Los defectos que muy hondo te quedaron grabados te atormentan aún mucho después de abandonados; en tus hijos de nuevo salen a relucir, y con la educación los vuelves a combatir.

Fr. Rückert.

La peste de las sentencias.

Cuando se habla de la escuela libresca y de adiestramiento,1 se piensa involuntariamente en la plaga del aprender de memoria, que se practica con celo en todas las escuelas; en primer lugar, en la memorización de la materia bíblica, que Dios parece haber dado a los pedagogos de la ciudad y del campo como medio especial para atormentar a los seres humanos. Una verdadera peste de sentencias sigue haciendo estragos en las escuelas, estropeando el cerebro de los niños, devastando su memoria, envenenando su corazón. Y con tenacidad obstinada se aferran todos los que tienen interés en el embrutecimiento y la intimidación del pueblo, igual que a la instrucción y el amaestramiento religiosos, a este espantoso mal escolar del aprender de memoria.

En Prusia los «Regulativos» exigían que se aprendieran de memoria 180 versículos.2 Las «Disposiciones generales» de 1872, que siguen ocupando el lugar de una ley prusiana de escuela primaria, no contienen ninguna indicación expresa sobre el número, pero el gobierno de Merseburgo se sintió movido en 1886 a ordenar que el número total de versículos que había que aprender no superase los 180, tampoco en las escuelas de varias clases. ¡Cómo debió de hacer estragos allí la peste de las sentencias! Algunos de los libros de religión más difundidos contienen en efecto un número de versículos muy superior: Armstorff, por ejemplo, 327; Ostwald y Lucks, 253. Hace años, los sínodos provinciales reunidos de Prusia acordaron en su asamblea que para todas las escuelas se prescribieran como materia religiosa de memoria al menos 110 versículos del Nuevo Testamento, de 20 a 40 del Antiguo, seis salmos, 20 cantos religiosos y las cinco partes principales del Catecismo de Lutero, y además el texto literal de las historias bíblicas.

En el reino de Sajonia el plan de estudios de las escuelas primarias de confesión evangélica exige las cinco partes principales, 168 estrofas del himnario, 150 versículos bíblicos, 35 melodías de coral y 140 historias bíblicas. Es el mínimo, como se indica expresamente. En las tan discutidas «Tesis de Zwickau», los maestros sajones piden en el punto 6: «La materia religiosa debe reorganizarse según principios pedagógico-psicológicos y reducirse esencialmente, y debe suavizarse la obligación de aprender de memoria».3 En la asamblea de delegados de la Asociación Sajona de Maestros de 1912, las comisiones de religión reunidas expresaron el deseo de que se hiciera aprender a los niños solo aquellos versículos y cantos «que tengan un valor especial para la vida posterior del niño»; las materias debían tomarse de la Biblia, del himnario y de la literatura profana; en total entrarían en consideración 60 versículos con 102 versos y 14 cantos con 51 estrofas.

Aunque en estas propuestas y exigencias se exprese una mejora nada insignificante de la situación actual, con ello el mal todavía no queda en modo alguno eliminado. «Es un absurdo», se dice en el conocido memorial de los maestros de Bremen contra la enseñanza religiosa, «atormentar a los niños con versículos bíblicos y versos del himnario en los que casi cada palabra les resulta incomprensible, y les quita todo el gusto y el amor por la materia tener que trabajar una y otra vez sin descanso, durante ocho años, las mismas materias». Contra semejante derroche de fuerzas y de tiempo, que además constituye un tormento francamente bárbaro para los niños y se paga con la devastación de la memoria y la corrupción del intelecto, levantan su más decidida y sonora protesta todos los hombres ilustrados, todos los amigos de la juventud y de una educación razonable, y exigen la supresión completa de este aprender de memoria.

Cuando Lutero escribió el Catecismo hace 400 años, no podía sospechar que este resumen tosco, y sin embargo del todo abstracto, de la doctrina de la fe protestante iba a convertirse durante siglos en la cruz y la fuente de sufrimientos de legiones de niños obligados a aprenderlo de memoria por una pedagogía de una estupidez que hace perder el juicio. Diesterweg lo llamó «el más abstracto de todos los libros escolares que se hayan escrito nunca»; «quien lo lea y no se horrorice pensando a la vez en un niño que ha de aprenderlo de memoria, de su entendimiento dudo, pues es el más terrible de todos los libros para los niños».4

No suele ser menor el tormento que causa la memorización de las historias bíblicas, cuyas construcciones retorcidas, expresiones anticuadas e imágenes y comparaciones incomprensibles son del todo indigeribles para el espíritu infantil. El maestro Meyer-Markau ha reunido más de doscientos nombres, en su mayoría hebreos, del libro de religión de Armstorff; ¿cabe creer posible que se exija a niños alemanes incorporar a su memoria tantos nombres de la historia de un pueblo extranjero? Se dice que la religión es necesaria por la moralidad; muy bien: ¿se hace uno moralmente mejor por saber distinguir a Ahab de Ahaz, a Eliezer de Eleazar, a Abimeleck de Abimelec, por saber contar cosas de moabitas, madianitas y amalecitas, de la bruja de Endor o de la burra de Balaam? ¿Qué tiene eso que ver con la moralidad? ¿Y qué ha de pensar el niño cuando aprende: «Este cáliz es el nuevo testamento en mi sangre», o: «Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos»? Nada puede pensar el niño, a no ser alguna tontería. Aquí termina toda justificación del aprender de memoria, como de la instrucción religiosa en general; aquí se trata de puro machaqueo de palabras, aquí la peste de las sentencias hace estragos devastadores como una epidemia.

«Uno se rompe la cabeza», escribió una vez el pastor Bonus, «preguntándose por qué Lutero se ha vuelto tan impopular entre nosotros. Porque cada una de sus palabras rezuma hastío escolar. … A quien la escuela le ha “explicado” durante ocho a doce años, al menos dos veces por semana, todas las alturas y profundidades de la religión, tiene bastante para el tiempo y la eternidad. …» «Esa cosa sin aroma y sin unción que los niños llaman después religión», añadió el pastor Kalthoff, «los persigue con este nombre toda su vida. Les provoca un sentimiento de angustia y opresión al recordar las torturas anímicas que pasaron un día en los bancos de la escuela, en las llamadas horas de religión. …»5

De toda la miseria de la enseñanza religiosa y del suplicio de la memorización solo conduce un camino a la liberación: ¡Fuera de la escuela la enseñanza religiosa!

La educación sexual.

Muy pronto despierta en el niño el impulso de desentrañar el misterio del origen del ser humano. Son preguntas bastante delicadas las que esta pequeña curiosidad dirige con toda inocencia e ingenuidad al padre o a la madre. «¿De dónde vienen los niños pequeños?» «Mamá, ¿cómo vine yo al mundo?» Al principio quizá se elude la respuesta consolando al pequeño preguntón con un momento posterior. «Cuando seas mayor te contaré cómo viniste al mundo.» Esta táctica no es ciertamente equivocada si se tiene la seguridad de que entretanto el niño no se dirigirá a otra persona para informarse. Rousseau y Salzmann opinaban que sería un estado ideal lograr mantener al niño hasta la pubertad en la ignorancia de las cosas sexuales. Pero este estado ideal solo puede alcanzarse en casos muy raros, por lo que la táctica del aplazamiento es siempre un experimento arriesgado. Ya Rousseau subrayaba: «Si no es posible mantener al niño ignorante hasta los 16 años, procura que esté instruido antes de los diez». Muy pronto el niño que realmente se dejó entretener vuelve a acudir a los padres con apremiante impaciencia y pide explicaciones. ¿Y cuál es ahora, en noventa y nueve de cada cien casos, la respuesta de los padres? «A los niños pequeños los trae la cigüeña.» El pequeño preguntón ávido de saber se asombra y se hace toda clase de ideas sobre el cómo, el dónde y el qué; quizá tenga además innumerables preguntas que hacer a los padres: si la cigüeña puede llevar al niño, si no lo dejará caer, si los niños no pasan frío en el estanque, si saben nadar, si la cigüeña trae también niños en invierno, etc. Ya se contesten todas estas preguntas, ya se mande callar al niño, el asunto es y sigue siendo en todo caso penoso para los padres, y se alegran de que los niños no vuelvan a tocarlo.

Es una relación malsana y falsa entre padres e hijos. La educación del ser humano en formación exige ante todo verdad; por eso debemos a nuestros hijos una visión de las cosas de la vida tal como son realmente, si queremos que la generación futura sea capaz de responder a las exigencias y tareas de la vida. «¿Cómo podemos responsabilizarnos de dejar crecer a los niños en la ceguera y la ignorancia o, lo que es aún peor, en el completo desconocimiento de relaciones y hechos que no significan culpa ni pecado, sino el complemento y la culminación de la vida, y que un día reclamarán y deben reclamar un lugar en la vida de cada uno?» En la mayoría de los casos el niño al principio cree a los padres. Pero pronto, por otra parte (compañeros de juego y de escuela, amigos o amigas, criados o adultos), queda enterado del verdadero estado de cosas. Esta información nunca mana de fuentes limpias, nunca se da con buena intención, nunca consiste en una introducción objetiva, científica y sin prejuicios en este terreno peculiar y apartado, y nunca va sostenida por la seriedad moral que requiere si se quiere preservar la pureza moral del niño a pesar de la información recibida. Con esta información casual, incontrolable, que en el fondo nunca es una verdadera educación, el niño no progresa ni en el aspecto intelectual ni en el moral, pero en innumerables casos sufre un grave daño para toda su vida.

En las condiciones de vida proletarias el intento de mantener al niño en completa ignorancia de las cosas sexuales hasta el comienzo de la pubertad tropieza de antemano con dificultades insuperables, porque las malas condiciones de vida y de vivienda que padece el proletariado se convierten en educadores a su pesar. En habitaciones estrechas viven, trabajan y duermen adultos y niños, mujeres y hombres, extraños a la familia y realquilados de cama6 hacinados unos junto a otros. Es inevitable que los niños vean y oigan desde muy pequeños cosas que a esa edad y de esa forma más valdría que no conocieran.

Más tarde los niños salen de casa al mundo. Llega la época de la pubertad y despierta en ellos sensaciones y sentimientos nunca conocidos. La vida sexual empieza a desempeñar un papel importante en su existencia. Pero la información que han recibido sobre ella es muy deficiente y contradictoria, llena de lagunas y vaguedades, y carece por completo de la base científico-natural sin la cual no puede llegarse a una verdadera educación en este terreno; además, por regla general está muy mezclada de suciedad, producto precisamente de la mojigatería misteriosa y de la información lasciva de los rincones. Para la conducta de los niños en este importante período de su desarrollo carece en todo caso de toda utilidad, pero está llena de peligro y daño.

¡Y qué necesidad tiene el niño precisamente en estos años de una información sin prejuicios, de un amigo, consejero y protector benévolo! El onanismo (Selbstbefleckung) está enormemente extendido entre los niños y los adolescentes y es a menudo la causa de decadencia física y mental. Se afirma que el onanismo surge con frecuencia como sustitutivo del amor que falta, es decir, en niños cuya necesidad de amor y de ternura no encuentra satisfacción suficiente o tropieza, en un entorno duro y sin cariño, con el rechazo y con una severidad mal aplicada. Para arrancar al niño de su hábito pernicioso hacen falta, además de medidas higiénicas, mucho amor y, sobre todo, una educación seria y objetiva sobre las cosas sexuales. En su insensatez, la juventud se entrega casi siempre ya al comienzo de la pubertad también al trato sexual. Muy a menudo aparecen entonces enfermedades de toda clase que pueden convertirse en fuente de desgracia y ruina no solo para el individuo, sino para familias y generaciones enteras. Aunque todos estos fenómenos se deban en parte considerable a males sociales condicionados por las insuficiencias y los absurdos de nuestro sistema económico, no puede negarse que podrían atenuarse esencialmente y debilitarse en sus efectos si la juventud que crece dispusiera de conocimientos seguros y suficientes sobre las cuestiones y los procesos de la vida sexual.

La dificultad principal del problema está en el cómo de la educación. Es evidente que son los padres quienes deben dar la primera información. Pero ¿cómo? Como ellos mismos suelen pensar con impureza sobre el asunto y están presos de prejuicios, enredados en una falsa vergüenza, consideran una empresa imposible hablar de las cosas de la vida sexual libremente y sin sonrojarse ni sonreír, sin equívocos y con santa seriedad. ¡Aquí el educador tiene ante todo que educarse y disciplinarse primero a sí mismo! Ninguna mentalidad frívola y sucia, ninguna mojigatería falsa, ningún remilgo ni afectación, ninguna sonrisa ni ninguna procacidad: objetividad seria y afectuosa, que hable de las cosas como si fueran lo más evidente y natural del mundo. En ello está la solución del problema. Unos cuantos ejemplos prácticos al final de este suplemento muestran cómo puede ser una primera y sencilla educación. Sobre la instrucción ulterior de los niños más maduros habrá ocasión de decir más. A quien quiera informarse en la literatura

sobre la cuestión de la educación sexual le recomendamos los siguientes libros:

Mutter und Kind [Madre e hijo]. Cómo pueden tratarse con los niños temas delicados. J. Rickersche Verlagsbuchhandlung, Giessen. Encuadernado, 75 Pf.

Maria Lischnewska. La instrucción sexual de los niños. Editorial Sauerländer, Fráncfort del Meno. 50 Pf.

K. Metta. ¿Cómo instruimos a nuestros hijos sobre la vida sexual? Editorial W. Möller, Berlín. 20 Pf.

Dr. Siebert. El libro para los padres. Parte I (para las madres de hijas adolescentes), 1,50 M. Parte II (para los padres de hijos adolescentes), 1,50 M. Parte III (guía práctica), 3 M. Editorial Seitz u. Schauer, Múnich.

Otto Rühle. La educación sexual de los niños. 2.ª ed. 20 Pf. Librería de la Bremer Bürger-Zeitung.

Am Lebensquell [En la fuente de la vida]. Libro doméstico de educación sexual. Editado por el Dürerbund. Reflexiones, consejos y ejemplos como resultado del concurso del Dürerbund. Encuadernado, 4,50 marcos.

Los libros pueden pedirse en cualquier librería popular.

Niños tartamudos.

La tartamudez es una especie de miedo a hablar que parte de una idea obsesiva. Su base es la nerviosidad. La causa de la tartamudez no está, pues, como se creía antes, en un frenillo demasiado corto o en una raíz de la lengua demasiado fuerte, en un exceso de líquido cerebral o en un espasmo de los órganos respiratorios, sino en el sistema nervioso central, en el cerebro. Naturalmente puede ocurrir que malformaciones del paladar, de la lengua, de las hileras de dientes, etc., es decir, defectos y dolencias orgánicos, provoquen trastornos del habla, pero estos casos son de entrada raros y no tienen nada que ver con la tartamudez propiamente dicha. En la tartamudez el presupuesto es siempre la nerviosidad; puede ser heredada o adquirida, esto último sobre todo por enfermedades infantiles (difteria, escarlatina, sarampión, tos ferina, pulmonía), por traumas (lesiones del aparato nervioso, conmoción cerebral, golpe, caída), por abuso del alcohol, onanismo y otras cosas.

Como la nerviosidad puede heredarse, también la tartamudez puede ser hereditaria. Muchos tartamudos tienen padres que también tartamudean o que de jóvenes tuvieron un defecto del habla. A veces la dolencia salta generaciones o aparece en líneas colaterales del parentesco. Según Coen, el 11 por ciento; según Liebmann, el 25 por ciento; según Denhardt, incluso el 77,5 por ciento de todos los tartamudos tienen carga hereditaria.

La tartamudez se adquiere a menudo por un susto, una caída, un accidente, también por golpes en la espalda, en la cabeza, etc. En todos estos casos se da la llamada tartamudez traumática, es decir, una lesión cualquiera del sistema nervioso ha producido un trastorno funcional del habla que, en cuanto el afectado lo advierte, se convierte en tartamudez.

Gutzmann ha aportado pruebas de hasta qué punto las enfermedades infantiles provocan la tartamudez al producir nerviosidad. Entre 300 tartamudos encontró como causa la difteria en el 6 por ciento de los casos, el sarampión grave en el 4,6 por ciento, la escarlatina en el 1,6 por ciento, la gripe en el 1 por ciento y el tifus en el 0,3 por ciento; Scharr comprobó en 8 de 17 casos la tos ferina como causa. Alrededor del 30 por ciento de todos los escolares tartamudos tienen vegetaciones adenoides y el 70-80 por ciento respiran mal o de forma insuficiente.

También el raquitismo y la escrofulosis, las enfermedades de las húmedas viviendas en sótanos y de los oscuros edificios traseros, crean una considerable predisposición a adquirir la tartamudez; Klencke opina incluso que la tartamudez es un síntoma y un fenómeno reflejo de una afección escrofulosa manifiesta u oculta, y Coen le da la razón. Más lejos va Berkhan, que llama al raquitismo causa principal de la tartamudez y lo denomina una dolencia de la población más pobre.

Entiéndase bien: las enfermedades o lesiones nunca son la causa directa de la tartamudez; solo crean la disposición, la base psíquica adecuada, sobre la que puede surgir la tartamudez.

En la inmensa mayoría de los casos la tartamudez nace de que el que habla se atasca al hablar sin quererlo, sea a consecuencia de un golpe, de un susto, o de miedo, apuro, ira, precipitación o cansancio. Se atasca y eso lo inquieta. Quizá al principio solo un momento. De vez en cuando le vuelve a pasar. De nuevo se inquieta, ya con más fuerza. Se dice: ¿Qué es esto? Antes no habías notado nada parecido. ¡Contrólate! Entonces empieza a ponerse nervioso. Espera la ocasión de poder demostrar que sabe hablar con fluidez y sin tropiezos. Y entonces, con la inquietud y la excitación, se le va el habla por tercera vez, quizá en el mismo sonido o la misma palabra. Ya está perdido. Ahora se convence de que no puede pronunciar la S o la M, o decir «Quark» o «Lotte». Ensaya y prueba, y todo va de maravilla mientras está solo; pero si ha de decir esas palabras delante de otros, en sociedad, en la escuela, lo asalta el miedo a que pueda fallar, vacila y tiembla, se le hace un nudo en la garganta, tiene palpitaciones, y falla. Su ánimo se vuelve cada vez más abatido, desespera y se hace reproches; ¡tartamudeas!, se dice, y la vergüenza y el miedo se apoderan de él. Si nadie lo observa, habla con fluidez; pero si está entre la gente, cae en la vieja depresión. No atiende a la respiración, aprieta y fuerza la voz, contrae la cara y gesticula con los brazos; nada le sirve: mientras viva con la idea obsesiva de que tartamudea, tartamudeará realmente; es el miedo a hablar el que lo convierte en tartamudo.

Por el mismo camino por el que el tartamudo llegó a su dolencia, solo que en sentido inverso, puede librarse de ella. Es el único método seguro de curar la tartamudez. Nada de intervenciones quirúrgicas, nada de ejercicios de lectura y de articulación, nada de aparatos mecánicos auxiliares; sí, en cambio, influencia anímica, fortalecimiento de la confianza en sí mismo, aumento de la conciencia de la propia fuerza, eliminación de la nerviosidad mediante aire puro, reposo, cuidado de la piel, alimentación y ocupación adecuadas, todo con el fin de eliminar la idea obsesiva.

Eliminada esta, cesa también la tartamudez.

Trato con los niños.

¡Ocúpate de la educación sexual!

Padres e hijos no deben tener secretos entre sí. El lazo de la confianza más íntima, anudado con sinceridad y veracidad incondicionales, debe unir a ambos. Como el marido y la mujer, también padres e hijos deben ser uno en cuerpo y alma. Esta relación afectuosa excluye toda falta de veracidad, toda mentira. También cuando se trata de cosas de las que a los padres les resulta penoso hablar. La educación y la habituación nos han hecho a los mayores de lo sexual algo impuro, animal, pecaminoso. Ya no somos capaces de mirarlo con ojos puros y sin prejuicios; los ánimos frívolos se salvan con chistes y obscenidades de lo incómodo y penoso de la situación en que los pone el tema sexual. Al de ánimo más serio solo le queda la vergüenza. Y sin embargo, esta vergüenza no es otra cosa que la confesión de una culpa interior, y a menudo incluso pura hipocresía. De la hipocresía a la mentira solo hay un paso. Por eso libérate de la vergüenza tonta y falsa: oblígate a pensar con naturalidad sobre lo natural. Y guárdate a ti y a tu hijo de la mentira: oblígate a hablar con naturalidad de lo natural. Da al niño, con todo el amor y la calma de que seas capaz y con toda la seriedad y objetividad que corresponden a tu tarea, información sobre las cuestiones de la vida sexual. ¡Piensa cómo quedarás ante el niño si un día descubre que le has mentido! Piensa cómo una mentira engendra cien y mil otras, actúa más allá de la casa y la familia, puede envenenar y apestar el mundo entero y la vida entera. Así que sé veraz, sé sincero, habla claro también en las cosas penosas y delicadas. Toda dificultad desaparece en cuanto estás en paz contigo mismo.

Mamá, ¿de dónde vienen los niños pequeños?

Nacen, cariño mío.

¿Y qué es eso: nacer?

Crecen en el cuerpo de la madre hasta que están maduros y son lo bastante grandes...

¿Y entonces salen?

Salen del cuerpo, como los conejitos y los gatitos salieron del cuerpo de su madre.

¡Pero eso duele, mamá!

Claro que duele; las madres a menudo se ponen también muy enfermas.

¿Yo también te hice daño?

Tú también, pero mamita ya no piensa en ello; se alegra de que te hayas hecho tan sano y tan bueno y de que quieras a tu mamita.

Destellos.

De Constanza, junto al lago de Constanza, se informó hace algún tiempo de que un escolar, hijo de un carretero padre de ocho hijos, había escrito en su lista de deseos de Navidad un único pero elocuente deseo: Un buen trozo grande de pan.

*

En otra escuela un niño tenía que escribir una redacción: «Lo que soñé». Contaba cómo había vivido con sus hermanos en una casa elegante. «Y cada uno de nosotros podía dormir en una cama propia.» Este caso recuerda otro parecido, que como este refleja la miseria humana en las almas infantiles. Un maestro hablaba del rey. Ante la fantasía infantil, tan fácilmente impresionable, surgieron cuentos y libros de cuentos, riqueza, esplendor y abundancia. De buen grado se adentró el maestro en el tema de los cuentos, sin caer en el patriotismo, y construyó castillos en el aire con sus alumnos. De pronto, cuando iba a pasar a otra cosa, un muchacho levantó la mano para decir algo más que sabía del rey. Apocada, triste, amargamente salió de la boca del niño: «¡En casa del rey cada uno tiene una cama!». Como un relámpago, la hermosa poesía de los cuentos se había transformado en realidad desnuda, pelada, áspera...

*

A la pobreza, la humildad, el servilismo. Así lo quiere el sistema que hace amasar en la escuela primaria a los hijos del proletariado hasta convertirlos en dóciles objetos de explotación. Cuando la hija de Guillermo II se prometió con el príncipe de Cumberland,7 una maestra de la 219.ª escuela municipal de niñas de Berlín ordenó a las alumnas que se pusieran ante el retrato de la novia colgado en el aula, hicieran una reverencia y dijeran: ¡Le felicitamos!

*

El célebre pedagogo Basedow († 1790) había dispuesto en su establecimiento educativo modelo, el «Philanthropin» de Dessau, que la desobediencia y la obstinación se consideraran y trataran como enfermedades. En consecuencia, a los niños rebeldes se los mandaba siempre a la cama, un procedimiento que dio el mejor resultado.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage, junio de 1913, suplemento mensual editado por Otto Rühle; facsímil de la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen), ULB Bonn / zeit.punkt NRW. Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor (Stecklina 2002); se omiten dos textos tomados de libros ajenos.

Traducción: traducción íntegra al español de las piezas transcritas, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Los versos de Rückert se traducen libremente; las citas bíblicas, del texto alemán de Rühle. Erziehungs-Beilage = «Suplemento de educación»; Umgang mit Kindern = «Trato con los niños»; Schlaglichter = «Destellos»; Nervosität = «nerviosidad»; Trotz = «obstinación» (glosario).

  1. Lern- und Drillschule: la escuela libresca y de adiestramiento, término polémico de la pedagogía reformista. (N. del T.) ↩

  2. Los «Regulativos» prusianos de 1854 (Stiehl) para la escuela primaria, sustituidos por las «Disposiciones generales» (Allgemeine Bestimmungen) de Falk de 1872. (N. del T.) ↩

  3. Las «Tesis de Zwickau» (1908) de la Asociación Sajona de Maestros pedían la reforma de la enseñanza religiosa. (N. del T.) ↩

  4. Adolph Diesterweg (1790-1866), pedagogo liberal. (N. del T.) ↩

  5. Arthur Bonus y Albert Kalthoff, pastores protestantes liberales. (N. del T.) ↩

  6. Schlafburschen: realquilados que solo alquilaban una cama para dormir, fenómeno típico de las viviendas obreras de la época. (N. del T.) ↩

  7. Victoria Luisa de Prusia se prometió en febrero de 1913 con Ernesto Augusto de Brunswick-Luneburgo, príncipe de Cumberland. (N. del T.) ↩