El miedo a los exámenes.

Entre las torturas nerviosas de la escuela libresca (Lernschule),1 el miedo a los exámenes ocupa el primer lugar como la más dolorosa y la más peligrosa en sus efectos. Burgerstein2 lo define como una forma de neurastenia «que se presenta con frecuencia, como fenómeno habitual, también en examinandos aplicados y bien preparados»; su aparición se caracteriza como un complejo de estados de excitación del corazón, del aparato del habla, de la piel, de los mecanismos de las manos y las piernas, etc., desencadenados por sentimientos de displacer ligados a la espera de un acontecimiento amenazador. Así como la mayoría de los afectos repercuten en el bienestar corporal, el miedo a los exámenes en particular tiene fuertes consecuencias para la salud de los niños. Lo sufren en mayor medida las constituciones nerviosas o psicopáticas. El Dr. Putermann examinó a 43 alumnos (de 10 a 16 años) de la Realschule de Sosnowitz3 en el período sin exámenes, antes y después del examen y durante los exámenes mismos, determinando la frecuencia del pulso y midiendo la presión arterial. Once alumnos tenían antecedentes hereditarios de enfermedades pulmonares, cardíacas y nerviosas. En el reconocimiento durante el período de exámenes, los alumnos se quejaban principalmente de dolores de cabeza, mareos, punzadas en el costado, fatiga rápida en el trabajo intelectual, hemorragias nasales, temblor de manos al escribir, dolores en las piernas, palpitaciones: todo síntomas de angustia nerviosa. En el período sin exámenes la frecuencia mínima del pulso era de 68 y la máxima de 120; la presión mínima, de 65 milímetros, y la máxima, de 130. Antes del examen el pulso era más rápido en 36 casos (84 %) en 4-36 pulsaciones por minuto, y la presión estaba elevada en 37 casos (86 %) en 2-40 milímetros. Inmediatamente después del examen el pulso de 34 alumnos examinados era, comparado con la frecuencia anterior al examen, de 2 a 40 pulsaciones más lento, y la presión, de 2-23 milímetros más baja.

En los alumnos de las clases superiores el efecto de los exámenes sobre el pulso y la presión era más acusado. El Dr. Ignatieff comprobó, midiendo el peso corporal de los alumnos de un instituto de agrimensura de Moscú durante el período de exámenes, que el 79 % de los alumnos perdía peso y que la pérdida media por alumno era de 1516 gramos. Llega a la conclusión de que «en las circunstancias dadas, los exámenes son comparables en su efecto sobre el organismo juvenil a una enfermedad grave, que trae consigo considerables trastornos de la nutrición y de los tejidos y que, en todo caso, tampoco deja intacto el órgano que trabaja con más esfuerzo durante el período de exámenes: el cerebro». También el Dr. Kosinzoff, que realizó una amplia serie de observaciones en tres escuelas secundarias de muchachos del sur de Rusia, llegó al resultado de que tres cuartas partes de todos los niños pierden peso durante los exámenes y de que en las clases superiores, cuyos alumnos se toman los exámenes más en serio, la pérdida de peso se daba en un número mayor de alumnos que en los cursos inferiores. Él, como Ignatieff, considera sumamente funesta la gran excitación en que los exámenes ponen a los niños, al quitarles el sueño, perjudicar el apetito y manifestarse en forma de miedo, inquietud general, ánimo abatido o morbosamente exaltado; en este juicio los respaldan plenamente el Dr. Julien, que ha investigado en un Gymnasium femenino búlgaro, y el Dr. Bonoff, que lo ha hecho con bachilleres en Sofía.

El Dr. Andreae describe el modo en que el estado de excitación se manifiesta según la individualidad de los alumnos: «Los espíritus temerosos sufren una inquietud permanente que no les deja disfrutar de la vida. También los padres saben contar qué sombras proyectan en la vida familiar los deberes escolares y los trabajos semestrales. Las naturalezas imaginativas ven ante cada ejercicio fallido el fantasma del examen que se acerca; el alumno de disposición pesimista se pinta su fracaso con los colores más negros». Si a esto se añade que un alumno tan atemorizado e inquieto tampoco encuentra en la familia una visión más tranquila y sobria de las cosas, sino que más bien, cosa que se observa a menudo sobre todo en las capas sociales medias y altas, es azuzado y fustigado una y otra vez con riñas, lamentos, reproches y apremios impetuosos, no es de extrañar en definitiva que caiga en la desesperación y ponga fin a su existencia, malograda según él cree.

La estadística de suicidios demuestra que, en efecto, un número desproporcionadamente grande de alumnos no resiste las torturas y fatigas nerviosas de los exámenes escolares. Un estudio de los suicidios escolares en Prusia realizado por Guttstadt para los años 1883-88 dio como resultado que, de 62 suicidios cometidos por alumnos de escuelas secundarias, no menos de 15 (24 %) tenían como motivo el miedo al examen, el examen suspendido o la no promoción de curso. Otras estadísticas demuestran lo mismo, por mucho que las instancias oficiales y oficiosas se esfuercen en oscurecer o atenuar ante la opinión pública el efecto de estas constataciones. El hecho innegable de que todos los años, hacia Pascua, cae sobre el lector de periódicos una verdadera granizada de noticias de suicidios de bachilleres y examinandos de toda clase tiene una voz de más peso que la hipócrita indignación de los intelectualmente culpables, que, como representantes de un sistema escolar equivocado de raíz, tienen todos los motivos para negar su crueldad y su falta de sentido. Aquel dibujo del Simplicissimus que mostraba a un padre llevando a su hijo al Gymnasium mientras la muerte, saludando desde todas las ventanas, tendía hacia él su garra, correspondía plenamente a la opinión de amplísimos círculos. «En Alemania un asesinato queda impune», decía el expresivo pie, «cuando un padre mete a su hijo en un Gymnasium humanístico».

Hay en marcha un fuerte movimiento que quiere ver suprimidos en las escuelas todos los exámenes (tal como se han venido celebrando hasta ahora en Pascua y en San Miguel), toda calificación, toda clasificación y distribución de puestos. Aisladamente se han hecho ya intentos de renunciar a los exámenes; como no podía ser de otro modo, con resultados satisfactorios. Solo los viejos zorros escolares redomados, para quienes la forma se ha convertido en lo principal y la instrucción mecánica en el elemento de su vida, pueden ver en ello una pérdida para la educación. Los educadores sensatos, para quienes el bienestar y la salud de los niños están por encima del esquema y del éxito del adiestramiento escolar, saludarán la desaparición de los exámenes y de las notas como un paso adelante en el camino de la depuración y de la liberación de lastre superfluo y de anticuada rutina. Y la juventud que tenga la suerte de disfrutar ya de la innovación respirará aliviada, como liberada de un tormento y de una pesadilla. El cuerpo no debe ni puede pagar los costes de la formación del espíritu: es una idea que ya expresó Montaigne. Desde entonces han pasado más de 300 años...

O. R.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): O. R. [Otto Rühle], «Die Prüfungsangst», Unterhaltungsblatt des Vorwärts, n.º 46, 6 de marzo de 1913, pág. 183 (facsímil de la Friedrich-Ebert-Stiftung, Historische Presse der deutschen Sozialdemokratie). Atribución de las iniciales según Stecklina (2002).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Se traduce según el sentido la frase defectuosa del original sobre los «intelectualmente culpables». Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Lernschule: término polémico de la pedagogía reformista de la época para la escuela centrada en la memorización y la instrucción, opuesta a la Arbeitsschule («escuela del trabajo»). (N. del T.) ↩

  2. Leo Burgerstein, higienista escolar vienés, autor de manuales de higiene escolar muy difundidos. (N. del T.) ↩

  3. Sosnowiec, entonces en la Polonia rusa. La Realschule era un centro de enseñanza secundaria sin latín; el Gymnasium (plural Gymnasien), que aparece más abajo, la escuela secundaria clásica, con latín y griego, que conducía a la universidad. Ambos términos se dejan en alemán. (N. del T.) ↩