar en sus escuelas, al menos a los niños destinados a ser explotados y dominados, aunque nuestro sentimiento moral se rebele y se indigne contra ello. Pero lo que no puede entenderse es que en el proletariado, donde arden todas las llamas de la libertad y están vivas todas las fuerzas para una humanización mejor, el castigo corporal siga desempeñando en la educación de los niños un papel al parecer inevitable e ineludible, pero sin duda triste y vergonzoso. Aquí las generaciones arrastran todavía las cadenas de su servidumbre y la herencia de su pasado duro y sombrío.

Otto Rühle, Grundfragen der Erziehung [Cuestiones fundamentales de la educación]. (Editorial J. H. W. Dietz Nachf., Stuttgart.)

Destellos.

A una niña le preguntaron cómo se llamaba. «Marie Dejaeso», contestó. «¿Cómo que Dejaeso?», le preguntaron asombrados. «Sí, mi madre me llama siempre así.» Resultó que la madre le gritaba a la niña cien veces al día: «Marie, ¡deja eso!».

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Al oscuro terreno de la miseria de la vivienda lleva también el relato de una niña de doce años: «Tenemos dos realquiladas de cama y un realquilado de cama.4 Ya no aguanto oír y ver todas esas groserías y porquerías. Y nuestro padre dice que bien los echaría a la calle, pero entonces no podría pagar el alquiler». Este grito de angustia tiene más fuerza que largos artículos sobre la reforma agraria.

*


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage, septiembre de 1913, suplemento mensual editado por Otto Rühle; facsímil de la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen), ULB Bonn / zeit.punkt NRW. Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor (Stecklina 2002), y un extracto firmado de su libro Grundfragen der Erziehung; se omiten los extractos de otros autores.

Traducción: traducción íntegra al español de las piezas transcritas, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Erziehungs-Beilage = «Suplemento de educación»; Umgang mit Kindern = «Trato con los niños»; Schlaglichter = «Destellos»; Tätigkeitstrieb = «instinto de actividad»; Persönlichkeitsgefühl = «sentimiento de la personalidad» (glosario); Prügel = «palizas, castigo corporal».

  1. Krüppel, Krüppelkinder, Krüppelfürsorge: términos técnicos de la asistencia de la época (la «asistencia a los lisiados» de Konrad Biesalski); se traducen «lisiado», «niños lisiados», «asistencia a los lisiados». (N. del T.) ↩

  2. Konrad Biesalski (1868-1930), ortopedista berlinés, promotor del censo de 1906-1907 y de la Deutsche Vereinigung für Krüppelfürsorge. (N. del T.) ↩

  3. Wandervogel: movimiento juvenil alemán de excursionismo, fundado en 1896. (N. del T.) ↩

  4. Schlafmädchen, Schlafbursche: realquilados que solo alquilaban una cama para dormir. (N. del T.) ↩