El educador debe descender a la más baja choza de la miseria, ver al pobre en su cuarto oscuro, a su mujer en la cocina llena de humo y a su hijo en una jornada casi imposible. Solo entonces puede juzgar con acierto a los que tiene a su cargo y tratarlos individualmente.
Joh. Heinrich Pestalozzi.
El niño proletario del campo.
Cuando se habla del campo y de la gente del campo, se piensa en campos verdes y bosques, en manantiales que brotan y en un aire puro y aromático; en hombres recios de brazos musculosos, mejillas coloradas y ánimo recto y honrado. Todo es natural, sano, apto para la vida. Y no digamos la juventud de la población rural: surge ante nuestros ojos espirituales con la imagen de la frescura y la naturalidad nacidas de la tierra, de la inagotable alegría de vivir y de una fuerza desbordante. ¿Cómo podría ser de otro modo? Leche y pan [negro], mantequilla, huevos, nata, fruta: ¿no han de dar niños [sa]nos, fuertes, capaces? A ello se suman el aire, la libertad, el movimiento, toda la maravillosa atmósfera de la vida del campo, del campesinado...
En la fantasía de los poetas y en la imaginación de los habitantes de la gran ciudad, el idilio de la vida rural parece tentador, y las ventajas del cuerpo pueden sentar a la idealizada población del campo tan bien como las virtudes de su alma inocente. Pero en la áspera realidad todos esos colores y encantos palidecen hasta convertirse en trivial cotidianidad y áspera sobriedad. Más aún, la fuerza y la frescura se transforman a menudo, vistas de cerca, en miseria, atraso, debilidad e incultura. Piénsese en el horror al aire de las salas campesinas, en los caminos sin fondo y el fango de los corrales, en la falta de toda higiene, en lo poco apetitoso de innumerables costumbres, en la estolidez del trato social e intelectual. En los niños se encuentra todavía «la [¿tortura de la?] faja1 y el lastre agobiante de los edredones, la porquería de la comida premasticada y el chupete relleno de la papilla masticada por la madre». ¡Y luego la limpieza, el cuidado de la salud, la higiene en el campo y en la crianza de los niños! ¡Y encima la dieta! Así ocurre que la juventud rural no tiene por lo general en absoluto un aspecto fuerte y lozano, sino más bien mísero, enjuto y de desarrollo escaso. Exceptuados los vástagos de los grandes campesinos y de los junkers, que siguen creciendo exuberantes.
Lo mal que andan las cosas para los niños de las capas más pobres en el campo lo demuestra el doctor en medicina Kaup en su escrito sobre Alimentación y vitalidad de la población rural.2 Según él, la salud y la aptitud para la vida no solo del proletariado rural, sino también de una gran parte del campesinado, están completamente minadas, fenómeno que tiene sus causas principales en el empeoramiento de las condiciones de alimentación en el campo. La política de carestía y de usura de los junkers ha cargado a las clases más pobres, en el campo igual que en la ciudad, con grandes cargas y ha encarecido enormemente el nivel de vida. El pequeño campesino, para mantenerse a flote, tiene que convertir en dinero todo lo que la explotación da de sí: leche, mantequilla, huevos, queso, fruta, aves, miel; se deja de hacer matanza en casa, se venden los cerdos, la leche entera va a la central lechera, y para las necesidades de la familia quedan los restos de menor valor o los sucedáneos que se venden de la ciudad al campo. Las campesinas que llevan mantequilla al mercado semanal vuelven a casa con margarina. A ello se añade un fuerte aumento del trabajo de mujeres y niños en la agricultura; se exigen rendimientos increíbles a fuerzas de trabajo débiles ya en años muy tempranos. Para la servidumbre, la disolución de la vieja relación patriarcal, el desarrollo de la gran explotación agrícola con ayuda de conquistas técnico-industriales, la producción para el gran mercado, etc., han traído toda clase de desventajas personales. Todos estos factores han producido un empobrecimiento físico general, una degeneración, que el pequeño campesino quizá sufre a menudo todavía peor que el jornalero agrícola, pero sobre todo la juventud rural.
El citado escrito del Dr. Kaup contiene un sinfín de pruebas y testimonios. Así, un médico escribe desde el distrito de Marienburg: «Últimamente se encuentran precisamente en la población rural muchísimos niños anémicos, muchos más que en la ciudad». Otro médico informa desde el distrito de Rosenberg: «Temo que el aumento de las centrales lecheras lleve o haya llevado ya a una desnutrición manifiesta. En algunos pueblos campesinos se encuentra toda una serie de niños anémicos y mal alimentados». Del distrito rural de Graudenz se sabe que «en las revacunaciones aparecen muchísimos niños de aspecto pálido y mal alimentados», y del distrito de Neustadt: «La población está desnutrida y agotada por el trabajo, ya los escolares. Los niños están muy a menudo enfermos, y entonces se les da harina y otros sucedáneos». De la comarca de Angeln (Flensburgo) informa un médico de que se ha producido «un gran cambio a peor, que afecta especialmente a los jornaleros agrícolas, en primer lugar a los lactantes, pero también a los niños en crecimiento y a las mujeres». Un maestro del distrito de Schleswig comunica: «Ni siquiera los niños reciben leche fresca. La alimentación de la gente modesta, de los Kätner3 y también de algunos campesinos es en parte muy deficiente. En la escuela se encuentran a menudo niños de mal aspecto». En términos parecidos se expresa un médico del distrito de Süder-Dithmarschen: «Llama la atención la frecuencia de la clorosis, la caries dental y la tuberculosis». De Renania se comunica que desde la implantación de las centrales lecheras ha disminuido en las casas el consumo de leche y mantequilla, que la alimentación y el desarrollo físico retroceden, sobre todo en los niños, y que el raquitismo y numerosas enfermedades infantiles están muy extendidos. De Weilheim (Alta Baviera) se dice: «En muchas escuelas rurales se encuentran niños pálidos, anémicos y mal alimentados». En el mismo sentido se informa de Wolfratshausen (Múnich): «Los niños hermosos y bien alimentados son raros». Y de Schwabmünster (Suabia) hay el siguiente informe digno de atención: «En las 28 escuelas del distrito se examinaron en 1908 3831 niños. En el 11 % se comprobó anemia, en el 1 % un estado de nutrición llamativamente malo, en el 60 % uno mediocre. La razón está en una alimentación inadecuada. A través de las centrales lecheras surgidas en todos los municipios, la inmensa mayoría de la población convierte en dinero en ellas hasta la última gota de leche, y en lugar de dar a los niños en sus primeros años leche abundante como alimento, estos reciben alimentos que el organismo joven asimila mal. En lugar de una sopa de leche, sobre todo por la noche o por la mañana, los niños reciben una sopa de pan negro cocido con agua. Con esta alimentación no es de extrañar que el desarrollo físico de los niños avance lenta y deficientemente. Solo en el 28 % de los niños se comprobó una constitución física buena, en el 61 % una mediana y en el 5 % una francamente mala».
Todos estos datos, que podrían multiplicarse infinitamente, prueban y confirman que también la juventud de la población rural, que en Alemania constituye unas dos quintas partes de la población total, sufre una penuria sensible, e incluso en parte está entregada de modo alarmante a la degeneración física y a la ruina de la salud. Desde las mejillas hundidas la miseria pide socorro a gritos. Pero en los ojos cansados y sin brillo de los niños no se enciende ni una chispa de esperanza de que ese socorro les llegue a los acosados de quienes les han enviado la miseria. Los pobres tendrán que ayudarse a sí mismos.
El biberón.
La fuente natural de alimento del recién nacido es el pecho materno. La madre que amamanta no solo ofrece la imagen más apacible y encantadora de la dicha y la riqueza de la maternidad; ofrece también la garantía más segura de la conservación y el desarrollo próspero de la descendencia. El encanto poético que la envuelve se une a una ganancia real económica sumamente estimable. Por eso, por razones de pura conveniencia generativa, la conservación y el aumento de la capacidad de amamantar de las madres debe ser una de las tareas más importantes de un pueblo.
Las investigaciones científicas y los experimentos prácticos han demostrado que casi toda mujer puede amamantar, siempre que se la coloque, en cuanto a alimentación, reposo, cuidados y atención, en las condiciones más favorables imaginables. Para millones de mujeres de las capas trabajadoras, estas condiciones más favorables imaginables no existen, gracias a la política de carestía, a la presión fiscal, al trabajo asalariado femenino, al paro, etc. En la medida en que las condiciones de vida y de trabajo, especialmente en los círculos puramente proletarios, han empeorado o al menos se han hecho más difíciles, ha disminuido la capacidad de amamantar de las madres. Solo en los últimos tiempos se ha logrado elevar algo el porcentaje decreciente con primas a la lactancia, ayudas por parto, una protección ampliada de las parturientas, etc.
Si el pecho materno falla o se seca, hay que recurrir a un sustituto, en primer lugar a la leche animal. Pero todo alimento sustitutivo para lactantes es de menor valor, muy a menudo incluso malo y directamente peligroso para la salud. Su mayor peligro consiste en que las bacterias lo descomponen con facilidad y, tomado en estado de contaminación bacteriana, provoca en el estómago y el tubo digestivo del lactante graves enfermedades digestivas. El número de lactantes que padecen estos trastornos digestivos y que al final perecen por ellos es muy grande; en Alemania puede alcanzar cientos de miles.
Ciertamente, si se quisiera cargar en la cuenta de las enfermedades digestivas el total de los lactantes que mueren cada año en el Imperio alemán, sería una exageración que daría una imagen falsa. También otras causas tienen mucho que decir. Muy instructiva es en este sentido la estadística bávara. En Baviera, que presenta una mortalidad de lactantes desusadamente alta, murieron según el Anuario Estadístico de 1911
- 12 108 lactantes (27,7 %) de debilidad congénita y malformaciones,
- 11 180 lactantes (25,5 %) de enfermedades del estómago y del intestino,
- 4141 lactantes (9,5 %) de cólera infantil.4
De ese 62,7 % del total de lactantes muertos, casi la mitad no había perecido, pues, de trastornos digestivos, sino de debilidad congénita. Se trata aquí5 de un fenómeno que en lo esencial se debe a males sociales y que habría podido evitarse si a las madres embarazadas no les hubieran faltado la alimentación, los cuidados y el reposo necesarios.
Con todo, más de la mitad de los lactantes sucumbió a las enfermedades digestivas. Si se aplica este porcentaje bávaro a todo el Imperio, significa que casi 200 000 lactantes deben su muerte temprana a esta causa de mortalidad. Una cifra lo bastante monstruosa como para emprender medidas enérgicas y profundas contra esta matanza en masa.
En su empeño por cumplir este deber ineludible, el gobierno del Imperio ha dado con una idea muy curiosa. Ha descubierto la causa principal de la mortalidad de lactantes en el biberón y prepara ahora una campaña feroz contra este malhechor. Es decir: no contra el biberón en general, sino contra los tipos usuales en algunas regiones y hogares con tubo de vidrio o de goma. De ellos dice que son difíciles de limpiar y forman así fácilmente un criadero de microorganismos; los restos de leche adheridos a los tubos llegarían en estado de descomposición al estómago infantil y provocarían allí efectos directamente nocivos, e incluso peligrosos para la salud. Así el biberón se convertiría en una especie de infanticida, contra el que habría que proceder con toda la severidad de la ley.
Hay que admitir que la limpieza del biberón de tubo y de goma es más difícil que la del simple biberón con tetina. Admitamos también que esa limpieza más difícil a menudo se hace de modo insuficiente o no se hace. «Por falta de tiempo y de comprensión», como observa muy acertadamente el gobierno, «a menudo también por miedo a estropear los biberones». La cuestión es solo si el biberón simple, que al gobierno le parece irreprochable e inofensivo, ofrece en este sentido mayores ventajas y una mayor garantía de evitar los daños.
La limpieza es una cuestión de tiempo, de comprensión y de bienestar. En tres horas y en tres habitaciones se puede ser más limpio que en una hora y en una habitación. La madre que tiene tiempo y comprensión suficientes para dedicarse concienzudamente al cuidado del lactante podrá ser más limpia que la madre que pasa diez horas al día en la fábrica, carga además con el peso de la casa y tiene que robar y escatimar los pocos minutos para atender al niño. Un biberón de tubo requiere 6 a 8 veces al día de 10 a 15 minutos de limpieza; mientras bebe, el lactante queda abandonado a sí mismo. El biberón simple quizá requiera para limpiarlo cada vez solo 1 o 2 minutos; pero mientras el niño bebe (6 a 8 veces de 15 a 20 minutos) la madre tiene que estar a su lado sosteniendo el biberón. Si una madre, como supone el gobierno, en numerosos casos no tiene tiempo para limpiar el biberón de tubo, menos tiempo tendrá todavía para sostener el biberón simple. Y al revés: si la madre tiene tiempo para sostener el biberón simple mientras el niño bebe, 6 a 8 veces de 15 a 20 minutos, también tendrá tiempo de sobra para limpiar el biberón de tubo 6 a 8 veces al día de 10 a 15 minutos. De un modo o de otro, no es decisivo el tipo de biberón, sino la pregunta: ¿tiene la madre tiempo y comprensión para limpiar el biberón? Por no hablar de la pregunta todavía mucho más importante: ¿tiene la madre siquiera leche, y leche buena, sin gérmenes, para alimentar al lactante? Responder a estas preguntas habría sido más valioso para las madres y más útil para la lucha contra la mortalidad de lactantes.
Si el gobierno, en su ofensiva contra el biberón de tubo, invoca los dictámenes de los médicos, todo el que haya tenido ocasión de oír esos dictámenes tiene que declarar que los médicos se apoyan casi sin excepción no en comprobaciones seguras y pruebas exactas, sino solo en suposiciones y opiniones personales. No disponen de medios de prueba ni fácticos ni estadísticos. Además, los médicos se han equivocado ya muy a menudo; piénsese en las innumerables opiniones y afirmaciones contradictorias sobre muchas enfermedades, por ejemplo la tuberculosis, el cáncer, etc.; piénsese también en los famosos dictámenes médicos que, en nombre de la ciencia, aportan a menudo autoridades célebres cuando se trata de quitar o de recortar a un pobre pensionista su mísera renta. Por lo demás, llama la atención que ni Bock en su libro Del hombre sano y enfermo, ni Ammon en su obra Los primeros deberes de la madre (41.ª ed.), ni el consejero médico Bornträger (del Ministerio prusiano del Interior) en su libro Sobre el descenso de la natalidad en Alemania, ni el consejero médico superior secreto Prof. Dr. Dietrich (del Ministerio prusiano de Cultos) en su trabajo sobre la mortalidad de lactantes aludan con una sola palabra a la supuesta nocividad del biberón de tubo. También es sabido que nuestros médicos no reciben en las universidades ninguna formación, ni la más mínima, sobre el cuidado y las enfermedades de los lactantes. En este terreno son tan legos como cualquier otro.
Saltan además a la vista unos cuantos hechos:
Rumanía tiene una mortalidad de lactantes extraordinariamente alta, aunque casi solo se alimenta con el pecho materno.
Suiza tiene una mortalidad de lactantes muy baja, aunque casi solo hay alimentación artificial.
Noruega y Suecia se distinguen por la mortalidad de lactantes más baja, aunque tienen leyes deficientes de protección del lactante y de la madre y allí va la mayor exportación de biberones de tubo.
Francia tiene una ley que prohíbe los biberones de tubo y de goma; sin embargo, no se ha producido una disminución de la mortalidad de lactantes, pero sí un considerable descenso de la natalidad.
La lucha contra el alcoholismo, como en Noruega, el asesoramiento y la instrucción higiénica de las madres, como en Suiza, pero sobre todo el suministro de buena leche, tiempo suficiente, condiciones de vivienda dignas de seres humanos, una protección más amplia de la maternidad, condiciones de alimentación y de trabajo más favorables, son los medios con que es posible una verdadera lucha contra la mortalidad de lactantes y su reducción.
Ni el mejor biberón sirve de nada si el lactante viene al mundo debilitado y enfermo, tiene que prescindir de atención y cuidados, recibe leche de mala calidad y se pudre en la suciedad.
En cambio, en manos de una madre sensata y limpia, que tenga amor al niño y tiempo para cuidarlo, tampoco el biberón de tubo causará ninguna desgracia, sino que resultará un utensilio de crianza muy útil y adecuado.
Así, la lucha contra el biberón se revela como una maniobra de engaño según el modelo conocido. Se desvía la atención hacia cosas secundarias para ocultar las verdaderas causas. El sistema dominante de explotación y sojuzgamiento de las masas, los gobiernos que lo sostienen, los partidos mayoritarios de los parlamentos, los detentadores del poder en el Imperio, el Estado y el municipio, los panegiristas del orden divino del mundo y usufructuarios de la economía capitalista: ellos son los verdaderos culpables del horror y de la vergüenza cultural de la moderna «matanza de los inocentes de Belén».
Trato con los niños.
¡Deja actuar también a los pequeños medios!
Para el éxito educativo es a menudo de la mayor importancia que el educador muestre el justo sentido de la medida al elegir los medios que va a emplear. En esto, como en otras cosas de la vida, uno puede equivocarse enormemente. Algunos padres creen que el éxito se consigue con gran fuerza de pulmones y un vozarrón atronador; por eso, incluso por motivos insignificantes, increpan a sus hijos con la voz de stentor de un sargento de reclutas. Y en las madres sobre todo se encuentra la mala costumbre de enzarzarse por cualquier nimiedad en interminables sermones de castigo. Tales métodos educativos no solo son un derroche de energía; casi siempre estropean más de lo que sirven. Encima ponen en ridículo al educador, pues quien dispara a los gorriones con balas de cañón siempre hace una figura cómica. Solo quien no tiene comprensión para las vibraciones más finas y los matices de ánimo de la vida anímica infantil, ni tacto pedagógico, ni paciencia y dominio de sí, caerá en este error educativo. Hazte un principio: usar siempre primero las herramientas y los cuchillitos más pequeños y finos de tu taller educativo, antes de echar mano del hacha y la maza o de sacar incluso la artillería más gruesa. Una mirada, un gesto, una palabra obran a veces milagros. Pueden hacer feliz y conmover, desatar fuerzas insospechadas y castigar hasta la humillación más profunda. Más de uno, con quien no habían servido de nada ni las más serias amonestaciones ni la disciplina más severa, ni los sermones morales ni las palizas, se ha convertido por una sola palabra en una persona buena y capaz. Una buena palabra siempre encuentra buena acogida.
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Cómo obró en unos gamberros y holgazanes un doloroso pesar.
En la clase de latín teníamos un profesor que ya entonces tendría que haber estado en la celda acolchada en la que más tarde hubo que meterlo. Rabiaba, gritaba y gesticulaba, y nosotros en plena edad del pavo: es increíble las escenas que se representaban a menudo en clase. Naturalmente no se aprendía nada. Absolutamente nada.
Un día el profesor de latín se puso enfermo. Gran alegría en Israel.
Pero ¿qué pasó? El director hizo saber que daría la clase como suplente.
¿El director? ¿Era posible? Un viejecillo enfermo de muerte que rara vez se levantaba de su lecho de dolor; aquella figura gris y encorvada que, cuando alguna vez cruzaba las salas, parecía casi un fantasma e inspiraba a todos un temor reverente; aquel director quería dar la clase de latín.
Era un latinista ardiente, cuya alma se expresaba en elevadas odas latinas. ¿Cómo íbamos a salir airosos ante él? ¿Merecíamos siquiera nosotros, unos haraganes, ese sacrificio?
Entonces cruzó la puerta.
Ya el primero que tenía que traducir falló. El segundo farfulló cosas confusas. El tercero balbuceó algo incomprensible. El cuarto se calló, el quinto, el sexto...
El viejo intentó primero ayudar. Hizo preguntas auxiliares y tradujo él mismo a trozos. No dejó nada por intentar.
Pero pronto comprendió que allí no había nada que hacer.
Todavía hoy veo sus ojos afligidos y siento sus miradas posadas ardientes sobre nosotros. No nos atrevíamos a levantar la vista...
«¿Usted no ha preparado la lección?», preguntó su voz apagada al primero.
«No, señor director.»
«¿Y usted tampoco?», al segundo.
«No.»
Y así sucesivamente, el tercero, el cuarto...
Otra vez la larga y triste mirada de unos ojos velados. Y en el tono de las palabras una honda dulzura de aflicción.
Entonces el viejo cerró su libro, envolvió su cuerpo enjuto en el abrigo, se levantó y dijo suspirando: «Es una verdadera lástima. Tenía tantas ganas de dar esta clase».
Y con pasos cansados salió arrastrando los pies.
Nos avergonzábamos de mirarnos a la cara. Y cada uno se avergonzaba ante sí mismo.
Desde aquel día y aquella hora, la mala horda de gamberros y holgazanes quedó como transformada. ¡Ay de quien en adelante no hubiera preparado su lección de latín!
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Destellos.
Las cifras más altas de mortalidad de lactantes se dan en la Alta y la Baja Baviera (¡42 %!). Allí reinan también todavía los prejuicios más fuertes contra la lactancia materna. Sobre todo la mojigatería hipócrita que cultiva el clero impide a las madres amamantar. En un pueblo de la Alta Baviera se había casado, según cuenta el profesor von Ranke, una mujer «de más allá», como dice la gente (del Palatinado). Amamantaba ella misma a su hijo, aunque eso se consideraba algo mal visto e inmoral. El profesor von Ranke la vio así sentada delante de su casa cuando pasaron dos mujeres. Se dieron un codazo y una dijo a la otra llena de indignación: «¡Mira tú a la forastera!». En otro pueblo una perra amamantaba a sus cachorros delante de la caseta, que estaba junto a la calle del pueblo. La población se escandalizó y se consiguió que la perra que amamantaba fuera retirada de su sitio.
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Hay que conocer el aire y el hedor de los patios berlineses para comprender la alegría que sintió un pobre y pálido niño berlinés cuando un día de verano, junto con varios de sus compañeros de miseria, fue llevado al Grunewald por la amabilidad de una sociedad benéfica. Estaba, según se comunica al órgano de los reformadores agrarios,6 por primera vez en el bosque, saltaba y brincaba como un poseso y gritaba sin aliento de placer una y otra vez: «¡Aquí... aquí huele... aquí no huele a ná!...»
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Cómo el trabajo fabril en los años de la infancia puede embotar intelectualmente al ser humano y arruinarlo moralmente, lo cuenta Rob. Hunter (La miseria del nuevo mundo)7 con un ejemplo estremecedor: «Un vagabundo al que conocí una vez había tenido que hacer durante cinco años, de los 11 a los 16, dos movimientos cada segundo, lo que da 23 760 000 movimientos mecánicos en un año. Cuando lo conocí tenía 35 años, era un hombre hundido, entregado a la bebida. Pero recordaba aquel tiempo de esclavitud con tanta exactitud que me dijo que "con aquellos cinco años había expiado por adelantado todos los pecados que llegara a cometer"».
Reseñas.
Otto Rühle. Grundfragen der Erziehung [Cuestiones fundamentales de la educación]. Editorial J. H. W. Dietz Nachf., Stuttgart. 50 pfennigs. 96 págs.
Contenido: I. Fundamentos teóricos y presupuestos sociales de la educación. II. La práctica educativa en la casa. III. Enseñanza y educación en la escuela y las reivindicaciones escolares de la socialdemocracia. IV. La educación en la edad posterior a la escolaridad obligatoria.
Responsable de la redacción: Otto Rühle, Halle del Saale.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage, enero de 1913, suplemento mensual editado por Otto Rühle, según la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen), n.º 5, 7 de enero de 1913 (ULB Bonn / zeit.punkt NRW). Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor (Stecklina 2002); se omiten, como en el original del archivo, el relato de Meta Schoepp y la cita de Ludwig Gurlitt.
Traducción: traducción íntegra al español de las piezas transcritas, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Erziehungs-Beilage = «Suplemento de educación»; Umgang mit Kindern = «Trato con los niños»; Schlaglichter = «Destellos».
Un pliegue del papel tapa parte de la expresión («das … Wi[ckel]band»); la lectura es conjetural. Se refiere a la costumbre de fajar al lactante. (N. del T.) ↩
Ignaz Kaup, higienista austriaco, Ernährung und Lebenskraft der ländlichen Bevölkerung (Berlín, 1910). (N. del T.) ↩
Kätner: en el norte de Alemania, pequeños campesinos o jornaleros que poseían solo una casita (Kate) y un poco de tierra. (N. del T.) ↩
Brechdurchfall: gastroenteritis aguda del lactante, con vómitos y diarrea. (N. del T.) ↩
El original dice «Er handelt sich», errata por «Es handelt sich». (N. del T.) ↩
El órgano de la Liga de Reformadores Agrarios (Bund Deutscher Bodenreformer) de Adolf Damaschke. (N. del T.) ↩
Robert Hunter, Poverty (1904), traducido al alemán como Das Elend der neuen Welt. (N. del T.) ↩