Por Otto Rühle.
La Sociedad Otológica Alemana, en su congreso de este año en Heidelberg, recomendó en una resolución a todos los municipios de más de 10 000 habitantes que contrataran otólogos escolares para las escuelas primarias y secundarias, después de que numerosas investigaciones establecieran que en cerca de la mitad de los escolares duros de oído la sordera permanente habría podido evitarse si hubieran recibido a tiempo tratamiento médico. Con ello se ha expresado una vez más una exigencia formulada desde hace mucho tiempo, pero siempre en vano, sin que quepa esperar, desde luego, que en un futuro próximo los círculos competentes le presten una atención más seria y general. La vieja queja de maestros y médicos de que en la escuela no se da a los enfermos del oído y a los duros de oído ni tratamiento especializado ni ninguna otra asistencia seguirá resonando, y el gran contingente que la edad infantil aporta a las enfermedades del oído no disminuirá. El Dr. Bürckner calcula el número de niños enfermos del oído y duros de oído hasta los 15 años en el 22,2 %, el Dr. Bezold en el 20,5 % del total. Y es un hecho que «las afecciones del oído de los alumnos de la escuela primaria están infinitamente más extendidas que las de los alumnos de los centros de enseñanza media», que un decreto ministerial prusiano de 1885 cifra en solo el 2,18 %. En esta circunstancia hay que buscar seguramente también la explicación de la deficiente asistencia otológica en la escuela.
Con la contratación de otólogos escolares se haría sin duda un gran servicio a los niños enfermos del oído. Pero ¿qué hacer con los duros de oído a quienes el médico no puede ayudar, o ya no puede? En las afecciones catarrales crónicas o en las que tienen su sede en el sistema nervioso central, tampoco el otólogo puede dar curación ni alivio. Y sin embargo el niño quiere avanzar intelectual y anímicamente como los demás niños, quiere seguir desarrollando sus sentidos, ejercitar su pensamiento, ampliar y profundizar sus experiencias; sobre todo quiere usar el lenguaje, servirse de la palabra hablada como uno de los más importantes vehículos de formación: del lenguaje que ya no oye, de la palabra que su oído ya no percibe. «El oído», dice ya Aristóteles, «es lo que más contribuye a la reflexión. Pues el discurso, como causa audible del aprendizaje, ha de considerarse no en sí, sino en ciertas circunstancias. Consta de nombres, y todo nombre es un símbolo. Por eso, de los privados de nacimiento de estos dos sentidos, los ciegos son más despiertos que los mudos y los sordos». ¿Puede la escuela, sin faltar gravemente a su deber, permitir que el duro de oído pierda cada vez más el contacto vivo con el lenguaje, que a consecuencia de la decadencia del oído aumenten sin cesar la falta de claridad y la falta de eufonía y de belleza de su habla? ¿Y que al final el embotamiento y la idiotez mental sean las últimas y tristes consecuencias?
Quien goza de un oído normal difícilmente puede hacerse idea de la cadena de sufrimientos de depresiones psíquicas en que está enredada la existencia del duro de oído o del ensordecido. Ya en los casos leves, la sordera se hace sentir del modo más doloroso tanto al entorno del afectado como a él mismo. La dolencia abate el ánimo como pocas y conduce a la melancolía, al retraimiento, a la suspicacia y a graves alteraciones del humor, de modo que el enfermo tiene que movilizar a menudo toda su fuerza de voluntad si no quiere convertirse en un melancólico desalentado. «Ser duro de oído es volverse melancólico», dice Kilian, «¡y el médico no teme ninguna dolencia tanto como los trastornos auditivos incurables, con sus fenómenos patológicos que rozan la locura!».
En vano se prueban todos los medios para remediar el mal. Quien puede pagar altos honorarios consulta a una eminencia de la otología tras otra. Y variados son los remedios que prometen el éxito: se insufla aire comprimido con la pera de Politzer o con catéter por la trompa de Eustaquio hasta la caja del tímpano, se ponen inyecciones bajo la piel detrás de la oreja, se hacen operaciones; nada es capaz de restablecer el sentido perdido, que se ha vuelto inservible. El arte médico no dispone todavía de los medios para ejercer sobre los órganos internos del oído una acción eficaz, indispensable para restablecer la función auditiva. En innumerables casos hay que abandonar al enfermo a su triste destino.
Pero todavía parecen hacerle señas algunas áncoras de salvación. En la prensa diaria le ofrecen su ayuda curanderos, estafadores de remedios, charlatanes vocingleros. Hay pinzas para las orejas, captadores de sonido, cartuchos auditivos, otáfonos, dentáfonos, micrófonos, audífonos, tambores de oído, gafas auditivas y un surtido inabarcable de pomadas, gotas, emplastos, bálsamos, tinturas y mixturas que han de traer todos la curación. Pero casi siempre solo ayudan al vendedor, que hace con ellos un buen negocio; el enfermo pierde su dinero, se entrega a esperanzas engañosas para luego sufrir un desengaño tanto más doloroso, y además nunca se libra del pensamiento de su dolencia y del martirio de su lamentable destino.
Y aun cuando los aparatos —entre ellos el más conocido y difundido, la trompetilla— sean al principio útiles al duro de oído y hagan su estado más llevadero, a la larga sus servicios no resultan bastante eficaces ni valiosos; más aún, su utilidad puede convertirse en perjuicio y daño para el enfermo. Para que el duro de oído pueda entender el lenguaje corriente, todos estos aparatos están construidos de modo que recogen, conducen y refuerzan las ondas sonoras que llegan al oído. El estímulo acústico reforzado produce momentáneamente una mejora de la capacidad auditiva; pero con el tiempo las partes correspondientes del órgano del oído se acostumbran a él, la capacidad auditiva disminuye, el uso de los aparatos acaba causando dolores en el conducto auditivo, provoca inflamaciones de la piel que reviste el oído interno, etc. Así el duro de oído se ve, al cabo de más o menos tiempo, de nuevo en el límite en que la ayuda que la ciencia y la técnica pueden ofrecerle falla y lo abandona a su suerte.
Y sin embargo todavía se puede ayudar al enfermo. No el médico, es cierto, pero sí el pedagogo. El medio para ello es el arte de leer en los labios, al que capacita al duro de oído o al ensordecido la enseñanza de la lectura labial.
Ya en 1833 Hill, el maestro de sordomudos de Weißenfels célebre por sus trabajos metodológicos, dio en su Anleitung zum Unterricht taubstummer Kinder [Guía para la enseñanza de niños sordomudos] valiosas indicaciones para organizar la enseñanza de la lectura labial a los sordomudos. Mientras el método francés hacía de la lengua de signos manuales y gestuales la base de la comunicación, el método alemán insistió desde el principio en la formación de sonidos y palabras, que acabó obteniendo reconocimiento general en los institutos alemanes de sordomudos. Pero al adiestramiento en la articulación se suma, como correlato necesario y evidente, el adiestramiento en la lectura en la boca de lo hablado. El sordomudo forma con los labios, la boca, el paladar y la lengua sonidos correctos a los que solo les falta el timbre; pero también le falta la capacidad de oír, de modo que puede prescindir del timbre del sonido. Tanto más necesita la capacidad de reconocer al instante y con seguridad, con los ojos, los sonidos y las palabras a partir de las posiciones de los labios y de la boca del que habla. Lee las palabras en la boca, oye con los ojos. Exactamente igual el duro de oído. Tampoco él percibe con el oído lo que se habla. Pero su vista es buena. Ve los movimientos de habla de la boca, de los labios, quizá también de la lengua. ¿Qué cosa más fácil y más obvia que empezar a oír con los ojos? Los duros de oído inteligentes adquieren por sí solos una capacidad de lectura labial a menudo muy notable; se graban no solo los rasgos característicos de los sonidos, sino a veces imágenes enteras de palabras y frases, y las leen sin tropiezo en la boca del que habla. Una guía metódica para la lectura labial que, empezada lo antes posible, transmita un conocimiento a fondo de la fisiología de los sonidos del lenguaje y ejercite sistemáticamente la actividad de los órganos del habla con ayuda de ilustraciones y demostraciones puede aumentar naturalmente todavía más la capacidad de lectura labial de un duro de oído, sobre todo en enfermos que desarrollan gran habilidad para combinar los movimientos de los órganos externos del habla. El ya mencionado Hill cuenta de un alumno, y luego maestro, del instituto de sordomudos de Berlín, llamado Habermaß, especialmente sobresaliente por su lectura labial. Se desenvolvía en la conversación con tanta seguridad que los extraños no le notaban la falta de oído. Unos parientes que sabían de su sordera, pero no lo conocían en persona, no querían creer que fuera Habermaß cuando, a sus preguntas, se les presentó como la persona buscada. No habían notado en él la menor falta de capacidad auditiva. Del maestro de sordomudos de Leipzig Teuscher, también sordo, se cuenta algo semejante. El profesor Kilian habla de un oficial que se quedó sordo en Argelia y que al cabo de pocas semanas ya podía seguir la conversación de sus familiares, hasta que más tarde aprendió a moverse con soltura, libre y naturalmente, en reuniones sociales más amplias. Una niña de doce años, que se había quedado completamente sorda por unas fiebres nerviosas, había adquirido en el curso de 15 meses tal maestría en la lectura labial que, en la embriaguez de la alegría y del autoengaño, creía incluso volver a oír lo que se hablaba. «Las mujeres en particular», escribe el profesor v. Tröltsch, «practican el arte de leer en la boca y a la vez de adivinar por el contexto a menudo con tal virtuosismo que, aunque casi completamente sordas, pueden conversar animadamente en sociedad horas enteras con su vecino sin tropiezo». Conocidos maestros de lectura labial, como Müller-Walle (Hamburgo), Drebusch (Berlín) y otros, pueden contar experiencias parecidas.
Después de lo dicho no hace falta probar más que con la enseñanza de la lectura labial se pondría en manos de los niños duros de oído un medio de comunicación y de formación valiosísimo para preservarlos del aislamiento y la atrofia intelectual que los amenazan. Gutsmann1 publicó en 1892 en la Monatsschrift für Sprachheilkunde [Revista mensual de logopedia] un extenso trabajo sobre «Das Ablesen des Gesprochenen vom Gesicht» [La lectura de lo hablado en la cara], trazando así las vías por las que debería moverse una enseñanza para niños. Otto Legel ofrece en su excelente libro Des Kindes Sprachstörungen und ihre Heilung [Los trastornos del habla del niño y su curación] (A. Steins Verlag, Potsdam) un plan de enseñanza completo, y Drebusch publica incluso cartas didácticas con lecciones completamente elaboradas (Berlín N., Hussitenstr. 30). El que esto escribe, que desde hace años dedica las horas de ocio, además de a la curación de tartamudos, sobre todo a la enseñanza de la lectura labial, obtuvo en un curso experimental, empleando fuertes sugestiones en estado de vigilia, sorprendentes éxitos en brevísimo tiempo.
La enseñanza empieza por ejercitar el conocimiento de los rasgos externos de los sonidos (pronunciación por el maestro, búsqueda de los rasgos de frente y de perfil, determinación del sonido, representación esquemática); siguen combinaciones de sonidos, que avanzan escalonadamente hasta las imágenes de palabras más largas y por último se amplían a frases enteras. A ello se añaden ejercicios de conversación y del modo de hablar del trato social libre. Apenas hace falta decir que la enseñanza exige no solo una enorme dosis de calma y paciencia, sino también mucho tacto, habilidad pedagógica y el celo más serio, y que el maestro tiene que estar absolutamente seguro de la confianza de sus alumnos.
En todos estos puntos la enseñanza de la lectura labial se parece mucho al tratamiento de los tartamudos. Pero así como aquí los grandes esfuerzos y dificultades no disuaden de atender a quienes sufren trastornos del habla, tampoco el extraordinario esfuerzo que supone para el maestro una enseñanza de lectura labial puede ni debe ser razón para negar a los duros de oído la asistencia que necesitan. Así como hoy en innumerables escuelas se dan cursos de curación del tartamudeo, también deberían organizarse cursos de lectura labial para duros de oído, para que los niños perjudicados en su capacidad auditiva puedan recibir el fomento intelectual que tienen derecho a exigir de la escuela.
Otólogos escolares para los niños enfermos del oído y cursos de lectura labial para los duros de oído y ensordecidos: dos nuevas tareas que se plantean a la escuela en este terreno tan delimitado. Por lo que todavía le falta a nuestra escuela se reconoce del modo más claro cuán lejos está aún de ser un lugar de verdadera formación y de educación humana.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el OCR del Deutsches Zeitungsportal cotejado íntegro con el facsímil de la pág. 13 del Hamburger Echo, n.º 185, 9 de agosto de 1908, Dritte Beilage (Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; las adiciones entre corchetes son del traductor. La cita de Aristóteles (Del sentido y lo sensible, 437a) se traduce del alemán de Rühle.
Así en el impreso; se trata del logopeda berlinés Hermann Gutzmann, editor de la Monatsschrift für die gesamte Sprachheilkunde. (N. del T.) ↩